Ya sé que he tardado, aunque creo que he estado publicando este fic cada dos semanas así que estoy dentro de mi plazo. En fin, he tenido unas semanas con turnos complicados.
A todos los que se toman un tiempito para comentar y hacerme feliz con sus review: los adoro ;) y este cap va dedicado a ustedes:
Parejachyca, Thop001, DaniValero, johannna, Alrak990, Susee, Jenniferaca, emmaaa
¡Bienvenidos los nuevos lectores! espero sigan disfrutando de este fic
Ya saben que si me llamara JK Rowling la historia de Harry Potter hubiera sido otra y como no es así, eso significa que no soy JK y que HP no me pertenece.
A leer!
Capítulo 5: Recuerdos
Theo no pensó dos veces antes de envolver a su antiguo amigo en un cálido abrazo. Para sorpresa del matrimonio Malfoy, Draco le devolvió el abrazo al mago castaño con brío. Narcissa ahogó un gritito de sorpresa, mientras que Lucius la abrazó con fuerza, intentando sujetarse de ella ― pensando que en cualquier momento la realidad lo golpearía de forma cruel―, su hijo no había rehuido el contacto de Nott.
Theodore rompió el abrazo y se quedó mirando al mago rubio, observando lo delgado que se encontraba y el contraste de sus ojeras oscuras con su piel pálida. Sin embargo, los ojos de Draco relucían y Theo sintió cierto alivio de ver que brillaban con intensidad, sin imaginar que el resto del tiempo, los ojos grises de su amigo se opacaban hasta perder su vitalidad. El menor de los Malfoy también inspeccionó al castaño, notando que los ojos azules de Theodore ya no tenían esa tonalidad similar al agua de mar en un día soleado, más bien eran más claros, menos brillantes. Eran de un celeste que, junto con las ojeras debajo de los ojos del mago castaño, hicieron que Draco supiera que su amigo también estaba atormentado y luchaba contra sus propios fantasmas. Theo también había visto el infierno.
― Blaise se pondrá feliz cuando le diga que te he visto ― comentó Nott, sonriendo de verdad ―. Te ha echado de menos, ambos te hemos extrañado.
La confesión del mago de ojos azules fue recibida con una pequeña sonrisa en labios del rubio. Él también había extrañado a sus amigos, a todos ellos ―lo cual incluía a Vincent y Gregory―. Los padres de Draco no supieron qué debían hacer, por lo que permanecieron en silencio, observando el intercambio.
― Deberíamos reunirnos en un lugar más agradable ― continuó el castaño, observando aquella oficina con su ceño fruncido―. ¿No crees?
Oh, una pregunta directa, Narcissa se tensó en brazos de su marido, creyendo que ahora vendría el imperante silencio de su hijo.
― Tienes razón ― susurró el rubio, haciendo que sus padres dejaran de respirar. Cualquier movimiento que hicieran podría interrumpir ese diálogo tan inusual ―. En otra ocasión, entonces.
Las palabras del rubio dieron final a la conversación, el castaño lo miró con cierta sorpresa, pero no dijo nada. Theo se limitó a asentir, antes de mirar a Luna ―quien le hizo un gesto para que la siguiera, ella sonreía apaciblemente― volvió a mirar al rubio y le sonrió.
― En otra ocasión, Draco ― susurró y Narcissa Malfoy tomó el asunto entre sus manos.
― Apreciaría mucho que vinieran a cenar a la Mansión Malfoy el próximo Sábado ― dijo, haciendo que su esposo diera un pequeño respingo por la sorpresa ―. Los estaremos esperando al joven Zabini y a ti, joven Nott.
― Estaremos encantados de ir ― dijo el mago, asintiendo hacia la matriarca Malfoy.
Draco se acercó a sus padres, con una última mirada dirigida hacia el muchacho de cabello castaño y desordenado, antes de que su padre los desapareciera en dirección a la Mansión Malfoy.
Theo observó el lugar en el que habían estado los miembros de la familia Malfoy, suspirando, estaba seguro que no era el único que sufría de pesadillas. Lo que no sabía era que tan graves eran las pesadillas que atormentaban a Draco Malfoy.
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Draco se deshizo del agarre de su padre apenas llegaron a la Mansión, el patriarca no se molestó por la actitud hosca de su hijo. Ya iban dos años conviviendo con esa actitud. Narcissa apretó la mano de su marido, apoyándolo, antes de comenzar a hablar con su hijo.
― Theodore se veía saludable, ¿Cierto, Draco?― La pregunta flotó en el aire mientras el menor de los Malfoy se alejaba por un corredor, sin contestar ―. Tenía que intentarlo.
La rubia suspiró, antes de seguir su propio camino. Lucius Malfoy observó a sus seres queridos alejarse, el pecho le dolía, se sentía impotente. No sabía qué hacer para ayudar a su único hijo. Aquel hijo amoroso que se había visto envuelto en una guerra por culpa de él, aquel muchacho que fue obligado a asesinar a una edad en la que aún no se le consideraba adulto. El hijo que pagó por crímenes que nunca debieron ser suyos.
Lucius había perdido todo para volver a recuperarlo; aunque observando al vástago, del que tan orgulloso había estado, distanciarse de él y su esposa, se sentía más devastado que cuando lo sentenciaron al exilio. Draco era su primogénito, su único hijo, su protegido y él sentía que le había fallado en todas las formas posibles. Más aún después del ataque a Narcissa, su amada y bella esposa, Draco era un peligro y él temía el momento en que tuviera que volver a alzar su varita en contra de él.
Aunque, no todo podía ser oscuridad y el pequeño intercambio de Draco con Theodore Nott lo hacía sentir esperanza. No todo estaba perdido, tal vez esos muchachos pudieran traer al antiguo Draco de vuelta. Tal vez, podría recuperar a ese pequeño niño amoroso que él había sido. Tal vez no todo estaba perdido.
Lucius suspiró, tapándose el rostro con una de sus grandes manos. Manos que estaban manchada con sangre y vergüenza. No era capaz de traer a su hijo de vuelta, teniendo que depender de otros para esa tarea. Era un fracaso como padre, ahora lo veía y estaba seguro que toda esa situación era un castigo más allá de su entendimiento.
Se pasó la mano por su cabello, exasperado con su ineptitud al tratar con Draco. Decidido a cambiar la situación en la que vivía a toda costa. Tenía una misión que cumplir, la más importante de su vida: volver a unir a su familia, alejar los demonios de su hijo y traer de vuelta a Draco.
Decidido, emprendió rumbo a la biblioteca de la Mansión. No podía dejar todo en manos de una sangre sucia al fin y al cabo, por muy buena bruja que esta fuera, él debía hacer algo por su familia.
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Draco se encerró en su habitación apenas habían vuelto a la Mansión. Ver a Theo había sido algo que lo hizo sentir cierta calidez en su pecho, algo que hace años no sentía. Pensó en Blaise Zabini y, sin proponérselo, su última conversación con el mago moreno llegó a su mente.
El arresto domiciliario al que estaba sometido su familia no impedía que los visitaran. La última visita que recibió el heredero Malfoy, antes del día de su juicio, fue su leal amigo Blaise Zabini. No era tan cercano a Draco como Vincent o Gregory, pero eso no significaba que no fueran amigos.
― ¿Cómo te encuentras?― Fue el saludo del mago de ojos negros.
― Mejor de lo que esperarías― contestó el rubio, sonriendo levemente.
Se encontraban en el patio de la Mansión, una enorme extensión de tierra que la madre de Draco mantenía en perfecto estado. Un jardín que sería la envidia de cualquier paisajista ― si tan sólo alguno pudiera ver la maravilla de jardín―. Era el lugar favorito del mago de ojos grises, le traía paz y libertad, algo que en el último año había aprendido a valorar.
― Draco― comenzó Zabini ―. Si todo sale bien mañana…
― Cuando…todo salga bien mañana ― corrigió el rubio.
― Después del juicio ―dijo, finalmente, el moreno. Ganándose una mueca de fastidio por parte de su interlocutor ―. Cuando todo haya salido bien…
Draco sonrió de lado, demostrándole al moreno que estaba seguro de que todo saldría bien, aunque en verdad tuviera miedo por el juicio. Miedo que no quería mostrar ni a Zabini.
― Quiero que vengas a Italia con Theo y conmigo ― finalizó Blaise, viendo cómo se fruncía el ceño del otro hombre.
― Theo será libre la próxima semana, ¿cierto?― Draco se mantenía informado sobre el mundo mágico a pesar de su arresto domiciliario. Sin embargo, la información sobre el heredero Nott era prácticamente nula.
― Sí― confirmó el moreno, frunciendo su ceño también ―. Seré sincero, creo que lo mejor es irnos de este país, dejar que las aguas se calmen unos años, rehacer nuestras vidas lejos del asunto de los Mortífagos y los asesinatos.
La mueca de Zabini era de desagrado. Uno de sus amigos, indirectamente, era un asesino y el otro lucía un "encantador" tatuaje que lo identificaba como parte del grupo de apoyo de un maniático asesino. Blaise quería alejarlos de la pesadilla que sería Londres Mágico una vez fueran libres. Sus amigos merecían más que eso.
― Cuando el juicio termine, me iré contigo ― finalizó Malfoy, con más seriedad de la que cualquiera podría imaginar. La oferta de Blaise Zabini era todo lo que anhelaba.
― Si no llega a salir bien ― comenzó el moreno, haciéndole un gesto a Draco para que lo dejara terminar―. Debemos ponernos en todos los escenarios posibles, amigo. Y si no llega a salir bien lo de mañana, ten por seguro que regresaré a buscarte cuando seas libre y nos iremos lejos de aquí. Es una promesa.
Draco cerró sus ojos, intentando disolver el recuerdo de ese día. El juicio no había sido como él lo esperaba y terminó enclaustrado en la prisión mágica de Nurmengard por dos años. Una vez afuera, sabía que Blaise cumpliría su promesa, pero él no se sentía con fuerzas para ver a sus amigos, por lo que, prefirió buscar a sus padres. Una pequeña escaramuza que no deseaba recordar. Lo que sí no pudo evitar recordar fue su primer día en esa jodida prisión.
Su padre le había hablado alguna vez del mago oscuro Grindelwald y de la prisión que había construido fuera de Reino Unido para mantener cautivo a quienes no estuvieran de acuerdo con él. Irónico que terminara prisionero en el mismo lugar que había construido. La edificación, a pesar de ser extranjera y de ubicación desconocida, recibía a criminales de todo el mundo. Constaba de doscientos metros de altura, esculpida sobre la piedra de un abismo sin fin. Lucius le había comentado que contaba con ochenta y tres plantas, además de cinco divisiones y dieciséis subdivisiones. Nada de ello le decía algo a Draco, quien lo olvidó apenas lo escuchó de boca de su progenitor.
Sin embargo, una vez frente a ella el alma se le encogió y las palabras de Lucius volvieron a él como una letanía. Sobre todo, recordó que las celdas de la prisión cambiaban de lugar cada ciertos días, haciendo imposible la fuga. Entonces, un Auror lo había tomado del brazo y se había aparecido con él dentro del edificio gris.
Dentro, lo registraron si tapujo alguno y él apenas pudo contener su ansiedad y miedo a lo desconocido. Le arrebataron su ropa y lo tiraron a una habitación de piedra, en donde le tiraron un tarro lleno de agua fría, seguido de risas por parte de su carcelero.
― El primer baño es cortesía de nosotros ― dijo el hombre y Draco lo miró con las pupilas dilatadas. Se sentía humillado en lo más profundo de su espíritu.
El sujeto le lanzó una ropa gris, consistente en un pantalón largo ―con elástico en la cintura― y una camiseta manga larga y cuello en V. Se vistió rápido, sin importarle que la prenda le estuviera causando comezón y, sin importarle, que le irritara la piel. Draco observó sus pies descalzos y no se atrevió a preguntar por calzado, tenía el presentimiento que no le daría nada más.
El mago le preguntó por su varita y el rubio se tensó, recordando cómo se había dejado desarmar por Potter aquella vez que él había estado cautivo en la Mansión Malfoy. Recordó la varita que le había pasado su madre y que le había devuelto antes del juicio. No, él no tenía varita.
―La perdí hace mucho― contestó y su carcelero asintió con la cabeza.
A punta de varita, el hombre que le había dado "su primer baño" en prisión lo guió a su celda. El mago era corpulento, de pelo negro cortado al raso y mirada inflexible. Más tarde se enteraría que lo llamaban «El Oso», días después ese sujeto se convertiría en su peor pesadilla en esa prisión.
El Oso odiaba a los Mortífagos más que a cualquier otra cosa y el tatuaje en el brazo izquierdo de Malfoy lo hacía blanco de su cruel justicia. Porque aquel hombre corpulento apodado El Oso, creía hacer justicia al abusar de su autoridad y dañar a los Mortífagos que habían caído en Nurmengard.
El mago corpulento lo empujó al interior de una celda de piedra, un espacio pequeño que Draco calculaba no tendría más de dos metros por dos metros. Había una especie de mesa baja de metal en el extremo opuesto a la entrada de la celda. El Oso siguió la mirada de Malfoy a ese lugar y sonrió con malicia.
― Prisionero N03330, esa es tu nueva cama. ― La risa cruel del sujeto no se hizo esperar y Draco se negó a darle la satisfacción de voltear a verlo. ― Ese cubo en el suelo es para tus depósitos, para tu fortuna, se vacía con magia. La manta sobre la cama de metal es la única que tendrás durante tu estadía, sugiero que no la pierdas.
El hombre se carcajeó y Draco aguantó sus ganas de vomitar al observar el tarro de metal que se había convertido en su nuevo retrete y prefirió moverse hacia la "cama". El Oso lo observó y una rabia hirviente lo cegó.
― Crucio ― susurró el carcelero y Draco se retorció en el suelo de dolor, era tal que su respiración se cortó y no fue capaz de pegar un grito ―. Ese es un regalo de bienvenida, prisionero N03330. Deberías estar acostumbrado a este maleficio, a los Mortífagos como tú les encanta.
El dolor fue más intenso, las extremidades de Malfoy se sentían en un punto de ebullición tal que parecía que las estuvieran derritiendo. Un grito estrangulado salió de los labios del rubio y la risa del carcelero llenó la habitación. Lo estaba disfrutando. Ese lunático estaba disfrutando al torturar a Draco.
― Más te vale no provocar mi ira, sino rogarás por un Crucio como este en lugar de los que vendrán―.
Finalizado su discurso, El Oso se dio media vuelta, dejando a Draco Malfoy tirado en el frío piso de piedra.
Draco sintió un escalofrío surcar su espalda al recordar a El Oso. Ese imbécil lo había dejado botado más de alguna vez en el suelo de piedra de Nurmengard. Draco lo odiaba y le temía a partes iguales. Suerte que ya no lo tuviera que ver. Aunque jamás podría olvidar la risa de esa primera tortura, aún soñaba con ella, a pesar que El Oso ya no pudiera hacerle daño.
Draco respiró pesado, agradecido de que Nurmengard había quedado en el pasado. Aunque él extrañaba a un mago de esa prisión. Otro reo, uno que nunca debió haber estado ahí y al cual Draco había aprendido a estimar y amar de manera fraternal.
Su amigo Armand. Si tan sólo pudiera devolverle su libertad, su deuda con el hombre que lo había salvado en prisión quedaría saldada.
Sé que es un capitulo cortito, pero era necesario y deseaba traerselos ya.
Si a alguien le parece extraño que Draco actuara normal con Theo, debo admitir que para mi no lo es. Theo representa una buena época y Draco la anhela demasiado para permitirse ser cerrado con él, sus padres son otro cantar, ellos representan una vida de errores a pesar de amarlos. Y Granger...bueno, ya saben lo que él piensa de ella.
Lucius...pobre. Y de a poco veremos lo que pasó con Draco en esa prisión, les diré algo: El proximo capítulo es exclusivo sobre la prisión y este personaje que me he creado.
Espero no sea una decepción, pero hay cosas que resolver antes de que haya Dramione y ya va siendo hora que sepamos cuales son los fantasmas de Draco.
Agradezco a johannna y emmaaa por haber respondido a mi pregunta del cap anterior, aunque todos de alguna forma me pidieron que siguiera con este fic, ellas . Queridas, a petición suya seguiré actualizando este fic y también Cuentos para un Malfoy. Pronto sabrán nuevamente de mi.
A mis lectores, son los mejores ;) sobre todo los que siempre se toman un tiempito para comentar.
¿Merece Review?
emmaaa: ¡Hola linda! estoy bien muchas gracias y tu ¿cómo estás? jejejeje sí, seguiré actualizando este fic y ¡muchas gracias por estar pendiente y por siempre comentar! Oh, éxito y suerte para ti también ;D besooos
