Hola!

Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 10

Edward corrió por la arena compacta cerca de la orilla, persiguiendo a los charranes sin mucho entusiasmo mientras se lanzaban en picado contra las olas. A pesar de que aún era temprano, la playa estaba concurrida por personas que habían salido a correr o a pasear a sus perros, y con niños que ya estaban construyendo castillos en la arena. Más allá de las dunas, la gente ocupaba los porches de sus casas, con los pies apoyados en las barandillas y bebiendo café, disfrutando de la mañana.

Había tenido mucha suerte de poder conseguir una habitación. En aquella época del año, los hoteles en la playa solían estar llenos, y tuvo que realizar varias llamadas hasta dar con uno que disponía de una habitación libre por una cancelación. Sus opciones eran o bien encontrar un hotel por allí cerca, o bien en New Bern. Y dado que el hospital estaba en New Bern, Edward decidió que era mejor mantenerse lo más alejado posible y permanecer escondido, porque sospechaba que Emmet no se daría por vencido.

A pesar de sus esfuerzos, no podía dejar de pensar en el hombre del cabello negro. Si no hubiera ido tras él, nunca habría sabido que Emmet estaba oculto, a la espera de atacar. La imagen (el fantasma) lo había avisado y Edward lo había seguido, tal como había sucedido en el océano después de la explosión en la plataforma.

No dejaba de darle vueltas a los dos incidentes, como un tiovivo incapaz de detenerse. Que le hubiera salvado la vida una vez podría haber sido una alucinación, pero ¿dos? Por primera vez, empezó a preguntarse si las apariciones del hombre del cabello negro no tendrían un propósito superior, como si lo estuviera salvando por una razón, aunque él no supiera de qué se trataba.

Incrementó el ritmo de la marcha, intentando escapar a sus pensamientos, y sus latidos también se aceleraron. Se quitó la camiseta sin aminorar el paso y la utilizó a modo de toalla para secarse el sudor de la cara. Fijó la vista en el embarcadero, a lo lejos, y decidió realizar un sprint hasta allí. Al cabo de tan solo unos minutos, notó que los músculos en las piernas le quemaban. Continuó forzando la máquina, intentando concentrarse en llevar el cuerpo al límite, pero sus ojos no paraban de mirar de un lado al otro, buscando inconscientemente al hombre del cabello negro.

Cuando llegó al embarcadero, en vez de aminorar la marcha, mantuvo el ritmo hasta regresar al hotel. Por primera vez desde hacía diez años, al acabar la carrera se sentía peor que cuando había empezado. Se inclinó hacia delante e intentó recuperar el aliento. Desde que había llegado al pueblo algo en su interior había cambiado. Todo a su alrededor se le antojaba indefiniblemente diferente. Y no por el hombre del cabello negro, ni por Emmet, ni porque Carlisñe hubiera muerto. Todo le parecía diferente por Isabella.

Ella ya no era solo un recuerdo del pasado. De repente, se había convertido en una persona innegablemente real, alguien de carne y hueso llegado de un pasado que nunca lo había abandonado. En más de una ocasión, una joven versión de Isabella lo había visitado en sueños, y se preguntó si estos cambiarían en el futuro. ¿Quién sería ella? No estaba seguro. La única certeza que tenía era que junto a Isabella se sentía completo, de una forma que pocas personas tenían la suerte de experimentar.

La playa había alcanzado su hora más tranquila; los más madrugadores regresaban ya a sus coches y los bañistas todavía no habían extendido las toallas en la arena. Las olas lamían la orilla con un ritmo pausado y un sonido hipnótico. Fijó la vista en el agua, al tiempo que los pensamientos sobre su futuro le inquietaban.

No importaba lo que sintiera por ella; debía aceptar que Isabella tenía esposo e hijos. Ya le había costado mucho acabar la relación con ella una vez; la idea de volver a perderla se le hacía insoportable. La brisa arreció, como susurrándole que sus horas con ella estaban contadas. Edward enfiló hacia el vestíbulo del hotel, exhausto y deseando con toda su alma que las cosas pudieran ser diferentes.

Cuanto más café bebía Isabella, más capaz de aguantar a su madre se sentía. Se hallaban en el porche trasero, con vistas al jardín. Su madre estaba sentada en una postura perfecta en una butaca de mimbre de color blanco, vestida como si esperara la visita del mismísimo gobernador, analizando todo lo que había sucedido la noche anterior. Parecía encantada con la posibilidad de detectar innumerables conspiraciones y juicios ocultos en los tonos y palabras que habían usado sus amigas durante la cena y las posteriores partidas de bridge.

Gracias a estas últimas, que se habían alargado y alargado, el encuentro que Isabella había esperado que durara una hora, máximo dos, se prolongó hasta las diez y media. Incluso a esa hora, se dio cuenta de que ninguna de las congregadas mostraba intención de irse a casa. Isabella empezó a bostezar. Lo cierto era que ni tan solo podía recordar de qué estaba hablando su madre en esos momentos.

Estaba segura de que las charlas habían seguido la misma tónica de siempre, las típicas conversaciones de los pueblos pequeños. Se hablaba de vecinos y de nietos, de quién estaba con los estudios más avanzados de la Biblia, de cómo colgar correctamente un juego de cortinas o de la subida del precio de las costillas supremas, todo sazonado con una dosis de chismes inofensivos. Temas triviales, en otras palabras. Sin embargo, solo su madre era capaz de elevar la importancia de esa clase de conversación hasta convertirlo en una cuestión nacional, por más desencaminada que estuviera. Su madre podía sacar defectos o tragedias de la chistera, con suma facilidad. Isabella se alegraba de que no hubiera empezado con la letanía de quejas hasta que hubo apurado su primera taza de café.

La razón por la que le costaba tanto concentrarse era que no podía dejar de

pensar en Edward. Había intentado convencerse a sí misma de que todo estaba bajo control, pero, entonces, ¿por qué seguía imaginando su cabello recio sobre el cuello de la camisa, o su atractiva figura con aquellos pantalones vaqueros? ¿Por qué seguía pensando en lo natural que le había parecido el abrazo que se habían dado cuando se habían reencontrado?

Llevaba suficiente tiempo casada como para saber que esos detalles eran menos relevantes que la verdadera amistad y la confianza, forjados por intereses comunes; unos pocos días juntos después de más de veinte años sin verse no bastaban para establecer de nuevo esa clase de vínculos. Se necesitaba mucho tiempo para llegar a considerar a alguien como un viejo amigo, y para consolidar la confianza. A veces pensaba que las mujeres mostraban una tendencia a ver lo que querían ver en un hombre, por lo menos al principio, y se preguntó si no estaría cometiendo el mismo error.

Entre tanto, mientras cavilaba sobre aquellas preguntas incontestables, su madre era incapaz de callar: hablaba y hablaba sin parar…

—¿Me estás escuchando? —Su madre interrumpió sus pensamientos.

Isabella bajó la taza.

—Claro que te estoy escuchando.

—Estaba diciendo que tendrías que practicar más tu habilidad a la hora de apostar.

—Hacía mucho tiempo que no jugaba, mamá.

—Por eso te he dicho que te unas a un club o que formes uno —insistió—. ¿O es que tampoco has oído esa parte?

—Lo siento, pero tengo otras cosas en la cabeza.

—Ya, la dichosa ceremonia, ¿no?

Isabella no hizo caso de la provocación: no se sentía de humor para discutir con su madre, aunque sabía que eso era precisamente lo que ella buscaba.

No había parado de provocarla desde que se había despertado, recurriendo a imaginarias escaramuzas de la noche pasada.

—Ya te dije que Carlisle quería que esparciéramos sus cenizas —explicó, manteniendo un tono conciliador—. Su esposa, Clara, también fue incinerada. Quizás él pensaba que sería la forma de unirse a ella de nuevo. Su madre no parecía haberla oído.

—¿Y cómo hay que ir vestido para tal ocasión? Me parece tan… engorroso.

Isabella se volvió hacia el río.

—No lo sé, mamá; todavía no lo he decidido.

La expresión de la cara de su madre era tan rígida y artificial como la de un maniquí.

—¿Y los niños? ¿Cómo están?

—Esta mañana no he tenido ocasión de hablar con Jared ni con Lynn. Pero supongo que estarán en plena forma.

—¿Y Jacob?

Isabella tomó un sorbo de café, para ganar tiempo. No deseaba hablar de su marido. No después de la disputa que habían tenido la última noche, la misma que se había convertido en una rutina para ellos, la misma que, seguramente, a esas horas, él ya habría olvidado. Los matrimonios, tanto los que funcionaban como los que no, se definían por la repetición.

—Está bien.

Su madre asintió, a la espera de más detalles, pero Isabella no añadió nada. En el silencio reinante, la mujer alisó la servilleta sobre la falda antes de continuar.

—Así que ¿cómo funciona esto? ¿Solo hay que arrojar las cenizas en el lugar donde él quería y ya está?

—Eso creo.

—¿Se necesita un permiso especial para hacer algo así? No me gustaría que la gente fuera por ahí arrojando cenizas por donde le viniera en gana.

—El abogado no dijo nada, por lo tanto, supongo que ya estará todo arreglado. Para mí representa un honor que Carlisle quisiera que yo formara parte de la ceremonia que había planeado.

Su madre se inclinó un poco hacia delante y sonrió con malicia.

—Oh, sí, claro, porque erais amigos.

Isabella se volvió hacia ella repentinamente. Estaba harta, de su madre, de Jacob, de todas las decepciones que habían conformado su vida.

—Sí, mamá, porque éramos amigos. Me gustaba su compañía. Carlisle era una de las personas más nobles que jamás he conocido.

Por primera vez, su madre pareció incómoda.

—¿Y dónde se llevará a cabo la ceremonia?

—¿Por qué muestras tanto interés? Es evidente que no apruebas el ritual.

—Solo era para darte conversación. —Su madre adoptó un porte airado—. No hay motivos para que te muestres tan desagradable.

—Quizá me muestro tan desagradable porque me siento molesta. O quizá sea porque aún esté esperando unas palabras de consuelo por tu parte. Ni tan solo un: «Lo lamento. Sé que significaba mucho para ti», que es lo que la gente suele decir en tales circunstancias.

—Quizá te lo habría dicho si supiera cuál era tu relación con él, ¿no te parece?

Pero me has estado mintiendo desde el primer día.

—¿Y no te has parado a pensar que tal vez seas tú la razón por la que me he visto obligada a mentir?

El rostro de su madre se alteró desagradablemente.

—No seas ridícula. Yo no he puesto las palabras en tu boca. Tú has sido la que ha decidido pasar unos días aquí, en esta casa, aprovechando que yo estaba de viaje. Tú has tomado las decisiones, no yo, y todas las decisiones tienen sus consecuencias. Has de aprender a asumir la responsabilidad de las elecciones que tomas.

—¿Crees que no lo sé? —Isabella podía notar que se acrecentaba la rabia en su interior.

—Creo que a veces puedes ser un poco egocéntrica —soltó su madre.

—¿Yo? —Isabella pestañeó—. ¿Tú me acusas a mí de ser egocéntrica?

—Por supuesto. Todos lo somos, hasta cierto punto. Lo único que digo es que a veces tú te excedes.

Isabella clavó la vista en la mesa, tan atónita que no podía ni replicar. Que su madre, entre todas las personas del mundo —¡su madre!—, la acusara de ser egocéntrica acabó de indignarla. En el mundo de su madre, el resto de los mortales no eran más que un reflejo de sí misma. Isabella eligió las palabras con sumo cuidado:

—No creo que sea una buena idea que continuemos hablando de este tema.

—Pues en mi opinión sí —contraatacó su madre.—¿Porque no te he contado nada de Carlisle?

—No. Porque creo que tiene que ver con los problemas que arrastras con Jacob.

La observación le provocó a Isabella una punzada de dolor en el pecho. Necesitó aunar todas sus fuerzas para mantener el tono y la expresión serena.

—¿Y por qué crees que Jacob y yo tenemos problemas?

Su madre mantuvo el tono neutro, aunque su voz transmitía una pizca de afección.

—Te conozco mejor de lo que crees, y el hecho de que no lo hayas negado demuestra que tengo razón. No estoy molesta porque no quieras hablar conmigo sobre lo que pasa en vuestro matrimonio; eso es una cuestión que os atañe exclusivamente a Jacob y a ti, y no hay nada que yo pueda decir ni hacer para ayudaros. Ambas lo sabemos. El matrimonio es una asociación, no una democracia, lo que me lleva a preguntarme, por supuesto, qué es lo que compartiste con Carlisle durante todos estos años. Supongo que no se trataba únicamente de ir a verlo, sino que tenías la necesidad de compartir algo con él.

Su madre dejó el comentario colgado en el aire y enarcó una ceja inquisitiva. En el silencio, Isabella intentó tragarse su asombro. Su madre volvió a alisar la servilleta sobre la falda.

—Bueno, supongo que cenaremos juntas, ¿no? ¿Qué prefieres, cenar en casa o que vayamos a un restaurante?

—Así que… ¿ya está? —explotó Isabella—. ¿Lanzas tus suposiciones y acusaciones, y luego cierras el tema?

La mujer entrelazó las manos sobre el regazo.

—Yo no he cerrado el tema. Eres tú la que se niega a hablar. Pero si estuviera en tu lugar, pensaría bien lo que quiero, porque, cuando regreses a tu casa, tendrás que tomar algunas decisiones acerca de tu matrimonio. Es posible que, a fin de cuentas, vuestra relación se salve, o quizá fracase, y el desenlace depende en buena parte de ti.

Sus palabras encerraban una verdad brutal. Después de todo, no se trataba solo de ella y de Jacob; también estaban sus hijos. De repente, se sintió exhausta.

Depositó la taza de café en el platito al tiempo que notaba que la abandonaba la intensa rabia que la había dominado apenas unos minutos antes, reemplazada por una simple sensación de derrota.

—¿Recuerdas la familia de nutrias que solía jugar cerca de nuestro embarcadero? ¿Cuando yo era niña? —preguntó finalmente. Sin esperar la respuesta, prosiguió—: Papá siempre me llamaba cuando aparecían y me llevaba a verlas. Nos sentábamos en la hierba y observábamos cómo chapoteaban y se perseguían las unas a las otras. Recuerdo que pensaba que eran los animales más felices del mundo.

—Lo siento, pero no entiendo adónde quieres ir a parar con esta…

—Volví a ver una familia de nutrias —la interrumpió Isabella—. El año pasado.

Cuando fuimos de vacaciones a la playa, visitamos el acuario en Pine Knoll Shores. Tenía muchísimas ganas de ver la nueva sala que habían abierto. Probablemente, le hablé a Annette una docena de veces sobre las nutrias que había detrás de nuestra casa, y ella también se moría de ganas de verlas, pero, cuando finalmente estuvimos allí, no fue lo mismo que cuando yo era pequeña. Vimos las nutrias, sí, pero estaban durmiendo en un rincón. Aunque nos pasamos bastantes horas en el acuario, no se movieron en ningún momento. Cuando salimos, Annette me preguntó por qué no estaban jugando. No supe qué contestarle. Pero después me sentí… triste, porque comprendí por qué no jugaban esas nutrias.

Hizo una pausa y deslizó el dedo por el borde de la taza de café antes de mirar a su madre a los ojos.

—No eran felices. Las nutrias sabían que no vivían en un río de verdad.

Probablemente no entendían por qué había sucedido tal cosa, pero parecían comprender que estaban en una jaula de la que no podían salir. No era la clase de vida que habían esperado, ni siquiera la que querían, pero no había nada que pudieran hacer para cambiar las circunstancias.

Por primera vez desde que se había sentado a la mesa, su madre no pareció segura sobre qué decir. Isabella apartó la taza de café antes de levantarse de la mesa. Mientras se alejaba, oyó a su madre carraspear y se volvió hacia ella.

—Supongo que me has contado esa historia por algún motivo, ¿no? —preguntó su madre.

Ella le dedicó una sonrisa cansada.

—Sí —contestó con una voz suave—. Así es.


Espero que disfrutaran el capitulo.

Gracias por leer.

Besos!