Hola!

Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 05

Cuando el carbón estuvo listo, Edward volvió a entrar en la cocina en busca de los bistecs que Isabella ya había untado con mantequilla y había sazonado. Al abrir la puerta, la vio plantada delante de un armario abierto, con porte meditabundo, con la vista fija en uno de los estantes y con una lata de judías en la mano.

—¿Qué haces?

—Estaba pensando qué podría combinar con el bistec, pero, aparte de esto — dijo, alzando la lata—, no veo gran cosa.

—¿Qué más hay? —preguntó Edward mientras se lavaba las manos en la pila de la cocina.

—Aparte de judías, copos de maíz, una botella de salsa para espaguetis, harina para tortitas, una caja medio vacía de macarrones y una caja de cereales Cheerios. En la nevera hay mantequilla y condimentos. ¡Ah! Y una jarra de té, por supuesto.

Edward sacudió vigorosamente las manos para desprenderse del exceso de agua y sugirió:

—Los cereales podrían ser una opción.

—¿Cereales con bistec? —Isabella bufó y arrugó la nariz—. Creo que prefiero pasta. Además, ¿tú no tendrías que estar fuera, encargándote de los bistecs?

—Supongo que sí —contestó.

Ella reprimió una sonrisa. Por el rabillo del ojo, observó que él cogía la bandeja, salía y cerraba la puerta con suavidad.

El cielo se había teñido de un profundo color púrpura aterciopelado; las estrellas ya refulgían con intensidad. Más allá de la figura de Edward, el río era una cinta negra y las copas de los árboles empezaban a brillar con un tono argénteo, bajo la luz de la luna, que iniciaba lentamente su ascenso.

Isabella llenó una olla con agua, echó una pizca de sal y encendió el quemador, luego sacó la mantequilla de la nevera. Cuando el agua estuvo hirviendo, añadió la pasta y se pasó los siguientes minutos buscando el colador hasta que lo encontró en el fondo de un armario, cerca del horno. Cuando la pasta estuvo lista, la escurrió y volvió a verterla en la olla, junto con la mantequilla, ajo en polvo, y una pizca de sal y pimienta. Rápidamente, calentó la lata de judías. Acabó justo cuando Edward entraba con la bandeja.

—¡Qué bien huele! —exclamó él, sin ocultar su sorpresa.

—Ajo y mantequilla —asintió ella—. Nunca falla. ¿Qué tal los bistecs?

—Uno medio hecho, y el otro poco hecho. A mí me gustan de las dos maneras, pero no estaba seguro de cómo lo querías tú. Si lo prefieres más hecho, puedo pasarlo por la parrilla unos minutos más.

—Medio hecho me parece bien —aceptó ella.

Edward depositó la bandeja sobre la mesa y abrió armarios y cajones en busca de platos, vasos y cubiertos. Isabella se fijó en las dos copas de vino en uno de los armarios abiertos, y súbitamente recordó lo que Carlisle le había comentado la última vez que estuvo allí con él.

—¿Te apetece una copa de vino? —le preguntó a Edward.

—Solo si tú también tomas una.

Ella asintió. Abrió el armario que Carlisle le había indicado, en el que encontró un par de botellas. Sacó una, la de Cabernet, y la abrió mientras él acababade poner la mesa. Después de servir el vino en las dos copas, le ofreció una a Edward.

—Hay un frasco de salsa para el bistec en la nevera, si te apetece —sugirió ella.

Edward sacó la salsa al mismo tiempo que Isabella servía la pasta en un bol y las judías en otro. Se colocaron junto a la mesa al mismo tiempo, y mientras exminaban la imagen de la pequeña cena íntima que acababan de preparar, Isabella se fijó en el movimiento oscilante en el pecho de Edward, que subía y bajaba suavemente mientras él permanecía de pie a su lado. El momento mágico se rompió cuando Edward se giró y alcanzó la botella de vino de la encimera, y ella sacudió la cabeza antes de sentarse en una de las sillas.

Isabella tomó un sorbo de vino y saboreó el gusto en el velo del paladar. Después, cada uno se sirvió lo que quiso. Edward dudó un momento, con la vista fija en su plato.

—¿Falta algo? —preguntó ella, con el ceño fruncido.

El sonido de su voz sacó a Edward de su ensimismamiento.

—Estaba intentando recordar la última vez que disfruté de una cena como esta.

—¿Con bistec? —preguntó ella, y luego cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca.

—Me refiero a todo esto, en general —respondió, al tiempo que se encogía de hombros—. En la plataforma siempre como en la cafetería, con un puñado de compañeros, y en casa solo estoy yo, así que, normalmente, acabo por prepararme cosas sencillas.

—¿Y cuando sales a cenar? En Nueva Orleans hay un montón de buenos restaurantes.

—No salgo nunca.

—¿Ni siquiera con alguna mujer, de vez en cuando? —preguntó Isabella entre mordisco y mordisco.

—No salgo con nadie.

—¿Nunca?

Edward empezó a cortar su bistec.

—No.

—¿Por qué no?

Él podía notar su intenso escrutinio mientras tomaba un sorbo de vino, a la espera de su respuesta. Edward se movió incómodo en la silla.

—Es mejor así —contestó.

El tenedor de Isabella se detuvo en el aire.

—No será por mí, ¿no?

—No estoy seguro de qué es lo que quieres que diga —replicó Edward con voz firme.

—No estarás sugiriendo que… —empezó a decir ella.

Cuando Edward no dijo nada, Isabella volvió a insistir:

—¿De verdad me estás diciendo que… no has salido con ninguna mujer desde que rompimos?

De nuevo, Edward permaneció en silencio, y ella bajó el tenedor. Era consciente de que su tono había ido adoptando cierto grado beligerante.

—¿Me estás diciendo que yo soy la causa de esta…, de la vida que llevas?

—Te lo repito: no sé qué es lo que quieres que diga.

Ella entrecerró los ojos.

—Entonces yo tampoco sé qué se supone que he de decir.

—No te entiendo.

—Me refiero a que, por la forma en que lo has dicho, parece como si yo fuera la razón por la que estás solo. Como si…, como si fuera por mi culpa. ¿Sabes cómo me afecta lo que has dicho?

—No deseo hacerte daño. Lo único que quería decir…

—Ya sé lo que querías decir —espetó Isabella—. ¿Y sabes qué? Yo te quería tanto como tú a mí, pero, por alguna razón, lo nuestro no funcionó y se acabó. Aunque la verdad es que para mí nunca acabó. Tampoco he dejado de pensar en ti. —Apoyó ambas palmas en la mesa—. ¿De verdad crees que quiero marcharme de aquí pensando que pasarás el resto de tu vida solo? ¿Por mí?

Él la miró sin parpadear.

—No quiero que sientas pena por mí.

—Entonces, ¿por qué lo has dicho?

—No he dicho nada —objetó él—. Ni siquiera he contestado a la pregunta. Tú has hecho la lectura que has querido.

—¿Así que me equivoco?

En vez de contestar, Edward agarró el cuchillo.

—¿Nadie te ha dicho que, cuando uno no quiere saber una respuesta, es mejor no preguntar?

Para no perder la costumbre, él había eludido contestar. Isabella no se dio por satisfecha.

—Bueno, de todos modos, no es culpa mía. Si quieres arruinar tu vida, adelante. ¿Quién soy yo para detenerte?

Edward rio divertido, y Isabella lo miró sorprendida.

—Me encanta ver que no has cambiado en lo más mínimo —concluyó él.

—Te equivocas. He cambiado.

—No mucho. Todavía quieres expresar claramente tu opinión, se trate de lo que se trate. Incluso has llegado a la conclusión de que estoy echando a perder mi vida.

—Es obvio que necesitas que alguien te lo diga.

—Entonces, ¿qué tal si te redimo de tu cargo de conciencia? Yo tampoco he cambiado. Estoy solo porque siempre he estado solo. Antes de que me conocieras, hice todo lo posible por mantenerme lejos de mi desquiciada familia. Cuando me instalé aquí, a veces Carlisle se pasaba días enteros sin hablar conmigo y, cuando te fuiste, me encerraron en el correccional Caledonia. Cuando salí, todos en el pueblo me rehuían, así que decidí marcharme. Al final acabé trabajando bastantes meses al año en una plataforma petrolífera en medio del océano, que no es exactamente el lugar más propicio para mantener una saludable relación de pareja; lo he podido comprobar. Sí, hay algunas parejas que logran sobrevivir a esa larga separación, pero también hay un montón de corazones rotos. Me siento más cómodo así y, además, estoy acostumbrado.

Isabella sopesó su respuesta.

—¿Quieres saber si creo que me estás contando toda la verdad?

—No.

A pesar de la frustración que sentía, ella se echó a reír.

—¿Puedo hacerte una pregunta, al menos? No tienes que contestar, si prefieres no hablar de ello.

—Puedes preguntar lo que quieras —dijo él tranquilamente, mientras pinchaba un trozo de bistec con el tenedor.

—¿Qué pasó la noche del accidente? Mi madre me contó algo, pero nunca supe la verdadera historia, y tampoco estaba segura de qué versión creer.

Edward masticó en silencio antes de contestar.

—No hay mucho que contar —respondió—. Carlisle había pedido un juego de neumáticos para un Impala que estaba restaurando, pero, no sé por qué, el repartidor se equivocó y los dejó en otro taller, en New Bern. Carlisle me pidió que fuera a recogerlos y lo hice. Había llovido. Ya era de noche cuando regresé al pueblo.

Hizo una pausa, intentando nuevamente hallar el sentido a lo imposible.

—Vi un coche que se acercaba en contradirección. El chico conducía a gran velocidad, o quizás era una mujer; no lo sé. El caso es que invadió mi carril justo a escasos metros de mí, y yo di un brusco giro de volante para no chocar contra él. Lo siguiente que recuerdo es que el vehículo se alejó a gran velocidad y mi camioneta se salió de la carretera. Vi al doctor Cheney, pero… —Las imágenes seguían siendo muy nítidas; siempre eran nítidas, como una pesadilla recurrente—. Fue como si todo pasara a cámara lenta. Pisé el freno y giré bruscamente el volante, pero la carretera estaba resbaladiza, al igual que la hierba, y entonces…

Edward se calló. En el silencio, Isabella le apretó el brazo.

—Fue un accidente —susurró ella.

Edward no dijo nada, pero cuando él movió los pies, visiblemente incómodo, Isabella le preguntó lo obvio:

—¿Por qué te metieron en la cárcel, si no estabas ebrio ni habías conducido de forma temeraria?

Cuando él se encogió de hombros, ella se dio cuenta de que ya sabía la respuesta: pura y simplemente, porque era un miembro de la familia Masen.

—Lo siento —dijo Isabella, aunque sus palabras sonaron inadecuadas.

—Lo sé. Pero no sientas pena por mí, sino por la familia del doctor Cheney. Por mi culpa, él nunca regresó a su casa. Por mi culpa, sus hijos se criaron sin padre. Por mi culpa, su esposa todavía vive sola.

—Eso no lo sabes —contraatacó ella—. Quizá volvió a casarse.

—No, no lo hizo —aseveró él.

Antes de que Isabella pudiera preguntarle cómo podía estar tan seguro, Edward pinchó otro trozo de bistec y cambió de tema, como si quisiera zanjar la conversación. Ella se arrepintió de haber sacado el tema a colación.

—¿Y tú? ¿Por qué no me cuentas lo que has hecho desde la última vez que nos vimos?

—No sabría por dónde empezar —resopló la mujer.

Edward agarró la botella y sirvió un poco más de vino en ambas copas.

—¿Qué tal si empiezas por la universidad?

Isabella lo puso al corriente de su vida, sin entrar en pormenores. Edward la escuchaba con atención y a veces la interrumpía con alguna que otra pregunta, para ahondar en más detalles. Las palabras empezaron a fluir con naturalidad; ella le habló de sus compañeras de habitación, de sus clases y de los profesores que más la habían inspirado. Admitió que el año que pasó dando clases no fue tal y como había esperado, básicamente porque no se hacía a la idea de no ser ya una estudiante. Le contó cómo había conocido a Jacob y, al pronunciar su nombre, la embargó una extraña sensación de culpa, por lo que no volvió a mencionarlo. Le habló un poco de sus amigas y de algunos de los lugares que había visitado en todos aquellos años, pero sobre todo habló de sus hijos, describiendo sus personalidades e intentando no alardear excesivamente de sus logros.

Entre pausa y pausa, Isabella le preguntaba a Edward por su vida en la plataforma petrolífera, o se interesaba por su vida en Nueva Orleans, pero él volvía a desviar la conversación hacia ella. Parecía genuinamente interesado en su vida. A Isabella le pareció extraño sentirse tan cómoda con aquella charla, casi como si retomaran el hilo de una conversación interrumpida muchos años atrás.

Intentó recordar la última vez que ella y Jacob habían mantenido una charla tan distendida. Últimamente, Jacob se dedicaba a beber y a parlotear sin parar, sin escuchar; cuando hablaban de los niños, siempre era acerca de cómo les iba en la escuela o de algún problema que tenían y de cómo resolverlo. Sus conversaciones eran eficientes y con un objetivo claro; Jacob casi nunca le preguntaba por cómo le había ido el día ni por sus intereses.

Ella sabía que, en cierto modo, eso era endémico en cualquier matrimonio que llevara bastantes años casados, ya que no quedaban muchos temas nuevos que tratar. Pero también notaba que su relación con Edward siempre había sido diferente, y se preguntó si la vida también les habría pasado factura si hubieran acabado juntos. No quería creerlo, pero ¿cómo podía estar segura?

Charlaron largo y tendido. Las estrellas titilaban al otro lado de la ventana de la cocina. La brisa había arreciado, y las hojas de los árboles se movían cadenciosamente, como si fueran las olas del océano. La botella de vino estaba vacía. Isabella se sentía cómoda y relajada. Edward llevó los platos a la pila y permanecieron de pie, el uno junto al otro, mientras él los lavaba y ella los secaba.

De vez en cuando, lo pillaba estudiándola cuando le pasaba uno de los platos, y, a pesar de que en muchos aspectos había transcurrido una vida entera durante los años que habían estado separados, Isabella tenía la extraña sensación de que en realidad nunca habían perdido el contacto.

Cuando acabaron en la cocina, Edward señaló hacia la puerta trasera.

—¿Puedes quedarte todavía unos minutos?

Isabella echó un vistazo al reloj, y aunque sabía que probablemente debería irse, no pudo contenerse y respondió:

—De acuerdo; solo unos minutos.

Edward sostuvo la puerta abierta, ella pasó a su lado y descendió los peldaños de madera que crujieron bajo sus pies. La luna ya se había encumbrado, confiriendo al paisaje una extraña y exótica belleza. El suelo estaba cubierto por un resplandeciente rocío que a Isabella le humedecía los dedos de los pies, que sus sandalias dejaban al descubierto. El olor a pino era intenso. Caminaron el uno junto al otro, acompañados del sonido de sus pasos, el canto de los grillos y el susurro de las hojas.

Cerca de la orilla, el roble centenario extendía sus ramas más bajas próximas al suelo, y su imagen se reflejaba en el agua. Se detuvieron cerca. El río había ocupado parte de la orilla, por lo que resultaba casi imposible llegar a las ramas sin mojarse los pies.

—Ahí es donde solíamos sentarnos, ¿te acuerdas? —dijo él.

—Era nuestro sitio favorito —comentó ella—. Sobre todo después de una de mis peleas con mis padres.

—¿Cómo? ¿En esa época te peleabas con tus padres? —Edward esbozó una teatral mueca de sorpresa—. No me dirás que era por mí, ¿no?

Isabella le propinó un cariñoso puñetazo en el hombro.

—Muy gracioso. Pero, de todos modos, recuerdo que me encaramaba a una de esas ramas y que tú me rodeabas con un brazo, y yo lloraba indignada mientras tú dejabas que me desahogara sobre lo injusto de la situación, hasta que me calmaba. Me parece que era una chica bastante dramática, ¿verdad?

—No me había dado cuenta.

Ella ahogó una carcajada.

—¿Recuerdas cómo saltaban los peces? A veces había tantos que era como estar contemplando un espectáculo.

—Estoy seguro de que esta noche también saltarán.

—Lo sé, pero no será lo mismo. Cuando nos sentábamos aquí, necesitaba verlos.

Era como si ellos supieran que precisaba algo especial para sentirme mejor.

—Creía que era yo quien conseguía que te sintieras mejor.

—No, eran los peces —bromeó ella.

Edward sonrió.

—¿También bajabas aquí con Carlisle?

Isabella sacudió la cabeza.

—La pendiente era demasiado pronunciada para él. Pero yo sí; o, por lo menos, lo intentaba.

—¿Qué quiere decir?

—Supongo que quería saber si este sitio me despertaría los mismos sentimientos, pero nunca llegué hasta aquí. No es que viera ni oyera nada raro en el camino, pero me daba miedo pensar que podría haber alguien rondando por el bosque, y mi imaginación… se encargaba del resto. Sabía que estaba completamente sola, y que, si me pasaba algo, nadie acudiría en mi ayuda, así que siempre daba media vuelta y regresaba a la casa de Carlisle. Nunca llegué muy lejos.

—Hasta hoy.

—No estoy sola. —Ella estudió los remolinos en el agua, a la espera de ver volar un pez, pero no sucedió nada—. Cuesta creer que hayan pasado tantos años —murmuró—. Éramos tan jóvenes.

—No tanto. —La voz de Edward era tranquila, y, sin embargo, a la vez irrebatible.

—Éramos un par de críos. En esa época no nos lo parecía, pero, cuando te conviertes en madre, tu perspectiva cambia. Quiero decir, Lynn tiene diecisiete años, y no puedo imaginar que sienta lo mismo que yo sentía por entonces. No tiene novio. Y si se escapara a hurtadillas por la ventana de su habitación en mitad de la noche, probablemente yo actuaría del mismo modo que mis padres.

—¿Si no te gustara su novio, quieres decir?

—Aunque pensara que fuera perfecto para ella. —Se volvió para mirarlo a los ojos—. ¿En qué estábamos pensando?

—No pensábamos —contestó él—. Estábamos enamorados.

Isabella se lo quedó mirando; sus ojos captaban los bellos destellos de la luna.

—Siento mucho no haber escrito ni tampoco haber ido a verte; en Caledonia, quiero decir.

—No pasa nada.

—Sí, sí que pasa. Pero te aseguro que pensaba en lo nuestro, en nosotros, todo el tiempo. —Alargó el brazo para acariciar el roble, como si esperara que el viejo árbol le insuflara coraje antes de continuar—. Pero cada vez que me sentaba a escribir, me quedaba paralizada. ¿Por dónde empezar? ¿Debía contarte cosas que atañían a mis clases y a mis compañeras de habitación? ¿O preguntarte qué tal te iba la vida? Me ponía a escribir, pero, cuando lo releía, no me parecía adecuado, así que rompía la hoja y me prometía a mí misma que volvería a intentarlo al día siguiente. Y un día daba paso a otro, y luego a otro… Y de repente, había pasado demasiado tiempo y…

—No estoy enfadado, ni tampoco lo estaba entonces.

—¿Porque ya me habías olvidado?

—No —contestó él—. Porque en esa época apenas me soportaba a mí mismo. Y para mí era muy importante saber que habías rehecho tu vida. Quería que disfrutaras de la clase de vida que yo jamás podría haberte dado.

—No hablas en serio.

—Hablo muy en serio —replicó él.

—Entonces es ahí donde te equivocas. Todas las personas nos arrepentimos de determinadas cosas de nuestro pasado, cosas que nos gustaría cambiar, incluso yo. Mi vida tampoco es que haya sido perfecta.

—¿Quieres hablar de ello?

Muchos años atrás, Isabella había sido capaz de contárselo todo a Edward y, a pesar de que todavía no estaba lista, tenía la impresión de que solo era cuestión de tiempo que volviera a pasar. Aquella constatación la asustó, por más que admitiera que él había logrado despertar unos sentimientos en su interior que llevaban dormidos mucho tiempo, muchísimo.

—¿Te enfadarás si te digo que todavía no estoy lista para hablar de ello?

—No, por supuesto que no.

Ella le ofreció una parca sonrisa.

—Entonces, ¿qué tal si disfrutamos de estos momentos tan especiales unos minutos más, tal y como solíamos hacer? Se respira tanta paz, aquí…

La luna había continuado su lento ascenso, iluminando el ambiente con un brillo etéreo; aparte de su resplandor, las estrellas titilaban débilmente, como pequeños prismas. Mientras estaban el uno junto al otro, Edward se preguntó cuántas veces ella habría pensado en él a lo largo de aquellos años.

Con menos frecuencia que él había pensado en ella, de eso estaba seguro, pero tenía la impresión de que los dos se sentían solos, aunque de formas distintas. Él era una figura solitaria en un vasto paisaje desolado, en cambio ella era una cara en medio de una innumerable multitud. Pero ¿acaso no siempre había sido así, incluso cuando eran un par de adolescentes? Eso era lo que los había unido, y de algún modo habían sabido encontrar la felicidad juntos.

En la oscuridad, oyó a Isabella suspirar.

—Será mejor que me marche —dijo ella.

—Lo sé.

Isabella se sintió aliviada con su respuesta, pero a la vez un poco decepcionada.

Dieron la espalda al río y retomaron el camino hacia la casa en silencio, los dos perdidos en sus propios pensamientos. Una vez dentro, Edward apagó las luces y acto seguido ella cerró la puerta con llave, antes de que los dos se dirigieran despacio hacia los coches. Él se desvió hasta el vehículo de Isabella y le abrió la puerta con cortesía.

—Te veré mañana en el despacho del abogado —dijo.

—A las once.

Bajo la luz de la luna, el pelo de Isabella era una cascada plateada. Edward se contuvo para no deslizar los dedos por él.

—Lo he pasado muy bien esta noche. Gracias por la cena.

De pie, junto a él, Isabella tuvo el repentino y absurdo pensamiento de que quizás iba a intentar besarla. Por primera vez desde sus años en el instituto, notó que le faltaba el aliento bajo la atenta mirada de un hombre. Se volvió bruscamente antes de que él pudiera intentarlo.

—Me ha encantado verte, Edward.

Se sentó al volante y suspiró aliviada al ver que él cerraba la puerta. Giró la llave y puso la marcha atrás.

Él se despidió con la mano mientras Isabella retrocedía y giraba el volante. Se quedó de pie, mirando cómo se alejaba por la carretera sin asfaltar; las luces rojas traseras traquetearon levemente hasta que el coche tomó una curva y se perdió de vista.

Edward regresó al taller. Encendió el interruptor de la luz y, a medida que la bombilla desnuda cobraba vida sobre su cabeza, tomó asiento sobre una pila de ruedas. Todo estaba en silencio, nada se movía excepto una polilla que revoloteaba hacia la luz. Mientras el insecto chocaba una y otra vez contra la bombilla, Edward reflexionó sobre el hecho de que Isabella hubiera seguido adelante con su vida.

Fuesen cuales fuesen las congojas o problemas que ocultaba —y él sabía que estaban allí— había conseguido la clase de vida que siempre había querido. Tenía un marido, unos hijos y una casa en la ciudad, y sus recuerdos de los últimos años giraban en torno a esa realidad. Era tal como debería ser.

Allí sentado, en el taller de Carlisle, Edward supo que se había estado mintiendo a sí mismo al pensar que él también había seguido adelante con su vida. No era verdad. Siempre creyó que ella lo había olvidado, pero, unos minutos antes, Isabella se lo había confirmado. En lo más profundo de su ser, Edward notaba como si algo se hubiera movido, se hubiera desprendido.

Hacía muchos años que se había despedido de ella, y desde entonces había querido creer que había tomado la decisión correcta. Sin embargo, sentado allí solo bajo la silenciosa luz amarilla de un taller abandonado, ya no estaba tan seguro. La había amado una vez, y nunca abía dejado de hacerlo, y el hecho de pasar unas horas con ella aquella noche no había cambiado aquella sencilla verdad. Pero cuando finalmente buscó las llaves de su coche, fue consciente de algo más, algo que no había esperado.

Se puso de pie y apagó la luz. Acto seguido, enfiló hacia su auto sintiéndose extrañamente abatido. Después de todo, una cosa era ser consciente de que sus sentimientos hacia Isabella no habían cambiado, y otra cosa diferente era enfrentarse al futuro con la certeza de que siempre estaría enamorado de ella.


Muchas gracias por leer.

Besos!