21. El bosque negro

Seguramente, mi querida niña, verás mi historia como un cúmulo de desesperanzas. Cómo un amor que fue un refugio terminó siendo una herida vasta en el alma de los involucrados. Cómo es que para nosotros nunca hubo olvido aunque quisimos darnos un respiro en medio de edades de añoranzas.

-Pero… tu hija se casó a pesar de la muerte de Elendur. Meldir le dio una esperanza a su corazón. Un consuelo. Y tu misma se lo diste al Rey Supremo luego de la muerte de su amada. Él murió pensando en tí.

-Querida- dijo Fineriel a Arwen, la Estrella de la Tarde, sentándose a su lado y ordenando su pelo, como lo hacía desde que era una niña. -Esta clase de cosas no se olvidan. Son heridas inmensas, devastadoras más allá de lo imaginable.

-Quizás ada ve en tu historia con el rey del Bosque Negro una advertencia.

-La vio en la historia de mi hija. Es lo mismo. Pero yo luché fiera y furiosamente para salvar a mi hija de la oscuridad en la que se sumió con la muerte de Elendur. Habría tomado un camino peor que el de su hermano y eso también lo vio ella luego de su muerte. Por eso no tomó su corona, la que le pertenecía por derecho. - le explicó la pelirroja y Arwen se vio en ella misma. Eran parecidas, aunque Finarwen tenía el cabello cobrizo y la nariz más respingada, con ojos mucho más grandes. Finarwen, con armadura negra, como la de su hermano, con el cabello corto, matando enloquecida, mientras su madre la detenía, también de negro. Cayendo de rodillas, pensando para siempre en el mortal que, como ella, también amó. Y del mismo linaje. Doblándose de dolor, mientras ella la abrazaba. La mano de Meldir, el guardia de su abuela , el capitán. Ella la tomó y no miró atrás. ¿Sería posible que… ? no, no podría. Aragorn era suyo. Se pertenecían, pero la historia de Fineriel, de su hija, probaban otra cosa. Pero ella estaba ahí por ese rey que fungió como mentor de su padre, de ambos, miles de años después. Y pensaba en él todos los días. ¿Sería ella otra Finarwen?

- Meldir me ayudó en eso. Pero, a pesar de que lo ama, de que ahora es suya y viven con mi nieta, que debe ser tan espléndida como tu, en Valinor, jamás se quitó el collar que le dio Elendur como promesa de matrimonio. Fue lo único que quiso conservar. Sé que en el fondo aún se pregunta, qué habría sido sí su padre y yo los hubiésemos dejado casarse. Y lo imagino: un nieto medio mortal que habría sucedido a Isildur y se hubiera perdido en los siglos. Ella habría de irse igual. Él no habría muerto y si quizás hubiera muerto… pero no vives del hubiera. Tu padre lo piensa, yo lo pienso, Thranduil lo piensa, tus hermanos lo piensan. Es nuestra condena. Solo nos quedan las certezas y el dolor y en mi caso, saber, muy dentro de mí, que Gil-Galad siempre supo antes que yo todo lo que yo era. Que no solo seguí todos esos siglos aquí por él, sino porque mi espíritu estaba determinado a no rendirse. Es muy difícil. Y en el caso de Thranduil… el amor a Neldaniel, su recuerdo, lo que construyeron, seguía siendo una enorme barrera. Todo eso seguía ahí y luchamos contra eso, pero no pudimos evitarlo, como no pudimos evitar lo que sentimos el uno por el otro. Lo amé como un amante, como un todo. Pero los hados, las circunstancias, nosotros… todo eso mató una pasión que no bastaba para lo que ahora somos. Una pasión que comenzó a ennegrecerse como el Bosque Verde donde lo amé.

-Tu misma me has enseñado que igual no podemos dominar la voluntad de nadie. Que nadie es de nadie. Quizás eso pasó con ambos.

-Es cierto. Nunca nos pertenecimos. Por eso pasó en parte todo lo que pasó cuando volví al Este. Era ingenua si pensaba que podía crear un trato que no lo lastimara, que no lo hiciera sumirse en la desesperanza y en el hermetismo. Eso quizás fue lo que lo motivó a ocultarme tantas cosas. Podía entender lo de su reino, su rencor hacia Erebor, podía entender lo que hizo en el Este, aunque me aterrara su crueldad. La reina Aznetha, a quien recordé con tristeza, me lo advirtió: era rey por encima de todo, así como yo era… esto. Y quizás vernos nos traería más dolor que felicidad, al tener que separar nuestros caminos una vez más, porque tendría una razón para irme y lo dejaría una vez más. También pensé en Erebor, en aquella gente que no tenía nada que ver con las desavenencias que hubo entre nosotros y su rey. En cómo pudieron ser ayudados como en un gesto de grandeza, pero sabía que Thranduil, cuando advirtió que no haría nada, se refería a todo: a no mover ni un dedo por los inocentes. Al fin y al cabo por eso Legolas había mandado a su mejor guardia a fingir su propia muerte y a atravesar toda la Tierra Media para buscarme. Y en Ië. En su triste y terrible final. Pensé que seguramente su madre ya lo había visto y no lo habría soportado. Que ella le advirtió muy suavemente. En el pesar de sus hermanos. En cómo todo se había destruido gradualmente desde que la reina se fue. Y en mi vanidad. Debí quedarme con el collar. Debí recogerlo y no haber causado tantos problemas. Yo también me había vengado, a mi manera. Yo también debí tomarlo, ahí mismo. No habría venido la peste, no habría muerto la reina. Pero quizás la reacción de Thranduil habría sido la misma ante Erebor. Y la reacción de Ië la misma ante sus excesos. Y de todos modos, habría muerto. Pero al menos no habría causado el daño que causé hacia Ciudad del Valle ni hacia esas dos mujeres enanas, que irónicamente fueron las únicas que me trataron bien en aquella visita.

-En Erebor fueron cegados por la riqueza, no había nada que ni usted ni el rey hubieran podido hacer, al final. Legolas tampoco pudo hacer mucho. Además, desde la ofensa infligida y desde la oscuridad que penetró en el Bosque, el rey solo puede preocuparse de protegernos.

-Estoy casi segura de que ha vuelto. Jamás fue derrotado. Nunca lo fue- dije, refiriéndome a Sauron. -Eso fue lo que debió enloquecer a Ië en el este. Por eso también hizo los anillos para enanos y hombres, porque se aprovechó de su codicia y ambición. Ese fue el verdadero mal en Erebor y él lo sabía, siempre lo ha sabido. Pero tampoco quiso escuchar a Mithrandir, según sé.- le dije a Hemdir, acampando cerca de las Montañas Nubladas.

-A nadie. Desde que encontraron esa fabulosa piedra, también se encerraron, traicionaron al gobernador en el Este y se ocuparon de sus asuntos, hasta que llegó el dragón- me informó.

Smaug. Dragones corruptos en el este y oeste. Eso había arruinado la vida de miles. Una historia que se contaba una y otra vez. Y que acabó con todos nosotros, para variar.

Devolvimos a los caballos. Le dije que se asiera a mí, ya que cruzaríamos las Montañas en completo silencio, casi ligeramente, como me enseñaron en Utumno. Nos camuflamos con nuestras capas grises y lo que vimos fue aterrador. Montones de orcos y trasgos, con estructuras creadas, miles, miles de ellos, casi como en una ciudadela.

-Por Eru…- dije, sin dar crédito a lo que veían mis ojos. Claro que todos los que me lo advirtieron tenían razón: Thranduil dejó que creciera el mal, por encerrarse en su reino y en sí mismo apenas me fui. Solo yo había sido sus ojos y oídos, Legolas no era tan fuerte. De nuevo, nadie era tan fuerte. No me lo advirtieron por mí, sino por la Tierra Media. Pensé en todo lo que le costaría haberse deshecho de ellos, que se multiplicaban y tenían su propio fuerte, ahí. Además, ni Elrond ni Galadriel habrían podido hacer lo mismo en lo que era Arnor. Pero sí, él debía saber de esto. Duramos cinco noches con sus días cruzando los peligrosos desfiladeros, llenos de orcos, hasta que salimos y sentimos una flecha. Nos habían visto.

Salieron con sus huargos, a perseguirnos, mientras cruzaba, con Hemdir asido a mí, a toda velocidad, todo lo que me permitían mis piernas. Me elevaba, como me habían enseñado en el este, y comencé a luchar contra uno, al que dejé picado en dos, para luego clavar mi puñal contra el huargo. Saqué mis dos garlanchas. Las junté y me elevé, para tasajear al otro jinete. Agarré una flecha y la clavé en el segundo huargo. Hemdir clavó su puñal en el lomo del más grande, y tumbó a varios con sus flechas. Decapitó a cuatro jinetes. Eran demasiados, hasta que sentimos una presencia. Un oso, aterrador, que los asustó en seguida y mordió a uno de los huargos en el cuello para lanzarlo contra dos jinetes. Huyeron, lanzando flechas, pero yo comencé a apartarlas. Lo vi entonces. Era un oso impresionante. Y una figura, gris, que terminó de lanzarles aves. Radagast, el pardo. Yo salté, para prepararme a luchar. Hemdir hizo lo mismo.

-¡No les hará nada! !Solo es Beorn, nuestro viejo amigo!- dijo, amablemente. Yo respiré, prevenida y vi a ese oso convertirse en hombre, barbudo y con sus túnicas rústicas.

-Habrían durado mucho tiempo en avanzar este tramo ustedes solos. Estarían rodeados, , elfos. - me dijo, mirándome con su ceño fruncido.

-Estábamos rodeados- le respondí, todavía respirando fuertemente. - Radagast- le dije, para abrazarlo. Me salió un pajarito de su túnica. Tenía un nido sobre su cabello.- Gracias.

-Sentí tu presencia en las Montañas Nubladas. Qué bueno que has vuelto.- me dijo, grave. Nos conocimos por mucho tiempo, al yo vivir en el Bosque Verde . Él siempre me mantenía informada de lo que pasaba más allá de las Montañas Nubladas y en todo lo circundante al reino del bosque. -Les presento a Beorn, de la raza de los Beórnidas.

Yo le hice una reverencia. Este me miró con desconfianza. Tomé a Hemdir, para que se presentara.

-Les presento a Hemdir, del reino del Bosque- les dije a ambos. Este hizo el saludo élfico.

-¿Qué hacen los elfos del reino del bosque al otro lado de las Montañas Nubladas?

Hemdir lo es, pero ella no es una elfa del reino del bosque, Beorn. Es la reina viuda de Gil- Galad, alguna vez el Rey Supremo de los Noldor- dijo Radagast ligeramente. - Ahora sirve a Elrond y a mi primo Mithrandir y a los dunádain del norte.

-"Reina viuda". Jamás había conocido a una reina. Y a una viuda. Bueno, yo mismo lo soy- me dijo, con desdén. -Quizás, Radagast, ella deba de explicarme mejor qué diablos es si desea que le dé posada.

-Claro que lo hará- me dijo, para rodearme con su brazo. Llegamos a una casa de piedra y madera enorme. Tenía a la vista muebles de madera, rústicos, y de piedra. A pesar de ser muy alto y furioso, nos sirvió leche y miel y nos explicó cómo los orcos mataron a su familia y la esclavizaron, a él incluido. Así se habían degenerado las cosas. Solo quedó él. Lo entendía perfectamente y lo miré con inmensa tristeza. Yo al menos no estaba sola. Tuve que explicarle toda mi historia, desde Eregion hasta el momento en que nos encontrábamos.

-No confíes en el rey elfo del bosque. Ha dejado abandonado todo esto- me advirtió, a pesar de Hemdir, que no dijo nada. Sabía bien de qué hablaba.

-Poco duró tu influencia, para no decir nada. Sobra decirte que no vayas por el camino que no sea el élfico -me aconsejó.

Lo vimos transformarse en un oso, Radagast, Hemdir y yo. Esperamos en su casa. Teníamos mucho de qué hablar.

-Hace casi ciento cincuenta años que no vuelvo al Bosque. No he podido hacerlo. Sus pensamientos eran confusos. Lo mismo de siempre, como un mensaje repetido. "Todo está bien, te veo, sueño contigo", me dijo, pero Hemdir es prueba de lo mal que se pusieron las cosas- dije, entregándole la carta que me escribió Legolas. -¿Qué ha pasado, Radagast?

-Señora, el mal ha vuelto a Dol Gudur, él ha vuelto. Ha llenado el bosque de oscuridad, más aún de la que tenía antes. Los elfos han defendido sus territorios, perdiendo a muchos de sus amados en ese proceso. También los hombres en el lago, al Sur, viven asolados y hambrientos. Los orcos lo han invadido todo.

Ciudad del Valle cayó. Y los hombres se mudaron a Esgaroth, una ciudad que no era ni el reflejo de lo que fue Ciudad del Valle. Y sabía por reportes que los orientales que se devolvieron conmigo de Utumno tenían, esperaba, control alguno todavía sobre la ciudad. Yo no paraba de desconcertarme. ¿Tanto daño hizo el dragón? ¿Por qué Thranduil jamás me dijo nada de esto,?

Ambos nos despidieron al comienzo del bosque.

-Le digo que el Bosque ya no es lo que conocíamos, señora- me dijo Hemdir aterrado y con pesar.

-Bueno, creo que podemos atravesarlo por encima algunos días.

Se asió a mí, otra vez, así anduvimos por dos días. Hasta que oímos chillidos espantosos.

Una araña pequeña, que se metió en mi cabello. Me la quité. Luego varias y varias, que se acercaron y trataron de meterse en mi capa, que tiré y mi ropa. Hemdir también se las tenía que sacar de encima Venían por montones. Las espanté, con una manotada de viento. Y eso atrajo a las más grandes. Unas cosas espantosas que se lanzaron contra nosotros y que comenzamos a masacrar, pero no se cansaban. Salían de todos lados, no sabríamos cuánto podríamos resistir. Podrían ser días. Semanas. Nos cansaríamos, pero ellas no. Tendríamos que huír, ingeniar rápido una forma de hacerlo o moriríamos. Yo no podía espantarlas más, con el viento, para seguir avanzando. Sería el único plan posible.

Hasta que luego de cuatro horas sentimos las flechas élficas. Dagas. Habían llegado, los elfos de Thranduil. Vi a una elfa pelirroja, como yo, pelear fieramente. Tauriel. Y a Legolas, que me miró, abriendo sus azules ojos y parpadeando, expresando su alegría de verme. Hemdir agarró un puñal que le dio la pelirroja. Así nos saludamos, mientras yo juntaba mis garlanchas y acababa con varias más. Tauriel , fiera, disparó a otra que venía atrás de mí y yo tiré una daga a otra que venía en diagonal, hacia ella. Huyeron. Legolas tiró sus armas y me abrazó. Yo a él.

-Bien hecho, Hemdir- le dijo a su compañero, que solo le dio un saludo, para ser abrazado por Tauriel.

-Gracias por venir- me dijo Legolas, aliviado. -Yo lo volví a abrazar.

-No creí que todo se degenerara en tan poco tiempo. También fue mi culpa. Jamás debí dejarles el collar- afirmé, aterrada.

-Pero tenías razón. Fue la codicia. Las gentes de Ciudad del Valle también lucharon por el poder. Las ciudades hermanas no han podido ayudarlas en todos estos años. Los aurigas los asolan, aún. Y luego de lo que pasó con Ië, menos estuvieron dispuestos a socorrer a Erebor. El camino al este, igual, se ha vuelto peligroso. Como el Bosque.

Yo lo miré, desolada. Tantas cosas felices que había vivido con él, con su padre, con su pueblo. Ahí. El verde desaparecido, en miles de tonos oscuros, en olores nauseabundos y fétidos, en criaturas espantosas y ruidos y susurros. Toqué las hojas, que se resquebrajaban. El bosque estaba muerto. Miré a Legolas, que entendió de inmediato.

-Fuimos tontos- le dije, molesta, porque tenía más arañitas en el pelo, que me quité, furiosa. -Nunca debimos centrarnos en Erebor. Nunca debí hacerlo, debí ir a Dol Gudur sola.

-No podías predecirlo ni prevenirlo. Además mi padre impidió ponerte al tanto.

-¿Por qué? - le pregunté desconcertada.

-Creía que podía manejarlo solo. No quería ponerte más cargas.

-Ya lo hizo- le respondí, levantando las cejas. Busqué mis garlanchas. Me las entregó Tauriel, que me miró admirada. Yo le sonreí.

-En qué guerrera portentosa te has convertido- le dije, con orgullo. Ella me miró, emocionada, entregándome mis garlanchas.

-Gracias, dama Fineriel- dijo, haciéndome una reverencia, pero yo la tomé de los hombros.

-No- le dije, para abrazarla. Los otros compañeros de Hemdir se me acercaron, amistosamente. Reconocía a varios, y a otros nuevos. Los abracé a todos. Luego, miré con asco a una de las arañas. La examiné.

-No las veíamos desde Angmar. Desde que luchamos contra ellos- le expresé a Legolas, que asintió, desconcertado.

-Eso significa que no hice bien mi trabajo. Me enfoqué en la humillación de los enanos, me confié en lo que me dijo tu padre… y también en resarcir mi propia vanidad. Pensé que todo estaba bien. Nunca lo está, nunca…

-Oye, en ese momento todo lo estaba. No hubieras podido volver. Ya, basta. - me dijo Legolas, para yo negar con la cabeza.

-Debo hablar con tu padre- le dije, preocupada.

-Sí, será duro mi era necesario. Él cree que puede solo y desde lo que pasó no quiere saber nada del Este, en verdad. Lo tomará como afrenta, te lo advierto- me dijo. Yo asentí, porque no quería verse como un incompetente o mezquino que no hacía bien su trabajo. Y lo hacía bien, pero el bosque, todo, me partía el corazón. Y muchos sufrían, de todos modos.

-Tu también quisiste hacerlo sin mi ayuda. Yo los entiendo. Y quizás tu padre piense que desde lo de Erebor causo más desacuerdos y conflictos que los que pueda arreglar y tiene razón- le dije, para él negar con la cabeza.

-No lo pienses así. Sí, queríamos hacerlo sin tu ayuda. Siempre lo has hecho por nosotros. Has dado mucho de ti aquí. Queríamos, por una vez, no recurrir a ti, como siempre. Ni él, ni yo. Él, porque se concentró más que nunca en protegernos y en cuidar este reino. Y yo, porque seguí tu consejo. Y lo he ayudado. Sabíamos los trabajos que enfrentaste en el Oeste.

-Pero esto es mío, también. En parte- le dije. -Yo los amo, como amo a este lugar, lo que ayudé a crear, a pesar de los desplantes. Están en mi corazón.

-Ya no hay pájaros- me dijo Tauriel sombríamente. Yo lo noté, asintiendo tristemente, mientras miraba lastimada a Legolas. Estos caminos, donde fuimos tan felices los tres. Y Thranduil y yo.

-Lo siento- insistió Legolas, compartiendo mi desazón, pero yo tomé su mano.

-Jamás pensé que lo vería así.

-Nosotros tampoco, señora Fineriel- me dijo Tauriel, triste. - Pero bastó más de un siglo para que el mal fuera incontrolable. Hacemos lo que podemos.

Pensé que no podría estar más desconsolada, pero vi la estatua de Neldaniel. Cubierta de hiedras. Suspiré, agotada, por ver todo lo que amé como en una pesadilla.

-Por Eru -afirmé, corriendo, para quitar todo, desesperada. Esa era la desazón y desesperación que me invadían en ese bosque. Tauriel se me acercó, mientras me ayudaba con las de abajo. Apenas terminé, suspiré con impotencia. Hasta eso se comió la oscuridad.

-No debió ser así. Debí venir antes- me lamenté. -De verdad no estaban solos.

Tauriel y Legolas se miraron. Hemdir y la guardia se miraron también aprensivos. Yo seguía sacándome arañitas, desesperada.

-Soy un nido de arañas- me quejé con Legolas. Este examinó otra en mi capa, a la que mató.

-Agradece que estas no pican, todavía.

Entramos al reino. Hemdir le preguntó a Legolas qué sería de él y este dijo que lo cubriría en todo, ya que él era responsable de traerme y de fingir su muerte. Vi a los guardias que circundaban ya al trono, las estancias mayores, mientras habían susurros. Yo me saqué otra araña, molesta. Thranduil estaba sentado en el trono, altivo, con una corona floreciente. Era otra vez el mismo, no el que dejé. O sí era el que dejé, pero más él que nunca. El de siempre. El rey altivo que se dejó llevar por su terquedad desde la caída de mi marido y su padre ya hace más de dos mil años. Otra vez envuelto en una coraza defensiva -y con razón- ante todo lo que había pasado.

-Déjennos- ordenó a todos los demás. Solo se quedó Legolas, dispuesto a poner la cara ante su padre.

-Se nota que te he enseñado una o dos cosas, Legolas- dijo, mirándolo sin siquiera levantarse. - Te felicito por tu astucia, pero sacrificar a nuestro mejor guardia para engañarme no creas que librará el castigo. Y ya veo por qué lo hiciste- dijo, mirándome arriba abajo. -Lo que no entiendo es por qué viniste- me preguntó intrigado. Sí, también era rencor.

Rencor por nuestro trato, al fin de cuentas. Rencor por lo que nunca pudimos ser, por lo que pasó con todo ese lugar...y por una eterna oscuridad que lo perseguía, como a todos nosotros. Rencor. Un mal recuerdo.

-¿Viniste por tu collar, luego de cubrirte de gloria en el Oeste?

Las palabras, filosas, como espadas, cuando en otro tiempo fueron tan dulces. Pero el tiempo había pasado para mal. Lo miré desafiante, sin dejarme intimidar. Siempre era así: bastaba una palabra suya en mal tono para provocarme y encender ese fuego oscuro que venía conmigo desde Fëanor. Y no precisamente el que yo había construido para mí en todos estos años.

-La llamé, porque la necesitamos. - expresó Legolas, sin amedrentarse.

-¿Para qué?

-¿Qué esperas que te diga?- le respondí de igual manera, adelantándome a Legolas, que también miró a su padre con molestia. Como siempre. Nada cambiaba.

-Que te perdiste, probablemente. O que querías verme. O que Mithrandir te envió.

-No, sí, no- le respondí duramente. Tauriel y los demás guardias, escondidos, se miraban aterrados. Los más veteranos suspiraron.

-De vuelta a los viejos tiempos. Solo ella le responde así.

-Lo sé, lo he visto- recordó Tauriel, tensionada.

-Han llegado a apuñalarse. Literalmente- le dijo otro. -O eso dicen.

-Así que… nos extrañaste- dijo él, sentándose, y mirándome socarronamente. Sí, su destello de lucidez había pasado.

-También- le dije, sin intimidarme en absoluto. Salió otra araña de mi pelo, que él miró con asco.

-Quizás si te tomas un baño y cuando te calmes y… no estés llena de arañas…

Yo tomé mi capa y la sacudí. Habían cinco más, que se desperdigaron al frente, para enfurecerlo. Legolas negaba con la cabeza. Todo de vuelta otra vez.

-Se va a poner feo- observó Tauriel.

-Créenos, se ha puesto peor.- observó su compañero.

-Estoy calmada- le dije, mirándolo a los ojos. Él respiraba furioso, fuertemente.

-Viniste a pedirme explicaciones, ¿verdad? No te bastaron las de Legolas, que no sé por qué hizo algo tan tonto- dijo, mirándolo con reproche. - Crees que hice esto por mi capricho y no porque ninguno de ustedes ha tomado esa amenaza en serio. ¡Solo nos hemos replegado y defendido! !Me dijiste que conservara lo que era y eso he hecho, día y noche!

-¡Debiste decírmelo a mí!- le respondí con la misma dureza. - ¡A mí!

-¿Para qué? ¿Para que vuelvas a enloquecer y hundirte en el dolor? ¡No lo permitiría! ¡No otra vez! ¿Para salvar a los habitantes de esa estúpida ciudad que te despreció? ¿Para salvar a esa pobre gente que no vale nada? - me dijo, rodeándome. Yo también lo rodeaba a él.

-Para ayudarte- le dije respirando fuertemente. - Para traer ayuda. Para lo que necesitaras. ¿Qué te ha pasado?

-No tienes ni idea…

-Claro que no, porque decidiste que podrías hacerlo solo. ¿Y es que acaso soy solo un personaje más del libro de cuentos de este reino?

-No quería que vinieras. No otra vez. Cada vez que vienes…

-Sí, nos volvemos locos, pero esto no solo se trata de tí- le dije, alzando la voz.

-Ya, basta. Ambos- ordenó Legolas, irritado. Nosotros nos callamos. Nos miramos otra vez, en tensión. Toda la magia de la vez pasada la destruyó la oscuridad y nosotros mismos. Otra vez.

-Voy a quitarme las arañas que me quedan- le dije, para voltear y golpearlo con mi pelo. Él suspiró, furioso, para contraatacar, pero fue contenido por Legolas, para sentarse, con gesto de derrota.

-Te lo advertí- dijo Legolas a su padre, para irse detrás mío. Yo estaba contra la pared. Había perdido todo mi autodominio otra vez. Otra vez siendo Fëanor.

-¿Dónde está?- le pregunté afligida a Legolas.

-En la oscuridad- me dijo, desesperanzado. Y yo también. Pero a ambos nos alegra enormemente verte de vuelta. Aunque no lo creas.

-De tí si lo creo. Ahora buscaré ayuda para quitarme estas malditas arañas.

-No seas ridícula- dijo Thranduil, oyéndonos. - Todo está como lo dejaste.

-No todo- le recriminé, para irme, igual de furiosa a mis habitaciones. Encontré un vestido, el que más le gustaba, o una réplica, sobre la cama. Un libro de Yatac, donde yo estaba dibujada. Y una manzana. Tiré todas las armas. No era justo que hiciera esto. Suspiré, llena de tristeza. Miraba otra vez los árboles, ahora negros, desde la ventana. Ya no podía acceder al balcón.

-¿Cuántas salieron? - me preguntó, entrando a mi habitación.

-Veinte.- le dije, sin mirarlo.

-Mi pregunta no ha cambiado.

-Mi respuesta tampoco- le dije, mirándolo , con el cabello mojado. - ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo es que mi collar, mató a la reina? - le pregunté. Él llamó a un guardia, que luego de un momento vino con el collar de mi marido. Yo negué con la cabeza, mientras me lo ponía, sin su ayuda. -¿Cómo es que el bosque se puso así? Podía pedir ayuda. ¿Cómo…?

-¿No crees que eso es lo que yo debo de hacer, Fineriel? ¿Que por una vez podrías ocuparte de…?

-¿De mis asuntos? - terminé su frase. - Él no respondió.

-Sabes lo que nos hicieron. No podía faltar a esa promesa. Tu eres mejor en el perdón, yo no. Pero no eres mejor gobernante que yo, eso te lo aseguro. Me he ocupado bien de mi gente, es lo único que me importa.

-Lo sé, pero algún día ya no habrá bosque en el qué vivir. Eso hacía parte de tu reino. El mal ha vuelto, lo sé, lo siento, siempre lo he sentido, pero…

-¿No debiste confiar en mí? - me preguntó, terminando a su vez mi frase. -¿No debiste confiar en mi palabra, en que todo estaba bien, porque efectivamente lo estaba? ¿Crees que puedes salvarnos a todos, tu sola, cuando hacemos lo que podemos? - me preguntó, molesto. Y me preguntaba, por fin, lo que no había querido decirme en más de un milenio. Como cuando lo salvé del dragón en Angmar. El mismo rastro de… resentimiento.

-No, yo sola no. Pero podría pedir ayuda, porque la necesitamos, es claro…

-¿Crees que podrían ayudarme cuando ellos, como yo, tienen asuntos que resolver? Viven en su falsa paz mientras acá hemos lidiado con todo lo que ha pasado en el este. Elrond y Galadriel pudieron haberme preguntado algo por años. No lo hicieron. Pudieron decirte algo por años. Tampoco lo hicieron.

Eso también era verdad.

-¡Pudiste pedir ayuda a Utumno!

-Ellos también tienen sus asuntos que resolver, Fineriel. ¿Por qué no entiendes eso? Tuviste que ser reina de un lugar en paz, por lo que Gil-Galad podía ocuparse de los asuntos de otros pueblos, ya que no tenía ningún misterio ni conflicto en el suyo

Yo lo miré sorprendida y herida. Sí, había cambiado. Pudo más la desolación de nuestra separación, de lo que ya no seríamos jamás.

-Y por ocuparse de asuntos ajenos, vamos, dilo, fue que se buscó la muerte. Te recuerdo que tu padre y tu también estuvieron allí, con él - le reproché, recordándole la Guerra de la Última Alianza.

-Tu lo dijiste, no yo- me dijo, inmutable. Yo asentí con la cabeza. Con que así sería de ahora en adelante.

-¿Fue por las joyas? ¿Qué debo hacer? ¿Ir a la montaña, despertar al dragón y decirle que me devuelva las malditas joyas? Porque lo haré- le dije, sin dominarme.

-No te atrevas a hablar de eso así- me advirtió con su más furibundo tono. - Sabes todo el dolor y horror que eso nos causó. No te atrevas…

Descubrí que se había ensimismado más en su dolor. Me senté, negando con la cabeza, desconsolada. Sus pensamientos se me revelaban como las aguas alguna vez claras que atravesaron el bosque. Donde nos amamos tanto.

-¿Por qué no? Al fin y al cabo, la ira del collar trajo la peste y fue el comienzo del fin- le dije, espantada. -Y sé que no tienes grandeza, solo para quienes amas, aunque yo ya no esté ahí- admití, descorazonada. - Pero…

-¿Qué? ¿Esos enanos codiciosos e ignorantes habrían cambiado en algo? Murieron los únicos dos que valían la pena de ese reino. Tampoco te voy a pedir perdón por no ser tan magnánimo como tu marido. No con unos seres llenos de codicia que atrajeron sobre sí mismos su propia tragedia. Además, sabes de sobra que nunca han sido de mis afectos. No desde Doriath- admitió. -Me pides sus mismos estándares, para una realidad que no entiendes.

Ahí estaban, una vez más, los dos enormes fantasmas que se interponían entre ambos y habían sellado el destino de nuestra relación, al fin y al cabo, por nuestras mismas decisiones. Pero no pensé que llegaría el momento en el que él me reclamara por algo que jamás le pedí. O que jamás me di cuenta que le pedí.

-¿En serio se trata de esto? ¿Luego de todo lo que hemos pasado? - le pregunté, parándome, indignada.

-Sí. Y no. -dijo, suspirando con pesar, pero sin perder nada de su altivez, lo que más me lastimaba. - Por más que quisieras que lo fuera, no soy tan poderoso como para asegurar cobijo a seres que me despreciaron y se burlaron de todo lo que somos. No soy tan poderoso como para expandir mi reino, ya no. Por eso nos ha acechado la oscuridad. Perdimos a muchos en Dol Gudur, otra vez (sí, no estabas). Todo lo que fue escenario de nuestro… amor- me dijo, con franqueza y dolor. - Ya no está. Lo perdí y fracasé en ello.

-¿Por qué no acudiste a mí? Yo habría hablado por ti. Habría traído ayuda para ti.

-Porque no quería que volvieras- me respondió, dolorosamente. - Fue un suplicio dejarte ir. Lo es. Pero si amas debes dejar ir. No quería, que en últimas, vieras que no podía sin ti, porque esto es lo único que tengo, que es mío. Y debía conservarlo fuerte para no importunarte, jamás, en lo que tenías que hacer. No quería que volvieras a recordar el dolor que pasaste acá, ni yo tampoco. O a tratarnos con nuestra eterna hostilidad. O simplemente, porque volvería a recordar cuánto te necesitaría.

-Pudiste haberme preguntado también, ¿no crees? - le dije, ya sin aprensión. - Habríamos ayudado a esa pobre gente. Tu también me dijiste que era tu puente. Si no sirvo para eso, ¿qué sentido tiene? - le pregunté, con tristeza. -Thrór también me insultó de todas las formas posibles… y ahora su cabeza reposa en alguna parte.- le dije, recordándole de la batalla de Azanulzibar.

-Lo tiene merecido - me respondió él, indignado.

-No- dije, sentándome a su lado. - Porque su pueblo no era culpable. Los más inocentes siempre pagan por los pecados de sus dirigentes. ¿No pensaste en eso?

-No quise hacerlo. Por eso te digo: no soy Gil- Galad. Te lo dije desde el comienzo.

-Pero yo sí- le respondí, sobrecogida por sus palabras. -Y aún habría podido darte eso, pero no quisiste tomarlo.

Él me miró frustrado, para luego mirar hacia otro lado. Precisamente eso era lo que lo mataba. Porque aún cuando entendía lo que era y cómo era, lo lastimaba que yo fuera la joya más preciada que jamás pudo guardar.

-Sabes que siempre estoy para tí- le dije. - Y el Este, todo este lugar… acá está creciendo el mal. ¿Cómo pensaste por un minuto que no te ayudaría? Esto nos concierne a todos. Llegará un día en el que puedan contigo.

-Eso no ha pasado nunca, en tres edades. Y lo sabes.

-¿Estás seguro?

-No- me dijo, admitiéndolo.- Pero no es un pecado proteger lo que tienes.

Recordé las palabras de la reina de Erebor. Y sí, entendía con mucho dolor, que nuestros hados pesaban más sobre lo que podíamos sentir.

-Lo que tuvimos fue un estorbo, una maldición para ambos, ¿verdad? - le pregunté, bajando la cabeza. Él no respondió. Era su manera de admitirlo.

-Entonces- le dije con voz quebrada, aceptando que era el fin. -Solo déjame ver qué puedo hacer para ayudarte y me iré. Te prometo que no me verás más para no causarte más dolor.

No hubo respuesta.

Jamás admitiría que erró con Erebor, porque simplemente para él, los enanos no significaban nada y peor aún, luego de lo que pasó. Y tenía razón sobre Gil-Galad. Alguien como él los hubiera protegido, a pesar de todos los insultos, pero él, jamás. Quizás también era gran parte del origen de nuestros problemas. Y que yo no era como Neldaniel, también. De nuevo, ambos estaban en medio. Me fui, limpiándome las lágrimas. Choqué, con alguien. Tauriel.

-Perdón, yo… yo…

-Llama a Legolas y a los demás- le dije, sonriente, para limpiar mis lágrimas.

-¿Está bien, señora Fineriel?

-De maravilla. Solo Fineriel - le dije, mirándola con una sonrisa suspicaz.

-Le juro que…

-¿Sí?- le pregunté, como si no hubiera pasado nada.

-Iré enseguida- afirmó.

-Gracias- le dije, pensando en lo que había acabado de pasar.

Estaba con Legolas, al frente suyo, en la mesa de su recámara. Este tomó mi mano.

-Sabía que esto pasaría. No sabía cuando.

-Está bien- admití, hecha pedazos. - Sería repetir un ciclo sin fin y no estoy aquí para eso.

-Te mientes.

-¿Tengo acaso, otra cosa? - le pregunté, con inmensa tristeza. Él negó con la cabeza.

-Yo no sé qué…

-Sí, puedes hacer una cosa. Contármelo todo- lo exhorté. Y él lo hizo, con más detalles que en la carta. Cómo en Ciudad del Valle me culparon por la peste, cómo en Erebor me culparon por la peste. La muerte de la reina, larga, terrible, peleando con Thror por mi collar, peleando por todo, espantada de sus riquezas, la muerte de su nuera. La perdición de Ië, con sus extensas fiestas sin freno, cómo Legolas sospechaba que Sauron lo controlaba, pero su padre solo lo aludió a su irrefrenable manera de ser. Cómo agonizó, cómo se apagó ante sus ojos y los de sus hermanos, cómo jamás volvió al Este y cómo aparecieron las primeras criaturas. Cómo el bosque que amó su madre y él mismo, desapareció y esto ya no le importó a Thranduil.

-Creo que se quebró desde lo que pasó en Erebor. Como si eso le recordara, el mismo destino o los Valar, que su relación nunca estaría dispuesta a prosperar y estaba olvidando a quién amó y quién era. Siento que tantos años de comentarios, burlas y susurros hicieron mella, pero no tanto como los reproches que él también se hizo a sí mismo. Ya sé lo que me preguntarás. ¿Cómo puedo vivir aquí, cómo lo he soportado? Igual que tu, amo este lugar, siento que me én me pregunto si nunca lo hizo, pero lo amo. Y sé que ante el pueblo, nuestros amigos, mantengo nuestra moral. Y está ella. Ella también, en todo. También él, a pesar de sí mismo, a pesar de que lo hayas condenado a llorar por ella, como dijo alguna vez.

-Hay un punto en el que todo debe de quebrarse y romperse porque no aguanta tantos abusos. El corazón, por ejemplo, o el destino- admití, con enorme pesar. -También estaba preparada para ello. Amé a tu padre, pero ya que solo hay cenizas y el viento se las va llevando...no me queda nada más que ayudarte. Y ayudarnos. Para eso me trajiste.

-También para que nos entrenes, de nuevo. Al contrario de lo que piensas, nos alegra verte- me dijo Legolas con una leve sonrisa.

Cené en compañía de Legolas y los guardias . Por primera vez en mucho tiempo, Thranduil no quiso comer a mi lado. Eso también me destruía, pero no me entregaría a mi dolor otra vez. Tauriel me miraba preocupada.

-Nos alegra mucho verla, en serio. A mí. Usted… cambió mi vida ese día. - me dijo, aún contenida. - Fui una niña imprudente, casi la mato, pero… en verdad gracias- me dijo. Legolas me sonrió y la miró otra vez, orgulloso.

-Le enseñé todo lo que me has enseñado. Es una gran alumna. Y la mejor capitana. No podría confiar en nadie más. Pero ahora que estamos acá, me tomaré el atrevimiento de pedirte entrenamiento. Otra vez.

Yo sonreí, levemente.

-Nunca tienes que pedirlo. Estoy aquí para ello- le dije, también sonriéndole a Tauriel. - Dime cuándo pudiste responderle a este elfo de igual a igual.

-Yo estaba ahí- dijo Hemdir. - Cien años luego de que se fue, señora. Menos. Tenías cincuenta años ya, ¿verdad? Toda una adulta.

-De hecho, fue a los cinco años desde que usted se fue, señora Fineriel- dijo Tauriel, mirando a Legolas, que sonrió, asintiendo.

-Esa patada dolió. Mucho. Mi padre la reprendió severamente, pero fui el primero en levantarme y…

-Darme otra en los costados. Qué dolor. Es espantoso- respondió ella. Noté que había cierta complicidad y camaradería. Que ambos eran de la misma naturaleza, pero no dije nada.

-Prueba en el estómago. No hay nadie que pueda soportarlo- apunté. Ya con todos, hice la primera demostración. Tauriel me atacó con todo lo que tenía, pero yo seguía siendo más rápida. Ella era tenaz, sin embargo. No se rendía cada vez que la mandaba al suelo y Legolas le tiró una espada, con la que comenzó a atacarme rápidamente, pero yo la enredé , la pateé y tomé su muñeca para hacer tirar su espada, pero ella se resistió. Yo seguí, impasible, hasta torcer su brazo, pero ella no manifestaba dolor. Seguí, y Hemdir y los demás nos miraban aterrados. Legolas lo detuvo. La solté y ella respondió con una patada que me derribó. Sentí la sangre de mi nariz sobre mis labios. Sonreí, para elevarme y darle otra, pero ella volvió a acomodarse y yo seguía esquivando sus estocadas, hasta que toqué su espada, le dí vuelta y con una mano y la otra la enredé, para que al final la soltara. Ella sacó el puñal y volví a enredar su mano, para golpearla en varios puntos. Simplemente lo soltó, arrodillada.

-Duele mucho.- se quejó. Hemdir y Legolas la rodearon, pero ella no permitió ayuda.

-La próxima vez, quiero que no te cohibas. La patada estuvo perfecta- dije, mientras otro de los componentes de la guardia me pasaba un pañuelo. -Quiero más de eso. Legolas- le dije, y él entendió, sonriendo, para lanzarme el puñal, que yo esquivé y quedó clavado en un árbol. Cuando volví, él me dio la misma patada en el mismo lugar, para tomar la espada de Tauriel y yo esquivarla, voltearme y noquearlo. Él siguió atacándome, aún más rápido, dando estocadas más letales, hasta que yo mandé mi mano a su muñeca y él la soltó, adolorido.

-¿Cómo hiciste eso?

-Con un orco tendrías que usar otra arma. ¡Sigue!- le grité, mientras él la tomaba con la otra mano y seguía atacándome, para rasgar mi hombro, pero yo me arrastré, para enredarlo con mis piernas y hacerlo caer y noquearlo otra vez.

-No ha terminado- dijo, para tratar de patearme y yo tomé su pierna, para enredarlo y mandarlo contra el árbol. Él se impulsó y se lanzó rápidamente, para enredarme con sus piernas y llevarme al piso, pero yo me giré y lo golpeé con la pierna hacia atrás y luego repetidamente con las manos, en el cuello y el pecho.

-Quiero eso- dijo, agotado, para luego desplomarse. Tauriel corrió a ayudarlo, pero ya estaba en mis brazos.

-Los orcos tienen una piel más gruesa, por lo que la fuerza debe ser más grande si quieres causar un daño sin armas.

-Una vez me contaste- dijo, siendo ayudado por Hemdir y por mí - Que le sacaste los ojos a un orco con las manos.

-Cualquiera puede hacerlo.- le respondí, dejándolo apoyado en Tauriel, igual de lastimada. - ¡Siguiente!- le grité a Hemdir, que vino en compañía de otro. Así, duramos varias semanas. No ví a Thranduil desde entonces. Realmente no me interesaba, ni siquiera volver a la habitación, así que me mudé con los guardias. Fuimos en expedición para acabar con varios nidos de arañas. Él solo vio desde la distancia cómo arrastrábamos a una viva y la soltamos. Y yo explicaba ajetreadamente, mientras esta chillaba.

-Su centro son los colmillos y las patas- dije, esquivándola, así como sus ataques. Todos los guardias, Legolas incluido, me rodeaban en círculo. Si llegan a perder sus armas- dije, para subirme encima de ella- no duden en meter las manos- afirmé, para esquivarla más rápidamente y sacarle un ojo. Tauriel casi se vomita.

-Esto… puede enardecerlas aún más- afirmé, mientras me volteaba- Pero siempre hay una parte blanda- dije, arrastrándome hacia abajo- Qué sacar- afirmé, para hundirle mi otra mano y retirarme rápidamente, ya que el veneno era terriblemente corrosivo. Salieron todas sus entrañas. Legolas estaba asqueado, así como todos los demás. La araña chilló dando su último alarido de rabia.

-Alguien listo debería hacer un veneno que las mate desde los nacimientos, así nos ahorraríamos montones de trabajo.- les dije a Legolas y Tauriel.

-¿Cómo podría ser eso posible?

-Abajo, o en las ciudades hermanas- le respondí a Legolas, que se quedó pensativo y miró a su padre, que simplemente no dijo nada y se fue.

-También- dije sacando un frasco del agua podrida de los territorios del bosque- Son los únicos que podrían estudiar esto.

-Tomaría años- replicó Hemdir.

-Sin contar que ellos están alejados por batallar contra los Urdar y los Aurigas- afirmó Tauriel.

-Eso no significa que no exista nadie allí que pueda hacerlo- insistí. -Además, tenemos una tarea pendiente- dije, mirando a Legolas, que comprendió. Era necesario ir al Sur. Ver qué había pasado con los sobrevivientes de Ciudad del Valle, que aún seguían comerciando con Thranduil.

-Ven- dijo, tomando mi mano. - Enfrentemos a mi padre.

Fuimos con Tauriel. Él fue el primero que la miró con aprensión.

-¿Es necesaria su presencia? - preguntó, mirándola altivamente.

-Sí, ella nos acompañará al Sur- le dije con naturalidad.

-No creí que las decisiones concernientes a mis decisiones fueran de su incumbencia.

-Esta vez sí- afirmé, antes de que Legolas le respondiera. Se le veía molesto. Tauriel estaba apenada, pero yo ya sabía cómo capotearlo. Esto se lo transmitió Legolas a Tauriel, con una sola mirada.

Los cuatro estábamos en su estancia más privada, donde escribía sus cartas y tenía sus mapas. Tenía el mapa que había hecho y los libros. Me reconocí en una ilustración que quién sabe quién hizo en algún momento y en los libros de Utumno y sus leyendas. Tauriel también notó el detalle.

Thranduil le insinuó a Legolas que su castigo sería estar en todas mis misiones descabelladas, seguramente con el mismo propósito con el que lo mandó al Este. A que aprendiera de una buena vez que no valía la pena. Ambos lo adivinamos de inmediato.

Bueno, no se ha hecho nada para proteger a los hombres del lago- le repliqué, levantando las cejas.

-No son nuestra jurisdicción- dijo Thranduil. - A menos que tu quieras salir, con un contingente que te preste y mirar. Aparte de Tauriel, claro- dijo insidiosamente.

-Pero claro que lo haré. - ¿Han venido los orientales? ¿Las tribus de Rhun?

-No, el hechizo de la reina de Utumno aún surte efecto, por suerte, aunque ha perdido la fuerza. Pero tuvo razón al decir que Sauron se concentraría en nosotros.

-Intentar sanear el bosque del todo es una pérdida de tiempo. Pero sí podemos ir al origen, otra vez…-le insinué.

-No- me dijo Thranduil, pensando en lo que nos pasó hace tantos años.

-Alguien tiene que decirles. -insistió Legolas.

Él suspiró, mirando sus anillos.

-Te prefiero al sur, entonces. Y al este, ya que son tus preocupaciones. - me dijo a mí, diciéndome entre líneas. "No te daré la más mínima impresión de que no sé manejar esta situación porque lo único que me importa es mi reino y yo sé solo cómo manejarlo". No lo tomé personal. Ya lo conocía. No caería de nuevo en esa provocación.

-Y cuando vuelvas, sí te necesitaré- me dijo serio. - Entrénalos, como lo has seguido haciendo. Y de paso, por qué no, si esos orientales que ya no sé si te veneran aún pueden construir una poción que nos ahorre el trabajo, podrían ser recompensados. Y esplendorosos otra vez - me dijo. - Si es que los encuentran, claro.

"Y si quieres trabajo, tendrás trabajos", me dijo con su mente. Yo le sonreí, desafiante.

-Bien. Andando- les dije a ambos.

-Nos vamos- dijo Legolas, con un suspiro de victoria. Tauriel agarró sus armas y vadeamos el río, saliendo del reino y sus fronteras. Y nos recibieron con una hermosa flecha. Los tres nos miramos y comenzamos a pelear. Yo a elevarme sobre los árboles, para comenzar a destajarlos, uno, tras otro. Ellos dos hacían lo mismo, hasta que no quedó ninguno.

-Anota eso para el reporte- le dije, suspirando, a Tauriel, que asintió y seguía escudriñando el terreno. Trotamos en cinco días de viaje para llegar al sur. En la última noche, antes de llegar, conversábamos ante el fuego. Yo fumaba mi pipa, una costumbre que había adquirido en Utumno y con los Dúnadain del norte. Era lo único que me relajaba.

-Ojalá algún día yo pudiera hablarle al Rey como le hablas tu. Con perdón, majestad- le dijo a Legolas.

-No me digas así. Estás en confianza- dijo, dándole su capa y cubriéndola. Yo noté el gesto, pero no dije nada.

-Es una larga y triste historia que ya debes de saber. Nos conocemos tan bien que es imposible tener algún artificio entre nosotros- le dije, para pasarle la pipa.

-No entiendo por qué lo haces, sabiendo que ninguna sustancia de la Tierra nos hace efecto- observó Legolas.

-Porque mientras pienso cómo hacer humo, se me olvidan todos los problemas. Entonces, no me relaja el aspirar en sí sino en cómo jugar con el humo. Es una buena distracción- le expliqué.

-Yo… siento en serio lo que tu padre y yo te hicimos ver y sufrir durante todos estos años. No te lo merecías. - le dije a Legolas. - No es justo para tí.

-Fineriel, solo sucedió. Amar solo sucede, siempre me lo has dicho, él me lo ha dicho. Es un accidente- dijo, mirando a Tauriel, que sonrió levemente, intimidada. - No es algo que elegimos, no es algo que… podamos controlar. Aún cuando en nuestra raza dicen que nuestro espíritu domina sobre el cuerpo, es imposible controlar algo que sucede en nuestro espíritu.

-Solo no quiero que te consumas. Si esta es otra lección para la historia de mi raza, que así sea.

-Sabes que te da igual lo que piense nuestro pueblo. Desde que eras una reina. Desde que dejaste ir a Finarwen al mar. Gil- Galad lo sabía y por eso te amó. Y ada también.

-Le sonreí, tomando su mano.

-Creo que eso ha motivado a muchos de nosotros a seguir los mismos caminos- dijo Tauriel. - Los hijos del señor de Rivendel, se habla de sus proezas y de cómo usted los guiaba junto con los Dúnadain en el oeste. Y Legolas habla mucho de usted. Los tiempos han cambiado y nos obligan a seguir otros destinos.

-Por cierto, Tauriel… -dije, con curiosidad. - ¿Dónde están tus padres? Lamento, lo juro, no haberlos saludado. Debimos buscar un momento.

-Se devolvieron a Valinor. - dijo con tristeza. - Al ver lo que pasó con el bosque… querían hacerme desistir, porque no querían vivir más en el reino. Peleamos.

-Yo estuve ahí. La maldijeron. Le dijeron que en el reino de mi padre jamás hallaría fortuna y que todo lo que emprendiera sería vano. - dijo Legolas, negando con la cabeza.

-Pero cómo…¿cómo pudieron hacerte esto? - le pregunté, desconcertada.

-Usted no les caía muy bien- confesó, con una sonrisa triste. - Dijeron que fue la que influyó para que yo tomara un camino tan tortuoso y solitario. Tan lleno de oscuridad. Esperaban a que yo desistiera, para casarme, pero jamás lo hice. Cuando podía… veía los libros del reino de Utumno sobre usted y yo quería ser como esa ilustración que vimos en las cámaras del rey. No quería vivir para siempre cantando en los bosques y dejar que nuestra propia melancolía se apoderara de mí. Yo quería quedarme a luchar. Como usted.

-Y supongo que no siendo suficiente la tortuosa historia que tuve con tu rey te contaron el resto, ¿no es así?

Ella asintió con la cabeza.

-Dijeron que usted hizo un juramento tan nefasto como el de Fëanor, pero tomando como excusa el hecho de jamás poder dejar a su esposo y que eso la había condenado a vagar y a causar caos en toda la Tierra Media, incluido el rey. Perdón- dijo ella, mirando a Legolas, que negó con la cabeza, molesto. -Que vivía de esperanzas vanas para no aceptar la realidad y que dejó a su familia por ese mismo vanidoso juramento.

-En realidad, no son los únicos que lo creen. Todos lo creen- le dije, con la misma sonrisa triste.

-No todos- insistió Legolas, subiendo las cejas. - De no ser por ella yo estaría ya en Valinor o probablemente muerto hace tiempo. Son atrevidos nuestros hermanos si creen eso . Ella abrió Oriente, ella nos enseñó a pelear mejor, a poder unir varios mundos. Y ella ha ayudado a los hombres. Y a nosotros.

-Eso lo sé, porque me lo has contado- afirmó Tauriel. - Perdón, no debí decirle eso, porque yo jamás lo creí. O bueno, los más jóvenes no lo creemos, de alguna manera. Mientras que nuestros padres y sus padres creen que usted es un ejemplo de locura en nuestra raza, nosotros solo vemos valor. No sabe cuántos problemas hubo porque muchas jóvenes quisieron también tomar el arco y la flecha. Problemas serios. Fui la única que siguió en este camino, al menos aquí.

-Legolas seguro te lo habrá dicho y en las palabras de tus padres lo habrás visto. Es un camino solitario. Más si eres una mujer. De cualquier raza. Nosotras no estamos cobijadas por maridos o padres, al menos así lo quieren hacer ver, pero el emblema de Gil-Galad- dije, mostrándoselo, para mí no representa nada cuando he sola de recorrer el mundo, los valles y ríos enfrentando a Sauron. Me recuerda por qué estoy aquí, pero no es él, solamente. Soy yo. Y esa es una decisión irreversible.

-Lo sé- me dijo, determinada. - Y la he tomado.

Llegamos a Esgaroth. Y, una ciudad que otrora fue nuestro gran paso y donde nos recibieron luego de ir por el mar del Rhun…

-Es una ciudad espantosa, fea y decadente- dijo Legolas, sin guardarse lo que pensaba. - A padre solo le importa lo que pueda comerciar con ellos, pero… no creíamos que estaban tan mal.

Me acordé cuando pasé en caballo y ellos admiraban nuestros tesoros, en Ciudad del Valle. No me quería ni imaginar cómo estaban las ruinas. De cómo les dejé algunos, junto con Elladan y Elrohir. Los hombres que nos acompañaron desde el reino de Ïa y se establecieron para comerciar. Cuando repelimos a los hombres de Rhun aliados a Sauron. La hermosa ciudad que Sën gobernaba, llena de lujos, gente cantando, bailando. ¿Dónde estaba todo eso?

-Esto era precisamente por lo que tampoco queríamos que volvieras. Los Aurigas lo destruyeron todo. Y ellos mismos.

-Los hombres de Esgaroth ya no tenían un dragón con el qué intimidar y con el que los amedrentamos, puesto que Ïa habría podido dominarlos con facilidad. Debió hacerlo. - anoté. - Muchos se fueron al Oeste por mí. Creí que… por un momento, habíamos logrado entendernos- dije, viendo mi gran fracaso. Esto me había dejado el viaje al Este. Otro gran e inmenso fracaso. Uno de los más dolorosos, otro golpe más.

Todo lo bello se había ido de la nueva ciudad. Entramos y todos estaban ocultos en sus casas. Los tapices, rotos, tirados. Los barcos, no como las grandes flotas de antaño, donde hubo una ruta que se trazó hasta el reino de Ïa. Una mujer anciana me reconoció, señalándome.

-¡Eres tu! ¡La elfa que viajó desde Oriente! !Mi bisabuela no decía mentiras, no eres una leyenda!

-Sí, soy yo- dije, sorprendida de ser reconocida.- ¿Cómo se llama usted, señora?

-Algilieth- me dijo, para mirarme con enojo. Me escupió.

-¡Oiga!- le gritó Tauriel, sacando su arma, pero yo la dejé hacer.

-Gracias a usted toda mi familia murió. ¡Que la lleven los demonios!- me gritó, para irse.

Salieron más personas. Comenzaron a susurrar. Un hombre de ojos rasgados me miró y le susurró a un niño, que salió corriendo.

-¡Fuera! ¡Bruja!- me gritaron desde otro lugar. Legolas estaba indignado. -¡La bruja trajo la peste! -gritaba otra mujer. Tauriel los miraba con desprecio.

-El rey tiene razón. No deberíamos preocuparnos por ellos- le dijo a Legolas, que miraba a la gente protestar.

-¡Nos trajo la muerte y la pobreza!- dijo otro hombre. Tomé un tomate podrido que me tiraron, sin siquiera mirarlo. Legolas esquivó una lechuga y Tauriel repelió basura, furibunda.

Más insultos. Hasta que vino el niño que vimos corriendo. Legolas lo reconoció.

-El amo Sën dice que sigan a su casa- afirmó. Nos siguieron tirando cosas. Tauriel los miraba con odio, pero yo puse una mano en su hombro, sin determinarlos siquiera. Yo ya estaba acostumbrada. El niño nos condujo por las callejuelas, rotas, ya con todo lo que habíamos construido derruido.

-Así que lo que dice mi tatarabuela es cierto- afirmó maravillado, al vernos. Jamás había visto a nuestra raza.

-¿Qué dice tu abuela? - le pregunté, mirando las otroras lujosas casas hechas pocilgas. - La peste, los aurigas, la caída de Gondor. Sé lo que está pensando. En los tiempos de mi abuela, esto era magnífico. Comerciábamos con Erebor. Y la gente del reino de Oriente se devolvió o fue muerta. Los que quedaron acá son celosos de sus riquezas, menos Sën y su familia. Todavía conserva la espada de la reina de Utumno.

-La segunda que me dio Ïa- dije, esperanzada. Fuimos a una casa de dos pisos, con los símbolos del dragón, aún rojo y pintado. Tenía picos. habían dos hombres, altos, de cabellos negros y ojos como los míos. Miraron boquiabiertos y entraron de inmediato. Hubo peleas y revuelo en el idioma que no escuchaba hace siglos. Un golpe atronador, que nos hizo temblar a los tres. Salieron varios hombres iguales, arrodillándose, mientras salían un anciano en su mujer, con todos sus hijos, nietos, bisnietos, arrodillándose. Salieron de todas las casas. El anciano me ofreció la espada.

-Es tuya, pertenece a tu familia- le dije a Sën, en su idioma, agachándome. Los ayudé a pararse, a él y a su esposa.

-¡Señora! ¡No creí que viviera para verte de nuevo! !La espada me ha dado una vida increíblemente larga! ¡Cinco siglos, casi, desde que nos conocimos!

Lo abracé. Estaba encogido. Lo conocí como un hombre joven y alto, junto con su esposa. Ahora eran pequeños. A ella también la abracé.

-Nosotros somos los que controlamos este barrio- dijo sombrío. - Por eso la ciudad no se ha caído. Por nosotros, los orientales. Los verdaderos orientales- gruñó. -Nosotros hemos defendido esta ciudad y la tratamos de gobernar, pero no nos dejaron, a pesar de que es tan nuestra como de ellos. Pero somos orientales- dijo, a viva voz, para quien quisiera escucharlo. -¡Les traemos las riquezas y ellos nos desprecian! Siempre lo hicieron -se lamentó. - Creímos que por un momento nuestros hijos serían de Dale, jamás lo fueron. Oh, señora. No conservé esta ciudad bien para tí.- dijo con tristeza. - Y mis colegas han muerto o se han devuelto, como exención especial de nuestra reina. Y otros, la peste, como bien sabrás...

-Yo debí hacerlo y temo que es demasiado tarde. Creí que no me necesitaban, fui a donde creí que era necesitada, donde había sufrimiento. Lamento lo que causé.

No fuiste tu, fueron los enanos- me respondió. Y lo otro, ¿cómo lo ibas a saber? - dijo, para dar unos pasos ante Legolas, que lo miraba extrañado. Este a él.

Los dos sonrieron. Se abrazaron.

-Ella tiene excusa. No nosotros. Pero mi padre…

-No pasarás sin tomar nuestro Miruvor- dijo, levantando una ceja. -Sé de las desventuras del rey Thranduil, más desde que la señora se fue- dijo.

-Esa es una frase que conozco- le dijo Legolas, suspirando.

-¿Miruvor? ¿No somos nosotros los que lo hacemos? - me preguntó Tauriel.

-¡Esta debe ser tu novia!- dijo Sën, mirándola con gran aprecio, mientras su esposa, cerrado su abanico en mano, lo miraba con reproche. ¡Qué linda nuera, suegra! ¡Parece tu hija!- me elogió.

-¡Oh, no, nosotras no somos parientes!- dijimos al tiempo, torpes, tratando de explicarnos, para oír una risa franca de Legolas.

-Ella es Tauriel, capitán de mi guardia. Pero gracias por hacerme reír.

-Pues tu y tu padre tienen los mismos gustos, muchacho- dijo, ignorando su explicación. Legolas y Tauriel se miraron de forma extraña. Y luego me miraron a mí.

-Sabes cómo es- le dije, levantando las cejas.

-Es una lástima todo lo que ocurrió después de que vino, señora- dijo él, tomando el "Miruvor", oriental, y luego aspirando su pipa, que eran unas bebidas herbales calientes. Todos estábamos arrodillados, sin zapatos. -Humillarla a ella- dijo, palmoteando mi espalda- ¡Por unas gemas! ¿Tan importantes eran?

-Pertenecían a mi madre. Las dejó en Angmar, no sé cómo pararon con los enanos. Son de mi padre.-dijo Legolas, apesadumbrado. Yo tomé su mano.

-Thrór siempre fue algo ambicioso, muy astuto, muy listo. Me dio grandes ganancias. Pero ese anillo fue su perdición y la de su casa. Codicia, es la palabra. Y no debió nunca tomar ese collar- insistió, molesto.

Una de sus bisnietas nos sirvió varias criaturas marinas sobre cuencos de granos. Tauriel notó que una se movió. Zën se la comió viva y quedó paralizada, así como Legolas. Se comió otra.

-Vamos, ¡adelante! ¡Te gustó mucho nuestra comida la última vez!- le dijo a Legolas. - Esta es del estilo de las islas del norte.

-Yo…

-Tomo esta- dije, comiéndome una de las pocas piezas que no tenía criaturas. Vi en la cara de Legolas una rápida derrota, pero tomó la otra. Trataba de disimular, porque la comida cruda la detestaba. Decía que así comían los orcos.

Tauriel suspiró hondamente. Vio una bolita verde.

-Creo que comenzaré con esto- dijo, tratando de usar los palillos.

-¡No!- dijimos Sën y yo. Y a ella le pasó lo mismo que a tu hermano al lado del río, pero solo tosía, ayudada por Legolas. Yo trataba de ayudarla a beber, hasta que la misma chica y su bisabuela trajeron un líquido blanco. Leche. Tauriel dejó de ahogarse.

-¡Viejo tonto!- dijo su esposa, golpeándolo con el abanico. - ¡Debes explicarles a nuestros ilustres invitados cómo comer! ¡Medio milenio y sigue siento tan bobalicón!

-Ella me recuerda a alguien- me dijo Legolas significativamente, mientras yo ayudaba a Tauriel a beber más.

-Yo solo tiro arañas en la cara. Pero probablemente intente eso también. - le respondí socarrona, para acomodar a Tauriel, que se compuso.

-¡Perdón! ¡Es que me da terror comer comida cruda! ¡Jamás había visto algo así!

-Oh, ¿no les gusta la comida cruda?

-No- dijeron al tiempo Legolas y Tauriel, espantados. El hombre se puso a reír, mostrando todos sus dientes, mientras acariciaba su larga y fina barba.

-¡Elfos Sindar! ¡Qué graciosos son!- dijo, para seguirse riendo.

-Cuenta a los Eldar y Noldor ahí- dije, robándome otra pieza sin un animal vivo. -A esto fue lo máximo que llegué allá.

-Hemos ayudado mucho a Dale, pero es como un ser moribundo. Y sentimos, mi familia y yo, que al no aparecer ustedes, no hay ningún motivo para quedarse acá. Necesitamos su ayuda. La de tu padre, al menos con provisiones y algo de guardia. - le dijo a Legolas, que miraba a la mesa. Ahora le traían castañas fritas, solamente. - Han venido los orcos y mis descendientes no pueden solos, porque vienen más. Y son más atrevidos. Y hay gente que no tiene cómo comer. Es difícil cargarla cuando no hay líderes y ya no hay riquezas. Las pocas que tenemos las usaremos para volver a nuestro reino. Y con suerte.

-¿Te vas? - le pregunté, con tristeza.

-La Tierra Media es un lugar acabado. Le esperan días peores. Lo hemos dado todo, pero nuestros espíritus merecen descansar. Mi familia merece regresar a Yatac. Nos lo hemos ganado. Mientras haya mal, Este y Oeste no podrán unirse. El último intento lo hizo el príncipe Ïe, pero ya sabes cómo terminó eso. Y sus hermanas no piensan mover un dedo por nosotros. No podrían, igual. Los aurigas las quieren destruir y estas a ellos- expresó, con tristeza.

-Te entiendo. Estás cansado. Es justo para tí. Perdón por no estar. Debí buscarlos.

-Y nosotros a tí- dijo, mirando a Legolas. - Pero no te necesitábamos. Eso creímos. El punto es que todos nos necesitamos. Y eso deben entenderlo todos.

-Es claro el mensaje. Y claro que se lo diré a mi padre. - dijo este, cavilando.

No había quién gobernara, eso era cierto. Lo vimos al la familia de Sën repartir ayudas a los más necesitados. Era invierno otra vez. Y una semana después, sonaron las campanas. Los vimos. Eran orcos. La gente corría aterrorizada hacia las afueras. Era nuestro rastro.

-Esto sí es nuestra culpa- dije, pensando para mí misma "no otra vez, no otra vez, no otra vez". Sí otra vez. A donde iba yo, como dijo la anciana, iba la peste. Y también la destrucción. Comencé a pensarlo, pero deseché esta tonta idea de la cabeza.

-Era claro que sabrían que estamos aquí- dijo Legolas, sacando sus armas. Tauriel sacó las suyas. No, yo no traje la peste. Pero a los orcos sí.

-Bueno, simplemente sucedería- dijo Sën, altivo. - No es culpa de nadie. Acabaremos con ellos.

Vimos a los hijos, nietos y bisnietos de Sën, con otros hombres, alistar la defensa. Las mujeres también. Flechas. Ellos las tiraron, como se hacía en el reino del este, espantándolas. Sën tomó la espada que le di. Saltaron, increíblemente, sobre el lago, apenas pisándolo, para atacar primero. Yo hice lo mismo, como en los viejos tiempos. Acabaron con muchos, pero el viejo Sën, ya no tan hábil, fue rodeado. Yo estaba rodeada, y grité. Y a pesar de los esfuerzos de Tauriel, que era la que más cerca estaba, no pudo evitar, al ser rodeada por más orcos, a los que desgarraba incluso con las manos, como le enseñé, verlo caer. Legolas y yo también estábamos rodeados. No pudimos hacer nada, porque eran centenares. Así murió mi amigo, el astuto mayordomo del último gran imperio élfico. Solo tiró mi espada, hacia mí. Ella volvió a su dueña. Tenía el mismo jade. Yo volé vengándolo. Derrotamos quinientos orcos nosotros solos, con sus hijos y los últimos orientales de Dale. El último tigre había muerto. Lo enterramos al modo de Utumno. Su familia entera estaba de blanco y yo dejé un pequeño lirio para besar su frente.

-Que la gracia de los Valar te acompañe- le dije, apesadumbrada. Quizás sí, yo traía la muerte por donde pasaba. Lo vi en los rostros resentidos de sus nietos y bisnietos. Y de Dale mismo.

-Vendrán más- me dijo la anciana que ahora era su viuda. -Hemos de irnos cuanto antes.

-Serán prisioneros de los aurigas. Esgaroth no tendrá a nadie.- le respondí, desconcertada.

-Sobrevivirán- me dijo ella, dolida. -Pensé que usted, como viuda, lo entendería. No todos somos tan fuertes como usted. No todas podemos ser la esposa de un rey supremo- me recriminó.

Ahí entendí que el espíritu de Sën no llegaba a su esposa. O nunca lo hizo. Conocía a esas mujeres, enanas, mortales y elfas, resignadas a compartir un destino. Canté con ellas, crié a sus hijos, los ayudé a venir al mundo. Cosí con ellas. Pero nos separaba precisamente ese solitario camino que elegí. Por eso, a pesar de todo, eran extrañas para mí, a pesar de compartir sus dolores. Nunca pude esperar y llorar, y añorar. En mí estaba la venganza.

-Vivir en este lugar horrendo cuando en nuestro reino hay maravillas. ¡Pues quédese usted!- me dijo, molesta.

-Ahora que no les sirve, ¿ahí sí se van? - preguntó Tauriel, indignada. La ví. Tenía mi mismo espíritu. Ella no se guardaba nada.

-¿Quién eres tú, jovencita elfa, para decirme cómo es el mundo a mí? Es probable que vivas toda tu vida en un bosque. No tendrás hijos ni los alumbrarás, porque tu raza acá en el oeste está muerta.

-Eso no es cierto. Su marido nos pidió ayuda, porque sabe que no lo estamos. Pues si estamos tan muertos, entonces es mejor irnos- dijo Legolas, airado y harto de los insultos. Le venía a la mente todo lo que pasaba en Erebor, todo lo que nos hicieron. Y su padre tenía más que razón.

-No hagan caso a mi madre- dijo uno de los guerreros maduros. - Nosotros nos quedaremos. Si la familia ha de irse, pues que se vaya a Oriente. Pero nuestro padre nos ha dado una misión que cumpliremos.

Las discusiones comenzaron. Legolas y Tauriel discutían con la diminuta mujer, que discutía con sus hijos, que discutían entre sí.

-Basta- grité, con voz estentórea.

-Sé que tú eres consciente de por qué se creó esta ciudad- le dije al hijo mayor, que asintió. También dos de sus hermanos. Quienes se hayan de ir, que se vayan. Quienes se hayan de quedar, que se queden.

La enorme familia se dividió. Eran más pocos los que se quedaban. Irónicamente, los mejores guerreros.

-Deberían quedarse. - dijo Legolas, orgullosamente. - Sus guerreros se quedan aquí. Morirán con los aurigas.

-Entonces, moriremos. Pero no nos quedaremos en este horrible lugar, nunca más- dijo la mujer que estaba al lado de la anciana, que me arrebató la espada.

-Y esto a usted no le pertenece.

-¡Oiga! Horrible mujer- afirmó Tauriel, más furiosa que nunca, mientras Legolas la detenía.

-Madre, ¡es de ella!- gritó el hombre. El otro le gritó que no gritara a su madre. Legolas y yo nos miramos, decepcionados. Una gota no hacía un río, ese era el caso de hombres y elfos por toda la eternidad. Este me la devolvió, pero la anciana la tomó. Al final, se fueron, con varios niños. Era una gran tribu. Las otras familias no expresaron nada.

Tres días después, en la casa de Sün, el nieto mayor de Sën, recordé que desde hace algunos años, la línea de Girion, rey de la Ciudad del Valle, a quien conocí, se había perdido. Nadie daba razón de la familia. Y se decía que ahora vivían pescando, apartados de todos. No tenía tiempo para buscarlos, luego de lo que había pasado.

-Mande por la ayuda a su padre- le dijo el hombre a Legolas, que asintió. No nos dijimos nada al regreso. Entendía su decepción y la ambigüedad de los hombres. Thranduil nos esperaba, cruzado de brazos. Nos recibió sin decirnos nada.

-Tienes mucha fe en los hombres y enanos. Ese siempre ha sido tu mayor error. Son una raza voluble y codiciosa. Ambas lo son. - nos dijo Thranduil, ya al regresar. -Sën era el único hombre valeroso de los orientales que ocuparon esa ciudad. Fueron listos en irse. El problema es que no saben de raíces o de conservar nada que no sea para su propia ambición.

-Quizás piensan como tu, en su familia. En lo que extrañan- le dije. Le sirvió vino a Legolas.

-Los humanos no. Yo sabía exactamente quiénes eran ellos. Todos. Sën y su horrible y diminuta esposa que te odia porque algún día él estuvo enamorado de tí. No un día. Toda su vida- aclaró.-. Es entendible. - dijo, para mirarme de reojo. Yo lo seguía mirando duramente.

-Vamos, no… - dije, encogiéndome de hombros. - Para mí solo era un mortal oriental muy astuto y jovencito. Esa información me pateaba en el estómago, completamente.

-Pero te amaba. Tengo ojos. Los tengo en mi reino y alrededor. Conservó la espada porque te recordaba a tí. Siempre fuiste el amor imposible. En eso…- digamos que lo entiendo- dijo Thranduil, sirviéndose más vino. Yo lo escuchaba con desazón.

-¿Cómo podría haber cuidado Esgaroth, sino con la secreta esperanza de verte de nuevo? Sí, él y yo habríamos podido hablar de eso. De cómo cuidar cosas y soportar a gente y visitas innecesarias por amor - me dijo, de hito en hito, mientras tapaba su botella, revelándome que él mismo nos mandó a estrellarnos contra la realidad. Y como era "mi desastre" sabía cómo darme lecciones. - Pero al menos yo tuve esperanzas. Quizás solo una.

-Entiendo que hayas querido hacer esto para tu propia satisfacción. Pero si oíste lo que Fineriel y yo te dijimos… ellos siguen necesitando ayuda. Hay inocentes ahí. Otra vez, padre- insistió Legolas, decepcionado.

-¿Y a quién se la daría, según tu? ¿A esa familia, que especula con favores, precio y comida? ¿Que parece establecer su propio reino, que expolió las riquezas de la ciudad?- respondió, enterándome de paso, de las no tan santas actividades de Sën y su familia.

-A todas esas familias. No a ellos. - le respondí, con serenidad.

-¿Y cómo garantizaría que el resto de esa familia de orientales no se siguieran aprovechando de los demás?

-Tómame como garantía- le dije, sentenciando nuestra tercera separación. - Yo estaré ahí para arreglar lo que abandoné.

-Quiero otra- me dijo, mirándome a los ojos. Yo suspiré. Estaba algo cansada de su dualidad. De su impiedad. Y él mostraba así su cansancio por mi intermitencia, porque le recordaba lo que no podía ni quería controlar.

-Padre, podríamos ayudarlos. Darles algo y establecer un seguimiento.

-El mío- ideé. -Te prometo que no te molestaré luego de esto.

-Los odian. A todos. A ti, sobre todo. No eres quién para que confíen en tí. Deja de perder el tiempo en lugares sin esperanza y empresas fracasadas- me espetó de una buena vez. Las mismas palabras que oí antes de él, de los padres de Tauriel, de tantos.

Las cosas no habían cambiado en lo absoluto.

-Déjame ir contigo- me dijo Legolas, viendo empacar mis cosas.

-Y luego tu padre me preguntará por qué te incluiré y arriesgaré tu vida…

-Eso no me importa. Lo sabes.

Tauriel entró a la habitación.

-A él lo dejará irse pero a mí no. O es probable que tampoco te deje ir. Yo lamento cómo salió todo esto. Pero de todos modos sigo pensando que hizo lo correcto.

-No he hecho nada. Apenas comienza.

-¿A dónde irás?- me preguntó, dándome mis garlanchas.

-A las ciudades hermanas- le respondí, sin mirarlo.

-Iré-insistió.

Oí muchos gritos por parte de ambos esa noche. No me quise entrometer. Ya no estaba en esa posición. No me despedí de él. Y Legolas tampoco lo hizo. Tauriel nos miró desolada.

-Los informaré de todo lo que pase acá. Tal y como nos enseñó, con las aves.

-Volveremos- le dije, abrazándola. Él y ella solo se hicieron el saludo élfico.

-Gracias- dijo, tomando su hombro. Bajamos al sur, en nuestros caballos, para pasar por el lago y las montañas. El clima cambió. Otra vez los altos árboles de tallos delgados. Desierto caliente, luego para pasar el desierto frío y las fronteras invisibles de Utumno. Miles, cientos de miles de leguas. Y murallas, puntiagudas, graciosamente geométricas. Rhürhkhül, la ciudad hermana de Esgaroth, al noreste, cerca del mar del Rhür, escondiéndose de los aurigas, en el desierto. Lengua oriental. No habían visto a alguien como nosotros en años. Y nosotros, no habíamos visto en años una ciudad tan viva. Llena de comercio, de guerreros. Claro que nos preguntaron de dónde veníamos, lo que generó más interés y la noticia se regó por toda la ciudad. Solo mostré mi collar. Y ese fuego encendió los rumores, así que la gente, de todos los colores (algunos con pieles negras tan hermosas, casi azules y ojos negros y verdes) se agolpó a nuestro paso. Las túnicas, las sedas estampadas y coloridas de Utumno, con otros estilos que vi al sur de Khand. Qué ausente estuve del mundo que descubrí. Legolas también miraba todo fascinado. No había vuelto al Este desde la caída de Ië. Fuimos al centro, a donde estaba el mayor comerciante de objetos de la Tierra Media, un enano (no de Erebor, claro) llamado Emni el mago, o así le decían en aquella ciudad. Él se había establecido allí antes de todo lo que había sucedido, el auge y caída, del reino de sus hermanos. Era bastante conocido en el Este, de hecho Legolas me habló de él porque se beneficiaba de las peleas y comercios de las tres razas. Un enorme palacete, de almenaras y azulejos. Me recibió una mujer morena, al parecer auriga, vestida ricamente. Era muy hermosa. Sí, algunos vivían bien en medio de las desgracias.

-¡Vaya! ¿No te gustaría ser mi esposa? - me preguntó al verme. Cabellos negros y barbas negras. Yo suspiré, levantando las cejas.

-Eso es imposible- le respondí, en la misma lengua oriental.

-¿Y por qué? ¿Es este tu marido? -le preguntó a Legolas, que levantó una ceja.

-Es mi nieto- le respondí burlonamente.

-Bueno, es una lástima, aunque tranquila- se burló. - No quiero hijos, ya tengo demasiados- me espetó, contando sus tesoros. Estaba rodeado de ellos.

-Sí, ya estoy casada- dije, sentándome al frente suyo. Legolas examinaba todo y descubrió que había un patio posterior, luego de que recorrimos la gran casa de dos pisos con un estanque en el centro.

-¿Y por qué razón tu marido te dejó irte?- me preguntó, interesado.

-Porque ya está muerto- dije, buscando algo dentro de mis ropas. Él me miró aún más interesado. Saqué unos pendientes que él miró con codicia. Los de la nuera de Aznetha.

-¿Dónde conseguiste eso?- me preguntó, con los ojos brillantes. Legolas lo miró con aprensión.

-Un regalo. ¿Cuánto me das por eso?

-¡Una moneda!- me dijo, para yo tomar su mano.

-En serio- le dije, guardándolos.

-¿Sabes que podrían no salir vivos de aquí? Creo que sé de tí. Les diría a los aurigas del oeste que vinieran, te tomaran presa y…

-Te mataría antes de que eso sucediera.- dijo Legolas, sin contenerse. -No sabes quiénes somos.- le dijo, apuntándole con su arco.

-Pero sí sé.- dijo, sin alterarse aún con una flecha apuntándole. - Tu debes de venir del reino de Thranduil, se ve por tu efigie y tu capa. Y tu...bueno, no sé quién eres tu.

-No importa ahora si tengo cosas para ofrecerte- le respondí. - Necesito comida, necesito armas y necesito algo que me garantice seguir comerciando contigo. Y necesito gente fuerte- le respondí, clavando mis índices en su cuello. - Orientales de Utumno, de preferencia.

-Eso no te cubre…

-Sé que me cubre todo eso- le insistí. - Y tengo- dije, también mostrándole dos enormes monedas de oro con el rostro del rey Xï (las conservaba como regalo de Ië)- un mensajero. Hasta Adkhül. ¿Estamos de acuerdo?

-¿Qué te garantiza que te dé todo lo que me pides?

Volvimos a oír ruidos. Legolas bajó el arco y yo dejé de amenazarlo, no sin antes tomar rápidamente mis monedas.

-¿Son tu guardia? - le pregunté, interesada.

-No, ellos pelean por oro. - dijo el enano. -Son mis campeones.

-¿Campeones?

-Esclavos- dijo. Oímos pisadas. Entendimos que estábamos rodeados. Éramos una gran presa para no ser aprovechados.

-Sabes que podríamos acabar con todos ellos- dijo Legolas, asqueado. Habíamos sido traicionados.

-Ahora son nuestros prisioneros. Les tomaría mucho salir de la ciudad y acabar con todos.

-Podríamos hacerlo, sí. Pero fracasaría en mi viaje y no quiero eso. Así que tienes esclavos…- le dije altiva.

-Así se sostiene esta ciudad.

-¿Incluso niños?

-Bueno- dijo, como cosa natural, alzando los hombros.

-¿Lo sabe Adkhül? - pregunté, sin alterarme.

-Ellos están ocupados con los aurigas.

-¿Quién gobierna?

-Somos libres. Somos varios señores sin un señor. Esto ha sido así por siglos- dijo. - ¿Para qué todas estas preguntas?

-Bien, Emni. ¿Qué se supone que hacen allá abajo?

-Son esclavos que pelean para nuestra diversión. El que sobreviva a todos, gana su libertad y tres mil monedas de oro.

-Entonces quiero pelear- le dije.

-Fineriel- dijo Legolas, pero yo lo contuve.

-Me pregunto qué pasa si doblamos la apuesta.

-Doble premio- afirmó interesado. -Pero no me sirve. Podrían ser simplemente mis esclavos y sus tesoros los tendría para mi provecho.

-Y tendrías a diez mil elfos de Thranduil sitiando esta ciudad en dos meses. No querrás saber lo que te harán. Él es el príncipe del Bosque Negro. Legolas. -dije , tomando sus hombros. -¿Quieres guerra o un parte de las ganancias que podamos darnos mutuamente?

-¿Y qué me darías tu? ¿Ese hermoso collar?

-¿Para que tu bella auriga se muera de peste? Supongo que oíste esa historia- le dije, sentándome y cruzando mis piernas. - No, Emni. Quiero…

-Me fijé en la espada verde. La espada de Sën.

-¿Cómo conseguiste eso?- preguntó Legolas, aterrado.

-Bueno, matamos a unos aurigas que mataron a toda una caravana de orientales que huía de Esgaroth. No quedó uno solo vivo. Niños, mujeres. Una anciana pequeña la tenía en sus manos. Los aurigas la dejaron hecha pedazos.

Lo miré desolada. Eso les había pasado. Se los advirtieron, se los advertimos. Bajé la cabeza, para taparme la cara con las manos.

-Lo siento mucho- dijo Legolas, colocando su mano en mi hombro.

-Tengo algo que elevará tu apuesta. Diles que acá está Fineriel, esposa de Gil-Galad, el último rey supremo de los Noldor. Cobra cien mil monedas de oro por cada uno.

-¡Jamás darán tal cosa!

-La darán, porque esto- dije, señalando mi collar- vale más que toda esta ciudad y lo sabes. Sé que no has dejado de mirarlo. Te daré los pendientes de la reina Aznetha pero si ganamos, tu te llevas cuarenta por los dos y nosotros el resto. Y la espada, mas todo lo que podamos comprar con ese dinero. ¿Entendido?

-¿Y cómo sé que tu eres ella? Dicen que ahora anda en Occidente.

Yo me quité todo, rápidamente, para sorpresa de Legolas, que solo tomaba mis ropajes. Me quedé con solo la blusa élfica y la rasgué. Mi brazo derecho. Lo toqué. Se puso negro de inmediato y todos en esa estancia se asustaron, menos Legolas.

-En verdad es...no puede ser…

-Y ni pienses en atacarnos. Puedo hacer que esto arda. Elige bien: más gloria y riquezas…

Nos escoltaron a dos habitaciones, pero negué con la cabeza.

-¿De verdad quieren ir a las barracas? ¿Qué tal que este le diga a su padre que no fueron bien tratados y haga la guerra? - me preguntó Emni.

-No, simplemente queremos ver a quiénes nos enfrentaremos- le dijo Legolas. Y estos eran unos lugares horribles, sucios y destartalados. Olimos de inmediato el sudor humano.

-Te dije que por eso quería venir sola- le dije a Legolas.

-No es eso lo que me molesta sino en cómo nos aprovecharemos de sacar ventajas en un sistema de oprimidos. Y así. Lo siento, pero esto es indigno de tí- me dijo. Yo no le respondí, porque hasta ahora me estaba dando cuenta de las implicaciones de este trato. Me arrepentí enseguida, pero era demasiado tarde.

-Tranquilos- nos respondió un hombre barbudo y moreno que estaba solo con una túnica corta que le cubría su parte de abajo. - Otros lo han hecho antes. No veo por qué ahora con elfos sea diferente.

-¿Cuál es tu nombre?

-Ruhäl. Nací al sur, en la frontera con el imperio auriga. Soy auriga, como muchos hombres acá, pero ya no somos parte de su imperio. Durante años los señores de esta ciudad al vernos como enemigos, así seamos inocentes, nos han esclavizado. Dicen que una cuna auriga vale mejor atravesada por una daga. Al menos en Utumno y en Adkhül los tratan como ciudadanos y tratan de integrarlos. Acá mi pueblo es más peligroso. O bueno, al menos los que les hemos dicho que deben liberarse.

Ví latigazos en sus brazos y espalda.

-¿Hacen eso con todos? - pregunté, horrorizada.

-Sí, pero sobre todo con los que hablamos a nuestro pueblo de liberarse de cualquier yugo, incluido el del rey Ruïl. Estos señores de esta ciudad no son diferentes a él. De hecho, son sus aliados.

-Pero nos dijeron que mataron a aurigas que atacaron una caravana de Esgaroth.

-No, fueron ellos. Andan aliados. Supongo que a la espada solo le vio valor Emni, el único enano entre los señores de esta ciudad corrupta. Los mataron entre ambos.

Exhalé, llena de furia. No daría nada a quienes habían matado a la familia de Sën. No, tendría que hacer algo mejor que matar esclavos para su diversión. No les daría nada. Menos aún luego de lo que había visto y oído.

-¿Por qué estás aquí? - le preguntó Legolas.

-Por mis ideas- dijo, resignado. - Por hablar de ellas. Por decir que los hombres debemos ser libres. El año pasado ejecutaron a Reigël, nuestro líder. Y a todos los esclavos y aurigas que se rebelaron. Yo era uno de los agitadores, así que me marcaron con hierro y solo esperan que muera.

-¿Cuántos hay como tu ahora? - pregunté yo.

-Vamos, tienen miedo…

-Tienen que haber más como tu- insistí. -Vamos. ¿Y cómo aprendiste élfico, para variar? - le pregunté, extrañada.

-Cuando era niño vivía en Adkhül. Fui uno de los tantos alumnos de las gobernadoras, Pïn y Uë. Ellas son maestras de todos los niños que conformaron la ciudad, aurigas, urdars, de Utumno, por igual. Implantaron su idioma y también el de su pueblo. Ellas fueron las que nos dieron esas ideas. Luego, de joven, quise irme al oeste, a los reinos élficos. No llegué lejos, por mi color de piel. Tuve la estúpida idea de ir a Osgiliath y bueno, solo soy un auriga. Casi me matan. Creen que todos los que somos así, de este color- dijo, mostrándome su piel amarilla ocre- Somos… malos. Como los de Umbar. Me devolví y al ser recibido por mi pueblo, al ser de Adkhül, ya era traidor. Eso pasó con miles de nosotros, que fuimos entonces esclavizados o muertos. Y como comenzamos a organizar la rebelión, nos enviaron acá a morir. Con nuestro líder iniciamos otra, que llegó al imperio, que se unió con los señores de esta ciudad.

Sí, Thranduil me lo había dicho, pero no le quise hacer caso. También se lo dije yo en Erebor: todo es más complejo de lo que mis ojos querían ver. Incluso dentro de lo que los pueblos descendientes de los Dúnadain y Rohirrim consideraban "indeseable" existen "indeseables" bajo sus intereses. Me sentía peor, porque ahora pensaba aprovecharme de esta gente. Y no podía dejar las cosas así, menos con el pueblo que Uë y PÏn cuidaban a través de sus libros y de su espada. No podía traicionarlas así, ni a ellas, ni a mí, ni a lo que creía, ni a mi marido, de quien sentí que usé su nombre en vano. Ni a Legolas. Y de nuevo, la vieja enemistad, esa idea fundacional que jamás se fue: los hombres de piel oscura como enemigos y malvados per sé que había tratado de cambiar todos estos años. Y en vano.

-¿Cuántos así, como tu, están aquí?

-Somos cincuenta.- me dijo. - Y si veo lo que está viendo… no, sería imposible. Son cientos. Jamás les ganaríamos- dijo, adivinando mi pensamiento. Ya han puesto a enfrentar hermanos contra hermanos. Ha sido enormemente doloroso.

-Pero no es imposible. ¿Con cuánto compras la libertad de un esclavo?

-Tres mil monedas de oro.

-¿Y sabes pelear, al menos?

-No estoy muerto, si eso es algo.

A la mañana siguiente, nos dieron una comida asquerosa, que no tocamos. Yo le di lembas a Legolas y le compartí a Ruhäl. Hablaban de nosotros. Yo veía a todos los que tenían la misma marca de Ruhäl y las señas que hacían. El primer rival que tuvo que enfrentar Legolas fue un enorme hombre oscuro que venía del sur. Lo tiró contra la pared de madera, para romperla, lo que generó bastantes risas, pero este ya estaba encima de él, con la espada en la nuca.

-Nunca subestimes a un elfo- se burló Emni. Pero este gran hombre tiró a Legolas contra el suelo, que solo sacó su espada y amenazó con cortarle las piernas.

-Suficiente. Ambos pasan.

-¿Qué pasa con los que no son aptos? - le pregunté a Ruhäl, que me hizo una seña de que morían. Yo solo maquinaba. No, no querría que continuara este sistema perverso. Pero, ¿cómo iniciar una rebelión?

Tuve que luchar contra Ruhäl, que a pesar de ser torpe en sus modos, no se rendía. Lo dejé de una patada en el suelo. Lo ayudé a levantarse, porque no se rindió. Ambos fuimos marcados.

Así fue nuestra vida por largo tiempo. Ruhäl tenía más compañeros, con historias similares. Muchos dejaron a sus familias en Adkhül o las perdieron en esa perversa alianza, a pesar de ser aurigas. Esposas, hijos, muertos, o lejanos. Solo por sus ideales. Legolas y yo conversábamos, en la noche.

-Es algo descabellado lo que planteas. Primero habremos de ganarnos su respeto. Además, ¿cuánto les darás?

-Lo suficiente para liberarlos.

-No nos alcanzará el dinero. Quizás lo que podríamos hacer es liberarnos primero y establecernos aquí. Comprarlos a todos ellos.

-¿Crees que nos dejarán hacerlo? ¿Qué tal que tengamos que matarlos antes de eso?

-Tiene que haber una forma. ¿No dijiste que aquí hay aún orientales expertos en hacer pociones? ¿Ya desististe de esa idea?

-No. Aún no. Llevo conmigo los frascos de veneno de araña y del agua del bosque. Es muy raro que no nos hayan robado nada. Podrían hacerlo y matarnos.

-Y la ciudad ardería por mi padre. Soy su garantía. Pero...me pregunto si hay una poción lo suficientemente buena para hacer fingir la muerte de alguien. Y si esa pudiera, ya sabes…

Vi que la auriga que nos recibió pasó por nuestra celda, mirando sugerentemente a Legolas. A él no se le escapó este gesto. Ni a mí.

-No estarás pensando que…además, la matarían si la ven contigo.- le dije, mirándolo fijamente.

-Pero puede ayudarnos- insistió Legolas.

-Tu, el que acaba de decirme que esto es impío, porque lo es, ahora vas a seducir a una pobre de ellos…

-No es pobre. Es esclava de casa o una mujer que sirve a Emni y a sus señores. Y quizás esté harta de ellos.

-Creí que amabas a Tauriel.- le confesé. Él me miró aturdido.

-¿Cómo lo sabes?

-Eres muy evidente- le dije, sonriéndole, mientras remendaba mi túnica, ya que el calor era insoportable. Nos habíamos vestido ambos a la usanza oriental. Yo tenía los pendientes de la reina puestos y dormía con ellos. Y el pelo recogido. Legolas tenía una túnica corta, verde, como la mía y como la de los hombres de allí, y sandalias.

-Bueno… no sé si ella me ama a mí. - me dijo, levantando sus cejas. - No sé lo que piensa. Además, soy mucho mayor que ella.

-Mi marido vivió casi dos edades antes que yo. Los doscientos años más felices de mi vida. Bueno, añadiendo a los que pasé con tu padre- aclaré.

-Esto es distinto, ¿sabes? Tengo miedo. Si mi padre se entera, no lo permitirá.

-¿Planea casarte con alguien?

-Dice que con Arwen Undomiel, hija de Lord Elrond…

Yo me eché a reír, silenciosa, en la barraca, de buena gana.

-El problema es que a ambos los crié yo. Y tu al tercer día estarías montando a caballo para irte al Bosque y ella tomaría el caballo para irse al otro lado- bromeé. -Y a ambos los crié para que amaran a quien quisieran, o bueno, tu madre te crió así a tí.

-Ella me dijo que tu apoyo para estar con mi padre fue fundamental, así que sí, fue indirecto.

-Y a Celebrían y a Arwen, igual. No, Thranduil está loco. Ninguno de los enlaces de toda nuestra historia ha sido así, jamás. Ahora, si salimos de esto, si no fracasamos…-suspiré - Ve y plántale cara. Yo te apoyo. Tu madre así lo habría querido. Y por eso me parece espantoso lo que se te acaba de ocurrir.

-Solo fue una idea. Quizás con Tauriel sea un amor sin esperanzas. Además… ella me gusta- me confesó. Yo sonreí.

-Ten mucho, mucho cuidado. - le advertí.

Un día antes del combate, Ruhäl y el enorme hombre oscuro, Ozaun, que venía al sur de Farahaid (terminó siendo esclavo de los umbar en una de las batallas contra ellos y luego vendido a los aurigas), me daban los pormenores de cómo funcionaba la casa de Emni.

-Ella es una esclava de casa, Ahïya. Las más bellas no trabajan, solo complacen a los señores. Es vana e interesada- dijo él, mirándola verlos a todos desde el balcón, con su fina túnica blanca. - Así sobreviven. Y cuando tienen a sus hijos son reemplazadas por nuevas y recluidas. Aprovechan su belleza. No la culpo, eso también lo hubiera hecho yo.

-Es la propiedad más valiosa de Emni.

-¿Hay mujeres que hayan hecho lo mismo que ustedes? - les pregunté a ambos. Me explicaron que sí, pero estaban en la casa de esclavos de otro poderoso señor, Zür, el auriga. También traficaba con ellas.

-Es espantoso.

-Ahí está mi esposa- dijo Ruhäl. - Argeth. Nos separaron y nos vendieron. A ella le quitaron un ojo por incitar a las otras esclavas a rebelarse.

-Lo siento mucho.

Yo maquinaba. Lo primero que hicimos, Legolas y yo, fue que en vez de entrenar en combates, enseñaríamos a esos esclavos a usar mejor las armas. Lo hacíamos en las barracas, en enorme secretismo. Y en los entrenamientos nos enfrentábamos y hablábamos el idioma de Utumno, que no comprendían, para dar instrucciones. Salimos a los juegos, así les llamaban. A un lugar circular, que era llano en el centro. La gente y los señores estaban emocionados a rabiar.

-Y ahora… desde nuestro imperio del norte (era claro que sí estaban aliados a los aurigas), enfrentando a la compañía de Emni, rey de parias y de elfos (se oyeron risas). ¡Olifantes! ¡Olifantes!

Nos vimos rodeados. Salieron uno de un lado y uno de otro. Claro, no nos dejarían ganar tan fácil. Pero eran bastante creativos en ello. Sus enormes patas y colmillos. Marcharon y comenzaron a tirar flechas.

-¡En dos!- grité, para dividirnos y cubrirnos en grupo con los escudos.

-¡A por las patas!- grité, mientras todos nos rodeaban.- ¡A las patas! - les ordené y Ruhäl dio un espadazo contra el olifante, que casi lo aplasta. Ozun hacía lo mismo. Vimos a un pobre compañero ser aplastado. Legolas y yo nos miramos. Fuimos por el primer olifante y entre los dos acabamos con todos sus ocupantes. Yo clavé mi espada en su cabeza, mientras Legolas me protegía con su escudo de las flechas. Tomó un carcaj y comenzó a disparar, para matar a dos. El olifante gritó de dolor. Abajo lo estaban atacando. Volví a hundir la espada y cortamos las cuerdas. Ruhäl, Ozun y otros cuatro la tomaron para enredar al otro. Cayó, mientras otros seis trataban de huir, pues ambas criaturas chocaron una contra otra y enredaron sus colmillos, para chocar contra una pared que casi mata a los espectadores. Bajamos a los sobrevivientes y los rematamos. La gente gritaba a rabiar. Casi todos estábamos vivos.

-¡Que el botín sea repartido a la casa de Emni! - gritó, mientras uno de los señores, Zür, el auriga, me tiraba monedas de oro. Los miré retadora.

-Aún les esperan más batallas. Estos juegos no han terminado.- nos dijo.

Apenas volvimos a la casa de esclavos, Emni nos besó a los dos. Legolas le quitó su mano.

-¡Me harán rico, rico! ¡Mis elfos me harán rico! ¿Qué desean?

-Deseo para el príncipe Legolas las habitaciones que usted nos prometió. Para él solo- le dije. Y él desea compañía femenina- dije mirando a Ahïya, que me miró suspicaz.

-Eso te costará- me dijo. Yo le di una moneda de oro.

-Tres más.

Lo hice, asqueada. Solo esperaba que Legolas pudiera aliarla a nuestra causa, o al menos, sacarle algo.

Abajo, nos organizábamos. Lo ideal era que la casa de Emni ganara los juegos, nos repartíamos el botín, compraban su libertad y así, unidos, podríamos reclutar a soldados para nuestro ejército. Ruhäl enviaba cartas a los otros esclavos, en clave, que se inventó con todos nosotros. No fue fácil ser una de ellos, pero al ver nuestra proeza con los olifantes, me dieron toda su confianza. Y sí, estos brutos nos dejaban las peores cosas. No sé cómo diablos Ië consiguió un troll de las montañas y lo regaló a los señores de esta ciudad (prueba de que aprobaba su opresión). Lo habían encerrado por años y a su guarida llevaban a todos los que ni siquiera servían como esclavos y directamente eran indeseables. Otra vez, los diez, enfrentando a esa horrible criatura, que acabó con dos de un manazo, pero lo llenamos de cortes y flechas. Legolas y yo solamente lo rematamos con nuestras espadas élficas hasta atravesar su nariz. El botín se incrementó.

-¿Y bien? - le pregunté a Legolas.

-Está dispuesta a conseguir una poción que finja la muerte.

-El punto es que tendremos que probarla en alguien. Y el punto es que ella no puede hablar.

-Lo odia. Quiere salir de aquí e irse a Farabaid, de donde es. La ha vendido a todos los señores.

-Solo hablaron, ¿verdad? - le pregunté, suspicaz.

-Le tengo compasión.

-Cuidado con eso- le advertí.

-Quería tratarla por una vez como a una mujer humana. Solo me preguntaba por mi raza, por ti, por el reino.

-Peor aún.

-No te preocupes, le dije lo que dicen de nosotros en los cuentos- me dijo, perturbado. - Fue raro.

-No sé qué traigan ahora para nosotros. ¿Otra compañía de esclavos a la que debemos de matar y no unir para liberarlos? ¿Un nazgul?-bromeé.

-Conseguiremos la poción rápido. Ten confianza.

En la noche, me salí ligeramente de las barracas. Era para nosotros fácil escapar, no tanto para los humanos. Y vi que aquella mujer fue voluntariamente a la habitación de Legolas. Sí, como mis hijos reales, como todos los hijos que tomé como madre, tus hermanos, Aragorn, tu… a mí nadie me contaba nada, pero yo ya daba una vuelta de ventaja. Era madre, sabía estas cosas.

-Aprovecha bien su tiempo- dijo Ruhäl.

-La necesitamos.

-No, de verdad le gusta tu príncipe elfo. Pero esas historias no terminan bien- apuntó. Yo lo miré a los ojos.

-¿Qué sabes?

-Dicen en Farahad que la mujer que te crió a tí, o eso dice la leyenda, la madre de la esposa del rey Gil-Galad, se enamoró de un elfo y se separaron. Él murió de pena.

-Vaya. Creí que esa historia había sido olvidada. Orleth, sí.

-Se la oí a la gobernadora Uë una vez, al explicarnos una noche por qué las uniones de elfos y hombres eran pocas y escasas. En toda la historia han sido elfas y hombres, pero no al revés.

-Jugamos con fuego, pero no tenemos opción. No dejaré que lo lastime y él sabe cuidarse solo. Y ella también- le dije, para palmotear su espalda.

-Una pregunta.

-¿Sí?

-¿Usted de verdad no nos odia por ser aurigas? Digo, combatimos contra Utumno, se aliaron contra Sauron…

-Yo no veo razas. Veo seres- le dije.

En la tercera fase de los juegos tuvimos que enfrentar al triple de hombres y fue bastante sangriento, ya que iban con sus carros de combate. Eran al menos cinco. Tuvimos que agruparnos, al estilo élfico de combate y lanzarnos sobre los escudos agrupados para tumbar carro por carro. Tuvimos que luchar contra las púas en sus ruedas, que casi parten en dos a varios de nosotros. Yo ya estaba acostumbrada al calor, a los insectos, a los terribles, TERRIBLES olores humanos (al ser la única mujer me dejaron una letrina para mí sola y el estanque para mí sola. Igual yo sabía que miraban). No era importante. El botín, que guardábamos celosamente con un hechizo élfico básico hecho por mí, se acrecentaba. Nos enviaban comunicaciones. Tendríamos que atacar al final. Ruhäl y yo comenzamos a abastecernos de armas en secreto. Hasta que Legolas me dio la poción. Ruhäl, Ozun y todos los demás, la miramos.

-Grave trabajo el que tuviste que hacer- se burló uno.

-Silencio- le dijo Legolas. - Está de nuestra parte. Y ha convencido a Emni de que te ofrezca a ti a Zür, al menos como compañía en la cena que ofrecerán para nosotros. Pruébala con él.

-Me encantaría matarlo de verdad. ¿Sabe que soy viuda?

-Tu rango no le importa si ya eres una esclava, ¿no crees? - insistió Ruhäl.

-Tiene razón- afirmó Legolas.

-Viene- dijo el que vigilaba. - Guarden todo.

Emni dijo que me quería a mí para hacerle compañía a Zür, el líder de los señores. Legolas se fue, escoltándome. Precisamente, esa propuesta. Me arreglaron al estilo de aquella ciudad, a la usanza auriga, pero más refinada. Túnicas de seda. Iban a tocar mis pendientes, pero tomé la muñeca de la esclava.

-No. Eso no- dije, dándole una nota. Ella me miró, asintiendo.

Legolas entró, también con túnicas y zapatos ligeros. Tenía su cabello suelto.

-Te ves raro- nos dijimos al tiempo. Nos repartimos las armas para esconder debajo de nuestras ropas.

-No creo que sea posible en la cena.

-Y no creo que él llegue tan lejos- adivinó Legolas.

-Le haré creer que sí.

Éramos los dos únicos agasajados en medio de esa corrupta cena. No tocamos nada, a pesar de que amaba la comida de Utumno. Todos, riendo, barbudos, con sus rizos negros o cobrizos, golpeando las piernas y trasero de las esclavas.

-Está muy callada hoy, reina viuda. ¿Se le puede decir así todavía? - dijo Zür, el auriga. Yo le sonreí.

-Estoy abrumada. Hace tanto que no veía comida de verdad que he perdido el apetito.

Sentí una mano en mi pierna. Legolas miró hacia abajo, pero se contuvo. Yo solo la subí más arriba, dándole señales de que podía continuar. Lo miré sugerentemente.

-Sí, hemos sabido que el negro se le destiñó. Al menos con el padre del príncipe aquí presente. ¿Era así con él?

-Peor- le susurré, para darle vino. Él bebió, pero yo no. Subió más hacia mi entrepierna. Legolas fingía no ver nada. Hablaba poco, de sus viajes o su padre.

-Deberíamos buscar un lugar privado, ya que lastimosamente, lo que no quiero son sus manos- le dije. Él sonrió y tomó mi mano.

-Perdón, pero iré a mostrarle mi mansión a la reina- dijo. Todos se rieron escandalosamente. Yo solté mi cabello y puse toda la poción en mi cuerpo. Especialmente en mis í, con una túnica transparente, y lo empujé al lecho.

-Esto no me lo creerá nadie. ¡Yaceré con una elfa!

Puse mi índice en su boca y él lo chupó. Era asqueroso, pero yo lo miraba malignamente. Luego arrancó mi túnica y besó mi hombro. Qué beso tan distinto al de Thranduil, al que extrañaba locamente, porque con él ya me habría entregado por completo y quitado la túnica por voluntad propia.

-Thranduil- dije, para comprobar que el auriga ya estaba embotado.

-Ven acá…- dijo. Yo solo sonreí y le susurré un hechizo para ponerlo a dormir. El que me susurraban Thranduil y Gil-Galad para yo dormir.

Me vestí. Bajé. Todos reían.

-¡Lo dejaste cansado! ¡Deberías hacer eso con todos ellos, pagarían lo que fuera!- se burló Emni.

-Lo pensaré.

-¿Hicieron algo? - me susurró Legolas. Vi que estaba celoso, como un hijo lo puede estar de su madre.

-Nah. Solo chupó mi índice. Qué raro- le dije.

-Asqueroso.

-Y mi hombro.

-Es decir que te vio…

Alcé ambas manos.

-Debía ser completo.

-¿Cómo estás? - me preguntó, horrorizado.

-¿La verdad? solo pensé en tu padre.

-Eso lo hace peor.

-No debiste preguntar- le dije, para volver a nuestra barraca. Zür estaba entero, al día siguiente, cuando nos tiró más monedas luego de derrotar a la compañía de aurigas del norte, que tenían animales de rayas encadenados, con los que dialogamos Legolas y yo para que se volvieran en su contra. Para nuestra desgracia, luego de que acabaron con todos, los remataron a flechazos. En las cuatro últimas batallas, tuvimos que pelear contra nuestros aliados, que fingieron cada uno su muerte y huían a la parte sur y boscosa de la ciudad. Allá se estaban reuniendo. Hubo más fugas y comenzaron a haber abusos por parte de los guardias y toque de queda. Ganábamos más popularidad y Ruhäl solo arrancó un cartel de todos nosotros obscenamente matando a los señores. Nos invitaron a otra cena. Sabíamos que se sentían engañados y quizás nos matarían para que todo acabara de una buena vez. Legolas y yo volvimos a armarnos. Zür querría concluir - esta vez sobrio- lo que habíamos comenzado. Entonces, en la cena, reconocí a una esclava sin un ojo. Una morena bellísima, de ojos marrones. Era la esposa de Ruhäl, que me miró significativamente. También el resto de servidoras. Legolas hizo ademán de levantarse, ya que reconocí la señal de dos toques para cuando alguien quería decirse algo (esa era la seña principal) y la agarró, subiendo su falda. Más risas.

-¿Ven? Le terminaron gustando las orientales. Quién diría que son tan apetitosas como la carne élfica- se burló Emni, mirándome a mí. Él la abrazó y yo solo escuché lo que ella le dijo.

-No coman nada ni toquen nada.

Legolas y yo nos miramos, antes de él darle un beso, para que se rieran. La cena avanzó y todos comenzaron a toser. Otros a vomitar. Emni también comenzó a toser, fuertemente y a echar espuma por la boca. Legolas y yo nos paramos, aterrados. Todas las servidoras salieron de la penumbra, con los otros esclavos. Los miraban trémulos. Emni comenzó a retorcerse y a arrastrarse.

-¡Malditos elfos! !Jamás serán! -dijo, para ahogarse ante nuestros pies. Zür me miraba aterrado y todos los demás, furiosos. Todos habían sido envenenados. Oímos los dos golpes en cada puerta. Campanas. Gritos. La rebelión había comenzado. Arleth sacó su espada.

-Hoy es el día. Hoy hemos acabado con ellos. ¡Acompáñennos a ser libres!

La puerta sur estaba rota. Al menos trescientos esclavos huídos o cuya muerte fingieron se unieron y estaban armados. Derrotaron, al mando de Ruhäl y Ozun, a la guardia. Comenzaron a sacar a todos los esclavistas para reunirlos en la plaza pública. A otros los mataban.

-¡No niños ni mujeres!- ordenaban. - ¡No niños ni mujeres!

Nosotros luchamos contra los aurigas que tenían su destacamento y entraron para poner orden. Así, en túnicas, con sandalias. Uno de los nuestros nos dio nuestras armas y combatimos calle por calle. Cada esclavo se rebeló contra su amo, que pedía piedad. Hubo verdaderos saqueos. Nuestra causa había salido cara y terrible. Al amanecer, la ciudad estaba casi destruida. Esclavistas muertos en las calles. Guardias e inocentes muertos.

-Ustedes, pueblo, decidan qué haremos con ellos. ¿Merecen la muerte? - preguntó Ruhäl, al lado de su esposa.

El pueblo rugía. Todos aquellos que habían sido oprimidos.

-Mátenlos y seguirá corriendo la sangre por siempre en esta ciudad- le dije a Ruhäl.

-¿Qué se te ocurre?

-Devúelvanlos con su rey auriga. Igual ya vendrán tras nosotros luego de lo que ha pasado. Ya la ciudad no está bajo su control. Debemos pedir refuerzos.

Los expulsaron de la ciudad. Tocó reconstruir lo destruido. Ruhäl y los hombres más viejos y sabios, así como los líderes de otros cientos de esclavos, gobernarían conjuntamente y las riquezas se repartirían de manera justa. En dos meses recibimos un gran contingente de Utumno, con las águilas que había mandado. Su heraldo Mï, había sido mandado por las mismas Uë y Pïn. Era también un elfo de la primera generación que se quedó allí.

-Tienen provisiones y estamos acá para ayudar a construir los barrios de los antiguos esclavos y para tender puentes con nosotros. Y por supuesto, como defensa. Apenas las señoras se han enterado de que su antiguo alumno y usted liberaron la ciudad, reunieron dos contingentes del centro y oriente para venir.

Ellos nos ayudaron a encontrar ocupación y pago para los miles de esclavos que solo sabían pelear. Los comerciantes fueron los menos afectados y Legolas mismo cuidó de que no atacaran la antigua casa de Emni, que era defendida por Ahïya con una espada. Ella estaba temblorosa en la entrada, apenas terminó esa noche horrible. Legolas la encontró.

-Sé que el tiempo y tus hados jamás nos permitirán estar juntos. No soy tan tonta como para enamorarme y fuiste bueno conmigo. Solo quiero una cosa.

-Adelante- dijo este, luego de encontrarla con las demás esclavas, totalmente muertas de miedo.

-Quiero ser mi propia señora. Dame la posibilidad de trabajar con mis hermanas para ser nuestras señoras. No quiero volver a depender de un hombre, enano o un…

-Elfo- dijo él, sonriéndole. Ella asintió, para besarlo.

Así lo hizo. Le dio gran parte de su botín para que ellas comerciaran y tuvieran su propio dinero y otras vivieran de su oficio. Así, la gran casa pasó a ser una gran casa de talleres donde vivían solo mujeres, incluso las prostitutas, que allá también encontraron refugio al ser rechazadas por lo que irónicamente les pedían todos los hombres. Como recompensa por nuestra ayuda, Ruhäl y el consejo de hombres nos dieron todo lo pedido e incluso más, para ayudar a Esgaroth. Así, llegamos de nuevo a la ciudad, con los hombres. Nos plantamos, con nuestras ropas orientales, en lo que fue la enorme plaza. La gente salía anonadada.

-Sé que culpan a mi collar por traer la peste. Pero quiero remediarlo. Les he traído algo de descanso- afirmé, resuelta. - Con solo una condición. - Se repartirá a quienes tengan menos- dije, mirando a los nietos de Sën, que aceptaron. A ellos les devolví la espada, luego de enterarse del destino de su familia.

-Es suya. La espada verde de Utumno le pertenece a usted. Y será un recuerdo de que jamás nos abandonó.

Ellos nos ayudaron, junto con los orientales de Utumno, a repartir la comida.

-Valiente gracia- dijo un gracioso. - ¿Qué hará cuando se nos acabe?

-Iré por más. Iremos. - le dije, certera. También les ayudamos a pescar y a construir y sembrar varios elementos del reino de Utumno, otrora olvidados. Legolas se devolvió a su reino, porque se moría de ganas de contarle a su padre todo lo que había pasado y mostrarle que no era una empresa estúpida y luego de casi un año, era tiempo.

Yo, por mi parte, me quedé como gobernadora de la ciudad, al comenzar a preocuparme por todos, pero pensé que ahí tampoco podría quedarme para siempre. Hasta que vino mi mensaje desde Adkhül y otro de Rhührkul. No moriríamos en invierno. Vendrían con más provisiones, pero necesitábamos más y pensé en que debería dar algo más para conseguirlas. Mientras tanto, armaba a los hombres, organizaba las casas. Y de nuevo, pregunté por Girion y su familia.

-En verdad- me dijo la anciana que me escupió, ahora sirviendo mi vino, mirando a la montaña, y el antiguo reino de Erebor - El rey murió con toda su familia, pero huyó su nieto. Y ellos se han marchado más al norte, porque no querían otra vez ser señalados como cómplices de los enanos. Sën le advirtió a Girion que no comerciara con ellos sino en lo justo. Se dejó comprar. Pocos sabemos dónde están, pero sabrá que si los reconocen, serán masacrados. Muchos no los quieren acá por como nos dejó el dragón.

Suspiré.

-Bueno, una cosa a la vez- dije. Me llegó entonces un mensaje del reino del Bosque. Ya habían pasado varios meses.

"Qué bueno que le demuestres a mi padre de qué estás hecha. Quedó sorprendido de todo lo que nos pasó. Por supuesto, no le conté el episodio de la poción" me escribió Legolas, ingeniosamente. Había sido bastante duro, pero era la primera vez que gobernaba sola. Si supiera que la más grande fortuna de Esgaroth se hizo con dinero y sangre de esclavistas y antiguos esclavos.. Sé que nada cambiaría, pero teníamos mucho, mucho qué hacer para recuperarnos, muchos años. No cesaría. También envié un mensaje a Gandalf, diciendo que me parecía bastante raro que Saruman se hubiese opuesto a la búsqueda del anillo y que subestimar lo que pasó en Dol Gudur, fue en últimas lo que condenó al Bosque Negro. Y que por ese motivo, tardaría en regresar. Le ofrecí ser un enlace a través de Legolas.

Y sí, todo pareció ir bien, dentro de lo que cabía. Tuve que dar la piedra de Balin, para seguir reconstruyendo lo poco que quedaba, para limpiar el lago, para construir sembradíos. Los comerciantes de Rhührkul se unieron para obtenerla para dársela a un comprador (resultó ser Dáin, me vine a enterar años después).

Asimismo, de las ciudades hermanas comenzaron a volver y comenzamos a comerciar con ellos. Nunca dejaron de bajar los barriles del Bosque Negro. Quizás, pensé, en algunos años también podríamos ser lo poderosos que fuimos. Invité a los descendientes de Girion a volver, pero no hubo respuesta. ¿Y si gobernara para siempre? pensaba. ¿Y si rivalizara con Thranduil? No, no podría. No tenía ese ingenio, experticia. Pero los dejaría tan bien como estaban y arreglaría lo que hubiese que arreglar. Ingenua. Arreglé y armé a las gentes durante treinta años, con visitas esporádicas de Tauriel y de Legolas mismo, con pequeñas ayudas que ellos mismos traían. Pero no me daba cuenta de algo: el problema de todo esto era volver a estar en el mapa. Yo misma estaba reconstruyendo a Esgaroth como fue y con eso la estaba condenando. Ahora que todos me amaban y respetaban y yo hacía cumplir la ley y me ocupaba de miles de cosas (corrupción, entre otras cosas, hablar con Adkhül, fortalecer la ruta, y hasta ahora estaba comenzando), los orcos se armaban. Y así nos lo dejaron saber cuando los oímos y casi no logramos armarnos en las murallas, a las que subieron y las que destruyeron por completo. Pero eran miles de ellos.

Sí, otra vez. Es como si por cada cosa próspera o correcta que hiciera yo atrajera al mal. Rhurkhül resistió a los aurigas luego de la rebelión. Y ahora nosotros debíamos resistir solo por ser prósperos. Y de ambas ciudades me decían que los aurigas ya habían puesto un precio a mi cabeza, por lo que sería muy difícil volver. Más aún cuando ahora atraía a los orcos. "La puta pelirroja", me decían en su idioma. Sí, de nuevo, ella los había atraído. La peste antes, luego la bonanza, luego… la muerte. Thranduil tenía razón, pero yo no cesaría.

También éramos varios y pelearíamos, tal y como yo lo había organizado. Pero comenzaron a diezmarnos y entendí que de pronto acabaría mis días allí y no me importaría. Esgaroth ahora era mi ciudad y si tenía que ver a Gil-Galad, lo haría honrándolo. Hasta que oí unas trompetas. Legolas. Y su padre. Mis compañeros. Tauriel. Todos se abalanzaron contra los orcos, rodeándolos, hasta aniquilarlos por completo. Thranduil iba sobre su alce y espalda contra espalda, como en Angmar, comenzamos a pelear, junto a Tauriel y Legolas. Murieron pocos de los nuestros (no trajo a todo su ejército), y logramos ayudar a los habitantes. Yo tiré la espada de Sën, ganada en combate como venganza por su familia, al suelo, frente a todos los habitantes refugiados.

Había entendido, por fin mi lección. Mi destino debía ser en las sombras, errante o quienes apreciaba sufrirían de una u otra manera.

-Fui yo quien los atrajo. No deben sufrir por mí. He de elegir a alguien quien los gobierne. Debo irme- les dije, afligida.

-Pero señora- dijo la anciana Algilieth, por todo el pueblo, que me miraba pesaroso y me rogaba por quedarme. - Te hemos tomado cariño. ¿Qué será de nosotros sin tu magia, sin tu protección?

Yo le sonreí, tristemente, negando con la cabeza.

-Hace miles de años también dejé a mi pueblo porque temía lo mismo. Pude ser su reina, era su reina por derecho. Bueno, lo fue mi hija. Pero entendí que atraería sobre ellos el mal y su dolor y sufrimiento serían eternos de Lindon haberse prolongado- afirmé, pesarosa. -No podría volver a verlo otra vez.

-Pero usted nos dio comida- dijo quien antes protestó.

-Y nos dio su tiempo, todo. Hasta se convirtió en esclava para lograrlo- dijo otra mujer. Thranduil miró sorprendido a Legolas, que asintió. Creo que eso no se lo había contado. Tauriel también me sonreía, triste.

-Les traje la peste- repliqué, pero ellos protestaron y negaron con la cabeza.

-¡Señora, señora! !Quédese, quédese! ¿Qué haremos sin usted?

-Con usted, teníamos un rumbo- me dijo el nieto de Sën, Sün. -Usted vengó a nuestra familia. Usted nos dio moral otra vez. Nos dio ganas de luchar, otra vez.

Todos hablaban, estando de acuerdo con él.

-Sin usted yo jamás habría blandido un arma- dijo uno de los jóvenes sobrevivientes de la batalla, ensangrentado. Legolas le sonrió, porque él sentía lo mismo. Todos hablaban de eso.

-Es algo que yo también he dicho- observó amablemente.

-Yo…- dije, antes de sentirme mareada. Dolor en la costilla. Una flecha de Morgul. Gritos. Cuando desperté, estaba en la tienda de Thranduil.

-Este no es mi hogar- le dije, embotada, tratando de levantarme. -Debo…- dije, para él recogerme. Me devolvió a mi lecho.

-Una vez- dije, sin saber aún dónde estaba y sin notar su presencia del todo. - La reina de Utumno me mostró un futuro donde Gil- Galad vivía. Yo moría. Por una flecha de Morgul. ¿Estoy muerta? ¿Estoy en Mandos? -dije, delirando. -Qué doloroso fue eso…

Él tomó mi frente y me condujo, lentamente a la cama. Lo reconocí.

-Eres tu…- lo reconocí, con lágrimas en los ojos. - Te amo tanto, tanto…- le dije, para acariciar su rostro y cerrar mis ojos. Cuando desperté, ya restablecida, él estaba dormido, sobre su silla. Lo miré confundida. Él notó que desperté. Nos miramos largamente y nos besamos. Me abrazó, sin decirme nada más.

-Pensé que habría de perderte aquí- me susurró, para acariciar mi rostro. -Ese mismo día que llegaste, solo quería hacer esto- dijo, besando mi hombro - y esto- dijo, besando mi cuello. Yo lo abracé otra vez, para llevarlo a mí. Sí, era él y no un horrible auriga depredador. Era él. Era su piel. Qué alivio.

- Fui un estúpido.

-Fue lo correcto- le dije, para abrazarlo. - Tenías razón en absolutamente….

-No- me dijo, para seguirme besando. -No. Vine por tí. Vendré por tí, siempre…- me dijo, para yo besarlo otra vez.

-¿Así también yo te haya perdido?

-Jamás me perdiste, jamás te he perdido- me respondió. Yo lo volví a abrazar y volvimos a entregarnos mutuamente, ahí, en su tienda, en silencio, mientras yo besaba su pecho y él me besaba, tomando mi mano. Él como refugio, él como consuelo, él como mi amante y yo la suya. Amados. Por siempre. Nos quedamos abrazados, en la noche, en medio del fuego.

-Aún presiento que no es el adiós- me dijo, besando mi frente.

-No. Pero partiste mi corazón. Destruiste mis creencias otra vez. Esto fue lo que me impulsó a quedarme aquí. El Concilio debió escuchar a Gandalf. No es tu culpa- le respondí. Él me besó de nuevo.

-Yo ya estaba roto desde que te fuiste. Creo que nunca me pude volver a armar. No pude. Nunca.- me confesó, desgarradoramente.

-Lo sé. A pesar de que lo intenté. Eso tampoco lo pude reparar- le dije, cerrando los ojos. - Fui lo peor que te pude pasar.

-No. Fuiste una de las mejores cosas que me han podido pasar. Por eso estoy aquí- me dijo. Yo lo besé y abracé una vez más.

-Si algún día solo nos recordamos, solo ten presente que te amé y te amaré- le respondí, para él volverme a besar y yo a él.

Duramos siete meses reconstruyendo Esgaroth por la batalla. Thranduil ayudó bastante con lo que se necesitaba y no intervenía en mis decisiones. Me dejaba hacer sola, pero yo insistía, no quería otro ataque por mi culpa. Delegué un consejo y volví al Bosque Negro, con Legolas y Thranduil. Le ayudé a entrenar a la guardia, también a explorar mucho más audazmente. A apertrecharlos mejor. Tauriel amaba mis historias. Generalmente los tres pasábamos tiempo juntos.

-Algún día has pensado… ¿irte lejos de aquí?- le pregunté a Tauriel, sobre un árbol. Legolas nos miró interesado.

-No lo sé. Jamás lo había pensado. Pienso que hay que sanear el reino que me dio cobijo, pero… sí, he soñado con eso. A menos de que mi corazón tenga una razón para quedarme- me dijo. Legolas se quedó inmóvil. Ya, en las estancias de su padre, tomé su mano.

-Nunca fuiste débil ante alguien que generaba deseo en ti. Nunca tuviste miedo. ¿Qué te pasa con ella? – le pregunté, sentada a su lado, en una de las escaleras. Él suspiró.

-Creo que es de verdad. Es distinta. Creció, la vi crecer, pero… jamás me había acercado a alguien… que fuera como yo en verdad.

-Solo dile.

Es más complicado que eso.

-¿En serio nadie se le ha acercado en todos estos siglos?

-Le tienen miedo, se alejan por su historia. Es incomprendida, pero yo la comprendo, porque yo también he perdido partes de mí. Si no fuera por la guardia… sería una paria. Ella no tuvo como tu una familia, o un linaje o un marido que le permitiera ser recibida en reinos élficos. Tu camino ha sido solitario, pero todos recuerdan la reina que fuiste, la madre que fuiste. Ella… ella está sola. Es el precio que tuvo que pagar.

Yo asentí, entendiendo por qué las mujeres que habían tomado mi camino estaban condenadas. No había lugar para ellas y a Tauriel seguir el mío le había costado el amor que podría recibir, el linaje que a muchas nos sostenía. Pero realmente todos, al fin y al cabo, estábamos solos. O tal vez no. Pero todas nuestras dichas y desventuras se reducían a nuestras propias elecciones y eso incluía también querer.

-No es tarde para mostrarle que la amas. Y hazlo, porque aunque tengamos tiempo, a veces hay cosas que no se pueden arreglar. Nunca tuviste miedo. No lo tengas ahora- le dije. Él la miró y ella a él. Esta solo le sonrió, mirando sus garlanchas de oriente. Las espadas ligeras. Solo a ella. También una túnica oriental que se probó en una cena. Volvía a ver a Legolas impresionado y yo solo esperaba que algún día fuera valiente y le confesara lo que sentía. Y luego… estábamos Thranduil y yo. Volvimos a ser dos. No como antes, cuando comenzamos. Era imposible. Pero volvimos a amarnos. A decirnos menos, porque ya todo estaba dicho. Nuestra pasión nunca salió de nuestros espíritus. Él solo volvía a mí, sin una palabra, con delicadeza. Así peinaba mi pelo, así besaba mis manos. Así yo me acostaba sobre su regazo. Así ambos mirábamos el bosque, tomados de la mano. Así yo me recostaba sobre su pecho. Todavía no nos habíamos extinguido del todo, aunque ya moría todo lo que nos unió, esas dos cosas, el amor y la pasión, nunca sufrieron o al menos, aún no. Y en esos años me trajeron a lo que quedaba del linaje de Girion y a su familia, por fin (Tauriel había dado con ellos, junto a Legolas). Un niño. Braind. Su padre. Bruin.

-Hemos tratado de ser honrados, no como nuestro antepasado, que se perdió en la codicia y trató de matar al dragón para resarcirlo. Por eso nos hemos apartado de la Ciudad del Valle.

-Pero los necesito- dije, sentada al lado de Thranduil. -El Este debe saber que desaparecí. Solo ustedes contarán con mi ayuda, pero no volverán a verme. Cambiemos lugares- le propuse. - Yo iré a su hogar y ustedes, al mío. Tendrán mi respaldo, se los aseguro.

Y esta es una de las partes más dolorosas de mi historia. Fue la última vez que estuve en el Bosque, al que tardé en sanear, porque el collar todavía tenía la magia de Utumno y de Gil-Galad. Nuestra despedida, también fue larga, penosa y cada caricia quedó en nosotros como un recuerdo.

-Estaré ahí para tí. Lo sabes. Siempre lo has sabido. No volveré a dejarte, no así. - me juró él, sobre mí, mientras yo suspiraba, abrazándolo contra mí y volviéndolo a besar, como si no quisiera irme.

-Y yo para tí. Este bosque. Tu. Tu estás en mi corazón- le dije, para de nuevo, sentir su fuerza y besarlo otra vez.

-En otro mundo y en otra vida, si existen, lo que tuvimos tendrá un final menos funesto. Jamás tendrá un final- me dijo, para yo abrazarlo, cerrando los ojos y llorando. Él hizo lo mismo.

-Te amo. Te amé y te amaré. Siempre recuérdalo- me dijo, para yo besarlo otra vez, sollozando. Besó mis lágrimas y yo las suyas. Solo me acurruqué a su lado, al amanecer y luego tuve que irme. Vi su mirada impoluta, pero serena y al mismo tiempo, llena de dolor. Legolas y yo simplemente nos despedimos como hermanos, así como Tauriel y Hemdir, que jamás fue castigado. Él y yo nos volveríamos a ver, quien sabe si yo volvería a ver a su padre.

En Esgaroth, puse a Bruin de guardián de la ciudad, para yo ocultarme y ayudarlos de manera más discreta. A fuerza, tuvieron que aceptar, porque fue mi voluntad, aunque no duraría. Y yo me perdí al norte del Rhun y luego tuve que volver al Oeste, intermitentemente. Pero ahí entendí la soledad de Tauriel. El camino de la mujer sola que eligió luchar. En el espejo del humilde hogar mi herida sangraba otra vez, desangrada lentamente. Y en más de tres mil años errando a solas, con solo mi espíritu y la estrella de Gil-Galad, entre las sombras, luego de todo ese tiempo, por primera vez lloré por todo lo que había perdido y más por lo que nunca pudo ser. Lloré hasta que no quedaron más lágrimas y entendí que era lo que yo había elegido. Elegí no querer más para no morir más, así ya estuviera muerta con lo único que irónicamente me había mantenido con vida. Lo ví a través de esa ventana que daba al bosque y a un desierto frío que comenzaba a ser gris.