El puente

Un mar azul cobalto infinito, que se delinea en las blancas almenas curvas. El susurro. Un viejo canto de una voz femenina, inaudible casi, etéreo. La brisa salina y perfumada que corona sus rizos.

"Cierra los ojos".

Lo hace. Mira hacia atrás. Es él. Es lo que ella fue. Donde vivieron. Donde se amaron. Sus ropajes azules. Su corona de plata. Estrellas en el cielo. Estrellas en la arena. Sus ojos grises y su sonrisa magnífica, serena. Ereinion. Ereinion amado. En Mandos. Ella, ahí.

-Es un sueño, ¿verdad?

Él asiente. Ella no puede reaccionar. Esa efusividad, esa inmensa emoción son vendadas por un sosiego que no entiende de dónde brota.

-Hace tanto que no soñaba contigo, mi amor. Hace tantos siglos que no te veía. Creí que solo quedarías en mi memoria.

Él extiende su mano y ella la besa. Quiere llorar, pero no llora. Es paz. La pone en su rostro.

-¿Por qué estamos aquí? ¿Mandos nos ha concedido una gota de tiempo? ¿Un suspiro?

Él la ayuda a levantarse y la besa. La calidez y el gozo no se comparan con la pasión. Es un estado superior.

Ella toma su cara.

-Ha sido mucho el camino. Yo he fallado, yo…-expresa ella, negando con la cabeza, pero él pone sus dedos en su boca.

-Debes llevar a Aiglos más allá de lo que han visto tus ojos.- le dijo, con ese tono amoroso e imponente que solo era suyo.

-No soy digna de Aiglos, mi amor.

-Fineriel. Mi amada.- dice él, estrechándola entre sus brazos.

Por fin, ella deja caer lágrimas.

-Esto me ha costado todo lo que tengo- sollozó. - Pero de qué serviría si no podré volver a verte jamás.

-No desfallezcas. Eres mi reina. Eres mi todo. Te elegí porque eres un puente. Solo ahí hallarás la respuesta. Eres un puente, recuérdalo. Esa es tu misión.

Ella no entiende. Lo mira confundida. Siente un beso en su boca y dolor. Despierta. Agua salada. Ya no está más en los Puertos Grises. Hace calor. Elrohir solo tiene su camisa y mira al horizonte. Hay varias islas y un mar de diferentes tonos turquesa. Más vívido.

-¿Dónde estamos? - le pregunté. El sueño se había desvanecido. Gil- Galad también.

Llegaremos a la isla de Likh dentro de poco- le dice él, mirando hacia el sol. Mira, las plantas. No son iguales. Son altas, como las de todo el sur.

Yo me fijaba en eso y en los aromas dulces que me llegaban muy lejos en la distancia. Los ruidos de animales que no conocía. Con manchas. Con rayas. Cazando. Pajaros de todos los colores. Colores más intensos que los nuestros. Azules, como los zafiros, pero también verdes. Y criaturas horripilantes también, que jamás había visto, aunque otras sí, como las serpientes. Insectos. Más de lo que vimos en muchos años, pero con personas a las que veía de tonos cobrizos, cazando perlas o con trajes de sedas de colores. Con los ojos de Üe.

-Nunca alguno de nosotros, en toda nuestra historia… ha estado aquí jamás.- dije yo, maravillada.

-Me pregunto por qué el poder de Saurón nunca tocó estas tierras. - me respondió Elrohir.

-Quizás porque no hay tanto poder en ellas- dije yo, oyendo los ruidos de los pájaros.

Nuestros sentidos estaban embotados. Al ser los únicos elfos del barco, percibíamos todo multiplicado. Los peces de colores, los grandes monstruos marinos. Los cantos de otros animales en el fondo del mar. Caminé por la borda. Elrohir me mostró el mapa que había hecho Faradhil, con ayuda de Üe. Era vago, pero por lo menos tenía nombres. Él había recorrido estos mares y estas islas. Y ahí estaba, mirando al horizonte también, con su barba negra y rizada . Me ofreció una pipa y yo aspiré. Se la dí. Elrohir seguía obsesionado con el curso y todo lo que veía. Tälum estaba igual. Elladan y Üe entrenaban.

-La ví repitiendo el nombre de su señor esposo, con perdón- me dijo Faradhil. Yo sonreí levemente.

-Perdón. Suelo hacerlo a menudo.

-No es problema. Si yo atravesara todo lo que ha atravesado usted, no sé qué haría. -reflexionó.

-Ser un mortal, por ejemplo.

Él sonrió.

-Menos mal.- se burló.

Yo sonreí. Ese sujeto tenía un negro sentido del humor, uno que solo veía en Legolas y Thranduil. Me gustaba que no fuese lo suficiente solemne y desconocedor de nuestra raza para reverenciarnos o temernos. Y que era práctico con sus decisiones.

-Tu primo te mataría si te oye hablar así.- le respondí.

-¿Por qué cree que conduzco los barcos? - replicó y yo solo reí para mis adentros. Sentí que se me acercó y vimos a gente con los ojos como los de Uë, pero con túnicas más sencillas, morenos por el sol. Faradhil los conocía y fue su intérprete. No habían visto jamás a gente como nosotros y nos tocaban y nos rodeaban por todos lados. Eran mortales. Hasta aquí habían llegado, lejos del ojo avisor de Morgoth. Las chicas tenían perlas y casi todo lo hacían de eso. Nos ofrecieron varias cosas, frutos, animales voladores, terrestres y comida, que perdimos tres semanas después en una tormenta que se llevó a siete hombres y que duró varias semanas. Faradhil nos ordenaba con fiereza y fue el que mantuvo el barco a flote. Luego de dos semanas de luto y de una enfermedad que casi contagia el barco a no ser por nosotros, los elfos, vimos un mar violeta y dos grandes picos con techos también puntiagudos y sinuosos. Vi la mirada de Üe y entendí que eso era de su pueblo y que ya habíamos cruzado los límites de la exploración de Faradhil. Todos íbamos iguales, solo guiados por Uë y su intuición.

-Lo construyeron tus paisanos, ¿ verdad? - le pregunté.

Ella asintió y se puso la mano en el pecho, a la manera élfica. Y luego pasamos por un desfiladero donde los reflejos de las auroras y de las plantas que habían allí (Elrohir y Tälum llevaban un gran muestrario y hacían clasificación e ilustración de todo) nos guiaban por un mar fluorescente. De pronto, los elfos sentimos algo que se movía. Faradhil también. Alistó a los hombres y todos nos pusimos en posición de ataque. De repente, encima de nuestro barco, saltó. Era una criatura negra con alas verdes del mismo color y fauces lánguidas. Un gruñido y varios cantos. Eran…

-Dragones- dijo Elrohir, al ver que estábamos rodeados de ellos, pero que comenzaban a cantar. Dragones- dijo, mientras los veíamos nadar alrededor de nosotros. Todos estábamos alerta. Entonces, un hombre, asustado porque otro saltó sobre nosotros, disparó a una de las criaturas, que era pequeña, y la hirió. Faradhil maldijo y su madre se enfureció ante los quejidos del pequeño,. que comenzó a atacarnos. Primero, con su cola, casi destruye las velas. Luego nadó velozmente y saltó, comiéndose al agresor y a otros tres hombres más. Los otros atacaron a pesar de los gritos de Faradhil, pero Üe me empujó hacia la criatura y mi collar brilló. Le dijo en su idioma que se acercara con la criatura y también brilló el de ella. Ahí nos dimos cuenta los demás elfos y yo que el que nos hubiera escogido no era de gratis y que había algo más cuando la vimos la primera vez. La madre se acercó con el pequeño dragón y Faradhil detuvo a sus hombres.

-¿Tienes athelas? - le preguntó Üe a Elladan, que asintió. Ella se acercó al dragoncito y saltó, para estupor de Elladan. Lo frotó y lo curó. Susurró en su idioma un antiguo canto y la madre dragón y el pequeño se fueron a las aguas mientras ella saltaba de nuevo al barco.

-Los dragones todavía están en nuestro reino, a pesar de los Urdars y los habitantes de Utumno. Ellos nos ayudaron a aniquilarlos y a anexarlos. - dijo ella.

-Explícate- dijo Faradhil. - Ahora.

Ella pidió pergamino y pluma. Comenzó a trazar frenéticamente varias líneas. Líneas que conformaban un mapa (tan solo nos guiábamos por ella y las estrellas). Nosotros estábamos en medio del mar. Íbamos hasta ahora al oriente. Ella trazaba y trazaba todo, como poseída por un trance. Los collares brillaban.

-¿Qué significa esto? - pregunté yo, aterrada. - ¿Por qué el collar de mi marido está brillando, por qué brilla el tuyo?

Ella señaló el collar, con su mirada torva.

-Ese collar se lo dio mi padre a tu marido. Por eso te busqué, por eso atraje al pueblo de Faradhil para buscarte.

-No entiendo- dije, desconcertada, mientras ella seguía dibujando. Ya entonces completó el mapa. La Tierra Media era más grande de lo que creíamos.

-Está brillando porque mi madre sabe que vamos hacia allá. Ella me ha encontrado. Nos ha encontrado.

-Espera- la increpé, desconcertada. - ¿Quién es tu madre, quién es tu padre, dónde está tu reino?

-Veremos estas criaturas a menudo. Ellas son las que cuidan el reino y enfrentaremos defensas aún peores. Mi madre y mi padre…

Las auroras se pusieron de todos los colores. Todos nosotros, toda la tripulación se vio de repente en lo que reconocí como Aman. Reconocí a Ingwe, Finwe y Elwe. Imponentes, de plateados cabellos. MIles, miles de elfos. Traté de tocar a uno. No podía.

-Es una visión. No somos partícipes de esto. Mi madre me la ha enviado para ustedes.- dijo Üe. - Es ella.

Una bella moriquendi, con mis ojos y los de Üe. Cabello negro, traje blanco y plateado. Grandes picos. Otro elfo, de cabello plateado, toma su mano. Está en medio de lo que parece ser una familia, con los mismos ojos. Un pueblo, con el mismo cabello y los mismos ojos. Todos se mezclan.

-Y lo mejor es volver a las Tierras Imperecederas- dice uno de ellos. - Ver la luz de los dos árboles. Estar cerca de los Valar, nuestros creadores. De su bendición.

Todos los elfos hablan. Pero la mujer es renuente. Niega con la cabeza. Alza la mano.

-Yo...tengo serias reservas hacia esto. ¿Por qué no podemos quedarnos acá, hacer nuestro futuro acá si lo deseamos? ¿Por qué no podemos usar nuestros poderes hacia algo más provechoso?

-¿Lo consideras conveniente? - le pregunta el de la mitad. Ella asiente y el elfo de pelo plateado asiente.

-Sí. Y creo que somos más los que no queremos ir hacia donde los Valar. Derrotamos solos a Morgoth, acá en Cuivienen. Y creo que varios están conmigo.

Muchos asentían con la cabeza. Los tres que estaban al frente, hablaron.

-Pues si ese es tu deseo, Ïa, no tenemos otra opción que concedértelo.

-Fïnwe, piénsalo bien. No tenemos porqué soportar estas terribles penurias. Podemos crear una gran civilización, un sueño, un reino, aquí.

-No sin la bendición de los Valar- intercedió el otro. El de pelo plateado lo miró, desconcertado.

-Hermano, te he seguido siempre, incluso cuando luchamos contra Morgoth. Pero sé que los Valar también están con nosotros. Y yo estoy con Ïa.- afirmó, tomando su mano.

Pronto cambiamos de escenario. Üe cerró sus ojos y todos la rodeamos. Veíamos a varios despedirse de los que partían. Y la mujer de pelo negro estaba al frente de los renuentes.

-Fuimos llamados los renuentes, pero nos quedamos mientras veíamos a los demás elfos irse atrás. Pero los que se quedaron sabían algo que los embajadores no. Mi madre nació con el don de ver el futuro y el pasado. Ver a otros así estuvieran en otra Tierra de distancia. Pronto se quedó con ellos (algunos más se fueron y conformaron a los Sindar y otras razas) y vio lo que pasaría. Las guerras, los árboles envenenados. Fëanor…- dijo, mirándome a los ojos. Y todos vimos a Fëanor,con mis ojos y mis manos, casi con mi cara (increíblemente, parecía mi versión masculina y me horroricé), desafiando a Fingolfin. La Matanza de los Hermanos, que Elladan y Elrohir veían con extremo horror. Luthien. Los Silmarils. La caída de Doriath. Melian llorando. La matanza de Dior. Elwing. Eärendil. Mi esposo. Gondolin. Hurin. Su padre. Su tío. Los hermanos de Galadriel, muertos. Los numenoréanos, ahogados, hundiéndose. Yo...yo… la reina, junto con Gil-Galad. Levanté la mano, espantada de todo lo que pasaba, recordando mis vivencias ahí, al frente. Sauron. Thranduil, quemado por el dragón. Celebrian. A mi marido, muerto. Gandalf… silencio.

-Ella vio todo esto en un segundo, ya que Arien la bendijo cuando nació. Ella misma se encargó de construir nuestro reino y desligarse por siempre de sus hermanos. De proteger lo que teníamos a toda costa. Y de desarrollar todo lo que teníamos para que fuera distinto.

Vimos, de repente, la construcción de grandes palacios de techos puntiagudos arriba de las montañas. Garzas. Una escritura exquisita. Flores cayendo. Y… dragones. Huevos que ella y su esposo criaron. Dragones voladores, de otra clase. Sin alas. Se enredaban, viajaban por el cielo. Vimos a la misma Arien y a su madre arrodillada ante ella, junto con su padre. La veneraban en frescos, todo más refinado a medida que pasaban los milenios. Grandes santuarios, castillos puntiagudos en medio de las más altas montañas. Otro tipo de ropas, envolventes, sobrias. Todo era distinto. Todo. Vimos a los ejércitos que ella creó, trayendo rehenes de los Variags y otras tribus aliadas a Morgoth de su Oeste. Ellos enseñaron a cambio de que les perdonaran la vida. Y ellos accedían a quedarse. Pronto, otras tribus encontraron su reino y los hombres que hubo en esos lados también comenzaron a mezclarse, pero su reina era Ïa. Nadie más sabio y más poderoso. De ella vino ese estilo de pelea de su hija. Muchos practicaban, basados en la naturaleza y sus elementos. Era conectarse con lo que no estaba destruido. Ella destruía rocas con un dedo o controlaba los ríos, como Elrond. Era rápida, invencible. Era otra cosa y Arien y sus siervas se lo habían enseñado.

-Pero entonces, ¿qué pasó? ¿Qué te trajo hasta nosotros? -preguntó Elrohir, igual de maravillado que todos.

-Un día los dragones comenzaron a morir y mi madre no hallaba una explicación. Entonces mi padre se lo dijo: era el mal. El mal se extendía y no podíamos ignorarlo más.

-Entonces, ¿qué haremos? Ellos hacen parte de nuestro mundo. Pronto estará enfermo- argumentó ella.

-Es hora de hacer lo que debimos hacer hace tiempo, Ïa. No lo hicimos y esto es prueba de que nos alcanzarán- dijo el hombre.

Vimos de repente a la mujer despedirse de él, junto con todos sus hijos (eran cinco en total, con Üe, que era muy pequeña y abrazó a su padre). Él navegó por nuestra ruta y se encontró con el pueblo de Faradhil, que él reconoció por los tatuajes. Siguió hacia el norte por toda la costa, evadiendo a los piratas de Umbar. Hasta que llegó a Lindon. Ahí fue recibido por Gil-Galad. Estaba herido, él y sus hombres leales habían luchado contra los orcos y quedaban pocos. De 100, llegaron treinta, consumidos por orcos y otras penurias, a pesar de su extraordinario nivel de pelea. Vimos que antes de llegar a Lindon, había luchado contra los Nazgul, que querían a toda costa su secreto. No lo lograron y fue herido por varios, aunque malamente curado. Gil- Galad hizo lo que pudo con sus artes. Y él mismo tuvo las visiones de su reino.

-Pues debemos unirnos. Con los dragones. - le argumentó él, preocupado. - Seríamos invencibles, Este y Oeste.

-Todavía no es tiempo, Rey Supremo de los Noldor- argumentó el elfo. Gil- Galad no entendió.

-Es tiempo. Saurón se hará más poderoso. Morgoth más. -argumentó él, desconcertado ante el elfo de los Avari que había venido de tan lejos para darle negativas.

Él negó con la cabeza.

-Ïa dice que esto no sucederá, ya que no somos demasiado fuertes ni las distancias son cortas. Primero, primero hay que tender un puente.

Gil -Galad lo miró extrañado. Entonces el hombre se quitó un collar. Uno con una figura infinita, élfica, pero infinita. Mi collar, que seguía brillando.

Puso su mano en su frente y ví a mi marido tener una comprensión que yo no tuve.

-Entiendo. Se lo daré en el momento indicado. La prepararé yo mismo para esto. Pero tengo otra pregunta.

-Adelante.

-¿Son necesarias tantas penurias para este fin, incluida la tuya?

-Ïa ve el tiempo, mas no puede romper las reglas. Pronto su don se irá. Este es un regalo de Arien para tí. Puedes prepararla y que nuestro contacto sea venturoso aún con su corona en su cabeza. Pero debes garantizar que ella nos verá.

-Ella ha sido el puente para todas las razas de la Tierra Media. Te prometo que así será. Para esto la estoy preparando.

Comprendí de inmediato que era yo. ¿Por qué yo? No tenía nada de especial. Mi linaje había sido el divisor de los pueblos en la Tierra Media. Y Gil- Galad me amaba, pero me sorprendía que por eso también me hubiera escogido como su reina. No entendía muchas cosas. Entonces Üe prosiguió.

-En realidad no buscaba a mi padre- admitió, pues lo vimos irse hacia las Tierras Imperecederas, por su herida, con sus hombres. - Mi madre sabía que había terminado su misión. Te buscaba a tí- dijo mirándome a los ojos. Recorrí el norte y maté a los Urdars, sobreviviendo al frío extremo hasta llegar a Lindon, guiándome por mi madre y cazando y matando a solas.

La vimos caerse entre la nieve y pescar con las manos. Calentarse con sus enormes abrigos de piel y cabalgando sobre varios ciervos. Hasta que llegué a Lindon, luego de veinte años. Allí me recibió Cirdán, que ya sabía de nuestra existencia. Pero tu en esos momentos estabas al Sur y al Sur fui. Conocí los reinos de hombres y evité los reinos de elfos. Entre menos supieran de nosotros, mejor. Fui esclava y mercenaria de los orientales para sobrevivir, siempre buscando noticias tuyas. Hasta que fuí más allá de Khand y el mar de dunas. Era necesario, porque debía tener claridad hacia dónde llevarte y con qué aliados contaba. Por eso me hice rehén de tu rey, Faradhil- le dijo al hombre, que veía todo con la misma gravidez que nosotros. - Hasta que mi águila resultó cierta y te encontré.

Volvimos al mar de auroras. Al mar fluorescente.

-Yo no tengo nada de especial. Solo tengo la sangre de Fëanor y una habilidad para el combate que me ha hecho sobrevivirlo todo. Gil- Galad me amó, pero nada más. - le recalqué, completamente desconcertada. No sabía por qué mi marido me había dado el collar.

-Te mientes- insistió Üe. - Pero eso ya lo aclararemos con mi madre.

Pasamos el mar hacia la península de Kaish. Azul, violeta, rosa. Otros colores. Me pregunté siempre si por ahí se iría a Aman e incluso a las Estancias de Mandos, donde podría ver a Gil- Galad, como en esos cuentos de hombres que van al infierno y ven a sus seres queridos. Verlo y preguntarle tantas cosas. Entonces, de repente, nos extrañó un muro violeta al lado y lado del mar.

-¿Qué significa esto?- preguntó Faradhil, mientras los hombres tocaban la pared y veían su mano desaparecer.

-El reino de Shay está arriba. Es de hombres y es ambivalente ante Sauron. Se han matado años, siglos, buscando el nuestro. Vean sus barcos- dijo Üe, mientras veíamos góndolas alargadas, prácticamente a centímetros de nosotros y a hombres con la cabeza medio rapada y trenzas. - Somos parte de sus leyendas. Y esto es magia de mi madre.

-Si es tan poderosa, ¿cómo es que Saurón no la nota? - preguntó Elladan a Üe, que tomó su mano.

-La siente, mas no sabe dónde está. Mi madre es buena confundiéndolo, porque aprendió de la mejor. De Melian.

Luego de tres semanas entre paredes violeta, llegamos a la costa, pero teníamos compañía. Montones de barcos de velas convexas, casi como alas, con hombres de armaduras sinuosas y abullonadas. Pelos negros, barbas negras, ojos como los míos y los de Üe. Y ahí, la misma Ïa, sobre un dragón. Uno gigante, blanco. Una visión tan blanca y resplandeciente como la de Galadriel y oí la voz de las dos.

"Por fin los hermanos se han encontrado"

No entendí, pero avancé al lado de Faradhil, Elladan y Elrohir, que tenían sus capas élficas y sus armas, como hijos de Elrond. Yo tenía mis armas orientales y mi traje negro de siempre. La piel quemada por el sol. Üe fue la primera en avanzar y se arrodilló ante su madre.

-Por fin te veo, querida mía- dijo, besándole la cabeza. Ahora ve con tus hermanos.

La joven elfa hizo una reverencia y puso sus puños sobre sus manos hacia los demás elfos, jóvenes y hermosos, de cabellos negros, con sus ejércitos y sus caballos. Yo me arrodillé y todos hicimos lo mismo.

-Y he aquí la promesa de Gil- Galad. Bienvenidos al reino de Yatac.

*Para esta parte de la historia, uso el mapa de la Tierra Media en los juegos de Rol, que se expande al oriente y sí: como admiradora de las culturas de oriente, creo que es necesario rescatar la grandeza de culturas como la china, la india, la árabe, etc, que con Tolkien son tomadas en sentido barbárico. Acá tomo elementos de Japón y sobre todo el antiguo Imperio Chino para crear el reino de los Avari, que jamás se fueron en la Gran Marcha y que al igual que China, estuvo años apartada de Occidente, diría siglos, y que fue encerrada y esplendorosa, así como una leyenda.

También haré mi propia "Ruta de la Seda", aunque en este caso, no hay nada qué comerciar (todavía). Yatac es Catay al revés, que es como llamaban a China en la época de Marco Polo.