Hola! espero que sigan leyendo, yo sigo actualizando aunque demore.

Debo decir que este cap me lo he craneado bastante y me ha gustado como quedó, aunque no se si refleja realmente todo lo que quise plasmar ni siquiera imagino si será bien aceptado porque sigue mostrando puntos oscuros. Pero bueno, a mi me gustó. Por otro lado, reconozco que como JK no nos mostró mucho de la prisión de Nurmengard me he tomado libertades en benefico del fic, como que los presos puedan interactuar con otros presos...así al estilo muggle xD.

Les recuerdo que esto es un Dramione Rate M y que realmente no tengo nada en contra de Ron jajajaja.

También les agradezco a Parejachyca, johannna, damalunaely, Mary Malfoy Mellark y Jenniferaca por haber comentado el cap anterior, les aadoro!

Por último, bla bla no soy Jk bla bla no me pertenece HP.

A leer! (PD: No me maten xD)


Capítulo 7: Cobardes

Los días pasaron sin complicaciones. Sus padres lo dejaron solo la mayoría del tiempo, simplemente le pedían que estuviera presente en las comidas y él cumplía en absoluto mutismo, a pesar de los intentos de sus progenitores por entablar una conversación con él. Draco deseaba intentar hablar con ellos, pero su mente se iba por otros recovecos y no lograba entablar un tema de conversación lo suficientemente informal con ellos.

La situación era sostenible, pero no tenía el suficiente interés en pensar algún tema de conversación que no fuera sombrío ni melancólico. Estar junto a sus padres e intentar hablarles se estaba convirtiendo en un estrés constante de forma demasiado rápida para ignorarla y el menor de los Malfoy sabía que la castaña tenía la culpa de esa situación.

«Si no fuera por la estúpida de Granger esto no pasaría. Maldita amante de las causas perdidas» pensó Draco al verse envuelto en otra cena silenciosa. Si esa mujer no hubiera incitado a sus padres a crear un falso ambiente de fraternidad él no estaría sentado como un niño castigado, tampoco sentiría la constante necesidad de buscar algo adecuado para hablar con sus padres. Simplemente, él había perdido la capacidad de comunicarse con el resto, no lo necesitaba, mucho menos deseaba que el resto le hablara ― salvo contadas personas, como Theodore Nott o Blaise Zabini―, sin embargo, ahí estaba buscando la forma de entablar una conversación civilizada y amena. Sin éxito alguno. Otra vez. Ni siquiera entendía por qué se estaba esforzando tanto en ello y pensar que era a causa de que Granger se lo había pedido era escalofriante, esa mujer se le estaba metiendo en la piel, peor aún, en la cabeza y sin que él pudiera impedirlo.

No pudo evitar tensarse ante el recuerdo de Granger pidiéndole que hiciera un esfuerzo por interactuar más con sus padres. El contacto con sus manos cálidas y la sonrisa que ella le había regalado antes de alejarse de él invadieron su mente, provocando que el joven rubio tuviera que hacer gala de un autocontrol formidable para no salir arrancando del enorme comedor de la Mansión Malfoy. Deseaba alejarse del recuerdo de esa insufrible sabelotodo y su calor corporal o, en su defecto, deseaba esta solo para poder pensar en ella sin el escrutinio constante al que sus padres lo sometían cuando pensaban que no los estaba mirando ― era eso o sus padres habían perdido la capacidad de disimular―.

Apenas terminó la cena se retiró a su habitación. Cerró la puerta y apoyó su espalda en ella, suspirando con cansancio. El muchacho se pasó sus manos por su pelo compulsivamente, desordenando las greñas rubias ya enredadas. El problema de recordar a Granger una vez, era que la maldita rata de biblioteca no dejaba de acosarlo por horas y vivir en una casa donde los designios de esa entrometida se cumplían como ley, no ayudaba a su caso de obsesión con su ex compañera de colegio ―ahora, psicóloga―.

La sonrisa de ella volvió a su mente y Draco no pudo más que sacudir su cabeza, alejando esos pensamientos. Enfocó su vista en el ventanal que daba acceso al balcón de su recamara y otro ventanal se le vino a la cabeza. Gruñó, enojado consigo mismo, Armand no había gastado su tiempo en él para que tuviera tan poco dominio de sus pensamientos.

Draco salió al balcón, recordando al viejo y terrible Armand. El viento soplaba con fuerza y el cielo estaba encapotado. El aire olía a tormenta y no dudó en suponer que sería más terrible que la del otro día. Sin embargo, no le prestó más atención, su mente se había vuelto a volcar en esos años pasados en Nurmengard y, siendo sincero, las tormentas solían recordarle la prisión.

Armand no dudó a la hora de entrenarlo, ni siquiera perdió el tiempo. El viejo lo había tomado del hombro apenas declaró que el rubio sería su aprendiz y lo condujo a un recoveco del pabellón en que estaban, lo hizo girar y entrar en una celda muy similar a la de él.

Home sweet home― susurró el anciano, antes de sentarse en la cama de metal y observar al joven frente a él ―. Esta celda es lo único que he conocido en más de cincuenta años, no es acogedora, pero es segura. Nadie nos molestará aquí.

La penetrante mirada azul de Armand siguió incómodamente clavada en Draco, quien apenas se atrevía a respirar. Ese sujeto seguía despidiendo un aura de peligro que el rubio no lograba obviar.

Muchacho, ¿Qué sabes de luchar sin varita? ― preguntó el viejo, sin parpadear y sin perderse los movimientos del joven frente a él―.

Lo básico ― contestó Draco, sin atreverse a mover ni un solo músculo para ingresar más a la celda ―. No mucho realmente, nunca tuve necesidad de aprender bien.

Armand rió escandalosamente ante las palabras del crio frente a él.

Por la forma en que te tenía agarrado ese bastardo de Zupy diría que "lo básico" es igual a "nada". ― Armand volvió a reír estrepitosamente, provocando el sonrojo de su interlocutor.― Oh, está bien, muchacho, así te enseñaré a pelear de cero, sin malditas malas costumbres de por medio. Sin que alguien ya te haya enseñado a asestar un golpe de la forma incorrecta…aunque esa parte ya la tenías cubierta por ti mismo.

Una sonrisa afilada cortó el rostro del hombre de ojos azules y Draco no pudo más que alzar su rostro sonrojado en una máscara de indiferencia. El hombre lo observó, fascinado con la capacidad del chiquillo de mantenerse imperturbable y, dramáticamente, frío, a pesar del leve sonrojo que delataba su estratagema y lo hacía ver más humano. Armand afiló aún más su sonrisa, ese mocoso podía ser un buen material para forjar y él era un experto en eso.

Acércate, muchacho ― pidió, el rubio obedeció reticente.

Armand se levantó y caminó alrededor de Draco, evaluando los pro y los contra de ese cuerpo flacucho, sus ojos azules brillaron de emoción al descubrir que ese chiquillo enclenque poseía material para ser explotado y él iba a aprovechar eso.

¡Atento!―gritó el mayor, provocando que el rubio diera un respingo. Sin embargo, nada había preparado al joven Mortífago para la barrida que el anciano le había hecho. Sólo fue necesario un movimiento de la pierna derecha de Armand para que Malfoy terminara en el suelo de esa celda fría y lúgubre. Armand había desestabilizado sus piernas, haciéndolo caer .¡Dije atento!

Draco se levantó y adquirió una posición más firme y defensiva. Sus manos en alto frente a su cara y los pies separados unos diez centímetros. Internamente, agradecía a Zabini por obligarlo a observar algo llamado Boxeo, en el mundo Muggle. Armand apreció la postura del rubio y una sonrisa ladeada apareció en sus labios.

Nada mal, muchacho comentó, antes de lanzar un gancho de derecha que Draco logró esquivar saltando hacia atrás .

Sin embargo, Malfoy no contaba con que su adversario fuera tan rápido. El hombre de cabello entrecano se ubicó detrás del rubio, a quien agarró por el hombro derecho, mientras que introducía una de sus piernas entremedio de las del joven. Draco no supo cómo terminó arrodillado y con el viejo detrás de él, obligándolo a mantener esa postura tan humillante.

Muchacho, tu postura mejoró y tus reflejos son buenos. Sin embargo, haces movimientos innecesarios, como saltar hacia atrás en lugar de esperar el golpe y esquivarlo al último segundo. Draco sintió como la presión en su hombro disminuía hasta que no la sintió más.

Se levantó de inmediato, observando a Armand con fiereza. Hace mucho que nadie lo humillaba de esa forma, además, debía reconocer que estaba asustado. Aquel sujeto era fuerte y él no tenía ninguna posibilidad contra él.

El anciano admiró el color de los ojos del chico frente a él. Tan solo unos minutos atrás esos ojos eran opacos y carente de otro sentimiento, salvo el miedo, mostrando unos ojos más muertos que vivos. Unos ojos resignados que ningún joven debería posee. «Eso es para viejos»pensó Armand apenas había visto esos ojos miserables. Nada comparado con los brillantes ojos con los que ahora se topaba, ojos negros debido a la dilatación de las pupilas y con un halo gris como la plata a su alrededor. Sonrió, le encantaba ver lo que podía hacer un poco de adrenalina en los humanos.

Tus pies no están bien posicionados continuó con su explicación . Demasiado juntos, fue fácil hacerte caer con solo envolver mi tobillo en el tuyo. Un ligero tirón en ese tobillo y ya estabas en el suelo de rodillas. La posición correcta es al ancho de tus caderas…abre tus pies hasta el ancho de tus caderas y tu estabilidad mejorará.

Malfoy obedeció y tras una cabezada afirmativa de parte de su nuevo maestro, la lucha comenzó nuevamente.

Un relámpago iluminó el cielo, seguido del estruendo típico en ellos. Los ojos grises de Draco se abrieron descolocados, el rubio observó su alrededor con ansiedad sin lograr ubicarse aún. Otro relámpago fue necesario para traer al joven Malfoy de sus recuerdos del pasado, quien agarró el barandal con ambas manos, presionándolas hasta que sus venas se marcaron en ellas, lo mismo que sus tendones.

No supo cuándo se había oscurecido el cielo, mucho menos cuando había comenzado a llover. Si no fuera por aquel relámpago, él seguiría en el pasado, reviviendo el día en que Armand había comenzado a entrenarlo.

Draco se cubrió el rostro con su mano derecha, su mente era más inestable de lo que pensaba, aun así, no entendía por qué el pasado había comenzado a perseguirlo. En los dos años que vivió con sus padres en un pueblo olvidado de la mano de la civilización, jamás había recordado los días pasados en Nurmengard y no concebía el ser asediado por esos recuerdos en la actualidad.

El ruido de la lluvia lo distrajo de sus funestos pensamientos lo suficiente para ver la naturaleza en acción. Se quedó con esa imagen de un caos perfecto mientras entraba en la alcoba, dispuesto a dormir antes de que esa tormenta le trajera recuerdos indeseados.

Se cambió su ropa por un pijama negro de algodón, siendo ligeramente consciente que esa tela lo abrigaba más que una fina seda. Observó la manta con la que solía cubrirse al dormir en el suelo antes de dirigir su mirada a la cama en la habitación, parpadeó un par de veces antes de acercarse a la cama y separar las sábanas. Con cierta duda dibujada en su afilado rostro fue que se introdujo entre medio de esas suaves sábanas, recordando la noche en que había atacado a su madre, misma noche que ella logró hacerlo dormir plácidamente. Después de años sin saber lo que era encontrar paz en el sueño.

No había vuelto a dormir en una cama desde la noche en que su madre lo arrulló como un crío de pecho. Sin embargo, la vocecita molesta de la sabelotodo de Granger había vuelto a invadir su cabeza, diciéndole algo sobre intentar hacer cambios en su vida y dejarse ayudar.

Suspiró, exasperado con la castaña, la influencia de esa mujer parecía no tener límites. Draco miró el buró junto a la cama, consciente que ahí guardaba la poción para dormir sin sueños que le había dado su insufrible psicóloga. Sin embargo, volteó su cuerpo ―dándole la espalda al buró― y procedió a dormir sin la poción. Creyendo ―ilusamente― que esa noche no tendría pesadillas.

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Hermione llegó a casa después de un largo día laboral. No sólo se trataba de sus pacientes, sino también de los informes que debía hacer de ellos, además del trabajo extra que algunos le daban. La castaña observó los libros sobre su escritorio y no pudo evitar que cierto rubio con complejo de mudo se le viniera a la mente. « ¿Qué hay detrás de tu silencio?» se cuestionó la ex Gryffindor, incapaz de abandonar un enigma cuando lo tenía delante y Draco Malfoy se había convertido en el peor de todos desde hacía algunos días.

Dejó su abrigo olvidado por alguna esquina de su departamento y fue en busca de un buen vino que descorchar. Ella no solía beber, menos sola, pero debía reconocer que aquel paciente ―así se empecinaba en llamar al menor de los Malfoy― estaba consumiendo toda su energía y pensamientos y bien sabía que una parte de ella ―la que no era profesional y que insistía en recordar el pasado― no soportaba dedicarle tantos pensamientos al ex Slytherin. Para ser precisos, no soportaba dedicarle ni un pensamiento fuera de la consulta. Sin embargo, ahí se encontraba cada día, recordando sus avances y retrocesos, sus silencios y el sonido ronco y oxidado que ahora sustituía su voz de adolescente. No, Hermione no podía seguir sin intentar relajarse y olvidarse de cierto rubio arrogante.

Descorchó la botella y llenó una copa de cristal con el líquido de un rojo tan intenso y oscuro que le hizo recordar las pupilas dilatadas de Malfoy. Se maldijo antes de sentarse en el sillón con la copa en su mano izquierda y un libro en la derecha, aquel desgraciado no la dejaba en paz. Y no es que Hermione tuviera algún problema al tratarlo, ella era una profesional en todo sentido de la palabra. Simplemente, dejaba de ser la psicóloga cada vez que salía de su consulta para convertirse en Hermione, la mujer y Draco Malfoy estaba amenazando ese límite trazado.

Intentó concentrarse en el libro que leía mientras bebía de la copa de vino. Sin embargo, un relámpago iluminó el cielo, haciendo sobresaltar a la castaña por el ruido posterior a la iluminación. Sus ojos se dirigieron a las cortinas descorridas de su sala de estar y antes que asimilara lo que estaba haciendo, dejó que su libro se deslizara de su regazo al sofá y se levantó a observar la tormenta por la ventana cerrada.

No fue consciente de lo tarde que era, hasta que vio la oscuridad del cielo ―sólo rota por uno que otro relámpago―. El ruido de la lluvia al caer la relajó, aunque un nuevo relámpago la asustó y le hizo rememorar las palabras del matrimonio Malfoy respecto al ataque de Draco a Narcissa Malfoy. Sabía que había sido la anterior noche de tormenta y no pudo evitar la preocupación que sintió por esa familia.

― Mierda ― susurró la castaña al darse cuenta que se estaba preocupando por su ex némesis y actual paciente de una forma que nunca antes había experimentado con ningún paciente. Definitivamente, aquel límite autoimpuesto, aquel que mantenía separada su vida profesional de la personal se estaba difuminando―.

Tomó el resto del vino de su copa y la rellenó sin reparos. «Tiempos difíciles, medidas desesperadas» pensó la ex Gryffindor mientras apreciaba el oscuro brebaje girar dentro del cristal con el simple movimiento de su mano. A su mente llegó su última sesión con el rubio y no pudo evitar llevarse su mano libre a su espalda que todavía le dolía por el golpe contra el librero.

Suspiró, cerrando sus ojos, dejándose inundar nuevamente por la sorpresa y el miedo que sintió en aquel momento. Sí, había tenido miedo, porque él la había atacado sin siquiera una varita en sus manos y sin siquiera haber hablado y eso la descolocaba. Ella era buena con la magia no verbal y dominaba algunas cosas de la magia sin varita, pero nunca había sido capaz de combinar ambas habilidades, eso hacía extremadamente peligrosa e incontrolable a la magia. Por eso, había llegado a pensar que él había hecho magia accidental, pero el ataque había sido bien calculado y sólo la había afectado a ella, con un simple movimiento de la mano de él.

Se sintió impotente al darse cuenta que estaba en desventaja ante aquel sujeto malcriado y arrogante, aunque el saberlo lejos de ella alivió esa sensación por un corto período de tiempo.

Ella no lograba incorporarse aún, cuando él volvió y le tendió su mano blanquecina para ayudarla a ponerse en pie. El asombró la inundó y no pudo más que quedarse quieta ―como un cervatillo acorralado por su depredador― observando y verificando que el mismo muchacho que la había atacado la estaba ayudando. Una vez salido de su asombro inicial, su cuerpo actuó por sí mismo, haciéndola tomar la mano que él le ofrecía.

Se asombró de que la mano de él tuviera callosidades y fuera ligeramente áspera, todo lo contrario a lo que ella imaginaba de él: unas manos suaves y sin imperfecciones, manos de alguien que ha nacido en cuna de oro y no sabe lo que es trabajar para vivir. Y Hermione dudaba que él supiera lo que era trabajar para vivir, sin embargo, con esa experiencia se dio cuenta que él era un hombre curtido en el dolor y sufrimiento, sino su mano no sería tan imperfecta como la que ella estaba sosteniendo.

«Tan imperfecta y varonil» se dijo a sí misma, cerrando los ojos ante el recuerdo. Bebiendo de la copa de vino cuando la voz de él, disculpándose, vino a su memoria.

En aquel instante, ella había estado concentrada en el tacto de su mano en la suya, pero su voz oxidada la había hecho buscar esos ojos grises. Ojos que no eran los que ella recordaba de la escuela y que, a pesar de ello, la habían hecho confiar en él. Porque sus reservas se habían ido al notar los ojos de él más vivos que antes, llenos de emociones que no supo clasificar. Sin embargo, aquel egoísta había cerrado sus ojos con una expresión extraña en su rostro.

Aquel rostro demacrado por el sufrimiento y que a la vez seguía mostrándose joven, tal vez por la voluntad de vivir de su poseedor. Se lo quedó viendo, detallando como la maraña de pelo rubio enmarcaba ese rostro pálido.

Hermione se mordió el labio inferior con fuerza al recordar los deseos que tuvo de pasar sus dedos por ese cabello e intentar desenredarlo con suavidad. Sí, porque su dueño parecía tan frágil en ese momento que ella no deseó más que cuidar de él, hacerle sentir que estaba a salvo, que no dejaría que nadie lo volviera a herir y que lo ayudaría a salir adelante.

― Draco― susurró la mujer, abriendo su boca en desconcierto al tiempo que soltaba un jadeo contenido―.

Ella había evocado su nombre con anterioridad y en el instante preciso en que el rubio la había jalado cerca de él, a causa de su sorpresa por tal atrevimiento. Sin embargo, nada justificaba que en su casa, y con una copa de vino en sus manos, se le escapara el nombre del rubio.

«Debo sacarlo de mi cabeza antes que esto me sobre pase. Es inadmisible que esté sintiendo y reviviendo todo eso» apenas ese pensamiento inundó su cerebro, su rostro se arrugó en una mueca de molestia, dejó el vino de lado ―culpándolo por sus pensamientos inapropiados― antes de iniciar su camino a su habitación. Necesitaba con urgencia caer en las puertas del sueño y en el olvido de la realidad que éste proporciona.

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Draco comprobó, tardíamente, la existencia del sistema anti fugas de esa prisión. Cada cierto tiempo, él supuso que varias veces a la semana, las celdas se movían de lugar y se ubicaban en distintos pisos y posiciones de Nurmengard. No fue consciente de ello hasta que al día siguiente ― o lo que él supuso como el día siguiente― de su primera lección con Armand, no pudo ubicarlo. Lo buscó por todos los rincones que pudo, sobre todo por donde supuso que estaría su celda, pero el camino había cambiado. Las paredes parecían las mismas, pero los recovecos eran otros. También eran otros los habitantes de ese nuevo piso, aunque él no se hubiera fijado antes ― nunca había sentido la necesidad de buscar a algún reo, solo de alejarse de ellos―. Imposible que con esa mentalidad se fijara antes de que sus compañeros de condena ya no fueran los mismos.

Tampoco sabía del efecto de las tormentas en esa cárcel, hasta que le tocó vivir una. Resultó que el ruido de una tormenta en el mar que azota el lugar donde estaba esa prisión endemoniada no era amortiguado por las paredes de ésta. Todo lo contrario, la fiereza del vendaval se multiplicaba en las rocas de la prisión y las celdas cercanas a alguna pared exterior siempre terminaban con el agua filtrando. Volviendo húmedo ese lugar de por sí frío.

Malfoy sintió real pánico cuando su primera tormenta en Nurmengard comenzó. Rápidamente el agua se filtró y él no pudo dejar de ver aquel líquido correr. No hasta que la puerta de su celda se abrió.

Incarcerous― escuchó la potente voz de El Oso pronunciar el hechizo. No tuvo tiempo de esquivarlo, aunque él dudaba que eso le hubiera ayudado ―. Hoy aprenderás, por qué esta prisión es tan impenetrable, pequeña escoria.

La risa de ese sujeto le llegó amortiguada por el vendaval, lo cual agradeció, ya se estaba cansando de la tortura de ese imbécil. Cerró los ojos, resignado a pasar otra noche o día lleno de heridas.

El Oso lo agarró del cuello de la camiseta y tiró de él, provocando que las cuerdas se enroscaran aún más en su piel. No pudo evitar gritar, a cada paso que daban sentía cómo las cuerdas se incrustaban en su piel. Le quedarían cicatrices de aquello, estaba seguro, y pensar en ellas ―increíblemente― fue una distracción momentánea para el dolor que ese maleficio le estaba causando.

Para su fortuna el trayecto fue corto. Para su mala suerte, El Oso abrió una especie de puerta oculta en una pared y lo empujó al borde de ésta. El viento lo azotó con fuerza, tirando de sus cabellos en un vórtice sin control, Draco abrió sus ojos con espanto al descubrir que esa puerta daba al exterior. El terror lo inundó cuando un relámpago surcó el cielo nocturno y le permitió ver el mar embravecido y un acantilado que parecía no tener fin.

El hombretón detrás de él rió al tiempo que deshacía el maleficio y siguió riendo cuando de un solo empujón mandó a Malfoy al fondo del acantilado.

El rubio se dejó la garganta en carne viva al sentir el efecto de la gravedad sobre él. ¡Por Merlín! ¡Estaba cayendo por un acantilado a una muerte segura y de mano de un carcelero sádico!

Y de repente, nada, simplemente dejó de caer. El alivio de Draco fue efímero, en un segundo estaba cayendo, en el otro suspendido en el aire y al siguiente estaba siendo elevado con la cabeza hacia abajo. Volvió a gritar y El Oso volvió a reír. Draco pudo escuchar en contrahechizo a pesar de la tormenta.

Liberacorpus. ― Entonces volvió a caer y gritar. El Oso volvió a reír y a repetir el Levicorpus para evitar dejarlo hecho alfiletero en el acantilado.

Cada vez lo dejaba caer más y más, cada vez que lo liberaba de la levitación su caída era más larga. Draco ya no tenía voz y tampoco sentía su cuerpo, estaba demasiado mojado y helado para sentir algo. Lo bueno fue que El Oso al no escucharlo gritar se aburrió de su tortura, lo lanzó contra la pared al lado de la puerta en que él estaba y el rubio sólo pudo agachar el rostro para protegérselo. Aun así la sangre manó de su frente, justo donde la áspera roca lo lastimó.

No fue consciente del instante en que El Oso lo llevó a su celda, mucho menos de cuando se fue, dejándolo tirado en medio de ésta. Nuevamente sangrando. Malfoy no sentía sus labios y supo que si no se quitaba su ropa empapada moriría de hipotermia.

Se quitó la ropa, usando su camisa para intentar detener la hemorragia de su frente, la cual sangraba profusamente a pesar que él estaba seguro que era un corte pequeño. Como pudo se envolvió en su única manta e intentó guardar el calor haciéndose un ovillo sobre su cama de metal, a pesar del dolor que significaba mover su magullado cuerpo.

Luchó por no dormirse, sería su perdición. Sin embargo, nunca supo cuánto tiempo había pasado hasta que Armand lo encontró aun helándose, se dijo que no pudo ser demasiado porque la sopa caliente del almuerzo aún no llegaba o tal vez el pedazo de carne, no estaba seguro cual sería. Siempre los intercambiaban.

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Draco despertó sobresaltado, justo cuando un nuevo relámpago resonaba en el firmamento. Había soñado con la primera tormenta que vivió en Nurmengard y esa no distaba mucho de aquella. Salió apresurado de la cama hacia el exterior, sin importar lo helado que estuviera, sólo deseaba observar el cielo.

Apretó la barandilla del balcón con fuerza, precisando la razón del por qué no había vuelto a subir a una escoba a pesar de las súplicas de su padre. Aquel malnacido carcelero le había creado un trauma a las alturas, ver su vida en las manos de tantas caídas y de la puntería de la varita de ese energúmeno le imposibilitó de surcar nuevamente el cielo.

Y cómo deseaba agarrar su antigua Nimbus 2001 y luchar contra aquel vendaval. Demostrar que no habían acabado con él, pero el terror lo inundó, haciendo que se mordiera la lengua para dejar de estar paralizado ante la fuerza de la naturaleza. El sabor metálico a sangre inundó su boca y no pudo evitar llevarse su mano a la cicatriz en el borde de su cuero cabelludo. La misma que se había hecho esa noche y que era prueba de la crueldad de El Oso, al igual que era un recordatorio de su reciente miedo a las alturas.

No le importó mucho que el viento direccionara la lluvia hacia él, ni estar empapándose, sólo deseaba ser capaz de volver a volar. Sin embargo, sus músculos no se movieron y él supo que, a pesar de todo, seguía siendo un cobarde.

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No lograba dormir, llevaba más de media hora dando vueltas en la cama, inquieta. Hermione separó las sabanas de golpe y se incorporó, frustrada, odiaba tener insomnio. Pensó que tal vez leer un rato le daría un poco de sueño ―además, era una buena forma de aprovechar su desvelo ―, salió de su habitación al pasillo que separaba su cuarto de la sala de estar, el comedor y la cocina. Caminó distraída, por lo que, no le sorprendió cuando volcó sin querer una fotografía.

La castaña prendió la luz de la sala de estar y observó el marco que había botado, lo levantó, encontrándose con una fotografía en movimiento de Harry, Ron y ella. Una pequeña sonrisa asomó en su rostro, hasta que se centró en la imagen del pelirrojo.

Pasó su pulgar por el rostro sonriente de Ron, nostálgica, extrañaba la época en que eran tan buenos amigos. Se sentó en el sillón, aun con la fotografía entre sus manos, incapaz de no recordar la breve relación que había tenido con Ron.

Después de la muerte de Voldemort y de enterrar a los caídos en batalla, Hermione pensó que sus vidas podrían encausarse a la normalidad. No contó con el alboroto que la prensa mágica haría en torno a ellos tres, ni que los condecorarían como héroes del mundo mágico. No, Hermione sólo pensó en sobrevivir, sin considerar las repercusiones que tendría en sus vidas haber acabado con el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos.

Tampoco pensó en las pérdidas, sabía que muchos morirían, pero en su inocencia, creyó que todos sus amigos se salvarían. Fred, Tonks y Lupin le habían demostrado lo contrario, eso por nombrar a algunos. Teddy había quedado huérfano y sin siquiera haber podido conocer a sus padres, Harry resentía la ironía de esa realidad. La familia Weasley había perdido a uno de sus miembros, George estaba destruido, incapaz de ver su propio reflejo, y el resto no estaba mucho mejor. Ella, bueno, ella debía buscar a sus padres y deshacer lo que había hecho, devolverles sus memorias.

Hermione sabía que no iba a ser fácil, sin embargo, se topó con un caos inimaginable y en ese caos en el que se había convertido su vida, creyó que seguiría teniendo a sus amigos a su lado, para apoyarse mutuamente. Pensó que con Ron comenzarían una relación amorosa tras haber revelados sus sentimientos hacia el otro, relación que los llevaría a formar una bella familia. Fue duro darse cuenta de su error.

Todo lo que creyó posible, nunca sucedió. Harry se vio envuelto en halagos y fue perseguido por la prensa, él era toda una celebridad a su pesar, Ron y Hermione también, pero Harry se llevaba lo peor. Los juicios comenzaron y cada día veía menos a su amigo, sabía que siempre contaría con él, pero el distanciamiento era inevitable, más aún cuando le ofrecieron entrar a la Academia de Aurores.

Con Ron comenzaron una relación y ella creyó firmemente que llegarían a formar una familia. Otro error. Ron estaba cada día más furioso y resentido, odiaba a todos los Mortífagos y, por asociación, a sus familias. Los culpaba por la muerte de su hermano y sus amigos, los culpaba por todo y no hacía distinción. Todos eran escoria y aquello lo llevó a testificar en contra de muchos. Incluso en contra de la familia Malfoy, a pesar de la ayuda de Narcissa y Draco en la guerra. Él los odiaba a todos y era incapaz de avanzar.

Ron se hundió en su dolor y su furia lo cegó. Hermione intentó hacerlo ver que no todo era blanco y negro, sin éxito. La relación se descuidó y ellos apenas y tenían contacto con el otro. Luchando por arreglar las cosas y ayudar al pelirrojo, fue que lo invitó a su casa.

Apenas abrió la puerta, Ron la atrapó entre sus brazos y le plantó un beso duro. Ella se sorprendió, pero no pudo evitar ser besada de esa forma, por lo que le contestó con la misma fuerza y pasión que él. Un sabor extraño la inundo y tardó en procesar que era alcohol, iba a regañar al pelirrojo, pero él la hizo retroceder para ingresar en el departamento, cerrando la puerta tras de él.

Se separaron, momento en que Hermione vio sus ojos rojos y los surcos de las lágrimas secas en sus mejillas. El corazón de la castaña se estrujó y, sin preguntar nada, lo volvió a besar con intensidad y pasión, queriendo demostrar con ese beso todo su amor por el pelirrojo.

Todo sucedió tan rápido que no le dio tiempo a pensar, sólo fue capaz de actuar y de una forma que nunca imaginó. Ron había abandonado sus labios para perderse en su cuello, causando que un escalofrío placentero recorriera la espalda de la castaña, Hermione abrió sus ojos y su boca, soltando un jadeo asombrado.

Él no se detuvo ahí, sus manos grandes comenzaron a desabrochar con torpeza la blusa de la chica entre sus brazos, recibiendo una breve resistencia que, al final, terminó con Hermione en sujetador. La ex Gryffindor quiso resistirse y negarse, no se sentía preparada para hacer lo que estaban haciendo, pero él la acalló con un beso demandante mientras ella intentaba empujarlo lejos de su cuerpo, sin éxito.

Sintió las manos de él recorrer las partes descubiertas de su cuerpo y una nueva ola de placer la embargó. Decidió dejarse llevar, tal vez aquello era lo que ambos necesitaban para seguir adelante y acercarse en su relación. Comenzó por acariciar el pecho del pelirrojo, provocando que él se alejara y se quitara la camiseta, no tuvo mucho tiempo para verlo, porque él volvió a recorrer con su boca su piel. Pasó sus pequeñas manos por la espalda descubierta de su novio sin saber bien qué hacer.

Nunca supo bien cómo terminó la ropa en el suelo, sólo fue consciente del contacto de su piel desnuda con la alfombra de la sala de estar. Ron separó sus piernas y ella abrió los ojos, temerosa, las dudas habían vuelto, pero no logró articular palabra antes de que él comenzara a entrar en ella. Sólo pudo aferrarse a la espalda ancha de él, su espalda fue un ancla para ella.

Fue doloroso y aquel dolor la hizo arquearse y dejar escapar un grito. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas, pero ya no había marcha atrás. Intentó relajarse, se repitió que no debía dejar de respirar, sin embargo, con cada nuevo movimiento del pelirrojo su respiración quedaba suspendida.

Con su rostro alzado, sus ojos cayeron en el sillón ubicado unos metros más allá de su cabeza y una vaga idea surcó su mente. «¿Por qué estamos en el suelo y no en ese sillón? ¿Por qué no en un cama?» pensó, pero el dolor la distrajo, provocando que solo pudiera sentir y actuar. Sentir el dolor, el movimiento de su novio sobre ella ― él no estaba siendo suave ni considerado, aunque tampoco estaba siendo agresivo―. Actuar, aferrándose a la espalda de él con brazos y piernas, como si se fuera a hundir si lo soltaba.

Con el tiempo, el dolor, pasó a ser una molestia, hasta que todo acabó. Ron se tensó y sintió un líquido llenar su interior, fue extraño, pero no más de lo que toda esa situación ya era.

El pelirrojo salió de su interior y se aferró a su cuerpo diminuto mientras ella mantenía sus ojos cerrados y fuertemente apretados. Aún dolía y no deseaba ver a Ron en esos momentos, sabía que todo había sido consensuado, pero no quería volver a repetir la experiencia. Acababa de perder su virginidad de una forma poco grata, sin embargo, ya no podía llorar sobre la leche derramada.

Le pidió a Ron que se fuera, con la excusa que estaba cansada y debía madrugar, él no quería dejarla esa noche, pero ella no le permitió quedarse. Cuando estuvo sola pudo observar unas pequeñas gotas de sangre en el interior de su muslo y en la alfombra que la hicieron fruncir el ceño. No sabía cómo se suponía que debía haber sido su primera vez, ni siquiera era capaz de saber si siempre eran así o la suya había sido desastrosa a pesar que sus amigas alguna vez le habían comentado que la primera vez dolía, pero que era sólo al comienzo, que después se disfrutaba. Ser inexperta era un fastidio, pero ella no se derrumbó. No en ese instante.

Se dirigió al baño y se metió en la ducha bajo un chorro de agua caliente, permitiéndose llorar debajo del agua. Se sentía vacía. Tan vacía que llegó a pensar que había algo mal con ella, no podía ser posible que no hubiera sentido nada más que dolor, que no hubiera disfrutado nada. Sí, debía ser eso, ella era la del problema.

Los días pasaron, eliminó la alfombra y no supo de su novio hasta pasado una semana. Iba a ser el juicio de otro Mortífago y Hermione pudo apreciar la ira de Ron. No fue agradable y la asustó, a tal nivel que en ese preciso instante decidió que no era capaz de estar con él.

Cuando el Mortífago fue condenado, el pelirrojo la besó, pero Hermione no logró sentir nada. Supo que seguir adelante con él era un error y así se lo comunicó, fue una discusión tremenda en la que Ron se fue ofuscado y ella decidió que era hora de ir a buscar a sus padres.

Al día siguiente estaba viajando en avión hacia Australia, no quería que sus amigos supieran donde iba, por eso no había tomado un traslador. Esa era su tarea y de nadie más, además, ellos ya tenían suficientes problemas.

Encontró a sus padres y tras mucho esfuerzo logró devolverles sus memorias, volvieron a Inglaterra y ella decidió estudiar Leyes Mágicas. Sin embargo, el odio de Ron y su resentimiento seguían haciendo mella en su alma, no deseaba volver a ver a nadie tan mal como a su amigo y antiguo amor, por eso decidió estudiar una carrera Muggle, convencida de que podría ayudar a la gente a lidiar con sus demonios. Convencida de que deseaba volver a ver al Ronald Weasley que había conocido, no a ese ser lleno de odio e ira. Lamentablemente, Ron no había querido ser ayudado por ella, en su lugar se dedicaba a cazar criminales como Auror, seguro de que esos tipos debían pudrirse en la cárcel y no ser rehabilitados.

Él no compartía sus sueños y esperanzas, él deseaba que todos fueran castigados sin posibilidad de redimirse. Ella sabía que ese camino sólo conduciría a más odio, pero Ron no la quiso escuchar, tampoco la apoyó con su iniciativa, alegando que era una pérdida de tiempo.

Ella se terminó por decepcionar de él. Ron se terminó por alejar de Hermione, aunque, secretamente, ambos ansiaban reencontrarse y recuperar la amistad que los unía.

La castaña se hizo un ovillo, sentada, en el sofá. El mismo sofá que había observado durante su primera vez, el mismo sofá que había pertenecido a sus padres. Una lágrima solitaria escapó de sus ojos, extrañaba al antiguo Ron y su empeño en que su proyecto de rehabilitación y reinserción de ex Mortífagos en la sociedad mágica era su esperanza de que podía hacer un mundo mejor.

«Si tan sólo él pudiera entenderlo» pensó, rememorando al chiquillo alegre que había sido el pelirrojo.

Otra lágrima cayó de sus ojos al recordar su noviazgo con Ron y el fiasco de su primera vez. Mordió sus labios compulsivamente mientras más lágrimas caían ―incontrolables ―, nunca tocaron el tema y ella tampoco lo habló con nadie. Tampoco había vuelto a tener novio, a pesar que más de algún chico había intentado conquistarla. Mucho menos había vuelto a tener relaciones o sexo con alguien, porque temía que volviera a suceder algo así.

Sabía que no podía cerrarse por una sola relación fallida. Sin embargo, todos tenían demonios, incluso ella y Hermione Granger aún no había sido capaz de enfrentarlos y derrotarlos.

Se había transformado en una cobarde.


¿R.E.V.I.E.W?