Hola!

Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 02

En los confines de Oriental, Isabella se apeó del coche y examinó la cabaña que Carlisle denominaba su hogar. Llevaba tres horas conduciendo y se sintió aliviada al poder estirar un poco las piernas. Todavía notaba la tensión en el cuello y en los hombros, un constante recordatorio de su pelea con Jacob aquella mañana. Él no entendía su obstinación por querer asistir al funeral y, analizándolo con frialdad, seguramente no le faltaba la razón. En los casi veinte años que llevaban casados, Isabella nunca había mencionado a Carlisle Cullen; si hubiera sido al revés, si Jacob hubiera estado en su lugar, probablemente ella también se habría sentido molesta.

Sin embargo, sabía que la discusión no era por Carlisle ni por ningún otro de sus secretos, ni siquiera porque ella fuera a pasar otro fin de semana lejos de su familia.

En el fondo, los dos sabían que se debía al problema que llevaban diez años arrastrando. La pelea había surgido como siempre, sin estallar de una forma escandalosa ni violenta —gracias a Dios, Jacob era un tipo diplomático—. Al final, él había murmurado una seca disculpa antes de marcharse a trabajar. Como de costumbre, ella se había pasado el resto de la mañana y de la tarde intentando olvidar lo sucedido. Después de todo, no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Además, con el paso del tiempo, había aprendido a insensibilizarse respecto a la rabia y la ansiedad que habían acabado por definir su relación.

Durante el trayecto hasta Oriental, tanto Jared como Lynn, sus dos hijos mayores, la habían llamado por teléfono. Isabella agradeció la distracción.

Estaban en medio de las vacaciones de verano. Durante las últimas semanas, la casa se había llenado del típico bullicio de los adolescentes. Jared y Lynn ya habían hecho planes para pasar el fin de semana con unos amigos, él con una chica que se llamaba Melody, y ella navegando con una compañera del instituto por el lago Norman, donde la familia de su amiga tenía una casa. Annete —su «maravilloso accidente», como Jacob la llamaba— estaba de campamento durante dos semanas.

Probablemente también la habría llamado si en el campamento no fueran tan estrictos con la prohibición de los móviles, lo cual era de agradecer, porque, si no, seguro que su pequeña parlanchina la habría estado llamando mañana, tarde y noche. Así que el funeral de Carlisle no trastocaba sus planes.

Al pensar en sus hijos, Isabella sonrió con afecto. Aparte del trabajo de voluntaria en el Centro de Oncología Pediátrica de la Clínica Universitaria de Duke, las dos últimas décadas de su vida habían transcurrido rodeada de niños. Se había dedicado a ejercer de madre desde el nacimiento de Jared y, aunque se sentía cómoda y le gustaba desempeñar aquel papel, desde el principio se había sentido un poco frustrada por las limitaciones. Le gustaba pensar que era más que una madre y una esposa. Había estudiado en la universidad para ser maestra, e incluso había considerado la posibilidad de realizar un doctorado, con la intención de acabar dando clases en una de las universidades cercanas a su domicilio. Después de graduarse, aceptó un trabajo como maestra de primaria. Entonces… la vida intervino. A sus cuarenta y dos años, a veces bromeaba acerca de sus ganas de emanciparse para tener claro lo que quería hacer de mayor.

Algunos lo denominaban la crisis de los cuarenta, pero Isabella no estaba segura de si se trataba de eso. No sentía la necesidad de comprarse un coche deportivo, de hacerse la cirugía estética o de escapar a una isla paradisíaca.

Tampoco se trataba de aburrimiento, ya que sus hijos y la clínica la mantenían ocupada. Más bien era la sensación de haber perdido la pista a la persona que había deseado ser. Por otro lado, además, no estaba segura de si tendría la oportunidad de encontrar a esa persona de nuevo.

Durante mucho tiempo, se había considerado afortunada, y Jacob había jugado un papel fundamental en aquel logro. Se conocieron en una fiesta universitaria, durante el segundo año de Isabella en la universidad. A pesar del caos reinante en aquella fiesta, consiguieron encontrar un rincón tranquilo donde se pasaron todo el rato charlando hasta que despuntaron las primeras luces del alba. Él era dos años mayor que ella, serio e inteligente, y ya en aquella primera noche, Isabella supo que tendría éxito en todo lo que hiciera. Cumplía, pues, los requisitos mínimos para iniciar una relación sentimental. En agosto, él se marchó a estudiar a la Facultad de Odontología, en Chapel Hill, pero continuaron saliendo juntos dos años más. El compromiso formal era el siguiente paso esperado. En julio de 1989, apenas unas semanas después de que Isabella se graduara, se casaron.

Tras la luna de miel en las Bahamas, ella empezó a trabajar de maestra en una escuela de primaria, pero cuando al siguiente verano nació Jared, tomó la baja maternal. Lynn nació dieciocho meses más tarde, y la baja maternal se prolongó de forma permanente. Por entonces, Jacob había conseguido un préstamo para abrir su propia clínica dental y comprar una pequeña casa en Durham.

Aquellos primeros años, tuvieron que apretarse el cinturón. Jacob quería labrarse un futuro por sí solo y no aceptó ninguna ayuda económica de sus padres ni de su familia política. Después de pagar todas las deudas mensuales, apenas les quedaba dinero para alquilar una película de vídeo para el fin de semana; dormían con un montón de mantas, para ahorrar en calefacción; casi nunca salían a cenar y, cuando se les averió el coche, Isabella permaneció enclaustrada en casa durante un mes, hasta que tuvieron dinero para arreglarlo. Por más estresantes y agotadores que parecieran, habían sido los años más felices de su matrimonio.

La clínica dental de Jacob prosperaba despacio y, en muchos aspectos, sus vidas se asentaron en una pauta predecible. Jacob trabajaba y ella se ocupaba de la casa y de los niños. Justo cuando vendieron su primera casa y se mudaron a otra más amplia en una zona más acomodada de la ciudad, nació Bea, su tercer retoño.

Después, la vida se complicó más: la clínica de Jacob florecía mientras ella se encargaba de llevar a Jared de casa a la escuela (y de traerlo de vuelta a casa), y de llevar a Lynn a parques y a fiestas infantiles, con Bea instalada en la sillita de auto entre sus dos hermanitos mayores.

Durante aquellos años, Isabella empezó a reconsiderar sus planes de estudiar un posgrado; incluso se interesó por dos programas de máster, con la idea de inscribirse cuando Bea comenzara a ir a la guardería. Pero cuando su hija pequeña murió, sus ambiciones se vinieron abajo. Guardó los libros para el examen de acceso a los estudios de posgrado en un cajón del escritorio y ya no volvió a sacarlos.

El inesperado embarazo que acabó por traer al mundo a Annette cimentó su resolución de no volver a la universidad. Las nuevas circunstancias despertaron un compromiso renovado de centrarse en la reconstrucción de su vida familiar; se volcó en las actividades y rutinas de sus hijos con una obcecada pasión, para mantener la pena y el dolor a raya. Con el paso de los años, los recuerdos de la pequeña Bea fueron diluyéndose. Jared y Lynn recuperaron lentamente el sentido de la normalidad. Isabella daba gracias por ello. La casa se llenó de una fresca alegría gracias al carácter vivaz de la pequeña Annette. De hecho, de vez en cuando, casi se convencía a sí misma de que eran una familia completa y feliz, inmune a cualquier tragedia.

Con todo, le costaba mucho convencerse de que su matrimonio también gozaba de buena salud.

No creía —jamás lo había creído— que el matrimonio se caracterizara por un estado de amor y felicidad permanentes. Si se hacía la prueba de unir a dos personas, se agregaban los inevitables altibajos y se agitaba la mezcla de forma vigorosa, ineludiblemente surgían algunas disputas acaloradas, por más que los dos se amaran. El tiempo, además, contribuía con nuevos retos. El confort y la familiaridad eran maravillosos, pero también empañaban la pasión y el entusiasmo. La previsibilidad y la costumbre provocaban que el factor sorpresa fuera casi inexistente. Ya no quedaban nuevas historias que contar; a menudo, uno era capaz de terminar una frase iniciada por el otro, y tanto ella como Jacob habían llegado a un punto en el que una simple mirada estaba cargada de tanto significado como para que no hicieran falta palabras.

Sin embargo, la muerte de Bea los cambió. Isabella se sintió más que comprometida con su labor de voluntaria en la clínica; Jacob, por otro lado, pasó de beber de forma esporádica a convertirse en un alcohólico.

Ella sabía distinguir la diferencia, pese a que nunca había sido una puritana con el alcohol. En sus años universitarios, había bebido más de la cuenta en más de una fiesta, y todavía le gustaba tomar una copa de vino durante la cena. A veces, incluso se animaba y tomaba una segunda, y con eso casi siempre le bastaba. Pero para Jacob, lo que había empezado como una forma de insensibilizar el dolor había acabado por trocarse en un hábito que no podía controlar.

Si miraba hacia atrás, a veces pensaba que debería haberlo previsto. En la universidad, a Jacob le gustaba beber con sus amigos mientras veía partidos de baloncesto; en la Facultad de Odontología, a menudo se tomaba dos o tres cervezas después de las clases. Pero en aquellos lúgubres meses en que Bea estuvo enferma, las dos o tres cervezas de todas las noches se convirtieron en seis. Y tras la muerte de la pequeña, pasaron a ser doce. En el segundo aniversario de la muerte de Bea, con Annette de camino, Jacob bebía demasiado incluso cuando tenía que trabajar a la mañana siguiente. Últimamente bebía cuatro o cinco noches por semana. De hecho, la noche anterior no había sido una excepción. Había entrado en el cuarto, pasada la medianoche, arrastrando los pies. Isabella nunca lo había visto tan borracho. Había empezado a roncar tan estrepitosamente que al final ella tuvo que irse a dormir al cuarto de los invitados. La afición a la bebida de su marido —y no el entierro de Carlisle— había sido el verdadero motivo de su discusión aquella mañana.

Con el paso de los años, Isabella había sido testigo de todo el proceso: desde ver cómo se le trababa la lengua durante la cena o en una comida con amigos, hasta verlo borracho y tirado por el suelo de la habitación que compartían. Sin embargo, todo el mundo lo consideraba un excelente dentista, casi nunca faltaba al trabajo y siempre pagaba las facturas, por lo que él no aceptaba que tuviera un problema.

Dado que nunca había adoptado una actitud agresiva ni violenta, no aceptaba que tuviera un problema. Dado que casi siempre bebía solo cerveza, era imposible que tuviera un problema.

Pero sí que había un problema, porque gradualmente Jacob se convirtió en la clase de hombre con el que Isabella jamás se habría imaginado casada. Ella había perdido la cuenta de las veces que había llorado, de las veces que había discutido con él, conminándolo a pensar en sus hijos. Le había suplicado que consultaran el caso con un terapeuta matrimonial para que los ayudara a encontrar una salida, o había arremetido contra su egoísmo. Lo había tratado con frialdad durante varios días seguidos, lo había obligado a dormir en el cuarto de los invitados durante semanas y había rezado con todas sus fuerzas para que Dios la escuchara.

Una vez al año, más o menos, Jacob se avenía a sus súplicas y dejaba de beber.

Pero a las pocas semanas ya volvía a tomar una cerveza durante la cena. Solo una.

Aquella primera noche no había ningún problema, y quizás a la siguiente tampoco, cuando también se controlaba y tomaba una sola. Pero eso era como abrir la puerta y los demonios lo poseían hasta que de nuevo perdía el control de la situación. Y entonces Isabella volvía a plantearse las mismas preguntas que se había formulado con anterioridad. ¿Por qué, cuando Jacob sentía aquella imperiosa necesidad de beber, no era capaz de atajar el problema de raíz? ¿Y por qué se negaba a aceptar que aquello estaba destrozando su matrimonio?

No lo sabía. Lo único que sabía era que la situación resultaba extenuante.

Isabella se sentía como si fuera la única de los dos capaz de asumir cualquier responsabilidad respecto a sus hijos. Jared y Lynn ya tenían edad para conducir, pero ¿y si uno de ellos sufría un accidente mientras Jacob estaba borracho? ¿Sería capaz de montarse en el coche, colocar a Annette en la sillita y conducir ebrio hasta el hospital? ¿Y si uno de sus hijos se sentía indispuesto? Ya había pasado una vez, aunque, en aquella ocasión, el afectado no fue ninguno de sus hijos, sino ella.

Unos años antes, Isabella se intoxicó al ingerir marisco en mal estado y se pasó horas vomitando en el cuarto de baño. En aquella época, Jared acababa de sacarse el permiso de conducir y todavía no se sentía cómodo con la idea de conducir de noche, pero Jacob se hallaba bajo los efectos de una de sus borracheras. Cuando Isabella estuvo al borde de la deshidratación, Jared no tuvo más remedio que llevarla al hospital a media noche, con Jacob en el asiento trasero, repantigado y fingiendo estar más sobrio de lo que en realidad estaba. A pesar de su estado casi delirante, Isabella se fijó en que los ojos de Jared se desviaban constantemente hacia el espejo retrovisor; no podía ocultar la rabia y la decepción que lo embargaba. A veces, pensaba que su hijo perdió una buena parte de su inocencia aquella noche, al ser testigo de la terrible flaqueza de su padre.

El día a día era una constante fuente de ansiedad agotadora. Isabella estaba cansada de preocuparse por lo que sus hijos pudieran pensar al ver a su padre andar a trompicones por la casa, cansada de preocuparse por que Jared y Lynn hubieran perdido el respeto a su padre, cansada de preocuparse por si, en el futuro, a uno de sus hijos le daba por imitar a su padre e intentaba evadirse de la realidad con alcohol, con pastillas o con algo peor, hasta destrozar sus vidas.

Tampoco había encontrado un gran apoyo. Incluso con Al-Anon, la asociación para ayudar a los familiares de alcohólicos, Isabella comprendió que no podría hacer nada por Jacob, que, hasta que él no admitiera que tenía un problema y se esforzara por salir de aquel pozo sin fondo, continuaría siendo un alcohólico.

Estaba en una terrible encrucijada: debía decidir si estaba dispuesta a continuar soportando o no aquella enorme tensión; tenía que plantearse un listado de consecuencias, sopesarlas y aceptarlas. En teoría, parecía fácil, pero, en la práctica, la situación la desbordaba.

Si Jacob era quien tenía el problema, ¿por qué era ella la que debía asumir toda la responsabilidad? Pero si el alcoholismo era una enfermedad, eso significaba que él necesitaba ayuda, o, como mínimo, contar con la lealtad de su esposa. ¿Cómo, pues, iba ella —su mujer, que había prometido ante Dios serle fiel y estar a su lado en la salud y en la enfermedad— a justificar el final de su matrimonio y la desintegración de su familia, después de las adversidades que habían pasado juntos? La considerarían o bien una madre y una esposa desalmada, o bien una mujer muy pobre de espíritu, cuando en realidad lo único que anhelaba era recuperar al hombre con el que se había casado.

Por eso sus días resultaban tan duros. No quería divorciarse y destruir la familia.

Por más que peligrara su matrimonio, todavía creía en los votos conyugales.

Amaba al hombre que Jacob había sido y al hombre que sabía que volvería a ser, pero, entre tanto, allí de pie, frente a la casa de Carlisle Cullen, se sentía triste y sola, y se preguntó cómo era posible que su vida hubiera llegado a tal punto.

Isabella sabía que su madre la estaría esperando, pero todavía no se sentía preparada para ir a verla. Necesitaba unos minutos más. A medida que las sombras del atardecer empezaban a expandirse a su alrededor, atravesó la explanada cubierta de hierba en dirección al taller repleto de trastos donde Carlisle había pasado tantas horas restaurando automóviles clásicos.

En su interior había un Corvette Stingray, probablemente un modelo de los años sesenta, pensó Isabella mientras deslizaba la mano por el capó. No le costaba nada imaginar a Carlisle entrando en ese mismo momento en el taller, con la osamenta encorvada, enmarcada por la tamizada luz del sol, ataviado con su mono de trabajo, con su pelo ralo y gris que apenas le cubría el cuero cabelludo, y la cara surcada por unas arrugas tan profundas que parecían cicatrices.

A pesar del intenso interrogatorio al que la había sometido Jacob aquella misma mañana acerca de Carlisle, Isabella no le había dicho gran cosa; solo lo había descrito como un viejo amigo de la familia. No era verdad, pero ¿qué se suponía que iba a decirle? Incluso ella admitía que su amistad con Carlisle no era muy normal. Lo había conocido cuando todavía estudiaba en el instituto, pero no había vuelto a verlo hasta seis años atrás, en una de las ocasionales visitas a su madre. Estaba matando el rato con una taza de café en el bar Irvin cuando oyó a un grupo de ancianos en una mesa cercana hablar de Carlisle.

—Ese Carlisle Cullen sigue siendo un genio con los coches, pero os aseguro que está como una chota —había comentado uno de ellos, al tiempo que reía y sacudía la cabeza—. Hablar con su difunta esposa es una cosa, pero jurar que oye cómo ella le responde…

Otro anciano resopló y dijo:

—Siempre ha sido un poco raro, ya lo sabes.

Isabella pensó que lo que oía no encajaba con el Carlisle al que ella había conocido.

Después de pagar el café, se subió al coche y recorrió la casi ya olvidada carretera sin asfaltar que conducía hasta la casa del anciano.

Pasaron la tarde juntos, sentados en las mecedoras que había en el porche medio derruido. A partir de entonces, cada vez que Isabella iba al pueblo, pasaba a verlo.

Al principio, se trataba de una o dos visitas al año —no soportaba ver a su madre con más frecuencia—, pero últimamente había ido a ver a Carlisle más a menudo, incluso cuando su madre no estaba en el pueblo. En tales ocasiones, solía cocinar para él.

Carlisle se estaba haciendo viejo y, a pesar de que a ella le gustaba creer que simplemente lo hacía por compasión y respeto a un anciano, los dos sabían el verdadero motivo que llevaba a Isabella a seguir visitándolo.

Los hombres del bar Irvin no se habían equivocado, en cierto sentido. Carlisle había cambiado. Ya no era el personaje silencioso y envuelto de misterio —incluso a veces gruñón— que ella recordaba, pero tampoco estaba loco. Discernía perfectamente entre fantasía y realidad, y sabía que su esposa había fallecido hacía muchos años.

Pero Isabella acabó por creer que Carlisle tenía la habilidad de convertir algo en realidad solo deseándolo. Por lo menos, para él era real. Cuando un día ella le preguntó por sus «conversaciones» con su difunta esposa, él contestó sin vacilar que Esme todavía estaba allí, que siempre lo estaría. Le confesó que no solo hablaban, sino que a veces incluso la veía.

—¿Me estás diciendo que ves un fantasma? —se interesó Isabella.

—No —respondió él—. Lo único que digo es que ella no quiere que esté solo.

—¿Está aquí, ahora?

Carlisle echó la vista hacia atrás, por encima del hombro, y contestó:

—No la veo, aunque puedo oírla trasteando por la casa.

Isabella prestó atención, pero no oyó nada, salvo el crujido de las mecedoras sobre las tablas de madera.

—¿Estaba aquí… cuando te conocí?

Carlisle soltó un largo suspiro. Al hablar de nuevo, su voz parecía cansada.

—No, pero la verdad es que en esa época yo tampoco hacía ningún esfuerzo por verla.

Había algo innegablemente conmovedor, casi romántico, en su convicción de que los dos se amaban tanto como para haber encontrado una forma depermanecer juntos, incluso después de que ella hubiera muerto. ¿Quién no lo habría considerado romántico? Todo el mundo quería creer que el amor eterno era posible. Isabella lo había creído una vez, también, a los dieciocho años. Pero sabía que el amor era un asunto complicado, como la vida misma. El amor daba unos virajes repentinos que las personas no podían prever o entender, dejando una larga estela de lamentos a su paso. Y casi siempre, esos lamentos desembocaban en el tipo de preguntas «¿Y si…?» que nunca podían ser contestadas. ¿Y si Bea no hubiera muerto? ¿Y si Jacob no se hubiera convertido en un alcohólico? ¿Y si se hubiera casado con su único y verdadero amor? ¿Reconocería a la mujer que en esos momentos le devolvía la mirada en el espejo?

Isabella se apoyó en el coche y se preguntó qué habría opinado Carlisle acerca de todo eso. Carlisle, que desayunaba huevos y gachas en el bar Irvin todas las mañanas y que echaba cacahuetes tostados en los vasos de Pepsi que tomaba; Carlisle, que había vivido en la misma casa durante casi setenta años y que solo había salido de Carolina del Norte una vez, cuando lo llamaron a filas para servir al país en la Segunda Guerra Mundial; Carlisle, que escuchaba la radio o el gramófono en lugar de ver la tele, porque eso era lo que siempre había hecho. A diferencia de ella, él parecía aceptar el papel que el mundo le había asignado. Isabella reconocía cierta sabiduría en esa actitud, por más que ella nunca pudiera soñar con alcanzar aquel estado de inquebrantable aceptación.

Por supuesto, Carlisle contaba con Esme, y quizás eso tenía mucho que ver con su actitud. Se casaron a los diecisiete años y convivieron cuarenta y dos años. A medida que él le iba hablando de ella, Isabella fue conociendo gradualmente la historia de sus vidas.

Con voz serena, le contó los tres abortos que sufrió Esme, y cómo el último le provocó serias complicaciones. Según Carlisle, cuando el médico informó a Esme de que ya no podría tener hijos, ella se pasó llorando todas las noches de un año entero.

Isabella se enteró de que tenía un huerto y que una vez ganó un premio a la calabaza más grande en un concurso estatal; la descolorida cinta azul conmemorativa todavía colgaba en el espejo de la habitación de matrimonio.

Carlisle le contó que, después de abrir el taller de coches, construyó una pequeña casa en un terreno a orillas del río Bay, cerca de Vandemere, un pueblo tan pequeño que, comparado con Oriental, este último parecía una gran ciudad, y todos los años pasaban varias semanas allí, porque Esme pensaba que era el lugar más bonito del mundo. Él le describió el modo en que Esme tarareaba la música que sonaba en la radio mientras se dedicaba a limpiar la casa, y le reveló que de vez en cuando la llevaba a bailar al Red Lee's Grill, un sitio que ella misma había frecuentado en sus años de adolescencia.

Isabella llegó a la conclusión de que la pareja había gozado de una vida armoniosa, en la que la satisfacción y el amor se detectaban en los más mínimos detalles; una vida digna y honrosa, que, a pesar de no haber estado carente de penas, había sido tan plena como muy pocas experiencias llegaban a serlo. Sabía que Carlisle lo comprendía mejor que nadie.

—Con Esmera, no había días malos —le resumió en una ocasión.

Tal vez era la naturaleza íntima de sus relatos, o quizá la creciente sensación de soledad que experimentaba Isabella, pero, con el tiempo, Carlisle acabó por convertirse en una especie de confidente para ella, algo que jamás habría esperado.

Con él compartió su dolor y su tristeza por la muerte de Bea, y fue en su porche donde Isabella fue capaz de desatar la rabia que sentía por Jacob; le confesó sus temores respecto a sus hijos, e incluso su progresiva convicción de que en algún punto de su vida había dado un traspié que la había desviado de la senda correcta.

Compartió con Carlisle historias acerca de innumerables padres angustiados y de niños negativos por naturaleza que había conocido en el Centro de Oncología Pediátrica, y él parecía comprender que ella encontrara una especie de redención en su trabajo como voluntaria, aunque nunca se lo hubiera expresado de forma directa.

Solía limitarse a cogerle la mano con sus dedos enjutos; con su silencio lograba transmitirle un estado de paz. En los últimos años, se había convertido en su mejor amigo. Llegó a sentir que Carlisle Cullen la conocía —a la verdadera Isabella— mejor que nadie de las personas con las que compartía su vida diaria.

Por desgracia, su amigo y confidente había muerto. De repente sintió un enorme vacío por su ausencia. Se puso a examinar el Stingray, preguntándose si Carlisle había sabido que aquel era el último coche que iba a restaurar. Él no le había dicho nada directamente, pero, al echar la vista atrás, Isabella se dijo que quizá sí que lo sospechara. En su última visita, le entregó una llave de la casa y le comentó, al tiempo que le guiñaba un ojo:

—No la pierdas, o tendrás que romper el cristal de una de las ventanas.

Ella se la guardó en el bolsillo, sin dar importancia al comentario, porque aquella noche Carlisle dijo otras cosas curiosas. Isabella recordaba que mientras rebuscaba en los armarios de la cocina los ingredientes para preparar la cena, él permaneció sentado junto a la mesa, fumando un cigarrillo.

—¿Qué prefieres, vino blanco o tinto? —le preguntó de repente, sin venir a cuento.

—Depende —contestó ella, con la vista fija en unas latas de conserva—. A veces tomo una copa de vino tinto durante la cena.

—Tengo una botella de tinto —dijo él—. Está en ese armario de ahí.

Ella se volvió para mirarlo a la cara.

—¿Quieres que abra una botella ahora?

—Nunca me he sentido atraído por el vino, así que, si no te importa, yo tomaré mi Pepsi con cacahuetes. —Propinó unos golpecitos al cigarrillo para que la ceniza se desprendiera sobre una desportillada taza de café—. Siempre me han gustado los bistecs frescos. Todos los lunes me los envían de la carnicería. Están en el estante inferior de la nevera. La parrilla está fuera, en el porche de atrás.

Ella dio un paso hacia la nevera.

—¿Quieres que te prepare un bistec?

—No, suelo reservarlos para el fin de semana.

Isabella vaciló, sin saber qué era lo que él quería.

—Así que… supongo que solo me lo cuentas para que lo sepa, ¿no?

Cuando él asintió y no dijo nada más, Isabella lo atribuyó a la edad y a la fatiga.

Acabó por preparar unos huevos con panceta frita y luego ordenó un poco la casa mientras Carlisle se acomodaba en la butaca cerca de la chimenea con una manta sobre los hombros, atento a la radio. Isabella se fijó en su apariencia marchita, mucho más encogido y pequeño que el hombre que había conocido de joven.

Antes de marcharse, le colocó bien la manta, pensando que no tardaría en quedarse dormido. Él respiraba con pesadez, con dificultad. Ella se inclinó y lo besó en la mejilla.

—Te quiero, Carlisle —le susurró con ternura.

Él se movió levemente, adormilado. Cuando Isabella le dio la espalda para marcharse, lo oyó suspirar.

—Te echo de menos, Esme —balbuceó.

Aquellas fueron las últimas palabras que oyó pronunciar del anciano. Había un doloroso matiz de soledad en su tono y, de repente, Isabella comprendió por qué Carlisle había acogido a Edward tantos años atrás: se sentía solo. Después de llamar a Jacob para comunicarle que había llegado bien —al otro lado de la línea, a su marido ya se le trababa la lengua—, Isabella se despidió con sequedad y dio gracias a Dios porque aquel fin de semana los niños estuvieran ocupados con sus propios planes.

En el banco de trabajo, halló una ficha con la información del Stingray y se preguntó qué debía hacer. Tras un rápido vistazo, supo que el coche pertenecía a un jugador de baloncesto de los Carolina Hurricanes; tomó nota mentalmente de comentárselo al abogado de Carlisle. Dejó la ficha a un lado y, sin proponérselo, empezó a pensar en Edward. Él, también, formaba parte de su secreto. Cuando le habló de Carlisle a Jacob, también debería haber mencionado a Edward, pero no lo hizo.

Carlisle siempre comprendió que Edward era el verdadero motivo de que ella fuera a visitarlo, en especial al principio. A Carlisle no le importaba, ya que, más que nadie, comprendía el poder de los recuerdos. A veces, cuando los rayos del sol se filtraban a través del porche, bañando la explanada de Carlisle con la típica calima de finales de verano, ella casi podía notar la presencia de Edward a su lado, y entonces se decía que Carlisle no estaba loco, en absoluto. Al igual que Esme, el fantasma de Edward ocupaba cualquier espacio.

A pesar de que sabía que no tenía sentido cuestionarse cómo habría sido su vida si se hubiera quedado con Edward, en los últimos años había sentido la necesidad de regresar cada vez más a menudo a aquel lugar. Y cuantas más veces iba, más intensos se tornaban los recuerdos; anécdotas y sensaciones largamente olvidadas afloraban a la superficie en un tris, llegadas desde los abismos de su pasado. Allí le resultaba fácil recordar la fuerza que sentía cuando estaba con Edward, y la forma maravillosa e irrepetible en que la hacía sentirse. Isabella podía recordar con una increíble claridad la certeza de que él era la única persona en el mundo que la comprendía. Pero, por encima de todo, podía recordar cómo lo amaba con toda su alma, así como la genuina pasión con la que Edward le correspondía.

Con su peculiar modo de ser, tan reservado, Edward le había hecho creer que todo era posible. A medida que se desplazaba lentamente por el taller atiborrado de trastos, con el olor a gasolina y a aceite suspendido en el aire, Isabella sintió el peso de las incontables noches que había pasado en aquel lugar. Acarició con suavidad el banco de trabajo en el que se había pasado tantas horas sentada, contemplando a Edward, inclinado sobre el capó abierto del fastback, empuñando una llave inglesa con los dedos ennegrecidos de grasa. Incluso en aquellas ocasiones, la cara del chico no mostraba la suave candidez que ella distinguía en otra gente de su edad y, cuando los músculos tan duros como una roca de su brazo se flexionaban al coger otra herramienta, ella veía la complexión madura del hombre en el que Edward se estaba convirtiendo. Como todo el mundo en Oriental, Isabella sabía que su padre lo había azotado sin piedad. De hecho, cuando Edward trabajaba sin camisa, podía ver las cicatrices en su espalda, sin duda hechas con la punta de la hebilla del cinturón. No estaba segura de si él se acordaba de sus cicatrices, por lo que, en cierto sentido, aún le dolía más aquella visión.

Era alto y delgado, con un cabello oscuro que le caía por encima de unos ojos aún más oscuros, e incluso entonces ella ya sabía que Edward se volvería más guapo con el paso de los años. No se asemejaba a ningún otro miembro de la familia Masen.

Una vez le preguntó si se parecía a su madre. Estaban sentados en el coche de Edward mientras las gotas de lluvia se estrellaban contra el parabrisas. Su voz, como la de Carlisle, era casi siempre templada, y su comportamiento, tranquilo.

—No lo sé —respondió Edward, quitando el vaho del parabrisas con el reverso de la mano—. Mi padre quemó todas las fotos.

Hacia el final de aquel primer verano juntos, un día bajaron hasta el pequeño embarcadero del río, al anochecer. Edward había oído que aquella noche habría lluvia de meteoritos. Después de desplegar una manta sobre las tablas del embarcadero, presenciaron en silencio las diminutas luces que surcaban el cielo a gran velocidad. Isabella sabía que sus padres se enfadarían mucho cuando se enteraran de dónde había estado, pero en ese momento no le importaba nada más que las estrellas fugaces, la calidez del cuerpo de Edward a su lado y la ternura con que la estrechaba, como si no pudiera imaginar un futuro sin ella.

¿El primer amor era siempre igual para todo el mundo? Isabella lo dudaba; incluso después de que hubieran transcurrido tantos años, le parecía tanto o más real que cualquier otra experiencia que hubiera vivido. A veces la apenaba pensar que nunca más volvería a saborear aquel maravilloso sentimiento, pero era consciente de que la vida tenía una forma implacable de aplastar las pasiones intensas. Muy a su pesar, había aprendido que no siempre bastaba con el amor.

No obstante, mientras observaba la explanada que se abría ante sus ojos, no pudo evitar preguntarse si Edward habría vuelto a experimentar aquella pasión, si era feliz.

Quería creer que lo era, aunque la vida para un expresidiario no resultara fácil. Por lo que le habían contado, pensaba que Edward debía estar otra vez en la cárcel o enganchado a las drogas, o tal vez habría muerto. No obstante, no lograba conciliar aquellas imágenes con la persona que había conocido. Por eso nunca le preguntó a Carlisle por él, porque temía que le confirmara sus temores. Su silencio únicamente servía para reforzar sus sospechas. Había preferido la incertidumbre, aunque solo fuera porque le permitía recordarlo tal y como había sido de joven.

A veces, sin embargo, se preguntaba qué debía sentir él al recordar aquel año que habían pasado juntos, o si alguna vez se alegraba de lo que habían compartido, o incluso si pensaba en ella de vez en cuando.


Espero que les gustara el capítulo.

Besos!