¡Buenas! Sí, sé que muchas han de estar asustadas de que ande actualizando tan seguido este fic. Créanme, yo también tengo miedo ;v Pero mientras haya inspiración y tiempo, hay que darle duro, porque escribo en muchos fandoms, y pues…la vida es dura como la verdura!

Capítulo 28

Gravity

Era viernes por la noche. La extenuante semana había concluido y por ahora podía olvidarse de los deberes, de sus compañeros de clase, del club de béisbol y de la soberana estupidez que había hecho hace unas horas atrás con tal de callar al mejor cátcher de todo Seidou.

Suspiró y abrazó uno de los cojines de su cama entre sus brazos. No tenía deseos de hacer nada más. Quería permanecer de esa manera hasta que se aburriera de su móvil y optara por irse a dormir para poder estar más cerca de probar las mieles del fin de semana.

Pero antes de que decidiera renunciar a su electrónico, escuchó el tono de una llamada entrante. Atendió con prontitud y aguardó a escuchar la familiar voz del otro lado de la bocina.

—Me alegra encontrarte aún despierta.

—Claramente no iba a estar dormida un viernes a las diez de la noche —indicó con burla. Del otro lado sólo escuchó una pequeña carcajada—. Y bien, ¿me has llamado para contarme por qué motivo no has respondido a los mensajes de Chris?

—Iba a hablarte sobre ello, pero me parece más interesante que platiquemos el motivo por el cual lo llamas "Chris" cuando siempre te dirigías a él por "Yuu" —era un gran alivio que él no pudiera ver el ceño fruncido que tenía tras oírle decir aquello—. Interpretaré tu silencio como que no quieres tocar ese tema nuevamente.

—Mejor cuéntame qué has estado haciendo en esta última semana que te ha tenido tan entretenido —pedía con cierta amabilidad e insistencia.

—No he hecho nada malo. Solamente he sido absorbido por los entrenamientos y mi período de exámenes —contó con una pesadez muy notoria. Sonaba como el típico adolescente que estaba harto de todo y quería arrojarlo todo muy lejos de su persona—. Llegaba a casa y caía muerto hasta el día siguiente.

—Me supongo que hoy te liberaste un poco y por eso me has marcado —la pelinegra sonrió ante su gesto. Había pocas cosas que le daban tanta dicha como las llamadas de quien consideraba como su mejor amigo de toda la vida—. Tienes que escribirle al rato a Chris o continuará preocupándose por ti.

—Crea fama y échate a dormir, ¿no? —él exhaló ante el refrán que le embonaba tan de maravilla—. Sí, me lo tengo bien ganado.

—Como anillo al dedo, Rei-chan —nada como sermonearlo cada vez que la situación lo permitía.

—Sora, por cierto, hay algo que he querido preguntarte desde hace un tiempo. Es algo que me comentó Tetsu —la pelinegra sintió un ligero estremecimiento recorriéndole desde la nuca hasta la última de sus vértebras; presentía a qué se refería, pero imploraba que no fuera ese tópico.

—Te escucho —debía sonar segura, como si no tuviera sospecha alguna.

—¿Es cierto que estás saliendo con el cátcher y capitán actual de Seidou? —ella quería cambiar de tema, concluir la conversación, lo que fuera con tal de no tener que charlar sobre ello. Y es que le resultaba ridículo y frustrante que ahora le indigestara tanto todo lo que la relacionaba con Miyuki Kazuya; era como si hubiera pasado de ser un dolor de cabeza a un grandísimo incordio, todo en unos cuantos meses—. ¿Sora? —cometió el peor error de todos: quedarse callada ante quien la conocía demasiado bien—. De modo que es verdad.

—Lo es y no lo es a la vez —el muchacho al otro lado del teléfono se sintió muy confundido ante su afirmación a medias—. En realidad todo es una gran y problemática mentira —respiró con profundidad y ordenó sus pensamientos antes de empezar a relatarle todo desde el comienzo. Le contó la manera en que ambos terminaron siendo arrastrados en un noviazgo falso hasta todo lo que había vivido al lado del castaño hasta ese día; lo hizo porque no deseaba ocultarle nada sobre ese asunto y también, porque en el fondo, deseaba desahogarse con alguien.

—¿De verdad quienes que te dé mi opinión?

—Sinceramente…no sé si la quiero o no —confesó, dejándose caer nuevamente sobre su cama y con la mirada puesta en la pared de su habitación—. En verdad no sé por qué sigo haciendo todo esto…

—Podemos tomar el camino complicado y seguir fingiendo demencia sobre este tema. O podemos hacerlo bien y hablar sobre lo que es obvio.

—No quiero ninguna de las dos opciones —se escuchaba como una niña remilgosa y eso llevó a Reiji a reír nuevamente del otro lado del teléfono.

—¿Lo dices yo o lo digo yo?

—No. Aquí nadie va a decir nada sobre nada —hace días atrás había llegado, momentáneamente, a una conclusión que más que aterrarle, le desagradaba en lo absoluto; le causaba un afluente de pensamientos contradictorios que prefería no experimentar, por lo que desechaba la idea y continuaba como si nunca nada ocurriera dentro de su persona.

—Ya pasamos por lo mismo hace años atrás, ¿recuerdas? —por supuesto que lo conmemoraba. Jamás podría olvidar ese evento de su vida—. No repitamos la experiencia.

—Pero es que él es…

—Todo lo opuesto a lo que te gusta en un chico —y de manera armoniosa, suspiraron—. ¿Y qué tienes pensado hacer? —sí, temía por esa pregunta pero ya había llegado el momento para encararla.

—Nada en realidad —respondió en automático, como si no quisiera dar pauta a pensar nada más.

—¿Significa entonces que darás fin a tu noviazgo falso? —indagó curioso.

—De todos modos es algo que tenía que hacerse tarde o temprano —y es cuando se sentía molesta consigo misma. De haber puesto punto final a la mentira en la que los involucró un extraño, ni siquiera tendría que lidiar con lo que el castaño le hacía experimentar—. Así que ahora tengo un aliciente extra.

—Ciertamente es mejor poner un hasta aquí antes de que las cosas suban de nivel —ella se limitó a guardar silencio nuevamente. Él entendía totalmente su predicamento—. Ese cátcher sólo debe causarte problemas.

—Tsk...—y eso era quedarse muy corto—. Podrá ser bien parecido pero tiene una horrible personalidad. Le gusta molestar a sus compañeros de equipo, especialmente a los pitcher; sin mencionar que es un cretino muy toca narices —era tan fácil enumerar sus defectos pero tan complicado pensar en lo bueno que poseía—. Lo único positivo que tiene es que sabe cocinar y que el béisbol se le da excelente...pero nada más.

—Bueno por parte de la buena comida, ya tiene un punto a su favor contigo —se rio y ella no dijo nada; eso denotaba que no estaba feliz por su comentario—. El resto de "sus encantos" dejan mucho que desear.

—E incluso así hay un montón de locas detrás de él.

—Incluso tú.

—¡Reiji!

—Ya, ya, lo siento —se disculpó entre una mezcla de seriedad y burla—. Pero es que no estaba esperando que te fuera a gustar alguien de esa escuela y menos cuando fue hace relativamente poco que tú y Souh terminaron.

—Técnicamente tiene medio año de eso —casi la mayor de ese tiempo lo había pasado en Seidou—. Pero nuestro caso fue diferente en muchos sentidos. Y lo sabes muy bien.

—Y ahora no solamente asiste a la misma escuela que tú. Sino que están en el mismo salón de clases...por no mencionar que forma parte del equipo de béisbol.

—Sigues manteniendo contacto con él, ¿verdad? —únicamente eso explicaría que supiera tantos detalles.

—Tú nos presentaste hace casi dos años atrás —le refrescó la memoria por si se le había olvidado—. Es evidente que sigamos llevándonos bien.

—Me aterra que te lleves tan bien con mis ex parejas.

—A mí me asustaría más el hecho de que estén en el mismo lugar —¿tendría motivos para sentirse así?

—Son personas maduras, enfocadas en cumplir sus objetivos. Así que no tendría que existir ningún problema —estaba completamente segura de ello que podía apostarlo.

—Cierto. Son de ese modo —tanta charla le había dado sed por lo que se apartó de la bocina del teléfono para dar unos cuantos sorbos a su bebida—. Sora, empiezo a creer que tienes un fetiche con los beisbolistas.

—¡Reiji! —era su forma de llamar su atención y exigirle que parara con su acusación—. Por supuesto que no.

—Los tres chicos que te han gustado hasta ahora juegan béisbol —¿qué clase de horrible coincidencia era esa considerando que existían tantos deportes en el mundo de donde elegir?—. Cátcher, bateador, cátcher.

—Rei-chan, ¿quieres dejar eso ya? —suplicó—. No es mi culpa el haber vivido rodeada de beisbolistas... Mis hermanos, tú...

—Tenemos que expandir nuestros conocidos a otros ámbitos —era una gran propuesta.

—Apoyo la noción totalmente.

Levantarse tarde los sábados era uno de esos placeres de la vida que adoraba y que no cambiaría por nada del mundo. Y que hubiera disfrutado plenamente sino hubiera sido porque alguien no sabía qué era la educación y no reparó en abrir su puerta de una patada.

—¡Arriba perezosa! ¡Es hora de mover ese grasoso cuerpo tuyo! —gritaron desde la entrada de su habitación.

—¡¿Qué demonios está pasando?! —la pelinegra salió de su cama abruptamente ante la voz escandalosa que la sacó de su cómodo mundo de sueños—. ¿Qué están haciendo aquí? —no entendía el motivo por el que ese par de jugadores estaban bajo el umbral, mirándola con extrañeza.

—¿Eh? ¿Acaso se te olvidó? —ella seguía sin enterarse de qué le hablaba—. Estamos en el mismo equipo en la clase de arte. Y el maestro nos dejó un trabajo fastidioso.

—Y ya que hay que entregarlo para este lunes... Creemos que es buen momento para hacerlo —añadía Miyuki con una sonrisilla. Estaba tan fresco y despreocupado que costaba creer que realmente le importaba hacer el trabajo.

—¡¿Este lunes?! —espetó para quienes estaban tan relajados—. ¡Tenemos dos días para hacer esa estúpida obra de teatro y no tenemos absolutamente nada! ¿Cómo se me fue a olvidar este proyecto? —había llegado la hora de auto—regañarse—. Primero tengo que cambiarme y desayunar. Y entonces empezar a hacerlo.

El problema que enfrentaban los adolescentes en ese momento no era el estrés por el que atravesaba la pelinegra, sino sus acciones.

Sobre el suelo descansaba un pans gris y una blusa azul pastel de tirantes. Prendas que hasta hace unos segundos atrás habían formado parte de ella y a las que ya no les encontraba utilidad.

Negro. Ese era el tono perfecto para una piel tan pálida. Era el color ideal con el cual las prendas íntimas lucían de maravilla en quien fuera que las usara.

Había curvas. Unas que no se percibían tan fácilmente bajo el uniforme escolar pero que ahora estaban quedando bastante claras.

—¡...! —ambos estaban en un estado de aturdimiento total. No sabían por qué todo acabó de esa manera pero tampoco reaccionaron a tiempo para evitar ver a esa chica quitarse la pijama mientras quedaba exclusivamente en ropa interior. Habían sido testigos de todo.

—¿Por qué...? —se miró a sí misma y comprendió el estupor de esos dos. Y en automático se cruzó de brazos mientras las mejillas se le ponían escandalosamente rojas—. Y-Yo... ¡Salgan de aquí, idiotas! —nada como arrojarles con mucha fuerza todo lo que tuviera a la mano.

—Eso te pasa por descuidada —alcanzó a decir Kazuya antes de que un cojín en forma de estrella se impactara en todo su rostro.

—Ahora me queda claro por qué tienes ese peso ex...—no terminó su oración porque ya tenía un peluche en forma de pera golpeándole en la cabeza.

Tras haber sido expulsados de la habitación de la pelinegra, tuvieron que aguardar un cuarto de hora hasta verla salir totalmente cambiada.

—Ni se les ocurra decir nada —expresó en cuanto salió y vio a los dos chicos sentados en la sala a nada de abrir el pico para burlarse de su descuido—. Desayunemos y pongámonos a trabajar.

—Ya desayunamos —soltaron ambos.

—¡Pues yo no!

Una media hora fue más que suficiente para que Sora degustara sus sagrados alimentos. Por lo que ahora con el estómago lleno se dispuso a prestarle atención a los que no sabían de buenos modales.

—Tenemos que hacer una obra de teatro —Yūki revisaba sus apuntes mientras permanecía sentada sobre el alfombrado suelo—. ¿Alguno de ustedes tiene una idea o ya ha pensado en algo? —Kuramochi estaba sentado a su izquierda y Miyuki a su derecha. Era así como se habían repartido alrededor de la mesita baja que descansaba en medio de la sala.

—¿Qué les parece la historia de un beisbolista de personalidad torcida que por azares del destino termina envuelto en un noviazgo falso con una chica temperamental y salvaje? Y cerca del clímax, ambos se enamoran y su relación ficticia se convierte real.

—¡De ninguna manera! —vociferaron tanto Kazuya como Sora en cuanto terminó de escuchar el disparate del moreno.

—Tú preguntaste sí tenía una idea y pues se las comenté —¿por qué se hacía el ofendido ahora?

—Esa idea es un asco —opinaba Sora, cruzándose de brazos.

—Una idea totalmente absurda que jamás ocurriría —secundaba el de gafas.

—Descartemos la idea.

—¡Si es lo que les pasó justamente a ustedes dos, pelmazos! —tenía muchas ganas de tomarlos del cuello y apretarlos hasta que hablaran claro—. Créanme, una historia como esta será un éxito.

—¿Y si mejor escribimos sobre la vida de un yankee que al conocer el beisbol decidió convertirse en una mejor persona? Y como no pudo brillar en su ciudad tuvo que irse a otro lado donde nadie conociera su mala fama de pandillero —tantas ocasiones en las que Kuramochi deseó que ese idiota capitán dijera más que tres palabras y el día en que hace realidad su capricho, lo hace para joderlo sin miramiento alguno.

—¡Lo único que vamos a escribir es sobre el destino fatal que tuvo el cátcher y capitán de un prestigioso equipo de béisbol por colmar la paciencia de sus compañeros de equipo! —le había valido dos hectáreas de comino el llegar al otro extremo de la mesa para pescar al de gafas por el cuello de su camisa y agitarlo como si fuera un coctel a punto de ser servido.

—Debí de haber hecho equipo con ese sujeto raro y no tendría que estar atravesando por esto —Kazuya reía ante lo que hacía Kuramochi y este a su vez, se sulfuraba más por su manera de reaccionar—. ¿Y si escribimos un drama policíaco lleno de intriga y muerte? Ya saben, un típico asesino serial que se mueve entre ciudad y ciudad, dejando a su paso cajas de madera con extremidades humanas —Yōichi liberó al capitán, no por buena gente o porque se cansara de zarandearlo, sino porque empezó a sentir miedo y no supo por qué razón—. O tal vez algo más sencillo que los chicos de nuestra edad puedan entender y digerir —los dos la miraban con mucha atención y se cuestionaban internamente si era buena idea contradecirla.

—Sora, ¿de casualidad te gustan las novelas policíacas? —el corredor en corto quería confirmarlo, por si las dudas.

—¿Y a quién no? —le preguntó, viéndolo desde el rabillo del ojo con emoción creciente—. Como diría mi buen Narcejac: "la novela policíaca es un relato donde el razonamiento crea el temor que se encargará luego de aliviar" —Kuramochi pestañeó patidifuso ante algo que no había logrado entender enteramente—. Pero si tienen otra idea, los escucho.

—No. No. Suena bien. Hagamos eso —manifestaron el par de jugadores en conformidad. No lo hacían por comprensivos y buenos amigos, sino porque no querían seguir quebrándose la cabeza pensando una obra teatral.

—Excelente —la joven llevó sus dos manos por enfrente de su pecho y las hizo chocar; estaba tan entusiasmada que sonreía con naturalidad, sin ninguna doble intención. Y esos dos, que solamente conocían sus sonrisas servidas con amenazas pasivas, sonrieron igualmente sin que ella se percatara; tal vez su pereza los había llevado a hacer algo bueno por la pelinegra y esto trajo como recompensa el buen humor de quien se había puesto de pie para ir por su computadora portátil.

—Se emociona con tan poco.

—En eso se parecen —agregó vilmente cierto castaño para quien había pasado de rascar su oído a acribillarlo con la mirada.

—Continúa de gracioso y le diré que te vuelva a alimentar como lo hizo ayer —sabía que lo mencionaría en algún momento, pero, ¿tenía que hacerlo justamente ahorita? —. Después de que ella se fue, tú hiciste exactamente lo mismo —Miyuki calló y su chocolatada mirada quedó oculta entre el reflejo de sus gafas. Incluso sus labios formaron una línea recta—. ¿Te gustó que te atendiera como una amorosa novia? —el corredor no se iba con medias tintas.

—De ninguna manera —refutó en un tono que rozaba lo cortante.

—De ser así la hubieras detenido —las cosas como eran—. Aunque tú tuviste la culpa de todo por llamarla de ese modo —y de nuevo permaneció en mutismo y con eso llegó la exasperación de Yōichi—. ¿Por qué no eres honesto, para variar, y aceptas que te atrae? —el cátcher recargó su codo derecho sobre la mesa, depositando su mentón sobre la palma de su mano. Y se limitó a bostezar—. ¡Maldito! ¡Sólo intenta hacerse el genial al fingir demencia sobre algo que ya se volvió de lo más obvio! ¡¿Es que es tan idiota para no darse cuenta por sí mismo?! ¡¿O sólo lo hace para hacerse el interesante?! —siguió observando el desinterés del castaño que se había traducido en mirar su teléfono—. Tal vez está en negación porque no le agrada la idea de haberse fijado en una salvaje como Sora. O tal vez...No me digas que el idiota está actuando así porque quiere cerciorarse primero de que a ella le gusta —y pensar que podía tratarse de esa última opción le producía un regocijo digno de una magna sonrisa, propia de un comercial de pasta dental—. Miyuki, para ser tan agresivo a la hora de jugar béisbol eres una persona muy reservada a la hora de ir por una chica —jamás pensó en estar agradecido con la pelinegra como en este momento cuando veía esa nueva faceta en su tan fastidioso capitán.

—¿Qué sucede con ustedes dos? —Sora había retornado. Mientras Yōichi sonreía como un maniático, Kazuya estaba muy metido en su celular.

—Nada —que le contestaran a la vez no lo hacía menos sospechoso.

—Les creeré solamente porque tenemos una obra que escribir —se sentó, levantó la tapa de su portátil y abrió un documento en blanco—. Ey, ¿piensan ayudarme o tendré que pedírselos empleando métodos poco ortodoxos?

—¿Qué les parece si de título le ponemos "Crónicas de una Noche Silenciosa en Tokio" —les propuso el amante de los videojuegos.

—El asesino puede ser un adulto joven cuyos pasatiempos le permitan estar en contacto constante con otras personas. Incluso puede ser un ciudadano modelo, amable y del cual jamás se sospecharía.

—¿Ven como sí pueden hacerlo si se lo proponen? —claramente bajo amenazas cualquiera se vuelve creativo—. Ahora pongamos manos a la obra.

Tal vez fue la presión por parte de Sora o que se sentían agradecidos de que no tuvieran que hacer una historia romántica, pero las ideas fluyeron entre cada uno hasta el punto en que la trama se tornó mucho más compleja, oscura e interesante. Incluso salió mucho más extensa de lo que esperaban.

—Al fin terminamos —Yūki hizo el último guardado del documento y con ello una gran tranquilidad embargó a todos—. Me encargaré de imprimirlo para entregarlo el lunes.

—Estoy agotado...—el de Chiba se dejó caer sobre la mesa, con cansancio. No tenía ganas ni de moverse—. No quiero hacer nada.

—Pues te recuerdo que tenemos práctica más al rato.

—Deben estar hambrientos después de estar casi medio día haciendo su proyecto. Así que unos bocadillos estarán bien mientras esperan la comida —la madre de Sora había llegado con una charola llena de sándwiches para colocarla sobre la mesa. Hasta zumo de naranja les trajo para acompañar el tentempié—. Provecho chicos.

—Muchas gracias madre.

—No era necesario que hiciera esto —Miyuki tan educado cuando le convenía.

—Entonces me comeré tu parte —a Kuramochi nada le hacía más feliz que comer más—. Esto está delicioso. Muchas gracia.

—Me alegra mucho que te haya gustado, Mochi-kun.

¿Mochi-kun? —su ceja derecha se arqueó al oír la manera en que esa mujer se dirigía al moreno.

—Por supuesto. Toda su comida es deliciosa —elogiaba el de Chiba sin tapujos—. Su comida casera me hace recordar a la que mi madre me preparaba en casa.

—Oh, Mochi-kun, eso es un gran halago —la mujer le sonrió con dulzura, como sólo una madre sabía hacerlo—. Espero que Miyuki-kun y tú puedan quedarse a comer.

—Yo me quedo —el corredor no iba a despreciar la comida de esa mujer.

—Vamos, no comiences de exquisito y acepta la oferta —hablaba Sora para quien estaba dubitativo.

—Solamente di que quieres verme más tiempo y todo será más simple —soltó con esa sonrisa que le crispaba los nervios.

—Vete antes de que te golpee.

—Sora, no seas grosera con Miyuki-kun —genial, su progenitora la estaba regañando—. No te hará daño ser honesta con él de vez en cuando.

—Hmp...—eso era traición en primer grado—. No es justo. Mi madre le tiene muchas consideraciones y sólo porque no sabe cómo es en realidad —no dijo nada más. Optó por ver la escena tan amena que había entre su madre y el castaño; ella le contaba sobre los nuevos platillos que había aprendido a realizar y él mostraba interés en ello—. Parece que la cocina es otra de sus pasiones. Y aunque me cueste aceptarlo, se le da bien —probablemente ya estaba viendo cosas que no, porque por un breve instante su mirada se cruzó con la de él; y durante ese contacto conmemoró el beso que ayer le dio para callarlo; y eso la llevó a sentirse abochornada hasta el punto de querer ocultar el rojo de sus mejillas con ambas manos. Lo cual evidentemente no hizo—. ¡¿Por qué tengo que seguir pensando en lo que aconteció ayer?! ¿Se debe a que admití que él...me atrae? Pero no lo hice porque quisiera, sino porque Rei-chan me orilló a ello —y estar consciente de ello no le hacía ni la más mínima gracia. Había demasiado chicos en el club de béisbol, en la escuela, tantos, que no entendía por qué demonios tenía que poner su atención en alguien que poseía más puntos malos que buenos.

La hora de la comida llegó, así que los tres jóvenes se dirigieron hasta el comedor y comenzaron a degustar cada platillo que les fue servido. Incluso hubo espacio para las bromas y los clásicos comentarios cargados de hostilidad que siempre surgían entre los tres una vez que alguien empezaba a colmarle la paciencia al otro.

Terminaron de comer y los chicos se retiraron; aún tenían que practicar por la tarde.

—Quedé a reventar —Yōichi engulló hasta que su estómago no pudo más. Menos mal que la caminata hasta los dormitorios de Seidou le ayudaría un poco para no sentirse tan atiborrado.

—Va a ser bastante entretenido el verte correr.

—No te voy a dar el gusto, idiota —ni siquiera le dejaba digerir sus alimentos en santa paz—. Miyuki.

—Voy a arrepentirme de preguntar, pero, ¿qué sucede?

—Sora te gusta, ¿verdad? —empezaba a importunarle lo directo que era para decirle las cosas y lo observador que era cuando estaba cerca de la pelinegra. Pero quizás lo que más le molestaba era que Kuramochi se había dado cuenta de lo que pasaba entre él y la pelinegra, antes que él mismo; era como si le estuviera diciendo que era demasiado denso para esos temas.

La respuesta consistía en un simple monosílabo. Sin embargo, contestarle involucraba demasiadas cosas que hasta apenas ayer por la noche se puso a considerar a profundidad.

La había molestado, como siempre lo había hecho desde que sus interacciones se volvieron cada vez más frecuentes. Y la tarde de ayer no había sido la excepción. Sin embargo, todo terminó de la manera más inesperada; al menos para él.

Sí, él sabía que lo había besado antes, pero las circunstancias no eran las mismas. Y hasta la manera en que reaccionó difería enormemente la una de la otra. En aquel momento se le vio inmutable y orgullosa; pero en la segunda ocasión, estaba nerviosa, avergonzada hasta el punto en que sus mejillas adquirieron un llamativo y bonito tono bermellón.

Oh sí, esa reacción era algo que jamás esperó ver en ella y que parecía habérsele grabado en la mente como el hierro caliente a la carne. Y que él fuera la causa de ello le producía un regodeo que conducía a sus labios a esbozar una sonrisa de satisfacción.

Y cuando llegaba a ese punto, era cuando se daba contra la pared.

—La Tierra llamado a Miyuki. La Tierra llamando a Miyuki —se estaba desesperando al no recibir ni una mísera contestación.

Ella no solamente era la hermana menor del ex capitán de Seidou, sino también era alguien brusca, alguien violenta si tentaban su humor; tampoco le importaba ser malhablada si la situación lo requería o enemistarse con otros sólo por tener una honestidad que no conocía condolencias.

Pero también podía ser considerada, e inesperadamente amable. Y a la vez, era de las pocas personas que le seguían el juego cuando iniciaba con esas bromas que muchos consideraban de mal gusto.

—Idiota, ¿qué tanto estás pensando? ¿Por qué demonios le estás dando tantas vueltas al asunto? —lo suyo ya se había transformado en un monólogo que anunciaba un final catastrófico para Kazuya—. Y no vayas a salirme con "por ahora solamente me importa ir al Koshien con ustedes", porque te quitaré esos lentes para que seas incapaz de llegar hasta los dormitorios —bien, esa advertencia era nueva y muy problemática para el castaño si la llegara a ejecutar—. ¿Te gusta o no? —los segundos que transcurrían le sabían a una exasperante eternidad.

—…Sí. Ella me gusta.

—Ah, ya veo. Ella no te…—Kuramochi flipó en cuanto su cerebro procesó la respuesta del castaño. Es que ahora no se la creía; y era tanto su pasmo que para cuando reaccionó el castaño ya se había adelantado lo suficiente para dejarlo atrás—. ¡Ey, idiota, ven aquí, esta charla no ha terminado! —nada como gritar a media calle mientras todos te escuchan y se te quedan mirando.