Capítulo 3
En cuanto estuvieron casados Inuyasha no quiso esperar ni un minutos más, así que tomó a Kagome del brazo y la subió a su carruaje, le había dicho al cochero que no parara hasta llegar a Hampshire.
Kagome lo miraba con tanto odio, en ese momento estaba a punto de arrancarle los ojos, como odiaba a ese hombre, por su culpa no tuvo oportunidad de despedirse de sus padres.
― ¿Qué? – preguntó el furioso mientras se encogía de hombros
―Te odio – respondió ella
―Ambos compartimos ese sentimiento querida – dijo él con profundo sarcasmo – Te odias a ti misma por la trama en la que me has hecho caer
― ¿Cuántas veces debo decirte que no tuve nada que ver en eso?
―No las suficientes – comentó irritado – Digas lo que digas o hagas lo que hagas con tal de demostrar tu inocencia, nadie me quitará de la cabeza que todo esto fue planeado por tu madre y tú
Guardó silencio, pero tenía ganas de contestarle, de abofetearlo por ser tan estúpido e idiota, pero mejor suspiró, se relajó y se concentró en los adornos de su vestido.
"Mi vestido de novia" pensó con profunda tristeza, ese vestido era para una joven que se iba a casar por amor y su boda no había sido precisamente por amor, había sido solo para salvar ambas almas, la de ella por su reputación y la de él por su honor.
Su matrimonio iba ser uno más de entre todos esos que se realizaban por conveniencia o en este caso por compromiso, sus esperanzas de casarse por amor se habían ido directo a la nada.
¿Cómo iba a demostrar su inocencia si él nunca le dirigía la palabra? Era como si su presencia le produjera asco.
Para evitar la tentación de verlo, contempló el paisaje desde la ventana, el silencio era lo que en esos momentos deseaba, aunque lo que más deseaba era llegar a su destino cuanto antes y así poder liberarse de esa mirada dorada tan hostil.
― ¿No estás interesada por saber nuestro destino?
Y ahí estaba esa voz que no deseaba escuchar, era un martirio y aunque le doliera admitir, esa frialdad con la que él se dirigía a ella le dolía tanto.
Se vio obligada apartar la mirada de la ventanilla para verlo, estaba recargado en el carruaje, con los brazos cruzados, al igual que las piernas.
Negó con la cabeza – No me interesa – respondió y volvió a mirar a la ventanilla
―Pues debería interesarte
Kagome roló los ojos, por segunda ocasión apartó la vista de la ventanilla para verlo ― ¿Por qué me ha de interesar?
―En cuanto lleguemos te lo diré – respondió él con una sonrisa.
Se había hecho completamente de noche y parar en medio del camino era muy peligroso, lo más probable era que hubiese salteadores de caminos, aunque había rumores de que por los alrededores había una banda muy peligrosa, pero aun así Inuyasha mantuvo firme la decisión de seguir adelante.
Pero aquella noche era completamente helada y lo único que la cubría era su vestido de novia, no se le había ocurrido llevar con ella un chal por eso de las prisas, así que se cubrió con sus brazos el pecho.
Inuyasha pareció haberlo advertido, así que se quitó su sacó y se lo pasó por encima de los hombros de su esposa, ese gesto tan noble hizo que Kagome se le acelerara el corazón y que una posible esperanza de que la perdonara se hiciera presente.
Él pareció adivinar sus pensamientos pues se apuró en contestar.
―Solo trato de cubrirte del frio – dijo él – Tu muerte no es algo con lo que me gustaría cargar para toda la vida
Kagome frunció el cejo, se quitó el saco y se lo arrojó en la cara.
―No lo necesito – dijo furiosa –No necesito nada de ti. Así que puedes quedarte con tu saco, estoy mejor sin él.
Inuyasha se encogió de hombros y se volvió a poner el sacó – Bueno, solo trataba de ser caballeroso con mi esposa
Kagome esbozó una sonrisa sarcástica, negó con la cabeza y se recargó en el carruaje, era tan orgullosa que había preferido rechazar el saco que le ofrecía su esposo, pero en esos momentos no deseaba nada de él.
Cerró los ojos y dejó que el sueño la invadiera para olvidarse de todo lo que había pasado en ese día.
Inuyasha percibió que ella dormía, su cuerpo temblaba cada vez más y más e ignorando las palabras de su esposa, se volvió a quitar el abrigó y la cubrió con él.
Pero su cuerpo estaba completamente frío y eso le preocupó mucho, podría pescar una enfermedad y eso a él no le iba a gustar, así que tomó asiento a lado de ella, la recargó contra su pecho para darle algo de calor y la pasaba una vez más el saco por arriba de su pecho.
Pareció que había escuchado una queja pero se apagó, sintió como entraba en calor y que además se acorrucaba contra su pecho, era como si estuviera durmiendo cómodamente.
Los rayos de la luna se filtraban por la ventanilla y daban justamente en el rostro de Kagome, Inuyasha había levantado la mano para tocarla, pero se arrepintió por unos segundos hasta que el deseo de tocarla se hacía presente.
Era tan hermosa, tan frágil, su piel era mucho más cálida de lo que se imaginaba, suave mucho más suave que el pétalo de una rosa, su aroma, exquisito, si no fuera por la forma en cómo lo hizo caminar hacia el altar, habría jurado que se habría enamorado de ella.
Era tan hermosa y más sin embargo tan peligrosa.
No debía dejar que esos pensamientos lo invadieran. Él ya tenía un plan e iba a seguirlo al pie de la letra, y su bella esposa acataría cada una de sus órdenes.
Pero no podía dejar de mirar ese bello rostro, aun la pintura más hermosa hecha por un artista perdería su esencia comparada con ella. Pero lo que hacía más hermosa aquella mujer eran esos ojos color chocolate que destilaban fuego cuando estaban furiosos, pero estaba seguro que se derretirían ante el amor.
Amor que desgraciadamente él nunca podría darle, porque su corazón no era y nunca sería de una sola mujer….bueno tal vez una, de su madre.
Así que dejó de tocarla y justamente en ese momento el carruaje se detuvo, se abrió la puerta y se encontró con el cochero.
―Hemos llegado señor – informó el hombre
―Gracias – Inuyasha asintió
Se levantó con sumo cuidado para no despertarla, salió del carruaje y les ordenó a varios hombres que subieran las cosas de la nueva señora de la casa a la habitación principal y que despertaran a todos los habitantes para presentarle a su nueva señora.
Acto seguido volvió al carruaje para despertarla, pero ella aún seguía en su sueño.
―Despierta – la movió dulcemente – Hemos llegado
Kagome se encontraba en un profundo sueño, en él, se podía ver así misma correr por el pasto, disfrutando el hermoso paisaje, respirando el sabor de la libertad, era tan real, se sentía real, pero cuando abrió los ojos comprobó que era más que un simple sueño.
―Hasta que despiertas – dijo él – Ya hemos llegado – repitió él
― ¿A dónde? – preguntó incorporándose un poco más en el asiento
Vio que el saco de Inuyasha la estaba cubriendo, seguramente se lo había puesto mientras ella dormía, bien eso significaba que algo de caballerosidad había en él. Pero no quería nada de él así que lo regresó.
―A tu nuevo hogar – respondió sin decir más
La ayudó a bajar del carruaje y ante sus ojos se encontraba con una lúgubre mansión, a lo lejos se escuchaban los truenos y se podían ver algunos relámpagos detrás de las fachadas de la casa, era la promesa de una tormenta fuerte, era como si el cielo le revelaba lo que sería su vida a partir de esos momentos.
Oscura, fría y gris.
Ambos subieron por las amplias escaleras, la puerta de abrió ante ellos y ahí, en el vestíbulo se encontraba una hilera de veinte sirvientes, la mayoría la conformaban hombres y mientras que por el oro lado solo había siete mujeres.
Haberlos despertado no era algo de lo que se sentía orgullosa, pues era evidente que ninguno de ellos esperaba la visita de sus señores ya que todos llevaban puesto ropas de dormir.
Uno bostezaba, otros trataban de tener los ojos abiertos, pero en cuanto habían visto entrar a su patrón, acompañado de su esposa, se irguieron.
―Buenas noches – saludó Inuyasha – Les presento a mi esposa y por consiguiente a su nueva señora. Cualquier orden que ella de es como si yo la hubiera dado.
Y así les fue presentando a cuada uno de los sirvientes, a la cocinera, al ama de llaves, al mayordomo.
Después les dio permiso de que se retiraran.
La tomó del brazo y comenzaron a subir por las escaleras, había llegado el momento de su noche de bodas, tanto su madre y su nana habían dicho que era un acto en la cual una mujer tenía que someterse al hombre, que era un acto en el cual una salía lastimada.
¿Pero, estaba lista para "someterse"?
