Otros mundos

Me perdí en el desierto de Harad para olvidarlo. Para no acordarme más de su rostro. De su maliciosa, pero generosa sonrisa. De que a pesar de que era muchas cosas, así como yo, lo amé más que a mi vida misma. Que fui suya y él mío. Que sus brazos eran mi refugio, su voz era mi hechizo, que sus palabras alguna vez fueron miel y no filos de espada contra mi alma. Que era hermoso, que me enamoró su rostro anguloso, que amé su apostura. Que amé todo lo que hizo por mí.

Y el dolor era tanto, que desperté.

Las lágrimas no me permitieron ver dónde estaba. No reconocí que estaba en una tienda llena de intricados bordados y cojines, ni con una lámpara colorida. Solo oí ruidos que me extrañaron. Me levanté, aturdida. Y al abrir la tienda, encontré a Elladan tirado en el suelo, ensangrentado. Ya iba a gritar y a ayudarlo, pero este se levantó ágilmente, limpiándose la sangre de la nariz.

-Así me golpees todo lo que quieras, jamás hallarás tu peine.- dijo, maliciosamente.

-Elladan, devuélveselo. Ya hemos sufrido suficiente- le recordó Elrohir, también tirado en el piso y golpeado. Vi a Sandor en posición de ataque y a Tälum también. Estaban frente a una menudita figura negra que no reconocí por el sol. Salí lentamente de mi tienda y oí su voz. Era una mujer. Y era bastante joven.

-¿Por qué, tontos eldar, quieren seguir sufriendo? Solo les pediré, por quincuagésima vez, algo que me pertenece. No tienen derecho a tenerlo con ustedes.

-Ella tiene razón, Elladan. Esto es estúpido- insistió el otrora guardia del Bosque Negro, Tälum.

-Muy estúpido- terció Sandor.

El increpado los apartó, sacando un precioso objeto en blanco y negro marfileño.

-Esto no es arte élfico conocido. No te daré nada hasta que nos expliques quién eres y de dónde vienes.

-No estás en derecho de preguntarme eso- respondió la figurita. Me tapé la vista y la observé con más detalle. Era alta, esbelta, como todos nosotros. Pero tenía el cabello muy negro y los ojos cuasi- rasgados. Era una elfa, también. Sus labios eran delgados y su rostro era níveo. Jamás había visto una como ella. Estaba con ropaje negro y era diferente al que yo había visto jamás.

-Claro que estoy en mi derecho. Por tu culpa estamos prisioneros aquí.

Yo palidecí. Vi a los que observaban la pelea. Eran orientales, pero no como los que conocí. No eran Haradrim puros. Tenían ropajes más rústicos o elaborados, según su rango. Me impresionó ver a un hombre, barbudo y con su cabello castaño claro, estar fijo como una estatua, sin intervenir. Era bastante hermoso, así como la mujer que estaba detrás de él, que tenía piel olivácea y ojos verdes. Otra tenía ojos negros. Las dos solo observaban, como el resto del campamento.

-Fue porque robaste mi peine. Entrégamelo y...

-¿Nos dejarán ir?

-Irían hasta su muerte, eldar estúpido. No saben sobrevivir aquí- masculló ella, con una fría mirada.

-Pues esto- dijo Elladan arrogantemente - Es mío- afirmó, para guardarlo.

Inmediatamente, ella corrió y Elladan sacó su espada. Pero nos quedamos anonadados cuando ella saltó y se paró encima de su arma, con una agilidad impresionante. Yo solo me preguntaba por qué nos decía "eldar" y recordaba las lecciones de Thranduil, Cirdan, Elrond y mi marido. Hasta que recordé haber visto otra igual antes, cuando yo era una reina. Pero no era una mujer, era un hombre. Eran...¿avari? Eso solo podía explicar el origen de sus rasgos y facciones. Quizás no se habían unido al pueblo de Galadriel y de Thranduil. Y quizás también fueron mezcla entre los Teleri, que se quedaron en Aman. Quizás habían otros. Y ahí estaba la prueba. Y eso era lo que Elladan trataba de averiguar.

No pude pensar más, porque estábamos absortos, así como el mismo Elladan, al ver a la pequeña elfa sobre su espada. Elladan trató de moverla, pero ella se movía con la espada.

-Por Varda...- afirmó el joven elfo, que no sintió cuando ella se acercó con leves pasos y lo pateó, para hacerlo caer al suelo y retorcerse de furia. En eso, Elrohir y Sandor fueron a atacarla con más espadas. No era justo que lo hicieran cuando ella no tenía una, pero no la necesitaba, no después de lo que vi. Sonrió arrogantemente y escondió su mano izquierda. Sandor fue el primero en enfrentarla y ella se movía ágilmente, hasta que pateó la mano que usaba su espada. Este no se rindió y como buen elfo silvano comenzó a tratar de golpearla, pero ella detenía, con la mano que tenía libre, todos sus golpes. De hecho, tomó una de las manos de mi antiguo subordinado y lo enredó hasta hacerlo enredarse. En seguida lo pateó y lo mandó al piso. Yo bufé de estupor. Vi luego cómo Tälum y Elrohir se enfrentaban a ella al mismo tiempo, que solo seguía enfrentándolos con una mano. Entonces ví cómo voló y los destrozó a los dos a patadas. Y ahí, sacó su mano, haciendo con ellas un movimiento extraño. Era una posición de ataque que jamás había visto. Elladan y Elrohir se pusieron en pie, a pesar de lo maltrechos que estaban.

-Ya, dale el peine- insistió Elrohir. Pero Elladan se negó.

-No. Ese estilo de pelea jamás lo había visto. ¿Quién eres? ¿Eres una de nosotros? ¿De dónde vienes?

-Si hubieses tenido la gentileza de entregarme mi peine, habrías ganado mi confianza para responder esas preguntas, estúpido eldar.- respondió ella, que seguía en su posición de ataque.

-¿Por qué nos llamas "estúpidos eldar"? - la increpó Elrohir.

-Es obvio que no soy eldar. Y por lo que he visto, son bastante estúpidos.

-Muy bien, se lo buscó. Toma un arma.- le ordenó Elladan, furioso. Ella sonrió.

-Te acabo de derrotar aún en posición de desventaja. Con una espada no podrías ganarme jamás.

-Qué confiada eres. Pero yo también lo soy- respondió Elladan, sonriendo maliciosamente.

-No eres tan buen peleador como crees que eres. No. No me sirves- le respondió ella en el mismo tono. - Quiero que ella pelee conmigo. Si gano, me entregarán lo que es mío.

Me señalaba a mí.

-No tengo nada en tu contra- le respondí, atándome el pelo.

-No, pero eres mejor que estos tres. Y eso es más interesante.

-No lo soy.

-Te vi luchando. Insisto.

-Prefiero devolverte tu peine- respondí levemente.

-¿Temes perder?

-Sí- le respondí sinceramente, ante el furioso asombro de Elladan, que me tiró su espada.

-Fineriel, pon en su lugar a esta niñita. Demuéstrale por qué eres la mejor combatiente de la Tierra Media.

-Devuélvele el peine- dije, tirándola al suelo.

-¿En serio?

Lo miré levantando la ceja, así como su hermano. Él tiró el objeto y se fue, furioso, a su campamento.

-¿En serio?- le pregunté yo, sin mirarlo.

Él se devolvió y lo tomó levemente. Se lo puso a ella en su pecho, de manera ruda y me arrebató la espada a mí. Sabía que lo había herido en su orgullo.

-Bien, es todo- le dije a ella, que de inmediato me hizo una reverencia.

-Gracias- dijo, para guardarlo y retirarse a su tienda. Oí sonidos de decepción y vi a la gente retomar sus labores. El hombre que había visto se me acercó.

-Teníamos otras historias de tí.

Yo le sonreí levemente.

-¿Qué pasó con tu caballo?

Porque ya lo reconocía. Era el guerrero al que perseguí hasta perderme en el desierto. Era muy bueno. Cruzamos flechas, hasta que me encontré en la bruma de arena.

-Lo mismo que al tuyo. Te encontramos a dos días de vuelo de pájaro. O bueno, no yo. Mi gente. También a tus amigos, que fueron atraídos por ella.

-¿Cómo se llama?

-Uë.

-Jamás había oído algo así.

-Ni yo, pero me liberó de los orcos. Es reacia a hablar, pero es la mejor peleando. Hasta que caímos prisioneros de los Haradrim, que nos superaban en número. Y vinieron ustedes.

-Creía que eras Haradrim. Bueno, eso pensé hasta que vi a tu pueblo. Son... distintos. - dije, observando a las mujeres con sus brazaletes de oro y sus hermosas túnicas. Algunas de ellas eran guerreras.

-Somos Haradrim, pero no estamos bajo la influencia del mal. Nunca lo hicimos. Por eso nuestro propio pueblo insistió en masacrarnos, pero los ha achicharrado el desierto. Ahora iremos hacia el sur. Y lamento decirles que tienen que venir con nosotros. Mi padre querría verlos.

Yo estaba bastante confundida aún. ¿Eramos prisioneros, o huéspedes? ¿Por qué nos forzaban a ir con ellos?

-¿Quién eres?

-Farabad, hijo de Farhaad, señor de las tierras del lejano Harad del sur. Esperó durante mucho tiempo mi regreso y por fin pude comunicarme. Una parte de mi gente, la más fuerte, vino a rescatarme, hasta que se pusieron en medio ustedes. Nos facilitaron el trabajo, pero son elfos noldor. Y por supuesto, nos deben muchas explicaciones.- dijo, levantando sus cejas. Recordé a Orleth y a Lindon. Y a Gil-Galad.

-Supongo que saben quiénes somos.

Él asintió con la cabeza.

-No todos los siglos encuentras a los dos hijos del señor de las tierras del Norte, a la hechicera de cabellos rojos y a dos silvanos juntos, ¿o sí?

-Podrías dejar ir a los gemelos. Su padre no es un insensato y quizás los ayudaría.

-No lo hizo en siglos. ¿Por qué lo haría ahora?- me cuestionó.

-Porque tuvo que protegerse de Sauron. Luchamos contra él y hemos perdido- insistí.

-Pero siempre nos vieron como enemigos. Y la matanza de nuestra gente la explicarán ante mi padre. Además, no podrían cruzar a solas el desierto hasta el norte.

-Entonces, ¿no tenemos opción?

-Quizás no, por ahora.

Yo suspiré, porque jamás había sido prisionera en estas condiciones.

-Nuestro pueblo nos necesita.- insistí.

-Y ustedes lo entienden, tanto como para arriesgarse por un peine- respondió con ironía, para luego retirarse. Yo entré confundida a mi tienda y vi a las dos bellas mujeres que observé, viendo mis armas y mi collar enano. También el de Gil- Galad. Las dos bajaron la cabeza.

-Perdónenos- dijo ella en lenguaje oriental.

-Está bien. Lo han hecho antes- respondí yo, en perfecto dialecto. Las dos se miraron, sonriendo. Yo me fijé en sus ojos, delineados con sombras de tierra y negro. En sus manos, con pulseras grandes. Hermosos dibujos en sus manos.

-Creíamos que era más peligrosa de lo que decían las leyendas. Pero es realmente una mujer sabia y gentil.- dijo la que tenía ojos verdes. -Por favor, siéntese.

Yo lo hice, incómoda.

-¿Qué leyendas?

-Dicen que usted durmió cien años hasta que la despertó un príncipe.

-Que también se transformó en una hechicera y luego mataba hombres y niños. Y bebía sangre. Que ataba a sus víctimas con sus cabellos.

-Bueno, habría atado a la joven que golpeó a mis amigos- sonreí. Ellas me ofrecieron una bebida aromática que olí con insistencia.

-¿Hay algo de verdad en eso?- me preguntó la de ojos negros.

-Dormí mil años, desperté por mí misma y llegué al reino de mi marido.

-¿Y dónde está?- preguntó la de ojos verdes. Sonreí de nuevo y ella entendió.

-Lo siento mucho.

-No importa. Murió hace más de mil quinientos años.

-¿Lo extraña? Bueno, después de todo este tiempo...

La otra la miró, incitándola a la prudencia.

-Sí. Es el padre de mis hijos. O lo fue. Fue hace mucho. Y fue muy breve- les dije, bebiendo.

Ellas se miraron y se quedaron en silencio.

-Mis hijos también se fueron- les dije, con certeza. Ellas exhalaron, tristemente, ya que eso era lo que preguntarían.

-Lo sentimos.

-Está bien. Gracias por la bebida.- les dije en dialecto oriental.

-¿Por qué sabe nuestro idioma?- preguntó la de ojos verdes, interesada.

-Me crió una de ustedes, hace mucho, mucho tiempo.

-La crió con honor- respondió ella, para luego levantarse e irse, junto con la otra. Vi que me habían dejado todos mis demás objetos, incluida la armadura que tiré en el desierto, en orden. Y también había ropajes orientales sobre mi estera, graciosamente decorada. Me perdí en el exquisito arte de este pueblo, hasta que Elladan entró a mi tienda.

-¿Vas a admitir que seamos prisioneros?- me preguntó, sentándose gravemente. Yo toqué su golpe, que ya iba sanando.

-¿Tenemos otra opción?

-Huir.

-No somos buenos cruzando el desierto. Ellos sí.

-Preferiría morir antes de ser esclavo de los orientales- afirmó, disgustado. Él era el más orgulloso e impetuoso de los gemelos.

-No somos sus esclavos ni lo seremos. Nos haremos útiles para ellos y quizás nos dejen ir.

-Quieres decir, ser sus esclavos- insistió Elladan.

-No- dije yo, tomando mi bebida. - Servirles.

-Tienen a su mocosa elfa para eso.

-No basta con ella sola y tampoco sus golpes.- le respondí.

-Es lo mismo que me dijo Elrohir. Parece que tuvieran la misma mente- suspiró, para beber un poco de lo que le ofrecí.

-Está bueno. Maldita sea- insistió, frustrado, pensando en su padre y en ti, porque no veía a estos orientales tan malos como creía. Y porque todo en ellos era fascinante.

-Ya hallaremos una forma de salir de esto. Pero por ahora no tenemos opción. Debemos dejar nuestra arrogancia a un lado y así encontraremos la salida.

-Está bien- respondió resignado, mirando también los hermosos tapices y las lámparas.

-Jamás vi algo así en Ardaost- insistió.

-Ellos no son de Ardaost- dije yo, mirando el collar de Gil- Galad y recordando cuando tiré el regalo de Thranduil. Él adivinó mi pensamiento. Tomó mi mano.

-No podrás olvidar. Lo siento- vaticinó.

-Lo sé. Y eso lo hace mucho peor para nosotros.

-¿Tanto lo amaste?

Yo sonreí tristemente.

-Más que a mi vida- respondí, al verme de nuevo girar en sus brazos y luego reírme. Y luego mi sangre.

-¿Te habrías quedado allí de haber...?- me preguntó, por mi hijo. Yo asentí levemente con la cabeza.

-Hasta que creciera y lucháramos juntos. Pero no pudo ser. Mi cuerpo está dañado. Lo estuvo desde que salí de esas mazmorras orcas. Me duele es haber podido dar forma a una ilusión que solo se hizo añicos.

-Arwen me dijo que lloraste por él todas las noches, hasta que nos fuimos. Lo siento- insistió.

Yo tomé mi rostro con mis manos, porque tu percepción escapaba a la mía. En eso te solía subestimar.

-Por los dos- respondí, con la voz quebrada.

Él me abrazó y yo lloré como no pude hacerlo desde hace mucho tiempo. No lo hice ante Glorfindel, que siempre estuvo pendiente de mí. No lo hice ante Elrond o Galadriel, que habrían sido un hermoso consuelo. No me lo permití. Y ahora estaba ahí, llorando en los brazos de Elladan, desesperadamente, por todo lo que dejé destruido miles de tierras atrás. Hasta que él vio que alguien entraba a la tienda. Le amenazó con mi espada.

-Vengo en paz.

Era ella. Tenía un pequeño cofre. Lo que impresionó a Elladan fue que se arrodilló ante mí, como si yo fuese un pequeño rey y lo dejó, para retirarse.

-No entiendo por qué contigo es así- dijo él, tomándolo. Yo lo abrí. Una combinación de hierbas y flores que me hizo sonreír al instante y me tranquilizó. Se la dí a él, que sonrió, satisfecho.

-Qué mujer tan rara- dijo, extrañado.

-Se llama Uë.

-Qué nombre más raro- insistió. En eso entró Elrohir y Elladan le mostró el cofre. Sonrió, contento.

-¿Quién se los dio?

-Nuestro verdugo particular- insistió Elladan. Sandor y Tälum entraron y lo olieron también.

-¿Lo hizo ella?

-No lo sé, pero es sorprendente. - insistió Elrohir, oliendo el cofre otra vez.

-Eso no es lo mejor, se arrodilló ante Fineriel en seguida.

Los dos elfos silvanos se miraron y sonrieron.

-Te cae bien- se burló Tälum.

-Sí, así es- dije yo, sonriendo levemente y levantando las cejas, extrañada. Íbamos a hablar de nuestra situación, cuando entró una de las hermanas, la de cabello negro y ojos del mismo color. Todos quedamos impresionados al verla.

-Mi hermano los espera en su tienda- dijo, para mirar fijamente a mis compañeros. Solo pocos se resistieron a su hechizo. O una: yo.

-Vaya, qué mortal- insistió Sandor.

-¿Por qué nunca vimos orientales así en Ardaost?- se preguntó Elrohir y Elladan se echó a reír.

-Porque habríamos lamentado que no fuesen elfas.- respondió alegremente.

-Yo lamento que no sea elfa- insistió Sandor.

-Bueno, estamos igual- insistió Elrohir.

-Y eso que no han visto a la otra...- insistí yo y nos echamos a reír, como no lo hacíamos desde hace mucho tiempo. Apenas entramos a la tienda, vimos a Uë con el cabello suelto y un moño encima de su cabeza. También, con ropajes que yo no había visto nunca, cruzados en el pecho. Tälum la miró fijamente con sus ojos brillantes y ella a él. Elladan y Elrohir se miraron al verla. Sandor solo veía a la mujer que se presentó en la tienda. Farabad se sentó, vestido de negro, para presidir la reunión, con otros orientales. La mujer de ojos verdes se sentó al otro lado, pues en el opuesto estaba su hermana.

-Los he invitado a mi mesa porque son huéspedes de mi padre. También por agradecerles, aunque sea de manera involuntaria, el haberme liberado de los Haradrim del norte. Jamás tuvimos elfos en nuestro pueblo, pero espero que cooperemos entre nosotros- afirmó y alzó su copa. Brindamos.

-A nombre de los eldar estamos muy agradecidos por su hospitalidad- afirmé en lengua oriental. Todos los demás alzaron su copa y brindaron.

Comimos frugalmente, como suele ser en nuestra especie, pero Uë no tocaba nada. Apenas unos cuantos granos y frutas. Solo quería agua. Nosotros la veíamos extrañados. Luego de la cena, supimos que la mujer de ojos negros, Haresh, era la hermana de Farabad. Miresh, la de ojos verdes, era su prometida, desde la infancia. Y ella fue la que luchó para rescatarlo y atravesar el desierto. Oímos música que jamás habíamos experimentado. Cuerdas dulces, pero también graves y sugerentes. Y luego un instrumento que parecía llevarnos al cielo al ritmo de los pequeños tambores. Miresh y Haresh bailaban gracilmente, ondeando sus manos y haciendo símbolos, mientras salían a relucir sus joyas. Todos mirábamos hechizados a sus ojos y sus caderas. También sus cuellos, con collares de piedras refulgentes y sus vestidos de colores. Terminaron las dos, gracilmente, en el piso, mientras nosotros estábamos más que extasiados con los olores y las especias en la comida.

Quizás nos "prepararon" directamente para lo que nos concernía. Apenas terminaron de danzar, las dos mujeres se sentaron al lado de Farabad. Tenían una gran lámpara al frente de las viandas. Haresh se puso a tocar una pequeña melodía con un gracil instrumento de cuerda, sin mirarnos. Me dí cuenta de que Uë no estaba.

-Sabemos que somos sus prisioneros- insistió Elrohir, diplomáticamente. - Pero debe saber que necesitamos volver a nuestras tierras. No entiendo qué ganarían los señores del sur con nuestra captura. Nuestro padre no puede ofrecerles más que paz.

-Y el mío también. Por eso necesito que lo vean. Queremos liberarnos del yugo de nuestros hermanos del norte y ser un pueblo libre. El desierto es lo único que nos ha librado de la destrucción. Intenté en vano acercarme a los reinos de los hombres. Lastimosamente, para los rohirrim y gondorianos somos todos iguales. Pero hemos reclutado aurigas en estos últimos años que han visto cómo Sauron ha cegado a sus hermanos. Somos fuertes y somos grandes. Y podemos pelear.

-Pero podría ir alguno de ustedes con nosotros- insistió Elrohir.

-Nunca más- refutó Farabad, con amargura. - Nunca más desperdiciaré mi vida entera siendo objeto del odio de los hombres solo por mi color de piel o por mi filiación. Luché contra todo y he descubierto que tengo mucho que perder.

-Pero hubieras ido con nosotros- insistió Elladan. - Te habríamos ayudado.

-¿Cómo? Nunca pude pasar más allá de Isengard.- dijo él y yo adiviné que había sido esclavo de sus hermanos y también lo hubiese sido de los hombres, que lo miraban con desconfianza, a pesar de hablar la lengua común. No encontró muchos elfos en su camino, que también lo hubiesen eliminado. Y ahora nos tenía como garantía. Nosotros le garantizábamos que su penoso y largo viaje no había sido un fracaso.

-Podríamos escapar hacia el norte y hallar la muerte sin su guía- afirmé yo. - Podríamos incluso ir con tu padre, pero tendremos que regresar.

-Lo sé. Pero no ahora- dijo, retirándose. Miresh se quedó, silenciosa. Sus ojos nos tenían absortos, a pesar de ser una mortal.

-Perdió veinte años tratando de buscarlos. Por eso no los dejaremos ir tan fácil. Esto es importante para él. Y para mí- dijo, bajando sus largas pestañas. - Por fin tengo a mi amado conmigo y no se alejará de mí.

Entendimos que ella había sufrido mucho por su ausencia, al ver la suya en sus gestos.

-¿Cuántos años luchaste para traerlo?- pregunté.

-Desde que tuve uso de razón. En nuestra tierra lo creían muerto, pero mi corazón dijo otra cosa. Hasta que un águila atravesó el desierto y no se la comió el león. La centésima. Lo busqué y siempre atravesamos el desierto. Nos costó muchas vidas. Pero lo hallamos. Lo hallamos y después llegaste tu y los demás. Ahora debemos traerlos. Deben hablar con nosotros.

-Somos una raza que mengúa. Nada podemos hacer- insistió Elrohir.

-Son una raza que mengúa, como la nuestra. Porque no han contado con las fuerzas que deben de contar. Todos estamos cansados. Pero no nos queda otra opción. Y eso es lo que nos hace fuertes. Mi prometido habría podido dejarlos morir y ver que nuestros hermanos tenían razón. Pero ha optado por algo distinto. Y lo apoyo- repuso firmemente, haciéndonos una reverencia y yéndose con su velo. Nosotros nos quedamos en silencio.

-No tenemos opción.- insistió Sandor.

-Podríamos decirles que te devuelvan a ti. Puedes irte a Eldamar- insistí, pero él sonrió amargamente.

-Nunca jamás.

-¿Por qué? Allá está tu esposa- replicó Elrohir, que vio cómo su hermano se levantaba, extrañado.

-Un amor verdadero sobrevive con el tiempo. Pero no un amor que siempre estuvo dañado.- repuso el elfo con suma tristeza. Yo me sentía culpable, todavía, por lo que había pasado.

-Sandor, ¿qué pasó realmente en Lothlórien?- le pregunté en quenya, mientras comía otro dulce con núez y especias.

-No me sirve de nada casarme con quien amo cuando ella amaba ya a otro.

-Te refieres a Thranduil- le dije yo, sirviéndole aguamiel. Él negó con la cabeza.

-Legolas. La dejé donde Círdan para que por fin pudiera irse con él. Se rumoreba que iría, desde hace años. No pude soportar el dolor. Por eso vine contigo. Para morir- dijo, sonriéndome casi entre lágrimas. -Pero estamos aquí. Lo siento, señora. Quería servirte pero sabía que mi vida no valía nada.

Yo lo abracé, pensando horrorizada si Legolas no lo habría planeado o si ella había sido la de la idea y cómo habría sido su encuentro. Pero ya estaban muy lejos de mí. Muy lejos.

-Está bien. ¿Y tú?- le dije a mi antiguo compañero en el Bosque Negro.

-Hablo por toda la guardia, señora. A mí no me importa que el rey Thranduil me destierre, eso ahora no tiene ningún sentido. La admirábamos por todo lo que hizo. Y yo quería seguirla para ir más allá de mi bosque. Y no estoy arrepentido.

-Bueno, en mi caso estoy preocupado por los dúnadain del norte. No sé qué harán sin nosotros.- dijo Elrohir. -Y también estoy preocupado por mi padre.

-Hallaremos una forma de comunicarnos. Pero como les dije antes, no podemos ser una carga o se desharán de nosotros. Debemos aprender y esperar. No hay otra opción.

Así convenimos. Haresh seguía tocando y nos sonrió. Salimos de la tienda y vimos a Elladan inmóvil. Veía a Uë sin moverse. Ella solo se sostenía de su dedo índice, mientras sus pies estaban arriba. Estaba rígida, como si fuese una columna en medio de la arena. Apenas terminó, nos miró sin decirnos nada y entró a su tienda.

-¿Qué es ella?- preguntó Elladan desconcertado. -Es una de nosotros, pero no es una de nosotros.

-Quizás sea una avari- expliqué yo.

-Pero sería como Tälum.- replicó Elladan, señalando al rubio guardia. Este me miró, confundido.

-Recuerda que no todos se unieron al pueblo de Thranduil y tu abuela. Debieron perderse. Deben estar en algún lado. Y ella es la prueba- dije yo. - Y por otro lado, lo que hace es sorprendente.

-Tiene que haber alguna manera de acercarse.- insistió Elladan. - Jamás he visto pelear a nadie así. Ni siquiera a ti- me dijo.

-Tu eres el que menos tiene derecho a hacerlo.- replicó su hermano. Pero Elladan sonrió ingeniosamente.

-Sigamos el consejo de nuestra mentora- dijo, dirigiéndose a la tienda custodiada por los dos guardias. Los demás los seguidos, preguntándonos qué se le habría ocurrido a él, que por demás era al que más sosiego le pedía su padre. Se inclinó ante los guardias.

-Quisiéramos hablar con Farabad.

-Está ocupado. Vuelvan mañana- nos dijo uno.

Elladan tomó mi mano y me adelantó.

-Ella quiere hablar con Farabad.

Los dos guardias me miraron y uno entró a la tienda.

-Está bien. Pasen.

Yo miré contrariada a Elladan, que quizás había notado algo que yo no. Todos entramos.

-Perdona molestarte. Ellos quieren pedirte un favor a nombre Elrond, su padre- le dije, inclinándome.

-Quisiéramos colaborar con ustedes en la defensa de su gente- insistió Elladan. -También en la guardia.

-Y en otras labores. Quizás podríamos aprender mucho de ustedes- complementó Elrohir.

Él los miró suspicazmente y sonrió para sus adentros.

-Está bien. Adelante. Pero espero que no les resulte pesado- dijo, hablando en secreto con Haresh, que sonrió. Miresh también susurró. Las dos rieron. Yo entendí todo como "no saben lo que les espera".

-Agradecemos su hospitalidad. De nuevo- insistí yo, mirando a Elladan con el ceño fruncido.

-Tú solo me dijiste que sirviéramos.

-Estás encaprichado- le respondí en quenya. Y por cierto. Tú comienzas la guardia- le dije, entregándole una cimitarra.

-¿Esto es una espada?

-Yo lo miré furiosa y todos lo vimos hacer la guardia con los jóvenes seguidores de Harabad, que le indicaron varias cosas que yo le tenía que traducir. Pronto lo dejaron solo, con quien quería.

-Si sale golpeado me avisan- dije con irritación. Elrohir alzó los hombros y se fue con mis otros dos compañeros a la tienda. Pero en realidad no pudimos hacer nada. Queríamos observar.

-Tu petición te costará más de lo que crees- replicó ella, mirando hacia la lejanía.

-He hecho guardia antes. - le respondió él, sin fijarse en ella.

-Lo sé. Hablaban de ti y los dúnadain en los reinos de los hombres- afirmó ella, sin mirarlo.

-¿Fuiste hasta el nuestro?

-No lo hallé. Hallé lo que ustedes llamaron Arnor. Fui hasta Lindon y tampoco hallé nada. Solo me hablaron de tu maestra.

-¿Y por qué no lo intentaste en los reinos silvanos?

-Estaba cansada y más desilusionada que nunca. Lo estoy.

-¿Qué fuiste a buscar?

-A mi padre. También necesitaba ver qué había en el oeste. Habrá mucho para mis libros, pero quizás también desolación.

-¿Oeste?

Ella lo miró trémula, para luego volver a mirar a la luna, sobre el desierto.

-¿De dónde eres?- le preguntó él, tratando de acercarse. - No lo tomes a mal, pero por eso tomé tu peine.

-Del este.

-Pero no eres como los Haradrim. No eres como los aurigas. Eres otra cosa.- insistió él, que quería más respuestas.

-Mi reino está lejos del alcance del mal todavía. Y está lejos del daño que se hicieron sus parientes a través de los siglos. Somos distintos. Y es mejor que se quede así, luego de lo que he visto.

Elladan no dijo nada más. Tampoco lo hizo cuando nos mandaban a hacer las tareas pesadas. Teníamos que sacar agua e ir a buscarla. Yo aprendía, con las mujeres, a buscar cosas para hacer fuego mientras avanzábamos por el desierto y el calor. Pronto nos deshicimos de nuestras ropas élficas y nos cubrimos con túnicas. Aprendimos a alimentar a los animales y también a sacrificarlos para alimento. Miresh enseñaba a mis amigos el lenguaje oriental y también a cómo orientarnos. Pero lo más interesante era aprender de sus hermosos poemas, cantados a amores imposibles y a las pérdidas o la belleza. Eran como nuestros cantos, pero más sugerentes, como si estuviesen en una mágica noche eterna. Pronto Harabad nos incluyó en las artes de la guerra para enseñar a los demás jóvenes. Pero la que vencía era Uë, que era imbatible. Enseñaba con mucha rudeza. Y me tocó enfrentarla.

A tres movimientos, me tumbó, pero yo era tenaz. Ella me atacaba sin chistar, parecía una mosca revoloteando sobre mí. Hasta que me cortó uno de mis mechones y luego el brazo, para luego girar y saltar rápidamente, hasta casi cortarme en la espalda. Yo, por orgullo, no me rendía. No notamos que todos se agolpaban para vernos. Ella me empujó con un toque y me hizo morder el polvo, para luego esquivar mi golpe de abajo. Hasta que tiró su espada.

-No eres un rival para mí.

-No lo soy. Pero llevo milenios defendiendo la Tierra Media con lo poco que tengo.

Eso debió entenderlo ella como un reproche, porque era orgullosa y bastante susceptible. Tomó su espada y me apuntó, mientras Elrohir detenía a su hermano.

Yo pateé la mía y subí, para defenderme y darle un corte en el hombro. Ella volvió a insistir, hasta que me enredó otra vez y me dejó sangrando.

-Que se pudran ella y su reino de estúpidos- me dijo Elladan en sindarin, ayudándome a levantarme. Ella oyó eso y se detuvo, pero siguió caminando. - Al fin y al cabo, ¿de qué le sirve toda esa destreza, si ni siquiera halló a su padre?

-Ya, Elladan- insistió Elrohir, mientras me daba agua.

-Seguro no me entiende. Y no me importa. Por su estúpido orgullo tiene lo que se merece. Puede ser el mismo Fëanor, pero no conoce el sufrimiento. Y espero que cuando lo haga, llore sangre. Fenómeno. Seguro su padre huyó al ver a alguien como ella.

-Ellad...- dijo su hermano, antes de ver cómo una patada nos tumbó a los tres, pero sobre todo a Elladan, que sonrió.

-¡Eso era lo que yo quería! - gritó él, sacudiéndose la arena. - ¡Vamos, pequeña!

Recibió otro golpe y él se abalanzó, para pelear rabiosa y desesperadamente. Yo trataba de detenerlos, pero fueron tan audaces, que rodaron por una duna, a unos metros del campamento. Yo fui atrás de ellos, tratando de separarlos y gritándole a Elladan como una loca.

-¡Tú ve con la gente!- le grité a Elrohir. - Yo me encargo- dije, todavía sin poder manejar mi amplia túnica. -¡Elladan! ¡Elladan!

Lo conocía desde que era un niño. Lo había tenido en mis brazos. Nunca jamás lo vi portarse así. Siempre fue humilde y laborioso, ante su padre y su parentela. Siempre estuvo dispuesto a servir a los dúnadain, como le enseñé. Me pregunté si en ese momento le di mal ejemplo y no, no se lo di. Ahora me daba cuenta de todo lo que había pasado en mis ausencias y lo poco que realmente lo conocía. Oía gritos de la gente, gritos de alarma. Entonces vi algo horrible que se acercaba. Era una gran tormenta de arena, que se acercaba como una ola gigantesca y mortal. Los vi a los dos inmóviles, como estúpidos y los tomé de las manos y corrimos. Me quité mi túnica y corríamos desesperadamente entre las dunas hasta el campamento. Pero esta se acercaba peligrosamente y vi que no teníamos escapatoria. Entonces los abracé, tomando mi túnica para cubrirnos y no vimos nada más.

Oímos voces, medio inconscientes. Nos echaron agua y nos trajeron hacia el campamento. Farabad estaba visiblemente disgustado. Yo le dije "déjamelos a mí" y él asintió. Les eché agua a los dos, otra vez. Los tomé, débiles como estaban y les dí una palmada en la cabeza a los dos.

-Nunca lo pensé de tí. Es la segunda vez que te hago esto- le dije a Elladan, que seguía aturdido. -Y tu- amenacé a la joven - Puede que me mates, pero te juro que te mato primero.

Los amarré al poste central del campamento, como castigo. Todos miraban con estupor. Cargué trabajosamente unas ramas y se las puse para cubrirlos y abanicarlos del sol. Ancianos y hombres comenzaron a reírse, así como las mujeres.

-No volverán nunca a poner a nadie de este lugar en riesgo. Ni siquiera a ustedes.-les advertí. Los hombres me felicitaron y las mujeres aplaudían, porque jamás habían visto castigo semejante.

-Yo habría hecho lo mismo- insistió Farabad, sonriendo levemente.

-Lo hice porque seguramente terminarían peleando entre las tiendas y son bastante bellas para tales menesteres- le respondí, limpiándome. Encontré a Elrohir silencioso y grave, departiendo con Sandor y Tälum. Estaban con Haresh.

-No aceptaré ningún reclamo por esto- insistí, molesta.

-No te lo estamos haciendo. Jamás ví así a mi hermano- dijo Elrohir, preocupado.

-¿No deberían ir a verlos? ¿Llevarles alguna vianda?- insistió Haresh.

-Ya se encargaron de eso- respondí, irritada. -Espero que no causemos un solo problema más- les advertí a los tres.

-Por supuesto que no pasará- dijo Sandor, tomando su copa de aguamiel. Haresh me sonrió.

-Ellos estarán bien. Fue un buen castigo, o eso dicen las mujeres. ¿Castigó usted así a sus hijos?

-No me dieron motivos- respondí, ayudando a pelar las pocas semillas que existían.

-Elladan fue el primero y el único- respondió Elrohir. En eso, entró Farabad.

-Quisiera hablar a solas con su capitán- les dijo a mis compañeros. Todos nos retiramos. Haresh miró todo sospechosamente y Elrohir miró a Haresh.

-Fue un gesto valioso. En otro caso los habríamos dejado más días, pero estimo mucho a Uë para hacerle esto. Igual lo aceptaría gustosa. Así la criaron.

-¿Hablaste con ellos?- le pregunté, aún irritada.

-Sí. Me han pedido disculpas, pero están raramente muy silenciosos. Quizás funcionó.

-Se deben evitar estos estúpidos problemas. Supe que hay dragones más al sur. Y leones. Y plagas. Puedo ayudarlos con eso.

-¿Cómo?

-Vamos a crear algunas armas más poderosas. Pero no las usaremos para atacar a otros. Solo para defendernos.

-Estoy de acuerdo. Suelo pensar así.- respondió él, sentado al frente mío. -Eso lo aprendí con un elfo.

-Creí que no habías visto elfos en tu viaje.

-Sí, a uno. Se llamaba Legolas.

Abrí la boca sorprendida. Él solo salió del reino cuando estuve con su padre una vez. Y volvió muy alarmado, pero también contento, con lo que vivió.

-Él me habló de todos ustedes y también de lo que habían hecho las armas con su pueblo. Me habló también de tí. Creía que solo hacías parte de las leyendas, pero te vi tal cual. Y por eso, cuando los tuvimos aquí, no podía creer en mi suerte.

-Los elfos arruinamos la Tierra Media. Eso no es suerte- le dije, triste.

-La hicieron crecer y la llenaron de belleza. Legolas me enseñó canciones del mar. Me enseñó lo que hicieron en su reino. Todo. Es maravilloso- me dijo, enseñándome un viejo símbolo. La hoja verde. Yo sonreí.

-Eso... es maravilloso. Habría sido fantástico tenerte entre nosotros.

Él sonrió, levemente.

-Ojalá lo que estamos viviendo no se pierda en los siglos. Lamentaría que mi vida hubiese pasado en vano- musitó. -Por fin conocemos a los elfos y su bondad. No su mezquindad. Legolas también me enseñó eso.

-Me alegra mucho.- dije, recordándolo con tristeza. Nunca llegamos a ser madre e hijo, pero sí amigo y amiga. Hermanos. Él era el cauce, el farol ante la tormenta que representaba su padre y que yo también representaba.

-Tengo una petición- me dijo. - Espero que no sea vergonzosa.

Asentí con la cabeza.

-¿Podrías enseñarme élfico? Siempre estuve muy intrigado por aprender. Me gustaría aprender todo de ustedes.

Le sonreí, halagada y felizmente sorprendida. Hacía años que un hombre no dúnadain nos decía eso. Comenzamos esa misma noche. Le enseñé toda nuestra historia y cada palabra se la enseñaba con nuestra propia pronunciación. Al día siguiente, desaté yo misma a Elladan y a Uë.

-Sé que me odias, pero eso no fue digno de ti.

-Lo sé- me respondió él, que no salió de su tienda en todo un día. Ella tampoco. Luego de que Farabad salió de mi tienda, yo miraba al desierto, que me parecía tan infinito y tan hermoso. La sentí. Ella se arrodilló y me ofreció su espada.

-Me honraría agradecerle por mi vida. No soy digna de su perdón.

Yo la levanté, dándole la mano. También tomé su espada. Era curva, como la nuestra, pero más liviana. Tenía una borla negra.

-Puedes pagarme de una manera.

-Lo que sea. Tengo una deuda de vida con usted.

-Enséñame- le dije. Ella me miró a los ojos y asintió.

-No seré una maestra bondadosa.

-Lo sé. Precisamente por eso te lo pido. Y si puedes, también a mis amigos. Lo necesitaremos cuando volvamos al norte.

Ella asintió. Y así pasamos dos años, viajando con cuidado, ante las tormentas y los leones. Asistimos a muertes y nacimientos. No vimos un dragón, afortunadamente. Tampoco vinieron otros a importunarnos. Mi nueva maestra era dura, pero sabía enseñar. Pronto me enseñó a controlar mi cuerpo y mis manos. También a golpear a su manera. Elladan, a su pesar, seguía siendo remolón y le respondía con ironías. Pero irónicamente, todas las guardias las hacía con ella.

-Está hechizado- insistía Elrohir. -Parece un estúpido- concluyó. Yo sonreí.

-¿Tú crees?

-Son iguales. A papá le sorprenderá verla. Si es que volvemos.

Yo lo miré preocupada. Porque yo tampoco sabía si algún día volveríamos. Habíamos mandado cinco águilas y ninguna volvió.

En ese tiempo, ella nos contó que efectivamente sí era del reino de los avari que no se mezclaron con los silvanos del oeste. Otros Teleri y luego más elfos se les unieron. Llegaron algunos hombres a quienes enseñaron los secretos de la inmortalidad. Vivieron en Utumno, luego de la derrota de Melkor, e hicieron florecer el reino. Nos hablaba de picos inconmesurables, de templos y palacios en medio de ellos. De escalinatas eternas y flores delicadas que rodeaban las paredes. También de dragones. La niebla y la magia de su madre eran las que protegían al reino de toda influencia maligna. Así como ellos, a quienes criaban. No eran malignos. Eran sus protectores. Su padre fue pariente de Finwë, pero se fue con su madre y se negaron a participar en todas las desgracias que acaecieron a los elfos en Beleriand. No supo nada de eso hasta que su padre sintió el llamado del mar.

-Creo que nos abandonó. Simplemente nos dejó. Nadie dio razón de él, de Anwë, nunca más- dijo ella, con tristeza. - Lo busqué. Juro que lo busqué. Pero ni Cirdan lo vio. Debieron matarlo los orcos, o Sauron.

Yo le pregunté cuándo desapareció. Ella afirmó que fue hace más de mil años. Precisamente cuando fue la batalla de la Última Alianza. Yo sospechaba, pero también me pregunté por él.

-No quedó nada. Nada. Ni un recuerdo. Y mi madre no habla de ello.

Era la misma historia con Legolas y Neldaniel y Thranduil. Ya había oído algo parecido. Básicamente ella había tenido la misma historia de mi amigo rubio, pero sin más éxito, porque su reino era mucho más lejano.

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

-Por mar.

-¿Hay un mar?- preguntó Elrohir, interesado.

-Sí, al sur. Por eso estoy aquí. Debo volver a mi reino. No voy hace doscientos años. No quiero causar más dolor a los míos.

Todos nos miramos, ya que nos preocupábamos por haber estado dos años lejos y ella se había ido por dos siglos. Siempre oculta, siempre errante. No quiso ir a los reinos élficos, porque no los halló. Y solo fue a donde Círdan, pero no quiso hablar con nadie más. Encontró a Saruman, que trató de sacarle alguna información sobre su reino, pero ella protegía su ubicación más que a su propia vida.

-Es raro que te haya preguntado eso.

-Así es. Gandalf el Gris tampoco sabía nada de mi padre. Estuve errando hasta que decidí devolverme. Había visto suficiente. Y aquí estoy. Duré cinco años como esclava de los Haradrim y conocí a Farabad. Y llegaron ustedes.

No vimos a Elladan en medio del relato.

-Vaya, el más interesado no está aquí- se burló Elrohir. Ella sonrió.

-Él ya lo sabe.

Nosotros confirmábamos todo lo que pensábamos al respecto.

Esa noche celebrábamos dos primaveras desde que Farabad se hubiese reencontrado con los suyos. Los panderos y los instrumentos que nos hechizaban y enamoraban ahora sonaban a la luz del fuego. También Miresh bailó, sensual y sutilmente. Yo aplaudía, mientras Farabad la miraba y luego a mí. Yo también lo miré a los ojos y vi la misma mirada de Thranduil y alguna vez la de Gil- Galad. Me retiré, turbada. Habíamos hecho divertidas nuestras clases y yo siempre fui una maestra paciente y gentil. Así lo había sido para hombres y elfos. Pero siempre pude mantener distancia de los que me veían como una figura para amar en verdad. Pero ahora no podía. No sabía qué hacer. Ahora todos bailaban y bebían. Me metí a mi tienda, tratando de no pensar. Pero no pude dormir. Vi de repente a Elladan con mi nueva maestra. Hablaban en élfico.

-Quiero besarte.

-Hazlo. Pero si temes, no volverás a verme.- respondió ella, determinada.

-No temo- dijo él, que la abrazó y la besó con todas sus fuerzas. Ella lo hacía igualmente. Abrió su tienda.

-Entra.

Él asintió. Yo levanté las cejas, porque jamás se me ocurrió ver a uno de los hijos de Elrond así. Elrohir ahora cantaba, mientras Tälum tañía el instrumento de cuerda. Todos estaban maravillados y hechizados por la tristeza de la canción. La de Nimrodel y su amado. Seguían bebiendo. Parecían todos poseídos por el vino y como si un espíritu sensual y descontrolado los dejara en medio del delirio. Yo bebía ahora, invadida también por la tristeza que se apoderó de todos nosotros. Recordaba a Gil- Galad. A Thranduil. Mi vida. Mi vida en vano. Hasta que vi a Farabad.

-Alma- me dijo, levantando la copa. Yo lo miré fijamente y vi en sus ojos negros una salvaje determinación. Una que yo también tenía. Él se acercó y me besó. Yo también lo besé y así estuvimos un buen rato, pero antes de ir a mi lecho, lo abracé. Él entendió.

-Hay otro en tu corazón.- me dijo, poniendo sus manos en mi cintura.

-Así es- le susurré.

-No podrás olvidarlo jamás.

Yo le sonreí, negando con la cabeza.

-No puedes hacerle esto a Miresh. Ella te ama. Ella luchó por tí.

-Lo sé. Pero tu me gustas.- me dijo, directamente. Eso solo lo había hecho Gil- Galad hace mucho tiempo.

-Tú morirás. Yo viviré. Y siento lo mismo, pero hay muchos oscuros pozos en mi corazón que te aterrorizarían. - le confesé. Vi resignación en sus ojos.

-¿Eso incluye a alguien más?

Yo asentí con la cabeza.

-¿Qué te hizo?

-Perdí a su hijo. Nos abandonamos. Nos lastimamos peor que caminar con los pies descalzos en la arena o ser picados por un escorpión. Pero nos amamos tanto como el fuego podría amar la madera o como el viento al mar. Éramos la tempestad.

-¿Quién era?

-El rey del Bosque Negro.- le confesé, sirviéndole vino. Él lo recibió.

-¿Cuánto estuvieron juntos?

-Una vida mortal- respondí, bebiendo. - Por eso me perdí y quise morir.

Él se acercó y besó mi frente.

-Aún lo amas.- dijo, mirándome a los ojos. Yo me sentí desnuda y asentí, ya resignada.

-Y también amo a mi esposo. Te dije que era un pozo demasiado oscuro.

-Sé lo que es amar a dos personas al mismo tiempo- me respondió, significativamente.

Yo tomé su rostro con mi mano y negué con la cabeza.

-No soy tu destino.

-Pero eres mi presente.

-Pronto se acabará- le respondí y él suspiró resignado, para abrazarnos. Vi unos ojos espiando la tienda y sabía quien era.

-Nos vio- dijo él, refiriéndose a su prometida.

-Yo lo arreglo- le respondí, levantándome. Ella me dejó pasar. Se peinaba, silenciosamente.

-A pesar de que esté fascinado por tus ojos, siempre veré por los suyos- me dijo, sin mirarme.

-Lo sé. Pero vengo a decirte que es tuyo.

Ella me miró, compungida.

-No me ama- confesó, con tristeza. Y he luchado toda una vida por él. ¿Estamos las mujeres a resignarnos a esto?

Pensé en las miles de mujeres elfas y dunadain que vieron a sus hombres morir y perderse. Unas esperaban y otras se consumían. Otras morían de pena. Y sí, vi que las mujeres lo construían todo, lo soportaban todo y esperaban todo. Y vi en ella esa valentía que no ví en mí, porque yo nunca me resigné a eso.

-Tienes ese camino o el mío. Abandono tras abandono y vagar descarnadamente. Pero también puedes ser feliz. Y serás feliz con él.

-Mi pueblo me dijo que enloquecí de amor y que mis esperanzas eran vanas. Casi me consumo para un amor en vano. Debí aprender lo fuerte que era antes de...

Yo puse mis manos en sus hombros antes de que se siguiera lamentando. Negué con la cabeza. Ella me vio y me abrazó. Lo vi, entonces, detrás de mí. Uní sus manos.

-Este es su destino. Está unido.

Él me miró sonriente y sereno y besó a su prometida. Ella me miró a mí con tristeza, pero luego con agradecimiento. Los dejé juntos y caminé afuera del campamento. Hacía frío. Tälum se unió a mí.

-¿No conseguiste a nadie para amar esta noche?- le pregunté, irónica, pensando en lo que me había acabado de pasar. Estaba halagada, pero yo tenía razón: había un abismo insondable entre Farabad y yo. Thranduil y Gil-Galad estaban en medio. Sobre todo, Thranduil.

-Sí, pero no es amor precisamente- me respondió, arropándose con un abrigo de piel. Yo sonreí, pensando en las sensuales jóvenes que se acercaron a bailar con él.

-¿Por qué me seguiste?

Él me miró serio.

-Porque la admiro. Me lamenté mucho por usted y como terminó todo con nuestro rey. Usted hizo al Bosque muy feliz.

-¿Tú crees?

-Lo sacó de un invierno que duró siglos. Trajo alegría. Fuimos felices al ver al rey tan feliz como usted. Nos alegraba tenerla entre nosotros. Él nunca lo dijo, pero vivía para usted. Vivía para hacerla feliz. Se levantaba y era severo, como siempre. Pero estuvo más pendiente de nosotros. Sobre todo cuando usted iba y nos hablaba o nos ayudaba. Lamentamos mucho la pérdida de ese hijo. Hubiésemos vuelto a verlo como antes. Como con la reina Neldaniel.

Yo recordé cuando estaba sangrando y negué con la cabeza.

-¿Por qué todo lo que puede sentir alguien se acaba de la nada? Quizás ahora entiendo por qué la regla de nuestra especie es tan determinante. Tenemos solo a uno y más que uno, porque nuestro amor hacia este es imperecedero.

-Quizás en este caso no lo sea.

-No por mi parte- le respondí, acercándome a él.

-Yo creo que tampoco lo sea de su parte.

-Si eso fuese cierto, cruzaría el desierto ahora mismo, esta misma noche- le dije, riendo. Él también se rió.

-Y quizás él cruzaría toda la Tierra Media por usted. Estoy seguro.

Yo lo miré a los ojos y le pregunté lo que evité preguntarle por dos años.

-¿Qué pasó con él cuando me fui?

-No quiso ver a nadie. Luego volvió a ser más lúgubre que un invierno brutal y crudo. Me envió a buscarla y ahí fue cuando me uní a ustedes. Pero no sé qué pasó. Luego me dijo que ya no quería nada. Me dijeron que era mejor que todo terminara. Y no recibí más noticias.

-¿Por qué no me lo dijiste?

-¿Qué habría hecho usted si le dijera que él cambió de opinión?- preguntó, inteligentemente.

-Hacerme cenizas.- le respondí, pensando en su frialdad y en sus pensamientos cuando me fui y él asintió, porque la descripción era la correcta.

-Perdóneme.

Yo tomé su mano y me recosté junto a él.

-Gracias por estar aquí.

Él asintió y lo dejé. Yo me dormí y él entró a mi tienda, para despertarme.

-Vi un ejército. Está a varias millas de aquí. Tenemos que prepararnos.

Maldije.

Me tocó ir por cada tienda, despertando a varios amantes y ebrios. Entre ellos, a tu hermano y a Uë, que reposaban desnudos. Me tapé la cara.

-Enemigos. Arriba- les grité. Los dos se sobresaltaron. También lo hice con Elrohir, que estaba con dos orientales. Y por último con Sandor, que estaba con Haresh. Harabad también se preparaba. Fuimos apertrechados, con armaduras y caballos. Entonces reconocimos las mismas armaduras. Era su padre, Farabad. Lo reconoció al lado de Miresh, que también iba en armadura. Nos presentó a nosotros, que hicimos una reverencia. Todo el pueblo se unía por fin. Entramos a unas grandes murallas y vimos una torre gigantesca, con combinaciones de figuras que jamás habíamos visto. Y el pueblo y el puerto, con grandes barcos y varios idiomas que no conocíamos. Vi un mercado, en el que vendían animales que jamás habíamos visto, incluidas aves verdes de hermoso plumaje, collares y especias. Todos vestidos como el otro pueblo que acompañó a Miresh para rescatar a su prometido.

Farahad besó mi mano y me hizo una reverencia.

-La hija de Orleth y esposa de Ereinion Gil-Galad, el último gran Rey de los Elfos.

-Así es- dije sorprendida. - ¿Cómo me conoce?

-Porque somos sus descendientes. Su nieto Akhili, o eso cuentan las historias, huyó con una parte de su pueblo y fundó este reino Haradhad, al sur, luego de cruzar el desierto en una agónica travesía. Él nos habló de la joven que salvó su abuela en Lindon. Luego, varios de nosotros oímos otras historias, de los que sobrevivieron al desierto. Una elfa pelirroja que reinaba con Gil- Galad en el norte. Y luego la elfa errante que defendió a los hombres y peleaba contra nuestros nefastos hermanos del norte.

Yo asentí, maravillada. Nuestras historias no eran olvidadas. Pasaban, como si fuesen cuentos, en distintas versiones.

-Siempre hablaron de usted con bondad.

-Gil- Galad hubiese estado complacido de verlos. Pero no supe nada más de ustedes ni tampoco pude buscarlos. Ya siendo su esposa jamás pude salir de Lindon. Pero estoy tan feliz de que hayan prosperado así- dije, mirando los barcos sobre la bahía y los frescos ropajes y lujosas y rústicas joyas de las damas. Sus tocados de oro y sus párpados bronceados. Las sedas.

-Ha sido difícil y el desierto nos protege, sobre todo de las hordas de Khand. Hemos desarrollado nuestras propias armas. También tenemos el reino de mi hermano Farahed en la jungla. Ha luchado contra aurigas y avezados Haradrim que han llegado hasta aquí. Somos aliados. Algunos orcos han tratado de invadir, pero somos fieros, muy fieros. Y nos alegra que por fin Farabad los haya traído a ustedes, porque a pesar de la distancia, verán que no todos somos dignos de ser eliminados- dijo, mirando a Elladan y Elrohir.

-No sé cómo podríamos serles útiles. La distancia es insalvable.- dijo Elrohir. - Tenemos que ocuparnos también de nuestra propia supervivencia y no ha sido fácil. Nuestra madre tuvo que irse a Eldamar por causa de los orcos.

Él pronunció unas palabras que conocíamos muy bien. Sentimos, como elfos, un gran poder que no conocíamos. Supimos así, que el rey era un hechicero y muy poderoso. Pero no había maldad. Vimos una de las águilas llegar. Hacía tanto que no veíamos una. Ante su majestuosidad, nos agachamos.

-Podrán hablar con ella y comunicar todo lo que han visto. No hay distancias.

En la habitación, Elladan disertaba.

-Aún así, ¿para qué nos trajeron? Farabad no fracasó, pero no entiendo en qué cambian las cosas.

-Aliados- dije, entendiéndolo todo. - Ellos lo saben antes que nosotros. Saben que nada ha muerto. Que debemos unirnos otra vez.

-Pero es una guerra que no les incumbe- dijo Elrohir. La distancia es muy grande.

-Los orcos no se rinden, menos Sauron. Tal vez necesitan ayuda porque han visto el mal del norte- afirmé. Y no me equivoqué. Él me contó todas las noticias que llegaban a través de las águilas. Lo entrenó un Istari que se fue a Utumno y no volvió. Nos colmó de presentes y nos dijo que los elfos podrían contar con ellos, pero que era necesario que los vieran. Aprendieron mucho de nosotros y viceversa, pero yo sentía que esto tan bello nos traería problemas.

-Pero eso los expondría ante Sauron. Debe usted proteger a su gente- le dije yo, paseando por el muelle y tomando una fruta.

-Ya todos estamos expuestos, menos un reino- dijo, mirando a Uë, que divisaba el mar. Elladan estaba a su lado. -Y en ese reino también tendrán que saber lo que se avecina.

En diez años exploramos todo Harad, donde vimos cadenas montañosas y grandes desfiladeros. Enfrentamos animales salvajes y junglas verdes, así como tribus de hombres oscuros con los que congeniamos. Cielos densos. Nos quedamos en el inmenso reino de Farahed, en medio de la jungla, viendo animales que jamás pudimos describir. Unos parecían hombres y también pude ver grandes felinos rayados. Olifantes, también usados para la guerra y también enormes arañas que comían. Serpientes que bailaban. Mujeres como Miresh y Haresh que parecían diosas oscuras. Elrohir dibujaba todo, también Tälum. Sandor describía otro tanto, de todo lo que vimos. Volvimos a Haradwaith luego de quince años. Tuve que ver morir a Farahad, satisfecho de haber recobrado a su heredero. Estaba afortunado de conocernos.

Farabad se coronó como sucesor de su padre y se casó con Miresh, como debía ser. Un año después dio a luz a su hijo, Farabaid. Y en la noche de las celebraciones me encontré a Elladan, molesto.

-No pienso irme de la Tierra Media.

-Tendrías que irte al norte. Está muy lejos- bromeé.

-Ella quiere irse a su reino- dijo, refiriéndose a su nueva amante.

-Es justo.

-No volveré si la acompaño.- me dijo, trémulo.

-Volveremos.

Él alzó sus cejas, sorprendido.

-¿Quieres ir?

-No tengo nada que perder. Necesito ver su reino. Aprender de sus maestros. Ver quiénes son ellos en verdad.

-Puede que no vuelvas.- me dijo él, sentándose, desconcertado.

-No tengo nada que perder- le repetí.

-¿Y mi hermana?

Yo me crispé.

-Volveré. Te lo garantizo.

Él entendió que yo había hablado con Uë de acompañarla. En realidad, ella me lo pidió. Tenía que ver lo que era su reino.

Ayudé a pertrechar su nave. Varios hombres aventureros del reino de Farabad nos acompañarían. Entre las dos revisamos los detalles de la construcción.

-Será penoso y puede que nos perdamos- me advirtió ella.

-Iremos.- respondí, sin detenerme a mirar atrás. Thranduil estaba presente, todo estaba presente. Pero era cada vez más distante para mí.

Realmente, mis ganas de explorar se habían acentuado más desde que volví a encontrarme con el mar. El mar, al que vi por última vez cuando mi hija se fue con mi nieta y mi nuera y yerno. Cuando la dejé, tragándome las lágrimas. ¿Era la misma? No me reconocía. El mar, el mar que añoraban tantos elfos. El mar que no era de Eldamar sino uno desconocido. Por lo menos con Farabad estábamos seguros que estábamos en tierra firme. Pero acá podríamos perdernos en el infinito. Pero ya no me importaba. Un deseo de ver estaba más lejos de mis recuerdos, que quería dejar atrás.

Y así, luego de tres años, partimos. Elladan y Elrohir partieron conmigo y con Tälum. Sandor se quedó, con Miresh. Eligió la mortalidad desde ese instante pero no halló compañera más fiel y entregada a él. Ella le devolvió la sonrisa y la capacidad de creer. Así, nos perdimos a los mares del sur, a los que nunca fue nadie. A donde iba por primera vez. Uë era una gran navegante y contábamos con Faradhil, primo del rey, como capitán. Ella sabía hacia a dónde íbamos. Era la primera vez que Elladan, Elrohir y yo teníamos miedo, mucho miedo. Era la primera vez que navegábamos. Nunca otros elfos lo hicieron sino para irse a Aman. Pero nosotros íbamos a la Tierra Media que nunca nadie pisó antes jamás. Ningún eldar.