Adiós

Él creyó que iba a proteger a las dos personas que más amaba, pero solo las condenaba a un destino que ninguna de las dos quería. Legolas quería irse con Cirdan y olvidar lo que había hecho, definitivamente. Sentía que no era útil para su padre, que era una carga. Que él estaba mejor solo. Y yo estaba destruida.

Me odiaba. Me sentía indigna. Por mis ímpetus, por mi espíritu, había matado a mi hijo. Creía que Sauron lo mató, pero simplemente mi maltrecho cuerpo ya no podía darle vida a ninguna criatura. Sauron lo supo antes que nosotros. Sauron sabía lo que pasaría. Yo no entendía por qué tenía que morir. Él habría ganado si lo tuviese en mis brazos, porque no me iría jamás del lado de su padre. Pero era una victoria bastante fácil. El sufrimiento venía siempre de su lado. Que no se me olvidara.

No podía mirarlo a la cara. No podía mirar a Thranduil. Yo había matado a su hijo. Yo lo había humillado como Rey. Yo maté sus esperanzas, rompí su corazón. Maté toda esperanza de un futuro conmigo, de un recomenzar. Y mis sospechas terminaron siendo sospechas y luego hechos. El no vino a verme en una semana. Ni en dos. Ni en tres. Y yo me ahogaba en mi propia desolación.

Apenas pude caminar, me vi vendada. Me vi también en un espejo. Parecía un fantasma, por las lágrimas y la desgracia. Estaba vencida. Yo maté a mi hijo. Enloquecí a Legolas. No podía dejar de repetírmelo. Tomé la espada , ensangrentada aún. Quería ponerla sobre el lugar en que mi hijo había muerto. Pero de repente tomé mi pelo y lo corté, de un tajo. Le di un puño al espejo y en eso entraron las damas.

-¡Señora!

Thranduil entró de repente, apartándolas. Yo lo miré sombría, todavía en camisón.

-No vengas. No soy digna de verte. No vengas. No vengas...

Él me abrazó, mientras yo me retorcía.

-Yo te maté. Te maté. Lo maté.- sollocé. -Lo maté.

-Basta- me decía él, mientras yo me echaba a llorar. Yo me aparté.

-No tengo nada que ofrecerte. Maté a tu hijo- le dije, mientras miraba a las damas, que también lloraban. - Los maté a los dos. Los maté- dije temblorosa.

-Largo. Todas- ordenó él, más pálido y descompuesto que nunca. Ellas se fueron mirándome con preocupación.

-No. Sauron lo mató, no tu. Por favor, sosiégate. Por favor...- dijo, llevándome a la cama. - Estoy aquí. Yo te amo- dijo, cerrando los ojos y conteniendo su ira, su frustración, su dolor- Yo te amo antes de esto. No te amo por alumbrar a mis hijos, te amo porque...

-Yo mato a todos los que amo- le dije, sin escucharlo. - Yo los mato. Vas a perderlo todo si sigues conmigo. Mira...- dije, levantando las manos y agitándolas nerviosamente, pero él las detuvo.

-Basta, por favor.- me rogó.

-No me ames. No lo merezco- le dije. - No lo...

-¡YA, BASTA!- me gritó irritado y compungido. -Sé que no te basta mi amor, sé que no te basta porque ahora estás metida en las locuras conjeturas egoístas con las que adoras atormentarte. Pero aquí está. Soy tuyo a pesar de todo esto. Basta...- me dijo, histérico. -No eres así.

Me tranquilizó, poco a poco.

-¿Cómo está Legolas?

-Igual. Los dejó vivos a los dos, pero los dejó locos. Qué gran advertencia me ha mandado- dijo él, consternado. - No volveremos a salir de aquí. Todo estará bien.

-Él mató a Nimrodel, ¿verdad?

-Por accidente. Estaba cegado. Aún no quiere contarme qué fue lo que vio. Y no se lo perdona.

-Qué hemos hecho...- le dije, abrazada a él.

-Cometer un grave error- me dijo él, sentencioso. Yo entendí que en el fondo estaba furioso conmigo. Furioso, herido por mí. Sí, le había roto el corazón. No podría volver a ser lo mismo. No podría volver a tocarme. Así eran mis pensamientos.

Y así, llegó el invierno. Yo visité a Legolas, que tiraba al arco, con más desgano que nadie.

-Me iré a donde Cirdan, como me aconsejaste. No puedo estar aquí.

-Por favor, no abandones a tu padre. Él te necesita más que nunca.- le rogué.

-Tu piensas hacer lo mismo. No soportas que todo te recuerde a mi hermano- me dijo, como siempre, seca y fríamente, como una de sus flechas.

-Siento que ya no me ama. Siento que ya no es como é con él, ¿sabes?

-Solo cometimos un error. Habríamos podido morir. Él sabía a lo que nos enfrentábamos. No creo que no te ame.

-No lo sé. No fue a verme cuando …

-Me contaron que estuvo encerrado días conmigo. No quiso verte. Cebó todos sus esfuerzos en mí, para sacarme del delirio. Quizás así apagaba su dolor. - respondió, desconcertado.

La confesión era aún peor para mi desgarrada alma. Vi el collar. Vi todos los recuerdos. Fue hermoso. Efímero, corto, un suspiro, pero hermoso. Pero ya no podría ser. Yo volvía a odiar. Volvía a buscar lo que busqué apenas Gil-Galeth fue enterrado para siempre. No, no podía dañar a Thranduil. No con la oscuridad que volvía a mí. No era para él. Nunca pude ser para él. Y no sabía que con los pensamientos que me llevarían a alejarme de él yo lo estaba matando en verdad. Lo estaba volviendo en un ser gélido y desconfiado. En un rey que de ahí en adelante solo se preocuparía por sus intereses y por sí mismo. Las joyas terminarían saciando lo que yo le haría. Pero en ese entonces yo pensaba que lo mejor era irme. Que ya no podía ser. Algo murió en los dos. Y eso me dolía todavía más.

Legolas se fue, con los enviados de Cirdan, a quien alertaron de mi estado. Se abrazó con su padre y prometió volver restablecido. A mí solo me rogó que volviese a ser la de antes. Algún día lo lograría. Y algún día volvería a amar a su padre y este a mí, pero por mi bien, era hora de irme.

No entendí sus palabras. Thranduil y yo comíamos en silencio y el tiempo que ahora me dedicaba, ahora lo dedicaba a sus tareas. Yo pasaba horas mirándome al espejo. Pensando en la visión. Tocando mi vientre seco. Toqué mi puñal y lo pasé por mi mano. Goteaba sangre. Era ira.

-No te daré más de mí. Si me estás oyendo y sé que lo haces, no te daré más de mí. No pagará nadie más. Mataste a mis hijos. Me alejaste de quienes amé. Pero no pagará nadie más. Esto es entre tu y yo. Y tú pagarás. Pagarás por lo que me hiciste. Así dure mil años lo pagarás...-susurré, dejando gotear la sangre.

Quedé inmóvil, sin reacción, hasta que él vio mi marca y tiró mi puñal. También tiró todo.

-Esto es insostenible.

-Lo es.- le dije, levantándome determinada.

-¿Quién eres?

-No lo sé. Supongo que la misma mujer que conociste antes de que muriese tu esposa.

-No- dijo él, desconcertado. Eres otra. Eres otra, estás bajo su mando, estás poseída por él- dijo, iracundo, ya en su desesperación, mientras me estrechaba los hombros. Me soltó, pletórico de confusión. No sabía qué más hacer.

Me soltó, compungido. Puso la mano sobre su rostro, al darse cuenta de una horrible verdad.

-Te perdí- lo admitió, agarrando su broche. - Te perdí.

Yo me conmoví por primera vez en mucho tiempo y comprendí todo lo que lo hice sufrir. Me acerqué poco a poco y lo abracé, desesperada, llorando.

-¿Recuerdas cuando me trataste de cantar y yo también? ¿Cuándo lo hicimos mal? ¿Recuerdas cuando bailamos juntos? ¿Cuándo me enseñabas toda tu sabiduría? ¿Cuándo te enseñé a armar barcos? ¿Te acuerdas?

-Sí...- dijo él, también exhausto y triste.

-¿Vamos a dejar todo esto? ¿Vamos a dejarlo?

-No.- dijo, acariciándome, como si estuviese buscando al objeto de su amor.

Él me vio y nos besamos. Me llevó al lecho y entró en mí lentamente, mientras me decía que me extrañó. Que solo me quería a mí. Lo recuperé esa noche, pero algo ya estaba roto. El jamás me perdonaría por lo que pasó. Pero a pesar de eso, insistí a pesar de mis propios tormentos. Insistimos en la oscuridad.

Eso, hasta que llegó Glorfindel. Estaban segando a los capitanes del Norte como moscas. Pronto no habría nadie en Arnor. Me abrazó con horror, al verme demacrada. Thranduil vio en él el signo de lo inevitable. Yo le conté todo lo que había pasado desde Angmar.

-¿Tanto lo amas?

-Sí, pero algo está roto. Y no dejo de pensar en lo que me hicieron. Y sé que él tampoco, a pesar de que lo niegue. Es como si remásemos en un mar oscuro y tormentoso.

-Podrías pensar en tu propia felicidad, entonces. Quédate con él. Pronto sanarán todas sus heridas y...

-Pensaré por el resto de mi vida en lo que pasó. ¿Otro gran golpe en vano?- le pregunté, levantándome. -Algún día lo lastimaré mucho más. Y no quiero pensar si él muere ante mí. Moriría yo también. Quizás ya lo maté y eso es lo que no soporto. Y él lo sabe. Y cada día que pasa no sabemos qué decirnos. Es como si fuese algo a punto de desbordarse.

-Entiendo. Pero vine aquí para confirmar si lo que decían los enviados de Galdor era verdad. Y también porque te necesito. Bastaron treinta años para que los dúnadain se dispersaran otra vez. Necesitamos de tu talento, necesitamos que vuelvas. La señora Arwen te extraña. Y yo.

Yo posé mi mano sobre la suya.

-No sé qué hacer.

-Sabes qué hacer. Tu espíritu me lo dice. Pero tienes miedo.

-Voy a morir otra vez.- le dije, sin mirarlo.

-Eso es mejor a agonizar lentamente.

-Pero ¿qué tal si no agonizo? ¿Qué tal si lo superamos? ¿Qué tal si...?

Él se levantó.

-Es tu decisión- me dijo, besando mi frente, para irse a sus aposentos.

Fui a los míos, es decir a los de Thranduil. Encontré un libro escrito y me dio curiosidad. Comencé a leerlo interesada y luego aterrada. Sobre todo por lo que estaba consignado en las últimas páginas.

"Debí morir contigo ese día, Neldaniel. Porque ahora estoy muriendo más que nunca. Ella ya no está, hace mucho tiempo que no está. Nunca debí conocerla. O ella debió morir. Así no me mataría poco a poco recordar que pudimos haber construido algo más. No me mataría saber que pudimos crear un milagro. Que era mi hijo. Que ella tuvo en su seno a mi felicidad destruida.

"La amo tanto que me está matando. Estoy perdido. Pero ya no puedo verla de la misma manera. ¿Por qué, por qué la conocí? ¿Por qué? ¿Por qué no la dejé morir a manos de los orcos? ¿Por qué no la dejé en paz? Son tantas preguntas que me hago. Pero habría descansado contigo, mi hermosa mujercita. Habría descansado para no sufrir más. Para no vivir todos los días aprisionado en un invierno eterno a pesar de ella. Ella que ya no es mía. Ella que nunca lo fue.

"Si se va moriré. Pero si no se va algún día nos diremos todo lo que no nos atrevemos a decirnos. Quizás terminemos en cenizas. Por Eru. No lo soporto más. No quiero verla. La amo tanto que no quiero verla. Pero es solo un pálido reflejo de ella lo que tengo todos los días en mi lecho. Solo pienso a veces que es mejor que siga con sus esperanzas fallidas y yo con las mías. Conservaremos nuestros engaños. Por lo menos aún tengo a un hijo vivo. Conservaré lo que ella no ha podido o querido conservar. Algún día..."

Dejé el libro. Saqué todas las cosas. Me llevé solo una armadura. Dos espadas y un arco. Até mi cabello. Las lágrimas comenzaron a aflorar por sí solas. También dejé el collar. Entonces lo ví. Me miró como siempre, pálido, sin expresar nada.

-Dime por qué.

-Porque nos vamos a matar- le dije. - He sido lo peor que te ha pasado y tú has sido lo peor que me ha pasado.

-¿Sabes lo que me harás si te vas?

-Sobrevivirás. Conservarás, porque puedes, las esperanzas que yo no.

Él cerró los ojos, comprendiendo lo que hice.

-Son solo pensamientos.- musitó, tratando de aplacarme.

-Es la verdad.

Él no respondió. Eso era que lo admitía.

-No quiero ser una carga para ti. No te lo mereces. No luego de que me hiciste tan feliz.

-¿Entonces, es todo?- me preguntó, herido y furioso.

-Es mejor irme.- le dije, sin mirarlo.

-Entonces sí fuiste lo peor que me ha pasado.- bromeó, irónico.

Yo asentí, sin decirle nada. Él se exasperó aún más.

-¿No vas a responderme? ¿No vas a contradecirme? ¿Ni siquiera vas a...?

-PORQUE ES VERDAD- le respondí yo, llorando. - ¡Es verdad! ¡Nunca debió pasar esto! ¡Olvidé quién soy, quien era! ¡La estúpida elfa cuyos amigos mueren solamente porque tiene que vengar a su marido, el rey muerto! ¡La que dejó que mataran a su hijo! ¡A sus hijos! ¡Esa soy yo!

-No...

-¡No te acerques!- le dije, horrorizada. - No.

Él lo comprendió y dejó su posición lastimera. Su ira y su dolor, de repente se trocaron en un gélido gesto que eran más implacables que mi descontrol.

-Tienes hoy para irte.

Cerró la puerta y yo tiré el collar, destrozándolo en el acto. Glorfindel vino de inmediato y se cruzó con el Rey, que seguía ahí. Abrió la puerta. Glorfindel fue a mi encuentro y el Rey vio el collar destrozado. Lo recogió y me miró con dolorosa ira.

-Por favor, váyanse. Mis súbditos los proveerán de provisiones y escolta.

-Sácame de aquí- le dije a Glorfindel, que me abrazaba. -Sácame de aquí.

Así, nos fuimos. ¿Cuántas veces me fui entre lágrimas de este bosque? No lo sé. Quizás la última vez fue la que me dio la paz que necesitaba. Pero faltaban muchos siglos para que eso sucediera.

Me encontré con Elladan y Elrohir en Lorien. No quería ver a Galadriel. No quería que me dijera que me lo advirtió. Celeborn fue el primero en acercarse.

-No lo olvidarás jamás.

No le respondí.

-Ni aquí ni en ningún lado. Porque estás recorriendo un camino en el que nadie puede alcanzarte.

-Creí que me juzgarían por faltar a mi palabra con Gil- Galad.- le respondí, trenzando mi pelo.

-Tenemos larga vida, pero no somos estatuas.

Yo le sonreí, agradeciéndole. Celeborn me dio aguamiel.

-Galadriel entiende... que no quieras verla. Respeta tus deseos, aunque te sigue amando como a una de sus hijas.

-No soy digna de ella.

-Ella jamás diría tal cosa. Pero te dice que volverás a perderte. No como la primera vez. Pero que es necesario que lo hagas.

-No la entiendo. Suelo hacerlo luego de siglos. Soy su alumna menos aventajada, ¿sabes?

Él sonrió, paternalmente.

-Su amor es infinito. Te desea lo mejor en tu viaje.

Supuse que ella ya había visto el futuro. Glorfindel fue el que me lo dijo. No volví a ser la brutal compañera de Elladan y Elrohir, que respetaban mi duelo. Solamente volví a reagrupar a los capitanes del Norte que se escondieron. Creamos fuertes seguros para sus familias. Duré diez años en esa tarea. Y cuando me llevé a grupa al heredero de los dúnadain para Rivendel, te encontré y nos abrazamos felizmente. No entiendo por qué nunca me preguntaste por Thranduil.

-Porque ada nos pidió respetar tu dolor. Glorfindel me contó todo y yo no quería importunarte- le respondió Arwen, ahora haciéndole un peinado.

-Eres virtuosa. Pero me habría encantado decírtelo, aunque el amor no se saborea como todos los frutos en un bosque.

-Lo sé. Por eso lo respeté- replicó ella, voluntariosamente.

Ella sonrió, suspirando.

Lo que todos sabían, tu, tus hermanos, tu padre y Glorfindel, era que yo no podía olvidar, tal y como vaticinó Celeborn. No esta vez. Glorfindel medió por tu padre y solamente me habló de por qué me quedé y salté del barco en vez de irme por mi hija. Me dio a Aiglos entre las manos. Me dijo que aún no era digna de ella, ni había cumplido su misión en la Tierra. Y Aiglos me recordó a Gil- Galad. Eso tampoco me lo perdonaba, porque el recuerdo de mi marido estaba viciado. La iba a poner en su lugar, pero él detuvo mi mano.

-No. Tuviste derecho a amar, pero Gil-Galad sigue en tu espíritu. No de otro modo quisiste irte al Norte.

Yo miré trémula a Glorfindel, porque descubrí exactamente que eso era lo que Thranduil pensó al ver mi cara el día en que descubrimos a los hombres muertos al sur. Que igual Gil-Galad nunca me dejó. Que ese espíritu altruista y combativo solo pertenecía a él y que por ende yo le pertenecía, así como él seguía perteneciendo a Neldaniel en ese cuaderno. Eso me acongojó aún más.

-Es verdad- le confesé.

Pero no era una respuesta pletórica de convicción, como en otros tiempos. Yo ya estaba en otro camino. Y cuando el niño que llevé a Rivendel creció y murió a manos de los orcos y su hijo también creció, todos decidimos explorar la parte más al sur de Rohan y Gondor. El heredero se devolvió con algunos hombres, pero otros, bravos, jóvenes y solteros, nos siguieron. Querían ver qué había más allá de territorio oriental. Conmigo iban cuatro elfos: Elladan, Elrohir, Talüm, elfo silvano (que había sido de la guardia de Thranduil y me siguió porque hallaba más valía en estar conmigo) y Sandor, que me reencontró en Lorien, junto con Naharien. Les pedí perdón pero ellos me recibieron amorosamente. Naharien se fue a Eldamar para no volver, pero Sandor se quedaba. Creía que la Tierra Media no era segura y tenía razón: los orcos y otras criaturas inmundas acechaban. Éramos cincuenta, más o menos. Y en una batalla contra orcos y orientales, llegamos a terreno baldío y yo peleé desaforadamente contra uno de sus mejores guerreros. Hasta que ví dunas y dunas y dunas y buscaba a mi contrincante. Lo encontré y le tiraba flechas y este a mí.

Pronto el calor arreció y mi caballo murió. Solo veía el aire moviéndose como un cortinaje e aire. Yo seguía caminando y oía voces. Las de mis compañeros elfos. Pero yo no iba a su encuentro. Por fin, en el desierto, me perdía y solo buscaba el camino que presagió Celeborn. Recordé la voz de Thranduil leyéndome sobre la Lámpara de Ormal, con la que los Valar alguna vez iluminaron el mundo. Pero seguía caminando sin sentido, en medio de la arena. Ya no me importaba. Comencé a quitarme la armadura y solo tenía frente a mí el mar de arena, por todos lados. Recordé cuando peleaba todas las noches con Thranduil o cuando bailábamos. Su risa. Su ternura para conmigo. El collar. Las noches que pasamos viendo la verde infinidad. Sus besos. Yo sonreía, como tonta, mientras caminaba, como movida por una fuerza más allá de mi destino. Caminaba hacia lo incierto. Ya no oía a Elladan y a Elrohir, estaba segura de que me seguían.

Y todo se tornó negro.