Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Advertencia capitulo Extra Largo.
Capitulo 12
El último tramo del camino acababa frente a una pequeña casa enclavada en medio de un bosque de robles centenarios. La estructura desportillada, con la pintura ajada y los postigos que habían empezado a ennegrecerse por los cantos, estaba flanqueada por un porche de piedra enmarcado con columnas blancas. Con el paso de los años, una de las columnas había quedado recubierta por una parra, que se enredaba hasta llegar al tejado. Cerca de los peldaños, había una silla de metal, y en una punta del porche sobresalía una pequeña maceta con geranios en flor, que agregaba una nota de color a la vieja estructura.
Sin embargo, los ojos de Isabella y Edward se desviaron inevitablemente hacia el prado de flores silvestres. Miles de ellas, un manto de mil y un colores se extendía casi hasta los peldaños del porche. Un mar de tonalidades rojas, naranjas, lilas, azules y amarillas que llegaba casi hasta la cintura se mecía cadenciosamente bajo la suave brisa. Cientos de mariposas revoloteaban sobre el prado, mareas de colores que ondeaban bajo el sol. Junto al prado había una pequeña valla de listones de madera, apenas visible a través de las azucenas y los gladiolos.
Isabella miró a Edward con asombro, y luego contempló el prado de flores otra vez. Parecía casi una fantasía, la visión del paraíso celestial imaginada por un ser humano. Se preguntó cómo y cuándo había plantado Carlisle todas esas flores.
Enseguida dedujo que había plantado las flores silvestres para Esme. Las había plantado para expresar lo que ella significaba para él.
—Es increíble —suspiró impresionada.
—¿Sabías algo de esto? —La voz de Edward reflejaba su asombro.
—No —contestó ella—. Lo único que sabía era que este lugar era el refugio de Carlisle y de Esme.
En ese preciso instante, tuvo una imagen muy vívida de Esme sentada en el porche mientras Carlisle permanecía de pie, apoyado en una columna, gozando de la impresionante belleza del jardín silvestre. Edward levantó el pie del freno y el coche rodó despacio hacia la casa. Los colores se mezclaban como gotas de pintura fresca que se extendían al sol.
Después de aparcar cerca de la casa, se apearon del vehículo y continuaron contemplando la escena. Había un sendero angosto y serpenteante, visible entre las flores. Fascinados, vadearon el mar de colores bajo un cielo fragmentado. El sol volvió a emerger por detrás de una nube. Isabella pudo sentir cómo su calidez ayudaba a dispersar el perfumado aroma que la rodeaba. Todos sus sentidos estaban amplificados, como si aquel día hubiera sido creado solo para ella.
A su lado, Edward le buscó la mano. Entrelazaron los dedos. A ella le pareció un gesto genuinamente natural. Isabella pensó que podría repasar los años de duro trabajo grabados en cada una de sus callosidades; diminutas heridas que surcaban sus palmas, aunque su tacto era increíblemente gentil. Se dio cuenta de que Edward también habría creado un jardín como aquel para ella.
«Para siempre», había grabado Edward en el banco de trabajo de Carlisle. Una promesa de adolescentes, nada más; sin embargo, Edward había sido capaz de mantenerla viva. En ese momento, ella podía notar la fuerza de aquella promesa, una fuerza que llenaba la distancia entre ellos mientras se abrían paso entre las flores. A lo lejos, se oyó el distante fragor de un trueno.
Isabella tuvo la extraña sensación de que el trueno la llamaba y le pedía que escuchara.
Sin querer, le rozó el hombro a Edward con el suyo. Aquel gesto le aceleró el pulso.
—Me pregunto si estas flores vuelven a crecer, o si Carlisle tenía que plantar las semillas todos los años —murmuró Edward.
El sonido de su voz sacó a Isabella de su ensimismamiento.
—Reconozco algunas —contestó ella, con una voz que se le antojó extraña incluso a sus oídos—. Las hay que vuelven a crecer; en cambio, hay otras que es necesario plantar de nuevo.
—¿Así que Carlisle estuvo aquí a principios de año, para plantar más semillas?
—Seguramente. Veo encajes de la reina Ana. Mi madre tiene esas flores: mueren cuando llega el invierno.
Los siguientes minutos los dedicaron a pasear por el sendero. Isabella iba señalando las flores anuales que conocía: rudbeckias bicolores, liátrides, campanillas y ásteres, mezcladas con plantas perennes como nomeolvides, sombreritos mexicanos y amapolas orientales. No parecía haber una organización formal del jardín; era como si Dios y la naturaleza se hubieran salido con la suya, por más que Carlisle hubiera intentado establecer un orden. Sin embargo, de algún modo, la exuberancia silvestre resaltaba la belleza del jardín, y mientras caminaban entre la caótica paleta de colores, Isabella solo podía pensar en lo contenta que estaba de que Edward estuviera allí con ella para poder compartir aquel sueño juntos.
La brisa arreció, refrescando el aire y acomodando más nubes. Isabella observó cómo él alzaba la vista al cielo.
—La tormenta ya está cerca —advirtió él—. Será mejor que ponga la capota del coche.
Isabella asintió, pero no lo soltó. En parte temía que él no volviera a cogerle la mano, que no tuvieran otra oportunidad. Pero Edward tenía razón: las nubes se estaban tornando más oscuras.
—Espérame dentro —dijo Edward, con una voz que expresaba también su reticencia, y lentamente desenlazó los dedos de los de ella.
—¿Crees que la puerta estará cerrada con llave?
—Me apuesto lo que quieras a que no. —Él sonrió—. No tardaré más de un minuto.
—¿Te importa coger mi bolso del asiento trasero?
Edward asintió y, mientras ella observaba cómo se alejaba, recordó que, antes de enamorarse, se había encaprichado de él. Todo había empezado como un amor platónico, el típico enamoramiento adolescente que la impulsaba a garabatear su nombre en las libretas cuando se suponía que tenía que estar haciendo los deberes.
Nadie, ni siquiera Edward, sabía que no había sido un accidente que los dos acabaran formando pareja en el laboratorio de química. Cuando la profesora pidió a los alumnos que buscaran pareja, ella inventó una excusa para ir al baño y, cuando regresó, Edward era, como de costumbre, el único que quedaba. Sus 1amigas le dedicaron miradas de consideración, pero ella se sintió secretamente entusiasmada con la idea de pasar unas horas con el chico enigmático y callado que, de algún modo, parecía ser más inteligente de lo que le tocaba por su edad.
Después de tantos años, mientras él cerraba la puerta del coche, la historia parecía repetirse, y Isabella sintió el mismo entusiasmo. Había algo de él que solo Isabella percibía, una conexión que había echado de menos durante todo el tiempo que habían estado separados. Y, en cierto modo, sabía que lo había estado esperando, igual que él la había estado esperando a ella.
No podía imaginar no volver a verlo nunca más; no podía separarse de Edward para que de nuevo se convirtiera en un recuerdo. El destino —bajo la forma de Carlisle— había intervenido. De camino hacia la casa, supo que había una razón para ello. Todo aquello tenía que significar algo. Después de todo, el pasado ya no existía; el futuro era lo único que les quedaba.
Edward había acertado: la puerta principal no estaba cerrada con llave. Al entrar, lo primero que pensó fue que era evidente que aquella casa era el refugio de Esme.
A pesar de que tenía el mismo suelo de tablas de madera de pino deterioradas, las mismas paredes de cedro e idéntica distribución que la casa en Oriental, había cojines de llamativos colores sobre el sofá y fotos en blanco y negro dispuestas armoniosamente en las paredes. Las tablas de madera habían sido lijadas y pintadas de color celeste, y las grandes ventanas inundaban la estancia con luz natural. Había dos estanterías blancas hechas a medida, en las que se alternaban los libros con las figuritas; obviamente, Esme se había dedicado a coleccionarlas a lo largo de los años. Una intrincada colcha tejida a mano descansaba sobre el respaldo de una butaca, y no había ni una mota de polvo en las mesillas de estilo rústico. En cada rincón de la estancia había una lámpara de pie, y en una esquina, cerca de una radio, una versión más pequeña de la foto de las bodas de plata.
A su espalda, oyó que Edward entraba en la casa. Permaneció unos momentos en el umbral, callado, sosteniendo la americana y el bolso de Isabella; por lo visto, no encontraba las palabras necesarias.
Ella tampoco podía ocultar su propia sorpresa.
—Es un sitio muy especial, ¿verdad?
Edward contempló la estancia.
—Me pregunto si no habremos ido a parar a la casa equivocada.
—No te preocupes —dijo ella, señalando hacia la foto—. Es la casa correcta. Pero es más que obvio que este era el refugio de Esme, no el de Carlisle. Y que él nunca lo cambió.
Edward dobló la americana sobre el respaldo de una silla y luego colgó el bolso de Isabella en el mismo sitio.
—No recuerdo haber visto nunca la casa de Carlisle tan limpia. Supongo que Jenks habrá contratado a alguien para que prepare este sitio para nosotros.
Isabella estaba de acuerdo. Recordó que el abogado había mencionado sus planes de pasarse por allí, así como sus instrucciones de que esperaran hasta el día después de la reunión para ir hasta Vandemere. El hecho de que la puerta no estuviera cerrada con llave confirmaba sus sospechas.
—¿Has visto ya el resto de la casa? —se interesó él.
—Todavía no. Estaba ocupada intentando averiguar cuál era el lugar que Esme tenía reservado para Carlisle. Es más que obvio que no le dejaba fumar aquí dentro.
Edward señaló con el pulgar por encima del hombro, hacia la puerta abierta.
—Lo que explica la silla en el porche. Probablemente ese era el sitio que ella le tenía reservado.
—¿Incluso después de la muerte de Esme?
—Probablemente Carlisle tenía miedo de que el fantasma de Esme apareciera de repente y le regañara si se atrevía a encender un cigarrillo dentro.
Isabella sonrió, y los dos se dispusieron a explorar las estancias, rozándose sin querer mientras deambulaban por el comedor. Del mismo modo que en la casa en Oriental, la cocina estaba ubicada en la parte posterior, con vistas al río, pero en aquella cocina todo hablaba de Esme, desde los armarios blancos y las complicadas volutas en las molduras hasta los azulejos de color blanco y azul que cubrían la encimera. Una tetera reposaba sobre uno de los fogones, y en la encimera había un jarrón con flores silvestres, obviamente del jardín. Delante de la ventana, había una mesa y, sobre ella, dos botellas de vino, uno tinto y el otro blanco, junto con dos copas resplandecientes.
—Me parece que Carlisle se está volviendo predecible —comentó EDward, con la vista fija en las botellas.
Isabella se encogió de hombros.
—Hay cosas peores.
Admiraron la vista del río Bay a través de la ventana, callados, ya que no había necesidad de decir nada más. Allí de pie, junto a él, Isabella se sentía arropada por la familiaridad de aquel silencio. Podía notar el leve movimiento ascendente y descendente en el pecho de Edward mientras respiraba. Tuvo que reprimir la tentación de cogerle la mano de nuevo. En un acuerdo tácito, los dos se apartaron de la ventana y prosiguieron inspeccionando el lugar.
Frente a la cocina, había una habitación en cuyo centro destacaba una mullida cama con dosel. Las cortinas eran blancas, y la cómoda no tenía ni los arañazos ni las abolladuras de los muebles de la casa de Carlisle en Oriental. Sobre cada una de las mesitas de noche reposaba una lamparita de cristal, ambas idénticas, y en la pared opuesta al armario había colgado un cuadro con un paisaje impresionista.
La habitación disponía de cuarto de baño, en el que había una bañera de estilo clásico: Isabella siempre había soñado con una así. Encima de la pila, había un espejo antiguo, y ella se fijó en su imagen reflejada al lado de la de Edward. Era la primera vez que veía una imagen de los dos juntos desde que se habían reencontrado. Se le ocurrió que, en todos los años de adolescencia, nunca se habían hecho una foto juntos. Era algo de lo que habían hablado a menudo, pero que nunca habían tenido la oportunidad de hacer.
Ahora se arrepentía, pero ¿y si hubiera tenido aquella foto? ¿La habría depositado en el fondo de un cajón y se habría olvidado de ella, solo para redescubrirla de vez en cuando? ¿O la habría guardado en un sitio especial, un lugar que solo ella supiera? No lo sabía, pero el hecho de contemplar la cara de Edward, tan cerca de la suya, a través del espejo del cuarto de baño, se le antojaba algo increíblemente íntimo.
Hacía mucho tiempo que nadie la hacía sentirse atractiva, como en esos momentos. Se sentía atraída por Edward. Se deleitó contemplando su reflejo de perfil, la grácil soltura de su cuerpo. Isabella era consciente de la comprensión casi primaria que existía entre ellos. Aunque solo habían estado juntos un par de días, confiaba instintivamente en él, y sabía que se lo podía contar todo. Sí, habían discutido la primera noche mientras cenaban, y luego otra vez a causa de la familia Weber, pero también había una sinceridad incuestionable en lo que se habían dicho. No existían significados ocultos ni intentos secretos de emitir juicios; tan pronto como habían expresado en voz alta sus desavenencias, habían zanjado la cuestión.
Isabella continuó estudiando a Edward a través del espejo. Él se giró y la miró a los ojos en el reflejo. Sin desviar la vista, le apartó con ternura un mechón de pelo que le caía sobre la cara. Luego se marchó, dejándola con la certeza de que, fueran cuales fueran las consecuencias, su vida había cambiado de una forma que jamás habría creído posible.
Isabella pasó por el comedor para recoger su bolso. Edward estaba en la cocina.
Acababa de abrir una botella de vino y estaba llenando dos copas. Le ofreció una. Se dirigieron al porche sin decir nada. Las nubes oscuras en el horizonte se habían ido compactando, originando una ligera neblina. En la ladera boscosa que conducía hasta el río, las hojas habían adoptado una vibrante tonalidad verde oscura.
Isabella dejó la copa a un lado y buscó algo en el bolso. Sacó los dos sobres, le entregó a Edward el que tenía su nombre y depositó el otro, el que se suponía que tenían que leer antes de la ceremonia, en su regazo. Contempló cómo Edward doblaba el sobre y se lo guardaba en el bolsillo trasero.
Acto seguido, Isabella le ofreció el sobre en blanco.
—¿Estás listo?
—Adelante.
—¿Quieres abrirlo tú? Según Jenks, tenemos que leerlo antes de la ceremonia.
—No, ábrelo tú —propuso él, al tiempo que acercaba más su silla a la de Isabella.
Ella levantó la punta del sello y, con cuidado, acabó de abrir la solapa. Desdobló la carta y se quedó sorprendida al ver numerosos garabatos en las hojas. Había muchas palabras tachadas y las líneas torcidas mostraban un temblor general, reflejo de la edad de Carlisle. Era larga, tres páginas escritas por delante y por detrás.
Isabella se preguntó cuánto tiempo había necesitado Carlisle para redactarla. La fecha era del 14 de febrero de aquel mismo año. El día de San Valentín. De algún modo, la fecha le pareció apropiada.
—¿Estás listo? —le preguntó.
Cuando Edward asintió, Isabella se inclinó hacia delante y los dos empezaron a leer:
Queridos Isabella y Edward:
Gracias por venir. Y gracias por hacer esto por mí.
No sabía a quién más podía pedírselo. No es que se me dé muy bien escribir, así que supongo que la mejor forma de empezar es deciros directamente que lo que os voy a contar es una historia de amor. La de Esme y mía, por supuesto y, aunque supongo que os podría aburrir con todos los detalles de nuestro noviazgo o de los primeros años de casados, nuestra historia real —la que oiréis a continuación— empezó en 1942. Por entonces, llevábamos tres años casados y Esme ya había sufrido su primer aborto. Yo sabía que había sido un golpe muy duro para ella, y para mí también, porque no había nada que pudiera hacer. A veces, los momentos difíciles separan a las parejas. En cambio, a otras, como a nosotros, las unen aún más. Pero ya me estoy desviando del tema; es algo que sucede con frecuencia, cuando uno se hace mayor; ya lo veréis. Como iba diciendo, era 1942, y aquel año, fuimos a ver Mi chica y yo por nuestro aniversario, con Gene Kelly y Judy Garland.
Era la primera vez que íbamos al cine. Tuvimos que ir en coche hasta Raleigh. Cuando se acabó, nos quedamos sentados en las sillas después de que encendieran las luces, pensando en la película. Dudo que la hayáis visto y no pienso aburriros contándoos los detalles, pero va sobre un hombre que se mutila a sí mismo para no tener que combatir en la Gran Guerra. Luego ha de volver a cortejar a la mujer a la que ama, una mujer que, después de lo que ha hecho, lo toma por un cobarde. Por entonces, yo había recibido una carta del Ejército, así que había partes de la película que me resultaban muy cercanas, porque yo tampoco quería abandonar a mi chica para ir a combatir, pero ninguno de los dos quería pensar en ello. En lugar de eso, hablamos sobre la canción que tenía el mismo nombre que la película. Erala melodía más bonita y más pegadiza que jamás habíamos oído. Nos pasamos todo el trayecto de vuelta a casa cantándola una y otra vez.
Una semana más tarde, me alisté en la Marina. Parece extraño, porque, tal y como he dicho, me iban a llamar a filas en el Ejército de Tierra, y, sabiendo lo que ahora sé, quizás habría sido una elección más acertada, teniendo en cuenta mi empleo como mecánico y el hecho de que no sabía nadar. Podría haber acabado en alguno de los talleres de vehículos, asegurándome de que los camiones y los jeeps atravesaban Europa en buen estado. El Ejército de Tierra no puede hacer gran cosa si los vehículos no funcionan, ¿no? Pero aunque no era más que un pobre muchacho pueblerino, sabía que allí te colocaban donde les daba la gana, y no donde tú querías estar, y por entonces, todos sabíamos que pronto tocaría Europa. Eisenhower acababa de desembarcar en el norte de África para iniciar la invasión. Necesitaban hombres en el terreno, y, por más que me estimulara la idea de atacar a Hitler, no me atraía en absoluto unirme al Cuerpo de Infantería.
En la pared de la oficina de alistamiento, había un póster de reclutamiento para la Marina. «A las armas», decía, y mostraba a un marinero con el torso desnudo que cargaba un cañón. Hubo algo en ese póster que me llamó la atención; me dije a mí mismo que yo también podía hacerlo, así que avancé decidido hacia el mostrador de la Marina, y no hacia el del Ejército de Tierra, y me alisté sin dudar. Cuando volví a casa, Esme se pasó muchas horas llorando. Luego me hizo prometerle que regresaría. Y yo se lo prometí.
Recibí el entrenamiento básico y técnico. Después, en 1943, me destinaron al USS Johnston, un destructor que navegaba en el Pacífico. Que nadie os diga que estar en la Marina es menos peligroso que estar en el Ejército de Tierra, o menos espantoso. Estás a merced del buque, no de tu propio ingenio, porque si el buque se hunde, tú te mueres. Si caes por la borda, también te mueres, porque en el convoy nadie se arriesgaría a parar para rescatarte. No puedes correr, no puedes esconderte, y laidea de que no tienes ningún control de la situación se te mete en la cabeza y ya no te abandona.
Nunca he pasado tanto miedo como cuando estuve en la Marina. Rodeado de bombas, humo e incendios en cubierta, con el constante rugido de los cañones, y os aseguro que el estruendo no se parece a nada que hayáis oído en la vida. Como un trueno amplificado por diez, quizás, aunque eso tampoco sirve para que os hagáis una idea clara. En las grandes batallas, los zeros japoneses bombardeaban la cubierta continuamente; los proyectiles silbaban y rebotaban por todos lados. Mientras esto sucedía, se suponía que teníamos que continuar haciendo nuestro trabajo, como si no pasara nada. En octubre de 1944, navegábamos cerca de Samar, preparándonos para ayudar a invadir Filipinas.
Contábamos con trece buques en nuestra flota, lo que quizás os parecerá mucho, pero, aparte del portaaviones, la mayoría de ellos eran destructores y escoltas, por lo que no disponíamos de muchas armas de fuego. Y entonces, en el horizonte, vimos lo que parecía una flota japonesa entera que se dirigía directamente hacia nosotros. Cuatro buques de guerra, ocho cruceros, once destructores; todos dispuestos a enviarnos, sin contemplaciones, al fondo del mar. Más tarde oí que alguien había dicho que éramos como David contra Goliat, excepto que nosotros no teníamos una honda. Creo que era una comparación muy acertada. Nuestras armas no podrían ni siquiera alcanzarlos cuando abrieran fuego. Así pues, ¿Qué íbamos a hacer, sabiendo que no teníamos ni la más mínima oportunidad? Atacar.
Ahora la llaman la batalla del Golfo de Leyte. A por ellos. Fuimos el primer buque que empezó a disparar, el primero en lanzar humo y torpedos, y atacamos un crucero y un acorazado. También causamos mucho daño. Pero dado que estábamos al frente, fuimos los primeros en ser alcanzados. Se nos acercaron dos cruceros enemigos y empezaron a disparar, y entonces nos hundieron. Había 327 hombres a bordo, 186 de los cuales murieron aquel día. Algunos de ellos eran buenos amigos. Fui uno de los 141 que consiguieron sobrevivir. Seguro que os preguntaréis por qué os cuento esto —probablemente pensaréis que empiezo a desvariar—, así que será mejor que agilice. En el bote salvavidas, rodeados por la furia de aquella tremenda batalla, me di cuenta de que ya no tenía miedo. De repente, supe que no me pasaría nada porque sabía que Esme y yo todavía no habíamos terminado, y súbitamente me invadió un sentimiento de paz. Podéis llamarlo conmoción de guerra, si queréis, pero sé lo que me digo, y justo allí, bajo el cielo lleno de humo y de explosiones, recordé nuestro aniversario un par de años antes y me puse a cantar Mi chica y yo, tal y como Esme y yo habíamos hecho en el trayecto de vuelta a casa en coche desde Raleigh. Canté a pleno pulmón, como si nada me importara en el mundo, porque sabía que, de algún modo, Esme podría oírme y que comprendería que no había ningún motivo para preocuparse. Le había hecho una promesa, ¿entendéis? Y nada, ni siquiera hundirme en el Pacífico, conseguiría que la incumpliera. Ya sé que parecerá una locura, pero al final me rescataron. Me reasignaron a la tripulación de otro buque y la primavera siguiente ya estaba transportando marines a Iwo Jima. Después recuerdo que la guerra se acabó y regresé a casa.
No hablé de la guerra cuando regresé; no podía. Ni una sola palabra. Era demasiado doloroso. Esme lo comprendió, así que poco a poco recuperamos nuestras rutinas. En 1955, empezamos a construir esta pequeña casa.
Hice casi todo el trabajo solo, sin ayuda. Una tarde, cuando había acabado la jornada, me acerqué a Esme, que estaba tejiendo a la sombra, y oí que tarareaba Mi chica y yo. Me quedé helado, y los recuerdos de la batalla emergieron con una fuerza poderosa. Hacía años que no pensaba en esa canción. Nunca le había contado lo que había sucedido aquel día en el bote salvavidas. Pero ella debió de detectar algo en mi expresión, porque me miró fijamente a los ojos.—De nuestro aniversario —dijo ella antes de volver a concentrarse en las agujas de tejer—.
Nunca te lo he dicho, pero, cuando estabas en la Marina, una noche tuve un sueño —añadió—. Yo estaba en un campo lleno de flores silvestres y, aunque no podía verte, podía oír cómo cantabas esa canción para mí y, cuando me desperté, ya no sentía miedo. Hasta entonces, siempre había tenido miedo de que no regresaras. Yo me quedé conmocionado.—No fue un sueño —le contesté. Ella se limitó a sonreír.
Tuve la impresión de que ya esperaba mi respuesta.—Lo sé. Ya te lo he dicho: te oí cantar. Después de aquello, ya nunca me abandonó la idea de que Esme y yo. Estábamos unidos por una fuerza poderosa, algunos lo describirán incluso como algo espiritual. Así que, algunos años después, decidí plantar este jardín y en nuestro aniversario la traje aquí, para enseñárselo. Por entonces, no era gran cosa, nada parecido a lo que es ahora, pero ella me aseguró que era el lugar más bonito del mundo. Así que al año siguiente labré otro trozo de tierra y añadí más semillas, mientras cantaba nuestra canción. Hice lo mismo cada año de nuestro matrimonio, hasta que al final ella falleció. Esparcí sus cenizas aquí, en el lugar que ella tanto amaba.
Pero su muerte me hundió. Me sentía furioso y empecé a emborracharme ya abandonarme poco a poco. Dejé de labrar, de plantar y de cantar porque Esme ya no estaba y ya no veía la razón de seguir haciéndolo. Odiaba el mundo y no quería seguir viviendo. En más de una ocasión pensé en suicidarme, pero entonces apareció Edward. Para mí fue bueno tenerlo cerca. De algún modo, me ayudó a recordar que todavía pertenecía a este mundo, que mi trabajo aquí no había terminado. Pero entonces también a él se lo llevaron. Después de eso, volví aquí por primera vez en muchos años. El lugar estaba totalmente descuidado, pero algunas de las flores seguían floreciendo y, aunque no puedo explicar el porqué, cuando empecé a cantar nuestra canción, se me llenaron los ojos de lágrimas. Lloré por Edward, supongo, pero también lloré por mí. Básicamente, sin embargo, lloré por Esme.
Fue entonces cuando empezó todo. Más tarde, aquella noche, cuando regresé a casa, vi a Esme a través de la ventana de la cocina. Aunque no la veía bien, la oí tararear nuestra canción. Pero su imagen no era nítida, como si no estuviera allí en realidad, y cuando salí fuera, ya había desaparecido. Así que regresé aquí y empecé a labrar de nuevo el jardín. Preparé el terreno, por decirlo de algún modo, y volví a verla, esta vez en el porche. Unas pocas semanas más tarde, después de esparcir las semillas, empezó a visitarme con regularidad, una vez a la semana, más o menos, y yo pude acercarme más a ella antes de que desapareciera. Cuando el jardín floreció, un día regresé y me paseé entre las flores y, cuando volví a casa, podía verla y oírla con absoluta claridad. De pie, en el porche, esperándome, como si se preguntara por qué había tardado tanto en comprender lo que tenía que hacer. Y así ha sido desde entonces.
Esme es parte de las flores, ¿comprendéis? Sus cenizas ayudaron a conseguir que las plantas crecieran y, cuanto más crecían, más viva se volvía ella. Mientras no dejara que las flores se marchitaran, Esme encontraría la forma de volver a mi lado. Por esto estáis aquí, por esto os he pedido que me hagáis este favor. Es nuestro refugio, un pequeño lugar en el mundo donde el amor triunfa sobre todas las cosas. Creo que vosotros dos, más que nadie, comprenderéis lo que os digo.
Pero ahora ha llegado la hora de reunirme con ella. Es el momento de volver a cantar juntos. Sí, es la hora, y no me arrepiento de nada. De nuevo estaré con Esme, que es el único lugar donde siempre he querido estar, junto a ella.
Esparcid mis cenizas al viento y en las flores, y no lloréis por mí. En lugar de eso, quiero que sonriáis por Esme y por mí.
Sonreíd por nosotros: mi chica y yo.
Carlisle
Edward se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en los muslos, intentando imaginar a Carlisle mientras escribía la carta. No encajaba con el hombre lacónico y tosco por quien lo había tomado. Era un Carlisle que nunca había conocido, una persona con la que nunca había tratado.
La expresión de Isabella era tierna cuando volvió a doblar la carta, con gran esmero para no estropearla.
—Sé a qué canción se refiere —musitó ella después de guardar la carta con cuidado en el bolso—. Una vez oí que la cantaba, sentado en la mecedora. Cuando le pregunté por la melodía, él no contestó, sino que me la puso en el tocadiscos.
—¿En su casa?
Ella asintió.
—Recuerdo que pensé que era pegadiza, pero Carlisle había cerrado los ojos y parecía… perdido en la canción. Cuando terminó, se puso de pie y guardó el disco, y en ese momento no supe qué pensar. Pero ahora lo entiendo. —Se volvió hacia Edward—. Estaba llamando a Esme.
Edward hizo girar lentamente la copa de vino entre sus manos.
—¿Crees lo que dice? ¿Sobre eso de ver a Esme?
—Antes no lo creía. Bueno, no del todo, pero ahora no estoy tan segura.
Un trueno que rugió a lo lejos les recordó para qué se habían desplazado hasta allí.
—Me parece que ya es la hora —dijo Edward.
Isabella se puso de pie y se alisó los pantalones. Bajaron juntos al jardín. La brisa era suave, pero la niebla se había vuelto más densa. La mañana despejada había dado paso a una tarde que reflejaba el peso turbio del pasado.
Después de que Edward sacara el estuche, siguieron el sendero que conducía hasta el centro del jardín. La brisa se enredaba en el pelo de Isabela. Él la observó mientras ella se pasaba los dedos por los mechones rebeldes, en un intento de mantenerlos bajo control. Llegaron al centro del jardín y se detuvieron.
Edward era consciente del peso del estuche entre sus manos.
—Deberíamos decir algo —murmuró.
Al ver que ella asentía, se preparó para hablar primero, para ofrecer un tributo al hombre que le había dado cobijo y amistad. Después, Isabella le dio las gracias a Carlisle por haber sido su confidente y le dijo que para ella había sido como un padre. Cuando acabaron, el viento arreció casi de repente. Edward levantó la tapa.
Las cenizas se dispersaron por el aire y formaron un remolino sobre las flores.
Mientras observaba la escena, Isabella pensó que era como si Carlisle estuviera buscando a Esme, como si la llamara por última vez.
Finalizada la ceremonia, entraron en la casa, donde alternativamente se dedicaron a rememorar a Carlisle y a permanecer sentados en un sosegado silencio.
Fuera, había empezado a caer una lluvia fina pero constante, una delicada lluvia de verano que parecía una bendición.
Cuando les entró hambre, decidieron enfrentarse a la lluvia para meterse en el Stingray. Recorrieron el camino tortuoso hasta que alcanzaron la carretera principal. Aunque podrían haber regresado a Oriental, decidieron ir a New Bern.
Cerca del centro histórico, encontraron un restaurante llamado Chelsea. Cuando entraron estaba prácticamente vacío, pero cuando se marcharon, todas las mesas estaban ocupadas.
La lluvia dio una breve tregua, que ellos aprovecharon para pasear por las calles tranquilas y entrar en las tiendas que todavía estaban abiertas. Mientras Edward echaba un vistazo en una librería de segunda mano, Isabella aprovechó la oportunidad para salir fuera y llamar a casa. Habló con Jared y con Lynn antes de hacerlo con Jacob. También llamó a su madre y le dejó un mensaje en el contestador en el que le decía que quizá llegaría tarde y que no cerrara la puerta con llave. Colgó justo en el momento en que Edward se le acercaba. La entristeció pensar que la noche casi había tocado a su fin. Como si Edward le leyera el pensamiento, le ofreció el brazo. Isabella se colgó de él y enfilaron lentamente hacia el coche.
Ya en la autopista, la lluvia empezó a caer de nuevo. La neblina se volvió más densa casi tan pronto como cruzaron el río Neuse, como si se tratara de unos dedos fantasmagóricos que se extendían desde el bosque. Los faros no conseguían iluminar la carretera y los árboles parecían absorber la poca luz que quedaba.
Edward aminoró la marcha en medio de la tenebrosa y lluviosa oscuridad. La cortina de agua repiqueteaba en la capota del coche, como el ruido de un tren lejano. Isabella se puso a pensar en el día que estaba a punto de tocar a su fin. Durante la cena, había pillado a Edward mirándola en más de una ocasión, pero en lugar de incomodarla, se había sentido adulada.
Sabía que no era correcto; su vida no le permitía esa clase de sentimientos, y la sociedad tampoco los toleraba. Podía intentar escudarse en la idea de que se trataba de emociones temporales, el resultado de otros factores en su vida, pero sabía que no era verdad. Edward no era un desconocido al que acabara de conocer; era su primer y único amor, el que más la había marcado en la vida.
Jacob se derrumbaría si supiera lo que ella estaba pensando. A pesar de sus problemas matrimoniales, amaba a Jacob. Pero aunque no pasara nada —incluso si regresaba a casa esa misma noche—, sabía que Edward estaría siempre presente en sus pensamientos. Aunque su matrimonio llevaba años atravesando baches, no se trataba simplemente de que ella buscara consuelo en otros brazos. Era Edward y el «nosotros» que creaban cada vez que estaban juntos lo que hacía que todo fuera tan natural e inevitable. Isabella no podía evitar pensar que la historia entre ellos todavía no había acabado, que los dos estaban esperando a escribir el final.
Después de atravesar Bayboro, Edward aminoró la marcha. Delante de ellos vieron la curva que enlazaba con otra autopista, la que conducía hacia el sur, hacia Oriental. Si seguían recto, en cambio, acabarían en Vandemere. Edward iba a tomar la curva, pero cuando se acercaron al cruce, Isabella deseó pedirle que siguiera recto. No quería despertarse a la mañana siguiente preguntándose si volvería a verlo alguna vez en la vida. El pensamiento era aterrador; sin embargo, no le salían las palabras.
No circulaba ningún otro vehículo por la carretera. El agua flotaba sobre el asfalto formando unos charcos poco profundos a ambos lados de la autopista. Cuando llegaron al cruce, Edward pisó el freno con suavidad. Isabella se sorprendió cuando él detuvo el coche por completo.
Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro, apartando la lluvia. Las gotas de agua brillaban bajo el reflejo de los faros. Mientras el motor se apagaba, Edward se volvió hacia ella, con la cara entre las sombras.
—Tu madre te estará esperando.
Isabella podía notar que el corazón le latía desbocado.
—Sí —asintió, sin añadir nada más.
Durante un largo momento, él se limitó a mirarla fijamente, leyendo sus pensamientos, detectando la esperanza, el miedo y el deseo en los ojos que reflejaban sus propios sentimientos. Entonces, le dedicó una efímera sonrisa, desvió la vista hacia el parabrisas y, poco a poco, el coche empezó a rodar hacia delante, hacia Vandemere. Ninguno de los dos deseaba o era capaz de detenerlo.
Ninguno de los dos se mostró incómodo en la puerta, cuando llegaron a la pequeña casa. Isabella se dirigió hacia la cocina mientras Edward encendía una lámpara. Ella volvió a llenar las copas de vino, nerviosa y emocionada al mismo tiempo.
En el comedor, Edward giró el dial de la radio hasta que encontró un poco de jazz, luego bajó el volumen. De la estantería situada sobre su cabeza, tomó un libro viejo; estaba pasando las ajadas páginas amarillentas cuando Isabella se le acercó con el vino. Edward volvió a colocar el libro en su sitio en la estantería, aceptó la copa y la siguió hasta el sofá. Una vez allí, observó con atención que ella se quitaba los zapatos.
—Hay tanta paz… —comentó Isabella, mientras dejaba la copa sobre la mesilla. Dobló las piernas y las estrechó entre los brazos, a la altura de las rodillas—. Entiendo por qué Carlisle y sme a querían descansar aquí.
La tamizada luz del comedor le confería un aspecto misterioso. Edward carraspeó antes de preguntar:
—¿Crees que algún día volverás? Quiero decir, después de este fin de semana.
—No lo sé. Si tuviera la certeza de que todo se mantendría igual, entonces sí. Pero sé que no será así, porque nada es eterno. Y una parte de mí desea recordarlo tal y como lo he visto hoy, con las flores en todo su esplendor.
—Y con la casa limpia.
—Eso también —admitió ella. Tomó su copa y agitó el contenido—. ¿Sabes en qué estaba pensando antes, mientras el viento dispersaba las cenizas? Estaba pensando en la noche que pasamos en el embarcadero, contemplando la lluvia de meteoritos. No sé por qué, pero, de repente, fue como si estuviéramos otra vez allí. Podía vernos tumbados sobre la manta, hablando entre susurros y escuchando el canto de los grillos, con su perfecta reverberación musical. Y encima de nuestras cabezas, el cielo estaba… lleno de vida.
—¿Por qué me cuentas esto? —La voz de Edward era increíblemente suave.
La expresión de Isabella había adoptado un matiz melancólico.
—Porque fue la noche que supe que te quería, que de verdad me había enamorado de ti, sin ninguna duda. Creo que mi madre supo exactamente cuándo sucedió.
—¿Por qué?
—Porque a la mañana siguiente me preguntó por ti. Cuando le confesé mis sentimientos, acabamos gritando como un par de histéricas: una pelea terrible, de las peores que tuvimos. Incluso me abofeteó. Me afectó tanto que no supe cómo reaccionar. Ella no paraba de decirme que mi conducta era inaceptable y ridícula, y que no sabía lo que hacía. Por sus gritos incontrolables, parecía como si estuviera enfadada porque eras tú. Sin embargo, cuando ahora pienso en ello, sé que se habría enfadado de todos modos si hubiera sido cualquier otro chico. Porque no se trataba de ti, ni de nosotros, ni tan solo de tu apellido. Se trataba de ella. Mi madre sabía que yo me estaba haciendo adulta y temía perder el control sobre mí. No sabía cómo manejar la situación, ni antes ni ahora. —Isabella tomó un sorbo de vino y luego hizo girar el líquido en la copa—. Esta mañana me ha acusado de egocéntrica.
—Se equivoca.
—Yo también he pensado lo mismo. Al menos al principio, pero ya no estoy tan segura.
—¿Por qué lo dices?
—No me estoy comportando como una mujer casada, ¿no te parece?
Edward la miró sin parpadear, sin decir nada, concediéndole tiempo para que considerara lo que estaba diciendo.
—¿Quieres que te lleve de vuelta a tu casa? —le preguntó al final.
Ella vaciló antes de sacudir la cabeza.
—No. Ese es el problema, que quiero estar aquí, contigo, aunque sé que no está bien —confesó con ojos abatidos; sus oscuras pestañas parecían pegadas a los pómulos—. ¿Le encuentras el sentido?
Edward deslizó un dedo a lo largo de la palma de su mano.
—¿De verdad quieres que conteste?
—No —respondió ella—. No, pero es… complicado. El matrimonio, me refiero.
Isabella podía notar cómo él trazaba delicados círculos en su piel.
—¿Te gusta estar casada? —le preguntó, en un tono tentador.
En lugar de contestar directamente, Isabella tomó otro sorbo de vino, procurando no perder la compostura.
—Jacob es un buen hombre; bueno, al menos, casi siempre. Pero el matrimonio no es lo que la gente cree. Se quiere creer que en todo matrimonio existe un equilibrio perfecto, y no es cierto. Una persona siempre ama más profundamente que la otra. Sé que Jacob me quiere, y yo también le quiero…, pero no tanto. Y nunca lo he hecho.
—¿Por qué no?
—¿No lo sabes? —Lo miró a los ojos—. Es por ti. Aún recuerdo que, cuando me hallaba de pie en el altar, lista para pronunciar mis votos, deseé que tú estuvieras allí, en su lugar. Porque no solo seguía queriéndote, sino que te amaba más allá de toda medida. Incluso en aquel momento ya sospechaba que nunca sentiría lo mismo por Jacob.
Edward notó que se le resecaba la boca.
—Entonces, ¿por qué te casaste con él?
—Porque creí que era una decisión acertada, y esperaba que, con el paso del tiempo, mis sentimientos hacia él cambiaran, que acabara sintiendo por él lo mismo que sentía por ti. Pero no fue así y, con los años, creo que él también se dio cuenta de mis sentimientos y se sintió herido. Yo sabía que le estaba haciendo daño, pero, cuanto más se esforzaba él por demostrarme su amor, más asfixiada me sentía, y más crecía mi resentimiento, mi resentimiento contra él. —El rostro de Isabella se alteró desagradablemente ante sus propias palabras—. Después de esta confesión, pensarás que soy una persona abominable.
—No eres una persona abominable. Te estás sincerando, nada más —puntualizó Edward.
—Deja que acabe, por favor. Necesito que lo comprendas. Has de saber que le quiero y que valoro mucho la familia que hemos formado. Jacob adora a nuestros hijos; son el centro de su vida, y creo que por eso nos resultó tan dura la pérdida de Bea. No tienes ni idea de lo que supone ver a tu hija cada vez más enferma y saber que no hay nada que puedas hacer para ayudarla. Acabas por sentirte como si estuvieras montada en una montaña rusa de emociones, y pasas de la rabia absoluta hacia Dios hasta una sensación de pura frustración y desolación. Al final, sin embargo, fui capaz de superar el dolor. En cambio, Jacob nunca se ha acabado de recuperar, porque en la base de esa experiencia tan traumática yace una profunda desesperación que… te consume sin remedio. Hay un absoluto vacío donde antes había alegría. Porque eso es lo que era Bea, alegría en estado puro. Solíamos bromear diciendo que ya había nacido con la sonrisa en la boca. Incluso de bebé, apenas lloraba. Y nunca cambió. Siempre estaba riendo; para ella, cualquier novedad era un emocionante descubrimiento. Jared y Lynn se peleaban por captar su atención. ¿Te lo imaginas?
Isabella hizo una pausa. Cuando volvió a hablar, parecía abatida.
—Y entonces fue cuando empezaron los dolores de cabeza, y comenzó a golpearse contra objetos al gatear. Así que recurrimos a un montón de especialistas, y todos nos decían que no podían hacer nada por ella. —Isabella tragó saliva con dificultad—. Después… la cosa empeoró. Pero ella seguía siendo la misma personita feliz, ¿sabes? Incluso al final, cuando apenas podía permanecer sentada por sí sola, seguía riendo. Cada vez que oía aquella risa, notaba que mi corazón se descomponía un poco más.
Isabella se había quedado muy quieta, con la mirada ausente clavada en la ventana. Edward esperó.
—Me quedaba horas tumbada con ella en la cama, abrazándola mientras dormía, y cuando se despertaba, permanecíamos tumbadas, mirándonos sin apenas pestañear. No podía darme la vuelta, porque quería memorizar sus rasgos: su nariz, su barbilla, sus ricitos. Y cuando volvía a quedarse dormida, yo la abrazaba de nuevo y lloraba desconsolada por aquella enorme injusticia.
Isabella se calló y pestañeó varias veces seguidas, sin que pareciera darse cuenta de las lágrimas que rodaban por sus mejillas. No hizo ningún gesto para secarlas. Edward tampoco se movió. En lugar de eso, permaneció completamente rígido, atento a cada palabra.
—Cuando murió, una parte de mí se fue con ella. Y durante mucho tiempo, Jacob y yo no podíamos mirarnos a la cara. No porque estuviéramos enfadados, sino porque eso nos destrozaba. Podía ver a Bea en Jacob, y él podía verla en mí, y aquello era… insoportable. Apenas aguantábamos estar juntos, a pesar de que Jared y Lynn nos necesitaban más que nunca. Empecé a tomar dos o tres copas de vino por las noches, para adormecerme, pero Jacob bebía aún más. Al final, sin embargo, reconocí que no me ayudaba escudarme en la bebida, así que lo dejé. Pero para Jacob no era fácil.
Isabella hizo una pausa para pellizcarse la nariz, a medida que los recuerdos despertaban el rastro familiar de un latente dolor de cabeza.
—Él no podía dejarlo. Pensé que quizá lo ayudaría tener otro hijo, pero no fue así. Y he llegado a un punto en que no sé si soy capaz de seguir adelante con esta relación.
Edward tragó saliva.
—No sé qué decir.
—Yo tampoco. Me gusta creer que si Bea no hubiera muerto, Jacob no habría acabado así. Pero entonces me pregunto si su deterioro no será también en parte por mi culpa, porque le he estado haciendo daño durante muchos años, incluso antes de lo de Bea. Porque él sabía que no lo amaba de la misma forma que él me amaba a mí.
—No es culpa tuya —alegó Edward. Incluso a él, las palabras le parecieron inadecuadas.
Isabella sacudió la cabeza.
—Te agradezco tu intención, y a simple vista sé que tienes razón. Pero si él continúa bebiendo para escapar de la realidad, es porque probablemente intenta huir de mí. Sabe que estoy enfadada y decepcionada, y que no hay forma de borrar diez años de sinsabor, por más que él se esfuerce. ¿Y quién no querría escapar de tal angustia, especialmente cuando proviene de alguien a quien amas, cuando lo único que quieres es que esa persona te ame tanto como tú la amas?
—No lo hagas —la interrumpió Edward, mientras la miraba fijamente a los ojos—. No puedes acusarte de los problemas de tu marido y cargarlos sobre tu espalda.
—Se nota que nunca has estado casado. —Isabella le dedicó una sonrisa torcida—. Para que lo sepas, cuantos más años llevo casada, más claro tengo que hay muy pocas cosas en la vida que sean blancas o negras. Y no digo que yo tenga la culpa de todos los problemas en nuestro matrimonio. Pero sí que digo que a veces no pensamos en la amplia gama de grises. Nadie es perfecto.
—Hablas como un terapeuta.
—Probablemente tengas razón. Unos meses después de que Bea muriera, empecé a ir a la consulta de una terapeuta, dos veces por semana. No sé cómo habría sobrevivido sin ella. Jared y Lynn también fueron, aunque no tanto tiempo como yo; supongo que los niños son más resistentes.
—Te creo.
Isabella apoyó la barbilla sobre las rodillas, con expresión de desazón.
—Nunca le he hablado a Jacob de nosotros.
—¿No?
—Sabe que tuve un novio en el instituto, pero nunca le he contado lo que en realidad significaste para mí. Ni siquiera creo que sepa tu nombre. Y, obviamente, mi madre y mi padre hicieron todo lo posible por simular que lo nuestro nunca había pasado. Trataban el tema como un oscuro y desagradable secreto de familia. Naturalmente, mi madre suspiró aliviada cuando le dije que estaba prometida, aunque no creas que se entusiasmó; no hay nada que entusiasme a mi madre, probablemente lo considera una actitud plebeya. Pero por si te sientes mejor, también tuve que recordarle el nombre de Jacob, dos veces. En cambio, tu nombre…
Edward rio antes de volver a adoptar un aire serio. Tomó un sorbo y saboreó la calidez del vino que descendía por su garganta, sin ser apenas consciente de la agradable música de fondo.
—Han pasado tantas cosas desde la última vez que nos vimos… —Isabella suspiró, con un temblor en la voz.
—Sí, ha pasado la vida.
—Más que la vida.
—¿A qué te refieres? —preguntó él.
—Todo esto, estar aquí, volver a verte, me empuja a recordar una época en la que todavía creía que podía hacer realidad mis sueños. Ha llovido mucho desde entonces. —Isabella se volvió hacia él. Sus caras estaban separadas por apenas unos centímetros—. ¿Crees que lo habríamos conseguido…, si nos hubiéramos marchado del pueblo y hubiéramos iniciado una vida juntos?
—¡Quién sabe qué habría pasado!
—Pero ¿tú qué crees?
—Creo que sí, que lo habríamos conseguido.
Ella asintió. Sintió que algo se desmoronaba en su interior.
—Yo también lo creo.
Fuera, la borrasca empezó a estampar ráfagas de lluvia contra las ventanas como si alguien lanzara puñados de piedras. En la radio seguía sonando una música de otro tiempo, sin estridencias, mezclándose con el ritmo inalterable de la lluvia.
Isabella se sentía arropada por la calidez de la estancia. Casi podía creer que no existía nada más.
—Antes eras tímido —murmuró—. La primera vez que nos tocó formar pareja en clase, apenas hablaste conmigo. Yo procuraba darte pie, a la espera de que me invitaras a salir contigo, y preguntándome si al final lo harías.
—Eras muy guapa. —Edward se encogió de hombros—. Y yo era un don nadie. Me sentía nervioso.
—¿Todavía te sientes nervioso conmigo?
—No —contestó. Sin embargo, pareció reconsiderar la respuesta y su cara se suavizó con una leve sonrisa—: Bueno, quizás un poco.
Isabella enarcó una ceja.
—¿Hay algo que pueda hacer para remediarlo?
Edward tomó su mano y la giró primero hacia un lado y luego hacia el otro con suavidad, fijándose con qué perfección parecía acoplarse a la suya, y de nuevo pensó en aquello a lo que había renunciado tantos años atrá semana antes, no estaba insatisfecho; quizá no era del todo feliz, quizá se sentía un poco solo, pero no insatisfecho. Había comprendido quién era y su lugar en el mundo. Estaba solo, pero eso había sido una elección consciente, algo de lo que no se arrepentía. Sobre todo en esos momentos. Porque nadie habría sido capaz de ocupar el sitio de Isabella, jamás nadie lo conseguiría.
—¿Quieres bailar?
Ella le miró con una tenue sonrisa.
—De acuerdo.
Edward se puso de pie y la invitó a levantarse del sofá. Isabella notó que le temblaban un poco las piernas cuando se dirigieron al centro de la pequeña estancia. La música parecía llenar la habitación y, por un momento, ninguno de los dos supo qué hacer. Isabella esperó; observó cómo Edward se volvía hacia ella, con una expresión ininteligible. Al final, emplazó una mano en su cintura y la acercó más a su cuerpo. Ella se inclinó hacia su pecho, sintiendo la solidez de sus músculos mientras él la rodeaba por la cintura con un brazo.
Lentamente, empezaron a dar vueltas al son de la música. Isabella se sentía tan bien con él… Aspiró su aroma, limpio y real, tal y como lo recordaba.
Podía notar los músculos duros de su vientre y sus piernas pegadas a las suyas. Entornó los ojos y apoyó la cabeza en su hombro, embriagada de deseo, pensando en la primera vez que hicieron el amor. Aquella noche, ella había temblado, como en esos momentos.
La canción acabó, pero no se separaron ni un milímetro, a la espera de la siguiente. Isabella podía notar el aliento cálido de Edward en su cuello, y lo oyó suspirar, como una especie de liberación. Él acercó más la cara a su piel. Ella echó la cabeza hacia atrás en un estado de abandono, con el deseo de que la música nunca acabara, con el anhelo de poder permanecer de ese modo, abrazados, para siempre.
Edward le rozó el cuello con los labios; luego, con una gran delicadeza, la mejilla. Isabella escuchó el eco lejano de un trueno y se tensó ante aquel tacto sedoso.
Entonces se besaron, primero con recelo, luego apasionadamente, como si intentaran recuperar todos los años que la vida los había mantenido separados.
Isabella podía notar las manos de Edward en su cuerpo, moviéndose con libertad.
Cuando se separaron, ella solo era consciente de lo mucho que había pasado desde que había deseado esas caricias sublimes, desde que había deseado a Edward. Lo miró con los ojos entornados, deseándolo como nunca antes. Isabella también podía notar el deseo primitivo de Edward y, con un movimiento que parecía casi preordenado, lo besó una vez más antes de guiarlo hacia la habitación.
Solo les puedo decir que es este es quizás mi capitulo favorito en toda esta historia, espero que les gustara tanto como ami.
Muchas Gracias por leer.
Besos!
