Rivendel

Golpes. Choques. La elfa pelinegra esquiva un golpe y vuelve a empujarlo, para enredarlo con sus propias manos. El hombre de cabello oscuro solo se levanta, a pesar de la sangre.

-¡Lento! ¡Lento!- le grita, pero él ya arrecia, mientras ella lo envuelve, para él chocar su espada otra vez y esquivarla, rápida e insistente. Este siente un toque con otra espada ligera. Otra elfa, de mirada aguda y nariz respingada. Del mismo color de cabello. Los ojos rasgados. Él ahora se reparte entre las dos, que atacan sin cesar y lo patean, pero él no se rinde.

-Te han enseñado bien.

-Desde los cinco años- respondió este, recibiendo los dos embates al mismo tiempo. La elfa de nariz respingada salta sobre él, que voltea para esquivarla y luego a su hermana, menos dada a concesiones.

-Y no se rinde. Uë, es increíble- observa la primera, que se arquea, para agarrarlo con los pies, y tirarlo al suelo . Las dos lo cercan, pero él las patea a las dos.

-Me agrada- dice Uë, limpiándose la sangre. - Podríamos acabarlo, pero no se rinde. No se cansa.

-Así somos los dúnadain- responde Aragorn, mientras las dos lo ayudan a pararse. Las dos lo miran como acabando de descubrir un portento. Sí, las prometidas de los hijos de Elrond no estaban bordando su ajuar. No habrían sabido cómo. Ahora estaban fascinadas con la historia del linaje de su futura familia. Y eso incluía a los descendientes de Isildur, de quienes ya sabían por Fineriel, sus prometidos y su madre.

-Gran respeto y honra nos generan los Dúnadain- afirma Pïn, sacudiéndose. Fineriel, Elladan, Elrohir, Glorfindel y Arwen los observan.

-Es el pueblo al que he tenido que proteger todos estos años- afirma Fineriel, sacudiendo a Aragorn, para tomar su mejilla. -Él es mi alumno. Glorfindel me ha ayudado, pero lo he formado como maestra, en el combate.

-De hecho, todos lo somos- apunta Arwen. Ella también me enseñó a usar la espada, así como a mis hermanos.

-Bueno… sí- afirma Elladan, abriendo las manos.

-Pero yo soy a su vez, alumna de Glorfindel. A él deberían enfrentarse- dijo, señalándolo. Este la miró con un chistoso gesto de modestia. Las dos se miraron. Fineriel le lanzó la espada y ambas le apuntaron.

-Se supone que en las tradiciones élficas, tendríamos festejos previos a la ceremonia. Y se la han pasado enfrentándote a tí y a Aragorn. - afirmó Elladan, viéndolas arremeter contra Glorfindel, inmensamente más rápido.

-Quizás estos son sus festejos. Sabes que se divierten más- le respondió ella al elfo de cabello oscuro. Su gemelo miraba atento, como Aragorn, la pelea.

-Deben ser muy poderosos en oriente si pelean así todo el tiempo- le dijo Aragorn a Fineriel. - Mil veces mejor guerreros que nosotros, aunque tu nos has formado bien.

-Pero eso no es nada sin la persistencia- observó esta. -Tu la tienes.

-Es lo que me enseñaste. - dijo este, observando a Uë girar y girar para atacar a Glorfindel, que solo la esquivaba fieramente. Arwen también la observaba , poniendo atención a todos sus movimientos.

-Es lo que tenemos a nuestro favor. Y si vienen más como ellos, nos enseñarán más de lo que yo pude haberles enseñado. También por eso habré de verles.

-¿Sabrán de mi existencia cuando yo lo haga?

-Lo reconocerán en tu espada- afirmó ella, ahora viendo a Pïn girar y saltar, para elevarse contra Glorfindel, que hizo lo mismo.

-¡Sabes elevarte! - dijo esta, con sorpresa.

-Me enseñaron- dijo, mirando a Fineriel.

-A veces pienso que...son afortunados, Elladan y Elrohir- le dijo Aragorn a Fineriel, ya mirando la cascada. -Ellos tuvieron un momento en medio de sus hados para ser amados.

-Eres amado- le respondió ella, suavemente.- Arwen haría lo que fuera por tí.

-Perdona si pesa sobre mi corazón...la dicha ajena. No es común en estos días- se confesó. Ella le sonrió, comprendiendo.

-Pronto, también tu, tendrás una promesa que cumplir, más que lo que le dijiste a Elrond que cumplirías.

-¿Pero veré alguna vez el mismo destino realizado?

-No lo sé- le dijo ella, sinceramente, tomando su mano. - Pero haremos lo que esté a nuestro alcance para que eso pase.

-Gracias. Jamás olvidaré lo que has hecho, todos estos años por mí.- le dijo, fijando sus ojos grises en los oscuros de ella.

-Aún falta más por hacer.

Llegó un caballo negro. Una capa élfica. Trompetas, para la gran boda que se realizaría en Rivendel. Fineriel adivinó de quién se trataba y salió corriendo por las escaleras. Un elfo, rubio, con otros elfos de capas grises . Se lanzó a sus brazos. Legolas Hojaverde, príncipe del Bosque Negro. Aragorn salió a saludarlo y a abrazarlo.

-Mellon- le dijo. Vio detrás a Elladan y Elrohir. Se abrazaron los tres, mientras Fineriel daba la bienvenida a los demás elfos, bromeando en su idioma. Legolas miró sorprendido a las princesas de Utumno. También con un dejo de tristeza.

-Ya tantos siglos- le dijo Uë, abrazándolo. Pïn hizo lo mismo.

-Desde que derrocamos a tu hermano- afirmó.

-Gracias por venir hasta aquí- le dijo Uë con gravedad. Apreciamos eso.

-No me lo perdería. Además, claro, traigo noticias. Del sur.

-Ven, una cosa primero que la otra- dijo Elrohir, mientras Legolas se quitaba la capa, riéndose y Fineriel la tomaba.

Ya todos estaban con ropas ceremoniales. Vino también Galdor, desde Lindon, para alegrar a Fineriel. Esta vestía de plata, con el blazón de armas de Gil- Galad. Su cabello tenía estrellas, así como el de Arwen.

-¿No deberías estar con las novias, o algo? - le preguntó Legolas a Fineriel, que solo lo miró escéptica.

-No, decidieron arreglarse a la usanza de su pueblo. No tengo nada qué hacer ahí. Además, sabes que no soy buena para esas cosas.

-Sí, lo sé. Hasta yo te he arreglado- bromeó Legolas, para sacar una sonrisa de Aragorn.

-Yo también- dijo. - Su pelo es imposible.- afirmó, agotado. Arwen se rió, sentada al lado de Legolas.

-No digas nada- dijo Fineriel, para Arwen reírse otra vez. Ambas se rieron.

-Son afortunados- suspiró Legolas. -Esperaron tanto, para ahora esto.

Hubo un silencio repentino en la sala. Fineriel suspiró. Tomó su mano.

-No eres el primero que me lo dice, ¿sabes? - dijo mirando a Aragorn y Arwen, que se miraron. -Tendrán que separarse otra vez, más temprano que tarde. Y es poco probable que se vuelvan a ver. Iré al Este.

-Mi padre se ha unido a su sobrino y al rey Bain. El mal se ha acrecentado. Es necesario que vayas.

-Sí, pero también porque es necesario consolidar ese territorio para siempre. Por eso están aquí. También por ellos, pero por eso, sobre todo. No sé por qué me quieren a mí. Pero iré. Por eso es poco probable que vuelvan a verse- le dijo ella a Legolas, tomando su mano.

-Lo lamento.

-No hay problema. Yo también lo pensé. Todos, aquí, últimamente.

Legolas caminaba con ella de gancho, en medio de las estancias, antes de la ceremonia. Él le dio una flor, que ella le recibió, sonriente.

-¿Cómo está?- dijo al fin ella, preguntando por Thranduil.

-Bien. Organiza junto con Arüm los ataques contra orcos y ayudando a Bain, claro. Junto con Dáin. Tal y como se los pediste. Ahora comercia con las ciudades hermanas, también.

-Por fin logró involucrarse, ¿verdad? - dijo ella orgullosa. Este asintió.

-Lamentas…¿haberlo perdido para siempre?

-Sí, duele. Pero fue algo más allá de tenerlo. Somos libres, al fin. - le dijo con una sonrisa. Y él le creyó, porque por primera vez la oía hablar de su padre sin ese peso en el corazón, ese peso de los recuerdos y la pérdida. Así, la abrazó, sonriendo. Aliviado, por fin. Ella hizo lo mismo. Esa historia no había resultado tortuosa, al fin y al cabo, porque había servido para propósitos mayores.

-Solo espero algún día vivir lo que viven Elladan y Elrohir. Y que llegue a feliz término. No deseo nada más para mí. Aunque es demasiado, ¿no crees?

-No, querido. Es perfectamente normal para un corazón tan lastimado- le dijo y él besó su cabeza.

Se realizó la ceremonia. Uë y PÏn llevaban túnicas blancas y sus cabellos estaban sueltos y perfectamente lisos. Sus labios, ligeramente pintados, sin más alhajas que los anillos de plata. Así honraban a su madre. Fineriel recordaba su propia boda, cuando tuvo que aprenderse los votos, pero al final lanzó un discurso enteramente espontáneo. Cirdan miró sorprendido a Gil-Galad, que solo sonrió con bondad. "Eres la luz de mis días, mis noches y mi existencia, como lo soy de la tuya. Esa luz jamás se extinguirá, porque mi alma te pertenece, enteramente, para siempre", recordó decirle, muy joven, casi una niña. Y él solo la besó. Ahora Uë y Pïn repetían sus votos, para honrar las tradiciones de los Eldar, sin equivocarse, juntas las manos con las de Fineriel, que hacía de su madre, mientras que Elrond tenía puestas las de sus hijos y mencionaban a Varda y Manwë . Les fueron puestos sus anillos de oro . Elladan y Elrohir, de plata y blanco, estaban orgullosos. Y ambas parejas se besaron, en medio de todos los aplausos. Elrond los miraba orgulloso, así como Arwen, con los ojos llenos de lágrimas. Aragorn y Legolas, así como Galdor y Glorfindel, también aplaudían. Y luego siguieron los festejos. Lindir aprendía de las princesas el idioma, ambas estaban entretenidas con él, riéndose. Erestor y Gildor, así como otros elfos, completaban el corrillo, junto con los elfos pertenecientes al séquito de oriente, pues estaban bastantes interesados en todo lo que habían traído de allí. Arwen y Legolas bailaban al son de la arpa, mientras Aragorn los veía, feliz. Era un breve rato feliz en medio de tantas desventuras. En medio del jolgorio, Elladan y Elrohir abrazaron a Fineriel.

-Su madre habría estado muy feliz.- les dijo a ambos. - Habría sido uno de los días más felices de su vida.

Los dos suspiraron, para tomarla de cada mano.

-Pero no sabremos cuándo seremos enteramente esposos y esposas- afirmó Elrohir. - Cuándo podremos vivir juntos sin que nada nos perturbe.

-Pasará mucho tiempo hasta que nos volvamos a unir otra vez- dijo Elladan, suspirando.

-Esperaron mil años. Pueden esperar un poco menos, ¿no lo creen?

Los dos asintieron, sonriendo.

-Deberíamos aprender eso de ti. Amaste a Thranduil, pero tu amor por Gil- Galad también fue imperturbable. Lo es aún- dijo Elladan, mirándola a los ojos. Ella asintió, mirando a la baranda.

-Así pasen los siglos, las edades, los días con sus noches, yo estaré ahí- dijo, recordando sus dos suspiraron y tomaron su mano.

-No queremos que vayas a Mandos si ese es el costo de tu promesa- le dijo Elrohir. Ella entendió que lo habían hablado.

-No es necesario- dijo ella, mirándolos a ambos, con bondad. - Está aquí- dijo, señalando su corazón. - Ahora vayan, deberían estar aprovechando el tiempo con ellas, no conmigo- los regañó. Ellos le dieron sendos besos y fueron a donde sus esposas, con jolgorio. Ella se fue a su habitación y miró a Aiglos. La estrujó contra sí. Pronto la invadió el sueño . Abrió los ojos. Era la misma habitación. Él, otra vez, a sus pies. Ella se levantó. Lo miró sin asustarse.

-No te había visto en más de mil años.- le dijo, como si solo hubiera estado un momento fuera de su habitación.

Alto, cabello oscuro. Corona de plata, sus ojos grises, sus labios delgados. Imponente en azul, con sus blazones de estrellas. Este le sonrió, para sentarse en su lecho.

-Hace tres mil años… casi tres mil quinientos años, exactamente- afirmó, con esa sabiduría grave y bondadosa que siempre le dio a ella. Esta se acercó y él tomó su mano.

-Dime que has venido a decirme que entregue lo último que tengo. Porque lo haré- le dijo, decidida, luego de tantos siglos de silencio. Él negó con la cabeza, triste. Acarició su rostro y ella sintió un frío que ardía.

-No quisiera eso solo para ti. Te amo tanto que no querría solo ese destino para tí.

-¿Por qué me dices eso? Solo tu me has mantenido en pie, solo tu me has ayudado a no desmoronarme- protestó ella. -No me puedes decir que esto ha sido en vano. No- me rehuso- afirmó, para llorar.

-Porque debes obtener tu propio canto, mi amor- dijo él, mirándola a los ojos. -He estado en ti, pero tu eres tu.

-¿Pero qué más tengo sino lo prometido?- dijo ella, sollozando. Él la abrazó.

-De saber todo lo que sufrirías antes, te habría dejado ir mil veces, porque solo deseo que seas feliz. Pero sabemos bien que es imposible. No hubiera querido interponerme entre tu felicidad y este destino cruel. Probaste desde el primer momento que eres digna de mi lanza, siempre fuiste digna de mí, pero no merezco tanto como para que arrugues tu alma. No así.

-El problema, Gil-Galad es que...me enseñaste tan bien, y te amo tanto, de todas maneras, que no habría sido eso posible, jamás- dijo ella, desesperanzada. -Ya no tengo otra cosa- le dijo, llorando. - Lo he dado todo, no me digas que ha sido en vano.

-No lo es. Pero te he visto sufrir por milenios. Jamás he podido descansar por ver todo lo que has tenido que… aguantar- le dijo, para besar su hombro. Ella se recostó en él. - No quería esa herencia, ese legado para tí.

-Soy fuerte. Te lo dije- afirmó ella, apretando los labios. Él asintió, abrazándola.

-Alguna vez, Ïa te enseñó que solo eras, amor mío. Sí, aún hago parte de ti, pero no soy tu. Necesitas tu propio canto y tu propio camino. Ya lo tienes. Lo has tenido contigo por mucho tiempo. Ya diste todo lo que tienes.

-¿Cómo dices que quisieras apartarte, si tu eres el padre de mis hijos? ¿Si aún te siento? ¿Aún conservo el rastro de tu piel? ¿De tu voz, tus cabellos, tu presencia? ¿Tus brazos sobre mi cuerpo? ¿Tu peso sobre el mío? - le preguntó, destrozada. Él negó con la cabeza.

-No lo hagas solo por mí, por favor.

-Tu habrías hecho lo mismo -le respondió, acariciándolo.

Él asintió.

-Pero ni yo soy tan fuerte, mi amor- le confesó. Ella se rió, para llorar de nuevo.

-Fuiste la persona más fuerte que he conocido. ¿Cómo puedes decirme eso? Eras más fuerte que yo. -sollozó.

-La fuerte eres tu, mi amor. Y estoy tan orgulloso de tí como nadie puede imaginarlo. Mi esposa, mi Reina- le dijo, para sonreírle y besarla. -Por eso te pido que no solo hagas esto por mí, entonces. Es probable que jamás, nunca, conmuevas a Mandos. Sería muy feliz al verte aquí, pero no quiero eso para tí. Hazlo por ti y solo por ti, más allá de todos nosotros. Y sé que lo has hecho antes y lo harás. Recuérdalo. Hállalo. Y que eso ayude a tu alma si aún el mal perdura.

-Pero no me digas que es en vano…- insistió ella. Él sonrió, para abrazarla.

-No he dicho eso jamás. Aquí te esperaré, si nuestro destino es vernos en Mandos. Pero busca lo que hay en ti para ir más allá de mi recuerdo. Escríbele a Aiglos una nueva historia, que se entreteja con la mía. Que no seas más una reina viuda ni un lamento, ni una vengadora. Solo tu. El puente. La nueva luz que refulge desde ella.

-Te amo- insistió ella. Él la abrazó.

-Y yo más allá de cualquier estancia en la que nuestras almas estén confinadas- le respondió. - Desde siempre. Para siempre- le respondió, para besarla.

-Es un sueño muy hermoso- dijo ella, abrazada a él. -Gracias, mi amor…

-No, no lo fue- dijo él, dándole su broche de estrellas. -Mis sueños son tus visiones, tus visiones siempre serán reales- le dijo, para darle un beso. Ella despertó. Tenía el broche en sus manos. Había sido real. Se abrazó a sí misma llorando por él. Por ambos.

Luego de la boda, no se dio espera. Los séquitos se devolvieron al Este y otros elfos de allí partieron para siempre para Occidente. En un mes, no había cambiado nada. Los esposos seguían luchando entre ellos, como siempre, pero también los cuatro iban a aprender lecciones de Elrond sobre todo lo concerniente a los Eldar. Fineriel, Arwen, Legolas y Aragorn eran sus compañeros en estos entrenamientos o en sus paseos e historias. Fineriel a veces veía a los esposos pasear por los bosques, en la noche. Las risas de Pïn y de Elrohir, así como el silencio de Uë y Elladan. Pero todo eso pasó pronto. Las princesas se despojaron de todo fasto salieron a caballo con sus maridos, con Aragorn y Legolas, con Fineriel a la cabeza. No volverían en mucho tiempo. La noche anterior se había despedido de Arwen, dándole el broche.

-Le dije a Aragorn que trabajaría en la esperanza para él. Pero también te la daré a tí. Lo sabes, porque te amo, porque lo he visto y así será. - le dijo con certeza. Ella la abrazó, agradecida por sus palabras.

-Claro que lo sé. Confío en tí más que en cualquier otra. Sé que seguirás sus pasos y darías tu vida por él. Llevas a Aiglos.

-Ella ha despertado- le dijo, al despertar de la visión y sentirla ligera como una pluma. Se desconcertó.

-Es tiempo ya - le dijo Arwen.

-Ya no hay tregua para lo que vendrá- le explicó ella, tomando su rostro. Se abrazaron.

Llegaron a Arnor, primero. Ruinas. Elladan y Elrohir explicaban a sus esposas lo que había sido un gran reino. Más hombres, de ojos grises, de capas pardas, cabellos oscuros, como sus mujeres, que hablaron apenas vieron a los elfos llegar. Las princesas notaron que Aragorn era recibido como el mayor de todos ellos, como su principal. Fineriel también era recibida de igual manera, mientras a ellas las observaban junto a Elladan, Elrohir y Legolas.

-No han visto a unas como ustedes, eso dicen- les dijo Legolas a las dos. Pïn solo saludaba con su cabeza. Uë hacía lo mismo. Desmontaron sus caballos. A Aragorn se acercaron sus hermanos. Un montaraz mayor, Halbarad, que también saludó a Elladan y Elrohir y abrazó a Fineriel, con su cabello rojo y salvaje, que se disparaba como una melena de fuego.

-Perdón por la tardanza. Estuvimos ocupados-dijo Elladan, mostrándole a su esposa. Esta le hizo el saludo élfico y una reverencia.

-Uë, de Utumno. A su servicio y el de su pueblo.

-Pïn, de Utumno. A su servicio y el de su pueblo- repitió ella.

-Las princesas del un honor tenerlas entre nosotros como nuestra familia- les dijo. Ellas asintieron, silenciosas. Halbarad se dirigió a Aragorn y a Fineriel. - Hemos tenido problemas. Los orcos ya se saben todos nuestros trucos y tácticas de terror, las que nos enseñaste la última vez, Fineriel- le dijo a la elfa. - Ahora necesitamos ser más audaces que ellos y eliminarlos totalmente de la zona. Están más perturbados que nunca. Buscan algo. No sé qué. Pero desde que el mal ha vuelto…

-Sí. De hecho unas semanas antes de nuestro enlace tuvimos que matar una compañía entera que rodeaba el valle de Rivendel. Eran doscientos. ¿Qué rayos hacían doscientos orcos en nuestra zona y de dónde vinieron? Debemos destruir el nido.- dijo Elladan.

-Asimismo han subido a otros territorios, aunque ni por Dale ni por nuestro bosque pueden pasar, menos por el Este- insistió Legolas. -No debemos dejar ni uno y por eso estamos aquí. Y buscarles un refugio seguro.

-Ha llovido bastante- dijo Halbarad, mirando el territorio húmedo. - No hay fuego, se acaban las provisiones…

-Disculpe- dijo Uë, mirando a Fineriel, que asintió. - Perdón.

-Adelante.

Sacó dos castañas que traía. Las frotó y pasó una mano encima de ellas. El fuego prendió. Sorprendió a todo el reducto. Pïn sacó otras e hizo lo mismo.

-También te pedimos curar a los heridos, son muchos. Otros andan enfermos.

-Claro, para eso estamos- dijo Aragorn mirando a Fineriel, que se remangó.

-No, no. Ustedes apertrechen toda la zona y consigan provisiones. Nosotras podemos encargarnos- insistió Pïn. Nosotras podemos ocuparnos de ellos. Lo que ahora necesitan es defensas y refugio. Oh, sí, vengan, reúnanse- dijo Pïn, que le puso su capa a una mujer anciana y frotó sus manos, para devolverle el color.

-Elladan, nuestra espada no es necesaria por ahora. Es un asunto menos- insistió Uë. Este besó su mano, en gesto de agradecimiento. -Venga- dijo, mientras le traían a Hubarain, un capitán herido por una flecha. Uë solo puso athelas a un lado y sacó más castañas, que puso al fuego. Pasó sus manos. Se pusieron azules y las puso sobre la herida. Aragorn y Halbarad, así como Legolas, las miraban interesados e impresionados.

-¿Tu puedes hacer eso? - le preguntó a Fineriel, que seguía reuniendo heridos a pedido de las hermanas. Ella negó con la cabeza.

-No muy bien. Tälum, el antiguo guardia de Thranduil, fue el mejor alumno en estas cosas.

-Agradezco enormemente su presencia -le dijo Aragorn a Pïn, que le sonrió levemente.

-Ahora somos hermanos. No tienes nada qué agradecer- le respondió Uë, que estaba rodeada por los impresionados dúnedain. Fineriel y Legolas seguían trayendo heridos.

-Son de gran ayuda- les dijo Aragorn a Elladan y Elrohir, en élfico. -Habría sido más difícil para nosotros cuatro. Ellas…- dijo, mirándolas, mientras Hubarain se levantaba y Pïn le daba a probar otras hierbas, machacadas.

-¿Recuerdas que te conté que en nuestro viaje a las ciudades hermanas, Fineriel buscaba a un hombre listo de Utumno para hacer una poción para las arañas? Bien, lo encontró. De alguna manera, el encargo llegó al reino del Este y ellas trajeron enormes cantidades viajando al Oeste- le dijo Legolas, observando a Fineriel traer a una anciana y cargando a una niña. También la fórmula.

-No es sino hasta que lo vi con mis ojos, todo lo que podrían aportar ellos a nosotros y nosotros a ellos. - comprendió Aragorn, que vio de repente pasar a su maestra con más niños. Se entendía bien con ellos.

-Tu pelo es salvaje como el mío - le decía un niño a Fineriel, que sonreía. Otro le jalaba el pelo.

-Así es, corazón. Crece para todos lados- le dijo, para acomodarlo, mientras los demás dúnadain seguían sus órdenes, sacando lo que habían traído ellos en grandes costales. Provisiones, pero también varias alforjas de las princesas en una carreta.

-Sé que no deberíamos perder el tiempo- dijo Halbarad, viendo al lado de Aragorn cómo curaban a Hubarain, al que vendaron con una poción. -Pero esta medicina élfica no la habíamos visto jamás. Es impresionante. Hacen que todos se sientan mejor… de manera distinta. Jamás habíamos visto curar con fuego.

-Nos lo enseñó nuestra madre y luego nuestra hermana mayor- dijo Pïn, a quien le trajeron a alguien con la pierna herida. Ella puso un punto de presión, que durmió enseguida al enfermo. -Aragorn, pásame esto, por favor- le dijo. Él obedeció, diligente. Ella mojó sus dedos y comenzó a escarbar en la herida, para luego sacar un pequeño instrumento y sacar materia oscura.

-Herida de orco, muy común- le dijo Uë, para pasarle una castaña a su hermana. Esta la dejó a un lado. Siguió sacando materia con la extraña poción, para luego prender la castaña y manipularla con tenazas. Pasó luego sus manos por encima, apagando y prendiendo el fuego, de nuevo. La herida comenzaba a cerrarse.

-Ahora- dijo, sacando la poción otra vez, para cerrar la herida y volverla a cauterizar- le dolerá mucho, pero solo serán los primeros días. En dos semanas podrá blandir una espada de nuevo.- afirmó, para volverlo a presionar con sus dedos. Este despertó, quejándose. Vio su herida cerrada.

-¿Qué pasó?

-¡Hagan espacio que vienen más!- dijo Fineriel cargando a dos hombres ella sola. Legolas le ayudaba con otros dos, mientras mujeres y hombres se apartaban, con más heridos. - Y ustedes, ¿qué hacen perdiendo el tiempo? - les dijo a Elladan y Elrohir.

-Veíamos a nuestras esposas en acción. Hace un milenio no veíamos curar así, no desde que estuvimos en Utumno.

-En algún momento, ¿podrían enseñarnos, por favor? Sería de gran ayuda- le pidió Aragorn a Uë, que le sonrió.

-Claro. Todos los libros que tenemos están en nuestro idioma, pero podríamos escribir uno para tí. Ahora vayan, no querrán ser regañados- se burló, y los dos vieron a Fineriel dando indicaciones a Elladan y Elrohir, que se cruzaron y comenzaron a hacer conteo de cabezas y de guerreros, así como a reunir armas.

-Ya entiendo por qué se casaron con ustedes. Y por qué las esperaron por tanto tiempo- le dijo Aragorn a Uë, que le volvió a sonreír con gratitud, para luego recibir otra poción de su hermana.

-Gobernaron Adkhül por varios siglos y enseñaron a su creciente población una cultura propia. Construyeron todo de cero, así como establecieron escuelas donde enseñan su ciencia y varias disciplinas. Sí, hay que darles crédito- dijo Elladan, palmoteando la espalda de Aragorn, para correr a donde le indicaba otro dúnedain.

-Y cuando dejaron todo en buenas manos, ya no estaban tan ocupadas para casarse con nosotros- complementó Elrohir, para darle leña. Este se la dio a Fineriel, que se remangó y comenzó a partirla rápidamente. Halbarad estaba como el resto del reducto, no sabiendo a dónde mirar. Si a las curanderas, o a la elfa que cortaba leña o a los hijos de Lord Elrond haciendo conteo de armas y defensas. Aragorn seguía descargando víveres y contándolos.

-Las manos están débiles. Ellas me lo recuerdan. - le dijo, mirándolas. Halbarad suspiró, para ayudarle a cargar leña y ponerla en el fuego central, así como en otras fogatas.

-Ahora miremos las casas. Lo que tienen- dijo Fineriel, mientras él seguía mirando a las hermanas élficas curar.

-¿Qué es esto? - preguntó Halbarad a Aragorn, con el montón de semillas cafés. -¿No son las semillas de curación que están usando?

-Son castañas. Las comen y les dan fuerzas por varios días. Como las lembas, pero tostadas tienen un sabor mucho más interesante- afirmó Legolas, con varios picos que le estaba dejando Fineriel, al cortar, ahora, finamente, algunos pedazos de leña. -Ahora comeremos todos y relevaremos la guardia. Ya con las tiendas apertrechadas, como Elladan y Elrohir lo están haciendo, pensaremos a dónde ir. Sería imposible estar en una gruta, con las lluvias se inundarían.

Fineriel, seguía cortando leña. Al terminar de hacerlo y de repartir fuegos en cada tienda, así como a las familias y guerreros, le sirvió castañas a Aragorn.

-Somos cien. Hay más, desperdigados. Necesitamos reunirlos a todos. Pero la mayoría está aquí. Y debemos buscar otro reducto para nuestro pueblo.

-Con tu madre- le dijo ella. Él comió las castañas. Las encontró extrañas.

-Saben raro.

-Son distintas. Te acostumbrarás. Deben ir, los que puedan, con el pueblo de tu madre, ¿entiendes? - le dijo ella, trémula.

-No la he visto en años.

-Es hora, Aragorn. Presiento que sus días acabarán pronto.

-Acompáñame, entonces. Es preciso, ya que fuiste tú quien más le ayudaste cuando era joven. Le ayudaste cuando vine al mundo y ella te estima. - dijo él, tomando su mano.

Tardaron varios días reagrupando y reconstruyendo lo que quedaba de los Dúnedain. Las princesas del Este no se permitieron descanso alguno atendiendo enfermos de todo tipo. Aragorn dejó entonces a cargo a sus amigos, Elladan, Elrohir y a Halbarad, ya que con Fineriel y Legolas se dirigiría a Eriador y tantearía el terreno. Llegaron al sudeste, casi y allí habían también otras casas construidas por dúnedains, que vigilaban una muralla de madera. Atravesaron los fangosos caminos y las enormes lluvias que anegaban la llanura y la volvían casi un pantano, ocultos bajo sus capas.

-Todavía funciona el hechizo que pusiste para que su pueblo no fuera encontrado- le dijo Aragorn a Fineriel, que comprobó satisfecha que su regalo a Gilraen y al resto de los dúnadain seguía intacto.

Los tres entraron. Aragorn fue reconocido de inmediato por los suyos y también por andar con un elfo rubio y su maestra pelirroja. Fueron recibidos fraternalmente y llevados a casa de Gilraen, que era la última en la esquina de la montaña. Los pequeños árboles que plantó Fineriel, junto con Legolas, ya eran inmensos. La casa era de madera, llena de flores, un detalle que Fineriel recordó sonriendo. Aragorn golpeó, mientras el resto de la aldea lo veía detrás. Las mujeres ya le habían informado que su salud menguaba. Y una bella mujer de cabellos grises abrió. Su vestido también era gris. Era ella, que solo lo abrazó, emocionada y este a ella. También abrazó a Legolas, que se crispó, pero Fineriel sí le dio un gran abrazo.

-Están empapados. Ivohain, Duvahain, por favor, ayúdenme a traer ropas secas para ellos. Es otoño, el más lluvioso que recuerde. - dijo, mientras veía a dos jóvenes de la aldea moverse diligentes. -No vivo tan sola, acá todos me ayudan, afirmó, mientras trataba de atenderlos, pero tropezó. Fineriel le ayudó de inmediato.

-Por favor, no. - le dijo, mientras las gotas de agua caían de sus rizos. -Yo lo hago. Siéntate. Ella lo hizo. La elfa pelirroja solo se quitó su capa y comenzó a servir el agua de hierbas para todos. Secaron sus ropas.

-Bueno, creo que tienen mucho qué decirse- dijo Legolas, mirando a Fineriel. Dispusieron habitaciones para ellos en el segundo piso de la oscura casa. Ambos miraban la lluvia caer torrencialmente.

-Me preocupa la villa. Estaba apenas apertrechada.

-No te preocupes. Seguro en estas semanas Pïn y Uë hallarán la forma de construir un dique, como los que habían en su reino. Eso detendrá el agua. Y seguramente también piensen en una muralla y otros terrenos, tal y como lo hacen en el Este. Y Elladan y Elrohir son recursivos, así como Halbarad.

-¿Es cierto que luego de que hayamos cumplido estas tareas en el Oeste te irás? ¿De verdad? - le preguntó Legolas. Ella asintió.

-Quédate con Aragorn.

-No, ada me necesita. Ya hablé con Elladan y Elrohir, ellos lo harán. Debo ayudarle, ya que Sauron es capaz de mandar más fuerzas luego de la derrota que le infligimos. Y hay otra poderosa razón: quiero conocer el reino del Este- le confesó. -Sé que muchos trabajos nos esperan, lo veo en todo, en Aragorn, en tí…

-Será un viaje muy largo.

-Aragorn entenderá que debo apoyar a mi padre. Y sé que volveremos a vernos, pronto. Sé lo que nos espera, pero el Este y el mar han estado en mi corazón y sé cuál deseo primero habré de cumplir antes de que el mundo se oscurezca más. Aún- argumentó.

-Es muy raro que me digas esto. Siento que Aragorn se ha convertido en el gran amigo mortal que alguna vez vio mi marido en sus antepasados. O mi hijo con Elendur. De verdad se ha convertido en tu hermano.- le dijo ella, con una sonrisa afable.

-Hizo bien mi padre en enviarme a él. Pero hiciste bien tu en formarlo. Se nota que lo has hecho un hombre de honor y yo… estoy seguro de que hará lo que ha prometido.- le dijo Legolas con esperanza, con un ánimo que ella no había visto en él hace mucho tiempo. - De todos los dúnedain que he visto, siento que este es especial. Como tu lo sientes. Y lo veo en tus ojos. En cómo lo proteges y lo guías. Yo también lo he visto: él ha salvado mi vida y yo la suya y va más allá, haría cualquier cosa por un hermano, por su promesa, como tu. Pero ahora que conozco a su madre, entiendo la sombra que ha caído sobre ella, la misma que a mi padre y la tuya, pero en los mortales se nota más el dolor del alma en el cuerpo. Quiero que me cuentes de ella. Quiero que me cuentes...lo que él no ha tenido tiempo de contarme, creo que por esa modestia que le has enseñado tan bien. Por sus recuerdos. El dolor que producen vivirlos a tan corta edad aunque larga en años del espíritu.

Fineriel le sonrió, suspirando. Asintió, embebida en sus recuerdos, mirando el fuego.

-Estel, lo llamamos. Así lo llama ella y así su abuela, Ivorwen, la mujer dúnedain que mejor me ha entendido. Veía cosas, ¿lo sabías? Tenía un don. Estel, la esperanza. Ella la vio y si ella la vio como yo la vi un día junto a él significa que no han sido sueños de locura.

-¿Qué viste?

-Vi a Mandos, Legolas. Ambos lo vimos. Tan vívido y tan real como cualquier otro. Cabellos plateados, ojos luminosos sin iris, túnica oscura. No, no me creas. A Ivorwen tampoco le creían mucho, pero yo, que he visto cosas más allá de las que cualquier ser podría haber visto, le creo. Mandos me ofreció a las tres personas que más he amado, pero aún no sé si es por mi vida o por mi alma.

-¿Quiénes?- preguntó intrigado y desconcertado.

-Mi hijo. Mi esposo. Tu madre. Aragorn estuvo ahí. Nunca, jamás, otro dúnedain antepasado suyo vio lo que yo vi o estuvo junto a mí junto a un Valar. Aragorn jamás ha hablado de eso porque se lo pedí. Pero ahí entendí que nunca, nunca fue como los otros. Sobre todo por las circunstancias en las que se dio su nacimiento. Es difícil nacer con un don, más siendo mortal. Es celebrado en nuestro pueblo y te hace poderoso y temible, como pasó con Ïa, por ejemplo, o como pasa con Galadriel, Elrond. O como pasaba con mi marido. Si eres mortal creen que Sauron te ha poseído o que tienes el favor de los dioses y esos dos extremos son peligrosos. En el caso de Ivorwen, fue escuchada con mucho esfuerzo, pero para bien. Al final.

-¿Cómo la conociste?

-Bueno, recordarás que estuve mucho, muchísimo tiempo ausente de Esgaroth. Alrededor de veinte años, tal vez. Digamos que unos… veintitrés.

-Sí, lo recuerdo. Tauriel y yo cuidábamos de que tu casita no se derrumbara por el polvo ni los animales. Pero en Esgaroth nos entregaron una nota, en la que nos explicaste que tenías una misión en el Oeste. ¿Qué era esa misión?

-Una misiva de Gandalf. Debía volver a ocuparme de los Dúnedain y no dejar mis tareas, por mal que se encontrara el Este. No pude decirle no, no quería ni lo haría. Así que emprendí un viaje para volver a Arnor, me costó demasiado. Rodeé tu reino y por Beorn pude librarme de los orcos de las Montañas Nubladas y volver lo más prontamente que pude. Sí, rebané a todos los orcos que pude de camino a Rivendel y llegué justo cuando Elrond y Gandalf estaban reunidos. Se veían muy preocupados.

-Te esperábamos- me dijo él, fumando pipa. - Llegaste rápido.

-Tres meses- dije, aterrada. -Sí, "rápido"- ironicé. - ¿Qué ha pasado? ¿Con los dúnedain?

-Elladan y Elrohir necesitan tu ayuda. Hay más orcos aquí, más audaces. Más numerosos. Destruyeron casi todos los asentamientos. Murieron muchos.- dijo Elrond, preocupado. El heredero del linaje de Isildur está en peligro y no dan abasto. Debes ir. Ahora- me ordenó.

Entré por los inmensos bosques, cubiertos mis cabellos de alcrón. Se volvieron negros, para no ser reconocida en aquellos parajes, que también estaban infectos de orcos, para buscar el último asentamiento. Luego de ver tres con muertos y ruina entendí cuán descuidado había dejado mi trabajo en el Oeste y prometí firmemente no hacer algo más en Esgaroth hasta que esto terminara de algún buen modo. Iba rápido, con los sentidos aguzados, hasta que sentí los gruñidos. Y los gritos. Otro asentamiento. Galopé a toda velocidad, para saltar de mi caballo y comenzar a destajar orcos. Lancé mis dardos y dejé a uno clavado contra una choza. Vi a un hombre maduro, barbudo, peleando ,mientras su esposa y su hija estaban atrás, abrazadas. Otro orco iba a quemar su choza, pero tiré mi hacha, que le cortó la cabeza y la antorcha lo quemó a él. Volví a subir al caballo y me tiré sobre tres, con las espadas. Los dúnadain me apuntaron, pero yo saqué mi espada verde del Este. Finäer. Además, por la lluvia (sí, llovía como ahora), no duró mucho mi pelo con otro color. Los tonos cobrizos estaban de nuevo al descubierto.

-¡La reina viuda!

-¡La reina viuda!

-!La reina de Gil-Galad!

Le quité una espada a un orco muerto, galopando otra vez, para clavársela a tres. Rodeé a otros cuatro, que se trataron de abalanzar, pero los descuarticé con la espada verde. Más gritos. Un joven era atravesado por un orco. Tiré la espada verde y clavó al orco asesino contra la choza. Silbé al caballo y me subí, para comenzar a repartir flechas a uno tras otro. Acabamos con todos. En medio de la desazón, varios vitorearon, aunque muchos ya lloraban por sus muertos. Yo corrí hacia donde el joven, ya agonizante.

-Que la gracia de los Valar te acompañe- le dije, para llevarlo a las estancias de los mortales en completa paz, con tristeza. Su madre comenzó a llorar. Era de cabello oscuro y rizado. El hombre maduro y duro no expresó nada, mientras que su hija rubia también lo hacía. Me retiré de manera prudente, con desolación, para irme a recoger más muertos y heridos.

-¿Quién es el líder, aquí?- pregunté, ya con los pocos que habían quedado, al menos cincuenta. Ellos señalaron al hombre que precisamente ahora enviaba a su mujer y a su hija a recoger todo lo que buenamente poseían en una carreta. Así situaron a su hijo en ella, en medio de sus lágrimas.

-Dirhael- dijo este, haciéndome el saludo élfico. -Gracias por matar al bastardo orco que acabó con la vida de mi hijo. Gracias por evitar que quemaran lo que teníamos- insistió. Lamento no presentarnos en condiciones menos luctuosas.- dijo. Yo solo oía los lloros de la mujer y su hija, bellísima y rubia, mientras tomaban todo. Eso ya lo había visto mil veces en otras épocas, en el Este y Oeste. El mal, la destrucción por la destrucción arruinando miles de vidas mortales e inmortales. Los mismos lloros femeninos de pérdida, de un mundo destruido. Me alcanzaban como un ciclo sin fin.

-¿No dejará los restos de su hijo aquí? - le pregunté, señalando la gran pira donde todos lloraban a los caídos.

-No. No quiero que sus cenizas sean pisadas por los orcos que habrán de venir.- me dijo.

-Bien. Entonces tomen lo que puedan y usted enséñeme el camino del último asentamiento que tienen. Yo los protegeré, con los que quedamos, se lo prometo.

Él los reunió a todos. Les dijo que yo iría a la cabeza, para protegerlos y que llegaríamos seguros a Taurdal, el último asentamiento dúnadain, el más protegido. Estuvieron de acuerdo, al verme pelear. No quisieron hacer fuego. Nadie quería hacerlo, así que se apertrecharon con lo poco que tenían en el bosque, con todas sus ropas. Yo me quedé de guardia, con Dirhael y los demás hombres. Mi caballo negro, Argareth, del Este (ya había tenido tres con su nombre y me los habían enviado de Adkhül), era el refugio de varios niños, que se acomodaban sobre él sin miedo, cuando siempre ha sido un temible corcel, como los que tenía mi hijo para aterrorizar corsarios y orcos. En la mañana, la mujer que acababa de perder a su hijo me trajo sopa. La había hecho con el fuego prendido, donde todos se calentaban, ya en la mañana.

-Gracias- le dije. Sabía bien. - Lo siento mucho.

-Usted también perdió a su hijo varón, dice la leyenda- me dijo, devastada. Yo asentí, con el mismo pesar.

-Justo cuando había ganado la corona de Lindon, cuando ya era apto en sabiduría y hubiera sido un rey tan grande como su padre… - suspiré . - Un orco lo atacó a traición. Fue su fin. Por eso mis ropajes son negros, mi caballo es negro. Así como él los tenía, para asustar a sus enemigos. Todo, menos su máscara- dije, recordando su cadáver, envuelto en su armadura negra. Tan hermoso al dormir como cuando era un bebé. - Es un dolor que no se supera jamás- le dije.

-¿No quiso morir con él?

-Sí- le dije, haciéndole espacio, comprensiva. - Sí. Sí. Entiendo mejor que nadie lo que es… tener a alguien dentro de tí, verlo crecer. Saber que es el fruto del amor que tienes. Verlo convertirse en alguien valiente, hermoso, importante. Alguien a quien amas a pesar de todo. Y verlo morir. Las madres jamás deberían enterrar a sus hijos- le dije, para ella comenzar a llorar. Yo la abracé, sintiendo el dolor que sentí yo, centuplicado, cuando mi propio hijo murió. Mi pobre Gil-Galeth, que jamás me había hablado una vez desde su muerte. Me preguntaba cómo estaría en Mandos, al lado de su padre. Mi niño, el mejor guerrero élfico que existió alguna vez. La volví a abrazar, como si hubieran vuelto a matarlo, como si hubiera tenido que cerrar sus ojos aterrados. No pude. Tuvimos que quemarlo con su máscara negra, la que lo convirtió en un fantasma para siempre, ahora sí de verdad.

-Perdone. Y gracias- me dijo. -Ya no me siento sola.

-¿Por qué dice eso? Tiene a su marido y a su hija, vamos- dije, limpiando sus lágrimas y ordenando su pelo.

-Porque él no quiere hablar de ello. Y a ella no le puedo causar más pesar. Más aún cuando yo vi a mi hijo así. Y él no quiso creerlo. Nadie.

-¿Tuvo usted… alguna visión?

Ella asintió.

-Perdón, creo que ahora piensa que la razón no me asiste.

-No, adelante. Nosotros las tenemos también. A veces hay sentimientos funestos que no podemos sacarnos del cuerpo. Generalmente esos son los que suceden más. Lo siento, en verdad. No sé qué decirle, porque… véame. Llevo miles de años aquí luego de la muerte de mi marido y luego la de mi hijo. Y aún no pasa- le dije. Ella lloró sobre mi hombro una vez más y me dio gran pena. Traje athelas y las machaqué. Se las hice oler. Al menos eso la tranquilizó.

-Gracias por ayudarme. Jamás olvidaré lo cercana que fue. - me dijo. Yo le sonreí, levemente.

-No es problema.

-Me llamo Ivorwen, reina viuda.

-Llámeme usted Fineriel- le dije, con una sonrisa leve y triste.

-Fineriel, entonces.

- Estaré pendiente de usted.

Nos reunimos para marchar. Yo recordé a Gil- Galeth, rugiendo como fuego furioso, feliz al lanzarse al ataque, con una sonrisa feroz bajo su máscara. Alguna vez fue el guerrero más temible de su padre y en la Guerra de la Última Alianza fue el artífice de la peor derrota de Umbar jamás vista. Los había aterrorizado por años, conocía sus puntos débiles. Todo para tener que ver a su padre y a su mejor amigo morir. Nunca se lo perdonó y tampoco el permitir que su hermana buscara venganza, como él y como yo. No pudo perdonarse que Finarwen cayera en la oscuridad. No pudo perdonarse, quizás, el haber pospuesto la boda con una de mis damas, a quien dejó embarazada y yo no sabía si tenía otro nieto o nieta. No pudo perdonarse que todo lo que amara muriese, como yo y eso le costó la muerte. Y me sumergí en ese pensamiento, hasta que por reflejo tomé una flecha que me lanzaron. Eso me despertó. Gruñidos. Orcos.

-¡Dúnedain! ¡En círculo! - grité, para esquivar con la manga tres flechas y tirársela a otro orco que se me abalanzó, otro fue aplastado por mi caballo. Yo solo saqué la espada verde y pasaba a toda velocidad, esquivando flechas, para subirme de inmediato a los árboles y comenzar a atacar a los orcos que estaban en las copas. Caían uno tras otro, mientras que los sobrevivientes luchaban con espadas rodeando a las mujeres y niños. Bajé. Habían más. Nos organizamos como una muralla de contención, pero los orcos comenzaron a caer uno tras otro, atravesados por las flechas. Nosotros los terminamos de rodear y los masacramos. Varios dúnedain salieron, camuflados en el bosque. Un hombre. Alto, de cabellos oscuros y ojos grises. Barba. Bajó su arma. Yo bajé la mía.

-Reina viuda- dijo, haciéndome el saludo élfico y en quenya. Yo le respondí igual.

-Fineriel- le respondí.

-Gracias por traer al resto de sobrevivientes. Soy Arathorn, hijo de Arador. Mi padre estará complacido de verla luego de largo tiempo. - me dijo, observándome. Yo hice lo mismo. Esa determinación, una voluntad inquebrantable. Un espíritu sencillo, pero en él reconocí, de inmediato, su destino.

-Eres el actual eslabón de la cadena de Isildur. Vaticino que no el último, aunque tu linaje penda de un hilo. Y yo estoy aquí, de nuevo, por la tarea que me fue encomendada y por el daño que ha de ser reparado.

Ya sabes cuál es ese daño. Cuando Gil-Galad murió, frente a Gil-Galeth, quien desde ese momento quedó como Rey Supremo, acordó con Elrond y Círdan, así como con tu padre, que el Anillo Único debía ser destruido. Pero Isildur no lo hizo y Elendur estuvo de acuerdo. Esto indignó a mi hijo, que sintió que su padre había muerto en vano. Les reclamó virulentamente a Isildur y a su ahora ex amigo que lo que hacían era algo peor que la traición. Que su alianza, en últimas, no servía de nada, porque Sauron siempre podía retornar. Que lucharon solo para ellos obtener el poder. Isildur lo subestimó, al igual que Elendur, que solo podía apoyar a su padre. Le dijo que no pasaría nada y que lo había ganado por derecho propio. Él también había perdido a su padre. Gil- Galeth dijo que así lo había traicionado, pues ese Anillo tenía poder sobre todos, lo suficiente para atraer el mal, así que solo escupía en su padre y peor aún, en el suyo. Y eso no lo podía perdonar. Casi se inicia otra guerra, ahí mismo, de no ser por Elrond y Círdan, que con todas sus fuerzas (tu padre sí estaba de acuerdo con mi hijo, había sido como un segundo padre en realidad para él, pero no quería otra guerra) y junto a Glorfindel, lograron aplacar al ahora joven rey. Pero Gil-Galeth no se guardaba nada.

-Desde estos momentos- dijo, como si el espíritu de Fëanor y él fuesen uno mismo - Los elfos dejarán a los hombres a su suerte. No supieron honrar nuestra alianza. Sí, Isildur. Te maldigo a tí y a todo tu linaje. Tendrán una corona esplendorosa, pero todo caerá en ruinas, largas serán sus batallas, como las nuestras, pero no hallarán, no al menos en Lindon, apoyo de ningún tipo. Púdranse en su mortalidad, púdranse a su suerte. Tu jamás te casarás con mi hermana- le dijo a Elendur. - Prefiero ver tu cadáver ante mí. - El linaje de Isildur será condenado con este Anillo. Y cuando este sea destruido, mis palabras serán borradas.

Ya sabes lo que pasó. Gil-Galeth solo volvió a ver a su antiguo amigo en una pira, en el reino de tu padre, cuyos elfos trajeron los cuerpos de todos, menos el de Isildur, para ser despedidos a sus estancias. Él mismo trató de enmendar lo que dijo, pero ya era tarde. Los hombres no querían saber nada del nuevo rey de Lindon y Gil-Galeth tenía que reconstruir nuestros pedazos con lo que pudo. Nunca se lo perdonó. Thranduil me contó cómo lloró ante él, cómo solo pudo maldecir por lo que había hecho. Elendur había sido como su hermano. Y mi hijo murió sin poder resarcir sus palabras, por lo que yo, desde entonces, y luego de todo lo que viví en Arnor, retomé ese juramento para reparar lo que está dañado. Eso lo entendió Arathorn, que no me dijo nada. Me contó que los orcos crecían en número y que Sauron solo deseaba destruir todos sus reductos. Que mi ayuda era oportuna y yo esperaba compensárselos con creces, más aún cuando estuve tanto tiempo en el Este. En la segunda noche, vigilamos. Sentí a una mujer. Era Ivorwen. Le di mi propia capa.

-También sabes que fue mi hijo el que condenó a tu pueblo, ¿verdad? - le pregunté, pesarosa.

-Y que por eso está aquí. Sí, eso es lo que se cuenta. También hay una leyenda que dice que usted vio a la misma Nienna y que con sus lágrimas sembraron una cosecha extraordinaria, que hizo poderoso al reino de Arnor. Esto. -me dijo, desolada. - Ahora somos un pueblo errante y al parecer, sus esfuerzos no han servido de mucho. Aunque… - dijo, viendo a su hija hablar con Arathorn.

-¿Qué?

-Olvídelo.

-La miré y los miré. Entendí y le sonreí, levemente.

-No tienes que decirme nada- afirmé. Ella me miró con la misma sonrisa. En Taurdal quemamos a su hijo. Cada vez que vi una pira en la que quemaban a un hijo de alguien, volvía a rememorar cómo fue que me controlé para no ser quemada junto al mío. Cómo quería irme, quería explotar de furia y maldecir de nuevo a los Valar. Por qué. Por qué. Por qué. Miles de años después, quizás tenía un por qué, pero aún en mi corazón y así es hasta hoy, pienso que mi hijo no merecía morir. Como muchos no merecían morir. La joven Gilraen sólo despidió a su hermano al prender la pira. Vi a Arathorn a su lado y en Dirhael una dura mirada.

Al día siguiente, estaba en presencia de Arador. Miraba lo que habían tomado los orcos. Dedos, con anillos. De todo tipo.

-Buscan uno y muy poderoso. Seguramente… - dije, mirando el suyo. El anillo de Barahir. El del linaje de Isildur.

-Pero, ¿por qué? ¿o no cree que deba ser el Anillo…? - me preguntó Arador. Yo lo miré entendiendo lo que significaba.

-El punto es, ¿por qué acabar con ustedes solo por ese anillo? - deduje. - ¿Por qué cree que ustedes lo tienen? No. Él quiere este anillo ni siquiera por su poder. Será su victoria sobre ustedes. Ese es su símbolo.

-Bien. Estando usted aquí… ¿que podría aconsejarnos? - me preguntó Arathorn.

-Se ataca el fuego con fuego y el barro con barro- afirmé.

Arathorn no expresaba nunca nada. Era un amo del silencio, tanto como su hijo, pero mucho más hosco en sus modos. Por eso tampoco dijo nada cuando comenzamos a emboscar orcos y a meterles terror como lo hacía mi hijo, apagando sus fuegos desde los árboles, untándonos de su olor para que se mataran entre ellos. Incluso creé varias fosas trampa para que cayeran y ahí les prendíamos fuego. Y siempre con máscaras y cabellos tapados. Anegamos casi todos los caminos con varias trampas escondidas. Argaröth los olía y sus relinchos nos llevaban a sus guaridas, donde los matábamos a destajo, en la oscuridad, confundidos por su propio olor. Así, duramos un tiempo de paz. Yo les ayudé con sus diques, para regular el agua, también con cercar la villa, construyendo una muralla con picas. Ivorwen solía acercarse a mí, así como Gilraen y otras mujeres (pocos hombres, aunque poco a poco los rangers de Arathorn se acercaban) para que yo les contara mis historias. Pero Ivorwen era la que más me preguntaba del mundo, así como Gilraen.

-Me temo, señora, que no podré verlo como usted. Mis días terminarán aquí- me dijo Ivorwen. -Lo llevo en mi corazón- me dijo, mientras yo aprendía de ella a hacer pan y la asistía en todo.

-Pero lo has visto, Ivorwen. Viste a tu hijo morir antes de yo verle partir. Y sé que ves más cosas. Ves que Taurdal caerá y que habremos de irnos más pronto que tarde. Bien, me darás tiempo para buscar otro refugio, a menos que ya hayas visto uno.

-Si dijera esto a mi marido o al señor Arador, dirían que he perdido la razón.

-Los hechos gritan más que las palabras. Ellos lo verán también.- le respondí.

Tenía que entrenar a Arathorn y a Arador, cuando no estaba con las mujeres, así como el resto de guerreros. Tal y como Aragorn, grandes alumnos. De hecho, este y yo nos íbamos a los bosques a ver de dónde salían los orcos para luego ir o uno o el otro a cazarlos. En una cena noté esas miradas. La de Gilraen hacia Arathorn y viceversa. Ivorwen y yo nos miramos una vez más. Fui a dar mi paseo de siempre, al bosque. Y allí los oí.

-Soy tuya, señor. Siempre seré tuya. Nada más me importa ya. Te admiro tanto como daría mi vida por tí. Me has dado alegría en lo que creí que sería una vida de lágrimas. De soledad. De eterno luto. Me has dado una llama para verte. Y vernos.

-Quizás mis días no sean largos. Lo sabes. Quizás venga el mal, la desgracia…

-Silencio- dijo ella, para besarlo. - Yo soy fuerte.

Es lo mismo que alguna vez le dije a Gil-Galad, también en un bosque, a miles de leguas, cuando era tan joven y determinada como Gilraen, que no me decía nada. Pero no cesaba de entrenar conmigo.

-¿Por qué lo haces? - le pregunté alguna vez.

-Por mi pueblo. Por mí.

-Y por él. No lo dejarías nunca porque sabes que él no lo hizo con ustedes ni contigo. También sabes que te ha mirado como un ser más allá de la inexistencia. Te ha mirado como una mujer y no entregarías esa mirada de vuelta a alguien que no lo mereciera.

-Tu y mi madre ya lo saben, ¿verdad? -adivinó ella, sin turbarse.

Yo asentí.

-Por favor, no le digas nada a mi padre. No lo aceptará - me rogó.

-No está en mí hacerlo. Está en ambos- le dije, alzando mi espada verde otra vez. Y así, transcurrió el verano. Luego llegó otoño, aún con los rezagos de Arien. Una calurosa noche de luna, Arathorn solo fumaba. Me miró ya con menos desconfianza que en el principio.

-¿Cómo habremos de saber si los deseos en nuestro corazón nos conducen por el camino correcto?

Lo escudriñé. En sus pensamientos estaba la joven Gilraen, de blanco. Besándolo en el bosque. Adentrándose en su silencio y en su profunda soledad. A la que mi hijo también había condenado a su linaje.

-Tienes miedo- le respondí, levantando las cejas.

Él suspiró.

-Eso creo.

-Alguien solía decirme eso muy a menudo. Pero jamás lo tuvo, en realidad.

-De este mundo no habrá de ser si no lo tuvo nunca- respondió Arathorn ingeniosamente.

-Ya no está en él.

Este levantó sus gruesas cejas. Me miró, entendiendo de quién se trataba.

-Fueron doscientos treinta años muy felices- le dije, refiriéndome a Gil-Galad.- Tu probablemente no tengas más que un suspiro, pero para mí eso lo fue. Cuando somos más felices, somos más vulnerables y tememos que en el futuro todo eso se acabe. Y sí ,todo acaba. Pero cuando él me dijo eso no hubo de temer nada, porque quienes amamos son igual de fuertes, o más que nosotros.

-Murió en combate contra Sauron mismo. ¿Pensó en lo que dejaba atrás?

-Todo el tiempo- le respondí, apretando los labios. - Y lo hubiera dejado ir una y otra vez, porque vio que con Aiglos solo ayudaría a darle fin a Sauron, al menos en cuerpo. ¿Dejarías tu a tu pueblo solamente porque Gilraen despierta sentimientos en tí? - le pregunté, directamente, como si mis ojos oscuros fueran hierros lacerantes. Él suspiró.

-No. Pero tengo instintos. Su padre no me quiere bien. Dice, además, que ella es muy joven para mí. Dice que no quiere una vida desgraciada. Una viuda. No una más- dijo, mirándome, significativamente.

-Lo que él dice es una cosa. Lo que Gilraen quiere, otra. Las palabras atan nuestros pensamientos, pero no lo que en realidad somos ni hacemos. Temes lastimar con tu deber a quien amas. Sí, sucede. Pero si ella te corresponde, sabe que eso hace parte de tu sangre y peleará junto a tí. - le aconsejé.

-Gracias- me dijo.

De vuelta en la villa, yo hablé con Ivorwen afuera de su casa. Ambas bordábamos. Ella me enseñaba con inmensa paciencia (logré al menos algo con ella). Bordábamos mi broche, la insignia de mi esposo.

-Sé lo que vienes a decirme. Lo vimos, ambas, cuando ya hace un largo año llegamos a Taurdal, ¿recuerdas? - me preguntó adivinando mis pensamientos.

-Viste algo esa vez. Tu pueblo ha confiado en ti para las cosechas y ceremonias. Para los tiempos de cautela y los de jolgorio. - le dije. Ella me miró sonriéndome levemente.

-Vi en esa unión esperanza, dama Fineriel. De ellos saldrá esperanza. Es mi augurio para ambos.

-Díselo entonces a tu esposo. Yo te apoyaré.

Eso hizo. Él nos miró a las dos, sospechoso, pero yo era inflexible y mi rostro le dio a entender que yo era bastante seria con estas cosas.

-Confiaré en tu palabra, señora. Y en la de ella, que tanto ha hecho por nuestro pueblo. Pero espero así que la vida de mi única hija sea provechosa y sus lágrimas no sean por su causa.

-Aún con una vida larga y provechosa habrán lágrimas- insistí. -Pero sé que Arathorn consagrará su corazón a ella como lo ha hecho con su pueblo.

Se celebró el compromiso. Arathorn, luchando contra mí, en la noche, cansado, cayó de rodillas. Yo lo ayudé a levantarse.

-¿Por qué has hablado por mí si apenas me conoces, señora? - me preguntó intrigado.

-No eres Isildur, tampoco eres tu padre, pero veo en ti, en él, en todos, lo que he visto siempre: honor y resistencia. Lo has probado bastantes veces. La fuerza que hace que todos los dúnedain te sigan y muriesen por tí. Y como ha dicho Ivorwen: vendrá esperanza. No debes ser el último eslabón de la cadena.

-¿Por qué le crees? ¿Por qué estás tan segura de ello?

-Porque en tiempos oscuros, cualquier luz que se vislumbre es buena. Jamás será engañosa. Creo en sus visiones. Ella las tuvo sobre su hijo, las tiene sobre Taurdal- le dije preocupada. Ambos ya habíamos explorado otras opciones y decidimos que lo mejor sería irnos a Eriador, con el resto de los dúnedain que se escondían allí. -Y porque lo veo. Deja de caminar sobre tus dudas, tenlas, sí, porque es inevitable para todos nosotros. Pero confía en las certezas y ya no habrá más sombra sobre tus pasos.- le aconsejé.

Había mucha sombra en él, como quienes le precedieron. Amargas penurias que hubo de enfrentar guiando a su pueblo de un lugar a otro, en medio de lo que Arnor fue. Pérdidas. Su madre, sus hermanos, sus amigos. Esto le hacía pensar que no podría darle a Gilraen un destino provechoso, pero no podía sacarla de su corazón.

-Hazlo aún por eso. Porque para todos bajo el cielo de Eru hay desgracias. Pero la peor de todas sería matar nuestra propia alma- le rogué.

-Agradezco que haya vuelto, señora. En verdad ansiaba oír este tipo de palabras- me dijo, para tomar la espada otra vez. Yo hice lo mismo. Uno tras otro capitán fueron criados por mí, casi todos. Una sucesión de hombres y nombres que ya no recuerdo. Él era eso, pero era él y era lo que debía aprender. Terminamos y fuimos ambos a la casa de Dirhael. Puse mi mano en su hombro.

-Comienza ahora.

Asintió. Le pidió la mano de Gilraen, Ivorwen salió, decidida, con su hija.

-La reina viuda de Lindon y mi esposa han hablado. Ambas soportan una decisión que de otro modo, ya está en el corazón de mi hija. Y está bien. Habré de darla. Por su honor, responderá ante mí y ante ellas. Pero sobre todo, ante ella- afirmó, mientras ella salía, temerosa.

Él solo se arrodilló y Dirhael puso su mano. Los esponsales fueron hermosos, en verdad. No he vuelto a recordar unos de los humanos así. Sus coronas de laureles. Gilraen refulgiendo de blanco, feliz. Arathorn, por una vez, en un momento de luz, sonriendo. Por primera vez. Yo usé mi vestido negro, cerrado. No tenía otro ni me dieron otro. Ahí era solo la reina viuda de Lindon, como lo soy ahora. Yo de nuevo tomé el papel de la madre de Arathorn, así como lo acabo de hacer con Elladan y Elrohir. Y luego, tuvimos que irnos hacia el Este. Un troll asolaba a los pocos dúnedain que estaban dispersos. Tuvimos que asesinarlo y ahí cayó Arador, cuando el troll lo agarró y lo hizo chocar contra las rocas. Arathorn y yo lo atravesamos con nuestras espadas con mucho esfuerzo, tan grande y fuerte era. Y en la pira de su padre, Arathorn entendió que era el nuevo capitán de los dúnedain. Volvía a atenazarlo la incertidumbre.

-Y te atenazará aún más mientras asumas tu rol sin titubeos - le dije, frente al fuego, mientras él y yo y su primo Halbaron comenzábamos a planear la mudanza hacia Eriador. -Y más aún con lo que pase en tu propia casa.

-¿A qué te refieres? - me preguntó, poniendo sus manos ante el fuego.

-Que tu esposa está encinta- le dije. - Tienes otro motivo para temer, sí, pero para luchar.- afirmé, sin mirarlo. Solo oí cómo salía de la gran casa central para ir con su esposa y sentí cómo la alzaba y la rodeaba con sus brazos. Halbaron miró hacia la ventana.

-Más vale que comencemos temprano que tarde- me dijo. Yo solo salí hacia fuera de las murallas. Vino un pájaro a mis dedos. Susurré y se fue en dirección a Rivendel. Una semana después, llegaban Elladan y Elrohir, cuando los ancianos contaban las historias de su pueblo. Los abracé.

-Nuestro padre viene a avisarte, hijo de Arador. Son un blanco fácil para los orcos, que se han multiplicado- dijo Elladan, en quenya.

-Hemos venido en su ayuda y de su parte. También para apoyarte- me dijo Elrohir. Yo solo lo saludé con la cabeza, asintiendo.

- No creo que puedan ocultarse por más tiempo. Vienen muchos más y no importa en cuántas trampas caigan a lo largo del territorio - me dijo Elladan.

-Tuvimos que sanear toda la zona norte y la que rodeaba Rivendel. Pero vienen más. Hay ya un grupo de avanzada- complementó Elrohir.

Efectivamente, tuvimos que derrotarlos a cientos de leguas de la muralla, rodeando con todos los que pudimos a Taurdal. Fue una batalla larga y sangrienta, y el hedor de orco se extendió por muchos días, así que tomamos las athelas y las pocas castañas que tenía de Esgaroth, para quemarlos con ellas y disipar el olor. Cayeron al menos una decena de los nuestros. Arathorn entonces procedió a mandar con Elladan y Elrohir un primer grupo a Eriador, de hombres, mujeres y niños, los más fuertes, para construir un asentamiento vigilado por ellos. Lo vi: eran apenas tres casas y una muralla de madera modesta. No resistiría. No habría lugar, a menos que fuera en Rivendel, para ellos, pero tampoco esto podría sostenerse por mucho tiempo. Mi collar brilló. La voz de Gil- Galad, alguna vez en Mithlond.

-No solo es un símbolo de nuestro matrimonio o de nuestro amor. Es lo que te unirá indistintamente a tu destino y sabrás usarlo- me dijo, con sus manos sobre las mías, en una clara mañana con olor a mar.

-¿Cuál es mi destino? - le pregunté intrigada. - Creía que era ser tu reina.

-Ese es tu destino- me respondió suavemente.

-No sabría cómo usarlo, Gil- Galad. Te lo digo, no tengo tu poder- insistí.

-Sabrás cómo. Y lo tienes. No solo para poder alumbrar a mi hijo. Ya lo verás.

Su beso. Lo miré y simplemente pronuncié esto en lengua común (aunque en aquel momento lo hice en quenya). "Por aquel poder que Ereinion pasó de él hacia mí, por la gracia de los Valar que lo acompañó. Por la gracia de Nienna, Varda y su infinita compasión. La doy ahora de mí hacia este pueblo. Para que sus retoños crezcan en el infinito mar de años de su raza que despierta. Para que sus cadenas liberen a otros. Para que aquí… se conserve la esperanza. Que su redención y gracia pase de ellos a mí"

Mi collar jamás volvió a brillar, no como antes. Ese era el poder que tenía y que por fin había usado, para bien. Desde Erebor no había pasado esto, porque de inmediato vi salir una gran luz de él, una ráfaga, que bordeó todos los límites de la pequeña ciudad. Se volvió invisible a nuestros ojos. Arathorn estaba anodadado, Elladan y Elrohir solo lo veían de forma normal (un hechizo así protege Rivendel).

-¿Por qué ha hecho esto? - me preguntó Arathorn. - El poder del collar de su esposo se ha agotado en ello.

-Considéralo mi regalo de bodas- le dije, palmoteando su espalda.

Varios meses pasaron. Cuando llegó el momento, precisamente, de trasladar a Gilraen, los dolores comenzaron a aquejarla. Yo pronuncié unas palabras que hicieron sus dolores menos torturantes e Ivorwen solo me asistía, mientras yo seguía con los conjuros que alguna vez pronunciaron sobre mí en los partos de mis hijos. Y Aragorn vino al mundo.

-También habrá de llamarse Estel - me dijo Gilraen, cansada y sudorosa, mientras su madre la limpiaba y yo tenía al niño en brazos, mirando sus ojos grises. Casi no había llorado. Solo me miraba a mí, fijamente. -Estel es esperanza…

-Tu vaticinio se ha cumplido. Y si aún no, lo hará- le dije a Ivorwen, que examinó con orgullo a su nieto. Arathorn lo presentó a todos, que vitorearon con júbilo. Elladan, Elrohir y yo nos quedamos en silencio.

-Deben irse- me dijo Elrohir. - No hay más tiempo.

-Intuyo que no será tan fácil, más aún con el nuevo heredero. Ella preferiría dejarlo en brazos de su madre para luchar junto a él- afirmó Elladan.

-Me encargaré de eso- les dije, para colocar mis manos en sus hombros e irme.

Y sí, como vaticinaron ambos, fue difícil. Gilraen pataleaba contra una decisión que también queríamos imponerle.

-¡Sabes que no lo dejaría! !Ambos lo saben!

-¡No servirías de nada muerta!- le replicó Arathorn con dureza. - ¿Sabes lo que me pasaría si te veo morir a mi lado?

Elladan, Elrohir y yo suspiramos. Habíamos oído eso tantas, tantas, tantas… veces. Gil-Galad y yo. Tu madre y tu padre. Todos sus antecesores y las valientes que los acompañaron y al morir los dejaron en invierno.

-Además, Gilraen, el niño necesita a su madre. Tiene ya más de un año. Él te necesita. Por más que nosotros estemos ahí para él, eres su madre- insistí.

Ella se retiró, furiosa.

-Llévatela. Así sea a la fuerza.- me ordenó Arathorn.

La seguí. Ella solamente se echó a llorar en mis brazos.

-¿Fue así para tí, verdad? ¿Fue así?

Asentí, con pesar.

-Pero yo también fui madre, Gilraen. Por mis hijos no partí a la guerra contra Sauron hace miles de años. Ahora es distinto. No los tengo ni a ellos, ni a mi esposo. Sí, muchos lamentarían mi muerte. Pero es distinto cuando alguien a quien has amado tanto muere. Alguien a quien criaste o quien te tomó en tus brazos. Yo ya no tengo eso. Ya no. Lo que Arathorn te pide es cuidar lo que ambos han creado y dejado para el mundo.

-A él también le tocará este destino, ¿verdad? - me dijo con pesar, alzando al niño, que jaló mis rizos y me dijo "Ineie". Le sonreí.

-Es probable. Pero debes vivir para darle uno menos hostil- afirmé.

Elladan, Elrohir y yo la vimos irse con los elfos que habían ido por ella. Otra dolorosa despedida, como tantas que protagonizamos ambos. La última vez que juntarían sus brazos. La última vez que se mirarían a los ojos y se besarían. Porque combatimos contra cientos y cientos de ellos para cuando ya no estábamos sino solo los guerreros. Muchos se quedaron en nuestras trampas, muchos cayeron en nuestras fosas, pero muchos otros arreciaron. La espada verde y los arcos y garlanchas de Elladan y Elrohir se cubrieron de sangre negra. Pero una flecha, como un mal presagio, atravesó el ojo de Arathorn. Luego de haberlos derrotado, Elladan, Elrohir y yo hacíamos todo lo posible por curarlo, entre los tres. Sacamos la flecha, pero a pesar de nuestros esfuerzos, sabíamos que era tarde. Lo vio en nuestras caras.

-Cuiden bien de mi hijo- nos rogó, a los tres. - Ámenlo tanto como yo a él y enséñenle su legado. Que él continúe mi tarea.

-Así será, Arathorn. Te lo juramos- afirmaron Elladan y Elrohir, con tristeza.

-Fineriel- dijo, tomando mi mano. -Gracias por darme certezas y esperanza. Dáselas a mi hijo. He previsto…- dijo, sacando con esfuerzo un papel que tenía en su temblorosa mano. - Que tu seas quien le enseñe todo lo que habrá de saber. Solo tu lo harás un guerrero extraordinario. Y de la mano de Elrond… será la esperanza, como alguna vez me dijiste.

-Te lo prometo- le dije, con los ojos aguados. Otro más que se iba a los brazos de la muerte por una causa que absorbía tantas, tantas vidas y años. Otro más en una lista, otro más en una crónica, otro más…

-Gracias…- me dijo, para morir en mis brazos. Yo solamente sollocé. Lo despedimos como a sus antepasados. Ya en Rivendel, Arwen solamente tomó en brazos a Gilraen, que se doblaba en dos. Otra mujer, otra mujer rota como yo lo fui. Le entregué el papel a Elrond.

-Al menos están la mayoría a salvo. Gracias por lo que hiciste- dijo, mirando mi collar. -Debes cumplir tu promesa y sé que lo harás con honor. Eso le enseñarás. Los tres- dijo también a sus hijos, que asintieron, pesarosos.

Aragorn era muy listo. No tuve casi que castigarlo, pues aprendía rápido y la maldad, como en muchas otras criaturas de su edad, la malicia, no hizo nunca parte de él. No me daba quebraderos de cabeza, como algunos de sus antecesores. Él solo observaba maravillado mis rizos y cómo le enseñaba con enorme paciencia. Elrond, Elladan y Elrohir, claro, le enseñaban otras cosas. Ellos lo llevaron a explorar, a manejar el arco, le enseñaron nuestro idioma, en gran parte. Yo hice lo mismo. Y Elrond lo entrenó en sabiduría.

-¿Quién eres? - me preguntó al fin, cuando vimos a Mandos, luego de meses de silencio. Yo suspiré. Todos sus antecesores solo sabían que yo era la reina viuda de Lindon. Y solo eso. Nunca más les dí algo de mí como para saber todo lo que había hecho y pasado conmigo.

-La reina viuda de Lindon- le respondí suspicaz.

-¿Quién más? ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué siempre suspiras cada vez que miras a Aiglos? Lo sé, Elladan y Elrohir me lo han explicado. Pero quiero que me digas todo. Al menos lo merezco después de lo que nos ha pasado.

Así, tuve que contarle toda mi historia, desde Celebrimbor. Él solo se quedó en silencio. Un año después, mató a su primer orco, al atravesarlo con la espada. Se quedó atónito, pero le di un grito tal que lo despertó de nuevo. Yo clavé una flecha en otro que iba detrás.

-¡Nunca te quedas quieto!- le grité mientras rodeaba con Argaroth a los diez que quedaban y entre Elladan, Elrohir y yo los destrozábamos.

-Lo siento…- dijo, muy apenado.

-Es tu primera vez. Así pasa con todos- dijo Elladan, que lo subió de inmediato a su caballo.

Gilraen y yo lo veíamos pelear contra ambos, a menudo. Ambas miramos a Narsil.

-Alguna vez...le dijiste a mi padre que mi destino sería provechoso. Tu no te rehusaste a ser un cascarón vacío, como sueles decir. Pero lo somos. Los recuerdos se apoderan de nosotros. Tuviste mucho tiempo al lado de tu esposo. Y supongo que piensas en él todos los días, como yo pienso en el mío- me dijo, con pesar.

-Así es.- admití.

-Pero tu has podido vengarlo. ¿Qué pasará con Aragorn?

-La venganza se llevó a mi hijo y me alejó de mi hija- le respondí, mirándola a los ojos. -Casi me lleva a mí. Mi hija se hubiera convertido en una reina terrible y furiosa que solo ansiaría el poder para aplastar a un enemigo que se reiría por hacerla suya. Eso me hizo enviarla al mar, aunque su marido y yo estuvimos antes para impedirlo. Y yo, habría sido peor. Demostré que fui peor. No es para eso que Aragorn está aquí- le dije. - No es para vengar tantas muertes antes que él. Está para por una vez cambiar el rumbo de las cosas. Lo dijo tu madre- le dije, recordando a Ivorwen, a quien también vi morir en Rivendel. Dirhael había muerto el año anterior. Ella solo me susurró: "Tengo un regalo para tí. Pero todavía no. Gracias por todo, señora Fineriel", antes de irse. -Créele.

Ella me abrazó y yo a ella. Nos quedamos en silencio viendo a Isildur, el mal que causó, luego el que mi hijo causó. Y Aragorn, la visión que jamás le dijimos a nadie, hasta ahora. Gilraen solía acompañarnos en las lecciones. Le enseñé la lengua de Oriente, tanto la de Haradhad, como la de Utumno. Y él se perdía en los libros enormes, con las ilustraciones de ensueño. Una mujer pelirroja con el cabello ondeando al viento. Vestidos de allí. La espada verde.

-¡Tu!- me dijo, ya con quince años. - ¡Los hermanos!- me dijo, viendo a los cinco dragones. Yo asentí. A mi lado, Tälum, rubio, ilustrado con el mismo estilo. Y Elladan y Elrohir.

-¿Sabes? A veces pienso que los númenoreanos tenían razón. Yo quisiera ser inmortal, para ser como tu y verlo todo.

Yo le sonreí, tomando su mano y señalando a la reina Ïa, sobre su dragón.

-Ella fue la creadora de todo el reino de Utumno. ¿Sabes cuántos años tenía?

-¿Diez mil? - preguntó, con curiosidad. Yo reí.

-Algo así.

-¿Cuántos tenía tu marido cuando se casó contigo?

-Tres mil años, o más. Yo tenía cuarenta.

-Qué enorme diferencia de edad- dijo, levantando sus cejas. - ¿Cómo fue entonces que tuvieron hijos?

-Aragorn…- dijo Gilraen, sonrojada.

-Por la gracia de Ilúvatar.- le respondí, sonriéndole a Gilraen, diciéndole que no pasaba nada. - Mi esposo era amado por los Valar. Pero piénsalo. Una reina de más de diez mil años. Y ya no está.

-¿Por qué?

-Porque se cansó.- le dije, levantando las cejas, con tristeza. - Ella fue mi maestra, pero un día se cansó del peso de sus años, de sus luchas, de su poder, de su añoranza. Y voló sobre su dragón y se reunió con su esposo- afirmé, levantando los hombros. -Y lo vio todo. Tenía un don gigantesco para ver todos los mundos. No bastó. El espíritu se cansa.

-Y tu, ¿estás cansada?

-Sí, pero debo mantenerme acá, por mi promesa.-afirmé. Vimos la visión de Mandos y él entendió.

-Ligero fue el deseo de mi corazón. Perdón- me dijo, sonrojado.

-Está bien- dije, revolviendo su pelo y sentándome a su lado. - Ahora tienes estos caracteres. Son más difíciles que los que llevamos estudiando en estos meses.

Él me sonrió. Nunca fui una maestra cruel con él, jamás he sido una maestra cruel. Le enseñaba todas las armas de oriente, tanto las de Utumno, como las de Haradhad y las ciudades hermanas.

-No porque un ser sea un enano, o alguien de piel oscura, es inferior a ti. De hecho, de ambas razas he conocido a gente valerosa. A mí me crió Orleth, de Umbar. Hallarás pueblos y dirigentes, pero son importantes las personas, ¿de acuerdo? Eso no determina la naturaleza de nadie. Mi pelo no determina mi naturaleza, tu nacimiento… tampoco.

-¿Algún día me dejarás de decir que solamente lo haces porque se lo juraste a mi padre?

-¿Qué?- le pregunté fingiendo no saber nada.

-Fineriel, eres inmensamente transparente. No sabes mentir.

Yo bufé. Me había descubierto.

-No está en mí decirte eso- le respondí.

Solía volverse más fiero, aunque yo siempre tenía algo con qué vencerlo. Se lo enseñaba, al método que me enseñaron a mí. Elladan y Elrohir solo me ponían más baldes encima, mientras él los cargaba conmigo hacia la cascada.

-Cargar agua para botar agua. Qué enorme y absurda ridiculez.

-Ustedes hicieron lo mismo- dije, señalándolos, indignada.

-Sí, pero pobre Aragorn -dijo Elrohir, mientras lo veía agotado. Iba a ayudarle, pero yo lo detuve.

-Ni se te ocurra.

Este cayó desplomado. Le di miruvor y lembas. Lo levanté.

-¿Descanso?

-Ni loco- me dijo, para tomar mis baldes y correr hacia arriba de la cascada. Yo sentí que me echaban un balde de agua. Elladan. Le eché el otro. Elrohir me echó otro. Apenas bajó Aragorn, nos vio a los tres, como niños, empapándonos hasta la médula. Glorfindel, que había vuelto del norte, nos miró a los tres, levantando las cejas.

-Vaya. Qué dirán de nosotros los dúnedain. Hola, Aragorn- dijo, para ser empapado por los tres. Aragorn se rió en silencio, para ser ahogado por cuatro baldes. Sí, solíamos ser maestros, pero también amigos y hermanos. Y entonces… Arwen volvió de Lorien. Y él la vio. Y ella lo vio. Gilraen ya me había dicho que estaba raro. Ambos luchábamos casi a muerte, hasta que yo lo herí en el hombro.

-¡No estás presente!- le dije, señalándolo, con la espada verde. - ¡Concéntrate!

-Yo…

Bajé la espada. Lo miré a los ojos. Arwen.

-Oh, no…

-Oh, no- me respondió, apretando los labios, dándome a entender que la amaba. Que se habían visto. Y se habían amado.

-Pero eres correspondido, por lo que veo- dije, tomando su rostro. -Ven conmigo- afirmé, para tomarlo de la mano. Gilraen ya adivinaba lo que pasaba.

-Elrond no consentirá que tu desposes a su hija. No has ganado lo suficiente.

-¿Ganar, ganar qué? - preguntó, desconcertado. Gilraen me miró. Yo hice una señal con la cabeza. Ambas nos sentamos a su lado.

-Aragorn, eres hijo de Arathorn y el último en la línea de Isildur- le dije, tomando su mano. - Por eso has estado conmigo todos estos años. He entrenado a muchos de tus antecesores, no solo por lo que hizo mi hijo, sino por ayudar en mi promesa y en la tarea de restaurar su linaje. Y también le prometí a tu padre que serías… un digno heredero, de la corona que alguna vez mi marido ayudó a traer a la Tierra Media.

-¿Qué?

-Así es, hijo mío- dijo Gilraen, preocupada. - Eres el rey. El último rey. El que debe ser rey. Así lo predijo tu abuela. Eso Elrond lo sabe, pero debes obtener lo que es tuyo. Solo así la mano de Arwen será concedida.

-Pero… ¿qué tal que suceda lo que pasó con tu hija, Fineriel?

-No esta vez. No eres Elendur, ni Isildur. Que no se te olvide que habrás de escribir una nueva historia con lo que tienes, como yo, como Elladan y Elrohir, como Glorfindel, como todos los que te amamos. Ahora que sabes que tu corazón pertenece a Arwen Undomiel...deberás luchar. Y salir de aquí. Irás conmigo.- afirmé.

Por supuesto, Arwen también me dijo que solo sintió deseo y amor en su corazón. Como si una flecha le hubiese traspasado el alma. Yo le sonreí. Sí, era amor. Lo que le pasó a mi marido cuando me vio por primera vez, fingiendo él ser un comandante de Lindon. Lo que me pasó a mí cuando lo salvé de las flechas orcas. En las miradas de tus padres, en la mirada de Thranduil al darme un libro de la historia de Hurin. En la mía hacia él. En tu mirada, en las de Elladan y Elrohir. Un amor tan poderoso, inmensamente poderoso, que solo la abracé.

-Alguna vez le dije a tu madre, le prometí, antes de que partiera, que te apoyaría en todo. Quizás vio esto. Quizás no. Pero acá estoy- le dije, para ella abrazarme de nuevo.

Cuando salí de sus aposentos, vi a Elladan, Elrohir y a su padre, muy serios. Una cosa era criar a otro capitán dúnedain como todos los demás. Otra, que la Estrella de la Tarde, su hermana, su hija, la elfa viva más bella sobre la Tierra Media… se enamorara de él. No lo tomaron muy bien. Lo vi en sus caras. Gildor y Erestor también estaban preocupados.

-Es también un rey- dije, sin amedrentarme. - Lo es. Lo será.

-¿Cómo sabes eso? - me preguntó Elrond, grave.

-¿Qué sentido tuvo entonces traerlos acá y a su madre? Es tu familia. Es el legado del rey Elros. ¿Qué sentido ha tenido criarlos uno, tras otro, todos estos años?

-Ellos debían constituir su propio legado. No con…

-¿Con el tuyo? Elrond, somos una raza que agoniza. Es verdad. Incluso los elfos del este se van. - dije.

-El problema es que es mortal- afirmó Erestor. - Sabes lo que pasa con ese tipo de uniones, si es que tal se produjera.

-Y sabes lo que pasó con tu hija- dijo Elladan. - Lo siento, pero…

-¿Pero? - respondí indignada. - Tu estuviste ahí, Elrond. Gil- Galad pensaba enviarla a Valinor, a la fuerza, cosa que no consentí. Y ella hubiera saltado y se hubiera devuelto a nado o hubiera hecho una locura peor para devolverse. Aún peor, fugarse. Es mi hija, por Eru que lo hubiera hecho.

-Pero no lo hizo. No se lo permitiste.

Bufé.

-¿Qué insinúas? - me preguntó Elrond. - ¿Qué es ese gesto?

Yo llamé a una de las damas. Ella asintió. Trajo un pequeño libro azul, que Elrond reconoció como el diario que solía escribir mi hija. Las estrellas del escudo de su padre.

-Venía preparada para eso- dije y Erestor se aprestó a recibirlo. Se los dio a Elladan y Elrohir, que se miraron. Erestor volvió a leerlo, para mirar aterrado a Elrond, que lo leyó, rápidamente.

-Tu hija… y Elendur… ¿llegaron a casarse, en secreto? ¿Antes de ser descubiertos por el Rey?- preguntó aterrado. Yo asentí, gravemente.

-Los descubrí yo. Neldaniel y yo teníamos una enorme red de informantes. Todos hubieron de irse a Valinor poco a poco.

-¿Cómo pudiste hacerle eso a tu Rey, tu marido? - me preguntó horrorizado.

-¿Sabes lo que él les hubiera hecho a los dos? ¿Sabes lo que hubiera pasado con la alianza con los dunedains si esto hubiera trascendido? ¿Sabes lo que hubiera hecho Gil-Galad, a pesar de mí?

-Te habría escuchado.

-Lo conocías colérico. - repliqué. - Jamás habría dado su brazo a torcer en esto. Habría sido una traición enorme por parte de su hija, por parte de los hombres, que seguramente hubieran desterrado a Elendur y ella se hubiera ido, con su hermano. La familia se habría dividido. Para cuando tu y mi marido supieron, yo ya sabía que estaban casados y entre los tres, cuatro, cinco, con su hermano y Neldaniel, llegamos a este arreglo. Ante el tribunal, actuamos y llegamos al mismo acuerdo. ¿Qué otra opción teníamos? Jamás, jamás iba a vender a mi hija, Elrond- afirmé, negando con la cabeza. - . No la entregaría al oprobio, ni a ser señalada, ni a ser aborrecida por su padre. -insistí, determinada.

-Sabes que él jamás la habría aborrecido- me respondió, como si le hubieran dicho un secreto doloroso que le atañía a él directamente.

-No. Pero habría sido un golpe del que no se hubiera recuperado en mucho tiempo. No así. Ella era la luz de sus ojos, como Arwen es la tuya. Yo no estaba dispuesta a ver a mi hija separada de mí, no estaba dispuesta a verla desgraciada. Su padre y yo fuimos libres de amarnos, jamás le habría negado eso.

-De todos modos, y eso es lo que temo, mira cómo terminó todo. No quiero ver en Arwen su historia. Porque a pesar de tus esfuerzos…

-¿Crees que Elendur es Aragorn? ¿Que Aragorn es Isildur? ¿Que somos las mismas historias? Elrond, de ser así, jamás habrías aceptado al primer capitán dúnedain que trajiste para mí en estos aposentos. Jamás. No te habrías molestado siquiera en llamarme desde oriente, siquiera en enviar a Elladan y Elrohir. - dije, señalándolos.

-No puedes condenarme por tener mis reparos. Así como Gil-Galad los tenía. Tu lo entiendes mejor que nadie- insistió. - Sabes todo lo que implica esto.

-Lo sé- asentí. Erestor me pasó el diario de mi hija, que apreté contra mí. -Lo sé muy bien. Sé cómo casi mi hija cayó en la oscuridad cuando Elendur murió. Que solo alguien como Meldir pudo salvarla. Yo también lo hice, pero sobre todo él. Pero yo sigo aquí. Por ambos, porque a Arwen también me la encomendó su madre. Y he visto en ambos que este no es un capricho. Que Aragorn estará dispuesto a hacer lo que le pidas.

-¿Pero deberá someterse mi hija a un invierno tan duro como la tuya, si llega a morir? Porque aún consiguiendo todo lo que le pediré… él morirá. - me dijo Elrond, pensativo.

-Entonces ella habrá de elegir, Elrond. Aún a pesar de sus hermanos, aún a pesar de tí- insistí, abrazando el diario. -Y habrá de morir también. Pero no matará algo muy importante- dije, señalando mi pecho. - O si no, ya estará muerta aún respirando.

-Sabes, tu lo sabes, en carne propia, lo que eso ha implicado. Te vimos sufrir, todos, durante años, con Thranduil. Te hemos visto llorar por milenios por nuestro Rey.

-Y a tí también-le respondí yo, sinceramente. -No como yo, claro. No eres el fuego que yo tengo como para manifestarme como los mortales. Pero ahí está. Celebrían- afirmé suavemente. -Y a ustedes también- dije a Elladan y Elrohir. - ¿Habrían escogido otra vida en que no hubieran conocido a Uë y a Pïn, para no sentir lo que sienten por ellas?

-Es distinto. Ellas nos condenaron.- expresó Elladan, dolido.

-Sí, porque es lo mismo que pasará con Arwen si creen elegir por su corazón- argumenté. -Esto les espera- dije, mirando a Elladan y Elrohir.

-Gracias por lo que nos corresponde- bufó Elrohir.

-Lo siento, pero ellas eligieron precisamente lo que ustedes le están exigiendo a su hermana y que ella no tiene la menor intención de cumplir- respondí, sin alterarme. Suspiré.

-Miren, si me odian por esto, me iré, está bien, me iré de vuelta al Este. Pero he sido parte de su familia por mucho tiempo. Celebrían era como mi hermana. Ella y yo nos inventamos tantas cosas- dije, sonriendo, perdida entre recuerdos. - Para que fuera a verte- le dije a Elrond, que bajó su vista, por primera vez. - . Para que tu estuvieras a su lado. Era como mi hermana mayor. Así nos quisimos- afirmé, asintiendo. - Y por eso me encargó a sus hijos. Le puedo decir que he cumplido, no como quisiera, pero eso se sale de mi control. Porque nuestros hijos jamás son nuestros.

-Tú elegiste por Finarwen, ¿recuerdas? Elegiste engañarla y bajar del barco. Dime que eso no fue tomar una decisión a fuerza.

-Es distinto, Elrond. Ella ya tenía a su familia. Nunca la separé de nadie. Solo de mí, porque esta es una lucha que hasta el día de hoy, si hablamos de la familia que tuve con el rey, he dado sola. Esta no era su lucha. Era mía.

-Lo que tememos- dijo Elrohir, alzando la mano - Es que Aragorn… crea que esto es un juego.

-Lo conocemos. ¿Crees que lo es? Lo crié yo. Como a ustedes. Él responde solo, pero también respondo yo. Soy su maestra. Y sé que no es así- dije, cruzada de brazos.

-Les agradecería a todos… dejarme a solas- dijo Elrond, dolido por sus recuerdos. Debo pensar esto. Debo meditarlo.

Elladan y Elrohir se me acercaron lentos, y pesarosos.

-Crees que estamos en contra de nuestra hermana. Te equivocas. No queremos que sufra.

-¿Saben algo?

Ambos asintieron.

-Si no quieren que sufra, ni nada pase con ella, nada pasará con ella. Será una gran nada, que es peor aún que la muerte. Pero Arwen decidió vivir. Pero ni Aragorn ni ella tienen las palabras para expresar esto. Me eligieron como su campeona y gustosa yo lo he aceptado. Y lo haría por ustedes, por cualquiera. No siempre funciona, no cuando se tiene miedo, como sus princesas. Pero ustedes lo saben: ellas los aman. Algún día volverán a verse.

Ambos suspiraron, irritados.

-No se trata de cualquier elfa, es nuestra hermana. Es nuestra hermana. No podemos ser como Gil-Galeth, entendemos completamente a Gil-Galad al celar por tanto tiempo a Finarwen…- insistió Elladan.

-Que se casó a escondidas con el primer ser del que se enamoró. Arwen no es así, Arwen es agua y cristal, jamás haría eso. Aragorn tampoco lo es, porque lo eduqué bien. Y ustedes también. Le han enseñado qué es el honor. Le han salvado la vida, lo han hecho todo lo que podríamos esperar y hasta más. ¿Desconfían de su propio trabajo?

Ninguno de los dos me respondió.

-Ahora, quiero que se lo digan a ella. La respuesta no será tan amable y creo que será similar- dije, abriendo las manos. Y efectivamente, eso pasó. No llegó a mayores, porque Arwen no es de carácter combativo, no a mi estilo o el de mi hija. O el de Neldaniel. Ella va, constante, como un pequeño río, inundándolo todo, con persistencia. Como el agua que ablanda las rocas y las moldea. Dijo tranquilamente que se mantenía en su decisión. Y así, Gilraen, tomada de gancho con Aragorn y yo detrás, se presentó ante Elrond. Elladan y Elrohir estaban a su derecha. Arwen, a su izquierda.

-Alguna vez el rey Gil-Galad le dijo a la princesa real Naharien Finarwen que tenía la suerte de contar con una madre como la reina, acá presente- dijo, señalándome, con su mano. Hoy digo lo mismo, pero reitero en que lo que pides no será fácil. Habrán de ser tuyas las coronas de Gondor y Arnor si has de desposarte con mi hija. Sus hermanos, mis consejeros, están de acuerdo. Y para esto, duras tareas te esperan. Responderás ante mí y tu maestra también. A ella también deberás de responderle. Fue quien intercedió por tí ante esta decisión. Que los Valar te acompañen- le dijo a Aragorn, que solo se arrodilló.

-Salió bien- me dijo Aragorn, para yo negar con la cabeza.

-Apenas comienza. Eres el decimosexto capitán de los montaraces del norte. Te espera mucho por hacer. Vamos.

Nos fuimos solos. Yo como siempre, con el cabello oscurecido, una vez más. Así estuvimos reordenando a los dúnadain. Gilraen partió de nuevo a Eriador, ya que nos dijo que no tenía nada más por hacer. Pasamos siete años por toda la Tierra Media, destrozando huestes de orcos. Elladan y Elrohir comprendieron que debían dejar su orgullo y nos siguieron al poco tiempo. Él los salvó a ambos. A Elrohir, de irse hacia una cascada, donde hubiera muerto. Y a Elladan, de una flecha orca que no vio a tiempo. Desde ahí le debieron su vida. Y yo tuve que devolverme a Esgaroth. A Aragorn lo conocieron como Trancos, a mí como Orleth, el nombre de mi madre y maestra. De mis cabellos rojos poco se supo en esas tierras. Y luego… tu lo encontraste.

-Así es- dijo Legolas, suspirando. -Tal y como mi padre y tu lo describieron ante nosotros. Yo llegué a solas al oeste y sufrí una emboscada de orcos. Él y Halbarad me salvaron. Me puse a su servicio. Le dije que te conocía. Y siempre ha demostrado jamás pensar en sí mismo. Siempre… son los otros. Yo mismo tuve que darle mis zapatos alguna vez, a pesar de que su pie es más grande. Se los había dado a uno de sus dunedains, que se quedó sin ellos y andaba notablemente enfermo. Y le enseñaste a sanar bien, también. Siempre se preocupa por todos. Y ahora que volviste por fin a occidente y han viajado ambos por órdenes de Gandalf incluso hasta el desierto, sjupongo que le habrás mostrado más de nuestros mundos, de lo que tiene que proteger. Y sé que él lo ha entendido.

Fineriel asintió, sonriendo. Estaba orgullosa de él. Sí, ella creía, tenía las certezas y señales, la visión, todo. Siempre estuvo en su corazón y él no le había fallado. Como todos, tenía defectos. Era excesivamente austero, modesto, silencioso, sin ligerezas. Era más audaz en su juventud, pero eso pasó pronto. Pero así lo había criado. Como un rey.

Oyeron ruidos. Él entró, con tristeza, a la habitación.

-Hola- dijo Legolas, dándole su propia cama. Él se negó. Fineriel le dio la suya y saltó al lado de Legolas.

-Está bien, tengo la mía…

-Quédate con nosotros- le dijo Fineriel, amablemente. - ¿Qué te dijo?

-Fue una despedida. Siento que tengo roto el corazón. Pero te llama. A ti. Dice que te tiene un regalo.

La pelirroja hizo un gesto de extrañeza. Bajó y le sonrió. En idas y venidas, ella siempre le informaba cómo estaba su hijo y le traía regalos de Rivendel, que eran repartidos para todos.

-Orleth. Fineriel- dijo Gilraen. -Siéntate a mi lado. Qué joven te ves- bromeó. Ella le sonrió, para reírse.

-Siempre amé tu sentido del humor- le dijo, para acomodarse a su lado.

-Algo muy raro en nuestro pueblo. ¿Cómo podríamos? - dijo. - Partiré, lo sabes. Lo has visto. Mi madre también lo vio, no llegaría más que a estos años. Mi vida sería corta. Y me dijo que te dijera esto. ¿Recuerdas que te anunció un regalo? Bueno, me dijo lo siguiente: "Dile a Fineriel Eirinionel que volverá a ver a su marido y a su hijo. Los volverá a estrechar en sus brazos. Los Valar me han concedido esta última visión, que es para ella. Volverá a ellos y eso será pronto".

La elfa se desconcertó, pero no dudó de Gilraen, que lo decía muy seria. Miró hacia abajo.

-¿No dijo cómo?

-No. Esa fue su única visión. Lo siento- afirmó, honesta. Tomó su mano, al ver a la elfa sin poder mirar hacia arriba, con una mano en el pecho y un gesto de dolor.

-Siempre me pregunté… por qué los elfos contenían sus emociones. Seguramente por su espíritu, más poderoso que su cuerpo, o porque envejecían ambos al mismo tiempo. Pero tantas veces te vi reír, llorar...bromear… bueno, con Arathorn era imposible, la única que lograba eso era yo. Es como si esa distancia que Eru nos impuso jamás hubiera estado presente contigo. Eso lo vio mi madre, que te apreció por ser su consuelo cuando mi hermano murió. Fuiste su más grande amiga, a pesar de los milenios y reinos de distancia. Conocía los pesares de tu corazón. Y sobre todo, conocía la roca que fuiste para mí y mi hijo en todos estos años. Jamás dejaré de agradecerte por interceder por él ante el señor Elrond.

-Yo…- dijo, apenada.

-Es porque lo has llegado a amar, si no es que lo amas ya. Perdiste a tus hijos y desde ahí, has encontrado a otros. Incluso a Arwen Undómiel misma. Quiero que recuerdes eso: volverás a los que amas, mi madre ha hablado. Pero has ganado a muchos hijos, madres y amigos en este camino que aún no termina. Y quiero que acompañes a mi hijo hasta el final, sea cual sea su destino. Creo en la promesa de mi madre. Creo en tí y creo en mi hijo. Júramelo. Por favor.

Ella le sonrió, para abrazarla. Ambas se quedaron ahí largo tiempo.

-Esto no ha terminado, Gilraen. Tu hijo tendrá su corona sobre su cabeza. Y haré lo que sea que esté a mi alcance, con todas mis fuerzas y mi espíritu, para lograrlo. Te lo prometo.

Se despidieron, quince días después, cuando clareaban ya los días y dejaron apertrechado otra vez el pequeño reducto de Eriador. Volvieron y lo primero que vieron fue a centenares de orcos en fosas llenas de picas y otras de aguas movedizas. Y a varios, quemados.

-Esto es obra de Uë y Pïn. En Oriente acostumbran a crear líquido que hace encender las cosas bastante rápido. - dedujo Fineriel. Aragorn lo miraba todo muy interesado. Entraron a las murallas, también con picas.

-Halbarad- dijo Aragorn, mirando extrañado todo, mientras sus otros montaraces venían a saludarlo. Fineriel no encontró a Elladan ni Elrohir, hasta que los vio con otros montaraces. Estaban siendo… pateados.

-Un clásico- dijo Legolas, quien recibió una manzana, sonriendo.

-Entonces- explicaba Uë- luego toman la muñeca, la doblan y ya tienen el primer brazo partido. Esto en caso de un mortal. De un orco, solo es enredar- dijo, haciendo la mímica con Elladan - y clavar- dijo, haciendo ademán de clavar su espada.

-¿Puede servir cualquier cosa? ¿Qué tal si nos quedamos sin espada? - preguntó uno.

-Cualquier cosa es un arma potencial- explicó Elrohir. Traigamos esta mesa, por ejemplo- dijo, alzándola. -Sartenes- dijo, para risas de todos- Rodillo.

-Ese es mío- bromeó Pïn. Más risas, sobre todo de los hombres. -Ataca- le dijo a su marido. Este tomó la sartén, para generar más risas. Comenzó a hacerlo rápido, mientras Pïn atacaba y giraba sobre sí misma, para patearlo, pero él chocaba la sartén contra el rodillo desde el suelo.

-Todo el espacio es un arma - insistió Pïn, que rompió con un golpe de sartén la mesa, para exclamaciones de todos. Elrohir tomó una pica que quedó de las astillas, para ella esquivarla.

-¡Qué bueno te has vuelto, esposo! - observó ella, que esquivaba las astillas con el rodillo, para golpearlo, pero él la enredó, para chocarla contra el suelo. Tomó la sartén y chocaron otra vez, rompiendo las astillas.

-Sí, así son nuestras discusiones también- bromeó Elladan.

-Sabía que no aguantarías- se burló Legolas.

-¿Así son todas en oriente? - preguntó Halbarad, aterrado, al ver que Pïn daba un bote y enredaba con las piernas a su marido, que respondía igual y se deshacía. Seguía golpeándola con la sartén y luego la hizo tropezar, pero ella le pegó en una pierna. Él gritó, pero la jaló de la túnica, para echarla al suelo. Sin embargo, ella le quitó la sartén y él la enredó con sus manos.

-Sí- dijo Uë con normalidad. - El combate es importante. Aunque claro, hay buenas nissi y mortales que son excelentes artesanas. Pero todas deben aprender a luchar. Y desde que entablamos relaciones con el sur y suroccidente… las mujeres son más combativas.

Aragorn hizo un gesto de dolor, bastante cómico, al ver cómo Pïn le pegaba con el rodillo a su marido en la cabeza, pero este le respondió igual. Los dos tiraron los utensilios mutuamente, para preguntarse si estaban bien, todo el tiempo. Más risas.

-La clase no terminó- dijo Uë, adelantándose. - Ahora todos. Armaremos parejas- dijo, llevándose a Elladan de la mano, que alzó las manos con resignación.

-Hablando de mujeres combativas… ¿supiste algo más, alguna vez, de Tauriel? - dijo Legolas a Fineriel, mientras se dedicaban a inspeccionar la muralla, con Aragorn.

-No. En Occidente no, al menos. Quizás tomó el camino de las ciudades hermanas. Pero de ser así, Uë y Pïn nos habrían dicho algo.

-Quizás haya muerto- afirmó Legolas, preocupado.

-Quizás no. ¿La extrañas?

-No. Me duele, aún. O quizás sí. No lo sé.

Ella solo lo abrazó. Tres meses después, combatían de nuevo. Aragorn se fijó en la despiadada forma de combatir de las princesas del Este, ya en batalla, contra un nido de orcos al sur. Las dos eran como Elladan y Elrohir, pero más rápidas y ágiles que los dos, que no se quedaban atrás y las trataban de igualar. Los cuatro, letales, junto con Fineriel, a quien le había enseñado su madre y esta a él y Legolas, que también se asemejaba mucho a ellas en su forma de pelear. Pero, en sí mismo, reconoció muchos de sus ataques en los de ambas, que solo giraban matando todo a su paso. Eran los que le había enseñado Fineriel, que era igual de letal, descabezando desde arriba con Aiglos y la espada verde, pero ellas lo hacían con mucha más sevicia y desenfrenado control, así como sus esposos. Ambas partieron en dos a un orco de un solo espadazo. Pensaba en que jamás iría allí. No, era muy lejos. Hubiera querido ser alumno de la reina que se le apareció en una visión, la madre de ambas. Y al dejar saneado y apertrechado el norte, al menos protegido su pueblo, bajaron a Rohan, donde todos se hicieron pasar por elfos silvanos, aunque con las princesas del este esto casi fue imposible. Comparecieron ante Ecthelion, quien vio la lanza de Fineriel, llena de sangre orca por todas las matanzas que hicieron contra los orcos, que no alcanzaron a Edoras. Así que los Rohirrim, ya queriendo ver quiénes eran sus benefactores, los llevaron al palacio del Señor de Caballos, Thengel. Su bella esposa, Morwen de Lossarnach, mucho más joven, estaba sentada a su lado. Observó el arma alta.

-Esa lanza…es élfica- afirmó ella.

Fineriel se quitó el alcrón con una mano. Las princesas se descubrieron.

-Es usted la reina viuda de Gil-Galad. Y ustedes son las princesas del Este, que dicen que son letales como el viento para combatir. Y ustedes son los hijos de Lord Elrond, por lo que quienes nos han ayudado contra los orcos intermitentemente… no es Thorongil y su compañía de hombres y elfos. - dedujo Thengel.

-De hecho, el único hombre es él- afirmó Legolas. -Yo soy Legolas Hojaverde, vengo del Bosque Negro, Thranduil es mi padre.

-Nosotros somos Elladan y Elrohir, hijos de Elrond, medio Elfo. Y ellas son nuestras esposas, Pïn y Uë, del reino de Utumno- dijo Elladan, presentando a los tres.

-Y yo soy Fineriel, adivina bien. Él es Aragorn, hijo de á acá para servirle, como dijo Elrond. Pero le aconsejo guarde su identidad. Será mejor para evitar que más criaturas malignas vengan a su tierra.

Aragorn solo se arrodilló. Thengel los recibió a todos sin mayor ruido y lidiaron con los huargos y los trasgos, cerca de Isengard, al lado de los Rohirrim. Aiglos solo refulgía otra vez atravesando a las múltiples alimañas, junto con el arco de Legolas, las espadas de Elladan y Elrohir, de Utumno, y las de sus esposas. Aragorn y Fineriel, en una noche de cerveza y cantos, solo vieron a Uë mirar al Este.

-Es Isengard- observó este, posándose a su lado. -Deberías ir a ver a Saruman. Tiene mucho que aprender de ustedes.

-No me da confianza- le dijo la princesa.- No me dio respuestas cuando vine aquí hace más de mil años. No creo que tenga ya nada qué decirme.

-¿Crees que Saruman es alguien cuya palabra ha de dudarse? Es el maestro de los Istari de la Tierra Media- argumentó Aragorn.

-Mi hermano fue gobernador de Adkhül y príncipe real. Mira cómo terminó-le respondió adusta.

-Está bien. Supongo que confías más en el consejo de Gandalf, que está al sur.

Ella asintió. Fineriel le susurró algo y él le dio una palmada en la espalda. Se fue al palacio.

-¿Por qué Saruman te genera tanta desconfianza?

-Esto es algo… que solo le he comentado a mi hermana y a Elladan. Es obvio que Elrohir lo sabe- dijo Uë, mirando al bosque y a la torre de Orthanc.

-Dime.

-Creo que él fue el delator que le dijo a Sauron que ustedes estaban en nuestro reino. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Quiso sacarme mucha información, pero fui fuerte. ¿Quién otro podría saber de nuestro reino?

-Yo también he… tenido mis dudas ante él. Como el hecho de que no quisiera destruir Dol Gudur, solamente hasta que vio a Gandalf luchar. Como el hecho de que siempre me tratara con displiscencia, creyendo que yo causo más problemas de los que arreglo (menos mal siempre he tenido a Elrond y a Galadriel de mi lado, así como a Gandalf) . Y ahora- dijo, desconcertada y burlona, sabiendo que se autoproclamaba señor de Isengard de una manera soberbia y petulante. - Su título. Pero…¿estás segura?

-Nadie podría ser tan poderoso, no al nivel de mi madre, para comunicarse con él. Y si van a verle, no queremos estar en su presencia- afirmó Uë. Ella asintió, respetando su decisión.

-No será así.

Thengel era un rey que había vivido casi toda su vida en Gondor, siendo su mujer, aún con tres hijos y dos hijas, aún joven y resplandeciente. Ahora veía a Aiglos ,a la que no podía alzar, frente a Aragorn y Fineriel, con el cabello oscuro.

-Lo que sí se dirá- afirmó, mientras su esposa tomaba la lanza, pero también le costaba- Es que Thorongil ha subido la moral de nuestros hombres. Nos ha acercado a lo que somos. Mis hijos son niños apenas, pero nunca los olvidarán. Menos a Thorongil, su espada y a Aiglos. Y a los elfos que les acompañaron.

Fineriel le sonrió. Thorongil fue a combatir por su pueblo, al igual que Morwen, que no quiso quedarse atrás y sola también empuñó la espada. Así se ganó el respeto de ellos, y las princesas de Utumno también les enseñaron a algunos a pelear y a cultivar. También a curar.

-Vamos, deja de llorar- le dijo Pïn al pequeño príncipe rubio que Morwen tenía sobre sus piernas. - Mira mi índice.

El niño lo hizo. Ella presionó su cuello y él se quedó dormido. Cuando despertó, ya tenía su herida curada. Pïn solo prendía fuego con sus castañas.

-¿Eres una hechicera?

Morwen se rió.

-Es la princesa Pïn de Utumno. En el este. Dale las gracias.

-Gracias.

-¿Cómo te llamas?

-Theoden de Rohan. Me caí del caballo.

-Tu pueblo habla con los caballos. Quizás el tuyo, como tu, está aprendiendo. Tenle paciencia- le dijo. El niño jamás olvidaría esos ojos oscuros y rasgados y esa piel blanquísima.

Ahora Uë era la que observaba, así como su hermana, Fineriel, Legolas, Elladan y Elrohir a estos grandes jinetes, que habían enfrentado a los aurigas y orcos durante tantos siglos, luego de luchas entre ellos por sus tierras. Se quedaron sorprendidas, sobre todo las dos primeras, con las historias de Helm ("habríamos hecho lo mismo", dijeron) y los invasores montañeses. También, aprendieron de la historia de los linajes y de cómo Rohan se recuperaba de todas las invasiones de aurigas que habían tenido a lo largo de los siglos.

-Entonces- dijo Uë, en la mesa de Thengel- Tenemos el mismo problema.

-¿Cuál es el plan de su hermano, el rey?

-Por lo pronto, resistir. Pero llegará un día en que no aguantemos más provocaciones y para eso nos preparamos. Los invadiremos, cuando tengan la guardia baja.

-Eso será si se movilizan a otro lado. Y creemos que ya tendrán razones para hacerlo.- dijo Pïn.

Fineriel miraba a solas los grandes montículos. Se encontró con Aragorn.

-No me dijiste que te ibas a una invasión. ¿A qué vas, exactamente?

Ella suspiró. Entonces era verdad.

-¿Hablas en serio?

Ella alzó los hombros.

-La idea es unir al sur y al suroriente desde Utumno. Será bastante difícil. Xï planea atacarlos cuando ellos…

-¿Cuando ellos, qué?

-Cuando vayan a órdenes de Sauron. Solo ahí acabaremos con ellos y el resto de ciudades hermanas se unirían. Solo es el proyecto que tienen a largo plazo. No sabemos si salga bien. - le dijo, con temor. Aragorn lo vio.

-Suena una locura. ¿Sabes todo lo que implicaría? - le preguntó, pensativo. Ella asintió.

-No tenemos otra opción. A eso voy. Por eso te dejaré. No ahora, pero debo hacerlo- dijo, mirándolo a los ojos.

-Y por eso ellas se van. ¿ Por qué tu?

-Yo iré por tí, por todos nosotros. Soy su garantía- dijo, dándole a Aiglos. La tomó ligeramente. -Y ellas son la mía.

-Supongo que todos lo sabían, menos yo- dijo él, con cierto disgusto. Ella asintió.

-Debes quedarte. No irás jamás allí. Iré yo. Eres Occidente y si el mundo… algún día se libra del mal, ellos vendrán a tí. Ya te lo dije. -le respondió ella, trémula.

-Lo que me disgusta es que no se me haya dicho o no me hayas dicho cuán compleja es tu tarea. Podría tomarte años. Te tomará años.

-Entonces nos veremos. Pero sabrás de mí, eso te lo aseguro.

Se abrazaron. Aragorn, como Thorongil, ayudó a Echtelion II, el senescal actual. Se encontraron con Gandalf, que preguntó por el resto de los elfos.

-En Umbar. Tienen un plan. Echtelion ya está enterado de esto.

Así, Aragorn, con un pequeño escuadrón de Gondor, se fue a combatir contra los corsarios de Umbar. Cuál sería su sorpresa al ver que del sur llegaban estos barcos, como los de los Haradrim, pero azules y más rápidos. Y ahí estaban sus amigos. Al lado de una mujer alta, esbelta, angulosa, de piel bastante oscura, que era la que daba órdenes. Fineriel estaba al mando de otro navío, donde dispararon flechas con una extraña sustancia que los hacía explotar de inmediato, así como catapultas que los hacían explotar. Aragorn vio entonces que los tres navíos rodearon al principal y la mujer oscura, en idioma oriental, ordenaba abordar. Fineriel hacía lo mismo. Aragorn luchó contra el capitán y se cruzó con Elladan, que mató a otro que lo iba a atacar por detrás.

-¿El plan era conseguir más corsarios? - le preguntó Aragorn, maravillado, pues eran todos de pieles más oscuras, en su mayoría , que los habitantes de Umbar. Y la mujer que los comandaba , alta, angulosa, daba órdenes y se cubría las espaldas con Fineriel.

-Sí. Algo así- dijo. Otra explosión. Aragorn vio que el rostro de Elladan se tornó en uno de terror. Ambos vieron a Uë, que luchaba al lado de una mujer de piel oscura y ojos verdes, caer al agua, junto a ella, bajo otro enorme corsario al que trataban empecinadamente de derrotar. El elfo gritó, pero fue golpeado por otro enorme corsario y de pronto se vio tirado hacia atrás.

-¡Quítate!- dijo, degollándolo. -¡Uë!

Pero este no se rendía y lo tiró contra la pared. Este seguía gritando. Fineriel y la mujer se dieron cuenta. Esta ordenó a dos que se tiraran al agua, para rescatarlas. Pïn y Elrohir no se habían dado cuenta, así como Legolas, que también fue rodeado. Fineriel corrió hasta la borda, pero ya veía a Aragorn tirarse al mar. Este las vio enredadas en las vigas, casi ahogándose, y cortó, con su espada, las cuerdas que las amarraban. Subió con ambas, rápidamente. Fineriel le tiró una cuerda y los otros corsarios de piel oscura ayudaron a subir a la mujer morena. Aragorn lo hizo con Uë y presionó su pecho. Abrió su boca, sacando un pedazo de cuero. Ella solo tosió, junto con la otra mujer. Elladan se abrió paso, entre todos.

-Mi amor- dijo. - Mi amor.

Ella solo lo abrazó y miró aterrada a Aragorn.

-Te debo mi vida y mi lealtad. Te serviré hasta el fin de tus días- le dijo, arrodillándose. Elladan solo lo abrazó. La otra mujer también lo miraba aterrada, siendo acogida por la capitana, alta. Se levantó, aún aturdida, y la llevaron a los aposentos del navío.

-Digo lo mismo. Así que tú eres Aragorn, hijo de Arathorn. Por tí vinimos a combatir. Veo que no eres una decepción, lo que nos dijeron era cierto- le dijo, suspicaz. Fineriel estaba muy aliviada, al lado de Legolas- Gracias.

-Yo…

-No nos han presentado. Marehad, capitana de los corsarios de Haradhad del sur y Haradhed y los reinos septentrionales. Somos los corsarios de los reyes Fababad X y Farahed XII. Y una nación propia, cuyas tierras están más allá del mar del sur.

Aragorn miró a Fineriel. Ese había sido también su plan. Por eso no lo acompañó a Minas Tirith. Eran sus antiguos aliados.

-Gracias a ustedes. Su gran flota nos ayudó, a los gondorianos. Esto no será olvidado.

-Es lo que esperamos y Fineriel de Lindon nos ha asegurado. - dijo, señalando a la elfa pelirroja, que estaba inmóvil. - Pero temo que no podrán volver a donde Ecthelion, no por ahora. Tu no. Pronto volverán más de nuestros antiguos hermanos a atacarnos y debemos reapertrecharnos. Enviaremos a tus hombres por el desierto, nos esperan en los puertos del suroccidente. Los escoltas de Farabad los esperan allí y ellos les dirán lo que han visto. No se preocupen, con nosotros estarán seguros y le dirán a Mithrandir lo que ha pasado. Pero realmente, también hemos venido por tí.

-Así que básicamente, esto es una ayuda. Y un secuestro.

-No, Aragorn. Quiero que conozcas a los reyes del sur. Y estos barcos son veloces. Volverás por su misma ruta y partiremos a Oriente. Tu volverás a Occidente. - dijo Fineriel.

-¿Esto es lo que habías planeado? ¿No que tu eras la garantía?

-No para ellos, que llevan años luchando contra tu raza. Tu debes decirles lo que son y has visto. Cuando te vean entenderán qué es lo que deben hacer.

-Así es, Aragorn. Nosotros también somos Occidente. A pesar de lo que te hayan dicho en tu pueblo por años. - afirmó Marehad.

-Así que Gandalf también lo sabía- le dijo Aragorn a Fineriel. Ambos observaban a Marehad dar el curso, junto con su hija, Haraid. Curiosamente, casi todos los capitanes de los barcos, unos cien, eran mujeres. Ella asintió.

-Sé que debes tener muchas preguntas. Pero es ella quien debe hablar- dijo, para ambos acercarse a ella, cuyos párpados sombreados de negro, fascinaron al dúnadain.

-Supongo que vienes a hacerme la misma pregunta que todos tus amigos. Si tengo sangre élfica- dijo. Aragorn se quedó inmóvil. Ella sonrió.

-Desciendo de Sandor, elfo silvano del Bosque Verde, de donde viene tu amigo, y Miresh, hermana del rey Farabad. Hace más de mil años que retornaron a Valinor. Doscientos años después, la descendienta de su primera hija, Haraish, se casó con un rey de piel oscura, como la mía, más abajo de Haradhad. De ahí viene nuestro pueblo, o nosotros. Nos mezclamos y nos hicimos fuertes en el combate en el mar. Somos la fuerza marítima del rey del sur. Y desde hace cien años, las mujeres son las que comandan los botes, porque Sandor determinó que su primera hija comandaría un linaje de guerreras, inspirado en su antigua capitana- dijo, mirando a Fineriel. Yo manejo desde hace sesenta años esta flota. Y básicamente, hemos contenido a nuestros buenos amigos de Umbar para que no nos invadan. Nunca han pasado al sur. El desierto y el mar son nuestros.

-Lo que pude observar es que tienen navíos más veloces. Mejor apertrechados que en el norte.

-La práctica, que generalmente en nuestros pueblos, se da con sangre. Mi madre murió hace algunos años en batalla cerca de las costas de Gondor. Cada fallo, cada arma, nos da otra idea para crear otra más letal. Y mientras más rápidos y ágiles seamos, y más numerosos, podremos hacer el abordaje más rápido.

-Y … ¿ningún hombre comanda?

-Sí, mi sobrino Mird está en el tercer navío. Le cedió su puesto por un rato a tu maestra, junto con sus amigos elfos, para que nos reconocieras.- dijo, señalando a la embarcación que iba atrás de la otra. Y Ord, va en la última, como retaguardia. Aragorn miró todo bastante interesado. Suspiró y miró a Fineriel, que se miró con la capitana, que se rió.

-Sí, eso también me lo preguntaron tus amigos elfos. ¿Dónde está mi esposo?

-Yo…

-Murió. Era dúnadain, como tu. Numénoreano negro, rebelado. Hace ya diez años. Tres hijas. A quien salvaste, Haraid, pero también está Hinduid y Miresh. Sus navíos están atrás.

-Solo quería preguntarle cómo podría ponerme a su servicio.- dijo Aragorn. Ella sonrió otra vez.

-Oh. Eso. Tus amigos están dándonos ahora la vista- dijo, señalando a Legolas en un segundo navío, que sonrió, al lado de Haraid. Los saludó. Aragorn volteó al otro lado.Uë y Elladan iban en el otro navío, con Mird, de piel oscura. Pïn y Elrohir iban en otro navío. Uë solo estaba curando a los corsarios de piel oscura. Quizás tu puedas ir con Fineriel y atender a mis heridos. Son muy buenos en eso. Luego, ya te llamaré y seguiremos conversando. Oh, sí, tenías razón- le dijo a Fineriel. - Un ojo élfico es más avezado para estas cosas. La roca de Hudwaith.

¿Ves? Ahora me iré con Aragorn- dijo Fineriel. Ella asintió.

-Gracias, Fineriel- le dijo sonriente, para seguir trazando el curso y dar órdenes en idioma oriental.

Aragorn miraba el mar, bordeando el desierto, en la noche. Oían violines que los llevaban a ensueños y recuerdos. Fineriel estaba igual.

-¿Cómo lo hiciste?

Ella sonrió y se posó a su lado.

-Son un pueblo maravilloso. ¿Son los mismos que vieron al cruzar el desierto hace más de mil años?

-No, son distintos. Son una prueba de cómo han evolucionado. Y de que hay más, mucho más, abajo del continente. Y muchos más hombres con pieles de todos los colores que no se unirán a Sauron. Te lo he dicho. Siempre.

-Dime qué hiciste para traerlos- dijo, escéptico. Ella sonrió.

-Bueno, verás… desde la boda, Pïn y Uë ya traían sus mensajes. Era claro que Xï había ampliado relaciones con todos los pueblos del mar del sur. En eso tardaron siglos y gracias a ellas también lo consiguieron. Apenas vi los mensajes, devolví a uno de sus servidores y a otro por rutas distintas. Son hábiles, sabes que han aprendido a camuflarse y a defenderse. Los dos volvieron con Pïn y Uë, que los encontraron lejos del destacamento dúnedain y dejamos clara nuestra posición. Yü y Xü, así se llaman, tuvieron que hacer el recorrido de nuevo. Para ese entonces, Maerehad y sus corsarios estaban en este punto exacto y Yü y Xü cruzaron el desierto. Así que cuando entraste a Gondor, tuviste que hacerlo solo, porque nosotros de hecho, tuvimos que volver con ellos para camuflarnos, cruzar el desierto y encontrarnos. Fue difícil ocultar a Aiglos, claro- bromeó. - Pero apenas nos encontramos, la reconocieron y también a Uë y a Pïn, así como a los mensajeros. Y de ahí subimos en tu ayuda.

-Qué listos- observó Aragorn. -¿Y dónde están los mensajeros?

-En Haradhad, dándose un justo descanso. Lo merecían.- le dijo Fineriel, levantando las cejas. Él suspiró, para sonreír, asintiendo.

Vieron el mar. El hermoso contraste entre la costa y el desierto, así como el mar turquesa. La luna clara. Los cantos. Había una celebración. Aragorn meditaba, en silencio. Ella solo veía la línea de la costa.

-Quizás tu propósito, Fineriel, no fue deshacer los juramentos de tu sangre ni hacer pervivir la memoria de Gil-Galad.

-¿ A qué te refieres?

-Que tu debes unir dos mundos. Varios de ellos. Lo has hecho, lo hiciste. Tu creaste con la reina de Utumno la ruta hacia el Este, las ciudades hermanas. Que esa es tu tarea. Gil- Galad, Ïa lo sabían. Cuando soñaste con él en estos mares, él te lo dijo. Eres el puente. Jamás podrías haber sido reina de Lindon o reina del Bosque Negro. No se detiene al agua porque se estanca y hiede, no se detiene al fuego porque se apaga. Eso te llevó a la oscuridad.

Ella le sonrió levemente. Le dio a entender que no lo había visto de esa manera, pero suspiró.

-Cuando… Thranduil y yo volvimos luego de mi primer viaje al Este, me dijo algo similar a lo que Gil-Galad y tu me han expresado. Él era raíces. Yo era fuego y viento. Yo era un puente, tal y como Gil-Galad lo expresó. Quizás… lo soy. Porque viendo lo que tu habrás de ver mi corazón no solo ha podido estar en la Tierra Media. Tampoco mi alma. Solo están en todos los lugares que vi y me faltan por ver.

-¿Imaginarías , si alguna vez derrotamos al mal, volver con tu familia?

Ella le sonrió brevemente. Jamás le habían preguntado eso.

Primero debo ver esto de nuevo. Me quedaría un largo tiempo en Yatac y luego en las ciudades hermanas. O iría más al Sur. Pero solo es un sueño. Y Pïn y Uë tenían razón, mientras el mal exista, Este y Oeste no estarán unidos. Pero sea lo que pase y sea lo que haga… dejo otro puente.

-¿Cuál?

-Tu. - respondió mirándolo a los ojos. -Ya después de lo que descubrirás entenderás mejor por qué era tan importante que vinieras. Te preparé todos estos años para ello. Y jamás volverás la espalda, no de nuevo, a otros pueblos y otras pieles. Te acercarás a ellos también.

-Te lo prometo.- le respondió, trémulo.

Los dos entraron a los aposentos de Marehad, que celebraba un banquete, mientras que su hija, a quien Aragorn había salvado, entonaba un canto al sonar de unos tambores, junto con otras cuatro mujeres. Fineriel sonreía, pero este solo pensaba. No, no lo había hecho solo para continuar el linaje. Sino porque a través de él se extendía, como el desierto, algo más allá que la corona de Gondor y Arnor.