Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 14
Cuando se despertó el domingo por la mañana, Isabella necesitó unos segundos para ubicarse antes de recordar lo que había pasado la noche anterior.
Los pájaros trinaban en el exterior, mientras los rayos del sol se filtraban por un pequeño orificio entre las cortinas. Con cuidado, se dio la vuelta y descubrió que la cama estaba vacía. Sintió una puñalada de decepción que se trocó casi inmediatamente en un sentimiento de confusión.
Se sentó, se cubrió el pecho con la sábana y, acto seguido, miró furtivamente hacia el cuarto de baño, preguntándose dónde estaba Edward. Al ver que su ropa había desaparecido, se puso de pie de un brinco, se envolvió en la sábana y se dirigió hacia la puerta. Asomó la cabeza y lo vio sentado en los peldaños del porche. Dio media vuelta, se vistió rápidamente y se metió en el cuarto de baño. Allí se cepilló el cabello con presteza y luego fue hacia la puerta del porche.
Necesitaba hablar con él, y sabía que él necesitaba hablar con ella.
Edward se volvió hacia ella cuando oyó la puerta chirriar a su espalda. Le sonrió. Su aspecto desaliñado añadió un toque pícaro a su apariencia.
—Buenos días —la saludó al tiempo que le ofrecía un vaso de plástico.—Pensaba que seguramente necesitarías un poco de café.
—¿De dónde lo has sacado? —le preguntó ella, al tiempo que se fijaba en que Edward acunaba otro vaso similar en su regazo.
—De una de esas tiendas que están abiertas las veinticuatro horas del día. Hay una en la carretera. Por lo que he podido ver, me parece que es el único sitio en Vandemere donde se puede encontrar café. Probablemente no será tan bueno como el que tomaste el viernes por la mañana.
Edward la observó mientras ella aceptaba el vaso y se sentaba a su lado.
—¿Has dormido bien?
—Sí —contestó ella—. ¿Y tú?
—No muy bien. —Edward se encogió levemente de hombros antes de desviar la vista hacia el jardín de flores silvestres—. Por fin ha parado de llover.
—Sí.
—Probablemente debería lavar el coche antes de dejarlo de nuevo en el taller. Si quieres, ya llamaré yo a Jensk.—No, lo haré yo —dijo ella—. De todos modos, estoy segura de que él nos llamará.
Isabella sabía que aquella conversación trivial era simplemente una forma de evitar hablar de lo que era obvio.
—Estás bien, ¿verdad? —se interesó ella.
Edward dejó caer pesadamente los hombros, pero no dijo nada.
—Estás molesto —susurró ella, sintiendo que se le encogía el corazón en el pecho.
—No. —La sorprendió su tajante respuesta. Acto seguido, la rodeó por los hombros con un brazo—. En absoluto. ¿Por qué iba a estarlo? —Se inclinó hacia ella y la besó tiernamente antes de apartarse.
—Mira —empezó a decir Isabella—, sobre lo que pasó anoche…
—¿Sabes qué he encontrado? —la interrumpió él—. ¿Aquí sentado?
Ella negó con la cabeza, desconcertada.
—He encontrado un trébol de cuatro hojas. Justo al lado de los peldaños, antes de que tú salieras. Destacaba mucho, en medio de la hierba. —Le mostró la delicada flor verde, que había guardado en una hoja de papel doblada—. Se supone que da suerte, y precisamente en eso estaba pensando esta mañana.
Isabella detectó cierta preocupación en su tono. Se sentía mal.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó con recelo.
—De la suerte, de los fantasmas, del destino.
Sus palabras no consiguieron eliminar la confusión que embargaba a Isabella mientras observaba cómo Edward tomaba otro sorbo de café. Él bajó el vaso y clavó la vista en un punto lejano.
—Estuve a punto de morir —dijo—. Probablemente, debería haber muerto. El impacto contra el agua tendría que haberme matado. O la explosión. Por Dios, probablemente debería haber muerto hace dos días…
Edward se quedó callado, sumido en sus pensamientos.
—Me estás asustando —repuso finalmente ella.
Edward irguió más la espalda y la miró a los ojos.
—Hubo un incendio en la plataforma en primavera… —empezó a relatar.
Edward se lo contó todo: el incendio que convirtió la plataforma en un verdadero infierno, su caída al agua y la visión del hombre de cabello oscuro, cómo el desconocido lo guio hasta un salvavidas, cómo reapareció en el buque de abastecimiento con una cazadora azul y cómo desapareció súbitamente un poco después. Le contó todo lo que había sucedido durante las semanas que siguieron al accidente, la sensación de que lo vigilaban, y cómo había vuelto a ver al individuo en el puerto deportivo. Finalmente, le describió el incidente con Emmet el viernes, incluida la inexplicable aparición del hombre y cómo había desaparecido en el bosque.
Cuando acabó, Isabella podía notar el corazón acelerado mientras intentaba hallarle sentido a lo que Edward le acababa de contar.
—¿Estás diciendo que Emmet intentó matarte, que fue a casa de Carlisle para liquidarte? ¿Que pensaste que no era necesario contármelo?
Edward sacudió la cabeza con aparente indiferencia.
—No pasó nada. Lo solucioné.
Isabella pudo comprobar que su propio tono se volvía más irascible.
—¿Dejar su cuerpo maltrecho en la puerta de la propiedad de tu familia y llamar a Jasper, arrebatarle el arma y luego tirarla? ¿Así es como solucionas los problemas?
Edward parecía estar demasiado cansado para ponerse a discutir.
—Es mi familia. Así es como nosotros solucionamos los problemas.
—Tú no eres como ellos.
—Siempre he sido uno de ellos. Soy un Masen, ¿recuerdas? Siempre regresan; nos peleamos, pero siempre regresan. Es lo que hacemos.
—¿Me estás diciendo que vuestros problemas no están zanjados?
—Para ellos no.
—¿Qué piensas hacer?
—Lo mismo que he hecho hasta ahora: intentar ser lo menos visible que pueda, procurar no cruzarme en su camino. No costará tanto. Aparte de lavar este coche y quizá pasarme otra vez por el cementerio, no veo ninguna razón para quedarme más tiempo en el pueblo.
Un pensamiento repentino, líquido y borroso al principio, empezó a cristalizarse en la mente de Isabella, un pensamiento que le provocó un angustioso pánico.
—¿Por eso vinimos aquí, anoche? —lo interrogó—. ¿Porque creías que ellos te estarían esperando en casa de Carlisle?
—Estoy seguro de que me estaban esperando en casa de Carlisle, pero no, no es esa la razón por la que estamos aquí. Ayer no pensé ni un momento en ellos. Pasé un día perfecto contigo.
—¿No estás enfadado con ellos?
—No, la verdad es que no.
—¿Cómo puedes hacerlo? ¿Desconectar de ese modo? ¿Incluso cuando sabes que te quieren matar? —Isabella podía sentir la adrenalina por todo su cuerpo—. ¿Se trata de una idea absurda sobre tu destino por ser un Masen?
—No. —Edward negó con la cabeza, con un movimiento casi imperceptible—. No estaba pensando en ellos porque estaba pensando en ti. Siempre has ocupado un lugar más importante que ellos en mi vida; siempre ha sido así, siempre será así. No pienso en ellos porque te quiero, y ambos pensamientos no son compatibles.
Isabella bajó la vista.
—Edward…
—No tienes que decirlo —la tranquilizó él.
—Sí que tengo que hacerlo —insistió ella, se inclinó hacia él y lo besó en los labios. Cuando se separaron, las palabras fluyeron con tanta naturalidad como el simple acto de respirar—. Te quiero, Edward Masen.
—Lo sé —dijo él y, con una gran ternura, volvió a deslizar el brazo por su cintura—. Yo también te quiero.
La tormenta había eliminado todo rastro de humedad en el aire y había dejado un cielo completamente azul y despejado, con un dulce aroma floral en el ambiente. De vez en cuando, una gota caía del tejado sobre los helechos y la hiedra, confiriéndoles un aspecto luminoso bajo la dorada luz del sol. Edward había mantenido el brazo alrededor de Isabella, y ella permanecía apoyada en él, saboreando la leve presión de sus cuerpos.
Después de que Isabella envolviera el trébol y se lo guardara en el bolsillo, los dos se pusieron de pie y pasearon por el jardín, abrazados. Procurando no pisar las flores —el caminito que habían seguido el día anterior estaba totalmente encharcado— se dirigieron hacia la parte trasera. La casa se hallaba junto a un despeñadero; más allá, se extendía el río Bay, casi tan ancho como el Neuse. Justo en la orilla, vieron una garza real que caminaba tranquilamente por las aguas poco profundas; un poco más lejos, un grupo de tortugas tomaba el sol sobre un tronco.
Permanecieron un rato inmóviles, disfrutando de la vista antes de rodear la casa para volver al punto de partida, sin prisa. En el porche, Edward la abrazó con más fuerza y volvió a besarla, y ella le devolvió el beso, plenamente consciente del amor que sentía por él. Cuando al final se separaron, ella oyó el lejano timbre de un teléfono móvil que había empezado a sonar. Era su teléfono, que le recordaba que tenía una vida en otro lugar. Al oír aquellos sonidos, Isabella bajó la cabeza con renuencia, al igual que Edward. Sus frentes quedaron pegadas mientras el teléfono seguía sonando, y ella cerró los ojos. Parecía que nunca iba a dejar de sonar, pero, cuando por fin enmudeció, Isabella abrió los ojos y lo miró sin pestañear, con la esperanza de que él lo comprendiera.
Edward asintió; acto seguido, se dirigió a la puerta y la abrió para ella. Isabella entró y, cuando se volvió para mirarlo, se dio cuenta de que él no pensaba seguirla.
Observó cómo Edward se acomodaba de nuevo en los peldaños del porche y se obligó a dirigirse hacia la habitación. Agarró el bolso, hurgó en su interior hasta encontrar el móvil, lo activó y examinó la lista de llamadas perdidas.
De repente, se sintió asqueada y con la mente desbordada. Se metió en el cuarto de baño, desvistiéndose mientras caminaba. De forma instintiva, hizo una lista mental de lo que tenía que hacer, de lo que iba a decir. Abrió el grifo de la ducha y buscó champú y jabón en los armarios; por suerte, los encontró. Entonces se metió en la ducha e intentó zafarse del sentimiento de pánico. Después, se secó y volvió a vestirse con la ropa del día anterior. Se secó el cabello lo mejor que pudo y, con mucho cuidado, se aplicó un poco del maquillaje en polvo que siempre llevaba en el bolso.
Tardó muy poco en ordenar la habitación. Preparó la cama y colocó las almohadas en su sitio. Después, vertió a la pila lo que quedaba del contenido de la botella de vino casi vacía y tiró la botella en la papelera situada debajo. Por unos instantes, consideró la posibilidad de llevarse el casco vacío, pero al final decidió dejarlo en la papelera. De las mesitas, recogió dos copas medio vacías. Después de lavarlas con agua, las secó y las guardó en el armario. Para borrar cualquier pista.
Pero las llamadas perdidas, los mensajes en el móvil…
No le quedaría más remedio que mentir. Le parecía impensable contarle a Jacob dónde había pasado la noche, y no podía soportar la idea de lo que pensarían sus hijos o su madre. Tenía que hallar una solución. Necesitaba encontrar una excusa convincente; sin embargo, detrás de aquel pensamiento, la acuciaba una vocecita insistente, que no cesaba de preguntarle: «¿Sabes lo que has hecho?». «Sí, pero le amo», contestaba otra vocecita en su interior.
De pie en la cocina, desbordada por la emoción, sintió ganas de llorar. Y quizá lo habría hecho, pero, un momento más tarde, Edward entró en la pequeña estancia.
Como si comprendiera su agitación, la estrechó entre sus brazos con ternura y volvió a susurrarle que la amaba, y por solo un instante, por más imposible que pudiera parecer, Isabella tuvo la sensación de que todo iba a salir bien.
Los dos permanecieron callados durante el trayecto hasta Oriental. Edward podía percibir la ansiedad de Isabella y sabía que lo mejor era no decir nada, pero aferraba el volante con dedos crispados.
Ella notaba la garganta reseca —por los nervios, seguro—. El hecho de tener a Edward a su lado era lo único que le impedía desmoronarse. En su mente daban vueltas los recuerdos mezclados con distintos planes, sentimientos y preocupaciones, uno después del otro, como un caleidoscopio que cambiaba con cada nueva curva de la carretera. Perdida en sus pensamientos, apenas se dio cuenta de los kilómetros que iban dejando atrás.
Llegaron a Oriental un poco después del mediodía y pasaron por delante del puerto deportivo; unos minutos más tarde, se acercaron a la explanada situada delante de la casa de Carlisle. Ella apenas se dio cuenta de que Edward se había puesto tenso, inclinado sobre el volante, sin pestañear, absolutamente atento, inspeccionando la línea de árboles que delimitaba la explanada. De repente se había acordado de sus primos. Mientras el coche aminoraba la marcha, la cara de Edward adoptó súbitamente una expresión de incredulidad.
Isabella siguió su mirada y se volvió hacia la casa. Tanto la casa como el taller estaban igual que el día anterior; los dos coches seguían aparcados en el mismo sitio, pero, cuando Isabella vio lo que Edward acababa de ver, se quedó prácticamente impasible. Desde el principio, había sabido que, tarde o temprano, sucedería.
Edward aminoró aún más la marcha hasta detener el coche por completo; entonces ella se volvió hacia él y le regaló una efímera sonrisa, como si intentara asegurarle que ella sola podía encargarse de la situación.
—Me había dejado tres mensajes—explicó Isabella al tiempo que se encogía de hombros.
Edward se limitó a asentir con la cabeza. Comprendía que necesitaba enfrentarse al problema ella sola.
Isabella suspiró hondo, abrió la puerta y se apeó. No le sorprendió que su madre se hubiera tomado su tiempo para vestirse para la ocasión.
¿Qué creen que le dirá Rene a Isabella? Espero sus comentarios.
Muchas gracias por leer.
Besos!
