Capítulo 25
El día era cálido y no había ningún rastro de nubes en el cielo, lo que hacía ser un día prometedor. Kagome miraba desde la ventanilla el paisaje verde, árboles que se alzaban a lo alto del cielo, yerba con un matiz verde y dorado, pajarillo volando alrededor de los árboles y deteniéndose en una rama.
Suspiró para ella misma, como desearía ser un ave y volar alto y lejos de todo.
Iba con la incertidumbre a donde la llevaría esta vez, no le gustaba estar a su lado ya que temía perder el control y esta vez terminaría en sus brazos y pérdida en sus besos.
Pero ¿Bastaría con una sonrisa, una mirada tierna, esos labios carnosos sobre ella, pero sobre todo, su promesa de cambiar... El que ella confiara en él? ¿Se podía fiar de esa promesa, y dejar expuesto una vez más su corazón?
Negó para sí misma, hombre que ha mantenido una vida de libertinaje es muy difícil que se pudiera confiar en él. Pero, también podría ofrecerle el beneficio de la duda. Sólo así quizás no estaría tan expuesta.
— ¿A dónde vamos? – ella preguntó por décima vez, apartando su vista de la ventanilla para ver aquellos ojos dorados que ardían con intensidad.
Sabía cuál sería la respuesta de Inuyasha, pues él se recargó en el respaldo, se cruzó de brazos y esbozó una media sonrisa –sonrisa que la hizo ponerse nerviosa—.
—Una sorpresa señora mía – respondió con tanta tranquilidad — No esté tan impaciente amor mío –le guiñó un ojo y esbozando esa sonrisa que a ella le hacían derretirse.
Kagome frunció el cejo y recargó malhumorada junto al respaldo.
Pasando por su mente aquellas palabras "Amor mío" ¿De verdad era su amor o era parte de su "cambio"? Si este hubiera sido el Inuyasha el día de la boda, se habría entregado con más amor.
Ladeó un poco la cabeza, contemplando su rostro, no ha cambiado en nada en el trascurso de esos largos años en los que ella se había visto… ¿obligada? – no, negó, más bien había sido desafortunada al vivir en completo exilio, mientras él se daba sus grandes comodidades.
"Es hombre ¿Qué te puedes esperar de él?" la regañó mentalmente su subconsciente. ¿Qué esperaba de él? Esperaba y sigue esperando más, que sea sincero y le diga una vez los motivos por los cuales la abandono –sí, aunque le cueste reconocerlo, su esposo la había abandonado, sin importar si estuviera bien, su "embarazo" – Porque por más que hubiese admitido que esa boda había sido para salvarla, ella no se creía esa historia.
"¿Con quién más estuviste estos siete años? ¿Qué labios bastaste? ¿Qué cuerpo tocaste? ¿Quién más te observó sonreír? ¿Les has dicho "te amo"? ¡Respóndeme!" esas preguntas se arremolinaban en su mente, sabía de sobra a quien había besado, que cuerpo había tocado, el de esa viuda pelirroja cuyo nombre no quería mencionar.
—Señora mía me gustaría saber en qué está pensando.
Inuyasha interrumpió los pensamientos de Kagome, ella se sobresaltó al ver sus ojos dorados penetrando en lo más profundo de su alma.
—En nada – se encogió de hombros.
Inuyasha esbozó una media sonrisa – No eres buna mintiendo.
— ¡Y tú no eres bueno diciéndome a donde vamos!
Explotó ella, ya no podía más seguir con esta farsa, ser tres personas a la vez, amar a su marido aun cuando ese se comporte de lo peor y al mismo tiempo le pida confianza y que crea en su cambio, sentía sus mejillas arder y comenzaba a nublarse su visión.
Inuyasha frunció el cejo al verla, se pasó de un asiento al otro sólo para estar a su lado. Pasó un brazo por su cintura y la atrajo hacia él.
—No, déjame.
Ella intentó forcejear pero fue inútil, estaba sentada en su regazo, con un Inuyasha que le estaba secando con su mano las lágrimas que comenzaban a brotar.
La miraba con intensidad, acariciando su espalda de arriba abajo, algo que a ella la hizo estremecer.
— ¿Qué te pasa? – le preguntó en un leve susurro.
—Nada – ella negó.
—Kagome – él levantó una ceja al ver que ella no decía nada — ¿Qué es lo que pasa?
— ¿Quieres saber qué es lo que me pasa? – Preguntó ella e Inuyasha asintió – Eres tú
Sintió como el cuerpo de Inuyasha se tensaba, dejó de acariciarle la espalda y en su lugar la enredó en su cadera con un abrazo protector.
— ¿Qué es lo que tengo? – preguntó a un lado de oreja.
Kagome agachó la cabeza para evitar su mirada, pero él deslizó un dedo por debajo de su mandíbula alzando poco a poco su cabeza y regresando esos ojos color chocolates a su mirada dorada.
Frunció el cejo, pues no le gustaba lo que veía en ellos. Esos ojos chocolate se transmitían muchos sentimientos: Dolor, incertidumbre, confusión pero sobre todo amor. Quería besarla, demostrarle con hechos que estaba dispuesto a cambiar, curar las heridas que le causó hace siete años.
Ella quería apartar su mirada de él, pero Inuyasha se lo negó, dejó de abrazarla por la cintura y cautivo su cuello con sus dos manos, todo para que no dejara de verlo.
—Dime – exigió saber.
Y no pudo más, sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, una por una, un dolor se acumulaba en su pecho obligándola a respirar con dificultad.
—Kagome – pronunció su nombre con dulzura, enjuagando cada una de sus lágrimas.
— ¿Por qué haces esto? – Preguntó ella — ¿Por qué?
Inuyasha alzó una ceja sin entender su pregunta.
— ¿Hacer qué, Kagome?
—Hacer promesas que tal vez no puedas cumplir.
Inuyasha apretó los dientes, ella aun dudaba de él. Era evidente ¿Qué podía esperar? ¿Qué confiera en un maldito libertino que la había dejado sola de la noche a la mañana?
— ¿Sigues dudando de mi promesa, verdad?
— ¿Tú qué crees?
Él suspiró, si, dudaba de él.
—Kagome…— Inuyasha recargó su frente en la de ella – Por favor – le suplicó – Comprendo que es difícil confiar en mí, pero al menos créeme cuando digo que voy a cambiar.
— ¿Y si no lo haces?
—Te he prometido que te lo demostraré con hechos y no con palabras.
Kagome tragó un poco de saliva, sus lágrimas se habían convertido en un leve sollozo, el dolor que sentía en su pecho había desaparecido y sólo quedaba una pregunta que hacerle, una que había esperado tanto tiempo.
— ¿Por qué me dejaste?
—Kagome…
Ahora era él quien apartaba su mirada de ella, si le decía que la había dejado porque estaba ansioso por regresar a los brazos de su amante, sería mentirle, pero si le decía la verdad era posible que tal vez no creyera en sus palabras.
—Porque…
Antes de que pudiera responder, el carruaje se detuvo, escuchó como el cochero se bajaba y golpeaba la puerta del carruaje para anunciar que habían llegado. Inuyasha se vio obligado a dejar a Kagome en el asiento y sin que ella se diera cuenta, él le había quitado la peluca y liberando su hermosa melena.
—Así está mejor – comentó él, enterrando sus dedos bajo su cabello.
—Inuyasha – Kagome protestó.
—A dónde vamos no vas a necesitar esto – dijo haciendo girar la peluca en el aire con un dedo y aventándola al otro asiento— Espera aquí – dijo él al bajar del carruaje – Tengo que ver si todo está listo.
Kagome frunció el cejo sin comprender absolutamente nada, se giró y se alejó de ella. No iba a esperarlo ahí sentada, así que decidió bajar del carruaje con o sin ayuda de su esposo y lo encontró intercambiando algunas palabras con un pequeño niño, él estaba de rodillas y escuchaba con atención lo que el pequeño le decía. Inuyasha de vez en cuando esbozaba una sonrisa y reía, nunca lo había visto así.
"¿Pues cómo no? ¡Te dejó hace tiempo!"
Era cierto, así es como se lo imaginaba. Él regresando a su vida, diciéndole que la amaba y ambos rodeados de sus hijos y nietos.
Kagome apartó la vista de ellos dos, esa visión le producían emociones que no podía controlar y mejor contempló el paisaje, en frente se situaba una modesta cabaña con dos ventanas al frente, una puerta de color rojo y un pequeño jardín con flores que iban desde el rosa pálido, rojas y blancas.
El pequeño le tendió las riendas de dos caballos, uno era blanco y el otro era negro como el color de su cabello.
Inuyasha al ver la expresión del niño, siguió su mirada y se encontró con Kagome, él esbozó una sonrisa al verla avanzar hacia él. Se levantó y le presentó al pequeño.
—Kagome, él es Erick – dijo, mientras acariciaba la cabeza rubia del pequeño – Erick, ella es mi esposa, Lady Taisho.
El niño hizo una no elegante pero bien estudiada reverencia – Lady Taisho.
Una mujer menuda salió de la cabaña, llevaba un niño en brazos y al verlos les dedicó una radiante sonrisa.
—Erick, ve a lavarte las manos para comer – ordenó ella
—Si mami – el pequeño asintió y se alejó de ellos.
La mujer se acercó a Inuyasha y Kagome y los saludó. Inuyasha tomó la mano de Kagome e hizo las presentaciones.
—Señor Taisho, de haber sabido que vendría, habría preparado algo especial.
—No se preocupe Emmy, sólo estamos de paso – respondió el con una amplia sonrisa.
La señora Emmy insistió en que mínimo tomaran una taza de café, algo que ninguno de los dos pudo evitar negar. Poco después salieron de la cabaña y subieron a los caballos para adentrarse en el bosque.
— ¿Quién era ella? – preguntó Kagome, ya que durante la corta charla no habían mencionado de donde se conocían.
—Emmy Sanderns era la esposa de un hombre que trabajaba para mí – explicó él.
— ¿Y qué le pasó?
—El hombre limpiaba una pistola, se le disparó por accidente y la bala penetró…— hizo una pausa al ver la expresión de pánico en ella – Me hice la promesa de que a su familia no les iba a faltar nada…
Kagome lo escuchaba con mucha atención, esa parte de Inuyasha que no conocía le era nueva, ver como se preocupaba por otros y saber que era la única que comenzaba a conocer esa faceta la hacían sentir única, seguramente no andaba por ahí comentándoselo a sus amantes.
Conversaron de cosas sin sentido y por primera vez no terminaban discutiendo, sino que se sorprendió por hacerla reír en varias ocasiones.
— ¿Me has traído aquí sólo para pasear a caballo? – preguntó ella con una sonrisa, una sonrisa que no pasó por desapercibida Inuyasha.
Él esbozó una sonrisa y negó con la cabeza.
—Porque si es así, déjame decirte que ya me has llevado a un prado– dijo ella – Está siendo repetitivo en sus paseos, Lord Inalcanzable.
Inuyasha se irguió, escuchar ese apodo que se había ganado – tal vez no con esfuerzo – de los labios de Kagome solo lograba que el deseo que sentía por ella aumentara.
— ¿Repetitivo eh? – preguntó él arqueando una ceja y Kagome asintió – Señora mía, al lugar donde vamos a ir sólo pueden entrar los caballos.
— ¿Y qué lugar es ese?
— ¿Impaciente por llegar?
Kagome no respondió y en cambio alzó la vista al cielo y frunció el cejo ¿De dónde habían salido esas gruesas nubes? Si el cielo estaba despejado cuando salieron de la casa de Kagura, ahora lo que prometía ser un día cálido prometía ser una tarde de lluvia.
Inuyasha detuvo su caballo y Kagome lo hizo detrás de él. El Lord Inalcanzable bajó del caballo negro y la ayudó a ella a bajar de su caballo.
En frente se extendía un inmenso prado, no había flores, sólo yerba y arboles alrededor de él, era solitario y no se escuchaba nada más que el sonido del bosque, pero lo que más le sorprendió fue ver que el prado estaba preparado para una partida de Polo, de izquierda a derecha habría dos postes, Kagome se giró y se encontró a Inuyasha con dos palos de madera y una pelota.
— ¿Una partida de Polo, señora? – preguntó con voz sensual.
Dios mío, quería jugar una partida de polo, los dos solos y alejados de cualquier ojo.
—No estoy segura – ella negó.
Él arqueó una ceja y por ultimo esbozó una sonrisa. Se quedó en su lugar para contemplar, era hermosa, sus ojos brillaban y en esos momentos se veía tan frágil tan necesitada de un abrazo, cosa que deseaba hacer más que nada. Aun le debía una respuesta, respuesta que flotaba en el aire.
Se acercó a ella lentamente.
— ¿Temes que te gane?
Kagome arqueó una ceja y volvió a negar. Tomó el palo de madera y subió al caballo, sin darle la oportunidad de que se acercara más a ella e intentara algo.
—Veamos quien le gana a quien, Lord Inalcanzable – cabalgó hasta el prado y se detuvo para esperarlo.
El reto estaba hecho y eso a él le encantaba, con un ágil movimiento subió a su caballo y se reunió con ella. Una vez frente a frente.
—Quien meta dos de tres gana – explicó Inuyasha, soltando la pelotita al campo.
—Espero que pierda, señor Inalcanzable
Y así el juego comenzó, ninguno de los dos quería perder.
Kagome golpeaba la pelotita hacia el lado contrario de Inuyasha, pero cuando estaba a punto de introducirla por en medio de aquellos dos postes de madera, quien sabe de dónde había salido él, arrebatándole la pelota para llevarla hacia el otro lado. Claro, él había sido más rápido y anotó primero.
—Uno de tres – dijo con una sonrisa.
—No esté tan contento señor
Ahora el turno de anotar había sido de ella cuando en un descuido por parte de él, ella le había quitado la pelota llevándola hacia el otro lado del campo.
—Empate – restregó ella, haciendo girar el palo de madera entre sus manos.
—Fue suerte – él se encogió de hombros.
—Creo que su suerte se le está por acabar muy pronto.
—Eso crees tú.
Ambos forcejeaban por ganar la pelota pero ninguno lograba quedarse con ella, se inclinaron sobre su caballo para tener mayor acceso a ella, pero Kagome se inclinó tanto que comenzó a resbalarse y para no caer se agarró del cuello de Inuyasha y ambos cayeron al suelo.
Él giró para recibir todo el peso de su esposa y los dos quedaron tendidos, en medio del campo, sus caballos se habían alejado dejándolos completamente solos.
Se miraron a los ojos el uno al otro y no pudieron contener las ganas de reír.
—Eres pésimo jugando a esto – comentó ella.
—Y usted no se queda atrás – dijo él, acariciando el hermoso cabello de Kagome que caía en cascada, acariciando toda su frente.
Tenerla así, hacía que todos sus sentidos de dispararan al cien, sentía su frágil cuerpo sobre él, su corazón golpeaba con fuerza su pecho, tenía ese deseo de besarla aquí, ahora y por toda la eternidad.
Pero el miedo se lo impedía, no quería besarla y después ella saliera huyendo.
Kagome se quedó ahí, esperando a que él hiciera algo.
"Bésame, si en realidad sientes algo por mi…sólo hazlo"
Le clamaba a gritos que la besara y que la hiciera suya, en estos momentos ya no importaba una promesa, el deseo era más intenso.
Un relámpago seguido de un trueno los devolvió a la realidad.
—Iré por los caballos, no tarda en llover.
Inuyasha se puso de pie y la ayudó a levantarse, después fue por los caballos y al siguiente ya se encontraban de regreso a la cabaña y entrando al carruaje que los llevara de vuelta a casa.
En el trayecto ninguno de los dos había hablado, Kagome sentía que le quemaban los labios y eso que ni siquiera él la había besado como lo deseaba.
El carruaje se detuvo en frente de la casa de Kagura, Inuyasha le extendió su peluca a Kagome, pero en lugar de que ella la tomara para ponérsela, se lanzó a sus brazos y se sentó a horcajadas de él, besándolo con intensidad, donde el deseo salía por cada poro de su piel.
—Kagome…— Inuyasha gimió.
—Por favor…hazme el amor – suplicó ella.
