¡Hola, gente querida! Esta historia es un spin off de mi otro one-shot "Luna Nueva", escrito recientemente (quiénes sientan curiosidad de leerlo, y les guste el SessRin, pueden encontrarlo en mi perfil). Por lo pronto, me animé a extender un poco el universo de esa misma trama a través de este InuKag, esperando que sea de su agrado.

He tenido ganas de escribir más en relación al SessRin y el InuKag en esta misma dinámica, pero como ando con un longfic pendiente de Sakura Card Captor, no me atrevo aún a comprometerme con otra historia larga xD. Sin embargo, si les llama la atención, pueden decirme a través de los comentarios.

¡Buena lectura! Recibo gustosa sus opiniones de la historia, cada comentario nutre y motiva a seguir escribiendo, ¡Un abrazo! :D

(Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de Takahashi Rumiko-sensei).

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Piel de acero

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- ¡Ay, duele, duele, duele!

-Quédate quieto, Inuyasha.

- ¡Pero si te estoy diciendo que me duele, tonta, no es culpa mía que tengas manos tan toscas!

Kagome lo miró mal ante ese comentario y, a modo de respuesta, puso con fuerza el paño húmedo sobre la herida de Inuyasha, haciendo que este soltara un grito estruendoso. No era una herida profunda. Se trataba de un rasguño superficial en su mejilla derecha generado por Niko, el gato de Rin, quién vivía junto a ella en la cabaña de la anciana Kaede. Inuyasha siempre se divertía molestando al felino regordete del mismo modo que, años atrás, llegó a hacerlo con Buyo; pero a Niko no parecía agradarle. Siempre que sus ojos claros lo divisaban erizaba el pelaje en señal de amenaza, e intentaba salir corriendo antes de que el joven hanyo lo capturara entre sus garras. De tanto en tanto era difícil saber si el repudio de Niko se debía a la naturaleza canina de Inuyasha o porque, en su defecto, Niko fue un regalo de Sesshoumaru para Rin (tal vez el gato, del mismo modo que Sesshoumaru, toleraba que Inuyasha existiera, más no le encantaba la idea de tenerlo cerca). Por eso lo rasguñaba y a Inuyasha no parecía importarle. No obstante, aquella era una noche diferente: había luna nueva y a Kagome no dejaba de sorprenderle lo sensible que podía tornarse la piel del joven bestia cuando gozaba de una apariencia completamente humana.

Pensando en eso, la sacerdotisa suspiró, menguando la fuerza empleada en la herida, consiguiendo que el rostro de Inuyasha se relajara en un gesto de silencioso agradecimiento.

Era desconcertante.

Día a día resistía ataques de espadas, flechas y otras armas feroces. Tanto así que Kagome se preguntaba si, además de las garras y la espada, Inuyasha tenía una piel de acero. Pero ante la mínima ausencia de la luna, quedaba a merced del poder de un gato doméstico.

Kagome terminó de limpiarlo y, tras aplicarle un ungüento refrescante en el rasguño, se dispuso a acomodar las cosas en una cesta cercana. Ambos vivían para entonces en una cabaña no muy lejana a la de la anciana Kaede. Era grande, con un concentrado aroma a madera y hierbas medicinales; contaba con los canales de ventilación suficiente para dormir frescos durante el verano y estaba construida de manera maciza para tolerar las oleadas de frío invernal. En algunos rincones tenían diversos cajones tallados a mano que ejercían la labor de armarios o de alacenas y, en el centro del lugar, bailoteaba la fogata con un tenue crepitar. A las afueras se escuchaba el insistente sonido de las cigarras, común en esa época del año. Era agradable. Luego de llevar casi cinco años viviendo en esa época, Kagome había convertido ese espacio en su hogar.

Una vez terminó de acomodar todo se limpió las manos y se acercó a Inuyasha, quien yacía sentado contra una de las paredes, cruzado de brazos. Piel bronceada contrastando con el vacilante resplandor del fuego, cabello azabache cayendo a lo largo de su espalda. A Kagome le encantaba verlo en su faceta humana. Bueno, en realidad le encantaba en su faceta normal también. Pero había algo en ese estado de vulnerabilidad humana que lo hacía ver más indefenso y desnudo. Se sonrojó ante el sólo pensamiento.

Inuyasha enarcó ambas cejas y le dedicó una mirada escrutadora.

- ¿Qué pasa?

-Nada- ella sacudió la cabeza, sonriéndole mientras se sentaba frente a él- Andaba pensando en Rin-chan.

- ¿Qué pasa con ella?

-Le dirá a Sesshoumaru que lo quiere. Ya sabes que él viene a visitarla una vez al mes y hoy hablé con ella. Me dijo de sus sentimientos por él. Y se los dirá hoy- los ojos de Kagome brillaron con un dejo de emoción contenida. Una emoción que Inuyasha no logró compartir, tan sólo limitándose a parpadear repetidas veces con una expresión desatenta.

-Pero eso él ya lo sabe, ¿No? Sesshoumaru no es un hombre de rodeos y, aunque me pese decirlo, tampoco es estúpido.

Kagome rodó los ojos, impaciente.

- ¡Por supuesto que ya lo sabe, bobote! ¡Pero este es un momento importante para ella!

- ¿Por qué?

- ¡Sesshoumaru es su primer amor! ¡Es una joven descubriendo su primer amor!

- ¿Qué tiene? No se "descubre" algo que todo el mundo ya sabe que está ahí.

- ¿Tienes que ser en ser tan insensible todo el tiempo, Inuyasha? ¿En serio?

Los ojos castaños de Kagome lo miraron con una mezcla de reproche y resignación, pensando para sus adentros que debió haberse esperado esa respuesta. Inuyasha, por otra parte, bufó exasperado mientras giraba el rostro en dirección opuesta.

-Keh, tonterías- farfulló- Tú eres demasiado blanda siempre, Kagome. Los verdaderos monstruos no pierden el tiempo con sentimentalismos, si Sesshoumaru la protege es porque ya la considera suya, de lo contrario no vendría cada mes a verla, ¡Y, si de mi dependiera, que no lo haga! No necesito aguantarme su apestoso aroma rondando por acá precisamente por estas fechas. Nosotros podemos cuidar bien de Rin.

- Yo creo que él sabe eso, Inuyasha, sino no la habría dejado aquí.

- ¿¡Entonces por qué tiene que venir precisamente cuando yo tengo esta ridícula apariencia!?

Kagome acercó su mano fina a la de él, tomándola de manera mansa y cálida. Inuyasha no dijo nada de entrada. Tan sólo se limitó a verla, frunciendo el ceño, en lo que ella le brindó una sonrisa complaciente- ¿No crees que viene durante estas noches porque, precisamente, tienes esa apariencia? El resto del mes confía en ti para protegerla. Cuando tú no puedes, él toma el relevo.

-Suena a que me subestima- el sólo pensarlo le generaba una sensación de amargura en la boca.

-Suena a que se preocupa por ti.

- ¿Lo hace? - Inuyasha enarcó una de sus pobladas cejas, componiendo una mirada de incredulidad e ironía- A mí me suena que eso es lo que tú quieres pensar.

Kagome tardó en responder, antes de encogerse de hombros y sonreír tenuemente- Puede ser… - reconoció, no ahondando más. Ella sabía lo irritante que debía ser para Inuyasha el que su hermano estuviera cerca mientras él se hallaba en su forma humana. En la actualidad no se llevaban mal, pero hacía falta tiempo para terminar de limar del todo las asperezas entre ambos. Pese a que el hanyo no lo expresara en voz alta, ella sabía que debía resultar incómodo el ser percibido por Sesshoumaru durante esas noches.

Nuevamente se instaló un silencio grato, en el que se hizo presente el crepitar de la leña consumiéndose por las brasas. Inuyasha no era un hombre detallista en términos generales, pero lo era si se trataba de Kagome. La notó pensativa. Se aclaró la garganta para llamar la atención de la joven Higurashi y, fingiendo desinterés (aunque fuera lo contrario), indagó: - Bueno, ¿Y qué fue lo que hablaste con Rin, entonces?

Kagome tardó un momento en volver en sí, pero al captar las intenciones de Inuyasha le sonrió con afecto.

-No te preocupes- murmuró- Estoy bien, me quedé pensando en lo que conversé con ella. Yo tenía más o menos su edad para cuando te conocí, ¿Sabes?

- ¿Y qué pasa con eso?

-Inuyasha…

-Vale, vale, lo siento. Pero yo tampoco soy un hombre de rodeos, Kagome. Ve al grano.

-Ah, ¿No eres un hombre de rodeos? – una sonrisa burlona se dibujó en los labios de ella, mientras enarcaba una ceja con una expresión de acusadora ironía- Cuándo no eras claro conmigo por tu afecto a Kikyo, ¿Cómo le llamabas a eso?

Los hombros de Inuyasha se tensionaron de manera notoria, y de inmediato su rostro adoptó una expresión que podía confundirse entre el sobresalto y el enojo. Mandíbula apretada enérgicamente, con los ojos oscuros abiertos de par en par.

- ¿¡Pero a qué viene eso a colación, maldita sea!? ¡Fue hace mucho, mucho tiempo! ¡Y eso no es dar rodeos!

- ¿Entonces qué es?

Inuyasha guardó silencio, observándola con una expresión inescrutable pero aguda. Kagome lucía serena. De alguna manera, siempre resolvía a mostrarse serena cuando de Kikyo se trataba, incluso si muchas veces no se sintió cómoda con la situación. Pero lo entendía. En sí lo entendía a él, y eso era admirable. Kagome notó cómo Inuyasha suspiró, bajando la guardia, rascándose la cabeza.

-Es amarte mucho… Kagome- respondió con un hilo de voz apenas audible. Kagome parpadeó, confusa.

- ¿Qué?

No que no supiera de los sentimientos de él por ella, en ese punto llevaban varios años viviendo juntos y se conocían de memoria las palabras y las marcas de la piel. Pero no hablaban mucho de Kikyo en el día a día y, aunque fuera el caso, Inuyasha no era del tipo que explorara seguidamente su sensibilidad por medio de las palabras. Era común que se alterara, en esos casos, y levantara la voz en una respuesta jacobina, negando la situación incluso si sus mejillas rojas lo delataban. Sin embargo, ahora Inuyasha parecía ensimismado y circunspecto.

Suspiró.

-No sé cómo explicarlo. O si me creas. O si lo entiendas. Es un poco complejo.

-… Ya veo- respondió Kagome con un tono ligeramente decepcionado, pero optó por no presionarlo mucho. Logró entrever que no le resultaba fácil tocar el tema, así que decidió ayudarlo un poco, redireccionándolo-… Hoy Rin-chan me preguntó si creía que la edad iba a ser un problema para ella hablar con Sesshoumaru, temiendo que él la siguiera viendo como una niña. Ella ya es una joven mujer. Por eso le dije que yo te conocí más o menos a esa edad. La verdad, no creo que haya problema. Entiendo que ustedes, Sesshoumaru y tú, tienen una forma diferente de percibir el mundo. Manejan una temporalidad diferente a nosotros, los humanos- Inuyasha no entendió el porqué de la nueva dirección de la conversación.

- ¿Temporalidad diferente? - repitió. Y esa vez fue Kagome quién suspiró, paciente.

-Ustedes dos envejecen a un ritmo distinto al nuestro. Y… aun así eligen querernos- ella sonrió, pese a que notó cómo Inuyasha pareció más mortificado por el peso de esas palabras. Una brisa suave se coló por una rendija de la entrada y Kagome se incorporó, gateando un par de pasos para acortar la distancia entre Inuyasha y ella, sentándose a su lado, abrazando su brazo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de él, y lo notó rígido. Supuso que no era un tema fácil de abordar para Inuyasha- No le prestes atención a eso. Sigo aquí.

-No quiero perderte de nuevo, Kagome.

-No me has perdido. Volví ¿No? Estoy aquí.

-Pero no me refiero al viaje a tu época, me refiero a… - las palabras parecieron perderse de la boca del joven antes de terminar de salir, incómodo. Sin embargo, Kagome sonrió, cerrando los ojos con tranquilidad mientras disfrutaba de la cercanía.

-Si, sé a qué te refieres. Hablas de la muerte de Kikyo, ¿Verdad? Por eso te digo, no me has perdido.

-Kagome…

-Volví. Y estoy aquí.

Fue con esas palabras que Inuyasha entendió las intenciones de Kagome: a través de la conversación sobre Rin, le dio pie a averiguar que ella, en efecto, si entendía. Entendía más que nadie el que él pudiera amarla a ella de una manera diferente. Inuyasha suspiró, relajando la postura y, con un gesto algo pesado, decidió reanudar su anterior idea mientras apoyaba la mejilla sobre los negros cabellos de Kagome.

-Sobre lo otro… no se trata de que haya dado rodeos en lo que pienso de ti, o mis sentimientos por ti, por querer o no a Kikyo. La gente critica como si, en primer lugar, me hubiera enamorado de dos mujeres diferentes. Y bueno, ¡Sí! ¡Ambas son completamente diferentes!

-Inuyasha, ve al grano.

El aludido la miró por el rabillo del ojo, a modo de cargado reproche.

- ¿Te estás desquitando por lo anterior, no es así?

Kagome liberó una risita jocosa.

-Quién sabe…

Él alzó la cabeza, mirándola mal.

-A veces puedes ser una mocosa insolente, ¡En fin! Keh. No, no me enamoré de dos mujeres diferentes. Para mí fue todo muy confuso, ¿Sí? Kikyo era hermosa, pero no fue su belleza en lo que me fijé - hizo una pausa tras componer una mueca, como intentando formular mejor la frase en su cabeza- Me fijé en ella, en sí. En sus ojos, su ser. La manera tan transparente cómo me miraba, pese a su dureza… tú misma tienes esa mirada, Kagome. Más clara. Menos cargada de agobio y tenacidad. Eres la proyección de la inocencia que nunca pudo permitirse Kikyo- Inuyasha sonrió tenuemente, con el pensamiento perdido en el bailoteo de las lenguas de fuego de la fogata-… cuando me enteré de la muerte de Kikyo en el momento que te conocí, no fue fácil para mí. Para todos los demás pasaron cincuenta años, pero para mí solo fueron unos pocos minutos. Y ella ya no estaba, pero estabas tú. Todo en ti me recordaba a ella, pero no eras ella…

La mirada de Kagome se entristeció al escuchar eso y apretó los labios en una fina línea, intentando dimensionar lo que sintió Inuyasha. No le molestaba hablar de Kikyo. Era consciente de lo que ésta representó para Inuyasha. No les guardaba rencor por eso. Kikyo ya no estaba y, en el fondo, Kagome admiraba a Kikyo a su modo, aprendiendo a verse a sí misma en ella. Dimensionando que aquella fue su anterior vida. Que la anciana Kaede, en algún momento, fue su propia hermana. Era un pensamiento extraño de integrar, pero real. Si ella moría y su siguiente vida se encontraba con Sota, esperaba que fueran amables el uno con el otro.

No obstante, analizó lo que Inuyasha dijo y se imaginó a si misma quitando la vista de él unos pocos minutos para luego encontrarse con otro muchacho que se le pareciera, expresando que se trataba de la reencarnación de Inuyasha porque éste había fallecido. No, no era fácil de asumir. Sin duda debió ser un fuerte impacto. No obstante, sintiendo la congoja en ella, Inuyasha giró el rostro y apoyó los labios sobre sus oscuros cabellos, que desprendían un dulce aroma floral.

Era una agradable sensación de intimidad y confianza. El alma puesta en el corazón del otro.

Kagome no dijo nada, pero no hacía falta que lo hiciera para que Inuyasha entendiera que de verdad sentía mucho sus palabras. Ella siempre fue un alma noble abierta a la escucha. Era de sus más bellos atributos.

- ¿La extrañas? – preguntó de repente la sacerdotisa de hito en hito. Inuyasha soltó aire por la nariz.

-No… no realmente- contestó Inuyasha con voz ronca- Es decir… supongo que extraño de ella lo que representó, en primer lugar. Pero no querría verla de nuevo como un ente vagando por este mundo, sufriendo. Para ser honesto, soy feliz viéndote a ti. Tú eres todo lo que ella deseó ser. Una mujer libre. Me hace feliz saber que el alma de Kikyo pudo renacer como alguien feliz. Y algo tonta. Kikyo nunca pudo darse el lujo de ser tonta- Kagome le pegó un codazo en las costillas a modo de reproche, mirándolo mal, pero Inuyasha soltó una carcajada divertida incluso si también llegó a quejarse por el golpe.

- ¡Tú eres el tonto!

- ¡Y tú eres la tosca! ¡Ten cuidado con esos brazos!

Aunque quería verlo con enojo, lo cierto era que Kagome disfrutaba de esos ambientes familiares. Cuando lo conoció, contantemente estaban a la expectativa de lo que ocurriría con los fragmentos de la Perla, pero al volver pudo darse el lujo de conocer a ese Inuyasha tranquilo, hogareño. La noche era seca, aunque ventosa, cosa que era buena porque el calor no se adhería tanto a la piel.

-Bueno, ¿Y entonces?

- ¿Entonces qué?

-No me dijiste por qué no eres un hombre de rodeos.

Inuyasha frunció el ceño, ruborizándose.

- ¡Keh! ¡Eres una fastidiosa! ¿Tras de que me golpeas, exiges respuestas? Eres una cínica.

-No me obligues a decir la palabra con "a"- aunque el tono de amenaza fuera sutil, bastó para que Inuyasha de inmediato se enderezara, deteniendo los comentarios en el acto.

-Si, el caso, como sea, no soy un hombre de rodeos porque realmente no dudé nunca de mis sentimientos por ti- respondió con palabras rápidas y atropelladas- Mi dilema estaba en que, en ese momento, al verlas a ambas veía a la misma… ¡Y si, si, ya sé que son personas diferentes, maldita sea, no me mires así!

-Qué bueno que lo notas- ironizó Kagome.

- ¡Cuando me refiero a "la misma", no hablo solo de la apariencia! ¡Es el ser! ¡Su energía es la misma! ¡Su ser es el mismo! ¡Y fue ese ser lo que me gustó! ¡Esa mirada que ambas comparten! ¡No podía simplemente elegir entre la una o la otra, porque ambas tienen ese algo que me gustó, en primer lugar! ¡Por eso te digo que no es rodeo, sino amor! ¡Un amor tan grande que no puedo partirlo en dos! Me enamoré de Kikyo una vez. Pero en el momento en el que me enamoré de ti, entendí que…estábamos vinculados de una manera profunda. Y te amaría. Te amaría sin importar tu rostro, o tu nombre, o tu vida. Porque, sea como fuere, siempre regresas a mí, Kagome.

-Inuyasha… - se había exaltado tanto al hablar que Kagome se incorporó para verlo mejor. Inuyasha la miró con una expresión marcadamente consternada, llevando una mano a su propio pecho, con una intensidad abrumadora en la mirada.

- ¿Tú prefieres mi apariencia normal por encima de mi apariencia humana, Kagome? Porque nos vemos diferentes, pero ambos soy yo.

Kagome se sorprendió, pues no había contemplado la situación desde aquel punto de vista. Miró a Inuyasha con detenimiento, en esa faceta humana; su traje rojo de lana de las ratas de fuego le daba una apariencia fuerte e infranqueable, como si se tratara de un muro de contención entre él y el repudio del mundo. Una armadura de sus padres que hizo suya a sangre y metal, cómo su propia piel de acero que podía tenerlo en pie ante cualquier enemigo. Sin embargo, la piel de Inuyasha era susceptible en ese momento. Expuesta a la sensación directa de cualquier tacto, herida… o caricia. El cabello negro como la tinta caía deliberadamente a lo largo de su cuerpo, sedoso e indómito como su dueño. Las cejas espesas fruncidas en un gesto desenfadado. Kagome experimentó calidez en el pecho y vientre al sentir a su merced esa vulnerabilidad de parte de alguien tan tenaz y fuerte como Inuyasha. Se acercó, tomándolo del rostro, mirándolo de manera honesta con esos ojos oscuros e inquisidores mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar, examinándolo. Miró la boca de él, esa boca de forma perfecta, y volvió a subir a sus ojos.

Inuyasha, entendiendo sus intenciones, suavizó el gesto. Kagome sonrió.

-No. Ambas apariencias me encantan de ti.

-Kagome…

Y reconociendo su nombre en ese murmullo ronco y gutural, Kagome acortó la distancia para besar sus labios; un pequeño acto que empezó como un roce, pero poco a poco, fue convirtiéndolo en un gesto de apropiación a él. Kagome no tenía un temperamento violento cómo Inuyasha, pero a él le encantaba la forma como ella lo aferraba, marcándolo como suyo. Le encantaba sentirse suyo. La boca de Kagome capturó con lentitud el labio inferior del hanyo, saboreándolo. Mordiéndolo mientras él mordía de vuelta el labios superior de ella. Inuyasha posó las manos amplias sobre la cintura de la pelinegra, acercándola a sí y abrió más la boca, aprehendiendo con hambre los labios de Kagome, profundizando el beso, sintiendo el hormigueo de sus lenguas en contacto. Lento, pausado. Agradable.

Era un tacto placentero. Kagome lo disfrutaba. Pero, en especial, disfrutaba el ser consciente de hasta qué punto la piel de Inuyasha era receptiva durante esas noches cómo humano. Lo fácil que podía enrojecer ante sus besos, el cómo Inuyasha cerraba los ojos en una mueca de placer cuando ella acariciaba ciertos puntos de su cuerpo. El cómo temblaba, incluso. Sus manos firmes temblaban, agarrándola con fuerza, porque la sentía más presente que nunca, sumergiendo el rostro en su cuello para sentir ese perfume dulce e intoxicante que, naturalmente, la joven emanaba. Con manos ágiles, ya conociendo el recorrido, Kagome fue desatándole el obi, seguido de la chaqueta roja y el kosobe bajo esta, soltándolos mientras se sentaba sobre su regazo, frente a frente, las piernas de ella a cada lado de la cadera de él.

Un sonido amortiguado similar a un ronroneo de placer emergió de la parte trasera de la garganta de Inuyasha, quien deslizó las manos hasta las desarrolladas caderas de ella para que se sentara de manera más firme sobre él, apretándola. Conduciéndola en un invitador movimiento, de atrás para adelante, que consiguió que el calor aumentara entre ambos, incluso si ya Inuyasha contaba con el torso expuesto.

Kagome sonrió contra la boca de Inuyasha, cómplice, sedienta, para luego empezar a depositar tiernos besos a lo largo del cuello de él, en un recorrido lento que lo llevó a suspirar, echando la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos. Beso a beso. La piel de Inuyasha picó cuando sintió a Kagome besar su garganta con vehemencia y devoción; besando su pulso y finalmente, llegando a la curva de su cuello, atrapando piel entre sus labios para morderlo de manera invitadora antes de empezar a chupar su piel. Esa piel humana, que se marcaba más fácilmente y que, por lo tanto, le excitaba más. Le incitaba a saborearlo con la punta de su lengua, a morderlo tenuemente, a dejar la marca de su boca en él mientras seguía descendiendo las manos delgadas a lo largo de su torso desnudo. Inuyasha suspiró en un gemido ronco, manteniendo los ojos cerrados, dejando que Kagome lo atormentara en esa oleada de placer y deseo. Sentía su miembro erecto bajo la hakama y ella estaba sentada en ese punto exacto en el que podía sentirlo más apretado entre ella y sus prendas. Sabía que Kagome era consciente de eso y la hacía querer devorarla a besos ahí mismo. Pero se contuvo. Templaba ligeramente, sintiéndose en el cielo a merced de esa mujer.

Su pecho subía y bajaba con una respiración tensa que denotaba el acelerar del fluir de la sangre en su interior, y que pareció aumentar en el momento en el que Kagome se apartó de él para mirarlo a los ojos de manera intensa e íntima mientras sonreía, empezando a quitarse su propio kosobe. Inuyasha se sentía aturdido, pero se dedicó a admirarla. A reconocer ese largo cuello femenino y elegante que tantas veces había mordido y besado. A reconocer esa clavícula y luego, en la medida que la tela caía, los voluptuosos senos desnudos de la joven Higurashi, cuyos pezones endurecidos mostraban ese invitador color rosado (más oscurecido en la punta), llevando a Inuyasha a sentir la boca seca. Quería tocarlos. Saborearlos. Morderlos. Levantó la mano derecha y, dócilmente, tocó uno de los pezones de la joven, masajeándolo entre los dedos índice y pulgar. Ella lo dejó, mirándolo a los ojos mientras le sonreía. Una sonrisa de confianza, ternura y amor. Una mirada profunda, oscurecida de deseo. La misma mirada de él.

Kagome le permitió explorar su cuerpo como no lo había hecho con ningún otro hombre antes. Inuyasha amaba ver sus mejillas enrojecer. Cómo se encogía de hombros cuando, con la otra mano, terminó de quitar el kosobe del camino, dejándola con el torso completamente expuesto. E incluso cómo Kagome soltó un gemido ligero en el instante en el que Inuyasha bajó la cabeza a su pecho, pasando la punta tibia de su lengua por ese pezón que tocaba antes. Kagome cerró los ojos, sintiendo unas cosquillas agradables en ese toque tan sutil y personal; arqueando la espalda hacia atrás en el momento en el que Inuyasha quiso ser menos tímido, capturándolo de lleno con su boca. Relamiéndolo. Saboreándolo. Pasando la lengua en exquisitos círculos mientras Kagome sentía las manos de Inuyasha agarrarla por la espalda con firmeza, sin dejarla caer.

Ella siempre podía tener esa confianza en él: nunca la dejaría caer. Ni en batallas, ni en el sexo, ni en el amor.

Kagome quería darle placer a él. Aunque se contentaba cuando él quería dárselo de vuelta, por lo que disfrutó de la estimulación otro poco antes de suspirar, llevando las manos frías a esos hombros grandes y cálidos, interrumpiendo el contacto. Inuyasha obedeció con una expresión desconcertada, pero pronto Kagome de acercó a él, introduciendo la lengua a su boca abierta en un nuevo beso bañado en fuego, moviendo las caderas de forma lenta y sensual sobre el regazo de su esposo. Sintió su endurecido miembro bajo ella, apretado en la ropa. Inuyasha soltó un gemido áspero amortiguado por el beso. Kagome sabía que lo estaba torturando un poco pero le encantaba sentirlo. Kagome siguió moviéndose de manera suave y lenta sobre él, yendo de atrás hacia adelante, vientre con vientre, cadera con cadera.

Inuyasha sentía su piel arder. Sentía la profundidad del beso, el perfume de Kagome invadiendo sus sentidos, el movimiento sobre su regazo, hasta que ahogó un suspiro contra la boca de ella al sentir cómo los inquietos pulgares de la pelinegra buscaron las tetillas de él, masajeándolas en un rápido movimiento satisfactorio.

"¡Por Dios…! ... Esta mujer…"

Inuyasha la dejó. Lo disfrutaba. La piel humana era muy diferente a la piel de un youkai, más despierta, vulnerable…Y Kagome lo sabía. Él mismo había dejado que ella lo fuera descubriendo por su cuenta en esos años.

La fogata mantenía su baile, pero el calor que ambos sentían era ajeno a ese fuego. Kagome se apartó un poco para verlo a los ojos, logrando capturar esa mirada hambrienta y oscura. Cuando estaba en su forma normal, podía divisar la pupila dilatada de él en la claridad de sus ojos dorados. Pero ahora esos mismos orbes parecían profundos, intensos e insondables, cosa que ella encontraba fascinante. Inuyasha se acercó, besándola con una voluntad devoradora, al tiempo que la llevó a detener el movimiento de la cadera, incorporándose para retirar las hakamas de ambos, deseando sentir su piel en totalidad.

Kagome sentía cierto gusto por su propia desnudez, aunque no siempre fue así. Hubo un tiempo, al crecer, que sentía vergüenza de su voluptuosidad. Era normal para cualquier adolescente, supuso. Pero en la medida que iba reconociendo más el cambio de la pubertad, se fue acostumbrando a esta. A verla normal. A permitirse estar tumbada desnuda largos minutos sobre su cama, luego de tomarse un baño tras llegar de la era feudal. En las noches de verano le agradaba también. Al bañarse en río, o en mar. Pero, sobre todo, aprendió que le gustaba la sensación de desnudez antes y después de hacer el amor. Sentía frescura y humedad en su entrepierna, la cual demandaba una caricia. Pero Kagome se mantuvo sentada, sonriendo, notando también la desnudez de Inuyasha, quien estaba sentado en frente de ella una vez se liberó de la hakama. El cabello de ébano cubriéndole esa amplia espalda de guerrero, un torso ejercitado y un vientre firme que Kagome se acercó a besar con suavidad, consiguiendo que el joven temblara nuevamente en respuesta, sorprendido. Ella alzó la vista, encontrando sus ojos cafés, y le sonrió manteniendo la expresión pícara de quien encontró una forma de hacer una travesura. Bajo el ombligo del joven, un hilo de vello oscurecido descendía hasta la imagen de un pene erecto, largo y duro; fuerte como el colmillo de acero de su dueño.

Inuyasha se ruborizó, frunciendo el ceño- Tonta, ¿Qué crees que haces? – su voz sonó ronca, probablemente por no haber hablado en todo ese rato. Parecía avergonzado- Sabes que no me gusta que me tomen desprevenido en esta forma…

- ¿Ah, no? ¿Ni siquiera yo? - Kagome amplificó su sonrisa burlona. Inuyasha enrojeció más.

-Sabes que es diferente.

- ¿En qué?

-Podría venir un monstruo a atacar o algo y mis sentidos no funcionan igual que siempre…

-Sé que no funcionan igual que siempre. Pero puedes estar tranquilo, yo también tengo buena mano domando monstruos- concedió Kagome con una voz suave y tranquila, pero sin borrar la sonrisa de su rostro en lo que se acercó y, con una mano suave, tomó el miembro de Inuyasha que se sentía palpitante y viril. Caliente. La joven sacerdotisa se sintió complacida al ver la mueca de placer de Inuyasha ante ese acto y, para estimularlo, empezó a acariciarlo de arriba abajo – ¿O qué me dices de este monstruo? Es grande, fuerte y sé bien qué es lo que quiere, ¿Crees que pueda manejarlo, Inuyasha?

Inuyasha sonrió. Kagome sintió un vuelco bajo en su vientre con solo verlo sonreír, porque era tan hermoso. No siempre lo hacía de esa manera tan desenvuelta y cálida. Sólo con ella.

-Crees que te la sabes todas, Kagome…- Inuyasha soltó un gruñido, frente a sensación eléctrica ascendente en su falo con cara caricia de su esposa- Pero no seas tan confiada. Ese monstruo tiene especial ansias, y puede querer devorarte en cualquier momento.

-Correré el riesgo.

-Pues para mayor resistencia, no vayas tan rápido entonces…ugh…- Inuyasha suspiró, echando la cabeza hacia atrás un momento, ¡Era tan agradable! Alzó la vista a Kagome y la encontró ahí, frente a sí, completamente desnuda. Hermosa. Dios, ¡Cuánto la amaba! Cuánto amaba sus ojos cafés, su mirada tan pura, amable y transparente. Amaba su aroma. Amaba su sonrisa y el brillo de su alma. Amaba la forma cómo se ondulaba su negro cabello, la suavidad de su voz, la forma de sus labios finos. Amaba su cuerpo desnudo, el color de su piel. Amaba la delicadeza de esta, sus curvas, o los pliegues que se marcaban naturalmente al sentarse, acurrucarse, o moverse. No había mentido, la amaba desenfrenadamente a ella y a todo lo que ella representaba en cualquiera de sus vidas y formas-… Ve a buen ritmo, o el monstruo querrá morderte sin espera alguna…

Kagome movió los hombros en medio de risita silenciosa y se inclinó sobre él- No si yo lo muerdo primero- y en un gesto manso los labios de Kagome tocaron lo largo del pene de Inuyasha antes de propinarle una mordida tenue, invitadora. Un roce con una sensación que terminó de despertar los sentidos de Inuyasha, apartándose de ella en el acto. La sacerdotisa alzó la mirada, desconcertada, pero antes de poder replicar al respecto Inuyasha la silenció con un beso fogoso y salvaje, llevándola a acostarse boca arriba sobre el suelo, con él encima de ella.

La madera fría se sentía bien contra la espalda de Kagome, pero el cálido cuerpo de Inuyasha sobre ella se sentía aún mejor. Ya no era consciente de si la noche era amena, húmeda, ventosa; o de si alguna brisa se colaba por las rendijas de la entrada. Únicamente le importaba abrazar a Inuyasha. Le importaba sentir sus senos encontrando el pecho de él, y su vulva humedecida recibiendo el roce de un pene erguido que aún no la penetraba. Pero la acariciaba, con cada movimiento generado durante ese beso desenfrenado. Se sentía tan pero tan bien…

Kagome era un alma sensible que le gustaba tomarse su tiempo para sentir determinadas cosas, pero Inuyasha era alguien más veloz e impaciente. Sin embargo, dentro de los placeres culposos del hanyo estaba el ver el rostro de Kagome haciendo el amor, por lo que interrumpió el beso al sentirla retorciéndose bajo su cuerpo. Estaba oscuro, pero la luz de la fogata bastaba para verse lo suficiente, y notar a Kagome con las mejillas rojas y el cabello revuelto sobre la madera. Inuyasha tardó unos pocos segundos en percatarse de qué roce fue el que la puso de ese modo pero, al hacerlo, compuso una sonrisa torcida.

-… ¿Te gusta? Kagome- Inuyasha movió nuevamente su cadera, acariciando la entrepierna de ella con su falo. Kagome no respondió, pero cerró los ojos, tornando la respiración más pesada y pausada. Inuyasha amplió la sonrisa y se levantó un poco más, con el fin de liberar una de sus manos. Tras humedecerse dos de los dedos, los llevó al clítoris de la joven Higurashi, empezando a masajearlo de manera lenta, en círculos. Sabía qué punto en particular le encantaba a Kagome, porque ella misma se lo había enseñado. Ésta soltó un gemido tenue. Inuyasha empezó a acelerar el movimiento- Dime si te gusta- insistió. Sus ojos brillantes. Kagome se removió, mordiéndose el labio inferior con las mejillas completamente sonrojadas.

-Si…- murmuró sin aliento. Los dedos fueron más deprisa, ¡Oh, por…!

- ¿Te gusta mucho?

- … ¡Ah…! - Kagome arqueó sutilmente la espalda, apretando el abrazo que mantenía con él. Esa vulva que antes pedía una caricia ahora vibraba con mayor deseo y hambre- Si…- murmuró Kagome contra él oído de él, sintiendo el resto de su torso tenso respondiendo a los estremecimientos de su clítoris, en el que sentía un cosquilleo sabroso-…Me… me encanta, Inuyasha. Sigue…sigue…sigue…ahí…

- ¿Quieres que me detenga?

- Ni se te ocurra ... Mmmhn

Inuyasha sonrió, viendo el cuerpo de Kagome responder a su caricia, y se inclinó para besar su boca. Sin embargo, cuando más aumentaba la adrenalina en ella y más profundo se tornaba el beso… Inuyasha detuvo la mano. Y Kagome sintió de golpe como la sensación de placer descendió en el acto, de manera abrupta. Soltó un suspiro contra la boca de él y se apartó para mirarlo con incredulidad. La sonrisa dibujada en el rostro del joven hanyo le pareció increíble.

-Pero ¿Estás loco? ¿Por qué te detienes?

- ¿Querías que siguiera?

-Eh… ¡Si! – exclamó la joven pelinegra con obviedad, mostrándose incluso un poco ofendida ante la pregunta- No necesitas tu olfato para darte cuenta de eso.

Inuyasha movió los hombros en una risa discreta y se incorporó más, para darse el lujo de verla mejor. Inuyasha admiraba en Kagome el que ella no dudara en tomar lo que consideraba suyo- Es cierto- murmuró- No lo necesito para eso.

- ¿Entonces?

-Quería verte- y con esa respuesta, Kagome suspiró, no sintiendo que pudiera realmente molestarse con algo así.

-Ven aquí…- le dijo en un murmullo.

Aún sin su olfato normal, Inuyasha sentía el aroma de ella y sólo podía encontrarlo invitador y enloquecedor. Kagome lo miraba con una mezcla de profundo amor y deseo, estirando los brazos para abrazarlo por el cuello y atraerlo en un nuevo beso recóndito y lento. La luz parpadeaba sobre la piel de ambos e Inuyasha la besó, palpándola muy conscientemente mientras inspiraba por la nariz, como quien toma fuerzas para resistir un poco e ir más lento. Disfrutar del momento con plenitud. Besó su boca una vez en un pico. Luego otra. Otra. Y, para la siguiente, bajó a su cuello, lamiéndolo con apetito. Inuyasha era un hombre de fuego, poder y energía. Era un hombre que vivía sus emociones sensoriales al máximo. Y sintió un regocijo interno ante la cara de ella una vez los dientes de él mordieron su pezón rígido y, para entonces, sensible. Muy sensible. Mordió de nuevo, un roce suave y luego chupó ese pezón, antes de acompañarlo de un movimiento de su tibia lengua. Kagome tenía los ojos cerrados, en una expresión despejada, gustosa, incluso sonriendo. El hormigueo se extendía desde ese punto de su cuerpo hasta la parte baja de su vientre.

Poco a poco fue deteniendo los suaves besos en su pecho para ir bajando por su torso. Este reaccionaba, contrayéndose con cosquillas en la medida que iba bajando pero Kagome se mantuvo tranquila, deseando que siguiera. Ya sabía lo que Inuyasha tenía en mente hacer. Estaba esperando que lo hiciera, de hecho. Por lo que, cuando el joven hanyo puso las manos sobre los muslos de ella, la misma pelinegra tuvo la iniciativa de separar las piernas, dándole vía libre a su entrepierna.

Inuyasha sonrió. El aroma de Kagome era dulce. Pero sabía ya, por experiencia, que su sabor era ligeramente salino.

Kagome tomó aire, su pecho bajando y descendiendo en el proceso, para luego sentir la cabeza de Inuyasha entre sus piernas y la lengua tibia de este lamer con devoto cuidado ese punto de placer central. Una lamida. Luego dos. La lengua iba lentamente de arriba abajo en repetidas ocasiones, dejando un trazo de saliva en su recorrido. Dios…ese punto estaba tan sensible luego de lo anterior, ¡Era deleitable! Cinco lamidas. Seis. Siete. Y, para la octava, endureció un poco la lengua, acariciando con mayor firmeza y velocidad su clítoris, consiguiendo que Kagome echara la cabeza para atrás, soltando un gemido débil y abandonado ante la deliciosa sensación que se extendió desde el contacto de la lengua de Inuyasha hasta el resto de su cuerpo. Una sensación eléctrica de placer que la hizo llevar la mano a la cabeza de él, entrelazando sus largos dedos con las hebras negras de cabello de su esposo, halando en una tensión incitante una vez este detuvo los movimientos con la punta de su lengua para depositarle un beso en esa zona. Las piernas de Kagome temblaron. Inuyasha sonrió, repitiendo el gesto.

-Inuyash… ah… - gimió Kagome, retorciéndose ante los movimientos expertos de su boca. Él sabía qué puntos tocar en ella para hacerla vibrar, exaltar, disfrutar, y sin duda aquello no tenía precio. Al escuchar su nombre, Inuyasha alzó la vista pasando la lengua por sus propios labios, mientras volvía a sonreír.

- ¿Te gusta? – preguntó en un murmullo íntimo, pasando la punta de la lengua por su clítoris nuevamente de manera lenta y tortuosa. Chupó. Y volvió a lamer, pero esa vez más rápido, mucho más rápido mientras la alzaba con ambos brazos de la cadera para tener mejor acceso a ella.

Kagome gimió. Se sentía delicioso. Apretó los dedos de los pies por la oleada de emociones que le desencadenaba Inuyasha y, dejándose llevar, terminó empujando la cadera más hacia la boca de él, queriendo que siguiera.

-Si…- respondió la joven pelinegra sin voz- Sigue. No te detengas.

Y esa vez ya Inuyasha no se iba a detener. No realmente. Sólo paró su lengua para suspirar, besando de nuevo el punto que acababa de lamer, y seguidamente se incorporó para ver a Kagome agitada, con mirándola con el deseo despierto. Inuyasha tomó su miembro y, con cuidado, empezó a introducirlo en ella. Estaba tan húmeda. Y él mismo no evitó reprimir un gemido por el placer que le generó sentirse dentro de Kagome, quién soltó un quejido tenue, cerrando los ojos, pero dejándolo ingresar.

Kagome era estrecha, y el pene de Inuyasha era ancho, largo y duro. Solía doler un poco cada que lo introducía, pero una vez adentro se sentía bien. A Kagome le gustaba sentirlo dentro de sí. No sabía si aquél era un gusto culposo, o si Inuyasha siquiera percibía el contraste con sus paredes vaginales. Pero no importaba. No le prestó atención a eso en ese momento. Inuyasha empezó a moverse dentro de ella, inclinándose para besarla, sintiéndola al máximo. Ambos gimiendo en resonancia. Ambos encontrando sus miradas, entre el sudor, las pieles, los despojos del acero, olvidando cualquier otro sonido mientras el placer y el amor aumentaba entre ambos. Inuyasha tenía buena resistencia física, incluso en esas noches. Y eso él lo agradecía, porque le gustaba hacer el amor con Kagome. Le gustaba ver ese rostro sonrojado, reconocer en ella a la niña que se enamoró de él en el pasado, viendo ahora una mujer que había madurado incluso si su mirada conservaba el brillo de antaño.

Era un amor que atravesaba el tiempo, que trascendía vidas. Porque Inuyasha amaba a su alma desde muchos siglos atrás, y ahora también amaba su cuerpo. En medio de los besos se miraron a los ojos, con una ternura cálida que llevó a Kagome sonreír. Él mismo, en un gesto vehemente y vulnerable, sonrió de vuelta.

-Te amo, Inuyasha.

-Y yo a ti… Kagome.

Y se besaron de nuevo, en la intimidad exquisita de esa cabaña que ya conocía sus cuerpos sudorosos de memoria. Disfrutando cada instante de esa cercanía exquisita, uniendo sus cuerpos en una danza en la que sus amas participaron, perdiendo la noción de los colores, el sonido y el mundo.

Incluso de Sesshoumaru, quien escucharía esa noche la confesión de Rin.

A la mañana siguiente, Inuyasha fue el primero en despertar. La luz del amanecer se colaba por la rendija de la entrada, en tenues hálitos que iluminaban las partículas de polvo suspendidas en el aire. El aroma a rocío era refrescante. Pero lo más placentero aún, para el joven de cabellos platinados, fue percibir cómo sus sentidos parecían estar trabajando en su máxima capacidad como hombre mitad bestia de nuevo. Cada sonido, cada pisada de los aldeanos, cada olor a las afueras de la casa. Era agradable.

No obstante, lo que más disfrutó fue girar el rostro y reconocer los cabellos negros de Kagome junto a su mejilla. Ella dormía plácidamente, la cabeza apoyada sobre el pecho de él. Su respiración era tranquila, acompasada, e Inuyasha la abrazó por la cintura, atrayéndola más a sí mismo para besar su pelo. Ella suspiró entre sueños.

Aunque no tuvieran la Perla de Shikon, Inuyasha prefería por mucho esos amaneceres. Desde que Kagome había regresado a su lado, cada noche se había convertido en una entrega de amor sincero, y eso lo nutría a él también. Cerró los ojos, queriendo permitirse el dormir otro poco, aprovechando la calma de la mañana. Los aldeanos apenas despertaban, podía sentirlo por su olfato. Así que estaba bien para ellos el darse un momento más de paz y privacidad, antes de iniciar la jornada. Sentía el aroma de algunas personas comiendo. Otras bañándose. Otras que estaban en algún tipo de abrazo, o prendiendo incienso. Y luego…

El aroma de Sesshoumaru, mezclado con el de Rin.

Oh.

Inuyasha abrió los ojos dorados, sin disimular la sorpresa. Recordando las palabras de Kagome en relación a ese par ¿Acaso…?

Bueno, sin duda Kagome tendría una grata sorpresa una vez despertara.