Capítulo 20
Inuyasha arqueó una ceja sin dejar de ver el hombre que estaba al lado de su esposa ¿Quién era él y que hacía con ella? ¿Acaso era su amante? Ese último pensamiento le recorrió la espina dorsal, no, ella no podía tener un amante, para eso tenía un esposo –un esposo que la abandonó durante siete años —.
— ¿Quién es usted? – preguntó serio sin perderlo de vista ni un segundo.
En cambio, Sesshomaru permanecía en su misma posición, una mirada seria e indiferente era lo único que le ofrecía aquel hombre.
Pero antes de que pudiera responder, Kagome fue la primera en hablar de ellos dos.
—¿Y tú qué haces aquí, Inuyasha?
—¿Se te olvida que hoy iba a venir por ti? – preguntó con una respuesta, claro, seguía observando a Sesshomaru.
Sesshomaru giró e hizo una reverencia a Kagome, en señal de despedida, ignorando por completo al esposo.
Inuyasha se había sentido completamente ignorado, ese hombre no le había dirigido la palabra aun cuando él le había preguntado educadamente quien era, sobre todo que relación tenía con su esposa, porque la miraba de era manera.
No se iba a quedar con la intriga de saber quién era, así que cuando él pasó a un lado suyo, lo detuvo tomándolo del antebrazo.
—Le he hecho una pregunta señor ¿Quién es usted?
Con un simple movimiento Sesshomaru se zafó del agarre de Inuyasha. Había pasado una mala noche ya que no pudo conciliar el sueño, estaba de mal humor y con cualquier cosa iba a explotar, no tenía ánimos de discutir con él ni con nadie. Aún estaba abrumado por lo de anoche, incluso llegó a pensar en regresar al teatro esa noche para volver a verla y pedirle todas las explicaciones, aunque sería absurdo, ya que cualquier palabra que saliera de Rin eran mentiras, mentiras y más mentiras.
¿Por qué había regresado? Era mejor que se quedara en Francia y que nunca regresara a Londres, así nunca la volvería a ver, pero cuando la vio de nuevo, todos esos sentimientos que había guardado por mucho tiempo surgieron de la nada, provocándole una opresión en el pecho.
—Que se lo explique su esposa – fue lo único que respondió, bajando las escaleras de mármol alejándose de la pareja.
Y claro que le tendría que pedir una explicación a su querida esposa, después de este día buscaría convencerla de que desistiera esa absurda idea de perseguir a Naraku, no quería verla en peligro y si ella se opondría, la subiría en el primer carruaje para llevarla de regreso a Hampshire.
Una vez que estuvieron solos por completo, no dejaban de mirarse uno al otro.
—¿Me vas a dejar entrar? – preguntó, señalando con la vista la puerta.
—No – respondió rápido – Ahí estas mejor.
Inuyasha frunció el cejo ante esa respuesta.
—¿Al menos me vas a explicar quién era ese hombre y que hacia contigo?
—Claro que no – Kagome se cruzó de brazos.
Él no pudo pasar desapercibido sus ojos color chocolate, así que ella le estaba declarando la guerra, pues bien, no se iba a dejar vencer tan fácilmente.
—¿Es tu amante?
Kagome apretó los nudillos de sus manos, ante esa pregunta quería estampar su mano en su bello rostro, pero se resistió hacerlo.
—¿Y si así fuera qué? – se cruzó de brazos.
—Kagome, no me respondas de esa manera— estaba tratando de controlar toda su ira – Me vas a explicar de una vez quien era ese sujeto.
—Y tú vas a dejar de darme órdenes. Al parecer desde que nos vimos no has dejado de hacerlo y terminamos discutiendo.
—Porque así lo quieres – comentó él — ¿No podríamos simplemente tener una conversación como los adultos que somos? – Se tranquilizó un poco y la miró aún más intensamente – Te propongo algo ¿Qué te parece una tregua solo por esa semana?
Kagome lo pensó seriamente, una tregua entre ellos no resultaba mal, pero era imposible no discutir con él, lo que deseaba era que él estuviera a kilómetros de distancia de ella y tenerlo cerca no iba a resultar nada bueno de eso, ese hombre podía hacer que su respiración se cortara, que su pulso se acelerara y que perdiera la razón por completo, seguía igual de atractivo, se pasó toda noche pensando en ese beso apasionado que le había dado la noche anterior, si en ese momento ella no hubiera reaccionado el beso le daría entrada a algo más intenso…el deseo.
Respiró resignada.
—De acuerdo – asintió.
—Muy bien – él esbozó una media sonrisa, le ofreció su brazo y ella lo miró confundida — ¿Esta lista para dar un paseo a caballo, Lady Safira?
Kagome cerró los ojos por un momento, si, iba ser difícil estar a su lado, pasó su brazo por el de Inuyasha y dejó que la condujera hacia un carruaje.
Inuyasha no se había olvidado de aquel hombre, así que buscaría por todos los medios de hacer que su esposa le dijera de una buena vez quien era. De hecho, estando con ella resultaría agradable, hace tiempo que no la veía.
Pero era imposible dejarla de ver, realmente se había puesto hermosa, ya no era esa niña miedosa cuando se casó la primera vez.
Ella se detuvo antes de entrar al carruaje, otra vez era el mismo, ese coche le traía tan malos recuerdos.
Giró sobre sus talones y se encontró con él.
—No puedo subir – dijo ella.
—¿Por qué no? – Inuyasha arqueó una ceja, leyó en sus ojos el por qué y asintió para sí mismo – Esta bien – se acercó al cochero y le dijo – Iremos caminando, regresa a casa.
Mientras iban caminando por la calle, damas y caballeros se les quedaban viendo, algunas damas la miraban de arriba abajo, como si fuera un bicho raro, otras simplemente negaban.
—Es un descarado, ¿Cómo se atreve a pasear con esa por aquí?– comentó una.
—Dicen que es su nueva amante – respondió la otra – Pobre de la esposa, ella quien sabe dónde y su esposo disfrutando de lo lindo.
—Por cierto ¿Qué se hizo de Lady Taisho?
—No sé – la dama negó – Es un misterio, algunos dicen que la tiene encerrada en una mazmorra, otros aseguran que la mandó a un convento para deshacerse de ella.
Inuyasha miró a Kagome, quien iba con la cabeza agachada mientras escuchaban a esas dos mujeres hablar mal de ella, así que fue él quien las puso en su lugar.
—Y hay quienes aseguran que la tengo amarrada en mi cama solo para llegar en las noches y hacerle el amor.
Las dos damas abrieron los ojos como platos ante el comentario atrevido, se miraron una a las otras sin saber que decir.
—Milord – una de ella hizo una reverencia –Disculpe…no sabía que…
—¿Qué las estábamos escuchando? – Interrumpió Inuyasha a la dama – Déjenme darles un consejo señoras, no se preocupen por la vida ajena, preocúpense por su propia vida.
—Sí, milord – dijeron las dos al unísono, asintieron y se fueron como alma que llevaba el diablo
Kagome miró a Inuyasha, no aguantaba las ganas de reír, jamás olvidaría el rostro de esas dos mujeres.
—Si quieres reír, puedes hacerlo – sugirió él, esbozando una sonrisa.
Y no pudo seguir reprimiendo más su risa que terminó en una carcajada, leve y sutil.
Inuyasha disfrutaba verla reír, era realmente hermosa, los rayos del sol hacían brillar ese cabello negro azabache y cuando ella lo miró a los ojos algo en él se alojó en su interior, queriendo saber más de ella, de hecho no sabía nada de ella, simplemente se habían casado, la dejó al día siguiente y nunca más la volvió a ver, si ella estaba aquí, con él, era un claro indicio de algo, de algo que él tendría que descubrir.
Si esta semana sería de ellos dos, no la desperdiciaría, al contrario, la aprovecharía para descubrirla por completo, de saber con qué clase de mujer se había casado, iniciaría con lo que nunca inició…con un cortejo.
Cuando se tranquilizó, lo miró y no pudo evitar hacerle esa pregunta que se había formulado mientras reía.
—¿Es verdad que me encerraste en un convento? O ¿Que "me mantienes amarrada en tu cama"?
Inuyasha se encogió de hombros.
—Son algunos de los rumores que circulan por Londres – respondió mientras ambos seguían su camino – El más fuerte es precisamente ese, que te tengo amarrada en mi cama para llegar y hacerte el amor.
Kagome se sonrojó ante ese rumor que salía de sus labios pecaminosos.
—Ah, pero eso es imposible milord – dijo ella – Con tantas amantes que tiene el Lord Inalcanzable, dudo mucho que se conforme con su esposa.
Inuyasha la rodeó por la cintura y la atrajo hacia él, donde sus miradas chocaron y sus frentes de unieron.
—¿Y tú como lo sabes? – preguntó seductoramente
La sintió estremecerse entre sus brazos, si, ella le había dado la primer señal de comenzar con su cortejo, ninguna mujer se había puesto tan nerviosa entre sus brazos ni desviaba su mirada para no verlo, no, todas las mujeres que habían pasado por él le sostenían la mirada y sonreían provocativamente.
—Yo…— ella se hizo instantáneamente hacia atrás – Yo…no sé – negó y esbozó una pequeña sonrisa –Es lo que creo, por eso me dejaste durante siete años.
Y ese fue un balde de agua fría para él, ya que sintió como una corriente fría lo atravesaba por dentro, deslizó su mano y la alejó un poco de él, al parecer su cortejo no sería tan fácil para él, primero debía de matar cada uno de esos fantasmas que habitaban en ella, de sanar esas heridas que él mismo había provocado durante esos años.
—Lo siento – se disculpó – Nunca fue mi intención dejarte de esa manera.
Kagome se encogió de brazos – Pero aun así lo hiciste.
El silencio que se generó entre los dos fue muy largo, no decían nada, solo se miraban y miraban a la gente que pasaba a lado de ellos.
Kagome fue la primera en romperlo, ya que no le gustaba estar así, sin decir nada, el silencio era el peor de los consejeros, te aconsejaba en tu interior, pero lo que decías era muy diferente a lo que en realidad querías decir.
—Será mejor que continuemos con nuestro camino – sugirió ella
Él no dijo nada y solo asintió, cada vez más culpable ¿Qué demonios había hecho con ella? Tantas veces que la culpó de su desgracia, de haberlo llevado al altar y nunca llegó a pensar en ella, en lo que sentía, en ese sentido él estaba siendo muy egoísta.
Sobre todo, como se había sentido al día siguiente de su noche de bodas, cuando él fue un cobarde y la dejó o mucho peor, cuando ella perdió al hijo de ambos, sin duda eran muchas cosas en su contra que no le favorecían en nada, si ella lo odiaba esas eran unas buenas razones para hacerlo.
Haberla abandonado.
No estar con ella cuando más lo necesitaba – que era cuando perdió su hijo—.
¿Qué otra cosa más pudo haberle pasado? ¿Era todo o aún faltaba la peor parte por contarle? Si era así, debía estar muy bien preparado para recibir el impacto de esa noticia.
—¿El Lord Inalcanzable se ha quedado callado? – preguntó ella esbozando una media sonrisa
Inuyasha se vio obligado a forzar una parecida a ella.
—¿Cómo fue que perdiste a nuestro hijo?
Se le borró la sonrisa de sus labios, sabía que se lo iba a preguntar y para su suerte había practicado esa mentira toda la mañana, Kikyo le había dicho que era mejor decirle la verdad, pero ella no le hizo caso, quería hacerle sufrir un poco, o mucho más de lo que él le había hecho sufrir.
—Fue una noche de tormenta – comenzó su relato – Esa noche estaba en la salita de estar leyendo un libro, Kanna me interrumpió y me dijo que ya era tarde, que debía descansar ya que eso no iba ser bueno para el bebé.
Inuyasha la escuchaba con atención, cuando viera a esa anciana le iba a recriminar el no habérselo dicho nunca.
—Así, cuando me puse de pie sentí un dolor en el vientre – siguió con su relato – AL grado de querer desmayarme, Kanna me sostuvo entre sus brazos mientras le hablaba a Myoga, perdí el conocimiento. Al día siguiente que desperté ella estaba a mi lada…— hizo una pausa, a pesar de ser mentira, sonaba tan convincente que se perdió en ella — …diciéndome que lo había perdido
Y se sorprendió a ella misma llorando, no el hecho de mentir de esa manera, si no, porque había deseado quedar embarazada esa noche, así no iba a estar sola durante esos malditos años.
Inuyasha no pudo resistir verla llorar y la estrechó contra sus brazos, acariciándole el cabello y tranquilizarla.
—¿Por qué nunca me lo mandaste a decir? – le preguntó en un susurro y entregándole un pañuelo.
—No quería molestarte – respondió ella, tomando el pañuelo y sacudiéndose delicadamente la nariz – Aun seguías enfadado por nuestra boda y no podía soportar que me culparas por haber perdido a nuestro hijo.
Él sostuvo sus mejillas entre sus manos, borrando las lágrimas que pasaban por sus dedos.
—Jamás te hubiera culpado de algo así – dijo él – Porque, el único culpable en ese caso sería yo, y nada más yo.
Comenzó acercarse a ella para besarla, pero cuando estuvo a centímetros de sus labios…
—¿Así que esta es tu estrategia para conseguir que Lady Safira sea tuya?
Inuyasha y Kagome miraron en dirección a esa voz que provenía a un lado de ellos, sin apartarse un instante del uno del otro.
Inuyasha esbozó una media sonrisa y abrazó a Kagome.
—Creo que estás perdiendo terreno.
—Ah no lo creo – Naraku negó con la cabeza – Esperaré mi semana con paciencia – miró a Kagome y le hizo una reverencia – Y le aseguro bella dama – le tomó una mano y la besó – Que será mucho más intensa que con este caballero.
—Eso está por verse – respondió ella, apartando su mano tan rápido como puedo.
—Bien – inclinó la cabeza en señal de despedida – No se diviertan mucho – y se retiró.
Inuyasha lanzó un juramento para sí mismo.
—Como odio a ese tipo – dijo sin dejar de ver la trayectoria de Naraku – Es mejor que le digas de una vez que me has elegido a mí.
—No puedo hacerlo Inuyasha – Kagome negó con la cabeza.
—¿Por qué? – preguntó él, obligándola a que ella misma dijera lo que él ya sabía.
—Es complicado – respondió Kagome nerviosa.
—¿Complicado para quién? – La volvió a presionar — ¿Para ti o para Koga? – Kagome abrió los ojos al escuchar el nombre de su amigo – Así es Kagome – Inuyasha asintió – Koga me ha confesado toda la verdad y debo decir que no estoy de acuerdo en eso. Él es un hombre de armas tomar, muy peligros. Incluso, puedes resultar herida y créeme que me iré contra el primero que vea.
No sabía si sonreír o enfadarse, así que su esposo estaba mostrando signos de preocupación.
—No te preocupes – dijo ella – Koga ha puesto a una persona para protegerme.
Y como si no necesitara que su esposa se lo dijera, supo quién era esa persona.
—¿El tipo que estaba esta mañana contigo? – preguntó y ella asintió.
No sabía que hacia ahí tan temprano, había quedado en ir esa noche, pero sus pies lo traicionaron y fue condujeron hacia ese teatro, hacia ella, solo tenía que entrar y la vería una vez más.
Pero ¿Se iba atrever hacerlo?
