Erik había llegado allí hacía ya 6 años.

En todo ese tiempo no había sido adoptado jamás por la simple razón de que ahuyentaba a cualquiera que quisiera acercarse a él .

Incluso las cuidadoras del albergue hacían lo posible por alejarse de él, ya que el estar en un radio de un metro de distancia de Erik significaba una casi segura agresión.

A sus 14 años en realidad estaba solo, pero eso no le importaba. No le gustaba convivir. Detestaba incluso el tener que ver a sus compañeros del albergue.

Él perfecto día para Erik era pasar todo él día echado sobre su cama leyendo, pero por su carácter solía caer ante la idiotez de los demás huérfanos, ingresando en un sinnúmero de peleas.

Al día, tras todos esos años, no había chico al que no se hubiera enfrentado, mas él no se arrepentía de nada.

Su vida realmente era vacía, pero así le gustaba. Después de todo, ¿qué más daba? ¿Qué más podría desear?

Sin embargo, todo cambió él día en que él llegó. Entró temblando, abrazándose a sí mismo. Su cuerpo era bastante delgado y débil, pero su mirada fue la que mas sorprendió a Erik.

Sus ojos eran de un azul hermoso, él azul mas hermoso que jamás hubiera visto, pero parecían vacíos, y denotaban un pánico absoluto.

Una de sus cuidadoras lo llevaba de la mano, y se los presentó al instante.

—Chicos, vengan rápido. Este pequeño de aquí se llama Charles. Él es huérfano, por eso es que está aquí, como todos ustedes— explicó con voz suave, mientras que el nombrado solo ladeaba la cabeza hacia ambos lados, como si tratara de saber de donde venía el sonido. Erik prestó bastante atención, curioso. ¿Acaso...? — él tiene apenas 10 años, así que quiero que lo traten bien. Además, como de seguro habrán notado, él no puede ver, así que...

Erik respiró profundo y perdiéndose en los ojos de Charles en ese momento dejó de escuchar. Entonces tenía razón. Él movía la cabeza de esa forma porque no podía ver. En un instante se llenó de un sentimiento que no pudo identificar bien. Su cabeza se vació, dando lugar a... Sí, podría llamarlo así. Una necesidad de protegerlo.

¿Un niño ciego? ¿Cómo demonios había sobrevivido solo?

Supo al instante que Charles no era huérfano, sino que sus padres lo habían abandonado al notar su problema. Siempre pasaba. Sin razón aparente sintió una furia desmesurada por aquellos que habían abandonado a algo tan frágil y precioso.

En algún momento la mujer debió haberse ido, pues Charles ya no estaba a lado suyo, sino acostado sobre su cama asignada, abrazando una almohada. Sus ojos se mantenían fijos sobre la pared, y aún temblaba.

El pobre niño parecía destrozado por completo, y a juzgar por sus ojos cristalinos, en cualquier momento estallaría en llanto. Erik de inmediato tuvo el impulso de ir con él, reprimiéndose de golpe.

"¿Qué carajos haces, Lehnsherr? No es tu problema. No es tu responsabilidad, no tienes porqué involucrarte".

Pasado un rato llegó la hora de comer, y él apenas se dio cuenta. Había estado tan sumido en su lucha interna que no lograba hacer nada.

Un suave sollozo se escuchó en el fondo de la habitación, cerca del lugar donde dormía el chico, y su corazón se estrujó. A la mierda que no fuera su asunto, ahora lo sería.

Con pasos suaves y silenciosos se acercó al pequeño, que ya se había dormido. Se sentó a lado de su cama y acarició su pelo con suavidad, quitándoselo de la cara. Carajo, que para llorar dormido, tenía que haberla pasado realmente mal. Lucía sumamente cansado y desganado, casi vencido por la vida.

Preocupado notó que el pequeño no dejaba de temblar, así que con cuidado se quitó su chamarra y se la colocó encima. Para alivio suyo, él dejo de temblar, luciendo un poco menos afligido.

En ese momento Erik se dio nuevamente cuenta de lo que hacía, como si despertara de su ensoñación.

Él, alguien que odiaba estar con gente, que odiaba convivir, y que no tenía el mínimo interés en nadie más, estaba cuidando a un chiquillo. No tenía un puto sentido.

Al pensar en esto soltó un gruñido más fuerte de lo que esperaba, pues hizo que Charles se despertara.

El ojiazul se levantó terriblemente asustado, volteando a todos lados.

-¡¿Q... quién es!? ¡No tengo dinero! ¡lo juro! Por favor, no me haga daño...

Esto rompió por completo él corazón de Erik, porque le pudo dar una idea de lo que el chico había pasado antes de llegar allí. Quería simplemente tomarlo en sus brazos y mantenerlo allí, siempre protegido, pero sabía que eso lo asustaría.

Entonces, con la voz más suave que pudo, susurró:

—Tranquilo, ya estas en el albergue ¿recuerdas? Mi nombre es Erik, y sólo quiero ser tu amigo. No temas, te prometo que todo estará bien.

Charles se sintió confundido. Era la primera vez que alguien le ofrecía algo así. Todos los que se había encontrado en su corta vida habían intentado dañarlo, pero este extraño quería ser su amigo... No era posible. Sin embargo, su corazón era aún infantil, de esos puros y blancos que se pierden con el tiempo en muchas personas, y fue eso lo que le hizo confiar. No tenía por qué hacerlo, pero simplemente lo hizo. Aquel joven de voz tosca pero a la vez reconfortante le hizo confiar.

—Erik...— repitió él. Se mordió el labio indeciso, pero después extendió su mano hacia su cara— ¿puedo?

Él mayor sonrió asintiendo con la cabeza, sintiéndose un completo idiota al instante, al recordar que él ojiazul no podía verlo.

—Claro— afirmó tranquilo, tomando con su mano la de Charles, y acercándola a su cara. Él pequeño solo cerró sus ojos dejándose guiar por sus manos, tratando de hacerse una imagen mental de la primera persona que lo había tratado dulcemente.

Era curioso. Tenía una barbilla pronunciada, y unas cejas un tanto grandes. Notaba como había indicios de una barba recién cortada, pero fuera de eso todo su piel era muy suave.

Unos segundos después bajó las manos sonriendo tímidamente. No sabía cómo actuar en realidad frente a alguien más. ¿Tenía que presentarse?

—Bueno... mi nombre es Charles, tengo 10 años— balbuceó jugueteando con sus dedos, con la cabeza agachada.

Aquella postura no era causada por su ceguera, sino porque había notado que ante los demás indicaba sumisión, que no planeabla desafiarlos. Algo que le había salvado de varias palizas a lo largo de su vida.

Erik sin embargo, en ese momento se enfocó en su voz más que en como estaba colocado. Le pareció la más dulce que jamás había oído, y no pudo evitar soltar una suave risa al escucharlo.

—Lo sé, lo dijo esa mujer que te trajo... yo soy Erik Lehnsherr pequeño, tengo 14.

Charles sonrió divertido y picó la mejilla del mayor. No le fue difícil hacerlo, gracias a su tacto anterior tenía más o menos un esquema de rostro.

— Oh, ¡eres un anciano!

— Vamos, me lastimas Charles, eso fue muy cruel— bromeó él, con un tono dramático.

Ambos se echaron a reír a carcajadas, y Erik se sintió extraño al momento.

¿Hace cuánto que no reía así? ¿Alguna vez lo había hecho en realidad? Y ahora lo hacía por ese niño. Vaya...

Decidió dejar pasar esas dudas aferrándose a lo que pasaba en ese momento. Aferrándose a Charles, y su hermosa risa.

La puerta sonó chirriante, y por ella asomó la cabeza una de las mujeres que lo cuidaban, quien no podía creer lo que veía. Incluso por unos segundos perdió la palabra, y balbuceó algo perdida.

—Eh... Charles, Erik ¿no van a comer?

El menor bajó la cabeza jugando nerviosamente con sus dedos. Erik notó él cambio repentino, y tomó su mano, dándole un suave apretón.

— Anda, vamos, necesitas comer, yo te voy a acompañar, ¿sí? Nadie te hará daño, lo prometo.

Y tal vez fue por la voz, o por el aroma que desprendía, o por cualquier otra cosa, pero Charles supo que no mentía. Y también supo que aquellas palabras no se referían solo a su camino al comedor, sino al resto de su vida.

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I know, muy fluff, pero ya necesitaba hacerlo. Vino de una idea lejana de una noticia que leí, de un gato arisco y un perrito bebé tierno pero ciego. El gato maltrataba a todo el que se le acercara, pero al cachorro lo ayudaba a caminar y todo. So cuteee.