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Jason Jenks se hallaba en el taller de Carlisle, con las manos entrelazadas a la espalda mientras examinaba el amasijo de chatarra que una vez había constituido el Stingray. Esbozó una mueca de disgusto, pensando que al propietario no le iba a hacer ni pizca de gracia lo que había pasado con su coche.
Parecía claro que el estropicio era reciente. Vio una llave de cruz que asomaba por debajo de un panel lateral parcialmente arrancado del chasis. Jenks estaba seguro de que ni Edward ni Isabella lo habrían dejado en aquel estado, si lo hubieran visto. Tampoco podían ser responsables de la silla que había atravesado la ventana en el porche. Probablemente, todo aquello era obra de Emmet y Jasper Masen.
Aunque no era oriundo del pueblo, estaba al corriente de sus ritmos sociales. Con el tiempo había aprendido que, si prestaba la debida atención a las conversaciones en el Irvin, podía enterarse de un sinfín de historias acerca de aquella pequeña parte del mundo y de la gente que vivía allí. Por supuesto, en un sitio como el Irvin, cualquier información tenía que ser tomada con pinzas. Los rumores, los chismes y las indirectas eran tan frecuentes como la historias reales.
Sin embargo, Jenks sabía más sobre la familia Masen de lo que mucha gente habría
esperado. Incluso un poco sobre los avatares de Edward. Después de que Carlisle le revelara sus planes para Edward y Isabella, había temido por su propia seguridad, así que se dedicó a indagar todo lo que pudo acerca de los Masen. Aunque Carlisle ponía la mano en el fuego por Edward, Jenks se tomó su tiempo para hablar con el sheriff que lo había arrestado, así como con el fiscal y con el abogado de oficio. La comunidad jurídica en el condado de Pamlico era pequeña, así que le resultó bastante fácil conseguir que sus colegas hablaran sobre uno de los crímenes más notorios de Oriental.
Tanto el fiscal como el abogado de oficio habían creído que había habido otro vehículo en la carretera aquella noche y que Edward se había salido para evitar el choque frontal. Pero dado que en aquella época el juez y el sheriff eran amigos de la familia de Angela Weber, no pudieron hacer gran cosa. La explicación bastó para que Jenks comprendiera cómo funcionaba la justicia en los pequeños pueblos.
Después habló con el carcelero retirado de la prisión de Halifax, quien le aseguró que Edward había sido un preso ejemplar. También llamó a varios de sus antiguos jefes en Luisiana, que le confirmaron que era una persona cabal y de confianza. Solo entonces aceptó la solicitud de ayuda de Carlisle. En esos momentos, aparte de ultimar los detalles del legado de Carlisle —y de encargarse de la cuestión del Stingray—, su papel en el caso había concluido.
Teniendo en cuenta todo lo que había pasado, incluidos los arrestos de Emmet y Jasper Masen, se sentía afortunado de que su nombre no hubiera aparecido en ninguna de las conversaciones que había oído por casualidad en el bar Irvin. Y como abogado profesional que era, tampoco había aportado ningún dato. Sin embargo, la situación le preocupaba más de lo que dejaba entrever. Durante los dos últimos días, incluso se había arriesgado a realizar llamadas poco ortodoxas, posicionándose fuera de los límites legales en los que se sentía totalmente cómodo.
Jenks dio la espalda al coche y examinó el banco de trabajo, en busca de la orden de trabajo. Esperaba que incluyera el número de teléfono del propietario del Stingray. Encontró la ficha. Un rápido vistazo le bastó para constatar que contenía toda la información que necesitaba. Iba a depositar la ficha de nuevo sobre el banco cuando vio algo que le resultaba familiar. Lo recogió, con la impresión de que ya lo había visto antes. Lo examinó solo un momento. Consideró todo lo que aquello podía conllevar, pero, aun así, hundió la mano en el bolsillo en busca de su teléfono móvil. Buscó en la lista de contactos, encontró el nombre y pulsó la tecla de llamada. Al otro lado de la línea, el teléfono empezó a sonar.
Isabella se había pasado la mayor parte de los dos últimos días en el hospital con Jared, y la verdad era que tenía muchas ganas de dormir en su propia cama. La silla de la habitación del hospital donde estaba ingresado su hijo era increíblemente incómoda. Además Jared le había pedido que se marchara.
«Necesito estar solo», le había dicho.
Mientras se hallaba sentada en el pequeño patio, respirando un poco de aire fresco, Jared estaba en la habitación con la psicóloga, por primera vez. Isabella se sentía aliviada. Físicamente, sabía que Jared estaba haciendo magníficos progresos; emocionalmente, en cambio, era otra cuestión. Aunque Isabella quería creer que la conversación que había mantenido con él había abierto la puerta —o, por lo menos, una fisura— hacia una nueva forma de enfocar la situación, Jared sufría al pensar en los años que le habían sido robados de su vida. Quería lo que tenía antes, un cuerpo perfectamente sano y un futuro sin mayores complicaciones, pero eso no era posible.
Su hijo tenía que tomar medicamentos para que su cuerpo no rechazara el nuevo corazón y, dado que los medicamentos hacían que fuera más propenso a tener infecciones, también debía tomar elevadas dosis de antibióticos y un diurético que le habían recetado para evitar la retención de líquidos. Y aunque iban a darle el alta a la semana siguiente, tendría que ir a la consulta del médico con regularidad, como mínimo durante un año, para poder llevar un control de su progreso. También necesitaría realizar ejercicios de fisioterapia supervisados, y le habían dicho que tendría que hacer una dieta muy severa. Por si eso fuera poco, había que añadir la terapia semanal con la psicóloga.
La familia tenía un duro camino por delante, pero allí donde unos días antes no había habido nada más que desesperación, Isabella veía ahora ante sí un mundo de esperanza. Jared era más fuerte de lo que él creía. Necesitaría tiempo, pero hallaría el modo de superar todo aquello. En los dos días previos, Isabella había detectado indicios de fortaleza, a pesar de que Jared no fuera consciente de ello, y sabía que la psicóloga sería de gran ayuda.
Jacob y su madre se habían dedicado a llevar a Annette de casa al hospital y del hospital a casa; Lynn se valía por sí sola, ya que podía conducir. Isabella sabía que no estaba pasando tanto tiempo con sus hijas como debería. Ellas también lo estaban pasando mal, pero ¿qué opción le quedaba?
Decidió que aquella noche, de camino a casa, compraría unas pizzas y que, después, quizá verían una película juntos. No era mucho, pero en esos momentos eso era todo lo que podía ofrecerles. Cuando Jared saliera del hospital, las cosas volverían poco a poco a la normalidad. Debería llamar a su madre para contarle los planes…
Hundió la mano en el bolso y sacó el teléfono móvil. En la pantalla había una llamada perdida de un número de teléfono desconocido. También tenía un mensaje en el buzón de voz.
Con curiosidad, pulsó la tecla del buzón de voz y acercó el teléfono a la oreja. Transcurridos unos segundos, oyó la voz pausada de Jason Jenks, que le pedía que lo llamara cuando pudiera. Isabella marcó el número. Jenks contestó inmediatamente.
—Gracias por llamar —le dijo él, con la misma cordialidad formal que había mostrado cuando Isabella y Edward fueron a verlo a su despacho—. Ante todo, siento mucho llamarla en unos momentos tan delicados para usted.
Ella parpadeó varias veces seguidas con confusión, preguntándose cómo sabía Jenks lo que había sucedido.
—Gracias…, pero Jared ya está mucho mejor. Estamos mucho más tranquilos.
Jenks se quedó en silencio, como si intentara interpretar lo que ella le acababa de decir.
—Yo… llamaba porque esta mañana he pasado por la casa de Carlisle y mientras estaba examinando el coche…
—¡Ah, sí! —lo interrumpió Isabella—. Pensaba decírselo. Edward acabó de repararlo antes de marcharse. Ya está listo para que el propietario pase a buscarlo.
De nuevo Jenks tardó unos segundos antes de proseguir.
—Bueno…, la cuestión es que he encontrado la carta que Carlisle le escribió a Edward. Debió olvidarla en el taller. No sé si usted quiere que se la envíe.
Isabella se pasó el teléfono a la otra oreja, preguntándose por qué la estaba llamando a ella.
—Pero es de Edward —arguyó, desconcertada—. Lo más lógico es que se la envíe a él, ¿no le parece?
Oyó que Jenks carraspeaba incómodo.
—Me parece que no sabe lo que pasó, ¿verdad? —advirtió el abogado lentamente—. ¿El domingo por la noche, en el Tidewater?
—¿Qué pasó? —Isabella frunció el ceño, completamente confundida.
—No me gusta tener que darle la noticia por teléfono. ¿Podría pasarse por mi despacho esta tarde? ¿O mañana por la mañana?
—No —contestó ella—. Estoy en Durham. Pero ¿qué pasa? ¿Qué sucedió el domingo?
—De verdad, creo que sería mucho mejor si pudiera decírselo en persona.
—Lo siento, pero no puede ser —replicó ella, con un creciente tono de impaciencia—. Por favor, dígame qué sucede. ¿Qué pasó en el Tidewater? ¿Y por qué no puede enviarle la carta a Edward?
Jenks vaciló antes de volver a carraspear con nerviosismo.
—Hubo un… altercado en el bar. El local quedó prácticamente destrozado. También hubo un tiroteo. Emmet y Jasper Masen fueron arrestados. Un joven llamado Alan resultó gravemente herido, el todavía está en el hospital, pero, según dicen, se recuperará.
Al oír aquellos nombres, uno tras otro, Isabella notó una fuerte opresión en el pecho. Sabía, por supuesto, el nombre que faltaba en aquella ecuación. Con un hilo de voz, preguntó:
—¿Estaba Edward allí?
—Sí —contestó Jenks.
—¿Qué pasó?
—Por lo que he podido averiguar, Emmet y Jasper Masen estaban dándole una paliza a Alan cuando Edward entró de repente en el bar. En ese momento, Emmet y Jasper fueron a por él. —Jenks hizo una pausa—. Ha de comprender que la policía todavía no ha dado la versión oficial…
—¿Está bien Edward? —lo interrumpió ella—. Eso es lo único que quiero saber.
Isabella podía oír la respiración agitada de Jenks al otro lado de la línea.
—Edward estaba ayudando a Alan a salir del bar cuando Emmet disparó. Edward…
Isabella sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba y se preparó para lo que ya sabía que iba a escuchar a continuación. Aquellas palabras, como muchas de las que había oído en los últimos días, parecían imposibles de entender.
—Edward… recibió un disparo en la cabeza. No pudieron hacer nada por salvarlo, Isabella. Estaba cerebralmente muerto cuando llegó al hospital…
Mientras Jenks seguía hablando, ella notó que era incapaz de sostener el teléfono. Al cabo de unos segundos, el aparato cayó al suelo con estrépito. Isabella se lo quedó mirando fijamente, tirado sobre la gravilla, antes de agacharse y pulsar el botón para colgar.
«No, Edward no. No podía estar muerto.»
Pero volvió a oír las palabras que le había dicho Jenks. Edward había ido al Tidewater. Emmet y Jasper estaban allí. Él había salvado a Alan y ahora estaba muerto.
«Una vida a cambio de otra», pensó. La cruel condición de Dios.
De repente, revivió la imagen de los dos paseando por el jardín de flores silvestres, cogidos de la mano. Y cuando finalmente las lágrimas afloraron, lloró por Edward y por los días que ya nunca podrían compartir, hasta que quizá, como en el caso de Carlisle y Esme, sus cenizas confluyeran en un prado soleado, lejos del camino trillado de las vidas ordinarias.
Puede que algunas ya lo sospecharan. Es demasiado triste, estaba casi segura que si relación a largo plazo se hubiese dado.
Queda por publicar el Epílogo.
Muchas gracias por leer,
Besos!
