19. Cenizas

Aprendí la ligereza, fundé ciudades en el camino, conocí otros mundos y ahondé en mis temores. Superé mis límites. Para todo me preparó la reina de Utumno, menos para lo que volvería a vivir luego de volver de Oriente. "La respuesta está en mi corazón", me dijo, pero yo no tenía esa respuesta. Desde que vi a Thranduil clavando el puñal en mi pecho solo podía preguntarme lo mismo que con la muerte de Gil- Galad, al yo verla: ¿fue real? ¿fue real que él pudo verme, que pude herir a Thranduil y él a mí? ¿fue real?

En realidad, mi corazón jamás dejó de sangrar. Esa era la respuesta que tenía un siglo después de perderme en el desierto y terminar en el Este. Ya había sanado en otras cosas, pero en otras no. Era demasiado difícil. Y reconocía sabiamente que yo no tenía ninguna sabiduría. Vi a Gandalf entrar a mi tienda, luego de observar todos los tesoros, centenares, que Ïa nos regaló. No les puso mucha atención y solo fumó pipa, mientras yo lo miraba como si nos hubiéramos visto apenas ayer.

-Es lindo- observó Gandalf mi pelo. Yo le sonreí por toda respuesta, levemente.

-Volverá a la normalidad en unos días. No sé cómo cuidarlo yo misma.- le confesé. Él tomó mi mano.

-Es una gran maestra. De los elfos de occidente sólo los ha entrenado a los tres. Particularmente a ti.

-Sé que Gil- Galad vio algo- le respondí a Gandalf. - ¿Tu lo viste también? Porque ella lo vio. - le dije con sospecha.

-Señora, las visiones solo nos vienen en forma de certezas, no verdades absolutas.- me respondió, fumando su pipa, indicando que sí, que sí lo había visto, que vio lo que Erwë le mostró a mi esposo. -No, no lo vi, no de ella. Pero ella la pasó a Galadriel y ella a mí. Y a través de ella vimos su reino. Vimos en lo que se ha convertido. Y te vimos a ti. Tu siempre estuviste con los orientales y los entendiste mejor que todos nosotros. Viste que hay más allá del mal y de la barbarie. Siempre lo hiciste. Es la primera vez que voy al Este en toda mi vida- bromeó. -También fue alumna de Nienna, quién lo diría. Los Renuentes son ahora el reino élfico más poderoso de Arda, escondido de todos. Totalmente distintos a nosotros. Y por eso no le di respuestas a su hija cuando vino a verme. Quería que todos sus caminos condujeran a ti. Elladan y Elrohir, bueno… no podrían andar sin ti. Pero es bueno que ellos vieran todo eso también, cuando en su momento deban transmitirlo a los demás elfos y dúnedain. Sobre todo a su padre y a los reyes élficos. Y eso harás con Legolas, que se lo dirá a su padre. O supongo que tu misma lo harás.

Yo me contrarié. Pero me lo esperaba.

-Creí que iríamos por Rohan.

-¿Y alargar el camino cuando Legolas nos ha ofrecido seguridad a través de su padre? Apenas se supo en su reino que ustedes estaban más allá de Khand, dispusieron todo para acortarnos el camino. Y al enemigo no le ha gustado nada la ruta que crearon, por lo que supongo que debemos enfrentarlo de un momento al otro hacia Rivendel y al oeste más allá- afirmó, pensando en Esgaroth, la ciudad que creamos con los orientales venidos del reino y que le responderían a Adkhül, gobernada por Ïe. Y que se sumaría siglos después a los innumerables problemas que allí tendría que resolver sola.

-Ya estás preparada para hacerlo, en realidad, así como nosotros. Pero yo he de ir a Rohan y luego a Gondor. Son asuntos que te explicaré luego. Y supongo- dijo, levantando las cejas- Que dejaste toda oscuridad hacia el señor de Mirkwood.

-Supongo- le dije, recordando mi visión, cuando me apuñaló en el corazón y me quité yo sola la daga, con todo el dolor del mundo.

-Sé que es difícil.- me dijo, con bondad. - Pero también le encargué a Ïa que te enseñara a reconocer tu oscuridad, para que no se apodere de ti otra vez. Vendrán cosas muy difíciles y habré de necesitarte.

Asentí, todavía muy confundida. Como si fuera una ola que se estrellaba contra una roca que no había visto jamás. O que ya había olvidado que había visto. Me sentía tan bien en Yatac. Y ahora esto. Como si toda esa libertad y confianza se hubiesen evaporado de repente.

-A veces, querida señora, los sueños son reales- me dijo, adivinando mis sentimientos, para irse de la tienda. Yo miré el peine que me regaló Uë. Las cosas, intricadas. Los dibujos, las sedas, bordadas. Sentí a Legolas, maravillado, mientras oía a Elladan y Elrohir, afuera, hablar con su padre y abuelo y contar todas sus aventuras. Risas. Creo que ellos buscaron la manera de protegerse al volver a ser los mismos de siempre, pero todos sabíamos que eso era un espejismo como los del desierto gris. Esa era su manera de cubrir la inmensa herida que dejaron las dos princesas del este.

-Es otro mundo.

Yo le sonreí, levemente. Él asintió, entendiendo. Cómo habría querido ir allí. Cómo habría dado lo que fuera. Amó verme distinta, porque él también lo estaba. Tomé su mano. Suspiró, porque hablamos claramente de nuestro más doloroso tema en común.

-Y él quiere verte. Por hizo eso todo esto. Por mí y porque no le importan los otros, francamente.

-Tan típico de él- le dije. Bufamos, porque lo conocíamos.

Nos vimos largamente. Habían pasado los años. Pero él tenía un rostro bondadoso. El mismo, de siempre, hacia mí. Siempre nos quisimos, como amigos, como maestra y alumno, como una tía y un sobrino. Jamás pude reemplazar a su madre, pero su corazón no se dejó, hasta ese punto y a pesar de todo, envolver por la amargura. Seguro había mucha en su padre como para permitírselo y en mí también. Y sobre todo, que yo siempre le traía alegría y él a mí. Y a pesar de lo que había pasado, me miró como si no hubiese pasado nada. Nada.

-Hemos cambiado. Ambos- me dijo, tomando mi mano. Vio el anillo del dragón.

-Es hermoso. Son buenos, los dragones en ese reino.- observó, sonriéndome.

-Y mucho más pequeños y ligeros- le respondí tocando su pelo. Lo miré con tristeza, otra vez.

-Te arruiné la vida.- le dije, en el mismo tono. - No sabes cuánto… lo siento.- le dije, recordándole nuestro terrible episodio en Dol Gudur, donde su último amor terminó muerto a manos suyas.

-No me forzaste a ir ahí. Y ella tampoco fue forzada. Ambos tomamos esa decisión. - me respondió, pesaroso, tomando mi mano.

-¿Recuerdas algo de ese día?- le pregunté, pensando en ese momento terrible en el que Sauron nos confundió y a mí me hizo sangrar y a él, matar el amor de su vida. El culmen del final de mi relación con su padre.

Él asintió.

-Cirdan lo aclaró en mi cabeza. Morgoth nos confundió a todos en esa torre. Tu gritabas fuera de ti, matando orcos, pero yo vi a mi madre. A punto de matarme. Tuve que matarla y cuando desperté, era Nimrodel. Y ella se había interpuesto entre un orco que me iba a asesinar. Así que no, no la maté. Creí por mucho tiempo que era así- me dijo, con tristeza.

Suspiré de alivio.

-Lo siento- le dije, tomando su mano. Él negó con la cabeza para abrazarme.

-Te extrañé tanto- dijo, abrazándome y yo a él. Lloramos juntos.

-Un siglo- le dije, para abrazarnos otra vez. Lo extrañé en verdad. En todo mi viaje, deseé que él estuviese conmigo. Habría sido feliz, pensé. Quizás habría encontrado el amor y esa princesa sí se hubiera devuelto con él. O él jamás habría vuelto. Mi pobre Legolas, tan hermoso, fuerte y triste. Él habría sido feliz en el este.

-¿Te enamoraste otra vez?- le pregunté, examinando sus manos.

-No, creo que eso no es para mí, o al menos todavía no. ¿Y tu? - me preguntó, levantando las cejas.

-Nunca pude… olvidar a tu padre.- le confesé, sin ambages. Porque aún con la visión que tuve, tan dolorosa, los recuerdos me atormentaban como a Maglor. Y mi corazón estaba dividido y mis recuerdos presentes eran los de él mismo, los de Gil-Galad, un pasado ideal y lejano.

Él suspiró, negando con la cabeza. Sabía lo envenenada y condenada que estaba nuestra relación. Pero qué sabía el amor de la razón, del deber, de las heridas pasadas y futuras. Y yo solo entendí que seguía sangrando, como si lo hubiera abandonado también, apenas ayer, como a su hijo, que ya, ante mis verdades, admitió las suyas.

-A pesar de todo, él te ama también. Pero sé que nunca funcionarán juntos. Él no ha visto las cosas que tu o ya ha visto demasiado. Eso nubla su juicio.- afirmó. Esa sería una gran verdad en toda nuestra historia, pero yo no quería admitirlo. Me negaba. Fue la última ilusión que mi corazón me dio, aunque cegadora. El amor y la pasión en la que no me arrepentí de perderme. Y en el maravilloso ser que yo sé que era.

-Pero también te ama. Mucho. -dije, acariciando su rostro.

-Lo sé. Él lo sabe. Pero no quiero que te lastime, nos lastime, más- me advirtió.

Claro que lo seguiría haciendo, durante mucho tiempo. Pero esta vez yo quería volver a creer. Creía que podríamos sanar, pero tenía miedo de que él estuviese como en otro tiempo: encerrado en sí mismo, en su orgullo, en su arrogancia. Lo más probable es que fuese así. Legolas lo sabía, pero no lo decía para no lastimarme. Solo nos tomamos la mano y nos miramos, largamente. Él se perdió en mi cabello.

-Perdón, te ves muy extraña así. Amo tus rizos desperdigados.- dijo, para reírse. Yo me reí con él.

-Todos tienen el cabello así allí.

-Es impresionante. Pero tu eres tu- observó, reconociéndome, como siempre. No había cambiado nada entre nosotros. Él me contó que Cirdan sanó sus heridas y fue un gran maestro. Elrond también le enseñó cosas y por eso pudo acercarse a él en nombre de su padre. Este recibimiento era la prueba.

-Somos fuertes. Somos nosotros, ¿lo recuerdas? Un equipo. Tu y yo. Tu madre siempre dijo que te cuidara- dije, tomando sus trenzas. -Y eso he hecho. No tan bien como quisiera, pero…

-Entiendo lo que quieres decir. - dijo, para abrazarme otra vez. Le expliqué el lenguaje. Todos los tesoros. Le dejé llevarse algo muy pequeño, un hilo de seda tejido por la misma Ïa. Lo amarré a su muñeca.

-Te dará valor. Y suerte. Los hombres creen que todo lo que toca su reina se los da.

-Si tu lo dices… me respondió, queriendo creer, para yo salir de la tienda. Elladan y Elrohir abrazaron a Legolas y se fueron a la otra tienda, por fin algo animados, contándole varias cosas, luego de cantar, innumerables noches, por Pïn y Uë, sus amadas en el reino del Este.

Entré a la tienda de Elrond, que veía los libros fascinado.

-Entiendo muy poco. Me ayudarás, ¿verdad?- me dijo, bastante interesado por los dibujos. Hombres de barbas largas, mujeres y hombres de pelos negros. Yo sonreí.

-Nunca pensé que llegaría un día en el que te vieras… bueno, igual que yo.- bromeó.

Yo me eché a reír. Era su manera de romper el hielo, después de tanto tiempo. Tu padre siempre ha actuado de esa manera con las personas que estima y que no suele ver en mucho tiempo.

Me toqué los mechones y él alzó las cejas. Me ofreció una silla.

-Ella- dije enviándole un cofre. - Te envía esto.

Él lo abrió. Una piedra negra que examinó. La miró, sorprendido.

-Sabes qué es esto, ¿verdad? No creí que existiera aún. Es muy antiguo, de la época de Finwë y Manwë.

-No, no lo sé.

-Druil. Sirve para reparar armas míticas. Sobre todo… si están dañadas- dijo, levantando sus cejas. Vi a Aiglos y a Narsil, juntas. No, no era el momento. No era digna.

-Sabe dar regalos apropiados. - me dijo, para sentarme a su lado. Le conté todo. Celeborn miraba las estrellas, ya acercándose al Bosque Verde. Los elfos cantaban y reían como antaño. Casi no lo recordaba. Oímos las voces de Elladan y Elrohir, más animadas de lo habitual. Como si no tuvieran el corazón desgarrado miles de tierras atrás. Como si lo que hubiera pasado no sucedió jamás. Esa era su manera de protegerse.

-Aunque hayan entrenado junto a ella, todavía falta mucho para que puedan adquirir su sabiduría o la tuya.- me dijo él, refiriéndose a sus nietos, a quienes amaba, pero sus juicios eran certeros e implacables.

-Yo no tengo sabiduría. Lo sabes.

-Te creería basado en esa frase, pero cada quien la obtiene a su manera, ¿no crees?. Esa es la particularidad de cada ser vivo en este lugar.

-Hay algunos que no la obtienen jamás. Y otros… que quién sabe cuándo la obtengan- le repliqué, no tan segura de mí misma. Toda esa confianza y libertad en el reino de Ïa ahora desaparecían, a medida que entrábamos en el bosque, definitivamente.

-Tienes miedo de verlo otra vez, ¿no es así? - me preguntó, con sus ojos centelleantes. Yo asentí, sin decir nada. Sin mirarlo.

-No hay nada que te pueda preparar para ello. Ni las mil formas de combate más enrevesadas que puedas imaginar.- le respondí.

Él me miró compasivo y me puso una mano en mi hombro.

-Estaremos ahí, sea lo que decidas.- me dijo, para irse a descansar.

Decidir quedarme era impensable, pero irme, tampoco. Amarlo u odiarlo, era una línea que ya estaba rota. Nos ví como en el último día, con sus órdenes frías, yo tirando su collar, él desterrándome de su reino. No pude dormir. Entré rígida, sobre mi caballo. Ya teníamos una gran escolta de elfos silvanos. Gandalf me miraba, sonriéndome y dándome valor. Legolas cabalgó al lado mío.

-¿Estás bien?

-Sí- le dije. Él me respondió levantando las cejas, lo que significaba que no me creía. Ah, el olor de los pinos y los frutos. Otra vez los árboles, en ese momento dorados y verdes, porque el bosque no había sido contaminado. Y… la puerta. Dorada. Mi corazón iba a estallar. Eso sentía. Y cuando nos recibieron, no dejaban de mirarme, probablemente por mis ropas, como les pasaba también a Elladan y Elrohir. Comentaban nuestros peinados y nuestro ropaje, mucho más sencillo, pero igual de enriquecido, al élfico. Con más colores refulgentes. Legolas se arrodilló ante su padre y yo hice una reverencia. Lo mismo todos los demás.

-Agradecemos tu generosidad por abrirnos el paso hasta el Este- dijo Elrond, saludando en la forma élfica. - Lorien y Rivendel recordarán tu gesto.

-Sé que lo harán- dijo esa voz, que me rompió en mil pedazos por dentro. - Mithrandir. Hace siglos no te veíamos. ¿Cuál es tu interés especial por los recién llegados del Este?

-Eso se lo podría preguntar a él- susurró Elladan a Elrohir, pero Thranduil lo miró de forma relampagueante. Los gemelos no se intimidaron. Claro que lo sabían todo. Y estaban realmente furiosos con Thranduil, por más que les agradara Legolas. Este no bajó la mirada y Elrond solo estaba incólume, en clara señal de que si bien lo que había dicho Elladan era una impertinencia, era un reclamo que él tenía. Glorfindel estaba igual. Celeborn mantenía su misma dignidad.

-Ella- dijo Gandalf, para romper la tensión, te lo explicará mejor. Agradecemos tu apertura para traer a los hijos de Elrond y sobre todo a Legolas- le dijo este, que asintió. Yo no me atrevía a mirarlo. Me sentía increíblemente incómoda. Odiaba que todo lo que aprendí no me sirviera de nada. Yo misma me traicionaba.

-Yo… agradezco su generosidad y la del príncipe. Espero no causar molestias- dije, para mirarlo por primera vez, o eso creía yo, en muchos años. Y vi su cicatriz en la mano. Sí, había sido real. Absolutamente todo. Todo. Todo. Todo lo que vi en ese bosque de bambús era verdad. Todo fue real. Gandalf tenía razón. Miré aterrada a Thranduil, que me miró de la misma forma y a Gandalf, pero él me tranquilizó.

-Esperamos, verdaderamente no incomodar. -afirmé, con voz temblorosa, sin mirarlo.

-No. Son bienvenidos. Nos veremos… esta noche. O más prontamente- dijo, para ordenar a los sirvientes acomodarnos.

Yo me fui, en paso rápido, hacia las estancias exteriores. Todo, exacto como lo dejé. Las lágrimas. La alegría. Las risas. El dolor. De nuevo el dolor. No podía respirar.

Elladan y Elrohir se unieron. Igual que Glorfindel.

-Ya no estás sola.

-Que ni se le ocurra lastimarte. O lo pagará.

-Eso no es nada prudente, no hagan algo estúpido. Es el rey, es su reino y somos sus huéspedes. Por favor. - les rogué, aterrorizada, mirando al piso, rememorando cuando él me apuñaló y caímos ambos de rodillas. Vi una mancha roja oscura en mi túnica roja oscura. Me aterroricé aún más, pero lo disimulé ante mis amigos.

-Que él no haga nada estúpido- dijo Glorfindel. - En esta sí los apoyo.

-Ah, así que antes no.- replicó Elrohir, suspicaz, hacia Glorfindel, que alzó los hombros. - Pero este es el punto. No lo dejaremos hacerte llorar otra vez.

-Que ni sueñe. Acá estamos todos.

Nos topamos con Legolas. Todos suspiraron. Era obvio que había oído todo.

-Nos caes bien, pero no permitiremos que tu padre le haga algo horrible otra vez- dijo Elladan, cruzándose de brazos.

-Estoy de acuerdo. -dijo, levantando los hombros. - Cuentan conmigo.

-¿En serio?- preguntó Elrohir.

-Lo mantendré a raya.- insistió Legolas.

-Ya, basta. Todos- dije, sin poder contenerme más. -Yo sola debo solucionar esto. Solo me concierne a mí. Porque por más que le digan todas las cosas que sé que se mueren de ganas por decirle… esto debo resolverlo sola.

-Tiene razón- dijo Glorfindel. Elladan y Elrohir asintieron, también, resignados.

-Pero recuerda que no estás sola- insistió Legolas. - Estamos aquí- dijo, para llevárselos e irse con ellos. Abrí mi pecho. Ahí estaba, sangrando, la cicatriz. No tenía esa herida antes. La toqué con mi mano, con lágrimas en los ojos. Recordé estos árboles de nuevo. Los árboles en donde fui feliz. En donde precisamente salí llorando, con Glorfindel. Donde salí muchas veces llorando. ¿Cuántas más lágrimas tendría que darles aparte de estas?

Las hojas. De otoño. El bosque era perenne. El árbol se había llevado mis lágrimas ,de pronto. Sentí sus pasos. Mi corazón latía fuertemente. Seguía temblando a pesar de todo. Se posó a mi lado, sin decirme nada.

Cerré mis ojos. Sentí el murmullo y el canto de las hojas. Las hojas que me decían que no habría nada por qué llorar. O quizás más. Era miedo. Pero ya era hora de enfrentarlo. De cerrar esta herida, que de pronto me vi en el pecho. Lo vi, con mi cabello liso ondeando al viento, mientras revoloteaban las hojas. Pronto, poco a poco, volvió a ser el mismo, indomable, rizado. Era yo otra vez. Y él era él. Simplemente él, con sus ojos penetrantes, como dos gemas. Su mirada altiva, pero triste. Menos altiva cada vez. Yo solo respiraba, con el movimiento de las hojas y mi amplia túnica oriental, roja, ondeaba y se expandía. Lo miré como a alguien a quien ya no conocía y me fui. Cuando, por dentro, me moría por abrazarlo y amarlo como en los viejos días que fuimos felices.

-Fineriel- me dijo al fin. - Yo me detuve.

-No te dejaré ir esta vez- me dijo, con su voz imperativa, pero suave. Yo cerré los ojos, sin saber qué responderle, sin saber cómo reaccionar. No, Ïa jamás me preparó para esto. Solo podía respirar con todas mis fuerzas.

-¿Por qué hiciste esto? - le pregunté, sin mirarlo.

-Porque te extraño. Sencillamente por eso. - me dijo, sin ambages. Yo negué con la cabeza, lastimada. Miré su mano. Era la terrible cicatriz que creí que era una visión. Cerré los ojos. No podíamos seguir lastimándonos así, amándonos así hasta el punto de consumirnos.

-Te hice esto. Fue real. Arruiné toda tu felicidad. Tu mismo lo dijiste, te dejé en el momento en el que más me necesitabas- le reclamé sin medirme, como si hubiera olvidado todo lo que aprendí. - Incluso arruiné la posibilidad de que tuvieras otro heredero.

Él tomó mis hombros, mirándome grave y compungido.

-¿Crees, por un momento, que te quise solo por eso? ¿Crees que lo hago solo por eso?

-Te lastimé. Te lastimé- argumenté, con un nudo en la garganta y con los labios temblorosos. Los ojos ya nublados. Sí, el árbol tendría más lágrimas. Una cascada incontenible.

-Y yo a ti. Todo el tiempo. - me dijo, con su voz cada vez menos imperativa.

-¿Ves? Por eso no podemos estar juntos. Nosotros somos la prueba viviente de que como raza no podemos romper las reglas. Nunca, nunca, nunca termina bien- le dije, negando con la cabeza, para apartarme.

-No pondrás a Fëanor como ejemplo- me dijo con su sorna característica. Pero yo no estaba para bromas. Menos para una así, que también tocaba las fibras de lo que yo era. De mi alma. Mi alma maltrecha otra vez. Recordé a Maglor en ese momento, que se desvaneció en miles de mariposas blancas, en la ventana, luego de morir en mis brazos. Y en esto. Cerré los ojos, mientras sentí una lágrima recorrer mi mejilla derecha.

-Somos peor ejemplo que Fëanor.-le dije con tristeza.

-Entonces, quiero que me respondas algo- me dijo con imbatible serenidad.

-¿Qué? ¿Qué? ¿Qué deseas? - le pregunté, desafiante, sin poder dominarme, como antes, cuando peléabamos, cuando nos odiábamos. Cuando comenzamos a amarnos. Ya no podía dominarme. De nuevo, volvía a verme, llorando. Nada había cambiado.

-¿Por qué te sigo amando tanto? ¿Por qué te sigo viendo en sueños? ¿Por qué te extraño tanto? ¿Todos los días? ¿Por qué te añoro tanto, más que con mis fuerzas? -me preguntó destrozado. Yo no sabía cómo reaccionar ante eso, porque era igual para mí.

Yo seguí negando con la cabeza, desconcertada y desolada.

-No, Thranduil. ¡No! No es nuestro destino- repliqué, afligida, sollozando ya. - Hasta nos matamos en sueños- le dije, con la voz quebrada, abriendo mi túnica en el hombro izquierdo. Era la herida. Él miró la suya. Seguía respirando igual que yo, mirando mi hombro, con dos heridas, ya. Se acercó, mientras yo seguía luchando contra él y contra mí misma.

-Además, aunque me muriera por abrazarte y besarte y amarte como antaño- repliqué siendo sincera y tomándome la cara, con gran pesar - No te pertenezco. No lo hice con Gil- Galad, quien siempre supo qué era yo.Y tu lo aprendiste de la manera más dolorosa posible. No quiero hacerte más daño- le dije, rota por dentro.

-¿Crees que no he pensado en eso todos estos años? ¿Acaso me crees tan estúpido? - me dijo, mirándome a los ojos. Fuego contra hielo. Otra vez. Dos fuerzas enfrentadas, como siempre.

-No es posible, ni lo deseo, hacernos más daño. No quiero lastimarte más ni tu a mí- le rogué, acercándome, pero no me dominaba. Seguía respirando más rápido de lo normal, hasta que me lancé a sus brazos y lo besé. Él me besó a mí. Otra vez sentí sus labios, sus brazos, necesitándonos desesperadamente. Había pasado un siglo. Sentí otra vez su piel, su rostro, en el que pensé todos los días. La túnica se desasió fácil, como si me quitaran una envoltura ligera. La suya, más pesada, cayó sobre el piso. Y solo nos vimos mirándonos, fijamente, después de yo aferrarme a él, otra vez y rodear su espalda con mis piernas y gemir para que solo los árboles nos oyeran y él expresar todo su placer para hundirse en mi cuerpo y en mi alma.

Nos miramos. Nos miramos fijamente, el uno al otro, desnudos, como si el Este y nuestras desgracias hubiesen sido solo un sueño. Solo me recosté a su lado, mientras todo me dejaba de importar otra vez.

Recorro su cicatriz de su mano. La beso. Miramos a los altos árboles, al verde que extrañaba, apenas con nuestras túnicas encima. Vemos el anochecer. La Luna. Ambos, solo envueltos en sus sábanas, como en nuestra época más feliz.

-Nada fue tu culpa. Lo sabes- me dijo él, acariciando mi rostro. Yo solo posé mis dedos en sus labios, como antes.

-Sabes que me iré. Otra vez. No es justo para ti- le dije, ahora acariciando su cabello. Él me envolvió con sus brazos.

-Nunca fue justo para los dos. Yo tampoco fui justo contigo. Yo no creí que hubiese sido real- dijo, mirando mi herida. Cerró los ojos.

-Lo siento.- me dijo al fin. - Yo no sabía qué hacer contigo en ese momento, cómo mantenerte feliz, cómo poder recuperarte. Te perdí.- me confesó, devastado, con su mirada de majestuosa tristeza. - Y nada de esto fue tu culpa. Nada- me dijo, mirándome a los ojos otra vez. Yo lo besé por eso.

-Yo jamás te quise para ser una reina o tener un heredero, ya tengo uno. Has hecho lo mejor por mi hijo, él me trajo a ti. Tu lo salvaste. Y yo… no quiero morir. Quería hacerlo. Durante mucho tiempo. Pero el reino es ella. Y soy yo. Y existes tu. Mira cómo te dejé- se reprochó, para yo negar con la cabeza, con gran pesar. Miraba mi herida, mi rostro. Besé su mano. Suspiré. Nos hicimos tanto daño. Tanto. Pero seguía ahí, intacto, el sentimiento. Todo.

-Y ahora, ¿qué? - le pregunté, abrazándolo.

-Lo que tu desees- me dijo, quitando un mechón de mi pelo.

-He decepcionado ahora mismo a un montón de gente. Ya sabes. La reina viuda loca enamoradiza que carece de todo juicio y es pura pasión- le dije, porque eso me lo habían dicho más de una vez para callarme. Y nunca me callé. Y sí, él también.

-Eso es un relato bastante injusto, pero puedo entenderlo- me respondió con su malicia arrogante de siempre, que generalmente me divertía cuando sus dardos no se clavaban hacia mí, para variar. - El rey mezquino, arrogante, malvado y detestable que comanda a los elfos silvanos tontos y sin sabiduría. Te apuesto a que todos ellos lo están pensando ahora mismo. - me dijo, para yo reírme, porque era verdad.

-Te gané- me dijo, para darme un beso. Yo me seguí riendo como antes. Nada había cambiado. Nuestra despedida fue horrible y dolorosa, pero me extrañaba cuán rápido estábamos ahora aquí. Cerré los ojos y él entendió, también suspirando.

-No me interesa en lo absoluto nada de lo que piensen. Mis propios pensamientos casi me matan cuando te fuiste. Mi propio corazón. Todos los días.- me confesó. -No debí dejarte ir. No debí cambiar de opinión. No debí…

Yo le respondí dándole un largo beso y enredando mis manos en su pelo, porque yo también estaba llena de culpa. Lo abracé y él hizo lo mismo.

-Acaso…¿importan tanto las historias que se cuentan de nosotros cuando solo tu y yo tenemos la verdad y eso es lo único que importa? - me preguntó, para reclinarse y acariciar mi vientre. Yo también me recliné y él dejó su mano en mi cadera.

-No, pero son mi familia- le respondí. -Y tu eres la bruja de mi cuento.

Él sonrió por la analogía.

-Tu lo eres del mío , pero al parecer no me cree mi audiencia. Legolas. - bromeó. Yo bufé, como en nuestros mejores tiempos. Me reí en silencio.

-Seguro me odian en tu pueblo- le dije, apartando un mechón rubio de su pómulo. - Yo también lo haría -le dije con pesar, recordándole que si ni nosotros podíamos apenas salir de lo que creamos, menos el reino que se vio afectado con mis acciones y mi partida.

-Algunos. La opinión general, según sé, es que te extrañan. Como yo- me respondió, para besarme en el acto. - Cuéntame todo lo que viste. Esta es la excusa oficial por la que te traje aquí y les abrí el paso.

-¿Esta noche?- le pregunté levantándome y mirándolo con el deseo intacto, con toda mi pasión desbordada. Porque solo quería estar ahí, otra vez, en sus brazos. Él lo entendió en mi mirada y solo tomó mi mano, para jalarme suavemente hacia él y voltearse sobre mí. Miró todos mis cabellos desperdigados.

-No- fue su única respuesta, y luego me besó, acomodándose. Mi cuerpo, dispuesto, ávido de él y el suyo del mío.

Por Eru, qué estábamos haciendo. Pero me sentía tan feliz con él, me sentía como en un nuevo comienzo, como si fuéramos otros, como si ya estuviéramos cansados de dañarnos tanto, mutuamente, como si un siglo se hubiera interpuesto para cerrar nuestras heridas. Quería, me moría por creerlo. Pero ya nada sería igual. Él lo sabía. Y yo también. No dormimos esa noche de tanto amarnos y pensar, al mismo tiempo. Ambos mirábamos el amanecer. Los pájaros. Abrazados. Recostados lado a lado.

-Partiremos después de invierno- le dije, sin mirarlo. Él asintió, resignado. Suspiró, tomando mi mano.

-Si esos son los deseos de tu corazón, debo respetarlos. Y sé que lo son. No te quiero fuera de mi vida. Te quiero ahí. Así no sea aquí.- me dijo, afligido, pero por fin, consciente de lo que nos deparaba. Nos consumiríamos, era inevitable. Como antes. Yo lo miré, tomando su mejilla. Recosté mi mentón en su hombro. Él solo me abrazó y me cubrió con su capa, como antes.

-Podrías ser enormemente feliz con alguien que te honre solo a ti- le dije -Que viva para ti. Que ame todo lo que eres y cómo eres.- le rogué, pues quería darle otra esperanza más que abandonos eternos. En verdad quería que fuese feliz, tanto lo amaba.

-Nadie que viva lo ha visto mejor que tu.- me respondió, dándome la respuesta a todas las respuestas y preguntas, porque yo sentía lo mismo. Esa era nuestra maldición, a fin de cuentas. Si nos enamorábamos por segunda vez, porque solo en nuestra raza podía ser por una sola, siempre habría algo que no se podría comparar y estaría ahí, presente. Yo jamás quise a otro más que a él y antes a mi esposo. Y a él le pasó lo mismo, porque era algo más allá de la pasión, aunque hubiera mucha entre ambos. Era nuestro espíritu. Pero yo quería y aún lo siento, así estemos separados, que fuera feliz, así fuera sin mí. Quería y aún quiero darle una esperanza. Quería, al fin de cuentas, liberarlo de mí.

-Pero no puedes vivir así- le dije, ordenando mi pelo. Él hacía lo mismo con el mío. Como si no nos hubiésemos visto jamás. Y en verdad, en un siglo solo fuimos un doloroso recuerdo y no podíamos dejar de tocarnos. Como antes. Como cuando nos tiramos a ese abismo insondable de pasión, locura y apego mutuo.

-Sí puedo vivir así- me replicó testarudamente. - Vivir sin que me odies, sabiendo que me amas. Otra vez. A pesar de mí. - me respondió,, pero yo solo negaba con la cabeza con gran pesar.

-No hay futuro para nosotros- le dije, apesadumbrada, mirándolo fijamente.

-Entonces quiero un presente si eso es todo lo que nos queda- me dijo, para besarme y tomarme ahí mismo. Sí, eso era todo lo que nos quedaba. Y en su lecho, me abracé a él otra vez, sin querer salir de una recámara que alguna vez fue mía también, pero también de Neldaniel. Ambos pensábamos en ella, pero solo nos abrazamos más, el uno refugiado en el otro. Siempre pensaba en ella con culpa, pero ya hacía tanto, tanto tiempo, tantos reinos, guerras, tanto...

-No les digamos nada.- me dijo Thranduil, mientras besaba mi hombro y mi cuello.

-Te aseguro que ya lo saben- le respondí, con perspicacia.

-Entonces no hay necesidad de decirlo- me respondió, alzando los hombros. Yo no quería que el día empezara todavía, que nos quedáramos para siempre, así, abrazados, en medio de los árboles, con nuestro calor mutuo. Solo me volteé y lo besé y él a mí. Besos tiernos, pero desesperados por un tiempo que perdimos, que menguaba, en medio de nuestras largas miradas y leves sonrisas. Pero tuvimos que salir, vestirnos mutuamente, como cuando lo hacíamos todos los días, disfrutando de nuestro silencio mutuo. Y solo tomé su mano y lo conduje a la sala donde ya tenían todos nuestros tesoros dispuestos para él.

Así nos encontraron todos, mientras yo le mostraba cada ilustración, cada historia, cada dragón. Él estaba fascinado. Incluso sonriente.

-Pero qué diablos pasó aquí- dijo Elladan, indignado.

-¿De verdad estás preguntando eso?- le respondió Elrohir burlón. Su hermano lo miró indignado.

-Pero…

Glorfindel llegó a la sala y lo miré sonriéndole, para saludarlo y seguirle explicándole a Thranduil el mapa. Me miró resignado, también sonriente, pero preocupado. Ya hablaríamos luego, me dio a entender. Elladan lo miró indignado a él también.

-Di algo.

-Algo- dijo, para alzar los hombros e irse. Saludó a Legolas tocando su hombro.

-Solo cruzamos ese reino y otra vez cae en sus brazos. Increíble- dijo, muy molesto.

-Vamos, tu harías lo mismo con Uë si fuéramos a Utumno otra vez- replicó Elrohir comprensivamente.

-Es distinto.

-Es igual.

-Pero claro que no.

-Ya te vería ahí trenzándole el cabello- insistió Elrohir.

-¡Pero cómo te atreves!

Legolas, testigo de la discusión, sonrió para sus adentros, pero cuando los gemelos lo miraron, fingió estar sorprendido.

-Buenos días- les dijo. Elladan lo miró con la misma irritación. Elrohir le respondió con el saludo élfico, sonriendo. En eso, llegó Elrond (todo esto me lo contó Elrohir posteriormente). Nos vio. Thranduil lo saludó, sonriente y solemne, pero con su mano izquierda solo posó su mano en mi pierna, bajo la mesa cubierta por un hermoso mantel. Yo hice una reverencia con la cabeza, para después mirarlo igual de indignada y burlona y reírme.

-Se quedará donde está. Continúa- me ordenó, para yo asentir sin poder ocultar mi risa.

-¿Y bien? - dijo Elrond, abrazando a sus hijos. Levantó sus cejas otra vez. Elladan estaba muy molesto. Elrohir no compartía su misma desazón.

-Bueno, para eso nos abrió el paso, ¿no? - dijo, sin alterarse.

-Espera, ¿no dirás nada?- preguntó Elladan, furioso. Este solo suspiró.

-Si la razón pudiera controlar nuestro corazón…

-Sí puede, en tu caso sí puede- insistió Elladan, contrariado.

-Si la razón pudiera controlar nuestro corazón- insistió Elrond. - Y sé que en nuestro caso es así, por mucho que nos pese, seguiríamos viviendo con los Valar, ¿no creen?

-Ada, ha pasado un solo día.- replicó este, para Elrohir reírse.

-¡Oye!

-¿En verdad quieres que hablemos de esto? Ada, ya sabes nuestra historia con las princesas del Este.- dijo Elrohir, escéptico, ante su gemelo.

-Sí, y por eso sé lo complicado que puede ser el amor- dijo Elrond, sin alterarse en lo más mínimo.

-Sufrió por ese horrible rey por dos años más un siglo. Dos años hecha pedazos y se achicharró por él en el desierto.

-Casi, los haradrim de Farabad nos recogieron- acotó Elrohir, con sorna.

-Lloró por él en mis brazos.

-En los míos también, en realidad. También en los de la reina Ïa…

-Y le hizo tanto daño, ¿para esto? ¿Para entregársele en un día? -replicó Elladan. Elrohir miró con vergüenza a Legolas, que fingía estar en estado contemplativo. Elrond hizo lo mismo.

-Fue un siglo, si no estoy mal.

-Ella sufrió mucho con nosotros contándonos todo lo que pasó. ¿Para esto? - insistió Elladan. -Espera a que lo sepa Glorfindel.

-Uhmmm… creo que ya lo sabe. Estaba con nosotros, Elladan- insistió Elrohir. Su hermano lo miraba más irritado por sus burlonas acotaciones.

-Y Arwen. Otra vez.- dijo Elrohir, abriendo las manos. Legolas solo se rió por la evidente actitud despreocupada de un hermano ante la furia del otro.

Elrond suspiró. Miró apenado a Legolas, que siguió mirando hacia los árboles, fingiendo contemplarlos.

-La subestimas- respondió Elrond, cruzado de brazos. Elrohir suspiró, asintiendo con la cabeza.

-Míralos- dijo Elladan. - Míralos. ¿No vas a decir nada? Papá, tu serviste con su esposo. Ella olvidó a su esposo.

-Sé que tienes razón, desde tu punto de vista. Pero Gil- Galad murió hace dos mil quinientos años. Jamás lo volverá a ver. Y ella lo ha hecho todo, escúchame. Todo. Por honrarlo. Lo sé porque la he visto. Ha hecho cosas proverbiales. Dolorosas. Envió a su propia hija a Eldamar.

-¿Para terminar como un traste de un rey mezquino y vanidoso?- preguntó con inquina Elladan.

-Ha sido generoso con nosotros. No es sabio aún, es joven, sucedió a su padre en Dagorlad. Su hijo lo es.- dijo, mirando a Legolas. Elrohir solo negaba con la cabeza, muerto de vergüenza porque literalmente toda la conversación se desarrollaba ante él. - Pero quizás haya tratado de compensarlo, con ella. Y por ella lo hizo. Y si ella se ha visto compensada…

-Es como la pobre mujer a quien su marido maltrata y viene por más- dijo Eladan molesto. -Espero no tener razón.

-Quizás, Elladan, ella solo quiere un poco de paz. Porque tome decisiones que te desconcierten, que nos desconcierten, no significa que es la misma de antes. Lo veo. Creí que tu lo habías visto. Y te pido prudencia- advirtió Elrond.

-Vamos, padre…- insistió Elladan, pero su padre ya le había dado la espalda, para irse hacia Legolas. Elrohir solo se reía y este le dio un golpe en el antebrazo.

-Basta.

-¿Qué? Te apuesto a que tu y yo andaríamos haciendo cosas más divertidas que mostrar mapas de tener a Pïn y a Uë con nosotros.

Elrond volvió a suspirar. Le dio el saludo élfico a Legolas.

-Perdón, joven Legolas- le dijo, para retirarse. Este asintió, haciendo el mismo saludo. Le divertía Elrohir. Se acercó, bajando las escaleras.

-Pero ellas no nos dejaron… bueno, como él a Fineriel- protestó Elladan.

-¿De verdad? - le preguntó Elrohir, ahora sí indignado. - Pienso en Pïn todos los días. En su cabello oscuro, en sus estúpidas razones para no venir conmigo. Y tu piensas en Uë y en sus golpes. Por eso te digo, ¿de verdad quieres hablar de esto?

-Ellas no son… olvídalo- dijo, para irse molesto. Legolas lo miró sorprendido.

-Créeme, yo también he tenido esa conversación- le dijo a Elrohir, que suspiró.

-¿Con quién?

-Conmigo. Y con tu padre. ¿Quieres ir a explorar el sur?

-Seguro, por qué no- le respondió Elrohir y ambos nos miraron, mientras yo le mostraba uno de los grandes libros a Thranduil. Legolas solo sonrió.

Porque todo parecía ser como antes. Donde hablábamos de todo y de nada. Pensé seriamente en quedarme, en ponerle fin a todo esto, en vivir con él para siempre y dejar de lastimarnos, pero ya lo había hecho en el pasado y yo no estaba hecha para una vida cómoda sabiendo que el mal nos alcanzaría. Por no ser ciega nos destruí, ahora debía arreglarlo. Él lo sabía, lo leía en mi rostro y mi corazón. No queríamos decírnoslo. Volvimos, como antes, al salón de espadas. Él me pidió que me pusiera el extraño ropaje del este, con las enormes mangas, solo para divertirse.

-¿No estorban?

-No si los sabes mover.

-A ver- dijo, tirándome una espada. Yo la subí con el brazo arqueado y posición de pelea. Él me miraba extrañado, para luego reírse, estupefacto. Levantó sus cejas, escéptico.

-Es pesada- le dije.

-¡Es ligera! ¡Lo más ligero que hay en la Tierra Media!- protestó, mirándome suspicazmente.

-En la Tierra Media- insistí.

Este volteó los ojos. Sí, se irritó, porque parecía como esos mortales irritantes que ostentaban sus viajes. Y sí que había conocido a muchos. Más enanos, en todo caso, que adoraban mejor mostrar sus riquezas.

-Esa fanfarronería cuesta aún más cara.- me dijo, para abrir la boca, al verme elevarme, suavemente, dar una vuelta y apuntar a su garganta. Él dio un espadazo, pero yo era muy escurridiza, cuando comenzamos a pelear.

-¡Te has vuelto más ágil!- me gritó, tratando de verme, mientras lo golpeaba con las mangas de la túnica. Él rasgó una, pero yo moví la otra, para enredarlo y hacerlo caer. Corté la lámpara que sostenía la vela principal, una especie de columna de hierro y él me miraba aterrado, para yo sostener la vela y girar y ponerla en su puesto, al lado de la otra columna.

-Y más fuerte- advirtió. - Sin tregua- dijo, mientras trataba de esquivar, con todo lo que tenía, mis golpes. Trató de agarrar la otra manga, pero lo dejé sin base y me agaché, mientras él seguía atacando. Me miraba extrañado, horrorizado al mismo tiempo, pero fascinado, para seguir intentándolo, pero yo me giré otra vez, mientras él clavaba la espada contra el piso y daba una vuelta. Yo ya me elevaba. Quedé sobre su espada.

-¿Qué?- me dijo sin poder creerlo. Volteó la espada, pero yo no me caí. Mis ligeros pies estaban sin tocar el filo. Él la puso hacia arriba, con pura malignidad. Yo quedé en una sola pierna. Él estaba fascinado.

-Los renuentes...son maravillosos- me dijo anonadado.

-Fueron cien años.-le dije mirándolo a los ojos, confiada. Él ahí entendió que nunca era, nunca había sido la imagen de esa elfa de la que se enamoró. Creo que era una de la que comenzaba a enamorarse mucho más. Me dio la mano y yo bajé, para luego volver a atacarme, pero yo le di una patada, tomé mi espada y chocamos. Él me miró enormemente complacido.

-¿Quieres que te enseñe? - le pregunté, para oír varios "Yo", "Yo", "Yo, a mí". Eran los jóvenes soldados y Legolas, riéndose, levantando la mano. Elladan y Elrohir se miraban y me miraban orgullosos.

-¿Vieron todo esto?-dijo Thranduil, indignado.

-Ada, cálmate. Claro que vinieron, los invité. No nos lo íbamos a perder. Han sido los primeros que han ido al Este. Claro que lo iban a ver.

Notamos a Celeborn riéndose, mientras me rodeaban para indignación de Thranduil. Elrond también observaba y analizaba, así como el rey elfo. Se miraron. Noté la tensión entre ellos, la evidente tensión. Porque Elrond no olvidaba que Oropher jamás reconoció a mi marido como nada y atacó antes de que él diera la orden en Dargorlad. Y estaba yo. Veía en él mucha arrogancia. Pero no decía nada.

Ya todos, en reunión, veían los tesoros que habíamos traído. Yo le di a Thranduil mi broche de dragón, inmensamente valioso, antes de que esta tuviese lugar.

-No. Es tuyo. Vamos- me dijo, negándose, pero observándolo, maravillado.

-Thranduil…- le dije, mirándolo escéptica, para él reírse y besarme, en el mismo salón donde le mostraba los tesoros. Lo conocía demasiado bien.

-Gracias- me dijo, para abrazarme y besarme. Ahora todos estábamos en ese mismo salón, mientras explicábamos otros pormenores de mi viaje y cómo era el reino de Utumno.

-Su magia se desarrolló a tal punto que construye este reino ultra poderoso, con este estilo de pelea, con esta gente ultra poderosa y hace cien años tienen esta guerra en la que están los tres- dice Thranduil, sin poder creer la actitud de ïa, aunque de cierto modo la entendía. - Y lo hace sencillamente porque se aleja de todas las guerras. Tal y como nosotros. Pero mientras tanto, nosotros estamos cercados.

-Thranduil, ella es una de las primeras. Tiene más poder, pero se le está acabando- le dije, para aclarárselo. Lo sentía muy desconcertado. Y era natural. Me preguntó al instante, en su mente "¿por qué rayos jamás nos ayudó?"

-Solamente deseo entender cómo es que se puede crear un reino así con un poder así. Tu me lo contaste, lo sé, vi los desquiciados entrenamientos. Cuando se lanzaban de los riscos.

-¿Riscos?- les preguntó Elrond a sus hijos. Ellos dos asintieron.

-Nada bonito.

-Nada. Bonito.- complementó Elrohir, sintiendo aún el dolor de todos sus huesos quebrados, al ser empujado de una patada en el pecho.

-Creo que lo que mejor que podemos hacer ahora es que ella entrene, junto con Elladan y Elrohir, a los que quieran unirse. Además, aprendieron allí cosas que no tenemos acá y que nos serán útiles.

-Duraron cien años aprendiendo. No tenemos todo ese tiempo- replicó Thranduil.

-Los hombres no. Los elfos, sí. Pero los hombres pueden ser también guerreros extraordinarios. Lo sabes.- le dije, muy segura.

-Pues lo que vi fue extraordinario. Pero, ¿cómo estás seguro de que nos ayudarán en el futuro? Podrían ser otros tres mil años y quizás todos muramos para entonces- preguntó él, capciosamente.

-Quizás, pero tenemos tres mil años nosotros para intentarlo, ¿no cree?- le respondió Elladan enfrentándosele.

-Elladan- terció Elrond. Este se sentó.

-Nunca hay nada seguro, Thranduil. Creí que lo sabías.- le respondí levantando las cejas.

Este cruzó sus largas piernas y me miró, escudriñándome. Yo lo miré desafiante, pero de pronto, supe que estaba asustado. Lo sentía. Le mostré algo que no conocía y a alguien a quien no conocía. Todavía asimilaba todo lo que vi, lo que le mostré, lo que me convertí. Había un remolino de emociones y pensamientos que eran evidentes para todos. Legolas solo miraba todo, silencioso e interesado.

-Igual, supongo que gracias a la ruta que abrieron con Esgaroth, podríamos tener algún tipo de entendimiento. Y eso nos ayudará a todos, al menos aquí.- meditó.

-Esa es la idea. Que en el Este se pueda volver a tener una ruta donde podamos controlar al mal de la región. Y bueno, donde podamos tener contacto con ellos a futuro- argumentó Elrond.

-¿Y ustedes nos ayudarían en caso tal de que todo vuelva a caerse?- preguntó, mirando a Elrond con esa arrogancia fúrica envuelta en altivez, pero este siempre tenía su mirada de siempre. Tampoco se dejaba amedrentar.

-Lorien estará ahí para hacerlo- dijo Celeborn, también imponiendo su serena y fuerte presencia. - Hemos vivido como reinos separados, pero siguen siendo hermanos. Seguimos siéndolo, todos, en una causa común. Y ahora puedes contar con los bastiones que Fineriel ha dejado desde el Este.

-¿Qué con los aurigas?

-Ellos mismos se encargarán de mantenerlos a raya. Ahora en caso de que necesiten ayuda…- le dije, pero él se retrajo.

-Bueno, primero veremos cómo funciona todo- dijo, mirando el hermoso broche de dragón de la reina Ïa. -Por ahora, sí, aceptaré plenamente sus condiciones con tal de que se retorne lo prometido.

-Así será, Thranduil- le dijo Elrond, sin alterarse. Elladan y Elrohir se miraron. Miraron a Legolas, que fingía la misma serenidad.

Ahí comenzó la apertura, diría yo, un poco, del reino de los elfos del bosque hacia hombres y otras razas, pues después se crearía Erebor. Pero como viste, nada de eso funcionó. Yo en ese momento tenía esperanzas, muchas, de por fin hallar una forma en la que él no se sintiera amenazado, ni el reino del Bosque y así también poder colaborar con los otros pueblos de la Tierra Media. Otro de mis grandes fracasos. Dos palabras para eso: Erebor y Smaug.

Salimos de la reunión e inmediatamente, fui abordada por Elladan y Elrohir. Legolas solo volteó los ojos, irritado. Yo le hice una seña de que hablaría con él después y este solo alzó las manos al cielo, para yo reírme.

-Ya sé todo lo que tienen que decirme y no, no me quedaré y sí, volveré a Imladris con ustedes- les dije, prevenida.

-Mira… creo que en esas cosas todos hemos sido apaleados hasta la saciedad- argumentó Elladan. -Y creo que ahora mismo ninguno de los dos tiene autoridad para decirte lo que debes hacer…

-Pero sí tememos que esto te salga caro. Es decir, no solo por él, sino por esto. En serio. ¿Qué tal si va mal? ¿Qué tal si vuelve a pasar lo de antes? ¿Qué tal si…?- me preguntó, expresando las dudas que me ensombrecieron también en la reunión.

-Lo sé- le dije, admitiendo esas dudas. - Todo eso lo sé- dije, acomodándole el pelo, como cuando era un niño. -Pero no olvido jamás quién soy.

-Igual, si lo haces, ¿podemos recordártelo? - me preguntó Elladan, comprendiendo mi pesar, mi inmenso dilema, proveniente de la desolación. Crear de la nada, donde no había nada. Y ellos sabían como yo de eso. De revivir de las cenizas. O de mantenerlas por siglos en el corazón.

Yo le sonreí, asintiendo. Los abracé a los dos.

-Nosotros también las extrañamos, Fineriel- me confesó Elrohir, mirando al suelo. -También crearíamos reinos de la nada solo por verlas, pero al parecer… ellas no con nosotros. Solo espero, creo, creemos, que exista una razón poderosa que les impidió venir a nuestro lado- me dijo. Vi en sus rostros las últimas imágenes de pesar. Pïn, llorando, negándose y abrazándolo, envolviéndolo en sus amplias mangas. Uë y Elladan, peleando, con espadas, luego cuerpo a cuerpo y él recibiendo todos los golpes. Ella corriendo, en la lluvia que nos precedió a nuestra salida de aquel reino, con su peinado y ropa ceremonial, mientras la lluvia derretía su maquillaje.

"¡Ven conmigo!"- le dijo Elladan, abrazándola en la noche. "¡Ven conmigo"

"Tu no entiendes"- le respondió ella sollozando. - "No puedo irme. No puedo"

"Entonces, por enésima vez, explícame esa gran razón para no poder irte"

"No puedo", le dijo ella. Él se levantó y la dejó llorando, en el piso.

Legolas también sabía de sus pesares. Le hice una señal de acercarse.

-Ambos dos van a ir con Legolas y le van a enseñar algunas cosas. También a la guardia. Seguro les gustará- les dije. Ellos se miraron, extrañados.

-Si quieren. Puedes tu- dijo él, levantando los hombros. - Igual, Glorfindel…

-Todos cuatro- les ordené. Los gemelos se miraron, y asintieron. Así sé que de algún modo ocuparían su mente. Le agradecí en silencio a Legolas, que me sonrió, diciendo en silencio "me la debes".

-Al menos ustedes no tienen muerta a la suya- les dijo él, suspirando.

-Peor, se negaron a venir con nosotros.- dijo Elladan, desolado.

-Creo que eso merece una gran conversación. Con vino- les dijo Legolas, suspirando y abrazándolos a ambos, para ellos asentir intensamente. Yo sonreí levemente, para seguir pensando en aquellas dudas que tenía. Celeborn se topó conmigo. Me sonrió de igual manera.

-Tu no ves los futuros de la reina de Utumno. Ahora mira solamente lo que queda del día- me dijo, para hacerme una gentil reverencia. Tenía razón. Me fui a recorrer el bosque, sola, como solía hacer algunas veces. Reparé en los árboles, en todos sus detalles, pues jamás vi iguales en el este. Sentí entonces una presencia. Las hojas se movían. Oí a los animales. Seguí caminando, hasta que seguí oyendo el ruidito. Le dejé hacer, hasta que salté y me volteé apuntando con mi pequeño puñal. Un grito. Era una niña, pequeña, pelirroja, que me miró aterrada. Pero no huyó. La miré fascinada. No había visto ese color de pelo en mucho tiempo entre nuestra raza.

-¿Quién eres?

-Señora… - me dijo sorprendida. Bajé el puñal.

-¿Cómo te llamas? - le pregunté, con menos hostilidad. Estaba fascinada, porque éramos muy pocos los que teníamos el pelo de ese color.

-Me… me llamo Tauriel. Vaya, usted es… impresionante.

-No, no lo soy- le dije, con una leve sonrisa negando con la cabeza, mientras ella me miraba con sus asustados ojos verdes. No quería asustarla más.

-Yo…

-¿Por qué me seguías?

-Porque yo… yo quisiera ser como usted algún día- me dijo, tomando su arco y su flecha, pues se le habían caído apenas reaccioné.

-Nadie quiere ser como yo- le dije, agachándome y tomando otra flecha. Ella negó con la cabeza.

-Una de las mejores guerreras de nuestra raza. Y todo lo que ha visto. Se fue al Este, usted sola. Y todo lo que ha pasado...quisiera aprender algún día de usted. Todo- me dijo, fascinada.

Yo le volví a sonreír.

-¿Desde hace cuánto llevas observándome?

-Desde que llegó. Además, mis padres hablan mucho de usted- me dijo, con una sonrisa tímida.

-No creo que en el reino del bosque yo sea fuente de grandes historias.- le dije, sonriéndole tristemente.

-Pero sí lo es- insistió, recordándome a mí misma cuando era más joven, cuando atormentaba a Gil- Galad con todas mis triquiñuelas, al él hacerse pasar por un simple guardia. Ese mismo espíritu. Me sorprendí, alegremente.

Muy bien, hagamos de cuenta que esta es una lección. ¿Qué gran historia conoces sobre mí? - le pregunté con genuina curiosidad.

-Que usted entrena a los hijos de los dúnedain. Que usted se entiende con los orientales y mató a todo un destacamento para rescatar al príncipe Legolas. Que ha servido a los reyes de los hombres. Y que dejó ir a su hija al mar. - me dijo, sin respirar. - Pero sobre todo, que es una gran guerrera, el azote de los Haradrim.

Yo la miré con sorpresa, para después sonreírle de nuevo y reírme silenciosamente. Qué alivio. Creí que diría algo como "usted fue la amante del rey Thranduil y lo destrozó y también mató a su heredero".

-Es solo lo que he tenido que hacer. No sé bordar, no sé cantar, no sé tocar algún instrumento, ni soy graciosa, ni gentil, ni…

-¿Para qué lo necesita, si es una guerrera extraordinaria? Yo quiero ser igual- me dijo, con determinación. Y vaya que lo conseguiría. Vi en ella mi mismo fuego y espíritu. La miré con esperanza y pesar, porque sabía todo lo que traería consigo.

-Pues tienes que entrenar muy duro- le dije, emocionada, pues pocas mujeres de nuestra raza, últimamente, querían seguir mi camino. Ese era el legado que les había dejado: trabajos. Pesares. Eterna soledad y tormento.

-Apunta- le ordené. Ella lo hizo, pero bajó de inmediato el arco al yo cruzarme.

-No te dije que bajaras el arco- le indiqué. Ella lo apuntó.

-Dispara- le ordené. Ella me miró asustada.

-Ahora- le dije. Ella lo hizo, para yo abalanzarme, tomar su arco y flecha con una mano, enredarla y hacerla caer.

-Wow- me dijo impresionada. - ¡Quiero hacer eso! - dijo, para levantarse y sacudirse.

Yo me eché a reír. Con mi hija jamás viví nada semejante. La entrené de forma básica, con la espada y las armas, pero ella jamás demostró el ansía que yo tenía por combatir. Antes, ella me educaba a mí en las artes, que se le daban mejor, mostrándome la belleza que creaba. Éramos distintas. Pero en mucho tiempo, por fin, hallaba a alguien que tenía mi misma esencia. Estaba muy feliz por mi descubrimiento.

-De nuevo- le dije. Ella lo hizo, más rápido, para yo desviar la flecha y tomar el arco y voltearla, para quitárselo otra vez.

-¡Eso es increíble!- me dijo, para tomar el arco.

-Piensa que viene un troll, un asqueroso troll más grande que tu. Va a aplastarte, por lo que debes pensar en el espacio que hay para saltar por encima antes de reaccionar. O un trasgo, sobre un huargo. Debes tomar al menos dos y saltar.

-Sí- me dijo, apuntándome. Hasta que oímos un grito. Tres, en realidad. Y una figura alta. Sobre un alce. Thranduil.

-Creo que se nos acabó la diversión- le dije, suspirando pesadamente. Y sí, se nos acabó, porque vino una mujer elfa de cabellos rubios oscuros, al lado de otro, del mismo tono de pelo, con el uniforme de la guardia. Ella la alzó, inmediatamente.

-¡Pero qué haces apuntándole a la señora!- le dijo, asustada. - ¡No debes hacer eso!

-¡Mil disculpas!- dijo el guardia, a quien reconocí.

-Aldor, ¡basta! ¡Estuvimos juntos mucho tiempo en la guardia!- le dije, tomando su mano. Los dos me miraron asustados. La niña se desasió de los brazos de su madre, para sacudirse el polvo, así como lo hacía yo, cuando era más joven.

-Tienen una hija bastante vehemente, ambos- dijo Thranduil, bajándose de su alce. - No la había visto en años. -¿Cómo te llamas?

-Tauriel, majestad- dijo haciendo una reverencia, pero sus padres le indicaron que se arrodillara. Ella lo hizo ,mientras yo negaba con la cabeza.

-Entrenábamos, eso era todo. Tiene una gran determinación. En serio- le dije, mientras ella sonreía, orgullosa, mirando al suelo.

-Sí, señora, pero ella se domina poco a pesar de lo que le hemos enseñado. Y eso no es bueno para su familia ni el reino- dijo la mujer, sin mirarme.

-Basta- dije, negando con la cabeza, miranda a Thranduil, que seguía impasible.

-¿Sabes lo que podías haberle hecho al reino de no medir tus flechas, niña?

Tauriel no respondió.

-Yo lo tenía perfectamente calculado, Thranduil- le dije, ayudándole a levantarse, para ella mirarlo asustada.

-Le habrías hecho un gran daño al reino. Y a mí.

-Lo siento…

-No tiene por qué sentirlo. Yo misma le ordené eso. - insistí, mirándolo fijamente. Él me miró igual. No iba a dar su brazo a torcer. Otra vez, enfrentados, hasta por una simple tontería.

-Discúlpenos por no controlar a nuestra hija. Simplemente le admira mucho a usted y por eso la siguió imprudentemente, pero tendrá su castigo. Y nosotros también tendremos el nuestro - dijo Aldor. Yo negué con la cabeza y me agaché, en un gesto que Tauriel jamás olvidaría, así me lo dijo mucho después. Su rey, altivo, sin mostrar ápice de compasión, pues la creía causante involuntaria de que yo probablemente me hubiese herido. Y yo, agachada, al lado de sus padres. Dos estilos distintos, claramente, de reinar. La reina viuda de Gil- Galad, su estrella de fuego en su firmamento, la que lo hacía bajarse de su pedestal y ver a todas las criaturas sin el aire de majestad que jamás tuvo. Creo que esa majestad ya la tenían mi marido y Thranduil de sobra para que yo la necesitara alguna vez.

-Aldor, ella es una guerrera magnífica. De verdad, sería un gran elemento en la guardia. Levántate- le dije, alzándolo, tomándolo de las manos, mientras él me seguía mirando con aprensión. Ayudó a hacer lo mismo con su esposa.

-Mamá y papá dicen que por mi color de pelo tengo más fuego en mi interior y que eso siempre trae a los elfos muchas desgracias, que por eso debo dominarme.- argumentó Tauriel enojada, ante las vanas súplicas de sus padres para que se callara.

-¿Ah, sí? ¿Y por qué lo dicen?- preguntó Thranduil indignado. Era claro que se referían a mí. Y a mi familia. A lo que yo había pasado y lo que yo era. Vaya. Era igual con mi madre. Igual en Lindon. El estigma de Curufin, Caranthir, seguía más vivo que nunca a pesar de las edades. Y el mío. No era justo que se lo dijeran tan pequeña. Seguramente, por lo que habían visto en mí, querían evitarle una vida de sufrimiento como la mía. Pero no era justo que por eso negaran lo que era. Me partió el corazón, pero lo supe disimular bien.

-Bueno… los elfos que han tenido este cabello son los que más desgracias traen y causan…- dijo ella dubitativa, al ver a sus padres completamente avergonzados. Thranduil estaba furioso, pero yo simplemente lo miré a los ojos, tomando sus manos y diciéndole "déjame esto a mí". Ahí trató de dominarse.

-Te voy a contar una historia- le dije, tomando sus manitas. Ella asintió.

-Había una vez una elfa llamada Nerdanel, que tenía nuestro mismo color de cabello. Ella se casó con Fëanor.

-Ew. ¿Por qué hizo eso?

Thranduil no podía de la indignación y miró aún más furioso al pobre Aldor y su esposa. Pero se sorprendió al oírme reír.

-Estamos de acuerdo. Pero en ese entonces, Fëanor, mi bisabuelo, era un elfo agradable. ¿Cómo te imaginas a un elfo agradable?

-Como papá- dijo, señalándolo. Este no sabía ni para dónde mirar. Yo me volví a reír.

-Creo que tu madre estaría de acuerdo con eso. Era muy atento, aprendía de la herrería y tuvo siete hijos, varios de ellos, con nuestro cabello.

-Ellos eran muy malos.

-Hmmm no todos- le dije, ladeando la cabeza y pensando en el canto de Maglor, que salvó mi alma en el este. - Pero Nerdanel, a pesar de tener nuestro color de pelo, era una mujer sabia, competente y lúcida. Cuando Fëanor enloqueció, ella nunca, nunca cedió a su locura. Tanto así, que hubo de seguir su camino a pesar de cuánto lo amó.

-Es una historia triste.

-No todas las buenas historias terminan con felicidad. Y creo que no toda la felicidad implica que sea lo correcto para nuestra alma, ¿no crees? - le dije, levantando la ceja. Ella suspiró. Thranduil miró hacia el suelo, porque era prácticamente nuestra historia.

-Tal vez.

-El caso es que… Nerdanel la sabia, siempre fue sabia. Y partió a Valinor. Y no la viste destrozando por aquí ni por allí. Porque… nuestro cabello no tiene nada que ver con nuestras acciones. Solo nuestro espíritu. No es malo. Solo necesita, como los que son de agua, tierra o aire, una guía. El agua se estanca, la tierra se seca y el aire nunca tendrá pies. Y el fuego necesita contenerse porque puede arder tanto que puede apagarse, ¿entiendes?

-Entiendo. Pido disculpas…- dijo, sonrojándose, por sus palabras.

-Solo es parte del entrenamiento. Ve con los hijos de Lord Elrond. Ellos te dirán qué hacer. Diles que vas de parte mía, ¿entendido?

-¡Gracias! - me gritó la niña abrazándome, emocionada. Miró a Thranduil con temor otra vez.

-Lo siento, majestad- dijo, arrodillándose.

-Solo realiza lo que la dama Fineriel te ordenó- dijo, para no determinar ni a Aldor ni a su mujer, lo que en sus términos significaba que se libraban de su ira.

-Sí, majestad.

-Y a tí. Te espero en la parte septentrional - me dijo fríamente, como siempre. Yo asentí. El volteó, para abrirnos paso y dar el galope con su alce a toda velocidad.

-Señora, en verdad lo sentimos…- dijo la mujer, apesadumbrada.- En verdad…

-Si no hubiera sido por su compasión… como siempre- dijo Aldor, respirando asustado.

-Calma, no pasa nada, calma- dije, abrazándolos a ambos, mientras Tauriel nos miraba desconcertada.

-De verdad, lamentamos haber dicho esas cosas- afirmó Aldor. - Solo que… bueno, la hemos visto sufrir mucho…

-Aldor- le advirtió su esposa.

Yo le sonreí y tomé sus manos.

-Seas elfo, u hombre u enano, toda vida tiene su parte de sufrimiento. No quedé empalada como la pobre de Finduilas de Menegroth, pero me quitaron a mi esposo y a mis hijos. Pero quizás, ese fuego me ha mantenido en pie. Y ese fuego también es mío- le dije, suspirando.

La madre de Tauriel se echó a llorar. Estaba muy asustada. Yo la abracé de nuevo.

-No dejaré que les haga nada. En serio. No se preocupen.

-Usted debió ser la reina, señora… -me confesó ella, mientras su marido le ofrecía un pañuelo. - La reina Neldaniel tenía un espíritu compasivo que también vemos en usted. Debió quedarse, señora…- me dijo, llorando. Eso me partió el corazón otra vez, porque cuando nos dejamos no pensé hasta qué punto afecte a los habitantes del reino del Bosque Verde. Yo solo pensaba bobamente en que era la guerrera que amaba a un rey.

-Pasamos épocas sombrías aquí, a no ser por el príncipe Legolas, que es igual a usted- complementó Aldor. - Él la lloró mucho. Se volvió más distante y duro con nosotros.

-Solo el príncipe Legolas estuvo ahí para mantener su cordura. Y un día, el rey pareció haber asimilado su partida. Haber asimilado todo. ¿Volverá a irse?- me preguntó, pesarosa.

-Me temo que así es.- les dije, con pesar, porque ahí entendía, definitivamente, que esto era más que ambos. Muchas personas también dependían de nuestras decisiones y eran afectadas por nuestro amor.

-Ojalá pueda ablandar aunque sea un poco de su corazón. Déjele eso- me rogó ella, mientras yo ordenaba su pelo.

-No te lo garantizo, pero...lamento todo lo que les causé- les dije a ambos, que se excusaron.

-Usted nos hizo felices. Y estoy muy agradecido de que se haya fijado en mi hija- dijo Aldor, alzando a Tauriel, para ponerla en sus hombros. - En verdad.

-No tienen por qué hacerlo. Ella me recuerda a mí- les dije, para sonreírles y tranquilizarlos. Yo misma llevé a Tauriel de la mano al salón de espadas. Legolas me miró extrañado.

-Es apenas una niña.

-No aguantaría el entrenamiento- dijo Elladan, dominando a un soldado.

-¡Claro que puedo! !Y mucho más! - dijo, determinada. Elrohir se comenzó a reír, pero esquivó una flecha, para sorpresa de todos los soldados.

-Si no aguanta, se va- dijo Elladan, mirándola sorprendido.

-Bueno. Bienvenida- le dijo Legolas, sonriendo, para tomarla de la mano.

-Sin trato especial- afirmé sonriendo de igual manera, levantando una ceja. Ella asintió.

-Sin trato especial.

Pensé en mi antigua guardia. Con quienes luché, quienes me sirvieron, con quienes colaboré. Yo volvía a ser una extraña. Tenía que remediar eso, responder todas sus preguntas, lidiar con el sentimiento de que los abandoné y al reino también. Pude entrever todo lo que pasó Thranduil al yo irme. Pero no podía quedarme, por más que los amara, por más que amara a Legolas, por más que lo amara a él. Puse mi mano en mi frente, ya cabalgando hacia la parte septentrional. Lo vi frente al río, con su túnica plata y su amplia corona, con hojas perennes. Me desmonté y solo estuve ahí, a su lado, escuchando el cauce. Rocé su mano.

-No esperes que me comporte magnánimo cuando se trata de ti- me dijo, por todo saludo. -No al menos en mis dominios.

-Lo hiciste, de todos modos.- le respondí, mirando el dorado río.

-No tolero que se hable así de tí frente a mí. Así sea una niña, debió aprenderlo de sus padres. Y sé que si bien lo opinan, también sé que te extrañan. Yo jamás habría hecho eso. Legolas es el que lo hace.

-Lo sé. No te juzgo por ello, pero… escuchar es algo que tu solías hacer más a menudo.

-A ti- me dijo, para agarrar mi mano.

-¿No te has puesto a pensar, alguna vez… que de mí y de Neldaniel… hay un legado que está en tu pueblo?

-No todos son tan bondadosos como los recuerdas. Recuerdo que emborrachaste a dos para avergonzarlos y a las damas que te odiaban también les hiciste una triquiñuela. - me dijo, punzante.

-No todos son así- le dije, tomando su mano, para examinar sus anillos.

-Quizás, como Gil-Galad, te protejo con celo. Como si solo yo pudiera hacerte daño y al mismo tiempo cuidarte como mi más valiosa criatura. Pero no eres nada de eso, suelo olvidarlo. Lo vi en el salón de espadas- me dijo, desconcertado.

-¿Estás asustado por lo que viste?

-Sí, pero no solo por ti. Eres inmensamente poderosa, incontenible. Te conocí siendo una...

-Niña con corona.- le dije. Él asintió, riéndose. Ese fue uno de sus insultos hacia mí y se sorprendió de que lo recordara.

-Ahora eres poderosa- me dijo, mirándome de reojo.

-Thranduil, ¿esto será otro motivo para temernos mutuamente? ¿Así piensas entablar algo conmigo?- le pregunté, de manera franca, poniéndome al frente de él.

-Tienes razón- dijo, para besarme. - Es que sí, eres un espíritu, una llama más grande. Y…

-Yo también puedo salir congelada. Lo sabes- le dije, acariciando su rostro.

-Recuerdo- me dijo, posando sus brazos sobre mi cintura - que por eso me enamoré de tí. Pero era una pequeña flama, chispeante. Ahora es un fuego. Que no es abrasador. Es otra cosa.

-¿Sabes por qué me enamoré de tí? - le confesé. - Porque tu también lo tienes.

-¿En serio? - dijo él suspicaz. - ¿Y por qué más?

-Porque haces lo correcto, a pesar de todo…

-Eso no mejora nada el cumplido.

-Y porque eres el ser más franco y honesto que he conocido. Eres tal y como eres. Y eres increíblemente fuerte. Y te entregas de cora…

Un beso.

-Y porque eres astuto, te lo reconozco. Yo soy demasiado abierta con mis intenciones.

Él me sonrió. Era gratitud, era amor, pero también era alivio. Los dos nos abrazamos. Pero yo sabía que temía. Yo era otra, no me reconocía. Pero él sí. Igual, no entendía por qué accedió a rebajar su orgullo, a dejarme volver así, con todas mis condiciones.

-Porque te perdí- me respondió, ya a mi lado, ambos, en su lecho, abrazados uno contra el otro.- Esa fue una herida que jamás pude sanar. Legolas no te buscó por cuenta propia. Él insistía que volverías y nos encontraríamos. Pero yo no pude dormir. ¿Sabes lo que fue ver todo vacío? ¿Tu habitación? ¿Sabes lo que son los recuerdos, lacerándonos? Lo sabes- me dijo con una inmensa tristeza que no dejaría del todo, bajo ese exterior inexpresivo y altivo. Claro que lo sabía. Claro que sabía de la pérdida. Pero yo huí y él tuvo que quedarse, asumiendo mi vacío. Tuve furia y sí, me sumí en invierno, como te contó Tälum, el desertor.

-Príncipe Tälum, para tí- aclaré, recordándole su matrimonio con Böh, la princesa real de Utumno. Él levantó las cejas, porque ofendido en su rígida estructura social, no podía creer posible que ahora un simple soldado desertor que lo rechazó para ir detrás de mí, fuera un príncipe oriental. Y sabía que yo lo provocaba con eso, que era más abierta en esas cosas (se sorprendió de que yo casara a mi hija con un simple guardia silvano, él jamás habría consentido eso ni lo consintió).

-Como lo supo toda la Tierra Media.- insistió, haciéndome caer en cuenta de que no le importaba- Me enfoqué en mi reino. Al fin y al cabo era lo único que tenía y a Legolas, pero él se fue abrumado por su pena. No entiendo por qué nunca pude… he podido… solo has podido tu- me dijo, sobrepasado. Otra vez se hundía en el pantano cenagoso del desamor, o al menos en su recuerdo.

Yo puse mis dos manos en su frente. Él cerró los ojos. Vi un desastre. Otra vez. Él. Lloraba. Furioso. Por eso se aficionó al vino y a los banquetes. Sin importarle nada. No volvería a sentirse así, se lo juró. Solo veía a las hojas caer. Tenía mi mechón en el pecho y lo quemó. Quemó sus pensamientos, los que tanto me hirieron. Quemó todo rastro de mí. Hasta que vino Legolas. Había sanado con Cirdan. Lo vio ya refugiado en el vino y en su arrogancia y ostentación.

-Sé que no quieres hablar de ella, has cambiado de opinión, luego de que me mandaste a traerla de vuelta. Está en el Este. Más allá de Khand.- le dijo. Otra vez tenía que pasar por esto. Otra, maldita, vez. Pobre de él. Nuestra víctima principal era él y yo estaba segura de que se hartaría. Y se hartó, claro, con la excusa que menos pensaríamos por ese entonces. Esa niña que ahora aguantaba golpes y marchas sin quejarse y que se abalanzaba sobre Elladan y Elrohir con determinación y ferocidad.

Él dejó su copa de vino, deshaciendo su gesto arrogante y ahondando otra vez en su dolor.

-¿Más allá de Khand? ¿Hasta allá fue? ¿Atravesó todo Faradwaith, la tierra de los Haradrims y Aurigas?

-Eso me mostró Cirdan- respondió él, preocupado por su padre. - Hay un reino más abajo del desierto, de orientales. El nieto de quien la crió fue su fundador.

Vi la visión. Yo, con turbante que me cubría la cara y el pelo y los ojos delineados, con un caballo veloz, por el desierto y un águila. Viendo a las orientales bailar y al mismo tiempo yo hacerlo. Pintándome las manos con sus figuras mientras escuchaba su música. Hablando con Farabad, en sus almenas, profusamente decoradas. Yéndonos en el barco. Viendo la infinidad de pueblos, colores del mar y frutos. Y Yatac. Su magnificencia. Sus picos, miles de escaleras. La reina. Se acababa la visión.

-Hay otro reino…- dijo él sorprendido. - Y ella, ella está bien.

-La perdieron en el desierto del sur, padre, junto con Elladan y Elrohir. Ha pasado ya casi un siglo. Es hora de que dejes de guardar rencor. Ve a buscarla.

-No, ella regresará- dijo, entusiasmado. - Ya es tiempo. Los avari, los renuentes. Está con ellos. Bien, le diré a Elrond que, para cuando regresen sus hijos pueden pasar por acá.

-Padre. Con ese orgullo jamás la recuperarás. Hablo en serio. - le dijo Legolas brutalmente. -Ella ha cambiado, yo también. No puedes fingir que nada pasó. Porque pasó. Y mucho.

Él solo volteó su hermosa cabeza, desolado.

-¿Qué quieres que admita? ¿Que acabó conmigo, para que sea feliz? ¿Para que vuelva a hacerme pedazos, otra vez? ¿Que acabó con un futuro que nos hubiera hecho felices a los dos?

-La viste en las visiones, como yo. Ella no es de los bosques, ni del mar. No es de ningún lado, realmente. Su visión va más allá de la tuya. Por eso la amas. Porque… porque ella es un puente…

Yo me turbé. Era lo mismo que me había dicho Gil-Galad en mi sueño.

-Un puente- le dije, levantándome, para apoyar mi codo sobre la almohada.

-Un puente- repitió él. -Uno que me mostró todo este mundo a través de sus ojos. - me confesó. Ahí entendí que nunca habría sido posible. Ni lo será- me dijo con una sonrisa triste. - Y ahora que te vi así...aún lo entiendo más.

-Thranduil…- musité, tratando de comprender, tomando su rostro. Él tomó mi mano.

-Te habría matado. Eso es lo que sé. Tu alma se habría llenado de agua y de hielo, consumida, por mí. Habrías sido otra reina invernal con el alma muerta, con pequeñas flamas y añoranzas. Con o sin nuestro hijo te habrías ido de aquí, porque es un fuego que yo no puedo apagar. Y no es quisiera hacerlo. Simplemente… que somos distintos. Yo… tengo raíces. - me dijo, compartiéndome esa certera, pero dolorosa reflexión.

Todo está hecho de raíces- dijo, levantándose y mostrándome nuestra estancia.- Tu… te elevas. Te elevas como el viento y como el fuego, te expandes sobre el cielo- me dijo, mientras veía mi recuerdo con Lön, volando, después de una guerra infernal de cuatro semanas. Los pedazos de cristal que se adherían a mi rostro, mientras me aferraba sobre las fauces del dragón y veía las innumerables estrellas. Y la Luna. Las nubes.

-Lo entendí justo ahí. Nunca te quedaste en un solo lugar. Nunca fuiste de uno. Todo se ha ido de ti como el tiempo en el viento y el polvo. Yo lo he conservado. Conservo mis tesoros y mis amores y mis… recuerdos. Todo está enterrado, guardado. Aquí- me dijo, tocándose su frente y su corazón. -Cuando me hieren inflijo un daño mayor, pero tu… ni siquiera pudiste poner el puñal en mi pecho- me recordó, con tristeza. Tanto fue el daño que hice en su corazón, o nuestras diferencias.

-Porque te amaba a mi manera. Así como tu a mí- le respondí. -Eso no nos puede haber destruido, porque estamos aquí- le respondí, para besarlo. Juntamos nuestras manos, otra vez.

-Sí, en muchos aspectos nuestras almas son similares. Y por eso jamás dejaremos de amarnos- dijo, ordenando mi pelo, mientras yo acariciaba su mejilla, suavemente. - Seremos felices en esta fracción de tiempo, ambos. Pero debemos irnos.

Yo asentí, entendiendo lo inevitable, para cerrar los ojos y dejar salir dos lágrimas. Él las limpió.

-Neldaniel era el agua...que alimenta el árbol. El árbol que da raíces y da frutos. Fluía a través de ella. Le daba vida. Se adaptaba. El fuego… el aire…

-Consumen un bosque- le respondí, admitiendo lo que no había querido admitirme a mí misma por siglos.

-Y allí también se apagan. Por eso Gil-Galad tenía a Vilya. Era Aire. - me dijo con dulzura. Salían más lágrimas. - Por eso él fue tu Rey y tu marido. Por eso los Avari se entendieron con él. Por eso te preparó a tí para eso. Para abrirnos todos los mundos al resto de los pueblos. No para esclavizarlos con el deseo, como lo hizo Fëanor. Sino llevarlos a la libertad- me dijo, mostrándome a Farabad, siendo coronado, con Miresh, mirándome con gratitud. A los numénoreanos. A los enanos, hablando conmigo y tomando cerveza conmigo. A los distintos pueblos a los que les enseñé el mío y la escritura y el idioma. Yatac, en audiencia con la reina y sus hijos, mientras les narraba la historia de toda la Tierra Media. Los gondorianos, mientras les enseñaba a curar con athelas. Rohirrim, sus caballos. Cómo les enseñé varias cosas también, al lado de Gandalf o sin él.

-Pero- le dije, acariciando su mentón. - El fuego crepita con la madera y lo hace vivir. Lo hace vivir y bailar, alegremente mientras ella suena. Aunque se extingan ambos…

-No he dejado de amarte-me respondió, mientras veía cómo sus lágrimas se deslizaban por su rostro. -Me diste inmensas alegrías. Ahora mismo mi corazón está alegre por tenerte a mi lado. Mi piel, mi cuerpo te extrañaron. Mi alma te extrañó y lloró por tí- me dijo él, mientras yo lloraba en su regazo. -Pero he entendido a qué fuiste y lo que debes hacer.

-Entonces ámame como antes- le dije. - Aunque sea breve. Hasta que las primeras hojas salgan y debamos partir- le dije con voz frágil. - Tómame como antes. Soy tuya. Siempre una parte de mí será tuya como una parte de tí será la mía. Y cuando ese vínculo solo sea un hermoso recuerdo y solo seamos hermanos, o amigos, otra vez… y recordemos a quiénes pertenecemos o mejor, a quiénes aún estamos ligados, recordaremos todo esto. No lo desvanecerá el aire- le dije, para que él me besara con toda su pasión y nos amáramos con tanta intensidad como en el pasado. Ahogué un grito en su hombro, para él besarme en los labios tiernamente y yo apartarle un mechón, húmedo y besarlo otra vez, para gemir. Yo le mostraba toda Yatac, a través de visiones. El enorme y extraño barco, para él, en el mar, mientras los pescadores atrapaban peces extraños. También el enorme río dorado entre las montañas. Él se maravillaba como yo me maravillaba. Comíamos juntos, a la falda del árbol y nos reíamos. Elrond y Glorfindel, silentes. Nunca me dijeron nada en ese momento y lugar y eso lo agradecí inmensamente. Paséabamos juntos, por las estancias, hasta que oímos risas. Elladan, Elrohir. Legolas. Se habían vuelto grandes amigos.

-"No puedo seguirte al Oeste". Seguro vería piratas o pensaría que la pondría a bordar pañuelos élficos.

-Pïn no lo hacía mal, pero seguro me destazaría si le ordenaran hacer eso. No lo sé, se habría aburrido a muerte hasta que le tocara comenzar a cazar orcos.

-Sí, seguro la Tierra Media es tan deprimente para alguien que ha vivido en un palacio de oro, que los árboles no significan nada.

-No ha visto estos- dijo Legolas, sirviéndoles más. - Pero díganme a mí. Una, ama a mi padre, luego a mí, luego se casa, luego se va. La otra, muerta. Y la otra, ¡mortal! Soy más desafortunado que ustedes en estas cosas. Les he ganado, amigos míos.

-Legolas, es preferible, muy preferible que se mueran o se vayan, ¡pero ellas se negaron a irse! ¿Qué clase de maldita broma es esa? Es decir, es la primera, primera vez que él y yo estamos hasta el fondo, sí, amamos a doncellas élficas…

-Que ya con nosotros no fueron doncellas…- acotó Elrohir, para Legolas reírse otra vez.

-Pero esto es distinto. Era distinto. Yo… jamás conocí a alguien como Uë. Ella era como el pájaro de fuego que vimos antes de irnos. Ella era indomable, ella… no quería dueños. Pero creo que la única dueña que tiene es su madre. Verla pelear era algo extraordinario…

-Pïn era muy astuta, también. Amaba cuando me tocaba su violín de tres cuerdas. ¿Podemos ser más idiotas? . Rayos. Ya es mucho vino- se quejó Elrohir.

-No, yo los entiendo. Nimrodel era igual. - dijo este, machacado. - Yo creo que jamás volveré a amar así en mi vida. Es imposible. Como raza, estamos condenados. Condenados. Todos. Miren a su padre.

-Ni que lo digas. - dijeron los gemelos, levantando las cejas. Yo pensé en Celebrían.

-Miren al mío.

-Oye, tiene a Fineriel. Parecen felices- dijo Elladan, sirviéndose más vino.

-Sí, pero no están destinados a estar juntos. Siempre se separan mal, ese es su destino. Es como si… por alguna razón su destino fuese hacerse daño, aunque se amen tanto. No me malinterpreten, los amo a ambos, amo que ambos estén juntos. Pero es mucho hielo contra mucho fuego. Mucha agua contra mucho viento.

-Yo veo a tu padre más sabio. Aunque sí, ella lloró mucho por él, en el desierto. Y en Yatac. En todos lados.

-Ni te digo lo que pasó acá. - suspiró Legolas. - Pero él la quisiera acá, la quisiera hacer su reina... pero ella es libre. Por eso la ama. ¿No es horriblemente complicado el amor?

-A la mierda el amor- dijo Elrohir, brindando.

-A la mierda- dijeron los otros dos.

-Quizás existan en Rivendel o en Lorien algunas elfas que puedan quitarnos esta desazón, amigos. No hay otra maldita opción- djio Legolas, ya embotado. - Si mi padre pudo, si Fineriel pudo, todos podemos.

-Te aseguro que no hallaremos a nadie y mejor cierra la boca- le dijo Elrohir, para darle más vino.

Thranduil y yo nos miramos. Ahí acababa de resumir toda nuestra relación. Pero él se echó a reír.

-¿Qué?- le pregunté, al contagiarme su risa.

-Ellos pudieron expresar en palabras más sencillas lo que somos. Es esto, tan simple, al fin y al cabo.

Yo lo besé, otra vez.

-Hagámoslo simple, entonces.

Nos reíamos, como tontos. Hacíamos bromas estúpidas, borrachos. Yo le ponía plumas y él a mí. Nos bañamos así, en su estanque privado, vestidos. Despertamos mojados, despeinados. Él comenzó a reírse de mí, por mis plumas pegadas. Yo también de él. Nos miramos en un espejo, para morirnos de hambre y amor en su recámara. Fue un invierno dulce, el más dulce que recuerde. A veces, dormidos, oíamos los cantos de Legolas, Elladan y Elrohir, a quienes conducía en los entrenamientos. Thranduil gruñía.

-¿Es este el castigo que me envía Mandos por adelantado?- se quejaba, para yo reírme y tomar su brazo, envolverlo hacia mí y acomodarme, por toda respuesta.

-Sí- le decía, después de un rato.

-Hazlos callar- me ordenaba somnoliento.

-Puedo distraerte de una mejor forma- me decía, para sonreírme y yo besarlo. También solíamos distraernos mientras entrenábamos. No se lograba concentrar, pero fue más rápido que yo tratando de encajar la ramita en la moneda, por ejemplo, o en no dejarse distraer por el entrenamiento que con Iä me costó casi todo. Eso sí, yo seguía superándolo en varias cosas, aunque él aprendía rápido y con tenacidad. Era un gran alumno y por eso era el rey, lo demostraba ampliamente. Eso hacía que lo amara también. Se aplicaba bastante, a mi lado o a solas, aunque nunca quiso estar sin mí en ese otoño e invierno.

Yo también veía los entrenamientos. Tauriel, siendo niña, no se rendía, a pesar de las crueldades de sus compañeros infinitamente mayores. Elladan le pegó una patada muy fuerte. Yo detuve a Legolas.

Tauriel se limpió la sangre, y se acomodó.

-Lo sient…

La niña se abalanzó, para tratar de tumbarlo, pero Elladan era más fuerte. Sin embargo, le vio mucho empeño.

-Vaya. Qué talento- se dijo, riéndose, para ella atacar sin tregua.

-¡Eso! ¡Concentración!- le dije a la niña, que seguía igual.

Llegó el invierno y Thranduil solo tomaba copos de nieve para mí. Su corona ya no tenía hojas. Me había dado una a mí. Elrond solo veía a sus hijos entrenar con Legolas, junto a Celeborn. Fue mi primer invierno en occidente, al que no abandonaría hasta hoy. Otra vez. Blanquísimo, congelado, casi muerto, pero crepitante de vida. Luego, las nevadas. En Yatac los inviernos también los ordenaban ellos, limpiando constantemente la ciudad y dando a los habitantes cómodos hogares. Solo veía nuestras manos y rostros, al lado del fuego ardiente. Ahí también hablé con Legolas, sobre el cambio de su padre, por el que me sentía muy feliz, a pesar de tener que dejarlo.

Nunca entendí cómo lo entendió, a no ser porque Legolas me contó que tuvo mucho tiempo para pensar. Entrené a ambos, pero veía a Legolas más sereno y divertido, al lado de Elladan y Elrohir, que no cesaban en su empeño por olvidar y encontraron en él un hermano de lucha. Así, volví a entrenarlo, junto con mis antiguos compañeros de guardia, al lado de ambos, pero también a Thranduil, que avanzaba cada vez más y cuya curiosidad se abría hermosamente para mí.

-Por favor, cuídalo así- le rogué a su hijo, que levantó las cejas.

-Será una difícil tarea.

-Lo sé. Pero yo estaré en lo que más pueda. No dejes de escribirme. Y llamarme, en tus pensamientos.- le dije, para abrazarnos. Lo llamaron Elladan y Elrohir, para irse a hacer guardia. Él me miró entusiasmado. Yo le sonreí. Tauriel fue detrás, para mi sorpresa.

-¿Te dejaron ir?

-Yo me invito sola- dijo, para irse con su arco y flecha. Admiré la tenacidad de esa niña. Yo, mientras tanto, aprovechaba lo que me quedaba de tiempo con su rey. De ese modo, me enfoqué en enseñarlo a usar las espadas de otros modos. Él solo me pedía explicaciones de los libros gigantes de Yatac y pedía otra vez que le contara todo, exprimiéndome hasta el último recuerdo y aprendizaje. En los banquetes volvíamos a ser los mismos de antes, aunque Legolas reía más, con las ocurrencias de Elladan y Elrohir. Nos arropábamos juntos en invierno, por el frío y no queríamos salir. Fuimos felices, amándonos en medio de un duro invierno que tuvo lugar casi medio año. En un frío amanecer, nuestro último amanecer en el aún Bosque Verde, él sacó un collar, negro. Como el que tiré la última vez.

-Oh, no, Thranduil…

No me respondió. Solo me lo puso sobre mi cuello.

-De veras, nunca acepté nada en el pasado- le dije. Nos besamos por última vez (no sería la última vez que nos entregáramos el uno al otro) . Él me miró largamente y yo a él.

-Estás aquí. Y aquí- me dijo, señalando su cabeza y corazón.

-Y tu estás aquí- le dije ofreciéndome. Él se rió y yo salí, mirándolo, para luego cerrar los ojos, sin esta vez tener un peso en mi alma. No aguanté. Corrí y él a mí. Nos abrazamos otra vez y nos besamos como cuando nos vimos hacía un año largo. Separamos nuestras manos, mirándonos largamente.

Volví a Rivendel y te abracé. Ya eras una mujer. Y tuve que explicarte muchas muchas, muchas, muchas cosas. Ahora te explico esta. Por eso lo defiendo, siempre, de lo que dicen. De su mezquindad, por ejemplo. Él solo quería proteger lo que construyó, así como ïa, aunque sus esencias fueran distintas. Él era raíz, ella era aire. Yo era fuego y ambos. De su egoísmo y su vanidad. Pero en verdad, solo cambió eso por Legolas y por mí. Y esa fue de la manera más dura, porque sabía que no lo vería por última vez. La última fue la peor. Porque todo lo hermoso que él y yo construimos juntos y separados, se cayó en seis siglos, a pesar de nuestra persistencia. Y esa esterilidad pesó sobre nuestras almas y nuestras acciones de una forma terrible para ambos.