Capítulo 30
Myoga había encargado un carruaje para llevar a Lady Ayame regreso a su casa, en cuanto entró a la sala de estar el sofá estaba sólo. Observó por los cuatro rincones oscuros de la sala pero no había rastro de ella.
Frunció el cejo y la comenzó a buscar a los alrededores de la mansión, comenzando desde el estudio de su amo, la cocina y las habitaciones incluso en los establos, pero no había rastro de ella.
Se encogió de hombros, decidió dejarlo por sentado, tal vez ella había regresado a casa de la misma forma en la que había llegado.
Cerró todo con llave, pero no se fue a dormir, estaría a la espera de que su amo regresara.
Espoleaba el caballo a no más poder, escuchaba la respiración agitada del animal y los músculos moverse bajo su cuerpo, debía llegar ahí antes de las tres de la madrugada o de lo contrario ese maldito infeliz le iba hacer algo a Kagome y eso no podía permitirlo.
—¡Inuyasha!
Escuchó que alguien lo llamaba, detuvo el animal y giró la cabeza. Era Koga quien se aproximaba con la misma velocidad de un rayo.
Se detuvo a un lado de Inuyasha.
—¿Cómo lograste seguirme? – preguntó el ambarino, arqueando una ceja.
—Supuse que habías recibido otra nota. Así que en lugar de irme a casa fui a verte, cuando te vi salir a todo galope hacia esta dirección decidí seguirte.
Inuyasha negó – Será mejor que te vayas. Puede resultar peligroso.
—Muy peligroso – afirmó Koga, con un leve asentimiento de cabeza – Pero no voy a permitir que lo hagas solo. Podrían ser más.
—Y nosotros únicamente somos dos.
—Te equivocas…
Otra voz salió de la nada y ambos voltearon a ver de dónde provenía esa voz. Era Sesshomaru quien se acercaba a los dos a galope lento.
—Tres suponen mucha ventaja – dijo Sesshomaru – Además, quien está en peligro es Lady Kagome.
Inuyasha se resignó a que ambos hombres lo acompañaran, después de todo, como le había comentado Sesshomaru, tres eran mucha ventaja. Bajaron de los caballos, aún faltaba media hora y tenían tiempo suficiente para idear un plan.
—Bien – dijo Koga, tomando una rama seca de la tierra y comenzó a trazar círculos y cruces en ella – Este eres tú – señaló a Inuyasha – Nosotros nos ocultaremos aquí – refiriéndose a Sesshomaru y a él – Mientras Renkotsu esta embelesado con el motín que obtendrá del rescate de Lady Kagome. Vigilaremos los alrededores para ver si no hay más cómplices. Una vez que Kagome esté segura contigo – volvió a señalar a Inuyasha – Te la llevaras tan lejos como puedas mientras Sesshomaru y yo atrapamos a esos desgraciados.
—El plan es simple – comentó Inuyasha — ¿Pero si ocurre algo que no estaba planeado?
—Bueno… para eso estaremos vigilando, si pasa algo que pudiera arriesgar la vida de tu esposa, entonces entraremos en combate – finalizó el ojiazul, tirando la rama seca a la tierra.
Inuyasha consultó su reloj, había llegado la hora, así que se adelantó a los dos hombres y prosiguió su camino. Se detuvo justo en el punto de reunión donde le había dicho Renkotsu. Y al llegar los vio, ahí estaba él, sosteniendo a su esposa.
Kagome al verlo quiso correr, pero el hombre la detuvo del brazo y negó con la cabeza.
Inuyasha bajó del caballo y avanzó dos pasos en dirección hacia ellos dos.
—Siempre tan puntal mi estimado Lord Inalcanzable – bromeó el hombre, con una amplia sonrisa.
Inuyasha frunció el cejo.
—Así que, después de todo, resultaste ser el líder de esa banda de salteadores de caminos.
—Por supuesto – Renkotsu se encogió de hombros – Y hubiera seguido en el anonimato de no haber sido por tu estúpida y entrometida esposa. – Miró a la joven quien sostenía de un brazo — ¿Tienes lo que te pedí?
Inuyasha asintió, se dio media vuelta y avanzó hacia su caballo, observó los alrededores del bosque donde se suponía estaban Koga y Sesshomaru. Sacó el pequeño cofre que contenía las dos mil moneadas que había pedido el hombre. Giró sobre sus talones y lo colocó justo en medio de ambos, dónde había ordenado Renkotsu.
—He cumplido y ahora espero que tú hagas lo mismo – lo miraba desafiante – Suelta a mi esposa.
Renkotsu esbozó una sonrisa de pura maldad, observó a la mujer. Le dio una orden a Kagome, y esa fue avanzar varios pasos hasta detenerse a un lado del cofre, así, si pasaba algo en el intercambio, bien podría llevarse a la chica.
Sin pensarlo, Kagome se alejó como pudo de su captor.
Inuyasha contempló el aspecto de su esposa, por lo menos sabía que se encontraba en excelente condición física, aunque si ese hombre la hubiese tocado, lo mataría y lo le hubiese importado ser juzgado.
Renkotsu vio que Inuyasha se adelantó un paso y éste lo detuvo.
—Espera muchacho. Yo iré primero y después tú.. No vaya ser que me estés tomando el pelo.
El hombre avanzó varios pasos hasta detenerse a un lado de Kagome y del cofre.
—Naraku te manda saludos – comentó Inuyasha.
Renkotsu esbozó una sonrisa – Siempre tan cordial. Un día de estos iré de visita.
Pero en ese instante escuchó unos pasos de tras de los arbustos, éste frunció el cejo al ver en la trampa que habían caído. Sacó su arma y apuntó al hombre.
—Vaya, después de todo. Era una trampa – esbozó una media sonrisa, mientras se apartaba del cofre.
—Baja el arma Renkotsu –dijo Koga con la mirada seria.
—Nunca me ha gustado que me den órdenes – respondió, negando con la cabeza.
—Pues esta si la vas a tener que seguir – las palabras de Koga eran claras.
Entonces Mukotsu salió en escena, justo al lado de Koga.
—Será mejor que usted lo haga señor – dijo Mukotsu con voz ronca.—Tengo perfecta puntería.
—¿Y por qué no lo haces tú?
La voz de Sesshomaru era fría como el viento que se dejó sentir. El hombre lo apuntaba hacía la nuca.
Koga sacó una segunda pistola y amenazó con disparar tanto a Renkotsu como a Mukotsu.
Kagome observaba en diferentes direcciones, Renkotsu contra a Koga, éste a su vez a Renkotsu y Mukotsu, él a Koga y Sesshomaru y éste último a Mukotsu.
Al ver la situación, Inuyasha avanzó varios pasos a un lado para tener de vita a Renkotsu, sacó su pistola y lo amenazó.
La escena se había convertido en un triángulo, todos contra todos y la única que estaba en medio era Kagome, si no la sacaban de ahí iba a ocurrir una desgracia.
—Es mejor que todos nos tranquilicemos, caballeros. Mi esposa está en medio de esto.
—Vaya, vaya, vaya – se echó a reír Renkotsu – Esto es mucho mejor que un duelo. Me pregunto quién ira a ganar.
Kagome podía escuchar los latidos de su frenético corazón y no era porque estuviera justo en medio del peligro, sino porque ahí estaba, su caballero de armadura negra había venido a su rescate. Después de todo, él si tenía corazón.
En ese momento deseaba lanzarse a sus brazos y decirle que lo amaba y que estaba dispuesta a darle una oportunidad, aunque él no se la pidiera. El simple hecho que estuviera aquí por ella, decía mucho más, como que la amaba y que en realidad le importaba.
Nunca lo había visto con el rostro de preocupación y está era la primera vez que lo veía.
Justo en ese momento sus miradas se encontraron y él esbozó una dulce sonrisa.
—Ven Kagome – Inuyasha extendió una mano hacia ella.
—De ninguna manera – dijo Renkotsu, ahora apuntando con el arma a Kagome – Ella permanece donde está. Ahora, ustedes tres bajen sus armas si no quieren que le dispare a esa mujer. Mukotsu, toma el cofre.
—Ni se te ocurra – gruñó Inuyasha.
La tención estaba a flor de piel, cualquiera que hiciera algo en cuestiones de segundos todo se vendría abajo. Se podrían escuchar las respiraciones de todos los presentes.
Inuyasha lo presentía, había llegado el momento de sacarla de ahí y ese llegó justo cuando sus miradas se encontraron, fue ahí cuando le hizo una señal con la mirada a Kagome, ella al comprender lo que le quería decir, en ese instante todo había ocurrido en cámara lenta.
Él corrió hacia ella, protegiéndola con su cuerpo mientras que le disparaba directo al corazón a Renkotsu, pero ambos hombres habían reaccionado a tiempo y se dispararon uno al otro.
Renkotsu al ver el agujero de su pecho, se llevó una mano a la herida y vio su sangre, esbozó una media sonrisa, se arrodilló.
—Como… es… posible. – dijo mientras veía su sangre salir del cuerpo – Que alguien…como tú…. Acabe conmigo….de una manera – hizo una esfuerzo para respirar su último aliento de vida – De una manera…tan fácil.
Y dicho sus últimas palabras, cayó al suelo muerto.
Mukotsu al verse en medio de Koga y Sesshomaru, tiró la pistola e intentó huir, pero Koga se lo había impedido.
—No tan rápido – dijo el ojiazul – Me parece que usted me estaba amenazando con un arma y eso es un delito grave – esbozó una media sonrisa.
—Yo no fui – Mukotsu negó cuando Sesshomaru le ataba las manos – Él me obligó.
—Bueno – Koga arqueó una ceja – Tendrás que rendir cuentas ante la justicia e informarnos si hay más de ustedes.
El ojidorado observaba como se llevaban a Mukotsu. Aún tenía mantenía el arma apuntando a aquel hombre muerto, su mano le temblaba y estaba en la espera que se levantara y detonara fuego contra ellos pero esto nunca ocurrió.
Afortunadamente la bala de aquel hombre había salido desviada del alcance de Kagome y de él.
Justo en ese momento él pensó que lo mejor que podría hacer en su vida era dejarla en libertad, ya bastante había sufrido estando a su lado, ella merecía ser feliz, pero no quería dejarla nunca.
Entonces unos delgados brazos lo rodearon por la cintura y se relajó un poco más. Giró sobre sus brazos y se encontró con esos ojos chocolate que tanto amaba, debía decirle que la amaba en esos momentos, antes de que cualquier cosa pasara.
—¿Estás bien? – Preguntó él — ¿No estás herida? – cerciorándose de que no estuviera herida.
—No – ella negó – ¿Y tú?
—Para tu desdicha, estoy bien.— esbozó una sonrisa.
Ambos se echaron a reír ante el comentario de su esposo. Mientras el amor los invadía.
—Inuyasha, yo…
Pero antes de que ella pudiera decir algo más, él la tomó por la cintura atrayéndola hacia él y la besó con amor, como si fuera el último beso que le iba dar en toda su vida y sabía a gloria.
Esas horas habían sido de total angustia, imaginándose si no la volvería ver.
La estrechaba más fuerte entre sus brazos.
Koga se acercó a preguntarles algo, pero al ver el momento tan íntimo, se fue alejando poco a poco, dispuesto a darles algo de intimidad.
—Te amo – susurró él –Incluso llegué a pensar en dejarte en libertar por todo el daño que te he hecho.
—Qué idea más absurda – dijo ella – —No, yo no quiero eso – Kagome negó y deslizó sus brazos hasta su cuello y lo acercó hacia ella, recargando su frente en la de él – No quiero que me dejes en libertad, quiero que me ates a tu vida y que nunca me dejes ir Inuyasha – lo miró a los ojos – Es lo único que deseo.
—Perdóname por haber sido un canalla y dejarte mucho tiempo sola –la besó en ambas mejillas y después la miró y en sus ojos había sinceridad y amor hacia ella – Te amo y te prometo a partir de hoy que me dedicaré a recuperar el tiempo perdido.
Kagome esbozó una sonrisa — ¿Por qué no mejor a vivir el presente? Te llevara mucho tiempo recuperarlo.
Él asintió – En eso tiene razón señora Taisho.
Pero ella se había puesto seria de repente y él lo notó.
—¿Sucede algo? – inquirió él.
—Disculpa por haberte mentido sobre nuestro…
Inuyasha le puso un dedo en los labios obligándola a guardar silencio.
—Sé porque lo hiciste, ambos nos hemos hecho daño. Aunque más yo, pero te prometo que a partir de este momento no habrá más amantes en mi vida.
—¿No más amantes? – preguntó en broma.
—Bueno si – él asintió, acariciando su cabello y observando la vestimenta de su esposa – Una muy hermosa – le susurró al oído y Kagome vibró ante su cálida voz – Que es mi esposa.
Cuando la iba a volver a besar, ella apartó el rostro y ante la mirada de confusión de él, ella le preguntó:
—Ya que estamos sincerándonos ¿Es verdad que habías vuelto a retomar tu vida de libertino?
Inuyasha esbozó una amplia sonrisa y la atrajo más a él.
—No amor – él negó – Eso quise que creyeras. Le dije a Bankotsu que esparciera el rumor de mi supuesto encuentro con mujeres fáciles.
—¿Entonces no más amantes?
—No – él negó — ¿Cómo te lo puedo demostrar?
Entonces, ella esbozó una sonrisa pícara y le dio un beso en el cuello a su marido, haciéndole ver, la manera en que ella se pudiera convencer.
—Esa idea me agrada, señora Taisho.
Y ante su mirada ardiente, se llevó los labios de su esposa a su boca.
Después de una reconciliación, llegaron a su mansión. Éste le dijo que subiera, ya que él iría a ordenar un baño de agua caliente, cosa que no les agradaría a sus empleadas de servicio.
Kagome entró a la habitación de Inuyasha, encendió una vela, mientras observaba la habitación no pudo ruborizarse, aquí había pasado la noche más maravillosa de su vida y se prometió que así iba a ser todos los días y parte de las noches.
Comenzó a quitarse el saco cuando sintió un aire helado detrás de ella.
Giró sobre sus talones y se encontró con un fantasma, uno que había visto en sueños.
