17. La reina de Utumno
Oriente. Lleno de enemigos, así lo creyeron por años. Lleno de salvajes con sus bestias, los olifantes, de piel oscura, y mirada traidora. Ni siquiera Mithrandir había ido al Este, donde solo estaba el reino de los crueles aurigas, de quienes se decía que eran comedores de carne humana. Tampoco al sur, más allá del desierto, porque Sauron y su maldad lo rodeaban todo. Haradrim y sus cabellos negros, solo enemigos. Eso también pensaron Elladan y Elrohir por mucho tiempo. Hasta que entonces Fineriel y su involuntaria travesía por el desierto, más su conocimiento de la cultura en la que se crió, les mostró que existían otras montañas, otro sol y otros ríos. Esos que mantuvo tan bien la reina de Utumno, que hizo florecer con su magia durante milenios, no sin tener que defender sangrientamente sus fronteras y como en todo reino, aplastar las rebeliones.
El Oriente escondido, el Sur inexplorado que aparte de ella, Elladan y Elrohir, así como Sandor y Tälum, un elfo silvano que se hubiera perdido en los vientos del tiempo, como sus hermanos, vieron por primera vez. Sí, sus hermanos también crecieron con la idea de que el oriental era el enemigo, porque no conocieron otra cosa que su ruina. Pero Fineriel nunca pensó en la raza de los seres con los que trataba, o su procedencia, sino sus intenciones. Siempre, en sus viajes por la Tierra Media, quiso aprender incluso de los hombres, porque ese fuego que heredó de Fëanor no se manifestó a través de la creación de objetos poderosos, sino de un ansía por volar más allá del horizonte. Y he aquí, que ella había encontrado a otras razas que también tenían olifantes, a orientales en el reino de Haradhad que no eran crueles ni sanguinarios, sino una cultura llena de tesoros singulares, que tenía su propia visión del viento, la tierra y el agua. La misma que Yatac, la misma que otros innumerables pueblos en el mar del Sur, con sus animales extraños y sus plantas y tesoros.
Eso era lo que Arwen contemplaba, el minucioso esplendor del arte del reino de Utumno, pero tan simple en otras cosas, incluso en su escritura. Todo ese pueblo de personas de ojos rasgados y cabellos negros, pintados en los libros y la elfa pelirroja con los viajeros de occidente, inmortalizada en otro de los libros de leyenda. Una lámpara de colores, que ella examina, suspirando. Solo a través de ella, a quien mira sonriendo, ha viajado, porque desde lo que le pasó a su madre, jamás pudo ir más allá de Rivendel y Lorien. Sí, sabía usar magia, como Fineriel y su padre le enseñaron. Sabía usar la espada, como ella y sus hermanos le enseñaron. Pero solo a través de los ojos oscuros de aquella elfa a quien consideró su nana y su maestra, y por supuesto, su amiga, pudo ver el mundo. Su padre la hizo sabia, pero el mundo que vio se hizo pesaroso y malvado. Pero también uno que sabía que no vería sino en sus hermanos y en ella.
Eso pensaba al verla, en su habitación, moverse a paso rápido, y ella misma le ayudaba a ordenar los grandes tesoros del reino de Utumno. Los ropajes, los peines, los espejos, las joyas. Los zapatos. Los mapas, incluso la vajilla. Y unos extraños accesorios hechos de pergamino fino y prensado, pintado, que usaban las damas allí. Le parecían extraños, pero graciosos. Y los grandes collares y joyas que le había dado la reina. Y los libros. Las ilustraciones. Miles de libros. Así ella vio el otro mundo, los otros mundos, que no eran Valinor, como su padre y los demás elfos. Y también la ruta que ella abrió a Oriente mismo a pesar de los aurigas, una que se defendía fieramente a pesar de los años. El puente.
-Son todas- dijo un elfo vestido de violeta oscuro y cabello castaño, cargando otros libros más y una escultura. Ella se aprestó a recibirlos.
-En verdad podía traerlos yo, Lindir- le dijo ella ayudándole a bajar una escultura. La reina y el dragón. Los ojos rasgados, casi como los de ella. Blanca su tez, negro su larguísimo cabello, como un manto.
-Para mí es un placer, señora… ver siempre estos tesoros- observó, mirando todo con respeto infinito. - ¿Cree usted que alguna vez esa buena gente pueda encontrarse con nosotros?
-Es probable. No hay que perder las esperanzas- le respondió ella, complacida por el gesto maravillado del elfo. Arwen también lo estaba, porque los orientales de aquellos mundos fracasaron en contactar con ellos. Solo hasta que ella y sus hermanos recorrieron todos aquellos lugares, fue que comenzó a existir otra idea, otro imaginario, otro relato, otros cantos que hablaban no de piratas, sino de seres ligeros e inteligentes, refinados y extraordinarios guerreros que tomaron de la naturaleza sus armas para combatir. Y los dragones, sin maldad y sin palabras, tan ligeros como ellos, que se perdieron en el viento.
-Además- añadió ella, dándole con cuidado uno de los libros, que él agradeció con una sonrisa, mientras Arwen se acercaba y lo examinaban juntos - Al menos, los hijos de la reina expresaron constantemente su deseo de estar en el Oeste. Han existido muchos problemas con los aurigas, pero sé que algún día abrirán la frontera, otra vez, para aplastarlos y consolidar la ruta que construimos- afirmó, pensando en cómo acercaron, por fin, hace casi mil años, la ruta entre el este y el oeste, siempre en guerra, que varios cruzaron hasta las fronteras de Yatac para encontrar los mismos tesoros y traerlos, con suerte. Pero jamás nadie llegó hasta el reino, por las montañas y la muralla que le circundaban. Los picos implacables y tempestuosos. Así que solo muy pocas leyendas y tesoros (ella y sus hermanos fueron los que trajeron el mayor número de ellos) llegaron con ellos. Y además, los que se devolvieron, del reino oriental, con ellos, o murieron, o se mezclaron en Esgaroth o se devolvieron cuando los hombres en el oeste no tuvieron nada más que ofrecerles ni tampoco los elfos de Thranduil. Y ahora solo existían pocos bastiones que dejó el camino de vuelta, algunos destruidos por los aurigas.
Sí, una lucha fracasada, pensó ella. Un sueño, como todos sus sueños, hecho pedazos. Pero ya no se habló al menos de Oriente como un lugar inexpugnable, donde solo existían los peligrosos aurigas. Existían otros reinos, otros mundos, todavía no listos para ser cruzados por los hombres en el oeste, que tendrían aún que sufrir sus propios pesares, pero sabían que existían. Y que algún día volverían. Esa fue la promesa hecha. Es en lo que ella creía, a pesar de todo. Y que volvería, ella misma, al este, para ver por última vez, si no moría, si no se destruía todo primero, al reino en el que descubrió otro mundo que debía ser resuelto: el de ella misma. Eso también les pasó a Elladan y Elrohir, pero tuvo el efecto contrario: no hubo ya solaz para su corazón, aunque como Fineriel, entendieron que el deber, si se aplastaba bajo la tierra, crecería como semillas que los enredarían hasta hundirlos con él. Eran los sufrimientos de la Tierra Media los que los alejaron del este, pero su alma se quedó allí.
-Magnífico pueblo, ¿verdad, señora?
-Desarrollaron todo de manera tan distinta - observaba Arwen, las formas de los cielos, de los arcos, élficos, pero más simples. Todo era más simple o más refinado, dependiendo de lo que observaran. Los colores y el dorado de los libros. Ella miró la pequeña estatua de la reina, sobre su dragón. Ojos rojos, líneas sinuosas, infinito cabello, negro. Mirada inexpresiva y largas, larguísimas mangas que se confundían con el viento. Tan llena de conocimientos y magia como su abuela. Solo conocía lo que Fineriel le había hablado de ella, que volaba cuando peleaba. Sus ojos, los futuros, los pensamientos. Su impasibilidad.
-Me encantaría ver a uno de ellos, antes de ir a los Puertos.- deseó Lindir.
-Espero que tu deseo se cumpla. Y no, no hay enanos- le respondió Fineriel maliciosamente. Este levantó las cejas, suspirando y volteando los ojos. Ante la reacción,
Arwen y Fineriel se rieron. Lindir la había pasado muy mal con los enanos, cada vez que venían a Rivendel. La última vez que unos enanos se hospedaron en Rivendel, la compañía de Thorin Escudo de Roble hizo enormes destrozos.
-No, no los hay. Hay hombres, se mezclan con los elfos y aprenden juntos- le respondió Fineriel, risueña, mientras escuchaban ambas un suspiro de alivio.
-Sobreviviste. Recuerda eso- añadió, levantando las cejas, para volver a reírse y abrazarlo. Lindir solo suspiró otra vez.
-Eso también me dice Glorfindel, a menudo.
-Créele a él- dijo Arwen, sonriéndole también.
-¿Podría ver todo más tarde? Debo…
-Acá estará, para tí. Y dile a Glorfindel que estoy acá, por favor.- le dijo Fineriel, sonriendo, risueña, otra vez.
-Gracias, señora- afirmó.
Lindir se fue suspirando, recordando ese mal episodio.
-¿Tan mal estuvo? - preguntó Arwen, compartiendo su risa. - Yo estaba con mi abuela, en Lorien. Fineriel volvió a reírse.
-Peor, si nos atenemos a sus estándares. Pobre de él. Solo son enanos siendo enanos. Imagínatelos bañándose en la fuente, todos juntos…
Arwen se echó a reír, silenciosamente.
-Y tirando panes, golpeando la mesa- afirmó ella, imitándolos, para subirse, de un leve salto, a la suya - Y cantando, no, vociferando- enfatizó, levantando su índice, para dar una vuelta, mientras toda la comida volaba. Tu padre fue blanco de dos, o tres cosas.
Arwen seguía riéndose, negando con la cabeza.
-Y pataleando- dijo, para imitarlos, levantándose su falda de su vestido turquesa - Para gritar a todo volumen.
-Me habría encantado ver su cara- seguía Arwen, riéndose.
-¡Pero si ya la viste! - le explicó ella, para que Arwen se riera aún más. Las dos se rieron juntas.
-¿Hicieron lo mismo cuando los recibiste siendo reina de Lindon? - le preguntó con curiosidad. Fineriel asintió.
-Pero Durin era mejor cantante, por lejos. O eso dijo mi marido, que había tenido que soportarlos cantar por miles de años.- bromeó. -Además, recuerdo que me sentaron entre todos, yo estaba embarazada, y comenzaron a darme cosas y cosas y a cantarme canciones enanas de cuna. Yo debía elegir al ganador. Hasta me pusieron una corona improvisada de hojas. Yo solo me reía, justo como ahora. Estaba abrumada. Solo miraba a Gil- Galad, que se reía silenciosamente, mientras que todos los demás, bueno… su rostro era un poema. "Cómo es que la reina osa a rebajar su dignidad así, con los enanos", "Cómo es que osa a tales menesteres", "Cómo es que se presta a esas indignidades con esas criaturas avarientas y espantosas". Sí - suspiró. - Oí todo eso después, en susurros, pero oírlos cantar fue mucho peor- acuñó, para que Arwen se volviera a reír. - Sin embargo, me divertí, cantaban muy mal. Yo solo me reía, junto con Gil- Galad, que miraba todo desde su mesa, muy divertido. Éramos los dos únicos que lo hacían. Dimos por ganador a su rey, para no agraviarlo y porque él era atento conmigo. Y cómo gritaron, eufóricos, después de eso. Medio palacio estaba indignado, pero Gil- Galad y yo sabíamos que así congeniaríamos con ellos. Recuerdo que esa noche, Gil- Galad mismo entonó una canción que ellos cantaron, a su manera. Yo solo le decía: "¡No!" "¡No!". Él siguió cantando, ignorando mis advertencias y despertamos a todo el reino, él con sus terribles cantos enanos y yo con mis risas y justo acá, como yo ahora, sobre la mesa, él hacía lo mismo. Por ser tan alto, se golpeó contra el techo y mientras lo curaba, oímos ecos. Eran ellos. Volvimos a reírnos, claro, pero él solo se quejó por el dolor.
-Eso es muy gracioso- dijo, riéndose, de nuevo. -Creo que entiendo con esto que… no somos tan distintos. Que cada raza tiene una particularidad que hace que podamos entenderla bien, a pesar de nuestras distancias. Y siento que en muchas cosas, a pesar de lo que Lindir y muchos elfos piensen, somos muy parecidos. Y a pesar del pasado- observó Arwen, divertida por la anécdota. Fineriel asintió, sonriendo. Le gustaba que ella aprendiera rápidamente y sacara esas conclusiones. Le había enseñado bien: no era la raza, o el color, a menos de que se tratara de un orco. Eran solo las intenciones, el corazón, la historia de cada quien lo que contaba.
-Todos tenemos en común las historias, las memorias, el amor y el dolor- acotó, mientras volvía a los libros y acariciaba su rostro. -No importa de dónde vengamos- le dijo, mostrándole un libro de leyendas.
-Son las historias que creó un sabio de ese reino.- dijo ella, observando los sinuosos dibujos de todas esas personas de cabellos negros y extraños ropajes.
-Dos amantes. Separados, por la guerra. Solo vuelven a verse cuando él se ha convertido en un ave de fuego. Y ella pide a los Valar que…
-Que la conviertan en uno también. Como los trovadores de Oeste, los del Este también pueden ser bastante deprimentes- complementó una voz masculina que ellas reconocieron bien. Estaban los dos. Los gemelos. Los hijos de Elrond, Elladan y Elrohir. Las dos corrieron a abrazarlos.
-Los extrañé- dijo Arwen, para ellos darle sendos besos en la mejilla. -Y… ¿él? - preguntó, mirándolos significativamente. Preguntaba por Aragorn, por el mortal de quien se había enamorado. La esperanza de los dúnadain. El último descendiente de los reyes de Gondor. Estel, así lo llamó Fineriel de niño. Así le enseñó a manejar la espada y a sobrevivir por sí mismo. Ella lo hizo el guerrero que era hoy.
-Está amarrando los caballos- dijo Elladan, que menos tardó en decirlo que ella en bajar. Los tres suspiraron, al verlos reencontrarse. Él la alzó y dio vueltas con ella en el aire, para darle un largo beso. Los veían a distancia.
-Supongo- dijo ella -Que no les ha ido bien. Díganme que lo que sospechábamos no es cierto. Porque odiaría tener razón.- les dijo a los gemelos, que se miraron y levantaron las cejas.
-Supusiste bien. Ellos han vuelto. Los nueve reyes, malvados. Los han visto recorrer la Tierra Media en sus caballos. Tuvimos que luchar tres meses contra varios orcos que pretendían destruir los asentamientos de los dúnadain. Hablaron de ellos.- le dijo Elrohir.
-Y ni en Rohan ni en Gondor escuchan a Mithrandir. Debo ir yo a ayudarlo. Pero no estaré pronto en esos caminos. Volveré al Este- les informó a los gemelos, que se miraron, de repente, con honda pena y con expectación, pero se contuvieron. Ella sacó algo de pronto un cofre. Lo reconocieron, por sus inscripciones, sus círculos dorados. Dentro, un dragón dorado. Los gemelos se miraron, como si un golpe de nostalgia hubiese vuelto de pronto. Como si el mundo distinto en el que vivieron y amaron hubiese vuelto a ellos luego de casi mil años. La tierra que aún se les aparecía en sueños, donde predominaban los picos verde agua y los ríos y cielos azules oscuros, en medio de palacios de oro. Y donde tuvieron que dejar su corazón.
-¿Cómo llegó eso a tus manos? - preguntó Elladan, observándolo. Sí, el arte que conoció bien. El detalle. Los ojos amarillos. Alguna vez Uë le contó que esa sería su señal. Y esa sería la señal de que pronto se reencontrarían, en lo que él creyó una promesa perdida en el tiempo. Su corazón latió más rápido. El de Elrohir, su hermano, estaba igual. Solo miraba hacia otro lado. Tanto así amaron, allí. No creyeron volver a ver algo así y solo se preguntaron lo mismo: ¿cómo llegó eso hasta allí?
-El rey Xï mandó una carta a tu padre en lenguaje común. Llegó con un mensajero de Esgaroth que murió antes de llegar acá.- dijo ella, mostrándoles cómo cabalgaba escondiéndose de los aurigas, luego de serle entregado el cofre por otro mensajero que cabalgó por los asentamientos que puso el reino de Utumno y que eran igual de ocultos, hasta llegar al pueblo del mar del Ruhr, que habían colonizado también. Evitó los orcos y los bandidos y herido, luego de ser atacado por una bandada de ellos, hasta que llegó, muerto, con su caballo, hasta los linderos de Rivendel, donde Glorfindel lo recibió y reconoció su ropaje. La vieron, a ella, llorarlo. Era otro hombre de Esgaroth, que se había mezclado en la ruta que ya un milenio antes fundó, o trató de crear, el reino de Utumno
-¿Recuerdan, la visión de la reina?- les preguntó a ambos, que asintieron.
-Sueño con ella a menudo. He visto aún más- observó, mirando una gran ilustración donde estaba la familia real. Cinco príncipes. Dos príncipes y tres princesas, que se convertían en dragones.
-Es hora de derrotar a los Aurigas y de paso… abrir el Este. Al fin. -afirmó. Elladan y Elrohir se miraron. Apenas podían contenerse. El segundo solo cerró sus ojos.
-¿Tu crees que ellos… vengan? - le preguntó Elladan, herido. Un dolor que jamás había pasado, porque dejó a su amada allí, en ese reino tan infinitamente lejano. Y con mucho dolor y conflictos de por medio.
-O mejor, que vivan aún- acotó Elrohir, con la misma pesadumbre. Él también tuvo que separarse de la suya, aunque en términos más dulces. Igual, era el mismo dolor.
-Nuestra raza, pase lo que pase, jamás rompe una promesa. Recuerden lo que nos dijo la reina de Utumno: esta, como el agua, hallará su cauce hasta su destino.
-A veces siento que se estanca, como un mar encerrado en medio de brumas- afirmó Elladan, viendo todos los libros con nostalgia y desesperanza.
-El agua viaja debajo de la tierra- acotó ella, tomando su rostro. Elrohir le sonrió levemente, por sus palabras de consuelo.
-Bueno, a pesar de todo… tú has esperado una edad entera. Quién mejor que tú para decírnoslo- le dijo Elladan, sentándose, con pesar a su lado. - Pero con algo así, los años no son ligeros. Se hacen más pesados, por los recuerdos. Laceran más el corazón- afirmó, dolorosamente.
-Claro que las extrañan- adivinó ella, porque sus sentimientos iban por las princesas de Utumno. -Lamentan el día en que se separaron. Pero ellas dijeron que volverían a encontrarse.- les recordó ella, pues fue la primera vez que ambos amaron tan intensamente, que entendieron por qué ella casi se consumió con Thranduil, el rey del Bosque Negro.
-Lo que aún nos preguntamos, como tu con Gil- Galad es… ¿por qué? -dijo Elrohir, suspirando.
-Quizás no hay respuesta- les dijo ella compungida, pero dulcemente. - Pero ellas no están en Mandos. Cuando las vuelvan a ver… y les prometo que así será- dijo, abrazándolos a los dos. - Lo sabrán. Yo nunca lo sabré. Solo tengo a Aiglos. Y Aiglos desea volver a ser empuñada. Lo he sentido en el llamado del Este. Empuñada por última vez.- les dijo, con determinación. -Y, a ustedes, ¿qué les dice su corazón?
-Que volveremos a verlas. Hablamos en sueños. Que hay una poderosa razón que nos explicarán, alguna vez, en medio de todo esto. No tenemos otra cosa- le respondió Elladan, pesaroso, al ver al dragón verde. Era ella Uë. Llena de rencor por el Oeste. Lo único que no lo hizo odiarlo enteramente fue él, luego su maestra, que solamente los dejó dolerse en silencio.
-Yo tampoco- les respondió ella, levantando sus arqueadas cejas. Vio a Arwen, al lado de un hombre alto, imponente y de cabellos oscuros. Ella, que lo conoció desde que llegó en los brazos de su madre. Ella, que lo crió. Estel. Se abrazaron suavemente. Era su segunda madre. Estaba orgullosa de él. Era un gran hombre, un proyecto que no fracasó. Que sentía que por fin tenía éxito. La culminación de muchas generaciones de hombres a quienes crió y entrenó. Pero a él le tenía un afecto especial. Lo sabía especial. Lo sentía, así como le enseñó la reina de Utumno. A pesar de todo lo que pasaba. Ya no tenía nada más.
-Habrá una tarea más para tí- le dijo, mirando sus ojos grises. Él asintió, sin decirle nada. Arwen los miró preocupada. Él solo tomó su mano y Elladan y Elrohir la abrazaron.
-Me temo...que hemos de ir a Rohan y a Gondor otra vez. Elladan y Elrohir se quedarán en el norte, con los dúnadain- afirmó ella, mirando duramente a la mesa de cedro, mientras ambos solo asentían, silenciosos. - Serviremos a Echtelion y Thengel. Y… nos encargaremos de Umbar. Los asolan. Además, por fin podremos abrir espacio hasta el desierto del sur.
-¿Cuándo irás al este?- le preguntó él, comprendiendo que destruir Umbar para librar a Gondor no era el único fin.
-Pronto.- le respondió ella, trémula. Pero necesitamos destruir a esos corsarios. Así el reino del sur podrá comunicarse con nosotros.
-Volverán- afirmó Aragorn. -Sabes que siempre hay uno que querrá el poder que el otro deje.
-Pero me darán el tiempo suficiente para comunicarme con ellos.- respondió ella, mirando el mapa de la Tierra Media.
-No pensarás cruzar el desierto, otra vez, tu sola. No pudimos hacerlo, hace mil años- argumentó Elrohir, aterrado.
-Por eso fuimos prisioneros de Farabad- dijo Elladan, cruzado de brazos.
-No cruzaré el desierto del sur. Ellos lo harán para mí - les respondió a los tres. El mismo fuego de Fëanor, de su linaje. Pero este era suyo. Eso lo notaron los tres. Aragorn siempre admiró su personalidad temeraria y sus certezas. Desde que él comenzó a crecer, sintió que ella volvió a creer y tenía una fe inquebrantable, aún con sus pesares y su eterno dolor. Nunca la vio como una reina viuda, como un ser perdido, sino como una segunda madre y maestra que creía que no era merecedora de Aiglos. Pero sí lo era, a su opinión. Muchas veces le salvó la vida. Muchas veces le enseñó todo lo que sabía. Nunca fue un eterno lamento. Seguía lo que le decía su interior y este parecía liberarse de la oscuridad que la dominó de antaño.
-Si vas a Khand… cuando vayas… iremos contigo- le dijo Elladan levantando sus negras cejas.
- El Este también vendrá a nosotros- les auguró.
Ya en la noche, en una de las salas de las habitaciones de ella, Aragorn veía fascinado los tesoros del reino oculto de Utumno, junto a Arwen y sus hermanos, que les ayudaban a leer los caracteres.
-Son más de cinco mil- afirmó Elrohir- levantando las cejas.
-Supongo que aprenderlos les costó un siglo- dijo Aragorn, mirando gravemente la figura de la reina en uno de ellos.
-Medio, de hecho- acotó el elfo, mirando con nostalgia otro libro.
Aragorn estaba concentrado en la reina de Utumno. Sus ojos rasgados y su larga y fina espada, atravesando con sus enormes ropajes de viento el cielo. Sintió que sus ojos se arremolinaban y su ropaje y pelo, como cascada negra, comenzaban a moverse.
"El este vendrá a nosotros", sintió que le decían sus ojos, con las palabras de Fineriel, la maestra elfa y la mujer que lo formó y a la que veía elevarse como esa reina y sus hijos. Se vio de pronto envuelto en medio de las brumas y una larga, larguísima túnica. Un chillido de dragón, blanco, con escamas perladas. Un cuerpo serpentino y una cola que también, sinuosa, se elevaba por los aires. Ella lo señaló, con su mismo rostro sereno y majestuoso.
"Tu pueblo será el mío"
Él se acercó. La cola larga, del dragón, serpenteando. Su pelo, flotante, como la reina misma, que se acercaba sin tocar el suelo.
"El mal en medio, debes destruirlo"
Comenzó a hacerse escamas, como el dragón, envolvente, en medio de sus túnicas. Aragorn despertó, sobresaltado. Fineriel le contó que ella veía los futuros. Miles de futuros, porque el don del tiempo le había sido dado.
-La reina de Utumno. Ïa, que ordenó su mundo, o así lo ha hecho, en tres edades- le contó Fineriel a Arwen, que oía su relato antes de dormir. A Elladan y Elrohir no les gustaba hablar mucho de su época allí, por lo que se habían ido y Aragorn ya dormía. -Todo en más de cinco mil trazos.
-Jamás me dijiste eso cuando me enseñaste- le replicó Arwen, con suspicacia.
-Jamás hubieras seguido si te lo hubiera dicho- le respondió Fineriel. Esta se rió.
-¿Ese futuro también lo pensaría Ïa alguna vez? - preguntó ella, inteligentemente. Fineriel se sentó, sobre su lecho, pensativa.
-No, así como que el mensaje que llegó a tu padre y a tu abuela también sería visto por Sauron. Ese fue su problema: lo subestimó tanto por la distancia y su poder, como todos nosotros, que creyó que aún era débil. Pero Sauron era más astuto. Y paciente. Y ella, al tratar de decirles que estábamos ahí, tuvo que sufrir las guerras que no sufrió en un milenio. Fronterizas, claro. Había organizado tan bien el reino que todo su pueblo peleaba también. Sabía que había cometido ese error de juicio y ahora le costaba hombres, pues los aurigas eran audaces. Eso nos dijo Xï, que iba con sus hermanos a toda velocidad, junto con nosotros, a lo largo del río. Habían tratado de seguir su nacimiento y envenenar a los pueblos fronterizos contra ellos. No lo lograron. Ïa pagaba bien. Y no permitiría que nadie tocara la muralla. Menos los aurigas y sus carros.
Por eso empezó la guerra de Khand. Nos vimos de pronto con armaduras ligeras, como las de los cinco hermanos, escamosas, como la piel de los dragones. A los cinco ya los conocíamos un poco más, por su talante y por su papel en el reinado de su madre. El príncipe Xï era el heredero. Había asegurado su descendencia, por decir que era mesurado y sabía la razón de su papel. Era serio y capaz. Luego seguía Böh, tan seria y serena como su hermano, pero dulce y elegante. Era la que más se parecía a su madre y era también la más reservada. Silenciosa. No se había casado, aún, dispuesta más a encerrarse en sí misma y en su reino. Era una gran organizadora, pero también ayudaba a su pueblo y adoraba las artes. Los mellizos: Ïe y Pïn. Graciosos ,impertinentes y pendencieros. Pïn era más lista que su hermano, y más impulsiva. Ïe era más distraído y disoluto, por lo que congenió bien con Elladan. Eran jóvenes, todavía, en edades élficas. Y Uë. Seria, como Böh. Orgullosa y fuerte. Todos iban junto con nosotros. Vimos a varios caídos y me culpé por ello. Pero el dragón. Tiraba fuego. No lo tocaban, porque ella tenía un escudo protector, volando sin su armadura. Tal era su poder. Los orcos. Orcos, maldita sea. Con los aurigas, que no podían hacer nada ante el fuego y eran achicharrados. Apenas entramos al campo de batalla, hacia la muralla, los hermanos saltaron y comenzaron todos a pelear portentosamente, con sus espadas. Vi a Böh y a Xï paralizar a varios hombres con sus dedos y enredar varias carrozas. A los mellizos repartírselos, cortándolos con rapidez. A Uë contra diez orcos, tasajeándolos. Destruyendo carros de guerra. Yo me lancé, con todos los demás y comenzamos a luchar también.
-Hace tanto, tiempo no hacía esto- decía Elladan, feliz de volver a combatir, junto con su hermano.
-Amo esta espada, es muy ligera- observaba Elrohir. Pïn lo miró burlona, para tasajear por detrás a un orco que se le acercó.
-¡Al suelo!- gritó, mientras lo tiraba y en frente pasaba el dragón de su madre quemándolo todo.
-¡Las murallas! No dejen subir más nada- nos ordenó Xï. Yo subí, rápidamente y comencé a disparar el arco, para luego comenzar a rebanar pies. Tälum, Elladan y Elrohir hacían lo mismo al lado de Uë y los mellizos. Pü y Böh, solo vi cómo la alzó, para con varias volteretas tasajear a más enemigos. Se elevó por varias carretas, tasajeando letalmente. Yo la miraba sorprendida, como al dragón, arrasando, sin piedad, con una dureza aterradora. Con una crueldad como… la mía. Todo explotaba, sus batallones, sus campamentos, sus caballos quedaban achicharrados. Tanto así protegía a su reino. Estaba tan horrorizada, pero yo hubiera hecho lo mismo o peor.
-Está molesta. . No debió esperar más- dijo Ïe, mientras le sacaba el ojo a un orco, en frente mío. Este gritaba y yo lo degollé.
-¿A qué te refieres? - le pregunté, mientras hundía mi espada en otro y él la sacaba con un dedo, así era de fuerte.
-Pues que sabía que se reunían, hasta que los tuvo a todos en el punto exacto. Pero tardó mucho.
-Mamá está irritada- le decía Pïn a Elrohir. - Creía que no serían capaces. Pero descubrieron nuestra ubicación.
-¿Cómo lo harían? Esto parece tener fronteras invisibles- dijo este, dando tres flechas a tres orcos, para luego esquivar un hachazo. Tomó otro con la mano.
-Vaya. Te he enseñado una o dos cosas- se burló Pïn.
-Son solo reflej…
Pïn tomó tres hachas más y las devolvió simultáneamente. Elrohir volteó los ojos.
-Eso te lo puedo enseñar- dijo ella, para que los dos pelearan espalda a espalda.
-Cincuenta y cinco. Voy ganando- le dijo Elladan a Uë, que tiró su espada saltó, rebanó a cuatro más y luego hizo caer un caballo.
-Cincuenta y cinco- le dijo, para Elladan bufar y ella tumbarlo ante otra hacha voladora.
-Esta es una batalla seria. Concéntrate- le dijo a modo de reproche. Él asintió, irritado , pero ella le dio un beso en la mejilla. Este sonrió, para de nuevo atacar.
Tälum fue herido en el brazo. Yo le sacaba la flecha y Böh tiró la otra, con su escudo.
-Cuídalo. Debo ir a cuidar de Faradhil y sus hombres- le dije. Ella asintió. Yo bajé, ellos peleaban fieramente. Así seguimos, hasta que vi que los que huían eran quemados, sin piedad. Yo tenía muchos cuestionamientos. Ella debió contarnos de esto, o tal vez no. No entendía por qué tenía a su pueblo tan alejado de la realidad o por qué pretendió mantenernos en nuestra jaula dorada y solo nos requirió hasta ver su propio espectáculo de crueldad. Pero no era crueldad. Era lo que ella debía hacer para mantener lo construido. Oí a XÏ y a Böh mandar a recoger cadáveres, con los lugartenientes. No entendía su juego.
Vi rápidamente a sus soldados, en una semana, adecuar la fortaleza, que luego nos enteramos iba hasta punta y punta del continente. Debió tardar al menos varios siglos en construirla. Y a qué costo, pues era lo único que veíamos. El dragón se fue a volar hacia el Este. Me preguntaba cínicamente si esto hacía parte de nuestro viaje, como otra diversión. No podía ser. Diez hombres de Faradhil murieron y él me transmitió sus mismas inquietudes, triste y furioso, pues habían sido sus hermanos. Ellos jamás volverían a Haradhad.
-Siento que estamos siendo utilizados, Fineriel. Que ella tiene un propósito siniestro con nosotros.
-No eres el único. Pero no permitiré que esto vuelva a pasar. Te lo prometo- le dije, poniendo mi mano en su brazo. Él asintió, preocupado, para hablar con sus hombres.
Böh y Tälum comenzaron a curar a los heridos (se habían entendido bien), mientras veía, asombrada, cómo los soldados estaban tan bien entrenados que comenzaron a retirar a sus muertos. Los cantos, como los nuestros , pero en su idioma y con ese violín extraño, de cuerda, solitario y desgarrador. Me quedé en silencio. Ni siquiera aquí podía escapar del horror de Sauron. Uë solo ayudaba a cargar heridos y a muertos, así como Elladan y Elrohir, que compartían mi misma desazón. Elrohir solo se agachó, frustrado. Mi misma frustración. El mismo horror que nos perseguiría por siempre. Este solo sintió una mano, amistosa, sobre su hombro.
-Oye.
Este volteó. Era Pïn, también, hecha pedazos, como todos nosotros, llena de lodo, sangre, en su cara.
-Nos persiguió. Hasta aquí. Otra vez. Él causó todos nuestros pesares, junto con Morgoth. -dijo, compungido. - No hay lugar en el que…
-Mira- dijo ella, agachándose y tomando sus manos. Él la miró destrozado.
-Sabríamos que esto llegaría. Estuvo buscándonos por siglos. Más desde que mi padre se fue al Oeste. No lo trajeron ustedes.
-No, pero… me aterra pensar que esto será así siempre. Como si nuestra inmortalidad solo estuviera hecha para las desgracias- le confesó. Eso pensaba yo también, mirando al piso con pesar.
-No lo está, Elrohir. Pero luchamos también para mantener esto. Así como tú luchas para mantener a salvo el reducto de tu padre. Esta no será la primera batalla, te lo aseguro. Estuvimos escondidos mucho tiempo. Tuvimos que luchar nuestras propias batallas, para conformar el reino, pero vendrán más.
-Solo que a veces pienso… para qué seguimos vivos. Para qué, si solo es esto, para qué…- sollozó él, invadido por la melancolía, al ver a otro elfo de cabellos negros caído en batalla.
-Podrías irte a Valinor ahora mismo. Hay botes- dijo ella, levantándolo.
-No, no podría abandonar nada así. No puedo. ¿O qué sentido tiene, si no es para vengar a mi madre, para honrarla?
Exhalé, desolada. Eran las mismas razones que yo tenía para quedarme. No sé si lo vieron en mí, pero sí que lo vivieron con Celebrían. Y era la misma razón, la misma fuerza, pero también desfallecían.
-Ahí tienes tu respuesta.
-Estoy cansado. Estamos cansados- le confesó. Ella le sonrió, tomando su espada, para luego apartar su pelo.
-Créeme. Todos lo estamos.
-Tu… has vivido en este reino, alejado, por mucho tiempo. ¿Cómo podrías sufrir?
-Eso no significa que no haya tenido que pelear, Elrohir.- le confesó ella, con su misma sonrisa triste- Acompáñame, curaremos heridos y atenderemos lo que se requiera- dijo, tomando su mano. Él se crispó, pero se dejó llevar.
-No sabía eso.
-Pronto lo sabrás- le dijo ella, con una sonrisa triste. Yo ayudé también a apertrechar y a cargar heridos. Tälum y Böh seguían curando heridos. Él la miraba asombrado, ya que ella, con una copa, sacaba llamas en el cuerpo de varios. Él los tranquilizaba con cantos élficos, mientras ella solo curaba suavemente.
Ïe ordenaba la disposición de la fortaleza central. Nos encontramos. Él entendió mis razones.
-No te lo aconsejo. Está molesta- me dijo con una mirada sospechosa. No lo entendí, pero él sabía que algo turbio pasaba en ese lugar.
-Yo también- le respondí, mirando la imponente construcción. La fortaleza tenía cinco pisos, con la construcción puntiaguda y abierta. Una puerta roja. Él no me respondió nada. Solo les hizo señas a los guardias, que me dejaron pasar.
Entré y la gran puerta con llave de dragón se abrió sola.
Se cerró la puerta. Oscuridad total. Me turbé. Una energía, que me tumbó. Me recorrió todo el cuerpo. El horror de las mazmorras. Su risa. Angmar, de nuevo, todos los recuerdos. Los orcos naciendo. Grité, pero hubo algo, vi un espíritu blanco recorrer todo el enorme pasillo, con ojos furiosos. Era ella. Ella que se proyectaba. Me arrastré, adolorida, espantada. Y ahí estaba, con sus larguísimos cabellos extendidos en el aire, como cuerdas, mientras sus ojos seguían abiertos peligrosamente. Ella flotaba, con su vestido blanco raído y exudaba una poderosa luz blanca. Voces.
-Si crees que te dejaré aunque sea tocar un árbol de mi reino estás equivocado. Nos perderemos otra vez. ¡Vuelve a donde viniste! ¡Vete! ¡Vete!- le gritaba.
Gritos agónicos. Maldiciones. Una lucha que ya había tenido, pero no a este nivel. Era ella una criatura temible, pero también desesperada, que se retorcía.
-¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!
Era como casi implorar. Gritos de sufrimiento. La vi, retorciéndose, otra vez, luchando contra una fuerza invisible, sacando su energía hasta el máximo nivel.
-Por Ilúvatar- dije, sin poder levantarme. La vi, con sus ojos negros como enormes pozos que traían todos los tiempos de los mundos , para sacar una luz dorada y otra vez volverse terrorífica.
- ¡VETE!- gritó, con miles de voces, mientras la habitación tenía una luz roja y miles de voces me circundaron a mí también. Yo grité, protegiéndome y gritando también y viendo fuego saliendo de mí. Una voz risueña y maligna, un susurro lento. Mi mano inutilizada me ardió. Era él, era él. Grité, hasta que ella lo apartó con su mano, furiosa, otra vez, para irse desde la torre. Comenzaron los golpes. Llamaron sus hijos. Llamaron mis amigos.
-No. Aún no. Les explicaré después- dijo ella. - Fuera todos. ¡Fuera!- gritó, con su voz estentórea, en un eco que se oyó, probablemente en todo el reino. Yo desperté.
-¿Quieres explicarme qué rayos pasó aquí?- le reclamé, alterada.
-Que si bien mi don es verlos a todos, a veces se me olvida que soy vista también- dijo, desolada, y cansada.
-¿A qué te refieres?
-Pensé que mis pensamientos compartidos con Mithrandir, Galadriel y Elrond (los últimos que tuve fueron después de Dagorlad) solo serían vistos por ellos. Pero hay alguien, alguien más, igual de poderoso a ellos, que también lo vio. Total, he ayudado a que un plan de veinte años prospere al asolar esta frontera. Y de un solo golpe.
-¿Sabías lo que estaba pasando?
-Claro que lo sé. La muralla tiene informantes. No la veían, los aurigas. Hasta ahora. Pero hubo alguien, cuando mandé ese mensaje, para informarles de ustedes, no sé quién. Y no sé cómo pude ser tan descuidada. Hay algo, o alguien que te sigue la pista, aparte de Sauron. Alguien que te espía. Desde muy lejos.- dedujo. - Total, él trajo los aurigas a la muralla. Y créeme que lo volverán a intentar. Ahora debo distraerlo. Quizás hasta haya visto todo lo que hay aquí. Y venga con más orcos, Fineriel- me dijo seria. - Cuiden la muralla hasta que yo lo saque de aquí.
-Deberíamos irnos- le dije preocupada. -Así no volverá a vernos.
-No, da igual- respondió, sin hacer caso a mis preocupaciones. -Haz lo que te digo. Esta es una batalla personal. Lo que viste acá no será nada a lo que tendré que enfrentar. Y debo hallar al delator. Puedo ver los futuros, pero no sus detalles. Y eso es un gran problema.- dijo.
Abrí la puerta y expliqué lo que pasaba, a todos. Los príncipes no parecieron alterarse, ignorando los rostros de sorpresa, espanto y frustración de Faradhil y sus hombres. Elladan también se sentía igual de frustrado y rabioso.
-Claro que nos perseguiría hasta aquí. No se escapa nada de su vista. Pero, ¿por qué ella querría informar a mi padre de que estamos aquí? ¿Cómo sabe de su existencia?
-Quizás hay un propósito más en todo esto. Es la única respuesta- le respondió Xï, pensativo.
-Que Fineriel esté aquí, puedo entenderlo, aunque no del todo. Pero nosotros, ¿qué motivo?- cuestionó Elladan. ¿Por qué comunicarse hasta ahora?
-Madre ve todo. También debe cuidarnos a nosotros- le respondió Uë, seria. - Quizás también con esto quiere anticipar el mal menor. Sabía que se reunían aquí, que nos buscaban desesperadamente. Y quiere enfrentarlos ya antes de que puedan reunir más fuerzas. Pero no quería ser encontrada por Sauron, solo por los aurigas. Alguien… alguien debió interceptar el mensaje desde el Oeste.
Yo solo pensaba en Saruman. Böh me sirvió un agua de flores, que se abrían apenas tocaban el líquido. En medio del horror que vivíamos, se las ingeniaban para maravillarnos. Esa era su peculiaridad. Así como la nuestra, pero en detalles más pequeños.
-Creo que si lo ve todo, no habría sido tan descuidada como para que pasara esto, ¿no crees? - insistió Elladan.
Uë no quería admitirlo. No lo miró de vuelta. Elladan bufó, levantando las cejas.
-Ah, entonces sí lo hizo a propósito. Trajo la guerra para que sus hombres, su pueblo y los míos murieran- protestó Faradhil. ¿Qué caso tiene?
-No creo que lo haya hecho a propósito para causarnos sufrimiento. Creo que a través de Uë y luego de ellos cuatro- dijo Böh sirviéndole esa agua, suavemente, lo que lo turbó, ya que su presencia alivianó su energía de inmediato. - Ya los seguía. No conocemos los planes de madre, pero sabemos que tarde o temprano Morgoth se enteraría de nosotros. O ya lo sabía, pero los encontró a ustedes para ser la excusa perfecta y atacar.
-También estaba confiada- analizó Ië. - No mandas un mensaje al Oeste pensando en que otros indeseables lo verían. Confió en su poder y por eso está molesta. Porque sabe que a pesar de ella, las cosas pasan. Esa siempre ha sido nuestra maldición.
Nos quedamos en silencio.¿Cómo era posible que alguien tan cuidadoso, de repente pudiera caer de manera tan tonta? Uë adivinó mi pensamiento.
-Porque está tan deleitado en su propia obra, que no sabe todo lo que hay afuera- me respondió. Yo la miré trémula. Xï suspiró. ¿Insinuaba que había un conflicto con su madre?
-Fue su orgullo, Fineriel. Está orgullosa de esto. De lo que hizo alejándose de Sauron, Beleriand, de todo lo que pasó entre el resto de la raza. Por eso la viste quemando sin piedad a todos los que se retiraban. Haría lo que fuera y daría lo que fuera para conservarlo.
Miré a Xï significativamente. Ella también tenía su propio Silmaril. Quizás todos teníamos uno. Pero el mío había sido destruido. Aunque yo no di mi vida entera por él. O quizás sí. Hasta hoy. Y ella… había perdido a su esposo y el padre de sus hijos.
-Por eso me fui también. Y era para que cambiaran esto- dijo Uë, desconsolada, mientras era observada tristemente por Elladan. Ella necesita ver que esto es valioso, pero que es más valioso todo lo que hay a su alrededor. Ustedes lo han hecho. Sobre todo tu, ella misma te lo dijo.
-Lo que es contradictorio… pero para eso también te buscamos- dijo Ïe, de brazos cruzados. - Esto no es nada para lo que se vendrá. Si seguimos encerrados, subestimaremos lo que hay a nuestro alrededor.
-Y algún día, en muchos siglos- dijo Pïn -El mal de fuera nos alcanzará. Y esto no será suficiente. Ella hoy lo vio. Y ella fue la causante.
-El problema de ver los futuros- insistió Xï, es que haces lo que sea por evitarlos. Pero al evitarlos puedes causar algo peor. Esto fue un error. Algo que no predijo. Pero se veía venir.
Böh volvió al Este, con Tälum, para asumir la regencia en nombre de su madre. Duramos tres meses explorando y apertrechando la muralla infinita. Una que me contó Xï, construyeron doscientos años después de que los demás elfos se fueran a Beleriand. Miles participaron en ella, los pueblos sometidos de los aurigas también. Miles de vidas mortales e inmortales, a las que se les solía tratar por igual, aunque nunca pudieron hacer nada por los hombres más que alargar su vida con sus artes. Te hablé de eso. De sus agujas, de las llamas en las manos de Böh. De cómo sacaban castañas rápidamente, o cómo soplaban o untaban pociones de las que ya no tenemos ninguna existencia. Pasaron mil años, claro.
Cómo nos explicaban que cada fantástico animal que jamás vimos sino al llegar a Haradhad, tenía su propia energía, su propio espíritu. Una enorme fiera con rayas, majestuosa, con sus ojos llenos de fuego. El dragón, presente, aunque jamás habíamos vuelto a ver a Lön. El ave, de fuego, que dijeron que existió alguna vez, creada también por Ïa para proteger a su reino. Ya existían muy pocas. Los caballos. Eso lo usaban para pelear. Cómo los elementos representaban algo, como en nuestro mundo, donde los árboles, el cielo, el fuego y el viento hacían parte de nosotros. El río. Los sembradíos, juncos, enormes, aves de picos largos y patas enormes, elegantes, arqueadas. Y claro, el entrenamiento. Porque sus habilidades eran y son imposibles. O eso creíamos. Uë seguía siendo una maestra implacable, exigiéndonos hasta el límite de nuestras fuerzas, con sus armas ligeras.
Y tus hermanos, parecían descubrir al mismo tiempo que yo, con más resistencia, que gustaban de esos otros mundos a pesar de sus reticencias. Y cómo se iban perdiendo, o eso creían, al amar a sus dos maestras. Elrohir y PÏn recolectaban historias, también registro de todo lo que veían. Ella le contó después todas las vicisitudes del reino. De cómo tuvieron que pelear contra quienes se rebelaron. Que también tuvieron que ser implacables en las fronteras. De cómo perdieron amigos que quisieron irse y se perdieron en lo que ahora… era Beleriand. Faradhil y yo dibujamos el primer mapa que es el que ahora todos conocen. Tardó meses en concretarse, con ayuda de Xï y del propio Elrohir. Elladan, mientras tanto, aprendía junto a mí cómo organizaban a sus soldados, rápidos, sigilosos, en oleadas. Y también, claro, era inevitable que discutiera con Uë. Lo vi cuando él tiró, furioso, su lanza. Tomó su caballo y salió directamente hacia el río. Xï dio la orden de que lo escoltaran. Uë lo miraba con lágrimas en los ojos. Yo lo miré y él asintió. Me acerqué a ella, siempre, huraña, a excepción de cuando estaba con Elladan. Con sus hermanos incluso solía mantener la distancia.
-He visto por cinco años lo que has causado en él. Dije que no me metería, pero él no es capaz de manejar esto. Y no hablo por mí, sino también por Elrohir, de quien se ha alejado en este asunto. Su madre me confió a ambos- le dije, levantando las cejas. - Ahora me explicarás todo.
-¿Por qué duele tanto?
-¿De qué estás hablando?- le pregunté, intrigada. Porque a pesar de nuestra cercanía, se empecinaba en mantenerse como un misterio eterno para nosotros.
-Yo odiaba, los odiaba a todos ustedes, a los Eldar, hasta que los conocí. Hasta que lo conocí. Odiaba lo que nos hicieron, odiaba… lo que hicieron con la Tierra Media. El oeste del que él habla… yo no lo viví. Y él, él y su estúpido optimismo, él, que se empeña en irse, porque debe hacerlo. Le cuesta mucho llegar a mí, porque yo todavía recuerdo todo lo que pasé antes de hallarlos y no puedo perdonar esto...ni lo que hizo mi padre- me confesó, al fin. -Porque ustedes se irán y yo habré de quedarme. Y no lo volveré a ver. Por eso quiero alejarlo de mí, pero lo amo. Estoy maldita. Porque solo nos enamoramos una vez y yo ya lo he perdido, de antemano- me dijo, con los ojos llenos de lágrimas. Yo, que jamás la vi llorar.
-No solo nos enamoramos una vez- le confesé, sonriendo tristemente. - Lo sabes.
-El problema es que esto nos cuesta todo lo que tenemos. Nos perdemos a nosotros mismos…
-¿A qué le temes? - le pregunté, por fin. Ella negó con la cabeza.
-Que lo ame tanto, que me olvide de quién soy y lo que debo hacer.
Había oído esa historia antes. Yo misma recordé la risa sincera de Thranduil, libre de toda malicia, mientras tomaba uno de mis rizos y besaba mi mano. Suspiré.
-¿Quién eres y qué es lo que debes hacer?
-Uë, la princesa del este que debe… proteger a su madre y que fracasó al buscar a su padre. Proteger a su reino…. y…
-Podrías ir con nosotros. Acompañarnos.
-Aún no hay lugar para mí en occidente. Mis esperanzas serían vanas.
-Estarías con Elladan- acoté yo. - ¿Qué acaso tu amor no es suficiente? ¿Su amor? - le pregunté, sinceramente.
-¿Para tí lo fue? ¿Quisiste alguna vez ser reducida a ser la esposa que debía ser guardada porque la aman demasiado que el dolor sería terrible si la ven morir?
-Nunca fuimos esas esposas. - le respondí, pensando en Neldaniel, en Celebrían, en mí misma. - De todos modos, él morirá, lejos de ti. Y tu de él. ¿Es eso lo que quieres? Él tampoco debe ni quiere quedarse aquí, a pesar de ti. ¿Por qué quieres alejarlo?
-Porque lo amo tanto… que si me entrego más, me consumiré. Y moriré. ¿Y qué habrá sido de mi vida si no puedo ser lo que me ha sido encomendado? - me preguntó, afligida. Yo le sonreí con tristeza y bondad.
-No somos eso, todo el tiempo- le afirmé, con una sonrisa triste.
-¿Pero no por eso te fuiste del lado del rey Thranduil? ¿No sigues amando y extrañando a tu marido? ¿No murió tu alma cuando te separaste de ambos?- preguntó, desesperada.
-Y sigue llorando por ambos. - respondí sinceramente. -Pero te garantizo que podrás seguir siendo tu, si estás segura de que lo sabes. Además, no somos inmutables. Cambiar es crecer. Fluir, como tu madre lo dice.
-Ella jamás pudo volver a amar así. Seguro porque sabe lo que cuesta- afirmó ella, limpiándose las lágrimas.
-Pero tú sí. Quizás muramos mañana. Y te arrepentirás si no sigues lo que sientes. Él lo hace, le enseñé a ser así, al igual que su madre. Y él ve lo que quizás tu no. Siempre lo hacemos ante los otros. Devuélveselo- le dije. Ella me miró, sin responderme, para saltar hacia adentro y quedar a solas, en la muralla. Elrohir, al lado de Pïn, solo suspiró.
-Créanme, jamás la había visto así. Lo ama de verdad- afirmó. - Pero como muchos mortales, e inmortales, tiene miedo. Elladan hizo ver lo que nosotros ya sabemos: que es una mujer tierna que definitivamente ha visto en él...- dijo ella, para suspirar otra vez y mirar a Elrohir - A alguien con quien compartir parte de su alma.
-Yo solo espero que ninguno de los dos sea tonto- acotó Elrohir. PÏn le sonrió amablemente.
-Sabemos que no lo son. Ven conmigo, vamos a cazar con el destacamento- le dijo, para tomarlo de la mano. Este me sonrió, sonrojado, para yo devolverle la sonrisa. Ïe y yo también solíamos hablar. Él parecía disoluto, tonto y alocado, pero en verdad él era el encargado de la parte de los arqueros y los escudos, que eran los soldados que tiraban las flechas y los que tenían más nivel para apartarlas. Y él lo tenía claro: quería ir al oeste. Conocer nuestros reinos élficos.
-Algún día me iré, como Uë. Pero no volveré- afirmó, sonriendo, con sus cabellos ondeando. - Conoceré todos los reinos. El del rey Thranduil, del que nos has hablado. El del padre de Elladan y Elrohir. Los de los hombres.
-Eso pasa cuando estamos en un lugar. Solo queremos partir. A pesar de lo esplendoroso que sea y que se vea. Y lo protegido que esté- le dije, levantando las cejas, dándole a entender que ni incluso en un lugar así habría sosiego para algunos espíritus.
-Creo que mi hermana y madre te trajeron acá por lo inevitable. Por ver que no puede cerrar su reino para siempre. Que tú solo puedes abrir la puerta para nosotros.
-No sé cómo sería eso posible- le respondí, sinceramente.
-Marcas un fin, Fineriel. Comenzó con mi padre y este es el fin. Pronto querremos, muchos, muchos más, irnos a occidente, a los reinos élficos que guardaron sus parientes. - me argumentó.
-Entonces, ¿por qué no fueron con Uë si tanto querían escapar? - le pregunté. ¡Además, este lugar es magnífico! - le dije, señalando al este, donde estaba su reino, envuelto en la muralla de roca y la muralla invisible.
-Lo dices porque vienes por primera vez. Yo diría lo mismo del reino de Thranduil, ¿no crees?
Asentí. Tenía razón. El corazón iba más allá de los paraísos creados para él. Tenía mi mismo deseo. Lo noté en su forma de hablar.
-Además Uë fue enviada porque madre sabía que volvería. Su espíritu no es tan ligero como el mío, que se habría quedado allá para siempre. O como el de Pïn. Ella nos contó de sus sufrimientos, pero yo habría obviado eso, como Pïn. No hubiéramos vuelto jamás- se sinceró.
-Nosotros también tenemos que volver, Ië. Algún día- le dije, observando a Pïn enseñarle a Elrohir varias palabras, mientras cargaban provisiones. Nos miraron y nos saludaron juntando el puño con la mano. Hice lo mismo.
-Quiero ir con ustedes. No quiero volver- me dijo, determinado.
-Quizás aún te necesite tu madre. Como ahora- le respondí. Vimos a Xï hacernos una reverencia. Hicimos lo mismo. Hacía cinco días que la reina estaba de vuelta. Claro, sin el dragón.
-Madre te busca, señora.
Ïe siempre fue el que más dejaba traslucir las intenciones de su madre y de su familia, pero como todos ellos, sabía ser reservado cuando podía. Entré, ningún guardia me detuvo. Subí las escaleras. Me sentí mareada. Era una energía muy pesada, pero subí, hasta desfallecer. Ella estaba ahí. Sacó su espada. Posó con el brazo arriba y señalándome. Yo saqué la mía.
-Ahora sabes cuán vulnerable soy. Esto no fue a propósito, pero puedo cometer errores más grandes- me dijo con su mismo semblante, pero había en ella un asomo de preocupación ligera.
-¿Tenía que venir para que te dieras cuenta de eso? - le pregunté- acercándome, pero ella esquivó mi ataque con un movimiento tan simple que me sorprendí. Ah, así que ahí comenzaba nuestro entrenamiento.
-Sí. Necesito que tu y ellos me enseñen lo de sus maestros. Y ayuden a mis hijos.
-¿Para volver a encerrarte? Ellos quieren salir. Todos- le dije, con sinceridad.
Claro que lo sé . Pero ustedes también son mi ventana al mundo. A uno que veo se ha vuelto más audaz. No terminará aquí. Al verlos ya tienen un deseo en su corazón, pero primero, deben arreglarlo todo aquí- me dijo, para replicar, con dos espadazos que me hicieron dar dos vueltas y tirarme al suelo.
-Se nos acaba el tiempo. Y viste que Él es poderoso- repliqué, molesta, levantándome arqueada. - Tuviste demasiado.
-No el suficiente.- me respondió, sin ofenderse. - El tiempo no significa nada para mí más que lo que veo en múltiples posibilidades. Pero así tenía que ser. Sé que era injusto para ustedes, pero me negué a envolverme en la maldad. Ahora viene hacia mí y sé que es mi culpa. Pero nunca soporté el dolor que causó Fëanor. Y todo lo que le siguió.
-Hay muchos como nosotros cuatro que luchan para paliar eso. ¿No te dice nada?- le dije, duramente. Ella no se inmutó.
-Solo quería un reino prosperar, pero me ha sido imposible desde que Erwë se fue. Todo ha cambiado incluso para mí. Que ustedes vengan es prueba de lo que no finalizará. Erwë, en últimas, quería lo que tu.
-¿Qué lo detuvo? Gil-Galad se lo preguntó.
-Que hubiéramos caído también con ustedes. Eso lo detuvo- me confesó, al fin, revelándome que había visto su propio futuro. No exponerse ante Sauron los había mantenido, pero de alguna manera sabían que era imposible seguir evitando el mal.
-Aún no entiendo por qué yo. No cambiará nada cuando vuelva.- le dije, rodeándola, tratando de ver cómo la abordaba.
-¿Volverás?- me preguntó, para hacerme dudar.
-Claro que sí. Debo tener una tarea por cumplir.
-No lo hiciste al venir aquí- dijo. Ella se lanzó leve, pero implacable. Yo esquivaba sus estocadas, con todo lo que podía. Saltaba, giraba y quedé otra vez, con las dos manos sobre la espada, fuertemente asidas. Respiré fuertemente. Había sobrevivido.
- Puedo y no puedo verlo todo. Mi hija te ha enseñado bien. Serás el Este, hasta donde no llegaron los Ishtar.- dijo, para saltar y clavar la espada sobre el piso. Vi cómo lo rompió, pero me ladeé y lo hice otra vez, para que ella me cortara un mechón. Yo me lancé, pero fui repelida y mi espada quedó muy lejos de mí. Comencé a esquivarla sin más, solo con mi ansía de sobrevivir, hasta que tomé de nuevo mi espada y esta se rompió, por la suya. Seguí intentándolo, hasta que ella la fijó en mi garganta.
Tomó la mía, del suelo, con su mirada.
-Sígueme.
-Ya sé eso. ¿No son suficientes mis visiones?- le dije, mirando mis heridas.
-Los lamentos que enceguecen tu corazón. Los que no han dejado que la promesa a Gil- Galad se haya cumplido, ¿verdad? - me preguntó, mientras yo iba detrás de ella al paso que podía. Ella ni parecía tocar el suelo. Su túnica flotaba por un laberíntico pasillo. Entendí que era su magia. Llegamos a otra habitación. Un poste de madera. Una moneda con un hueco en el centro. Una cuerda. Me dio una rama, con hojas rosa. Larga.
-Ahora encájalo- me ordenó. Y cuéntame cómo pasó eso- me dijo, para mi desconcierto.
-Solo podría hacer una cosa a la vez- le respondí. -Y no sé cómo podría comenzar. Aún no responde usted mi pregunta.
-Aún no tiene por qué ser respondida. No tienes más que el poder para pelear y para consolar y hacer las misiones que te encomienda Mithrandir. Pero no han servido de nada.
-Qué sorpresa- le dije, con escepticismo. Yo trataba de encajar la ramita, pero la cuerda se movía más rápido. Era su magia. Ella me la arrebató.
- Debes aprender a separar pensamientos, o eso te enloquecerá en batalla. Y para siempre. Lucharás siempre por los motivos incorrectos- me respondió. - Yo acabo de no hacerlo, por eso di como un faro nuestra ubicación. No volverá a pasar- me dijo. Para cuando terminó la frase, lo tenía encajado.
-No tengo porqué hablar de esto- le dije, tomando la ramita y tratando de encajarla, desesperada e indignada.
-Es imposible.
-Nunca nada lo es.
-Abrir las Estancias de Mandos.
-Ni siquiera eso- me dijo, mientras yo ahondaba en todo lo que veía, tratando de encajarlo. Maldije.
-Esto no tiene sentido- protesté, mientras ella me oía interesada.
-Entonces, ¿qué te gustaría más?
-Lo que estábamos haciendo- le dije, mientras miraba su espada. Ella me la lanzó y me atacó con la ramita. Yo apenas podía controlar sus golpes.
-No me has respondido lo que te pregunté- me dijo, de nuevo, con insolencia. Sé que conocía mis secretos, pero no así.
-¡No lo haré! -le grité, desafiante. - ¡No así! - le dije, sintiéndome absolutamente invadida. Sus ojos ahora se tornaban insolentes, siempre misteriosos y desafiantes. Era realmente peligrosa. No por solo su nivel de ataque. Porque podía ahondar en el corazón… y destruirlo en segundos.
-Está bien. Lo haré yo . - me respondió, pausada, para atacar luego sin misericordia. Me arqueé, para esquivarla y responderle otra vez, con la espada.
-Gil-Galad era un rey de los elfos…
-No te atreverías - le dije, más allá de toda mi furia. Era la canción dedicada a mi marido. La caída de Gil- Galad. Tan dolorosa, que no soportaba que se cantara en mi presencia. Y cuando eso pasaba, solo solía retirarme. No podía creerlo. Ella se iba directo a mi peor recuerdo, al peor de todos los que he tenido. Y se burlaba con una ligereza cruel.
-Los trovadores lamentan la suerte- dijo ella acercándose sinuosamente, con el ramito sostenido en una mano. -Del último reino libre y hermoso, entre las montañas y el océano.
-Basta- le dije amenazándola.
-La espada del rey era larga- dijo, retándome, llamándome con una mano. - Y afilada la lanza.
Me sentía atravesada por una enorme rabia. Por una furia incontenible. Cómo se atrevía a burlarse de lo peor que me había pasado. ¡Cómo! Todo menos eso. ¡Le había confiado mi alma, mi vida, y así me pagaba! Me sentí desnuda, lastimada otra vez.
-Y el casco brillante se veía de lejos- dijo, como un espíritu furioso que traía todo mi horror de vuelta. -Y en el escudo de plata se reflejaban los astros innumerables del cielo.
-¡Basta! - le dije, para abalanzarme y atacarla, pero ella esquivaba todo con una facilidad impresionante. Solo lanzó de sus mangas una polvareda enorme y me cubrí, pero la miraba con una furia aterradora. MIs ojos parecían brasas. Los de ella también. Pero ella tenía controlada cada palabra para herirme. Me sentía furiosa por ser tan vulnerable.
-Pero hace mucho tiempo se alejó a caballo y nadie sabe dónde habita ahora…- dijo, para golpearme en la espalda y pantorrilla y jalar mi espada y enredarme. Yo dí una voltereta, pero ella saltó sobre mí, elevándose, para yo esquivar otro golpe y lanzarme sobre ella, furibunda y ya cansada. Ella se quedó de espaldas, sin mirarme.
-La estrella de Gil- Galad cayó en las tinieblas…
-De Mordor, el país de las sombras- le respondí yo, reviviendo ese horrible dolor en el pecho y vientre que sentí cuando lo ví, como un espíritu. Cuando ya no estaba acá, sino en Mandos. Cuando se despidió de mí y yo tiré todos sus regalos al río.
Ella se volteó, lentamente, sin dejar de escudriñarme. Yo estaba con los labios temblorosos, sin poder contener mi ira.
-Lo veo en tus ojos. Una promesa hecha. Eso te ha traído hasta aquí, pero sigue matándote, por dentro, como a todos nosotros, todas esas promesas y muertes tan lejanas en el tiempo. De eso se trata la inmortalidad. Y lo has intentado todo. Incluso amar de nuevo. Pero todo eso es simplemente insignificante - me dijo, mientras me golpeaba otra vez con mi propia y miserable verdad.
-No creas que no lo he dejado de amar. No te atrevas a juzgarme- le dije, apuntando otra vez con mi espada. - ¡Pienso en él todos los días! ¡Todos! Y a veces incluso lo odio… por dejarme así. Tenía a alguien que lo esperaba. Él me dio a mis hijos. No creas que por amar a Thranduil he dejado de amarlo.
-Es solo un oscuro recuerdo que causa dolor, ¿verdad?- me preguntó, para cortarme el antebrazo con la ramita, sin darme tiempo a reaccionar. Es como si se burlara. ¿Cómo podía jugar conmigo así? Volví a atacarla, con toda la fuerza que podía, pero me tumbaba con otra ráfaga, para luego hacerlo con la ramita. - Porque su alma pasó a tu mente. - Él- dijo sin inmutarse en mi dolor , mientras se volteaba y solo pateaba mi espada, para luego pasar por encima, de un salto. Yo la ataqué rápidamente otra vez, pero ella me enredaba. - Solo quiso enfrentar a Sauron en una decisión suicida. Jamás pensó en tí.
-Claro que sí.
-Entonces, ¿por qué fue al Orodruin? Los mortales pudieron haber ido solos. Él debió pensar en tí, en sus dos hijos. No lo hizo- me dijo, impasible.
-Él sabía que debía enfrentar al mal. Por eso me dejó. - le dije, a punto de tirar la espada, pero ella la levantó con la ramita y me empujó, hasta la pared. Se acercó, otra vez, sinuosamente.
-Sí. Él le dijo, en las faldas del Orodruin:
"¡Muéstrate, Sauron Gorthaur, el Aborrecido!¡Largo tiempo hemos esperado este encuentro, tú y yo!"
La miré destruida. Con la boca abierta, temblando, sudando. Era él. Su voz. Él, al lado de Elendil, con Aiglos, brillante. Gemí, nerviosa y desesperada. Sentí un golpe en la mejilla. Un corte. Otro.
-Basta… - le dije, apretando los dientes. -Supongo que puedes cantar una canción de cuna de la partida de tu marido mientras destazas aurigas. Pero yo no- le dije, furiosa, mientras ella se deslizaba, simplemente.
-Me desgarró el corazón- respondió, para patearme y tirarme al suelo. Me dolía todo. Así me había golpeado.
-Me hizo mil pedazos. Al igual que a Aiglos. Dijo, señalándome con la ramita. Así- dijo, para picarme precisamente en mi brazo muerto. Yo grité, gritando cuando Sauron atravesó con su espada el mismo hombro de mi marido y quebró a Aiglos. La vi partirse y yo también.
En la muralla resonó mi grito. El grito de Gil- Galad al ser herido por Sauron. Fatalmente. Sentí su cuerpo dañado, peor de dañado que cuando me torturaron. El dolor iba más allá de todo y lloré por mi marido, porque no merecía un final así. Oía los gritos en batalla, la agonía de Elendil, la sentía, los vapores y los gritos de los Nazgules, los chillidos ensordecedores.
La risa. La risa de Sauron. Su risa mísera de victoria. Yo solo me veía en Gil- Galad, retorciéndome de dolor. Había tirado la espada. Ella seguía impoluta, con su ramita. Los dos sentíamos un dolor más allá de lo imaginable, un dolor profundo, un dolor del que no se podía volver . Yo seguía llorando, desconsolada, sintiendo yo misma el final de mi marido. Olíamos el mismo azufre, el mismo olor nauseabundo. Yo sentía su mismo calor. Veía las mismas rocas. A… él, riéndose, regodéandose en su rabia, en su orgullo, en su victoria. Sentí que veía a mi marido como una presa a punto de rematarla, para siempre. Y lo vi ahí, con su armadura dorada y sus estandartes azules, ya sucios por el polvo y la sangre. La suya y la de otros.
-Ataca- me ordenó ella, cruelmente.
No pude más que llorar, pero así como Gil- Galad miró a Aiglos, yo miré mi espada. Yo seguí llorando, viendo los últimos momentos de mi marido.
-Entonces… él pensó en tí. En tus hijos.
Yo cerré los ojos, con la vista nublada como él. Volví a llorar, porque vi sus pensamientos finales. Yo, corriendo, con mi vestido tornasol, que tanto le gustaba. Leyendo sus cartas. Ambos, en el lecho, o cuando me alzaba y me daba vueltas. Cuando me hacía reír. Dándole un beso. Tomándole la nariz, o cuando me cantaba canciones. Naharien, bebé. Yo se la daba para cargarla y él le mostraba Rivendel y los árboles. Gil- Galeth, sonriéndole orgullosamente, o él abrazándolo, cuando niño y lo paseaba en sus hombros. Naharien, mientras él le daba vueltas y ella le ponía flores en el cabello. Y yo. Mi cabello. Cuando trató de quitarme la corona y nos reímos, porque era imposible. Yo, abrazándolo, en Eregion. Yo. Dormida. Él, despierto, acariciando mi cabello. Recostándose a mi lado.
-No…- sollocé.
-¡Ataca!
Me levanté como pude, y lo hice, sin saber lo que hacía. Vi el volcán, quemar a mi marido y lo sentí, yo también. Volví a gritar, mientras era golpeada. Ya solo atacaba a tientas.
-¡Sigue!
Grité otra vez, pero lo ví, tirado, con terribles quemaduras. Me doblé en dos por el dolor. Por el horror de verlo así. Me lo habían quitado así.
-Mi amor…- dije, destrozada, mientras seguía recibiendo patadas, y látigos y cortaduras de la ramita.
-¡No pararé!- me gritó ella.
Estaba tumbada así, como él. Como si lo viera frente a frente. Como pudo, se arrancó mi collar, en la mano. Pareció sonreírme. Sí, me sonreía. Me veía y yo a él. Alcé mi mano, llena de cortaduras. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
-Te amo- nos dijimos al mismo tiempo.
Yo asentí, sintiendo su último esfuerzo. Temblé, gritando y lo vi, atravesando a Sauron con lo que quedaba de Aiglos, mientras se incendiaba. Este solo pisoteó mi collar. Sentí a Isildur cortarle la mano y el grito de Sauron, mientras yo seguía gritando también. Sentí a Gil- Galad irse.
"Te amo", fueron sus últimas palabras, sus últimos pensamientos, dedicados a mí.
-Y yo a ti- le dije, llorando otra vez.
Nuestras manos, se separaron, mientra yo gritaba otra vez . Tenía la punta de la espada en la mitad de la moneda. La ramita había sido destruida. Ïa solo me miraba inexpresiva.
-Nada mal para la primera vez, pero creo que es pura suerte. No sabías lo que estabas haciendo.
Yo seguí llorando, cayendo al suelo, y vi entre las lágrimas cómo saltó por el alféizar de la ventana, para caer sobre Lön y despegar al Oeste. Sentí el vuelo del dragón. Vi la ramita. Estaba quebrada. Los pedazos estaban en todo el salón. Elladan y Elrohir, al igual que Faradhil, entraron apresuradamente. Estaban golpeados. Habían luchado por entrar, pero los príncipes se los impidieron. Todos. Atrás estaban ellos, tan inexpresivos como su madre. Ellos me miraban con familiaridad. Habían pasado, tal vez, por lo mismo.
-Por Varda…- dijo Elladan, que corrió, para atraparme, junto con su hermano justo antes de desvanecerme.
Entre varias servidoras de la reina me bañaron, en medio de un estanque pequeño adecuado para ello, lleno de pétalos de rosa. Y como siempre, al lado, varios cuencos de plata, llenos de aromas de sus plantas, me rodeaban. Así curaron mis heridas. Yo estaba confundida por lo que acababa de pasar. ¿Él estuvo conmigo? ¿Fue un hechizo de ella? ¿Qué fue lo que hice mientras sentía a mi marido morir? ¿De verdad, él me vio en esos momentos? ¿Podía ser tan poderosa para alterar el tiempo? ¿Por qué ese recuerdo?, pensé, ya siendo vestida, con sus túnicas envolventes, menos largas que las de la reina, y mi cabello quedó otra vez manipulado por ellas, con sus particulares peinados, en el que tenía recogida la parte superior y la parte de abajo era lisa y sedosa. ¿Cuál era el propósito?, pensaba, viendo las increíbles piedras que constituían sus tesoros, que estaban en la fortaleza y en las estatuas de animales o de los Valar mismos, hechos a su modo, con sus ropajes. No eran refulgentes como las nuestras, eran más bien opacas, pero llenas de poderosos matices, en verde, negro, azul, gris. Pero todo estaba rodeado de oro, bruñido delicadamente, con miles de detalles circulares, pequeños, sinuosos. Y… dragones. Un enorme dragón dorado, en el centro del trono, de ojos rojos y terribles.
-Hubo muchos más dragones miles de años antes de que vinieras. En nuestra mejor época, tuvimos quinientos- me dijo Xï, quien tenía todo su cabello recogido igual al mío. Su mirada era franca y sus cejas levantadas y arqueadas, pero su aire grave me recordaba a Gil- Galad. Ese enorme sentido de responsabilidad.
-¿Cómo murieron?
-Comenzaron a caer del cielo. Causaron muchos daños por ello, pero después desaparecían. Dejaban rastros de oro, joyas. En el reino comenzaron a cazarlos, por lo que tuvimos que ejecutar a quienes lo hicieron. Otros se escondieron, otros volaron a Beleriand y jamás volvieron. Mi madre cree que están en Valinor. Eso menguó su poder. Por eso protege a Lön, el primero, con celo. Aunque no sé por qué ha volado al Oeste. Debe ser más grave de lo que pensaba- analizó.
Yo lo miré intrigada. Así que no todo había sido pacífico en el reino. Él adivinó mi pensamiento.
-No todo reino de oro tiene la fórmula de la perfección, por más que mi madre vea los futuros y luche para acomodarlos bajo su interés. Ella no rige el tiempo, solo lo ve y esa es su maldición. Han existido al menos siete grandes guerras contra los aurigas y las tribus de Khand- me dijo, mostrándome la misma muralla, los prisioneros y los dragones, echando fuego. -Pero también rebeliones, por los dragones. Ella sometió a fuego de dragón a todos los que osaron a meterse con sus creaciones.
-Creí que se habían apartado de nosotros precisamente por eso, por huir del mal.
-Fueron hombres, pero también elfos- reveló este, con tristeza. - El mal ataca de una forma u otra- me dijo. Yo me fijé en sus hombros, bordados también con el símbolo de los dragones.
-Me recuerda… a Doriath, pero también a Gondolin. Todos los reinos son alcanzados ,desde dentro o fuera, porque siempre ha existido el mal. Incluso está en nosotros- le dije, viendo en una de las columnas un dibujo de una mujer envuelta en las ligeras túnicas.
-Así es. Esa es la lucha que tenemos hasta incluso en la inmortalidad. Incluso con nuestro dolor. El dolor también conduce al mal- me dijo, mirándome a los ojos. Yo recordé a Gil- Galad, con los ojos llenos de lágrimas, mirándome, ensangrentada. Mi propio grito, sin voz, mis manos abiertas y mis ojos, sobre mí misma, luego de tirar todas las joyas y ver que me lo arrebataron de golpe cuando murió.
-Ella hizo lo mismo conmigo, si te sirve de consuelo- me dijo él, respetando mi silencio. Vi de repente a una joven elfa, también de cabellos oscuros, que lo amó. Pero ella quería liberar a los dragones que creía que la reina mantenía para su beneficio. Comenzó a matarlos. Él trató de salvarla. Ella le gritó que no entendía, que todo eso era para que no entrara el mal, porque su madre era el mal. Que había más que todo eso. Fue tirada de una roca. Él, igual de atormentado que yo. Enfrentando a su madre, que era inmutable. Igual de pisoteado a mí.
-¿Por qué sigues aquí?- le pregunté, triste por su historia.
-Porque a ella no le queda tiempo. Me ha dicho que seré el rey y que pronto se irá, para siempre, a Eldamar. Porque a pesar de mi dolor contra ella...estoy acá para poder cambiarlo todo. Abriré el reino. Ella lo sabe. Me prepara para eso.- me confesó. -Eso evitó que la odiara- me dijo, con pesar.
-Te admiro por entenderlo…-le dije, realmente sorprendida. Él negó con la cabeza.
-Ni aún yo lo entiendo. Pero sé lo que es combatir con ira, rabia, dolor. Vivir en la oscuridad, como tu. Sé lo que es matar con sevicia. Tu vagaste atormentando a las razas de la Tierra Media. Yo, en medio de paredes de oro.
Entendí un poco más, ahí sí, lo que su madre me hizo. Me pidió que le hablara de Gil-Galad.
-No como el gran rey del Oeste que sé que fue- me aclaró. - Sino como el ser que amaste.
Yo le sonreí, con gratitud. Él quería devolverme no al recuerdo doloroso que me dejó su madre, sino a los momentos de felicidad. Le hablé de sus lecciones. De su extraño sentido del humor. Del episodio que te conté, con los enanos, mientras seguíamos recorriendo la inmensa fortaleza. De su protección. De su amor para mí y nuestros hijos. De su generosidad. De su amor hacia mí, del tierno padre que fue. De la estrella que representó él para nuestro pueblo, de la esperanza que fue. De cómo iluminó mi vida. Sonreí, por primera vez, desde que su madre me había atormentado con su recuerdo.
-Recuérdalo así- me dijo el entonces príncipe Xï, con toda su bondad.
Bajamos a la parte posterior, donde Ië entrenaba a varios oficiales, peleando contra él. Y vi a Elladan, rodar en el suelo bruñido de verde oscuro y oro.
-¡Elladan!- dije, para ayudarlo, pero él se levantó, en posición de ataque, más avezado que nunca. Uë bajó, impasible para abalanzarse, flotando. Él le lanzó una patada, pero ella la detuvo con una mano. Él volvió a hacer lo mismo, para ella girar y tomar su pie con su mano. Se acercó. Lo besó.
-¿Este sí es de verdad? - le preguntó, prevenido.
Ella sonrió, asintiendo, para bajar su pie con su mano.
-De nuevo- le dijo sin alterarse. Elladan asintió satisfecho. Tenían el mismo peinado, parecían gemelos. Pensé en el gemelo verdadero de Elladan, que trataba de resistir, en el otro lado de la gran fortaleza, parado de manos (sostenido con un dedo), los ataques de Pïn. Le tiraba castañas.
-Vamos, eldar. Tu puedes hacerlo- le dijo, sentada, despreocupadamente.
-Es tan fácil, para tí- se quejaba Elrohir, haciendo un gran esfuerzo. Ella le tiró otra castaña.
-Yo tuve que hacerlo con piedras- le dijo, como cosa natural. Elrohir fue a dar al suelo. Me miró, humillado, para hacerlo de nuevo.
-Me vengaré- le dijo, molesto. Ella comía, sin siquiera conmoverse.
-Bueno- le respondió alzando los hombros.
-Hablo en serio.
Ella le sonrió. Se acercó. Le dio una castaña, que él se comió, para tirarle otras tres. Reconocí que tus hermanos, aún así, eran muy felices, en medio de todo lo que habían visto y vivido. Pero tendríamos que volver. No sin antes, enfrentar lo que se nos avecinaba.
Volví al salón. Con otra ramita. No podía siquiera alcanzarla. La tiré.
-Lo único que hizo fue encausar tu mente como un río, pero todo fue real. No suele hacer eso. Mucho- dijo Xï, tomando la ramita. - Es horrible cuando lo hace, por demás.
-¿Cuándo decidió que me entrenaría?
-Desde que Uë volvió- admitió. -Ahora piensas en él, ¿verdad?
Asentí, sin mirarlo.
-Fue real-le dije. Él asintió.
-Es muy poderosa. Jamás podré vencerla.
-No, pero puedes aprender. Lo que trata de hacer es que trae todos tus pensamientos y recuerdos, el más doloroso, para comenzar, para que no te nuble la furia ni el dolor a la hora de atacar.
-Eso es imposible- le dije.
-Lo sé. Pero eso te dará más claridad a la hora de combatir. No te lo hará más fácil. Y será mucho peor la próxima vez que la enfrentes.
-¿Cómo se elevan ustedes?
-Pensando en eso mismo. En la energía y pensamientos. Todos los elfos podemos hacerlo, dijo, para saltar levemente.
-Supongo que mientras vuelve, tu serás mi maestro.
Él me sonrió, asintiendo. Era mucho menos atroz que Ïa y más paciente que sus hermanos, a excepción de Böh. Me enseñaba cada golpe. Cada técnica del espacio. Los animales tenían un patrón de movimiento, que ellos habían aprendido. Me contó de cómo crearon ellos mismos sus armas, al comenzar los dragones a morir. Más ligeras, como ellos. Pero letales. El arma como complemento y extensión. Porque se trataba de eso, de ligereza. Era el principio regidor del reino.
Ahora, piensa en nuestra propia ligereza. La ligereza élfica, que en el Este, se elevaba a su máxima potencia, incluso para flotar. Y conseguirla fue aterrador. Elladan, Elrohir y yo, junto con Faradhil, el único hombre que se unió al entrenamiento, con grandes cubos de agua, subiendo las montañas circundantes a la muralla. O esquivando solo con espadas todo lo que nos tiraban. Los combates. Cuántas veces no mordieron el polvo tus hermanos y yo misma ante los príncipes, que eran los primeros que hacían las cosas. Aprendimos duramente la paciencia, al estar parados sobre palos y picos o nos caeríamos. Yo pensaba en el mismo principio. Mis pensamientos solo debían ser aplicados en momentos específicos. O no. Era muy difícil. Caíamos a los ríos, al duro suelo. Me lanzaba pensando en eso, para caer estrepitosamente. Entonces vi maravillada, luego de mucho tiempo, a Elladan, que se elevó, para darle una patada a Uë y derribarla.
-¡Eso es grandioso!- dije, aplaudiendo.
-¡Gracias!- dijo, antes de ser pateado de vuelta. Elladan, Elrohir, Xï, Faradhil y Ië nos reímos al tiempo. Cuando no apertrechábamos las murallas y aprendíamos cómo usar las ingeniosas armas (fuegos artificiales, que creí que solo eran truco de Gandalf), aprendíamos el idioma. Yo aprendía de Xï toda la historia de su pueblo, de cómo el Oeste se fue juntando con el Este. Y a elevarme. No lo conseguía. Pensaba en lo que me había pasado. En Gil- Galad, viéndome. Siempre. Cada noche. Y en Thranduil, y sus ojos de hielo, abriendo cada rincón oculto de mi alma. Pero me alegraba por mis amigos. Acá, los veía hacerse más fuertes. Florecer. A los hombres y a los príncipes del Este, en incontables, noches, les contábamos historias de la Tierra Media. Les dimos a probar las lembas sobrevivientes. Ella también me pedía hablarme de mi familia, en su dulzura. Uë simplemente me entrenaba, más pacientemente y en silencio. Los mellizos eran los más interesados en divertirnos y en enseñarnos cosas. Cómo construyeron los palacios, cómo curaban a las personas. Sus juegos. Eran los más despreocupados de los hermanos. Y los más cínicos, a mi modo de ver. Eso era parte de su encanto, de todos modos. Así, nos encontramos ya con la última batalla como en un recuerdo lejano.
-Yyyy volví a ganar. Mío- dijo Ïe, ante las maldiciones de Faradhil, algunos hombres, Elladan y Elrohir. Disputaban castañas curativas, esos pequeños frutos secos que te devolvían la vitalidad apenas las tomabas.
-Estoy a dos segundos de descubrir tu trampa- le espetó Elrohir. - No es justo que ganes así.
-Es porque soy más listo- se burló.
-Yo también, eso te lo puedo asegurar- dijo, mirando a Pïn, que le hizo una seña de cómo jugar los dados.
-¿Cómo serías más listo que yo?
-Ni idea, pero lo soy- dijo, tirándolos otra vez. -Ya que tu mente es hábil, yo soy más hábil.
-Sí, claro. El resto de castañas serán mías- afirmó Ïe burlón. Elrohir tiró.
-¿Qué? ¡Maldición!- dijo, tirando sus castañas. - ¡Pero cómo diablos!
-!Eso es!- dijo Elladan. Uë tiró las suyas.
-Otro maldito juego en el que me vence. Incluido el de las figuras.
-Solo es cuestión de memorizarlas- dijo Elrohir, alzando los hombros. Yo los veía, sin participar. Caminé por la fortaleza, mientras veía a los soldados hablar, los de Faradhil, con los de la reina. Me invitaban a tomar licor.
-¡Más tarde, está bien!- les dije. Paseaba por los oscuros pasadizos.
-Y ochenta y siete
-¡Es mía, yo te ayudé a ganarlas! ¡Dame la última!
-!Pero yo descubrí la estrategia!
Era la voz de Elrohir. Lo vi, agachado con Pïn, repartiéndose el botín. Ella se cruzó de brazos.
-Bueno. Mitad y mitad. Pero ni pienses que la próxima vez nos vamos a mitades. Quiero el doble.
-Es decir todo.- afirmó este, levantando una ceja.
-Bueno, veinte más.
-Eso no sería el doble.
-¡Dame mi maldita castaña!- dijo ella, arrebatándosela. Él se echó a reír. La miró, con sus ojos azules, arrobado. Suspiró. Los dos sonrieron. Se besaron. Yo traté de no mirar, pero ella sacó una castaña, para ofrecérsela. Él sonrió, pero ella se la comió. Yo bufé. Lo oí protestar, para oír luego la risa de ella.
Me enternecí. Me preocupaba es que ninguno de los dos quisiera ver a su padre de vuelta. Veía a Elladan cantando una canción de Eldamar a Uë, que estaba recostada como yo, en tiempos con Gil- Galad, sobre sus piernas. Y a Ïe, bebiendo, en un rincón . Me ofreció. Le recibí.
-Dicen que mamá te hizo puré de grillo. Tranquila, a nosotros también. Ella misma se hizo puré de grillo ahí tres días seguidos, luchando contra Sauron. Incluso a papá lo hacía puré de grillo. Por eso huyó, creo.- dijo, desparpajadamente. Con él me sentía, así como con su hermana melliza, menos prevenida. No tenían ese aire nuestro de gentes graves y sabias. Me sentía hablando como contigo o Legolas. Con Glorfindel, también.
-No huyó. Tenía que ver a mi marido- le dije, sirviéndome más. Ardía, pero me gustaba. Hace rato no bebía así.
-Sí, esa fue la excusa y la misión, pero estaba harto de estar aquí. Como todos nosotros. Apenas vio a tu esposo puso pies en polvorosa al mar. Habría podido devolverse.- replicó.
-¿Pero cómo puedes estar harto de estar aquí? Es un lugar extraordinario.- le dije, desconcertada.
-No si vives más de tres mil años en él.
-Vaya. Piensas igual que Legolas- le dije, con una sonrisa sardónica. - Y que yo.
-¿Quién es Legolas?
-El príncipe del Bosque Negro. Silvano. Podrían compartir algunas cosas en cuanto a educación parental. Supongo- bromeé.
-¿Tiene una madre que lo tortura con entrenamientos destruyendo cada íntimo rincón de sus pensamientos?- me dijo, burlón. Vaya, no todo era tan alto, tan elevado siempre en el reino del este.
-Casi. Pero sin espadas. Y es un padre.
Lo oí reírse, en silencio, ebrio.
-Todos quisieran irse, ¿verdad?
-Bueno, sí- admitió. Menos Göh y Xï, son muy comprometidos. Son los mayores, ya lo sabes. Pero nosotros tres, seguro que sí. Daríamos lo que fuera por ser tu.- admitió.
-Por Eru- me burlé, riéndome. - ¿Una elfa mercenaria ex reina, viuda atormentada por los recuerdos? No, niño. No se lo deseo a nadie.
-Pensaba mejor en una elfa mercenaria ex reina, viuda, matando orcos y con alcohol- dijo, ofreciéndome. Yo bebí, para reírme otra vez. Con él me sentí otra vez como cuando era una niña, con Glorfindel. Y claro, con Thranduil. Esa negrura también la compartía con Gil-Galad, pero con Thranduil la exploré más.
-No hacía esto desde… bueno, desde que estuve en el Bosque Negro- dije, pensando en cuando a veces, me emborrachaba con Thranduil y bailábamos y cantábamos y nos perseguíamos. Y nos reíamos. Mucho, siempre.
-¿Con el torturador de Legolas?
Asentí.
-Solíamos hacerlo mucho, entre otras cosas que supongo ya sabe todo el reino gracias a tu madre- dije, casi sonrojándome. -Lo amaba.
-¿Y en qué terminó eso?
-Arruiné a su hijo, a su vida, aborté a su bebé y lo dejé porque no podía soportarme a mí misma. Me fui al desierto, me encontró el pueblo de Faradhil y acá estoy.
-Vaya- dijo él estremecido, pero sin juzgarme. Me ofreció la botella. - ¿Otro trago?
Asentí de nuevo. Hasta que sentimos algo. Los dos. Ese chillido.
-No puede ser.
Eran ellos. Habían volado hasta aquí. Sentí mi herida. Otra vez vi a Gil- Galad morir.
Nazgules. No puede ser. Habían llegado, por fin hasta aquí, persiguiéndonos, como en una pesadilla. No ellos también.
-Recuerda lo que te dijo madre- me dijo este. Yo luchaba contra mis pensamientos y mi dolor. Pero del dolor pasé a la sorpresa. Él se convirtió en un extraordinario dragón negro, que despegó al instante, para atacar la yugular del dragón de uno de los reyes y lanzarle fuego. Corrí, mientras veía a otro rojo y otro verde enfrascarse a muerte con el resto de nazgules. Eran Pïn y Uë. Xï ordenaba todo, mientras yo corría, también, embotada, dando órdenes a la compañía.
-Cubre la retaguardia- me ordenó, para convertirse en un gran y majestuoso dragón dorado, que echó fuego atrás. Olifantes. Trolls. Los oía. Las primeras flechas. Los de las primeras filas las detenían con sus manos, rápidamente, así como nosotros. No hubo más. El dragón rojo comenzó a quemar a todos los arqueros, junto con el dragón negro, volando, para luego volver a pelear contra los nazgules. A pesar de las quemas y de que el dragón más grande arrasaba en el flanco derecho y el verde en el izquierdo, seguían llegando más.
-¡Que nadie suba!- dije, mientras nos agachábamos contra las primeras piedras.
Oímos de repente otro ruido atrás. Un dragón azul. Tälum lo montaba. Se fue, derecho, a barrer contra el centro y hacia atrás. Era Göh.
-¿Y dónde está la reina? - le pregunté, mientras trataban de subirse los que quedaban. Vi a los soldados elevarse y yo también me vi hacerlo, junto a mis amigos, para comenzar a destazar y a despellejar. Me elevaba sobre dos o tres, mientras seguíamos viendo a los dragones pelear a muerte contra los nazgules. El azul y el dorado seguían quemando a diestra y siniestra, ya con varias flechas.
-¡No!- grité, mientras le daban al rojo, Pïn. Elrohir se puso más salvaje y comenzó a destajar a más orcos. El verde arrasaba con todo ese flanco, mientras yo contenía desesperadamente la muralla y me tiraba al suelo, pues el dragón dorado barría con todos los orcos y se convertía otra vez en humano, para comenzar a pelear contra ellos.
-Son millones. Quiere invadir como sea. Y eso que hemos quemado cientos de miles de huestes enteras- dijo Xï. - Pronto se nos acabará la magia y la energía.
-Hay que resistir- le dije y los dos comenzamos a abalanzarnos y a pelear rápidamente. El dragón negro también se convirtió en elfo, solo quedaban tres en el aire.
-¡Ellas siguen en el aire! - advirtió Elladan, aterrorizado, mientras el dragón verde causaba la mayor destrucción posible y el azul peleaba contra dos nazgules al tiempo, chocando contra la montaña.
-Son más fuertes que nosotros- dijo Xï, que veía al dragón rojo volver a barrer con otra hueste, hasta que le mandaron una enorme lanza que le hirió en un lado. Este gritó y se convirtió en Pïn
-¡No! - gritó Elrohir, que se lanzó, por encima de la cabeza de muchos orcos, hacia el aire. Más flechas, que yo detuve con mis mangas y escudo, como lo hacían los soldados que estaban al frente, barriéndolas como pasto. Elrohir la rescató.
-Hola…- le dijo ella, malherida.
-No te dejaré.
-Dame una castaña. Ahora sí la quiero- dijo, sonriéndole. Él lo hizo y ella sacó sus dos garlanchas, apenas se repuso.
-Gracias- le dijo sonriendo con malicia. Elrohir asintió y los dos se abalanzaron otra vez contra los orcos, mientras ella balanceaba las garlanchas unidas. Elladan miraba aterrado a Uë, que junto con su hermana mayor seguían destruyendo las huestes, a pesar de todo.
-Otra lanza de esas y las matan- advirtió a Ië.
-No, son hábiles. Resistirán- dijo este, mientras sacaba su espada y comenzaba a destruir a nuestros enemigos al mismo tiempo.
Yo estaba arriba. Controlaba que nadie se subiera ni sobrepasara la muralla. No podíamos más en el flanco oeste.
-Tengo una idea- dije, para llevar la olla de aceite ahí. Lo hicimos y se derramó, pero seguían subiendo.
-Dame- le dije a uno de los soldados y tiré toda una caja de fuegos artificiales que encendimos primero. El dragón azul fijó la atención, mientras yo le gritaba y los demás soldados y Faradhil mismo me replicaron en el otro lado, tratando de luchar. La criatura bajó, veloz, para echar fuego. Faradhil y yo corrimos, junto con los demás soldados, y todo comenzó a explotar en cadena. Todos comenzaron a incinerarse.
-¡Eso es!- dijo este, gritando. Prendió más fuegos, desde su flanco, y comenzaron a explotar las huestes de atrás.
Entonces, vi al dragón verde caer, junto con el Nazgul. Era Uë. Vi a Elladan siendo impulsado por Xï, que la rescató y cayó con ella, para aterrizar, junto con su hermana, que también cayó, rendida.
-Traen todo- dijo Göh apesadumbrada. No podremos- afirmó, cansada. -No podremos, me dijo, mientras sentíamos a más huestes llegar. Yo solo empuñé mi espada y corrí, para enfrascarme contra los orcos hsata cansarme, pensando en la voluntad que compartía con mi marido y mirando cada uno de mis golpes. Estaba rodeada, hasta que vi al gran dragón blanco, echando fuego verde desde atrás. Y las águilas. Thorondor. Gwaihir, que pelearon contra los nazgules. El dragón era enorme, por lo que todos los orcos comenzaron a caer. Los vi correr desesperados, mientras que los príncipes volvían a transformarse, animados por su madre. Terminaron de quemar todo. Yo vi a Ïa lanzarse de su dragón y llevarme de la mano, mientras nos lanzábamos a combatir espalda con espalda. Era increíble cómo barría con cincuenta, veinte, al tiempo, sin siquiera despeinarse. Yo no podía seguir su ritmo, pero mataba a los que podía. Me vi de repente rodeada, pero vi a Lön barrer con el resto de orcos y agarrarme, para asirme de su pata, que empujó, para subirme en su cola. Yo gritaba, pero logré asirme, mientras él volaba a toda velocidad. Veía el cielo, negro, ya sin nazgules, solo águilas. Humo, humo y humo. A los dragones, terminando de exterminar las huestes que quedaban, mientras veía a Ïa como un espíritu rápido, abriéndose paso. A Elladan, Elrohir, Tälum, Faradhil, gritando emocionado, con sus hombres. Lön abría fuego desde sus escamas, para quemar otra vez. Me agarré y él se fue volando, hacia dentro, rápidamente, mostrándome los ríos, los pequeños pueblos, los castillos, los templos, el enorme palacio dorado. Subió de repente hacia las nubes.
Y vi el cielo. Azul. Lleno de estrellas. Varda. Gotículos de hielo. Polvo de estrellas. Me aferré al dragón, pensando en cómo había pasado de ese infierno a esto. A los regalos magníficos de los Valar a nuestro mundo. Hubo un momento en que Lön ya no parecía romper las nubes. Pude sentir el hielo, las estrellas en mis manos. El azul y las estrellas.
De todos mis recuerdos, ese es el más bello, si hablamos de cómo pasé de una guerra, otra, al cielo mismo. Y luego, el mar de occidente. Una isla Occidente. Beleriand. Rastros de almenas, de montañas, de castillos bajo el agua. Dragones marinos, fosforecentes. El mismo mar violeta que vimos. Lön bajó, planeando sobre el agua, mientras yo oía las voces de Thingol, Fëanor, las voces de Melían, Beren, Luthien, de mi pueblo, de mi padre, de mi madre, los cantos, las lámparas. Ahí, arriba, miles de figuras moviéndose, castillos en el aire, hermosas ciudades, como luces y voces e historias miles de historias. Creo que son las almas del reino de Tar- Palantir y las de mi familia y los pueblos que hubo antes ahí. Luego subimos hacia el hielo, Helcaraxë, crujiendo, mientras que él iba a toda velocidad de vuelta al Este. No sentía el frío, solo no daba crédito a mis ojos
Jamás había contado esto otra vez. Creo que ningún elfo jamás volverá a ver Beleriand, no como la vi yo.
El dragón aterrizó, por donde había venido. Ya todos estaban al frente de la muralla. Yo bajé, mientras Ïa miraba el rastro de orcos muertos, sin inmutarse.
-Y jamás vuelvas- dijo, para tirar su espada y clavarla. Ella se arrodilló y recubrió la muralla otra vez, con un manto invisible. Vimos literalmente a la tierra tragarse a todos los orcos, trolls y olifantes muertos, sin dar crédito a nuestros ojos.
-Mi magia mengúa- me dijo, respirando, cansada. - Los Noldor lo saben. Pero Sauron no entrará aquí jamás. Ahora se enfocará en ustedes y sus reinos, por lo que nuestro tiempo se hará corto. Y por cierto. Gracias por defendernos.
-Era mi trabajo- le respondí, sin asimilar todo lo que había visto.
-El mío no ha concluido- dijo, caminando ligeramente, junto a mí. - Mis hijos ya no serán dragones nunca más. Lön es el último dragón y desde hoy su vida ha comenzado a acabar- dijo, para verlo volar hacia las montañas.
Ella abrazó a sus hijos. Los animó a todos. Elladan ayudó a alzar a Üe, herida en un brazo. Ella le agradeció silenciosamente. Böh hacía lo mismo con Tälum. Los demás soldados a Faradhil, y así, entre todos, comenzamos a apoyarnos y a celebrar, cansada, pero tristemente, nuestra victoria.
Todos la vitorearon y recogimos a nuestros muertos y despejamos a nuestros heridos. Volvimos a la capital, en una enorme caravana de mortales y elfos, como un río, un ejército, donde volvimos a la enorme ciudad dorada. Luego de los funerales (murieron miles de los nuestros y la reina dio tres años de luto colectivo), se retomó el entrenamiento. En palacio,estábamos en uno de los grandes jardines de flexibles, pero duras plantas.
Ella sacó la ramita. Otra vez.
-Será peor- me advirtió.
-No creo que nada sea peor que luego de lo que me hiciste la última vez.- le dije.
-Recuerda que siempre habrá algo peor- me aleccionó, subiendo ligeramente. Yo lo hice también para mi sorpresa. Volví a atacarla con una de las posiciones que sus hijos me habían enseñado.
-Esta vez no te será tan ventajoso-dijo, para cegarme por completo.
-No, no, ¡no! ¡no!. ¿Dónde estoy?
"Ahora deberás luchar contra dos cosas. Incluso tres. Contra mí, tus sentidos y tus pensamientos"
Sentí el primer golpe, en la espalda, otro en el brazo sin piedad. Yo atacaba y sentí que caía, desesperada, hasta que me agarré de una de las plantas. Sentí los ruidos y comencé a subir, para atacar y ser golpeada. El susurro de las hojas. La línea. Una línea. Ataqué, para recibir un golpe. Me confié, y vi el otro, pero recibí un golpe en la cabeza y me volví a caer, pero no cedí al pánico y me volteé, para agarrarme y volver a subir. Me quedé agarrada, respirando fuertemente. Ya no tenía la espada. Me culpé por ello.
Recordé que siempre lo había hecho. Las muertes con sevicia que cometí, las grandes canalladas que hice en mis tiempos más oscuros de Arnor. Mi risa malvada. Y su risa malvada. En los árboles. Legolas. Su rostro triste, su mirada triste.
Lo sabía. Pero no estaba lista, no estaba lista para ello.
-Me abandonaste. Decías ser mi amiga. Y por su culpa la maté. Y ahora vago, por la Tierra Media, solitario. Me traicionaste.
-Eso no es cierto- dije, oponiéndome a mis pensamientos. -No es cierto. Estás en mi corazón. -Jamás dirías eso, jamás dirías eso- insistí, pero solo sentí sus abrazos, como siempre.
-Tienes mucho que explicarle a mi padre- me dijo, para empujarme. Caí otra vez, y sentí la ramita. Un horrible corte que desgarró mi ropa.
-¡Acá, arriba! - me dijo, pero yo casi me caigo otra vez.
-¿Es eso una broma? - le respondí, pegándome contra los altos árboles de cortas ramas.
-Quizás.
-Me parte el corazón no poder ayudarla- dijo Elladan horrorizado, viéndome tropezar en el bosque de altos árboles de tallos, sin copas. Yo lo escuchaba todo, distraída por mis pensamientos, por el remordimiento y la desesperación.
-¿Cuánto crees que dure ahí?- le preguntó Elrohir a Uë.
-Yo duré un mes. Pïn duró cinco.
-¿CINCO?- gritaron los gemelos al tiempo, horrorizados.
-Oigan, silencio- les dijo Faradhil, que hablaba con una de las damas, entusiasmado, desde el piso de abajo. Sus hombres, los sobrevivientes, también disfrutaban de las atenciones de todas ellas en el excelso jardín.
-Lo sentimos, Faradhil.
-Sí, lo que sea. ¿Cómo va eso? - preguntó, refiriéndose a mi entrenamiento. - Sabes que no puedo ver de lejos.
-Terrible- dijo Elrohir.
-Esperarás un largo tiempo, amigo- dijo Elladan, viéndome desesperada, buscar mi espada.
-Pobre mujer elfa. Pero ama esos entrenamientos desquiciados. En fin, me iré a comer- dijo, mientras la dama le pasaba una manzana. Los dos lo miraron indignados. PÏn también vino, despreocupada.
-Al menos es menos torpe que yo. Y eso que a mí me puso en un bosque de pinos. Imagínate las cortaduras. Parecía un pangolín buscándose la cola.
-Eres un pangolín buscándose la cola- dijo Ïe, y ella le dio un golpe en la cabeza, para las risas de Elladan, Elrohir y Uë. Pasaban gran tiempo juntos. Yo,desde que volví, los acompañaba, pero no podía: Ïa era exigente con los entrenamientos. Además, Göh también me mostraba sus curaciones. Tälum era su gran alumno y pronto ese elfo silvano del que nada se hubiera esperado en el Bosque Negro, ahora comenzaba a hacer sus propias curaciones y a asistirla, junto con Sën, el mayordomo principal de palacio, que era habilidoso. Era un mortal, pero el más inteligente del reino y quien nos contaba todos los intríngulis de palacio y quiénes eran todos los pobladores de la capital.
-Yo también hago eso- se burló Elrohir. Elladan lo miró indignado y Uë se echó a reír. Elladan despelucó a su hermano y este a él, que protestó.
-¡Oye!
Se peleaban como cuando eran niños. Pïn solo se reía, junto con Uë, mientras su mellizo levantaba los brazos despreocupadamente.
-No miren más, es muy penoso. Durará ahí días- dijo Ïe. -Yo duré solo buscando la espada tres meses.
Oí los suspiros de los gemelos. Pensé en mis propias pisadas. No sabía si daba círculos como una idiota, o algo.
Hasta que la sentí. Y me la arrebataron. Esa mano. Larga. Fina. Los anillos.
Lo miré y el corazón se me paró. Él hizo lo mismo. Tomó mi mano. Sus pómulos. Su pelo largo, rubio. Sus ojos, esos que me traspasaron en otra época, con su mirada arrogante, filosa. Dura. Pero a la vez, vulnerable.
-No eres real- le dije, temblando.
-¿Qué te dice que no lo soy? - me preguntó, acusador, pero triste a la vez. Yo lo conocía. Eso traducía su mirada. Hace tanto que no nos veíamos.
-No estás aquí. Estás en tu reino. Ese eres tu. Eres tu reino.- le dije, respirando fuertemente. Sentí que me iba a desmayar, como si el pecho me oprimiera. El dolor volvía de nuevo.
Sentí cómo me jaló. Un beso. Sus besos. Me abandoné. Él tomó mi rostro. Yo lo volví a besar. Nos quedamos abrazados, mirándonos. No había cambiado nada. Yo no sabía cómo asimilarlo. Solo me repetía que eso no era real.
-Te extrañé.- me dijo. Y yo recordé otra vez el origen de nuestros dolores, nuestro hijo nunca nacido, a Neldaniel muriendo, su cicatriz, mi propio dolor, sus palabras. Me aparté.
-No puedes extrañarme, ¡debes odiarme!- le grité, para empujarlo. ¡Eres solo un espejismo! dije, para rasgar su mano con la espada. Él la apartó. Sangró. Me miró furioso e indignado.
-Thranduil…- dije aterrada. - Thranduil…lo siento, Thranduil…- le dije, otra vez quebrada. ¿Por qué con él me pasaba esto siempre? Traté de acercarme, pero él me apartó.
-Estuve tantos años buscándote, hasta que por fin te encontré.- dijo, para rasgarse la parte de abajo de su túnica y limpiarse. - Una herida más no importará.- dijo, mirándome con ira y tristeza. Ese era el resumen de nuestra relación, a fin de cuentas.
-No puedes ser real- le dije, aterrada, negando con la cabeza. - No, puedes ser real. No puedes. No puedes- le dije, temblando, para llorar, otra vez.
-Sí, puedo- dijo dándome la espalda. - Y como te odio te amo. Eso es indivisible. Aún lo hago. Todos los días.
Su sangre. En su túnica. En el piso.
-Esto no es justo- lloré, mientras sentía, los golpes, en mi cuerpo. Ya no sabía qué era real y qué no. -No es justo.
Golpes, más golpes, más rasguños. Oscuridad.
-Tampoco fue justo… que me dejaras cuando más te necesité. Cuando más te lo entregué todo, ¿no crees? - me respondió, visiblemente herido.
-Pero tu también me dejaste, Thranduil… nunca quisiste haberme conocido, porque te destruí y no puedo perdonarme por eso…
-Yo decido eso- dijo, volteándose, furioso, mientras se veía, en toda su ira, su cicatriz. - Yo te pedía simplemente estar. ¡Tu te fuiste!- me increpó, adelantándose, para empujarme. -¡Te fuiste!
-¡Tu no me soportabas más, no soportabas el hecho de que yo hubiera perdido todo lo que querías! Mi razón para quedarme- admití al fin.
-Sí, nunca fui razón suficiente. Nunca, para tí, lo fui- dijo, otra vez con frialdad.
-¡Eso no es cierto!- le dije, mientras él tocaba su mano. - ¡No es cierto!- dije, mientras trataba de tomarla, pero él me apartó. Yo comencé a llorar otra vez, por lo que nunca pudimos decirnos. Ni quisimos.
-No podía con mi culpa. - le confesé. - No podía soportar otra cosa que… fuera mi culpa- le dije, agachándome, en el bosque de bambúes. - No podía soportar que… por mi culpa yo trajera la guerra y tu perdieras a Neldaniel. No podía soportar el hecho de que nunca pude darle a Legolas la felicidad que se merecía- confesé, sin mirarlo. -No podía soportar el hecho de que tu fueras vulnerable otra vez, de que yo, yo te hiciera esto- dije, mirando mis manos, y tirando la espada. Sentí un corte afilado, una piedra, desde el cielo. Un golpe en la ceja. Vi mi propia sangre sobre mis manos, como ese día. - Lo arruiné todo. Te arruiné a tí.- dije, para negar con la cabeza y agacharme, llorando, por la visión de ese niño pelirrojo que pudo ser mi hijo. El nuestro.
-Quizás… nunca pudo ser- me respondió, tomando la espada. Seguía sangrando, como yo. - Desde que ese día te destruí solo tuviste miedo, así como yo. Rompimos las reglas. Y pagamos caro- dijo, para apuntarme con la espada, inconmesurablemente triste. -Porque yo nunca dejé el miedo a que me destruyeras, tal y como lo hiciste. Y tu igual. No nos hicimos más pedazos porque no había nada más. Quizás. El punto es que… yo te amé. Mucho. Y desde entonces, estoy roto.
Yo solo lloré otra vez, porque no podía perdonármelo, mientras sentía la espada más cerca.
-Yo pienso en tí todos los días. En todo lo que perdimos. En todo- reclamé, llorando.
Oí un suspiro. Vi algo peor. Su corazón. Sangrando. Tiró la espada. Miré su mano otra vez, junto a la mía. Y un puñal. Un dolor. Pero no era en el estómago, sino también en el corazón. Él lo había clavado. Dolor. Era mi pecho.
Yo me arrodillé, con lágrimas en los ojos, sin poder creerlo, o sí, creyéndolo, porque sé que es lo que me merecía y él también. Él también se descompuso y los dos nos arrodillamos. No le devolví la puñalada, que es lo que hubiera hecho antes. Solo lo acaricié, mientras me arrancaba el puñal y él me susurraba mil veces perdón, en quenya, llorando. Yo lo aceptaba, pero había algo más. Algo que me invitaba a seguir. Mis heridas, en mi cara, ropa, hombros, manos. Yo no quería quedarme ahí. Lo amaba, pero tenía que dejarlo ir.
-Debo irme, Thranduil. Nos volveremos a ver, le dije, parándome, a pesar del inmenso dolor. Él solo me acarició levemente, para desaparecer. Yo tenía cada vez más heridas en los hombros, cara y tomé la espada. Subí los árboles con toda mi fuerza y comencé a atacar, sintiendo una patada, y luego una ráfaga, pero me volteé y comencé a girar y a girar. Sentí la ramita ser rota en dos, para luego ser empujada. Me así de la última hoja y comencé a caer, hasta que di dos volteretas y aterricé. Subí otra vez, perdiéndome entre las hojas y saltando entre los árboles, para ser repelida. Yo solo cambié de mano y abrí, de repente, los ojos. Ïa estaba ante mí, con un pedazo de la ramita.
-No peleas para vengarte. No peleas para paliar el dolor con el dolor de otros. No peleas para satisfacer el dolor de tu alma. Si lo haces así, jamás pelearás bien y vivirás peleando por engaños, como miles de hombres y elfos en el comienzo de Arda. No eres La vengadora. Solo eres tu.
Esas palabras. El bosque susurró. Yo abrí los ojos otra vez, revisando cada episodio de mi vida, que inició con un linaje de venganza, con un juramento que también me destruyó a mí y a los que amaba. Me vi envuelta por su decreto, como si todos los Valar la hubieran escuchado. De repente, miré a Elladan, que me lanzó una espada ligera. A ella se la lanzó Uë. La reina de Utumno comenzó a atacarme entonces, mientras yo veía todos los pasados y presentes. A mis hijos, a Gil- Galad, enseñándome. Yo como su reina. Todo otra vez. A tu madre. A tu padre, enseñándome libros, sus preocupaciones. Mithrandir, Galadriel y sus inmensos ojos, opuestos a los de ella. Neldaniel, cayendo. Thranduil, sonriéndome. Legolas. Las batallas. Pero solo me fijé en los míos y en los suyos, mientras nos atacábamos con más fuerza. Yo vi mis pies ya no en el suelo, sino en el aire. Las dos chocamos y nos apartamos. Ella me tiró otra varita, que yo tiré al poste y quedó enganchada en la moneda, para yo darle una patada en el aire y ella esquivarla. Me hirió, pero yo di otra vuelta y lo hice con ella, en su brazo. Ella sonrió.
-Ahora sí podré entrenarte.
Ya no era La Vengadora. Solo era Fineriel, aunque no sabía bien cómo reaccionar ante mi propio corazón. Ella adivinó ese pensamiento.
-No puedo prepararte para eso. Es algo que debes descubrir sola, me dijo, para desaparecer como un murmullo entre el bosque de los altos tallos flexibles. La reina de Utumno, que nunca más en la Tierra Media nadie volvería a ver.
