Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 15
Edward observó que Isabella se dirigía directamente hacia la casa, invitando a su madre a seguirla si quería. Rene no parecía decidirse. Era obvio que nunca antes había estado en la casa de Carlisle; no era el sitio ideal para una persona ataviada con un impecable traje pantalón y engalanada con perlas, sobre todo después de una tormenta. Rene vaciló y miró a Edward fijamente, con cara impasible, como si reaccionar ante su presencia supusiera comportarse de un modo plebeyo.
Al final, le dio la espalda y siguió a su hija hasta el porche, donde Isabella ya se había sentado en una de las mecedoras. Edward volvió a poner el coche en marcha y condujo despacio hacia el taller.
Se apeó y se inclinó sobre el banco de trabajo. Desde aquella posición, no podía ver a Isabella, ni podía imaginar lo que pensaba decirle a su madre. Mientras echaba un vistazo a su alrededor, de repente le vino algo a la memoria, algo que Jenk había dicho en su despacho. Había dicho que tanto Edward como Isabella sabrían cuándo tenían que leer la carta que Carlisle había escrito para cada uno de ellos. De repente supo que Carlisle quería que la leyera en ese preciso momento. Probablemente, el viejo era capaz de prever las cosas que iban a suceder.
Hundió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó el sobre. Lo desdobló y deslizó un dedo por encima de su nombre. Estaba escrito con la misma letra temblorosa que había visto en la carta que Isabella y él habían leído juntos. Dio la vuelta al sobre y lo abrió. A diferencia de la carta anterior, esta solo tenía una página, escrita por delante y por detrás. En el silencio del taller que hacía años había considerado su hogar, Edward se centró en las palabras y empezó a leer.
Hola, Edward:
No sé exactamente cómo empezar esta carta, si no es diciéndote que a lo largo de los años he llegado a conocer a Isabella bastante bien. Me gustaría pensar que ha cambiado desde la primera vez que la vi, aunque no puedo afirmarlo con absoluta certeza. Por entonces, vosotros dos erais como una unidad inseparable y, como es normal entre los jóvenes, os poníais tensos cuando yo aparecía, pero te aseguro que lo comprendía; yo hacía lo mismo con Esme. No sé si su padre oyó mi voz alguna vez hasta que estuvimos casados, pero esa es otra historia.
La cuestión es que, en realidad, no sabía quién era Isabella; en cambio, sé quién es ahora, y también sé que tú nunca la has olvidado. Es una persona con una inmensa bondad, con mucho amor, mucha paciencia, muy inteligente… y es la cosa más bonita que se ha paseado nunca por las calles de este pueblo; de eso estoy seguro. Pero creo que lo que más me gusta de ella es su genuina bondad, porque he vivido lo suficiente como para saber cuánto cuesta encontrar a alguien así.
Probablemente no te esté diciendo nada que no sepas ya, pero a lo largo de estos últimos años, la he llegado a apreciar como a una hija. Eso significa que tengo que hablar contigo como lo habría hecho su padre, porque los papás no son de gran utilidad si no se preocupan un poco. Especialmente por ella. Porque más que nada, deberías comprender que Isabella lo está pasando mal, y creo que ya hace bastante tiempo que sufre. Lo supe la primera vez que vino a verme, y supongo que en esos momentos esperé que fuera algo pasajero, pero cuantas más veces venía a visitarme, peor la veía.
Incluso ahora, cuando me despierto, a veces la pillo deambulando por el taller, y hace tiempo que comprendí que tú eras la razón por la que ella se sentía tan mal. No puede librarse del pasado ni de ti. Pero créeme cuando digo que los recuerdos son algo curioso. A veces son reales, pero otras veces se transforman en lo que nosotros queremos que sean y, a su manera, creo que Isabella está intentando descubrir qué significa el pasado realmente para ella.
Por eso he organizado este fin de semana para vosotros. Tengo la corazonada de que la única forma de que ella pueda hallar la salida de este oscuro túnel, sea cual sea el resultado final, es si volvéis a veros. Pero, como te he dicho, lo está pasando mal, y si hay algo que he aprendido es que la gente que sufre no siempre ve las cosas con la debida claridad. Ella está en un punto de su vida en el que ha de tomar algunas decisiones, y es ahí donde entras tú. Los dos tenéis que averiguar qué pasará a continuación, pero no olvides que quizás ella necesite más tiempo que tú; incluso es posible que cambie de idea una o dos veces. Pero cuando os decidáis, es necesario que los dos aceptéis la decisión. Y si al final lo vuestro no funciona, tendréis que comprender que ya no es posible seguir viviendo pensando constantemente en el pasado, porque eso acabará por destruirte, y también la destruirá a ella.
No podéis seguir así, lamentándo por lo que pudo haber sido, porque eso nos deja vivir. Solo de pensarlo, se me parte el corazón. Después de todo, si he llegado a querer a Isabella como a mi hija, espero que sepas que para mí tú también eres como un hijo. Y si tengo que expresar una única voluntad antes de morir, es que me gustaría tener la certeza de que vosotros dos, mis hijos, estaréis bien.
Carlisle
Isabella observó cómo su madre examinaba las deterioradas tablas de madera del porche, como si temiera que se fueran a quebrar bajo sus pies. Vaciló de nuevo frente a la mecedora, como si intentara decidir si realmente era necesario sentarse.
Sintió un recelo familiar cuando ella se agachó con cuidado sobre el asiento. Se sentó con tanta rigidez como si intentara tocar lo menos posible la estructura. Una vez sentada, alzó la cabeza para mirarla. Parecía como si esperara a que Isabella hablara primero, pero no dijo nada. Sabía que no había nada que alegar para edulcorar la conversación. Desvió la vista hacia los rayos del sol que se filtraban a través de las rendijas del porche.
Al final, su madre esbozó una mueca de fastidio.
—Por favor, Isabella, deja de actuar como una niña; no soy tu enemiga, soy tu madre.
—Ya sé lo que me vas a decir. —La voz de Isabella no expresaba ninguna emoción.
—Entonces mucho mejor, aun así, una de las responsabilidades de ser madre es asegurarse de que los hijos se dan cuenta de cuándo cometen errores.
—¿Es eso lo que crees que es? —Isabella entrecerró los ojos y miró a su madre con aprensión.
—¿Cómo lo definirías tú? Eres una mujer casada.
—¿No crees que eso ya lo sé?
—Pues no estás actuando como tal. No eres la primera mujer en el mundo que es infeliz en su matrimonio. Ni tampoco eres la primera que decide actuar respecto a esa infelicidad. La única diferencia es que tú sigues pensando que la culpa no es tuya.
—¿De qué estás hablando? —Isabella podía notar cómo se crispaban sus manos alrededor de los brazos de la mecedora.
—Siempre culpas a los demás de todos tus males, Isabella. —Su madre resopló con altivez—. Me culpas a mí, culpas a Jacob, y después de Bea, incluso culpaste a Dios. Buscas el origen de tus problemas al otro lado del espejo y te comportas como una mártir. ¡Pobre Isabella! ¡Siempre batallando contra viento y marea en un mundo cruel! Pues, para que lo sepas, el mundo no es fácil para nadie. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Pero si fueras sincera contigo misma, comprenderías que tienes parte de responsabilidad en lo que te pasa.
Isabella apretó los dientes.
—Y yo que esperaba que fueras capaz de mostrar un ápice de empatía o comprensión. Ya veo que estaba equivocada.
—¿Es eso lo que crees? —preguntó Rene, al tiempo que se apartaba una pelusa imaginaria de la chaqueta—. Entonces dime: ¿qué es lo que debería decirte? ¿Tendría que cogerte la mano y preguntarte cómo te sientes? ¿Debería mentirte y decirte que todo saldrá bien, que no habrá consecuencias, por más que consigas mantener el secreto de Edwad? —Hizo una pausa—. Siempre hay consecuencias, Isabella. Ya eres mayorcita para saberlo. ¿De verdad necesitas que te lo recuerde?
Isabella procuró mantener un tono sosegado.
—No me entiendes.
—Y tú tampoco me entiendes a mí. No me conoces tan bien como crees.
—Te conozco, mamá.
—Ah, sí, claro. Según tú, soy incapaz de mostrar un ápice de empatía o comprensión. —Acarició el pequeño diamante que brillaba en el lóbulo de su oreja—. Por eso precisamente inventé una excusa para ti anoche.
—¿Qué?
—Cuando llamó Jacob. La primera vez, reaccioné como si no sospechara nada malo mientras él divagaba sobre unas partidos de golf que planeaba jugar con un amigo, un tal Roger. Y luego, más tarde, cuando llamó otra vez, le dije que ya te habías acostado, aunque sabía exactamente lo que te proponías. Sabía que estabas con Edward y, a la hora de cenar, ya sabía que no regresarías a dormir a casa.
—¿Cómo podías saberlo? —le exigió Isabella , intentando ocultar su estupor.
—¿Acaso no te das cuenta de que Oriental es un pueblo pequeño? No hay muchos sitios donde alojarse. En mi primer intento, llamé a Alice Rusell, a la pensión. Tuvimos una agradable conversación, por cierto. Me dijo que Edward ya había dejado vacante la habitación, pero el simple hecho de saber que él estaba en el pueblo me bastó para imaginar lo que pasaba. Supongo que por eso estoy aquí, en vez de esperarte en casa. Pensé que podríamos evitar las mentiras y la negación de los hechos; pensé que así esta conversación podría ser más fácil para ti.
Isabella se sentía aturdida.
—Gracias por no decírselo a Jacob—farfulló.
—No soy yo quien ha de contarle lo que pasa, ni decir nada que pueda añadir más problemas a vuestro matrimonio. Tú sabrás lo que le cuentas. Para mí, no ha sucedido nada.
Isabella notó un desagradable gusto amargo en la boca.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Su madre suspiró.
—Porque eres mi hija. Quizá no quieras hablar de ello, pero por lo menos espero que me escuches. —Isabella detectó el tono de decepción de su madre—. No tengo ningún deseo de escuchar los detalles de mal gusto de lo que pasó anoche, ni escuchar lo mala que fui por no aceptar a Edward hace tantos años. Tampoco quiero hablar de tus problemas con Jacob. Lo que me gustaría es darte un consejo, dado que soy tu madre. A pesar de lo que a veces puedas pensar, eres mi hija y te quiero. La cuestión es: ¿estás dispuesta a escucharme?
—Sí. —La voz de Isabella apenas era audible—. ¿Qué debo hacer?
La cara de su madre perdió la máscara rígida y su voz se suavizó de una forma sorprendente.
—Es la mar de sencillo. No hagas caso de mi consejo.
Isabella esperó más, pero su madre se quedó callada, sin añadir ningún comentario. No sabía cómo interpretarlo.
—¿Me estás diciendo que deje a Jacob? —susurró finalmente.
—No.
—Entonces, ¿debería solucionar los problemas con él?
—Tampoco he dicho eso.
—No te entiendo.
—No trates de sacar tantas conclusiones. —Su madre se puso de pie y se alisó la chaqueta. Acto seguido, se dirigió hacia los peldaños.
Isabella pestañeó, intentando comprender lo que estaba pasando.
—Espera… ¿Te vas? ¡Pero si no me has dicho nada!
Su madre se volvió hacia ella.
—Al contrario, te he dicho todo lo que realmente es importante.
—¿Que no haga caso de tus consejos?
—Exactamente —admitió su madre—. No sigas mis consejos, ni de ningún otro. Confía en ti misma. Para bien o para mal, feliz o infeliz, es tu vida, y lo que hagas con ella solo depende de ti. —Apoyó un lustroso zapato de piel en el primer peldaño, que crujió bajo su peso. Su cara había vuelto a adoptar la rigidez que la caracterizaba—. Supongo que te veré luego, ¿no? ¿Cuando pases por casa a recoger tus cosas?
—Sí.
—Bien. Te prepararé un bocadillo y fruta.
A continuación, reanudó su descenso. Cuando llegó al coche, vio a Edward de pie en el taller y lo estudió unos momentos antes de darse la vuelta. Se sentó al volante, puso en marcha el motor y, en cuestión de segundos, desapareció de su vista.
Edward dejó la carta sobre el banco de trabajo y salió del taller, con la vista fija en Isabella. Ella estaba contemplando el bosque, con un aire más sereno del que él había esperado, aunque no podía interpretar nada más a partir de su expresión.
Mientras caminaba hacia ella, Isabella le ofreció una débil sonrisa antes de volver a desviar la vista. En lo más profundo de su ser, Edward sintió una punzada de miedo.
Se sentó en la mecedora, se inclinó hacia delante, entrelazó las manos y permaneció sentado en silencio.
—¿No vas a preguntarme qué tal ha ido? —preguntó ella finalmente.
—Esperaba que tarde o temprano te decidieras a contármelo. Si es que quieres hablar de eso, claro.
—¿Tan predecible soy?
—No.
—Sí que lo soy. Mi madre, en cambio… —Se frotó el lóbulo de la oreja, para ganar tiempo—. Si alguna vez te digo que conozco perfectamente a mi madre, recuérdame lo que ha pasado hoy, ¿de acuerdo?
Él asintió con la cabeza.
—Lo haré.
Isabella soltó un largo suspiro. Cuando se decidió a hablar, su voz sonaba extrañamente distante.
Cuando ella estaba subiendo los peldaños del porche, yo ya sabía cómo se iba a desarrollar nuestra conversación. Me exigiría saber qué es lo que estaba haciendo y me diría que estaba cometiendo un grave error. A continuación, vendría el sermón sobre expectativas y responsabilidad, y entonces yo aduciría que ella no me comprendía. Pensaba decirle que te había amado toda mi vida y que ya no era feliz junto a Jacob, que quería estar contigo. —Se volvió hacia él con ojos suplicantes, como si le pidiera que intentara comprenderla—. Podía oírme a mí misma pronunciando las palabras, pero entonces… Edward observó atentamente su expresión.
—Tiene esa forma peculiar de conseguir que yo acabe por cuestionarlo todo.— Te refieres a nosotros —matizó él, mientras se tensaba el nudo de miedo en su interior.
—Me refiero a mí —aclaró ella. Su voz apenas era un susurro—. Pero sí, también habló de nosotros. Porque quería soltarle esos comentarios, de verdad, quería decírselo, sobre todo porque eso es lo que siento.
Isabella sacudió la cabeza despacio, como si intentara aclarar su mente y zafarse de las imágenes borrosas de un sueño.
—Pero cuando mi madre empezó a hablar, me abordaron cientos de recuerdos de mi vida, y de repente pronuncié un discurso inesperadamente diferente. Fue como si en mi cerebro hubiera dos radios programadas con dos emisoras distintas, cada una de ellas con una versión alternativa. En la otra versión me oí a mí misma decir que no quería que Jacob se enterara de lo que había sucedido y que tengo tres hijos que me esperan en casa; por más que intentara explicarles mis sentimientos, sé que siempre habría algo inherentemente egoísta en esto.
Cuando hizo una pausa, Edward se fijó en cómo hacía girar distraídamente su anillo de casada.
—Annette es todavía una niña —continuó—. No puedo abandonarla, y tampoco se me ocurriría arrebatársela a su padre. ¿Cómo podría explicar algo así a una niña pequeña, para que pudiera comprenderlo? ¿Y cómo sé que para Jared y Lynn resultaría más fácil entenderlo, aunque ya sean casi adultos? ¿Cómo van a comprender que he decidido romper la familia para irme contigo, como si mi intención fuera revivir mi juventud? —Su voz expresaba una evidente angustia—. Amo a mis hijos. Se me partiría el corazón al ver que los he decepcionado.
—Ellos te quieren —dijo Edward, tragando la tensión que se le había formado en la garganta.
—Lo sé, pero no quiero ponerlos en esa situación —adujo ella, mientras se dedicaba a rascar un trozo de pintura descascarillada de la mecedora—. No quiero que me odien ni tampoco quiero defraudarlos. Y Jacob… —Resopló—. Es cierto que tiene problemas y que yo no estoy segura de mis sentimientos hacia él, pero no es una mala persona, y sé que siempre representará algo muy importante para mí.A veces tengo la impresión de que yo soy la única razón que lo empuja a seguir adelante. No es la clase de hombre capaz de asimilar que su esposa le abandone por otro. Créeme si te digo que no se recuperaría nunca de un golpe tan duro. Simplemente…, eso lo destrozaría. ¿Y entonces qué pasaría? ¿Bebería incluso más que ahora? ¿O se hundiría en una profunda depresión de la que no podría escapar? No sé si soy capaz de hacerle esa trastada. —Isabella dejó caer los hombros pesadamente—. Además, estás tú, claro.
Edward intuyó lo que ella iba a decir a continuación.
—Este fin de semana ha sido maravilloso, pero no es la vida real. Ha sido como una luna de miel, pero, con el tiempo, la emoción desaparecerá. Podemos intentar convencernos de que no sucederá, podemos hacernos todas las promesas imaginables, pero es inevitable, y entonces ya no me mirarás como me miras ahora. No seré la mujer con la que has soñado, o la muchacha de la que estabas enamorado. Y tú dejarás de ser mi único y verdadero amor. Serás alguien a quien mis hijos despreciarán por haber arruinado su familia, y me verás tal y como soy de verdad. Dentro de pocos años, simplemente seré una mujer que roza la cincuentena con tres hijos que quizá la detesten o quizá no, y a lo mejor acabaré por detestarme a mí misma por lo que he hecho. Y al final, tú también acabarás por odiarme.
—Eso no es cierto. —La voz de Edward era inquebrantable.
Isabella se obligó a actuar con valentía.
—Sí que lo es. Las lunas de miel siempre se acaban.
En ese instante, él la tomó del brazo, luego apoyó la mano en su muslo.
—Estar juntos no significa vivir en una constante luna de miel. Significa que nuestra historia se convierta en realidad. Quiero despertarme junto a ti todas las mañanas de mi vida; quiero contemplar tu rostro al atardecer, mientras cenamos el uno frente al otro; quiero compartir todos los detalles triviales de mi día a día contigo y escuchar los tuyos; quiero que riamos juntos, quedarme dormido contigo entre mis brazos. Porque no eres solo una mujer a la que amé hace muchos años, no; fuiste mi mejor amiga, lo mejor de mí, y no puedo soportar la idea de volver a perderte.
Edward titubeó, en busca de las palabras adecuadas.
—Quizá no lo entiendas, pero te di lo mejor de mí. Cuando te marchaste, nada volvió a ser lo mismo. —Edward podía notar el sudor en las palmas de las manos—. Sé que tienes miedo. Yo también lo tengo. Pero si perdemos esta ocasión, si fingimos que esto no ha sucedido, no creo que tengamos nunca más otra oportunidad. —Alzó la mano para apartarle un mechón que le cubría los ojos—. Todavía somos jóvenes; todavía podemos intentar que lo nuestro funcione.
—Ya no somos jóvenes…
—Te equivocas —insistió él—. Nos queda el resto de nuestras vidas.
—Lo sé —susurró ella—. Por eso necesito pedirte un favor.
—Lo que quieras.
Isabella se pellizcó la nariz, intentando contener las lágrimas.
—Por favor…, no me pidas que me vaya contigo, porque si lo haces, iré. No me pidas que le cuente a Jacob lo nuestro, porque también lo haré. No me pidas que abandone mis responsabilidades ni que rompa mi familia. —Aspiró hondo, tragando aire como si se estuviera ahogando—. Te quiero y, si tú también me quieres, no me pidas que haga todas esas cosas, te lo ruego, porque no me fío tanto de mí misma como para decir que no.
Cuando acabó, Edward no dijo nada. A pesar de que no quería admitirlo, sabía que había una parte de verdad en lo que Isabella acababa de decir.
Romper su familia lo cambiaría todo, empezando por ella. A pesar de lo asustado que estaba, recordó la carta de Carlisle. Probablemente Isabella necesitaría más tiempo, había dicho su viejo amigo. O quizá la historia había tocado a su fin y Edward tenía que seguir adelante sin mirar atrás.
Pero eso no era posible. Pensó en todos los años que había soñado con volver a verla; pensó en el futuro que quizá no compartirían. No quería darle tiempo, quería que Isabella lo eligiera a él en aquel preciso instante. Y, sin embargo, sabía que ella necesitaba que él le hiciera aquel favor, quizá más que ninguna otra cosa que Isabella hubiera necesitado en toda su vida.
Respiró hondo, como si esperara que, de algún modo, eso lo ayudara a pronunciar las siguientes palabras más fácilmente.
—De acuerdo —susurró al final.
Ella rompió a llorar. Combatiendo el cúmulo de emociones que lo embargaba, Edward se puso de pie. Isabella también. La abrazó, sintiendo cómo ella se derrumbaba entre sus brazos. Edward aspiró hondo para impregnarse de su aroma.
Las imágenes empezaron a aflorar en su cabeza: su melena bañada por los rayos del sol cuando salió del taller, el primer día que se reencontraron después de tantos años; su gracia natural mientras caminaba entre las flores silvestres en Vandemere; el imborrable momento de acuciante sed, cuando sus labios se rozaron por primera vez en el cálido interior de una casita que ni sabía que existía… Ahora todo estaba tocando a su fin. Era como si Edward estuviera presenciando los últimos destellos de luz que se fundían en la oscuridad de un interminable túnel.
Permanecieron abrazados en el porche durante un largo rato. Isabella escuchaba los latidos del corazón de Edward, sintiéndose totalmente arropada entre sus brazos. ¡Cómo desearía poder empezar aquella bella historia de nuevo!
Esta vez, sin embargo, no cometería errores; se quedaría con él, nunca volvería a abandonarlo, porque no le cabía la menor duda de que estaban hechos el uno para el otro.«Todavía nos queda una vida por delante para compartirla.»
Cuando notó que las manos de Edward se enredaban en su cabello, estuvo a punto de pronunciar aquellas palabras. Pero no pudo. En vez de eso, murmuró:
—Estoy muy contenta de haberte vuelto a ver, Edward Masen.
Él podía notar la suavidad sedosa de su cabello.
—Quizá podríamos repetir la experiencia algún día, ¿no?
—Quizá —contestó ella, al tiempo que se secaba una lágrima de la mejilla— ¿Quién sabe? Quizá cambie de opinión y me presente un día en Luisiana, con mis hijos, claro.
Edward esbozó una sonrisa forzada, una chispa de esperanza desesperada y
fútil que se resistía a extinguirse en su pecho.
—Prepararé la cena, para todos, por supuesto —bromeó.
Había llegado el momento de dejarla marchar. Bajaron los peldaños del porche.
Edward buscó su mano y ella se la ofreció, aplastándola con tanta fuerza que resultaba casi doloroso. Sacaron las cosas de Isabella del Stingray y caminaron despacio hacia su coche. Edward notaba que tenía todos los sentidos completamente despiertos; el sol de la mañana le calentaba la nuca, la brisa era ligera como una pluma y las hojas crujían bajo sus pies, pero nada parecía real. Lo único que se le antojaba verdadero era que su historia con Isabella estaba a punto de terminar.
Ella se aferró a su mano. Cuando llegaron al coche, él le abrió la puerta y se volvió hacia Isabella. A continuación, la besó con ternura antes de deslizar los labios por su mejilla, siguiendo el rastro de sus lágrimas. Trazó la línea de su mandíbula, pensando en las palabras que Carlisle había escrito. De repente, comprendió que nunca podría seguir adelante sin mirar atrás, a pesar de que su amigo le había pedido que lo hiciera. Isabella era la única mujer a la que había amado, la única mujer a la que Edward quería seguir amando.
Ella aunó fuerzas para retroceder un paso y separarse de él. Se sentó al volante, puso el motor en marcha y cerró la puerta antes de bajar la ventanilla. A Edward le brillaban los ojos por las lágrimas, como un claro reflejo de los suyos. Con gran esfuerzo, Isabella dio marcha atrás. Él se apartó, sin decir nada; el dolor que lo embargaba era el mismo que se reflejaba en su propia expresión angustiada.
Ella dio media vuelta y dirigió el coche hacia la carretera. El mundo se había vuelto borroso a través de sus lágrimas. Mientras tomaba la curva para abandonar la explanada, miró por el espejo retrovisor e hipó de manera desconsolada a medida que Edward se hacía cada vez más pequeño a su espalda, completamente inmóvil. Lloró aún más cuando el coche aceleró la marcha. Los árboles parecían asfixiarla a su alrededor. Quería dar la vuelta y regresar junto a él, decirle que tenía el coraje de ser la persona que quería ser. Susurró su nombre y, a pesar de que no había forma de que él la hubiera oído, Edward alzó el brazo y le ofreció un último adiós.
Su madre se hallaba sentada en el porche, sorbiendo un vaso de té frío, cuando ella aparcó el coche frente a su casa. En la radio sonaba una suave melodía.
Isabella pasó por delante de ella sin decir nada. Subió las escaleras y se metió en su cuarto; abrió el grifo de la ducha, se quitó la ropa y permaneció desnuda delante del espejo, sintiéndose agotada y tan vacía como un viejo jarrón inútil.
El punzante chorro que salía del grifo era como un castigo. Cuando salió, se puso unos vaqueros y una sencilla blusa de algodón antes de guardar el resto de sus pertenencias en la maleta. El trébol fue a parar a un compartimento con cremallera de su monedero. Como de costumbre, quitó las sábanas de la cama y las llevó al lavadero. Las metió en la lavadora, con movimientos de autómata.
De vuelta a su cuarto, hizo una lista mental de tareas pendientes. Se recordó a sí misma que la máquina para hacer cubitos de hielo en casa estaba averiada y que había que repararla; había olvidado pedirle a Jacob que lo hiciera antes de marcharse. También necesitaba empezar a planificar una nueva campaña para recaudar fondos; llevaba tiempo aplazándolo, pero el mes de septiembre se le echaría encima sin que se diera cuenta, seguro.
Necesitaba contratar un servicio de cáterin, y probablemente sería una buena idea solicitar donativos para las cestas de regalo. Lynn tenía que matricularse en las clases de preparación para las pruebas de acceso a la universidad, y no podía recordar si ya habían pagado la reserva de la habitación de Jared en la residencia universitaria. Annette regresaría del campamento a finales de semana, y probablemente querría algo especial para cenar.
Hacer planes, olvidarse del fin de semana, regresar a la vida real. Como el agua en la ducha, que había borrado el rastro en su piel del aroma de Edward, aquello le parecía una especie de castigo.
Pero incluso cuando su mente empezó a calmarse, comprendió que todavía no estaba lista para hablar con su madre. Se sentó en la cama. Los rayos del sol se filtraban suavemente por la ventana e iluminaban la estancia. Recordó el aspecto de Edward allí de pie, inmóvil, en la explanada. La imagen era tan vívida como si la estuviera viendo en esos precisos momentos. A pesar de sí misma —a pesar de todo—, supo que había tomado la decisión equivocada.
Todavía podía irse con Edward, intentar que aquella relación funcionara, por más retos que encontraran en el camino. Con el tiempo, sus hijos la perdonarían; con el tiempo, ella se perdonaría a sí misma.
Pero se quedó paralizaba, incapaz de moverse.
—Te quiero —susurró en el silencio de la habitación, sintiendo cómo su futuro se desvanecía como los granos de arena en la playa, un futuro que había parecido casi como un sueño.
Carlisle es una sabio y bien que le advirtió a Ed que nuestra Isabella es un tanto cabeza dura... Será esto un adiós? Espero sus comentarios.
Muchas Gracias por leer.
Besos!
