Hola!
Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.
Capitulo 20
Era noche cerrada. Edward no recordaba muchas noches como aquella, sin luna, solo una interminable oscuridad sobre su cabeza, jalonada por el leve parpadeo de las estrellas.
Ya estaba cerca de Oriental y no podía zafarse de la impresión de que cometía un error al regresar. Tendría que atravesar el pueblo para llegar a la casa de Carlisle y sabía que sus primos podrían estar al acecho en cualquier rincón.
A lo lejos, más allá de la curva donde su vida cambió para siempre, se fijó en el resplandor de las luces de Oriental, que se elevaba por encima de las copas de los árboles. Si iba a cambiar de opinión, necesitaba hacerlo en aquel preciso momento. Inconscientemente, apartó el pie del pedal. Fue entonces, mientras el coche aminoraba la marcha, cuando tuvo la impresión de que alguien lo vigilaba.
Jasper retorcía el volante con fuerza mientras la furgoneta rugía por las calles del pueblo y las ruedas chirriaban sobre el asfalto. Tomó una curva a la izquierda sin apenas frenar y se metió en el aparcamiento del Tidewater. La furgoneta culeó cuando frenó bruscamente para ocupar uno de los espacios vacíos. Por primera vez desde el desmantelamiento del Stingray, incluso Emmet mostraba señales de vida.
Dentro de la furgoneta, se palpaba la anticipación de la violencia. Antes de que se hubieran detenido por completo, Jasper saltó al suelo y Emmet lo siguió. No podía quitarse de la cabeza que Alice le hubiera estado mintiendo. Era evidente que había estado planeando su fuga y que creía que él no lo había descubierto. Ya era hora de enseñarle quién marcaba las reglas en aquella relación. «Porque, para que lo sepas, Alice, no eres tú; de eso no te quepa la menor duda.»
Mientras se precipitaba hacia la puerta, se fijó en que el Mustang descapotable de Alice no estaba en el aparcamiento, lo que quería decir que probablemente había aparcado en otro sitio. En la casa de algún payaso, seguro, donde los dos se habían estado riendo de él a sus espaldas. Podía oír a Alice tronchándose de él. Se le encendió tanto la sangre que deseó derribar la puerta del local de una patada, apuntar con la pistola hacia la barra y disparar a bocajarro.
Pero no iba a hacerlo. Oh, no. Porque primero Alice tenía que comprender exactamente la situación; debía entender quién ponía las reglas. A su lado, Emmet caminaba con sorprendente firmeza, con visible excitación. Del interior llegaban las apagadas notas de música de la gramola, y el rótulo de neón con el nombre del bar iluminaba sus rostros con un resplandor rojizo. Jasper miró a Emmet con decisión antes de alzar la pierna para propinar una patada a la puerta.
Edward aminoró la marcha al mínimo, completamente alerta. A lo lejos, seguía viendo las luces de Oriental. De repente, lo embargó una impresión de déjàvu, como si ya supiera lo que iba a pasar, aunque no pudiera hacer nada por evitarlo, por más que quisiera.
Se inclinó sobre el volante. Si entrecerraba los ojos, podía distinguir el pequeño supermercado que había visto aquella mañana que había salido a correr. La torre de la primera iglesia bautista, iluminada con focos nocturnos, parecía planear por encima del centro del pueblo. Las lámparas halógenas de las calles lanzaban unos destellos misteriosos sobre el asfalto, resaltando la ruta que conducía hasta la casa de Carlisle, como si se burlaran de él con la posibilidad de que quizá no lograra llegar hasta allí. Las estrellas que había visto antes habían desaparecido; el cielo sobre el pueblo era de un negro casi antinatural. Más arriba, hacia la derecha, emergió el edificio bajo y tosco que había reemplazado la arboleda original, casi exactamente en el centro de la curva, en la carretera a la salida del pueblo.
Edward exploró el paisaje con atención, casi inmediatamente, se vio recompensado con un rápido movimiento cerca de la ventanilla del asiento del pasajero. Él estaba allí, de pie, justo en la punta de la zona iluminada por los faros delanteros, en el prado que bordeaba la carretera. El hombre del cabello negro. El fantasma.
Sucedió tan rápido que Alan no tuvo tiempo de asimilar lo que veía. Allí estaba él, charlando con Alice—o, por lo menos, intentándolo—, mientras ella se disponía a servirle otra cerveza, cuando, de repente, la puerta del bar se abrió con tanta fuerza que se partió la bisagra superior.
Antes de que Alan pudiera parpadear, Alice ya había reaccionado. La expresión en su cara daba a entender que sabía lo que pasaba. La cerveza no llegó a su destino.
—¡Dios mío! —murmuró ella, antes de soltar la botella de golpe.
El envase se rompió en pedazos al estrellarse contra el suelo de hormigón, pero Alice ya había dado media vuelta y corría hacia la otra punta de la barra.
A su espalda, Alan oyó un rugido atronador que resonó contra las paredes.
—¡¿Quién diablos te has creído que eres?!
Alan se encogió en el taburete mientras Alice seguía corriendo hacia la otra punta de la barra, hacia el despacho del jefe. Él llevaba bastante tiempo frecuentando el Tidewater como para saber que el despacho del jefe tenía una puerta acorazada con cerradura de seguridad, porque allí era donde guardaban la caja fuerte.
Agazapado, Alan vio cómo Jasper se lanzaba tras ella y pasaba por su lado sin reparar en su presencia, persiguiendo la rubia cola de caballo hacia la otra punta de la barra. También Jasper sabía hacia dónde corría Alice.
—¡Oh, no! ¡Ni se te ocurra, mala puta!
Alice miró por encima del hombro, con ojos aterrorizados, antes de agarrar el batiente de la puerta del despacho. Con un grito, se catapultó a través de la abertura. Cerró la puerta de golpe justo en el instante en que Abee plantaba una mano sobre la barra para saltar por encima. Las botellas vacías y vasos apilados en aquel rincón de la barra salieron volando. La caja registradora se estrelló contra el suelo, pero él consiguió su objetivo.
Casi.
Al otro lado de la barra, trastabilló y se dio de bruces contra el suelo de forma aparatosa, derribando las botellas de licor de la estantería que había debajo del espejo como si fueran bolos.
El estropicio no consiguió aplacarlo. Al cabo de unos segundos, se puso de pie y enfiló otra vez hacia la puerta del despacho. Alan vio que toda la escena se desarrollaba con una fascinante precisión violenta, surrealista. Pero entonces comprendió lo que realmente estaba sucediendo. El pánico se apoderó de él. «Esto no es una película.»
Jasper empezó a aporrear la puerta, embistiéndola con el peso de su cuerpo, mientras bramaba con la fuerza de un huracán:
—¡Abre la maldita puerta!
«Esto es real.»
Podía oír a Alice, que gritaba histérica dentro del despacho.
«Dios mío…»
Al final de la barra, los chicos que habían estado jugando al billar se abalanzaron en tropel hacia la salida de incendios, abandonando los tacos en la carrera. Los golpes secos de los tacos al chocar contra el suelo de hormigón provocaron que a Alan le diera un vuelco el corazón en el pecho, activando un instinto primitivo de supervivencia.
Tenía que escapar de allí.
¡Tenía que salir pitando!
Derribó el taburete en el que estaba sentado como si alguien lo acabara de pinchar con un punzón. Se agarró a la barra para no perder el equilibrio y se volvió hacia la puerta maltrecha. No muy lejos, podía ver el aparcamiento del local; la carretera principal parecía hacerle señas. Se precipitó hacia ella.
Apenas era consciente de que Jasper seguía aporreando violentamente y gritando que iba a matar a Alice si no abría la puerta. Apenas se fijó en las mesas y sillas derribadas. Lo único que importaba era llegar a la puerta y salir pitando del Tidewater, sin perder ni un segundo.
Oyó cómo sus zapatillas deportivas corrían sobre el suelo de hormigón, pero la puerta maltrecha no parecía estar más cerca. Era como una de esas puertas de una casa encantada en una feria…
A lo lejos, oyó que Alice gritaba:
—¡Déjame en paz!
Alan no vio a Emmet en ningún momento, ni tampoco vio la silla que este lanzó en su dirección hasta que esta le golpeó las piernas, con tanta fuerza que lo derribó. De forma instintiva, Alan intentó parar la caída, pero no pudo detener el impulso. Se golpeó duramente la frente contra el suelo; el impacto lo sobresaltó. Alan vio lucecitas blancas antes de que todo se quedara negro.
Pasaron unos instantes antes de que el mundo volviera a adoptar forma de nuevo, despacio. Alan podía notar el gusto a sangre mientras intentaba librarse de la silla enredada entre sus piernas y darse la vuelta. Oyó el paso decidido de una bota que se plantaba al lado de su cara. El tacón se clavó dolorosamente en su mandíbula mientras su cara quedaba apresada contra el suelo.
Encima de él, Emmet Masen lo observaba con expresión levemente divertida mientras lo apuntaba con una pistola.
—¿Adónde crees que vas?
Edward aparcó el coche junto a la carretera. Estaba casi seguro de que la figura se desvanecería entre las sombras cuando él se apeara, pero el hombre del cabello negro permaneció inmóvil, rodeado por la hierba que le llegaba a la altura de la rodilla. Estaba a unos cuarenta y cinco metros, lo bastante cerca como para que Edward se fijara en el leve aleteo de la cazadora provocado por la brisa nocturna.
Si echaba a correr, aunque cargara con el peso de toda la ropa y tuviera que abrirse paso a través de la hierba crecida, podría dar alcance al desconocido al cabo de menos de diez segundos.
Edward sabía que no estaba teniendo visiones. Podía sentir la presencia del desconocido, podía notarlo de una forma tan clara y tan real como los latidos de su propio corazón. Sin apartar los ojos del hombre, alargó el brazo hacia el interior del coche y apagó el motor. Los faros se apagaron al instante. Incluso en la oscuridad, podía ver con qué precisión resaltaba la camisa blanca del desconocido, enmarcada por la cazadora abierta. Su cara, sin embargo, era excesivamente difusa como para discernir sus rasgos, como siempre.
Cruzó la carretera y pisó el estrecho arcén de gravilla.
El desconocido no se movió.
Se aventuró a dar unos pasos más hacia el prado de hierba. La figura siguió completamente inmóvil.
Edward mantenía la vista fija en él mientras acortaba la distancia lentamente. Cinco pasos. Diez. Quince. Si hubiera sido de día, sabía que habría podido ver al hombre con absoluta claridad. Habría sido capaz de distinguir perfectamente los rasgos de su cara; pero en la oscuridad, los detalles permanecían difusos.
Ya estaba más cerca. Avanzaba con una sensación de absoluta desconfianza. Nunca había estado tan cerca de la figura fantasmal, tan cerca que incluso podría alcanzarlo con un leve impulso.
Continuó observándolo, debatiéndose entre si echar a correr hacia él o no. Pero el desconocido pareció leerle la mente, ya que retrocedió unos pasos. Edward se detuvo. La figura lo imitó. Él dio un paso hacia delante y observó cómo el desconocido daba un paso hacia atrás. Dio dos pasos rápidos. El hombre del cabello negro imitó sus movimientos con la precisión del reflejo en un espejo.
Edward aligeró la marcha, pero la distancia entre ellos permanecía constante, mientras la cazadora aleteaba como si intentara provocarlo. Aceleró, pero el desconocido se volvió y cambió de dirección. Ya no se alejaba de la carretera, sino que había empezado a correr en paralelo a ella. Edward lo siguió de cerca. Se dirigían hacia Oriental, hacia el edificio robusto junto a la curva.
La curva…
Edward no conseguía acortar la distancia, pero el hombre del cabello negro tampoco se alejaba. Dejó de cambiar de dirección. Entonces tuvo la impresión de que el hombre lo estaba guiando hacia un lugar en concreto.
Había algo desconcertante en aquello, pero, obcecado como estaba en su persecución, no tenía tiempo de perderse en tales consideraciones.
La bota de Emmet le presionaba la cara con fuerza. Alan podía notar sus orejas aplastadas en ambas direcciones y el tacón de la bota clavándose dolorosamente en su mandíbula. La pistola que apuntaba hacia su cabeza parecía enorme y eclipsaba el resto de su visión; de repente, sintió una flojedad en el bajo vientre.
«Voy a morir», pensó.
—Sé que lo has visto todo —dijo Emmet, moviendo un poco la pistola pero sin dejar de apuntar a su objetivo—. Si dejo que te pongas de pie, no intentarás salir corriendo, ¿verdad?
Alan intentó tragar saliva, pero su garganta parecía haberse obturado.
—No —acertó a decir, con un hilo de voz.
Emmet aplicó aún más fuerza sobre la bota. El dolor era intenso y Alan soltó un alarido de agonía. Notaba las dos orejas ardiendo, como si se las hubieran planchado hasta quedar como dos finos discos de papel. Con gran esfuerzo, mientras miraba de reojo a Emmet y le pedía clemencia, se fijó en que el hombre llevaba el otro brazo escayolado y que su cara estaba negra y morada. A pesar de lo comprometido de la situación, se preguntó qué le debía de haber pasado.
Emmet retrocedió un paso.
—¡Levántate! —le ordenó.
Alan forcejeó para desenredar la pierna de la silla y se puso de pie despacio, con dificultades por el fuerte tirón que sentía en la pantorrilla. La puerta abierta quedaba a unos pocos metros de distancia.
—Ni se te ocurra —lo amenazó Emmet. Acto seguido, señaló hacia la barra—. ¡Andando!
Alan regresó hacia la barra, cojeando. Jasper todavía seguía pegado a la puerta del despacho, maldiciendo a Alice a viva voz y arremetiendo contra la puerta. Al cabo, se volvió hacia ellos.
Jasper ladeó la cabeza hacia un lado. Sus ojos enloquecidos se llenaron de desprecio y de furia. Alan volvió a notar la misma flojedad en el bajo vientre.
—¡Tengo a tu novio aquí fuera! —rugió Jasper.
—¡No es mi novio! —gritó Alice, pero el sonido quedó amortiguado—. ¡Estoy llamando a la policía!
Pero en ese mismo momento, Jasper ya recorría la barra con paso decidido hacia Alan. Emmet seguía apuntándolo con la pistola.
—Creíais que os podíais fugar juntos, ¿eh? —bramó Jasper.
Alan abrió la boca para contestar, pero el profundo terror le paralizaba la voz. Jasper se inclinó hacia delante y agarró uno de los tacos de billar que había en el suelo. Lo cogió con precisión por el mango, como un bateador de béisbol que se preparara para ir hacia la última base, con agresividad y fuera de control.
«Por Dios. No, por favor; no…»
—Creías que no os encontraría, ¿eh? Que no sabía lo que planeabais, ¿verdad? ¡Os vi juntos, el viernes por la noche!
Apenas a unos pocos pasos de distancia, Alan permanecía tieso e incapaz de moverse, como si tuviera los pies clavados en el suelo, mientras Jasper echaba el taco hacia atrás. Emmet retrocedió medio paso.
«Por Dios…»
Alan balbuceó asustado:
—No sé… de qué… estás hablando.
—¿No ha dejado el coche en tu casa? —bramó Jasper—. ¿No es allí dónde está?
—¿Qué? Yo…
Jasper le atizó en la cabeza con el taco, sin darle tiempo a acabar la frase. Alan empezó a ver lucecitas a su alrededor, hasta que, de pronto, todo volvió a quedarse negro.
Cayó al suelo mientras Jasper volvía a darle otro bastonazo, y luego otro. Inútilmente, intentó protegerse, al tiempo que oía como crujían los huesos rotos de su brazo. Cuando el taco se partió por la mitad, Jasper le propinó una fuerte patada en plena cara con la puntera de acero de su bota. Emmet empezó a darle patadas en los riñones, soltando acalorados rugidos de exaltación.
Mientras Alan gritaba en agonía, la paliza comenzó en serio.
Edward seguía corriendo a través del prado de hierba, acercándose poco a poco al feo y recio edificio. Vio unos pocos vehículos aparcados delante de la puerta. Por primera vez se fijó en un mortecino resplandor rojo encima de la entrada. Lentamente, empezaron a dirigirse en aquella dirección.
Mientras el desconocido del cabello negro corría sin ningún esfuerzo delante de él, Edward sintió una desagradable sensación familiar. La relajada posición de los hombros, el ritmo constante de sus brazos, la alta cadencia de las piernas…
Edward había visto esos gestos antes, y no solo en el bosque aledaño a la casa de Carlisle. Todavía no lograba situarlo, pero sabía que estaba a punto de hacerlo, como las burbujas que afloran a la superficie del agua. El hombre echó un vistazo por encima del hombro, como si comprendiera los pensamientos de Edward. Entonces consiguió por primera vez distinguir los rasgos del desconocido. Entonces supo que había visto a ese hombre antes.
«Antes de la explosión.»
Edward se tambaleó, pero, incluso cuando recobró la compostura, sintió un escalofrío en la espalda.
No era posible.
Habían pasado veinticuatro años. Desde entonces, había ido a la cárcel y lo habían soltado; había trabajado en plataformas petrolíferas en el golfo de México; había amado y había perdido, luego había vuelto a amar y había vuelto a perder, y el hombre que un día le dio cobijo había muerto de viejo. Pero el desconocido — porque era y siempre había sido un desconocido— no había envejecido. Tenía el mismo aspecto que la noche que había salido a correr después de atender a sus pacientes en la consulta, después de aquel día lluvioso. Era él. Lo estaba viendo con sus propios ojos: la misma cara sorprendida que Edward había visto cuando se salió de la carretera. Llevaba el cargamento de ruedas que Carlisle necesitaba, de vuelta a Oriental…
Edward recordó también que el accidente había sucedido exactamente en aquel mismo lugar. Fue allí donde el doctor Bem Cheney, esposo y padre, había encontrado la muerte.
Resopló espantado y volvió a tambalearse levemente, pero el hombre parecía haberle leído los pensamientos. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sin sonreír, justo en el instante en que llegaba al aparcamiento de gravilla. Volvió la cara hacia delante y aceleró la marcha, en paralelo a la fachada principal del edificio. Edward entró en el aparcamiento con paso inseguro, detrás de él; se sentía anegado de sudor. El desconocido —el doctor Bem Cheney— se había detenido a escasos metros, junto a la entrada del edificio, bañado por la misteriosa luz roja del rótulo de neón.
Edward se acercó, atento a los movimientos del doctor Bem Cheney. En ese momento, el fantasma dio media la vuelta y entró en el edificio. Él echó a correr. Al cabo de unos segundos, franqueó el umbral del bar escasamente iluminado, pero el doctor Bem Cheney ya había desaparecido. Edward solo necesitó un instante para asimilar la escena: las mesas y sillas derribadas, los gritos y gemidos de una mujer a lo lejos, amortiguados por el volumen del televisor. Sus primos Emmet y Jasper se hallaban inclinados encima de alguien en el suelo, propinándole una paliza atroz, casi como si se tratara de un ritual, hasta que de repente se detuvieron para mirarlo. Edward vio la figura ensangrentada extendida en el suelo y lo reconoció al instante.
«Alan.»
Había visto la cara del joven en innumerables fotos a lo largo de los años, pero se acababa de dar cuenta de que guardaba un increíble parecido con su padre, el hombre que llevaba viendo todos aquellos meses, el hombre que lo había guiado hasta allí.
Mientras asimilaba la información, todo se quedó inmóvil. Emmet y Jasper estaban paralizados, ninguno de los dos parecía dar crédito a que alguien —cualquiera— hubiera entrado en el bar. Sus respiraciones eran agitadas, mientras observaban a Edward como un par de lobos a los que acabaran de interrumpir en medio de un festín.
«El doctor Bem Cheney lo había salvado por un motivo.»
El pensamiento se materializó en su mente en el mismo instante en que los ojos de Emmet centellearon peligrosamente. Su primo empezó a alzar la pistola, pero, cuando apretó el gatillo, Edward ya se había escudado detrás de una mesa. De repente, acababa de comprender por qué el fantasma lo había guiado hasta allí; incluso era posible que ese hubiera sido su objetivo desde el principio.
Cada vez que resollaba, Alan sentía como si lo estuvieran apuñalando.
No podía moverse del suelo, pero a través de su visión borrosa consiguió comprender lo que sucedía. Desde que el desconocido había entrado en el bar y había alargado la cabeza en todas direcciones como si persiguiera a alguien, Emmet y Jasper habían dejado de apalearlo y, por alguna razón, habían centrado toda su atención en el recién llegado. Alan no lo comprendía, pero, cuando oyó los disparos, se acurrucó hasta formar un ovillo y empezó a rezar. El desconocido se había parapetado detrás de unas mesas. Alan no podía verlo. Un montón de botellas de licor volaron por encima de su cabeza en dirección a Emmet y Jasper mientras las balas rebotaban en las paredes.
Oyó que Jasper rugía de rabia y también el zumbido de las astillas de madera de las sillas que volaban a su alrededor. Emmet desaparecido de su vista, pero podía oír las detonaciones de su pistola, con la que disparaba a quemarropa.
En cuanto a él, Alan estaba seguro de que se estaba muriendo. Vio dos de sus dientes en el suelo; tenía la boca llena de sangre y notaba las costillas rotas por las patadas que le había dado Jasper. Tenía los pantalones mojados, o bien porque se había orinado encima, o bien porque había empezado a sangrar debido a los puñetazos en el riñón.
A lo lejos oyó el sonido de las sirenas, pero, convencido como estaba de su inminente muerte, no pudo aunar energías para levantarse. Oyó el fuerte estruendo de las sillas y de las botellas rotas. Desde algún lugar lejano, oyó los gruñidos de Jasper. Una botella de licor chocó contra algo sólido.
Los pies del desconocido pasaron velozmente por delante de él, en dirección a la barra. Inmediatamente después, oyó un disparo, que hizo añicos el espejo situado detrás. Alan permaneció inmóvil debajo de la lluvia de afilados trozos de cristal, que le provocaron cortes en la piel. Otro grito y más bronca. Japer empezó a lanzar unos desgarradores gemidos, que cesaron abruptamente con el sonido de algo que había golpeado el suelo con fuerza.
¿La cabeza de alguien?
Más gruñidos. Desde su punto aventajado en el suelo, vio a Emmet tambalearse hacia atrás, y por muy poco no le pisó el pie a Alan. El tipo gritaba con furia mientras intentaba recuperar el equilibrio, pero a Alan le pareció detectar cierta alarma en su voz cuando otro disparo resonó en el pequeño local.
Entrecerró los ojos como un par de rendijas, luego volvió a abrirlos justo en el instante en que otra silla salía volando por los aires. Emmet disparó de nuevo, esta vez hacia el techo, y el desconocido lo embistió con fuerza y lo estampó contra la pared. Una pistola rodó por el suelo mientras Emmet salía disparado contra la pared.
El hombre atacaba a Emmet mientras este intentaba escapar. Alan no podía moverse. Detrás de él, oyó el sonido de un puñetazo, una y otra vez… Oyó a Emmet gritar. Los violentos puñetazos que estaba recibiendo en la barbilla hacían que el sonido se elevara y se atenuara con cada nuevo golpe. Entonces Alan solo oyó puñetazos. Emmet se quedó en silencio. Oyó otro golpe, y otro, y otro, el último, con menos fuerza.
Todo quedó en silencio, salvo por el sonido de la agitada respiración de un hombre. El aullido de las sirenas estaba más cerca, pero Alan, en el suelo, sabía que su rescate llegaba demasiado tarde. «Me han matado», oyó en su cabeza, mientras la visión se tornaba negra por los extremos de su campo visual. Súbitamente, sintió que un brazo lo agarraba por la cintura y lo empezaba a levantar.
El dolor era insoportable. Gritó angustiado mientras notaba que alguien lo ayudaba a ponerse de pie, sosteniéndolo con un brazo firme. De forma milagrosa, Alan notó que sus piernas recuperaban la movilidad mientras el hombre lo llevaba —mitad a rastras y mitad a hombros— hacia la entrada.
Podía ver la negra ventana del cielo allí delante; podía distinguir la puerta maltrecha a la que se acercaban. Y a pesar de que no tenía ningún motivo para decirlo, balbuceó automáticamente, al tiempo que se combaba más hacia el desconocido:
—Me llamo Alan.
—Lo sé —respondió el hombre—. Mi objetivo es sacarte de aquí.
«Mi objetivo es sacarte de aquí.»
Apenas consciente, Emmet no podía asimilar la situación del todo, pero, instintivamente, supo que estaba volviendo a suceder: Edward se le escapaba otra vez.
La furia animal que lo poseía era volcánica, más poderosa que la propia muerte. Consiguió abrir un ojo obstruido por la sangre reseca mientras Edward se abría paso anadeando hacia la puerta, con el novio de Candy sobre los hombros. Emmet examinó el suelo en busca de la Glock. Allí estaba; solo a escasos pasos, debajo de una mesa rota.
Las sirenas eran ensordecedoras.
Emmet aunó sus últimas reservas de fuerza y se arrastró hacia el arma, sintiendo su satisfactorio peso al empuñarla. Alzó la pistola hacia la puerta, hacia Edward. No tenía ni idea de cuántas balas le quedaban, pero sabía que era su última oportunidad.
Apuntó al objetivo, inspiró hondo y apretó el gatillo.
OMG, OMG... Prometo subir en breve el siguiente capitulo.
Gracias por leer.
Besos!
