Hola!

Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.

Disculpen por la demora en la actualización.


Capitulo 17

Tras enjuagar la capa de suciedad que la lluvia había dejado sobre el Stingray, Edward bajó la manguera y se dirigió hacia el río situado detrás de la casa de Carlisle. La tarde se había vuelto más cálida, demasiado cálida para que los peces saltaran, y el río había adquirido la inherente cualidad inmutable de un espejo. No se movía ni una gota de aire. Edward se puso a pensar en aquellos últimos momentos con Isabella.

Mientras ella se alejaba, había tenido que contenerse para no echar a correr detrás del coche e intentar convencerla para que cambiara de opinión. Quería decirle de nuevo lo mucho que la amaba. Sin embargo, se había quedado inmóvil, contemplando cómo se marchaba, con el pleno convencimiento de que no la volvería a ver nunca más y preguntándose cómo había sido capaz de dejarla escapar otra vez.

No debería haber regresado. No se sentía cómodo allí. No le quedaba ningún vínculo con nadie. Así pues, había llegado la hora de marcharse. Hasta el momento, era consciente de que había estado tentando la suerte con sus primos, al permanecer tanto tiempo en el pueblo. Dio media vuelta y recorrió la fachada lateral de la casa, hacia su coche. Solo le quedaba una última parada que hacer; después, se marcharía de Oriental para no regresar jamás.

Isabella no estaba segura de cuánto rato había permanecido encerrada en la habitación. Una hora o dos, quizá más. Cada vez que echaba un vistazo por la ventana, veía a su madre sentada en el porche, con un libro abierto sobre el regazo.

Había cubierto la comida con unas servilletas para mantener alejadas las moscas. No se había levantado ni una sola vez para ver cómo estaba Isabella desde que había regresado a casa, ni su hija esperaba que lo hiciera. Se conocían lo suficiente como para saber que ya bajaría cuando estuviera lista. Jacob había llamado un poco antes desde el club de golf. No se había explayado mucho, pero ella había detectado que se le trababa un poco la lengua al hablar.

Diez años le habían enseñado a reconocer las señales instantáneamente. A pesar de que no tenía ganas de conversar, él no parecía ni haberse dado cuenta. Y no era porque estuviera borracho —que lo estaba—, sino porque, a pesar del horrible inicio de su recorrido, había acabado con cuatro pares seguidos. Quizá por primera vez en su vida, Isabella se alegraba de que Jacob estuviera bebiendo; sabía que estaría tan cansado cuando ella llegara a casa que probablemente se quedaría dormido mucho antes de que su mujer se fuera a la cama. Lo último que le apetecía era que Jacob tuviera ganas de sexo. Aquella noche no podría soportarlo.

Sin embargo, todavía no estaba lista para enfrentarse a su madre. Se levantó de la cama, enfiló hacia el cuarto de baño y fisgoneó en el botiquín hasta que encontró una botella de Visine. Se echó unas gotas de la solución oftálmica en los ojos, rojos e hinchados, y luego se pasó el cepillo por la melena. No consiguió mejorar mucho su aspecto, pero le daba igual. Jacob ni se fijaría. Edward sí que se habría fijado. Y con él, Isabella se habría preocupado por su aspecto.

Volvió a pensar en Edward, como había estado haciendo desde que había regresado a casa de su madre, e intentó controlar sus emociones. Miró de soslayo hacia las maletas que había preparado un poco antes. Se fijó en la punta del sobre que sobresalía de su bolso. Lo sacó y contempló su nombre escrito con la letra temblorosa de Carlisle. Se sentó en la cama otra vez, rompió el sobre y alzó la carta con la extraña impresión de que Carlisle tenía las respuestas que necesitaba.

Querida Isabella:

Cuando leas esta carta, probablemente te estarás enfrentando a una de las decisiones más duras de tu vida, y sin duda te sentirás como si tu mundo se estuviera desmoronando por completo. Por si te preguntas cómo es posible que lo sepa, simplemente te diré que, a lo largo de los últimos años, creo que he llegado a conocerte bastante bien. Siempre he sentido un gran afecto por ti, Isabella. Pero este no es el motivo que me lleva a escribirte esta carta.

No puedo decirte lo que has de hacer, y dudo que realmente haya algo que pueda decir para conseguir que te sientas mejor. En vez de eso, quiero contarte una historia, sobre Esme y sobre mí. Es una historia que no conoces, porque nunca encontré el momento adecuado para contártela. Me sentía avergonzado. Creo que tenía miedo de que decidieras dejar de visitarme porque, tal vez, pensaras que te había estado mintiendo todo el tiempo. Esme era no era un fantasma. Sí, la veía claramente y también podía oírla. No digo que estas cosas no sucedieran, porque sería falso.

Todo lo que he escrito en la carta para Edward y para ti es cierto. La vi aquel día cuando volví de la casita de Vandemere y, cuanta más dedicación ponía en las flores, más claramente podía verla. El amor puede conjurar un sinfín de emociones, pero, en el fondo, sabía que ella no estaba allí de verdad. La veía porque quería verla, la oía porque la echaba de menos. Supongo que lo que realmente estoy intentando decir es que ella era mi creación, nada más, aunque yo pretendiera engañarme a mí mismo para creer lo contrario.

Te preguntarás por qué te cuento esto precisamente ahora, así que será mejor que te lo aclare. Me casé con Esme a los diecisiete años, y pasamos cuarenta y dos años juntos, uniendo nuestras vidas, cuerpos y almas hasta formar lo que yo pensaba que era un todo inseparable. Su muerte me afectó tanto que, durante los siguientes veintiocho años, la mayoría de la gente del pueblo pensaba que había perdido la cabeza, incluso yo mismo lo pensaba. Isabella, tú todavía eres joven. Quizá no te sientas joven, pero, para mí, no eres más que una niña con una larga vida por delante. Escúchame cuando te digo que yo he vivido con la Esme real y también con el fantasma de Esme: de las dos, una me llenaba de alegría; en cambio, la otra era solo un apagado reflejo. Si abandonas a Edward ahora, vivirás para siempre con el fantasma de lo que podría haber sido tuyo.

Sé que en esta vida hay personas inocentes que inevitablemente salen heridas por las decisiones que tomamos. Llámame viejo egoísta, pero no quiero que te conviertas en una de ellas.

Carlisle

Isabella guardó la carta en el bolso. Le costaba respirar. Sabía que Carlisle tenía razón. Estaba tan segura como nunca antes lo había estado sobre nada.

Con un sentimiento de desesperada necesidad que no alcanzaba a comprender, agarró las maletas y bajó las escaleras. Normalmente, las habría dejado cerca de la puerta hasta que estuviera a punto de marcharse, pero en aquella ocasión, agarró el tirador, abrió la puerta y se dirigió directamente hacia el coche. Lanzó las maletas en el maletero antes de rodear el vehículo a toda prisa. Solo entonces se fijó en su madre, que, de pie en el porche, la observaba con atención.

Isabella no dijo nada, ni su madre tampoco. Se limitaron a mirarse fijamente. Tuvo el desagradable presentimiento de que su madre sabía justo adónde se dirigía, pero, con las palabras de Carlisle todavía resonando en sus oídos, le daba igual. Lo único que sabía era que necesitaba encontrar a Edward.

Quizás aún estaría en casa de Carlisle, aunque lo dudaba. No se requería tanto tiempo para lavar un coche y, con sus primos a la zaga, estaba segura de que Edward no pensaba quedarse por más tiempo en Oriental. «Pero mencionó un lugar adonde pensaba ir antes de marcharse del pueblo.» Las palabras emergieron en su mente de repente, sin un pensamiento consciente. Isabella se sentó al volante, con la certeza de que sabía dónde podría encontrarlo.

Cuando llegó al cementerio, Edward se apeó del coche y recorrió el corto espacio hasta la tumba de Bem Cheney.

En el pasado, siempre visitaba el cementerio a horas intempestivas y procuraba que nadie lo viera. Aquel día, en cambio, eso no iba a ser posible. Los fines de semana, el lugar solía estar muy concurrido. Había personas arracimadas junto a algunas tumbas. Aunque nadie parecía prestar atención a su figura, Edward se abrió paso con la cabeza gacha. Al final, llegó a la tumba. Las flores que había depositado el viernes por la mañana seguían allí, aunque alguien las había apartado a un lado; probablemente, el encargado de mantenimiento del recinto. Edward se agachó y arrancó unas briznas de hierba que había cerca de la tumba.

Sus pensamientos volaron de nuevo hacia Isabella. Lo embargó una sensación de intensa soledad. Sabía que su vida había estado abocada al fracaso desde el principio. Entornó los ojos y rezó una última oración por Bem Cheney, sin darse cuenta de que a su sombra se le había unido otra, sin percatarse de que alguien acababa de detenerse a su lado.

Al llegar a la calle principal que atravesaba Oriental, Isabella se detuvo en el cruce. Si giraba a la izquierda, se dirigiría hacia el puerto deportivo y al final llegaría a la casa de Carlisle. Si giraba a la derecha, se alejaría del pueblo, hasta llegar a la carretera rural que había tomado para ir a casa de su madre. Si seguía recto, después de una verja de hierro forjado, estaría en el cementerio. Era el más grande de Oriental, el lugar donde habían enterrado al doctor Bem Cheney. Recordaba que Edward había comentado que quizá se pasara por allí antes de marcharse del pueblo.

Las puertas del cementerio estaban abiertas. Echó un rápido vistazo a la media docena de coches y furgonetas aparcadas, en busca del coche que Edward había alquilado. Cuando lo vio, contuvo la respiración. Tres días antes, él lo había aparcado junto a su coche al llegar a la casa de Carlisle. Un poco antes, aquella misma mañana, ella había estado de pie junto al vehículo mientras él la besaba por última vez.

Edward estaba allí.

«Todavía somos jóvenes —le había dicho—. Todavía podemos intentar que lo nuestro funcione.»

Isabella apretó el pedal del freno. En la carretera principal, una furgoneta pasó a gran velocidad, oscureciéndole momentáneamente la vista, en dirección hacia el pueblo. Luego la carretera se quedó desierta. Si cruzaba la carretera y aparcaba, sabía que podría encontrarlo. Pensó en la carta de Carlisle, en los años de pena que él había soportado sin Esme. Supo que había tomado la decisión equivocada: no concebía su vida sin Edward.

Mentalmente, imaginó la escena: sorprendería a Edward en la tumba del doctor Cheney y le diría que se había equivocado al marcharse. Podía sentir su propia felicidad cuando él la estrechara de nuevo entre sus brazos, convencidos de que, esta vez, nada los separaría. Si iba al encuentro de Edward, sabía que lo seguiría a cualquier parte del mundo. O que él la seguiría a ella. Pero incluso en esos momentos, sus responsabilidades la seguían angustiando. Levantó lentamente el pie del pedal del freno. En lugar de seguir recto, giró el volante y ahogó un sollozo en el pecho mientras se dirigía hacia la carretera principal, con el morro del coche apuntando hacia su casa.

Pisó el acelerador, intentando de nuevo convencerse a sí misma de que su decisión era la correcta, la única que podía tomar. Detrás de ella, el cementerio desapareció a lo lejos.

—Perdóname, Edward—susurró, y deseó que él pudiera oírla.

También deseó no haber tenido que pronunciar nunca aquellas palabras. Un ruido a su lado interrumpió el estado de ensueño de Edward. Sorprendido, abrió los ojos. Enseguida reconoció a la mujer. Se quedó sin habla.

—Estás aquí —dijo Angela Weber—. Ante la tumba de mi esposo.

—Lo siento —balbuceó él al tiempo que bajaba la mirada—. No debería haber venido.

—Pero lo has hecho —replicó Angela—. Y también viniste hace unos días.

Edward no respondió.

Ella señaló las flores con la cabeza.

—Siempre paso por aquí después de ir a misa. Esas flores no estaban el pasado fin de semana. Tienen un aspecto demasiado fresco como para que alguien las haya colocado a principios de semana. Supongo que las depositaste el… ¿viernes?

Edward tragó saliva antes de contestar.

—Por la mañana.

Ella lo miraba sin pestañear.

—Solías hacer lo mismo hace mucho tiempo, cuando saliste de la cárcel, ¿no? ¿Verdad que eras tú?

Edward no dijo nada.

—Lo suponía. —Angela suspiró al tiempo que avanzaba un paso hacia la lápida. Edward se apartó a un lado, dejando espacio a Angela—. Tras la muerte de Bem, mucha gente pasaba por aquí para depositar flores. Eso duró uno o dos años, pero después la gente se fue olvidando, supongo. Excepto yo. Durante una época, fui la única que traía flores; entonces, unos cuatro años después de su muerte, empecé a ver las flores de nuevo. No todo el tiempo, pero con bastante frecuencia como para que despertara mi curiosidad. No tenía ni idea de quién se trataba. Pregunté a mis padres, a mis amigos, pero nadie admitió ser el responsable. Durante un tiempo, incluso me planteé si Bem había tenido una amante. ¿Te lo imaginas? —Sacudió la cabeza y soltó un largo suspiro—. No fue hasta que, de repente, un día ya no hubo más flores cuando me di cuenta de que eras tú. Sabía que habías salido de la cárcel y que estabas en el pueblo, en libertad provisional. También me enteré de que abandonaste el pueblo un año más tarde. Me sentí tan… indignada, al pensar que lo habías estado haciendo durante tanto tiempo…

Angela se cruzó de brazos, como si intentara apartar esos recuerdos de su mente, antes de proseguir:

—Y entonces, esta mañana, he visto de nuevo las flores. Sabía que eso quería decir que habías regresado. No sabía si hoy volverías a pasar por aquí…, pero lo has hecho.

Edward hundió las manos en los bolsillos. De repente, quería estar en cualquier otro lugar en vez de allí.

—No volveré a traer flores. Se lo juro —murmuró.

Ella lo observó con atención.

—¿Y crees que eso me sirve de disculpa por todas las veces que has pasado por aquí, teniendo en cuenta lo que hiciste, teniendo en cuenta que mi esposo está aquí, en lugar de estar conmigo, y que ha perdido la oportunidad de ver crecer a sus hijos?

—No —respondió Edward.

—Por supuesto que no —dijo ella—. Porque todavía te sientes culpable por lo que hiciste. Por eso nos has estado enviando dinero durante todos estos años, ¿no es cierto?

Él quería mentir, pero no podía.

—¿Desde cuándo lo sabe? —preguntó Dawson.

—Desde que recibí el primer cheque —precisó ella—. Habías ido a verme a mi casa justo un par de semanas antes, ¿recuerdas? No me costó mucho atar cabos. — Angela vaciló—. Aquel día que fuiste a mi casa, querías disculparte, en persona, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y yo no te lo permití. Dije… un montón de cosas ese día, cosas que no debería haber dicho.

—Estaba en todo su derecho de hacerlo.

Los labios de Angela se curvaron con una leve sonrisa.

—Tenías veintidós años. En esos momentos, vi a un hombre hecho y derecho en el porche, pero cuanto mayor me hago, más me doy cuenta de que la gente no se hace adulta hasta, por lo menos, los treinta años. Mi hijo es mayor de lo que tú lo eras por entonces, y todavía me parece un crío.

—Usted hizo lo que tenía que hacer.

—Quizás —apuntó, al tiempo que se encogía de hombros levemente. Entonces se acercó más a él—. El dinero que enviaste nos ayudó; me ayudó durante muchos años, pero ya no lo necesito. Así que, por favor, no me envíes más dinero.

—Solo quería…

—Sé lo que querías —lo atajó ella—. Pero todo el dinero del mundo no podrá devolverme a Bem ni reparar la pérdida de su muerte. Y tampoco puede darles a mis hijos el padre que nunca conocieron.

—Lo sé.

—Además, no se puede comprar el perdón con dinero.

Edward dejó caer pesadamente los hombros.

—Será mejor que me vaya —murmuró él, dispuesto a darse la vuelta.

—Sí. Pero antes de que te marches, hay algo que deberías saber.

Cuando Edward se volvió de nuevo hacia ella, Angela lo miró fijamente a los ojos.

—Sé que lo que pasó fue un accidente. Siempre lo he sabido. Y sé que harías cualquier cosa por poder cambiar el pasado. Todo lo que has hecho desde entonces lo demuestra. Y sí, admito que estaba enfadada y asustada, y que me sentía sola cuando fuiste a verme a mi casa, pero nunca, jamás, creí que hubieras actuado con maldad aquella noche. Fue solo una de esas… tragedias que a veces pasan en la vida, pero, cuando fuiste a verme, me ensañé contigo.

Angela hizo una pausa para que Edward tuviera tiempo de asimilar sus palabras. Continuó con un tono de voz casi afectuoso:

—Ahora estoy bien, y mis hijos también lo están. Hemos sobrevivido. Estamos bien.

Esperó un momento hasta que él se volvió de nuevo hacia ella. Arrastrando suavemente las palabras, añadió:

—He venido a decirte que ya no necesitas mi perdón. Pero también sé que, en el fondo, tampoco era esto lo que buscabas. No se trata de mí ni de mi familia. Se trata de ti. Siempre se ha tratado de ti. Has vivido aferrado a un terrible error durante demasiado tiempo. Si fueras mi hijo, te aconsejaría que ya es hora de que cierres ese episodio de tu vida. Así que ciérralo, Edward. Hazlo por mí.

Angela lo observó con atención, como si quisiera asegurarse de que la había comprendido. Después se dio media vuelta y se alejó. Edward permaneció quieto mientras la figura femenina se desvanecía, serpenteando entre las tumbas vigilantes hasta que finalmente se perdio de vista.


Muchas gracias por leer.

Besos!