Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 11
Edward bajó la capota del Stingray y se apoyó en el maletero, a la espera de Isabella. Había una sensación pesada y sofocante en el aire, como si se presagiara una tormenta, seguramente para la tarde. Se preguntó si Carlisle tendría un paraguas guardado en algún rincón de la casa. Lo dudaba. Le costaba tanto imaginarlo con un paraguas como vestido con un traje, pero ¿quién sabía? Por lo visto, era una caja de sorpresas.
Una sombra se desplazó cerca del suelo. Edward alzó los ojos y vio un águila pescadora, que volaba en círculos lentos y tranquilos. Por fin apareció el coche de Isabella en la carretera. La gravilla crujió bajo las ruedas del vehículo cuando se detuvo en una zona a la sombra, junto al suyo.
Ella salió del coche, sorprendida por los pantalones negros y la camisa blanca y fresca que lucía Edward. Le quedaba perfecta. Con la americana colgada de forma desenfadada del hombro, estaba realmente apuesto, lo que solo consiguió que las palabras pronunciadas por su madre parecieran incluso más proféticas. Resopló con fatiga, preguntándose qué iba a hacer.
—¿Llego tarde? —preguntó al tiempo que enfilaba hacia él.
Edward la observó a medida que se acercaba. Incluso a poca distancia, los rayos de la mañana iluminaban las profundidades celestes de sus ojos, como las aguas puras de un lago bañadas por el sol. Isabella llevaba un traje pantalón de color negro, con una blusa de seda sin mangas y un medallón de plata en el cuello.
—No —contestó él—. He venido antes porque quería asegurarme de que el
coche estuviera listo.
—¿Y?
—El mecánico que lo ha arreglado ha hecho un buen trabajo.
Ella sonrió y, al llegar a su lado, lo besó en la mejilla, casi instintivamente.
Edward no pareció estar seguro de cómo interpretar aquella muestra de afecto; su confusión reflejaba la suya. Isabella oyó de nuevo el eco de las palabras de su madre. Con la cabeza, señaló hacia el coche, intentando escapar de aquella sensación incómoda.
—¿Has bajado la capota? —preguntó.
—Pensé que podríamos ir a Vandemere con él.
—No es nuestro coche.
—Lo sé, pero necesita que lo conduzcan. De ese modo, sabré si va correctamente. Créeme, el propietario querrá estar seguro de que todo funciona a la perfección antes de salir a dar una vuelta por ahí.
—¿Y si se avería?
—No se averiará.
—¿Estás seguro?
—Seguro.
En los labios de Isabella se perfiló una sonrisa.
—Entonces, ¿por qué necesitas probarlo?
Él abrió las manos, como si lo hubiera pillado.
—De acuerdo, quizás es que solo me apetece conducirlo. Es prácticamente un pecado dejar un coche como este encerrado en un taller, en especial teniendo en cuenta que el propietario no sabrá que he dado una vuelta con él. Además, tiene las llaves puestas en el contacto.
—A ver si lo adivino: cuando hayamos acabado, lo pondremos sobre unos ladrillos y daremos marcha atrás, para trucar el cuentakilómetros, ¿no? ¿Y que el dueño no se entere?
—Eso no funciona.
—Lo sé. Lo aprendí cuando vi la película Todo en un día. —Rio como una niña
traviesa.
Edward se apoyó otra vez en el maletero y la observó de arriba abajo.
—Por cierto, estás deslumbrante.
Aquel halago hizo que Isabella sintiera un intenso sofoco en el cuello. Se preguntó por qué no era capaz de contener el rubor en presencia de Edward.
—Gracias —respondió al tiempo que se colocaba un mechón detrás de la oreja, estudiándolo con atención, manteniendo cierta distancia entre ellos—. Me parece que es la primera vez que te veo con traje. ¿Es nuevo?
—No, pero no me lo pongo muy a menudo. Es solo para ocasiones especiales.
—Creo que a Carlisle le habría gustado. ¿Qué hiciste anoche?
Edward pensó en Emmet y en todo lo que había sucedido, incluido el cambio de hotel en la playa.
—No gran cosa. ¿Qué tal la cena con tu madre?
—¡Bah! No vale la pena hablar de ello —replicó. Acto seguido, se montó en el coche y pasó la mano por el volante antes de alzar la vista hacia él—. Sin embargo, esta mañana hemos tenido una conversación muy interesante.
—¿Ah, sí?
Isabella asintió.
—Me ha hecho pensar en este último par de días. En mí, en ti, en la vida, en todo. Y de camino hacia aquí, me he alegrado de que Carlisle nunca te hablara de mí.
—¿Por qué lo dices?
—Porque ayer, cuando estábamos en el taller… —Isabella vaciló, como si intentara buscar las palabras adecuadas—. Creo que no estuve acertada; me refiero a mi comportamiento. Quiero pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Es difícil de explicar. Quiero decir…
Cuando Isabella volvió a hacer otra pausa, Edward la observó antes de avanzar un paso hacia ella.
—¿Estás bien?
—No lo sé. Ya no sé nada. Cuando éramos jóvenes, las cosas eran mucho más sencillas.
Edward vaciló.
—¿Qué intentas decirme?
Ella lo miró a los ojos.
—Tienes que comprender que ya no soy la jovencita que conociste. Tengo esposo e hijos, y, como el resto de los mortales, no soy perfecta. He de asumir las elecciones que he tomado en la vida, y cometo errores. Además, la mitad del tiempo me pregunto quién soy en realidad, o qué estoy haciendo, o si mi vida tiene sentido. No soy una persona especial, Edward, en absoluto, y creo que necesitas saberlo. Tienes que comprender que solo soy una persona… normal y corriente.
—No eres una persona normal y corriente.
El aspecto de Isabella era afligido aunque inquebrantable.
—Ya sé que eso es lo que crees, pero lo soy. Y el problema es que esta situación no es normal y corriente. Me siento completamente fuera de lugar. Me gustaría que Carlisle te hubiera mencionado, para que hubiera podido prepararme para este fin de semana. —Inconscientemente, alzó la mano para acariciar el medallón—. No quiero cometer un error.
Edward apoyó el peso de su cuerpo primero en una pierna y luego en la otra. Comprendía perfectamente por qué ella había hecho ese comentario; era una de las razones por las que siempre la había amado, aunque sabía que no podía pronunciar esas palabras en voz alta. Sabía que no era lo que Isabella quería escuchar, así que, en lugar de eso, mantuvo la voz tan conciliadora como pudo.
—No has hecho nada malo. Nos hemos dedicado a hablar, hemos comido juntos y hemos recordado el pasado… Eso es todo.
—Sí, sí que lo he hecho. —Isabella sonrió, pero no pudo ocultar su tristeza—. No le he dicho a mi madre que tú estás aquí. Ni tampoco se lo he dicho a mi
esposo.
—¿Quieres hacerlo? —le preguntó él.
Esa era la cuestión, ¿no? Sin tan solo ser consciente de ello, su madre le había formulado la misma pregunta. Isabella sabía lo que debía contestar, pero allí, en ese preciso instante y en casa de Carlisle, las palabras simplemente se negaban a salir de su boca. Poco a poco, empezó a negar de forma instintiva con la cabeza.
—No —aceptó al final.
Edward pareció detectar el miedo que ella sentía ante su propia confesión,
porque le cogió la mano.
—Vayamos a Vandemere, a rendir nuestro homenaje a Carlisle, ¿de acuerdo? Isabella asintió, sucumbiendo a la suave premura de su tacto, sintiendo que otra parte de ella cedía, empezando a aceptar que no tenía el control absoluto de lo que pudiera suceder a partir de ese momento.
Edward la acompañó hasta el otro lado del coche y le abrió la puerta. Isabella tomó asiento, sintiendo un leve mareo mientras él retiraba el estuche que contenía las cenizas de Carlisle de su vehículo alquilado. Lo colocó detrás del asiento del conductor, junto con su americana, de forma que quedara apresado y no volcara, antes de sentarse al volante. Después de sacar la hoja con las direcciones, Isabella también dejó el bolso en el asiento trasero.
Edward pisó el pedal antes de girar la llave de contacto; el motor cobró vida con un rugido. Lo revolucionó varias veces y el coche vibró levemente. Cuando la aguja del cuenta revoluciones se quedó estable, dio marcha atrás para salir del taller y condujo despacio hacia la carretera, procurando evitar los baches. El sonido del motor se apaciguó solo un poco cuando atravesaron Oriental y entraron en la silenciosa autopista.
A media que Isabella empezaba a relajarse, descubrió que, por el rabillo del ojo, podía ver todo lo que necesitaba. Edward mantenía una mano sobre el volante, una postura dolorosamente familiar de los largos paseos que solían dar en coche antaño. Él adoptaba aquella postura cuando se sentía totalmente cómodo. Ella detectó de nuevo aquel sentimiento en él mientras cambiaba de marcha y los músculos de su antebrazo se tensaban y se relajaban.
El cabello de Isabella se agitó a su alrededor cuando el vehículo aceleró, así que se lo recogió en una cola de caballo. Había demasiado ruido como para intentar hablar, pero a Isabella ya le iba bien. Se sentía complacida con la posibilidad de estar sola con sus pensamientos, sola con Edward. A medida que los kilómetros iban quedando atrás, sintió que la tensión inicial se disipaba, como si el viento se la llevara a su paso.
Edward mantuvo la velocidad constante, a pesar de la vacía extensión de la carretera. Parecía que no tenía prisa. Y ella tampoco. Isabella estaba en un coche con un hombre al que había amado mucho tiempo atrás, dirigiéndose hacia un lugar desconocido para ambos. Solo unos pocos días antes, la idea le habría parecido ridícula. Era una locura, algo inimaginable, pero, a la vez, había algo de excitante en todo aquello. Durante un ratito, aunque no fuera mucho, no era esposa, ni madre, ni hija. Hacía muchos años que no se sentía así de libre.
Edward siempre la había hecho sentir así. Le contempló poner el codo en el marco de la ventana e intentó pensar en alguien que se asemejara mínimamente a él. Había dolor y tristeza perfilados en las líneas de las comisuras de sus ojos, y también inteligencia, y no pudo evitar preguntarse cómo habría sido Edward como padre. Sospechaba que habría sido bueno. Era fácil imaginarlo como la clase de papá capaz de pasarse horas y horas lanzando y recogiendo una pelota de béisbol, o intentando trenzarle el cabello a su hija, aunque no tuviera habilidad para hacerlo. Había algo insólitamente tentador y prohibido en aquello.
Cuando Edward desvió la vista para mirarla, Isabella que estaba pensando en ella, y se preguntó cuántas noches en la plataforma petrolífera había hecho lo mismo. Al igual que Carlisle, era una de esas extrañas personas que podían amar una sola vez en la vida; por otro lado, estar separada del ser querido solo conseguía fortalecer tales sentimientos. Dos días antes, le había parecido desconcertante, pero en cambio ahora lo comprendía, ya que Dawson no había tenido ninguna otra elección. El amor, después de todo, siempre expresaba más acerca de aquellos que lo sentían que de los que amaban. La brisa del sur los envolvió con el perfume a mar abierto. Isabella cerró los ojos, disfrutando del momento. Cuando al final llegaron a los confines de Vandemere, Edward desplegó la hoja con las direcciones que Isabella le había entregado y la repasó rápidamente antes de asentir con la cabeza.
Más que un pueblo, Vandemere era una aldea con unos pocos centenares de habitantes. Desde la carretera, Isabella vio varias casas dispersas y una pequeña tienda de ultramarinos con un surtidor de gasolina frente a la fachada principal.
Un minuto más tarde, Edward tomó una curva y se adentró en un camino sin asfaltar lleno de surcos que se alejaba de la carretera principal. Isabella no tenía ni idea de cómo había podido ver el desvío; con la maleza, era prácticamente invisible desde la carretera.
Empezaron a avanzar despacio, tomando primero una curva y luego otra, sorteando los troncos caídos, derribados por las tormentas, y siguiendo los
contornos dibujados suavemente en el paisaje. El motor, que rugía con potencia en la autopista, parecía haber enmudecido, absorbido por un exuberante paisaje que los envolvía por todos los costados. El camino se estrechaba aún más a medida que avanzaban, y unas ramas bajas, cubiertas de musgo, acariciaron el coche a su paso.
Las azaleas, con sus exuberantes e indomables flores abiertas, competían con las plantas trepadoras por conseguir la luz del sol, oscureciendo la vista a ambos lados.
Edward se inclinó sobre el volante, conduciendo con cautela milimétrica, con cuidado para no arañar la pintura del coche. Por encima de sus cabezas, el sol se ocultó detrás de otra nube, lo que matizó aún más las envolventes tonalidades verdes.
El camino se ensanchó un poco después de tomar una curva y luego otra.
—¿Estás seguro de que es el camino correcto? —preguntó ella.
—Según el mapa, lo es.
—¿Por qué está tan lejos de la carretera principal?
Edward se encogió de hombros, tan perplejo como ella. Después de tomar la última curva, instintivamente pisó el freno y detuvo el vehículo en seco. De repente, los dos supieron la respuesta.
Gracias por leer.
Besos!
