Si están leyendo este capítulo justo en este momento, deberían apagar su móvil/computadora e irse a dormir. No son horas para andar leyendo XD Para las desobedientes, disfruten de este capítulo que tiene de todo un poco.
Capítulo 41
Crossfire
Harada no contestó. Ni siquiera se inmutó ante la advertencia, ante lo que esa chica le haría si continuaba atentando contra la integridad física de quien se negaba a liberar y del que estaba esperando una respuesta al costo que fuera.
Yūki sabía que sus palabras no serían suficientes para intimidarla. Que una chica de su carácter y desplantes no colaboraría pacíficamente. Por lo que si buscaba obtener lo que quería, tendría que pedirlo a la fuerza, ignorando las consecuencias que habrían en un futuro próximo.
—Suéltalo inmediatamente.
Estaba consciente de que era la novia del mejor amigo de Kazuya. Sabía que aunque ella no supiera pelear de manera correcta, arriesgándose a herirse a sí misma, no iba a retroceder, no iba a dejársela fácil y respondería a cualquiera de sus embistes.
Los golpes. Los moretones. Los posibles desgarres musculares. Todo no era más que una mísera porción del daño colateral que se vendría en cuanto ambas decidieran olvidarse de que en algún momento se llevaron bien para pasar a la acción, para defender su postura, para imponer su voluntad sobre la otra.
Menos de un metro las mantenía apartadas. Una miserable distancia que se difuminaría en segundos.
—¿Souh? —pronunció tras buscar a la persona que había sujetado su muñeca y con ello, había logrado extinguir el puñetazo que estaba destinado a la persona que no deseaba negociar a través del diálogo.
—No necesitas llegar a estos extremos. —No la soltaría hasta que hiciera caso a su petición. Y para llegar a ello, correría cualquier riesgo.
—Golpeó a Kazuya. No puedo pasarle eso por alto. —Forcejeó para liberarse, pero él no la soltó—. Déjame hacerlo. —No era una suplica, sino una orden pasiva.
—No resolverás nada golpeándola. Solamente crearás una pelea innecesaria por algo que puede resolverse de otra forma. —Cuando el cólera engullía por completo a su razón, se olvidaba de lo lógico, de las cosas malas que se vendrían encima por sus acciones; lo único que imperaba era mitigar esa rabia para que la paz volviera a acompañarla.
—Pero, Kazuya... Ve lo que le hizo. —¿Es que cuándo se imaginó que él podría terminar malherido en manos de la novia de Narumiya Mei? Nunca.
—Él se lo buscó. —No iba a quedarse callada. Al diablo lo que pensaran de ella en ese momento—. Le dije que hablara por las buenas, pero como el exasperante e idiota que es, no dijo nada. Incluso tuvo el maldito descaro de fingir que no me conocía. —Apretó con mayor fuerza el cuello de quien únicamente se esforzaba por no terminar ahogado—. No entiendo por qué demonios lo estás defendiendo tanto cuando él ni siquiera lo hizo contigo ante esa loca obsesionada. Y en cambió dejó que hiciera de las suyas hasta llegar al punto en que tú y Mei acabaron siendo difamados del peor modo posible. —Yūki no podía debatir contra ese punto. Porque era absolutamente cierto. Ese hombre no sólo no le puso un alto total a Ena Oshiro, sino que también le prohibió a ella encargarse del asunto—. Un idiota sin agallas, que deja que cualquiera haga y deshaga su vida, no merece la misericordia de nadie. Ni mucho menos la de su novia.
—¡Sora-senpai, la extraña y salvaje tiene toda la razón! ¡Deje que siga corrigiendo a Miyuki! ¡Se lo merece por ser el peor novio que puede llegar a tener una mujer! —Nadie sabía si Sawamura soltaba tal comentario por apoyarla o para seguir disfrutando del maltrato del cácher que tantas malas jugadas le había hecho.
—Le dije a ese idiota que hiciera algo al respecto. Que para variar fuera hombre. Pero nada. —Kuramochi había pasado de una suave preocupación a regodearse por lo que estaba viendo. Tal vez la capitanía le sentaría mejor a él.
—Deberíamos aprovechar que está distraída, discutiendo, para rescatar a Miyuki. —Lo que Furuya proponía era lo correcto, lo que se debía hacer. Sin embargo, no recibió apoyo.
—Jamás creí que llegaría el día en que alguien le dijera sus verdades a Miyuki —Kawakami no era capaz de salir de su asombro. Experimentaba sentimientos encontrados que mezclaban la pena por lo que vivía ese cácher y la complacencia de que al fin alguien lo pusiera en su sitio.
—Un bistec bien frío sobre su mejilla y mañana lucirá como si nada hubiera pasado. —La idea de Shirasu obtuvo la aprobación silenciosa de todos los ahí presentes.
—¡Golpéalo! ¡Dale más duro! ¡Todavía no se ve arrepentido!
—Eijun-kun, no creo que motivar a Harada-kun a que continúe maltratando de ese modo a nuestro capitán, sea buena idea. Piensa en el torneo de primavera. —Haruichi era otro que profesaba lo que era bueno y justo en este mundo.
—Es su deber como capitán, soportar esto y más. Está escrito en el manual del capitán del equipo de béisbol. —Yōichi sonreía lleno de júbilo, como si ver aquéllo le obsequiara un par de años más de vida.
—¡Tenemos que hacer algo! Si dejamos que ellas se peleen, saldrán lastimadas. Y no podemos permitir que Tetsu-san vea a Sora-chan toda malherida. —Las miradas de los chicos cayeron directamente en Meazono, llevándole a que se sonrojara—. ¡¿Qué tanto me están viendo?!
—No estábamos esperando que te dirigieras a ella de ese modo. —Norifumi habló en representación de todos los allí presentes, que ahora estaban confundidos y curiosos—. ¿Ya sabe el capitán que te tomas esos atrevimientos?
—Es el vice capitán. Es normal que además de la capitanía, quiera a la chica. —Kanemaru pocas veces aportaba sus comentarios. Pero cuando lo hacía, solía tirar a matar.
—¡No es lo que están pensando! —gritó la víctima de las malinterpretaciones de esos chicos.
—¿Alguien quiere acordarse de nuestro capitán y lo que le ocurrirá si esa chica le estampa el puño en la cara? —Tōjō, con esa pregunta lanzada al aire, llamaba a todos a centrarse en el tema que les apremiaba.
—Entrégame a Kazuya —No se esforzaba en minimizar su enojo. Dejaría que éste emergiera por cada poro de su ser y en cada palabra que tenía que entregarle a Harada—. No permitiré que sigas usándolo como un costal de boxeo.
—Ni siquiera me serviría para eso —Giró su mirada hacia quienes habían contemplado su espectáculo con ojo de detalle y que hasta hace poco habían permanecidos mudos—. ¿Alguno de ustedes sería lo suficientemente amable para pasarme mi bolso? —Caballerosos no eran. No hasta ese día en que ella les pidió aquel favor; al cual accedieron a realizar porque no eran idiotas y porque el miedo les gritaba que si no deseaban acabar como su capitán, debían obedecer y callar—. Teniendo en cuenta de que no quieres hablar y que se te olvidó que soy la cácher del equipo de sóftbol de Inashiro, déjame ayudarte a recordar y a ser más cooperador.
Deshizo su agarre. Era el momento perfecto para escapar, para salvar su pellejo y evitarle otro golpe a su humanidad. Pero no estaba esperando que ella llevara algo tan inverosímil como peligroso en el interior de su amplia bolsa femenina.
—¡¿Pero qué demonios?! —Kazuya podía sentirse agradecido de haber sobrevivido a los entrenamientos infernales de Kataoka, porque sin ellos aquella pelota de béisbol hubiera impactado perfectamente en su abdomen—. ¡Está loca! —exclamó, desde el suelo. La maniobra que tuvo que hacer para evitar el impacto lo llevó a caerse. Y desde esa posición estaba expuesto a recibir el siguiente lanzamiento de la cácher.
—Habla —Ya tenía otro esférico en su guante. Miyuki se puso de pie, a toda marcha, esquivando el segundo tiro. No obstante, había firmado su condena en cuanto su espalda chocó contra la pared; había sido acorralado.
—¡Es peligroso que lances esas cosas!
—Es de entrenamiento, inútil —Le aclaró—. ¿Acaso ni siquiera eres capaz de diferenciar las pelotas con las que entrenas?
—¡Luce igual que una normal! ¡En Seidou no tenemos de ésas! —Conocía el tiempo de reacción que un cácher poseía a la hora de arrojar una pelota y por eso ni siquiera se atrevía a moverse de donde estaba; no alcanzaría a correr antes de que alguna de sus piernas terminara convirtiéndose en su siguiente blanco.
—Eres un receptor al igual que yo, así que atrapa las pelotas —La piedad era un vocablo que no existía en el diccionario personal de Harada Annaisha. Y como reflejo de ello podían citarse a esas dos pelotas de goma que encontraron su final en el abdomen y en el costado derecho del cuerpo de Kazuya Miyuki—. Deja de cubrirte como un cobarde.
—¡Quítenle el bolsa! —gritó Kenta a todo pulmón para que todos lo oyeran.
Annaisha ya había realizado unos cuantos lanzamientos más en sus narices.
—¡Ohh! ¡Esa es la envidiable velocidad del hombre guepardo! —Eijun estaba emocionado y asombrado por la muestra de celeridad y destreza del corredor en corto. Gracias a ese tiempo de reacción, realizó el hurto perfecto y salvó el pellejo del jugador más infame de todo Seidou.
—Sin esto dejará de se peligrosa —Yōichi tenía el preciado bolso de Anna en su poder. Habían privado a la cácher de su arma más feroz, por lo que Miyuki estaría a salvo ahora.
—Descuiden, no necesito de esas pelotas para obtener lo que quiero. —Si creían que no contaba con más recursos, estaban errados. Ya que lo más peligroso no eran esos objetos de goma, sino el guante que usaba en su mano derecha—. Continuemos en lo que nos quedamos.
—¡No vas a seguir golpeándolo! —Ella habría querido intervenir desde el momento en que Kazuya recibió el primer impacto cortesía de una pelota de entrenamiento. Sin embargo, los mismos chicos la habían detenido hasta hace unos instantes atrás, cuando la matanza terminó—. Ni con esas pelotas ni con tu guante —Había deducido rápidamente sus intenciones.
—Sora, será mejor que tú...—Su mano izquierda cubrió su boca, impidiéndole que expresara por completo su opinión. Y a su vez, permanecía parada a su costado, sin intenciones de marcharse y dejarle solo, expuesto al siguiente arranque de Harada.
—Te daré los nombres de esos dos, así que retrocede.
—Lo siento, pero tiene que pagar por lo que hizo. Debe hacerse responsable por arruinar la reputación de Mei y lo que le he hecho todavía no es suficiente. —Un golpe propinado con el guante de Annaisha era una invitación segura a la sala de urgencias; los chicos lo sabían.
—El guante que usa un cácher es más duro, ¿no? —Observación hecha por Furuya—. Lo que significa que Miyuki terminará en el suelo, con algo roto.
—La nariz probablemente. —Kenjirō ya estaba viendo aquel fatídico desenlace en el horizonte.
—Y estando hinchado y desfigurado ninguna chica se volverá a acercar más a él. Hasta la loca ésa lo dejaría en paz. —Para Yōichi habían motivos muy razonables para dejar que Harada terminara lo que había comenzado con su desvergonzado capitán—. Miyuki es como una inofensiva cría de canguro: ciega, pequeña y débil. Y ella, como un tejón de miel.
—¿Un tejón? ¿Por qué? —Shinji quería conocer los detalles.
—Aunque parezca tonto, los tejones de miel son uno de los animales más agresivos del planeta. Hasta el punto en que son capaces de pelear contra leones crecidos sólo por la comida. —Ilustraba Tatsuhisa para quienes deseaban adquirir un conocimiento nuevo. Y es que estaban prestándole total atención—. Es tal su peligrosidad que no puede confinarse en parques zoológicos ya que atacarían a todo aquello que les moleste o se interponga en su territorio.
—Viejo, va a masacrar a Miyuki si dejamos que se le vuelva a acercar. —dijo Hideaki con cierto pavor—. Aunque con Yūki-kun protegiéndolo, puede que esto no termine en tragedia.
—Es normal que Sora esté a la defensiva. Está en su naturaleza. —Y de nuevo las palabras de Kuramochi crearon controversia—. Miyuki es un incordio y no sirve para mucho, pero al fin de cuentas es su pareja; por lo que debe protegerlo.
—Espera, ¿de qué estás hablando ahora? ¿También la estás comparando con un animal? —habló Kawakami, enfocándose en el chico que estaba muy seguro de lo que comentaba.
—¿Que no es obvio? —interrogó. La gran mayoría negó con un movimiento de su cabeza—. Sora es como un lobo gris, caza sin piedad y es tal su agresividad que aun cuando sus presas le superen en tamaño y sean igual o más violentas, no se intimidará y se mantendrá al pie del cañón.
—Gracias a tus palabras, ahora estoy viendo un tejón y un lobo, a punto de matarse mutuamente...—Furuya tenía una gran imaginación, por lo que ante sus ojos había un tejón y un lobo, peleándose por una cría de canguro.
—Chicos, pero ya en serio. Tenemos que hacer algo. Ya permitimos que lo bombardeara con esas pelotas de goma...—Maezono sentía la responsabilidad de salvar a aquel cácher—. Pensamos en algo.
—Debemos sujetarla entre dos o tres de nosotros. Luego tendremos que inmovilizarla y mandarla en un taxi a Inashiro —Higasa estableció un plan, prácticamente, perfecto. El resto meditaba si era lo más plausible.
—¡Si se atreven a ponerme una mano encima los demandaré por acoso! —Les gritó desde su posición. Que buen oído tenía la condenada cácher.
—¿Alguien tiene otro plan? —preguntaba Kominato—. Vamos chicos, somos varias cabezas. Algo se nos debe ocurrir.
—¡Lo tengo! —La iluminación llegó a la materia gris de Sawamura—. ¿Por qué no le damos comida?
—¿Comida? Pero qué idiotez. —A Kanemaru le resultaba la idea más descabellada que había escuchado hasta el momento—. Ni que fuera un animal.
—No en el sentido estricto de la palabra, pero sí. —Kuramochi ya no le tenía miedo a nada. Y tampoco parecía importarle mucho ser un irrespetuoso de lo peor con una desconocida—. He visto documentales en los que los entrenadores les dan premios o comida a sus animales ya sea para entrenarlos o para apaciguarlos. Podríamos intentarlo.
Y mientras ellos hablaban a sus anchas, despreocupados por la vida y las circunstancias que acontecían a su alrededor, Sora se las apañaba para correr por todo el gimnasio, jalando a quien parecía estar en trance entre el mundo consciente e inconsciente. Todo ello con el objetivo de evitar que Harada pescara a Kazuya y terminara de darle el tiro de gracia.
—Yo tengo esto. —Norifumi ofrecía un pan de melón y una bolsa de papas fritas.
—Esto podría servir. —Todos vieron a Satoru como bicho raro en cuanto les quiso dar una bola de arroz a medio comer.
—Nada de lo que tenemos aquí nos sirve. —Kenta sólo veía sobras, productos chatarra. Pura comida que sería despreciada vilmente por Annaisha.
—Es lo único que quedó después de que en mi ausencia asaltaran mi escandite de golosinas —Lo último que fue puesto sobre la pila de comida poco saludable, fue una caja rectangular, dorada, muy llamativa.
—"Godiva". —leyó con cierta duda—. ¿Qué son, Tatsuhisa?
—Chocolates. —respondió a la interrogante de corredor más rápido de todo Seidou—. Son bastante deliciosos.
—¡Ey Sawamura, ven aquí! —llamó a gritos al atolondrado muchacho. Y éste, con una mueca de queja, se acercó—. Ve y ofrécele estos chocolates a ese tejón de la miel. Mientras come, rescataremos a Miyuki y lo pondremos a salvo.
—¡¿Yo?! ¡¿Por qué?! ¡Podría matarme!
—Es el deber del pitcher de relevo. Así que ve a cumplir con tu tarea. —Lo pateó para que obedeciera y para impulsarlo hacia su objetivo—. Hazlo rápido que se le acaba el tiempo a Sora. Ese idiota se desmayará en cualquier momento y ella no podrá arrastrar todo ese peso muerto.
Eijun aceptó su destino. Así que con el valor que le acompañaba cada que salía al diamante para postrarse sobre el montículo, corrió hasta Annaisha y se interpuso entre ella y su objeto de aversión.
Se hincó frente a ella y alzó la caja de chocolates que cargaba sobre sus manos. Era una oferta de amnistía. Un sacrificio para calmar la ira de aquella criatura violenta y vengativa.
—¡Harada-senpai, todo Seidou le ofrece esta caja de chocolates como símbolo de paz! ¡Por favor, tómelos y deje que el sabor de estos chocolates con nombre extravagante, la invadan y le hagan olvidarse del mal sabor que nuestro idiota, cobarde e inepto capitán le dejó!
—¿Qué te hace pensar que me dejaré comprar por unos simples chocolates?
—¡Sólo mírelos! —Retiró la tapa, dejando a la vista doce pequeñas piezas de bombones de chocolate, perfectamente acomodados, luciendo impecables, deliciosos, con exteriores hermosos e imposibles de ignorar—. ¡Pruebe uno, no se arrepentirá!
A Annaisha le gustaba el chocolate. Lo consideraba un manjar al que nunca podía decir "no". Y aunque todavía continuaba enfadada, su curiosidad hacia el sabor de esos chocolates le superaba. Deseaba por lo menos probar uno.
Y así lo hizo.
—¡Esto sabe tremendamente delicioso! —exclamó, conmovida. ¿Cómo algo tan pequeño podía saber tan exquisito y a la vez, ser tan efímero?—. ¡Quiero otro! —El plan había sido un completo éxito.
Annaisha estaba totalmente abstraída, disfrutando cada mordisco que le daba a esos chocolates. Ellos, por su parte, ya habían alejado a su capitán del peligro.
—Miyuki, reacciona. —Kuramochi le estaba dando unas suaves palmadas en las mejillas; quería que dejara de balbucear y poner ese semblante de consternación—. Es inútil. Está traumatizado. Así quedó el chihuahua de un vecino después de que un enorme husky le diera la paliza de su vida.
—¿Pasaste de las analogías de béisbol a las de animales? —Sora estaba sentada sobre el suelo. Por el momento su regazo le servía de almohada a Kazuya—. Aunque la idea de darle comida a Harada-kun fue muy acertada.
—Una bestia alimentada, es una bestia feliz y cooperativa.
—Kuramochi, sigue diciendo eso y vas a ser hombre muerto.
—Los cobardes como tú tienen tanta suerte a veces —Si ninguno de esos jugadores chilló como un lechón que extraña a su madre, era porque tenían un orgullo masculino que proteger; porque ella había regresado.
—¡No permitiremos que intentes nada más contra nuestro capitán! —Maezono fue el valiente que encaró a la cácher de Inashiro.
—Podrá ser despreciable, molesto, insoportable. Lo peor que se pueda imaginar, pero lo necesitamos para los torneos del año que vienen. —Sawamura se puso la camiseta y se unió a la comitiva para salvar el trasero de su capitán.
—Estoy aquí para que hagamos un trato, Yūki-kun. —Todos estaban en un estado puro de incredulidad. Les tomó unos minutos asimilarlo.
—¿Por qué el cambio repentino? Hasta hace poco querías ver correr la sangre de nuestro capitán por tu guante.
—Esos chocolates estuvieron verdaderamente deliciosos. Jamás había probado algo como eso antes.
—Les dije que la comida calmaba a las bestias. —Sólo el corredor en corto tenía sus pantalones bien puestos para provocarla en su cara.
—Escucho.
—Dame el nombre y el domicilio de los involucrados.
—Lo haré con la condición de que ya no lastimes a Kazuya. Y le agregaré dos cajas de esos chocolates que acabas de comerte tan gustosamente.
—Tenemos un trato. —Ambas estrecharon su mano, consolidando un pacto que prometía mucho dolor y sufrimiento a esas futuras presas.
—Iré a verte mañana a Inashiro, así que mándame un mensaje una hora antes de que termines tus prácticas de sóftbol.
—Oye, pero quiero ser yo misma la que ponga en su sitio a esos imbéciles. —Le advirtió.
—Me encargaré de llevarte hasta donde cada uno de ellos viven. Así no perderás el tiempo e irás directamente a hacer lo que deseas. —Annaisha no estaba en contra de que le ofreciera todo en charola de plata—. ¿Te parece bien?
—Totalmente.
—Entonces nos vemos mañana.
—Más te vale no faltar o vendré de nuevo por la cabeza de esa cría de canguro que tienes por novio —La última amenaza antes de tomar sus cosas y marcharse de allí.
Todos suspiraron en cuanto Harada se fue. Ni las nacionales los habían preparado para emociones tan fuertes como las que se vivieron esa tarde.
—¿No deberíamos llevarlo a su habitación? —Haruichi miraba a quien se había dormido.
—Idiota, despierta, todavía tienes que bañarte. —Mágicos puntapiés que se golpearon el costado derecho del cácher y lo despertaron—. Porque te ves y hueles asqueroso.
—Mientras tú haces eso, iré a mi casa por unas cosas que son necesarias para atender los moretones que seguramente ya tienes —Yūki esperó a que él se enderezara y permaneciera sentado sobre el suelo.
Bañarse nunca significó un problema en su vida hasta ese día en que más de diez pelotas de entrenamiento impactaron en diferentes zonas de su anatomía, dejándolo totalmente adolorido y con vistosas marcas que no tardarían en hacerse más anchas y dolorosas.
Y su mejilla izquierda estaba perdiendo rápidamente su forma gracias al proceso de inflamación del que era víctima. Tal era su molestia que cenar se había vuelto una absoluta tortura; por lo que fue incapaz de terminar su cena.
Sin más remedio, abandonó el comedor. Y unos instantes después, el lugar estalló en carcajadas.
—¡Yahahahaha! ¡Luce como un pez globo!
—O como una ardilla con nueces en la boca. —Kawakami era menos agresivo con sus ofensivas.
—Luce más como un pez borrón. —Nadie allí sabía a qué pez se estaba refiriendo Furuya. Sin embargo, no se quedaron con la curiosidad e hicieron uso de la tecnología para buscar a la criatura marina.
De nuevo estallaron en estruendosas risas.
—Están divirtiéndose en grande. —La persona que había prometido en regresar lo hizo. Y llamaba la atención que trajera una mochila consigo—. Kuramochi —decía, a la vez que entraba al comedor y dirigía su andar hacia el corredor—, toma.
—¿Qué demonios es esto? —Esa gorda mochila había sido puesta a un costado de su asiento.
—Todo lo que necesitas para atender los moretones de Kazuya.
—¿Estás insinuándome que tengo que ir a hacerlo yo? —Ella asintió y él frunció el entrecejo. La sola idea de tener que ser él quien atendiera a ese idiota, le provocaba náuseas—. Él tiene manos. Puede hacerlo solo.
—Sentirá más dolor conforme el tiempo pase. Así que él no lo hará.
—Entonces ve a hacerlo tú. —estipuló—. Eres su novia. Es casi tu obligación.
—Idiota. No tengo permitido el acceso a los dormitorios. —Le recordó.
—Sora, Sora, tú despreocúpate. Deja que nosotros nos encarguemos de esas pequeñeces. —Malicia. De eso estaba hecha su sonrisa. ¿Qué se escondía detrás de ella?
Con la pijama puesta, sólo le restaba subir por la escalera y acurrucarse en su cama. Allí podría descansar, olvidarse de la pesadilla en la que se transformó su día gracias a la impulsiva novia de quien se proclamaba como su mejor amigo.
Jamás creyó que las consecuencias por evitar un conflicto directo con esa ex novia suya, terminarían siendo peores que el haber ido a verla para marcarle un alto total.
Si tan sólo el hubiera existiera no se encontraría en tas precarias condiciones. Una pena que la vida no poseyera un botón para rebobinar.
—Mei, tu novia es una maldita loca...—Maldecirla era lo único que podía hacer para sacar fuera toda su frustración y malestar físico.
Golpearon a su puerta, no una, sino cuatro veces. Señal de que quería que abriera prontamente.
—Hazlo más rápido la próxima vez. —Kuramochi ni pidió permiso para entrar. Él estaba como en su propia habitación.
—¿Y este quién es? —preguntó por quien permanecía afuera, con la mirada puesta en él—. A ti no te había visto antes.
Traía puestas unas gafas cuadradas y gruesas que lo hacían ver como un ratón de biblioteca adicto a los libros. Pero su grisáceo gorro, y vestimenta holgada, clásica de los chicos que poseían un estilo urbano, lo volvía muy desconcertante.
—Es Sorato.
—¿Sorato...? No me suena de ninguna parte ese nombre...
—Soy yo, pelmazo. —Entró, cerrando la puerta de inmediato—. Las chicas no pueden entrar aquí, así que a Kuramochi se le ocurrió esta idea. —se retiró las gafas y el gorro. Allí estaba su novia, mirándolo de mala manera—. Nadie quiso venir a tratar tus moretones, así que tuve que hacer esto.
—Estaré afuera esperándote, Sora. —Yōichi no quería estar de más en aquella habitación. Además, presentía que habría algo más que un momento de curación—. Mejor abandonaré este sitio antes de quedar entre el fuego cruzado. —Salió y los dejó a solas.
—No es necesario.
—¿En serio sales con eso? —Sora torció los labios en una mueca de fastidio. Incluso se había acercado peligrosamente a Kazuya—. La novia de Narumiya-kun vino a abofetearte y a atacarte con pelotas de goma porque el acoso de esos idiotas se salió de control y terminó perjudicando a terceros que nada tienen que ver en este problema. En este problema que solamente era tuyo hasta hace poco. —Su dedo índice se enterró en su pecho por cada palabra que emitía, por ese cabreo que obviamente sentía y lo había estado controlando—. Así que no tienes derecho a quejarte o decirme que no lo haga.
—Sora, pero de verdad no...
—Ahora toda la escuela e Inashiro, y quién sabe cuánta gente más, piensa que soy una cualquiera que se enreda con el mejor amigo de su novio y aparte tiene otras conquistas. —Su dedo se detuvo sobre su esternón, sin mostrar señales de retirarse de allí—. ¿Crees que eso me hace gracia?
—No. Claro que no —Estaba acostumbrado a las habladurías de la gente con respecto a su forma de ser. No había problema porque se trataba únicamente de él y podía ignorarlo como siempre lo había hecho. Sin embargo, ahora era ella quien estaba en medio de esa tormenta.
—Entonces si entiendes lo molesta que estoy por esta situación que se salió de control gracias a que tú no hiciste nada y porque yo decidí seguir tus palabras, deja de comportarte como un niño malcriado. —Ella le sostuvo la mirada. Él la llevó hacia el suelo—. Kazuya.
—Ya. Lo entiendo. No tienes que repetírmelo.
—Lo hago para que no se te olvide y me vayas a salir con un comentario chusco fuera de lugar. —Parece que ya lo iba conociendo un poco mejor—. Esto es serio, Kazuya.
—Me sorprende que Mei no me haya llamado para quejarse. —Idea que quedó totalmente destruida en cuanto se dio cuenta que dejó el móvil en el escritorio. Lo vio para darse cuenta de las más de treinta llamadas pérdidas que le había hecho el as de Inashiro—. Mierda. Debe estar furioso.
—¿Y puedes culparlo? —Y él que creía que ella iba a darle un descanso—. Kazuya, no siempre puedes huir de lo que ocurre a tu alrededor. Muchas veces tienes que plantarle cara a la situación para resolverlo por ti mismo, y así, seguir adelante.
—Tú dijiste que querías golpear a ese sujeto.
—Con palabras bonitas no iba a entender. Así que es lo que toca. —Bufó. Él suspiró. Ambos eran dos mundos aparte cuando se trataba de los métodos que empleaban para resolver sus problemas—. Tú queriendo evitar la violencia y terminaste agredido por quien menos te esperabas.
—Mei siempre jactándose de que sólo le gustaba salir con chicas femeninas y delicadas, y mira con lo que fue a terminar.
—Es una buena novia. Vino hasta aquí para recuperar el honor de Narumiya-kun.
—¡Ah! ¿Estás de su lado después de todo lo que me ha hecho? —A eso se le llamaba traición.
—Si te hace sentir mejor, de estar en la posición de Harada-kun, yo también habría hecho lo mismo.
—No. No me hace sentir mejor.
—Pues qué delicado eres. —¿Así reaccionaba a sus consideraciones?—. Sólo le daría un suave escarmiento. Ya sabes, un golpe directo a la quijada o una patada media. Nada extraordinario ni elaborado.
—Sora, tú sí puedes mandar a alguien directo al hospital sin siquiera despeinarte.
—Ignoraré el hecho de que me dijiste salvaje y tomaré tus palabras como un elogio. —Kazuya no jugaría más con fuego. No con ella que la mayor parte de su vida se había dedicado a mandar a las personas contra el suelo—. Ahora quítate la camisa.
—¡¿Eh?!
—Una forma muy rápida de quitar los hematomas de la piel es colocar un poco de hielo sobre éstos. —Se agachó, abrió la mochila y sacó un paquete de hielos y un paño—. Éste disminuye la irrigación sanguínea de la zona, reduciendo los moretones. —extendió el trapo y puso en su centro dos cubos helados—. ¿No te has quitado aún la camisa?
—Yo puedo hacerlo solo...
—Ahorita me dirás que puedes hacerlo por ti mismo, pero al final no harás nada. —Que le evadiera la mirada lo delataba—. Entre más rápido lo hagas, más pronto terminaremos con esto.
—Pero es que...—No era alguien explícitamente cohibido. No entre chicos. Pero estábamos hablando de que se quitaría su prenda superior frente a una chica, frente a su novia y estaban completamente a solas.
—Lo haré yo mismo si no te decides.
Él sabe que lo haría, así que tenía que hacerlo por su propia mano.
—Para haber sido hechos hace poco, lucen realmente horribles. —Contó por lo menos diez hematomas repartidos entre los pectorales, el abdomen y los costados del cácher. Eran bultos amoratados, blandos y dolorosos—. Siéntate. —Ambos realizaron la misma acción—. Pon esto en tu mejilla antes de que empeore.
—¿Todavía puede verse peor? —Ironizó.
—Sí. —Tomó otro trozo de tela y repitió el proceso—. ¿Listo?
Se estremeció ante el gélido contacto. Escondió el tormento que advino en cuanto su mano empezó a realizar aquellos movimientos circulares sobre esas zonas tan afectadas de su cuerpo.
Pero los gestos faciales gritaron la realidad que estaba viviendo.
—Sé que es doloroso, pero tienes que soportarlo.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. —Su rostro se comprimió en otro gesto de congoja. Estaba pasándola realmente mal—. No seas tan brusca.
—No lo estoy siendo. Eres tú el que está resultando ser muy delicado. —Ni en momentos como ésos podían dejar de pelear—. Si te vuelves a quejar, te quitaré las gafas.
—¿Qué? ¡No!
Cada uno de sus moretones recibió cuidadosamente un suave masaje envuelto con la frescura del hielo. Y aunque soportarlos representó una agonizante tortura, logró aguantar hasta el final.
—Todavía no te pongas la camisa. —Pidió.
—Ya terminaste, ¿no?
—Este procedimiento debe ser repetido en una hora. No obstante, no puedo quedarme tanto tiempo aquí y tú no vas a hacerlo. —Todas esas muecas que hizo le decían que no pasaría por eso otra vez; no por voluntad propia—. Por lo que haremos otra cosa en su lugar.
—¿Una crema? —pronunció al ver el objeto que ella sacaba de su mochila.
—Es una crema que alivia el dolor y combate la inflamación. Ayudará a que esos moretones desaparezcan un poco más rápido. —Alguien como ella, que seguramente se la vivía llena de hematomas, sabía perfectamente qué hacer en esos momentos; por lo que no tenía más remedio que confiar en su experiencia—. Por lo menos esto no estará tan frío como el hielo.
De nuevo sintió escalofríos. Pero en esta ocasión el origen era completamente diferente. Y probablemente eso lo hacía todavía peor.
—Kazuya, te juro que estoy siendo lo más gentil que puedo. —expresó en cuanto sintió que el cuerpo de su pareja se contrajo. Estaba demasiado tenso.
—Ah, lo sé...
El tacto de la tela mojada y gélida no le resultaba ajeno. Años atrás había empleado ese método para aliviar algún golpe que le propinaban los que no toleraban su manera de ser. Pero aquella sensación, sí lo era.
La textura semisólida de la crema se extendía sobre cada centímetro de piel manchada por el rojo. Y se tornaba cálida y apacible entre sus yemas, entre esos delgados dedos que tocaban sin restricción cada fracción de sus pectorales; los mismos que se trasladaban con una lentitud desquiciante sobre sus magníficos y perfectamente trabajados abdominales.
No pensaba más en el dolor producto del sangrado que había debajo de su piel. Tampoco en las excusas que usaría mañana para el momento en que el entrenador o Rei le preguntaran sobre la marca que tenía su mejilla hinchada. No lo hacía porque su raciocinio se había desconectado en automático.
Y el rostro empezó a lucir igual de carmesí que las lesiones que le habían provocado.
—¿Kazuya?
Los latidos de su corazón sufrieron un vuelco cuando sus miradas se encontraron. Estaban examinándose mutuamente, como si hubiera algo fuera de su sitio; como si hubiera una novedad de la que no estaban al tanto pero sabían que estaba ahí con absoluta seguridad.
Ella se sonrojó y apartó su mano con una torpe lentitud. Tener esas castañas pupilas encima, observándole, le provocaban taquicardia y le obligaban a mirar en otra dirección, en otro punto que no era menos peligroso que esas expectantes pupilas cafés.
Sus mejillas debían estar ahora como la grana porque sentía cómo le ardían. Y no había nada que pudiera hacer para que regresaran a su tonalidad natural.
Cada músculo estaba bellamente definido, como si hubiera sido esculpido por un artista dotado con las manos más diestras posibles. Y el tostado de su piel lo transformaba en algo mucho más magnífico, en algo más próximo a una inexplicable perfección.
Contemplar esa esplendorosa y sublime anatomía, era como un obsequio divino o como el pecado menos culposo existente.
Y ella había pasado sus manos por toda esa piel, por cada milímetro de ese impresionante torso.
Sora había hecho lo que muchas otras chicas sólo podían llegar a tener en sus sueños. Y lo había disfrutado totalmente que optó por ignorar la culpa que ansiaba amargarle el momento.
—Te dejaré lo que queda de la bolsa de hielos para que cambies esos que estás ocupando. —Limpió sus manos con un paño substraído de su bolsillo derecho y se colocó de nuevo sus falsas gafas junto con el gorro que ocultaba su cabello y género—. La crema también se queda. Ponte un poco sobre la mejilla antes de que te vayas a dormir. —Le indicó—. Te recomiendo que mañana también te apliques un poco sobre los hematomas.
—Sí. Está bien.
Estaban abochornados. Ninguno deseaba verse a la cara por ahora. Así que sólo hablaban y se escuchaban mutuamente.
—Nos veremos mañana, Kazuya. —Se puso de pie y acomodó su atuendo que la hacía lucir totalmente como un chico—. Y haz lo que te pedí.
—Lo haré.
—Me marcho. Sino Kuramochi me verá con desprecio ahorita que salga...
—Sora. —La nombró y ella detuvo su camino hacia la puerta—. Gracias.
Esa palabra de agradecimiento había sido pronunciada con naturalidad, con fluidez. Pero sobre todo, con sinceridad. Era un gesto simple, pero tierno, nacido desde dentro. Y ella se lo retribuyó con la más genuina de sus sonrisas.
