Hola!

Los Personajes le pertenecen a la S. Meyer y la historia pertenece a Nicholas Sparks yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 06

Las cortinas en la pensión eran muy finas, por lo que la luz del sol despertó a Edward apenas unos minutos después de que despuntara el día. Se dio la vuelta, con la esperanza de poder conciliar el sueño de nuevo, pero no lo logró. Por las mañanas, le dolía todo el cuerpo, especialmente la espalda y los hombros. Se preguntó cuántos años más podría seguir trabajando en la plataforma petrolífera; su cuerpo acumulaba un excesivo desgaste y, cada año, sus lesiones parecían ir en aumento.

Agarró la bolsa de lona y sacó la ropa deportiva, se vistió y bajó las escaleras silenciosamente. La pensión era tal y como había imaginado: cuatro habitaciones en el piso superior, con una cocina, el comedor y una sala de estar en la planta baja.

Los propietarios, como era de esperar, tenían la casa decorada al estilo náutico, con veleros de madera en miniatura encima de las mesas y cuadros de goletas colgados en las paredes. Sobre la chimenea, había un vetusto timón, y en la puerta, clavado con chinchetas, un mapa del río con sus canales.

Los propietarios todavía no se habían despertado. Cuando Edward llegó la noche anterior, le comunicaron que habían dejado las flores que había encargado en su habitación, y que el desayuno se servía a las ocho. Le quedaba bastante rato antes de la reunión con el abogado para hacer todo lo que se proponía.

En el exterior, la mañana despuntaba resplandeciente. Sobre el río planeaba una fina capa de bruma como si fuera una nube baja, pero, por encima, el cielo brillaba con un azul intenso y despejado en todas direcciones. El aire ya era cálido, presagio de un día caluroso. Edward hizo rotaciones de hombros durante unos minutos y empezó a correr antes de salir a la carretera. Necesitó unos minutos antes de que su cuerpo empezara a sentirse más flexible y adoptara un ritmo cómodo.

La carretera estaba tranquila cuando entró en el pequeño núcleo de Oriental. Pasó por delante de dos tiendas de antigüedades, una ferretería y unas cuantas agencias inmobiliarias; en el lado opuesto de la calle, el bar Irvin ya estaba abierto; había un puñado de coches aparcados delante del establecimiento. Por encima del hombro, vio que la niebla sobre el río había empezado a disiparse; respiró hondo, solazándose con el intenso aroma a pino y a sal. Cerca del puerto deportivo, pasó por delante de una bulliciosa cafetería. Al cabo de unos minutos, cuando ya no sentía el cuerpo entumecido, fue capaz de incrementar el ritmo de sus zancadas.

En el puerto, las gaviotas volaban en círculos y llenaban el aire de graznidos mientras la gente cargaba las neveras portátiles en los veleros. Edward dejó atrás una rústica tienda donde vendían cebo para pescar.

Pasó por delante de la primera iglesia bautista y admiró los vitrales, intentando recordar si se había fijado en ellos de niño. Entonces llegó a la puerta del bufete de Jason Jenks. Sabía la dirección y se fijó en la placa situada en el diminuto edificio de ladrillo encastrado entre una droguería y una tienda de numismática.

En la placa también se podía leer el nombre de otro abogado, aunque no parecían compartir el mismo bufete. Se preguntó por qué Carlisle había elegido a Jenks.

Hasta la llamada, nunca había oído el nombre de aquel individuo. Cuando Edward llegó al otro extremo del núcleo de Oriental, abandonó la carretera principal y se perdió por las calles aledañas, corriendo sin un destino en particular.

No había dormido bien. Se había pasado toda la noche pensando en Isabella y en la familia Webber. En la cárcel, aparte de Isabella, no había podido dejar de pensar en Angela Weber. Ella había testificado en la audiencia. Su testimonio sirvió para enfatizar que no solo le había arrebatado al hombre que amaba y al padre de sus hijos, sino que además había destruido por completo su vida. En un tono desgarrador, declaró que no tenía ni idea de cómo iba a mantener a su familia, o qué iba a ser de ellos. Por lo visto, el doctor Cheney no tenía contratado ningún seguro de vida.

Finalmente, Angela Weber perdió su casa. Se marchó a vivir con sus padres, en el viejo rancho, pero no tuvo una vida fácil. Su padre ya se había retirado y sufría una fase incipiente de enfisema. Su madre tenía diabetes. Los pagos por arrendamiento de la finca se comían casi todos los ingresos que obtenían de los campos de cultivo. Dado que sus padres necesitaban atención con dedicación casi exclusiva entre los dos, Angela solo podía trabajar media jornada. Con su pequeño salario y la paga de la seguridad social de sus padres, apenas alcanzaba para cubrir los gastos, y a veces ni eso. El destartalado rancho donde vivían se caía a trozos y se empezaron a demorar en los pagos de los terrenos arrendados donde tenían los campos de cultivo.

Cuando Edward salió de la cárcel, la situación para la familia Weber era desesperada. Él no lo supo hasta que se presentó en el rancho para pedir disculpas seis meses más tarde. Cuando Angela abrió la puerta, Edward apenas la reconoció; su pelo se había vuelto gris y tenía la piel cetrina. Ella, en cambio, lo reconoció de buenas a primeras y, antes de que él pudiera decir ni una sola palabra, le gritó que se marchara o llamaría a la policía; en pleno ataque de histeria, le soltó que le había destrozado la vida, que había matado a su marido, que ni siquiera tenía dinero para reparar las goteras del techo ni para contratar a los albañiles que necesitaba, y que los banqueros amenazaban con arrebatarles los campos de cultivo. Le dijo que nunca más se acercara a su casa.

Edward se fue, pero un poco más tarde, aquella misma noche, regresó al rancho, estudió la estructura decadente y se paseó entre las hileras de manzanos y melocotoneros. A la semana siguiente, después de recibir la paga de Tuck, fue al banco y ordenó que prepararan un cheque a nombre de Angela Weber por prácticamente la cantidad entera de la paga, junto con todo lo que había ahorrado desde que había salido de la cárcel, y que se lo enviaran a la viuda sin ninguna nota adjunta.

Desde entonces, la vida de Angela había mejorado sustancialmente. Cuando sus padres fallecieron, heredó el rancho y los campos de cultivo. A pesar de que le costó mucho salir adelante, poco a poco fue capaz de devolver los pagos atrasados por los terrenos arrendados y llevar a cabo las reparaciones necesarias. En la actualidad, era la propietaria de aquellos terrenos, y no debía nada a nadie.

Después de que Edward se marchara del pueblo, Angela inició un negocio de venta de mermeladas caseras por correo. Con la ayuda de Internet, su negocio había crecido hasta el punto de que ya no estaba asfixiada por las facturas. A pesar de que no se había vuelto a casar, llevaba casi dieciséis años saliendo con Leo, un contable de la localidad.

En cuanto a sus hijos, Emily, después de graduarse por la Universidad de Carolina del Norte, se marchó a vivir a Raleigh, donde trabajaba de encargada de unos grandes almacenes, y se preparaba, probablemente, para algún día hacerse cargo del negocio de su madre. Alan vivía en la finca familiar, en un bungaló prefabricado que le había comprado su madre, y no había ido a la universidad, pero gozaba de un trabajo estable y, en las fotos que Edward recibía, siempre parecía feliz.

Una vez al año, Edward recibía las fotos en Luisiana junto con un breve informe que lo ponía al corriente sobre Angela, Emily y Alan. Los detectives privados que había contratado siempre eran meticulosos, aunque nunca fisgoneaban demasiado.

A veces se sentía culpable de haber ordenado que siguieran a los Weber, pero tenía que saber si había sido capaz de contribuir de una forma mínimamente positiva a sus vidas. Eso era todo lo que quería desde la noche del accidente, y por eso había estado enviando cheques mensualmente durante las dos últimas décadas, casi siempre por medio de cuentas bancarias anónimas establecidas fuera del país. Edward era, después de todo, responsable de la mayor pérdida que había sufrido aquella familia.

Mientras corría por las silenciosas calles, sabía que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para remediar aquel mal. Jasper Masen podía notar el malestar que le provocaba la fiebre. A pesar del intenso calor estaba temblando. Dos días antes, se había enfrentado con su bate de béisbol a un tipo que lo había provocado, y el muy desgraciado había contraatacado por sorpresa con un cúter y le había abierto un buen tajo en el vientre.

Un poco antes, aquella misma mañana, se había fijado en que la herida supuraba pus verde y despedía un desagradable olor, a pesar de los fármacos, que se suponía que tenían que ayudar. Si no le bajaba pronto la fiebre, no se lo pensaría dos veces antes de moler a palos al primo Calvin con su bate; era él quien le había jurado y perjurado que los antibióticos que había robado en la consulta del veterinario funcionarían.

De repente, sin embargo, se quedó totalmente pasmado. Acababa de ver pasar a Edward corriendo por el otro lado de la calle. Por un momento consideró qué hacer con él.

Emmet estaba en la misma calle, un poco más abajo, en uno de esos supermercados que abrían las veinticuatro horas del día. Jasper se preguntó si habría visto a Edward. Probablemente no, o habría salido disparado de la tienda como un toro salvaje. Desde que se había enterado de que Calisle estaba tan jodido, Emmet había estado esperando que Edward se dejara caer por el pueblo, probablemente afilando la navaja, cargando la escopeta y comprobando sus granadas o bazucas, o cualquier otro artefacto que guardara en aquella madriguera de ratas que compartía con Rose, su pareja, una pobre pelandusca vagabunda.

Emmet no estaba muy bien de la cabeza, nunca lo había estado; no era más que un saco lleno de rabia. Nueve años en la cárcel tampoco habían servido para enseñarle a controlar sus arranques violentos. En los últimos años, había llegado a tal punto que era casi imposible mantenerlo a raya. Sin embargo, Jasper pensaba que eso también tenía sus ventajas. Emmet era un matón peligroso, y todos los Masen que trabajaban en la elaboración del crank le tenían miedo y no se atrevían a rechistar.

Emmet tenía a todo el mundo aterrorizado, y a Jasper le parecía perfecto; así la familia se limitaba a cumplir órdenes y no metía las narices en sus negocios. Aunque no sintiera un especial afecto por su hermano pequeño, tenía que admitir que le era útil.

Pero Edward había regresado, ¿y quién sabía cómo iba a reaccionar Emmet? Jasper ya había supuesto que aparecería cuando Carlisle la palmara, pero esperaba que mostrara el suficiente sentido común como para quedarse solo el tiempo necesario para rendir el debido respeto al muerto y largarse pitando, antes de que nadie se enterara de que había estado en el pueblo.

Eso era lo que cualquiera con dos dedos de frente habría hecho, y estaba seguro de que Edward era lo bastante listo como para saber que Emmet sentía unas enormes ganas de matarlo cada vez que se miraba en el espejo y veía su nariz torcida. A Jasper le importaba un bledo lo que le pasara a Edward, pero no quería que Emmet se metiera en más problemas. Ya le costaba bastante tirar del negocio familiar, con los federales, la poli estatal y el sheriff siempre dispuestos a meter las narices.

Ya no era como en los viejos tiempos, cuando les temían; ahora la poli tenía helicópteros, perros adiestrados, cámaras infrarrojas y chivatos por todas partes.

Jasper tenía que pensar en todo; tenía que ingeniárselas constantemente para esquivar la ley. De todos modos, Edward era mucho más listo que los dro-gatas y chorizos con los que Emmet solía tratar. Podían criticarlo tanto como quisieran, pero había tenido las santas narices de enfrentarse a Emmet y a su papaíto cuando los dos iban armados, y eso no era moco de pavo. Edward no temía ni a Emmet ni a Jasper, y estaría preparado. Cuando se lo proponía, podía ser despiadado. Solo por eso, su hermano debería pensárselo dos veces antes de enfrentarse a él; pero no lo haría, porque nunca pensaba antes de actuar.

Lo último que le faltaba era que volvieran a meter a Emmet en la cárcel. Lo necesitaba, con la mitad de su familia enganchada a la droga y tan propensa a cometer estupideces. Jasper tenía que evitar que se le fuera la pinza cuando viera a Edward, porque si no su hermanito acabaría otra vez ante el juez. Solo de pensarlo notaba como le ardía el estómago y sentía unas náuseas incontrolables.

Jasper se inclinó hacia delante y vomitó en el asfalto. Se limpió la boca con el dorso de la mano en el preciso instante en que Edward doblaba la esquina y desaparecía de su vista. Emmet todavía no había salido de la tienda. Suspiró aliviado y decidió que no iba a decirle que lo había visto. Volvió a estremecerse por el intenso ardor en el vientre. ¡Por Dios! Estaba hecho una verdadera mierda. ¿Quién hubiera pensado que aquel desgraciado llevaba un cúter encima?

Jasper no se había propuesto matar a ese tipo; solo quería darle un escarmiento, tanto a él como a cualquiera que se hiciera ilusiones con Alice. De todos modos, la próxima vez no se arriesgaría; cuando empezara a repartir, no pararía. Iría con cuidado, eso sí —siempre iba con cuidado cuando podía meterse en un lío gordo— , pero todos tenían que saber que su novia no estaba disponible. Que nadie la mirara ni se le acercara, y mucho menos se hiciera ilusiones de tirársela. Alice protestaría, seguro, pero ella debía comprender que ya no estaba libre. No quería tener que desgraciar aquella carita tan bonita para dejárselo claro.

Alice no sabía qué hacer con Jasper Masen. Habían salido juntos varias veces, y sabía que él pensaba que era su noviete y que por eso tenía derecho a decirle cómo tenía que comportarse. Pero era un hombre, y ya hacía tiempo que Alice había comprendido cómo pensaban los hombres, incluidos los chulos y matones como Jasper. Aunque solo tuviera veinticuatro años, llevaba viviendo sola desde los diecisiete. Había aprendido que, mientras luciera aquella cabellera rubia larga y suelta, y mirara a los chicos con aquella mirada seductora, podría seguir haciendo más o menos lo que le viniera en gana. Sabía cómo conseguir que un hombre se sintiera interesante, por más soso que fuera en realidad.

Y en los últimos siete años, esas tácticas le habían servido de mucho. Conducía un Mustang descapotable, cortesía de un cuarentón de Wilmington, y tenía una estatuilla de Buda que exhibía orgullosa en el alféizar de su ventana, que en teoría estaba hecha de oro; se la había regalado un adorable chinito de Charleston. Sabía que si se le ocurría decirle a Jasper que andaba justa de dinero, él probablemente le daría unos cuantos billetes y se sentiría como un rey.

Aunque, pensándolo bien, quizá no fuera una buena idea. Alice no era de aquel condado; ni siquiera sabía quiénes eran los Masen hasta que había llegado a Oriental, unos meses antes. Cuanto más sabía de ellos, más dudas tenía sobre si seguir con Jasper. Y no porque fuera un delincuente; ya había salido varios meses con un traficante de coca en Atlanta a cambio de casi veinte mil dólares, y él había estado tan encantado con el trato como ella. Pero, en este caso, su malestar tenía que ver sobre todo con Emmet.

A menudo, los dos hermanos estaban juntos, cuando Jasper iba a verla, y la verdad era que Emmet le daba muy mal rollo. No solo por su cara picada de viruela ni por sus repugnantes dientes marrones. Había algo más. Era… todo él, en general.

Cuando le sonreía, lo hacía de una forma siniestra, como si no pudiera decidir si prefería estrangularla o besarla, aunque las dos posibilidades le parecieran igualmente divertidas.

Emmet le había dado muy mal rollo desde el principio, pero Alice tenía que admitir que, cuanto más conocía a Jasper, más preocupada estaba, porque los dos hermanos parecían cortados con el mismo patrón. Últimamente, se mostraba un pelín… posesivo, lo que empezaba a asustarla.

Pensándolo bien, quizás había llegado la hora de largarse de aquel pueblo. Iría hacia el norte, a Virginia, o al sur, a Florida; la verdad, le daba igual. Se habría marchado a la mañana siguiente, sin vacilar, pero el problema era que todavía no tenía suficiente pasta para emprender el viaje. Nunca se le había dado bien eso de ahorrar, pero pensaba que, si camelaba a los clientes en el bar durante el fin de semana y jugaba bien sus cartas, el domingo podría disponer de suficiente dinero como para largarse pitando de allí, antes de que Jasper Masen se diera cuenta de sus intenciones.

La furgoneta de reparto se salió del carril central e invadió la cuneta, pero rápidamente recuperó el control. La extraña maniobra se debía a que Alan Weber había intentado sacar un cigarrillo del paquete dándole unos golpecitos contra el muslo a la vez que intentaba no derramar ni una gota de la taza de café que apresaba entre ambas piernas. En la radio, sonaba música country, una canción sobre un hombre que había perdido a su perro y quería un perro, o quería comerse un perrito caliente o algo parecido; la letra nunca había sido tan importante como el ritmo, y aquella canción tenía un ritmo brutal. Si además añadía el hecho de que era viernes, lo que significaba que solo le quedaban siete horas más de trabajo antes del largo y glorioso fin de semana que le esperaba, se podía entender por qué Alan estaba especialmente de buen humor.

—¿No deberías bajar el volumen? —sugirió Buster.

Buster Tibson era el nuevo aprendiz de la empresa, y ese era el único motivo por el que se había avenido a montarse en la furgoneta. Se había pasado toda la semana quejándose de todo y haciendo preguntas sin parar, una situación lo bastante agobiante como para volver loco a cualquiera.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta esta canción?

—Escuchar la radio con el volumen demasiado alto puede provocar que el conductor se distraiga. Ron insistió mucho en ello cuando me contrató.

Esa era otra cosa que le molestaba de Buster, que era demasiado estricto con las normas. Probablemente por eso Ron lo había contratado.

Alan acabó de sacar el cigarrillo del paquete con otro par de golpecitos y se lo colocó entre los dientes. Entonces se puso a buscar el encendedor. El mechero se había quedado apresado en el forro del bolsillo, por lo que necesitó concentrarse otra vez para no derramar el café mientras hurgaba.

—No te preocupes por eso. Es viernes, ¿recuerdas?

Buster no parecía satisfecho con la respuesta. Cuando Alan miró a su acompañante de reojo, se fijó en que aquella mañana se había planchado la camisa.

Seguro que lo había hecho para impresionar a Ron. Probablemente, también había entrado en su despacho con una libretita y un bolígrafo para anotar todo lo que le decía mientras, al mismo tiempo, le halagaba por sus conocimientos en la materia. ¿Y su nombre? Esa era otra cuestión que tener en cuenta. ¿Qué clase de padre pondría a su hijo «Buster»?

La furgoneta de reparto volvió a desviarse hacia la cuneta cuando Alan sacó

finalmente el encendedor.

—Oye, solo por curiosidad, ¿Cómo es que te pusieron Buster? —le preguntó.

—Es el nombre de mi abuelo, por parte materna. —Buster frunció el ceño—. ¿Cuántos repartos tenemos que hacer hoy? Buster se había pasado toda la semana haciendo la misma pregunta. Alan todavía no entendía por qué era tan importante saber el número exacto. Repartían galletitas saladas, frutos secos, patatas fritas, embutidos envasados al vacío y otros productos similares en gasolineras y pequeños supermercados, pero la clave estaba en no hacer toda la ruta pitando, o Ron añadiría más paradas. Alan había aprendido la lección el año anterior, y no pensaba cometer el mismo error.

Su ruta ya cubría todo el condado de Pamlico, lo que significaba que tenía que pasarse horas y horas conduciendo por las carreteras más aburridas de toda la historia de la humanidad. De todos modos, aquel era, sin lugar a dudas, el mejor empleo que había tenido en su vida, y con diferencia; mucho mejor que ser albañil, jardinero, lavacoches, o cualquier otro trabajo que había hecho desde que había salido del instituto. Al menos podía respirar aire puro y escuchar música a toda castaña, y no tenía que soportar en el cogote el aliento de un jefe insoportable. Además, la paga tampoco estaba mal.

Alan dobló los codos y unió ambas manos para proteger el cigarrillo de la corriente de aire mientras lo encendía, luego echó el humo por la ventanilla abierta.

—Bastantes. Tendremos suerte si conseguimos repartirlo todo.

Buster se volvió hacia su ventanilla y se cubrió la boca y la nariz con una mano para no inhalar el humo del cigarrillo.

—Entonces, quizá no deberíamos hacer una pausa tan larga para comer.

¡Qué pelma que era ese niñato! Y en realidad solo era eso, un niñato, aunque, técnicamente, Buster fuera mayor que él. Sin embargo, lo último que le faltaba era que le fuera con el cuento a Ron de que Alan no daba golpe.

—No es cuestión del rato que dedicamos a comer —replicó Alan, intentando

adoptar un tono comedido—. Se trata de la atención al cliente. No puedes llegar a un sitio, descargar la mercancía y salir corriendo; tienes que hablar con la gente, ser amable. Nuestro trabajo consiste en asegurarnos de que los clientes queden satisfechos. Por eso siempre procuro ceñirme a las reglas.

—¿Como fumar, por ejemplo? Sabes que no deberías fumar en la furgoneta.

—Todos tenemos algún que otro vicio.

—¿Y conducir con la música a tope?

«Uy, uy, uuuuyyyy…» Por lo visto, el niñato se estaba dedicando a elaborar una lista de defectos. Alan tenía que pensar en una excusa, y rápido.

—Solo lo he hecho por ti, como una celebración, ¿sabes? Es el último día de tu semana de prueba. Has hecho un buen trabajo. Cuando acabemos esta tarde, le diré a Ron que ha hecho un buen fichaje. Mencionar a Ron de ese modo bastó para que Buster se quedara callado unos minutos, lo que, aunque no pareciera mucho, le sabía a gloria, después de pasar una semana encerrado en la furgoneta con ese pelma. Alan contaba las horas que faltaban para que acabara el día, y afortunadamente, la semana siguiente tendría de nuevo la furgoneta para él solo.

¿Y aquella noche? Bueno, aquella noche… empezaba el fin de semana, lo que significaba que haría todo lo posible por olvidarse del pesado de Buster.

Tenía ganas de ir al Tidewater, un bareto que había en las afueras del pueblo y que era casi el único local con marcha de la zona. Se tomaría unas cervezas, jugaría al billar y, con un poco de suerte, vería a esa camarera tan tremenda, si es que le tocaba trabajar aquella noche. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustados que resaltaban su espléndida figura y, cada vez que le servía una cerveza, se inclinaba por encima de la barra con su top provocativo, por lo que la cerveza sabía mucho mejor. Alan pensaba repetir el sábado y el domingo por la noche, seguro; bueno, eso suponiendo que su madre tuviera planes con Leo, su novio de hacía un montón de años, y no pasara a verlo por su casa, tal y como había hecho la noche anterior.

Alan no comprendía por qué ella y Leo no se casaban de una vez; así ella estaría más ocupada y no se dedicaría a controlarlo tanto. ¡Ni que fuera un crío! Lo que no quería aquel fin de semana era tener que hacerle compañía a su madre; no, de ningún modo. ¿Qué más daba si el lunes estaba hecho polvo? El lunes, Buster ya dispondría de su propia furgoneta de reparto, así que, si eso no era motivo de celebración…

Angela Weber estaba preocupada por Alan.

No todo el tiempo, por supuesto, y hacía lo posible por controlar sus temores. Después de todo, su hijo ya era una persona adulta, lo bastante mayorcito como para tomar sus propias decisiones. Pero ella era su madre, y el principal problema de Alan, tal y como ella lo veía, era que siempre optaba por la vía más fácil, que no conducía a ninguna parte, en vez de tomar un camino que supusiera un mayor reto y que le pudiera reportar más ventajas.

Le preocupaba que él viviera como si fuera todavía un adolescente, y no como un hombre hecho y derecho de veintisiete años.

La noche anterior, cuando Angela había pasado a verlo por su casa, lo había encontrado jugando con la consola, y la primera reacción de Alan fue invitarla a jugar una partida. Mientras ella permanecía de pie en el umbral de la puerta, se preguntó cómo podía haber criado a un hijo que no parecía conocerla ni en lo más básico.

Sin embargo, sabía que podría ser peor, mucho peor. En lo primordial, Alan le había salido bien. Era amable y tenía un empleo, y nunca se metía en líos, así que no se podía quejar, con lo que corría por ahí en esos tiempos. No era tan ilusa; leía la prensa y se enteraba de los chismes que circulaban por el pueblo. Sabía que muchos de los amigos de Alan, jóvenes a quienes conocía desde que eran niños, incluso algunos provenientes de las mejores familias, habían caído en el mundo de las drogas o bebían en exceso; incluso alguno había acabado en prisión. Era lógico, teniendo en cuenta dónde vivían.

Demasiada gente idealizaba el Estados Unidos rural, el de los pueblos pequeños, como en uno de esos cuadros bucólicos de Norman Rockwell, pero la realidad era muy distinta. Salvo por los médicos abogados o las personas que tenían su propio negocio, no había puestos de trabajo muy bien remunerados en Oriental, ni en ningún otro pueblo pequeño (para ser

más precisos), así que, aunque en muchos aspectos fuera un lugar ideal para criar a los niños, allí los jóvenes no podían aspirar a gran cosa. En aquellos pueblos no existían, ni nunca existirían, puestos directivos de nivel intermedio, ni tampoco es que hubiera mucha cosa que hacer los fines de semana, o gente nueva a la que conocer. Angela no comprendía por qué Alan quería seguir viviendo allí, pero, mientras su hijo fuera feliz y se labrara su propio futuro, estaba dispuesta a facilitarle las cosas, incluso si eso significaba comprarle un bungaló prefabricado a un tiro de piedra del rancho para ayudarlo a abrirse paso.

No, no idealizaba en absoluto los pueblos como Oriental. En ese sentido, no era como las otras mujeres de familias distinguidas de la localidad, pero, claro, el hecho de haberse quedado viuda tan joven y de haber tenido que sacar adelante a sus dos hijos sola bastaba para cambiarle el punto de vista a cualquiera. Ser una Weber y haber estudiado en la Universidad de Carolina del Norte no había evitado que los banqueros hubieran intentado arrebatarle los campos de cultivo.

Tampoco su apellido ni las conexiones con otras familias poderosas la habían ayudado a salir adelante de sus penurias. Ni siquiera su loada licenciatura en Finanzas por la Universidad de Carolina del Norte le había concedido carta blanca.

Al final, todo se fundamentaba en el dinero contante y sonante; todo se basaba en lo que una persona hacía, y no en lo que uno creía ser. Precisamente por eso Angela ya no podía soportar más el statu quo en Oriental. En esos momentos, prefería contratar a una inmigrante con ganas de trabajar que a la típica chica mona con la clásica mentalidad cerrada de los estados del Sur, recién salida de la Universidad de Duke o de la de Carolina del Norte, que creía que el mundo le debía una vida cómoda.

Probablemente, aquella noción resultaba chocante para personas como Rene Swan o Eugenia Wilcox; seguro que les parecería una verdadera blasfemia, pero ya hacía mucho tiempo que Angela veía a Rene, a Eugenia y a la gente de su clase como dinosaurios, aferrados a un mundo que ya no existía. En una de las últimas reuniones a la que había asistido en el consistorio, incluso se había atrevido a expresarlo en voz alta. En el pasado, sus críticas habrían causado una verdadera conmoción, pero Angela era una de las pocas empresarias del pueblo cuya compañía estaba en fase de expansión, así que nadie podía aducir nada contra ella.

Desde la muerte de Bem, había aprendido a apreciar su independencia, que se había ganado con tanto esfuerzo. Había aprendido a fiarse de sus instintos, y debía admitir que le gustaba tener el control de su propia vida, sin que las expectativas de nadie se entrometieran en su camino.

Seguramente, por eso rechazaba las repetidas propuestas de matrimonio de Leo. Leo era un contable de Morehead City. Era inteligente, rico, y Angela se sentía muy cómoda con él. Pero lo más importante, quizás, era el respeto que le profesaba, y los chicos lo adoraban, siempre lo habían adorado. Emily y Alan no comprendían por qué ella seguía diciéndole que no.

Sin embargo, Leo sabía que ella siempre diría que no, y no le importaba, porque la verdad era que ambos se sentían cómodos con la situación. Probablemente irían al cine el sábado por la noche, y el domingo ella acudiría a misa y luego se pasaría por el cementerio para rendir sus respetos a Bem, como había hecho todas las semanas durante casi un cuarto de siglo. Después se reuniría con Leo para comer.

Angela lo quería a su manera; quizá los otros no comprendieran esa clase de amor, pero no le importaba. Lo que Leo y ella compartían era bueno para los dos.

A medio camino, hacia la otra punta del pueblo, Isabella estaba bebiendo café en la cocina, sentada junto a la mesa, procurando no prestar atención al incómodo silencio de su madre.

La noche anterior, al llegar a casa, la estaba esperando en la sala. Incluso antes de que Isabella tuviera la oportunidad de sentarse, había empezado el interrogatorio: «¿Dónde has estado? ¿Por qué llegas tan tarde? ¿Por qué no has llamado?».

Isabella le recordó que sí que había llamado, pero, en lugar de dejarse arrastrar por la conversación acusadora que su madre obviamente estaba deseando, farfulló que le dolía la cabeza y que lo que de verdad necesitaba era tumbarse en su cuarto.

Si aquella mañana el comportamiento de su madre servía de indicativo, era obvio que no le había sentado nada bien la excusa de Isabella. Aparte de un rápido «buenos días» cuando había entrado en la cocina, su madre no había dicho nada más; y enfiló directamente hacia la tostadora. Después de remarcar su silencio con un exagerado suspiro, había metido un par de rebanadas. Mientras se tostaban, su madre había vuelto a suspirar, esta vez más fuerte.

«Ya lo he pillado. Estás enfadada. ¿Satisfecha, ahora?», le habría gustado decir a Isabella. En lugar de eso, sin embargo, tomó otro sorbo de café, decidida a no dejarse arrastrar a la confrontación, por más que su madre la provocara. Isabella oyó el clic de la tostadora. Las rebanadas de pan estaban listas. Su madre abrió el cajón y sacó un cuchillo antes de cerrarlo con un golpe seco; luego empezó a untar la tostada con mantequilla.

—¿Ya estás mejor? —preguntó finalmente su madre, sin darse la vuelta.

—Sí, gracias.

—¿Vas a contarme lo que pasa, dónde estuviste anoche?

—Ya te lo dije, salí tarde de Durham. —Isabella hizo un gran esfuerzo para mantener un tono sosegado.

—Te llamé varias veces, pero todo el rato salía el mensaje grabado de tu buzón de voz.

—Se me acabó la batería. —Se le había ocurrido aquella mentira la noche previa, de camino a casa. Era tan fácil predecir lo que su madre diría…

La mujer cogió un plato.

—¿Por eso tampoco llamaste a Jacob?

—Hablé con él ayer, más o menos una hora después de que llegara a casa, después del trabajo.

Isabella agarró el periódico que descansaba sobre la mesa y echó un vistazo a los titulares con actitud indiferente.

—Pues Jacob también llamó aquí.

—¿Y?

—Se sorprendió cuando le dije que todavía no habías llegado. —La madre de Isabella adoptó un porte altivo—. Me dijo que habías salido de casa hacia las dos.

—Tenía unos recados pendientes por hacer —replicó ella. Pensó que las mentiras fluían con una pasmosa facilidad, pero la verdad era que tenía mucha práctica.

—Jacob parecía preocupado.

«No, lo que pasa es que seguramente estaba borracho. Seguro que ya ni se acuerda», pensó Isabella, que se levantó de la mesa y volvió a llenar su taza con más café.

—Ya lo llamaré más tarde.

Su madre tomó asiento en otra silla.

—Para que lo sepas, anoche me habían invitado a jugar al bridge.

«¡Ah! Así que se trata de eso…», pensó. O por lo menos, en parte se trataba de eso. Su madre era adicta a las partidas de bridge, y llevaba casi treinta años jugando con el mismo grupo de mujeres.

—Deberías haber ido.

—No podía, porque sabía que ibas a venir y pensaba que cenaríamos juntas.— Su madre irguió más la espalda, con porte indignado—. Eugenia Wilcox tuvo que reemplazarme.

Eugenia Wilcox vivía un poco más abajo en la misma calle, en otra de las mansiones históricas, tan impresionante como la de Rene. A pesar de que en

teoría eran amigas —su madre y Eugenia se conocían desde niñas— siempre había existido una rivalidad latente entre ellas, acerca de cuál de las dos tenía la casa más primorosa, el jardín más exquisito y cosas por el estilo, incluida cuál de las dos preparaba la tarta de terciopelo rojo más deliciosa.

—Lo siento, mamá —dijo Isabella, al tiempo que volvía a sentarse—. Debería haberte llamado antes.

—Eugenia no sabe nada sobre cómo hay que apostar, y echó a perder todas las partidas. Martha Ann me llamó para quejarse, pero le dije que tú estabas de camino, y una cosa llevó a la otra, y al final nos invitó a cenar esta noche.

Isabella frunció el ceño y depositó la taza de café sobre la mesa.

—Pero tú no aceptaste la invitación, ¿verdad?

—¡Claro que la acepté!

La imagen de Edward cruzó su mente.

—No sé si tendré tiempo —improvisó—. Quizás haya velatorio esta noche.

—¿Cómo que quizás haya velatorio? ¿Qué significa eso? O bien hay velatorio, o bien no lo hay.

—Quiero decir que no estoy segura de si habrá velatorio. Cuando me llamó el abogado, no me especificó nada acerca del funeral.

—Qué extraño que no te especificara nada, ¿no?

«Quizá —pensó Isabella—. Aunque no tan extraño como que Carlisle organizara una cena para Edward y para mí en su casa.»

—Estoy segura de que el abogado se limita a cumplir los deseos de Carlisle.

Cuando su madre oyó aquel nombre, empezó a juguetear con palpable tensión con el collar de perlas que lucía. Isabella nunca la había visto salir de su cuarto sin maquillaje ni joyas, y aquella mañana no era una excepción. Rene Swan siempre había encarnado el espíritu del viejo sur y, sin lugar a dudas, seguiría encarnándolo hasta el día de su muerte.

—Todavía no comprendo por qué has tenido que venir para el funeral. Ni que

conocieras tanto a ese hombre.

—Lo conocía, mamá.

—De eso hace muchos años. Quiero decir, una cosa es que todavía vivieras en el pueblo; quizás entonces lo entendería. Pero no había razón para que te desplazaras hasta aquí para asistir al funeral.

—He venido a rendir mis respetos al difunto.

—Ya sabes que no gozaba de buena reputación. Mucha gente creía que estaba loco. ¿Y qué se supone que he de decir a mis amigas, sobre los motivos de tu viaje?

—No sé por qué les has de decir nada.

—Porque preguntarán por qué has venido —replicó su madre.

—¿Y por qué motivo iban a preguntar tal cosa?

—Porque sienten curiosidad por ti.

Isabella detectó algo en el tono de voz de su madre que no acabó de comprender. Mientras intentaba descifrar de qué se trataba, añadió un poco más de leche al café.

—No sabía que fuera un espécimen tan curioso como para convertirme en tema de conversación —soltó.

—No es tan raro como crees. Ya casi nunca vienes con Jacob ni con los niños. Es inevitable que les parezca extraño.

—Ya hemos hablado de esto antes, mamá —objetó Isabella, sin poder ocultar su exasperación—. Jacob trabaja, y los niños están en la escuela, pero eso no significa que yo no pueda venir. A veces las hijas actúan de ese modo: van a visitar a sus madres.

—Y a veces no pasan a ver a sus madres. Eso es lo que les parece realmente curioso, si quieres que te diga la verdad.

—¿De qué estás hablando? —Isabella achicó los ojos.

—Estoy hablando del hecho de que vengas a Oriental cuando sabes que yo no estoy en el pueblo. Y que te quedes en mi casa sin avisar. —Su madre no se preocupó en ocultar su hostilidad antes de continuar—. Ni eras consciente de que yo lo sabía, ¿verdad? Como cuando me fui de crucero el año pasado, o cuando fui a visitar a mi hermana en Charleston hace dos años. Mira, Isabella, Oriental es un pueblo pequeño. La gente te vio. Mis amigas te vieron. Lo que no entiendo es por qué creías que yo no me enteraría.

—Mamá…

—Silencio —le ordenó su madre, con un gesto liviano de su mano, que, como

siempre, lucía una manicura perfecta—. Sé exactamente por qué viniste. Puedo ser vieja, pero todavía no he perdido la lucidez. ¿Por qué si no has venido este fin de semana para el funeral? Es obvio que has venido para verlo, como todas las veces que me decías que ibas a visitar a tu amiga, la que vive en la playa. Llevas años mintiendo.

Isabella bajó la vista y no dijo nada. En realidad, no había nada que decir. En el incómodo silencio, oyó un suspiro. Cuando su madre volvió a hablar, su tono ya no era tan airado.

—¿Y sabes qué? Yo también te he estado mintiendo, Isabella, y ya estoy harta de esta farsa. Pero quiero que sepas que, por encima de todo, soy tu madre, y que puedes contarme lo que te pasa.

—Lo sé, mamá. —Isabella oyó en su propia voz el eco petulante de cuando era adolescente, y se odió a sí misma por ello.

—¿Pasa algo con los niños, algo que no sepa?

—No, los chicos son un cielo.

—¿Es por Jacob?

Isabella hizo rotar el asa de su taza de café hacia el lado opuesto.

—¿Quieres que hablemos de ello? —insistió su madre.

—No —contestó Isabella sin rodeos.

—¿Hay algo que pueda hacer?

—No —repitió.

—¿Qué te pasa, Isabella?

Por alguna razón, la pregunta hizo que se acordara de Edward. Por un instante, se vio a sí misma en la cocina de Carlisle, alegre por la atención que le había dedicado Edward. Y entonces supo que lo único que quería era volver a verlo, sin temor a las consecuencias.

—No lo sé —murmuró finalmente—. Me gustaría saberlo, pero no lo sé.

Cuando Isabella subió para darse una ducha, Rene Swan salió al porche trasero y contempló la fina bruma que planeaba sobre el río. Solía ser uno de sus momentos favoritos del día; siempre lo había sido, desde niña. Por entonces, no vivía junto al río, sino cerca del molino de su padre. Sin embargo, los fines de semana solía pasearse por el puente, donde a veces se pasaba horas sentada, contemplando cómo el sol disipaba gradualmente la bruma.

Charlie sabía que ella siempre había querido vivir junto al río, y por eso compró la casa solo unos meses después de casarse. Por supuesto, Charlie se la había comprado a su propio padre por un precio irrisorio —en aquella época, los Swan tenían muchas tierras—, así que no había supuesto un tremendo sacrificio para él, pero eso no era lo importante. Lo importante era que lo había hecho por ella.

Rene deseó que todavía estuviera vivo, aunque solo fuera para poder hablar con él acerca de Isabella. ¿Quién sabía lo que le pasaba a esa muchacha? Aunque, en realidad, siempre había sido un misterio, incluso de niña. Siempre había tenido su propia visión del mundo. Desde el día que empezó a andar, se mostró tan obstinada como una puerta combada en un húmedo día de verano. Si su madre le decía que no se alejara, Isabella desaparecía de la vista a las primeras de cambio; si le decía que se pusiera algo bonito, ella bajaba brincando las escaleras con su vestido más viejo. Cuando todavía era pequeña, había sido posible mantenerla a raya y en la senda correcta. Después de todo, era una Swan, y la gente esperaba cierto decoro por su parte. Pero cuando Isabella entró en la pubertad… Bueno, aquella etapa fue como si estuviera poseída por el mismísimo demonio.

Primero con Edward Masen —¡un Masen!— y luego las mentiras, las salidas furtivas, los constantes cambios de humor y las impertinencias cada vez que intentaba que entrara en razón. A Rene le empezaron a salir canas por el estrés. Isabella no lo sabía, pero si no hubiera sido por una considerable dosis de bourbon, no creía que hubiera sido capaz de superar aquellos años tan horrorosos.

Cuando por fin consiguieron separarla del dichoso Masen y Isabella se marchó a estudiar a la universidad, la situación mejoró. Incluso hubo algunos años buenos, estables, y los nietos fueron un regalo divino, por supuesto. ¡Qué pena lo de la pequeña! Solo era un bebé cuando murió. Una criaturita tan deliciosa… Pero el Señor nunca prometía a nadie una vida sin tribulaciones. Ella misma había sufrido un aborto un año antes de que naciera Isabella. No obstante, estaba encantada de que su hija hubiera sido capaz de superar el duro golpe después de un respetable periodo de tiempo —¡solo Dios sabía lo mucho que su familia la necesitaba!—. Incluso había aceptado ese destacado trabajo caritativo. Rene habría preferido algo menos… cansado, como un puesto en la acreditada Fundación Junior League, quizá, pero la Clínica Universitaria de Duke también era una institución reputada, y Rene no sentía ningún reparo a la hora de contarles a sus amigas los almuerzos que Isabella organizaba para recaudar fondos para el Centro de Oncología Pediátrica, o incluso hablarles sobre el trabajo de voluntariado que desempeñaba en ese mismo centro.

Últimamente, Isabella parecía estar de nuevo sufriendo una regresión hacia sus viejos hábitos. ¡A quién se le ocurría mentir como una adolescente! La verdad era que nunca habían estado muy unidas, y ya hacía tiempo que Rene se había resignado a la idea de que nunca lo estarían. Eso de que las madres eran las mejores amigas de sus hijas era simplemente un mito. De todos modos, la amistad era mucho menos importante que la familia. Los amigos aparecían y desaparecían en la vida; en cambio, la familia siempre estaba allí. No, realmente no confiaban la una en la otra, pero la confianza era solo otra palabra para referirse al acto de quejarse, de lamentarse, lo que solía ser una pérdida de tiempo. La vida era complicada, siempre lo había sido y siempre lo sería. Las cosas eran como eran: así pues, ¿de qué servía lamentarse? Uno actuaba para solucionar el problema o no, y luego tenía que vivir el resto de su vida con la elección que había tomado.

No se necesitaba ser ningún lumbreras para deducir que Isabella y Jacob tenían problemas. En los últimos años, Rene apenas había visto a su yerno, ya que sabella solía ir al pueblo sola. De todos modos, recordaba que a Jacob le gustaba demasiado la cerveza. Aunque eso tampoco era algo tan terrible. Al fin y al cabo, al padre de Isabella le gustaba mucho el bourbon, y ningún matrimonio era totalmente idílico. Había habido años en los que ella no había soportado la compañía de Charle, e incluso se había planteado la idea de abandonarlo. Si Isabella se lo hubiera preguntado, Rene lo habría admitido, aunque también le habría recordado que la hierba siempre parece más verde al otro lado de la valla.

Lo que la generación más joven no comprendía era que la hierba siempre era más verde si se la regaba, lo que significaba que tanto Jacob como Isabella tenían que esforzarse si querían que su relación se regenerara. Pero su hija no se lo había preguntado. Y era una pena, porque Rene podía ver que Isabella estaba únicamente añadiendo más problemas a un matrimonio en crisis, y mentir formaba parte de ello. Dado que le había estado mintiendo a su madre, no costaba deducir que también había estado engañando a Jacob. Y cuando empezaban las mentiras, ¿dónde acababan? Rene no estaba segura, pero era obvio que Isabella se sentía confusa, y las personas, en tal estado, cometían errores. Aquello implicaba, por supuesto, que tendría que mantenerse especialmente alerta con su hija aquel fin de semana, tanto si a Isabella le gustaba como si no.

Edward estaba en el pueblo.

Emmet Masen se encontraba de pie en los escalones del porche de su chabola, fumando un cigarrillo y contemplando a los «pimpollos de carne»,que es como llamaba a sus hijos cuando regresaban de cazar. Un par de ciervos, eviscerados y desollados, colgaban de unas ramas combadas; las moscas zumbaban y revoloteaban alrededor de la carne, y las tripas se apilaban en el suelo, justo debajo de las carcasas. La brisa matinal hacía rotar levemente los torsos putrefactos. Emmet dio otra larga calada al cigarrillo. Había visto a Edward, y sabía que Jasper también.

Pero Jasper le había mentido y le había dicho que no, que no lo había visto, lo que lo cabreaba casi tanto como la provocadora apariencia de Edward.

Empezaba a cansarse de su hermano. Estaba harto de que siempre le diera órdenes, de preguntarse adónde iba a parar todo el dinero del negocio de la familia. Uno de esos días, Jasper acabaría con una bala de la Glock entre las cejas.

Últimamente, no paraba de meter la pata. El tipo ese con el cúter casi se lo había cargado, algo que habría sido imposible unos años antes. Y eso tampoco habría pasado si Emmet hubiera estado allí, pero Jasper no le había comentado sus planes, otra señal de que se estaba volviendo descuidado.

Esa tía, su nueva novia, lo tenía atontado; Alicia, o Alice, o como se llamara. Sí, tenía una cara muy bonita y un cuerpo que a Emmet no le importaría explorar, pero era una mujer, y con las mujeres las normas eran la mar de sencillas: si querías algo de ellas, lo tomabas, y si se cabreaban o ponían morros, les enseñabas que estaban equivocadas y punto.

Aunque a veces les hiciera falta más de una lección, al final todas acababan por entenderlo. Jasper parecía haber olvidado esa norma.

Y además le había mentido, a la cara. Lanzó la colilla del cigarrillo fuera del porche, seguro de que no tardaría en tener una pequeña bronca con Jasper. Pero lo primero era lo primero: había que cargarse a Edward. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Por su culpa tenía la nariz torcida y había tenido que llevar la mandíbula cerrada con alambres durante varias semanas; por su culpa, ese tío se había cachondeado de su jodido estado, y Emmet había tenido que pararle los pies, y nueve años de su vida se habían esfumado como el humo. Nadie lo jodía y se salía con la suya. Nadie. Ni Edward ni Jasper. Nadie. Además, llevaba mucho, muchísimo tiempo esperando ese momento.

Emmet dio media vuelta y entró en la casa. La chabola había sido construida a finales de siglo, y la única bombilla que colgaba del techo apenas conseguía romper las sombras. Tina, su hija de tres años, estaba repantigada en el destartalado sofá frente a la tele, atenta a un programa de Disney. Rose pasó por delante de la pequeña sin decir nada. En la cocina, la sartén estaba recubierta de una gruesa capa de grasa de tocino. Rose se centró en acabar de dar de comer al bebé, que permanecía sentado en la trona, chillando como un energúmeno y con la cara embadurnada de una sustancia amarillenta y pringosa. Ella tenía veinte años, las caderas estrechas, el cabello fino y escaso, de color castaño, y un abanico de pecas en las mejillas. El vestido que llevaba no conseguía ocultar su abultado vientre. Aún le faltaban siete meses para parir y ya se quejaba de que se sentía cansada. Siempre estaba cansada.

Emmet agarró las llaves de la encimera. Rose se dio la vuelta.

—¿Vas a salir?

—¿A ti qué te importa? —ladró Emmet.

Cuando Rose le dio la espalda, él le dio unas palmaditas al bebé en la cabeza antes de enfilar hacia su habitación. Sacó la Glock que guardaba debajo de la almohada y se la guardó en la cintura del pantalón. Le invadió una poderosa sensación de euforia, como si fuera el amo del mundo.

Había llegado la hora de zanjar un asunto pendiente.


Las cosas pudieran ponerse peligrosa.

Muchas Gracias por leer.

Besos!