Hola!

Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 03

El avión de Edward aterrizó en New Bern unas horas después de que el sol hubiera iniciado su lento descenso hacia la línea del horizonte. En su vehículo alquilado, cruzó el río Neuse en Bridgeton y tomó la autopista 55. A ambos lados de la carretera vio ranchos desperdigados, que se iban alternando con algún que otro granero de tabaco medio en ruinas.

El paisaje llano resplandecía bajo los rayos del sol de la tarde, y le pareció que nada había cambiado desde su marcha, tantos años atrás; a decir verdad, posiblemente nada había cambiado en el último siglo. Atravesó Grantsboro y Alliance, Bayboro y Stonewall, pueblos que eran incluso más pequeños que Oriental. Pensó que el condado de Pamlico era como un lugar perdido en el tiempo, nada más que una página olvidada de un libro abandonado.

También había sido su hogar y, a pesar de que muchos de los recuerdos que guardaba eran dolorosos, fue allí donde trabó amistad con Carlisle y donde conoció a Isabella. Uno a uno, empezó a reconocer los espacios que habían dado forma a su infancia y, en el silencio del coche, se preguntó en quién se habría convertido si Carlisle y Isabella no se hubieran cruzado en su vida. Pero, sobre todo, se preguntó cómo habría sido su vida si el doctor Bem Cheney no hubiera salido a correr la noche del 18 de septiembre de 1985.

El doctor Cheney se había mudado a Oriental en diciembre del año anterior con su esposa y sus dos hijos pequeños. Hacía mucho tiempo que el pueblo no disponía de médico. La Junta de Comisionados de Oriental había estado intentando reemplazar al último desde que este se retiró a vivir a Florida en 1980.

Había una desesperada necesidad, pero a pesar de los numerosos incentivos que el pueblo ofrecía, muy pocos candidatos decentes mostraron interés en cubrir la plaza en lo que era básicamente un páramo rural. La suerte quiso que Angela, la esposa del doctor Cheney, se hubiera criado en la zona y que, al igual que Isabella, considerara que era una cuestión de lealtad. Los padres de aquella mujer, los Weber, poseían campos de cultivo de manzanas, melocotones, uvas y arándanos en los confines del pueblo. Después de cursar la residencia, Bem Cheney decidió instalarse en el pueblo natal de su esposa, donde abrió su consulta.

Desde el primer momento, tuvo mucho trabajo. Cansados de los cuarenta minutos del trayecto hasta New Bern, los pacientes acudían a su consulta encantados, pero el médico sabía que allí nunca se haría rico. Por más trabajo que tuviera en la consulta y por más que su familia política gozara de fuertes influencias y amistades poderosas, no era posible hacerse rico en un pequeño pueblo de un condado pobre. Aunque en el pueblo nadie lo sabía, los campos de cultivo de los Weber estaban gravados por varias hipotecas, y el día que Bem se instaló en el pueblo, su suegro le pidió un préstamo.

Pero incluso después de ayudar a su familia política con dinero, el coste de la vida allí era lo bastante bajo como para que pudiera comprar una mansión colonial de cuatro habitaciones con vistas al río Smith, y su esposa estaba muy ilusionada con la idea de volver a casa. Para ella, Oriental era un lugar ideal para criar niños, y en muchos sentidos tenía razón.

El doctor Cheney adoraba aquellos parajes. Practicaba surf y natación, salía en bicicleta y a correr. Era normal verlo correr con energía por la carretera general después del trabajo, en dirección a los confines del pueblo. La gente tocaba el claxon o lo saludaba con la mano, y el doctor Cheney devolvía el saludo con un leve gesto de la cabeza sin perder el ritmo. A veces, después de un día particularmente largo y duro, no salía a correr hasta el anochecer y, el 18 de septiembre de 1985, eso fue justo lo que sucedió.

Abandonó su casa justo cuando las primeras sombras de la noche caían sobre el pueblo. Aunque el doctor Cheney no lo sabía, la carretera estaba resbaladiza. Había llovido por la tarde, con suficiente fuerza como para hacer que el aceite del asfalto emergiera a la superficie, pero no lo bastante como para limpiar esa peligrosa capa de grasa.

El médico inició su ruta habitual, que duraba unos treinta minutos, pero aquella noche no regresó a casa. Cuando la luna ya iluminaba completamente el cielo, Angela empezó a preocuparse y, después de pedirle a una vecina que vigilara a sus hijos, se montó en el coche y fue en busca de su esposo. Tras la última curva en las afueras del pueblo, junto a una arboleda, avistó una ambulancia. También estaba el sheriff, junto con un creciente grupito de curiosos. Angela se enteró de que en aquella curva su marido había perdido la vida cuando había sido embestido por una camioneta cuyo conductor había perdido el control.

También le dijeron que el propietario de la camioneta era Carlisle Cullen. El

conductor, al que pronto acusarían por imprudencia grave con resultado de

homicidio involuntario, tenía dieciocho años y ya estaba esposado.

Su nombre era Edward Masen.

A tres kilómetros de Oriental —y de la curva que jamás olvidaría—, Edward distinguió la vieja carretera sin asfaltar que conducía hasta las tierras de su familia, e instintivamente se puso a pensar en su padre. Cuando Edward estaba en la prisión del condado, a la espera de ser juzgado, apareció un carcelero y le dijo que tenía visita. Al cabo de un minuto, su padre se hallaba delante de él, masticando un palillo.

—Huir, salir con una chica rica, hacer planes… ¿Para qué? ¿Para acabar en la cárcel? Pensabas que eras mejor que yo, ¿eh? Pues no. Tú y yo somos iguales.

Edward vio el brillo malicioso en la expresión de su padre. No dijo nada; solo

sentía un odio visceral hacia su progenitor, mientras lo desafiaba con ojos feroces desde un rincón de su celda. Había jurado que, pasase lo que pasase, nunca más le volvería a dirigir la palabra.

No hubo juicio. El defensor público lo declaró culpable, y el fiscal pidió la pena máxima. En el correccional Caledonia de Halifax, en Carolina del Norte, Edward trabajó en la colonia penal, sudando bajo el sol abrasador de los días más calurosos de verano mientras plantaba maíz, trigo, algodón y soja, y congelándose con los gélidos vientos polares mientras se deslomaba labrando la tierra en lo más crudo del invierno. Aunque se carteaba con Carlisle, en cuatro años no recibió ni una sola visita.

Cuando le concedieron la libertad condicional, regresó a Oriental. Allí trabajó

Para Carlisle. Las pocas veces que se acercaba al pueblo, escuchaba siempre los insidiosos cuchicheos de la gente. Sabía que era un paria, uno más del clan Masen, que no solo había matado al yerno de los Weber, sino al único médico del pueblo.

El peso de la culpa era insoportable. Durante aquella época, solía pasar por la floristería de New Bern y luego ir al cementerio donde estaba enterrado el doctor Cheney, siempre a primera hora de la mañana o a última de la noche, cuando apenas había gente, a depositar las flores en su tumba. A veces se quedaba una hora o más, pensando en la esposa y en los hijos que el doctor Cheney había dejado. Por lo demás, Edward se pasó prácticamente aquel año casi siempre oculto, procurando mantenerse alejado del mundo.

Sin embargo, su familia no se había olvidado de él. Cuando su padre apareció un día en el taller para recaudar de nuevo el sueldo de Edward, lo hizo acompañado de Emmet.

Su padre iba armado con una escopeta. Emmet llevaba un bate de béisbol. Pero presentarse sin Jasper fue un error. Edward les dijo que se largaran. Emmet reaccionó rápidamente aunque no con la suficiente celeridad: cuatro años de trabajos forzados bajo el sol abrasador habían curtido a Edward, que estaba listo para desafiarlos. Le rompió la nariz y la mandíbula con una palanca, y desarmó a su padre antes de partirle las costillas. Mientras los dos yacían tumbados en el suelo, Edward los apuntó con la escopeta, advirtiéndoles que no volvieran a pisar nunca más el taller. Emmet juró y perjuró entre gemidos que lo mataría; el padre de Edward, en cambio, se limitó a mirarlo con gesto amenazador.

Después de aquel episodio, Edward dormía con la escopeta a su lado y casi nunca salía del taller. Sabía que habrían podido ir a por él en cualquier momento, pero el destino es impredecible: al cabo de pocos días, Crazy Emmet apuñaló a un tipo en un bar y acabó en prisión. Y aunque no sabía por qué, su padre nunca más pasó a verlo. Edward ni se planteó los motivos; en vez de eso, contaba los días que le quedaban para marcharse de Oriental.

Cuando cumplió su libertad condicional, envolvió la escopeta en un hule y la guardó en una caja de madera que luego enterró a los pies de un roble situado muy cerca de la casa de Carlisle. A continuación, metió sus escasas pertenencias en el coche, se despidió de Carlisle y tomó la autopista hasta Charlotte. Allí encontró un trabajo como mecánico. Por las noches asistía a un curso de soldadura en el instituto local. Después, se marchó a Luisiana y encontró empleo en una refinería hasta que, finalmente, terminó trabajando en las plataformas petrolíferas.

Desde su salida de la cárcel, había intentado pasar desapercibido, y casi siempre estaba solo. Nunca iba a visitar a amigos porque no tenía ninguno. No había salido con nadie desde Isabella, porque, incluso después de tantos años, solo seguía pensando en ella. Confraternizar con alguien, fuera quien fuese, significaba tener que hablarle de su pasado, y no le gustaba la idea.

Era un expresidiario que pertenecía a una familia de criminales y delincuentes, y había matado a un hombre bueno. A pesar de haber cumplido su condena y de haber intentado enmendar su vida, sabía que jamás se perdonaría a sí mismo por lo que había hecho.

Se estaba acercando. Edward se aproximaba al lugar donde el doctor Cheney había perdido la vida. Vio que los árboles que había cerca de la curva habían sido reemplazados por un edificio bajo y tosco con una espaciosa zona de aparcamiento sin asfaltar en la parte delantera. Edward mantuvo la vista fija en la carretera, procurando no mirar hacia aquel funesto lugar.

Al cabo de un minuto, llegó a Oriental. Atravesó el pueblo y cruzó el puente bajo el que el río Greens confluía con el río Smith. De niño, cuando intentaba evitar a su familia, a menudo se sentaba cerca del puente y observaba los veleros e imaginaba todos los puertos tan lejanos en los que debían de haber estado, los lugares que él deseaba visitar.

Aminoró la marcha, completamente embelesado con aquel paisaje, como cuando era niño. El puerto deportivo estaba muy concurrido; en los barcos se adivinaba mucho ajetreo, con personas que trajinaban neveras portátiles o desataban los cabos que mantenían las embarcaciones unidas a tierra firme. Edward alzó la vista hacia los árboles. Por el leve balanceo de las ramas supo que había bastante viento como para navegar con las velas extendidas, incluso si la intención era recorrer la línea de la costa.

Por el espejo retrovisor, avistó la pensión donde había reservado una habitación, pero todavía no se sentía listo para instalarse. En vez de eso, detuvo el vehículo junto al puente y se apeó, aliviado de poder estirar un poco las piernas. De repente se preguntó si ya habrían llegado las flores que había encargado, y se dijo que pronto lo sabría. Se volvió hacia el río Neuse y recordó que, en su desembocadura en la bahía de Pamlico, era el río más ancho de Estados Unidos, algo que muy poca gente sabía. Había ganado bastantes apuestas con esa pregunta tan trivial, en especial en las plataformas petrolíferas, donde prácticamente todo el mundo creía que era el Misisipi. Incluso en Carolina del Norte la gente no lo sabía; fue Isabella quien se lo dijo.

Como siempre, se preguntó por ella: qué sería de su vida, dónde residiría, a qué se dedicaría… Estaba completamente seguro de que estaba casada, y a lo largo de los años había intentado imaginar qué clase de hombre habría elegido. A pesar de que creía conocerla bien, no podía imaginarla riendo o durmiendo con otra persona, aunque tampoco importaba lo que él pudiera pensar. Uno solo podía huir del pasado si accedía a un presente mejor, y seguramente eso era lo que había hecho Isabella. Al parecer, todos excepto él eran capaces de rehacer sus vidas; si bien era cierto que todo el mundo cometía errores y tenía algo de que arrepentirse, el error de Edward era diferente. Cargaría con él toda la vida. Volvió a pensar en el doctor Cheney y en la familia que había destruido.

Con la vista fija en el agua, de repente se arrepintió de su decisión de haber regresado a Oriental. Sabía que Angela Cheney todavía vivía en el pueblo, pero no quería verla, ni siquiera fortuitamente. Y a pesar de que era probable que su familia no tardara en enterarse de su llegada, tampoco deseaba verlos.

Allí no había nada para él. Aunque podía comprender por qué Carlisle había solicitado a su abogado que lo avisara, no podía comprender el deseo expreso de querer que Edward regresara a Oriental. Desde que recibió el mensaje, no había dejado de darle vueltas a eso, pero no le encontraba el sentido. Carlisle jamás le había pedido que fuera a verlo; más que nadie, sabía lo que Edward había dejado atrás.

Él tampoco había ido nunca a Luisiana a visitarlo. Aunque Edward le escribía con regularidad, muy pocas veces recibía respuesta. Quería creer que Carlisle tenía sus razones, fuesen cuales fuesen, pero en esos momentos no alcanzaba a comprenderlas.

Estaba a punto de regresar al coche cuando detectó una vez más aquel movimiento furtivo tan familiar. Se dio la vuelta, intentando sin éxito hallar el origen de aquella impresión. Por primera vez desde que había sido rescatado del agua, se le erizó el vello en la nuca. De repente supo que había algo, por más que su mente no consiguiera identificarlo. Los últimos rayos del sol resplandecían sobre la superficie del agua, y tuvo que entrecerrar los ojos para enfocar la visión.

Se colocó una mano en la frente para resguardarse del brillo del sol y escrutó el puerto deportivo, fijándose en todos los detalles. Vio a un señor mayor y a su esposa, que remolcaban una barca hasta las gradas; más abajo, hacia el embarcadero, un hombre sin camisa echaba un vistazo al compartimento del motor de su lancha. Observó con atención a otras personas: una pareja de mediana edad que trasteaba en la cubierta de un velero, un grupo de jóvenes que descargaban una nevera portátil después de haber pasado el día navegando. En la punta más alejada del puerto, zarpaba otro velero, seguramente con la intención de capturar la brisa del atardecer. No vio nada inusual. Estaba a punto de darse la vuelta cuando se fijó en un hombre con el pelo oscuro que llevaba una cazadora azul y que miraba en su dirección. El individuo se hallaba de pie en el embarcadero y, al igual que Edward, tenía la mano emplazada en la frente para resguardarse del sol.

Cuando Edward bajó la mano despacio, el hombre imitó su gesto. Edward retrocedió un paso atropelladamente. El desconocido lo imitó. Edward notó una fuerte opresión en el pecho al tiempo que el corazón le empezaba a latir

desbocadamente. «Esto no puede ser real. No es posible que esté pasando.»

Con el mortecino sol a la espalda, le costaba discernir los rasgos del desconocido, pero, a pesar de la tenue luz, tuvo la certeza de que se trataba del mismo hombre que había visto por primera vez en el océano y luego otra vez en el buque de abastecimiento. Parpadeó varias veces seguidas, intentando enfocar mejor su objetivo. Sin embargo, cuando finalmente se le aclaró la visión, lo único que vio fue la silueta de un poste en el embarcadero, con unas cuerdas desgastadas que colgaban de la parte superior.

Aquella visión lo dejó desconcertado. Sintió la necesidad de ir directamente a la casa de Carlisle. Muchos años antes, había constituido su refugio, y quiso volver a experimentar la sensación de paz que había encontrado allí. No le apetecía en absoluto entablar una conversación trivial con la propietaria de la pensión; quería estar solo para poder reflexionar acerca de la visión del hombre con el pelo oscuro.

O bien la conmoción había sido peor de lo que los médicos habían pronosticado, o bien los facultativos tenían razón en cuanto al estrés. Mientras se montaba de nuevo en el coche, decidió que, de vuelta a casa, iría de nuevo a ver al médico en Luisiana, aunque tenía la impresión de que le diría ni más ni menos lo mismo que la última vez.

Apartó de su mente aquellos pensamientos incómodos y bajó la ventanilla para aspirar el intenso aroma a pino y a agua salada. La carretera zigzagueaba sorteando los árboles; a los pocos minutos, tomó la senda que conducía hasta la casa de Carlisle.

El vehículo botaba sobre el suelo abultado con gruesas raíces y, después de tomar una última curva, divisó la casa. Se sorprendió al ver que había un BMW aparcado. Sabía que no era de Carlisle; aparte de estar demasiado limpio, Carlisle jamás habría conducido un coche que no fuera americano, y no porque no se fiara de su calidad, sino porque no habría tenido las herramientas necesarias para repararlo.

Además, Carlisle siempre había sentido predilección por las camionetas, sobre todo por las fabricadas a principios de 1960. A lo largo de toda su vida, probablemente había comprado y restaurado media docena de ellas; luego las conducía durante un tiempo antes de venderlas a cualquiera que le hiciera una oferta. Carlisle no lo hacía para ganar dinero, sino por el mero placer de restaurarlas.

Edward aparcó al lado del BMW y se apeó del coche, sorprendido de lo poco que había cambiado la casa. En realidad, nunca había sido más que una vieja chabola, con aquella fachada destartalada, como si estuviera a medio acabar o pendiente de una seria reparación. Una vez, Isabella le compró a Carlisle un plantador de bulbos para darle más vida y alegría al lugar, y la herramienta todavía seguía apoyada en un rincón del porche, aunque ya hacía mucho tiempo que se habían marchitado las flores. Edward recordó el entusiasmo de Isabela el día que le hizo el regalo, a pesar de que Carlisle no supiera realmente qué era aquel artilugio.

Edward examinó el entorno. Una ardilla se encaramó a un cornejo y recorrió una de sus ramas dando saltitos; también vio un cardenal que trinaba desde un árbol, pero aparte de eso, el lugar parecía desierto. Enfiló hacia uno de los flancos de la casa, en dirección al taller. En aquel lado, la temperatura era más fresca por la sombra que le conferían unos cuantos pinos. Después de torcer la esquina y volver a salir al sol, avistó a una mujer en el umbral de la puerta del taller; estaba examinando un vehículo clásico que debía de haber restaurado Carlisle. En un primer momento, la tomó por una empleada del despacho del abogado. Estaba a punto de saludarla en voz alta para llamar su atención cuando la mujer se dio la vuelta. El saludo que iba a pronunciar se quedó atorado en su garganta.

A pesar de la distancia que los separaba, vio que estaba más guapa de como la recordaba. Por lo que pareció un interminable momento, Edward no pudo decir nada. Se le ocurrió que quizá volvía a sufrir alucinaciones; parpadeó varias veces seguidas, pero se dio cuenta de que no estaba soñando. Ella era real y estaba allí, en aquel lugar que una vez había constituido un refugio para ambos.

Fue entonces, mientras Isabella lo miraba fijamente a través de los años, cuando Edward comprendió por qué Carlisle Cullen había insistido tanto en que regresara.


Gracias por leer.

Besos!