22. La caída de Gil- Galad
Fineriel practicaba, otra vez en las estancias de Rivendel, con su lanza. Junto con Glorfindel. Los dos volvían a rodearse mutuamente, como dos fieras, para abalanzarse. Él le daba más estocadas, hasta que hizo tirar a Aiglos.
-Estás muy lenta. Y no estás aquí. Hoy tu espíritu está ausente.
Ella suspiró.
-Lo siento. Hace algunas noches conté mi historia en las ciudades hermanas del Este a Arwen. Los recuerdos se apoderan de mí.
-¿Sabés que dicen Erestor y Gildor?
Ella volteó los ojos. Los apreciaba, pero eran más severos que Elrond a la hora de impartir el orden. Cuando era reina eran los primeros escandalizados por su notoria falta de preocupación en el protocolo, en su papel. Ellos, de hecho, la habían formado antes de casarse. Los veía más como severos hermanos mayores, al igual que Galdor, jamás alejados de su rol.
-Es algo que me muero por escuchar.
-Que es bueno que le cuentes tu historia a Arwen. Así desistirá de casarse con el dúnadain.
Ella bufó, molesta. Tomó a Aiglos otra vez.
-No dirían algo tan cruel. No ellos. El resto sí. Además, mi historia es ruidosa lo suficiente como para espantar a toda bonita elfa inocente y casadera de tomar siquiera una espada.
-Bueno, ya es tarde con Arwen. La educaste tu. Ella hará lo que quiera.
-Yo solo espero que...sea feliz, Glorfindel. Que sea afortunada. Él y ella lo merecen, el uno al otro. Quiero que si no se cumplió para mi hija, se cumpla para ella. Y que ella evite la oscuridad que Finarwen tuvo que vivir. Porque de eso no sale casi nadie.- le dijo trémula.
-Ya verás que no será así. Has luchado años para que eso no suceda. ¿Qué le decías al rey? ¿Qué le dices a Aragorn?
-Que hay esperanza.
-Bien, no lo olvides.
Pensaba en Thranduil, en lo que había sucedido, mirando la cascada. Mirando el río. Aragorn y Arwen volvían de dar un paseo. Ella los saludó, sonriendo. Entonces, sonaron las campanas. Los tres se alertaron. Venía alguien. Cuando salió, ya todos estaban afuera del palacio de adelante, estaban Lindir y Glorfindel y Elrond, que salía escoltado por ellos y otros dos guardias. Un grupo de elfos. No eran de Lorien ni de aquel rey que había removido sus recuerdos. Aragorn, Elrohir y Elladan ya estaban al lado de Elrond. Sellos de dragón. Capas que ella reconoció, negras. Caballos pequeños y rápidos. Cabellos negros. Un elfo, de ojos como los de ella, casi rasgados, de cabello negro, hizo el saludo élfico y se arrodilló ante Elrond.
-El rey Xï reitera sus intenciones- dijo, sacando un pergamino. El mismo sello del dragón negro. Ella miró sorprendida a Arwen y esta a ella. Más aún, cuando Elladan y Elrohir se acercaron al séquito. Los dos elfos detrás del heraldo se quitaron sus capas. Una elfa, de piel blanquísima, de cabello negro, rostro suspicaz y ojos rasgados. Otra, de nariz respingada y ojos grandes, también con la misma piel. Eran ellas. Luego de un milenio. Las princesas del Este.
Elladan y Elrohir se miraron, como si vieran una visión. Miraron a su padre, que les sonrió, levemente, emocionado. También a Fineriel, que sonrió, exhalando, feliz. Al menos para ellos habría esperanza. Los hermanos corrieron y ellas se tiraron de los caballos, para abrazarlos y besarlos, en un encuentro largamente esperado. Diez generaciones de hombres, incluso cien, habían esperado por verse. Elladan alzó a Uë, así la reconocieron, y le dio vueltas por los aires, mientras Pïn lloraba de la felicidad al frente de Elrohir.
-Sí, estoy aquí- le dijo repetidamente. - Estoy aquí. Uë se separó de Elladan e hizo el saludo élfico a Elrond, arrodillándose.
-Venimos enviadas por mi hermano.
-Y también a casarnos con ellos- dijo PÏn, también de rodillas.
-Sé que la reina Ïa dio su mano ya. Se las concedo. Bienvenidas sean en nuestra casa- afirmó. Ambas se levantaron y él les dio un paternal parejas miraron a Fineriel, que pensó, en ese momento, que al menos los que amaba tendrían una luz al final del camino. Ambas princesas estaban impresionadas. Sobre todo cuando Arwen les fue presentada. La miraron tontamente. Ella las miraba sonriente, extrañada, por sus ropajes y peinados.
-Por Varda. Es la elfa más hermosa que he visto en mi vida- dijo PÏn.
-Es idéntica a Luthien- observó Uë.
Todos se rieron, incluida la mencionada.
-Son muy amables- les dijo, abrazándolas a ambas. - Mucho se ha hablado de ustedes aquí. Me agrada conocerlas al fin.
-De verdad, los tres se quedaron cortos- observó Pïn, mirando a Fineriel, Elladan y Elrohir, que seguían sonriendo.
-No puedo dejar de mirarte- observó Uë. - Perdón.
-Vengan conmigo- dijo ella tomándolas de gancho, mientras Elrond las guiaba a las estancias. Ellas estaban maravilladas, por los cantos, por la música, por las cascadas. Era un mundo nuevo. Era lo que sintieron sus amados al ver su reino por primera vez.
-Nuestro hermano dijo que en tal efecto de que la dote se perdiera, él la repondría- se adelantó Uë hacia Elrond- Tuvimos que dar un largo recorrido, el rey del Bosque Negro y su hijo nos abrieron el paso. Está en la misiva. Perdón- dijo, dando una reverencia y entregándosela. Erestor la recibió.
-Envían saludos. Se han unido a Esgaroth y a nuestras ciudades contra Sauron y los aurigas. Se unieron, como cuando dimos la batalla en la muralla- informó Pïn a Fineriel. También Lorien. Nuestro sobrino tiene todo controlado. Gracias a ti- le dijo.
-No, fue cosa de ellos también. Legolas siempre quiso volver a verlos en condiciones más amables- dijo ella, sonriendo levemente.
-No se preocupen por tal cosa- dijo Elrond- Más en estos tiempos de dificultad. Me alegra que estén aquí y que hayan venido por fin, porque más trabajos les aguardan- dijo, mirando a Fineriel.
-Así es. Pero queremos estar al lado de ellos- dijo Uë, sonriéndole a Elladan, que hablaba con Glorfindel. - Así no tengamos ya ninguna garantía. Debimos arreglar muchas cosas y sé que debemos muchas explicaciones. Y habrán de oírlas.
-No desconfío de su honra, nunca lo he hecho. Eso es lo que Fineriel y ambos nos han transmitido siempre. Por favor, este es su hogar ahora . Conózcanlo- dijo, amable.
Todo el séquito oriental estaba impresionado. Ellas, con la música, la más triste o alegre y la más pura. No se acostumbraban a los vestidos élficos. Arwen las miraba con cierta desazón, al lado de sus futuros esposos, que les enseñaban todas las costumbres élficas de los Eldar . En una semana sería su compromiso.
-Ellas no son mortales- se consoló, amargamente. Fineriel lo notó. Se acercó a ella.
-Sabes que volverán a separarse, ¿no?- le preguntó, tomando su mano. Ella asintió.
-Pero al menos tienen una esperanza.
-Tu tienes la tuya, querida. Ellos esperaron mil años. Tu no lo harás tanto, porque ya no hay tiempo- le dijo.
Galadriel llegó para la ocasión, con otro gran séquito de Lorien. Todos estaban reunidos en una gran cena, donde se hicieron los brindis respectivos. Arwen miraba a Pïn haciendo reír a Elrohir, en su idioma. Luego le contaron el chiste a Glorfindel. Uë se quedaba absorta con las arpas y con la dama Galadriel, a quien miró con familiaridad.
-Me recuerda a mi madre- le dijo a Elladan, que asintió, besándola.
-Fue alumna de Melian también- observó. Ambas fueron presentadas y se arrodillaron, con sus vestidos élficos, ambas de blanco. Galadriel tomó las manos de ambas.
-Mucho les costó llegar hasta aquí. Y más para volver a verse con ambos. Sé que cuidarán de su amor y su corazón. Y que los acompañarán en lo que venga, que no serán ya días de paz. No volverán a verla en largos años, auguro. No entre ustedes, sino en el mundo. Pero están dispuestas a ello y saben por qué han venido.
-Así es, dama Galadriel. Nuestra madre también nos lo dijo, antes de partir- afirmó Pïn.
-Y sabemos lo que implica- afirmó Uë, mirándola fijamente.
-Ya han cumplido sus pesares, pero esta será su única esperanza. Tengan, ambas- dijo, dándoles a cada una un par de anillos, de piedras negras.
-Este será su compromiso. Lo guardó Ïa en el regreso de Elladan y Elrohir al oeste. Fue uno de sus regalos hacia mí. Siempre recordarán por qué habrán venido y por qué habrán de volver. Pero ese propósito ya está en su corazón- recalcó, colocándolo en respectivos índices, con generosidad. Ambas sonrieron y se miraron.
Las dos bajaron la cabeza, entendiendo que su madre ya lo habría previsto. Fineriel se acercó, vestida de azul, con el emblema de Gil-Galad en su vestido, lleno de estrellas. Elladan y Elrohir sonrieron.
-Arrodíllense- les dijo, levantando las cejas, sonriendo. Ambos lo hicieron.
-No soy quien para representar a Ïa, mi maestra. Pero ellas me han elegido para hacerlo- dijo mirando a PÏn y a Uë, que le sonrieron. Han traído esto para ustedes- dijo, poniéndoles un broche de dragón. El Este y Oeste, unidos ahora en matrimonio. Sé que las honrarán. Larga ha sido la espera.
-Lo sabemos- dijeron. Ambas parejas se besaron. Luego de la celebración, Pïn y Uë se sentaron, ya en las estancias, para hablar con todos los presentes sobre su ausencia.
-Cuando ustedes se fueron, sabíamos ya, o antes, mejor de que se fueran, que madre partiría. Queríamos estar con ella y sobre todo, aprender todo lo que más pudiéramos. El asunto es que una noche en el Palacio de Verano, ella nos mostró que partiría, porque ella misma y el dragón estaban menguando.- explicó Uë, con tristeza.
-Ustedes no lo notaban, pero ella, desde esa batalla con Sauron, quedó exhausta y también cansada de la Tierra Media- complementó Pïn. - Lo veíamos en su memoria, en su mente, en su energía. Lo sentíamos. Ella aseguró que antes de partir nos dejaría todo para asegurar nuestro legado. Temía mucho por Ië. Nunca le creímos, parecía normal, hasta ese momento, pero Ië fue el primero en irse. Ella lo dejó hacer, a pesar de las reticencias de Xï, porque era su destino. Ustedes fueron los últimos tres alumnos que tuvo y se dedicó a nosotros. A monitorear lo que construimos y como saben, estuvo bien. Ië le daba problemas, pero Xï se encargaba de eso.
-Y como supieron, nosotras creímos que ustedes ya no nos amaban ni nos entenderían. No era fácil dejar a nuestra madre, de su energía también dependía la nuestra. Además, la amábamos y tuvimos que ser enseñadas por ella en muchas cosas que creía que nos faltaba. No podíamos decirles, o seguramente, ustedes se habrían quedado. Queríamos que nos odiaran- dijo Uë con pesar.
-Eso es imposible- dijo Elladan, besando su mano.
-Así que madre partió. Nos aseguró que estaríamos bien, pero que no era tiempo de partir a Oeste y nos dio la razón, porque Ië estaba cada vez más desbocado. Ella ya no quería ni tenía fuerzas para enfrentarlo, delegó eso en XÏ, que creía que Sauron lo había dominado. Y madre partió y el dolor nos hizo atenazarnos en viajar hasta el sur, más allá de Likh, hasta terminar en el desierto y el reino oriental. Nos entendimos bien y hemos construido una larga relación con ellos. - continuó Pïn.
-Pero llegaban noticias más preocupantes. Nuestro hermano solía perderse más en Erebor. Böh muchas veces le sacaba promesas vacías, Pïn también, yo lo habría pateado. Y él nos ostentaba lo que hacía con la ciudad. Entendimos que estaba mal en ese camino y tenía muchos celos de Ärum, nuestro sobrino, que se había vuelto la mano derecha de su madre y su tío. Creía que él sería reemplazado por él, lo había visto en hechiceros que llegaron a su ciudad. No confiaba más en nosotros y se volvió más codicioso.
-¿De dónde salieron estos hechiceros? - preguntó Elrond, intrigado.
-De Umbar y Mordor, ahora lo sabemos. Esa fue la conclusión de nuestra investigación luego de que murió- dijo Pïn. -Nuestro hermano Xï jamás aceptó nada de Erebor, ya que Thrór tenía el último de los anillos de Sauron y así se los dijo, pero Ië sepultó sus reclamos.
-Y creemos que Sauron dominó a nuestro hermano, sus debilidades, hasta llevarlo a ese punto. Sabemos qué pasa con los elfos que se pierden, Fëanor fue uno de ellos. Ië solo quería poder y luego de que nos golpeó, comenzó la guerra.
-También trató de asesinar a Arüm en la capital, mandó asesinos- apuntó Uë. Ahí fue cuando vino el príncipe del bosque Negro, Legolas, porque su padre prometió unirse a nosotros para aniquilarlo, junto con los aurigas. Y así lo hicieron. De mi hermano salió un espíritu con muchos reclamos, voces. Una risa que oímos cuando madre lo enfrentó en la muralla.
-Era él, no había duda. Expulsamos a todos los hechiceros y comerciantes de Erebor. Luego los aurigas nos asolaron y casi nos invaden, hasta acorralarnos. El desierto es la frontera que hace de tregua entre ambos lugares. Hemos tomado años en mantenerlos a raya. Y lo hemos logrado. Para cuando Fineriel reconstruyó Esgaroth la primera vez teníamos un cierto tiempo de paz y pudimos ayudarla. Luego volvimos a ser asolados y por fin, hemos matado a su rey. Vendrá otro, pero estamos listos.- insistió Pïn. - Y acá estamos. Hemos venido por ella, para unirnos. Es hora de acorralarlos y abrirnos a Oeste. Sabemos que necesitarán nuestra ayuda, lo vimos en los ojos de madre antes de partir.
-Primero he de servir a Ecthelion y Thengel, junto a Aragorn- afirmó ella, mientras este las miraba fijamente.
-También tenemos eso contemplado. Pero la idea es unirnos en el frente oriental, más temprano que tarde- insistió Uë.
-Es lo que su hermano me escribió hace tiempo y estoy de acuerdo. Ella ya ha aceptado de antemano- respondió Elrond, mirando a la pelirroja, que asintió con la cabeza.
-Ella dejó un gran recuerdo en las ciudades hermanas y se habla de cómo liberó a los esclavos. Volveremos a conquistar y ordenar lo que es nuestro para poder socorrer a los que están aún en el reino Auriga.
-Y ¿su madre les dijo sobre el destino del Anillo Único? - preguntó Elrond, con su mano en su barbilla.
-No, pero sabemos que Sauron ha vuelto, como todos, y que el anillo está más cerca de lo que creen. -respondió Uë. -Sus fuerzas se unen y han despertado. Lo saben nuestros exploradores del sur. No podemos convocarlos solos.
-Agradezco sus mensajes, jóvenes princesas. He de tenerlos en cuenta para lo que nos aguarda- dijo Elrond.
Ya en la estancia solo estaban las tres parejas, ante el fuego. La noche, estrellada.
-Es muy incómodo- dijo Uë- observando su vestido. Elladan se reía.
-Sí, es raro, cuando has usado túnicas toda tu vida. Pero luces hermosa- le dijo, tocando su cabello oscuro como la noche. Fineriel notó que ella le respondió con un beso. Ya no tenía la dureza de los primeros días en que lo conoció, sino una sonrisa franca y sencilla.
- Pïn hablaba con Aragorn, interesada en sus tareas. También con Arwen.
-Pues es hermoso lo que tienen. Luchen por él - afirmó, tratando de que no se le cayera la pequeña corona. -Lo siento, es muy raro estar vestidas así.Apenas nos acostumbramos, aunque en el reino del Bosque Thranduil y Legolas nos recibieron muy bien.
-Jah. ¿Con palabras punzantes, hirientes?- preguntó Elladan.
-¿Comentarios maledicentes?- complementó Elrohir.
-De hecho- dijo, mirando a Fineriel, que observaba el fuego, y la miró. - Con palabras de admiración hacia Fineriel.
-De verdad, no hemos visto a nadie hablar así de bien de alguien y eso que acá estamos casi casados- se burló Pïn ante un bufido de Elrohir.
-Dijo que daba todo por los desválidos y por gente que apenas conocía. Que siempre sacrificó lo mejor de ella. Que nunca se guardó nada para sí y que lo inspiró a salir de su reino. Legolas también nos dijo lo mismo. La mejor guerrera y maestra que había conocido.
-Sí conocen lo que pasó entre ellos después de que nos dejamos de ver, ¿verdad?- preguntó Elladan, escéptico.
-¡Elladan!- lo reprendió Arwen.
-¡Es válido preguntar!- protestó este, alzando las dos manos. Fineriel volvió a mirar el fuego.
-Sí, por eso lo decimos -insistió Uë. - Que nadie, nadie merecía la lanza de Gil- Galad, más que ella. Que nadie la portaría con mayor honra, honor y orgullo.
-Y sobre todo… que tal y como iban las cosas, se dejaría comandar por ella hasta el fin de los tiempos- afirmó Pïn. Fineriel estaba sorprendida y miró a Aragorn, que le sonrió. Él pensaba lo mismo.
-Pero no lo saben todo. Él le hizo esa cicatriz- dijo Elrohir, señalando la mano izquierda de la pelirroja.
-Elladan…- insistió Arwen.
-También nos contó eso. De lo que pasó con los enanos de Thorin Escudo de Roble. De esa batalla- dijo Pïn. -Pero no tenemos tu lado de la historia- dijo ella, con tristeza. - Perdón, ha sido mucho tiempo- se excusó. Fineriel le sonrió, sin mirarla.
-Está bien. Es muy raro que diga eso de mí, aunque… no tan raro, ahora que lo pienso. - apuntó, con su dulzura y tristeza características, al recordarlo. -Porque yo también diría lo mismo de él, hasta el fin de los días de Eä. Y más aún con lo que me han contado.
Las dos princesas se miraron, interesadas, para luego acercarse a ella.
-En verdad… pasé mucho tiempo escondida ayudando a Esgaroth en lo que pude, aunque me requirieron para más misiones. Tuve que ayudar, por ejemplo, al abuelo de Aragorn, a su padre y aquí a sus futuros esposos presentes. Volví a Esgaroth, lo fijé como mi hogar y de cuando en cuando traía comida, sin ser vista, y curación. Me había convertido en una linda elfa leyenda de cuento que no sabían si existía, pero que existía. También estuve en las ciudades hermanas, sé que les llegaron informes de cómo me escondí de los Aurigas- apuntó, con las cejas levantadas. Las dos se miraron suspicaces, confirmándolo. - Todo, para no dejarlos morir, sobre todo en inviernos hambrientos. No intervine en los gobiernos de la ciudad, habría vuelto a ser notada y a atraer a toda la atención de Sauron y de otros seres inescrupulosos sobre nosotros, entre ellos el reino enemigo del noreste. Pero ya los había dentro de la ciudad y si bien mucha gente me pidió matar a los tétricos gobernantes que tomaron el lugar de Bruin y su familia, que hartos, decidieron, de alguna manera, asumir mi rol, no pude hacerlo. Entonces, uno de los tataranietos jóvenes de Sën, hijo de los guerreros que me acompañaron a defender la ciudad, que solía comerciar con los elfos, era el que me llevaba las cartas de Legolas y Thranduil, también. A pesar de lo dolorosa de nuestra separación, hablábamos en términos amistosos, luego de mucho tiempo. Fueron muy pocas las suyas, porque el dolor que aún sentíamos no nos dejaba decirnos mayor cosa, aunque sentía que ya estábamos rompiendo el hielo. El joven vino con una de las cartas y con un rumor jugoso.
-El rey Thranduil está furioso- me dijo, mientras yo le servía vino, enviado por él. Le di un pescado, de Bardo, el nieto de Bruin. Los solía traer para mí. Yo no pude curar por segunda vez a su esposa, que lo había dejado con tres hijos, había muerto en el invierno hacía ya cinco años. Solía hacerlo con las personas allí y ayudar, secretamente ,a las más desamparadas. También traía una que otra cosa de las ciudades hermanas del este, para que ellos las comerciaran. Y por supuesto, yo me aseguraba de que los barriles no dejaran de llegar.
-Dime algo nuevo- le dije, sin mirarlo.
-Dicen que hubo una compañía de enanos que se le escapó en las narices. Que el príncipe y la guardia pelirroja se escaparon.
-¿Qué?- dije, con la sartén en la mano. - ¿Compañía? ¿Enanos?
-Yo soy amigo de uno de los guardias, ya se lo dije- me insistió, comiendo, entusiasmado. - él me cuenta todos los chismes que el príncipe no le cuenta a usted. Se llama Thorin, el enano.
-Escudo de Roble- dije, tapándome la boca. - Con trece. Enanos.
Lo recordaba. Su mirada severa. La última vez que lo ví estaba de gancho de su madre, también de cabellos negros. Mi collar la mató, así como a su abuela.
-¿Qué hacían trece enanos en su reino? - pregunté, tomándome su copa. - Desde que pasó lo que pasó con Erebor… y luego…
Recordé la historia de Gandalf, en la última vez que estuve en el Oeste. Thráin se fue con Balin y otros leales a recuperar lo que era suyo. Y nunca más volvió. Quizás venía por lo mismo. Quizás volvía por una riqueza maldita. Smaug había dormido todo este tiempo, pero ay si lo despertábamos. Sería nuestro fin. Los dragones de Oeste, la pesadilla sin nombre que casi nos mata a todos.
-Oh, no. Seguro vienen hacia acá. Y con ellos los orcos.
-¿Orcos?
-Lo que oíste- dije, para quitar mi dura cama y sacar varias armas. El muchacho se impresionó. Garlanchas. Y una espada verde, ligera, que saqué, más dos puñales.
-Son de Utumno…-apreció, maravillado.- ¿No se supone que usted es una amable y linda bruja elfa que prepara comidas mágicas?
-Y que entrena en el bosque- le dije, quitándome el vestido en la otra habitación.Él se fue a mirar y le apunté con mi espada.
-Atrás- le dije. Este levantó las cejas, impresionado, viéndome ponerme mi traje negro , mi capa y mis armas. -Si la noticia se ha esparcido y ha llegado hasta a tí, no me imagino el fallo de seguridad enorme que debe haber existido. Y más sabiendo que trece enanos no circularían libremente, así como así. Thranduil no lo habría consentido. Y ya sé qué es lo que quieren- deduje, yendo detrás de mi biombo, para sacar mi broche de estrellas, al que besé. Me puse las botas y las armas. Agarré mi cabello y me ajusté la capa.
-Llévame con Bardo. Ya le explicaremos a tu padre- le advertí. Este asintió, preocupado. Llegamos, luego de un día de camino. Abrí, en la noche. Me encontré con Bain, Sigrid y Tilda, sus hijos. Llevaba comida. Me saludaron con gran afecto.
-No puedo quedarme. Necesito que las guarden- dije, dándoles las garlanchas. Tenía la espada verde en mi cinto.
-¿Pasa algo? -preguntó Sigrid, intrigada.
Suspiré.
-Creo que habrán problemas.- les dije, mientras Bain guardaba mi espada. Me quité mi uniforme negro y me puse la ropa que tenía en mi modesta casita. Me puse un gorro que recubría mis orejas y todo mi pelo.
Los niños se miraron. Bain me miró preocupado. Para que yo viniera, luego de muchos años, es que en realidad pasaba algo grave. Siempre me preguntaron por qué no maté al asqueroso gobernador y a su consejero, Alfrid. Eso habría sido atraer otra vez a todas las criaturas a las que Sauron habría pagado un buen precio por mi cabeza. Gobernar, otra vez, poner todo para que vinieran y nos acabaran, incluso los aurigas a los que burlé hacía años. Pero sé que la gente lo olvidaba. Salí, recubierta con una manta, en medio de la triste ciudad, en invierno. Los vi llegar. Vi a los guardias buscarlos. La gente comenzó a hablar. Yo sabía esconderme y escabullirme, hasta que en la noche, vi a un grupo de ellos, huyendo. Los detuve. Oí ruidos. Los guardias detuvieron a otros.
-No se atrevan a moverse.- les dije. Salieron, arrestados. Me quité el gorro. Mi pelo. La gente comenzó a hablar.
-¡Es usted la reina viuda de Gil-Galad!- me reconoció uno.
-¡Creí que solo existía en las leyendas!- dijo otro. -¡Es la espada verde!- dijeron, viéndola, de color opaco, pero brillante.
-Soy tan real como la punta de mi espada- les dije, amenazándolos. La gente estaba sorprendida. La espada verde de Utumno, había vuelto otra vez.
Vi a Thorin y a Balin, siendo arrestados por los otros guardias del gobernador. Yo apunté mi espada hacia ellos. El gobernador salió, apurado.
-¿Qué es todo este alboroto? - preguntó este, colocándose su abrigo. Era invierno. La gente nos veía y murmuraba. Yo había vuelto. También habían enanos. Eso no pasaba en mucho tiempo.
-Cargaban armas robadas, señor- dijo ese miserable de Alfrid, con un bigote sucio y su ropa hecha pedazos.
-¡Enemigos del estado, entonces!
-Es más que eso- intervine yo.
-Oh, tu. No te habíamos visto en años. Hablando de enemigos del estado…- dijo este. Yo levanté una ceja, y lo miré con desdén.
-Al igual que ella, mi señor, simples mercenarios.
-¡Sostén tu lengua!- dijo uno de los enanos. Yo miré a Thorin y este a mí. Nos reconocimos. Él me miró con reclamación y yo a él, porque si estaba pensando hacer lo que me temía, no habría un solo atisbo de redención.
-No sabes a quién le estás hablando. Él es Thorin, hijo de Thrain, hijo de Thror- afirmó otro.
-Somos los enanos de Erebor- afirmó Thorin, para que incrementaran los murmullos. - Hemos venido a reclamar nuestra tierra.
-No tienes ni idea de lo que haces…- le dije, espantada. -Ninguno de ustedes.
Thorin no me escuchó.
-Esta ciudad, que usted creó, la recuerdo llena de grandes botes, gemas, joyas relucientes. - me dijo a mí, para luego dirigirse al Gobernador y a la gente. De cómo esta ciudad era centro de todo el comercio en el norte.
-Y de cómo creció la codicia, por ello. Yo también estuve ahí- le repliqué, con amargura.
-Pero yo ansío que retornen esos días- gritó él, ignorándome. Yo miré a Balin y este a mí, que me miró cauteloso, pero también orgulloso de Thorin. Claro, yo entendía que habían perdido todo lo que tenían. Pero también yo. Y sabía que asirse al pasado solo los condenaría. No sabrián cuántos inocentes podrían morir, pero ante un estómago vacío una futura vida no existe. Así que mis reclamos no fueron escuchados, cuando Thorin les prometió riqueza, para vitoreos de todo el pueblo.
-¡Sí! ¡Sé lo que traes sobre nosotros! ¡Fuego de dragón y destrucción para todos!- dijo Bardo, abriéndose paso.
-Tu estuviste ahí, Thorin- le dije, sin dejar de apuntar a sus amigos. - No puedo permitir que nos hagas esto. No a ellos. No tienes ni idea de lo que haces.
Este me miró fríamente. Yo miré a Bardo y este a mí. No lograríamos nada, pero él no se rindió.
-Lo entiendo. Pero si lo logramos, todos podrán tener la riqueza de la montaña.
Yo miré a la gente, entusiasmada. ¡Tendrán oro para reconstruir Esgaroth diez veces!- gritó, para ser vitoreado. Yo negué con la cabeza.
-Pero no sabemos nada de ti.- insistió Alfred.- No sabemos nada de tu palabra. De ella sí- dijo, señalándome. Una elfa ermitaña y solitaria desterrada por el rey del Bosque que solamente nos ha dado migajas. Trucos baratos de mago. Pescados.
Risas. Comentarios. Pensé de nuevo en que Thranduil tenía razón. Lo veía en la recriminación de las personas, en sus ojos. Cómo fue que solo nos dio esto. Qué rayos ella hacía aquí. Los salvé de tantas duras heladas, de tantas cosas por años. Comenzaba a pesarme. Miré a Thorin y este a mí, que sonreía con satisfacción. Miré a Bardo.
-También ha sido nuestra salvadora en muchos tiempos de necesidad. Salvó a Esgaroth cuando estaba sola- insistió Bardo.
-Bien, pero, ¿qué hay del enano?- insistió Alfrid.
El mediano habló de su palabra. Lo defendió. Yo sentía lo mismo que Thranduil, en esos momentos. Su codicia otra vez nos llevaba a la locura y por un momento pensé en que se merecían lo que les pasó.
-¡Todos ustedes! ¡Deben escucharme! ¿Ya olvidaron lo que le pasó a la ciudad? ¿Lo que pasó con los cientos que murieron bajo el fuego del dragón? ¿Y para qué propósito? Para satisfacer la ambición del rey de la montaña- dijo Bardo. Yo miré hacia abajo. Al menos solo tenía un defensor, como cuando yo fui su única defensora. Pero el gobernador comenzó a echar culpas.
-¡No olvidemos que Girion, tu ancestro, falló en matar a la criatura!- insistió el Gobernador.
-¡Así es, una tras otra, perdió las flechas!- dijo Alfrid. - Y ella ni siquiera estaba allí cuando la ciudad fue destruida. Nos trajo la peste y la desgracia- me dijo, para señalarme. Todos hablaban de ello.
-También nos salvó de los orcos y de nuestros tiempos más míseros- insistió Bardo, para dirigirse a Thorin. - No tienes ningún derecho a entrar a esa montaña.
-Tengo el único derecho- replicó, para decirle al gobernador si estaría dispuesto a que los hombres compartieran el tesoro. Y este solo dijo "¡Bienvenido!" en su inmensa codicia. Thorin nos miró a ambos, victorioso.
-Estaré en casa- me dijo Bardo. Yo asentí, para seguir mirando a Thorin y este a mí.
-Mira lo que pasó con tu padre- lo exhorté.
-Así que ya no le importan los insultos, dama Fineriel- me dijo. - Antes sí, y en demasía. Eso acabó con mi madre y mi abuela- me recordó, con rencor, mirando a mi collar, que brilló.
-Tu abuelo no debió tomar lo que no era suyo. Yo no debí dejarlo. Fue vanidad. Pagué muy caro por ella, me arrepiento y pido enormes disculpas por ello- dije, señalando el collar.- Pero sabes lo que es el fuego del dragón. Yo lo sé también.
-Sí, el rey elfo también lo sabe. No me importa- recalcó.
-Yo salvé su vida en el norte. En Angmar. Él, mejor que nadie, sabe por qué te lo advirtió.
Risas. Los miré indignada.
-La peor decisión posible- dijo uno de ellos. Yo lo miré furibunda.
-Quería su parte, "su" rey elfo. Como no se la dimos, enfureció. A él tampoco le importan estas personas.- insistió Thorin. Yo me horroricé por su codicia.
-Pero a mí sí. Causarás dolor y horror. Por favor, no- le rogué, mientras este se dirigía con sus enanos y yo iba detrás.
-¿Por favor, no?- me preguntó, furioso. - Eso también dijimos cuando llegó Smaug y su amante traicionó a nuestra gente. No tuvo honor, ni grandeza- me reclamó duramente. - Hemos llegado hasta aquí, ¿cree que sus palabras nos detendrán? - me preguntó, gritándome.
-Sé que Thranduil no tuvo honor, ni grandeza- dije, tratando de detenerlo. - Pero si no es el dragón, cosa que creo imposible, serán los orcos.
-Pues está usted aquí, para defender la ciudad. ¿No ha entrenado a los orientales y a los jóvenes para eso? Puede ser recompensada. Seguramente a su rey elfo le interesarán sus gemas- me dijo, levantando una ceja. Insinuaba que podría darme algo. Las gemas. Las gemas de Thranduil. Todo podría arreglarse.
-Lo siento, no- insistí.
-Recuerde que una negativa ya causó mucho dolor entre nuestra gente y la suya. Piénselo bien. Tiene hasta mañana- me dijo, para no querer hablar más conmigo. Todos lo siguieron. Balin me miró, con tristeza.
-Es una lástima volvernos a ver en estas condiciones. Pero tendremos éxito, se lo aseguro- me dijo. - Puede salvar a su gente y…
-Yo negué con la cabeza.
-No hay riqueza que proteja contra el mal- le dije, para irme a donde Bardo. Los tres chicos me abrazaron.
-Debes detenerlos- me dijo, frustrado. -Puedes matarlos a todos. Podrías acabar ahora con toda esta locura.
Yo negué con la cabeza.
-Tu habrías podido hacerlo también. Claro, habrían sido todos contra tí. Pero no tienes ese corazón. Ni yo tampoco. Y ahora que somos los enemigos de toda la ciudad, esperaremos las represalias. Ahí sí usaré mi espada. Y sé que lo haré pronto- dije, mirando hacia lo lejos. En la mañana, Thorin fue a la casa de Sën. Salí yo. Todo el pueblo nos veía, otra vez.
-Las gemas de su rey del Bosque, más algo más que desee. Son suyas, por proteger la ciudad. El barquero puede unírsele, si lo desea- me dijo. Sün y su hijo me miraron, instándome a decir que sí. Pero yo bajé la cabeza.
-Lo siento.- le dije mirando sus profundos ojos azules. Él miró mis brasas oscuras, inflexibles.
-Y yo más, porque ya sabemos qué le dirá su rey y cómo la tratará ante otra oportunidad perdida- afirmó, para irse. Todos los despidieron, con gran celebración. Me empujaron. Sí, debí hacer más, pero eso nos habría costado que los mataran a todos. Muchos me querían fuera, pero no habrían podido sobrevivir tampoco por años y años de estar con ellos. Tu dirás cómo fue que se perdió todo lo que conseguí para ellos en las ciudades hermanas. Se mataron entre ellos, a pesar de mí. Robaron entre ellos. Hubo una gran peste por cuatro años que casi los mata. Luego de que me fui la desgracia se cebó con ellos hasta dejarlos como en el principio. Y yo solo temía por los orcos y los aurigas. El tiempo me daría la razón, pero de la peor manera posible.
-¡Cómo pudiste desperdiciar algo así!- me dijo el chico. Pero Sün asintió con la cabeza.
-Eso se llama honra, niño. Deberías aprenderla.
-¡Al diablo!- dijo, para salir a vitorear a la compañía de enanos. Vi al tonto del Gobernador decir más cosas falsas y grandilocuentes.
-Sün, esto no ha terminado. Prepara tus armas y lleva al resto de tu familia a las ciudades hermanas. Yo responderé. - le dije, mirándole a los ojos. Él asintió, entendiéndolo todo. Vi cómo ellos, al irse, eran abucheados por los demás habitantes de Esgaroth. Los orientales, quienes crearon la ciudad, en últimas. Otros celebraban, diciéndoles fatalistas y cobardes. Ellos salieron, y derribaron a los dos guardias del gobernador, mientras otros iniciaban una revuelta y los demás orientales, extraños en la ciudad que fundaron hace mil años, se unían.
-Sü- le dijo al joven, ese era su nombre, su hijo, en su lengua. - Ve al Bosque Negro. -Corre. Llévale el mensaje al rey. - le dijo, mirándome.
Yo no pude detenerlo. Iba a protestar, pero me crucé con otros enanos, que no se embarcaron con Thorin. Llevaban a cuestas al más joven.
-¡Está enfermo!- dijo uno. -¡Nadie quiere ayudarnos!
Suspiré. Sabía que eso pasaría. Al fin y al cabo, tanto ellos como yo siempre habíamos sido extraños. ¿Qué nos debían? Nada, o ellos pensaban. Y no representábamos nada en su mundo. El gobernador ahora los veía como basura. Por qué no me sorprendía.
-Vengan conmigo- les dije, para golpear donde Bardo. Él abrió.
-No quiero nada que ver con enanos- dijo, pero yo paré la puerta.
-Por favor- le dije. Él suspiró y asintió.
-Bien. Por usted.
-Busquen athelas- les dije, pues me vi rodeada de guardias. Alfrid estaba al frente de ellos. Bardo me miró, asustado.
-Yo respondo- volví a decirle, para él mirarme, preocupado. Todos me miraron ir a su espantoso palacio, mientras miraba su estatua. Me reí, pensando en su vanidad.
-¿Por qué pretendía la dama Fineriel usurpar mi puesto como gobernador de ciudad del Lago iniciando una revuelta de orientales? Menos mal esa mugrosa gente logró irse con todos los que quisieron seguirlos.
-Los únicos a los que temía en la ciudad. Hacían lo que yo les decía- le dije, sin intimidarme. - Pero siempre tuvieron su propio criterio. Esa es la diferencia entre usted y yo. Y ahora ellos estarán a salvo mientras usted ha condenado a Esgaroth a una muerte segura. Yo no lo entendí hasta que tuvimos a más de tres mil orcos encima de nosotros. Usted puede hacer que busquen refugio. Yo puedo llevarlos a lo que era la antigua ciudad- le sugerí.
-¡Pero qué tonterías dices! Seguro lo aprovechas para poder tomar el poder. ¡Y eso no pasará! ¡Ya no serás reina de nada! O eso es lo que dicen.- dijo, mirando mi collar. -Has tenido milenios para arreglar sus problemas y no has hecho nada. ¡Nada! - me gritó. No me amedrenté.
-Y veo que usted tampoco- dije, mirando su dinero y riquezas acumuladas. Él me miró furioso y fue a protegerlas.
-No tiene por qué preocuparse- le dije, con una sonrisa de desprecio. - Eso no me interesa.
-Amo, ella quiere simplemente usar al pueblo en su contra, a los orientales, y asesinarnos. Es hora de que le dé una lección. De que le muestre su poderío.
-Eso ya lo tenía planeado- dijo, para bajar conmigo las escaleras.
-Sígame- me dijo. El palacete estaba rodeado de guardias. Eran decenas de ellos, mientras todos miraban, aterrados y curiosos.
-No te atreverías a matar a la gente que dices proteger, ¿o sí?
Yo saqué mi espada. Todos se fueron hacia atrás, espantados.
-Valdría más morir que pelear por usted- afirmé. - Si quieren huir, háganlo. Él igual no valora su vida- les advertí. Dos salieron corriendo, para indignación de sus demás compañeros, pero fueron empujados a pelear. Eran decenas.
-En serio. Ustedes a él no le importan. Tiene montones de riquezas en su palacio, mientras sufren de hambre.
-Tu tampoco nos la calmaste por años- insistió otro de los guardias. - Nos diste herramientas de miseria.
-¡Sí! ¡Nunca fue suficiente!
-¡Migajas!
-Nunca quise hacerlos ricos. Eso habría significado una vez más nuestra destrucción. No en manos equivocadas, no en estos tiempos. No así- les dije. -Huyan. Él no les dará nada- les rogué.
-¡Despedácenla!- ordenó el Gobernador.
Corrieron. Comenzaron a atacarme y a uno lo eché al agua, recuerdo que a otros los empujé, y comencé a blandir mi espada verde a mi pesar para no ser asesinada ni detenida. Corté las espadas de tres de un tajo, tratando de no hacerles daño, en lo posible, pero eran hombres y ellos sí que me harían daño. A mi pesar, tuve que devolverlo. Rebané un pie, corté una cara. Me paré sobre la espada de uno y otro, para girarme y hacer daño y daño y daño. Me atacaban con furia y más fuerza, como si en mí descargaran toda su ira y frustración y en últimas, lo era.
-¡No peleen más por alguien así! ¡No lo vale!- grité, mientras daba una patada, me abría de piernas y me elevaba hacia el balcón, para caer sobre otros tres y blandir la espada y esquivar otra. Pateé al otro, al agua, mientras golpeaba con mi palma a otro más. El Gobernador ya no estaba. Maldición. Más ataques. Era una distracción. Pensé en Bardo, pero seguían atacándome, mientras yo repartía puños, patadas y sablazos. Rompí más espadas y lanzas que nunca, para volverme a tumbar al piso y derribar a diez más. Miré fijamente a todos los demás guardias, que no se atrevían a acercarse, como si fuese una fiera enjaulada.
-¡No merecen este destino!- dije, para seguir defendiéndome. Caían, uno tras otro, levemente heridos. Uno me cortó la manga, y yo lo golpeé con la espada, furiosa, para esquivar un hacha y devolverla. Se clavó en una viga . Seguí atacando, hasta que vi la carnicería sin sentido y me dolió absolutamente. Qué inteligente manera de ponerme en contra de su pueblo. Miré a todos con tristeza. Guardé la espada.
-Me rindo- les dije, para elevarme sobre los techos, para oír exclamaciones de asombro. Se oyó la orden de perseguirme, pero ya era de noche. Y vi a Bolg. Ese maldito orco, esa abominación. Lo reconocí en los pensamientos de los enanos. Él me vio a mí.
-¡Vayan por la perra!- gritó, mientras yo saltaba sobre los techos, ya con furia, para acercarme a ellos. Decapité a dos con la espada verde, que había hecho mía en los últimos tiempos y partí a otro de un tajo. Oí gritos. Los niños. Fui rápidamente, evadiendo más orcos a los que hacía picadillo, hasta que caí sobre un orco. Legolas me apuntó, pero volteé su arco y él lo hizo, para luego atacar a otros dos. Yo hundí la espada sobre otro y usé la mesa para echársela al que estaba detrás, y luego enredarlo con las sartenes, para luego patearlo y girar sobre el aire y hacerlo caer sobre el piso. Tomé al enano enfermo, a quien reconocí y lo alcé, mientras daba otra patada, lo dejaba y sacaba mi espada, para partir a otro orco en dos y echarlo al lago.
-Vinieron- les dije a ambos.
-Sí. No hay tiempo- me dijo Legolas en quenya. Te explico luego.- me dijo, para tirarle un flechazo a otro y yo agacharlo, para meter mis dedos en la garganta de otro, literalmente traspasarlo y luego degollarlo. Los niños hicieron un gesto de asco.
-Es Bolg. Debe ser eliminado- le dije.
-Es mío. Vamos, Tauriel- dijo él. No me había fijado en ella. Yo ayudé a alzar al enano herido.
-¿Consiguieron las athelas? -pregunté a sus dos compañeros, que no respondieron. Vi que ella lo miraba con una significancia que yo ya conocía. Así miraba yo a Thranduil. Legolas la exhortó a irse. Era cierto, entonces, lo que yo pensaba. Y lo lamenté por Legolas, porque no siguió mi consejo. Suspiré, cansada.
-¿Están bien, niños?- les pregunté a los tres. Ellos asintieron, asustados. Ayudé a Tilda a salir, así como a Sigrid. Y la aparté, para que Tauriel la recibiera. Apareció otro orco, al que le torcí el cuello, antes de que blandiera la espada.
-Sí- dijeron asustados. Me miré con Tauriel. Era el comienzo.
-Cúralo. Y cuídalos- le dije, para irme tras Legolas. Mis perseguidores aguardaban, pero fueron muertos por varios orcos, que hallaron muertes horribles con mis manos. A uno le quité los ojos, mientras que a otro lo degollé y le pisé la cara. Cosas por el estilo. Vi a Legolas en problemas con Bolg. Huyó. Yo fui detenida por más guardias, a los que enfrenté con mis manos, para dejarlos heridos, pero nunca muertos, o en las aguas del lago. Lo vi huir y Legolas tras él.
Y entonces, sentí un ruido en la montaña.
-¡Orientales!- grité con toda la fuerza que pude, en su idioma. - ¡Sáquenlos a todos! - grité. -¡Salven a Esgaroth!
Comenzaron a sonar las campanas. Y la gente, viendo el fuego en la montaña y el ruido, salía aterrada. Los leales que me quedaban se organizaron (como les había enseñado, ya hacía décadas) para sacar a la gente de la ciudad. Yo misma ayudaba a sacarlos también. ¡El dragón viene!, recuerdo que gritábamos. Salían aterrados, mientras yo montaba a varios en los botes. Todos los orientales que quedaban se unieron para sacar a sus renuentes vecinos, que tomaban lo que podían. Sobra decir que a muchos no pudimos salvar ni a muchos pudimos convencer de que se fueran. Muchos orientales ya se habían ido también, la noche anterior, siguiendo mi consejo. El fuego. El fuego de dragón. Yo en medio, sacando a todos los que podía, con los guerreros que quedaron. Viéndolo, como a Glaurung, como a esos malditos dragones que desfiguraron a Thranduil y me quitaron a Neldaniel. Y todo… todo por…
Miré mi collar y cerré los ojos por un momento. Lo miré con rabia, tristeza y desolación, pero los gritos me despertaron. Seguí sacando gente, mientras miraba a Smaug planear sobre nosotros. Saltaba encima de las astillas, apartándolas, echándolas al agua. Mi ciudad. Lo que alguna vez soñé con unir. El último vestigio de Iä en Occidente. Lo que no pude cuidar. En llamas. Pero, sobre todo, odié a Thorin, a los enanos, por primera vez, desde lo que había pasado. Odié la codicia de los hombres, nuestro orgullo élfico, que nos hizo sucumbir a los hados de Mandos. Pero a Thorin, a Thorin no le perdonaría esto, no me perdonaría no haberlos matado. Me habrían dado batalla, pero los hubiera eliminado a todos.
En qué estaba pensando. Él quería, al fin y al cabo, lo mismo que yo. Pensé en todos los inocentes que ahora murieron por nuestras decisiones, por mi vanidad, por mi sevicia, por mi crueldad. Por mi leyenda negra. Desdibujé a Gil- Galad, desdibujé nuestra promesa. La desdibujé, la traicioné apenas conocí la ira y luego el amor sin esperanzas, mi único consuelo y desdicha, junto a Thranduil. Pero, pero yo sí lo sabía. Yo sabía todo esto. Yo había tenido tiempo para la redención. ¿Habría sacrificado a toda una ciudad, a la gente que sacaba de sus casas, volando, chamuscada casi, con mis rizos y ya sus puntas negras, para que le devolvieran a mi esposo la vida? ¿A mi hijo? No. No. Yo lo había aprendido así. De él y luego por mí misma. Gil- Galad habría preferido morir de nuevo de estas condiciones ser presentadas. Y yo, que lo hubiera hecho.
Por eso, para mí, Thorin para mí no tenía redención alguna. Yo jamás habría querido restaurar la gloria de Lindon. Eso, al fin y al cabo, le costó a mi hijo la vida. Esgaroth pudo haber sido "mi" proyecto, pero como mi marido, como mi hijo, como Lindon, como Thranduil, como mi hija, como Celebrían, como todo lo que alguna vez he amado, nunca fue mía. Nunca. Ahora solo me quedaba rescatar lo que quedaba de ella. Apartar, con el viento, como los viejos guerreros, que quedaron allí, al fuego, para sacar a mucha más gente. "Son enanos, ¿qué esperabas?", recordé a Thranduil decirme. Vi a Tauriel mirarme, huyendo con los dos jóvenes enanos. Tan jóvenes. Tan ilusos. Seguro su tío les daría una ilusión de la gloria. Pero yo también le dí algo así a Tauriel. Y vi a Bardo, disparar infructuosamente, mientras salvaba a los que podía del agua, del fuego, mientras los otrora odiados orientales seguían rescatando gente.Y Smaug se posó. Retó a Bardo, mientras yo seguía gritando y lo maldije. Y entonces, lo vi. Lo ví con esa enorme flecha que alguna vez perteneció a Girion, que se dejó encantar por Erebor. La tenía posada sobre Bain. Logró lo que no hizo Girion, no sin antes destruir todo a su paso, más personas y sus salvadores, aplastados por él. La maldita bestia se apagó. Sobre nosotros.
-Nunca. Nunca perdonaré esto. Jamás- dije, mientras abrazaba a dos niños y a su madre de ser aplastados y veía a uno de los orientales chamuscado, en medio del agua. Y, como siempre sucede, como siempre sucedió luego de todas las enormes catástrofes que presencié, luego de batallas, emboscadas, misiones fracasadas, los gritos de desesperación y horror. Llorando a muertos, buscando hijos. Una historia que viví en tres mil años, o mucho antes, cuando huimos de Eregion y me creyeron muerta para siempre. Yo solo era una niña.
-¡Ayúdeme con mi hijo, dama Fineriel!
-¡Mi bebé! ¡Mi bebé!- me gritaba otra mujer.
-Los encontraremos, calma- les dije. -¡Hombres en pie, rescaten lo que puedan! - les grité. Me preocupaba Bardo, también Bain, pero no podía hacer nada. Rescatábamos la comida que podíamos traer. Y seguramente vendrían más orcos. Solo nos tendrían a nosotros. Tendríamos que organizarnos para cazar y pescar, pero no sería suficiente, ni teníamos suficiente de nada.
-¡Busquen en las ruinas! ¡Todo! ¡Lo que puedan!- ordené a otro grupo de sobrevivientes, mientras se me acercaban por más ruegos y los consolaba en otra vez, sobre cenizas, sobre caos. Vi a Tauriel, con los hijos de Bardo. Estaba uno de los jóvenes enanos, el no lo estaba más. Me detuve. Legolas estaba a mi lado.
-Déjalo por imposible- le dije, mientras él me daba lo que tenía para curar gente.
-No aún- me respondió trémulo. Suspiré. Eso no podría ser. Thranduil mismo me lo dijo y yo me burlé cuando nos despedimos. Se molestó conmigo por mi espantoso realismo, pero no entendía que era el corazón de su hijo. Sí, hablamos de eso alguna vez. "No quiero que se repita nuestra tragedia", me dijo sinceramente. Pero ya lo era, sin duda. Ella ya pertenecía a otro. Pensando en eso, ordenaba aquí y allá, buscando mantas secas, curando a los heridos. Vi una refriega. La rata de Alfrid se arrogaba el poder. Iba a matar a una mujer. Ya me iba a levantar y dejé a cargo a una joven, pero Bardo lo detuvo. Lo reconocieron como el que mató al dragón y casi linchan a ese asqueroso mortal.
-Sabes que no los dejaré a su suerte- le dije a Legolas.
-Viene mi padre. No solo por tí- me advirtió. - Creo que ya tuvo suficiente. Y tu también.
Sabía a qué se refería. Al proyecto fracasado. A destruirme en medio de esperanzas fallidas. Pero yo no cedería un ápice.
-Que lo tenga. Pero que nos ayude- le respondí, levantando las manos.
-La dama Fineriel se quedará a cargo de ustedes- dijo Bardo en voz alta, para yo asentir. Los orientales sobrevivientes, los hombres, me preguntaron qué hacer.
-Vayan con él- les dije en su lengua. -Ya oyeron. Hallaremos refugio - les dije a todos, mientras sacaba más mantas y me quitaba los guantes.
-Podemos ir al Este. Es más cálido allí- le dije a Bardo, que negó con la cabeza, mientras los dos cargábamos ramas.
-No. Reclamaremos lo que se nos ha prometido. Reconstruiremos esto, como siempre quisiste- me dijo, mirándome a los ojos. Yo negué con la cabeza. Ese maldito tesoro, esa riqueza maldita.
-Es un error. Hubo orcos. Orcos, aquí.
-Al Este hay desierto, no aguantarían. No tenemos otra opción. - me dijo, mientras yo era llamada por más personas, para seguir curando gente. Tauriel me ayudó con la leña, mientras me seguía.
-No hay otra salida- me advirtió. - El Este es demasiado peligroso.
-No peor que esa montaña. Los viste. Sabes lo que pasó. Sería un error. No tendríamos salida. - le dije en élfico, mientras cargaba a un anciano, para posarlo en una camilla improvisada. Ella me ayudó a sostenerlo, tranquilizando a su esposa.
-¿Los convencerás ahora de no reclamar lo que les han quitado? No tienen nada- me replicó ella. Tenía razón.
-No. Nunca he podido hacerlo con nada- admití. Oí lo que Legolas le dijo a Bardo. La misma advertencia. Sería inútil. ¿Cuántos no morirían o sucumbirían al llegar a la ciudad hermana de oriente? ¿Qué sería de nosotros? Muchos ya hablaban de lo que tendrían allí. Insistí una vez más.
-A la montaña no- le dije a Bardo.
-Seguramente, la elfa quiere toda la riqueza para sí- insistió Alfrid. Lo miré como si no existiera.
-¿Qué nos espera en el Este?
-Alejarnos de este mal. Por favor. Te seguirán.
-Es tarde. Tu puedes sobrevivir como sea, pero ellos no.
-¡Serán masacrados!
-El desierto también nos masacrará- insistió Bardo.
Otra vez, yo impotente. Sin absoluta credibilidad sobre ellos. Sí, Esgaroth jamás fue mío, a pesar de estar sufriendo con sus habitantes. Y más luego de que herí a algunos de sus padres, tíos y parientes, a los que los orientales también habián socorrido y sacado del lago. Legolas me tomó de gancho y me uní a él y a Tauriel.
-Son orcos distintos. No los había visto en mucho tiempo- nos dijo a ambas. -Tienen una marca.
-¿Qué marca?- preguntó Tauriel.
-La de Gundabad. Al norte de las Montañas Nubladas - dijo, mirándonos a las dos. Yo bajé los ojos. Angmar. Dol Gudur. Lo miré fijamente a los ojos.
-Ellos irán sobre mi cadáver. No tienen nada que perder.
-Lo sé.
Vino Sü. Lo había olvidado. Con un mensajero de Thranduil. Ordenaba a Legolas a devolverse. Bufé. No decía nada de mí.
-También extiende su invitación a la dama Fineriel, reina viuda de Lindon. Tauriel está desterrada- afirmó.
-No iré. Dile a mi padre que si no hay lugar para ella, no hay lugar para mí- respondió Legolas. Yo lo miré conmovida. De verdad le gustaba, de verdad había forjado ese amor, sin esperanzas, silencioso. No como los otros. Seguramente para evitar ser lastimado. Pero ya lo estaba. Condenado por el miedo, por la aprensión, porque quizás este sí era el definitivo. Quizás. Y lo lamenté por él.
-Señor, es una orden de tu rey- dijo Tauriel. Yo volví a bufar, porque era claro que estaba con ambos, que éramos expertos en desobedecerlo.
-Pero él no manda en mi corazón- dijo, para yo sonreír levemente. Al menos eso le había enseñado. Aunque tarde y como siempre, en las peores condiciones, lo había aplicado.
-Dile a Thranduil que la respuesta es obvia- le dije, levantando las manos. Los tres le dimos la espalda.
-Iré al Norte- nos dijo a las dos, para luego mirar a Tauriel . -¿Irás conmigo?
-¿A dónde?
-A Gundabad- advirtió. Se devolvió unos pasos. Me hizo el saludo élfico.
-Cuídate. Volveremos- me dijo. Yo le respondí de igual manera. Ya había crecido. Era otro y esos años luego de mi retorno al este lo habían forjado más para ser quien era. Despedí a Tauriel de igual manera. Mis pupilos. Casi como mis hijos. Así caminamos hasta la montaña, yo temiendo que sería nuestro fin. Y en la noche, lo sentí. Él. Él de nuevo. Mi herida, la de Gil- Galad. Me acurruqué sobre mí misma en el fuego.
-Señora, ¿estás bien? - me preguntó Tilda. Le sonreí, asintiendo.
-Duerman. Haré la guardia- les dije. Me levanté, mirando hacia la luna. Esgaroth, en llamas. Y su voz. Ellos. Galadriel. ¿Qué hacía ahí Galadriel? Gandalf, malherido. Se los dije, se lo dije, muchas veces. ¿Qué pasó como para subestimarlo y llegar al punto de dejarlo crecer? Las voces. Me doblé otra vez. Los nueve malditos reyes que jamás derrotamos en Angmar, ni en la muralla en el Este, ni en ningún lado. Elrond. Saruman. Me seguía doliendo mi herida. Entonces, el ojo. Él apareció. Otra vez, las quemaduras. Los nueve. Él, Él como cuando enfrentó a Iä, Él, riéndose, antes de destruir a mi marido. Y a Galadriel, con todo su poder. "Tu no tienes poder aquí". "Tu no tienes nombre". El mismo color, el mismo oscuro poder que Ïa. Las mismas voces. Hasta que lo envió a Mordor. Grité. Sigrid, Bain y Tilda se acercaron.
-Tienen que cazarlo, tienen que, tenemos que…
-¿Estás bien? - me preguntaron. Yo asentí, mientras veía a Saruman decir que Él no tenía poder. Pero claro que sí tenía poder. Recordé a mi hijo. Y créeme, aún pienso en eso. Saruman no confía en mí, ni en mi juicio. Ni yo confío en él a pesar de su sabiduría aparente. Es su arrogancia y su condescendencia hacia mí. Pero me enfurecí totalmente. Años advirtiéndolo, para subestimarlo… de nuevo. No se aterren, eso ya lo sabe Elrond.
-Ellos se preocupan por tí- me dijo Bardo, mientras yo miraba descorazonada por lo que había pasado, hacia Esgaroth.
-Y yo por ellos. Hemos elegido nuestra muerte, quizás. -le advertí, para retirarme.
Dale. Dale, a la que alguna vez visité. Ruinas. Todo lo que construí, toda mi vanidad por enlazar a Utumno con el occidente quedaba aquí. Advertí que los enanos ya estaban en Erebor. También Alfrid. Bardo ordenó refugiarse, y varios me miraron.
-Ya iré en su ayuda- les dije, amarga. Los miré. Apertrechándose, como si los fuéramos a atacar. Y por qué no, se lo merecían, pensé. Merecían todo lo que les pasara. Suspiré. Tenía que calmarme. Esto no podía estar dominándome. Ya había estado en peores situaciones antes con los humanos, pero no podía contenerme ante tanta… mezquindad. Es como si todo lo peor que me hubiera pasado durante siglos con los humanos se hubiera juntado para hacer la tormenta perfecta. A la mañana siguiente, repartía mis lembas como podía, las castañas que podíamos. Calmaba a los niños con cantos.
-¡No tenemos agua suficiente! - me decían las mujeres.
-La haremos con nieve, ya verán- les advertí, pensando angustiada en los niños de brazos y los ancianos, que en este invierno morirían primero. Tendría que hacer lo imposible, si no nos atacaban los orcos. Y entonces, lo sentí llegar. Thranduil, con su ejército. Todos salieron ilusionados por los víveres que les había traído. No me sentí aliviada. Bardo salió entusiasmado, a recibirlo. Iba montado, en su gran alce.
-¡No sabemos cómo agradecerle!- le dijo.
-Su gratitud no tiene lugar. No vine por ustedes. Vine a tomar lo que es mío- me dijo, mirándome a los ojos. Yo lo miré trémula, porque sabía a qué se refería. Las gemas de Neldaniel. Las gemas blancas de Lasgalen. Las que causaron todo este desastre por mi fracaso.
-Hay gemas en la montaña que deseo. Gemas blancas, de pura luz de estrella. - le dijo, para irse. Él me miró con impotencia.
-Fineriel…
-Déjalo que se vaya- le dije, con orgullo. Él me miró igual, para darme la espalda. Sí, lo nuestro estaba muerto. Había agonizado por el tiempo. Y él volvía a ser Thranduil. Y por las gemas de Neldaniel haría lo que fuera, mostrándome cuánto la extrañaba. Bardo le propuso ser aliados. Yo estaba a punto de llorar. Trajo su estúpido ejército por las gemas. No por los inocentes Lo entendía. Pero esto, como siempre, iba más allá de él. Nunca lo entendería y esa era la principal razón de nuestra tragedia. Eso fue lo que condenó nuestro amor.
-No auguro para él buen resultado- dijo Thranduil, sin inmutarse, mientras yo veía a Bardo tomar un caballo y dirigirse a Erebor.
-Él mató solo al dragón. Quizás pueda con esto- le dije, sin mirarlo.
-Y a ti te deja, a solas, relegada, con los sufrimientos humanos. Otra vez. ¿No crees que ya tuviste bastante de eso ? - me preguntó, sin querer mirarme.
-No tienes idea, Thranduil- le dije. Él se quedó a las puertas. Y ví cómo Bardo fracasó en la negociación. Thranduil atacaría y comenzó a reorganizar su ejército. Los hombres, a pesar de mí, también se armaron. Yo, como muda espectadora, siempre muda, siempre impotente. Bueno, yo misma los había traído ahí, a Dale, al comienzo de los tiempos. Y ahora no podía esperar que actuaran según mi voluntad. Ahora tenían armas en las ruinas de Dale, para defendernos y lo harían para pillar ese tesoro. Pero yo sabía que había algo peor, aunque de nuevo, el hambre de recuperar "lo suyo" era lo primordial. La venganza. La ira que yo sentía al ver Esgaroth y Dale destruidas. El rencor. Y lamenté estar en manos de la mezquindad por encima de todas las cosas. De un elfo y enano mezquinos. Mezquinos. Aunque entendía a Thranduil, pero acá había gente inocente, otra vez, en medio, por mi causa, de nuevo, y un mal acechante. Y el oro, las malditas riquezas, la maldita codicia que vi en Erebor, otra vez, dominándolos, a todos.
-Señora, sus armas- me dijo Bain, decidido. Yo las acepté, con el saludo élfico. Me fui a la tienda de Thranduil.
-Por fin tomaremos lo que se nos negó la primera vez, ¿recuerdas? Debió ser así siempre. ¿Quieres? -dijo, ofreciéndome vino.
-En el pasado dijiste que estarías para mí y así lo has hecho. Pero sé que esta vez no lo es y estamos en el mismo problema, incluso peor, que ahora. Acá hay vidas en juego. Sé que no te importan, pero a mí sí.
-Y es cierto lo que te dije esa vez. Desgastas tus esperanzas en un proyecto fallido. Es vanidad. Siempre lo fue. Los reinos hermanos no te ayudarían. Jamás- me dijo. - Has malgastado tu tiempo en un recuerdo perdido. Ni siquiera te escuchan. ¿Valen tanto, Fineriel?
-¿No fue vanidad lo que hicimos con Thror en Erebor? - contraataqué. -Él quiso mi collar y lo entregué por retaliación, aguzando así su mezquindad- dije, señalándolo. - Y sé que las gemas son lo único que te queda de Neldaniel. ¿Pero llegarás a este punto? ¿Sacrificar a tu pueblo, a todo esto? Thranduil...hemos jugado y muy mal este juego- dije, negando con la cabeza.
-Tu jugaste mal. A perder. Incluso con nosotros- me reclamó con rencor y dolor, para seguirme mirando y bebiendo. -Para esto. Tu promesa te ha perdido. Te ha conducido a este pozo sin fondo. Y de paso ha destruido a muchas personas. Decidí que no sería yo- me dijo, sentándose y mirándome duramente. Fue como si me apuñalara otra vez. Toqué mi pecho.
-Lo hice desde que te salvé la vida. Te condené a llorar por ella y ahora vas a terminarlo.- adiviné.
-Amarte nunca estuvo en los planes- me dijo, con un leve rastro de dolor. Lo mismo que Gil- Galad me dijo alguna vez.
-Nunca… entendiste que fue más que tu. Que siempre lo ha sido. Creí que lo habías entendido, pero era solo desde tu punto de vista. Ojalá solo hubiera sido Gil-Galad, Neldaniel como nuestros fantasmas. Pero el mal ha vuelto, Thranduil.
-Siempre me dices eso.
-Porque es verdad- insistí, con una mirada fúrica. -Yo lo vi. Lo echaron a Mordor. Por eso están detrás de tu reino y por más que nos separemos no puedes apartar la mira…
-Suficiente- me dijo, en voz alta. - Basta. Siempre lo dices, ¡parece que no tuvieras otra cosa para decir y así seguir ahondando en nuestras heridas!- me reclamó , levantándose de su silla. - Eso fue lo que nos condenó, bien tienes razón, pero aún así recuperaré lo único que me queda. Si ya todo está perdido entre nosotros, porque lo está, recuperaré lo que me pertenece, de la única época en la que fui feliz…
Otro puñal. Cada palabra, una aguja.
-De la que no hubo un amor condenado por la fatalidad. Por sueños sin esperanza. Por caprichos futiles- dijo, para servirse más vino.
-Te dije alguna vez que si era feliz contigo no podía ser una felicidad ciega. Quizás Neldaniel pensaba lo mismo. Por eso fue con nosotros a Angmar, ¿no crees? Luchó con ambos, murió por ambos- le dije, alzando la voz.
-No hables de ella…
-Hablaré de ella- le insistí en voz alta. - ¡Porque la amé tanto como tu! ¡Ella también quería a la Tierra Media tanto como a ti y no te lastimó compartirla con ella!
-¡Me la arrebató para siempre! ¡Cómo osas…!- dijo, para tumbar la copa a mis pies.
-¿Qué?- le pregunté, encarándolo. -¿Qué? ¿Qué?
Él me miró con furia y yo a él. Una cosa más y nos habríamos matado mutuamente con lo primero que teníamos a la mano. Él tenía su mano temblorosa sobre mí. Hasta que se sentó, frustrado.
-No puedo más…-le dije a él, quebrada. - Tienes razón en estar cansado. Son muchas heridas mutuas, más que el amor que nos profesamos. Ya estoy cansada de sangrar- le dije, con los ojos aguados. -Solo te diré que… va más allá de tí, que el mal se acrecienta y que quizás mis esperanzas y proyectos de tonto solo sean eso...pero jamás, a fin de cuentas, tuve otra cosa conmigo. Y si tengo que ir a Mandos a ver a Gil-Galad otra vez, lo haré como en el y como le prometí- le dije, para irme, sonriendo levemente y limpiarme las lágrimas ya fuera de la tienda.
-Fineriel, los hombres te buscan para que les enseñes a pelear, los orientales requieren tu ayu... - me dijo Bardo. -¿Estás bien?
Yo asentí y tomé mi espada. Ya en la noche, los dos compartíamos guardia.
-Cuentan las leyendas que ambos se amaron enormemente. Pero su amor estaba condenado- me dijo Bardo. Yo no lo miré. Solo suspiré.
-Hace milenios...salvé su vida en Angmar. Su esposa nos engañó y fue a combatir con ambos- le dije, rememorando a Neldaniel en armadura. - Eran dos dragones. Peores que Smaug. Los tenía el Rey Brujo como primera defensa. Ella… nos apartó a los dos y dio su vida ante uno para salvarnos. Thranduil no lo soportó- le confesé, recordando cuando él gritó "¡Ven por mí!" y me rogaba que no lo condenara a llorar por ella. -Me odió por lo que hice y desde entonces estoy acostumbrada a cada una de las heridas que ha propinado en mi alma por siglos- afirmé, mientras recordaba cómo nos abofeteamos mutuamente. - No pude perdonarlo en siglos, hasta que me torturaron los orcos y él fue en mi ayuda- suspiré, mientras me recordaba con el pelo hecho jirones, mientras se comían la carne de mi hombro y yo lloraba. Cómo el me acunó en sus brazos. - Me curó, florecí y en medio de nuestro dolor nos enamoramos.
Recordé nuestro primer beso, tan lejano, tan inocente, pero ya tan lleno de dolor. Cómo acariciaba suavemente mi cara, y mi hombro y yo lo besaba mirando hacia el bosque y luego, ambos, juntos, durmiendo. -Duramos brevemente felices, hasta que el mal volvió a Dol Gudur. Perdí a su hijo en esa expedición- le dije, recordando mi sangre en mis manos y y mis lágrimas. - Mi alma no lo soportó ni la suya tampoco. Tuve que irme y cien años después, nos quisimos dar otra oportunidad. Lo hicimos- le dije, para recordar cuando me lancé a sus brazos y él me explicaba, mientras yo lloraba, la razón de por qué estábamos separados. Cómo reíamos. - Pero… lo que nos separó siempre estuvo ahí, a pesar de que lo negamos, porque queríamos podíamos tener una segunda oportunidad sobre esta tierra. Lo anhelábamos- le dije, con una sonrisa triste. - No pudo ser. Yo volví a servir en la Tierra Media y él se quedó en su reino. Y vino Erebor- le dije, suspirando.
-La historia de que usted trajo la peste.
Yo asentí.
-El rey Thror pidió mi collar, el de Gil-Galad- le dije, mirándolo brillar. - A cambio de sus gemas, las de su esposa, que no sabemos aún porqué dejó en esa montaña. Thranduil se negó a dárselas- afirmé, mientras recordaba cómo interpuso su mano con la mía. - Pero yo, ofendida en mi vanidad, lo dejé y traje la desgracia. Thranduil, ofendido, se alejó del este y solo estuvo con Dale y luego Ciudad del Lago por mí. Y hace… cincuenta años, cuando quise arreglarlo todo en Esgaroth… atraje a los orcos. Él me ayudó. Pero ya estaba harto de ver que elegía la desesperanza sobre él. Pero jamás, jamás habría podido vivir junto a él. Habría sido feliz, pero ciega. Y lo único que me retiene aquí, por la promesa que hice a mi marido, por dejar ir a mis hijos, ha sido eso. Pero no lo siento por el deber, sino por mí. Lo maté y él a mí. Le he causado dolor de todas las formas posibles. Sé que no me lo perdona, ni yo a mí, ni yo a él. Razón tienen en nuestra raza al decir que solo nos enamoramos una vez. Esto-le dije, asintiendo. - Pasa cuando lo haces dos.
-Lo siento mucho- me dijo con pesar, abrumado por mi historia.
-Creo que puedo negociar con algo- le dije, mirando mi collar.
Al día siguiente, estaba Gandalf. Yo había terminado de organizar y entrenar a la gente. Todos nos encontrábamos en la tienda de Thranduil. Él nos advirtió de Dol Gudur, pero este, como ya lo conocía, desestimó sus consejos.
-No esta vez- le dijo a Thranduil. Ejércitos de orcos se mueven. Son criados para la guerra. El enemigo ha crecido en poder.
-¿Por qué muestran sus cartas ahora?
-Porque los forzamos- dijo y Thranduil me lanzó una mirada de recriminación. Yo le lancé otra. No sé cómo había llegado a mi saco para dormir una armadura negra. Mi armadura, la que le dejé en sus estancias. No quise usarla, pero no tenía opción. -Los forzamos cuando la compañía de Thorin reclamó su hogar. Ellos jamás debieron llegar a Erebor. Azog fue enviado a matarlos- nos dijo, mientras los tres lo seguíamos.- Su amo desea el control de la montaña, no solo por su tesoro, sino porque esta es la puerta para reclamar las tierras de Angmar hacia el norte. Si ese reino caído resurge otra vez, Rivendel, Lorien, La Comarca, incluso Gondor, caerán.
-¿Y, dónde están?- preguntó Thranduil, escéptico.
-Vendrán- le dije a Thranduil. -Yo los vi. Lo vi a él capturado en Dol Gudur, así como la batalla que hubo allí. Te lo dije, está más allá de ti- le advertí. Él me miró fijamente, para sentarse y luego vernos a ambos como poca cosa.
-¿Desde cuándo mi consejo es tomado por tan poco?- se quejó Gandalf.
-No te reserves solo para tí mismo tal honor- le dije a Gandalf, que fumaba indignado.
-Creo que solo lo haces para defender a tus amigos enanos. Y admiro tu lealtad, pero nada me detendrá. Tu comenzaste esto, Mithrandir, así que permíteme que lo termine- dijo, para dar órdenes a sus arqueros. Los enanos ya no tenían tiempo.
-Solo te pido algo, Thranduil- le dije, tratando de contener mi dolor y mi ira.
-No estás en condiciones de pedirme nada. Ya no- me dijo, mirándome fríamente. Gandalf me miró diciéndome "no insistas, querida niña", pero yo me quité mi collar.
-¿De qué me serviría esta reliquia, el lamento de una viuda? - me preguntó impasible.
-Thror la quiso por encima de todas las cosas que poseía- le dije, sin inmutarme. -Tendrás tus gemas, sí, yo te ayudaré a conseguirlas si quieres. Pero esto paga que ayudes a mi pueblo apenas esto acabe. No tengo nada más con qué negociar.
-Tómalo. Sabes que no te lo quitaría. No lo acepto- me dijo, mirándome muy serio.
-Esta vez, es un regalo, Thranduil.- dije, tomando su mano y dándoselo en la suya. Nos miramos fijamente. Y por un momento, todo lo que sentimos volvió como un espejismo. No nos dimos cuenta de que Gandalf hablaba con Bardo y también con el mediano. Bilbo Bolsón, se llamaba. Muy inteligente. Apenas entraron con él, Thranduil tomó el collar y lo puso sobre su mesa.
-Si no me equivoco, eres el mediano que ayudó a escapar a los enanos en las narices de mis guardias- le dijo. Yo lo miré extrañada y divertida, porque no sabía nada de esa historia. Bardo me miró diciéndome "ya te lo contaré luego". Este, intimidado, solo dijo que sí. Y solo nos ofreció la Piedra del Arca. La famosa Piedra de la que hablaban en cuentos, que jamás conocí. Al preguntársele por qué lo hacía, él afirmó que no lo hacía por ellos.
-Los enanos pueden ser obstinados, tercos y difíciles. Son desconfiados y con los peores modales que puedan imaginar. Pero son amables, leales y me he encariñado con ellos y los salvaría si pudiera. Thorin valora esto más que nada y por esto les dará lo que les debe. No habrá necesidad de una guerra- afirmó.
Yo sonreí, conmovida. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien tenía un gesto de grandeza así. Y viniendo de un pueblo tan subestimado por nuestras guerras, contiendas y secretos. Los visité alguna vez, hace años. Fueron gentiles y quedé en sus cuentos. Pero ahora veía que eran muy valientes. Y él quería a los enanos como sus amigos, a pesar de lo que había pasado. Él los quería como yo quería a mi pueblo. Y tal como Bardo y yo solo buscaba negociar con vidas.
-Bueno, creo que ya tienen dos cosas con las qué negociar- les dije a ambos. - Debo seguir trabajando.
No noté que Thranduil me iba a decir algo. Sentí algo y mi intuición me dijo que el hobbit no se quedaría. Lo encontré, ya tratando de huir, mientras todos dormían, silenciosamente, por la parte de atrás de las ruinas.
-Tranquilo. No diré nada- le dije, amablemente. -Ten, para el camino- le dije, dándole unas cuantas lembas.
-Gracias por entender- me dijo, muy serio.
-Son tus amigos. Yo habría hecho lo mismo- le expresé. Él asintió, haciendo luego una reverencia con la cabeza, para despedirse. Yo no pude dormir y al día siguiente, todo el ejército de Thranduil (les dieron órdenes expresas de no hablar conmigo, o sí que lo habrían hecho), estaba al frente de las murallas. Con Thranduil mismo y Bardo. Suspiré. Si eso garantizaba que todos ellos estuvieran bien, como antes… por qué no. Ya era demasiado tarde. Primera flecha. Segunda flecha. Thranduil hizo una señal a sus arqueros. Yo exhalé, nerviosa, pero sin mostrarlo. Ofrecieron la Piedra…para su desesperación. Y Bilbo confesó haber él sido el que la había entregado. Casi lo mata y temblé, espantada, mientras las mujeres me miraban esperando alguna reacción. Gandalf intervino antes de que sucediera una tragedia.
Pero Daín Pie de Hierro vino en su ayuda, lo vi en los cuervos. Thranduil organizó su ejército, listo para pelear.
-¿Por qué haría esto solo por las gemas, por qué esta vez? - me pregunté, en voz alta, lo que me preguntaba hace días. - ¿Por qué morir por ellas, por qué? - dije desconsolada.
-Porque la ama… me respondí, viéndolo al frente de su ejército, como alguna vez lo llevó para mí. - Porque la ama aún, la extraña más que todo lo que ha podido conservar incluso a mí. Oh, Thranduil- le dije, con la voz quebrada. También sufría por los pobres y aterrorizados mortales que siguieron a Bardo, hasta con cazuelas. Sigrid y otra mujer tomaron mis manos.
-Estaremos bien, señora. Estamos con usted.
Yo les sonreí, pensando en qué pasaría si les fallaba y todo estaba a punto de irse al infierno por mezquindades mutuas. Conocía ese gesto arrogante en Thranduil. El mismo que usó para Ië. Desprecio absoluto.
-¡Pero si él se interpone entre lo que quiere mi pueblo, abriré su cabeza!- gritó el enano, para enloquecerlos a todos. Yo solo rogaba en mi interior para que algo parara esta locura.
¿Ya lo ven? ¡Está tan loco como su primo!- dijo Thranduil.
-¡Thranduil, no ! - dije, aterrada, porque me parecía horrible sacrificar a estos inocentes por esa maldita estúpida pelea, por la maldita codicia, porque ellos pagarían como siempre. Los elfos se reagruparon, mientras yo miraba a los enanos desconcertada.
Y mis ruegos fueron escuchados. O no. Se abrió la tierra. Un gran estruendo. Grandes gusanos devoradores de tierra. Azog desde arriba llamando a todos los ejércitos.
-¡Defensa, ahora!- grité, a los orientales que quedaban, para ir por la parte este. - ¡Occidente, conmigo, mujeres y niños, al gran salón ahora !- grité. Y sí que vinieron tras nosotros, como un río. Comencé a descabezar, a volar sobre ellos ,a rematarlos, sin descanso, en cada una de las calles, con mi grupo de guerreros, los pocos que sobrevivían. Los demás hombres fueron guiados por Bardo. Yo defendía el Este y vino otro troll, al que le hundí la espada verde sobre el ojo, para luego aplastar a varios orcos. Eran incontenibles, pero así como Ïa, moviéndose como un punto blanco en medio de un río furioso de maldad, así era yo entre ellos. Aparté a un anciano tres cuadras, haciéndolo esquivar espadazos y hachazos, mientras yo remataba sin piedad. Lo dejé con los hombres, que lo llevaron con el resto de la población. Uno de ellos me empujó, así que me tiré y comencé a cortar, con la espada verde, yelmos, faltriqueras, pies, pantorrillas. Me rodeaban, y con la espada (magnífica arma) atravesé a tres más. Me elevé sobre algunos más para seguir acabando con todos. Pero seguían llegando y llegando, así como en Utumno, como si nunca terminaran su cauce. Yo salté fuera de la muralla y trataba de evitar al máximo que saltaran, hasta que fui estrellada contra la pared por un troll. Me limpié la nariz y salté sobre él para rematarlo, y seguir. De repente, en medio del maremágnum, me sentí sin esperanza. Sí, sería cierto que me reuniría con Gil-Galad de una manera dolorosa. Pero no dejaría pasar nada y así me asenté en la entrada de la ciudad, para no dejarlos pasar hasta que me cansara. Y entonces, Thranduil llegó. Mataron a su alce y los dos comenzamos a pelear espalda a espalda, como antaño. Pero los nuestros comenzaron a caer, mientras él y yo peleábamos sin cesar.
-No espere que fuera así, pero será así. Será así- le dije, mientras él me jalaba y atravesaba a un orco, para yo interponerme, y devolver un hacha contra él. Caeríamos todos. Caeríamos sin nada que se pudiera hacer. Los orcos arreciaban contra los mortales de Bardo y mis orientales, que comenzaban a caer también.
-Será así- le dije a Thranduil, que solo se empecinaba en luchar con más fuerza. Nos preparábamos para el fin, hasta que salieron los enanos de Thorin, con él, a pelear. Nuestros hombres se reagruparon y las mujeres también decidieron pelear. Yo seguía tasajeando, sin piedad, con los orientales, hasta que lo perdí de vista.
-¿Thranduil? -me pregunté. Ya no habían orcos. Solo un contingente de elfos.
-Vamos, tenemos que seguir avanzando…- les dije, pero ellos me rodearon.
-¿Qué significa esto? Déjenme ir- les dije. - No es un buen momento para esto. Debemos seguir ayudándolos. No quiero blandir la espada contra ustedes.
-Lo sentimos, dama Fineriel-me dijo uno, con gran pesar, pero yo me aparté y comencé a blandir la espada contra ellos, que sacaron las suyas, pero vi a Thranduil irse.
-Thranduil. Explícame qué es esto, teníamos un acuerdo- le grité, mientras veía que los soldados que quisieron interceptarme cerraban el cerco.
-Sí. El collar por ti. Es un precio justo.
-¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes…!- dije, para los soldados me rodearan y yo les apuntara.
-No atacarías a tu propio pueblo- me dijo, para yo desasirme y correr detrás de él. Guardé mi espada.
-No te vas a ir ahora, ¡no puedes irte ahora!- le grité. - ¡No puedes hacer esto!
-Puedo. Y así tengan que tomarte a la fuerza…
Tauriel se interpuso.
-No te vas a dar la vuelta. No esta vez.
Él la miró con furia. Yo respiraba fuertemente, igual.
-Fuera de mi camino- le dijo.
-Thranduil…
-Los enanos serán masacrados- dijo ella.
-Sí, morirán, hoy, mañana, en cien años, ¿qué importa? Son mortales.
-Thranduil- le dije, mirándolo decepcionada y aterrorizada, pero Tauriel apuntó con su arco.
-Tauriel, no- insistí, interponiendo mi mano derecha.
-¿Por qué cree que su vida vale más si no hay amor en ella? - le preguntó, y nos mató a ambos, porque ella tenía razón. O no la tenía. Estaba tan llena de dolor, que todo eso se tragó el amor que sintió, que sentimos. Yo miraba a Thranduil con desesperación, interponiéndome entre él y Tauriel. Y él me miraba a mí.
-No hay amor en usted- sentenció. Él la seguía mirando con ira y me miró a mí. Yo lo miré destrozada, temblando, mientras seguía con la mano interpuesta entre ambos. Si lo había. Lo había en su más dolorosa y triste manera. Tanto que tenía que llevarme a la fuerza para que no sufriera, al menos frente a él, el destino de Neldaniel, muy a pesar de lo que yo sintiera, pensara o quisiera. Esa era su manera desesperada de querer, a la que nunca pude corresponder, aunque a él lo amara con todo mi corazón.
Él solo reaccionó con un grité. "¡No!" , mientras interpuse mi mano derecha. Rompió su arco y me hirió a mí, que alcancé a quitar la mano rápido, o me la habría cercenado. No creí que lo hiciera, conmigo. Lo miré dolorosamente sorprendida. Creí que se detendría, creí que lo haría, incluso por mí. Yo no había aprendido nada con respecto a él, nada.
-¡Fineriel!- gritó, tirando su espada, para yo apartarlo, una y otra vez.
-¡No! !No!- le grité, ya llorando. - ¡Déjame! ¡Prefiero que me mates a que me toques de nuevo!- lo aparté, mientras sollozaba, destrozada por lo que había sido lo nuestro para ambos. Él me miraba aterrorizado por lo que había hecho, por lo que yo le decía. Así terminaba.
-¡No me toquen!- dije, apartándome de sus elfos, mientras veía mi sangre sobre la nieve y mis lágrimas.
Tomó su espada, odiándose más que nunca por lo que me había hecho. Volvió a apuntar hacia ella, lleno de ira, al verme, ahora herida.
-¿Tu qué sabes de amor? Nada- le espetó.
-Lo que sientes por ese enano no es real. ¿Crees que es amor? ¿Estás dispuesto a morir por él?
Yo me levanté, dispuesta a defenderla con la otra mano, así me tocara darla. Hasta que vi la espada de Legolas.
-Si la lastimas, tendrás que matarme- le dijo, como una vez le dijo a su padre cuando me odió por salvarle la vida. -Fineriel-me dijo, tomando mi mano. Yo me aparté, negando con la cabeza.
-Ve y salva a los enanos- le dije. Él asintió y ambos se fueron. Thranduil tiró la espada, mientras yo seguía dejando varias gotas de sangre en la nieve.
-No les serás útil si estás herida- me dijo.
-Ya lo estoy. Lo he estado durante siglos- le dije, sollozando. -Ahora sí puedes llevarme a la fuerza y ponerme en un cofre como un recuerdo que no te lastime- dije. Él tomó mi mano, pero yo lo volví a apartar. En eso apareció Gandalf.
-¡Dama Fineriel!
-Estoy bien- respondí, rasgando mi ropa, pero él tomó mi muñeca, mientras yo trataba de apartarme.
-Recuerda, Thranduil, que tu esposa te dejó esas gemas. Pero también te dejó un hijo. ¿Qué tiene más valor para tí? - le preguntó. Él me miró, devastado, entendiendo lo que había hecho. Lo que nos habíamos hecho, por fin. Su cicatriz y la mía. Yo seguía llorando, vendándomela como podía, mientras me apartaba, una vez más.
-No- le decía. -No- mientras lo empujaba. Sus guardias nos miraban inescrutables, pero apenados, a ambos. Una historia sin fin. O este era el fin.
Haré lo que sea para que me perdones- me dijo, mientras yo soltaba mi muñeca.
-No- le dije, sacando mi espada con mi mano derecha. Yo le apunté. Pero él solo me abrazó. Yo no tuve fuerzas para apartarme.
-No, no- insistí, porque me había destrozado de nuevo. Jamás creí que se atrevería a atacarme, como en el pasado. Pero lo había hecho y era el detonante de todo lo que yo sentía.
-Dime- insistió, para yo seguir sollozando.
-No te vayas, entonces- le rogué, como antes a Gil- Galad.
Tomó mi espada y nos cubrimos ambos la espalda hasta que pudimos derrotar a los orcos. Legolas, Kili, Fili y Thorin mataron a Bolgo y a Azog, solo quedó vivo él. Apenas terminó todo, este corrió a verme, viendo mi herida.
-Fineriel - me dijo, para mirar con aprensión (sí, otra vez) a su padre.
-Estoy bien…- le dije, como si fuera cenizas. Él besó mi mano.
-No puedo volver- le dijo a su padre. Y eso significaba "para siempre". Por ahora.
-¿A dónde irás?
-No lo sé.
-Ve al norte. Halla a los dúnedain. Hay un joven guerrero entre ellos. Debes conocerlo. Su padre, Arathorn, fue un gran hombre. Su hijo podría ser uno. Ella ha sido su madre y maestra.- dijo, mirándome, con orgullo. Yo lo miré desafiante, y orgullosa.
-Le dicen Trancos, en tierras salvajes. Su verdadero nombre… lo tendrás que hallar por tí mismo- le dijo.
Este lo miró grave. Besó mi mano.
-Legolas- lo detuvo.
-Tu madre te amó más que a nadie. Más que a la vida- le dijo. Yo cerré los ojos, llorando otra vez. Por fin le había dicho algo sobre Neldaniel, que ahora volvía a tener rostro y ya no era más que una estatua llena de plantas trepadoras. Tenía nombre. Era ella. Ella, en el recuerdo, siempre, en el olvido de las palabras. Él también hizo lo mismo, al despedirse de él. Tomó mi mano y me condujo fuera de las cavernas. Tauriel. Su amor, el enano joven que vi enfermo. Una vida joven, y segada. Sentí inmensa tristeza. . Lloraba. Yo me arrodillé en silencio, para consolarla, sin decirle nada. Ordené su pelo, como un viento suave, sin decirle nada.
-Ellos lo quieren enterrar- dijo ella, mientras yo seguía acariciándola.
-Sí.
-Si esto es amor, no lo quiero- afirmó ella. Yo miré a Thranduil y este a mí, mientras tomaba su mano. - Quítemelo- le rogó. -Por favor.
A quién le iba a decir eso. A la pobre alma que estaba rota por su hijo y por mí. Yo solo acariciaba su mano, levemente.
-¿Por qué duele tanto?- preguntó, destrozada, mientras yo la abrazaba.
-Porque fue real - respondió este, al borde de las lágrimas.
La acompañamos un buen rato, hasta que vinieron los demás enanos. Entonces, nos quedamos solos. Yo veía mi herida.
-Hay mucho amor en tí, Thranduil. Incluso para mí. Pero...fuimos estúpidos y nos dejamos de escuchar. Ahora somos dos viejos entes cansados, hartos de extrañar. Amarnos solo nos recordó eso- le dije con tristeza, luego de ser curada por él. -No debía terminar así. No debía terminar- le dije, lamentándome por nuestra antigua felicidad. -Esto pasaría. Pero nunca debió ser- dije, cerrando mis ojos. Él hizo lo mismo. Tomó mi mano y me devolvió mi collar.
-Te pertenece, ahora, más que nunca.
-No…-le dije, pero él apretó mi mano.
-Una vez- dijo, tomando mi rostro. - Viniste a mí, hecha pedazos y convertida en nada, según tú. Siempre creíste que eras eso. Yo nunca lo creí. Viniste a mí y encontraste un lugar en mi reino… y en mi corazón. Vadeaste la inmensa oscuridad que había en él, así como yo el tuyo. Pero, te vi y no te vi. No quise verte, tal y como ahora, porque contigo tuve vida por una vez más. Pero...yo jamás te di nada a cambio, aparte de lágrimas. Quizás te lo dije, más como consuelo para mí mismo. No eres una reina viuda. Eres la nueva portadora de Aiglos. Y tu destino aquí era cumplir tu promesa, porque así lo quisiste por amor. Yo quise iniciar una guerra, tu método fue más tortuoso, lento, lleno de altibajos, porque Gil-Galad amó todo lo que construyó, a todos los pueblos, tanto como a ti. Y tu espíritu lo ha hecho, a pesar de mí. Eso...rompió mi corazón.
Yo me eché a llorar otra vez. Él besó mi mano herida.
-Pero sí me lo dijiste, y sí fuiste parte importante de mí- le respondí, tomando ahora la suya. -Siempre lo fuiste. Siempre estuviste ahí. Me arranqué el corazón al dejarte ir, al lastimarte, otra vez pero moriría si algo te pasara…- le respondí, negando con la cabeza.
-¿Por qué crees que vine?- me respondió. Nos besamos. El beso que ya no traía consigo la lujuria o la pasión que nos profesamos. Un eso más allá de todo eso. Eso era el amor. También lo era. Recordarnos cómo fuimos, lo que fuimos, tocando nuestros rostros y cabellos otra vez. Y entonces, sentimos pasos. Atrás, estaba ella, Aiglos, reluciente, en brazos de sus soldados.
-Thranduil…- le dije, comprendiendo lo que había pasado. Él tuvo que matarnos, matar lo poco que quedaba de lo nuestro, para aceptar lo que yo debía ser. Era su máxima prueba de amor. Me quería viva a todas luces, para eso, pero sobre todo, él tuvo que aceptar que yo ya no era suya nunca más. Por eso había actuado como había actuado, pero no habría soportado verme morir. Por eso quiso llevarme con él. Y por eso… él también había hecho el máximo sacrificio. Su corazón también sangraba. Y actuando así, sabría que yo no cedería jamás. Lo leí en su mente. En sus ojos. Tapé mi rostro, llorando.
-Todo esto lo hiciste… ¿para esto? - le pregunté, con los ojos llenos de lágrimas, sin poder creerlo. Él asintió, mirándome inmensamente triste. Sí, había terminado. Era el fin de nuestra historia, que duró siglos adornando los cantos con nuestros encuentros y desencuentros. Pero nos amamos inmensamente hasta dar la vida por el otro. Tanto, que no nos quedó nada, más que las lágrimas y el recuerdo. Nuestros cuerpos y almas fueron nuestros. Nuestros sueños. Nuestro presente. Yo me eché a llorar, mientras él tomaba mi mano herida y me ponía el collar. Luego tomó la lanza y me la entregó, suavemente.
-Nunca te rendiste. Ellos lo sabían. Y yo, pero no quise creerlo, porque aún te quería para mí. Pero eres digna. Digna de tu esposo. Digna de ella. Digna de la Tierra Media. Digna de…- me dijo, con tristeza, para yo tomarla y abrazarlo y besarlo, llorando. Ambos llorábamos.
-Te amo- le dije al fin, como la más última de las verdades, mientras él acariciaba mi rostro y yo el suyo.
-Y yo a ti. Siempre has sido y serás importante para mí. Pero ahora debes irte y debes cumplir su promesa. Quizás nos veamos en circunstancias más provechosas, cuando ya dejemos de sangrar.- me dijo, para besarme otra vez y besar mi rostro, mis lágrimas. Yo hacía lo mismo. Él ordenaba mi cabello. Nos quedamos abrazados, con la lanza en medio. No queríamos que el tiempo pasara, para sentirnos otra vez, pero debimos volver y reconstruir lo destruido.
Ya en los funerales, Gandalf veía a Aiglos.
-Prepárate y entrena con ella. Va a ser blandida de nuevo- me advirtió.
-¿Tu sabías esto?- dije, mirando a Thranduil, triste y solemne. Ya tenía las joyas de de Neldaniel consigo. Las tenía uno de sus guardias.
-Accedió a entregártela, sí, aunque eso implicara mucha de su renuencia- dijo, levantando las cejas, agotado. - Pero al fin, hizo lo correcto.
Miré a Thorin y a sus jóvenes sobrinos. Ahora Dáin era el rey. Pensé en cuántos como ellos se habían sacrificado por su corazón. Y cuántos seguirían. Sentí mi inmenso cansancio. Dáin solo tomó mi mano. La besó.
-Señora Fineriel. Ya le hemos dicho al barquero que cumpliremos nuestra palabra. Deseamos darle algo a usted, por lo que hizo por nosotros.
-No hice nada por ti.
-Ayudó a organizar y salvar la ciudad. Salvó muchas vidas- me dijo Bardo, agradecido.
-Cuídense. Mutuamente. Por favor.- les rogué.- Nunca olviden eso.
Thranduil se quedó lo más que pudo. Nos despedimos, mirando al lago, con nuestro último beso. El último, el más largo, el más triste.
-Haz que no me arrepienta- me dijo, bromeando. Yo sonreí, triste.
-No lo harás. Te lo prometo- le dije, para él besar mi mano y yo la suya. Nos quedamos frente a frente, con nuestros ojos cerrados. Ya solo habían cenizas que mi viento y el agua de su alma se llevaban. Ya no había más fuego. Era otra cosa. Como si nos hubiéramos liberado al fin, ambos. El amor, eso era el amor. En su infinito dolor por cómo llegó a nosotros. Pero entendernos al fin, amarnos al fin, como lo que éramos. Aún sin nosotros. Aún cuando siempre amamos a Neldaniel y a Gil-Galad. Sacrificio, dijo la reina Aznetha. Ese había sido el suyo. Su corazón. Para siempre. Como el mí mi pecho. Sangre. En el suyo también había sangre, lo noté en la pequeña mancha oscura de su ropa. La visión de Ïa se había hecho realidad. Cerré mis ojos. Pensé en Tauriel. No quiso ir a los funerales.
-Entonces- la aconsejé esa noche- Vete al Oeste. Y luego, cuando tu dolor haya pasado, ven a mí para que sea transformado- le dije. Ella me abrazó y yo a ella.
-No te pierdas.- le aconsejé.
-No lo haré. Tengo mucho que aprender- me dijo.
También me encontré al Mediano. Una de las criaturas que más respetaba por su dignidad e inteligencia en toda esta historia.
Volverás a casa, entonces- le dije, a Bilbo, que asintió.
-Gracias por todo.- me dijo. Yo negué con la cabeza.
-Eres más valiente y más generoso que muchos grandes reyes. Nunca lo olvides. Y espero que nos encontremos en circunstancias menos inoportunas- le dije, dándole mi mano. Los dos nos la dimos, incómodamente, para yo reírme.
-Lo siento…
Le hice el saludo élfico y él a mí. Le sonreí.
-Algún día, ¿me contará su historia? - me dijo interesado.
-Claro que sí. Y espero haya más tiempo para conocernos- le dije, con sinceridad.
Ciudad del Valle fue próspera otra vez. Me honraron en sus cantos y sus proclamas, pero yo no quería eso. Dejé a Bardo como protector y fuimos aclamados, ambos. Él ahora sería el Rey. Llegó la primera carta de Adkhül, con más ayuda. El sello del dragón negro. Se lo entregué.
-Los orientales nos salvaron, nos ayudaron bastante- me dijo Bardo. - Sabré cómo honrarlos. Es una promesa- me dijo. Yo le hice el saludo élfico.
-Gracias. Con ellos serán fuertes otra vez.
Me despidieron, los niños, entre lágrimas. Me dieron muchos regalos, que acepté por cortesía. Las mujeres lloraban, deseándome buen viaje. Así que eso era la gratitud. Y entonces, la oí.
"Gil-galad era un rey de los elfos
los trovadores lamentaban la suerte
del último reino libre y hermoso
entre las montañas y el océano.
La espada del rey era larga y afilada la lanza,
y el casco brillante se veía de lejos;
y en el escudo de plata se reflejaban
los astros innumerables de los campos del cielo.
Pero hace mucho tiempo se alejó a caballo,
y nadie sabe dónde habita ahora;
la estrella de Gil-galad cayó en las tinieblas
de Mordor, el país de las sombras"
Era un homenaje muy extraño. ¿Cómo lo sabían? Seguro fue Dáin y los enanos restantes, con los que hablé sin rencores, luego de pedirles perdón mil veces por lo que sucedió con la reina. Yo no sabía qué decir, pero la melodía continuó.
De las sombras refulgió el fuego,
El fuego de Fëanor, ya sin mancha,
El fuego de su pelo y el fuego que hicieron
Que la lanza de nuevo apuntara a los cielos.
Su reina dejó el dolor y las sombras,
Así como dejó sus simiente, su amor y su alma,
Para elevar de nuevo esa estrella
En medio de sus lágrimas innumerables.
Cabellos de fuego y armadura oscura como la noche
Tomarán de nuevo el escudo de plata y la lanza de cielo
En este y oeste, para encontrarlo de nuevo
Y así, por fin,
Volver a ser fuego y estrellas.
Yo los miré conmovida y desconcertada. Miré a Bain, quien había recitado la canción. Mis ojos se aguaron, mientras todos los habitantes restantes de Esgaroth me miraban con los ojos llenos de lágrimas, reconociendo quien yo era, así como Thranduil me lo dijo, como me lo pidió, porque por eso dio su amor por mí.
-Tu… lo ¿compusiste? - le dije, mientras Bain me lo entregaba y yo me limpiaba las lágrimas. Sigrid se aprestó a darme un pañuelo, que yo le recibí sonriendo, para seguir llorando.
-Lo hizo el rey de los elfos- me dijo Bardo, mientras yo veía, sonriendo y asintiendo, entendiendo que ese era su mayor regalo hacia mí. Volví a llorar, porque de haberlo tenido enfrente me habría lanzado a sus brazos, sin dudarlo. Hombres y mujeres gimieron, llorando, mientras yo lloraba, soltando las inmensas lágrimas que no me permití soltar en tantos años con Aragorn, contigo y con ellos. Él había cambiado la canción, dándome por fin mi lugar en el mundo, el que tanto me rehusé a ver, aún con Gil- Galad a mi lado. Él me lo había dado de vuelta. Sacrificio, decía Aznetha. Yo le hubiera dicho que Thranduil ya no era más rey y por primera vez en su vida, su corazón iba más allá de nuestra posesión mutua. Él había entendido lo que yo era y quería decirle, a pesar de que jamás pudiéramos amarnos otra vez, aunque lo amara con todo mi corazón por lo que había hecho. Y yo también lo había entendido.
A veces, para amar de verdad, debes dejar ir. Todo, en medio del tiempo, el fuego, el agua...los amores no olvidados. Jamás había cantado la canción así hasta hoy, con ustedes. Y es la que deseo que sea cantada desde este día. Thranduil hizo el mayor de los sacrificios, así como yo. Por eso lo que digan de él siempre serán historias que para mí, no tienen valor. Lo hizo por mí. Y algún día, yo volveré a hacerlo por él. Nos salvamos, curamos, lastimamos mutuamente. Pero eso fue amor. El amor que jamás olvidaremos. Que nos hizo, por fin libres.
