Hola!

Los personajes le pertenecen a la gran S. Meyer y la historia es de Nicholas Sparks... Yo solo me divierto con la adaptación.


Capitulo 21

A medianoche, Isabella se sentía entumecida, y mental, emocional y físicamente consumida. Había estado, a la vez, exhausta y en vilo durante horas, mientras permanecía sentada en la sala de espera. Había ojeado las páginas de varias revistas sin ningún interés; había deambulado por la sala, arriba y abajo, intentando aplacar el temor que la embargaba cada vez que pensaba en su hijo. Las manecillas del reloj seguían dando vueltas, acercándose a la medianoche.

En un momento dado, se dio cuenta de que su ansiedad se iba agotando, como una toalla que estuvieran retorciendo, hasta exprimirla por completo. Lynn había llegado deprisa y corriendo una hora antes, presa del pánico. Se había pegado a Isabella y la había acribillado con mil y una preguntas que su madre no podía contestar. Después había interrogado a Jacob; quería saber todos los detalles sobre el accidente. Él le había contestado simplemente que alguien había acelerado en el cruce, mientras se encogía de hombros en actitud desvalida.

Después de tantas horas, Jacob ya estaba totalmente sobrio. A pesar de que su preocupación por Jared era aparente, evitó mencionar por qué su hijo se hallaba en aquel cruce, o por qué había ido a buscar a su padre en coche.

Isabella no le había dirigido la palabra en todas las horas que habían permanecido en la sala. Sabía que Lynn debía haberse fijado en el silencio entre ellos, pero, después del severo interrogatorio al que los había sometido, su hija tampoco se mostraba muy habladora; parecía perdida en sus pensamientos, preocupada por su hermano. De repente, se le ocurrió preguntarle a Isabella si debería pasar a recoger a Annette por el campamento. Isabella le dijo que era mejor que esperaran a saber algo más sobre el estado de Jared. Su hija era demasiado joven para comprender la magnitud de la crisis. Además, Isabella no se sentía con fuerzas para dedicar su atención a Annette en esos momentos. A duras penas podía con su alma.

Pasaban veinte minutos de las doce de la noche —la noche que le parecía la más larga de toda su vida— cuando finalmente el doctor Mills entró en la sala. Era obvio que estaba cansado, pero se había cambiado y se había puesto ropa limpia antes de entrar a hablar con ellos. Isabella se levantó de la silla, igual que Lynn y Jacob.

—La operación ha ido bien —anunció sin rodeos—. Estamos casi seguros de que Jared se recuperará. Jared estuvo bajo observación en la sala de recuperación durante varias horas, pero a Isabella no le permitieron verlo hasta que finalmente lo llevaron a la UCI.

Aunque la sección solía estar cerrada a las visitas durante la noche, el doctor Mills hizo una excepción con ella.

Por entonces, Lynn ya se había llevado a Jacob a casa en coche. Él había alegado que tenía un intenso dolor de cabeza por culpa del golpe que había recibido en la cara, pero prometió volver al hospital a la mañana siguiente. Su hija se había ofrecido para regresar al hospital después, para quedarse con su madre, pero ella había descartado la idea porque pensaba pasar toda la noche con Jared.

Isabella se sentó al lado de la cama de su hijo y permaneció allí durante las siguientes horas, escuchando los pitidos digitales del monitor cardíaco y el zumbido antinatural del ventilador que introducía y expulsaba aire de sus pulmones. Jared tenía la piel del color del plástico viejo y las mejillas aplastadas.

No se parecía al hijo que ella recordaba, el hijo que había criado; para Isabella, era un desconocido, en aquel escenario extraño, tan ajeno a sus vidas cotidianas.

Solo sus manos estaban intactas. Isabella sostenía una entre las suyas; su cálido tacto la reconfortaba. Cuando la enfermera entró para cambiarle el vendaje, Isabella vio sin querer el desagradable corte en medio del torso de su hijo. Tuvo que darse la vuelta.

El médico había dicho que probablemente Jared se despertaría más tarde, y, mientras ella permanecía en vela junto a su cama, se preguntó qué sería lo que él recordaría del accidente y de su llegada al hospital. ¿Se había asustado ante el súbito empeoramiento de su estado? ¿Había deseado que ella estuviera a su lado?

Aquella pregunta la afectó. Se juró a sí misma que se quedaría con él todo el tiempo que la necesitara.

No había dormido desde que había llegado al hospital. Con el paso de las horas, sin ninguna señal de que Jared fuera a despertar, la embargó una leve sensación de sueño, acunada por el rítmico y pausado sonido del material eléctrico. Se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la barandilla de la cama. Una enfermera la despertó veinte minutos más tarde y le sugirió que se marchara a casa a descansar un rato.

Isabella sacudió la cabeza al tiempo que volvía a fijar la vista en su hijo, deseando poder transmitir fuerza a aquel cuerpo roto. Para reconfortarse a sí misma, pensó en las esperanzadoras palabras del doctor Mills: le había asegurado que, cuando Jared se recuperara, podría llevar una vida prácticamente normal. El doctor Mills le había dicho que podría haber sido peor. Se repitió esas palabras como un amuleto para ahuyentar un desastre mayor. Cuando la luz del sol se extendió por el cielo más allá de las ventanas de la UCI, el hospital empezó a cobrar vida de nuevo. Las enfermeras cambiaron de turno, prepararon los carritos con las bandejas del desayuno y los médicos empezaron a hacer sus rondas. El nivel de ruido ascendió hasta conformar un zumbido permanente. Una enfermera entró y anunció que tenía que comprobar el catéter.

Isabella abandonó la UCI de forma reacia y bajó a la cafetería. Quizá la cafeína le aportaría la dosis de energía que necesitaba; tenía que estar allí cuando Jared finalmente despertara.

A pesar de la hora tan temprana, en la cafetería la cola ya era larga, con personas que, como ella, habían pasado la noche en vela. Un joven de unos treinta años se colocó detrás de ella.

—Mi mujer me matará —se lamentó mientras alineaban las bandejas.

—¿Por qué? —preguntó Isabella, al tiempo que enarcaba una ceja.

—Anoche estuvo de parto, y me ha enviado a por un café. Me ha dicho que me dé prisa, porque tenía dolor de cabeza por el cansancio, pero me he quedado un rato junto a la ventana de la sala de los bebés; no he podido evitarlo.

A pesar de las circunstancias, Isabella sonrió.

—¿Es niño o niña?

—Niño —contestó—. Gabriel. Gabe. Es nuestro primer hijo.

Isabella pensó en Jared. Pensó en Lynn y en Annette, y también en Bea. El hospital había sido el lugar de los días más felices y más tristes de su vida.

—Enhorabuena —lo felicitó.

La cola avanzaba despacio. Había personas que se tomaban su tiempo para seleccionar y pedir unas complicadas combinaciones de desayuno. Isabella echó un vistazo al reloj después de pagar por fin su taza de café. Había estado ausente quince minutos. Tenía prácticamente la certeza de que no le permitirían entrar en la UCI con la taza, así que se sentó en una mesa junto a la ventana. El aparcamiento se empezaba a llenar poco a poco.

Después de apurar la taza de café, fue al lavabo. La cara reflejada en el espejo estaba demacrada y se notaba la falta de sueño; apenas era reconocible. Se echó agua fría en las mejillas y en el cuello, y pasó unos minutos intentando adquirir un aspecto presentable. Tomó el ascensor para regresar a la UCI. Cuando se acercó a la puerta, una enfermera le cortó el paso.

—Lo siento, pero no puede entrar —dijo.

—¿Por qué no? —preguntó Isabella, desconcertada. La enfermera no contestó; su expresión era inflexible. Isabella sintió otra vez la creciente opresión de pánico en el pecho.

Esperó al otro lado de la puerta de la UCI durante casi una hora, hasta que el doctor Mills finalmente salió para hablar con ella.

—Lo siento, pero ha habido complicaciones.

—Pero…, pero si hasta hace poco esta… estaba con él —tartamudeó, incapaz de pensar en nada más que decir.

—Su hijo ha sufrido un infarto, una isquemia de ventrículo derecho. —El médico sacudió la cabeza.

Isabella frunció el ceño.

—No entiendo lo que me está diciendo. ¿Puede hablar claro, para que lo entienda?

La expresión en la cara del médico era de pura compasión. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono muy suave.

—Su hijo, Jared… ha sufrido un infarto masivo.

Isabella pestañeó varias veces seguidas; de pronto, el pasillo parecía haberse vuelto más angosto.

—No…, no es posible. Estaba durmiendo…, se estaba recuperando, cuando he bajado a la cafetería…

El doctor Mills no dijo nada. Isabella se sintió mareada, casi incorpórea, mientras balbuceaba:

—Usted dijo que… se recuperaría, dijo que la operación… había… ido bien, dijo que no…, que no tardaría en despertar…

—Lo siento.

—¿Cómo es posible que haya sufrido un ataque de corazón? ¡Por el amor de Dios! ¡Si solo tiene diecinueve años! —exclamó, incrédula.

—No lo sé. Probablemente se trate de un coágulo relacionado con el traumatismo del accidente o con el traumatismo de la operación; no hay forma de saberlo con absoluta certeza —declaró el doctor Mills—. No es usual, si bien es cierto que, después de una lesión tan grave en el corazón, puede pasar cualquier cosa. —Emplazó una mano sobre el brazo de Isabella—. Lo único que puedo decirle es que, si su hijo no hubiera estado en la UCI cuando sufrió el ataque, probablemente no habríamos podido hacer nada por salvarlo.

A Isabella se le quebró la voz.

—Pero lo han salvado, ¿no? Se recuperará, ¿verdad?

—No lo sé. —La cara del médico volvió a adoptar una expresión inescrutable.

—¿Qué quiere decir con que no lo sabe?

—Tenemos problemas para controlar el ritmo del seno coronario.

—¡Deje de hablar con jerga médica! —gritó ella—. ¡Solo quiero que me diga lo que necesito saber! ¿Mi hijo se recuperará?

Por primera vez, el doctor Mills desvió la vista hacia un lado.

—El corazón de su hijo falla —explicó—. Sin… otra operación quirúrgica, no estoy seguro de… cuánto tiempo aguantará.

Isabella notó que perdía el equilibrio, como si aquellas palabras hubieran sido en realidad unos contundentes puñetazos. Se apoyó firmemente en la pared, intentando asimilar lo que el médico acababa de decirle.

—Supongo que no me estará diciendo que Jared se va a morir, ¿no? —susurró—. No puede morir. Es joven y tiene una salud de hierro. Tiene que hacer algo.

—Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos —le aseguró el doctor Mills, con voz fatigada.

«Otra vez no, por favor. ¿Primero Bea y ahora Jared?», era lo único que Isabella podía pensar.

—¡Entonces hagan algo más! —gritó, con una actitud entre suplicante y exigente a la vez—. ¡Vuélvanlo a operar! ¡Hagan lo que sea necesario!

—En estos momentos, no podemos operarlo.

—¡Mire, haga lo que tenga que hacer para salvarlo! —exclamó exaltada, antes de que se le quebrara de nuevo la voz.

—No es tan sencillo…

—¿Por qué no? —Su cara reflejaba su incomprensión.

—Tengo que convocar una reunión de urgencia con el Comité de Trasplantes.

Al escuchar aquellas palabras, Isabella notó cómo la abandonaban las últimas fuerzas que le quedaban.

—¿Trasplantes?

—Sí —asintió el médico. Desvió la vista hacia la puerta de la UCI, volvió a mirar a Isabella y suspiró—. Su hijo necesita un nuevo corazón.

Tras las duras noticias, dos enfermeras se encargaron de escoltar a Isabella de nuevo hasta la sala de espera en la que había permanecido durante la primera intervención quirúrgica de Jared.

Esta vez no estaba sola. En la sala había otras tres personas, todas con la misma expresión tensa y de desamparo que Isabella. Se desmoronó en una silla, intentando sin éxito reprimir la horrible sensación de déjàvu.

«No estoy seguro de cuánto tiempo aguantará.»

Por Dios. No, no…

De repente, sintió que no podía soportar ni un segundo más confinada entre las cuatro paredes de aquella sala. Los olores antisépticos, la desagradable iluminación de los fluorescentes, las caras angustiadas y demacradas… Era una repetición de las semanas y los meses que había pasado en salas idénticas a aquella, durante la enfermedad de Bea. La sensación de desesperanza, la ansiedad… Tenía que salir de allí.

Isabella se puso de pie, se colgó el bolso al hombro y caminó por pasadizos con baldosas hasta que atravesó una puerta y emergió a un pequeño patio. Tomó asiento en un banco de piedra y aspiró hondo el aire fresco de las primeras horas del día. A continuación, sacó el teléfono móvil. Pilló a Lynn todavía en casa, justo cuando ella y Jacob se preparaban para ir al hospital. Isabella le contó lo que había sucedido mientras su marido descolgaba el otro auricular y escuchaba con atención. Su hija la atosigó de nuevo con preguntas incontestables, pero Isabella la interrumpió para pedirle que llamara al campamento donde estaba Annette y que quedara para recoger a su hermana. Entre ir a buscarla y volver, Lynn tardaría tres horas. Protestó: quería ver a Jared, pero ella insistió con firmeza en que necesitaba que Lynn le hiciera aquel favor. Jacob no dijo nada.

Después de colgar, llamó a su madre. Relatar lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas hizo que la pesadilla adquiriera una dimensión incluso más real. Isabella se desmoronó antes de terminar.

—Ahora mismo voy —dijo su madre simplemente—. Estaré ahí tan pronto como pueda.

Cuando Jacob llegó, se reunieron con el doctor Mills en su despacho de la tercera planta para hablar sobre la posibilidad de que Jared recibiera un trasplante de corazón. Aunque Isabella oyó y comprendió todo lo que el médico decía sobre el proceso, solo hubo dos detalles que se le quedaron grabados en la mente.

El primero fue que Jared quizá no recibiría el consentimiento del Comité de Trasplantes; a pesar de su estado tan grave, no existía ningún precedente para añadir a un paciente que hubiera sufrido un accidente de tráfico a la lista de espera. No había garantía de que fuera elegible.

El segundo detalle fue que, incluso si Jared recibía el consentimiento, era cuestión de suerte —y había escasas probabilidades— que el hospital recibiera un corazón adecuado. En otras palabras, había muy pocas posibilidades en ambos sentidos.

«No estoy seguro de cuánto tiempo aguantará.»

De vuelta a la sala de espera, Jacob parecía tan aturdido como ella. La rabia de Isabella y el sentimiento de culpa de Jacob formaban un muro impenetrable entre ellos. Una hora más tarde, una enfermera pasó para informarles sobre la evolución y les dijo que, de momento, la condición de Jared se había estabilizado: podían pasar a verlo por la UCI si querían.

«Estabilizado. De momento.»

Isabella y Jacob permanecieron de pie junto a la cama de Jared. Ella podía ver al niño que había sido y al joven hombre en el que se había convertido, pero apenas podía conciliar aquellas imágenes con la figura inconsciente postrada en la cama. Su padre le pidió perdón entre susurro, suplicando a Jared que resistiera; sus palabras activaron un cúmulo de rabia e incredulidad en Isabella que se esforzó por controlar.

Jacob parecía haber envejecido diez años desde la noche anterior; despeinado y abatido, era la viva imagen de la desdicha, pero Isabella no sentía ni la más mínima compasión por el sentimiento de culpa que embargaba a su marido.

Perdida en los rítmicos pitidos digitales de los monitores, deslizó los dedos por el pelo de Jared. Las enfermeras atendían a otros pacientes de la UCI, vigilando las sondas y los catéteres, ajustando los niveles de suero como si fueran las actividades más naturales del mundo, las rutinas de un día normal y corriente en la vida de un hospital con mucho trajín. Sin embargo, no había nada de normal en aquellas tareas. Eran el final de la vida como era antes para ella y su familia.

El Comité de Trasplantes estaba a punto de reunirse. No existía ningún precedente para que decidieran añadir a un paciente como Jared a la lista de espera. Si decían que no, su hijo moriría.

Lynn apareció en el hospital con Annette, que se aferraba a su mono, su peluche favorito. Las enfermeras habían hecho una rara excepción y habían permitido que los dos menores entraran en la UCI para ver a su hermano. Lynn se quedó blanca como el papel y besó a Jared en la mejilla. Annette depositó el mono de peluche junto a su hermano, en la cama del hospital. En una sala de conferencias, varios pisos más arriba de la UCI, el Comité de Trasplantes acababa de reunirse para realizar una votación de emergencia. El doctor Mills presentó el caso, el perfil de Jared y la urgencia de la situación.

—Según el informe, el paciente sufre insuficiencia cardíaca congestiva — describió uno de los miembros del comité, mientras releía el informe que tenía delante, con el ceño fruncido.

El doctor Mills asintió.

—Tal y como he detallado en el informe, el infarto ha dañado gravemente el ventrículo derecho del paciente.

—Un infarto que lo más probable es que haya sido provocado por una herida causada en el accidente de tráfico —matizó el otro hombre—. Como política general, no se trasplantan corazones a víctimas de accidentes.

—Solo porque, por lo general, no viven lo bastante para beneficiarse del trasplante —puntualizó el doctor Mills—. Este paciente, sin embargo, ha sobrevivido. Es un joven que goza de buena salud y con unas excelentes expectativas. Desconocemos el motivo del infarto, y la insuficiencia cardíaca congestiva responde a los criterios para optar a un trasplante. —Apartó la carpeta que contenía el informe a un lado y se inclinó hacia delante para mirar fijamente a cada uno de sus compañeros—. Sin un trasplante, dudo que este paciente sobreviva otras veinticuatro horas. Necesitamos agregarlo a la lista. —De su voz se desprendía una nota de súplica—. Es muy joven. Tenemos que darle la oportunidad de vivir.

Varios miembros del comité intercambiaron miradas llenas de escepticismo. El doctor Mills podía leerles el pensamiento: el caso no solo carecía de precedentes, sino que, además, la franja de tiempo era demasiado corta. Las probabilidades de encontrar un donante en menos de veinticuatro horas eran casi inexistentes, lo que quería decir que el paciente moriría de todos modos, fuese cual fuese la decisión del comité. Lo que ninguno se atrevió a expresar en voz alta fue un cálculo aún más frío, el del dinero. Si añadían a Jared a la lista, el paciente contaría como un éxito o como un fracaso en el programa de trasplantes, y un mayor número de éxitos significaba una mejor reputación para el hospital, significaba fondos adicionales para investigación y operaciones, significaba más dinero para trasplantes en el futuro. En líneas generales, implicaba que podrían salvar más vidas a largo plazo, aunque eso supusiera tener que sacrificar una vida en aquel momento.

Sin embargo, el doctor Mills conocía bien a sus compañeros de fatigas: estaba seguro de que ellos también comprendían que cada paciente y cada serie de circunstancias eran singulares, que comprendían que los números no siempre retrataban fielmente la realidad. Sus compañeros eran de esa clase de profesionales que a veces asumían riesgos para ayudar a un paciente que precisaba ayuda inmediata. El doctor Mills estaba seguro de que, a la mayoría de ellos, ese era el motivo que los había empujado a ser médicos, igual que a él. Querían salvar a personas, y aquel día decidieron intentarlo otra vez.

Al final, la decisión del Comité de Trasplantes fue unánime. Al cabo de menos de una hora, Jared fue agregado a la categoría de pacientes en estado 1-A, que le asignaba la máxima prioridad…, si aparecía milagrosamente un donante, claro. Cuando el doctor Mills les anunció la decisión del comité, Isabella no pudo contenerse y lo abrazó efusivamente.

—Gracias —suspiró aliviada—. Gracias.

No podía dejar de repetir esa palabra. Estaba demasiado asustada como para decir algo más, para expresar en voz alta su esperanza de que apareciera por milagro un donante.

Cuando Rene entró en la sala de espera, un solo vistazo a la familia completamente desolada le bastó para comprender que alguien debía asumir el control de la situación y encargarse de ellos, una persona que fuera capaz de infundirles ánimos sin desmoronarse. Abrazó a cada uno de ellos, pero a Isabella le dedicó el abrazo más largo. Retrocedió para inspeccionar al grupo y preguntó:

—Veamos, ¿quién necesita comer algo?

Rene se llevó a Lynn y a Annette a la cafetería, y dejó a Isabella y a Jacob solos. Ella había perdido el apetito, y le daba igual si su marido tenía hambre o no. Lo único que podía hacer era pensar en Jared.

Y esperar.

Y rezar.

Cuando una de las enfermeras de la UCI pasó por la sala de espera, Isabella corrió tras ella y la detuvo en mitad del pasillo. Con voz temblorosa, formuló la pregunta obvia.

—No —contestó la enfermera—. Lo siento. De momento, no hay noticias acerca de un posible donante.

Todavía de pie, en medio del pasillo, Isabella se cubrió la cara con ambas manos. Sin que se hubiera dado cuenta, Jacob había salido de la sala de espera y se había apresurado a colocarse a su lado mientras la enfermera se alejaba.

—Encontrarán un donante —dijo.

Ella dio un respingo y se apartó cuando su marido intentó tocarla.

—Lo encontrarán —repitió él con voz firme.

Ella lo acribilló con una mirada llena de reproche.

—De todas las personas de este mundo, tú eres la menos indicada para prometer tal cosa.

—Lo sé, pero…

—¡Entonces cállate! ¡No hagas promesas que no tienen sentido!

Jacob se tocó el puente hinchado de la nariz.

—Solo intentaba…

—¿Qué? —lo interrumpió ella—. ¿Animarme? ¡Mi hijo se está muriendo! —Su voz resonó en las paredes recubiertas de baldosas; varias personas se volvieron hacia ellos para observarlos.

—También es mi hijo —la corrigió Jacob, sin alzar el tono.

La ira de Isabella, durante tanto tiempo reprimida, explotó de repente con la fuerza de un volcán.

—Entonces, ¿por qué le pediste que fuera a buscarte? —gritó sulfurada—. ¿Porque estabas tan borracho que ni siquiera podías conducir?

—Isabella…

—¡Tú y solo tú tienes la culpa de lo que ha pasado! —gritó fuera de sí. A lo largo del pasillo, los pacientes asomaron las cabezas por las puertas abiertas; las enfermeras se quedaron paralizadas a mitad de camino—. ¡Jared no debería haber estado en el coche! ¡No había ninguna razón para que estuviera en ese cruce! ¡Pero tú estabas tan borracho que alguien tenía que ocuparse de ti! ¡Otra vez! ¡Igual que siempre!

—Fue un accidente. —Jacob intentó defenderse.

—¡No es verdad! ¿Es que no lo entiendes? ¡Tú compraste la cerveza, tú te la bebiste, tú provocaste el desenlace! ¡Tú metiste a Jared en el camino del otro coche!

Isabella resollaba, sin prestar atención a las personas que se habían congregado en el pasillo.

—Te pedí que dejaras de beber —siseó—. Te supliqué que lo dejaras. Pero no lo hiciste. Nunca te ha importado lo que quería ni lo que era mejor para nuestros hijos. Solo pensabas en ti y en lo mucho que te afectó la muerte de Bea. Pues, ¿sabes qué?, ¡yo también me quedé devastada! Yo fui quien la trajo al mundo. Fui yo quien la cuidaba y la alimentaba y le cambiaba los pañales mientras tú estabas trabajando. Fui yo la que estuvo siempre a su lado, durante toda su enfermedad. ¡Yo! ¡No tú! ¡Yo! —Se propinó unos golpes en el pecho con el dedo—. Pero en cambio fuiste tú quien no pudo soportarlo, ¿y sabes qué pasó? Que acabé por perder al marido con el que me casé y a mi pequeña. Sin embargo, incluso entonces conseguí seguir adelante y pensar en el bien de la familia.

Isabella le dio la espalda. Su cara se había arrugado con una fea mueca de amargura.

—Mi hijo está en la UCI y se debate entre la vida y la muerte porque nunca tuve el coraje suficiente de abandonarte. Pero eso es lo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

A mitad del arrebato, Jacob había bajado la vista y la había clavado en el suelo. Con una sensación de absoluto vacío, Isabella empezó a caminar por el pasillo, alejándose de él. Se detuvo un momento, se dio la vuelta y añadió:

—Sé que fue un accidente. Sé que lo sientes. Pero no basta con sentirlo. Si no fuera por ti, Jared no estaría aquí. Los dos lo sabemos.

Sus últimas palabras resonaron en el ala del hospital como un reto. Esperó a que él la replicara, pero Jacob no dijo nada. Isabella finalmente se alejó.

Cuando se les permitió a los miembros de la familia entrar de nuevo en la UCI, Isabella y sus dos hijas hicieron turnos para quedarse con Jared. Ella se quedó casi una hora. Tan pronto como llegó Jacob, se marchó. Rene fue la siguiente que entró a ver a Jared, pero solo permaneció en la habitación unos minutos.

Después de que Rene se hiciera cargo del resto de la familia, Isabella regresó junto a Jared y se quedó allí hasta que las enfermeras cambiaron de turno. Todavía no había noticias sobre un posible donante.

Llegó la hora de la cena, y luego el tiempo siguió pasando. Al cabo, Rene apareció e insistió en que Isabella saliera de la UCI y la condujo a regañadientes hasta la cafetería. A pesar de que su hija sentía náuseas solo con pensar en probar bocado, su madre supervisó personalmente cómo se comía un bocadillo en silencio. Ingirió cada insulso mordisco con un esfuerzo mecánico, hasta que finalmente engulló el último trozo e hizo una bola con el papel de celofán.

Acto seguido, se puso de pie y volvió a la UCI.

Hacia las ocho de la tarde, cuando acababan oficialmente las horas de visita, Rene decidió que lo mejor para las niñas era que se marcharan a casa. Jacob convino en acompañarlas. El doctor Mills volvió a hacer una excepción con Isabella y permitió que se quedara en la UCI.

La actividad frenética del hospital se calmó al atardecer. Isabella continuó sentada sin moverse junto a la cama de Jared. Medio aturdida, se fijó en la rotación de enfermeras, incapaz de recordar sus nombres tan pronto como abandonaban la habitación. Isabella suplicó a Dios una y otra vez que salvara a su hijo, del mismo modo que había suplicado para que salvara a Bea.

Esta vez, su única esperanza era que Dios la escuchara. Pasada la medianoche, el doctor Mills entró en la habitación.

—Debería irse a casa y descansar un rato —sugirió—. La llamaré tan pronto como haya alguna novedad, se lo prometo.

Isabella se negó a soltar la mano de Jared. Alzó la barbilla con un obcecado gesto desafiante y dijo:

—No pienso dejarlo solo.

Eran casi las tres de la madrugada cuando el doctor Mills regresó a la UCI. Por entonces, Isabella se sentía demasiado cansada como para ponerse de pie.

—Tenemos novedades —anunció el médico.

Ella alzó la cabeza, con la certeza de que iba a escuchar que ya habían agotado todas las esperanzas.

«Ya está. Sé acabó. Es el final», pensó, con una sensación de derrota. En lugar de eso, detectó cierta esperanza en la expresión del médico.

—Hemos encontrado uno. Una oportunidad de esas que solo aparecen entre un millón.

Isabella notó un repentino subidón de adrenalina; cada nervio se despertó en su cuerpo mientras intentaba comprender lo que el médico le decía.

—¿Uno?

—Sí, un donante de corazón. En estos momentos lo están trasladando al hospital, y la operación ya ha sido programada. El equipo está reunido en estos momentos, mientras hablo con usted.

—¿Eso quiere decir que… Jared vivirá? —preguntó Isabella, con voz ronca.

—Ese es el plan —contestó el doctor Mills.

Por primera vez desde que había entrado en el hospital, Isabella rompió a llorar.


Capitulo intenso.

Muchas Gracias por leer.

Besos!