SHAPE OF MY HEART
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He may play the jack of diamonds
he may lay the queen of spades
he may conceal a king in his hand
while the memory of it fades.
Shape of my heart, Sting.
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Para IGR, it never happen…
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Como el más clásico de los poemas leído una y otra vez, con cada palabra aprendida, regocijada, interpretada… regurgitada y vuelta a poner en tinta sobre el mismo papel, así, con ese precisa descripción estaba Kardia, Helios Nikopolidis, porque realmente era Helios.
La habitación silenciosa asemejaba una alcoba submarina, la antesala prenatal… la tensión antes del gran ruido.
Los dos estaban ahí, y no estaban.
Kardia, fue el que rompió la tregua con la fragilidad de su vida, la permanencia voluntaria del destino de los hombres, la firme creencia de que las generaciones futuras, tienen que ser mejores.
Tocó su brazo, pensaba que se iba a desgranar como una figura de sal. El Arconte de Acuario simplemente dio un respingo, sin embargo resistió, el erudito trágico, piadoso, desenfrenado… respondió al irreverente exiliado de sus amores.
Sus amores.
—No… no digas nada… por favor… —rogó.
—No importa.
—Importa, siempre importa, eventualmente importará. —Fue la sentencia de muerte de Dègel.
—No. Te equivocas… —Kardia llevó, a rastras, la mano de su parabatai hasta su pecho, a su corazón, a ese fuego devastador que era el motor de su vida, de la vida juntos. —No es la forma de mi corazón, esa no.
Nunca en su vida había hablado tan enserio.
Nunca.
Llevaban dos años tonteando, dos años de mierda en donde el estira y afloja eran la vértice de aquella figura arquitectónica tan caprichosa en la que se habían embarcado… esa, la de sentir… amor, o algo parecido.
Los días, las estaciones caían a medida que Kardia avanzaba en ese camino de amor adolescente, sollozando mitología, ritos, y disecando dioses pecadores ante la mirada incrédula de Dègel… luego, el milagro absoluto y divino del avance en la guerra, el cuerpo recorrido en caricias que lo convierten en un ser cóncavo, convexo también.
La pasión, el deseo, sí. Kardia le mostró el emblema de su vida: el amor por vivir.
Pero… un día, ese día, su desenfreno turístico por los caminos del cuerpo impoluto de su compañero, entre la modestia de sus muslos juntos, a pesar de las feroces y dedicadas caricias en los balcones de su sexo, con su moral reprimida, todo se detuvo, sus caderas inmóviles, el asedio de su cuerpo se detuvo, se murió en las manos de Kardia.
Dègel, lánguido, a la sombra del regocijo.
Dègel sin sexo. Dègel sin baluarte. Dègel estaba… castrado.
Al normando Krest lo había enviado castrar a los 12, porque muy joven había descubierto el vicio del amor en los labios de otro efebo: Unity. Y Krest quería preservar por siempre, a la fuerza, el honor de Dègel.
—Quitemos pues, el ímpetu que te deshonra.
Y ahí estaban, los dos, en un silencio cómplice, profundo, extraño, en una convulsión muda de pasiones ardientes, terrenales y supremas.
El normando escondió la mirada, pero no quitó la mano de ese pecho que latía.
Entronizó la imperfección de sus sentimientos.
—¿Cuál es la figura…? —Murmuró.
—La del amor de mi vida y del amor de mi muerte…
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FIN
