Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 08
Emmet observó que doña Jefa de las Animadoras conducía hacia la carretera desde la explanada delante de la casa de Carlisle. Seguía estando la mar de buena para su edad. La verdad era que siempre había estado muy buena; incluso muchos años antes le habría gustado echar un polvo con ella. Meterla en el coche, tirársela y luego enterrarla en algún lugar donde nadie pudiera encontrarla. Pero el papaíto de Edward se había entrometido, diciendo que ni se le ocurriera tocar a esa tía y, en aquella época, Emmet todavía creía que Edward Masen Sr. sabía lo que hacía.
Sin embargo, Edward Masen Sr. no sabía nada de nada. Hasta que Emmet no estuvo en la cárcel, no lo comprendió y cuando lo soltaron, odiaba a Edward Masen Sr. casi tanto como a Edward. No había hecho nada después de que su hijo los humillara a los dos. Los convirtió en el hazmerreír del clan; por eso Edward Sr. acabó por ser el primero en la lista de Emmet, cuando salió de la cárcel. No le costó fingir que aquella noche Edward Sr se había emborrachado hasta morir. Lo único que tuvo que hacer fue inyectarle alcohol etílico cuando perdió el conocimiento: todos creyeron que se había ahogado en su propio vómito.
Y ahora Emmet por fin podría tachar, de una vez por todas, a Edward de su lista.
Allí escondido, a la espera de que Isabella se marchara, se preguntó qué diantre estaban haciendo esos dos. Probablemente recuperando el tiempo perdido, dándose un buen revolcón en la cama, jadeando y gritando de placer. Seguramente ella estaba casada. Se preguntó si su marido sospechaba lo que hacía. Supuso que no.
No era la clase de cosas que a una tía le gustara ir pregonando por ahí, en especial a una tía que conducía un pedazo de coche como ese. Era probable que se hubiera casado con algún rico gilipollas y se pasara las tardes en el salón de belleza para que le hicieran la manicura, al igual que su mamaíta. Su marido debía de ser un médico o un abogado tan idiota que ni siquiera se podía imaginar que su esposa le pusiera los cuernos.
Probablemente, ella era muy buena guardando secretitos. La mayoría de las mujeres lo eran. ¡A él se lo iban a decir! Tanto le daba que estuvieran casadas o no; si se le ofrecían, aceptaba. Y tampoco importaba si eran parientes o no. Se había acostado con la mitad de las mujeres que vivían en la propiedad de la familia, incluso con las que estaban casadas con sus primos. Y también con sus hijas. Él y Claire, la mujer de Calvin, llevaban seis años liados; se veían un par de veces a la semana, y Claire no se lo había contado a nadie. Rose probablemente sabía lo que pasaba, ya que era ella quien le lavaba los calzoncillos, pero mantenía la boca cerrada. Sabía lo que le convenía. Nadie se metía en los asuntos de un hombre.
Las luces traseras del coche se iluminaron de color rojo cuando Isabella tomó finalmente la curva y se perdió de vista. Ella no había visto la furgoneta, cosa que no sorprendía a Emmet, porque se había salido de la carretera para ocultarse detrás de unos matorrales. Pensó que lo mejor era esperar unos minutos y asegurarse de que aquella mujer no iba a volver. Lo último que quería eran testigos, pero aún se estaba planteando la mejor forma de hacerlo. Si Jasper había visto a Edward por la mañana, seguro que este también había visto a Jasper, y eso podía haberlo puesto en guardia. Así pues, tal vez, Edward estaba allí sentado, esperándolo, con la escopeta en las rodillas. Quizá tenía sus propios planes, también, por si a su primo le daba por aparecer.
Como la última vez.
Emmet se palpó la Glock pegada al muslo y pensó que la clave era tomar a Edward por sorpresa. Acercársele lo bastante como para poder dispararle a bocajarro, luego echar el cuerpo en la furgoneta y deshacerse del coche alquilado abandonándolo en algún lugar apartado de la finca, o limar la matrícula y luego incendiarlo hasta que solo quedara el armazón. Tampoco le costaría mucho deshacerse del cadáver.
Solo tenía que llevarlo a rastras hasta el río y arrojarlo al agua, y el agua y el tiempo harían el resto. O podía enterrarlo en algún lugar del bosque, donde nadie pudiera encontrarlo. No podían acusar a nadie de asesinato si no encontraban el cadáver. Doña Jefa de las Animadoras y el sheriff podrían sospechar tanto como quisieran, pero la sospecha quedaba lejos de ser una prueba. Habría un gran revuelo en el pueblo, seguro, pero finalmente las aguas se calmarían. Y después le tocaría arreglar las cuentas con Jasper. Si este no se andaba con cuidado, quizá también acabaría en el fondo del río.
Había llegado el momento. Emmet salió del coche y empezó a atravesar el bosque,
en dirección a la casa de Carlisle.
Edward dejó la llave inglesa a un lado y cerró el capó. Ya había acabado con el motor. Desde que Isabella se había marchado, no se había podido librar de la sensación de que alguien lo observaba. La primera vez, agarró la llave inglesa con nervio y examinó el taller con atención, pero no vio a nadie. Se encaminó hacia la puerta y echó un vistazo al exterior, observando con atención todos los detalles. Se fijó en los robles y en los pinos, con sus troncos recubiertos por plantas trepadoras, y vio que las sombras ya habían empezado a extenderse. Los estorninos trinaban desde las ramas superiores; un halcón pasó volando por encima de su cabeza; su silueta se proyectaba intermitentemente en el suelo. Aparte del canto de los pájaros, reinaba el silencio, bajo el calor de principios de verano.
Pero alguien lo observaba. Allí fuera había alguien, estaba seguro. De repente le vino a la mente la imagen de la escopeta que había enterrado debajo del roble muchos años atrás, junto a la casa, en un agujero no demasiado profundo, quizás a unos treinta centímetros de la superficie, envuelta en un hule para que no se deteriorara. Carlisle también tenía armas en su casa, probablemente debajo de la cama, pero Edward no estaba seguro de si estaban en buen uso. Volvió a examinar la zona, pero no vio nada. Sin embargo, en aquel preciso instante, detectó un movimiento furtivo cerca de una pequeña arboleda, en la punta más alejada de la carretera.
Intentó enfocar la visión, pero no vio nada. Parpadeó, a la espera de un nuevo movimiento, mientras intentaba decidir si había sido fruto de su imaginación. De repente, se le erizó el vello en la nuca.
Emmet se movía con cautela, consciente de que precipitarse sería una imprudencia. Deseó haber ido con Jasper. Habría sido más fácil si su hermano se hubiera acercado desde otra dirección. Pero al menos Edward todavía estaba allí, a no ser que hubiera decidido salir a dar una vuelta. Sin embargo, en ese caso, Emmet habría oído el motor.
Se preguntó dónde estaba Edward exactamente. ¿Dentro de la casa, en el taller, o en algún otro sitio cerca? Esperaba que no estuviera en la casa, porque le costaría mucho acercarse sin ser visto. La choza de Carlisle estaba construida en un pequeño claro, con el río justo detrás, pero había ventanas en todos los lados y Edward podría ver cómo se acercaba. En ese caso, quizá sería mejor esperar hasta que saliera. El problema era que podía salir por la puerta de delante o por la de atrás, y Emmet no podía estar en los dos sitios a la vez.
Lo que realmente necesitaba era hacer algo para llamar su atención. De ese modo, cuando Edward saliera a averiguar qué pasaba, esperaría hasta tenerlo lo bastante cerca antes de apretar el gatillo. Se sentía seguro con la Glock hasta unos nueve metros de distancia.
Pero ¿qué podía hacer para llamar su atención?
Avanzó sigilosamente, evitando pisar los pequeños montones de piedras sueltas desperdigadas por el suelo. Aquella zona del condado estaba llena de margas. De repente, se le ocurrió una idea simple pero efectiva: lanzaría unas cuantas piedras, quizás incluso apuntaría directamente al coche o rompería el cristal de una ventana. Edward saldría disparado para averiguar qué pasaba, y entonces Emmet lo estaría esperando.
Agarró un puñado de cantos y se los guardó en el bolsillo. Edward avanzó sigilosamente hacia el lugar donde había visto el movimiento al tiempo que recordaba las alucinaciones que había experimentado desde la explosión en la plataforma. Todas le resultaban familiares. Alcanzó la punta del claro y echó un vistazo hacia el bosque, procurando calmar su corazón desbocado.
Se detuvo en seco y escuchó con atención. Cientos de estorninos cantaban encaramados a los árboles, quizá miles. De niño, siempre le había fascinado la forma en que emprendían el vuelo en bandada cuando él aplaudía con fuerza, como si estuvieran todos atados con una misma cuerda. En ese momento estaban alborotados, por algo.
¿Un aviso?
No lo sabía. Más allá, el bosque se abría misterioso; el aire era salobre y estaba impregnado de un profundo olor a madera podrida. Las ramas más bajas de los robles llegaban a ras de suelo antes de retorcerse hacia el cielo. Las plantas trepadoras y el musgo oscurecían el mundo a menos de un metro de distancia.
Por el rabillo del ojo, detectó de nuevo un movimiento furtivo y se volvió con rapidez. El aire se le quedó apresado en el pecho cuando vio a un hombre con el pelo negro y una cazadora azul que desaparecía detrás de un árbol. Edward podía oír el sonido de su propio corazón acelerado resonando estrepitosamente en sus oídos. Pensó que no era posible, que no era real, que no podía ser real. Sin embargo, sabía que no estaba viendo visiones.
Apartó las ramas de un roble y se adentró en el bosque con la intención de seguir al desconocido. «Ya estoy cerca», pensó Emmet. A través de la espesura, avistó la punta de la chimenea y se inclinó hacia delante, avanzando con más cautela. Ningún ruido, ningún sonido. Aquella era la clave para cazar, y Emmet siempre había sido un buen cazador.
Qué más daba si se trataba de un hombre o de un animal. Lo importante era que el cazador fuera lo suficientemente hábil.
Edward seguía abriéndose paso entre la tupida vegetación, sorteando los árboles. Le costaba respirar mientras procuraba acortar la distancia con el desconocido. Tenía miedo de detenerse, pero, con cada nuevo paso que daba, más asustado estaba.
Llegó al lugar donde había visto al hombre con el cabello negro y siguió adelante, en busca de cualquier señal de su presencia. Estaba empapado de sudor, y notaba la camisa pegada a la espalda. Resistió la repentina necesidad de gritar, preguntándose si sería capaz de emitir el más mínimo sonido si lo intentaba. Notaba la garganta totalmente reseca.
El suelo estaba seco; las hojas de pino crujían bajo sus pies. Edward saltó sobre un tronco caído y vio que el hombre de cabello negro agachaba la cabeza y se abría paso entre la maleza apartando unas ramas. La cazadora azul se agitaba a su espalda.
Edward empezó a correr hacia él.
Emmet se había ido acercando con sigilo a la enorme pila de leña situada en uno de los extremos del claro. Desde su posición privilegiada, podía ver el taller. La luz estaba encendida. Mantuvo la vista fija en la puerta durante casi un minuto, intentando detectar el más leve movimiento. Seguro que Edward había estado ahí dentro, pero en esos momentos no había ni rastro de él, ni tampoco en el porche ni en la parte de delante de la casa.
Debía de estar dentro o en el porche trasero. Emmet avanzó agazapado, buscando el cobijo de los árboles, hasta la parte trasera de la casa. Nada. Volvió a su punto de partida, junto a la pila de leña. Seguía sin detectar ninguna señal de Edward en el taller, lo que quería decir que debía estar en la casa. Probablemente habría entrado para beber agua, o quizá para mear. En cualquier caso, seguro que no tardaría en salir.
Se acomodó para esperarlo.
Edward vio al hombre por tercera vez. En aquella ocasión, se hallaba más cerca de la carretera. Aceleró el ritmo de su persecución, sintiendo cómo las ramas y los arbustos lo fustigaban sin clemencia, pero no tenía la impresión de estar acortando distancia. Empezó a disminuir la marcha gradualmente, resollando, antes de detenerse junto al margen de la carretera.
El hombre había desaparecido, si es que en realidad había estado en algún momento en el bosque. Edward ya no estaba seguro. La incómoda sensación de sentirse observado había desaparecido, al igual que aquel miedo invasivo; lo único que le quedaba era una sensación de cansancio y calor, mezclada con la impresión de insensatez y frustración.
Carlisle veía a Esme, y al parecer Edward veía a un hombre con el cabello negro que llevaba una cazadora azul. ¡Una cazadora, ni más ni menos, con aquel calor de principios de verano! ¿Estaba Carlisle tan desquiciado como él? Se quedó de pie, sin
moverse, esperando a que su respiración recuperara el ritmo normal. Estaba seguro de que aquel individuo lo seguía, pero ¿quién era? ¿Y qué quería de él? No lo sabía, pero cuanto más intentaba pensar en la visión que acababa de tener, más difusa le parecía. Era como sucede con un sueño apenas unos minutos después de despertar: poco a poco se va borrando de la mente, hasta que uno ya no está seguro de nada.
Sacudió la cabeza, contento de haber casi acabado con el Stingray. Quería regresar a la pensión para ducharse, tumbarse y reflexionar sobre ciertas cosas. El hombre del cabello negro, Isabella… Desde el accidente en la plataforma, su vida parecía haberse desequilibrado. Miró hacia el bosque y decidió que no tenía sentido regresar por el mismo camino. Era más fácil seguir la carretera; seguro que llegaba antes. Pisó el asfalto y empezó a andar, pero, en ese momento, se fijó en una vieja furgoneta aparcada un poco apartada de la carretera, detrás de unos arbustos.
Se preguntó qué hacía aquel vehículo allí. En esa zona del bosque no había nada, excepto la casa de Carlisle. Las ruedas no estaban pinchadas. Supuso que debía de tratarse de una furgoneta averiada y que su propietario probablemente habría ido a buscar ayuda. Edward se dirigió hacia el vehículo. La puerta estaba cerrada con llave. Colocó la mano sobre el capó y vio que aún estaba un poco caliente.
Probablemente llevaba aparcada una o dos horas.
No tenía sentido que estuviera oculta detrás de unos matorrales. Si había que remolcarla, lo mejor habría sido dejarla aparcada junto a la carretera. Parecía como si el conductor no quisiera que nadie viera la furgoneta. «¿Como si intentara ocultarla?»
De repente, las piezas empezaron a encajar en el rompecabezas. Recordó que aquella mañana había visto a Jasper, apoyado en una furgoneta. No era la misma, pero eso no significaba nada. Con cautela, examinó la zona alrededor de la furgoneta y se detuvo cuando descubrió unas ramas rotas en el suelo.
El punto de partida.
Alguien había seguido ese camino hacia la casa de Carlisle.
Cansado de esperar, Emmet sacó una piedra del bolsillo, pero pensó que, si rompía una ventana y Edward estaba ahí dentro, quizá decidiría atrincherarse y no salir. Pero un ruido era diferente. Cuando uno oía un ruido en el exterior, normalmente salía para averiguar qué pasaba. Probablemente Edward pasaría por delante de la pila de leña, solo a unos pocos metros de distancia. Imposible fallar el tiro.
Satisfecho con la idea, sacó varias piedras más del bolsillo. Con cautela, echó un vistazo por encima de la pila de leña. No había nadie junto a las ventanas. Se incorporó rápidamente y lanzó una piedra con tanta fuerza como pudo. En el momento en que se agachaba, la piedra chocó contra la pared, provocando un fuerte ruido seco.A su espalda, una bandada de estorninos alzó el vuelo desde los árboles con gran estrépito.
Edward oyó un golpe sordo. Una nube de estorninos revoloteó por encima de su cabeza antes de volverse a calmar rápidamente. El ruido no parecía ser el de un arma de fuego; era algo distinto. Aminoró la marcha, avanzando con sigilo hacia la casa de Carlisle.
Había alguien allí. Estaba seguro. Su primo, sin duda.
Emmet estaba furioso. Se preguntaba dónde diantre se había metido Edward.
¿Cómo podía ser que no hubiera oído el ruido? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no salía? Sacó otra piedra del bolsillo y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared.
Edward se quedó helado al oír un segundo golpe, esta vez más potente. Procuró relajarse y se acercó al claro con sigilo, buscando el origen del ruido. Emmet, oculto detrás de una pila de leña. Armado.
Le daba la espalda a Edward, y estaba vigilando la casa por encima de la pila de leña. ¿Acaso esperaba que saliera de la casa? ¿Haciendo ruido, intentando provocarlo para que saliera a averiguar qué pasaba?
De repente, Edward deseó haber desenterrado la escopeta. O, por lo menos, disponer de un arma. Había un montón de herramientas en el taller, pero de ninguna manera conseguiría llegar hasta allí sin que Emmet lo viera. Se debatió entre regresar a la carretera o no, pero probablemente Emmet no se marcharía, a menos que tuviera un motivo. Por su postura tensa, podía adivinar que su primo se estaba impacientando, y eso era bueno. La impaciencia era el peor enemigo de un cazador.
Edward se agazapó detrás de un árbol, pensando, esperando una oportunidad para hacerse con el control de la situación, sin recibir un tiro durante el proceso.
Pasaron cinco minutos, luego diez. Emmet seguía impacientándose. Nada, absolutamente nada. Ningún movimiento en la parte delantera, ni siquiera en las malditas ventanas. Pero el coche alquilado seguía aparcado en la explanada — podía ver el adhesivo en el parachoques— y alguien había estado en el taller. Estaba claro, que no podía ser Carlisle. Así que, si Edward no estaba en la parte delantera ni en la parte trasera, tenía que estar dentro, por narices.
Pero ¿y si había salido?
Quizás estaba viendo la tele, escuchando música… o durmiendo, o duchándose, ¡o quién sabía qué! Por algún motivo, no había oído los golpes de las piedras.
Emmet permaneció agazapado unos minutos más, cada vez más airado, hasta que al final decidió que no iba a quedarse más rato esperando. Alargó la cabeza para mirar por uno de los lados de la pila de leña y corrió en silencio hasta la casa; examinó la parte delantera y, al no ver nada, decidió avanzar de puntillas hasta el porche. Una vez allí, se pegó a la pared, entre la puerta y la ventana. Aguzó el oído, para ver si detectaba algún sonido o algún movimiento en el interior, pero no tuvo suerte. Ningún ruido de pisadas sobre las tablas de madera, ni del televisor, ni de música. Cuando estuvo seguro de que Edward no lo había visto, echó un vistazo a través del marco de la ventana. Colocó la mano en el pomo de la puerta y lo hizo girar lentamente.
No estaba cerrada con llave. Perfecto.
Emmet preparó la pistola.
Edward observó cómo Emmet abría lentamente la puerta. Tan pronto como la cerró tras él, corrió hasta el taller. Tenía más o menos un minuto, tal vez menos. Agarró la llave de cruz oxidada que había sobre el banco de trabajo y corrió sigilosamente hasta la parte frontal de la casa, pensando que en esos momentos Emmet se hallaría en la cocina o en la habitación. Rezó por no equivocarse.
Subió al porche y se pegó a la pared, justo en el mismo sitio donde su primo había estado unos momentos antes, aferrando con fuerza la llave de cruz y preparándose mentalmente. No tardó en oír cómo Emmet avanzaba a grandes zancadas hacia la puerta principal, soltando imprecaciones a viva voz. Cuando abrió la puerta, se fijó en la cara de pánico de su primo en el instante en que vio a Edward. Demasiado tarde.
Edward le atizó con la llave de cruz y sintió la vibración en su brazo cuando le aplastó la nariz. Incluso cuando Emmet se tambaleó bruscamente, chorreando sangre de un intenso color rojo, él no se amilanó. El hombre cayó de espaldas y Edward le atizó con la llave de cruz en el brazo extendido que todavía sostenía el arma; la pistola se deslizó por el suelo, lejos de su dueño. Al oír el crujido de sus huesos rotos, Emmet empezó a aullar de agonía.
Mientras se retorcía en el suelo, Edward cogió el arma y apuntó a su primo.
—Te dije que nunca más volvieras por aquí.
Esas fueron las últimas palabras que Emmet oyó antes de que se le quedaran los ojos en blanco. El intenso dolor le hizo perder el conocimiento.
Por más que odiara a su familia, no podía matar a Emmet. Sin embargo, no sabía qué hacer con él. Pensó que podría llamar al sheriff, aunque sabía que cuando se marchara del pueblo, con o sin juicio, no regresaría jamás, así que a Emmet no le harían nada. Edward pasaría muchas horas testificando, dando su versión de los hechos, que, sin lugar a dudas, despertaría sospechas. Después de todo, él era un Masen y, además, tenía antecedentes penales. Al final decidió que no valía la pena complicarse la vida.
Pero tampoco podía dejar a Emmet ahí tirado. Necesitaba que lo viera un médico. No obstante, si lo llevaba al hospital, seguramente llamarían al sheriff, y lo mismo sucedería si llamaba a una ambulancia.
Rebuscó en los bolsillos de su primo y encontró un teléfono móvil. Abrió la tapa y pulsó varias teclas hasta que apareció una lista de contactos en la que la mayoría de los nombres le eran familiares. Con eso le bastaría. Hurgó de nuevo en los bolsillos de Emmet, en busca de las llaves de la furgoneta, luego corrió hasta el taller y cogió varias cuerdas elásticas y un rollo de alambre, que utilizó para atar a su primo. Luego, cuando el sol se ocultó por completo, se lo colgó al hombro.
Llevó a Emmet hasta la furgoneta y lo echó en la banqueta trasera. Después se sentó en el asiento del conductor, puso el vehículo en marcha y condujo en dirección a las tierras donde se había criado. Para no llamar la atención, apagó los faros cuando se aproximó a los confines de la propiedad de los Masen, antes de detenerse junto al cartel de PROHIBIDO ENTRAR. Una vez allí, sacó a Emmet del vehículo y lo colocó sentado, con la espalda apoyada en el poste. Agarró el teléfono móvil y pulsó sobre uno de los contactos, el que estaba guardado bajo el nombre de Jasper. El teléfono sonó cuatro veces antes de que contestara. Edward podía oír una música estridente de fondo.
—¿Emmet? —gritó Jasper por encima del bullicio—. ¿Dónde diantre te has metido?
—No soy Emmet, pero será mejor que vayas a buscarlo. Está malherido —contestó Edward. Antes de que Jasper pudiera replicar, le indicó dónde podía encontrar a Emmet. Luego colgó y tiró el teléfono al suelo, entre las piernas de su primo.
Sin perder ni un segundo, se montó en la furgoneta y aceleró para alejarse de la propiedad. Después de arrojar el arma de Emmet al río, pensó que lo más apropiado sería pasar por la pensión para recoger sus cosas. Luego pensaba cambiar de vehículo y dejar la furgoneta de Emmet en el sitio donde la había encontrado, oculta detrás de los matorrales. Se proponía buscar un hotel fuera de Oriental, donde pudiera por fin ducharse y comer algo antes de irse a dormir.
Estaba cansado. Después de todo, había sido un día muy largo. Se alegraba de que se hubiera acabado.
Espero que disfrutaran de este capitulo.
Gracias por leer.
Besos!
