La evanecente felicidad

Suelo pensar que nuestros pocos momentos felices son como pequeños destellos de luz en una colcha de negro e infinito terciopelo. A veces estos pequeños destellos se esparcen, confundiendo nuestros recuerdos e impregnando con su luz toda la dicha que sentimos y creímos vivir. Pero cuando se acaba su resplandor es difícil volver a pensar que todo alumbrará alguna vez como antes. Y nada es como antes y solo queda la añoranza.

Legolas añoraba. Y veía en esa manta inmensa que era el cielo, las estrellas. Las veía a mi lado, mientras yo me quedaba mirando fijamente a que nadie osase entrar a la frontera. Veía en él los recuerdos agolpándose, pero no los que el tiempo osa suavizar, casi como una costra. Pero esta era una herida reciente. Una herida tan insondable, que yo no entendía aún su dolor. No podía entenderlo aún. Solo probé un sorbo de esa bebida ponzoñosa al ver los ojos fríos de quien amaba apartarse de mi lado, hacerme a un lado hace un suspiro. Hace quince años, desde aquella noche en que solo le inspiraba desprecio. Pero desde ahí solamente quiso borrar esas heridas y cada día me demostraba cuánto me amaba. Pero en el caso de Legolas, no existió nunca nada así. Desdeñaba a todas aquellas que aspiraron a su amor. Su indiferencia condujo a la tristeza a unas cuantas y su desdén torturaba a la hermana de Naharien, que parecía irse cada vez más de este mundo. Y él también, pero todo lo que sentía lo guardaba. No solo era parte de su naturaleza. Pero ya no confiaba en sus propios sentimientos o en su valía.

Por supuesto, Thranduil estaba preocupado. Y yo era la que solía animarlo o guiarlo. Pero su melancolía ya desbordaba la cuenca de su corazón. Parecía ya sordo a sus exhortaciones. Y su desesperación era evidente.

-Deberías tomar otro aire. Puedes ir a los Puertos Grises, con Cirdan. Aprenderías mucho de él- le dije suavemente, sin mirarlo. - Él es un mejor guía en el dolor de lo que podemos ser yo y tu padre. Su sabiduría hará que todas nuestras palabras tengan un sentido. O no.

Él no me respondió, ni siquiera con su mirada. Siempre pensaba que le hablaba a una estatua agrietada por el desamor. Ya conocía lo que añoraba y en lo que pensaba. No dije nada para no contrariarlo aún más.

-Sabes que amo estos bosques más que nadie. Los árboles y el tenue sol que se infiltra en las ramas. Amo mi reino. Pero no sé por qué otrora lo que amaba se me hace ahora insoportable y con un tenue veneno. No sé por qué, cada vez que mi corazón se aflige, lo primero que más odio es lo que más adoraba. Me horroriza sentirlo- me confesó.

Yo sabía que me diría eso. Era lo que siempre nos decía a mí y a su padre. Y ahora yo tenía la penosa misión de darle una opción más al ser lúgubre, melancólico y silencioso que ya no podía contener su caudal de tristeza. Luego de miles de ruegos, palabras y consejos, no había valido lo que le hubiésemos dicho Thranduil y yo para aliviar la carga de su alma. Luego de lo que pasó, este me había mirado preocupado, mientras cenábamos. Tomó mi mano y supe que siempre lo hacía cuando me necesitaba.

-¿Crees que me odie? - me preguntó Thranduil, desconcertado ante el resultado de otra de mis fallidas misiones.

-No- le dije en el mismo tono. - No- le repetí, apretando mi mano.

-No me atrevo a decírselo, o a preguntárselo.- dijo, bebiendo, desconsolado. - No sé que haré si ni siquiera se atreve a escucharte. Estoy con las manos atadas. Y temo que me odie porque vea su reflejo y me encuentre a mí. No lo sé- dijo afligido.

-Todos estos años ha evitado caer en el desasosiego por ti y por mí. Pero solo está en él tomar una decisión. No puedes imponérsela, de todos modos.

-Y eso es lo que más me ata- respondió, pensativo. -Pero sería mi último recurso.

-Háblale como me hablas a mí. Por favor.

Él suspiró. No lo hacía desde la muerte de Neldaniel. Fue algo que tampoco pudo superar, desde hace siglos. Y nunca lo hizo hasta cuando nos fuimos, Legolas y yo, de su lado y para siempre.

-¿Crees que...?

Yo negué con la cabeza y puse mi mano en su rostro, tranquilizándolo.

-Estará bien.

-No quiero que esto lo pierda. - dijo, pasándome una pequeña uva, que yo me comí despaciosamente. - Tu y yo sabemos que en nuestro caso el tiempo es un arma de doble filo. Algún día se desbordará como un río que pierde su cauce. Y temo que...

-¿Qué se convierta en mí o en alguno de los elfos que sucumbió a su propia pasión?- le pregunté, con franqueza. Él tomó la copa, incómodo, porque era exactamente lo que pensaba.

Yo solo levanté las cejas.

-Si se convirtiese en ti me alegraría porque tendría a un hijo digno de las leyendas más grandilocuentes. Pero dices bien: temería por su vida.

Yo sonreí, irónica.

-Legolas no es así y lo sabes.

-Pero el amor cambia a las personas.- respondió, mirándome a los ojos. - Nunca somos los mismos después de la dicha o el dolor. Esto es distinto a lo que podamos llevar dentro de nosotros.

-Tienes un punto. Pero confío en él. Y en tí- le dije, levantando mis cejas.

Él entendió a dónde quería ir.

-Te agradezco por hacer lo que haces.

Yo asentí moviendo mis párpados. Y ahora estaba ahí, con Legolas, otra vez en el bosque. Si aparecía una araña, lo primero que probaría serían mis flechas.

-Lo pensaré- me dijo, levantándose. - Ahora no hagas mi trabajo, vuelve con mi padre. Te necesita y supongo que el reino también. Eres su señora.- me espetó, con ganas de quedarse solo.

Yo sonreí levemente, porque en todo lo que había estado con Thranduil no quería convertirme en reina. No otra vez ni nunca jamás. Pero si Legolas me veia asi significaba que él no era el único.

-No soy ni podré ser nunca como tu madre. Solo amo a tu padre- le dije, mirándolo a los ojos.

-Y respeto eso. Pero tu misma me lo dijiste bien: todo puede cambiar. Incluso lo que parece perfecto e inmutable. - me respondió, con un tono que jamás había usado conmigo.

Yo levanté las cejas, pensando en sus palabras, para luego aprovecharlas oportunamente.

-También aplica para lo insufrible y tormentoso. Es mejor aún si nos dan la oportunidad de hacerlo.

-Lo sé- dijo, y me abrazó. Pensé, caminando hacia las estancias del Rey, en lo que me había dicho. Yo quería que todo siguiese como estaba, lejos de las preocupaciones, del pasado y el futuro. Pero era inevitable que la cambiante realidad tocaba a nuestras puertas. Porque la oscuridad acechaba, pero yo estaba cansada. Quería vivir ahí, refugiada, por siempre, o eso era lo que creía. No me cansaba porque estaba él. No quería darme por enterada.

Porque éramos solo dos, quería que solo existiese eso. En todo este tiempo recibía cartas amistosas de Rivendel, pero sabía que llegaría algún momento en que eso se acabaría, así como mi armonía habitual en un reino que me había acostumbrado a amar. Estaba ligada a él, a él y al verlo todas las noches o días, en trabajar a su lado, en leer sus cartas, en absolutamente todo.

Yo estaba perdida. Me dí cuenta de que realmente estaba enamorada, que la pasión había sido complementada con el deseo del ser amado pero más allá de las caricias. De verdad lo quería, lo amaba, lo idolatraba. En eso pensé mientras afilaba las armas con varios de los soldados y daba instrucciones a la guardia del sur para por la mañana. Y como siempre, todos me trataban con deferencia y reverencia y yo ayudaba en nacimientos o en varias labores. Y seguía todo como antes. Eso era lo que más me gustaba. Que no me hacían sentir extraña.

Ya era normal para mí lo que sonaba excéntrico o impensable. Y me encontré durmiendo todos los días en su lecho. Decidí pensar en el consejo que yo misma le dí a Legolas y miré las cartas de Glorfindel, donde me expresaba sus buenos deseos. Pero yo lo conocía. Sabía que había algo más.

Pero básicamente, viví tan enamorada que no me importaba. No, nunca fui ciega ante sus cartas. Pero era feliz. Cuando te escribía que era feliz era porque realmente estaba tan cansada de verlo todo a mi alrededor, tan cansada de mi lucha árida, que en Thranduil veía esa felicidad que se me escapó. Sí, sueno bastante egoísta ahora. Pero quedé tan vulnerable, con todo hecho pedazos, que cada vez que Glorfindel me decía que había peligro en el norte me dejé de preocupar. Le expresaba mis lamentos, pero básicamente no moví un dedo para irme. No hice nada, porque le señalaba entre lineas que prácticamente no quería moverme de aquí. Quizás luego de esta respuesta no volví a recibir una carta de tu padre. Lo sentía bastante decepcionado de mí. Pero me sentía acogida por Thranduil, sentía lo que hace mucho tiempo no. Me sentía amada, protegida, me sentía feliz. Y eso lo protegí con celo. No quería que se fuera.

Pero poco a poco el tiempo me lo hizo imposible y afloró lo que yo era en verdad. Pero por ahora, estaba tan feliz, tan adorada. Y él sentía lo mismo hacia mí. Solo me sonreía y me abrazaba, y me hacía sentir amada y deseada y yo no quería nada más. Y hablábamos de nosotros. De nuestros secretos y nuestras acciones. Él sabía todo sobre mí y no me juzgaba. Y yo tampoco hice lo mismo. Era nuestro pacto tácito. Y algunas veces llegamos a discutir, pero nos preocupábamos tanto por no herirnos como cuando comenzamos, o antes de siquiera pensar en tener algo, que nos refrenábamos a tiempo. Sí, hicimos muchas concesiones. Y me vi con inocencia y felicidad en mi mirada. Y tenía miedo. Pero no me importaba.

En eso pensaba, mientras ayudaba a preparar pan. Mis damas fueron a buscarme.

-Todavía no está listo- les dije, quitándome un rojizo mechón de la frente. - Ya lo repartiremos luego y les prometo que les daré el suyo con dulce.

Ellas se miraron y se rieron, ya que solía tratarlas con mucha familiaridad. La mitad de ellas eran jóvenes y crecieron con mis historias. Pero la otra mitad eran antiguas damas de Neldaniel. Estas solo fueron las que se miraron.

-El rey desea saber si usted quisiera hacerle compañía ahora mismo, ya que tiene que consultarle un asunto.

-Dile que espere- respondí, poniendo los panes en el horno y haciéndome señas con los panaderos. Ellas se fueron y encontré a Legolas más serio que nunca.

-Hola- le dije en el mismo tono. Él no dijo nada.

-Quiero que veas algo.

Me quité el delantal y acordé con mis maestros de que ellos terminarían con el pan.

Los dos nos deslizamos en silencio, más allá del bosque, hacia el sur. Ya estaba armada y equipada.

-¿Orcos?

-Algo peor- me respondió. Apenas salimos a campo abierto, vimos varios asentamientos de hombres. Estaban destruidos. Y lo que vi me horrorizó: cadáveres por todos lados. Niños muertos. Mujeres desolladas. En un segundo todos los recuerdos de mis torturas, lamentos, identidades, siglos luchando pasaron por mí. Sentí mi hombro y mi brazo. Un golpe en el fondo de mi estómago.

-Dime que no pidieron ayuda a tu padre.

-No alcanzaron. Y no quieren.

-¿Queda algo allá abajo?

-No lo sé. Por eso quiero que vayamos juntos.

-Entonces esto es lo que te detiene para irte con Círdan.

Él asintió. Me contó de sus incursiones hacia esa zona inexplorada. Estos hombres eran desplazados. Solo eran nómadas. Creían que Thranduil los protegería. Ahí me di cuenta de cuán desconectaba estaba de la realidad. Me sentí avergonzada por mí misma y peor, mucho peor.

Regresamos en silencio. Thranduil se sorprendió de verme acompañada por Legolas. Vi el pan. Lo había probado. El príncipe le expuso todo lo que vio.

-¿Y eso, por qué nos concierne?

-Por lo menos para darles sepultura justa y proteger a quienes estén abajo, padre. Sería digno de ellos.

-Nadie hace eso por nosotros cuando nos sacrificamos por ellos. Y menguamos cada vez más- respondió Thranduil, sirviéndonos vino. Pero yo no lo toqué. No podía articular palabra para el horror, de nuevo.

-No tienen nada que hacer más allá de sepultarlos. Lo que hagan los hombres no nos concierne.

-Pero sí nos concierne- dije yo, sin mirarlo. - Algún día vendrán más a tu puerta y no podrás dejarlos a su suerte. Son inocentes. Inocentes de algo que hemos ignorado por mucho tiempo.

Thranduil también entendió por qué lo decía yo. Sabía de mi culpabilidad, de las cartas, de que había rechazado todo por estar a mi lado. Y ahora esto le recordaba todo lo que no cumplimos y dejamos de lado.

-Les doy dos semanas. - respondió, altivo.

-Pues nos vamos ahora. ¿Te espero?- me preguntó. Yo miré a Thranduil, que me miró de reojo.

-Búscame en dos horas- le respondí, lúgubre. Él le hizo una reverencia a su padre y se retiró.

-Y yo que creía que era por una simple mujer. Y es por esto. Y eso me preocupa aún más- me dijo, sin mirarme.

-¿Por qué? Sabes que él conoce lo que acecha ahí afuera. Solo está horrorizado por lo que vio y cerca de su reino.

-Pero no se ocupa de "su" reino- dijo él, levantándose. - Al parecer no le importa.

-Quizás porque sabe que hay algo más grande. Y eso no es reprochable.

-¿Lo crees? - me preguntó irónico. Y ahí supe a dónde quería llegar. Estaba furioso por haber sido turbado en su paz, en su paraíso donde él, su hijo y yo vivíamos. Otra vez. Porque me conocía y sabía que eso al final terminaría de alejarnos.

-¿Qué pasa si encontramos a más?

-Yo lo decidiré, pero no esperes que sea lo que tú quieres.

-¿Y por qué no?

-Porque no veo razón alguna en sacrificar lo que conservo con tanto celo. - me dijo, acercándose a mí y tomando mis manos. - Cuídalo. Y cuídate. Nos vemos en dos semanas.

Yo solo tomé su mano y la besé. Me fui, perturbada por su transfiguración, caminando por el pasillo. Estaba alistando mis armas, sin oír las voces de mi cabeza que me decían que nada sería igual, que siempre estaría esto entre nosotros, hasta que oí unos golpes. Abrí. Solo sentí su beso y su fuerte abrazo y sus besos sobre mi cuello. Luego sus silenciosos gemidos y nuestra tibieza. Y solo sentí sus dedos cuando me despedí en silencio y solté su mano.

Con un contingente sepultamos a los muertos y recuperamos pistas para ir hacia el sur. Para nuestra sorpresa, también hallamos enanos, mineros. Habríamos perdido nuestro enfrentamiento en una estupidez, hasta que les recordé quién era y nuestras relaciones. No lo recordaron, ellos, pero les mostré mi joya enana. Les hablé en su lengua. Y ellos nos hablaron de inmediato.

-Gracias a Tulkas que existe alguien de su raza que aún nos da algún entendimiento. Bien, verá: los orcos han asolado varias pequeñas ciudades del sur, cerca del lago. Tienen huargos también. Circundan todo el reino de los elfos.

Cuando dijeron esto, nos miramos. Les di algunos pequeños tesoros en gratitud, pero ellos los rechazaron.

-Con todo gusto, madame. Siempre a su servicio- me dijeron. Yo sonreí levemente y nos fuimos.

-No deberíamos ir al sur. También al norte.

Legolas me miró significativamente con sus ojos brillantes.

-Ya fui allí.

-¿Qué encontraste?

-Maldad. Ruinas y maldad.

-Nunca lo mataron. Y nunca lo harán- dije, refiriéndome por vez primera a Saurón. - Porque hay algo más. Debe haber algo más. Los orcos se reproducen como moscas no por su naturaleza. Algo los impulsa a ser más osados. Hay algo más. ¿Por qué no nos dijiste nada de esto?

-Porque sí se lo dije- me confesó él y yo lo miré atónita, enterándome, de pronto, de un gran secreto.

-¿Y qué te respondió?

-Lo mismo que oíste. Pero en peores términos.

-Pero, ¿por qué?

-Porque sabe que te irás. Y que yo haré lo mismo. Que algún día él no te bastará.

Yo no podía asimilar todo lo que me estaba diciendo y negué con la cabeza, desconcertada. No podía creerlo. Al final le pregunté lo que temía preguntarle.

-Legolas, ¿él me ha ocultado algo?

-No lo sé. Pero nuestras discusiones sí.- dijo, molesto consigo mismo.

-¿Y por qué no me dijiste nada?- le reclamé, espantada.

-Porque me lo prohibió. Nunca lo ví más feroz, más determinado. Y por eso estoy alejado de él. Perdóname.- me respondió, revelando por fin el origen de su mutismo. Y yo, ingenua, que creía que era por el desamor. Pero era por no pelear con su padre para mantenerme engañada. O quizás, alejada de todo peligro. Como a Neldaniel.

Yo exhalé, herida y furiosa. También consternada. Él no quería perderme. Pero con esto se alejaba más de mí. Ahora yo era uno de sus tesoros. Y me quedé con ese pensamiento hasta que llegamos a los asentamientos del sur (todavía no existía la Ciudad del Lago como tal). Nos pidieron ayuda, irremediablemente.

-Si los dejamos, creen que los abandonaremos. No podremos irnos. Solo podemos escribirle a tu padre. Y no creo que él esté dispuesto a hacer esto. Eso es lo que pasa cuando te involucras- le dije a Legolas, que veía a la pobre gente comiendo nuestras provisiones.

-Veamos qué pasa.

Enviamos la carta con dos halcones, esperando que no mataran a ninguno en el camino. Pasaron varias semanas y solo pescábamos en el hielo, aprendiendo de ellos y dándoles cobijo y lumbre, y también consuelo. Hasta que se devolvió uno. Legolas me mostró la carta.

-Sí. Pero nos devolvemos los dos.- me resumió.

No tuve más remedio que aceptar. Dejamos a nuestros compañeros allí y luego otros nos reemplazaron en el envío de ayuda. Sabía que esto no bastaría y les recomendé que guiaran a la pobre gente hacia un lugar más seguro, de preferencia más hacia el sur. O por lo menos hasta que fuesen prósperos. Esto tardó cincuenta años.

Él nos recibió en su trono, a los dos, altivo, de rojo. Los dos nos arrodillamos.

-Supongo que todas las explicaciones están dadas- nos saludó.

-Hay todavía muchas preguntas, majestad- le pregunté yo, sin mirarlo.

-Lo sé. Pero no es este el momento. Los convido a la cena que haremos esta noche. Es todo.

Yo me levanté impulsivamente, pero Legolas me contuvo.

-Ya habrá momento para eso.

-¿Habrá algo después de eso?- le pregunté furiosa. Él me miró con enorme tristeza.

-Espero que sí.

Lo abracé y en mi habitación tiré todas mis armas al suelo. Me quité mi armadura, furiosa. ¿En qué me había convertido? ¿En el nuevo objeto decorativo del Reino del Bosque? ¿En solo la amante de un rey? Lo amaba, pero ahí, más que nunca, sentí que deshonraba la memoria de Gil- Galad, de mis hijos, de mi lucha, de mí misma. Me eché a llorar de furia. No quise cenar.

En la mañana, leía y releía las cartas de Rivendel. Comencé a escribirle a Glorfindel con premura. Quería que me contara todo lo que pasaba, quería pedirle perdón. Hasta que lo vi.

-Habla o vete- le dije, retirando mis rizos de mi pecho.

-No hay nada que decir.

Odiaba darle la razón, pero odiaba mucho más que todo se nos presentase de esta manera y odiaba todavía más que ya nada volviese a ser como antes.

-Sabías que este momento llegaría y que no podría ser indiferente. ¿Por qué retrasarlo?- le pregunté. - ¿Por qué ocultármelo?

-Porque fui feliz. Aún lo soy. Y no soportaría verte como te vi cuando llegaste de nuevo a mí.

Yo dejé mi pluma y me lancé a sus brazos.

-Pero también te enamoraste de una incansable en una lucha estéril. De alguien cuyo espíritu también está en la naturaleza de sus promesas.

-Yo creía que esto nos hacía pensar en algo nuevo. Algo que borrara todo nuestro dolor- dijo él, acariciando mi cabeza. -Porque sabes que todo es una lucha esteril, que...

Yo negué con la cabeza.

-No lo es. No...

-Lo es- dijo, determinado. Yo me separé de él, ante su convicción.

-Pero todo esto nos alcanzará a pesar de nosotros. Por favor, entiéndelo.

-Es mi trabajo hacer que no pase.

-Pasará.

-Solo si te vas. Solo si...

-Pero tu haces parte de mí. Volví de los asentamientos del sur solo...

-Por ayudarlos- respondió, mirándome a los ojos. - Solo por eso.

-Yo te amo, pero no puedo ser indiferente a todo esto.

Él volteó su rostro de una manera tan gracil y afectada, que ahí entendí que no se resignaba a que fuese así.

-Es inevitable, ¿verdad? Pero solo quería disfrutarlo mientras durara.

Yo también quería eso, pero ya no había vuelta atrás.

-No me voy a ir. Pero no puedes impedir que solo vea lo que hay aquí.

-Felicidad. Mi felicidad. Nuestra felicidad.

-No quiero una felicidad ciega- repliqué, desconcertada. - Quiero una en la que luchemos juntos. Por favor.

Él no me miró y yo entendí su respuesta, hasta que él me detuvo. Me abrazó y en su estanque, solo sentí entre los vapores, sus labios en mi cuello.

-Por primera vez en mucho tiempo temo perder a alguien más que Legolas.

-Todo estará bien. He sobrevivido peores cosas- dije y él besó mi hombro magullado. Yo volteé y me senté sobre él.

-Te extrañé.

Él me sonrió y seguimos besándonos, hasta que él tomó mi rostro, perdido en el placer, y nos quedamos ahí, yaciendo uno sobre el otro, en nuestro antiguo delirio. Luego le relaté los pormenores de nuestro viaje y sobre todo, lo exhorté a acercarse a Legolas.

-Está bien. - me dijo, con temor, pero solo yo sabía que temía.

-¿Te acuerdas de la noche del pan?- me preguntó, sentado, observándome desnuda.

-¿Casi mueres intoxicado?- bromeé. Él se echó a reír.

-Gracias a Eru no, o no tendría este espectáculo tan contemplativo- bromeó lujuriosamente. Yo me recosté más sugerente que nunca.

-¿Nunca te cansas?- me preguntó, cruzando sus piernas.

-¿Y tú?

Pasaron dos minutos, para que yaciéramos a solas, de nuevo, con ímpetu. En eso siempre parecíamos como el hielo ebullendo ante el fuego, como si de repente se enfrentasen dos poderosos y rugientes caudales. Yo sentí la tensión de su cuerpo y su bramido cuando por fin sentí que toda su energía se descargaba sobre mí. Cayó exhausto sobre mis pechos, respirando fuertemente. Yo besé su cabeza, con gratitud.

-Me estabas hablando del pan.

-Ah, sí- dijo soñoliento.

-¿Y qué con él?

Suspiró y se levantó. Se fue tras los cortinajes.

-Cierra los ojos.

Yo me levanté y me senté. Él volvió.

-Es en serio- me advirtió. Yo lo hice, extrañada, pero medio abrí uno.

-Cierra los ojos- insistió. Yo lo hice. Entonces, sentí una joya tan fría y tan poderosa en mi pecho que simplemente abrí mi boca cuando la vi. Era negra, con destellos de fuego. Las piedras estaban engarzadas en un collar precioso, que me quitaba el aliento. Oro y fuego en una misma piedra. Era magnífica.

-Thranduil, sabes que no...- le dije, pero él puso sus manos sobre mis hombros.

-Admiro tu modestia al no aceptar ninguna de las joyas que otrora he querido regalarte. Eso me ha hecho respetarte a un nivel que no entiendo, pero que admiro. Pero esta es tuya. Eres tú. Son tus ojos y tu espíritu. Siempre hay una joya para cada uno y esta es la tuya.

Yo miraba mis ojos y el collar. Combinaban maravillosamente. En ellos refulgía la misma esencia. El mismo fuego, todo. Era yo.

Me quedé con la boca abierta, sin saber qué decir. La toqué. Era maravillosa, pues era tan fría que ardía. Sentía lo que tenía adentro.

-¿Dónde la encontraste?

-La hizo tu padre.

Yo lo miré sorprendida por el maravilloso detalle. Cerré los ojos, sonriendo.

-¿Y cómo la conseguiste?

-Me prendé de ella y me la obsequió. Sabía de mi amor por las gemas y las joyas. Pero yo sabía, como él, que debía dársela a alguien cuyo espíritu representara lo mismo. Hasta que te encontré.

Sonreí y le di un beso.

-Gracias.

-Por favor, úsalo esta noche.

Yo lo miré a los ojos, porque eso quería decir que lo que teníamos se afianzaba aún más. Que no solo estaba en el corazón del Rey. También era, oficialmente, lo que llaman la "favorita", o como quisieran tildarlo aquí. Y esto me hacía ahondar en mis dudas, pero no le dije nada.

-Está bien- le dije en un susurro.

Usé la joya, acompañada de un vestido vino con capa y puños cerrados. Tenía mi cabello recogido. Apenas salí al pasillo, él sonrió, complacido. Me admiraba, orgulloso.

-Siempre tan majestuosa en tu sobriedad. Nunca cambiarás.

-No quisiera tener más joyas que tú- le dije, mientras me aferraba a su brazo.

-No las tienes.- me respondió, comprobando un hecho. - Jamás las has tenido. Pero cuando luces una, como esta, todo se vuelve perfección.

Yo asentí, nerviosa. Él lo notó.

-Solo entenderán que te estimo tanto, que este es mi regalo para ti. Que no hay nadie más en mi corazón. Ellos saben que no has tratado nunca de reemplazar a la reina y que has sido una compañera sabia y prudente que ha traído alegría al reino. Y si no lo hacen, lo harán- me dijo él, altivamente. Yo lo miré pícaramente.

-Y yo que pensaba devolverme apenas pisáramos las escaleras.

Él sonrió y me dio un beso en la cabeza.

Sin embargo, ser observada para mí fue muy incómodo. Pensar que algún día sería Neldaniel me aterraba. Sobre todo por lo que yo era y había visto. Eso sí, traté de ser discreta, ya que mi joya solo hablaba por mí. Solo hablaba lo necesario, pero definitivamente, todos notaron mi nerviosismo. Busqué a Thranduil. Hablaba con Legolas, que después de unas horas se integró a la reunión. Me miró con cierta aprobación.

-Por favor no digas nada. Él me la regaló y...

-Te queda bien- me dijo, para después hablar con sus amigos. Me dejó completamente sola y me la pasé incómoda toda la cena.

Apenas dejé el collar, suspiré aliviada. Él me miró con un tinte de reproche.

-Esperaron continuamente tus chistes o tu conversación habitual. Pero parece que el collar te dejó muda.

-Estaba muy nerviosa- le respondí, no creyendo en lo que acababa de pasar.

-¿Por qué?- me preguntó contrariado. - Creí que lo que te dije te tranquilizaría.

-No- admití, mirándolo a los ojos. - No lo hizo.

Él suspiró.

-Solo quería mostrarle a los demás lo feliz que me has hecho y el lugar que ocupas aquí. No sabía que eso te molestaba- dijo, poniendo sus manos en mis rodillas. Yo negué con la cabeza.

-Es que... con esto... me hiciste pensar por primera vez para dónde vamos con todo esto. Qué pasará con nosotros. Y tengo miedo.

-¿De qué?

-No lo sé- le confesé con una sonrisa triste. - Estoy tan feliz que temo que se acabe. Que todo se destroce. Que el amor que...

Él me abrazó. Besó mi rostro.

-Yo también temo lo mismo y por eso hice todo esto. Porque sé que todo cambia y debe cambiar. Y quiero que estés ahí.

Yo estaba tan conmovida, que no pude evitar decirle lo que solo le dije alguna vez a Gil-Galad.

-Te amo- le confesé, sin reparos, en quenya. Él besó mi mano.

-Y yo a ti- respondió él, sentado a mi lado.

Los dos tratamos de hablar al mismo tiempo, hasta que él se calló. Sonreímos.

-Adelante.

-Lo olvidé.- le dije.

Él sonrió y comenzó a besarme, hasta colocarse encima de mí.

-Tu también tenías que decirme algo.

-No lo sé. Prefiero hacer algo...

No pudo decir nada más, porque lo besé salvajemente. Luego sentí sus manos debajo de mi vestido. Y luego de dos horas, él se recostaba junto a mí, exhausto. Desperté, él seguía dormido. Le di un beso y me fui a caminar por el bosque. No quise decirle que no quería tener el incómodo papel de la favorita. Que solo quería amarlo. Pero él ya sabía que eso sería imposible a medida que pasaran los años y menos con lo que vimos.

Que algún día... me daba escalofríos pensarlo. ¿Y qué pasaba con todo lo que prometí? ¿Con lo que le juré a Gil-Galad? ¿Con lo que me juré a mí misma? Eso no podía olvidarlo. Pero una parte de mí me decía que había sufrido mucho como para negarme a ser feliz de nuevo. Y a esa voz era la que escuchaba. Pero no dejaba de pensar todavía cuando Gil- Galad apareció al pie de mi cama y le prometí que le daría un propósito. A él y a mi hijo. ¿Para qué había dejado a mi hija entonces?

Pero yo amaba a Thranduil. Lo amaba tanto. Me sentía querida, deseada. Me sentía plena. Pero ya no era yo. Y sabía que ya no era lo mismo. Nunca era lo mismo. Jamás, luego de lo que sufrimos al sur. Oí un ruido y me puse en guardia. Hasta que oí voces. Eran dos guardias, bebiendo.

-Ojalá se quede para siempre. Ella lo hace feliz. Ya no es el rey malhumorado de antes.

-Sí, se nota que es una de los nuestros. De pensar que estuvo casada con Gil-Galad. Y es tan...bueno, qué suerte tiene.

-Con ese collar se veía linda, aunque envidio al Rey. Es el único que puede verla bajo todo ello.

-Y por eso siempre anda contento.

Los dos se rieron por la vulgar observación. Ahí comprendí que el plan de Thranduil había salido al revés. Me enfurecí y seguí caminando, hasta que oí un golpe. Vaya cosas de las que me enteraba cuando el Rey dormía. Y noté que la autora había sido Nimrodel, una de mis damas y hermana de aquella desdichada que amó al Rey.

-No soy mi hermana. ¿Todo este tiempo que estuviste conmigo lo hiciste por eso?

No oí respuesta, lo que quizás era una confirmación de...

Mis sospechas resultaron ciertas. Ahí estaba Legolas. Por eso tampoco había aceptado irse con Cirdan. Porque había estado con ella, que ahora era una mujer herida y confundida.

-Sé que no eres tu hermana. No estuve contigo por eso. De algún modo hallaré la forma de que me acompañes.

-No me tomes por tonta. Sé que siempre piensas en ella. Siempre. Que cuando estás conmigo, solamente miras su rostro. Te tengo noticias: se ha casado. Se ha casado con tu mejor amigo, Sandor, a quien traicionaste. Él la ha perdonado y ella ha dado a luz a un hijo.

El silencio de Legolas lo decía todo. Ella golpeó el árbol.

-¿Qué fui para ti?

-Eres para mí. No ha cambiado eso.

-Quisieras ser como tu padre, ¿no? Porque así tendrías el afecto de Naharien y tal vez el de aquella mujer que pretende reemplazar a la reina.

Sí, definitivamente el plan de Thranduil salió al revés.

-No hables de ella- la increpó Legolas- No así. No aquí.

-Muchas veces los ví a solas...

-¡Porque ella me prodigó consuelo, salvó mi vida, amaba a mi madre!- le gritó él, fastidiado. - ¡Ella mató a todo un regimiento de orientales solo por mí! ¡Me llevó a Minas Tirith a sanarme! ¡Salvó a mi padre! Y ahora lo hace feliz. Muy feliz- dijo para sus adentros, con amargura. Ahí ví que era la primera vez que podía envidiar a su padre, cuando él no superaba sus propios tormentos.

-Y es feliz cuando su hijo es más desgraciado que nunca por estar al lado de alguien a quien no ama.- afirmó ella, funesta. - ¿No sentirás algo tú también por ella?

Vi a Legolas tomar furiosamente la mano de la joven.

-No digas eso nunca más. Sé que tus celos te consumen, crees que fijé mi vista en otras. Y ahora no sé si mi error fue haberlo hecho contigo o amarte tanto como para que me lastimes con cada una de tus palabras.

Ella se soltó y se echó a llorar.

-Porque veo que ves a mi hermana. No a mí.

-Si hablamos de locura y celos, no sé cuál es cual, eso es un hecho- respondió él, afiladamente.

-Quizás porque el amor nos vuelve locos. Nos pierde a nosotros mismos. Y nos destruye cuando el otro no parece tener la misma devoción. Sufría por no tenerte, desde antes que fijases tu vista en mi hermana. Y ahora sufro por tenerte, pero sigues mirando en esa misma dirección.

-Con esto haces que me horrorice. Sabes que no es fácil superar lo que viví.

-¡Han pasado quince años!

-Un día comparado con lo que vivimos, lo sabes- respondió él, amargamente. - Pero a diferencia de tu hermana, tú me amas y veo en ti un alma pura. No dejes que se convierta en un pálido reflejo de lo que es para mí. No quiero que seas distinta a la elfa que admiro, que amo y que reconozco. Tú no eres dura y odiosa. Tú eres tan sincera, tan directa, compasiva, dulce y generosa. Mírate. Por eso te amo y no amaría a nadie más.

-¿Ni siquiera a la mujer de tu padre?

-Ella pertenece a él y él a ella. No hay nada ni nadie que los separe. Y si algún día somos así, puedo garantizarte que ya nada nos atormentará.

Ella se lanzó a sus brazos, pero él la detuvo.

-Pero tenemos que hacerlo, los dos. En paz.

-Haré lo que me pidas. Pero por favor, abrázame.

Él lo hizo, para luego besarla. Vi que mientras ella lo hacía, él abría sus ojos y la abrazaba, con un rictus de amargura y confusión que me hizo comprender que ni siquiera él se creía sus propias palabras.

En la mañana, Thranduil y yo veíamos los alces. Yo tenía a uno pequeño en mis brazos.

-Entonces, te vas en una semana.

-Sí- le dije. - Pero volveremos en dos meses, no te preocupes- le dije, recostándome sobre una raíz.

Él no dijo nada ante eso.

-Vamos. Todavía estoy aquí.

-Lo sé- me dijo, poniendo otra flor en mi cabello. Solía hacerlo todo el tiempo.

-Creí que habíamos dormido plácidamente- me dijo, mientras yo me recostaba entre sus piernas y seguía acariciando al animal, que se soltó y de inmediato se reunió con sus hermanos. El alce mayor, la hembra, se acostó a nuestro lado.

-¿Cuándo lo notaste?

-Cuando quería abrazarte y estabas absolutamente fría. Supe que estuviste caminando.

-Sí, y no hay nada de bueno en ello.

Le conté lo que había pasado entre Legolas y mi nueva dama. No le conté lo de los guardias, porque seguramente, indignado en su orgullo, los habría convocado a todos para luego obligarme a reconocerlos y seguramente castigarlos y desterrarlos. No quería eso.

Él suspiró.

-No puedo hacer nada ante su sino desgraciado en asuntos del corazón- me dijo, impotente. - Con esa mujer tampoco nada saldrá bien, porque es hermana de Naharien. Comparten la misma locura, los mismos celos, hay algo.

-¿Qué?

-No lo sé. Es como si al amar se desvaneciese de ellas toda razón, toda bondad y solo en su lado oscuro pudiesen encontrar reposo. Como si solo así pudiesen entregar todo lo que en apariencia se escondía y por lo que mi hijo se sintió cautivado.

-Thranduil, a veces el amor se trata de eso. ¿No crees?

-No. - respondió seriamente.

-¿Por qué?

-Porque en este tiempo que hemos estado juntos, tu y yo hicimos un pacto tácito. Si hubiésemos usado nuestra pasión sin refrenarnos incluso cuando nos enfrentábamos el uno al otro, nos habríamos terminado matando. Yo he cedido y tu has hecho lo mismo. Desde que peleamos por la partida de Naharien, nos prometimos jamás no volver a lastimarnos.

Y era cierto. No habíamos peleado tan virulentamente como desde aquella vez. Nunca, en casi ya dos décadas de relación.

-Pero hemos acallado otras voces para permitirnos ser felices. Aunque están ahí.

-Sí. Pero te prefiero a ti.- me respondió, abrazándome. Yo iba a besarlo, pero el pequeño alce se interpuso entre nosotros y nos lamió. Los dos nos reímos ante tan profusa muestra de afecto y no pudimos evitar cuando se nos puso encima y nos lamía sin distinguir entre cuál era cuál. Yo terminé con su trasero encima de mi cara, mientras seguía lamiendo a Thranduil, quien trataba de evitarlo y trataba de sacarme de ahí.

Seguíamos riéndonos, en sus aposentos. Yo lo olí y apestaba. Él hizo lo mismo y se tapó la nariz. Nos bañamos juntos. Yo desenredaba su pelo, mientras él miraba mis pies.

-Hay otra cosa que te inquieta y te molesta más todavía.- dijo él. Yo seguí desenredando su pelo.

-Yo también lo oí, no te preocupes. Y quizás no de las mismas personas a las que espiaste ayer.- dijo, mientras me ofrecía vino. Yo seguía desenredándolo.

-Déjame manejar esto. Y por cierto, en la mesa está el valor de un tonel de vino.

-¿Por qué razón me lo pagas, si te pertenece?

-Porque este será de mi uso particular.

-¿No me convidarás?

-No es para ti.

Él me miró sonriendo, e intrigado. Yo lo miré igual.

-¿Puedo ver?

-Pero no vas a intervenir.- le ordené. Él sonrió.

-¿Ni siquiera al final?

Negué con la cabeza.

Él ya estaba completamente ataviado, por mí. Pero yo seguía mojada y con el cabello enredado.

-Dime que esto hará parte de tu plan.- me dijo, tocando mi pelo. - A menos que quieras que...

-Ya estás vestido, no querría desarreglar tu corona.

-Puede arreglarse- dijo él, besándome y acariciándome. Yo cerré los ojos.

-Vete a la habitación, antes de que me arrepienta y termine haciendo una locura- le susurré. Él suspiró y me soltó.

-Esto queda pendiente.

Hice entrar a todas mis damas, para arreglarme.

-Creí que solo necesitaba a una, señora- dijo la joven amada de Legolas.

-Me llamo Fineriel. Puedes llamarme así si quieres, Nimrodel- dije, vengándome por lo que había dicho de mí con Legolas- Todas ustedes.

-Sí, señora- asintieron, mirándose entre ellas.

-Y por cierto, quiero oír cómo era que la reina disponía de todo para las grandes galas y cómo se conducía ante sus súbditos.

-Bueno, ella era... generosa, tenía sentido de la decoración impecable. Adornaba con hermosas cascadas de seda las frías paredes, y...- dijo una, que miró a la otra. Esta continuó.

-Siempre era discreta, dulce y gentil- dijo, tironeándome del pelo. Yo aguanté el dolor, porque sabía que lo hacía a propósito. - Lucía sus joyas de tal manera que solo le quedaban a ella. - Era de una fastuosidad impecable.

-Siempre he opinado que las grandes reinas tenían derecho a ser fastuosas. Lo supo usted cuando estuvo al lado de nuestro bienamado Gil-Galad- dijo, con énfasis. Yo aguanté todos los insultos.

-Pero ahora las damas son las que tienen derecho a verse tan sobrias como un pájaro de discreto plumaje- afirmó Nimrodel, cerrándome el vestido con fiereza. Thranduil, quien estaba al lado de la pared, escuchaba todo indignado. Salió un rato, pero le hice una cara tal, que volvió a ocultarse.

Yo me quité del lado de todas ellas.

-¡Pues ya está!- dije, y las aparté a todas, para ponerme yo misma el collar que me había regalado él, mostrándoles que a pesar de lo que dijeran, yo era la que estaba a su lado. -Desde ahora dispongo, y seguro sé que le encantará a Thranduil, que todo se quede tal y como estaba. Nadie mejor que yo para respetar lo que adoraba la reina Neldaniel, a quien no pretendo reemplazar. Además, ella sabía mucho más de decoración que esta torpe mujer que solo sabe manejar... espadas- dije, tocando la mía, mientras ellas se quedaban mudas.

-Ah, y solo me gustan las joyas... que me regalan porque me aprecian. Definitivamente no es lo mío. Tampoco el plumaje. Como no soy reina, tengo más libertad en usar incluso un pedazo de piel de oso. Cosa que hice cuando era guardia. ¿Han ido allí? Quizás es mucho más divertido que hablar de tontas aves- dije, quitándole el chal a Nimrodel y mirándola a los ojos malignamente.

-Entonces, ¿de qué podríamos hablar, querida?- dijo Thranduil, apareciendo de repente, orgulloso, mientras todas palidecían. - Y yo que pensaba que adorabas los pájaros.

-No sé. ¿De tapicería?

-Mejor de espadas. Sé que es lo tuyo.

-Bueno- dije, yéndome de gancho con él, mientras todas seguían con la cabeza gacha. Él sonrió, mientras yo me echaba a reír.

-Qué interesantes planes, tienes. ¿Ahora qué harás con el tonel?- me dijo, divertido.

-Luego de la cena.- le dije, adelantándome. Volví a hablar con cordialidad y a integrarme en la corte. Thranduil ya tenía varias copas encima. Yo misma fui por mi tonel.

-¿Te ayudo?- me preguntó Legolas.

-No. Puedes mirar, si quieres. Y controla a tu padre.

-Estoy bien- dijo, extrañado. Los dos se miraron y me veían empujar el tonel con mucho esfuerzo.

-En serio, podemos ayudarte.

-Pero hasta la mitad de las escaleras.

Los dos se miraron y lo cargaron. Yo lo dejé ahí y les hice una señal de bajé con mucho esfuerzo.

-¡Señora Fineriel!- dijeron los guardias sobresaltados. -¡Venga le ayudamos!

-Oh, no, haré muy feliz al Rey mostrándole que también soy una excelente tonelera. Saben lo que adora el vino.

-¡Pero, señora! ¡Su vestido!

-Saben que es lo que menos le importa al Rey... eso oí, ¿o no? - les dije y ellos se miraron avergonzados.

-Señora... nosotros.

-¡Basta con el señora, quítense!- dije, dándoles golpes a cada uno de ellos. Rompí las mangas del vestido y me quité el collar.

-Cuídamelo bien, sabes que eso hace "muy feliz al Rey"- dije, mientras lo dejaba en su lugar y lo abría. Saqué una copa. Luego otra.

-Salud- les dije. Otros guardias vinieron.

-Usted no debería estar aquí. Por favor...

Saqué más copas. Les serví. Fingí servir una para mí. Miré hacia atrás, pérfidamente, mientras Legolas y su padre veían todo, extrañados.

-¡Salud!- dije, gritando, mientras devolvía a otros guardias que casi arruinarían mi plan. Yo no bebía nada, mientras me ocupaba de servirles a cada uno de ellos.

-Señora, el Rey nos matará...

-¿Por qué? Yo lo hago "muy feliz"- dije, acentuando mi ironía en esas palabras. - No pasará nada.

-De veras...

Le embutí más vino. Brindé.

-¡Salud!- les dije, otra vez y ellos bebieron. Uno iba a dejar la copa y yo le grité.

-¡Ah, ah! ¡Otra!

Comenzamos a cantar canciones y a bromear. Bebieron hasta que el vino se acabó. Me paré en medio de ellos.

-Ahora, quiero que sepan que ustedes también pueden ser muy felices. No necesitan solo verme a mí como la definición exacta de la palabra. ¿Para qué si siempre tendremos vino?

-Señora, perdónenos si hemos dicho algo de...- dijo uno. Yo negué con la cabeza.

-Somos compañeros. Descansen. ¡Salud! - dije, retirándome.

-¿Qué lograste con emborrachar a mi guardia?- me preguntó Thranduil, extrañado.

-Tú espera y verás.

-Puede que funcione, padre- dijo Legolas, divertido. - Y no te preocupes, ya enviaré a los relevos.

Los dos nos quedamos solos.

-Por cierto. Me debes algo.- dijo él y yo me reí, para luego besarlo. Me iba a soltar el pelo y a quitarme el collar, pero él tomó mi mano.

-Quédate así- me susurró. Yo lo llevé lentamente al lecho y le quité su túnica. También su sobrevesta y sus pantalones. Luego sus botas. Lo admiré, extasiada, y solo bajé mi vestido.

-Por fin puedo respirar. Mis damas me odian- dije, exhalando y tratando de respirar. Él sonrió.

-Pero yo te quiero a ti. Ahora.

Luego de un rato, nos besábamos. No me cansaba de sus labios, ni de sus besos, ni de su impulso animal.

-Los guardias tienen razón. De todos modos me haces muy feliz.- dijo, para luego morder mi oreja. Yo lo seguí besando, para luego pasar mi índice por sus labios. Seguía gimiendo lentamente.

-Sigue. -le dije. Él sonrió.

-En eso estoy.- dijo, mientras yo me aferraba a su cuello y sonreía también, para luego besarlo. Nunca nuestra pasión se fue y eso que duramos juntos (la primera vez) unos veinte años, casi . A veces nos moríamos de hambre solo por irnos a su recámara. Yo no resistía a su mirada y quizás más de una vez los dos nos "atacamos" mutuamente en cualquier lugar donde llegara nuestra inspiración.

Y así llegó el momento de irnos, pero él fue muy inteligente y lo habría postergado hasta por un año, a no ser porque Legolas y yo insistimos y sorteamos todos sus obstáculos. De camino hacia el norte de pronto sentí que perdía el equilibrio y Legolas me sostuvo.

-¿Estás bien?

-Sí. No sé qué fue eso.

-¿Contaste a los nuestros?- le pregunté, como cosa oficial.

-Claro. Somos veinte.

-Me pareció ver más.- dije. Y sí, me parecía ver más. Todos teníamos capuchas y éramos solitarios, como un susurro, para evitar los orcos. Legolas me contaba de lo que había hablado con su padre y el hecho de dejarnos ir lo había reconciliado. No habían discutido virulentamente, pero se habían desahogado con los años.

-Por primera vez le hablé de la posibilidad de ver más allá de nuestro reino y estuvo de acuerdo. Pero creo que lo hace más por complacerte que por hacerlo en verdad.

-Sea por eso o no es un primer paso. Ya verás: esto ayudará en toda la región circundante. - le dije, confiada en mi optimismo.

-Eso espero.

Cuando me relevaron de la guardia, pregunté por Legolas. Estaba dormido al lado, extrañamente, de alguien que lo abrazó por reacción. Yo le levanté la capucha. Era Nimrodel.

-Señora...

Mascullé una maldición.

-Explícalo- le dije a Legolas, que me llevó aparte.

-La descubrí a mitad de camino. Lo siento. Se unió.

-Le toca hacer guardia- le dije, molesta.

-Está bien.

-Ahora- le dije, relevando a Meldur, que se quedó atónito, así como toda la compañía.

-Ni una palabra- les dije a todos. Él tampoco dijo nada, pero ella obedeció mis órdenes sin chistar.

Llegamos a las ruinas. No vimos nada, ni orcos. Envié a dos a explorar. Me preocupé cuando pasaron cuatro días. Así que me adentré yo, con Legolas como compañía. El olor putrefacto, el frío. El gran frío. Vi a Gil- Galad, de nuevo, muriendo ante Sauron. El ojo. El poder. Caí de rodillas y vi a Legolas retorciéndose.

-Salgamos de aquí.- le dije, sudando frío. - Vámonos.

-No podemos dejarlos- dijo, sufriendo.

-Ya están muertos- le dije. Él puso un puño en el suelo y los dos tratamos de apoyarnos. Oímos el débil silbido. El silbido que se perdía en el eco de la herrumbrosa y maligna fortaleza. Maldita sea. Los atacaban. Los gruñidos. Era una trampa.

-¡Vamos!- le dije y los dos nos movíamos con mucha dificultad. Hasta que me vi, de repente, con una corona de pinos.

-Tienes que irte- dijo, tomando vino. Tenía ropajes reales. Tenía el zafiro de Neldaniel.

-¿Quién eres?

-Somos.- dijo. De repente, apareció un niño pelirrojo, un niño elfo a su lado.

-¿Qué es esto? ¿Qué eres? ¿Qué haces aquí?

-Somos la reina, tontita. Él es nuestro hijo.

-No tengo hijos pelirrojos. No hombres- la increpé. Ella sonrió.

-Este no es de Gil- Galad- me dijo, abrazándolo.

Yo entendí todo, asustada.

-Pero no es posible. Ya no puedo sangrar. Han pasado más de mil años...

-Vas a irte y olvidarás todo esto. Serás muy feliz a su lado.

-¿Y qué pasará con el mundo? ¿Qué pasará con esto? ¿Con todo?- le pregunté. - ¿Olvidaste a Gil- Galad?

-Está muerto. Nunca revivirá. Y tu tienes derecho a ser feliz.- dijo, contemplando a su niño. - Feliz otra vez. Como lo mereces.

-Yo amo a Thranduil, pero todo lo que hice atrás no tendría ningún sentido. No me quedé en la Tierra Media para esto.

-No puedo creer que la Tierra Media valga más que al hombre que adoramos- me recriminó.

-¿Es papá?- preguntó el niño, mientras yo me tapaba la boca, con el estupor a flor de piel.

-Es tu padre.

-No. No puede ser. Tú eres un engaño. Tú no eres real. Eres obra de …

-No. Soy tu futuro. Soy lo que mereces- me respondió ella, pero no confiaba en mi reflejo. Vi que el niño desapareció y me helé de espanto. Ella comenzó a acercárseme.

-Él te dará más de lo que te mereces... él es tu pago, el justo pago a nuestros pecados...- dijo, para luego besarme y abrazarme. - Vete de aquí, con Legolas. Déjalos. Allá hay una salida...- dijo, y vi todo el camino claro, para mi horror. - Qué más le da al rey que ellos mueran, pero ustedes no. Váyanse. Olviden... olviden...

En ese momento, oí una canción que me cantaste, no sé por qué.

-No puedo...

-Entonces sangra..- me susurró, y sentí una negrura inmensa recorriéndome. Ya no tenía protección de los hechizos de Saruman ni Gandalf. Comencé a gritar, hasta que sentí un bofetón. Era Meldur, con el rostro ensangrentado. Yo también estaba ensangrentada. Estaba sobre un montón de orcos, unos cincuenta cadáveres. Oí varios lamentos. Quedábamos solo ocho. Descubrí a varios elfos muertos.

-Estábamos adentro, ¡estábamos adentro!- le grité a Meldur, horrorizada.

-Pero salieron. Los dos estaban locos. Comenzaron a matar a todos los orcos. O bueno. Casi.

-"Casi"- dije, levantándome, maltrecha. Ahí estaba Legolas, malherido, negándose a despegarse del cadáver de Nimrodel, llorando mientras se aferraba a ella.

-La maté... la maté... la maté... - se repetía. Yo me di cuenta entonces de la trampa que nos habían tendido, pero demasiado tarde. Nunca debimos venir. Sauron jugó con nosotros, otra vez, de la peor manera que conocía. Nos enloqueció. Y este era el precio a pagar. Jugó con nosotros, así como alguna vez jugó con Túrin Turambar. Yo lo separé, llorando. Él solo me abrazó, mientras era curado por nosotros. Llegamos en pedazos, mientras Thranduil gritaba de furia y reforzaba la seguridad del reino.

Legolas fue conducido lejos de mí. Thranduil iba a increparme, pero yo sentí un dolor agudo, que me dobló en dos. Él se aprestó a socorrerme, y me toqué. Vi sangre. Yo seguía gritando, porque era más y más fuerte.

Volví a sangrar luego de más de mil años: era mi hijo. Lo que iba a ser mi hijo, el niño pelirrojo que vi. Lo que nunca fue y solo terminó siendo un caudal de dolor que salía de un cuerpo maltrecho que nunca se recuperó del todo.