Hola!
Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 1
Las alucinaciones de Edward Masen empezaron después de la explosión en la plataforma, el día en que debería haber muerto.
En los catorce años que llevaba trabajando en plataformas petrolíferas, creía haberlo visto todo. En 1997, fue testigo del accidente de un helicóptero que perdió el control durante la maniobra de aterrizaje. El aparato se estrelló contra la cubierta y provocó una impresionante bola de fuego; Edward sufrió quemaduras de segundo grado en la espalda cuando intentó salvar a las víctimas. En el accidente perecieron trece personas, la mayoría de las cuales viajaban en el helicóptero.
Cuatro años más tarde, después de que una grúa se desplomara en la plataforma, un trozo de metal del tamaño de un balón de baloncesto que había salido volando casi le cercenó la cabeza. En el año 2004, fue uno de los pocos trabajadores que se quedó en la plataforma cuando el huracán Iván desató su furia contra aquella parte del planeta. Con ráfagas de viento de más de ciento sesenta kilómetros por hora, el huracán levantó olas gigantescas, tan impresionantes como para que Edward se planteara ponerse un salvavidas por si se desmoronaba la plataforma.
Pero hubo más accidentes; la gente resbalaba, había piezas que se partían, y entre la tripulación, los cortes y los moratones eran el pan de cada día. Edward había visto más huesos rotos de los que podía contar, y había sobrevivido a dos brotes de intoxicación alimentaria que se habían cebado en toda la tripulación. Dos años antes, en 2007, presenció cómo un buque de suministro empezaba a hundirse a medida que se alejaba de la plataforma, aunque su tripulación logró ser rescatada en el último momento por otra embarcación guardacostas que patrullaba cerca de la zona.
Sin embargo, la explosión fue algo diferente. Dado que no hubo derrame de petróleo —en aquella ocasión, los mecanismos de seguridad y sus sistemas auxiliares evitaron un grave desastre—, solo la prensa nacional se hizo eco del siniestro. De hecho, a los pocos días, el asunto quedó completamente olvidado.
Pero para los que estaban allí, incluido él, fue el origen de numerosas pesadillas.
Hasta aquel momento, las mañanas en la plataforma habían transcurrido de un modo rutinario. Edward estaba monitorizando las estaciones de bombeo cuando de repente estalló uno de los tanques de almacenamiento de crudo. Antes de que tuviera tiempo de procesar lo que había sucedido, el impacto de la explosión lo lanzó contra una nave próxima. A continuación, el fuego se expandió rápidamente por todas partes. La plataforma entera, recubierta de grasa y petróleo, se convirtió de inmediato en un infierno que engulló toda la instalación. Otras dos fuertes explosiones sacudieron la plataforma de un modo aún más violento. Edward recordaba que había arrastrado varios cuerpos para alejarlos del fuego, pero una cuarta explosión, más potente que las anteriores, lo lanzó otra vez por los aires.
Apenas recordaba haber caído al agua; aquel impacto debería haberlo matado. De repente, se encontró flotando en el golfo de México, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de la bahía de Vermillion, cerca del estado de Luisiana.
Al igual que la mayoría de sus compañeros, no tuvo tiempo de ponerse el traje de supervivencia, ni siquiera un chaleco salvavidas. En medio del oleaje vislumbró a un hombre a lo lejos, con el pelo negro, que le hacía señales con la mano, como si le indicara que nadara hacia él. Edward braceó en aquella dirección, bregando contra las olas del océano, cansado y aturdido. La ropa y las botas lo arrastraban hacia las oscuras profundidades y, cuando sus brazos y sus piernas empezaron a desfallecer, supo que iba a morir. Le parecía que se había acercado bastante a su objetivo, aunque no podía estar completamente seguro debido al fuerte oleaje. En aquel instante, avistó un salvavidas que flotaba entre unos cascotes a escasos metros. Aunó las últimas fuerzas que le quedaban y logró aferrarse a él. Después se enteró de que había permanecido en el agua casi cuatro horas y que había sido arrastrado un kilómetro y medio de distancia de la plataforma antes de que un buque de abastecimiento que había acudido velozmente hasta la dantesca escena lo salvara de una muerte segura.
Lo subieron a bordo y lo llevaron a una de las salas, donde se reunió con otros supervivientes. Edward temblaba por la hipotermia y estaba confuso. Aunque su visión era un tanto difusa —más tarde le diagnosticaron una leve contusión—, supo reconocer la inmensa suerte que había tenido. Vio a hombres con horribles quemaduras en los brazos y en los hombros, y a otros que sangraban por las orejas o que tenían huesos rotos. A la mayoría de ellos los conocía por su nombre. En la plataforma había tan pocos espacios adonde ir —era, esencialmente, un pequeño terreno en medio del océano— que tarde o temprano todos confluían en la cafetería, en el salón recreativo o en el gimnasio. Había un hombre, sin embargo, que solo le resultaba un poco familiar, un tipo que lo miraba fijamente desde la otra punta de aquella sala abarrotada. Tenía unos cuarenta años, el pelo oscuro e iba ataviado con una cazadora azul que, lo más probable, le había prestado algún miembro de la tripulación. Edward pensó que parecía fuera de lugar; por su aspecto se asemejaba más a un oficinista que a un peón. El hombre le hizo una señal con la mano, y aquel gesto activó de repente el recuerdo de la silueta que había vislumbrado en el agua.
¡Era él! A Edward se le erizó el vello en la nuca.
Antes de que pudiera identificar el motivo de su desasosiego, alguien le echó una manta por encima de los hombros y le indicó que lo siguiera hasta un rincón donde un oficial médico aguardaba para examinarlo.
Cuando volvió a sentarse, el hombre con el pelo oscuro había desaparecido.
Durante la siguiente hora fueron llegando más supervivientes, pero, a medida que su cuerpo entraba en calor, Edward empezó a preguntarse por el resto del equipo. No veía a muchos de los hombres con los que llevaba años trabajando. Más tarde supo que habían perecido veinticuatro personas. Poco a poco encontraron la mayoría de los cadáveres, aunque no todos. Mientras se recuperaba en el hospital, no podía dejar de pensar en las familias que no habían tenido la oportunidad de despedirse de sus seres queridos.
Desde la explosión, le costaba conciliar el sueño, y no por ninguna pesadilla recurrente, sino porque no podía zafarse de la impresión de que alguien lo vigilaba.
Se sentía… como si lo persiguieran, por más ridículo que pudiera parecer.
Tanto de día como de noche, de vez en cuando percibía algún movimiento furtivo cercano, pero, cuando se daba la vuelta, no había nada ni nadie que diera sentido a su malestar. Se cuestionó si tal vez se estaba volviendo loco. El médico sugirió que podía tratarse de una reacción postraumática a causa del estrés por el accidente, quizá su mente todavía se estaba recuperando de la contusión. La explicación tenía sentido y parecía lógica, pero no le convenció. Aun así, se limitó a asentir con la cabeza. El médico le recetó unas pastillas para combatir el insomnio que ni se molestó en tomar.
Le dieron una baja temporal retribuida por un periodo de seis meses mientras se ponían en marcha los engranajes legales. Tres semanas más tarde, la empresa le ofreció un convenio y él firmó los papeles. Por entonces, ya había recibido llamadas de media docena de abogados, todos con el ávido interés en presentar un litigio de acción popular, pero Edward no quería complicaciones. Aceptó la oferta económica de la compañía e ingresó el cheque el mismo día que lo recibió. Con suficiente dinero en su cuenta como para que muchos lo consideraran un hombre rico, acudió a su banco y realizó una transferencia de casi toda su pequeña fortuna a una cuenta en las islas Caimán. De allí, la transfirió a una cuenta corporativa en Panamá que había abierto sin necesidad de mucho papeleo, antes de transferirla a su destino final.
Sabía que era virtualmente imposible realizar un seguimiento del dinero.
Solo se quedó con lo necesario para cubrir el pago del alquiler y sus gastos. No necesitaba ni quería mucho. Vivía en un remolque al final de una carretera sin asfaltar en los confines de Nueva Orleans. La gente que veía la vetusta caravana probablemente suponía que la característica primordial que la redimía era que hubiera sobrevivido al huracán Katrina en el año 2005.
La desvencijada estructura de plástico se asentaba sobre unos bloques de ceniza apilados, una base provisional que, con el paso del tiempo, había acabado por convertirse en permanente. El remolque disponía de una habitación individual y un baño, un angosto comedor y una cocina en la que solo había espacio para una nevera pequeña. El aislamiento térmico era casi inexistente, y la humedad había acabado por deformar el suelo, por lo que Edward tenía la impresión de estar siempre caminando sobre un plano inclinado. El linóleo de la cocina se estaba pelando por los bordes, la alfombrita estaba completamente raída, y Edward había amueblado el reducido espacio con objetos que había ido adquiriendo en tiendas de segunda mano. Ni una sola fotografía en las paredes. Aunque llevaba casi quince años viviendo en la caravana, no la consideraba su hogar, sino solo un sitio donde podía comer, dormir y ducharse.
Con todo, a pesar de ser un viejo remolque, solía estar tan impecable como las impresionantes casas que embellecían la zona histórica de Nueva Orleans. Se podría decir que Edward era, y siempre había sido, un maniático de la limpieza y del orden.
Dos veces al año, reparaba las grietas y sellaba las junturas para que no entraran roedores ni bichos y, cuando se preparaba para ir a trabajar a la plataforma, fregaba los suelos de la cocina y del cuarto de baño con desinfectante, y vaciaba los cajones de víveres que pudieran echarse a perder. Generalmente, trabajaba treinta días, a los que seguían otros tantos libres, así que cualquier alimento que no estuviera enlatado se pudría al cabo de menos de una semana, sobre todo en verano. Cuando regresaba, fregaba otra vez el remolque de arriba abajo mientras lo ventilaba, y procuraba hacer todo lo posible para zafarse del olor a humedad.
Con todo, era un lugar tranquilo. En realidad, eso era lo único que Edward necesitaba. Vivía a un kilómetro de la carretera principal, y el vecindario más cercano estaba incluso más lejos. Después de un mes en la plataforma, eso era exactamente lo que quería.
Una de las cosas a las que nunca se había acostumbrado en la plataforma era al constante ruido, un ruido no natural: grúas reposicionando suministros sin parar, helicópteros, el bombeo permanente y los continuos golpes de metal contra metal.
Era una incesante cacofonía. En las plataformas, se extraía crudo durante las veinticuatro horas, lo que significaba que, incluso cuando Edward intentaba dormir, el fragor no cesaba. Procuraba ignorar el constante ruido mientras estaba allí, pero cada vez que regresaba al remolque, se quedaba impresionado por el silencio casi perfecto incluso cuando el sol se hallaba en su punto más elevado en el cielo.
Por las mañanas, podía oír el canto de los pájaros en los árboles y, por las tardes, a veces oía cómo los grillos y las ranas sincronizaban su compás justo en el momento en que se ponía el sol. Solía ser una experiencia reconfortante, aunque a veces aquel sonido le suscitaba un mar de recuerdos relacionados con su pueblo natal; en tales ocasiones, Edward se metía en el remolque e intentaba atajar el flujo de recuerdos con simples rutinas que dominaban su vida cuando se hallaba en tierra firme.
Comía, dormía, salía a correr, levantaba pesas y se dedicaba a restaurar su automóvil; daba largos paseos en coche, sin un destino fijo, y a veces iba a pescar; leía todas las noches, y de vez en cuando le escribía una carta a Carlisle Cullen. Eso es lo que hacía. No tenía ni televisor ni radio y, aunque disponía de un móvil, en su lista de contactos solo figuraban teléfonos del trabajo. Una vez al mes, se proveía de víveres y de otras cosas imprescindibles, y también pasaba por la librería, pero nunca salía a pasear por Nueva Orleans. En catorce años, jamás había estado en la bulliciosa zona de Bourbon Street, ni tampoco había visto las coloridas casas del Barrio Francés; nunca había tomado nada en el famoso Café Du Monde ni había saboreado el cóctel Huracán en el legendario bar Lifitte's Blacksmith. En vez de ir al gimnasio, hacía ejercicio detrás del remolque, debajo de una lona desgastada que había colgado de unos árboles cercanos. Los domingos por la tarde no iba al cine.
Tenía cuarenta y dos años, y hacía muchos que no salía con una chica. La mayoría de la gente no habría querido —ni habría podido— vivir de ese modo, pero, claro, tampoco conocían a Edward. No sabían quién había sido ni lo que había hecho, y él prefería que fuera así.
Sin embargo, en una calurosa tarde, a mediados de junio, recibió una llamada inesperada, y los recuerdos del pasado recobraron su viveza. Edward llevaba casi nueve semanas sin trabajar. Por primera vez en prácticamente veinte años, iba a regresar a su pueblo. Solo con pensarlo se ponía tenso, pero sabía que tenía que hacerlo. Carlisle había sido algo más que un amigo, había sido como un padre. En el silencio reinante, mientras reflexionaba acerca de aquel año que supuso un punto de inflexión en su vida, detectó de nuevo un leve movimiento cercano. Se dio la vuelta con rapidez, pero no vio a nadie y volvió a preguntarse si no estaría perdiendo el juicio.
La llamada era de Jason Jenks, un abogado de Oriental, el pueblo de Carolina del Norte donde Edward había nacido y había pasado sus primeros años.
Lo llamaba para informarle de que Carlisle Cullen había muerto.
—Hay ciertos asuntos pendientes que requieren que usted los resuelva en persona—le explicó Jason.
Después de colgar el teléfono reservó un vuelo y una habitación en una pensión de la localidad. Luego llamó a una floristería para encargar unas flores.
A la mañana siguiente, después de cerrar la puerta del remolque con llave, enfiló hacia el cobertizo de hojalata situado en la parte trasera, donde guardaba el coche.
Era jueves, 18 de junio de 2009. Edward sostenía el único traje que tenía y una bolsa de lona en la que había más ropa y algunas otras cosas esenciales que se había dedicado a guardar durante las largas horas de vigilia.
Abrió el candado y subió la persiana; un rayo de sol se filtró en el interior del cobertizo e iluminó el vehículo que había estado reparando y restaurando desde sus años en el instituto. Era un fastback de 1969, la clase de coche que causaba admiración cuando Nixon era presidente; de hecho, la gente todavía se giraba al verlo pasar. Estaba impecable, como recién salido de fábrica. A lo largo de los años, muchos desconocidos le habían ofrecido bastante dinero por él, pero Edward no había aceptado ninguna oferta.
—Es más que un coche —se excusaba, sin añadir nada más.
Carlisle habría comprendido exactamente a qué se refería.
Edward lanzó la bolsa de lona en el asiento del pasajero y depositó el traje encima de la bolsa antes de sentarse al volante. Cuando giró la llave, el motor cobró vida con un potente rugido. Sacó el vehículo del cobertizo sin brusquedad, luego se apeó para bajar la persiana y volvió a colocar el candado. Entre tanto, repasó mentalmente un listado de cosas para asegurarse de que no se olvidaba de nada. Al cabo de dos minutos, conducía por la carretera principal; media hora más tarde, estacionaba el coche en uno de los aparcamientos del aeropuerto de Nueva Orleans. Detestaba tener que dejarlo allí, pero no le quedaba más remedio. Recogió sus pertenencias antes de enfilar hacia la terminal, donde un billete lo aguardaba en el mostrador de la aerolínea.
El aeropuerto estaba muy concurrido. Hombres y mujeres que andaban codo con codo, familias que iban a visitar a los abuelos o que se dirigían a Disney World, estudiantes que se desplazaban de casa a la universidad. Los hombres de negocios arrastraban sus maletas de cabina a la vez que hablaban por el teléfono móvil.
Edward permaneció de pie en la fila que se movía a paso de tortuga, a la espera de su turno. Ya en el mostrador, enseñó su identificación y contestó las preguntas básicas de seguridad antes de que le entregaran la tarjeta de embarque.
El avión tenía que hacer escala en Charlotte durante algo más de una hora. No estaba mal. Después de aterrizar en New Bern y de recoger el vehículo de alquiler, todavía le quedarían otros cuarenta minutos de carretera. Si el tráfico era fluido, llegaría a Oriental a última hora de la tarde.
Edward no se había dado cuenta de lo cansado que estaba hasta que se sentó en el avión. No sabía a qué hora se había quedado dormido la noche anterior —la última vez que miró el reloj, eran casi las cuatro de la madrugada—, pero procuraría dar una cabezadita durante el vuelo. Tampoco era que tuviera mucho que hacer cuando llegara a Oriental. Era hijo único, su madre los había abandonado cuando él tenía tres años, y su padre le había hecho un gran favor al mundo emborrachándose hasta morir. Hacía años que no hablaba con ningún otro miembro de su familia, ni tampoco tenía intención de retomar el contacto.
Iba a ser un viaje relámpago. Edward solo pensaba quedarse el tiempo justo para realizar las gestiones necesarias, ni un minuto más. A pesar de que se había criado en Oriental, nunca había tenido la sensación de formar parte de aquella comunidad.
El pueblo que Edward conocía no tenía nada que ver con la atractiva fotografía de propaganda colgada en algunas oficinas de turismo.
Casi todos los visitantes del pueblo se llevaban la misma impresión: Oriental era una localidad un tanto peculiar, popular entre artistas y poetas, y también entre ancianos retirados cuyo único deseo era pasar sus últimos días navegando en el río Neuse.
Oriental cumplía todos los requisitos de pueblo pintoresco, con sus tiendas de antigüedades, sus galerías de arte y sus cafés; además, tenía más ferias semanales que las que parecía posible en un pueblo con menos de mil habitantes. Pero el verdadero Oriental, el que Edward había conocido de niño y de adolescente, lo conformaba una serie de familias cuyos antepasados habían residido en la zona desde tiempos coloniales. Personajes como el juez McCall y el sheriff Harris, Eugenia Wilcox y las familias Swan y Weber. Ellos eran los dueños y señores de aquellas tierras, los que se encargaban de las plantaciones y de todas las transacciones; gente poderosa, una corriente subterránea, invisible pero viva, en un pueblo que siempre había sido suyo. Y seguían gobernándolo a su antojo.
Edward lo experimentó de primera mano a los dieciocho años, y luego otra vez a los veintitrés, cuando decidió marcharse para no volver nunca más.
No resultaba nada fácil residir en el condado de Pamlico cuando uno se apellidaba Masen, y menos en Oriental. Por lo que sabía, el antepasado más remoto en el árbol genealógico de los Masen era su bisabuelo, que había estado en la cárcel.
Varios miembros de la familia habían sido condenados por un sinfín de fechorías: asalto y agresión, incendio intencionado, intento de asesinato e incluso asesinato consumado. La propiedad familiar ubicada en una zona boscosa y rocosa era como un estado independiente con sus propias leyes. La propiedad de los Masen estaba salpicada por un puñado de volquetes destartalados, remolques y graneros llenos de chatarra. Ni siquiera el sheriff se aventuraba a pisar aquel reducto, a menos que no le quedara otro remedio. Los cazadores preferían dar un largo rodeo en vez de atravesar aquellas tierras, ya que estaban seguros de que el cartel de PROHIBIDO ENTRAR: SE DISPARARÁ A LOS INTRUSOS no era simplemente un aviso, sino una promesa.
Los Masen eran destiladores clandestinos, traficantes de drogas, alcohólicos, ladrones y proxenetas; maltrataban a sus mujeres y se comportaban como verdaderos tiranos con sus hijos, y, por encima de todo, eran patológicamente violentos.
Según un artículo publicado en una revista, se los consideraba el clan más cruel y sanguinario al este de Raleigh. El padre de Edward no había sido una excepción; desde los veinte años hasta entrados los treinta, se había pasado la mayor parte de sus días entre rejas por diversos delitos que incluían apuñalar a un tipo con un picahielos después de que el hombre le cortara el paso con el coche en una carretera.
Lo habían juzgado por asesinato dos veces, y en ambos casos había salido absuelto después de que todos los testigos desaparecieran como por arte de magia; incluso el resto de la familia sabía que era mejor no buscarle las cosquillas.
Edward no podía entender cómo era posible que su madre hubiera decidido casarse con él. No la culpaba por haberse marchado, ni tampoco por no habérselo llevado con ella. Los patriarcas en el clan de los Masen mostraban una genuina obsesión posesiva por sus hijos, y a Edward no le cabía la menor duda de que su padre habría perseguido a su madre hasta los confines del mundo en busca de su hijo y que lo habría llevado de vuelta a Oriental sin mostrar ni un ápice de compasión. Él mismo se lo había dicho a Edward en más de una ocasión, y este nunca se atrevió a preguntarle qué habría hecho si su madre se hubiera resistido.
Ya sabía la respuesta.
Se preguntaba cuántos miembros de su familia todavía vivirían en aquellas tierras. Cuando se marchó, aparte de su padre, quedaba un abuelo, cuatro tíos, tres tías y dieciséis primos. Después de tantos años, con los primos ya adultos y con su propia descendencia, la prole debía de ser más numerosa, pero Edward no sentía ni el más mínimo deseo de averiguarlo. Podía ser el mundo en el que se había criado, pero, al igual que le pasaba con Oriental, nunca se había sentido parte de aquel clan.
Quizá su madre, quienquiera que fuera, tenía algo que ver con su forma de ser, pero él no era como ellos. A diferencia de sus primos, Edward nunca se había metido en ninguna pelea en la escuela y, además, sacaba unas notas decentes.
Siempre se había mantenido alejado de las drogas y del alcohol, y de adolescente evitaba a sus primos cada vez que estos bajaban al pueblo en busca de bronca con excusas tales como que tenían que echar un vistazo a la destilería o que tenían que ayudar a desguazar un coche que había robado algún miembro de la familia.
Mantenía la cabeza baja y, siempre que podía, intentaba conservar una actitud discreta.
Era un acto de prudencia. Los Masen podían ser una banda de maleantes, pero eso no significaba que fueran tontos. Por puro instinto, Edward sabía que tenía que ocultar sus diferencias de la mejor manera posible. Probablemente, era el único niño en toda la escuela que se esmeraba en los estudios para suspender un examen adrede, y aprendió a manipular las notas de tal modo que parecieran peores de lo que de verdad eran. Aprendió a vaciar furtivamente una lata de cerveza en el momento en que le daban la espalda, perforándola con un cuchillo y, cuando se excusaba para evitar ir con sus primos, se quedaba trabajando hasta medianoche.
Sus artimañas fueron efectivas al principio, pero al final se le vio el plumero. Uno de sus maestros mencionó a un amigote borracho de su padre que Edward era el mejor alumno de la clase; sus tías y sus tíos empezaron a darse cuenta de que, a diferencia de sus primos, aquel chico nunca infringía la ley. En una familia que premiaba la lealtad y la confraternidad por encima de todo, él era diferente.
No podía haber peor pecado.
Su padre montó en cólera. A pesar de que Edward había recibido palizas desde pequeño —su padre sentía debilidad por los cinturones y por las correas—, cuando cumplió doce años, las palizas se convirtieron en una cuestión personal.
Lo azotaba hasta dejarle la espalda y el pecho amoratados y, al cabo de una hora, volvía a azotarlo, esta vez centrándose en la cara y en las piernas del muchacho.
Los maestros sabían lo que sucedía, pero fingían no darse cuenta, por temor a represalias con su familia. El sheriff fingía no ver los moratones ni verdugones cuando Edward volvía a casa después de la escuela. El resto de la familia no parecía tener ningún problema con la situación. Jasper y Emmet, sus primos mayores, le propinaban unas palizas tan espantosas como las que le daba su padre: Jasper porque pensaba que Edward se lo merecía, y Emmet, simplemente por diversión.
Alto, robusto y con los puños del tamaño de unos guantes de boxeo, Jasper era extremamente violento y perdía la paciencia con facilidad, aunque era más inteligente de lo que aparentaba. Emmet, en cambio, era malvado por naturaleza. Cuando tenía cuatro años, le clavó a otro niño un lápiz durante una pelea por un pastelito relleno de mantequilla y, antes de que lo expulsaran del colegio a los once años, envió a un compañero de clase al hospital. Incluso circulaban rumores de que a los diecisiete años había matado a un yonqui. Edward llegó a la conclusión de que era mejor no contraatacar. En vez de eso, aprendió a protegerse mientras soportaba la tunda de palos, hasta que sus primos se cansaban o se aburrían de golpearlo, o las dos cosas a la vez.
De todas formas, se desmarcó de la familia. Jamás tendría trato con ellos. Con el tiempo aprendió que cuanto más chillaba, más lo golpeaba su padre, así que permanecía callado. Su padre, además de ser un tipo extremamente violento, era un matón, y Edward sabía de forma instintiva que los matones solo luchaban en las batallas que sabían que podían ganar. Sabía que llegaría un día en que sería lo bastante fuerte como para desafiarlo, un día en que ya no le tendría miedo.
Mientras recibía la lluvia de golpes, intentaba imaginar el coraje que había mostrado su madre al cortar todo vínculo con la familia.
Edward se esmeró por agilizar el proceso de independencia del clan. Ató un saco relleno de trapos a un árbol y todos los días se ejercitaba durante horas, atizándole puñetazos; también hacía largas series de flexiones y abdominales, y levantaba pedruscos y piezas de motor tan a menudo como podía. Antes de cumplir los trece años, ya había ganado cuatro kilos de masa muscular, y aumentó otros ocho kilos cuando cumplió los catorce. También estaba creciendo. A los quince años, era casi tan alto como su padre.
Una noche, un mes después de haber cumplido los dieciséis, su padre se le acercó con un cinturón en la mano, después de haber bebido más de la cuenta.
Edward se resistió, le arrebató el cinturón y lo amenazó; le dijo que, como se atreviera a tocarlo otra vez, lo mataría.
Aquella noche, sin saber adónde ir, se refugió en el taller de coches de Carlisle. Cuando este lo encontró a la mañana siguiente, Edward le pidió trabajo. No había ninguna razón para que Carlisle se sintiera obligado a ayudarlo. No solo era un extraño, sino que, además, pertenecía a la familia Masen. El hombre se secó las manos en el enorme pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo trasero al tiempo que escrutaba al muchacho como si intentara averiguar sus intenciones, luego sacó un paquete de cigarrillos. En esa época, Carlisle tenía sesenta y un años, y hacía dos que se había quedado viudo. Cuando habló, Edward pudo oler el tufo a alcohol en su aliento. Su voz era ronca, debido a los cigarrillos Camel sin filtro que fumaba desde la infancia. Su forma de hablar, como la de Edward, era propia de una persona poco leída.
—Supongo que sabes desguazar coches, pero ¿sabes volver a montarlos?
—Sí, señor —contestó Edward.
—¿Tienes que ir a la escuela, hoy?
—Sí, señor.—Entonces, cuando acabes las clases, pásate por aquí y veremos qué sabes hacer.
Edward no faltó a la cita después de clase. Se esforzó por hacerlo lo mejor que pudo.
Estuvo lloviendo casi toda la tarde. Cuando Edward volvió a colarse sigilosamente en el taller por la noche para refugiarse de la tormenta, Carlisle lo estaba esperando.
El hombre no dijo nada. Pegó una fuerte calada a su Camel sin filtro, escrutó a Edward sin hablar y luego se retiró a su casa. Edward no volvió a pasar ni una noche más en las tierras de su familia. Carlisle no le exigía ningún alquiler por dormir en el taller, y Edward se compraba su propia comida. Con el paso de los meses, empezó a pensar en el futuro por primera vez en su vida. Ahorró todo lo que pudo; su único gasto fue el fastback que compró en un desguace más las enormes jarras de té frío que tomaba para cenar. Por las noches, después de trabajar, se dedicaba a restaurar su coche mientras bebía té y fantaseaba con la idea de ir a la universidad, algo que ningún Masen había hecho antes. Consideró la posibilidad de alistarse en el Ejército o alquilar una casa. Sin embargo, antes de que pudiera tomar una decisión, un día su padre se personó en el taller inesperadamente, acompañado de Emmet y de Jasper.
Sus primos portaban sendos bates de béisbol. Edward divisó el borde de una navaja en el bolsillo de Emmet.
—Dame todo el dinero que has ganado —le exigió su padre sin más preámbulos.
—No —contestó Edward.
—Ya esperaba esa respuesta, por eso he venido con Jasper y Emmet. De un modo u otro, obtendré lo que quiero: o me das lo que me debes por haberte largado de casa, o tus primos te lo quitarán a la fuerza; tú decides.
Edward no dijo nada. Su padre se hurgó los dientes con un palillo.
—Mira, lo único que he de hacer para acabar con tu insignificante vida es montar un numerito en el pueblo. Quizás un atraco o un incendio. ¿Quién sabe? Después, dejaremos algunas pistas, haremos una llamada anónima al sheriff y esperaremos a que la ley actúe. Sabemos que pasas todas las noches solo en este taller, así que no tendrás coartada, y te aseguro que me importa un pito si te pasas el resto de tus días encerrado en la cárcel, pudriéndote entre rejas y hormigón. Así pues, ¿qué tal si nos dejamos de tonterías y me das el dinero por las buenas?
Edward sabía que su padre no se estaba marcando un farol. Con el rostro inexpresivo, sacó el dinero de su billetera. Después de que su padre contara los billetes, escupió el palillo al suelo y sonrió.
—Volveré la semana que viene.
Edward sobrevivió. Todas las semanas se guardaba disimuladamente un poco del dinero que ganaba para poder seguir restaurando el fastback y comprar té frío, pero la mayor parte de su paga semanal se la entregaba a su padre. A pesar de que sospechaba que Carlisle sabía lo que pasaba, este nunca dijo nada al respecto, y no porque tuviera miedo de los Masen, sino porque no era un tema de su incumbencia.
En lugar de eso, empezó a cocinar unas cantidades de comida desmesuradamente grandes para él solo. Entraba en el taller con un plato y le decía:
—Me ha sobrado un poco, ¿quieres?
Después solía irse a su casa sin decir nada más. Aquella era la relación que mantenían. Edward la respetaba. Respetaba a Carlisle. A su manera, se había convertido en la persona más importante en su vida. No podía imaginar nada que pudiera alterar ese sentimiento.
Hasta que apareció Isabella Swan.
A pesar de que hacía años que la conocía —en el condado de Pamlico solo había un instituto, y él había ido al colegio con ella prácticamente toda su vida—, la primera vez que intercambiaron unas palabras fue en la primavera de su penúltimo año en el instituto. Siempre había pensado que era preciosa, pero no era el único que lo creía. Ella era tremendamente popular, la clase de chica que se sentaba rodeada de amigas a una mesa de la cafetería mientras los chicos intentaban llamar su atención. No solo era la delegada de la clase, sino que también era una de las animadoras del equipo del instituto. Si además se añadía que era rica y que la sentía tan inaccesible para él como una actriz de la tele, era comprensible que nunca hubiera hablado con ella hasta que cierto día les tocó formar pareja en el laboratorio de química.
Mientras realizaban prácticas con los tubos de ensayo y estudiaban juntos para los exámenes de aquel semestre, Edward se dio cuenta de que Isabella no era como la había imaginado. En primer lugar, le sorprendió que no pareciera importarle ser una Swan y que él fuera un Masen. Tenía una risa franca y sana, y cuando sonreía ponía carita de niña traviesa, como si supiera algo que nadie más sabía. Su cabello era de un esplendoroso color rubio miel, y sus ojos, como un cálido cielo estival. A veces, mientras garabateaban alguna ecuación en los cuadernos, ella le tocaba suavemente el brazo para preguntarle algo, y a él se le quedaba impregnado aquel tacto en la piel durante horas. A menudo, por las tardes, en el taller, no podía dejar de pensar en ella. Hasta entrada la primavera, no consiguió aunar el coraje necesario para invitarla a un helado. A medida que se acercaba el final de curso, empezaron a pasar más y más tiempo juntos.
Era 1984. Edward tenía diecisiete años. Cuando el verano tocó a su fin, supo que estaba enamorado. Más tarde, cuando el aire se tornó más frío y las hojas otoñales empezaron a amontonarse en el suelo formando gruesas serpentinas ocres y amarillas, estaba seguro de que quería pasar el resto de su vida con ella, por más descabellada que pareciera la idea. Al año siguiente, continuaron estudiando en la misma clase. Cada vez estaban más compenetrados. Intentaban pasar juntos el máximo tiempo posible. Con Isabella le resultaba fácil ser él mismo; con ella se sentía satisfecho por primera vez en su vida. Incluso después de tantos años, a veces solo podía pensar en aquel último año que habían pasado juntos.
O, para ser más precisos, solo podía pensar en Isabella.
En el avión, Edward se acomodó. Le había tocado un asiento junto a la ventanilla, en el centro, al lado de una pelirroja de unos treinta años, alta y con las piernas largas. No era exactamente su tipo, aunque pensó que era atractiva. Ella se inclinó hacia él cuando se abrochó el cinturón y le sonrió como para pedir disculpas.
Edward asintió con la cabeza, pero, al ver que ella se disponía a entablar conversación, desvió la vista hacia la ventanilla. Se quedó ensimismado contemplando la furgoneta de las maletas que se alejaba del avión, dejándose arrastrar —como de costumbre— por los distantes recuerdos de Isabella.
Se acordaba de los días que habían ido a nadar al río Neuse durante aquel primer verano, sus cuerpos húmedos, rozándose constantemente, y todavía podía verla encaramada en el banco de trabajo del taller de Carlisle, con las rodillas encogidas entre sus brazos, mientras él se dedicaba a restaurar su coche y pensaba que lo único que deseaba en el mundo era poder seguir viéndola sentada de ese modo toda la vida. En agosto, cuando el coche estuvo listo por fin, la llevó a la playa. Se tumbaron en las toallas, con los dedos entrelazados, y departieron plácidamente sobre sus libros favoritos, sus películas preferidas, sus secretos y sus sueños para el futuro.
A veces también discutían. En tales ocasiones, Edward entreveía una muestra de la fiera naturaleza de Isabella. No es que estuvieran siempre en desacuerdo, aunque tampoco era algo infrecuente. De todas formas, por más que se enfadaran con facilidad, casi siempre zanjaban la disputa con la misma rapidez.
Algunas veces se picaban por nimiedades, pues Isabella era muy testaruda. Discutían de forma acalorada durante un buen rato, sin llegar a ningún acuerdo.
Incluso en las ocasiones en que Isabella lo sacaba de sus casillas, Edward no podía evitar admirar su honestidad, una honestidad que radicaba en el hecho de que ella lo quería más y se preocupaba más por él que ninguna otra persona en su vida.
Aparte de Carlisle, nadie comprendía lo que ella veía en él. A pesar de que al principio intentaron ocultar su relación, Oriental era un pueblo pequeño, e irremediablemente empezaron a circular rumores. Ella se fue quedando sin amigas, y sus padres no tardaron en averiguar lo que sucedía. Él era un Masen y ella una Swan, y eso era motivo suficiente de preocupación.
Al principio, sus padres se aferraron a la esperanza de que Isabella estuviera atravesando una fase rebelde e intentaron no prestarle excesiva atención. Sin embargo, cuando vieron que ella seguía adelante con aquella relación, empezaron a adoptar posturas más severas: le quitaron el carné de conducir y le prohibieron hablar por teléfono. Pasó el otoño confinada en casa, como un pájaro en una jaula, y le prohibieron salir los fines de semana. A Edward no le permitían ir a verla, y la única vez que el padre de Isabella habló con él lo llamó «pobre mamarracho». La madre suplicó a su hija que acabara de una vez con aquella relación. En diciembre, su padre dejó de dirigirle la palabra.
La hostilidad que rodeaba a la joven pareja solo consiguió unirlos aún más. Si Edward le cogía la mano en público, Isabella la estrechaba con fuerza, como si retara a cualquiera que osara exhortarlos a que se soltaran. Pero el chico no era ningún ingenuo; por más enamorado que estaba, era consciente de que aquella relación tenía los días contados. Todos parecían conspirar contra ellos. Su padre tampoco tardó en descubrir lo de Isabella y, cada vez que pasaba por el taller para recoger el sueldo de Edward, lo interrogaba con curiosidad. Aunque no había nada amenazador en su tono, a él le acometían unas violentas náuseas simplemente por el hecho de oírle pronunciar el nombre de ella.
En enero, Isabella cumplió dieciocho años. A pesar de que sus padres estaban realmente furiosos con su relación sentimental, no fueron capaces de echarla de casa. Por entonces, a ella ya no le importaba su opinión —o por lo menos, eso era lo que siempre le decía a Edward—. A veces, tras otra de las constantes disputas con sus padres, se escapaba por la ventana de su cuarto en mitad de la noche e iba al taller. A menudo, él estaba esperándola, pero a veces ella lo despertaba cuando se tumbaba a su lado en el colchón que Edward desplegaba todas las noches en el despacho del taller. Entonces salían a dar una vuelta cerca del río, se sentaban en una de las ramas bajas de un roble centenario y él la rodeaba con ternura con un brazo por los hombros. Bajo la luz de la luna, mientras los peces saltaban, Isabella le contaba la discusión que había tenido con sus padres, a veces con un hilo de voz, y siempre procurando no herir los sentimientos de Edward. Él le estaba agradecido por la deferencia, aunque sabía perfectamente lo que los padres de Isabella opinaban de él. Una noche, al ver las lágrimas que se escapaban por debajo de las pestañas de la chica después de otra fuerte discusión, le sugirió que quizá sería más conveniente para ella que dejaran de verse.—¿Es lo que quieres? —susurró Isabella, con la voz quebrada.
Él la estrechó con fuerza contra su pecho, al tiempo que le susurraba:
—Solo quiero que seas feliz.
La chica apoyó la cabeza en su hombro. Mientras seguía abrazándola, Edward pensó que nunca había detestado tanto ser un Masen.
—Contigo soy feliz —murmuró ella.
Más tarde, aquella noche, hicieron el amor por primera vez. Y durante las siguientes dos décadas, Edward siguió guardando celosamente aquellas palabras y los recuerdos de aquella noche en su corazón, consciente de que ella había hablado por los dos.
Después de aterrizar en Charlotte, Edward se echó la bolsa de lona y el traje sobre el hombro y cruzó la terminal, sin apenas fijarse en el trajín a su alrededor, absorto en los recuerdos de aquel último verano con Isabella.
En primavera, ella recibió una carta de la Universidad de Duke en la que le confirmaban que había sido aceptada. Por fin podría ver cumplido uno de sus sueños desde que era niña. El espectro de su partida, junto con el aislamiento de su familia y de sus amigos, solo intensificó el deseo de la joven pareja de pasar tanto tiempo juntos como fuera posible.
Se pasaban horas en la playa y daban largos paseos en coche, con la radio a todo volumen, o simplemente mataban el rato en el taller de Carlisle. Tenían la certeza de que casi nada cambiaría cuando ella se marchara; o bien Edward iría a Durham en coche, o bien ella iría a verlo a Oriental. A Isabella no le quedaba ninguna duda de que encontrarían el modo de que aquella relación siguiera adelante.
Sus padres, en cambio, tenían otros planes. Un sábado por la mañana, en pleno mes de agosto, cuando faltaba menos de una semana para que Isabella se marchara a Durham, la acorralaron antes de que pudiera escabullirse de casa. Su madre se encargó de dar el sermón, aunque Isabella sabía que su padre estaba totalmente de acuerdo.
—Esto ha ido demasiado lejos, jovencita —empezó su madre y, con una voz sorprendentemente calmada, le dijo que, si seguía saliendo con Edward, a partir de septiembre tendría que buscarse otro lugar para vivir y hacerse cargo de sus gastos, y que, además, tampoco le costearían los estudios—. ¿Por qué malgastar dinero en la universidad si estás echando a perder tu vida?
Cuando Isabella empezó a protestar, su madre la atajó con vehemencia:
—Te arrastrará a la miseria, pero entendemos que, por el momento, eres demasiado joven para comprenderlo. Así que, si quieres gozar de plena libertad para comportarte como una adulta, tendrás que asumir tus responsabilidades. Quédate con Edward y destroza tu vida, si quieres; no te detendremos, pero tampoco te ayudaremos.
Isabella se marchó corriendo de casa, en busca de Edward. Cuando llegó al taller, lloraba desconsoladamente, incapaz de articular sus pensamientos. Él la abrazó. Poco a poco fue contándole fragmentos de la discusión hasta que logró controlar el llanto.
—Nos iremos a vivir juntos —dijo Isabella, con las mejillas todavía húmedas.
—¿Dónde? —le preguntó él—. ¿Aquí? ¿En el taller?
—No lo sé. Ya encontraremos una solución.
Edward se quedó callado y fijó la vista en el suelo.
—Tienes que ir a la universidad —le dijo.
—¡No me importa la universidad! —protestó Isabella—. ¡Lo único que me importa eres tú!
Él dejó caer los brazos pesadamente a ambos lados del cuerpo.
—Tú también eres lo que más me importa en este mundo, por eso no puedo privarte de lo que te corresponde —alegó Edward.
Isabella sacudió la cabeza, perpleja.
—Tú no me estás privando de nada; son mis padres, que me tratan como si todavía fuera una niña.
—Es por mí. Los dos lo sabemos. —Edward dio una patada al suelo—. Si amas a alguien, has de ser capaz de sacrificarte por ese alguien y dejar que se marche, ¿no?
Por primera vez, los ojos de Isabella centellearon peligrosamente.
—¿Y qué pasa si uno no quiere marcharse? ¿Acaso significa que están predestinados a estar juntos? ¿Es eso lo que crees, que simplemente se trata de un cliché? —Lo agarró por el brazo, clavándole los dedos con excesiva fuerza—. ¡Tú y yo no somos una pareja cliché! ¡Hallaremos la forma de que lo nuestro funcione! Conseguiré un trabajo como camarera… o de lo que sea, y alquilaremos una casa.
Edward mantuvo el tono sosegado, en un intento de no desmoronarse.
—¿Cómo? ¿Crees que mi padre dejará de extorsionarme?—¡Podríamos ir a vivir a otro lugar!
—¿Adónde? ¿Con qué? Yo no tengo nada. ¿No lo entiendes? —Dejó las palabras suspendidas en el aire. Ella no contestó, así que continuó—: Solo intento ser realista. Estamos hablando de tu vida… y… ya no puedo seguir formando parte de ella.
—¿Qué…, qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que tus padres tienen razón.
—No hablas en serio, ¿verdad?
En su voz, Edward detectó algo parecido al miedo. A pesar de que se moría de ganas de abrazarla, dio deliberadamente un paso hacia atrás.
—Vete a casa —le ordenó.
Ella avanzó hacia él.
—Edward…
—¡No! —exclamó, al tiempo que retrocedía otro paso—. ¿Acaso no me estás escuchando? ¡Se acabó! ¿Lo entiendes? ¡Lo hemos intentado, pero no ha funcionado! ¡La vida sigue!
La cara de Isabella adoptó un tono céreo, con una expresión casi fúnebre.
—Así que… ¿se acabó?
En vez de contestar, Edward tuvo que hacer un enorme esfuerzo para darse la vuelta y enfilar hacia el taller. Sabía que, si no se resistía y la miraba de nuevo, cambiaría de parecer, y no podía hacerle esa trastada a Edward. No, no podía hacerlo. Metió la cabeza dentro del capó abierto del fastback para que ella no viera sus lágrimas.
Cuando Isabella se marchó, Edward se sentó sin apenas fuerzas sobre el polvoriento suelo de hormigón al lado de su coche. Se quedó allí durante horas, hasta que apareció Carlisle y se sentó a su lado. Los dos permanecieron en silencio un buen rato.
—Has terminado con ella —comentó Carlisle, al cabo de un rato.
—Lo nuestro no tenía futuro. —Edward apenas podía hablar.
—Sí, eso había oído.
El sol se alzaba muy alto por encima de sus cabezas, envolviéndolo todo fuera del taller con una sorda quietud que parecía casi sepulcral.
—¿He actuado correctamente?
Carlisle hundió la mano en el bolsillo en busca del paquete de cigarrillos, como si quisiera ganar tiempo antes de contestar. Propinó unos golpecitos en el paquete y sacó un Camel.
—No lo sé. Entre vosotros dos hay algo especial, no puedo negarlo. Y esa magia hará que no te resulte fácil olvidarla.
Acto seguido, Carlisle le propinó unas palmaditas en la espalda y se puso de pie. Era más de lo que nunca le había dicho acerca de Isabella. Mientras se alejaba, Edward entrecerró los ojos contra la intensa luz del sol y las lágrimas empezaron a rodar de nuevo. Sabía que aquella chica siempre constituiría lo mejor de él, una parte que siempre aspiraría a entender y a conocer mejor.
Lo que no sabía era que ya no volvería a hablar con ella ni a verla nunca más. A la semana siguiente, Isabella se mudó a la residencia de estudiantes de la Universidad de Duke. Luego, un mes más tarde, él fue arrestado.
Edward pasó los siguientes cuatro años entre rejas.
Espero que logren engancharse en esta historia tanto como yo.
Besos!
