¡Buenas noches! Sí, sé que debería estar yéndome a mi cama a descansar, pero no podía hacerlo sin terminar este capítulo. Si bien ha quedado corto, creo que es más que consistente; ya sabrán a lo que me refiero cuando lo lean C : Sin más, disfruten y amen más a Kazuya
*P.D. Pequeña Nayla, ya puedes poner a todo volumen la canción de la sirenita XD. Mientras yo seguiré viendo ese meme que hiciste de este capítulo.
Capítulo 29
Answer is clear
Si bien hubiera deseado quedarse más horas dentro de la cama, había demasiadas cosas por hacer que no podía darse semejante lujo y menos tras haber perdido toda su tarde del sábado realizando los deberes escolares. Así que con enorme fuerza de voluntad, se levantó, se cambió y empezó con su habitación.
Barrió y sacudió cada recoveco que había. Incluso consideró apropiado reacomodar los libros de su pequeño librero, así como la disposición que poseían los peluches que lucían encantadores sobre las repisas que había frente a su cama. Incluso realizó un cambio de sábanas y colcha.
Pasó el mechudo humedecido por todo el piso, dejando a su paso una deliciosa fragancia a lavanda. Y tras contemplar lo ordenado y pulcro que estaba su cuarto, procedió a llevarse consigo el cesto de la ropa sucia; había llegado el momento para lavar y aprovechar al máximo el esplendoroso clima que estaba haciendo.
—Sacudir, barrer y trapear la habitación, listo. Cambiar la cama, listo —el lapicero que tenía en su mano izquierda se encargó de rayar dichas actividades que fueron anotadas en una pequeña lista que ella misma elaboró en una hoja de papel—. Ayer terminé toda la tarea que tenía para la semana, por lo que solamente me resta lavar mi ropa y estaré libre.
—Sabía que te encontraría en este sitio un domingo a medio día —Sora reconoció esa voz de inmediato. Y por ello se quedó inmóvil, con su atención fija en la lavadora que tenía en frente; como si el ver la ropa dar de vueltas de acá para allá, fuera mejor que afrontar a quien había llegado al cuarto de lavado de su casa.
—Oh, Yoshiko, qué extraño verte por aquí —se giró, encontrándose con esas entusiastas y vibrantes pupilas esmeralda que lucían muy gustosas de toparse con las suyas.
La castaña y lacia cabellera de la joven llegaba hasta sus hombros, rozándolos con cierta delicadeza mientras un flequillo en uve se veía de lo más coqueto y adorable gracias a la diadema suave que usaba. Y aunque su rostro era lo suficientemente bonito para captar la atención de los chicos, su atuendo ayudaría más a ello.
Llevaba un short blanco a la cadera y una blusa azul pastel de hombros descubiertos que favorecían enormemente a delinear su bien cuidada y envidiable figura. Incluso sus sandalias de cuña poseían la misma tonalidad que su vestimenta superior para combinar.
—Eso sonó a que cuando vengo aquí, no te paso a ver —el silencio de la pelinegra le dio la respuesta—. ¡Ey, eso es grosero de tu parte, Sora-chan!
—No me llames así —su disgusto no se hizo esperar junto con esa mueca de desaprobación que enmarcaron sus labios—. Él no está en casa. Está entrenando en Seidou junto con los de tercer año —dio media vuelta, volviendo a la interesante panorámica de su ropa siendo lavada.
—Ya, ya, lo siento. Sé que no debí llamarte de ese modo —se disculpó rápida y sinceramente como pocas veces lo había hecho en lo que llevaba existiendo—. No me sorprende que Tetsu esté entrenando, pero creí que lo encontraría antes de que se fuera.
—Él siempre es así de intenso cuando de béisbol se trata. Tú mejor que nadie debería de saberlo.
—Sí, lo conozco, pero —la castaña suspiró, como si deseara que toda la frustración que nació a raíz de no hallar al hermano mayor de Sora, se esfumara, para traerle de vuelta la serenidad—, estaba esperando encontrarlo.
—Le hubieras mandado un mensaje para que quedaran de verse —el electrodoméstico paró de trabajar y ella se dedicó a sacar sus prendas, para sacudirlas y depositarlas en el cesto que tenía a su costado derecho.
—Lo sé —y allí iba el segundo suspiro desde que empezaron a hablar. Este emanaba un auto regaño por ser tan lenta de pensamiento—. Pero es que…él es tan…
—Denso —ofertó el adjetivo perfecto que describía a Tetsuya para temas que no se relacionaban en nada con el béisbol—. Si no se lo dices jamás va a darse cuenta.
—Quiero hacerlo, no obstante…—Yūki ya estaba confrontando a la joven, en completo mutismo. Se limitaría a verla totalmente roja de la cara mientras los nervios y el retraimiento le impedían completar su oración.
—Todo sería más fácil si mi hermano se percatara de que Yoshiko ha estado enamorada de él desde hace bastante tiempo —exhaló, cansada de la situación de la que había sido testigo desde que la castaña se percató de sus sentimientos—. ¿Y qué es lo que harás?
—¿A qué te refieres? —¿le estaba saliendo con una pregunta como esa? ¿En serio?
—A mi hermano —Yoshiko se tensó y ella cargó el cesto de su ropa limpia. Era el momento para salir a colgarla para que el sol hiciera su magia—. Ambos se graduarán el siguiente año, por lo que creo que estaría bien que este tema quedara zanjado antes de que eso ocurra —ambas habían abandonado el cuarto de lavado y caminaron hasta el patio trasero; ya allí comenzó la tediosa tarea de colgar la ropa con ayuda de pinzas de madera—. Si continúas de indecisa alguien más podría adelantarse y entonces tendrás ese arrepentimiento contigo.
— …Esa niña…—no fue lo despectivo que sonó al dirigirse a quien claramente era su rival de amor lo que captó la atención de la pelinegra, sino el mohín que estaba haciendo—. Él solamente es amable con ella porque es más chica y porque es la hermanita de ese sujeto.
—¿Todavía sigue dirigiéndose a él como "ese sujeto"? Aunque creo que su molestia hacia él se debe principalmente a causa de su hermana menor —¿por qué tenía que verse inmiscuida en esa clase de predicamentos sentimentales cuando ella misma tenía uno en manos? ¿Y qué se supone que dijera ahora? ¿Esperaba que le diera su apoyo incondicional y se uniera en contra de su competencia? ¿Deseaba que le aconsejara sobre cómo conquistar a su hermano? Por favor, ella era la última persona en el mundo a la que debía preguntarle sobre cómo hacer que un chico caiga rendido—. Si algo me enseñó mi entrenador de kickboxing es que no debes subestimar a tu rival, sin importar lo pequeño y débil que este parezca. Porque puede darte una sorpresa por menospreciarlo.
—Eso no aplica en los temas de amor y pareja.
—Si lo ves de ese modo, no hay nada que pueda hacer al respecto —colgó las últimas prendas que le quedaban y se sintió realizada. Había terminado por ese día—. Ahora puedo dedicarme el resto de la tarde a descansar. Incluso podría ver alguna serie mientras como palomitas y soda —su plan era perfecto. Era justo lo que necesitaba después de esa montaña rusa que tuvo por semana—. Pero primero un baño reparador.
—Ey Sora, ¿tú qué harías en mi lugar? —esa era la última pregunta que deseaba escuchar de su boca porque el ofertarle una respuesta involucraría muchos aspectos; y sinceramente ahora no estaba en su mejor estado mental y emocional para ponerse a pensar en la situación de otra chica indecisa.
—Si alguien te gusta lo suficiente como para causarte indecisión, la confesión es la elección más viable —¿lo era? ¿En todos los casos era aplicable o únicamente en ella porque había estado enamorada de su hermano desde hace varios años atrás? —. ¿O es que solamente quieres que sigan siendo amigos y que nada pase entre ustedes?
—No. Yo de verdad quisiera que…pasara algo entre los dos. Es decir, ser…u-una…pareja y todo eso. Salir en una cita…y t-tomarnos…de las manos —tartamudeos. Sí, siempre estaban presentes cuando se hablaba de sentimientos amorosos y de pensamientos vergonzosos que tenías con ese alguien especial. Eran las dulces y bochornosas consecuencias de enamorarte sin restricciones; y ella la entendía, porque había pasado por lo mismo hace varios años atrás.
—Nada de eso ocurrirá si no das el siguiente paso. Si no te arriesgas —su comentario no era a la ligera. Porque hace tiempo estuvo en su mismo predicamento y tuvo que agarrar todo el valor que tenía para expresar lo que sentía, con la amarga incertidumbre sobre sus hombros, susurrándole que lo único que le aguardaba era el rechazo.
—Ya lo sé. Sin embargo, si lo hago y me rechaza, no solamente nada ocurrirá sino que también perderé su amistad. Y algo como eso sería todavía mucho peor —era como contemplar a su yo del pasado, y revivir inevitablemente todos esos predicamentos que le hicieron pasar por tan amarescente experiencia. Por lo que rememorar aquello no era precisamente lo que buscaba en un domingo.
—Si no sabes lo que él siente por ti, entonces el confesarte es como jugar a la ruleta rusa. Cuando jales del gatillo puede salir una bala y todo habrá terminado, pero también puede que de ese revólver no se disparé nada —su analogía era simple pero bastante efectiva. Al menos esperaba que Yoshiko captara el mensaje que quería trasmitirle.
—Ese fue el método que empleaste para salir con Miyuki-kun, ¿no es verdad? —Sora necesitaba una pared a la mano para recargarse y no caerse ante la blasfemia que la castaña tan despreocupadamente le lanzó. Y aunque la gente pensara que fue ella quien se declaró, todo no era más que una vil mentira; un ultraje a su persona—. Eso fue muy valiente de tu parte —¿por qué parecía que la estaba elogiando a la vez que se mostraba orgullosa por su "hazaña"? —. ¿Cómo fue que te decidiste para confesarle tus sentimientos? ¿Tuviste miedo? ¿Nervios? ¿No temiste perder tu amistad con él? —los interrogatorios nunca le entusiasmaron y mucho menos si abordaban temas tan privados.
—Ah…—sabía que ella era terca y que no se iría sin respuestas. Por lo que lo mejor era que contestara; solamente así obtendría su boleto de escape—. Bueno…él es un verdadero incordio, por lo que el hecho de que me atrajera, resultaba molesto —lo era y lo continuaba siendo—. Y aunque intenté negarlo, no conseguí absolutamente nada. Únicamente me frustraba más y más —y seguía sintiéndose de esa manera—. Así que tenía dos opciones. O continuaba ocultando lo que sentía, rogando para que un día desapareciera por arte de magia; o me armaba de valor, importándome un bledo lo que él llegara a pensar por decirle que me gustaba —Yoshiko la escucha atenta, como si deseara grabarse cada palabra que le trasmitía desde la experiencia.
—Confesarse y ser correspondida. Confesarse y ser rechazada —desgraciadamente era así como funcionaba el mundo de los sentimientos humanos. No siempre se podía ser afortunado en el amor; muchas veces tocaba ser el rechazado y sufrir por ello hasta sanar por completo—. Tú fuiste muy afortunada. Miyuki-kun sentía lo mismo que tú y entonces se convirtieron en novios —si ella supiera que algo como eso jamás ocurrió y que ambos no eran más que unos mentirosos que aceptaron el malentendido por razones inconfesables—. Si él hubiera querido a alguien más, entonces no querrías otra cosa más que olvidarlo. Y probablemente sería más fácil tras ser rechazada.
—Espera un momento. ¿Por qué no lo pensé antes? —la solución a su problemática actual había estado frente a ella todo este tiempo pero no la consideró hasta apenas ahora, cuando la castaña la hizo hondar en los pro y los contra de buscar una relación sentimental—. Tenemos una relación falsa. Ninguno de los dos ha actuado como la pareja del otro. Y en toda este noviazgo ficticio la única que metió la pata, fui yo —si no se estampaba la mano contra su frente era porque no estaba sola. Pero desde hace un tiempo ha querido decirse a sí misma lo idiota que era por haber caído en la mentira que ella aceptó representar—. Y estoy segura de que Miyuki pasa totalmente de mí... Y si él no es mi tipo, menos debo serlo yo. De manera que si llegara a confesarme, es un hecho que él me rechazará y al hacerlo, podré ponerle fin a este estúpido malentendido. Y ambos seremos libres —era un razonamiento tan lógico que resulta infalible. No podía haber manera de que su plan fallara—. Será humillante tener que pasar por eso, considerando cómo es él. No obstante, no tengo otra elección. Necesito ponerle un hasta aquí antes de que…—no, no quería ni pensar en la idea de que la atracción que el castaño despertaba en ella escalara más niveles y se transformara en una situación inmanejable. Era mejor arrancar el árbol antes de que empezara a echar raíces—. Y es algo que conseguiré únicamente si él me rechaza… Después de todo, a ninguna chica le gusta estar pensando en el tonto que no le correspondió. Y eso me incluye a mí también —enfocarse en lo que tenía que hacer lo más pronto posible era su mayor prioridad. No podía desviar sus pensamientos en otras ideas, en otros deseos absurdos; no podía comportarse como la chica que poseía enfrente que dudaba sobre confesarse mientras ansiaba con todas sus fuerzas el ser correspondida para tener algo con aquel que la hacía tan feliz como vulnerable. Sora no quería volver a ser esa clase de chica.
—¿Te encuentras bien? Te has quedado totalmente callada —Yoshiko movió su mano derecha frente a su cara, intentando hacerla reaccionar.
—Disculpa, estaba acordándome de algunas cosas sin importancia —sería genial que todo fuera como en el pasado donde lo único que buscaba en Miyuki era devolverle sus bromas de mal gusto y golpearlo si la situación lo ameritaba. Añoraba esos tiempos y maldecía el instante en que ese maniático del beisbol se transformó en alguien sustancial en su vida—. Piensa en lo que te dije y toma la mejor decisión para ti.
—¡Muchas gracias Sora! —la muchacha era apasionada. Siempre tenía tanta energía y entusiasmo que solía agotarla con sólo verla. Pero también era una persona expresiva, que no tenía reparo en mostrar su agradecimiento con actos; así que ya estaba abrazando fuertemente a quien no parecía sentirse muy cómoda con esa clase de interacciones físicas—. Como agradecimiento por haberme escuchado, te invitaré a comer lo que tú quieras.
—¿Lo que yo quiera? —tal vez dejarse achuchar no era tan malo como parecía—. Vayamos por okonomiyaki…pero de verduras porque estoy a dieta.
Incluso cuando estaba haciendo demasiado calor para la temporada del año en la que se encontraban, no era impedimento para que aquellos jóvenes concluyeran sus prácticas de la tarde en su totalidad y sin chisteo alguno.
Tras finalizar y disolver la formación, cada uno de ellos se dedicó a hacer lo que más le placiera el resto de la tarde. Así que mientras unos querían seguir entrenando, otros más optaban por tomar un descanso e hidratarse.
—¿Por qué está haciendo tanto calor hoy? —Kuramochi permanecía sentado sobre el suelo, con una toalla húmeda en la cabeza, refrescándose un poco.
—El entrenamiento terminó, así que deja de quejarte —Kazuya acabó de limpiar el sudor que todavía escurría por los costados de su rostro al mismo tiempo que descansaba tranquilamente sobre una banca.
—En este momento me gustaría estar en alguna piscina —el de Chiba ansiaba un momento de relajación donde no tuviera que lidiar con ninguno de sus molestos compañeros de equipo y mucho menos con el mete aire que tenía en frente.
—Puedes cambiarte de club.
—¡Idiota, cállate o te arrojo con tus fanáticas! —le gritó más por el hecho de que ayer ya no quiso seguir hablando más sobre el tema de Sora, que por quererlo sacar del club de béisbol—. Miyuki, ¿cuándo vas a hacer tu movimiento? —a veces podía ser serio con los temas más inesperados.
—¿Umm? —el castaño se cruzó de brazos, conservando un semblante circunspecto y una mirada empañada por el reflejo de sus gafas. Lucía de lo más pensativo, como si en verdad meditara sobre qué contestar—. No sé de qué me estás hablando.
—Te voy a refrescar la memoria a golpes, pelmazo —se puso de pie y estaba muy dispuesto a demostrarle que sus dotes de pandillero aún no habían desaparecido; sin embargo, se detuvo. Lo hizo en cuanto se percató de la llegada de un tercero.
—Ni siquiera en un domingo por la tarde pueden llevar la fiesta en paz —la persona menos inesperada había llegado. Pero no era su presencia la que dejó a ambos confundidos, sino su apariencia actual.
Portaba una blusa alba de hombros caídos y una minifalda plisada cuyo encantador tonalidad palo de rosa hacía juego tanto con la prenda superior como con las sandalias que portaba y le daban un toque tan veraniego a su vestimenta. Aunque no se le podía recriminar, el clima era lo suficientemente bochornoso como para ir lo más ligero de ropajes posible.
Su cabello también había sido mimado con una bien ejecutada trenza cascada doble. Un peinado que lucía de lo más natural y favorable en ella.
Sí, era un hecho. Ninguno de esos dos se imaginó, ni en sus más salvajes sueños, que una chica que tenía facilidad para la violencia, pudiera usar ropa tan femenina y armonizada. Era como si la vida misma les estuviera escupiendo y les hiciera tragarse sus propias conclusiones sobre ella, mientras les mostraba lo bien que lucía con aquellas prendas de vestir.
Y por breves segundos, ambos se quedaron embobados ante la faceta que recién conocían de la pelinegra.
—Vaya, nunca me podía haber imaginado que una chica tan salvaje pudiera vestirse tan delicadamente —un día de estos los halagos del mejor corredor de Seidou lo iban a condenar a un futuro muy doloroso.
—A ti no te daré nada por gracioso —el chico no entendió sus palabras hasta que la pelinegra levantó la bolsa plástica que sostenía en su mano derecha, a la altura de su pecho—. Ahora tendré más helado para mí.
—Oye, eso no es justo. Yo quiero. Así que dame el mío y el de este idiota —eso de compartir no era el fuerte de Yōichi.
—No seas envidioso, hay suficiente para todos —la joven se desplazó hasta la banca y tomó asiento a mano izquierda del cátcher, para que del lado opuesto colocara la bolsa con el preciado tesoro—. Hay de diferentes sabores así que pueden elegir el que más les agrade o llame la atención —sacó los mini botes de helado, depositándolos sobre la superficie de la banca.
—Me quedó con el de menta y chocolate —Kuramochi fue el primero en elegir y degustar del buen sabor de aquel postre—. Esto sabe bastante bien.
—No me digas que no te gusta el helado —hablaba Yūki con un botecito de helado de café entre sus manos.
—Nunca dije eso —Sora se paralizó en cuanto contempló la cercanía que tenía con el castaño. Pero, ¿podía objetar, quejarse? Ella misma había colocado los helados del lado opuesto al cátcher, era obvio que debía estirarse para tomar uno si ella no se lo pasaba—. Este está bien.
—E-Eso estuvo...demasiado cerca —todavía podía escuchar los marcados que eran los latidos de su corazón. Todavía podía experimentar el nerviosismo que le provocó el cruce de su mirada con la de él mientras en sus labios se dibujaba una refrescante y enorme sonrisa; esas que siempre poseía pero que en esta ocasión parecía haber captado su atención más de lo necesario—. ¡Debí de haber dejado el helado de su lado! —si estaba sonrojada o no, no podía saberlo. Lo único que podía hacer era mantener la calma, impedir que lo que ya era obvio para ella no lo fuera para ninguno de los dos; especialmente para el más observador de ambos—. Pues comételo y deja de incordiar.
—No recuerdo haberte hecho nada este día —que tuviera aquella risilla perversa al mismo tiempo que comía de su helado de vainilla y fresa, no lo hacía menos sospechoso y culpable.
—Tu sola existencia ya es una molestia en sí —dictaminó antes de llevarse una cucharada de helado a la boca y mirar en dirección opuesta porque sabía que ese adicto al béisbol se estaba burlando de ella—. Miyuki idiota.
—Y dime Sora, ¿por qué andas tan arreglada? ¿Acaso andas siéndole infiel a tu novio falso? Digo, está bien que cualquiera en tu posición se arrojaría a los brazos de otro, pero no está bien que lo hagas. A tu hermano mayor no le gustaría eso —no sabía qué disfrutaba más en ese momento, si el cabreo de la pelinegra por soltarle tal blasfemia o el semblante de póker que tenía el castaño—. ¡Esto es tan divertido! Si tan siquiera pudieran verse. ¡Yahahaha!
—No estoy saliendo con nadie —refutó, viendo a Kuramochi como lo haría una novia resentida a su ex pareja—. Salí a comer con una amiga de Tatsu. Y de regreso pasé a comprar helado, aprovechando el clima —no tenía por qué dar explicaciones pero prefería hacerlo antes de que el moreno tuviera otra ocurrencia—. Compré para mi hermano y traje unos de más para Sawamura y ustedes.
—Estás inesperadamente muy amable este día —Yōichi no iba a dejar de molestarla si le daba tanto material.
—Puedo cambiar mi actitud, así que no tientes tu suerte —Kazuya sonreía ante la amenaza lanzada por Sora; en cierto modo parecía gustarle la idea de ver golpeado al corredor—. Disfruta tu helado y guarda silencio.
—¡Tú deja de reírte!
—Tomaré otro —ignorarlo se le daba tan natural como respirar.
—Ten —se adelantó al castaño y le pasó otro bote de helado. No quería repetir lo de hace un momento.
—Compraste mucho helado —Miyuki abrió su postre helado y empezó a degustarlo—. ¿Es que ya abandonaste la dieta?
—Calla y come, Miyuki Kazuya.
—No me llames por mi nombre completo.
—Entonces no me fastidies cuando estamos comiendo algo rico —refunfuñó y él sonrió con goce—. Quita esta estúpida sonrisa de tus labios —lo encaró y este hizo lo mismo. Estaban frente a frente, con la mirada del otro reflejada en la suya y con expresiones faciales tan opuestas—. ¿Por qué no puedes comer como el resto de la gente? Tal vez debería golpearlo para que deje de comportarse de ese modo. Quita esa sonrisa —repitió.
—Oblígame —expresó casi cantarinamente.
—Miyuki de verdad es perverso. Mira que manipular la situación para que terminaran de este modo —él poseía un asiento privilegiado del que observaba a esos dos que estaban separados por centímetros que resultaban una tortura para quien ya quería que se dejaran de sandeces y admitieran que se gustaban—. Si no se besan en este momento juro que iré y los empujaré yo mismo.
Pero antes de que el deseo de Kuramochi pudiera materializarse o hacerse realidad por su propia mano, un teléfono móvil sonó, estropeando la atmósfera que se había creado y llevando a ambos a tomar una distancia prudente.
—Ha llegado un mensaje en el momento más oportuno —ella estaba completamente aliviada de esa intervención divina que la había salvado de cometer suicidio—. Estuve a punto de...—y el recordar que su atención pasó de esas achocolatadas pupilas a sus labios la hacían sentir tonta. Demasiado tonta—. Me pregunto si se le ofrecerá algo o tal vez quiere que salgamos otra vez —llevó una cucharada de helado a su boca al mismo tiempo que abría su nuevo mensaje y lo iba leyendo tranquilamente—. ¡...! —tosió con fuerza en un intento de no ahogarse con lo que estaba comiendo. Es que lo que había leído le llevó a atragantarse abruptamente—. ¡Ella lo va a hacer!
—¿Ella? ¿De quién hablas? —Kuramochi sentía curiosidad. Sobre todo porque la noticia de la que se había enterado, poseía la suficiente relevancia para hacerla reaccionar de ese modo.
—Ah, de una amiga —guardó su teléfono y suspiró hondamente—. Está a punto de hacer algo muy importante y de lo más atrevido. De verdad que me admira que vaya a hacerlo. Pensaba que Yoshiko sería la primera —y de nuevo exhaló, dejando extrañados a ese par que no comprendían su predicamento—. incluso cuando ya sé lo que tengo que hacer, no he decidido cuándo lo haré. Es patético que alguien más joven que yo vaya a confesarse y yo siga esperando el momento correcto; el cual probablemente nunca llegue —no solía ser alguien indecisa pero parece que había llegado la hora para serlo. O tal vez se debía a ese enfadoso cátcher—…Miyuki...
—¿Qué pasa? —si había algo que no admitiría ante nadie era que había disfrutado las reacciones corporales que provocaba en ella con acciones tan simples que costaba creer que fueran tan efectivas en una chica de su edad.
—¿Tienes un momento? —aunque no se encontraba viendo al castaño directamente, podía sentir su mirada en ella, incomodándole.
—Depende.
—¿Depende de qué? —preguntó, viéndole desde el rabillo del ojo, con deseos puros de quemarlo en una hoguera. El castaño tenía el don maldito de ponerla nerviosa con la misma velocidad con la que la cabreaba.
—De lo que quieras decir o hacer en ese momento que me estás solicitando —Kuramochi no sabía si ir a golpear a ese idiota cuyo ego era tan grande como las habilidades de lanzamiento de Narumiya Mei o decirle a Sora que mejor botara al cátcher y se fuera a buscar a un chico de verdad.
—¿Siempre tiene que ser de esta forma? ¿Por qué no puede responder como el resto de la gente normal? —al diablo la cordialidad y los buenos modales. Tendría que recurrir a la vieja confiable: tomarlo del cuello de su uniforme y agitarlo sin misericordia—. Y bien, ¿tienes tiempo?
—Sí, un poco —se echó a reír cínicamente y en su cara. Alguien tenía muchos pantalones para mosquear a quien podía mandarlo al suelo sintiendo mucho dolor.
—¡Eres un idiota!
—Ustedes dos, de verdad...—él no demoró en carcajearse por el gran espectáculo que esos dos le estaban regalando—. ¡Ustedes sí que son la pareja del año! ¡Yahahahaha!
—Graciosito.
—Bueno, bueno —expresó para quien al fin lo había soltado—. ¿Qué es lo que quieres?
—Hablar. Pero no aquí —lo último que deseaba era que Yōichi fuera testigo del momento en que debía tragarse su orgullo y su dignidad para decirle al castaño algo que nunca buscó experimentar por él.
—Está bien.
Ambos se marcharon, avanzando en completo silencio como si por ahora desearan prestarle más atención a su mundo interior que a lo que tenían a su alrededor; incluso pasaban por completo de las miradas curiosas de los jugadores que se iban encontrando en el camino.
Ella se detuvo y él se limitó a hacer lo mismo. Habían llegado hasta la parte trasera de los dormitorios; una zona solitaria, llena de absoluta mudez, y donde rara vez se veía a gente transitar por ahí. Era el lugar perfecto para lo que ella tenía planeado hacer.
—Bien. Te escucho —ella respiró, se tranquilizó a sí misma y colocó toda su atención en él. Sabía que hacerle frente al enemigo aplicaba tanto dentro como fuera del ring; y que una vez que ambas partes cruzaban miradas se tenía rotundamente prohibido el escape.
—Antes que nada quisiera decirte que eres un sujeto con un sentido del humor de lo más torcido. Tienes pasatiempos cuestionables que involucran meterte con los pobres de Sawamura y Furuya. Sin mencionar lo apático que eres en ocasiones o tus fetiches todos extraños que tienes con los pitcher en general —cada defecto enumerado era como una filosa cuchilla que se enterraba en sus carnes. Y aunque no era la primera vez que escuchaba tales adjetivos negativos describiendo a su persona, definitivamente no lo vio venir por parte de ella—. En términos simples, posees una personalidad horrible que a más de uno saca de quicio. Incluso a mí me saca de mis casillas —el castaño estaba esperando algo completamente opuesto saliendo de su boca. ¿Es que había leído mal las señales? ¿Es que lo había malinterpretado todo y sus reacciones únicamente se debieron a que ella y el género masculino no se llevaban bien por no ser popular entre los chicos? —. Sin embargo, también posees algunos puntos buenos. Son escasos, pero al fin de cuentas son válidos —era gracioso como mientras intentaba elogiarlo, terminaba insultándolo de igual modo.
—¿Por qué esos no los estás mencionando? —expresó, ligeramente ofendido.
—Porque ya los conoces y no necesitas escucharlos de mí —indicó. Pero cierto castaño no estaba nada complacido con su decisión tan arbitraria.
—Entonces, ¿por qué mencionaste los defectos?
—Porque esos parece que no los conoces bien —se cruzó de brazos y desvió su mirar de esas castañas pupilas que la acusaban de injusta por sólo resaltar lo malo que había en él—. Cocinas muy bien. Además, eres un excelente jugador de béisbol. Y también —su tono de voz disminuía su volumen conforme más hablaba, conforme más penoso se volvía lo que estaba a punto de decir—, eres…bien parecido. Pero eso solamente te va a durar unos años, así que ni te emociones —varias veces atrás había hecho hincapié en su atractivo, no obstante, fue la primera vez que le apenó el decírselo. Todo tenía que ser culpa de ese estúpido gustar.
—Disculpa, no te escuché. ¿Qué fue eso último que dijiste? —por supuesto que había oído a la perfección lo que le comunicó, pero deseaba volverlo a escuchar; tal vez solamente se trataba de mera egolatría o tal vez le gustaba oírlo directamente de ella.
—No pienso repetirlo. Porque es vergonzoso.
—¿Eso es lo que querías decirme? De ser así, es algo que me has dicho en varias ocasiones —no. No era eso lo que buscaba trasmitirle. Pero es que no estaba resultando tan simple como creía. Ni siquiera el haberle insultado había ayudado; estaba nerviosa aun cuando no se le notaba.
—No —Miyuki sonrió, como acto reflejo. Tal vez su conclusión no estaba errada.
—Alguien ama el suspenso —no era el momento para bromear, pero igualmente lo hizo. ¿Es que no podía estar serio para algo más que el béisbol o es que lo estaba haciendo a posta?
Lo miraba. Observaba con detenimiento cada facción del castaño y comprendía el porqué estaba ahí, parada frente a él, rogando para que los pensamientos que deseaba transformar en palabras, emergieran de su garganta y le permitieran liberarse de aquella carga que no hacía más que volverse más y más pesada.
Su revuelta e indomable cabellera que pocas veces se molestaba en acomodar. Su tostada piel, producto de los años que llevaba practicando tan increíble y adictivo deporte. Su complexión, robusta y magníficamente tonificada, digna de alguien que amaba el deporte más que cualquier otra cosa. Y sus achocolatadas pupilas que solamente sabían mostrar agudeza a la vez que picardía y soberbia; eran más que motivos de sobra para despertar en cualquiera eso llamado fríamente como atracción física.
Pero asimismo estaban esos labios que además de dibujar gestos burlescos y coquetas sonrisas, también se sentían demasiado bien al tacto. Demasiado que estuvo a punto de cruzar la línea hasta hace unos minutos atrás, cuando se hallaron tan próximos.
Sí, la atracción que él le despertaba, era meramente física. Algo basado en ese bonito exterior que poseía y con el que inconscientemente cayó. Y eso no era precisamente algo que debiera ser señalado como garrafal o como lo peor que pudo ocurrirle.
Las personas se flechaban por el exterior infinidad de veces y ella no sería la excepción a dicha norma no escrita. Así que todavía estaba en el punto de partida. Todavía podía dejar que todo se quedara en una mera atracción física, donde el rechazo resultaría prácticamente indoloro y cuya única ganancia sería olvidarse de él.
—…Tú me gustas…
Resultaba cómico, que aun cuando ya había pronunciado tan simples palabras, todavía fuera capaz de sentir esa incomodidad en su pecho. ¿Es que su desbocado corazón no entendía que ya no debía comportarse de una manera tan infantil? ¿Es que se debía al silencio que le estaba regalando el castaño o a su mirada que no sabía ocultar la conmoción que su confesión le trajo?
—Sí, yo sé que…esto es algo impensable —sus manos descendieron hasta donde terminaba su falda, y se asieron a los bordes, con fuerza. Necesitaba liberar la tensión y ese fue el único modo en que su cuerpo podía hacerlo en ese momento—. No obstante, no hay nada que yo pueda hacer por cambiar esta situación —si hubiera podido no estaría allí, declarándosele como cualquier otra chica que picó el anzuelo—. Pero descuida, yo tomaré distancia. Y también terminaremos con ese noviazgo falso. Así que no tienes que…
No era la calidez que envolvía a su mejilla lo que causaba ese incontrolable estremecimiento que le gritaba iracunda lo equivocada que estaba al pensar que aquella atracción era tanto pasajera como fútil, sino la que empezó a percibir en cuanto sus labios se reencontraron con los suyos.
Ese choque no había nacido ante el desplome de su templanza, sino ante el deseo de quien no la había dejado terminar de hablar, de quien irrumpió en su espacio personal únicamente para sujetar su mejilla y apropiarse, de lo que había proclamado como suyo sin siquiera pedir su consentimiento.
