Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 18
Isabella conducía con el piloto automático, sin prestar atención al tráfico intenso y lento, propio del fin de semana. Familias en monovolúmenes y todoterrenos, algunos remolcando barcas, ocupaban la autopista después de haber pasado el fin de semana en la playa.
Mientras conducía, no podía conciliar la idea de volver a casa y fingir que los dos últimos días no habían existido. Comprendía que no podía contárselo a nadie; sin embargo, tampoco se sentía culpable de lo que había hecho. Si acaso, sentía remordimientos. Deseó haber hecho las cosas de una forma diferente.
Si hubiera sabido desde el inicio cómo acabaría aquel fin de semana, se habría quedado más tiempo con Edward la primera noche que pasaron juntos, y no se habría dado la vuelta cuando temió que él fuera a besarla.
Habría quedado con él también el viernes por la noche, por más mentiras y excusas que le hubiera tenido que soltar a su madre, y habría dado cualquier cosa por pasar todo el sábado arropada entre sus brazos.
Después de todo, si hubiera cedido antes a sus sentimientos, el sábado por la noche probablemente habría acabado de un modo distinto. Quizás habría anulado las barreras, las impuestas por los votos del matrimonio. Y eso que había estado a punto de conseguirlo. Mientras bailaban en el comedor, Isabella no podía pensar en nada más que en dejar que él le hiciera el amor; mientras se besaban, ella sabía exactamente lo que iba a suceder. Lo deseaba, de una forma primitiva, como lo había deseado antaño.
Isabella había creído que podría superar aquellas barreras psicológicas; había creído que, cuando llegaran a la habitación, sería capaz de fingir que su vida en Durham no existía, aunque solo fuera por una noche. Incluso mientras él la desnudaba y la llevaba hasta la cama, pensó que podría dejar a un lado la realidad de su matrimonio. Pero por más que quiso ser otra persona aquella noche, libre de responsabilidades y promesas insostenibles, por más que deseaba a Edward, sabía que estaba a punto de cruzar una línea de la que ya no habría retorno. A pesar de la imperiosa necesidad que le transmitían las caricias de Edward y del placer de sentir de nuevo su cuerpo contra el suyo, no podía desdeñar sus sentimientos.
Edward no se había enfadado; en lugar de eso, la había estrechado entre sus brazos mientras le acariciaba tiernamente el cabello con una mano. Luego la había besado en la mejilla y le había susurrado palabras de remanso: que no importaba, que nada podría cambiar lo que sentía por ella…
Permanecieron así hasta que amaneció y el cansancio hizo mella en los dos. Con las primeras luces del alba, Isabella se quedó dormida, arropada por sus brazos. Cuando se despertó a la mañana siguiente, su primer deseo fue el de abrazarlo.
Pero Edward ya no estaba a su lado.
En el bar del club, un buen rato después de haber acabado su partido de golf, Jacob pidió al camarero que le sirviera otra cerveza, sin prestar atención a la mirada de reprobación que el camarero le lanzó a Roger. Este se limitó a encogerse de hombros; él ya había descartado tomar más cervezas y había pedido una CocaCola light. El camarero depositó otra botella de cerveza delante de Jacob con renuencia, al tiempo que Roger se inclinaba más hacia la barra, intentando hacerse oír por encima del bullicio del abarrotado local.
En la última hora, se había llenado hasta los topes. La partida estaba interesantísima, justo en el noveno inning.
—Ya te he dicho que he quedado con Susan para cenar, así que no podré llevarte a casa, y tú no estás en condiciones de conducir.
—Lo sé.
—¿Quieres que llame un taxi?
—Disfrutemos del partido. Ya pensaremos en eso más tarde, ¿vale?
Jacob alzó la botella y tomó otro sorbo, sin apartar ni un segundo de la pantalla los ojos vidriosos.
Jasper estaba sentado en la silla, junto a la cama de su hermano, preguntándose una vez más cómo podía Emmet vivir en esa apestosa madriguera. El tufo era insoportable, una repugnante combinación de pañales sucios y moho. ¡Quién sabía qué bichos debía de haber por allí muertos! Combinado con el bebé, que no paraba de berrear, y con Rose, que se paseaba por la casa como un fantasma asustado, le extrañaba que Emmet no estuviera más chalado de lo que ya estaba.
Ni siquiera sabía por qué todavía seguía allí. Emmet se había pasado prácticamente toda la tarde inconsciente, desde que había caído redondo mientras intentaba llegar a la furgoneta. Rose se había puesto a chillar que tenían que llevarlo de nuevo al hospital cuando Jasper lo levantó del suelo y lo llevó hasta su cama.
Si el estado de Emmet empeoraba, probablemente sí que lo llevaría al hospital, pero sabía que los médicos no podrían hacer gran cosa por él. Lo que Emmet necesitaba era descansar, y el reposo lo podía hacer tanto en el hospital como en casa. Tenía una contusión y debería habérselo tomado con más calma la noche anterior, pero no lo había hecho, y ahora estaba pagando las consecuencias.
El problema era que Jasper no quería pasar otra noche sentado junto a su hermano en el hospital, dado que él ya se sentía un poco mejor. ¡Mierda! Tampoco le apetecía estar encerrado en casa de Emmet, pero el negocio era el negocio y, en su caso, el negocio dependía de la amenaza de violencia. Emmet desempeñaba un papel fundamental en ese sentido. Tenía suerte de que el resto de la familia no hubiera visto cómo se desplomaba en el suelo y que Jasper hubiera podido encargarse de él antes de que nadie se diera cuenta de lo que había sucedido.
¡Por Dios! ¡Qué asco! Esa madriguera apestaba como una cloaca. Y el calor de última hora de la tarde no hacía más que intensificar el tufo. Jasper sacó el teléfono móvil del bolsillo, buscó en la lista de contactos, encontró a Alice y pulsó la tecla.
La había llamado antes, pero ella no había contestado, y tampoco le había devuelto la llamada. No le gustaba que pasaran de él de ese modo. No, no le gustaba en absoluto.
Pero por segunda vez aquel día, el teléfono de Alice siguió sonando sin respuesta.
—¿Qué diantre pasa aquí? —bramó Emmet en un arrebato de furia. Su voz era ronca. Sentía la cabeza como si alguien le hubiera atizado fuerte con un mazo.
—Tienes que guardar reposo —contestó Jasper.
—¿Cómo es posible? Yo quería…
—No has llegado ni a la furgoneta; has acabado tirado en el suelo como una colilla. Te he traído hasta aquí a rastras.
Emmet se incorporó poco a poco hasta quedarse sentado. Esperó el súbito mareo, que llegó, aunque no tan violentamente como por la mañana. Se limpió la nariz y preguntó:
—¿Has encontrado a Edward?
—No he salido a buscarlo. Me he pasado toda la tarde cuidando de ti, maldito idiota.
Emmet escupió en el suelo, cerca de una pila de ropa sucia.
—Quizá todavía esté en el pueblo.
—A lo mejor, pero lo dudo; probablemente sabe que lo buscas. Si es inteligente, seguro que a estas horas ya se habrá largado.
—Bueno, pero quizá no sea tan inteligente. —Emmet se apoyó con dificultad en la base de la cama para levantarse al tiempo que se guardaba la Glock en la cintura—. Conduces tú.
Jasper ya sabía que su hermano no pensaba tirar la toalla. Pero quizá sería bueno que sus familiares vieran las intenciones de Emmet, para que quedara claro que estaba recuperado y listo para encargarse de cualquier asunto feo.
—¿Y si no está allí?
—Entonces se acabó. Pero necesito asegurarme.
Jasper lo miró fijamente, preocupado por las llamadas sin respuesta y por el paradero de Alice. Al acordarse del payaso con el que la había visto flirtear el viernes en el Tidewater, se puso tenso.
—De acuerdo. Pero luego necesitaré que hagas algo por mí, ¿vale?
Alice sostenía el teléfono mientras seguía sentada en el aparcamiento del Tidewater. Dos llamadas de Jasper a las que no había contestado, y tampoco le había devuelto las llamadas. Solo con pensarlo, se puso tensa. Sabía que debería llamarlo, ronronear como una gatita en celo y pronunciar las palabras que él esperaba oír, pero entonces quizás a él se le ocurriría pasar a verla por el bar, y eso era lo último que quería, porque entonces Jasper vería el coche lleno de trastos en el aparcamiento, averiguaría que ella planeaba largarse y… ¿Quién sabía lo que ese desequilibrado era capaz de hacer?
Tendría que haber hecho las maletas después del trabajo y haberse marchado desde su casa, no desde el Tidewater. Pero no se le había ocurrido antes y su turno estaba a punto de empezar. Aunque tenía dinero para pagar un motel y la comida durante una semana, realmente necesitaba las propinas de aquella noche para la gasolina.
No podía aparcar el coche delante del local, donde Jasper podría verlo. Dio marcha atrás, abandonó el aparcamiento y condujo en dirección al pueblo. Detrás de una de las tiendas de antigüedades, en las afueras del pueblo, había un pequeño aparcamiento. Decidió aparcar allí, donde el coche no quedaba a la vista. Mucho mejor. Aunque eso suponía que tendría que andar un poco.
Pero ¿y si Jasper se pasaba por el Tidewater y no veía el coche? Eso también podía ser una pega. Alice no quería que le hiciera demasiadas preguntas. Pensó en una excusa, y al final decidió que, si volvía a llamar, contestaría y quizá mencionaría, como quien no quería la cosa, que se le había averiado el coche y que se había pasado todo el día intentando solucionar el problema. Era arriesgado, pero intentó consolarse recordándose a sí misma que solo le quedaban cinco horas para largarse. Después, Alice podría olvidarse de aquel mal rollo.
Jared todavía estaba durmiendo cuando su teléfono móvil empezó a sonar. Eran las cinco y cuarto. Se dio la vuelta hacia la mesilla, preguntándose porqué lo llamaba su padre. Pero no era su padre, sino su amigo Roger, que le pedía si podía ir a recoger a su padre al club de golf, pues había bebido más de la cuenta y no estaba en condiciones de conducir.
«¡No me digas! ¿De verdad? ¿Mi padre? ¿Bebiendo?», pensó. Aunque tenía ganas de hacerlo, no expresó sus pensamientos en voz alta. En lugar de eso, prometió que estaría allí dentro de unos veinte minutos. Se levantó de la cama, se puso los mismos pantalones cortos y la misma camiseta que llevaba antes de acostarse, y por último se calzó unas chancletas. Agarró las llaves del coche y el billetero del escritorio, y bajó las escaleras bostezando, mientras pensaba en llamar a Melody.
Jasper no se molestó en ocultar la furgoneta en la carretera cerca de la casa de Carlisle y luego atravesar el bosque andando, como había hecho la noche anterior, sino que aceleró sobre la superficie sin asfaltar llena de baches. Tras dar un fuerte frenazo que levantó una nube de polvo y de gravilla, se detuvo delante de la casa.
Había conducido como el líder de un grupo especial de operaciones de alto riesgo al que hubieran encomendado una misión. Saltó de la furgoneta, pistola en mano, antes que Emmet, pero su hermano también salió de la furgoneta con una sorprendente agilidad, sobre todo teniendo en cuenta su lamentable estado. Los moratones de debajo de los ojos ya habían empezado a adoptar un color negro azulado. Parecía un mapache humano.
Tal y como Jasper había supuesto, allí no había nadie. La casa estaba vacía; tampoco había ni rastro de Edward en el taller. Su primo era, sin lugar a dudas, un cabrón escurridizo. Qué pena que no hubiera decidido quedarse con la familia; seguro que Jasper podría haber hecho un buen uso de sus habilidades, por más que Emmet se hubiera puesto como un perro rabioso.
Emmet tampoco parecía sorprendido de no encontrar a Edward allí, aunque eso no significaba que estuviera menos enfadado. Jasper podía ver cómo se tensaban los músculos de su mandíbula mientras acariciaba el gatillo de la Glock con un dedo.
Después de estar rabiando un minuto en la explanada, Emmet enfiló hacia la casa de Carlisle y derribó la puerta de una patada. Su hermano se apoyó en la furgoneta, decidido a dejar que se desahogara de su berrinche. Podía oír el alud de improperios que lanzaba, mientras rugía de rabia y estampaba objetos contra las paredes y el suelo. Una vieja silla salió volando por la ventana y el cristal estalló en mil pedazos. Emmet apareció finalmente en el umbral de la puerta, donde apenas se detuvo unos instantes. Con la furia animal que le poseía, avanzó a grandes zancadas hacia el viejo taller.
En su interior había un Stingray clásico. No estaba allí la noche anterior, otra señal de que Edward había venido y se había marchado. Jasper no estaba seguro de qué se proponía Emmet, aunque, en realidad, le importaba bien poco. Mejor que Emmet sacara toda la rabia que llevaba dentro. Cuanto antes se calmara, antes volverían las aguas a su cauce. Necesitaba que su hermano se centrara menos en lo que quería y más en lo que Jasper le ordenaba que hiciera.
Contempló cómo agarraba una llave de cruz del banco de trabajo. La levantó bien alto por encima de su cabeza y la lanzó con todas sus fuerzas contra el parabrisas. A continuación, empezó a aporrear la capota con un martillo y no tardó en agujerearla. Agarró nuevamente la llave de cruz y destrozó los faros y los espejos retrovisores, pero, por lo visto, la fiesta solo acababa de empezar.
Durante los siguientes quince minutos, Emmet se dedicó a desguazar el coche, utilizando cualquier herramienta que estuviera a su alcance. El motor, las ruedas, la tapicería y el salpicadero quedaron reducidos a chatarra. Emmet ventilaba su furia hacia Edward con una intensidad frenética.
«¡Qué pena!», pensó Jasper. El Stingray era una preciosidad, un verdadero clásico. Pero no era su coche. Se consoló pensando que si con eso Emmet se sentía mejor…
Cuando su hermano dio por concluido el trabajo, se dirigió hacia Jasper. No caminaba tan inseguro como habría esperado; además, su respiración era agitada y sus ojos centelleaban de una forma peligrosa. Por un momento, pensó que Emmet lo apuntaría con la pistola y le dispararía por pura rabia.
Pero Jasper no habría llegado a ser el cabeza del clan si hubiera mostrado cobardía ante situaciones similares, ni siquiera cuando su hermano estaba fuera de sí. Continuó apoyado en la furgoneta con una estudiada actitud despreocupada mientras Emmet se le acercaba. Jasper se hurgó los dientes con una uña y cuando acabó se examinó el dedo con atención. Tenía a su hermano plantado justo delante de él.
—¿Qué? ¿Has acabado?
Edward estaba en el embarcadero situado detrás del hotel en New Bern, entre un par de embarcaciones amarradas. Había conducido hasta allí directamente desde el cementerio. Se había sentado en el borde, junto al agua, mientras el sol iniciaba su descenso.
Era el cuarto lugar en el que había estado en los últimos cuatro días. El fin de semana lo había dejado extenuado física y emocionalmente. Por más que lo intentara, no podía imaginar su futuro. El día siguiente y el próximo, así como las semanas y años que le quedaban por vivir, se le antojaban un sinsentido.
Había vivido una vida en concreto por unas razones en concreto, y ahora esas razones habían desaparecido. Isabella, y después Angela Weber, lo habían liberado para siempre. Carlisle estaba muerto.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Irse a vivir a otro sitio? ¿Quedarse donde estaba? ¿Continuar con su trabajo? ¿Intentar hacer algo diferente? ¿Cuál era su objetivo, en ese momento en que los puntos de referencia de su vida se habían evaporado?
Sabía que allí no hallaría las respuestas. Se puso de pie y regresó al vestíbulo del hotel. Su vuelo salía a primera hora del lunes. Se despertaría antes de que saliera el sol para disponer de suficiente tiempo para dejar el coche de alquiler en el lugar indicado y pasar por el mostrador de facturación.
Según su itinerario, estaría de vuelta en Nueva Orleans antes del mediodía, y en casa un poco después. Subió a su habitación y se tumbó en la cama, sin desvestirse. Se sentía tan perdido como jamás lo había estado. Revivió la sensación de los labios de Isabella pegados a los suyos.
«Quizás ella necesite más tiempo», había escrito Carlisle, y antes de caer sumido en un sueño intranquilo, se aferró a la esperanza de que su viejo amigo tuviera razón.
Parado delante de un semáforo rojo, Jared observó a su padre a través del espejo retrovisor. Parecía como si hubiera decidido macerarse en alcohol. Cuando había aparcado en el club de golf unos minutos antes, lo esperaba apoyado en una de las columnas, con los ojos vidriosos y la mirada perdida; solo con su respiración habría podido encender una parrilla de gas. Seguramente, por eso estaba tan callado; sin lugar a dudas, intentaba disimular su deplorable estado de embriaguez.
Jared se había ido acostumbrando a tales circunstancias. Ya no se sentía tan furioso con el problema de su padre, sino más bien triste. Su madre acabaría tensa, como siempre, intentando al mismo tiempo actuar como si no pasara nada, mientras su padre daba tumbos por la casa totalmente borracho. No valía la pena malgastar la energía enfadándose con él, pero Jared sabía que, debajo de aquella máscara inmutable, su madre estaría a punto de explotar. Aunque ella se esforzaría por mantener un tono sereno, cuando su padre eligiera en qué rincón de la casa había decidido finalmente apoltronarse, se encerraría en otro cuarto, como si eso fuera lo más normal entre las parejas.
La cosa no pintaba muy bien aquella noche, pero dejaría que Lynn se encargara de la situación; bueno, eso si llegaba a casa antes de que su padre perdiera el conocimiento. En cuanto a él, ya tenía planes: había llamado a Melody y habían quedado para ir a bañarse a casa de un amigo.
El semáforo finalmente se puso verde. Jared, que estaba medio ensimismado, imaginando a Melody en bikini, pisó el pedal del acelerador sin fijarse en el coche que no había frenado al otro lado del cruce. El accidente fue más que aparatoso. Trozos de cristal y de metal salieron disparados en todas direcciones, y una parte de la estructura de la puerta se combó hacia dentro y se aplastó contra su pecho, en el mismo instante en que se inflaba el airbag. Su cuerpo, sujeto por el cinturón de seguridad, se zarandeó bruscamente de un lado a otro, y sintió unos fuertes latigazos en la cabeza, mientras el coche daba vueltas de forma incontrolable en medio del cruce.
«¡Dios mío! ¡Voy a morir!», se dijo. Se sentía paralizado, incapaz de pensar en nada más.
Cuando finalmente el coche dejó de moverse, Jared necesitó un momento para comprender que aún seguía respirando. Le dolía el pecho, apenas podía girar el cuello. Pensó que iba a vomitar por el intenso olor a pólvora del airbag al desplegarse.
Intentó moverse, pero el fuerte dolor que sentía en el pecho lo paralizaba. La puerta y el volante habían quedado doblegados hacia él. Forcejeó para poder salir. Se inclinó hacia la derecha. De repente sintió un gran alivio al librarse del asfixiante peso que lo aplastaba.
Fuera, se fijó en otros coches que se habían detenido en el cruce. La gente empezaba a salir de ellos, algunos ya estaban llamando al teléfono de emergencias desde sus móviles. A través del vidrio resquebrajado del parabrisas, que simulaba una tela de araña, se dio cuenta de que el techo de su coche había quedado plegado en forma de tienda de campaña.
Como desde muy lejos, oyó que la gente le gritaba que no se moviera. De todos modos, volvió la cabeza, pues de repente se acordó de su padre, y vio la máscara de sangre que cubría la cara de este. Solo entonces empezó a gritar.
Isabella estaba a una hora de casa cuando sonó el móvil. Se inclinó hacia el asiento del pasajero y tuvo que rebuscar en su bolso hasta dar con él; finalmente, contestó al tercer timbre.
Mientras escuchaba la explicación con temblor en la voz de Jared, se le heló el alma. De una forma inconexa, su hijo le contó que había llegado una ambulancia y que Jacob estaba cubierto de sangre. Le aseguró que él estaba bien, pero que le habían pedido que se subiera a la ambulancia con Jacob. También le dijo que pensaban llevarlos a la Clínica Universitaria de Duke.
Isabella aferró el móvil con dedos crispados. Por primera vez desde la enfermedad de Bea, sintió que se apoderaba de ella un pánico desgarrador, un pánico de verdad, de esa clase que no deja espacio para pensar ni para sentir nada más.
—Iré tan pronto como pueda… —dijo ella.
Pero entonces, por alguna razón, la llamada se cortó. Isabella volvió a marcar el número inmediatamente, pero no obtuvo respuesta.
Dio un giro brusco hacia el carril contrario, pisó el pedal del acelerador a fondo y adelantó el vehículo que tenía delante, haciéndole señales con las luces. Tenía que llegar al hospital sin demora, pero el tráfico de la playa todavía era denso.
Después de la pequeña incursión en la casa de Carlisle, Jasper se dio cuenta de que se moría de hambre. Desde la infección, había perdido el apetito, pero en esos momentos el hambre atacaba de nuevo con saña, otra señal de que los antibióticos empezaban a surtir efecto. En el bar Irvin, pidió una hamburguesa con queso, una ración de aros de cebolla y patatas fritas cubiertas con chili y queso fundido.
Aunque todavía no había acabado, sabía que no dejaría ni una miga en el plato; incluso pensó que aún le quedaría espacio para un buen trozo de tarta y una bola de helado.
Emmet, en cambio, no lo estaba pasando bien. Él también había pedido una hamburguesa con queso, pero estaba dando pequeños mordiscos y masticaba despacio. Por lo visto, la actividad de destrozar el coche había consumido la poca energía que le quedaba.
Mientras esperaban a que les sirvieran la comida, Jasper había llamado a Candy. Esta vez, ella había contestado inmediatamente y habían hablado durante un rato.
Le había dicho que ya estaba en el trabajo y le había pedido perdón por no haberle devuelto las llamadas; por lo visto, había estado liada porque se le había averiado el coche. Parecía contenta de hablar con él y había flirteado, como de costumbre.
Cuando Jasper colgó, se sintió mucho mejor, e incluso se preguntó si no habría sacado conclusiones equivocadas el viernes por la noche, al ver el comportamiento tan extraño de Alice en el Tidewater.
Quizá fue la comida o su recuperación general, pero mientras seguía devorando la hamburguesa, no pudo evitar volver a pensar en la conversación telefónica.
Había algo que no le acababa de cuadrar; sí, algo raro, seguro, en parte porque Alice le había dicho que tenía problemas con el coche, y no problemas con el teléfono, y, liada o no, podría haberlo llamado después, si hubiera querido. Pero Jasper no estaba seguro de si eso era todo…
Emmet se levantó a mitad de la comida y se pasó un buen rato en el lavabo antes de regresar. Mientras su hermano avanzaba hacia la mesa que ocupaban, Jasper pensó que su hermano podría haber formado parte del reparto de una película de terror barata. El resto de la clientela en el bar estaba intentando no fijarse en él descaradamente, y por eso todos mantenían la vista fija en sus platos. Jasper sonrió. Le gustaba ser un Masen.
Sin embargo, no podía dejar de pensar en la conversación con Alice. Entre mordisco y mordisco, se lamió los dedos, con aire reflexivo.
«Jacob y Jared habían sufrido un accidente.»
La frase, que repiqueteaba en su mente como un disco rayado, estaba consiguiendo que Isabella se pusiera más frenética a cada minuto que pasaba. Se aferraba al volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos, y volvió a hacer señales con las luces, una y otra vez, pidiendo paso al vehículo que tenía delante.
«Se los habían llevado en ambulancia. Llevaban a Jared y a Jacob al hospital. A su esposo y a su hijo…»
Al final, el vehículo de delante de ella cambió de carril y Isabella lo adelantó a gran velocidad; el motor rugió con potencia, y rápidamente acortó la distancia con Los coches que tenía delante.
Se dijo que Jared parecía asustado, nada más.
«Pero la sangre…»
Su hijo había mencionado en un tono lleno de pánico que Jacob estaba cubierto de sangre. Agarró el teléfono móvil y volvió a intentar contactar con él. Unos minutos antes, no había contestado, y se dijo que debía de ser porque iba en la ambulancia o porque estaba en la sala de Urgencias, donde no se permitía el uso de móviles.
Se recordó a sí misma que el personal auxiliar, los médicos o las enfermeras se estaban ocupando de Jacob y de Jared en esos precisos momentos, y que, cuando su hijo finalmente contestara, se daría cuenta de que no había ningún motivo para haberse asustado tanto. En el futuro, sería una historia que contar durante las cenas, sobre cómo mamá había conducido como un murciélago recién escapado del Infierno, sin ningún motivo.
Pero Jared no contestaba, ni tampoco Jacob. Cuando en las dos llamadas se activaron los buzones de voz, sintió una opresión en el pecho tan fuerte que apenas podía respirar. De repente, estuvo segura de que el accidente había sido grave, mucho peor de lo que Jared le había comentado. No estaba segura de cómo lo sabía, pero no podía quitarse de la cabeza aquella idea.
Lanzó el móvil sobre el asiento del pasajero y pisó a fondo el acelerador otra vez, pegándose peligrosamente al vehículo que tenía delante. Al final el conductor le cedió el paso y ella lo adelantó a gran velocidad, sin tan solo darle las gracias con un gesto con la cabeza.
Muchas gracias por leer.
Besos!
