Hola!
Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 04
Ninguno de los dos parecía ser capaz de moverse ni de hablar, a medida que intentaban dejar atrás la sorpresa inicial. Lo primero que pensó Edward fue que Isabella era mucho más vívida en persona que en los recuerdos que tenía de ella.
Su pelo rubio apresaba la mortecina luz del atardecer como oro bruñido, y sus ojos azules eran eléctricos incluso a distancia. Pero mientras la miraba, poco a poco detectó unas diferencias sutiles. Su cara había perdido la dulzura de su juventud.
Los ángulos en los pómulos eran más visibles y sus ojos parecían más hundidos, enmarcados por unos ligeros trazos de arrugas en las comisuras. Edward también pensó que los años la habían tratado bien: desde la última vez que la había visto, Isabella se había convertido en una hermosa mujer madura.
Ella también intentaba asimilar lo que veía. Edward llevaba una camisa de color beis metida holgadamente dentro de unos descoloridos pantalones vaqueros, que resaltaban sus caderas todavía angulosas y sus hombros parecían fornidos. Su sonrisa no había cambiado, pero llevaba el pelo oscuro más largo que cuando era adolescente, y se fijó en sus sienes salpicadas por algunas canas. Sus ojos oscuros eran tan impactantes como los recordaba, aunque le pareció detectar una nueva nota de recelo en ellos, la marca de alguien a quien le había tocado llevar una vida más dura de la esperada.
Quizá fuera el resultado de verlo allí, en aquel lugar donde habían compartido tantos momentos inolvidables, pero, en el vertiginoso estallido de emociones que la embargaba, a Isabella no se le ocurría nada que decir.
—¿Isabella? —balbuceó él con cierto nerviosismo, al tiempo que avanzaba hacia la mujer.
Ella detectó la sorpresa en su voz al pronunciar su nombre, y fue eso lo que le hizo constatar que no estaba soñando, que él era real.
«Está aquí —pensó—. Es él.»
Y a medida que Edward acortaba la distancia, sintió que los años se desvanecían lentamente, por más imposible que pudiera parecer. Cuando por fin estuvieron a tan solo unos pasos, él abrió los brazos y Isabella avanzó hacia ellos con naturalidad, como había hecho tanto tiempo atrás. Edward la estrechó con fuerza.
Ella se apoyó en su pecho, sintiéndose de repente como si tuvieran de nuevo dieciocho años y fueran otra vez un par de enamorados.
—Hola, Edward —susurró.
Permanecieron abrazados durante un buen rato, bajo los últimos destellos del lánguido sol de la tarde. Por un instante, él tuvo la impresión de que ella se estremecía. Cuando se separaron, Isabella notó su emoción contenida.
Escrutó su cara varonil con interés, fijándose en los cambios originados por el paso del tiempo. Allí delante tenía a un hombre hecho y derecho, con la cara curtida y bronceada, propia de alguien que pasaba muchas horas bajo el sol; su cabello solo había empezado a ralear sutilmente.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó él, al tiempo que le tocaba el brazo como si quisiera confirmar que ella no era fruto de su imaginación.
La pregunta la ayudó a recuperar la compostura, y de repente se recordó a sí misma en quién se había convertido. Isabella retrocedió un paso.
—Lo más probable es que esté aquí por la misma razón que tú. ¿Hace mucho que has llegado al pueblo?
—No, acabo de llegar —contestó él, preguntándose por el impulso que lo había empujado a realizar aquella inesperada visita a la casa de Carlisle—.
No puedo creer que estés aquí. Tienes… muy buen aspecto.
—Gracias. —Por más que Isbella intentaba controlar el rubor, notó que se le encendían las mejillas—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
—No lo sabía —se excusó él—. He sentido la necesidad de venir; entonces he visto el coche aparcado, he echado un vistazo y…
Cuando se calló, Isabella terminó la frase por él.
—Y me has encontrado.
—Sí. —Edward asintió y la miró a los ojos por vez primera—. Y te he encontrado.
La intensidad de su mirada no había cambiado. Isabella retrocedió otro paso, esperando que el espacio entre ellos suavizara la incómoda situación, esperando que él no se llevara una falsa impresión. Enfiló despacio hacia la casa.
—¿Te quedarás aquí a dormir?
Edward contempló la casa unos momentos con interés antes de volver a mirarla.
—No, he reservado una habitación en una pensión en el pueblo. ¿Y tú?
—Dormiré en casa de mi madre. —Cuando vio su expresión perpleja, añadió—: Mi padre murió hace once años.
—Vaya, lo siento.
Isabella asintió, sin decir nada más. Edward recordó que, en el pasado, ella solía zanjar los temas de ese modo. Transcurridos unos instantes, la mujer desvió la vista hacia el taller y Edward dijo:
—¿Te importa si echo un vistazo? Hace muchos años que no piso el taller.
—No, por supuesto que no, adelante —contestó ella.
Isabella lo observó mientras él se alejaba y notó que se le relajaban los hombros; no se había dado cuenta de la tensión acumulada. Edward examinó unos segundos el pequeño despacho abarrotado de trastos antes de deslizar la mano por el banco de trabajo y por una llave de cruz oxidada.
Caminaba despacio, inspeccionando las paredes revestidas con tablas de madera y el techo con vigas. Se fijó en el bidón situado en un rincón, donde Carlisle tiraba el aceite sobrante; en la pared del fondo vio un gato hidráulico y una enorme caja de herramientas parapetada por una pila de ruedas. Al otro lado del banco de trabajo había una lijadora eléctrica y un equipo de soldadura. Un ventilador polvoriento descansaba en un rincón cerca del pulverizador de pintura, las bombillas colgaban de los cables, y cada superficie útil estaba ocupaba por piezas de vehículo.
—Está igual que siempre —comentó Edward.
Ella lo siguió hasta el fondo del taller, todavía notando el temblor en las manos, procurando mantener una distancia suficientemente cómoda.
—Probablemente esté igual, aunque Carlisle se había vuelto más meticuloso respecto a dónde guardaba las herramientas, sobre todo en los últimos años. Creo que se daba cuenta de que se estaba volviendo olvidadizo.
—Teniendo en cuenta su edad, me cuesta creer que todavía siguiera restaurando coches.
—Se lo tomaba con más calma. Uno o dos al año, y solo cuando estaba seguro de que podría hacerlo. Ya no aceptaba restauraciones importantes ni nada parecido. Este es el primer coche que he visto aquí desde hace mucho tiempo.
—Hablas como si os vierais a menudo.
—No, la verdad es que no; una vez cada tres o cuatro meses, más o menos, aunque estuvimos muchos años sin tener contacto.
—Carlisle nunca te mencionó en sus cartas —apuntó Edward.
Isabella se encogió de hombros.
—Tampoco te mencionó a ti en nuestras conversaciones.
Él asintió antes de centrar la atención, de nuevo, en el banco de trabajo. En uno de los extremos vio uno de los enormes pañuelos de Carlisle cuidadosamente doblado. Edward lo alzó y pasó los dedos por el banco.
—Mira, todavía están las iniciales que grabé, y también las tuyas.
—Lo sé —dijo ella.
Debajo de las iniciales, sabía que había un par de palabras más grabadas:
PARA SIEMPRE.
Se cruzó de brazos, intentando no prestar atención a las manos de Edward. Fuertes y curtidas, las manos de un peón, y sin embargo, largas y refinadas a la vez.
—No puedo creer que haya muerto —se lamentó él.
—Yo tampoco.
—¿Y dices que se estaba volviendo desmemoriado?
—Un poco. Teniendo en cuenta su edad y lo mucho que fumaba, la última vez que lo vi pensé que aún gozaba de buena salud.
—¿Cuándo fue eso?
—A finales de febrero, creo.
Edward se dirigió hacia el Stingray.
—¿Sabes qué es lo que se suponía que tenía que hacer con este coche?
Isabella sacudió la cabeza.
—No. Hay una orden de trabajo entre los papeles, pero, aparte del nombre del propietario, no he conseguido descifrar nada más. Mira, ahí está la ficha con la información.
Edward tomó la ficha y repasó la lista antes de examinar el coche. Isabella observó en silencio cómo él abría el capó y se inclinaba hacia su interior. Con el movimiento, se le tensó la camisa alrededor de los hombros. Isabella se volvió hacia la puerta para que él no se diera cuenta de que se había fijado en aquel detalle. Al cabo de un minuto, Edward puso toda su atención en las pequeñas cajas que descansaban sobre el banco de trabajo. Abrió las tapas y hurgó en los compartimentos en actitud concentrada, con el ceño fruncido.
—Qué raro —dijo Edward.
—¿El qué?
—No se trataba de una restauración, sino solo de reparar el motor y revisar el carburador, el embrague y poco más. Supongo que Carlisle estaba esperando recibir alguna pieza. A veces, con estos viejos coches, no es fácil encontrar recambios.—¿Qué significa eso?
—Básicamente que, tal y como está ahora, el dueño no podrá sacar este coche de aquí conduciéndolo.
—Le diré al abogado de Carlisle que contacte con el propietario. —Isabella se apartó un mechón de pelo de los ojos—. De todas formas, he de reunirme con él.
—¿Con el abogado?
—Sí —asintió ella—. Fue él quien me llamó para decirme que Carlisle había muerto. Me dijo que era importante que viniera.
Edward cerró el capó.
—No me digas que ese abogado se llama Jenks…
—¿Lo conoces? —preguntó, sorprendida.
—Es que yo también tengo una cita con él, mañana.
—¿A qué hora?
—A las once. Supongo que a la misma hora que tú, ¿no?
Isabella necesitó unos segundos para asimilar lo que Edward ya había deducido: era obvio que Carlisle había planeado aquella pequeña reunión. Si no se hubieran encontrado allí por casualidad, lo habrían hecho de todos modos a la mañana siguiente. Isabella pensó que no sabía si hubiera deseado estrangular o besar a Carlisle por lo que había hecho.
Su cara debía reflejar sus sentimientos, porque Edward dijo:
—Me parece que tú tampoco tenías ni idea de lo que Carlisle planeaba.
—No.
Una bandada de estorninos alzó el vuelo, y Isabella observó cómo se alejaban, cambiando de dirección, trazando dibujos abstractos en el cielo. Cuando volvió a mirar a Edward, él estaba apoyado en el banco de trabajo, con la cara entre las sombras. En aquel lugar, rodeada de tantos recuerdos, tuvo la impresión de que de nuevo podía ver al joven Edward de antaño, pero intentó recordarse a sí misma que en la actualidad eran dos personas diferentes, dos perfectos desconocidos.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? —apuntó él, rompiendo el silencio.
—Así es.
—Tengo mil preguntas que hacerte.
Isabella enarcó una ceja.—¿Solo mil?
Él rio, pero a ella le pareció detectar tristeza en sus ojos.
—Yo también tengo muchas preguntas —continuó ella—, pero antes quiero que sepas que estoy casada.
—Lo sé. Me he fijado en tu anillo. —Edward hundió un pulgar en el bolsillo antes de volver a recostarse sobre el banco de trabajo, luego cruzó una pierna por encima de la otra—. ¿Hace mucho que te casaste?
—El próximo mes hará veinte años.
—¿Tienes hijos?
Isabella se quedó un momento callada, pensando en Bea. Nunca sabía cómo
contestar a aquella pregunta.
—Tres —dijo finalmente.
Él se dio cuenta de su vacilación, sin saber qué significaba.
—¿Y tu marido? ¿Me gustaría?
—¿Jacob? —Isabella recordó súbitamente las deprimentes conversaciones con Carlisle acerca de Jacob y se preguntó qué era lo que Edward sabía. No porque no se fiara del silencio de Carlisle, sino porque estaba segura de que Edward sabría de inmediato que ella estaba mintiendo—. Llevamos muchos años juntos.
Él pareció evaluar aquellas palabras antes de apartarse del banco de trabajo.
Pasó delante de ella, en dirección a la casa, moviéndose con la agilidad de un
atleta.
—Supongo que Carlisle te entregó una llave, ¿no? Necesito tomar algo.
Ella pestañeó sorprendida.
—¡Espera! ¿Carlisle te dijo que yo tenía la llave?
Edward se dio la vuelta y siguió caminando de espaldas.
—No.
—Entonces, ¿cómo lo sabías?
—Porque a mí no me la envió, y uno de los dos ha de tenerla.
Ella se quedó inmóvil, todavía intentando comprender cómo era posible que él lo supiera. Finalmente, decidió seguirlo.
Edward subió los peldaños del porche con gran agilidad y se detuvo delante de la puerta. Isabella sacó la llave del bolso, y le rozó el brazo al hundirla en la cerradura. La puerta se abrió con un crujido.
Dentro, la temperatura era agradablemente más fresca, y lo primero que Edward pensó fue que el interior era una extensión del bosque: madera, tierra y máculas naturales. Con el paso de los años, las paredes de cedro y el suelo de tablas de madera de pino se habían deteriorado y habían adquirido un aspecto deslucido, y las cortinas marrones no conseguían ocultar las filtraciones a través del marco inferior de las ventanas.
Los apoyabrazos y los cojines del sofá a cuadros estaban totalmente raídos. La argamasa de la chimenea había empezado a agrietarse, y los ladrillos alrededor de la boca estaban ennegrecidos, reminiscencias carbonizadas de cientos de fuegos que habían calentado aquella estancia. Cerca de la puerta
había una mesita sobre la que se amontonaba una pila de álbumes de fotos, un tocadiscos que probablemente tenía más años que Edward y un desvencijado ventilador de mesa. El aire olía a cigarrillos rancios. Después de abrir una de las ventanas, Edward encendió el ventilador y escuchó el traqueteo de las aspas. La base tembló un poco.
Isabella se había detenido cerca de la chimenea, con la vista fija en la fotografía que descansaba sobre la repisa. Carlisle y Esme; una foto tomada en sus bodas de plata.
Edward se colocó a su lado.
—Recuerdo la primera vez que vi esta foto —dijo—. Carlisle no me invitó a entrar en su casa hasta un mes después de mi llegada. Recuerdo que le pregunté quién era. Ni siquiera sabía que había estado casado.
Isabella podía notar el calor que irradiaba aquel cuerpo tan cercano, pero
intentó no prestar atención a la sensación.
—¿Cómo es posible que no lo supieras?
—Porque no lo conocía. Hasta aquella noche en que me presenté en su taller, nunca había hablado con Carlisle.
—¿Y por qué se te ocurrió venir aquí?
—No lo sé —contestó él, sacudiendo la cabeza—. Y tampoco sé por qué él
permitió que me quedara.
—Porque quería que estuvieras aquí.
—¿Te lo dijo él?
—No con esas mismas palabras. Pero no hacía tanto que Esme había muerto, cuando apareciste tú, y creo que eras precisamente lo que Carlisle necesitaba.
—¡Y yo que creía que dejó que me quedara porque aquella noche él había bebido más de la cuenta! Bueno, la verdad es que estaba borracho, como casi todas las noches.
Isabella se quedó un momento pensativa.
—No recuerdo que Carlisle bebiera.
Edward acarició la foto con su sobrio marco de madera, como si todavía
estuviera intentando asimilar un mundo sin la presencia de Carlisle.
—Eso fue antes de que tú lo conocieras. En esa época, Carlisle tenía debilidad por el whisky, Jim Beam, para ser más exactos. A veces aparecía en el taller, arrastrando los pies, con la botella medio vacía en una mano, se secaba la cara en su enorme pañuelo y me pedía que me marchara, que me buscara otro sitio. Por lo menos me lo repitió cada noche durante los primeros seis meses; entonces yo me pasaba la noche en vela, rezando para que a la mañana siguiente se hubiera olvidado de lo que me había dicho. Y entonces, un día, dejó de beber, y nunca más volvió a pedirme que me marchara. —Se volvió hacia ella. Su cara estaba a escasos centímetros de distancia—. Era un buen hombre.
—Lo sé. Yo también le echo de menos.
Tenía a Edward tan cerca que podía oler su aroma a jabón y a almizcle, una
mezcla sugerente… Demasiado cerca…
Se apartó de él. Necesitaba mantener una distancia prudente. Agarró uno de los cojines deshilachados del sofá y lo acarició con nerviosismo. Fuera, el sol se ocultaba detrás de los árboles, y, con la escasa luz, la pequeña estancia aún parecía más diminuta. Isabella oyó que Edward carraspeaba, incómodo.
—Voy a ver si encuentro algo para beber. Estoy seguro de que Carlisle tiene una jarra de té en la nevera.
—Carlisle no bebía té, pero probablemente encontrarás alguna lata de Pepsi.
—Ya veremos —dijo, al tiempo que se encaminaba hacia la cocina.
Isabella se fijó en que se movía con gran agilidad, como si estuviera en forma.
Sacudió la cabeza levemente, intentando descartar aquel pensamiento.
—¿No crees que deberíamos irnos?
—No, estoy seguro de que esto es exactamente lo que Carlisle quería.
Al igual que el comedor, la cocina parecía estar sacada de una máquina del tiempo, con los electrodomésticos propios de un catálogo de Sears de los años cuarenta: una tostadora del tamaño de un horno microondas y una vetusta nevera que se cerraba a presión mediante un cierre metálico. La encimera de madera era de color negro y tenía manchas de agua cerca de la pila, y la pintura blanca de los armarios se estaba pelando alrededor de los tiradores. Las cortinas con motivos florales —obviamente, las debía haber elegido Esme—, con su deslustrado color amarillento, estaban manchadas por el humo de los cigarrillos de Carlisle. Había una pequeña mesa redonda para dos personas, y debajo de una de sus patas, una pila de servilletas de papel para mantenerla estable. Edward abrió la puerta de la nevera, examinó su interior y sacó una jarra de té. Isabella entró justo en el momento en que él depositaba la jarra sobre la encimera.
—¿Cómo sabías que Carlisle tenía té frío? —preguntó, sorprendida.
—Por la misma razón por la que sabía que tú tenías las llaves —respondió al tiempo que abría uno de los armarios y sacaba un par de tarros de mermelada vacíos.
—No te entiendo.
Edward llenó los tarros con el té.
—Edward sabía que los dos acabaríamos aquí tarde o temprano, y recordaba que yo bebía té frío, así que dejó una jarra para mí en la nevera.
Por lo visto, lo había planeado todo. Como lo del abogado. Pero antes de que
Isabella tuviera tiempo de perderse en reflexiones, Edward le ofreció el vaso, obligándola a volver a la realidad. Sus dedos se rozaron cuando ella aceptó el té.
Él alzó su vaso y dijo:
—Por Carlisle.
Isabella brindó. Todo aquello —el hecho de estar de nuevo con Edward, la fuerza del pasado, cómo se había sentido cuando él la había abrazado, estar los dos solos en aquella casa— le produjo tal vértigo que creyó que no podría soportarlo.
Una vocecita en su interior le susurró que tuviera cuidado, que no sacaría nada bueno de aquel encuentro. Se recordó a sí misma que tenía esposo e hijos, lo que únicamente consiguió confundirla aún más.
—Así que veinte años, ¿eh? —comentó Edward, finalmente.
Se refería a los años que ella llevaba casada, pero, dado su estado de profundo encantamiento, Isabella necesitó unos momentos para entender lo que le decía.
—Casi. ¿Y tú, te has casado?
—El destino no me reservó tal suerte.
Ella lo observó por encima del borde del vaso.
—Así que todavía soltero y sin compromiso, ¿eh?—Digamos que prefiero estar solo.
Ella se apoyó en la encimera, sin saber cómo interpretar su respuesta.
—¿Dónde vives?
—En Luisiana, en las afueras de Nueva Orleans.
—¿Te gusta?
—No está mal. Había olvidado lo mucho que se parece a este lugar; con más pinos y más musgo, pero, aparte de eso, no es que haya grandes diferencias.
—Excepto los cocodrilos.
—Sí, los cocodrilos. —Edward esbozó una escueta sonrisa—.
Y ahora te toca a ti. ¿Dónde vives?
—En Durham. Me instalé allí después de casarme.
—¿Y vienes varias veces al año a ver a tu madre?
Isabella asintió.
—Cuando mi padre todavía vivía, solían ir a visitarnos para ver a los niños. Pero cuando murió, todo se complicó. A mi madre no le gusta viajar, así que ahora soy yo la que me desplazo hasta aquí.
—Tomó un sorbo de té antes de señalar con la cabeza hacia la mesa—. ¿Te importa si me siento? Los pies me están matando.
—Adelante. Si no te importa, yo me quedaré de pie; me he pasado todo el día sentado en un avión.
Isabella cogió el vaso y se dirigió hacia la mesa, notando la intensa mirada de él clavada en la espalda.
—¿A qué te dedicas en Luisiana? —le preguntó mientras se acomodaba en la silla.
—Soy operario de grúa en una plataforma petrolífera, lo que básicamente significa que ayudo al perforador. Ayudo a guiar el tubo de purga dentro y fuera del ascensor, me aseguro de que todas las conexiones estén bien hechas y realizo el mantenimiento de las bombas para garantizar su buen funcionamiento. Ya sé que probablemente no habrás entendido nada de lo que he dicho, si nunca has estado en una plataforma petrolífera, pero no es fácil de explicar sin verlo.
—Un trabajo muy distinto a reparar coches, ¿eh?
—No creas, no es tan distinto. Básicamente, trabajo con maquinaria. Y en mi tiempo libre, sigo dedicándome a los coches. El fastback está como nuevo.
—¿Todavía lo tienes?Él sonrió levemente.
—Me gusta ese coche.
—No —lo corrigió ella—, más bien diría que estás enamorado de ese coche. Recuerdo cuando tenía que apartarte de él a la fuerza, cada vez que quería verte. Y en la mitad de los casos, no lo conseguía. Me sorprende que no lleves una foto en el billetero.
—Es que la llevo.
—¿De veras?
—No, estaba bromeando.
Isabella rio, con la misma risa abierta y franca de antaño.
—¿Cuánto tiempo hace que trabajas en la plataforma petrolífera?
—Catorce años. Empecé de peón, luego ascendí a ayudante de perforación, y ahora soy operario de grúa.
—¿De peón a ayudante de perforación y luego operario de grúa?
—¡Qué puedo decir! Allí, en el océano, tenemos nuestro propio mundo y nuestra propia jerga. —Con aire ausente, resiguió con el dedo una de las grietas que se había abierto en la desportillada encimera—. ¿Y tú? ¿Trabajas? Recuerdo que querías ser maestra.
Isabella tomó un sorbo de té al tiempo que asentía con la cabeza.
—Lo fui durante un año, pero entonces nació Jared, mi hijo mayor, y decidí quedarme en casa con él. Después nació Lynn y luego…, bueno, luego se complicó la vida con mil cuestiones, como la muerte de mi padre; fue una época verdaderamente dura.
Hizo una pausa, consciente de la información que estaba obviando; sabía que no era ni el momento ni el lugar oportuno para hablar de Bea. Irguió la espalda y continuó hablando, con voz firme y serena.
—Un par de años después, llegó Annette, y por entonces ya no tenía ninguna razón para volver a trabajar. Pero en los últimos diez años he pasado muchas horas realizando labores de voluntariado en la Clínica Universitaria de Duke. También organizo almuerzos para recaudar fondos para ellos. A veces resulta duro, pero, por lo menos, me siento útil.
—¿Cuántos años tienen tus hijos?
Isabella los enumeró con los dedos.—Jared cumplirá diecinueve años en agosto, y acaba de terminar su primer año en la universidad; Lynn tiene diecisiete años y solo le queda un curso en el instituto; y Annette, la pequeña, de nueve años, aún está en primaria. Es una niña muy dulce, alegre y despreocupada. Jared y Lynn, en cambio, están en esa edad en la que creen que lo saben todo y que yo, en cambio, no sé nada.
—En otras palabras, ¿me estás diciendo que son más o menos como éramos
nosotros a su edad?
Ella se quedó pensativa unos momentos, con una expresión casi melancólica.
—Quizá.
Edward se quedó callado y desvió la vista hacia la ventana. Ella siguió su mirada. El río había adoptado un color metálico, y el agua, con su lento movimiento, reflejaba las sombras del cielo. El viejo roble junto a la orilla no había cambiado demasiado desde la última vez que Edward había estado allí, pero el embarcadero se había desintegrado, y solo quedaban los pilares.
—Cuántos recuerdos… —suspiró Edward, en un tono muy suave.
Quizá fue por el modo en que lo dijo, pero Isabella sintió que su cuerpo reaccionaba a sus palabras, como una llave que acabara de abrir un candado
olvidado.
—Lo sé —asintió. Hizo una pausa, se abrazó la cintura y, durante un rato, el leve rugido de la nevera fue el único sonido en la cocina.
La luz sobre sus cabezas iluminaba las paredes con un brillo amarillento y
proyectaba sus siluetas entre sombras abstractas.
—¿Cuánto tiempo te quedarás? —preguntó ella al final.
—Tengo un vuelo reservado para el lunes a primera hora de la mañana. ¿Y tú?
—Le dije a Jacob que estaría de vuelta el domingo. Mi madre habría preferido que me quedara en Durham todo el fin de semana; no cree que sea una buena idea que vaya al funeral.
—¿Por qué?
—Porque no le gustaba Carlisle.
—Querrás decir que no le gustaba yo.
—Ella nunca llegó a conocerte en persona —dijo Isabella—. Nunca te dio una
oportunidad. Mi madre tenía muy claro cómo debía vivir mi vida, sin importarle mis sentimientos. Incluso ahora, que ya soy adulta, a veces intenta decirme lo que tengo que hacer. No ha cambiado en absoluto. —Frotó la condensación del vaso con suavidad—. Hace unos años cometí el error de decirle que había pasado a ver a Carlisle, y ella reaccionó como si hubiera perpetrado un delito. No dejó de atosigarme: me preguntó por qué había ido a verlo, me interrogó para saber de qué habíamos hablado y me regañó, como si todavía fuera una niña. Después de aquel mal trago, decidí no volver a comentarle nada más acerca de mis visitas a Carlisle; le decía que me iba de compras o que me apetecía almorzar con mi amiga Martha en
la playa. Martha era mi compañera de habitación en la universidad; vive en Salter Path. Sin embargo, aunque todavía estamos en contacto telefónico, hace años que no la veo. Me niego a tener que enfrentarme a los interrogatorios de mi madre, así que prefiero mentirle.
Edward removió su té y, mientras observaba cómo la infusión volvía poco a poco a su estado de reposo, pensó en lo que Isabella le acababa de contar.
—De camino hacia aquí, no he podido evitar pensar en mi padre, y en lo que
para él suponía tener el control de la situación. No digo que tu madre se le parezca, pero quizás es su forma de intentar que no cometas errores.
—¿Insinúas que visitar a Carlisle era un error?
—Para Carlisle, no —contestó Edward—. Pero ¿para ti? Depende de lo que esperases encontrar aquí, y solo tú sabes la respuesta a esa pregunta.
Ella se puso instintivamente a la defensiva, pero antes de que pudiera replicar, el sentimiento se aplacó al reconocer la pauta de conducta que habían compartido en el pasado: uno decía algo que molestaba al otro, lo que, normalmente, desembocaba en una disputa. Isabella se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos aquellos rifirrafes, y no porque le gustara pelearse, sino por la respectiva confianza que entrañaba y el perdón que inevitablemente seguía después. Porque, al final, siempre acababan por perdonarse el uno al otro.
En parte, sospechaba que Edward la estaba poniendo a prueba, pero al final optó por no replicar. En vez de eso, sorprendiéndose incluso a sí misma, se inclinó hacia delante, por encima de la mesa, y las palabras emergieron de su boca automáticamente.
—¿Tienes planes para esta noche?
—No, ¿por qué?
—Hay unos bistecs en la nevera, por si te apetece que cenemos aquí.
—¿Qué pasa con tu madre?
—La llamaré y le diré que he salido tarde de Durham.
—¿Estás segura de que es una buena idea?
—No —contestó ella—. En estos momentos, no estoy segura de nada.
Edward frotó el cristal del vaso con el dedo pulgar, sin decir nada, al tiempo que escrutaba su cara.
—De acuerdo —convino—. Cenaremos bistecs. Bueno, eso si no se han echado a perder.
—Los lunes los envían de la carnicería —informó ella, recordando de repente lo que Carlisle le había contado—. La parrilla está fuera, en el porche de atrás, por si quieres empezar a preparar el fuego.
Un momento más tarde, Edward franqueó la puerta, aunque su presencia continuó llenando el espacio, incluso cuando Isabella sacó el teléfono móvil de su bolso.
Carlisle los conocía tanto a los dos que estoy segura que todo esta fríamente calculado por el antes de morir, como si supiera que ellos necesitaban este reencuentro.
Gracias por leer.
Saludos!
