18. Ruta al oeste

Elevarse. Solo ella y sus hermanos podían hacerlo, aunque ellos cada vez menos,incluso cuando su forma de combatir reflejaba ligereza. Algo que les costó ochenta años en aprender, porque ese fue el tiempo en que pasaron separados ellos de su padre y de ella misma. La verdad, le dijeron alguna vez a Arwen, no querían irse. Por sus amadas, y porque Fineriel aún no se iba. Si ella no se iba, ellos no tenían razones para hacerlo, tampoco. Y porque estaban pasando por su mismo trance: estaban tan felices que no quisieron pensar en el oeste por algún tiempo.

-Hasta que este vino a nosotros, claro- narró Fineriel suspirando, mientras le servía Miruvor. También lo hizo con Aragorn, que la escuchaba interesado, aunque ya conocía la historia. Ambos la conocían, pero jamás se cansarían de oírla, sobre todo, porque todo lo que oyeron fue pequeños fragmentos y relatos de leyenda. Pero nunca de esa manera.

-Entonces, si fue cierto lo que Lord Elrond, Elladan y Elrohir contaron- dijo este levantando las cejas. Arwen lo miró, consternada.

-Que encontraron a uno de los hijos de Fëanor. Y que jamás salió de allí. Elladan y Elrohir nos dijeron que en su estancia allí, eso fue lo más triste. No ahondan en detalles. Bueno, como todo su viaje- añadió ella, pensando en la melancolía de sus hermanos por Uë y Pïn. Se preguntaba qué fue lo que impidió a esas princesas no amar a sus hermanos lo suficiente como para irse con ellos para siempre.

-Fue Maglor, sí. A él fue a quien encontraron- asintió ella, con tristeza. - Luego de la guerra, nos adaptamos lo suficiente como para ser entrenados y yo, ser la alumna de la reina. Perseguirla en todos los picos del reino, a distancias imposibles. Ella, simplemente, flotando.. Ellos, tratando de concentrarse en lo más alto de los riscos, como yo, que solo enviaba mis pensamientos a donde quería. Ella, coordinando mis golpes con dos fuertes varas o mandándome a romper piedras. Yo sangraba, temblaba, sus hijas me curaban. Y también tuvimos que entrenar a tus hermanos. Todo, lo mismo, pero recordando a su madre. Duraron año y medio antes de que Ïa comenzara a entrenarlos, junto conmigo. Faradhil volvió, en el quinto año, a su reino. Los elfos decidimos quedarnos, con alguno de sus hombres, que hicieron familia allí. Fue cargado de riquezas e Ïa me contó poco después que recibió un águila con agradecimientos. Alguna vez le pregunté por Thorondor, escribiendo en sus caracteres.

-Pronto lo sabrás- me dijo. Y así pasaron cinco años más. Böh se casó con Tälum, que de guardia silvano pasó a príncipe real (nos burlábamos de eso y él nos dejaba hacer. Yo solo estaba muy feliz por su suerte). Y al año siguiente ella dio a luz a su hijo Arüm. Tus hermanos y yo nos regocijamos, porque hacía mucho tiempo que no veíamos a bebés ni a niños elfos. Y cuando él ya tenía cinco años y Elladan y Elrohir se fueron a la guardia del norte, nos trajeron a alguien. Un elfo. Yo me levanté, aterrada. Tenía la ropa ceremonial (en esos años, fui una cortesana más y acompañé a Zën en aprender los artes antiguos de lo que conformó la reina y esta era mi maestra, por lo que me quería cerca). El príncipe Xï se miró con su esposa, Yï. A pesar de que le dieron ropas decentes, y lo lavaron, estaba increíblemente demacrado, como si toda vida se hubiese ido de él. Toda la corte compartía nuestra misma estupefacción.

-¿Y bien?- dijo la reina, sin alterarse en lo más mínimo.

-Lo vimos vagando por el norte, madre. Casi congelado. En una balsa. - dijo Ïe.

-Es muy parecido a Elladan y Elrohir- apuntó Pïn. Los gemelos se miraban también, aterrados.

Ella bajó rápidamente de su trono . Tomó su mentón y miró sus ojos. Pasó su mano por su frente. Lo vimos otra vez volver en sí.

-¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy? - se preguntó, aterrado. - ¿Quiénes son ustedes?

-Eres Maglor, hijo de Fëanor- le respondió la reina, altivamente en lengua común. -El último sobreviviente de tu linaje. Y está ella, tu sobrina nieta- dijo, mostrando su mano hacia mí, que vestía de rojo.

-¿Padre? - me preguntó al mirarme.

-¿Qué?- le pregunté yo aterrada, también levantándome.

-¿Padre?

-No soy Fëanor. Soy Fineriel, hija de Celebrimbor. Hijo de Curufin. Tu hermano- le dije, con desolación. No podía creerlo. Luego de tantas edades, solo, seguía vivo.

-Yo…- dijo, para desvanecerse. Yo examinaba sus manos y su rostro, ya dormido. Elladan y Elrohir se miraban.

-Es imposible. Debía estar muerto- dijo Elladan.

-Han pasado tres edades, al menos- afirmó Elrohir.

-Seguro, todo este tiempo ha debido buscar el Silmaril- afirmó Tälum, tocando su frente. Despertará. Con nuestras artes lo hará- afirmó, para irse con Böh y los gemelos.

Yo lo examiné, tratando de reconocer en él partes de mí, durante toda la primavera. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí? Me miré en uno de los espejos. Traté de reconocer mi mirada, igual de fiera, bajo mis cejas arqueadas y mi cabello rojo, ahora liso. Me acerqué más. Y más. Y más, hasta que lo ví. Estaba atrás de mí. Fëanor mismo, con mi mirada. Me asusté, tomando por reflejo mi puñal, escondido. Pero estaba él, mirándome, pálido, con inmensa tristeza. Levantó sus manos, temblando.

-Por Eru…- le dije, aterrada por lo que acabé de ver. Él seguía mirándome así, con sus enormes ojos azules. Éramos dos criaturas completamente asustadas la una de la otra. Pero yo bajé el puñal.

-¿Cómo sigues vivo?- le pregunté, aterrada.

-No lo sé… - me respondió, con los ojos llenos de lágrimas. - No lo sé…

-Ese que vi ahí era tu padre, ¿verdad? - le pregunté, apretando los labios. Él asintió.

-Nunca puedo dormir. No desde el Juramento. Siempre lo veo, increpándome, amenazándome… siempre…- dijo, aterrado, para echarse a llorar. Yo me senté a su lado, no había vivido un infierno así. No podía creer, como todos, que estuviera vivo.

-Ten, ten…- le dije, dándole una de las flores rosas, que él se comió, de inmediato. Limpió su rostro. Esto le devolvió un poco la lucidez. No toda.

-No sabía que Celebrimbor vivió. ¿Cómo está? - me preguntó, cambiando de tema abruptamente. Así era ahora su mente. Fragmentos rotos. Cuántos milenios había estado solo. Roto. Desconsolado.

-Papá… papá murió en la batalla de Eregion. Sauron, el Nigromante, lo colgó como estandarte, luego de ser torturado- le dije.

-¿Qué? ¿Y Elrond, y Elros? ¿Gil-Galad?- preguntó, espantado.

-Le conté el destino de los gemelos, mientras pensaba en Elladan y Elrohir, que estaban tan aterrados como la corte de la reina y sus hijos. De ti, de todo lo que había pasado, luego de que él tiró el Silmaril al mar. Todas las historias.

-¿Y Gil- Galad?

-Yo soy su esposa- le dije, con pesar. Vi, por primera vez, luego de verlo tan apesadumbrado, por todo lo que le conté, una leve sonrisa de esperanza.

-Por fin, la casa de mi padre, nuestro linaje y el suyo se han unido. Por fin, algo bueno ocurre con nuestra familia. Mira, tienes el cabello de nuestra madre- dijo, apreciándolo. Le sonreí tristemente, negándole con la cabeza. Le conté mi propia historia. Dagorlad. Los anillos. Mis hijos. Angmar, Thranduil. Elrond. Los hombres. Beleriand.

-Por Eru- se lamentó. - También te hicimos daño a ti. Mira lo que te hemos hecho- dijo, inmensamente aplastado por las acciones suyas y de su casa, que habían arruinado tantas vidas e influido en la míaa - De haber seguido Gil-Galad vivo, qué gran reina habrías sido. Fue nuestro hado, querida niña. Nuestro hado. Es mi padre persiguiéndonos a todos. - se quejó. -Todos tenemos dentro ese fuego, todos. Nunca lo podremos sacar, Fineriel. Solo la muerte. Y yo no he muerto, aún, porque me perdí, como tu, por edades, en el mar. Me perdí por un juramento, que ha hecho arder mi alma desde entonces. Eso nos ha condenado.

-Maglor… ¿qué fue lo que te pasó?- le pregunté, mientras él lloraba, negando con la cabeza.

Y esa es la parte más dura de la historia de alguien que he tenido que contar. Duró siglos, no supo cuántos, cantando, hasta que su instrumento se rompió y su voz se quebró, frente al mar. Recorrió toda la costa norte, a pesar del frío, de las heladas y los vernos. Ya no supo cuál era su aspecto. Lloraba por el hado perdido de su familia. Entonces, decidió ir al mar, para ahogarse en él y perderse al fin, pero este lo repelió, como si no quisiera nada que ver con él. Sin consuelo, construyó una balsa, con la que creería que llegaría a Valinor a pedir perdón. En realidad, divagó años en el mar, comiendo las pocas cosas que encontraba, disputándose con los animales lo que podía conseguir, pensando, todo el tiempo en lo que había pasado.

-Una vez divagué. Juro que vi montañas y castillos bajo el agua. Joyas relucientes. Árboles- me contó.

Y las voces, de sus hermanos, su padre, su madre, miles de voces de gentes que él mismo mató en las matanzas de hermanos, niños, criaturas. En los cielos, las visiones.

-Lo que viste fue Beleriand, Maglor- le confesé, pues yo también lo vi. Él me miró sin poder creerlo, con los ojos llenos de lágrimas, negando con la cabeza. Imagínate estar todo ese tiempo sin poder tocar tierra, contigo mismo. Claro que se puede caer en la que él cayó en la suya. Imaginen por un momento ese destino: no ser capaz de liberarse de un juramento. Vagó, vagó hasta que llegó a los mares del norte donde casi muere congelado, pero también el hielo lo rechazó. Tal fuerza tuvo el juramento de Fëanor que la muerte no le llegó nunca así. Hasta que en el norte, lo encontraron los príncipes de Utumno, casi como un muerto, casi como un vivo. Hasta llegar aquí.

-Los avari. Los renuentes- afirmó, maravillado, al ver el palacio y la ciudad. -Oh, Fineriel. Razón tenía la reina en jamás seguir a sus hermanos. Nosotros los matamos- dijo, caminando de gancho conmigo.

-Es un cadáver viviente- me dijo Elladan abiertamente, con los brazos cruzados, ya al él dormir, o tratar de hacerlo, gracias a los esfuerzos de la reina y los curadores, su hija y yerno. - Qué triste destino- afirmó, compungido.

-De todos modos, hay compasión en él. Crió a mi padre y a mi tío- afirmó Elrohir, también consternado. Uë negó con la cabeza, como Elladan.

-Sin embargo, no merecía tal destino por su juramento. La muerte habría sido lo mejor para él, no someterse a tales tormentos.

-Estoy de acuerdo- dijo Ïe.

-Madre determinará qué hacer con él- terció Pïn, que como todos nosotros, sobre todo yo, se preguntaba ¿por qué fue encontrado aquí?

-Como dijo alguna vez el príncipe Xï- me respondió la reina, viendo los árboles de hermosas flores rosa caer y adornar las calles doradas. - Veo los futuros, no sus detalles. Quizás él no tenga nada para darte o quizás sea un aviso o una advertencia.

-Acá he llegado a creer en las señales. ¿Ahora, en este momento, invalida cualquier atisbo de que eso ha sucedido?- pregunté, desconcertada. Ella solo me sonrió, con su sencilla levedad.

-Solo es una criatura que merece un descanso y compasión- afirmó, para quedar en silencio. Yo pensé, de repente, en nosotros tres. En Elladan y Elrohir, enamorados. Elladan, trenzando el cabello de Uë y Elrohir, caminando de gancho con Pïn, o los cuatro mostrándome el enorme río dorado entre los picos. No, ellos no querían partir. Por eso exploraban los cuatro, o por separado, el reino. Traían los presentes y animales más increíbles que yo había visto. A veces lo hacían conmigo. Los grandes sembradíos y las excursiones a las islas del norte, donde comían animales vivos y también adoraban a los dragones, aquellas criaturas de pelos negros y piel blanca de alabastro. Pensé en todo lo que habíamos vivido, todo lo felices que fuimos, a pesar de los trabajos y el aprendizaje que nos dio. No teniendo más respuestas, solo traté de asimilar el hecho de hablar con una persona que parecía de las leyendas que me contaba Gil-Galad sobre mi familia al ser más joven. Tenía mucho que contarme de aquellos días. Y yo de los míos.

-Creo que Mandos no ha detenido a Fëanor ni siquiera para atormentarnos.

-Pero jamás lo he visto, solo en visiones- le respondí, perturbada.

-Se parecen bastante- observó él, con desolación. Se quedó un rato en silencio y yo traté de no molestarlo.

-Perdón. Luego de mis cantos y de tanto hablar conmigo mismo se me acabaron todas las palabras- me dijo, con enorme tristeza, la que siempre lo acompañó.

-Lo sé- le dije, compasivamente. Él me sonrió de igual manera. Y entonces llovió sobre el reino. Las luces rojas y doradas de Zongüe se apagaron. Llovió en el caluroso verano y en medio de las tormentas, en medio de mis sueños, de los sueños que por fin estaba teniendo Maglor sin ser atormentado, yo también lo vi. Alto, con mis pómulos, mis ojos y mis cejas. Se parecía también a mi hijo. Era mi espejo. Tenía una armadura negra, como la mía. Los ojos luminosos, llenos de fuego, como los míos. Nos miramos de la misma manera: desafiándonos.

-Eres tu la última que queda de mi casa- me dijo con su imponente tono.

-No. También queda Maglor- le dije, levantando las cejas. - A quien condenaste a vagar por tres edades en el mar.

-¿A tí también te he condenado? - preguntó, sin conmoverse por su hijo.

-Yo también hice otro juramento, como el tuyo. Iba a destruir lo que sembraste, para siempre. El dolor sin fin de Arda. - le respondí. Ambos teníamos la misma armadura. Este solo se echó a reír.

-Niña tonta. Habría sido mejor que te devolvieses con tu hija y con tu nieta a Valinor. Como ves, todos los descendientes de mi casa que han jurado han vuelto sus esperanzas cenizas.

-Lo hicieron por ti, Fëanor- le respondí, sin temerle. - Todos ellos lo hicieron por ti. Porque te amaron. Más allá de la voluntad de los Valar. Pero yo no lo hice por ti. Lo hice por amor. Lo hice para terminar de una vez con todo lo que nos aqueja y que tu, en parte, ayudaste a sembrar.

-Hablas del fuego en nuestro espíritu como si fuese algo que debieras evitar. ¡Al contrario! !Es eso lo que te ha mantenido en pie, en este lugar, todos estos siglos! !No eres débil, como Maglor!

-Ojalá hubiese tenido el espíritu de Maglor, muchas veces, para decir que no. Para no hacer lo que hice a tantas almas inocentes. Para no caer en la oscuridad. En el poder por el poder que amas tanto, más que a tus hijos. - le respondí, sin inmutarme. Este negó desconcertado, con la cabeza.

-Todos morimos para que existieras. Usa el fuego que te he dado por nacimiento, Fineriel. Eres la reina de los Noldor, así como alguna vez yo lo fui. Úsalo para apoderarte de todo. Para vengarte. Para recuperar lo que fuimos.

-No has aprendido nada, entonces- le dije, mientras él me miraba, indignado.

-Eres igual de débil a Nerdanel.- dijo, refiriéndose a su esposa, de quien según decían, también era bastante parecida a mí. - No puedo creer que lo único que tengamos ahora eres tu. Y Maglor, que debió morir antes de quedarse cantando ante una batalla perdida- espetó. -Nunca, nunca, nunca cumplirás tu promesa, porque Gil-Galad pertenece a Mandos. Y tu llegarás derrotada, como todos los de mi casa, que no fueron capaces de mantener el juramento. - dijo él, con toda su crueldad. Era otro de mis miedos, pero no capitulé.

-No lo hago solo por él- le respondí, acercándome, sin llegar siquiera a ser tocada por sus palabras. - Lo hago por mí. Ese fuego ya no te pertenece más- le dije, porque era verdad. Nunca le perteneció, ni siquiera en mis horas más oscuras. Mía había sido mi voluntad, mío mi espíritu. Él sacó su espada, para atacarme con furia. Yo luchaba contra él, con toda mi maestría, pero parecía invencible. Hasta que oí el canto más bello del mundo, de otros tiempos que jamás conocí. El canto de Gil-Galad, cuando reposaba en sus piernas y reíamos juntos. Pero con una voz que agarró mi pecho y mi corazón y los envolvió en toda la tristeza y lamentos existentes por los hombres, elfos y enanos que se habían perdido y muerto en este conflicto eterno. Ví a Fëanor temblar, así como yo, para desaparecer, desesperadamente, ardiendo, mientras su hijo volvía a encender todas las luces de la ciudad dorada con su canto, y se comenzaron a oír varios lamentos en todos lados. Ese había sido el don y maldición de Maglor. La reina incluso dejó caer una lágrima, pensando en Erwë, a quien no volvió a ver. Fëanor desapareció, luchando, desesperado y su voz se ahogó en los cantos. Y Maglor, el pobre Maglor, agonizaba en la ventana, apenas terminaba de llover. Ahí lo encontramos y yo lo socorrí en mis brazos.

- Fineriel. Su espíritu nunca será suyo. Nunca será de los hados.- me dijo, para tocar mi rostro y cerrar los ojos, para siempre. Con esto cerré el capítulo, para siempre, de la historia de mi familia. Maglor se liberó, liberándome a mí y fue mutuo. Fëanor nunca fui yo, nunca fui mi familia. Y era hora de volver.

-Sé lo que sientes y pienso igual- me dijo Ïa, alimentando a los peces y haciendo florecer las plantas, con solo posar su mano, así era su poder. Porque yo también volveré. Sé que mis hijos quieren irse, pero ya vendrá el tiempo en que no volverán jamás. Irán al Oeste para siempre.

-¿Es la visión que le dio tu marido al mío?- le pregunté.

-Es probable.

-Ni siquiera he aprendido la mitad de lo sabes - le dije, desconcertada. -Pero debo volver.

Ella me sonrió, con deferencia.

-Tardarías mil vidas élficas en aprenderlo. Pero tienes razón. La Tierra Media te llama. Ha cambiado el aire, el agua, la tierra. Ha cambiado su espíritu. Son días aciagos otra vez.

Yo la miré a los ojos. Nos sostuvimos ambas la mirada. Ya no era temor. Éramos amigas. Alumna y maestra, para siempre.

-Nunca fue una casualidad. Ni siquiera eso- le dije refiriéndome al triste, pero hermoso fin de Maglor.

-Jamás- me respondió, para irse, flotando, en medio de su palacio dorado.

Elladan miró pesaroso, hacia el suelo, cuando les comuniqué mis intenciones.

-Temía que estos días fueran cada vez más cercanos. Pero también los sentí respirando en mis pensamientos. Es inevitable. Fue mucho tiempo lejos de nuestro padre.

-No vamos a quedarnos, porque aún con quienes amamos aquí, nuestro corazón sigue pensando en lo que dejamos atrás.- complementó Elrohir. - Eso era algo que pospusimos, pero oigo también, el llamado de los nuestros en mi corazón.

-¿Ellas no han cambiado de opinión?

-Los dos negaron con la cabeza.

-No sé por qué diablos no. El reino está asegurado, Xï gobernará, Böh lo apoyará. Ellas no tienen nada qué hacer allí. - espetó Elladan.

-No nos dan una razón valedera o al menos una que deseen contarnos para quedarse aquí- complementó Elrohir, pesaroso. -Supongo que este amor debió durar hasta donde debía- dijo, con gran pesar.

Los miré a los dos con compasión, y los abracé. Sabía lo que era eso.

-Cuando hace un siglo lloraste por Thranduil, no entendimos por qué eras cautiva de una pasión así. Ahora lo entiendo completamente- suspiró Elladan. -Pero jamás ella me amó lo suficiente como para emprender el viaje hacia el oeste, conmigo. Le dije que compartiría el señorío con nuestra hermana, que aprendería de nuestro padre. Que haríamos de nuestra causa una sola.

-No fue suficiente. Fue lo mismo que le dije a Pïn. Es un orgullo más grande que el amor- dijo Elrohir.

-Quizás… ellas saben algo que ustedes no y que los lastimaría. Quieren ahorrarles eso.

-Da igual, puede que muramos de vuelta o por un puñal de Morgoth. Hemos amado y hemos perdido. Ya quiero irme, no puedo esperar- afirmó Elladan, para irse, furioso. Elrohir suspiró.

-Estoy condenado, ¿verdad? - me preguntó, apesadumbrado. Yo tomé su rostro y besé su frente, porque no creía - y no creo aún- que sea así.

Se preguntarán ambos cómo fueron nuestros últimos días allí. Esplendorosos, pero duros. No volveríamos a ver a aquellas extraordinarias bailarinas con espadas, y cintas, flotando luchando. A oír el lamento de su violín, cortando la música o el de sus cuerdas evocando los ríos. Tampoco a sentarnos, en las escaleras doradas o yo, entrenando, junto a Ïa, incansablemente, o volando por fin sobre el risco en su compañía. También estaba el asunto de los aurigas, por lo que Xï tomó la regencia y con los miles de hombres (porque en aquellos tiempos todo se fructificaba, incluso las personas), decidimos establecer la ruta al oeste. Ïa así, daba una opción para comunicarse a pesar de que solo quienes se fueron de allí, que fueron centenares de mortales y elfos que querían volver a Valinor a través del Oeste. Así, emprendimos la caravana hacia la frontera que defendimos hacía un siglo. La más grande caravana vista, el más grande ejército móvil. Ïe y Böh fueron los únicos príncipes en acompañarnos, ya que la despedida de Uë y tu hermano no fue grata y la de Pïn y Elrohir, llena de lágrimas. Recordamos salir del enorme palacio dorado, en medio de la lluvia. Así, dejamos atrás el reino escondido para entrar entre picos más afilados, comiendo y durmiendo al borde de los caminos. Una noche, que tuve guardia (la reina dormía en el pico más alto), vi un pájaro reluciente. Graznidos. Un pájaro de fuego que ardía. Me tapé la boca, no podía auxiliarlo, hasta que se hizo cenizas. Lloré por él, pero entendí la leyenda, o quizás, la recordé. Volvía a renacer, como vi a través de las cenizas elevándose, para volar con toda su fuerza y perderse en el cielo azul. Así llegamos a la parte norte de la muralla, donde nos apertrechamos por una semana para seguir adelante. Y lo que nos esperaba era un ejército de aurigas, que nos atacó de repente, pero el ejército de Ïa estaba muy bien organizado, comandado por Ië, que luchó fieramente con nosotros. Y la reina los diezmó a todos con su dragón, y sus enormes bocanadas de humo. Se rindió la primera ciudad, llamada Adkhül y allí se construyó un asentamiento de humanos. Así, sometimos todos los asentamientos aurigas, en sangrientas batallas no exentas de crueldad, pues muchos hombres no combatientes, mujeres y niños, a nuestro pesar, murieron también, pero también los de los aurigas, que se replegaron más al norte (y que volverían, claro, en el milenio siguiente, ya sin la amenaza de Lön para someterlos). Allí dejamos a varios orientales en al menos tres ciudades, hasta que llegamos al desierto de Khand, un inmenso desierto frío, donde solo se oían nuestros silencios. Dunas enteras de plantas pequeñas y frías. Estuvimos cantando las viejas canciones y acompañándonos, por un año, enviando águilas. El dragón volaba sobre nosotros en nuestra enorme marcha. Entramos al mar de Rhuhr y construimos botes para cruzarlo. Allí fundamos otro asentamiento, Esgaroth, donde varios orientales y aurigas y otros humanos se establecieron, para comerciar con las ciudades hermanas. Zën, el astuto mayordomo de la reina, se quedó allí, con su esposa y varios de sus familiares.

-Quiero probar suerte- me dijo, ocurrente. - El príncipe Ïe se quedó en Adkhül como gobernador, yo podría hacer lo mismo acá, y ser un próspero regidor. Cuidaré esto para usted, será su legado- me dijo.

No tuve de qué preocuparme, o en ese momento así pensaba yo. Hasta que viramos al norte y debíamos enfrentar lo inevitable. Encontrarnos con los nuestros. Y así, antes del Bosque Negro, vimos a una enorme comitiva élfica. Soldados. Y los grandes señores élficos.

Era Glorfindel. Y Gandalf. Envuelto en pieles. Celeborn. Elrond. Miles de elfos. Los nuestros, después de tanto, tantísimo tiempo. Al ver a Glorfindel, se me llenaron los ojos de lágrimas y corrí todo lo que pude, me sentí volando. Él se bajó del caballo y me alzó, entre sus brazos, dándome un beso y llorando de felicidad. Elladan y Elrohir hicieron lo mismo con su padre.

-Amigo- le dije en moriquendi.

-¿Qué?

-Oh, lo siento. Tanto que no hablaba el élfico- le dije, besando sus manos.

-Estás cambiada. ¿Y ese pelo?- dijo, mirándolo liso y sonriendo. -¡Te pareces a mí!- observó.

-Quería ponerme presentable. No durará- le dije, para abrazarlo otra vez. Glorfindel me miró sonriendo y me hizo una seña. Legolas estaba atrás. Casi se tiró del caballo y nos abrazamos, como si nunca lo hubiéramos hecho antes.

-Te extrañé, niño- le dije, llorando. Besé su cara y él me besó a mí en la frente, también, llorando. Seguía igual, pero ya existía para entonces la tristeza que dan los miles de años vividos en nuestra raza. No duró mucho. Como él, Glorfindel, Elrond y Celeborn estaban maravillados con la maravillosa criatura que era Lön, cuya cola serprenteaba y sus bigotes flotaban. Gandalf fue el primero en acercarse y miró a Ïa para pedirle permiso y tocarlo. Ella asintió y el dragón bajó su cabeza suavemente, para que él pudiera examinarlo, sorprendido y maravillado.

Ïa se acercó a los tres elfos restantes.

-Morirá pronto. Me lo ha dicho.

-Lo sabemos. Gracias por contactarnos, luego de tanto tiempo.- le respondió Elrond.

-Es lo menos que puedo hacer luego de todo lo que ha pasado. Creo que mi trabajo termina aquí, pero pronto volverán a ver a nuestro pueblo- dijo, vestida de blanco, con su pelo liso y negro, ondeando sobre su piel blanquísima.

-Oh, señora. Te agradezco inmensamente haber cumplido con nuestro pedido- le dijo Gandalf, bajando su cabeza. Ella hizo lo mismo.

-Y yo por no olvidar la misión de mi marido ni las palabras de Gil- Galad. No hay solo maldad en el Este. Ahora lo saben.

-Gracias por cuidar a mis hijos y a Fineriel tan bien- agradeció Elrond, postrando su rodilla. Ella hizo una reverencia.

-¿Volveremos, algún día? - preguntó Elladan, a Ïa. Ella negó con la cabeza.

-No será posible.

-Lo siento- le dijo Böh, junto a Tälum, que también tenía un rostro triste por la separación. Al fin y al cabo, todos éramos amigos.

-Tälum- dijo Legolas, maravillado. Lo estaba observando con las ropas orientales y su mismo moño. Este le hizo otra reverencia.

-Príncipe Legolas.

-Ahora príncipe Tälum- se burló Elladan, para que Elrohir negara con la cabeza.

Los dos se abrazaron.

-Espero ir algún día a su reino.

-Claro que sí. Ve con amigos. Serás recibido como uno- le dijo este y Böh le hizo una reverencia.

Los abracé, así como en su momento hice con Uë, y agradecerle por todo lo que hizo por mí "esa fuiste tu", me dijo. Cuando dejé a Xï, a quien agradecí su sabiduría y también a Pïn, que me pidió cuidar a Elrohir. A Ïe, en la nueva ciudad, quien me dio alcohol, para alegrar mis días. Y entonces, llegó el momento de despedirme de la reina de Utumno, la última alumna de los Valar.

Me arrodillé. Ella tomó mi rostro y también me abrazó.

-Nunca olvides.- me dijo, por todo consejo. - No lo que eres. Ni las esperanzas, así no exista ninguna.

Me dio su broche de dragón y su anillo. Se apeó de Lön y este hizo aire para despegar, magníficamente, dejando un gran rastro en el cielo. Las comitivas se separaron y vimos solamente a cada uno de nosotros dejarnos atrás. Miramos atrás. A nuestros amigos, a nuestros nuevos hermanos, hasta que nos perdimos entre las brumas.