Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.

Advertencia, es un capitulo Extra Largo :)


Capitulo 07

Cuando Edward regresó a la pensión después de correr, vio a varios huéspedes tomando café en la sala, leyendo ejemplares gratuitos del USA Today. Olisqueó el aroma a panceta frita y huevos que se filtraba por la puerta de la cocina y subió las escaleras hacia su habitación. Después de ducharse, se puso unos pantalones vaqueros y una camisa de manga larga antes de bajar a desayunar.

Cuando se sentó a la mesa, la mayoría de los huéspedes ya habían desayunado, así que comió solo. A pesar del ejercicio físico, no tenía mucho apetito, pero la propietaria —una mujer de unos sesenta años que se llamaba Alice Russell y que hacía ocho años que se había instalado en Oriental con la idea de retirarse allí— le llenó el plato, y Edward tuvo la impresión de que la mujer se sentiría decepcionada si no se lo acababa todo. Tenía la apariencia amable propia de una abuelita, rematada con el delantal y con su bata a pequeños cuadros.

Mientras comía, Alice le explicó que, al igual que otras muchas parejas, ella y su marido se habían retirado a Oriental porque les gustaba navegar. Pero su marido empezó a aburrirse y por eso decidieron abrir la pensión hacía unos años. Edward se quedó sorprendido al ver que la mujer se dirigía a él como «señor Masen», pero sin mostrar ninguna señal de reconocer el apellido de su familia, ni siquiera después de que él le dijera que se había criado en aquel lugar. Saltaba a la vista que Alice seguía siendo una forastera en Oriental.

Sin embargo, los Masen rondaban por ahí. Había visto a Jasper en el pueblo y, tan pronto como había podido, había doblado la esquina y se había perdido entre unas casas y había regresado a la pensión procurando no pisar la calle principal. Lo último que quería era volver a enfrentarse a su familia, especialmente a Emmet y a Jasper. Por desgracia, tenía un desagradable presentimiento de que el asunto con ellos todavía no estaba resuelto.

A pesar de ello, había algo que debía hacer. Apuró el desayuno, recogió las flores que había encargado cuando todavía estaba en Luisiana y que le habían enviado a la pensión, y se montó en el coche alquilado. Condujo sin apartar la vista del espejo retrovisor, para asegurarse de que nadie lo seguía. En el cementerio, se abrió paso entre las lápidas familiares hasta la tumba del doctor Bem Cheney.

Tal y como había esperado, no había nadie en el cementerio. Depositó las flores a los pies de la lápida y rezó una corta plegaria para la familia. Solo se quedó unos minutos; luego regresó a la pensión. Al salir del coche, alzó la vista. Un cielo inmensamente azul se extendía hasta el horizonte. El calor ya empezaba a apretar.

Edward pensó que era una mañana demasiado hermosa para malgastarla dentro del coche, así que decidió ir andando.

El sol se reflejaba en las aguas del río Neuse. Edward ocultó los ojos detrás de unas gafas de sol. Al cruzar la calle, examinó el vecindario. A pesar de que las tiendas ya habían abierto sus puertas, las aceras estaban totalmente vacías. Edward se preguntó cómo iban a sobrevivir todos aquellos comercios.

Echó un vistazo al reloj; todavía quedaba media hora para la cita. Miró furtivamente hacia un local situado un poco más arriba, la cafetería en la que se había fijado unas horas antes, cuando había pasado por delante corriendo y, a pesar de que no tenía ganas de tomar más café, decidió que no le iría mal una botella de agua. La brisa arreció un poco justo en el instante en que Edward vio que se abría la puerta de la cafetería. Observó con atención a la persona que salía del local; casi de inmediato, su rostro se iluminó con una sonrisa.

Isabella estaba de pie en la barra del bar Bean, añadiendo leche y azúcar a una taza de café etíope. El Bean, que previamente había sido una antigua casita con vistas al puerto, ofrecía unos veinte tipos diferentes de café y deliciosos pastelitos. A Isabella siempre le gustaba dejarse caer por allí, cuando iba a Oriental. Junto con el bar Irvin, era donde se congregaban los habitantes locales para enterarse de todo lo que sucedía en el pueblo. A su espalda, podía oír los murmullos de una conversación.

Aunque ya hacía rato que había pasado la hora punta de la mañana, la cafetería estaba más concurrida de lo que había esperado. La jovencita de veinti pocos años de detrás del mostrador no había parado de moverse desde que Isabella había entrado.

Necesitaba desesperadamente una taza de café. La conversación con su madre aquella mañana la había dejado extenuada. Un poco antes, en la ducha, consideró por unos momentos la posibilidad de bajar a la cocina e intentar hablar seriamente con ella, pero cuando se secó con la toalla, cambió de idea. A pesar de que siempre había deseado que se comportara como la típica madre comprensiva y solícita, era más fácil imaginar la expresión escandalizada y decepcionada en su rostro cuando oyera el nombre de Edward. Y después empezaría la diatriba, sin duda, una repetición de los sermones airados y condescendientes que Isabella había tenido que soportar de adolescente. Su madre, después de todo, era una mujer con unos valores obsoletos. Las decisiones eran buenas o malas, las elecciones eran correctas o incorrectas, y había ciertos límites que no se podían sobrepasar.

Determinados códigos de conducta no eran negociables, especialmente en lo que concernía a la familia. Isabella conocía esas normas. Sabía en qué creía su madre: en la responsabilidad, en las consecuencias, y no soportaba los lloriqueos ni las quejas. Isabella sabía que eso no siempre era malo; ella misma había adoptado un poco de la misma filosofía con sus propios hijos, y estaba segura de que los había beneficiado.

La diferencia era que su madre siempre parecía tan segura de todo… Siempre se mostraba confiada de quién era y de las elecciones que tomaba, como si la vida fuera una canción y lo único que ella tuviera que hacer fuera seguir el compás de la melodía, segura de que todo saldría tal y como estaba planeado. A menudo, Isabella pensaba que su madre no se arrepentía de nada.

Pero ella no era así. Y tampoco podía olvidar la reacción brutal de su madre ante la enfermedad de Bea y su muerte. Había expresado su dolor, por supuesto, y se había quedado con ellos para ocuparse de Jared y Lynn durante las frecuentes visitas de Isabella y Jacob al Centro de Oncología Pediátrica de la Clínica Universitaria de Duke; incluso había cocinado una o dos veces para ellos en las semanas después del funeral. Sin embargo, no podía entender el estoicismo con que su madre había aceptado aquella tragedia. Tampoco podía digerir el sermón que le dio tres meses después de la muerte de Bea, sobre que ya era hora de que Isabella «superara el duro golpe» y «dejara de autocompadecerse».

Como si perder a su hija no hubiera sido nada más que un mal trago, como el que se pasa al romper la relación con un novio. Isabella todavía sentía una rabia irreprimible cada vez que pensaba en ello. A veces se preguntaba si su madre era capaz de experimentar un mínimo grado de compasión.

Resopló, intentando recordarse a sí misma que el mundo de su madre era muy diferente al suyo. Nunca había ido a la universidad y había vivido toda la vida en Oriental. Tal vez por eso era así. Aceptaba las cosas tal y como eran porque no tenía ningún otro punto de comparación. Y tampoco era que su propia familia hubiera sido muy afectuosa, a juzgar por las pocas anécdotas que su madre le había contado acerca de su infancia. Pero ¿cómo podía estar segura de que su madre fuera incapaz de cambiar? De lo único de lo que estaba segura era de que confiar en su madre le reportaría más problemas que consuelos y, en esos momentos, no estaba preparada para soportarlo.

Mientras colocaba la tapa sobre la taza de café, sonó la melodía de su teléfono móvil. Al ver que se trataba de Lynn, salió al pequeño porche para contestar y se pasó los siguientes minutos hablando con su hija. Después, llamó a Jared; por lo visto, lo había despertado, y escuchó cómo su hijo farfullaba las respuestas aún medio dormido en el móvil. Antes de colgar, Jared le dijo que tenía muchas ganas de verla el domingo. Isabella deseó poder llamar a Annette, pero se consoló con la idea de que seguramente, la pequeña se lo estaría pasando fenomenal en el campamento. Tras dudar unos momentos, también llamó a Jacob a la consulta. No había tenido la oportunidad de hacerlo antes, a pesar de que le había asegurado a su Madre que lo haría. Para no perder la costumbre, tuvo que esperar hasta que él tuvo un minuto libre entre paciente y paciente.

—¿Qué tal? —la saludó.

Durante la conversación dedujo que no se acordaba de que había llamado a casa de su madre la noche anterior. Sin embargo, parecía contento de oír su voz. Le preguntó por su madre, y Isabella le dijo que había quedado con ella más tarde, para cenar juntas; él le contó que el domingo por la mañana tenía planes para ir a jugar al golf con su amigo Roger y que probablemente después se quedarían a ver el partido de los Braves en el bar del club. Isabella sabía por experiencia que esas actividades conllevaban beber más de la cuenta, pero intentó suprimir la rabia incipiente; de nada servía reprenderlo. Jacob le preguntó por el funeral y sobre qué otras cosas pensaba hacer en el pueblo. Aunque ella contestó a sus preguntas con sinceridad, evitó mencionar el nombre de Edward. Jacob no pareció darse cuenta de nada raro, pero cuando acabaron de hablar, Isabella se estremeció con un distintivo e incómodo escalofrío de culpa. Junto con la rabia que sentía, la conversación la había alterado más de lo normal.

Edward esperó bajo la sombra de un magnolio a que Isabella guardara el teléfono móvil en el bolso. Le pareció detectar una mueca de preocupación en su rostro, pero en el momento en que se colgó nuevamente el bolso al hombro, volvió a adoptar una expresión indescifrable.

Al igual que él, iba vestida con vaqueros. Cuando empezó a avanzar hacia ella, se fijó en la forma en que su blusa turquesa resaltaba el color de sus ojos. Perdida en sus pensamientos, Isabella se sorprendió al verlo.

—¡Hola! —lo saludó con una sonrisa—. No esperaba verte por aquí.

Edward subió los peldaños del porche y se fijó en que ella se pasaba la mano por la coleta.

—Quería comprar una botella de agua antes de la cita.

—¿Te apetece tomar un café? —Isabella señaló hacia la puerta—. Aquí preparan el mejor café del pueblo.

—Ya he tomado una taza mientras desayunaba.

—¿Has ido al Irvin? Era el bar preferido de Carlisle.

—No. He desayunado en la pensión donde me alojo. El desayuno está incluido en el precio de la habitación. Alice ya lo tenía todo preparado.

—¿Alice?

—Una impresionante supermodelo embutida en un bañador que, por casualidad, es la propietaria de la pensión. No hay motivos para que te pongas celosa.

Isabella se echó a reír.

—Ya lo supongo. ¿Qué tal la mañana?

—Bien. He salido a correr un rato, y he tenido la oportunidad de apreciar los cambios en el pueblo.

—¿Y?

—Bueno, es como meterte en una cápsula del tiempo. Me siento como Michael J. Fox en Regreso al futuro.

—Es uno de los encantos de Oriental. Cuando estás aquí, resulta fácil pensar que el resto del mundo no existe y que todos tus problemas se desvanecerán en un pispás.

—Hablas como en el anuncio de la Cámara de Comercio.

—Es uno de mis encantos.

—Entre otros muchos.

Mientras Edward la adulaba, se quedó impresionada por la intensidad de su mirada. No estaba acostumbrada a que la escrutaran de ese modo; al contrario, a menudo se sentía virtualmente invisible, cuando llevaba a cabo el manido circuito de rutinas diarias. Antes de que pudiera perderse en sus pensamientos, Edward señaló hacia la puerta con la cabeza.

—Si no te importa, entraré a por la botella de agua.

Isabella se fijó en que la guapa camarera, de veintipocos años, intentaba no mirarlo con descaro cuando entró y se dirigió directamente hacia la nevera situada al fondo del establecimiento. Cuando Edward se plantó frente al frigorífico, la chica examinó su aspecto en el espejo situado detrás de la barra, luego lo saludó con una sonrisa cordial cuando él se acercó a la caja registradora. Isabella dio media vuelta rápidamente para que no la pillara espiándolo.

Un minuto más tarde, Edward salió por la puerta; seguía hablando con la camarera, aunque era obvio que intentaba acabar con aquella conversación.

Isabella hizo un esfuerzo por mantener el porte serio. Sin intercambiar ninguna palabra, bajaron los peldaños del porche y caminaron hacia un rincón con una vista privilegiada del puerto deportivo

.—Vaya, vaya. La camarera estaba flirteando contigo, ¿eh? —comentó ella.

—Qué va. Solo intentaba ser amable.

—Flirteaba descaradamente.

Edward se encogió de hombros mientras desenroscaba el tapón de la botella.

—No me he fijado.

—¿Cómo que no te has fijado?

—Estaba pensando en otra cosa.

Por la forma en que lo había dicho, ella supo que había algo más. Esperó. Él examinó la línea de veleros anclados en el puerto.

—Esta mañana he visto a Jasper —dijo al final—. Cuando he salido a correr por el pueblo.

Al oír aquel nombre, Isabella irguió la espalda.

—¿Estás seguro de que era él?

—Es mi primo, ¿recuerdas?

—¿Y qué ha pasado?

—Nada.

—Eso es bueno, ¿no?

—No estoy seguro.

Isabella se puso tensa.

—¿Qué quieres decir?

Edward no contestó directamente. En lugar de eso, tomó un sorbo de agua. Ella casi podía oír el engranaje dando vueltas en su cabeza.

—Supongo que significa que será mejor que no me deje ver mucho por el pueblo. Aparte de eso, supongo que me tocará actuar según las circunstancias.

—Quizá no te hagan nada.

—Quizá —convino él—. De momento, todo va bien, ¿no? —Edward enroscó el tapón en la botella y decidió cambiar de tema—. ¿Qué crees que nos dirá el señor Jenks? Se mostró muy misterioso durante nuestra breve conversación telefónica. No me dijo nada sobre el funeral.

—A mí tampoco. Precisamente, esta mañana se lo comentaba a mi madre.

—¿Ah, sí? ¿Cómo está?—Un poco enfadada porque anoche se perdió la partida de bridge por mi culpa, pero para compensar su enojo, ha sido lo bastante magnánima como para obligarme a ir a cenar esta noche a casa de una de sus amigas.

Él sonrió.

—Entonces… eso significa que estás libre hasta la cena, ¿no?

—¿Por qué? ¿Tienes algún plan?

—No lo sé, pero creo que será mejor que primero averigüemos qué es lo que quiere decirnos el señor Jenks. Su despacho no está muy lejos de aquí.

Después de que Isabella protegiera su taza de café con la tapa, emprendieron la marcha por la acera, de sombra en sombra.

—¿Recuerdas la primera vez que me invitaste a un helado? —preguntó ella.

—Recuerdo que me quedé sorprendido de que aceptaras.

Isabella no hizo caso del comentario.

—Me llevaste a ese bar, el de la fuente antigua y el mostrador inacabable, y los dos tomamos una bola de helado con chocolate caliente y nata. El helado era casero; todavía recuerdo que es el mejor que he probado en mi vida. No puedo creer que al final derribaran el edificio.

—¿Ah, sí? ¿Cuándo?

—No estoy segura. Creo que hace unos seis o siete años. Un día, en una de mis visitas al pueblo, vi que ya no existía. Me puse muy triste. Solía llevar a mis hijos allí, cuando eran pequeños, y siempre se lo pasaban muy bien.

Edward intentó imaginar a los hijos de Isabella sentados junto a ella en el viejo bar, pero no consiguió ponerles un rostro. Se preguntó si se parecían a ella o si habían salido a su padre. ¿Tenían la vitalidad y el corazón bondadoso de Isabella?

—¿Crees que a tus hijos les habría gustado crecer aquí? —preguntó.

—Cuando eran pequeños, seguro que sí. Es un pueblo muy bonito, con muchos sitios para explorar y jugar. Pero probablemente, luego, cuando hubieran sido mayores, les habría parecido demasiado limitado.

—¿Como te pasó a ti?

—Sí —admitió ella—, como me pasó a mí. No veía el momento de irme de aquí. No sé si te acuerdas, pero envié una solicitud a la Universidad de Nueva York y otra a la de Boston. Tenía ganas de experimentar lo que significaba vivir en una gran ciudad.

—¿Cómo podría olvidarlo? Me parecían unos sitios tan lejanos.. —comentó Edward.

—Sí, ya, pero mi padre estudió en la Universidad de Duke, y en casa se hablaba constantemente de esa universidad. ¡Incluso veía los partidos de baloncesto de su equipo por la tele! Supongo que estaba destinada a acabar estudiando allí. Y creo que fue una decisión acertada; las clases eran muy interesantes, hice un montón de amigos y maduré mucho. Además, no sé si me habría gustado vivir en Nueva York o en Boston. En el fondo, soy una chica de provincias, de un pueblecito del sur. Me gusta oír el canto de los grillos cuando me acuesto por las noches.

—Entonces, seguro que te gustaría Luisiana. Es la capital de todos los bichos vivientes.

Ella sonrió antes de tomar un sorbo de café.

—¿Recuerdas cuando fuimos a la playa en coche, el día que anunciaron la llegada del huracán Diana? Te supliqué que me llevaras a la playa, y tú intentaste por todos los medios disuadirme porque no creías que fuera una buena idea.

—Creí que estabas loca.

—Pero al final me llevaste. Porque quería ir. A duras penas conseguimos salir del coche, con aquel viento tan fuerte, y el océano estaba… impresionante, con sus rizos de espuma blanca hasta el horizonte. Y tú allí de pie, agarrándome e intentando convencerme de que me metiera de nuevo en el coche.

—No quería que te pasara nada.

—¿Hay tormentas similares, en la plataforma petrolífera?

—No con tanta frecuencia como la gente supone. Si recibimos un aviso de peligro por el paso de un huracán, normalmente nos evacuan.

—¿Normalmente?

Edward se encogió de hombros.

—Los meteorólogos a veces se equivocan. He vivido muy de cerca varios huracanes y te aseguro que es una experiencia desconcertante. Estás a merced del tiempo y tienes que mantenerte agachado en un rincón mientras la plataforma se balancea, con la angustiosa certeza de que nadie te rescatará si la plataforma se hunde. He visto a más de uno con un incontrolable ataque de histeria.

—Creo que yo también me pondría histérica.

—Con el huracán Diana no te asustaste —le recordó él.

—Eso era porque estaba contigo. —Isabella aminoró la marcha—. Sabía que no permitirías que me pasara nada malo. A tu lado, siempre me sentía segura.

—¿Incluso cuando mi padre y mis primos se pasaban por el taller de Carlisle? ¿A recoger el dinero?

—Sí, incluso en esos momentos. Tu familia nunca se metió conmigo.

—Tuviste suerte.

—No lo sé —respondió ella—. Cuando estábamos juntos, a veces veía a Emmet o a Jasper por el pueblo, y de vez en cuando también veía a tu padre. Si nos cruzábamos con ellos, nos miraban con esa sonrisita perversa, pero nunca consiguieron sacarme de mis casillas. Y unos años más tarde, cuando regresaba al pueblo, todos los años en verano, después de que hubieran metido a Emmet en la cárcel, Jasper y tu padre siempre mantuvieron la distancia. Creo que sabían que serías capaz de hacer cualquier cosa si me pasaba algo. —Se detuvo bajo la sombra de un árbol y miró a Edward a la cara—. Así que no, nunca les tuve miedo. Ni una sola vez. Porque te tenía a ti.

—Creo que me sobrevaloras.

—¿De veras? ¿Quieres decir que debería haber dejado que tu familia me hiciera daño?

Edward no tuvo que responder. Isabella pudo ver, por su expresión, que le daba la razón.

—Siempre te tuvieron miedo, y lo sabes; incluso Emmet. Porque te conocían tan bien como yo.

—¿Tú me tenías miedo?

—No, no me refería a eso —contestó—. Yo sabía que tú me querías y que harías cualquier cosa por mí. Y ese fue uno de los motivos por los que me dolió tanto que decidieras acabar con nuestra relación, porque incluso en esa época era consciente de que esa clase de amor es excepcional. Solo la gente más afortunada llega a experimentarlo.

Por un momento, Edward pareció incapaz de hablar.

—Lo siento —dijo, finalmente.

—Y yo también —repuso ella, sin preocuparse por ocultar la nostálgica tristeza—. Yo fui una de esas personas afortunadas, ¿recuerdas?

Cuando llegaron al bufete de Jenks, Edward y Isabella se sentaron en una pequeña salita de espera con el suelo de madera de pino pulido, unas mesitas rinconeras en las que se apilaban revistas de fechas atrasadas, y unas sillas con la tapicería deshilachada. La recepcionista, que parecía lo bastante mayor como para Llevar ya muchos años retirada, estaba leyendo una novela, una edición de bolsillo.

La verdad era que no parecía tener mucho trabajo; en los diez minutos que estuvieron allí sentados, esperando, el teléfono no sonó ni una sola vez. Al final, se abrió la puerta y apareció un anciano con el cabello completamente blanco, unas pobladas cejas grises y un traje arrugado. Les hizo una señal, invitándolos a pasar a su despacho.

—Isabella Swan y Edward Masen, supongo. —Les tendió la mano—. Soy Jason Jenks. Permítanme que les presente mi más sincero pésame. Sé que debe de ser muy duro para ustedes.

—Gracias —contestó Isabella.

Edward se limitó a asentir con la cabeza.

Jason Jenks los invitó a sentarse en un par de sillas de piel de respaldo alto.

—Siéntense, por favor. No les robaré mucho tiempo.

El despacho de Jenks no tenía nada que ver con el área de recepción. La estancia, que tenía una ventana que daba a la calle, estaba amueblada con unas imponentes estanterías de madera de caoba en las que había cientos de libros sobre leyes ordenados con esmero; la mesa, una verdadera pieza antigua delicadamente elaborada y adornada con detalladas molduras en las esquinas, resaltaba aún más gracias a la lámpara estilo Tiffany que descansaba encima de su amplia superficie.

En el centro de la mesa, había un estuche de madera de nogal encarado directamente hacia las sillas de piel.

—Siento mucho el retraso, pero estaba ocupado con una llamada telefónica para ultimar unos detalles. —El abogado siguió hablando mientras se dirigía hacia el otro lado de la mesa—. Supongo que se preguntarán por qué tanto secretismo con los preparativos, pero eso era lo que Carlisle quería. Insistió mucho: tenía las ideas muy claras al respecto. —El anciano los inspeccionó con aquellos ojitos enmarcados por las pobladas cejas—. Aunque supongo que ustedes dos ya me entienden; ya saben cómo era Carlisle.

Isabella miró a Edward de reojo mientras Jenksr se acomodaba en su sillón y agarraba una carpeta que tenía delante.

—Les agradezco mucho que hayan hecho el esfuerzo de venir. Después de oír cómo hablaba Carlisle de ustedes dos, sé que él también se lo habría agradecido. Estoy seguro de que querrán hacerme algunas preguntas, así que no me demoraré más; empecemos. —Les dedicó una sonrisa obsequiosa, revelando una dentadura sorprendentemente blanca para su edad—. Como ya sabrán, Rex Yarborough fue quien encontró el cuerpo sin vida de Carlisle el martes por la mañana.

—¿Quién? —preguntó Isabella.

—El cartero. Por lo visto, se había propuesto pasar a visitar a Carlisle con cierta regularidad. Llamó a la puerta, pero nadie contestó. La puerta no estaba cerrada con llave. Cuando entró, encontró a Carlisle en su cama. Llamó al sheriff, quien llegó a la conclusión de que había muerto por causas naturales. Entonces este me llamó.

—¿Por qué le llamó? —se interesó Edward.

—Porque Carlisle le había pedido que lo hiciera. Le había informado de que yo era su ejecutor testamentario y que debían avisarme tan pronto como falleciera.

—Por la forma en que lo dice, parece como si él supiera que se estaba muriendo.

—Creo que tenía claro que se acercaba al final de sus días —explicó Jenks—. Carlisle era un anciano y no tenía miedo a enfrentarse a la muerte. —El abogado sacudió la cabeza—. Solo espero ser igual de organizado y decidido cuando se acerque mi hora.

Isabella y Edward intercambiaron miradas, pero no dijeron nada.

—Le aconsejé que les comunicara a ustedes dos su última voluntad y sus planes, pero, por alguna razón, quiso mantenerlo todo en secreto. Todavía no puedo entenderlo. —Jenks hablaba en un tono casi paternal—. También dejó claro que sentía un enorme cariño por ambos.

Edward se inclinó hacia delante.

—Ya sé que no es relevante, pero ¿cómo conoció a Carlisle?

Jenks asintió levemente con la cabeza, como si hubiera esperado aquella pregunta.

—Conocí a Carlisle hace dieciocho años, cuando le llevé un Mustang clásico para que lo restaurara. En aquella época, yo trabajaba para una importante firma en Raleigh. Era un mediador, si quieren saber la verdad. Representaba muchos intereses relacionados con el sector de la agricultura, pero para resumir la historia, les diré que decidí quedarme unos días aquí, en el pueblo, para supervisar la restauración. Solo conocía a Carlisle por su reputación y no acababa de fiarme de que fuera capaz de realizar un buen trabajo con mi coche. Sin embargo, congeniamos desde el primer momento; además, me di cuenta de que me gustaba la tranquilidad que se respiraba en este pueblo. Unas semanas más tarde, cuando regresé para recoger mi coche, él no me cobró tanto como yo pensaba, y me llevé una grata sorpresa con el resultado. Y ahora, avanzaré quince años, si me lo permiten. Yo me sentía asfixiado, mi profesión me consumía vivo. De un día para otro, decidí retirarme e instalarme en Oriental, aunque, la verdad, no lo conseguí del todo. Después de un año, más o menos, me aburría como una ostra, así que abrí este pequeño bufete. No es gran cosa; principalmente solo trato cuestiones testamentarias y con alguna que otra inmobiliaria que cierra sus puertas. No necesito trabajar, pero la actividad me mantiene ocupado. Y mi esposa está encantada de no verme deambulando por casa durante unas cuantas horas a la semana. Pero sigamos, una mañana coincidí con Carlisle en el Irvin, por casualidad, y le dije que si alguna vez necesitaba algo, ya sabía dónde encontrarme. Y entonces, en febrero me quedé sorprendido al ver que había aceptado mi ofrecimiento.

—¿Por qué usted y no…?

—¿Otro abogado del pueblo? —Jenks acabó la pregunta por Edward—. La impresión que me dio fue que Carlisle buscaba a alguien que no tuviera raíces profundas en este lugar. La verdad es que él no tenía demasiada fe en la privilegiada relación que establecen algunos clientes con sus abogados. ¿Hay algo más que pueda añadir para aclarar sus dudas?

Cuando Isabella sacudió la cabeza, el hombre abrió la carpeta y se puso las gafas de leer.

—Entonces, ¿qué tal si empezamos? Carlisle me indicó cómo quería que gestionara las cuestiones pendientes; por eso me nombró su ejecutor testamentario. Han de saber que no quería un funeral tradicional. Me pidió que, después de su muerte, organizara su incineración y, con el fin de cumplir su voluntad, Carlisle Cullen fue incinerado ayer.

Señaló hacia el estuche sobre la mesa, dando a entender que contenía las cenizas de Carlisle.

Isabella palideció.

—Pero nosotros llegamos ayer…

—Lo sé. Carlisle me pidió que me ocupara de todo antes de que ustedes llegaran.

—¿No quería que asistiéramos a la ceremonia?

—No, no quería que nadie estuviera presente.

—¿Por qué no?

—Lo único que les puedo decir es que Carlisle fue muy concreto en sus instrucciones. Pero si quieren saber mi opinión, creo que pensaba que a ustedes dos les habría afectado mucho encargarse de todos los preparativos. —Sacó una página de la carpeta y la sostuvo en el aire—. Carlisle dijo, y cito textualmente: «No hay ninguna razón por la que mi muerte deba suponer una carga para ellos».

Jenks se quitó las gafas y se arrellanó en el sillón, intentando evaluar sus reacciones.

—Es decir, ¿no hay funeral? —inquirió Isabella.

—No; en el sentido tradicional, no.

Isabella se volvió hacia Edward y luego miró de nuevo fijamente a Jenks.

—Entonces, ¿por qué quería que viniéramos?

—Me pidió que les llamara con la esperanza de que ustedes dos hicieran algo más por él, algo más importante que organizar su incineración. Quería que fueran ustedes dos los que se encargaran de esparcir sus cenizas por un lugar que era muy especial para él, un lugar en el que, por lo visto, ustedes no han estado nunca.

Isabella solo necesitó un momento para deducir de qué sitio se trataba.

—¿Su casita en Vandemere?

Jenks asintió.

—Así es. Mañana sería ideal, a la hora que prefieran. Por supuesto, si no se sienten cómodos con la idea, ya me encargaré yo. De todos modos, he de pasarme por allí…

—No, mañana me parece perfecto —aceptó Isabella.

Jenks alzó una hoja de papel.

—Aquí tienen la dirección. Me he tomado la libertad de imprimirles un mapa de carreteras. Queda un poco apartado, como supongo que ya imaginarán. ¡Ah! Otra cosa: me pidió que les diera esto —remató, al tiempo que sacaba tres sobres sellados de la carpeta—. Como verán, hay dos con sus nombres escritos. Carlisle me pidió que primero lean en voz alta la carta del sobre que no tiene nombre, antes de la ceremonia.

—¿Ceremonia? —repitió Isabella.

—Me refiero a esparcir sus cenizas —apostilló el abogado. Acto seguido, les entregó los sobres y las hojas con las direcciones—. Y por supuesto, si tienen cualquier duda, llámenme.

—Gracias —dijo ella, mientras aceptaba los documentos. El misterioso contenido de los sobres pesaba más de lo que había esperado—. ¿Y qué tenemos que hacer con los otros dos sobres?

—Supongo que leerlos después de leer el primero.

—¿Solo supone?

—Carlisle no especificó nada al respecto; lo único que me dijo fue que, cuando leyeran la primera carta, entenderían cuándo tenían que abrir las otras dos.

Isabella se guardó los sobres en el bolso, intentando asimilar la información que Jenks les acababa de transmitir. Edward parecía tan perplejo como ella.

Jenks examinó las instrucciones de nuevo.

—¿Alguna pregunta?

—¿Carlisle especificó en qué parte de Vandemere quería que esparciéramos sus cenizas?

—No —contestó Jenks.

—¿Cómo lo sabremos, si nunca hemos estado allí?

—Eso mismo le pregunté yo, pero él parecía seguro de que ustedes comprenderían lo que tenían que hacer.

—¿Especificó alguna hora del día en particular?

—De nuevo, lo dejó a su libre albedrío. Sin embargo, su deseo era que fuera una ceremonia íntima. Me pidió que me asegurara de ello, es decir, que no publicara ninguna información en el periódico sobre su muerte, ni tan solo un obituario. Me dio la impresión de que no quería que nadie, aparte de nosotros tres, se enterase de su muerte. Y he seguido sus deseos tanto como me ha sido posible. Por supuesto, alguna gente del pueblo se ha enterado, a pesar de mi silencio, pero quiero que sepan que he hecho todo lo que he podido.

—¿Le explicó sus motivos?

—No —repuso Jenks—. Y yo tampoco se lo pregunté. En esos momentos, deduje que, a menos que él quisiera contármelo de forma voluntaria, probablemente no me lo diría.

El abogado miró a Isabella y Edward para ver si tenían más preguntas. Al ver que permanecían en silencio, cerró la carpeta.

—En cuanto a la herencia, ambos saben que Carlisle no tenía familia. Aunque comprendo que quizá no les parezca el momento más oportuno para hablar sobre su testamento, porque seguramente todavía estarán afligidos, me pidió que les comunicara lo que pensaba hacer mientras aún estuvieran aquí, en el pueblo. ¿Les parece correcto?

Isabella y Edward asintieron, y el abogado prosiguió:

—Los bienes de Carlisle no eran insustanciales. Poseía bastantes tierras, además de sus ahorros en el banco. Todavía estoy analizando sus cuentas, pero lo que les puedo adelantar es que Carlisle dijo que ustedes dos pueden quedarse con cualquier bien personal que deseen, aunque solo sea un único objeto. Solo especificó que, en el caso de que ustedes dos no lleguen a un acuerdo en alguna cuestión, lo solucionen mientras estén aquí. Yo ejecutaré su testamento durante los próximos meses, pero, esencialmente, el resto de sus bienes serán vendidos, y lo que se obtenga se ingresará en una cuenta del Centro de Oncología Pediátrica de la Clínica Universitaria de Duke. —Jenks sonrió a Isabella—. Carlisle pensó que a usted le gustaría saberlo.

—No sé qué decir. —Podía notar la mirada curiosa de Edward, a su lado—. Es muy generoso por su parte. —Isabella vaciló, más emocionada de lo que quería admitir—. Él…, supongo que sabía lo que significaría para mí.

Jenks asintió antes de apartar la carpeta a un lado.

—Bueno, pues creo que eso es todo, a menos que se les ocurra alguna cosa más.

No había nada más. Isabella se puso de pie mientras Edward recogía el estuche de madera de la mesa. Jenks también se levantó, aunque no hizo amago de acompañarlos hasta la puerta. Isabella enfiló hacia la salida con Edward. Se fijó en la expresión taciturna en su cara. Antes de llegar a la puerta, él se detuvo y se dio la vuelta.

—¿Señor Jenks?

—¿Sí?

—Antes ha dicho algo que me ha parecido curioso.

—¿Ah, sí?

—Ha dicho que mañana sería ideal. Supongo que se refería a justo mañana, como un día específico.

—Sí.

—¿Por qué?

Jenks apoyó las manos en la mesa.

—Lo siento, pero no puedo decirles el motivo.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó ella.

Los dos caminaban hacia el coche de Isabella, que todavía estaba aparcado al lado de la cafetería. En vez de contestar, Edward hundió las manos en los bolsillos.

—¿Quieres que almorcemos juntos? —sugirió él.

—¿No piensas contestar a mi pregunta?

—No sé qué decir. Jenks no me ha contestado.

—Pero ¿por qué le has hecho esa pregunta?

—Porque soy una persona curiosa, siempre lo he sido.

Isabella cruzó la calle.

—No estoy de acuerdo. Recuerdo que vivías con una aceptación casi estoica de la vida. Pero sé exactamente qué te propones.

—¿Ah, sí? ¿Qué es lo que me propongo?

—Estás intentando cambiar de tema.

Edward no se molestó en negarlo. En vez de eso, se colocó el estuche bajo el brazo.

—Tú tampoco has contestado a mi pregunta.

—¿Qué pregunta?

—Te he preguntado si te apetecía almorzar conmigo. Porque, si estás libre, conozco un sitio estupendo.

Ella vaciló unos instantes, consciente de que la gente en los pueblos pequeños era muy dada a cotillear, pero, como de costumbre, Edward pareció leerle el pensamiento.

—Confía en mí —le dijo—. Conozco el sitio perfecto.

Media hora más tarde, estaban de nuevo en casa de Carlisle, sentados cerca del río, sobre una manta que Isabella había sacado de uno de los armarios. En el trayecto en coche, Edward había comprado bocadillos y botellas de agua en el restaurante Brantlee's Village.

—¿Cómo lo sabías? —Isabella sentía curiosidad por saber por qué Edward siempre parecía ser capaz de leerle el pensamiento, como en los viejos tiempos.

Cuando eran jóvenes, un simple gesto sutil bastaba para expresar un mar de pensamientos y emociones.

—Tu madre y todas sus amistades todavía viven en el pueblo; estás casada; yo soy tu antiguo novio. No cuesta tanto deducir que no sería una buena idea que nos vieran juntos toda la tarde.

Isabella se sentía aliviada de que él lo comprendiera, pero mientras Edward sacaba dos bocadillos de la bolsa, se estremeció con un sentimiento de culpa.

Intentó convencerse a sí misma de que solo iban a comer juntos, aunque eso no era

todo; no quería engañarse.

Edward no pareció darse cuenta de su cambio de actitud.

—¿Alguna preferencia? Hay de pavo y de pollo —le preguntó, al tiempo que le mostraba los bocadillos.

—Me da igual —contestó Isabella, que, de repente, cambió de opinión—: bueno, no; prefiero el de pollo.

Edward le pasó el bocadillo y una botella de agua. Ella examinó el espacio a su alrededor, gozando de la sorda quietud. Unas nubes algodonosas se desplazaban despacio por el cielo. Cerca de la casa vio un par de ardillas que correteaban por el tronco de un roble recubierto de musgo. Una tortuga descansaba al sol sobre un tronco caído, en la otra punta del río. Era el entorno de su infancia y de su juventud; sin embargo, había llegado a parecerle extrañamente ajeno, como un mundo distinto por completo al que habitaba.

—¿Qué te ha parecido la reunión? —le preguntó él.

—Jenks parece un hombre decente.

—¿Y qué me dices de las cartas de Carlisle? ¿Tienes alguna idea de qué es lo que pueden contener?

—¿Después de lo que he oído esta mañana? No, ni idea.

Edward asintió y desenvolvió su bocadillo. Ella lo imitó.

—Así que el Centro de Oncología Pediátrica, ¿eh?

Ella asintió, y automáticamente pensó en Bea.

—Ya te dije que trabajo como voluntaria en la Clínica Universitaria de Duke. Además organizo actividades para recaudar fondos para ellos.

—Ya, pero no me habías dicho en qué sección trabajabas —replicó Edward , sin haber probado todavía el bocadillo.

Isabella oyó el tono en su voz y supo que él estaba esperando a que le dijera más cosas. Con aire ausente, desenroscó el tapón de la botella de agua.

—Jacob y yo tuvimos otra hija, tres años después de que naciera Lynn.

Isabella hizo una pausa, para aunar fuerzas, aunque sabía que contárselo a Edward no resultaría tan doloroso ni extraño como le solía pasar con otras personas.

—Cuando tenía dieciocho meses, le diagnosticaron un tumor cerebral. No se podía operar. A pesar de los esfuerzos de un increíble equipo de médicos del Centro de Oncología Pediátrica, murió seis meses después.

Isabella desvió la vista hacia el río, sintiendo aquel profundo e intenso dolor tan familiar, una tristeza que sabía que ya nunca la abandonaría.

Edward se inclinó hacia ella y le apretó la mano. Acto seguido, le preguntó en una voz muy suave:

—¿Cómo se llamaba?

—Bea.

Permanecieron callados durante un buen rato. Los únicos sonidos que llenaban el aire eran el borboteo de las aguas del río y el susurro de las hojas sobre sus cabezas. Isabella no tenía la sensación de que tuviera que añadir nada más, ni Edward esperaba que lo hiciera. Ella sabía que comprendía exactamente cómo se sentía, y presentía que él también sufría, aunque solo fuera porque no podía ayudarla.

Después de comer, recogieron la manta, las sobras del tentempié y regresaron a la casa. Edward entró detrás de Isabella, y observó cómo desaparecía de su vista, seguramente para guardar la manta otra vez en el armario. Se mostraba reservada, como si tuviera miedo de haber cruzado una línea peligrosa. Edward sacó un par de vasos de un armario de la cocina y sirvió té frío. Cuando ella regresó a la cocina, él le ofreció uno de los vasos.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí —contestó ella, mientras aceptaba el vaso—. Estoy bien.

—Siento haberte hecho recordar esos momentos tan tristes de tu vida.

—No, tranquilo; lo que pasa es que a veces todavía me cuesta hablar de Bea. Y ha sido un… fin de semana tan… inesperado…

—Para mí también —dijo Edward . Apoyó todo el peso del cuerpo en la encimera y preguntó—: ¿Cómo quieres que lo hagamos?

—¿El qué?

—Explorar la casa, para ver si quieres quedarte con algún recuerdo.

Isabella suspiró, esperando que su estado de agitación no le resultara obvio.

—No lo sé. En cierto modo, no me parece correcto.

—No deberías sentirte incómoda. Él quería que lo recordáramos.

—Yo siempre lo recordaré, con o sin objetos.

—Pero Carlisle deseaba ser más que un mero recuerdo. Deseaba que tuviéramos algo de él y de este lugar.

Isabella tomó un sorbo de té. Sabía que Edward probablemente tenía razón, pero la idea de revolver entre las pertenencias de Carlisle justo en ese momento, solo para encontrar un recuerdo, le parecía violenta, en cierto modo.

—Esperemos un ratito más, si no te importa.

—Perfecto. Esperaremos hasta que te sientas lista. ¿Quieres que salgamos al porche?

Isabella asintió y lo siguió hasta el porche trasero, donde se sentaron en las viejas mecedoras de Carlisle. Edward apoyó el vaso en el muslo.

—Supongo que Carlisle y ESme solían sentarse aquí a menudo, para descansar y ver pasar las horas —comentó.

—Probablemente.

Edward se volvió hacia ella.

—Me alegro de que pasaras a visitarlo de vez en cuando. No me gustaba pensar que Carlisle estaba siempre solo, aquí.

Isabella podía notar la humedad en el cristal del vaso que sostenía entre sus manos.

—Sabías que él veía a Esme, ¿verdad?

Edward frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Carlisle juraba que ella seguía aquí, a su lado.

Por un instante, él pensó en las imágenes y movimientos furtivos que había estado sintiendo recientemente.

—¿Qué quieres decir? ¿La veía?

—Sí. La veía y hablaba con ella.

Edward parpadeó, perplejo.

—¿Me estás diciendo que Carlisle creía que veía un fantasma?

—¿Cómo? ¿Es que nunca te lo contó?

—Nunca me habló de Esme.

Isabella abrió los ojos como un par de naranjas.

—¿Nunca?

—Lo único que me dijo fue su nombre.

Ella dejó el vaso en el suelo y le relató algunas de las historias que Carlisle le había contado a lo largo de los últimos años: que abandonó los estudios a los doce años y encontró un empleo en el taller de su tío; que cuando tenía catorce conoció a Esme en la iglesia, y que en aquel instante supo que se casaría con ella; que toda la familia de Carlisle, su tío incluido, se marchó al norte en busca de un empleo en los años de la Gran Depresión y nunca regresó. Le habló de los primeros años de Carlisle con Esme: el primer aborto, el durísimo trabajo a las órdenes del padre de Esme en el rancho de la familia mientras por la noche se dedicaba a construir aquella casa.

Le contó que ella había tenido dos abortos más después de la guerra y le habló de cómo él abrió el taller y empezó a restaurar coches a principios de 1950, que incluso había restaurado un Cadillac cuyo dueño era un cantante que se dejaba caer algunas veces por el pueblo y que se llamaba Elvis Presley. Cuando acabó de contarle la muerte de Esme y que Carlisle hablaba con el fantasma de su mujer, Edward había apurado el té y mantenía la vista fija en el vaso vacío, intentando conciliar las historias que Isabella le acababa de relatar con el hombre que había conocido.

—No puedo creer que no te contara nada de esto —se maravilló Isabella.

—Debía de tener sus razones. Quizá se sentía más cómodo contigo.

—Lo dudo. Lo que pasa es que yo lo conocí más tarde en su vida. En cambio tú lo conociste cuando todavía no se había recuperado de la muerte de Esme.

—Quizás —admitió Edward, aunque en un tono no demasiado convencido.

Isabella continuó.

—Tú eras muy importante para él. Después de todo, te dejó vivir aquí. Y no una, sino dos veces. —Cuando Edward asintió con la cabeza, ella lo miró con interés—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro que sí.

—¿De qué hablabais normalmente?

—De coches, motores, transmisiones. A veces hablábamos del tiempo.

—¡Qué interesante! —se burló ella.

—Ni te lo imaginas. Pero en esa época, yo tampoco era una persona muy habladora, que digamos.

Isabella se inclinó hacia él, con renovada decisión.

—Muy bien. Así que ahora los dos sabemos bastantes cosas de Carlisle y tú sabes algunas cosas sobre mí. Pero yo todavía no sé nada de ti.

—Claro que lo sabes. Te lo conté ayer. Trabajo en una plataforma petrolífera, ¿recuerdas? Vivo en un remolque en las afueras de la ciudad, y sigo conduciendo el mismo coche. Ah, y no salgo con nadie.

Con una lánguida atención, Isabella se tocó la coleta por encima del hombro; un movimiento casi sensual.

—Cuéntame algo que aún no sepa —lo animó—. Algo que nadie sepa; algo que me sorprenda.

—No sé qué puedo contarte.

Ella escrutó su cara con interés.

—¿Por qué será que no te creo?

«Porque nunca fui capaz de ocultarte nada», pensó Edward. En cambio, contestó:

—No lo sé.

Ella se quedó callada ante su respuesta, como si estuviera sopesando algo.

—Ayer comentaste una cosa que despertó mi curiosidad. —Cuando él la miró con interés, ella continuó—: ¿Cómo sabes que Angela Weber no ha vuelto a casarse?

—Simplemente lo sé.

—¿Te lo dijo Carlisle?

—No.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

Edward entrelazó los dedos y se arrellanó en la mecedora. Sabía que si no contestaba, ella no pararía de insistir una y otra vez. Isabella tampoco había cambiado en ese aspecto. Resopló y dijo:

—Será mejor que empiece por el principio.

A continuación, le habló de los Weber, de su visita al ruinoso rancho de Angela mucho tiempo atrás, de los graves problemas económicos que pasó aquella familia, de cómo empezó a enviarles dinero de forma anónima cuando salió de la cárcel y, finalmente, de que en los últimos años había contratado a un par de detectives para que le informaran de la situación de la familia. Cuando terminó, Isabella permaneció callada, como si buscara el comentario adecuado.

—No sé qué decir —explotó al final.

—Sabía que ibas a decir eso.

—No, de verdad, Edward —replicó con vehemencia—. Quiero decir, sé que es muy noble por tu parte eso de enviarles dinero, y estoy segura de que has marcado una diferencia en sus vidas. Pero… hay algo triste en esta historia, también, porque es evidente que no puedes perdonarte por algo que, está claro, fue un accidente. Todo el mundo comete errores, aunque algunos sean peores que otros. Los accidentes suceden. Pero ¿contratar a unos detectives para saber exactamente qué sucede en sus vidas? Eso no está bien.

—No lo entiendes… —empezó a contraatacar Edward.

—No, eres tú quien no lo entiende —lo interrumpió ella—. ¿No crees que merecen que se les respete su intimidad? Sacar fotos, ahondar en sus vidas personales…

—No se trata de eso —protestó él.

—¡Pues es lo que haces! —Isabella propinó un golpe seco en el apoyabrazos de la mecedora—. ¿Y si algún día lo descubren? ¿Puedes imaginar lo que eso supondría para ellos? Se sentirían traicionados, invadidos.

Isabella lo sorprendió al emplazar una mano sobre su brazo, con firmeza aunque con tensión a la vez, como si quisiera asegurarse de que él la estaba escuchando.

—No digo que esté de acuerdo, pero lo que hagas con tu dinero es asunto tuyo. Sin embargo, ¿el resto? ¿Lo de los detectives? Tienes que parar. Prométeme que lo harás, ¿de acuerdo?

Edward podía notar el calor que irradiaba la boca de Isabella.

—De acuerdo —cedió al final—. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Ella lo estudió, como si quisiera asegurarse de que le estaba diciendo la verdad. Por primera vez desde que se habían vuelto a encontrar, Edward parecía cansado.

Su postura reflejaba una actitud vencida, y mientras seguían allí sentados, Isabella se preguntó qué habría sido de él si ella no se hubiera marchado aquel verano. O incluso si hubiera ido a verlo a la cárcel. Quería creer que eso habría podido marcar la diferencia, queEdward habría podido gozar de una vida menos atormentada por el pasado y que, aunque no hubiera sido totalmente feliz, por lo menos habría tenido la posibilidad de hallar cierta paz. Para él, la paz siempre había sido elusiva.

Aunque, en realidad, en aquella cuestión no estaba solo, ¿no? ¿No era eso lo que todo el mundo quería?

—Tengo otra confesión sobre los Weber —anunció él.

Isabella sintió una brusca sacudida en el pecho.

—¿Más?

Edward se rascó la nariz con su mano libre, como si quisiera ganar tiempo.

—Esta mañana he ido al cementerio, a depositar unas flores en la tumba del doctor Cheney. Es lo que solía hacer cuando salí de la cárcel, cuando no podía soportar la sensación de culpa.

Ella lo miró fijamente, preguntándose si Edward la sorprendería con otra nueva sorpresa, pero no lo hizo.

—Eso es algo distinto.

—Lo sé, pero pensaba que debería mencionarlo.

—¿Por qué? ¿Porque quieres saber mi opinión?

Edward se encogió de hombros.

—Quizás.

Isabella no contestó de inmediato.

—Creo que lo de las flores está bien —dijo finalmente—. Mientras no te excedas, me parece que es… apropiado.

Él se volvió hacia ella.

—¿De veras?

—Sí. Llevarle flores es significativo, pero no invasivo.

Edward asintió, pero no dijo nada. En el silencio, Isabella se inclinó más hacia él y le preguntó:

—¿Sabes lo que estoy pensando?

—Después de lo que te he contado, tengo miedo de saberlo.

—Creo que tú y Carlisle os parecéis más de lo que crees.

Él se volvió hacia ella.

—¿Es eso bueno o malo?

—Todavía estoy aquí contigo, ¿no?

Cuando el calor se volvió insoportable incluso a la sombra, Isabella sugirió que entraran de nuevo en la casa. La puerta mosquitera se cerró con un suave golpe detrás de ellos.

—¿Estás lista? —le preguntó él, al tiempo que examinaba la cocina.

—No, pero supongo que tengo que hacerlo. Sigo pensando que no es correcto y, la verdad, no sé por dónde empezar.

Edward recorrió la cocina antes de girarse hacia ella.

—De acuerdo, a ver si esto te ayuda: ¿qué es lo que más recuerdas de la última vez que visitaste a Carlisle?

—Nada excepcional; fue como en las anteriores ocasiones. Él me habló de Esme, le preparé la cena… —Se encogió de hombros—. Le cubrí la espalda con una manta cuando se quedó dormido en la butaca.

Edward la llevó hasta el comedor y señaló hacia la chimenea.

—Entonces, quizá deberías llevarte la foto.

Isabella sacudió la cabeza.

—No podría hacerlo.

—¿Prefieres que la tiren a la basura?

—No, claro que no. Pero deberías llevártela tú. Tú lo conocías mejor que yo.

—No lo creo; nunca me habló de Esme. Y cuando la contemples, pensarás en los dos, y no solo en él. Por eso Carlisle te habló de ella.

Cuando Isabella vaciló, Edward se dirigió hacia la chimenea y cogió la foto con gran cuidado.

—Él quería que esta foto fuera importante para ti. Quería que los dos fueran importantes para ti.

Ella cogió la foto y la miró sin pestañear.

—Pero si me la llevo, ¿qué te quedará a ti? Quiero decir, tampoco es que haya muchas más cosas.

—No te preocupes. Hay algo que he visto antes y que me gustaría conservar. — Se dirigió hacia la puerta—. Vamos.

Isabella lo siguió. Bajó los peldaños del porche y, cuando se acercaron al taller, lo comprendió: si la casa era donde ella y Carlisle habían establecido su vínculo, el taller había sido el lugar de Edward y Carlisle. E incluso antes de que él lo encontrara, Isabella ya adivinó lo que buscaba.

Edward tomó el enorme pañuelo descolorido que estaba cuidadosamente doblado sobre el banco de trabajo.

—Esto es lo que él quería que yo me quedara —declaró.

—¿Estás seguro? —Isabella examinó con atención el trozo de tela roja—. No es gran cosa.

—Es la primera vez que he visto un pañuelo limpio por aquí, así que estoy seguro que tiene que ser para mí. —Sonrió—. Sí, estoy seguro. Para mí este pañuelo es Carlisle. No recuerdo haberlo visto nunca sin uno, y siempre del mismo color, por supuesto.

—Por supuesto —repitió ella—. Estamos hablando de Carlisle, ¿no? ¿Don Constante En Todo?

Edward se guardó el pañuelo en el bolsillo trasero.

—La constancia no es mala. Los cambios no siempre conducen a un mejor resultado.

Sus palabras parecieron quedar suspendidas en el aire. Isabella no contestó. En vez de eso, cuando él se apoyó en el Stingray, ella recordó algo súbitamente y avanzó un paso hacia delante.

—He olvidado comentarle a Jenks lo del coche.

—Creo que yo puedo acabar de repararlo. Entonces Jenks podrá llamar al propietario para que pase a recogerlo.

—¿De veras?

—Por lo que veo, todas las piezas están aquí, y estoy seguro de que a Carlisle le habría gustado que yo acabara el trabajo. Además, tú has quedado con tu madre para cenar, ¿no? Así que no tengo nada mejor que hacer esta noche.

—¿Cuánto rato tardarás? —Isabella miró las cajas con las piezas de recambio.

—No lo sé, supongo que unas horas.

Ella centró toda su atención en el vehículo; lo recorrió desde una punta a la otra antes de volver a mirar a Edward.

—De acuerdo. ¿Necesitas ayuda?

Edward le dedicó una sonrisa mordaz.

—¿Has hecho un curso de mecánica desde la última vez que te vi?

—No.

—Entonces ya me ocuparé yo solo, cuando te marches. No parece muy difícil. — Edward se dio la vuelta y señaló hacia la casa—. Podemos volver a la cocina, si quieres. Aquí hace demasiado calor.

—No quiero que tengas que trabajar hasta tarde —apuntó ella y, como un viejo hábito redescubierto, enfiló hacia el lugar que una vez había constituido su espacio particular. Apartó una llave de cruz oxidada del banco de trabajo antes de acomodarse—. Mañana nos espera un gran día. Además, siempre me encantó ver cómo trabajabas.

Edward pensó que oía algo similar a una promesa en aquella declaración, y sesorprendió al pensar que los años parecían retroceder para ellos, permitiéndole revisitar el tiempo y el lugar donde había pasado sus días más felices. De repente, se recordó a sí mismo que Isabella estaba casada. Lo último que ella necesitaba era la clase de complicación que surgía al intentar reescribir el pasado.

Soltó un deliberado suspiro y agarró una caja situada en el otro extremo del banco de trabajo.

—Te aburrirás. Esto puede llevarme bastante rato —la previno, intentando disimular sus pensamientos.

—No te preocupes por mí. Estoy acostumbrada.

—¿A aburrirte?

Isabella dobló las piernas y abrazó las rodillas.

—Solía pasarme horas aquí, sentada, esperando a que acabaras de trabajar para que finalmente pudiéramos salir a divertirnos un rato.

—Deberías habérmelo dicho.

—Cuando ya no lo soportaba más, te lo decía. Pero sabía que si te apartaba de tus obligaciones con frecuencia, Carlisle no me habría dejado volver más por aquí.

Por eso tampoco me pasaba todo el rato hablando.

La cara de Isabella quedaba parcialmente oculta entre las sombras; su voz parecía el canto seductor de una sirena. Demasiados recuerdos, con ella sentada en esa misma postura, hablando en el mismo tono.

Edward sacó el carburador de la caja y lo inspeccionó. Estaba restaurado, y era evidente que habían hecho un buen trabajo con la pieza. Lo dejó a un lado para echar un vistazo a la orden de trabajo.

Se dirigió hacia la parte frontal del coche, abrió el capó y examinó el interior.

Cuando oyó que Isabella carraspeaba, desvió la vista hacia ella.

—Teniendo en cuenta que Carlisle no está aquí, supongo que podemos hablar tanto como queramos, ¿no? Incluso mientras trabajas.

—Por supuesto. —Edward irguió de nuevo la espalda y se dirigió al banco de trabajo—. ¿De qué quieres que hablemos?

Ella consideró la propuesta.

—A ver, ¿qué te parece esto? ¿Qué es lo que más recuerdas de nuestro primer verano juntos?

Edward agarró un juego de llaves inglesas, con el semblante pensativo.

—Recuerdo que me preguntaba cómo era posible que quisieras salir conmigo.

—Hablo en serio.

—Yo también. Yo no tenía nada, y tú lo tenías todo. Podrías haber salido con cualquier chico, y aunque intentábamos ser discretos, sabía que nuestra relación solo te causaría problemas. No le encontraba el sentido.

Isabella apoyó la barbilla en las rodillas y las estrechó contra su cuerpo.

—¿Sabes lo que yo recuerdo? Recuerdo aquel día que me llevaste a la playa, a Atlantic Beach, y vimos un montón de estrellas de mar esparcidas por la orilla. Era como si las olas las hubieran arrastrado todas a la vez; paseamos hasta la otra punta de la playa, lanzándolas de nuevo al agua. Más tarde, compartimos una hamburguesa con patatas fritas y contemplamos la puesta de sol. Seguramente, estuvimos hablando durante más de doce horas seguidas.

Ella sonrió antes de proseguir, segura de que él también se acordaba.

—Por eso me encantaba estar contigo. Podíamos hacer cosas tan sencillas como arrojar estrellas de mar al océano y compartir una hamburguesa y hablar, e incluso así sabía que era afortunada. Fuiste el primer chico que no estaba constantemente intentando impresionarme. Aceptabas quién eras, pero lo más importante es que me aceptabas tal como era yo. Y nada más importaba, ni mi familia ni la tuya, ni nadie más en el mundo; solo nosotros dos.

Isabella hizo una pausa antes de continuar.

—No sé si aquel fue uno de los días más felices de mi vida, pero la verdad es que siempre era igual cuando estábamos juntos. Nunca quería que el día tocara a su fin.

Él la miró a los ojos.

—Quizá todavía no se ha acabado.

Ella comprendió entonces, con la distancia que otorgaba la edad y la madurez, lo

mucho que él la había amado.

«Y todavía te ama», le susurró una vocecita en su interior. De repente, Isabella tuvo la extraña impresión de que todo lo que habían compartido en el pasado no había sido más que los capítulos iniciales de un libro cuya conclusión todavía estaba por escribir.

La idea debería haberla asustado, pero no fue así. Deslizó la palma de la mano por encima de sus desgastadas iniciales, grabadas en el banco muchos años atrás.

—Cuando mi padre murió, vine aquí, ¿sabes?—¿Dónde? ¿Aquí, al taller?

Isabella asintió con la cabeza.

—Pensaba que habías dicho que solo hace unos años que empezaste a visitar a Carlisle —comentó Edward mientras volvía a agarrar el carburador.

—Él no se enteró. Nunca le dije que había estado aquí.

—¿Por qué no?

—No podía. Apenas podía mantener la firmeza, y quería estar sola. —Hizo una pausa—. Fue aproximadamente un año después de que Bea muriera, y yo todavía estaba luchando para superar el dolor cuando mi madre me llamó y me dijo que mi padre había sufrido un ataque al corazón. No tenía sentido. Él y mi madre nos habían visitado en Durham una semana antes, pero lo siguiente que hicimos fue montar a los niños en el coche para ir a su funeral. Nos pasamos la mañana conduciendo hasta llegar aquí; apenas atravesé el umbral, vi a mi madre vestida de punta en blanco y casi de inmediato me informó brevemente de nuestra cita con la funeraria. Quiero decir, apenas mostró ninguna emoción; parecía más preocupada por conseguir la clase de flores adecuadas para el servicio y asegurarse de que yo llamaba a todos nuestros familiares. Fue como una pesadilla y, al final del día, me sentía tan… sola. Así que salí de casa a medianoche, estuve conduciendo por ahí y, por alguna razón, acabé aparcando un poco más abajo, en la carretera, y subí la cuesta a pie hasta aquí. No puedo explicar por qué, pero me senté y lloré durante horas.

Suspiró cansada. Su mente parecía dominaba por un mar de recuerdos.

—Sé que mi padre jamás te dio una oportunidad, pero te aseguro que no era una mala persona. Siempre me llevé mejor con él que con mi madre. De hecho, con el paso de los años, me llevaba aún mejor. Mi padre adoraba a mis hijos, especialmente a Bea.

Se quedó un momento callada, antes de ofrecerle a Edward una triste sonrisa.

—¿Te parece extraño, que acudiera a Carlisle cuando mi padre murió?

Edward consideró la pregunta.

—No —contestó—. No me parece extraño, en absoluto. Después de cumplir mi condena, también regresé.

—Pero tú no tenías adónde ir.

Él enarcó una ceja.

—¿Y tú? Edward tenía razón, por supuesto. Aunque la casa de Carlisle había sido un lugar de recuerdos idílicos, también había sido el sitio donde ella había ido siempre a

desahogarse, a llorar.

Isabella entrelazó los dedos de las manos con más fuerza, como si quisiera apartar aquellos dolorosos recuerdos de la mente, y centró toda su atención en Edward, que se disponía a montar de nuevo el motor. A medida que la tarde desaparecía, departieron distendidamente sobre cosas cotidianas, sobre el pasado y sobre el presente, hablando sobre sus vidas e intercambiando opiniones acerca de diversos temas, desde libros hasta sitios que siempre habían soñado visitar.

Al escuchar el clic familiar de la llave de montaje mientras Edward ajustaba la pieza en cuestión, la sorprendió la sensación de déjà vu. Le vio forcejear para aflojar el perno, con la mandíbula tensa hasta que al final lo consiguió, antes de depositar la pieza cuidadosamente a un lado. De vez en cuando, igual que hacía cuando eran jóvenes, se detenía como para recordarle a Edward que la estaba escuchando con atención, que quería que ella supiera que siempre había sido y siempre sería importante para él. Aquella forma tan sutil de expresarle sus sentimientos, tan propia de Edward, conmovió a Isabella con una intensidad casi dolorosa. Más tarde, cuando él se tomó un respiro del trabajo y fue a la casa, para regresar unos momentos más tarde con dos vasos de té frío, hubo un instante en el que ella fue capaz de imaginar la vida tan diferente que habría podido vivir, la clase de vida que sabía que siempre había anhelado.

Cuando el mortecino sol se escondió detrás de las copas de los pinos, abandonaron el taller, caminando despacio hacia el coche de Isabella. Algo había cambiado entre ellos en las últimas horas —un frágil renacimiento del pasado, quizá—, algo que a Isabella la emocionaba y, a la vez, la aterrorizaba. Edward , por su parte, se moría de ganas de deslizar el brazo alrededor de su cintura mientras caminaba a su lado, pero, al percibir su confusión, se contuvo para no hacerlo.

La sonrisa de Isabella era tentadora cuando finalmente se plantaron delante de la puerta del conductor. Ella alzó la vista y vio las pestañas largas y tupidas de Edward, unas pestañas que cualquier mujer habría envidiado.

—Me gustaría no tener que irme —admitió Isabella.

Edward apoyó todo el peso del cuerpo en una pierna y luego en la otra.

—Estoy seguro de que tu madre y tú lo pasaréis bien.

«Quizá —pensó ella—, aunque lo más probable es que no.»

—¿Cerrarás con llave, cuando te marches?—Sí, no te preocupes —contestó él, contemplando la luminosa piel de Isabella matizada por el sol y cómo la suave brisa le alzaba algunos mechones de cabello dispersos.

—¿Cómo quieres que quedemos, mañana? ¿Directamente allí, o quieres que te

siga?

Isabella consideró las opciones, sin acabar de decidirse.

—No veo la razón de ir hasta allí en dos coches separados, ¿no? —apuntó al final—. ¿Qué tal si quedamos aquí hacia las once y vamos juntos?

Edward asintió y la miró fijamente. Ninguno de los dos se movió. Al final, él retrocedió un paso, rompiendo el momento mágico. Isabella se oyó a sí misma suspirar. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

Después de sentarse al volante, Edward cerró la puerta tras ella. El apagado sol a su espalda perfilaba su fornido cuerpo, exagerando algunos ángulos. Isabella tuvo la impresión de que se hallaba junto a un desconocido. De repente, tuvo una sensación extraña. Al buscar en el bolso la llave, se dio cuenta de que le temblaban las manos.

—Gracias por la comida —dijo.

—Cuando quieras —contestó él.

Isabella miró por el espejo retrovisor mientras se alejaba y vio que Edward todavía se hallaba de pie en el mismo sitio, como si esperara a que ella cambiara de idea, diera la vuelta y regresara. Ella notó la agitación de un sentimiento peligroso, algo que había estado intentando negar.

Estaba segura de que él todavía la amaba, cosa que le resultaba embriagadora. Sabía que eso era inaceptable e intentó alejar aquel sentimiento, pero Edward y el pasado que los unía se habían vuelto a materializar. No podía negarse por más tiempo que lo cierto era que, por primera vez desde hacía muchos años, tenía la impresión de, finalmente, haber encontrado su sitio en el mundo.


Espero que disfrutaran de este capitulo.

Gracias por leer.

Besos!