20. El asunto del collar
Rivendel
Una cena. Frugal. Un arpa. Arwen habla con Aragorn, mirando hacia las cascadas. Elladan y Elrohir oyen solo un poema, al lado de su padre.
-¿Y dónde se halla la reina viuda de Lindon?- se preguntan quienes acompañan al señor de Rivendel.
-Ha sido el aniversario de Dagorlad. Hace tanto cayó el rey Ereinion y su partida se siente como si fuese ayer- dice uno de los elfos de cabello oscuro a los otros. -Solo ha visto al dúnedain y se ha recluido en sus aposentos.
-Debió irse a los Puertos con su hija, pero el juramento de su casa está en la sangre de todo descendiente de Fëanor. - responde otro.- Es una locura. Ha sufrido por locura y vanidad, voluntad propia o por su espíritu. Es un hado que siempre la perseguirá.
-Siento que son todas- afirmó uno de los elfos de alto rango, llamado Erestor. -Tampoco veo a Glorfindel aquí.
-Seguramente es el único que le puede dar palabras adecuadas en tan duro momento. Jamás debió quedarse aquí.
-Estoy de acuerdo. Sus sufrimientos han sido en vano- afirmó el primer elfo.
Lo que no oían los elfos era el rasguido del aire. Un grito de guerra, en el ala opuesta de aquel santuario.
-De nuevo. Eres ligera, pero su peso no debe abrumarte.
Ella, con su cabello alborotado, vestida como guardia, exhala. Tiene a Aiglos en sus manos.
-Glorfindel, no sé por qué estamos haciendo esta locura. Pero lo siento, lo siento en mí. La lanza me llamó. Y el cofre del rey de Utumno solo avivó ese deseo. Ahora más que nunca… siento que debo blandirla. No sé porqué. En Angmar no fue así, es como si ella y yo no nos hubiésemos pertenecido, a pesar de matar a dos dragones. Ahora, ahora es como si… -dijo, balanceándola, ella misma me invitara a usarla. A ser parte de mí- dijo, para alzarla con una mano, en posición de ataque.
-Quizás es lo único que ha sido verdaderamente tuyo, aparte de quienes has amado. Pero no amas en demasía ninguna otra posesión, más que esta. Y quizás ahora ella sabe que eres digna. Al fin- le dijo, orgulloso. Ella la observó largamente.
-"Gil-galad ech vae vaegannen matha. Aith heleg nín i orch gostatha. Nin cíniel na nguruthos hon ess nín istatha: Aiglos"- leyó ella, tocando su punta. Su punta de hielo, que no la lastimaba.
-"Gil-galad porta una lanza de buena factura. El Orco temerá mi punta de hielo. Cuando me vea, temiendo la muerte conocerá mi nombre: Aiglos"- repitió Glorfindel, solemnemente.
-Debo irme acostumbrando a ella. Y ella a mí. Otra vez- le dijo Fineriel, para alzarla otra vez y moverla rápidamente. -Nos necesitaremos mutuamente en un día no muy lejano. Le dí mis más grandes lágrimas de dolor. Ahora solo verá mi furia. - dijo, para arrodillarse, cansada.
Trató de atacar una vez más, pero fue repelida. Glorfindel no se movió.
-¿Será que es… porque soy, de mi hijo, mi marido y yo, la más baja de todos sus portadores?- bromeó, mientras veía el sudor caer sobre el piso.
Oyó un bufido. Glorfindel se rió. Solo ella podía destruir así un momento solemne. Y ella solo vio una mano que la alzó, para atacarla con una espada. Ella bloqueó el ataque con la lanza, para girar, con las dos manos y acorralar a su maestro.
-Justo así- dijo este, satisfecho. Ella la miró, otra vez, respirando fuertemente. Cerró los ojos. Y Glorfindel vio a Thranduil, en el funeral del príncipe enano Thórin Escudo de Roble ,con su séquito, entregársela. Galadriel la envió para ella. Ahí entendió que ya era digna, pero había sacrificado su corazón en el proceso. Su última y máxima prueba. Había roto todas las reglas desde su nacimiento. Todas. Incluso el amar a Gil- Galad más allá de Mandos, cuando se enamoró de Thranduil y este de ella, aunque los dos siguieron amando a sus esposos. No, ambos probaron que no todos los elfos podían dominar su cuerpo y su espíritu. Pero, al final sí pudieron, luego de aprenderlo duramente, tras los siglos. Por eso fueron señalados, cuestionados, rechazados por muchos seres de su raza por milenios. Ella, claro, juzgada por no honrar a su marido, como si no lo hubiera dado todo, como si no se hubiera quedado y sido esclava, torturada, vivido en las sombras o ayudando pueblos por siglos. Él, por su mezquindad y por ceder a sus deseos y satisfacción. Ambos, parias, a su manera, así ningún alto elfo les hubiera dicho nada. Al final, lo entendieron, no por todos esos comentarios. Lo entendieron ambos, lo entendieron desde sus espíritus. Lo entendieron luego del sufrimiento mutuo e infligido, lo entendieron también desde lo mucho que se amaron. No fue por desamor, sino por finalmente entender que amar iba más allá del deseo sino de liberarse y ser liberado, así fuese con dolor. Porque el espíritu iba más allá de tales añoranzas y es lo que a ella le había pasado, a costa de toda su felicidad. Y él, al entregársela, también tuvo que dejarla ir, para siempre. Había aprendido algo inmenso que ella le había dejado y que ni todas sus joyas le dieron en milenios. Y ahora él tenía mucho que hacer.
-Tu acertaste. No pudo funcionar. Romper las reglas cuesta muy caro para todos los implicados. No pudo, siquiera… renacer. O renació, como leves chispas, antes de apagarse en la oscuridad. Y créeme que como Esgaroth y la ruta hacia el este, lo intenté.- dijo, examinando la lanza, con pesar.
-Pero nunca fue un fracaso, Fineriel. Él te llevó hasta Aiglos, la entregó literalmente en tus manos. Y tu lo llevaste más allá de su reino. Por primera vez en muchos siglos, se dio cuenta de que no podría volver sobre sí mismo jamás. Y no lo ha hecho. Lo lograste- dijo este, colocando una mano en su hombro. Ella suspiró.
-No lo había visto así hasta ahora, solo vi el dolor y la añoranza. Y lo sigo amando, pero...Aiglos está aquí- dijo ella, tocando su pecho. Comencé a verla en sueños. La siento. Me recordó de repente, quién era. Mi promesa.
-¿Viste también a Gil- Galad?
Ella asintió, mirándola aún, sin decirle nada.
-¿Luego de tu viaje a Utumno?
Ella volvió a asentir.
-No sé cómo… explicarlo- dijo, observando la perfecta y simple curva de la lanza que vio blandir por su marido y su hijo durante muchas veces. - Aragorn… tenía solo once años. Fue una visión.
-Una visión- dijo este, acercándose, intrigado. ¿Cómo?
Ella lo miró. Un niño, de cabello oscuro y ojos grises, tratando de encajar una ramita en una argolla.
"-Esto es aburrido. Peleemos otra vez, por favor- le dijo a su nana y maestra, en medio de las hojas secas de otoño.
"-No. Hasta que la encajes. Vamos. Es divertido.- le dijo ella, vestida de verde agua. Aragorn la miró, decepcionado, aunque se fijó en su collar.
"-Es muy lindo.
"-Gracias. Un regalo de mi marido. Eso no te salvará- dijo ella, suspicaz.
"-No, en serio está brillando.
"-Sí, es brillante, es muy brillant…
"Las hojas revolotearon. Ella lo miró otra vez. Sí, refulgía, como si estuviera expuesto a miles de soles, de todos los colores. Y ahí estaba, una imponente criatura de cabellos plata y túnica oscura . El niño vio cómo ella palideció y el fuego que había en sus ojos oscuros se apagó de repente. Ella se cayó, abrumada, mientras él estaba angustiado y gritaba, y también lo veía. Tenía el tamaño humano, pero iba, dejando una estela de confusión y de una energía que no lograban comprender. Todo se hizo borroso y oyeron miles de lamentos y arrepentimientos. Sin embargo, él apuntó la varita contra la terrible criatura, de belleza temible, que se veía como un hombre, pero no lo era. Hizo el ademán de proteger a su maestra, que se levantó, para dejar a Aragorn tras de sí. El collar refulgía, como si ella estuviera en un trance.
"- Fineriel- dijo el niño, igual de asustado. Jamás la había visto así.
"Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará sobre las montañas", dijo ella, acercándose levemente hacia la criatura extraña. Aragorn entendió.
"-¿Es ese…?
"Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo- repitió ella, mientras él extendía la mano y ella la tomaba.
"-¡No! ¡Fineriel!- gritó él, pero pronto supo que no podía moverse. Estaba aterrado.
"El juramento los impulsará, pero también los traicionará, e incluso llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos- dijo, tomando su mano.
"Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. - dijo, mientras Aragorn avanzaba, pero ya no podía acercarse a ella.
"Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven. - continuó ella, mientras la veía temblando y apenas sí pudiendo andar sobre sus pasos.
"- Los Valar han hablado- le dijo en un susurro y una mirada más allá de este mundo, que dirigió al niño, que no daba crédito a sus ojos. Y más aún cuando vio a una elfa rubia, con una corona de flores y ramas. A un elfo de cabellos y ojos oscuros, muy parecido a ella y…
"-El Rey Supremo. Ereinion Gil-Galad- dijo este, ante un elfo alto, hermoso, grave y poderoso, con una corona refulgente y con una estrella en la frente. Su cabello era oscuro y su mirada emanaba mucha bondad y magnificencia.
"-¿Por qué yo? - le preguntó ella, extendiendo la mano hacia esos tres seres que Aragorn reconoció de inmediato. La reina del Bosque Negro, el príncipe Gil- Galeth. El niño vio que ella casi no se podía sostener. Vio a la criatura señalar su pecho. Ensangrentado. El collar también.
"-Pero, otros…
"-El sacrificio último habrá de llegar.- le respondió la criatura con miles de voces masculinas. Aragorn quedó helado ante ella.
"-¿Compareceré ante su justicia?
"-Obedecerás a la naturaleza de tu juramento, que no has cesado en mantener. Pero solo los verás ahí…
"-Es imposible… no soy digna- dijo ella, bajando la cabeza.
"-Ya nos diste todo lo que tienes, nada posees ni querrás poseer. Solo permanece algo que siempre pensé que me sería dado. A mi hermana has hecho una promesa. He ahí tu pago.
"Ella se acercó más, mientras el Rey Supremo extendía su mano y ella la sentía , para de pronto, desvanecerse. La criatura ya no estaba. Todo seguía igual. Aragorn estaba aterrado y se fue a socorrer a su maestra.
"-Él era…
"Ella asintió, levantándose suavemente, mirando sus manos. Abrazó al niño.
"-¿Podrías dejar esto solo entre nosotros, por favor?
"-Sí, pero Lord Elrond notará que estoy perturbado. No tardará en saberlo.
"-No sé por qué tu estuviste ahí. No entiendo lo que ha pasado. Solo sé que… por favor, no se lo digas a nadie- le rogó. Este asintió, para abrazarla otra vez.
"-Significa… que te dijo que…¿ellos volverán? - le preguntó Aragorn a la pelirroja, que estaba igual de alterada.
"-No lo sé…o no sé si moriré…
"Aragorn la miró preocupado. Analizó, ya lo hacía a tan corta edad.
"-No lo sabremos- respondió el niño, para tomar la ramita y darle algo de alivio a su maestra, que seguía respirando fuertemente. Hizo lo que debía, sin protestar más. La apuntó, mientras la argolla se movía aún por el viento. La encajó. Miró otra vez sorprendido a su maestra elfa, que exhaló, sorprendida y con una sonrisa de alivio.
"-¿Sabes lo que me costó hacer eso? - le preguntó increíblemente sorprendida.
"-¿Ahora sí vamos a pelear?- le preguntó, para ella asentir, sonriendo levemente."
Glorfindel salió del recuerdo. La miró trémulo y sorprendido.
-Mandos.
Ella volvió a asentir, mirando duramente la lanza.
-Solo Luthien pudo conmoverlo. Y sólo yo pude regresar. Y ahora… tu.
-Eso me ha perturbado durante treinta años-le dijo ella, mirando la lanza. - Si no es con mi muerte, ¿cómo los veré otra vez? Y no dejo de preguntarme lo que Aragorn también me preguntó. Es imposible.Y yo no soy digna de ello. Tu, yo, Elrond, Galadriel, Thranduil, Arwen. Todos. Todos hemos sufrido por el Hado de los Noldor. Todos hemos pasado trabajos. Así que, ¿por qué yo? Confiaba en la promesa de Ïa, en su visión. Las visiones llegan a ser ciertas, el punto es que no sabemos cómo, ni cuándo. Pero esta… ¿esta qué significa si no compareceré ante su justicia? ¿Qué es lo que debo perder si no es lo único que poseo? Porque sé y he enseñado bien a los que me aman que no me pertenecen. Y en estos últimos tiempos Aiglos me ha llamado. Yo he venido hacia ella. Solo sé que deberé empuñarla si debo comparecer ante él o no. No lo sé.
Hubo un gran silencio entre los dos. Ambos pensaban, mirando la lanza del gran Rey Supremo.
-Recuerdo que… tu me dijiste una vez que la reina de Utumno te dijo que lo diste todo, incluido tu corazón. Quizás por eso estabas sangrando al lado de Mandos. Y que sea precisamente quien más amas a quien sacrificaste, porque a todos los has entregado, uno a uno, solo te hizo digna de ella. Y él fue quien te entregó a Aiglos. Nunca quisiste nada para tí, ya no lo conservas. Solo la determinación imparable que perteneció a Fëanor una vez. Pero no está contaminada de dolor ni venganza. Ya no- dijo, examinándola.
Ella pensó en Thranduil, cerrando los ojos. Sí, fue lo último que tuvo que dar. Todo el amor inmenso que sentía por él. Que se diluyó con los siglos entre heridas mutuas y fracasos inmensos, pero que siguió siendo el mismo hasta cuando le dio el último beso. Pudo ser la madre de un príncipe pelirrojo. Pudo ser la nueva reina y vivir ahí, hasta que los días pasaran y el tiempo los convirtiera en leyendas. Se murieron al separarse, pero ella estaría muerta con él. Así era su condena. Hasta que entendió que eso no era el amor. Todo el amor que sentía por él. No era la posesión. Era la sangre que derramó al lado de Mandos. Que vio con Ïa.
-Tu tuviste razón así no dijeras nada. ¿Lo recuerdas?
-No dije nada- le dijo Glorfindel, sonriéndole dulcemente.
-¿Por qué nunca me confrontaste? Debiste decirme, como todos, como muchos, de tantas razas, que no honré a mi marido, que rompí las reglas, que era indigna, que era una inconsciente, que solo me hacía daño al creer en nosotros, que mi causa era perdida, que…
-¿Quién soy yo para confrontar o juzgar a tu corazón? Además solo eres mi hermana. Ya tienes mi amor, a pesar de lo que te hagas. Es algo que sola debías aprender- dijo él, tomando su mano.
-Además, para eso está Elladan- bromeó. Ella asintió, suspirando y levantando las cejas.
-¿Te acuerdas cuando hacía esto? - le preguntó Glorfindel a ella, que negó con la cabeza y él tomó a Aiglos y la derribó.
-¡Oye!
-Algo muy Lindon, ¿no?- se burló. Ella asintió, riéndose, mientras él le daba otra vez el arma.
-Gil- Galad y tu adoraban hacer eso. Nunca entendí por qué- dijo ella, atacando otra vez. Él sacó su espada, sonriendo, mientras las armas chocaban.
-La verdad, nos encantaba hacerte enojar- confesó, para ella indignarse.
-¿Ves?
-Todavía- respondió ella, para elevarse y manejarla con una mano. Esta chocó contra el suelo. Él la miró provocador.
-Pero te recuerdo que ya no es tan fácil hacerme enojar. O bueno, no podría enojarme contigo. - dijo ella, burlona y rodeándolo.
-Sí, no soy yo quien te haría enojar fácilmente. Está Elladan, por ejemplo, que está escondido justo ahora con su hermano viéndonos pelear. - dijo, para que salieran ambos hermanos, suspirando, descubiertos.
-¿Fue tan obvio? Todos creen que estás llorando en tu habitación por Gil-Galad otra vez. Nosotros también, pero no te habíamos visto tomarla en años- dijo este, sorprendido.
-Generalmente, andaban cazando orcos. Llevamos entrenando cinco años.- dijo ella, para esquivar otro ataque de Glorfindel. Los gemelos notaron que era demasiado larga para ella.
-¿No eres un poco baja para esa arma? Sin ofender- le preguntó Elrohir.
-Si no me dices- dijo ella, balanceándola otra vez, para cortar un pequeño mechón de Glorfindel. - No me doy cuenta. - En verdad acabas de romper mi corazón- expresó con ironía, para el elfo rubio y Elladan reírse.
-Lamento ser portador de tan malas noticias- se burló Elrohir. Los dos pararon, mirándose largamente, y respirando fuertemente.
-El punto es que no debería costarte si Ïa te entrenó, ¿no?- preguntó Elladan, acercándose a ella.
-Es cierto, parece que fueras un niño mortal que apenas sabe tomar una espada- observó Elrohir.
-Ven acá.- dijo ella, suspirando. Elladan y Elrohir se acercaron. Ella se las dio. Elladan fue el primero en tomarla y casi se va hasta el suelo.
-¿Qué?- preguntó desconcertado.
-¡Vamos! - le respondió su hermano burlón, para tomarla él y también casi irse hasta el suelo.
-¿Qué?
-La lanza sabe que ustedes no son sus dueños. - afirmó Glorfindel, limpiándose la frente. Hasta ahora se acostumbra a Fineriel y esta a ella. Otra vez.
-Intenten atacar a Glorfindel- respondió Fineriel, cruzada de brazos. Elladan la cargó, con temeridad y se abalanzó ante el elfo rubio, que con un espadazo la repelió. Elladan se elevó, con trabajo, pero se fue detrás y se cayó, para risas de Elrohir y Fineriel. Elrohir la tomó, con las dos manos, para atacar, pero se quejó por el dolor en su mano.
-¡Pesa como un castillo entero! ¿Qué era Gil- Galad, un maiar?- preguntó en broma. Fineriel se echó a reír.
-¡Gracias por ese homenaje! Es distinto a todo lo que he tenido que oír en años- apuntó, para risas de Glorfindel. El Rey Supremo, estrella del Norte, nuestro más grande señor de las tierras del último reino libre y hermoso. Su pobre viuda llora por su alma perdida. Y era un maiar. Ni su pobre esposa lo sabía durmiendo a su lado- dijo con fingida voz solemne, mientras Elrohir seguía atacando con tenacidad, quejándose por el dolor. Este se la entregó, rindiéndose, adolorido.
- No pesaba tanto. Era alto y enorme, pero te aseguro que no pesaba tanto…- afirmó con certeza- ... si te llegabas a acostumbrar- observó burlona, tomándola, con ligereza, para que Glorfindel se riera, junto con Elladan. Los dos la veían diferente. Era la primera vez en años que no se apartaba de todos, como solía hacerlo, para recordarlo.
-Ella desea volver a ser empuñada y me ha elegido a mí. Al fin.- afirmó sonriendo, para sí.
Arwen y Aragorn llegaron a la sala, atraídos por el ruido.
-Te creí atrapada en tus recuerdos, al menos esta noche. Fue la fecha exacta en que cayó- le dijo ella a la dama pelirroja, pues había sido exacto el día en que Sauron había sido derrotado.
-Hace edades estoy atrapada en ellos. Pero he encontrado una manera de reinventarlos en mi prisión- le dijo, amable. Aragorn le sonrió, con bondad.
-Ah, ¡que él la tome!- dijo Elladan, mientras Elrohir pasaba su brazo por su hombro.
-Vamos, amigo. Es tuya- dijo Elrohir, ofreciéndosela. Aragorn se negó.
-No pertenece más que a mi maestra.
-¿Tienes miedo? Vamos, a ver si tu la resistes más- dijo Elladan.
-Él ya dijo que no- insistió Arwen, a punto de molestarse.
-Siempre puedes decir sí después- insistió Elrohir. -¡Vamos!
Glorfindel miró la escena bastante interesado, al igual que Fineriel.
-¿Estás seguro? - le preguntó ella. Aragorn levantó sus cejas.
-No.
-Te hemos enseñado la modestia bastante bien. Vamos, no pasará nada- le dijo, ofreciéndola. Él asintió y la tomó, con las dos manos, para elevarla, trabajosamente.
-No es tan pesada…
-¿Qué?- se preguntaron los gemelos al mismo tiempo, acercándose rápidamente.
-Ahora ataca a Glorfindel- le dijo Elladan, sin poder creerlo.
-Yo…
-¡Vamos!- insistió Elrohir.
Este la levantó, trabajosamente, con una mano. Usó la otra. Glorfindel le dio un espadazo que él paró, para apuntar y tomarla otra vez con gran trabajo, y defenderse. El elfo era implacable y atacó otra vez, para Aragorn esgrimirla con un solo brazo y tirarla, cansado.
-¿Por qué él si pudo…?- se preguntó Elladan, mientras Elrohir solo analizaba.
-Es caprichosa. Es todo- les dijo Fineriel, tomándola como si fuera una ramita y ayudando a Aragorn a levantarse.
-No lo creo, pero no nos dirás nada ahora ¿verdad?- dijo Elladan perspicazmente. Ella asintió, levantando las cejas. Ya con Arwen, la tenían entre las dos, en la mesa de sus aposentos.
-¿La verdad? Ella cree que él también es especial. Pude sentirlo. Ella sabe lo que yo sé. Somos una, cada vez más. - le confesó, con certeza. Arwen la miró, con el mismo gesto. Uno de gratitud y de alivio, pues hacía años no veía a su dama principal, a su maestra y a la de sus hermanos sin consumirse en los recuerdos y el silencio. En esa noche en particular.
-Siempre me he preguntado por qué lo creíste. Porque yo lo creo. Pero tu estuviste con él desde que nació. Vino contigo al mundo.
Ella sonrió, recordando cómo tuvo que asistir en el parto a Gilraen, la Bella, con quien solía tener contacto y darle noticias sobre su hijo. Arathorn, Elladan y Elrohir habían tenido que defenderse de un ataque orco. Ella estuvo ahí, con las demás mujeres, hasta que lo recibió, tomando su mano.
-Porque su abuela vio en él esperanza. Así me lo dijo en secreto. Y yo solo me aferro a ellas, a cualquiera, hasta hacerlas crecer como un gran fuego. Ivorwen era una gran vidente, no al mismo nivel de tu abuela o de ïa. Pero yo le creí. Y con el pasar de los años, esa certeza jamás se ha ido de mí. Cuando te vio por primera vez y supe lo que pasaba con él, cuando su madre le habló de que tu padre no consentiría nunca su unión por no tomar lo que era suyo… yo estaba ahí, supe que él tenía ya en su corazón tu luz y tu amor, pero también su destino. Y en eso lo hemos ayudado infinitamente. Por eso en cada paso que da procuro guiarlo y enseñarlo. Él habría podido seguir atacando. Pero no le he enseñado a usar su fuerza en menesteres vanos. Su modestia y su sabiduría lo hicieron digno de la lanza, pero él sabe que otra arma es la que le pertenece.- le dijo, tomando a Aiglos otra vez.
-Narsil…- adivinó Arwen, mirándola con temor.
-Ahora siento lo que sentiste al partir Gil- Galad. Las innumerables veces que Thranduil también temió por tí y tu por él. También siento que mi hado será amarlo y que esas promesas que viste en la reina de Utumno y en su abuela… y en la mía… se destruyan con solo un soplo de Mandos. Que mis propósitos solo sean cenizas…
Ella solo tomó su rostro, colocando suavemente a Aiglos en el regazo de ambas.
-Yo, que ahora solo soy la reina de las cenizas, que he vivido años innumerables en ellas, te diré que eso no será, porque hay algo en ti que te impulsa a seguir amándolo y en creer, como yo. ¿Nos queda algo más ante nuestro hado?
-Tengo miedo… le confesó al fin. Ella negó con la cabeza y la abrazó, para acariciar su cabello.
Porque tienes algo muy valioso a lo que has dado todo de ti. Y lo seguirás teniendo, pero...está en ti dejar que el mundo cambie con sus días y noches y Arien nos ilumine y Varda nos acompañe y que los ríos corran y los hombres sigan su destino. Además estoy yo, aquí, para recordarte que así me miren con pesar y las leyendas hablen de una reina enloquecida de dolor que dejó ir a sus hijos y sacrificó todo lo que tiene… ella está aquí para recordarte que la esperanza no es locura, que la pasión no es perdición ni fuego consumidor sino lo único que te mantendrá para despertar en la mañana y ver el amanecer, el ocaso y las estrellas y hallar sentido a tus días, en el transcurso de los siglos. Que no solo está en él. Está en tí. Por tu madre, por tu padre, por tus antepasados…
Arwen le sonrió, entre lágrimas, tomando su rostro.
-Y por tí…
-No… eso lo has logrado sola…
-Gracias a ti- dijo Arwen, besando su mano y recostándose a su lado como cuando era una niña. -Ni él ni yo… habríamos podido sobrellevarlo tanto de no ser por ti. Porque tu espíritu rescató al nuestro. El rey del Bosque Negro siempre tuvo razón en ello.
-Tuvo razón en muchas cosas. Pero también yo- dijo, sonriendo con tristeza. Arwen miró a Aiglos, y la rozó con sus dedos.
-La última vez…te la dio Thranduil, ¿verdad?
Ella asintió, dolorosamente.
-¿Lo sigues amando?
-Con todo mi corazón- admitió ella. Arwen le sonrió tristemente también. - Pero es distinto ahora. Me costó hasta las entrañas entenderlo.
-¿Cuándo comenzaron a resquebrajarse, otra vez? - dijo ella, peinando su cabello.
-Cuando volví de nuestro último encuentro, el último que tuvimos en paz porque los otros no estarían desprovistos de dolor otra vez. Fueron seiscientos años. En muchos años, repartida entre Este y Oeste, tuve que entrenar, como prometí, a muchos de los nuestros y los dúnadan. Volver a recorrer un lugar que había cambiado en lo absoluto. Yo también lo sentía. Sentía que todo había cambiado. Sentía el mal renacer. Legolas entrenó conmigo y viajó conmigo hasta incluso el desierto por largos años, así como Elladan y Elrohir. Luego su padre lo llamó de vuelta. Gandalf me envió en variopintas misiones. Osgiliath, a consolar, enseñar y a curar. Aprendí todo de Ïa, por lo que apliqué el mismo modelo allí. Esgaroth estuvo bien los tres primeros siglos. Y como no me necesitaban, pues Sën eligió a un gobernante capaz (¿te acuerdas del señor de la casa de la reina Ïa? él mismo), prescindieron de mí. Me admitieron con todos los honores, todas esas cosas que para mí, como los cantos fúnebres de mi marido que se repiten para mi tortura justo este día, no significaban nada. Yo los advertí.
-Tengan cuidado con todo lo que obtienen. No toda prosperidad, en exceso, es buena. Los puede perder. Lo he visto- le dije a Sën, que ya era un lóngevo anciano, pero parecía muy joven aún, gracias al poder del reino de Utumno.
-Oh, señora. ¡Estaremos bien! Y muy lejos ya del mal, que derrotamos, y de los aurigas. Adkhül y las ciudades hermanas nos ayudan- dijo.
-Recuerda que todo se puede perder, Sën. Siempre piensen en aquellos que tienen menos. Será la única manera en que este lugar seguirá existiendo, porque la riqueza en una sola mano solo traerá males.
-Señora, siempre confiaremos en tus enseñanzas. Las tenemos presentes- dijo, para hacerme mirar mi espada, del reino de Utumno, larga y verde. Yo no confié en sus palabras y una risa burlona de Thranduil me lo confirmó, ya cenando ambos, juntos otra vez, luego de vernos, de forma intermitente, por todos esos años.
-Son hombres. ¿Qué esperabas?
Suspiré, mientras él me daba un beso en la cabeza.
-Aún así, sigues comerciando con ellos. Y veo que te han dado réditos- le dije, levantando las cejas.
-No me vas a juzgar por sacar ventaja, ¿no? Son poderosos. Y tu estableciste el tratado precisamente por eso- me dijo, poniendo una daga sobre la mesa y jugando con ella.
-Te juzgaría si no te conociera bien, ¿no crees? - le pregunté, preocupada.
-Sí, sé que te preocupa que lo echen todo a perder. Pero yo te informaré, puedes estar tranquila.
-Es… demasiado. Es absurdo, es obsceno.
-¿No sería peor que no tuvieran nada? Ahí sí estarías lamentándote y rogando por mi ayuda. Como antes. Y no diría que no… pero no te entiendo- me dijo, señalándome con la daga.
-Sabes que algo así, un tesoro así, haría que comenzaran a rodar cabezas y que las ciudades cayeran. Lo hemos visto.
-Puede ser. Pero ese tal Sën, aunque despreciable, es listo. Solo alguien así podría gobernar una ciudad llena de codiciosos y visionarios. No te preocupes. Todo estará bien- me dijo, para tomar mis hombros y besar mi cuello.
-Te extrañé- me susurró, para yo sonreírle y ser guiada a sus aposentos, tomada de su mano. Claro, nuestro acuerdo, en ese entonces, fue ser nosotros, pero juntos… también. Con todo lo que ello implicaba. Ese había sido nuestro acuerdo. Igual no podíamos resistirnos, por entonces hasta que ya extinguimos todo lo que pudo extinguirse.
Legolas me contaba de su viaje al Este. De cómo fue recibido en Adkhül por el mismo príncipe Ïe. Estaba maravillado, pues la cadena de ciudades, a pesar de la amenaza Auriga, se mantenía bien. Pero le preocupaba también Esgaroth.
-Hay tanta riqueza aquí que es peligroso. Mi padre también lo sabe, pero no te lo dirá por la sencilla razón de que no quiere que te preocupes. Ya enormes tareas te han encomendado al oeste- afirmó, mientras los dos nos delizábamos por los árboles.
-Bueno, pues tu dime lo que a él le preocupa.
-Creo que eso, también. Y que dejes de venir, fue mucho tiempo- dijo, para darme la mano ayudándome a bajar. Siente que algún día esto se destruirá como un castillo de pergaminos, pero por ahora toma todo lo que puede para nosotros.
-Eso veo- le dije, pues su pueblo estaba mucho mejor apertrechado y disfrutando de más lujos que antes. En eso, me acordé de Tauriel. Le pregunté por ella.
-Está en una expedición al norte. Ya comanda. La entrenaste bien- me dijo orgulloso.
-Qué lástima no poder verla. Me voy mañana. Y tu, como siempre, mantén un ojo abierto- le advertí.
-¿No lo hago siempre? Por cierto, qué divertido es el príncipe Ïe. ¿Es cierto que te emborrachabas con él?
-No te contó que lo ayudamos a él y a su familia en la guerra contra las aurigas, pero sí te contó de eso. Interesante elección de anécdotas. -dije, pensando en ese astuto joven cuyo lema era el descaro, pero que me sorprendió al gobernar tan bien la ciudad que fundamos.
-Mira- dijo, sacando el alcohol que hace rato no había visto. Me eché a reír. Me contó de todo lo que era Utumno y cómo esas ciudades habían adquirido su carácter. No vio aurigas asolándolos esa vez. Y de mí, de cómo su madre me había enseñado, de los árboles sin copas, de los entrenamientos. Se hicieron buenos amigos y así la ciudad entabló relación con el reino del Bosque, aún verde.
-Quedó de venir aquí el próximo año. Espero estés- me dijo. Yo suspiré, ya medio ebria.
-No. Pero le dirás que cuando lo vea, no quedará en pie.
Él se echó a reír.
De paso a Osgiliath tomé la ruta equivocada y terminé casi en Mordor. Sí, aún para viajar en toda la Tierra Media, solía perderme, justo allí, aunque solo estuve esa vez en esa ruta. Recordé cuando Ïa me entrenó y vi a Gil-Galad morir, otra vez. "Te amo". Sus últimas palabras. Pantanos. Ciénaga. Debía tener cuidado. Y… cirios. Las Ciénagas de los Muertos. Un lamento. Pensé en mi marido y mi hijo. Menos mal ellos no estaban ahí.
Pasé, con cuidado. Oyendo voces, lamentos. Las caras de tantos elfos y hombres que también pudieron ser a quienes amé. Me pregunté por qué sus espíritus no llegaron a las estancias de Mandos. Evitaba mirar los cirios y solo concentrarme en mis pasos en tierra. Imagina pasar una noche allí, oyéndolos, y solo estar concentrada, en un pensamiento hermoso, en los recuerdos, en cualquier cosa. Cantar internamente lo que cantaba mi marido conmigo sobre sus piernas. Y seguir, seguir aunque viendo todas esas terribles caras muertas. Y los cirios. Hasta que no pude más de la tristeza y la desolación. Quizás me perdiera para siempre. Y entonces, algo refulgió en mis alforjas. El anillo de Ïa, de dragón, que me indicó el camino para salir de allí y que seguí ya sin importarme el hambre o dormir, frenéticamente. Y al ver los últimos cirios, sencillamente, no sé por qué lo hice en mi enorme estupidez, tiré el precioso objeto a la ciénaga.
Gritos. Gritos de horror, rabia, furia, auxilio. Gritos de elfos y hombres pidiendo auxilio. Cuando un espíritu se queda atrapado como ellos, solo repiten, para siempre, lo que dijeron al morir. "Ayuda", o "salgamos de aquí", o jadeos. Muchos se ahogaron. Imagina sus gritos de angustia, pero muchos, muchos de ellos se fueron. Yo estaba más allá del horror y sentí una mano fangosa y esquelética agarrar mi bota. La partí con mi espada. Otros odiaron que sencillamente perturbara su paz. Y así los que odiaron que perturbara su maltrecha paz se asomaron, simplemente eso, maldiciéndome, para yo taparme los oídos. Seguía gritando de horror, reprochándome por lo que hice. Muchos agradecimientos y maldiciones al mismo tiempo. Creo que no corrí más rápido que nunca en toda mi vida, llorando de horror. Y sus caras, Arwen. Soñé con ellas por mucho tiempo. Con sus dientes desvencijados y mejillas carcomidas, y ojos acuosos.
Creo que no olvidaré eso en lo que reste de mi a espiar, a ver ese horrible lugar que crecía en poder. Y hacer misiones horribles, otra vez. La única diferencia: ya no me volvía loca de dolor por ello. No tanto.
En Gondor, algunos años después, Gandalf me entregó una carta. El sello de Thranduil. Siempre hablábamos continuamente, con algunos pensamientos. Sobre todo de que no me preocupara o que mirara el progreso de Esgaroth, o me compartía sus pensamientos. A veces no lo oía en meses, ni él a mí, pero estábamos para ambos. Hasta que hubo silencio. Esta era la respuesta del silencio. Gandalf me miró, tomando su pipa y yo ya sabía que él sabía lo que decía.
-Así que… los enanos ahora son un reino poderoso que comercia con Esgaroth y el Este. Y están en… Erebor- se llama- dije, leyendo su letra meticulosa. - Él ha sido invitado allí, pero me quiere con él, no sé por qué. Y tu… al parecer también tienes algo que decirle.- le dije al mago, que asintió.
-Llevarás una comunicación al rey Thror. Thranduil es listo, sabe, como yo, que los enanos te aprecian.
-¿Estás seguro?
-Eres la única elfa a la que ellos no maldicen. Todavía recuerdan tu recibimiento en estancias de Gil- Galad.
-Gandalf, creo que también es porque quieres saber si el mal se apertrecha, ¿verdad? Otra vez. Hace años no voy al Este y aunque siento que todo está bien… nunca lo está, ¿verdad?
-Y por eso también irás- me dijo por toda respuesta. Sabemos que en Mordor están bandadas de orcos que se volverán más audaces a pesar de nuestra vigilancia y que el Rey Brujo jamás murió. No están en los reinos libres del Este ni Oeste. Pero cuando menos lo pensemos…
Yo asentí. Siempre había pasado. Atacarían, asolarían, y otra vez lucharíamos para defendernos.
- Llévales algunos de tus tesoros de Oriente. Los más raros. Quizás los aprecien.- me recomendó. Así que tuve que hacerme el gran camino de vuelta y llegar a la Gran Montaña Solitaria, escoltada ya por los enanos, que me recibieron a mí y a los pocos elfos que se fueron conmigo desde Rivendel. Erebor ahora era el gran reino de la Tierra Media bajo la montaña. Infinitas escaleras, de mármol y oro negro, cámaras sorprendentes. Yo traía a mi caballo negro, con tesoros del Este, (imagina la cantidad que nos regalaron en el reino de Utumno) y tesoros enviados por Elrond. Y aunque odiaba estar encerrada, todo en aquel reino me sobrecogía, sobre todo por su riqueza. Así llegué al salón del trono, donde Thror estaba majestuosamente sentado, al lado de su hijo. También su nieto, muy joven, Thorin, el que sería conocido como Escudo de Roble. Yo le hice una reverencia.
-La hermosa reina viuda de Gil-Galad. Uno de nuestros huéspedes solicita tu presencia, y Gandalf te ha enviado aquí. Sé bienvenida. Acá hay amigos, así como los que dejaste en el Este. Hablaremos apenas estén dispuestos tus aposentos.
Las mujeres enanas que me acompañaron hablaban entre ellas. Creían que yo no les entendía nada. Hablaban de mi cabello rojo, desordenado, desperdigado, de mis ropajes negros, de mi marido y de los rumores de que yo era la amante del codicioso rey del Bosque Negro. De todo lo que tendrían que hacer para arreglarme. ¡Qué horror!
-Gracias- les dije en la lengua enana. -Están muy bellos mis aposentos.- dije, mirando mi esplendorosa cámara, oscura, pero cómoda.
Ellas se miraron, comprendiendo que yo sí les entendía.
-Supongo que habré de ir al río para lavarme… o iré a Esgaroth, allí está Sën, el protector de la ciudad, supongo que allí podré encontrar algún adorno digno para presentarme ante su rey. No tengo ninguno que sea mío.
-Nosotras…
-Vamos a ayudarla, si usted quiere, señora. Es huésped de nuestro rey- afirmó la mayor de ellas y la que más había hablado.
-Yo…- le dije, incómoda. Vinieron varios elfos, orientales y del Bosque Verde. Yo miré todo sorprendida. Un elfo de ojos como los míos, pero más rasgados, cabello largo, negro, pomulos afilados. Ropaje que reconocí.
-Ïe. ¡Ië!- le grité, para abrazarlo. Él hizo lo mismo.
-¡Soy muy feliz de verte en todos estos años! !En serio!
-¡Eres ahora el gobernador! ¡Y me han dicho que lo haces muy bien!
-¡Jah! ¡Es mucho trabajo, por eso adoro estar aquí! Te presento a mi nuevo amigo- dijo. Atrás estaba Thranduil, vestido de plata, majestuoso, como siempre. Besó mi mano.
-Te ves espantosa- me dijo por todo saludo. Yo levanté las cejas, para reírme, junto a Ïe.
-Estaba justo tratando de arreglar eso…- dije otra vez incómoda, mientras las damas enanas no sabían qué hacer. Thranduil e Ië se miraron, mientras me miraban a mí. Fijé mi vista al suelo. Entendieron.
-Traje a algunas de mis damas conmigo- arregló el último. - Seguro ella representa mucho trabajo, entiendo- les dijo, haciendo mímica de mi cabello y hablando en lengua enana (que yo le enseñé) para ellas reírse. - Nosotros ya sabemos cómo arreglarlo. Gracias, son hermosas- les dijo. Cayó bien. Las damas enanas lo alabaron y se fueron. Ví entonces que con ellos Ië ya tenía gran entendimiento.
-Ya no hay intrusos- dijo, levantando las manos y más se demoró en decirlo, que Thranduil en besarme largamente. Al menos, otro siglo sin vernos. En nuestra rara intermitencia, en la que estábamos separados, pero juntos. Un raro arreglo que nos lastimaba, pero nos complacía, aunque no queríamos enfrentar el hecho de que ya no estábamos como antes y como una pareja. Pero juntos, lo éramos y claro que nos moríamos por tocarnos. Yo le correspondí, asustada, pero Ië no parecía sorprendido.
-Creo que se vieron en algún momento y creo que tu le contaste lo que él ya sabía…- deduje.
-Pero ebrios- dijo este, posando sus brazos en mi cintura.
-Muy ebrios. Estaba muy feliz de verte.
-Y se cayeron muy bien- terminé de deducir.
-Más que bien. Es muy listo. Y tenemos intereses comunes. Y no le importa nada. Temerario. Me gusta la gente temeraria- alabó Thranduil, mirándonos a ambos. Yo estaba feliz de que se conocieran por fin y me sorprendía de que dos personalidades tan opuestas se entendieran. Pero sabía qué los había hecho entenderse: su amor por la riqueza, el lujo y por el vino.
-Los dejo. Tienen asuntos pendientes. Yo iré a beber con Thráin. ¡Qué audaz tipo!- dijo, entusiasmado.
-Bien, explícame todo- le dije ya, escéptica, de verlo ahí, en Erebor, con Ïe. Estábamos en un estanque contiguo a mi recámara, ya dispuesto, donde se supone que me arreglarían. Eran unos genios, los enanos. El lecho estaba revuelto. Eso pasaba con nosotros. Apenas nos veíamos, a pesar de todo lo que intentamos hacer, no podíamos vivir sin tocarnos el uno al otro, al menos estando juntos. Y habían sido muchos años. Yo lo extrañaba y él a mí. Ya apagado el fuego, teníamos el agua con nosotros, para contarnos todo lo que nos había pasado.
-Muchas veces me dijiste que nunca perdonaste a los enanos por lo de Doriath. Y ahora me requieres, no sé para qué (también Gandalf, parece que se hubieran puesto de acuerdo) y te encuentro con Ïe siendo los mejores amigos. Y estás aquí, disfrutando, sí, de todo lo que el reino de Thror da. Quiero saber qué está pasando. Y ahora, porque no creo que Thror haya hecho un "Gran Concilio del Este" para echarles en cara a los dos todas sus riquezas, ¿o sí?
-¿Y si te digo que es un Gran Concilio del Este para restregarnos todas sus riquezas? - me preguntó, tomando un peine y tomando cada uno de mis mechones. Sacó a una libelula muerta, espantado.
-Que es algo vulgar, espantosamente ostentoso, prosaico, innecesario…
-Que ayuda a la gente de la ciudad que cofundaste, que ha creado una red de riqueza hasta Adkhül, que Ïe está muy contento de entablar relaciones con nosotros, que nos han ayudado con los aurigas, porque si prospera uno prosperamos todos…
-Y que eso no es suficiente para ti- le dije, volteándome. Él miró hacia otro lado.
-Y cuando no quieres hablar de eso, porque sé que te conozco y volteas hacia otro lado, es porque es demasiado complicado. Pero ya me tienes acá, literalmente entre tus piernas y en tus brazos y me hiciste tragar muchas libélulas y lo que encuentres ahí- dije señalando mi pelo- en el camino como para negarte.
-Hay unas joyas que pertenecen a Neldaniel. Quiero que se las pidas.
Yo lo miré extrañada, otra vez. Él seguía mirándome desconcertado.
-¿Cómo…? Thranduil, ¿cómo pudieron terminar aquí? ¿En serio? ¿Por qué no fuiste nunca por ellas?
-Verás, cuando nos fuimos contra Angmar, ella recompensó así a todos los sirvientes y las enterró...aquí. Dijo que ahí encontrarían su pago. Total, todos fueron muertos por los orcos…
-Yo creí que habían partido a Eldamar…
Él negó con la cabeza, apesadumbrado.
-No lo supiste, porque te desterré después de eso. El punto es que se las apañaron para esconder eso aquí, fueron muertos y tenía una nota, el sello de ella, la letra de ella. Los tesoros que le diste tu, mas los hermosos collares de luz de estrella que le di yo. Y las gemas que le di como dote a su padre… cuando nos desposamos. Aún no entiendo por qué se los dio. Por qué sus joyas las desapareció así. Si sabía que moriría- me dijo, afligido. - Si sabía que yo…
-Te obsesionarías con ellas y caerías más aún en el fondo de los recuerdos por tu dolor. Thranduil, sé que las quieres. Es lo único que tienes de ella porque todo lo demás lo destruiste. Pero… ¿no crees que quizás por eso las alejó de tí?- le pregunté sinceramente.
Él bajó la vista, porque sabía que era verdad.
-Sabes que somos diferentes. Tu solo tienes su collar y a Aiglos. Yo no puedo…
-No te estoy juzgando. Nunca sabremos sus motivos, Thranduil- le dije, tomando su rostro. - Pero… no quiero que esto te genere dolor.
-Es imposible, lo sabes- me dijo con una sonrisa triste. -Hasta ahora, tu y yo hablamos de ella.
-Te he dicho un millar de veces que hagas lo mismo con Legolas. Y ahí sí creo que puedo juzgarte. Lo amo tanto como a ti, lo sabes. Su madre lo dejó a mi cuidado también. Pero ha pasado mucho, mucho tiempo. Tienes que hacerlo…
-Él me la recuerda en todo. ¿Jamás te pasó eso con tus hijos? - me preguntó, lúgubre.
-Sí. Gil- Galeth era yo, Finarwen era su padre. Y por eso hablaba de él, con ellos, todos los días. Recordándoles que en él estaba su espíritu. Y ya sé qué me dirás. "Mira cómo salió". - le dije, volteando los ojos, porque era probable que me recordara que Gil- Galeth estaba muerto.
-No… de hecho iba a decirte todo lo contrario. Aunque no pudiste proteger a Gil-Galeth por el fuego que habita en ti, Finarwen lo hizo bien… la viste muy feliz y así la dejaste partir.
-Y se llevaron todo de mí. Pero cuando la tuve a mi lado, cuando los tuve a mi lado, hablé de su padre. Siempre. Mira- dije, tomando sus manos. - Si eso te trae paz, porque yo sé más que nadie, lo que es añorar y amar más que a la vida misma…
-Dime…- me susurró, lastimado.
-Haré lo que me pides. También porque te amo. Pero solo quiero algo a cambio.
-Lo que desees.
-Necesito que hables, si quieres conmigo, de ella, con él. No lo dilatarás más. Te lo ruego- le dije y él asintió, sin mirarme.
-Mírame- le rogué.
Él lo hizo, con su excelso rostro invadido por la tristeza, pero yo lo besé. Él me abrazó.
-Sabía que lo entenderías.
Yo besé su pelo por toda respuesta. Él me terminó arreglando. Me había traído varios vestidos y un pequeño adorno. Me puso uno negro, el de reina viuda, para guardar las apariencias. Trenzó mi cabello en un complicado moño como los que hacían las damas, a las que no necesitamos.
-Sé que no te gustan.
-No es que no me gusten, es que generalmente no sé para qué se usan y tu mismo eras el que lo resolvía- le dije, sonriente.
-La única que conozco, que nunca fue una nissa como debía ser- me dijo, para yo asentir, levantando mis cejas. - No le gusta la música, ni tiene talento para tales componendas, ni para ningún arte en absoluto. No sabría cómo cantar si quiera o adornarse.
-Pero aún así me amas- le repliqué, lentamente.
-Aún así.
Él besó mi pelo y yo arreglé su corona, como en los viejos tiempos. Salimos, de gancho. Yo con la carta de Gandalf. Todos nos hacían reverencias, con nuestra escolta. Thrain se acercó a nosotros, con la suya. Atrás estaba otra vez su joven hijo, Thorin.
-Es un honor contar con ustedes, aquí. Gracias por atender nuestra invitación. Les mostraremos todo el reino, si procede. Les presento al heredero, Thorin.
Este bajó la cabeza y besó mi mano. Yo lo miré sonriente.
-No trae usted adornos- me dijo sorprendido, Thrain.
-No le gustan demasiado- afirmó Thranduil.
-No son buenos para pelear. Tengo solo el collar de mi marido- le dije, señalándolo. Thrain lo examinó, complacido. Ambos lo notamos.
-Es usted extraña. Muy extraña. Tenían razón sobre usted en los cantos.
Yo le sonreí, por cortesía.
-Decían que en la corte de Gil- Galad reinaba la austeridad. - afirmó Thorin, imponente.
-Sí, aunque él era el que sabía de estas cosas. Yo jamás he aprendido, solamente algunos rudimentos por mi padre y luego por él y por Thranduil- dije, mirándolo sonriente. Este me miró igual, pero altivo. -Podríamos hablar de armas. Seguramente en eso podríamos pasar horas.
-Entonces le gustará ver nuestros talleres, de seguro. Su padre se entendía bien con nuestro pueblo.
-Así es…
-Y el rey lleva el último de los anillos que su padre hizo para nosotros- dijo Thráin con orgullo.
Yo asentí, con un dejo de horror. Ninguno de esos anillos, a excepción de los tres nuestros, había traído algo bueno. Thranduil lo notó, para poner su mano sobre mi brazo, en señal de calma.
-Qué grandes cosas habríamos construido de este haber vivido, pero en esto no hay reino igual. Quizás el del Este, el de Utumno, pero ellos no son tan hábiles como nosotros para las joyas y las riquezas. Y eso lo sabe el gobernador, Ië, elfo raro entre su raza. Pero bastante inteligente, por eso nos agrada. Dice que aprendió nuestra lengua de usted- me dijo. Yo asentí, silenciosamente.
-Y usted también se la enseñó al rey.
-No…- dijo Thranduil.
-A Gil- Galad- insistió Thrain, para generar un terrible malentendido. Ahora yo fui la que tomé la mano de Thranduil, que siguió manteniendo su altivez. Sí, los despreciaba enormemente y estos a él. Quizás también a Ië, pero ya lo averiguaría.
-Sí, aunque el rey Thranduil también es un gran alumno en otros menesteres- afirmé, diplomática.
-Sí, eso lo sabemos- dijo este, y juré que oímos un bufido del séquito. Y sí, lo oímos, porque Thorin los miró también altivo y furioso.
-Como por ejemplo el arte de rebanar orcos y otros enemigos que la madre de Ië me enseñó tan bien- le respondí, como con una daga, mezclando furia y cortesía. Solo miré de reojo a Thranduil, que sonrió levemente. Thorin lo notó, pero yo me compuse de inmediato para seguir sonriendo. Cuántos comentarios en el reino de Thranduil, en Rivendel, a mí misma, a ambos, no soportamos por estar juntos. Ese era el precio a pagar, pero jamás nos detuvo. No nos creían por ello dignos de su respeto, pero en cuanto cumplía alguna tarea muy difícil, se callaban, a pesar de las exhortaciones de Elrond a la prudencia. Pero ahora éramos humillados una vez más por otra raza y por lo mismo. No lo permitiríamos.
-Sí, es usted una leyenda. Por eso también es admirada. Disculpe usted, ¿podría examinar su collar?- dijo Thráin.
-Oh, claro- dije, quitándomelo y así respiraría un poco por la humillación que nos habían infligido a los dos en menos de veinte minutos. Nos tenían en sus manos, eso era claro. Literalmente en su reino.
-Es literalmente un verdadero tesoro. Qué suerte que no se lo hayan robado en todos estos años. Mira, Thorin- le dijo a su hijo, que lo examinó, distante. Thranduil los miró de manera sospechosa.
-Creo que los objetos… en últimas, pertenecen a sus dueños. Y no se separan de ellos jamás.- les dije, porque yo también estaba sorprendida. Jamás me lo arrebataron.
-Es mágico. Está hecho por los altos elfos, ¿lo hizo su padre?
-No lo sé, fue lo que me dio Gil-Galad en nuestra boda. Nunca le pregunté. Fue de parte de Cirdan, quien ofició como su padre en la ceremonia.
-Debió preguntarle. Tiene usted uno de los objetos más poderosos de la Tierra Media. Oh, miren nada más- dijo, para ver otra sala abierta, donde estaban varias enanas y mujeres, al lado de otros enanos. En el centro Ië, riendo y contando chistes. Y tratando de entonar (y muy mal) una canción enana. - Qué portento. Si todos los elfos fueran como él, ¡jamás nos habríamos enemistado!- dijo, para reírse grandemente. - ¡Ië pedazo de elfo tonto, la estás cantando muy mal! ¡Oh, Thorin, muéstrales todo! Y dile al rey que estamos aquí.
-¡Oigan! ¡Únanse!- dijo ebrio. - ¡Seguro lo amarán! ¡Los dos son tremendos, ahí donde los ven, si beben!
Más risas.
-¡Luego!- le grité, dejando toda solemnidad. - ¡No te lo bebas todo, déjame un poco porque no sabes lo que haré!- le grité. Más risas. - ¡Y él también beberá!- dije, señalando a Thranduil, que estaba inmóvil.
-¡Se nos va a acabar toda la cerveza entonces! !Toda!
Más risas.
-¡Toda!- dije, para mirar a Thorin,riéndome, porque ya entendía el desafío. Estábamos, sí, en un campo lleno de trampas. Ya había hecho esto en el pasado. Este entendió lo que yo estaba haciendo.
-Yo en serio lamento mucho lo que ha pasado y les pido disculpas a ambos en nombre del Rey- afirmó, seriamente. Quien haya hecho tal gesto, será castigado.
-¿Cuál gesto? - le dije, tomando de gancho a Thranduil, otra vez. Este sonrió, levemente.
-Bueno…
-Al señor del Bosque Verde y a mí nos encantaría ver todo lo que hacen- dije entusiasmada. - Además, creo que tu señor padre dijo que nos acabaríamos toda la cerveza. Y no puedo esperar. ¡Espérenme ahí!- les grité, para ellos reírse otra vez y echarme hurras. En eso, apareció otro enano de pelo caoba. Besó mi mano.
-Su alteza… Balin, servidor de Thror, hijo de Fundin. Majestad- le hizo una reverencia a Thranduil. Él hizo lo mismo - Al parecer, ha tenido éxito en todos los desafíos de este viaje- me dijo entre líneas. Yo le sonreí, porque él también entendía que no me dejaría provocar.
-El rey y yo matamos a un dragón en Angmar. De hecho, dos. Esto no es nada- le respondí, despreocupadamente, para sacarle una risa. Thorin no se rió, y Thranduil solo sonreía para sus adentros.
-Es exactamente lo que dicen de usted en las leyendas.
-¿Y qué dicen las leyendas? - le pregunté con una sonrisa maliciosa.
-Que tiene un ingenio incomparable, señora. - me halagó. Y como luego comprendí, era uno de los mejores elogios que me han dado, pues de todos los enanos que conocí, él era el más sabio. Thorin pudo serlo también, pero le ganó el orgullo.
-Y algunos nos servimos de él y lo disfrutamos… como ustedes una cerveza- dijo Thranduil punzantemente.
-Pues hacen muy buenas elecciones. Vengan conmigo, por favor.
Los cuatro nos dirigimos en silencio a ver todo su trabajo. Imagina a cuatro herreros enanos forjando las más hermosas joyas. Bruñendo las más hermosas espadas, con cada línea, cada surco, cada piedra. En las minas, le pasaron una piedra a Balin y me la ofreció. Yo me negué.
-Señora, sé que es por su padre que usted rechaza todo lo que tenga que ver con objetos, así sean los más hermosos, como los que ha visto en nuestro reino. Pero quizás pueda ayudar con este en el futuro. Consérvelo, por favor.
Yo le sonreí, levemente. Jamás había pensado en esa posibilidad, acostumbrada a levantar pueblos enteros de hombres con cosechas, caza, con nuestros propios modelos. Pero ahora existía el comercio. Y, ¿por qué no? Me horroricé, de pronto. ¿Y si también me dejaba cegar, cuando aún mis intenciones eran buenas? Yo, comerciando con joyas y de pronto, ¿qué tal que me gustara una? Terminaría como mi padre. Como Isildur. Me llené de horror. Igual, lo guardé.
Aún lo seguía mirando, en la noche, junto a Thranduil. Mirábamos hacia Esgaroth, donde habían muchas fiestas y celebraciones. Ya tenía varias invitaciones, pues Sën, como protector de la ciudad, así quería honrar nuestra llegada. Legolas se uniría a nosotros dentro de poco.
-Debería devolverlo- le dije, para irme, pero él me detuvo.
-Lo vas a guardar. - me ordenó.
-¿Y si necesito más, y si me vuelvo un ser loco ávido de poder que…?
-No, no lo harás porque te conozco. ¿Por qué te cuesta aceptar tanto un regalo? - me preguntó, abrazándome.
-Quizás porque Balin tiene razón… eso acabó con mi padre, el maldito anillo acabó con mi marido...porque…
Él me besó en la frente. Yo suspiré.
-Verte fue lo mejor que me pudo pasar, aquí.
-Sí, tu mejor arma para contestar a impertinencias enanas- le respondí, ingeniosa.
-De todos modos habrías vuelto. Ya se nos hacía tarde. - me dijo, tomando mi rostro con sus dos manos. - Fue casi que una eternidad.
-Para nosotros siempre lo es si estamos así. Yo también te extrañé- le dije, para besarlo. Sentimos a alguien. Era Ië. No tenía su rostro de borrachera habitual.
-Creí que estarías dormido en medio de muchos enanos y tu séquito.
-Esa es mi actuación habitual. Es mejor que me tomen por tonto y me subestimen. Mi madre no crió idiotas- me dijo descarnadamente, mostrándome que siempre ese había sido su papel. Pero yo no le creía. No ante lo que vi con los enanos.
-No bebías así antes. Bebías, pero no así- repliqué, mientras Thranduil seguía observando Esgaroth y sus luces. Este suspiró, viéndose descubierto.
-Fineriel, nuestra madre partió a Eldamar hace tres años. - me dijo Ië seriamente.
-¿Qué?- le pregunté, para irme hacia atrás, al verlo mirar hacia el piso. Miré a Thranduil y este bajó su vista, con pesar. Lo sabía. Volví a Ië, que asintió, con tristeza. Sentí que me iba. Thranduil me sostuvo. Era la pregunta que le tenía a Ië desde que lo vi y desde que Legolas me habló de él.
-¿Por qué no me dijiste nada? - le pregunté a Thranduil, que suspiró. - ¿Por qué tu no me escribiste? ¿Qué costaba decírmelo? - les pregunté a ambos. -¿Pero qué…? ¿Cómo? - dije, sin poder sostenerme. -Oh, por Eru…- dije apesadumbrada, porque por eso también me había invitado acá. Para decirmelo. Mi maestra. Mi maestra. Otro ser que amaba y se iba. ¿Por qué? ¿Por qué? Igual, aunque ella me mostró siempre que pertenecía más a los Valar que a este mundo… no podía soportarlo. Su presencia ya no sería sentida jamás en la Tierra Media. Leve como el viento se fue en un suspiro.
-Sabías que ella partiría, a todos nos lo dijo. Pero no creímos que fuese tan pronto.
-Dime una cosa, ¿por eso tus hermanas no acompañaron a Elladan y Elrohir?
Él asintió, con el mismo pesar.
-¿Y qué les impide salir ahora?
-Su dolor. Mi dolor está… - dijo, señalando lo obvio. Yo me tapé la boca y me puse a llorar, doblándome en dos. Mi maestra se había ido, se había ido de la Tierra Media para siempre.
-No puedo…- dije, doblándome, para que Thranduil se aprestara a recogerme. Todos los enanos murmuraban, mientras Thranduil me cargaba en brazos, al lado de Ië, pesaroso.
-¿Pero qué le pasa a la señora?- preguntó Balin, extrañado.
-¿Está bien? - preguntó Darin, otro enano.
-Se enteró de lo de mi madre- dijo Ië, para todos hablar entre ellos, con pesar. Oí sus lamentos, aunque sin poder abrir los ojos. Cuando desperté, Ië miraba las hermosas piedras de mi cámara. Thranduil estaba sentado, a mi lado. Me levanté, embotada y seguí llorando, para ser abrazada por él. Recordaba sus entrenamientos, cómo la perseguía en los picos de su reino, en su largo cabello negro ondeando y en su sonrisa leve. En cómo me enseñaba el lenguaje ella misma y en sus manos sanadoras. En cómo era igual con sus hijos. En su sabiduría, que me recordaba tanto a Galadriel.
-¿Cómo se fue?
Ië nos pasó a ambos una visión. Ella , de blanco, pálida, ya casi sin mostrar atisbo de color. Más etérea, como si ya perteneciera a otro mundo. Estaba en las costas donde encontraron a Maglor, tanto tiempo atrás.
"-Madre- dijo Pïn llorando. - Madre. Madre te necesito- le rogó. - Por favor.
"Todo el pueblo estaba atrás, llorando. Uë también lloraba, en silencio, así como Böh, abrazando a sus dos hijos, junto a Tälum. Ië miraba al suelo.
"-Mi tiempo se ha cumplido y aunque mi corazón se desgarre, así como el suyo, es hora de volver a ver a su padre. Lo he añorado. Los he preparado bien. Ahora deben irse al Oeste, menos los que deberán quedarse. Xï. Ven aquí.
"Este vino y se arrodilló.
"-Eres el rey de Utumno en lo que resta de de edades. Sé que nos comandarás con sabiduría- dijo, para entregarle un dragón negro. Él hizo el saludo élfico.
"Ella tomó sus hombros, sonriendo.
"- Lo harás bien, hijo. Serás un gran rey.
"Este asintió, conteniendo las lágrimas. Abrazó a su madre y este a él.
"-Gobernador del Oeste, ven- le ordenó a Ië, que tenía sus cabellos sueltos. Le hizo el mismo saludo.
"-No te pierdas ni en el oro ni en la belleza del Este y Oeste. Tuya es la tarea de preservar lo que hemos creado.
"Este asintió, con el mismo saludo. Lo abrazó también.
"-Cuídate, hijo- le dijo, para darle un beso en la mejilla.
"-Böh, la sanadora y alma del reino. Tälum- los llamó. Ambos vinieron, con sus hijos.
"-Algún día también, Este y Oeste quedarán unidos con ustedes. Otra vez.
"Volvió a abrazarlos.
"-Gracias por tanto- les dijo, para besarlos a ambos y a sus nietos, un elfo de largos cabellos negros y a su hermana, también de ojos rasgados y cabellos oscuros, pero azules.
"-Pïn, guerrera. Uë- les dijo, mientras las hermanas lloraban abrazadas.
"-No dejen que las venza el dolor de mi partida. Deben encontrarse con el amor en el Oeste. Y no habrá tiempo- les advirtió a ambas, que la abrazaron llorando y le rogaron.
"-Por favor, no te vayas.- le rogaron. - Por favor.
"-Por mí dejaron ir a quienes ustedes les pertenecen. Xï ha arreglado sus dotes. Es lo que le darán a Lord Elrond.
"Ambas se miraron emocionadas, pero destrozadas.
"-Concedo su mano a sus hijos.
"Las dos besaron las manos de su madre, agradeciéndole, llorando. Ella sonrió otra vez.
"-Me temo que no irán pronto. Pero volverán en el momento preciso. Hay todavía mal para unirse y contra él habrán de luchar para encontrarse con sus amados. Las amo y las extrañaré- les dijo, para ellas llorar otra vez. Se apeó a Lön, el dragón.
"-Pueblo mío. Bien nos hemos acompañado. Quedan en manos seguras para enfrentar el destino que he visto. Mi corazón vuelve a casa- dijo, para darles el saludo élfico, mientras la muchedumbre gritaba y ella alzaba vuelo para perderse en el norte. "
Derramé dos lágrimas, negando con la cabeza. Se había ido para siempre. Todo cambiaba y ella ya no podía estar ahí. Ya no estaba ahí y…
-Sí, Fineriel. Su partida nos dejó destrozados. Xï tuvo que ocuparse pronto del reino, junto a Böh y Tälum. Al menos ella tiene a su esposo y Xï a la suya. Yo seguí acá, en el Oeste, gobernando Adkhül pero luchando contra mí mismo. Y Pïn y Uë se refugiaron en el entrenamiento para paliar su dolor. Se encerraron por mucho tiempo y lo harán por mucho más, porque se negaron a hablar de ella desde entonces y solas recorrieron el sur. Y creen que Elladan y Elrohir no las aman más.
-Las extrañan con todo su corazón- dije negando con la cabeza, tomando la mano de Thranduil, que también oía todo con silente tristeza. - No se imaginan cuánto han llorado por ellas.
-Les daré el mensaje, Fineriel. Porque ellas también casi mueren sin ellos. Pero sabíamos que madre se iría y quisieron estar con ella… hasta su partida.
-Y tu, tu te perdiste. Ella te lo vaticinó- le dije, mirándolo fijamente. Él asintió, desolado.
-Te acuerdas que te lo pregunté, ¿Thranduil? ¿Cómo hiciste para sobrevivir ante la muerte de Neldaniel, ante la partida de… ? - dijo, mirándome a mí, que seguía pensando en Ïa. Este asintió.
-Y tu me dijiste que nunca se supera. Que tu también te perdiste.
-Y te sigo insistiendo en que deberías traer a tus hermanas. Cuando ellas partieron, tuve a Legolas. Y a mí mismo. Ahora está ella, pero tampoco es fácil. - dijo, acariciando mi cabello. - Ambos estamos aquí por lo que Thror puede darnos y así sacar alguna ventaja- le dijo en quenya Thranduil. - Yo estoy por una petición muy personal, tú porque deseas más gloria y así demostrarte a tí mismo que puedes cumplir la promesa hecha a tu madre y también guardar la honra de tu hermano, el rey. Demostrarle que eres apto. Pero en verdad… ambos estamos perdidos. Sin embargo, nuestro corazón no lo entiende. Necesito lo último que me queda de mi esposa en la Tierra Media. Y tu, como Fineriel, cumplir una promesa a tu madre. Pero piénsalo bien. Ella está viva de milagro- dijo, mirándome, para ordenar mi pelo y limpiar mis lágrimas.
-Yo necesito aniquilar a los Aurigas. - dijo decidido. - O son ellos o nosotros. No me importa si arraso con todos. Los que no se unan se mueren.
-¿Incluso matarás a sus hijos? - le pregunté, preocupada.
-No, Xï los quiere para reeducarlos y ya hemos llevado miles al reino. Padres con sus hijos. Cientos de huérfanos. Pero son fieros y no olvidan lo que les hemos hecho. Nosotros tampoco, porque han matado a los nuestros, y no me refiero a los hombres solamente.Y aunque somos mejores guerreros, son más tenaces.
Yo me quedé en silencio. Qué complicado era gobernar. Qué complicado era cumplir lo que se esperaba de nosotros. Abrías una puerta y entraban también a quienes considerabas indeseables y terminabas destruyendo a miles en el proceso. Muchos aurigas se mezclaron, pero el antiguo imperio era un problema. Nunca pude visitarlo. Ya en la noche, Thranduil se quedó conmigo.
-No debí juzgarte por tus decisiones en tu reino. Olvidé de pronto lo complicado que es. Con Gil- Galad nunca me involucré. Yo solía no ver el trabajo sucio, todo lo que implicaba mantener nuestro paraíso. Y con eso me refiero a todo lo que tuvo que repeler, a quienes tuvo que condenar y castigar. Siempre lo veía activo, preocupado, pero él me decía siempre "Todo estará bien". Y me contaba, pero yo elegí no ver… no ver… nada. Preferí ser su reina, la que solo sonreía y ayudaba. Elegí no pensar en que mi marido pudo ser odiado, tal y como tu. Nunca hubiera podido gobernar a nadie - le dije al fin, abrumada. - No puedo hacerlo conmigo misma y me atrevo a juzgarte a tí y…
-Basta. Ven acá- me dijo, para yo meterme otra vez al lecho y abrazarlo.
-¿Sabes? Sí,estoy de acuerdo, pero nuestra voluntad no es infalible. Y ante lo que hemos visto y habremos de ver… pienso lo mismo que tu.
-¿Qué?
-Cuando hay tanta riqueza siempre algo termina por desmoronarse. Sea la voluntad de los hombres, la honradez de los enanos o nuestra propia cordura. Ië sueña, es joven. Me agrada, se lleva bien con Legolas, pero en realidad está abrumado. Me recuerda a mí cuando ada murió en Dagorlad, pero yo tenía buenos consejeros a mi lado. Está rodeado de aduladores y creo que será peor en el futuro. Y no nos escuchará, ni a mí ni a Legolas. Debes aconsejarlo, porque él nos ve como camaradas, no como quienes podríamos enseñarle algunas cosas, sobre todo a mí. Bueno, siempre lo hizo, en el Este. Y… no podría darle consejo alguno, tampoco. Menos cuando nos emborrachamos terriblemente en mis estancias. Es el hijo díscolo que jamás tuve. Aunque darle a Legolas un hermano sería un problema- reflexionó. Yo lo abracé, bufando. Puse mi pierna sobre su pelvis.
-No te había visto borracho desde que volví del Este.- me burlé.
-Menos mal no. Triste espectáculo el que dimos, junto a Legolas. Creo que no tengo autoridad alguna para decirle nada. Pero tú sí. Y claro, yo también lo haré, pero me dijo, ebrio, que tu le recuerdas enormemente a su madre porque fue una de las pocas que completó su entrenamiento hasta el final.
-Le recuerdo a su madre porque podría ser su abuela, es por eso. Oh, Thranduil. -dije, entristecida por Ïa. - Se fue mi maestra y uno de los seres más maravillosos que he conocido. Abrázame, por favor.
Sentí sus largos brazos sobre mí. No pude dormir y él solo pasó una mano sobre mi frente para yo sonreírle y descansar, como en el pasado.
Al día siguiente, salí sola a Esgaroth. Sën se alegró de verme y se arrodilló con toda su familia, que dominaba la ciudad. Le dije que no fuera exagerado. Florecía. Mujeres con hermosos vestidos, grandes barcos, peinados intricados, niños jugando, hermosos frutos. Era una ciudad feliz. Pero desde que perdí la primera gran alegría de mi vida pensé: "algún día terminará". Pensé en Ïa, cómo estuvo cuando se puso la primera piedra, junto con Lön. Y vi a muchas madres y a muchos niños de ojos rasgados.
"Este es su legado. Con razón Ië lucha para conservarlo con celo", pensé, cerrando los ojos.
Volví al mediodía. Balin me recibió, al lado de Thorin. Les hice el saludo élfico.
-Por favor, excúsenme con el rey. Debía ver Esgaroth, la ciudad que co fundé con la antigua reina de Utumno.
-Sabemos de su pena y que esta triste noticia le fue comunicada ayer. Lo sentimos mucho.- dijo Balin. - Pero el rey solicita su presencia.
-Sígame- me dijo Thorin, con desconfianza. Yo me arrodillé ante el trono. Thrain estaba a su derecha y Thorin se posó a su izquierda.
-¿Piensa usted lo mismo que Mithrandir?
-¿Cómo podría? -dije, fijándome en su anillo y levantándome. Sentí a Thranduil detrás, junto a Ïe. Los reyes invitados a los que trajo para mostrarles todo lo que había logrado. Dos elfos, para su mayor gusto.
-¿No vio usted su carta?
-No, majestad- le dije mirándolo fijamente. Sus ojos azules y su barba adornada contar mis ojos oscuros y mis dudas. Vio el anillo y mis pensamientos.
-Dice que he de tener cuidado con nuestra maravillosa prosperidad. Esto también me lo expresó el rey Thranduil, hace poco, aunque el gobernador de Adkhül solo me ha aplaudido a rabiar. Advertencias. ¿Cree usted lo mismo?
-Basada en mi experiencia… todo reino habrá de caer, porque de la gloria solo quedan cenizas- le expresé sin sobrecogerme, aunque ese anillo me daba terror.
-Lo dice por Lindon, supongo.
-Por muchos otros… lugares, élficos y de hombres, majestad.
-Tuvo usted muchos objetos hermosos. ¿Qué hizo con ellos?
-No eran míos, eran de mi esposo. Los tiré al río apenas murió.
Murmuraciones de indignación y sorpresa.
Qué extraña es usted- me dijo, también. - ¿Y cuál es su interés, aparte de ser emisaria de Gandalf y del rey elfo del Bosque al estar aquí?
Vine a cumplir el deseo de un amigo- dije, juntando mis manos.
De un amante, quizás- me respondió dando en el blanco. Más murmuraciones. La amante del mezquino rey elfo, la que olvidó a su esposo. ¿Cómo se atrevía?
Yo lo llamo amor- le dije, sonriendo levemente.
Más murmuraciones. Las mujeres solo se conmovían y los otros hablaban de mi ingenio. El rey suspiró, sin poder ganar esta vez.
-Ya veremos, dama Fineriel. Ya veremos. Tendrá mi respuesta. Ahora vaya con ese "amor"- dijo, para generar risas en toda la estancia - Y disfrute de mi reino y de la ciudad que creó con la reina de Utumno. Quizás el único elfo que apreciamos- dijo, señalando a Ië- pueda enseñarle algunas cosas y ser su guía.
-Su servidor Balin ha sido muy amable para conmigo. Y a su nieto, el príncipe Thorin, le debo mi gratitud.
-Bien, lo tendré en cuenta. Vaya, vaya. Así nos entenderemos más.
Yo le hice una reverencia y me fui altiva, como la reina que fui. Thranduil pegó un puñetazo, ya en la habitación.
-Odioso, asqueroso, repugnante, repulsivo, avariento, mugroso viejo tonto. ¡Cómo se atreve! - me dijo en sindarin, en voz baja. - Si sabía que este era el costo, jamás habría venido. ¡Humillarte así! !Por mí! ¿Qué acaso estamos matando a alguien? Solo nos amamos. ¡Maldito sea!
-Thranduil, Thranduil…- le dije, mientras él derribaba el vino y las frutas que nos habían servido. -No es nada que nos hayan dicho ya o hayan dicho ya de nosotros…- dije, acercándome a él, levemente.
-¡No para ser sus payasos! -objetó, fúrico. - Se pavonea con la satisfacción de tener a dos dignatarios elfos a sus pies. ¡Le saldrá caro! Y espero que así sea, que cuando esto caiga, griten y yo sea ciego a sus lamentos…- dijo. Yo, horrorizada, tomé sus hombros, porque sabía cuán poderosas podrían ser las palabras y en nuestro caso, jamás eran ominosas.
-Mírame. Mírame- le ordené.
Se veía su cicatriz, ya fuera de sí mismo. Lo tomé del rostro.
-Mi amor...
Solo así respondió. Me miró, con toda su cólera. Exhaló, para volver a su altiva posición de siempre.
-No dejaré que hablen así de ti otra vez.- me advirtió.
-No podemos darles nuestra cólera… debemos ser inteligentes. Quieres esas gemas y esas joyas, ¿verdad?
-¿En serio querrás humillarte ante ellos? Son enanos, por todos los Valar.
-No son humillaciones- le repliqué, llevándolo a mi lecho. - No si no consideras que lo son.
-Qué gran reina eres y habrías sido- me dijo, para besarme.
-Fui- le respondí, tomando su rostro.
Me besó otra vez.
-Deberías volver, otra temporada al bosque.- me dijo, seriamente. Yo también lo pensé, pero sería volver a separarnos con dolor, a añorarnos, a perdernos, aún más. A lo mismo de antes. ¿Y si decidía no volver? Lo amaba, pero ahora tenía trabajos por cumplir.
-La separación sería terrible. Cada vez que me voy te extraño más. Pero así lo hemos elegido.- le dije, recorriendo sus labios con mi dedo.
-No es un trato justo- me dijo, para alzarme la falda de mi vestido azul noche y besarme. Así me dominó con una de las únicas cosas con las que he podido ser sometida. Yo pensé lo mismo, en medio de sus besos.
-Si ya lo saben, para qué fingir- me susurró, para yo sonreírle y besarlo para casi devorarlo.
Salimos y encontramos a Ië cantando sobre la mesa, otra canción enana y bailando dando vueltas sobre sí mismo.
-¡Ven! !Te invitamos!- dijo. Yo miré a Thranduil, levantando las cejas.
-No soporto esto un minuto más. No quiero verte así, solo objeto de su complacencia.
Yo le sonreí levemente, para tomar su rostro.
-Solo quiero serlo de la tuya.
-Tomaría más que eso, lo sabes- me recriminó. Tenía razón.
Yo asentí, asimilando esa nueva herida, lo que no queríamos decirnos.
-Pero… ya estoy aquí. Y debo, quiero conseguirte…
-No así- me dijo, acercándose, para mirar todo con desprecio a su alrededor. Yo besé su mano y me uní a ellos. Este miró a todos inamovible y con desprecio y aprensión, pues a la mínima humillación no lo soportaría y me sacaría de ahí. Se los dejaba muy en claro.
-¿Y? - dije, abriendo mis manos, sonriendo. -¿Dónde está mi cerveza?
Gritaron, para darme un tarro gigante. Ië contaba burlón nuestros sufrimientos en los entrenamientos, cómo pasamos trabajos aprendiendo de su madre, sus peleas con Pïn.
-¡Y no se pudieron bajar del risco! !Parecían sacos! ¡Elfos como sacos de patatas!
Risas estruendosas.
-Mi pelo amortiguó mi caída- me burlé, para más risas. Thranduil miraba todo fijamente, y Balin miraba desde la otra cámara, así como Thorin. Yo lo miré fijamente y este a mí. Sonrió levemente.
-No, en serio, podrían sacar hasta heno de él. Alguien sacó hasta un nido de libélulas. Creo que pesa más que yo, por eso tuvimos tantos problemas con su madre- dije, para que los enanos se siguieran riendo.
-¡Es como nuestras barbas! - dijo uno, pegándose a mí y comparándonos. Thranduil se crispó. Nadie podía tocarme así sino él. Yo le sonreí otra vez, para tomar uno de mis mechones y compararlos.
-Esta barba está mucho mejor peinada. ¡Dame tus secretos!- le dije, para generar más risas. -¡Más cerveza, por todos los enanos que tienen mejor pelo que esta elfa!
-¡Fondo! - gritaban todos, y me tomé dos. Me espabilé graciosamente, para que todos se rieran.
-¿Señora, en su raza está permitido tener segundas esposas? Lo decimos por su relación con el rey elfo…- dijo uno. Thranduil seguía mirándome, imperturbable.
-No lo sé. O bueno, sí lo sé, los hermanastros de Fëanor salieron de una segunda esposa. Mira todo lo que causó. Pero ser esposa requiere de mucho talento. Estuve casada por dos siglos, ¿aguantarías a una esposa por dos siglos? - le pregunté, picoteando su mano.
-A una como usted sí- me coqueteó el enano que preguntó por mi bienestar cuando me desmayé, abrumada por la partida de Ïa.
-Darin, ¡coqueto!- se burló Ië, interesado por la conversación. Todos se rieron otra vez. - ¡Donde pone el ojo, pone el hacha! ¡Cuidado, que te destazarán con armas élficas del reino del Bosque!- dijo, impertinentemente. Yo me reí.
-No, te destazaré yo porque soy muy peligrosa cuando me hacen enojar. Recuerda que me enseñó su madre- señalé a Ië, que asintió, para beber más. - Soy insoportable. No sé cocinar, ni bordar, ni cantar y además estaría fastidiándote todos los días. ¡Y jamás tendrías casa conmigo! Porque me aburriría y me iría.
-¿Eso pasaba con el rey Gil-Galad? - preguntó otro, de barbas negras.
-¿Para qué tenía caballos? - les contrapregunté, fijándome en lo obvio. Más risas. -¡Incluso tenía un barco para mi uso personal! Y una habitación solo para mí donde podía blandir espadas para no destazarlo a él. Habría sido un problema. Era el Rey- les dije con ese mismo tono de obviedad. Más risas.
-Ni siquiera las joyas le gustan. Y es lo único con la que la cubriría aquí.
-¡También hay ropa! !De mi talla, claro!- me burlé, para generar más risas.
-¿En serio no dejaría que le diera alguna cosita? - me preguntó, insinuante. -¿Nada?
-Un hacha, Darin- le dije sonriendo maliciosamente.- Me harías muy feliz con una hermosa hacha enana para meterla en el cráneo de un huargo.
-¡Es tan extraña!- se burló. - ¿Eso también se lo pides al rey elfo?
-No, como bien ustedes lo mencionan todo el tiempo… él me da todo lo que necesito- dije, levantándome ligeramente, para que todos se rieran con enormes carcajadas obscenas. Me llevé a Ië, tironeándolo de su túnica.
-Y él viene conmigo- le dije, para abrazarlo.
-¡No quiero irme!
-¡Si quieres irte! Tengo una sorpresa enorme para él- dije, a todos los enanos.
-¿Es lo que nos imaginamos?
-Me encantaría ver tu rostro de placer con mucha, mucha agua fría.
-¿Qué?- gritó Ië, pero yo ya ordenaba a su escolta llevarlo a su habitación. Ordené que nos dejaran. Thranduil entró, sonriendo levemente, para yo echarlo al estanque.
-¡Oye!- gritó, indignado.
-¡Dejarás de ser su bufón y te comportarás como el elfo que tu madre te pidió que fueras de una maldita vez!- le grité, furiosa.
-¡Sabes que lo hago por fingir!
-¡Nadie finge todo el tiempo estar tan borracho y estúpido como tu! - repliqué, para echarle agua. Él me respondió con otro manotazo. Yo le eché otro, furiosa. Él respondió, para yo tomar sus botellas escondidas y tirarlas.
-¡Otra ráfaga y esto se va!- lo amenacé.
-¡Pero qué haces! ¡Sabes lo difícil que es traerlo desde Utumno!- me rogó, desesperado. Thranduil solo comía varias uvas, sentado cómodamente en una de las sillas. Seguía con la misma sonrisa.
-Lo sé- dije, para partirlo. Él gritó y se abalanzó contra mí, pero yo lo eché contra el estanque otra vez. Thranduil iba a tomar un pequeño cuchillo para partir una manzana, pero Ië se lo quitó, para lanzármelo. Yo lo tomé con mi mano.
-¡Basta! ¡Mocoso!- le grité, para tomar todos los objetos que tiraba y los ponía sobre su lecho, de forma ordenada. Thranduil miraba todo interesado, hasta que le hizo zancadilla y este se cayó de bruces.
-¡Eso no se hace!
-Ya lo he hecho antes- respondió, sin preocuparse.
-¿Quieres tener problemas conmigo? - le preguntó este furioso a Thranduil, que comió su manzana y sirvió su vino sin determinarlo.
-Ya tienes problemas con ella y créeme, te espera un terrible sufrimiento- bromeó.
-¿Qué? - preguntó, para recibir un golpe mío en su frente que lo dejó noqueado.
-Creí que sería peor- me dijo, inalterable.
-Lo será- dije, sacando todas las botellas escondidas, una tras otra.
-Vamos, déjale alguna - me dijo, para luego reírse.
-Qué gran golpe le diste- dijo, observándolo ya en su lecho.
-Tuvo suerte- le respondí yo, con la misma irritación.
-Déjame uno a mí. Me gusta- me dijo, recostándose al lado del pobre y abatido Ië.
Se lo entregué. Todos estaban fuera de la puerta, todos nuestros compañeros de juerga. Sonreí. También a sus guardias.
-Él se los regala. Pero deben beberlo hoy.- les ordené. Ellos se rieron y gritaron de júbilo, por la gran generosidad del gobernador de Utumno.
-Y él tiene que descansar. Los verá más tarde- dije, otra vez, furiosa. Thranduil salió, sin determinarlos.
-Imaginen lo que sería tenerla como esposa- les dijo, sin mirarlos, para varios reírse. Otros seguían desconcertados.
-¡Buena suerte!- le gritó Oín, para volver todos a reírse. Él ya no los escuchaba.
-Es un maldito circo- dijo, igual de molesto, ya en su habitación. - Pero lo hiciste bien. Más que bien- me dijo, tomando mi mano. Yo estaba igual de irritada.
-Jamás pensé que…
-¿Que se burlarían de lo que nadie en ningún asentamiento élfico se atreve a decirnos en la cara desde hace años, otra vez ? Son enanos. ¿Qué esperabas?
-¿Por qué? - le pregunté indignada. -¿Qué les he hecho con esto?
-Porque rompiste las reglas. Rompimos las reglas. Ellos esperaban a otra inmensa señora élfica siempre llorando, por miles de años, a su esposo muerto. Por eso se niegan a tomarte en serio. - me dijo, sin filtros. - Y a mí me desprecian.
Yo suspiré, negando con la cabeza.
-Y todo lo que he hecho, sufrido, mis heridas, no importan. No importa todo lo que he hecho, no importa. Bueno, ya he sido despreciada de todas las formas posibles. Pero me duele, porque se meten con la única cosa que… con lo único que tengo- dije, irritada, para gritar y sentarme. Volví a gruñir, con lágrimas de rabia y di un puñetazo en la mesa.
-Te advertimos, tanto Gil- Galad y yo, que sufrirías. Que recibirías ingratitud. ¿Ahora entiendes mis motivos? - me preguntó, gravemente.
-Pero no todo lo es. ¡No lo sé! ¿Y si solo soy el bufón, lleva y trae...? Vine por parte de Gandalf, por Eru- dije irritada. - Y haré su trabajo.
-Te digo que no hay nada alrededor de mi reino por lo que tengas que preocuparte. Solo hay más que…
-Mezquindad, avaricia, gente cegada por riqueza. Terminará mal- objeté. - Porque todo lo que empiezo de alguna forma termina en desastre.
-Deberías estar alegre. Es tu proyecto. O algo que comenzaste. Creció a pesar de tu ausencia. Esto es lo que implica que crezca, Fineriel- replicó, siendo una vez más mi maestro. - Tu fuiste reina, tu supiste lo que implicaba una cosa así, a pesar de no involucrarte en todos los asuntos de Gil- Galad. Pensaste en tus hijos, como yo pienso en el mío. Prepararlos para el reinado. Pero luego no pudiste resistirlo. Ahora entiendes, un poco, nuestra carga.
Grandioso, gran momento para echarme en cara el por qué no pude ni quise comandar Lindon ni preparé a Finarwen para ello. Para ser la reina suprema de los Noldor.
-Mi hija jamás habría querido ser reina. No, no lo resistí, tienes razón. No pude hacerlo. Ser la fiera reina que hubiera puesto de rodillas a todo Arnor, no pude hacerlo ni quise. No quería más división, no quería...nada- le confesé. -Nunca lo quise, Thranduil. Solamente me dieron la corona porque yo amaba a Gil-Galad. Y él me preparó, él supo mi facilidad para conectarme con los pueblos. Hasta ahora- me lamenté. - Pero nunca lo hice por reinar o por el poder. Yo en últimas… quería conservar el reino, por él, por mis hijos, pero si el reino tenía el espíritu destruido, ¿cómo lo iba a reparar? Yo también estaba rota. Sigo rota. No tanto como antes, pero ahí está. Jamás querría gobernar sobre nadie, porque sé lo que implica decidir sobre las vidas de otros para bien o para mal. Prefiero… ayudarlos así sea sobre el polvo.
-Podemos irnos. Legolas está de regente, será muy feliz al verte- me dijo, sentándose a mis pies y tomando mis manos. - No debí hacerte esto.
-¿Por qué? Yo sé cuánto la extrañas- le dije sonriéndole, con tristeza. Él me sonrió con gratitud, besando mis manos.
-¿Por qué todo debe ser tan complicado? - me preguntó, no solo por lo que había pasado, sino por nuestras elecciones, que nos seguían matando, así no lo admitiéramos. -¿Por qué los hados deben condenarnos incluso en nuestras segundas oportunidades, en todo lo que hagamos? Yo lo entiendo por mí, maté a mis hermanos. Pero tu… tu… que solo tuviste una carga que no era tuya…- me dijo, para abrazar mis piernas. -Pobre de ti. Lo lamento por ambos. Aún.
-El amor es complicado. Y doloroso. Y lo sabes. Pero no me iré a ningún lado- le respondí. Él tomó mi mano y me acostó sobre el tapete rico en bordados.
-Entenderé si cambias de opinión.
Negué con la cabeza. Me besó. Sintió que pateó algo. Nos levantamos, intrigados. La botella.
-Le robé más- me confesó, con maldad, para yo reírme, recordando lo que pasó con Ië.
-Buena suerte- le dije, parafraseando a Darin. Él lo abrió, para yo reírme otra vez.
-Que se pudran. Les has demostrado quién eres. Y a mí también. Y estoy muy orgulloso de tí.
-Deberías pedírselas tu, que al parecer no eres juzgado tan severamente en este asunto- dije, extendiéndole un vaso, pero él lo alejó. Yo lo miré con fingido gesto de enojo.
-Ya lo hice, con emisarios, ya lo hice, con un mensaje y heme aquí. Pero traje a mi mejor arma…
-Que se enojará si no la dejas probar eso, rey del Bosque- dije, para él apartarlo y hacerme caer contra la cama. Yo grité.
-¡Thranduil! !Es mía!- le dije, haciendo patéticos esfuerzos para alcanzarla, pero él era más alto y solo se reía, mientras me esquivaba. Me hizo tropezar a mí también y yo a él. Terminamos echándonos toda la botella encima, para reírnos los dos.
En la cena, el rey me solicitó a su lado. La reina, Haneztha, que hasta ahora no me había sido presentada, se sentó al otro lado, con Thranduil. Tenía también ojos oscuros, como los míos, y una barba aún con primeros cabellos blancos, de color cobrizo. Curiosa coincidencia. Ië, silencioso y molesto, estaba justo a su lado.
-Qué lindo collar - me dijo la reina, observándolo otra vez. Yo miré a Thranduil, para luego sonreírle.
-¡Gracias!
-Tengo entendido que Orodreth, el rey elfo, lo portó con orgullo. Es mágico, ¿lo sabía?
-No, solo brilló en Utumno, porque se lo dio mi madre a su esposo. Pertenece a nuestro reino- dijo Ië, venenosamente.
-Fue un regalo de bodas- apuntó Thranduil punzantemente.
-Y ¿cuándo se casará usted ? -preguntó la reina a Ië, levantando las cejas. Thror bufó.
-Señora, no debería preguntar usted esas cosas. Lo mismo le dice a Thorin. En los elfos es más complicado.
-No lo sé, pero seguro con una noldor no, son muy complicadas. Mis hermanas han llorado siglos por dos. Como vieron, son imposibles como esposos y esposas - bromeó, para que Thror y Thrain bufaran, pero se amedrentaron ante la reina.
-No sabía de eso- expresó Thranduil. ¿Por qué lo son?- preguntó malicioso.
-Porque te dan golpes en la frente si te pones borracho y son terriblemente mandonas e insoportables.
-¿Estás seguro de que hablas de las elfas? - preguntó Thráin, para su esposa y su hija reprimirlo. Thror y otros enanos se rieron, pero se callaron ante la mirada de sus mujeres. Yo me reí, en medio del silencio. Ië solo comía y Thranduil bebía su vino, malicioso. Sën, como invitado de Esgaroth, negó con la cabeza, mientras su esposa le pegaba con su abanico.
-Perdón- me excusé.
-Todos son iguales, no importa la raza. - dijo la reina en voz alta, para toda la estancia callarse. - Creen que pobrecillos, los maltratamos, los hacemos callar, pero somos nosotras las que sostenemos todo, incluso a los hijos, cuando ellos se van a excavar y guerrear. Sé que usted no es de las que borda, ni canta, se le nota. Pero sí tuvo que hacer eso por mucho tiempo y no con sus propios hijos, según sé. Incluso les ha enseñado a blandir la espada, el arco y el hacha. Lo ha hecho con este díscolo joven, que a pesar de ser un "gran gobernador", su madre le daría una gran paliza de no haberse ido a Eldamar.
Ië la miró con una divertida cara de sorpresa y vergüenza.
-También con los dúnadain y con los hijos de Lord Elrond, así como con el joven príncipe del Bosque Verde al norte.
-Afortunadamente- insistió Thranduil.
-Afortunadamente. Pero también ha tenido que ocuparse de sus padres, perdidos sin sus mujeres. Y eso, aunque sea motivo de burla para muchos en este reino, por las razones que imagina y que castigaré, es loable, señora. ¿A nosotras, quién nos agradece? ¿Quién nos menciona en los libros? Luthien no fue heroína nunca luego incluso de criar, jamás. Estas cosas son castigadas con el olvido, los trabajos diarios y el silencio. A todas las mujeres de las tres razas nos ha tocado por igual. Llorar, bordar, esperar, criar, lavar, cuidar, sufrir. Llorar a nuestros muertos, suspirar por ellos. Quién más. Amar. Así que lo que ha hecho usted es loable. Y si el rey aquí a mi lado es feliz con eso, nadie tendrá nada qué reprocharle, porque ya suficiente ha tenido que lidiar con él y con todo esto para ser molestada. ¿Está claro? - preguntó, molesta. Silencio absoluto. Thranduil solo siguió bebiendo su vino, mirando a la reina enana, sin saber qué decirle. Ella era la verdadera señora de Erebor.
-Señora…- insistió Thror, avergonzado.
-Pregunte- si está- claro- insistió ella.
-Claro, señora.
-Y a él. Agua. Y solo eso.- ordenó, para Ië, que bajó la cabeza avergonzado.
-¡Siga la música, que esto no es un funeral!- gritó. Todos de inmediato retomaron lo que hacían, espantados.
-Gracias…- le dije en voz baja, mirándola con gratitud y alivio.
-No me agradezcas. Es lo justo. Y yo de ti no exhibiría ese collar más. Guárdalo. - me advirtió.
-Aún si es lo justo…-dije, haciendo lo que me ordenó. - Es la primera palabra gentil, aparte de la de Balin, que tengo desde mi llegada aquí.
-Nadie debe juzgar a nadie por sus elecciones, a menos de que nos hagan daño. A Thror yo también le he advertido, no creas, no escucha.- me dijo en susurros, en lengua enana. - Pero desprecia a tu amado rey. Cree que él no daría lo justo por lo que le pertenece. Y sabemos que le pertenece, pero nosotros las hallamos.
-Puedo decirle que les dará parte de las gemas, seguramente…
-Escúchame. Se llama sacrificio.
-¿Qué más sacrificio que el que ambos vivimos en Angmar, señora? - le pregunté con desolación. - Una cicatriz, casi ciego. Yo cuidé de él. Y él, de mí. Ha sido siempre así.
-No lo suficiente. Él sabe para qué te trajo, querida. Y si fuera a ti, te las daría, porque sabemos lo que has hecho. Yo se lo dije y se lo vuelvo a recordar.
-¿En últimas, es porque lo amo? - le pregunté, desconcertada.
-No. Es porque él no ha dado lo que tu sí.
-Thranduil es difícil, pero extraña demasiado a su esposa, como yo al mío. Que estemos juntos no cambia nada y porque la amé y conocí estoy aquí. Y porque lo amo y lo conozco estoy aquí. Él ha hecho mucho por mí, a pesar de nuestros desencuentros. Me curó, me sanó, me salvó muchas veces y yo a él. Por eso, si debo quedarme aquí, si debo…- dije, empecinada. Ella puso una mano sobre la mía.
-Eso será cosa suya. Él te ama también, lo veo. También ha dado mucho por tí. Sufre mucho porque no estás a su lado, pero se ocupa de sus asuntos. Que no se te olvide que es rey, la corona sobre su cabeza está primero que todo. Encima de su corazón.
-Bueno, en mi caso…
-Criar, ayudar y sufrir. Sufrirlo. Amarlo. Amar. Como todas. En tu caso, solo tuyo, irte, abandonarlo, por seguir dando de tí en todos lados. Pero vuelves, siempre, a él, a su hijo, a tus amigos, a todos, a lo mismo. Por eso te defendí.- me dijo.
-¿Podría decirle esto al rey, por favor? No quiero que él sea castigado de manera injusta solo por reclamar lo único que le queda de ella.- le rogué.
Ella suspiró.
-Está bien. Pero eso ya lo decidirá él.
Al final de la cena, las mujeres, sin excepción, fuimos relegadas a la otra estancia, para que los hombres de las tres razas tuvieran su propia celebración. Yo me encontré, incómoda, con mujeres humanas y enanas que no conocía. La reina tomó mi mano y me acercó.
-Bueno, cuénteme usted si las elfas noldor son tan pesadas como esposas, como dice aquel impertinente- me dijo, ofreciéndome la silla.
-El único que podría atestiguarlo ya no está aquí, pero él mandaba, no yo- le dije, mientras veía a las demás murmurar.
-Las mujeres, de cierta forma siempre mandamos, señora. Pudo ser el Rey Supremo pero usted mandó en su casa. Seguramente al verla no la reconocería.
-Quizás para esto me preparó. Fui su guardia personal durante muchos años. - le comenté, mientras ella me servía aguamiel.
-No es lo mismo. Usted es libre, a pesar del alto precio que debe pagar por eso. Ya no podría doblar la cerviz tan fácil y por eso es que muchos la odian, incluso aquí. Romper las reglas tiene sus consecuencias.
-Como lo ha visto, sí- le dije a ella, desconcertada por el rumbo de la conversación.
-No le diré que es loable vivir algo que ya vivió. Pero, ¿no está cansada?
-Todos los días- le confesé, porque hace años no me habían hecho esa pregunta.
-Regrésese. Con su hija. Deje todo.- me aconsejó, seca, al estilo enano.
-No puedo. Hice una promesa. Y a pesar de que amo al rey elfo del bosque, no dejaré de cumplirla. Esa es nuestra maldición.- le respondí.
Ella suspiró. Al día siguiente, comparecí otra vez ante el rey Thror. Thranduil estaba atrás.
-Ayer, gracias al príncipe Ië, tuve la oportunidad de conocer más su historia. Y si quiere las gemas, solo quiero algo a cambio.
-Estoy dispuesta a aceptar lo que sea. - le dije, seria.
-Su collar… a cambio de las gemas.
-Thror, no- dijo la reina, pero este la paró, con una mirada fiera. Sí, al fin y al cabo ella mandaba, pero en los asuntos a los que habíamos sido relegadas. Esos que no se contaban en las historias de batallas y hazañas. Tal y como pasó conmigo y Gil-Galad. Thranduil también se crispó.
-No- me dijo, aterrado. Miró a Ië con toda la furia que pudo. Este nos miraba burlón a los dos, haciéndose el desentendido. Claro. Él había contado nuestras historias. Pero de su propia cosecha. Era la venganza por yo haberlo reprendido. Ya no tendría quién lo refrenara y así nos lo hacía saber.
-Lo que tiene usted es una de las joyas más poderosas de Utumno y mi amigo Ië dice que pertenece a su reino. Fue luego terminada de forjar en Lindon. Me la ha ofrecido en pago para ayudar a las ciudades que usted co- fundó con su madre.
-¡No necesitan más ayuda! ¡Las quiere solo para su satisfacción!- dijo Thranduil, indignado.
-Thranduil, qué extraño que lo digas tu, que tan bien has beneficiado a tu reino con nuestros regalos y recursos.- dijo Ië, venenosamente. Yo lo miraba aterrada. ¿Cómo es que ese gentil y travieso muchacho había revelado en últimas, lo que contenía su corazón, el veneno, el resentimiento…?
Algo más había pasado. Iä jamás lo habría permitido. Xï tampoco. Vi de repente todo. Todos, cegados por la codicia y lo que habían encontrado. El oro.
-Precisamente lo digo por eso. Una joya así solo sería un tesoro más, una reliquia. En cambio para ella tiene valor. Es lo único que conserva de su esposo.
-Al que tratas de reemplazar tan insistentemente, ¿no? - se burló Ië. Risas. La reina los miró a todos furiosa. Silencio.
-No sabes ni la mitad de lo que ha pasado. Crees saberla, pero solo ella y yo tenemos la verdad, niñito impertinente- espetó, con desprecio.
Yo miré la joya. Era lo único que me quedaba de Gil-Galad, aparte de Aiglos, lejana, en Rivendel. Cuando me la puso en nuestra boda, cuando brilló en Utumno, cuando nacieron mis hijos. Cuando lo ví a él a través de ella. Nuestro amor, nuestra sabiduría. Él jamás habría hecho lo que Thror con su esposa, de todos modos. Él, aunque era el Rey, me trataba como su igual, siempre buscaba mi consejo. Me preparó para ello. Él jamás me relegó porque todos nuestros momentos fueron importantes, porque yo era importante para él en todo lo que hacía y él a mí. Yo boté mi anillo de rubíes cuando él murió, símbolo de nuestro enlace. Ahora entendía el amor por los objetos porque yo solo amé ese. Me la desabroché. Thranduil me detuvo.
-No. Nunca dejaría que hicieras eso. Nunca. Jamás. Así solo me quede el recuerdo. No me interesa.
Yo lo miré con los ojos aguados, tratando de no llorar, ya harta por la humillación, por la desazón.
-No las quiero. - dijo este, determinado, a Thror. -No así.
-Bueno, decidido está. Son nuestras.
La reina lo miraba con desaprobación. Yo seguía mirando a Thranduil, que trató de abrocharme el collar, pero yo retiré su mano, levemente. Miré al rey con dureza y tiré mi collar a sus pies, para exclamaciones de todos.
-Todo lo que necesito de Gil- Galad está aquí y aquí- le dije, imitando a Thranduil, colocando mi mano en mi frente y la otra en mi corazón. Este suspiró, por un rato, conmovido, para mirar a Thror con todo el desprecio que podía.
Me acerqué, sobrepasando otra vez a Thranduil.
-No lo necesito. Se ve que usted sí y eso algún día será su perdición. La de todos- dije, mirando a Ië, que me seguía viendo burlonamente.
-Thror, eso no te pertenece- insistió la reina. - Dáselo, ahora.
Yo me aparté, altiva.
-¿Es un regalo, entonces? -me preguntó.
-No- le dije, para voltear mi espalda e irme. Thranduil tomó mi mano y ordenó a todos alistar nuestras pertenencias, en silencio. Ië saboreaba su victoria. Tuvo el valor de acercarse a ambos, a pesar de que los guardias de Thranduil le impidieron la entrada.
-Qué cinismo- objetó Thranduil. - Cómo se atreve a venir hasta acá.
-Déjalo- le dije, con desolación, pero igual de determinada. - Lo escucharemos.
Él hizo una reverencia descaradamente.
-Todos cambiamos, dama Fineriel. Todos. ¿Creías que seguía siendo el niño al que podías reprender y humillar, así? No siempre puedes salirte con la tuya. Yo no soy Elladan ni Elrohir, que siempre estarán en una infancia eterna, al igual que Legolas. Yo soluciono mis asuntos.
-No, nunca podrás ser como ellos. No les llegas ni a la punta de los talones- le repliqué, con mi cólera contenida. Thranduil lo miraba con verdadero odio.
-¿En ser reprendidos, como niños, por ti?
-En lealtad. En amor. En sacrificio. Tu madre ha visto un horrible destino para ti y fue amable en advertírtelo.
Él se rió, para luego mirarme con desprecio. Yo estaba demasiado triste por su cambio. Eso me indicaba que sí, no podía salirme con la mía siempre. Y dos, que siempre creía conocer a los seres, no importaba su raza. Pero ellos eran otra cosa. Y me negué a verlo.
-¡No sabes lo que es estar a la sombra de tu poderoso hermano y tus hermanas! ¡De sacrificar todo para que lo que tu y mi madre crearon funcione! ¡No sabes un demonio de cómo funciona esto, así te revuelques con él por diez siglos!
Thranduil se acercó, furioso, a punto de desenvainar su espada. Balin y Thorin, que venían a despedirnos, junto con la reina, apartaron a su séquito de enanos. Los guardias de Thranduil también sacaron las espadas.
-Ië, ¿sabes lo que es esperar una cosecha? ¿Tomar semillas y plantarlas? O hacer pan y lembas con tus propias manos. O tal vez cuidar a cinco pueblos y sus mujeres mientras pasaba el duro invierno. Cazar para todos ellos. Enseñarles a poner cimientos.
-¿De qué estás hablando?
-Eso… ya lo sabía, pero tu madre, me enseñó a hacerlo mucho mejor. He recibido a muchos niños y niñas. He bordado con ellas, que se han reído de mí por mis nulas habilidades. Thranduil también lo hace- le dije, sin alterarme. Este me miró sorprendido. -He llorado a sus hijos muertos, tuve dos, sé lo que significa perderlos. He llorado también por sus esposos. He cantado con ellas en innumerables años por ellos. No, no sé lo que significa tomar decisiones para muchos. Creo que nunca lo sabré, aunque Gil- Galad siempre pidió mi consejo. Pero nunca quise. Prefiero saber más de los sufrimientos no contados, de los trabajos del día a día que no cesan, de aquellas mujeres que hemos cosido, bordado, cantado, criado y esperado- le dije, y la reina me miró sonriente, de gancho con su nuera, que asentía con la cabeza, porque como tantas, es lo que habíamos hecho. Yo también era como ellas, al fin y al cabo . - Eso hace parte de mí. Qúedate con mi collar, si quieres. Tengo otros presentes que me servirán más y que no son para mi disfrute. Yo disfruto de otras cosas, como tanto te empeñaste en repetirlo. De amar y ser amada. De saber cuándo lo soy. Cuando lo fui- dije mirando a Thranduil, que aclaró su garganta y seguía apretando su espada con su puño. -Sé que por siglos escupirán sobre mí y sobre él por lo que hemos hecho. No lo escogimos, simplemente pasó. Quién sabe si cantarán canciones trágicas sobre nosotros. Eso… tampoco importa.
Ië volvió a reírse.
-¿Eso es todo? No me digas que tu lastimero discurso es el que te ha ayudado a sostenerte todos estos años. Puede que conmuevas a los eldar, que son tontos y fácilmente impresionables. Pero a mí no. Tienes lo que te mereces. Tienen razón, debiste irte y no ser la elfa lujuriosa y enloquecida que…
-¡Suficiente!- gritó la reina, apartándose. -¡Tomamos algo que es nuestro y espero que Aüle nos nos castigue por ello!. Señora, te prometo que trataré de devolvértelo a cualquier costo. -me dijo avergonzada. - Lamentamos que todo esto haya sucedido. Pero bien lo dijo usted, todo vuelve a sus dueños, de una forma u otra- dijo, mirando a Thranduil, que seguía mirando a Ië con odio. -Tu. Ni una palabra más, o te desterraré así Thror no me vuelva a hablar en lo que reste de su vida- le ordenó a Ië. Este miró con furia a la reina, pero Thorin y su madre, junto con Balin, ya no estaban tan amistosos como antes.
-Yo solo quiero decir una, antes de irnos- dijo Thranduil, soltando su espada.
-Adelante- dijo la reina.
-Nunca olvidaré esto- dijo, fríamente, con la cólera que yo se que sentía. -Nunca olvidaré que fingiste ser mi amigo, nuestro amigo, simplemente para traicionarnos. Que te aprovechaste de nuestras vivencias y dolores para usarlos en nuestra contra y estúpidamente tratar de destruirnos y humillarnos. A ambos. Sigues siendo un niño. Pero el más tonto de tus hermanos. - le dijo a Ië, sonriendo con desprecio. Este lo miraba igual. - Eso serás siempre, por más títulos que puedan otorgarte. Nunca dejarás de serlo y el rey Xï, tu hermano, al que no has impresionado, se enterará de esto y de la deshonra que trajiste a tu familia. Te has metido con lo que más atesoro, con lo único que no debiste hacerlo- dijo, mirándome. Yo lo dejé hacer, sin piedad, impasible. - Y cuando los aurigas cerquen tu ejército, tus murallas y tu torre y grites por ayuda y te hundas en la desesperación y avecines tu horrible fin, no acudiré a ayudarte. Cuando el mal vuelva y destruya todo lo que has construido y te veas abocado a ser atravesado por sus espadas, no acudiré a ayudarte. Mi silencio será mi venganza- le dijo y les dijo a todos los enanos, de paso. Eso se cumplió, terriblemente.
-Recuerda, Thranduil, que eso también lo construyó ella- le respondió Ië, fingiendo no alterarse.
-Entonces, se dará cuenta de que lo dejó en las manos equivocadas. Y por sangre y por cenizas todo, como ha dicho la reina, vuelve a su dueño- dijo, para darle la espalda y ordenar a su escolta a cargar todo lo demás. Ië me miró con desprecio, para irse con su escolta y darme la espalda. Yo solo pensaba en Elladan y Elrohir, pero sabía que sus hermanas serían lo suficientemente determinadas para no ser detenidas por él. Fueron detenidas, de otras trágicas formas. La reina tomó mi mano y fue a hablar con Thranduil, mientras Balin y Thorin se me acercaban. Este iba de gancho, con su madre, de cabellos y barbas negras. También, muy hermosa.
-Lamentamos mucho en cómo terminó todo esto. Pero la reina ha prometido devolver lo que le pertenece. - dijo Balin, dándome un beso en la mano.
-Nosotros haremos lo posible para que así sea- insistió este, mientras su madre negaba con la cabeza. - Lamentamos este nuevo desencuentro entre ambas razas.
-Jamás juzgaría a una raza entera por sus acciones. Ya hemos tenido de eso bastante. - le expresé.
-Señora- dijo la madre de Thorin, quitándose sus propios pendientes, extraordinarios. - Tenga. Sé que no es lo que le pertenece, pero al menos quiero compensarle con algo, tenga- me dijo. Yo negué con la cabeza.
-No, por favor… no- le dije, pero ella apretó mi mano.
-Como dijo Balin, le puede servir en el futuro- me advirtió. Yo le sonreí levemente, ya conmovida.
-Gracias- les dije. -De verdad. Sé que nos volveremos a ver.
-Espero que en mejores circunstancias, señora- me dijo Thorin. - En verdad lo espero.
-Y yo- le dije.
Nunca pudo ser. Volvimos en silencio, al Bosque. Legolas estaba indignado y terriblemente decepcionado.
-Lo siento- les dije a ambos. - En verdad, lo siento. -le dije a Thranduil, que negó con la cabeza y besó mi mano.
-Ahora lo entiendes. Entiendes lo difícil que es. Te pido no juzgarme si tomo estas decisiones. Tardarán años en cerrarse las heridas, otra vez.
-Perdimos a un amigo. Pero no por la espada sino por sus propios demonios. Y de eso tardas mucho en salir. O no sales nunca- me dijo Legolas, entristecido por el cambio de Ië. -Nunca creí que pensara eso de mí. Ahora todo irá en picada. Lo presiento.
-Y yo. Y suelo pensar en que si tu padre y yo jamás…
-No, de ninguna manera. Han roto las reglas, pero han tenido su parte de pago. Y muy alta- dijo- tocando mi clavícula. Mi corazón. Nuestras lágrimas y pérdidas mutuas. Ahora esto.
-Son los hados- me dijo, con una sonrisa triste. - Todo lo que emprendamos será destruido por ellos y por la traición entre hermanos. Elladan y Elrohir también lo son para mí. Pero no entiendo por qué Ië es de naturaleza tan distinta.
-Su madre no pudo refrenarlo, no como a sus hermanas. Eso ella lo sabía y se lo advirtió. Él por eso eligió gobernar la ciudad para liberarse de ella y de Xï. Siento en él el mismo espíritu de mi hijo, pero mi hijo era fuego. Esto es codicia, miedo, ambición. Sobre todo eso, ambición…- lamenté.
Los dos nos miramos. Una que vimos en el entusiasmo de Thranduil. Pero esto era distinto. Él tenía una razón de peso, aunque también vi su inmenso interés por todas las riquezas de Erebor. Las riquezas, en general. Pero no era ni remotamente comparable.
-Solo te pido que… por favor… cuides de Legolas y hables con él, así no haya podido darte lo que te pertenece. Y que… pienses en la gente, como siempre. Ya no podría decirte cómo gobernar, me siento tan sobrepasada por todo esto. Tenías razón- le dije a Thranduil, ya con mis esperanzas quebradas. - A veces pienso si lo merecen, si. ¿Qué estoy haciendo?
-¿Te digo algo?
Asentí, sentada a sus pies, con mi cabeza sobre sus rodillas.
-Lo correcto. No siempre será así por parte de los dos. Lo sabes. Te lo dije hace siglos, cuando nos separamos.
-Pero amarte no lo es. - le repliqué.
-Lo sé. - me expresó mirándome intensamente. Yo lo besé.
-Yo también- le expresé, para él levantarme y besarme y yo perderme, otra vez en él. Perdernos. Sabíamos que no era lo correcto, pero ya éramos proscritos. No teníamos más remedio, ni más que a ambos. Pero como dije, tuve que partir. Lo hicimos en silencio, con leves besos y abrazos, mudos y más tristes que antes por tenerme que ir. No quisimos decirlo una vez más, el trato era injusto y doloroso, pero no nos queríamos separar. Yo debía quedarme de una maldita vez, pero él sabía que no podía hacerlo y yo no lo soportaría. Nos tuvimos el uno al otro, una vez más, en silencio, sin importarnos ya realmente lo que dijeran (pagamos un alto precio, dijo Legolas, tenía razón y más aún con lo que había pasado). Legolas me escoltó fuera de la zona del Rhovannion.
-En el oeste están tus amigos. Acude a ellos- le dije, por toda despedida.
-Primero cuidaré lo que me dejaste encomendado. Que también es mío- me expresó. Yo le sonreí con orgullo. Él, Elladan y Elrohir en eso eran parecidos, no tanto a mí o a Ië. El deber por encima de su corazón. Pero eso igual también les ha pesado, siempre. Y claro, su naturaleza, bondadosa. Dispuestos a no rendirse jamás.
Y luego, esto me lo contó él con más detalles cuando volvimos a vernos. Porque como era de esperarse, como él mismo lo dijo, todo fue cuesta abajo. Lo primero que recibió Thranduil fue mi collar. De vuelta. Lo traían sus elfos, porque de Erebor ni siquiera quisieron entrar. Tenía el siguiente mensaje, de Thrain :
"Devolvemos el collar de la reina viuda de Lindon. Su magia es oscura y poderosa. La peste ha traído y gracias a su ira nuestra reina Aznetha y su querida nuera han fallecido. La reina ha rogado que se devuelva esto en su lecho de muerte. La peste afectó todo Esgaroth y Erebor, muchos han muerto. El collar tiene sus lamentos y sus maldiciones".
Thranduil se alegró, para sus adentros, pero recordaba mis ruegos y los consejos de su hijo, a quien envió por ayuda. Esgaroth… ahora estaba vacío. Era una ciudad fantasma. Los elfos no enfermaban, así que ayudaron en lo que pudieron, porque todo se detuvo y la muerte segó la vida de miles. Sën tuvo que ver morir a varios de sus nietos y bisnietos y entendió Legolas que fue una víctima indirecta del asunto del collar. Como siempre, los vulnerables, víctimas de nuestros desencuentros. La peste duró dos años, mientras este hacía lo que podía y jamás le perdonó a Ië que no ordenara ninguna ayuda a las ciudades hermanas y que dejaran a Esgaroth a su suerte. Para cuando volvió, Thranduil tenía en su poder otra carta. Era escrita por el mismo Tälum, el humilde elfo que alguna vez servía su vino y cuidaba sus espaldas, ahora príncipe real. Adkhül estaba en franca rebelión contra el reino de Utumno, porque Xï mismo- y le mostró otra carta, con el sello del dragón negro- había desaprobado grandemente lo que había hecho su hermano y pedía disculpas al rey del Bosque Verde, pero ahora tenía que luchar contra su hermano menor, que comenzó él mismo a pensar en crear un imperio aparte, sin incluir a Esgaroth.
-Debemos decirle, padre. Podemos ir con el rey de Utumno, controlar la situación- le dijo Legolas a Thranduil. Este negó con la cabeza.
-Esgaroth es lo único que está bajo "nuestra" jurisdicción. Ië estará condenado y solo me sentaré a verlo.
-Es lo que construyó Fineriel. La ruta al este.- replicó Legolas.
-De esto se encargará el rey de Utumno. Solo seremos espectadores. Él mismo se ofreció a solucionar lo que Ië causó. Que lo haga- le dijo a su hijo, que entendió sus palabras. Y se aterró de su dureza, de su infalibilidad. Pero pensó en las miles de vidas que se perderían.
-No arriesgaré las nuestras por un principito bufón- le replicó este.
Legolas trató de escribirme y lo hizo, pero la carta se perdió, además, yo estaba muy lejos, en Umbar, destrozando corsarios junto a Elladan y Elrohir y también ayudando a los dúnedain del norte, asolados también por los orcos y la peste, que atravesó las montañas. Thranduil fue partidario más bien del silencio, porque no quería verme y volverme a perder o más aún preocuparme y ver que todo lo que hice no solo se destruyó a punta de humillaciones, sino de esa codicia y locura que vio en Ië y en los enanos. Y entonces, sucedió lo inevitable. Ië atacó al reino de su hermano y estableció otro frente contra los aurigas. Una locura, pero era apoyado por Erebor. Esgaroth se mantuvo neutral, por los desplantes sucedidos. Legolas estaba afligido por lo que sucedía, porque la ruta que establecimos se destruía sin remedio. Algo que no pudo ser, que se cayó por mutuas traiciones, codicia y sabía que ni él ni yo bastábamos para detenerlo todo.
Pero Thranduil fue inflexible y duro en su odio y rencor. Envió, al final, a un contingente junto con Legolas, ya cuando los aurigas reconquistaron una ciudad y se unieron al reino de Utumno, quién lo pensaría, para destruir la locura de Ië. Legolas pensaba que iba a hacer recapacitar a Ië, para ofrecerle la ayuda del Bosque Negro, pero ya fue demasiado tarde. Xï había ganado. Y vio a sus propios compañeros acabar con el ejército del gobernador, que estaba en lo alto de una torre. Trató de impedirlo, pero fue detenido por Tälum mismo y por Böh, a quienes volvió a ver en circunstancias adversas. No podía moverse y entendió que su padre solo lo envió a ver él mismo la destrucción de ser semejante. Se estremeció por su crueldad, no vista sino conmigo luego de salvarlo en Angmar. Otra vez.
-Es tu hermano- le rogó a Böh, que lo miró trémula. Y ella le mostró cómo Ïe se fue perdiendo, cómo omitió el consejo de su madre. Si yo fui juzgada junto a Thranduil por nuestra "lujuria", Ië la llevó a todo límite, con hombres y mujeres mortales, elfos, en un paraíso de eterna perdición, en escenarios y lugares hechos para su placer. Comenzó a matar a los que le parecían traidores, por cualquier cosa, para quedarse con su dinero, incluidos comerciantes, incluidos consejeros. Recibía más tesoros de Erebor para dejar ir a los enanos a todas las ciudades de Oriente, siento solo un títere borracho. Hasta nombró consejero principal a su caballo, como si algo se hubiera apoderado de él.
La vi a ella misma, tratando de razonar con él, así como a Uë y a Pïn. Y entonces Ië golpeó a Böh, que se la devolvió. Tälum, al ver semejante afrenta, corrió en ayuda de su esposa, para ser herido con un puñal en el hombro. Uë y Pïn se abalanzaron contra su hermano y se vieron rodeadas de guardias. Fueron echados, los cuatro, infamemente. Este les advirtió que la próxima vez no saldrían de ahí, no vivos. Ese fue el comienzo de la guerra. Thror afirmó que no querrían enfrentarse a ellos, ese maldito reino cuyo collar y la puta elfa de Thranduil, mató a tantos en Esgaroth y a la reina misma. Pero la verdad es que dejó a Ië a su suerte: encontró la Piedra del Arca, joya inmensa de su reino. Y se ocupó de sí mismo y de los suyos, por consejo de Thorin y Balin, para ser más fuertes y más ricos. Ië juró que se vengaría. Fue demasiado tarde. Thranduil se enteró de todo por Tälum y astutamente decidió enviar a su hijo, que aún creía en él, en su bondad, para darle la más dura de las lecciones.
-Creí que los hados solo nos alcanzaban a los Noldor - dijo Legolas, negando con la cabeza, sin poder expresar lo devastado que estaba . Tälum palmoteó su espalda, como cuando eran compañeros. Su hijo, Arüm, de cabellos negros y con su nariz, de ojos rasgados (extrañamente, también barbado, como Cirdan, esa era su caracerística), le hizo una reverencia.
-Uë y Pïn lo tienen cercado. Ya acabamos con su guardia personal.
Su madre y su padre asintieron. Legolas él y Tälum se acercaron. Uë y Pïn, igual de devastadas por atacar a su misma gente y a su hermano, quien se perdió para siempre, lo conminaban a bajar.
-Responderás ante la justicia del rey Xï. Él ha prometido perdonar tu vida.- dijo Uë. Pïn lo miraba con tristeza. Al fin y al cabo, era su mellizo.
Silencio.
-Tumben la puerta- ordenó Pïn. Y los soldados élficos del Bosque verde, enviados por Thranduil, algunos aurigas y el rey Xï lo hicieron. Ellas entraron, junto a Legolas, Tälum, Böh y Arüm. Ië agonizaba, con un veneno. Böh se aprestó a recogerlo, llorando. Legolas también. Arüm y Tälum estaban aterrados. Uë, impasible. Pïn se echó a llorar.
-Lo siento mucho, amigo. Dile eso a tu padre- le dijo a Legolas, que trataba de darle castañas, athelas, desesperado. Él las rechazó. Ya no había nada que hacer.
-Ella...Fineriel, él… tenían razón. Me perdí. No fui yo. O sí lo fui… también. El mal ha vuelto. Lo siento mucho. Espero me perdonen. Sepan que siempre los quise- les dijo a todos, antes de morir en los brazos de Legolas y Böh, que se puso a llorar, mientras este solo lloraba mirando al piso. Se quedó a ayudarlos a reconstruir la ciudad. Arüm, Pïn y Uë, pasaron entonces a gobernar y no saldrían de ahí hasta recuperar todo lo que Ië destruyó por siglos. Apenas este fue enterrado, me juró que vieron a una sombra negra sin delimitar. Y entendieron que era él, aunque Thranduil no quiso creerlo. Y volvió, desolado al bosque, para atacar un enorme contingente de arañas. Lo vio más sombrío y uno de sus compañeros que fue con él al Este cayó a las aguas y no despertó jamás.
-Es la hora de protegernos, entonces. Sin importar qué. El este está asegurado en manos competentes y Erebor no me importa- dijo Thranduil, que estaba perturbado por el relato del fin de Ië. Sus palabras fueron poderosas.
-Debes hablarle, padre. A Fineriel. Debes enterarla de todo esto.
-No, déjala. Vive mucha desolación ahora (yo me enfrenté a otras dos enormes pestes en Gondor y Rohan que duraron al menos cinco años y a varios ataques en Osgiliath, así como a varios de los nuestros muertos en los linderos de Arnor y Lorien). Esto podremos solucionarlo solos.
-No es así, lo sabes- insistió Legolas.
-Lo sé. Pero eso nos concierne a nosotros. No la cargaré más y no le daré una excusa para verme que solo sea esta- se empecinó Thranduil.
-Es una excusa muy frágil.
-¿Y darle más tragos amargos, como a ti? ¿Ver que esos estúpidos enanos codiciosos y esos hombres despreciables que la veían como una extraña sin el respeto que merece no lo valen?
-¡Fue lo que creó! ¡Hace siglos! Sé que me enviaste al Este para darme una lección, asimilada. Igual eso no cambia lo que pienso- afirmó, para irse, molesto.
Pero Thranduil fue inflexible y el bosque se hizo más oscuro. Ya no pudieron salir. El mal volvió, era claro. Pero mientras su reino estuviera protegido, estaría bien. Esgaroth solo le importaba como un recuerdo bondadoso hacia mí. Y entonces, le llegó otra carta de Erebor. En homenaje a la reina, devolverían sus joyas y extenderían públicamente sus disculpas hacia él y hacia mí. Fue una trampa. Otra. Le dijeron que por nuestra relación ilícita, por mi culpa, por ser quien era, yo traje desgracias a Erebor y a Esgaroth. Que él fue cruel al hacer lo que hizo en el Este y que jamás se lo perdonarían. Él replicó, calmadamente, que los "amigos de juerga" de Ië solo vieron que era útil cuando los invitaba a pasear y a beber, pero que luego no lo necesitaron más, recordándoles su ingratitud. Y que la reina advirtió que él tomó algo que no le pertenecía, tal como las joyas de Neldaniel. Y ella había pagado con la muerte, que no se merecía, tal y como Ïe sí.
-Ië, ese loco despreciable, solo les sirvió para ser su títere y su bufón. Pero obtuvo su merecido destino y no creo que los tres nuevos gobernadores de Utumno estén tan dispuestos a aceptarlos tan amablemente luego del desastre que ayudaron a crear.
-Siendo así, no hay nada más qué discutir- dijo Thror, para que en el acto, los dos enanos que custodiaban el cofre de las joyas de Neldaniel, se lo cerraran en sus narices. Él sonrió con desprecio. Se enteró, por Sën, al invitarlo astutamente al reino del Bosque (con ofrendas de viandas varias para los habitantes, cada vez más empobrecidos), que los tres gobernadores de Adkhül no querían saber nada más de Erebor y solo ayudaron a Esgaroth hasta donde pudieron, porque subió un nuevo rey auriga que comenzó a asolarlos. Su mensaje era lapidario: nadie de Erebor podría acercarse a las tres ciudades hermanas del Este o serían desterrados. Peor, asesinados. Recordaban que por ellos (así escribió Uë, en su estilo duro, e hiriente como su más filosa espada), su hermano había agravado sus ansías de codicia y ambición hasta llegar a la locura. Una ofensa que jamás borrarían ni perdonarían mientras reinara Thror. Otra vez, enemistad entre elfos y enanos. Thranduil gozaba internamente con estas desavenencias, pero se sentía compensado. Legolas sufría sin saber cómo comunicarse conmigo, porque no podía enviar a nadie sin que su padre lo supiera y yo no daba razón.
Sufría porque los que sufrían eran todos los pobres mortales del Este, incluido Esgaroth, pero ya no pudo sufrir más, tratando de limpiar su hogar, cada vez más oscuro, como las intenciones de su padre, a quien no entendía. Creía que fue la última vez que me vio, lo que soportamos lejos de su reino, donde nadie se atrevía a decirle nada, el peso de nuestras decisiones. De nuestro amor condenado. Así que astutamente, envió a Hemdir, uno de sus mejores compañeros en la guardia, a atravesar en una misión suicida, el Rhovannion. Y cinco años después (pues se perdió, para infortunio de todos), nos encontró en Arnor. Acampábamos con los capitanes del norte. Ellos les avisaron a Elladan y Elrohir. Otro elfo. La hoja verde. De Thranduil. Yo fumaba mi pipa.
-¿Pasa algo?- pregunté. Reconocí al elfo de cabellos ocre. La hoja. Elladan y Elrohir me miraron preocupados y escépticos.
-El Este está en llamas.
-¿Qué? - les pregunté parándome.
-Lo que oíste.- dijo Elladan, levantando las cejas.
-Señora. Soy Hemdir. Vengo de parte del príncipe Legolas.- se presentó el elfo. Yo le devolví el saludo. - Tiene una carta para usted.
La leí, junto a los gemelos, que estaban aterrados de ver lo que había pasado con Ië y sus hermanos. Legolas contaba todo: de cómo enloqueció (incluidos todos su crímenes) , de cómo comenzó a asolar a las demás ciudades, de cómo se rebeló contra sus hermanos y golpeó a sus hermanas, que casi lo despellejan a no ser por sus guardias. De la peste, de Erebor, de cómo Thranduil fue a pisotear a Ië, al verlo ya agonizante al final, con su ejército. De la muerte de las reinas enanas (esto me dio mucho pesar en medio de todos estos pesares, porque fueron bondadosas conmigo) , de cómo devolvieron mi collar y culpaban a su ira, y a mí, ya mi relación con su padre, por traer tantas desgracias. De cómo Uë y Pïn se volvieron gobernadoras junto con su sobrino Arüm y ahora luchaban contra los aurigas en el Este, otra vez. Y Smaug. Erebor había caído. Smaug había despertado. Mis palabras no fueron ominosas. Y Thranduil los dejó a su suerte, vagando. Ese era el costo de su victoria. El perdón no fue suficiente para él. Todo eso había causado mi collar o peor aún, las heridas que jamás se cerraron entre él y los enanos, entre elfos y enanos y en medio, sus ansías de poder.
-Odio decir esto, Fineriel. Pero era bastante ingenuo que siguieras pensando en su bondad luego de lo que les hicieron. Muchos no cambian nunca- me dijo Elladan. Elrohir miraba hacia el suelo, pensando en el suicidio de Ië. Los hados de Fëanor. O algo peor. Pensaba también en Pïn. En cómo luego de la partida de la reina esa familia se había destruido por completo.
-No es bondad. Es venganza. Nunca quiso decirme nada porque verme, vernos, nos representa inmensa alegría y dolor. - les dije, molesta. Yo había paliado mi propio duelo a través de la Tierra Media. Él, encerrándose. Al fin y al cabo, habíamos rechazado lo que el otro tenía, de cierta manera. Yo, un lugar para echar raíces. Y él, una forma de preocuparse más allá de su propio reino e interés. Pero quién era yo para culparlo. Habíamos hecho lo mismo. Pero esa herida que nos infligieron por lo que hicimos, él la había cobrado con creces. De forma brutal. Claro que la cobraría, cómo fui tan estúpida para pensar que no haría nada.
-Tenían razón. Pero no para mí. -admití.
-También para tí. Si vas allá, no sabes con qué te encontrarás- me dijo Elrohir.
-Tengo que averiguarlo. Tengo que saber qué está pasando con ellos. Hay algo más, que no me dice Legolas en la carta. Y voy a averiguarlo. Yo misma he causado el caos, en parte. Tengo que arreglarlo.
Llamé a Argonui, el capitán de los dúnedain del norte en esos momentos. Me miró serio.
-Tendrán que seguir sin mí. Iré al Este. Lo de Erebor fue una tragedia. Y debe haber afectado a todas las razas allí.
-Entonces buen viaje, señora y buena ventura, si no nos llegamos a ver.
Nos abrazamos. Elladan y Elrohir me siguieron.
-Si creen que es una visita cordial, no lo será. Creo que la oscuridad terminó por acorralarlos. Debo saber qué está pasando- les dije, apertrechando mis cosas, sobre mi caballo.
-¿Vas a volver a Dol Gudur? - me preguntaron, serios.
-Claro que lo haré- dije, pensando en la torre que me había enloquecido. - No puede ser que un dragón así simplemente despertara de la nada. No puede ser que desde Mirkwood no me hayan dicho nada de esto. No puedo creer lo que ha pasado. Ni ahí, ni en el Este.
-Ten cuidado- me dijeron suavemente, abrazándome ambos.
-Hagan lo que haría yo. Pero mejor- les dije, devolviéndoles el abrazo. Era siempre nuestra forma de despedirnos.
Sí, la oscuridad se apoderó de nuevo de nosotros. Y por un objeto tan insignificante y pequeño, como tantos de los que atesoró Thror y que vi con mis propios ojos y ahora se perdieron bajo las alas de una criatura con un hambre de oro peor que ellos mismos.
