CAPÍTULO 2

Unas pocas horas de búsqueda en internet le han confirmado lo que sospechaba: La familia Andley está en un conflicto que puede dejar sin trabajo a mucha gente, personas que tienen familia. Candy cierra los ojos y el portátil, y literalmente, se encoje. Todo su cuerpo se pliega sobre sí misma. «Quiero hacerme más pequeña; quiero desaparecer».

Entretanto. La compañía Andley se enfrentaba a una pérdida de setenta y cuatro millones de dólares por material defectuoso como incumplimiento de la fecha establecida. Setenta y cuatro millones de dólares era mucho dinero, incluso para un hombre como Terry. Pero era la excusa que necesitaba para sus planes.

—¿Voy a poner un nuevo director financiero de Software? Pregunta Jefferson.

—¿Ya lo hablasteis con el dueño ? Dice Terry distraído.

—Lo estoy hablando ahora. Jefferson, puso los ojos en blanco. Conocía bien a Terry, Y sabía como se manejaba en el mundo de las finanzas, pero en esta ocasión Terry estaba bastante distraído, Jefferson estaba convencido que Terry le ocultaba algo más. Habían crecido casi como hermanos, no había nada que no supieran él uno del otro.

—Sabes a lo que me refiero.

Terry abrió el portátil y se puso a revisar el último informe trimestral sobre su adquisición más reciente. Tenía que tomar decisiones. Hacer cambios en la dirección, y antes de que acabara aquella semana ya tendría colocada a su gente en los puestos importantes.

—¿Qué ocurre, Terry?

—¿A qué te refieres? Le lanzó una mirada de arriba a abajo, de esas que dicen "no tengo ni idea de qué estás hablando".

—¿Has conocido a alguien? —le preguntó Jefferson, mirándolo con el ceño fruncido.

¡Pero qué diablos…! Terry pestañea cuando le asalta la visión de Candy sobre la mesa bailando solo para él.

—¡Sí que has conocido a alguien! — exclama Jefferson, desconcertado. Terry se remueve en el asiento y sacude la cabeza.

—No —niega con énfasis. Jefferson levanta una ceja y lo observa con suspicacia.

—Estás mintiendo.

»Maldita sea. No he sido lo bastante enfático«.

—¿Cómo lo has sabido? —le pregunta Terry maravillado como siempre por su capacidad para no tragarse sus mentiras.

—No lo he sabido, pero siempre caes. Cuéntamelo.

¡Carajo!

—No hay nada que contar. He estado ocupado con los abogados sobre el testamento de mi padre.

—Eso no es lo que te tiene así.

—Hey. Cada uno lleva la pérdida de la familia como puede. Terry dice para cambiar el tema.

—Y…¿qué es lo que no me estás contando?

Lanzo un suspiro.

—¿De verdad quieres que te hable de esto?

—Sí —me asegura, y veo su mirada maliciosa, lo que me recuerda que él verdadero Jefferson no cree en mis mentiras.

—Hay alguien. Pero ella no sabe que existo.

—¿En serio?

—Sí. En serio. No es nada. No es más que una fantasía. Jefferson frunce más el ceño.

—Esto no es común en ti. Nunca estás tan distraído por una de tus… mmm… conquistas.

No puedo evitar soltar una risotada.

—No es una conquista… ni en el mejor de mis sueños. ¡La chica no soporta mirarme!

—Dime una cosa Terrence. ¿Está Chica tiene algo qué ver con la empresa Andley?

¿Maldita sea, cómo lo consigue?

Cada vez le resultaba más difícil convencerse de que haber hecho caer a la empresa Andley solo era una herramienta para conseguir sus objetivos más altos. El problema era que, para él, las cosas habían ido más allá de la lujuria. La lujuria era fácil, no tenía complicaciones. Deseaba a aquella mujer, y la conseguiría.

— Quizás... Dijo al fin.

—¿Eso quiere decir que te has olvidado de ...?

—No vayas por allí. Terry lo interrumpe.

Jefferson está sonriendo malicioso, pero en realidad también un poco molesto. No sé por qué, pero a veces no quiero que sea tan avispado, aunque es un Poco gracioso. Siempre soy controvertido.

«Favor de colocarse los cinturones, el avión comenzará el descenso de aterrizaje»

— Me debes una conversación, Terrence. Mensiono Jefferson antes de girarse y poner el cinturón de seguridad en su asiento.

Anthony no quería tener un enfrentamiento con Elisa frente a Neil. Menos por qué Candy sería era el tema en discusión. En ese momento odió haberse dejado arrastrar por Elisa y su juego sexual. En el fondo de su arrebato, Anthony sabía que de haber querido él lo habría evitado, pero ya era tarde para lamentarse.

—No, Elisa, no es por Candy — mintió— El problema es más complicado. En un principio creí que vender el treinta porciento de las acciones a los socios principales sería lo mejor para todos, incluyendo al personal.

—¿Pero? Pregunto Neil, fastidiado al ver qué sus planes estaban tomando otro camino.

—Señor, disculpé —La voz de Alma, la secretaria sé escuchó por el interfono—. El abogado del señor Jefferson Maxwell pide urgentemente hablar con usted. Dice que su cliente es el nuevo presidente. Elisa y Neil se miraron confundidos, y ambos dirigieron la mirada hacia Anthony esperando una explicación. Anthony se masajeó el puente de la nariz, estaba preocupado. En un instante todo se le estaba saliendo de las manos.

— Por favor Alma, acompañe al señor a la sala de juntas, En un momento me reúno con él.

—¿Presidente? ¿Quién es ese hombre, Anthony? Pregunto Elisa en cuanto su esposo cortó la llamada.

—Lo hablaremos más tarde Elisa, como puedes ver estoy muy ocupado. Y sin decir nada más, Anthony salió de su oficina y dirigiéndose a la sala de juntas.

—No entiendo nada de lo que está pasando. Dijo Elisa mirando la puerta por la que había desaparecido su esposo.

—Elisa, solo me están haciendo perder mí tiempo, soy un hombre muy ocupado. Pero si Anthony necesita de mí dinero, dile que no pienso ayudarlo. —Dijo Neil levantándose del sillón de cuero rojo.

—¿No lo dices enserio?

—Hermanita, creo que ya puedes empezar a despedirte del dinero de los Andley.

—¿Qué?

—Seguramente tuviste mucho que ver en el fracaso de Anthony,

—¿De que estás hablando?

—No lo vez, anduviste ofreciéndole otro tipo de distracción.

—Eres un...

—Cuidado, Elisa. Ya no soy el títere que movías como te diera la gana. No te metas con migo, por qué a la hora de ajustar cuentas, no me va a importar que seas mi hermana.

—Se te olvida Candy. No Neil, no me creas tan estúpida, Se cuál es el interés que tienes por esa huérfana. Siempre lo he sabido. O es qué acaso ya te olvidaste de todo lo que hacíamos para fastidiarla. A ti te conviene esté negocio tanto o más que a mí.

— Prometida — Le recordó—. Cuida mucho como te refieres a ella. No voy a negar el pasado. Pero vamos hermanita, no me puedes negar qué Candy se hizo una mujer bellísima «y, está buenísima», pensó.

—Pues no estoy de acuerdo. No creo qué Candy sea digna de llevar el apellido Legan.

—Ah, por cierto. La prensa socialista va a difundir la noticia hoy mismo. Si no se les adelantan las noticias o la prensa amarillista. Elisa tuvo un arrebato de furia.

—¡¿Lo has filtrado?!

—No ha sido necesario. La tía Abuela ya estaba pensando en ello antes de marcharse de Nueva York y de la mansión Andley, donde ambos nos reunimos, para ver cómo podíamos convertirlo en una ventaja para ambas familias.

—¿Y cómo?

—No comas ancias, Elisa. Pronto tú y todo el continente americano lo sabréis —Neil tomo del sofá su maletín—. Me voy, he perdido demasiado tiempo, además tengo que pasar a visitar a mí preciosa prometida.

—¿Dónde está Candy? —Alma, la secretaria de Anthony lo miró ceñuda.

—En la oficina que siempre ocupa cuando viene y trabaja en la empresa. —De pronto, a él le cambia la cara, y también el tono de voz.

—No es necesario que anuncié mí presencia.

Vaya, tiene tanto dinero como lo tiene de fastidioso.

Candy no dejaba de darle vueltas a lo mismo. Ella haría lo que fuera por ayudar a Anthony.

—Señorita Candy. Candy da un brinco, asustada.

—Alma me quieres matar.

— Lo siento señorita, pero necesitaba decirle que Neil Legan ba para su oficina, me pidió no decirle nada. Pero no lo creí correcto.

—Oh, no.

A Candy se le acelera el pulso; tiene un mal presentimiento.

—Gracias Alma. Candy quita el abrigo de una de las percheras y está a punto de salirse de su oficina. Neil sostiene un cigarrillo y está situado justo afuera de su puerta. Las volutas de humo se elevan en el aire por encima de ella, formando una nube densa y borrosa. Pese a ser medio dia, la área esta despejada, el personal prefiere tomar el alimento fuera del trabajo como de costumbre. Aunque al fondo se oyen voces que hablan con entusiasmo. Neil le clava la vista y esboza una expresión lujuriosa al verla.

Candy juguetea nerviosamente con el crucifijo de oro que lleva colgado alrededor del cuello. Era de la mujer que ocupó el lugar de su madre, lo único que conserva de su querida nana. Significa mucho para ella. En momentos de angustia, le ofrece consuelo. Eran creyentes, sí lo era… Pero ahora Candy no para de retorcerlo mientras agarra valor.

—Te dije que no quería volver a verte.

—Es verdad, lo dijiste, pero tenemos cosas de las que hablar.

—¿Qué haces aquí, Neil?

La estaba mirando de una manera tan intensa, que ella dio un paso atrás.

—Eres mí prometida.

—¡No voy a casarme con tigo!

—Tú no eliges, Candy. Eso lo hizo la tía Abuela. La había obligado a retroceder al interior de su oficina, y después de cerrar la puerta, Neil quiso besarla.

—¡No, por favor! Lo pidió temblando, y las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos. —¡Por favor, no lo hagas! Candy suplicó, y su mente se llenó de esa noche, de ese recuerdo.

—Deja de hacerte la difícil.

—¡No! —exclamó Candy, y empujó a Neil por el pecho, con las dos manos. Estaba tan furiosa, que en aquella ocasión consiguió que retrocediera un paso—¿Por qué ?—. No pudo evitar gritar. —¿Por qué yo?

—Con el tiempo me vas a querer.

— Es una estupidez esperar que yo sienta algo por ti. El mayor defecto que tienes, es el de ser estúpido —dijo Candy realmente furiosa, no podía evitar rebelarse, su felicidad, su libertad, su vida estaban en el limbo.

— Te estás negándo a ser mi esposa.

—Yo no pedí nada de esto. ¿A caso no tengo derecho a decidir con quién quiero casarme?

— Exacto, es tu obligación.

— Es porque él tío abuelo está desaparecido, piensan qué pueden obligarme. Había tolerado cualquier otra cosa, pero no que fuera la esposa de Neil Legan, eso no podía soportarlo.

—Recoge tus cosas —dijo Neil—. Te llevo a Chicago. Ella se irritó.

—Puedo ir yo solita, cuando me parezca bien. Él la ignoró y sacó el teléfono del bolsillo del pantalón.

—Fredo, trae el coche. Estaremos abajo dentro de cinco minutos.

—¡No voy a ir con tigo! Neil volvió a guardarse el teléfono, y sé detuvo frente a Candy. Media más de un metro setenta, y ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para poder clavarle su mirada furiosa. Neil sonrió.

—Cinco minutos, Candy. Con tus cosas, o sin ellas. Ya no hay nada qué te detenga en Nueva York, regresamos a Chicago, tienes qué empezar a elaborar nuestro matrimonio. Tú eliges si es por las buenas, o me toca hacerlo por las malas. No olvides, ya eres mía —le dijo, y se marchó hacia la puerta.

Candy miró por la ventana a las personas que van y vienen todos los días, todas las semanas yendo de un lado para otro.

»Los veo, y seguramente ellos me miran a mí. Lo que no sé es si me ven tal y como realmente soy. No puedo evitarlo, a pesar de que ahí no hay nada que quiera ver, y de que todo lo que vea me hace daño; a pesar de que otros me creen fuerte. Siempre recuerdo claramente cómo me sentí la vez que Neil me tenía acorralada. Y ahora pretenden casarme con él.

»No quiero, es inevitable. El recuerdo me invade nuevamente«.

Pasa volando inclinada hacía bajo, cubriéndose con los carros mientras atravesaba la entrada del garaje. Siguió corriendo, sin parar. Corre sorteando otros carros aparcados y se adentra en el bosque. Corre con todas sus fuerzas, despavorida, enfilando un pequeño sendero de tierra, a través de las zarzas, mientras las ramas le azotan la cara. Corre hasta que le arden los pulmones.

«Corre, corre, corre…No pares».

Tiene que protegerse a sí misma. El miedo le atenaza la garganta, la estremece. Se abraza tratando de contener la angustia. La madre superiora la recibe con los brazos abiertos…Y entonces la religiosa retrocede un paso para mirarla: "¡Dios santo, pequeña! ¿Qué te ha pasado?"

«Me quiero morir.» Eso es lo que pensé. Quería acabar con todo. Sí, un simple accidente era lo mejor. Para que nadie tuviera la culpa, para que yo no tuviera que avergonzarme, para que nadie buscara un porqué... Cuando estás mal, cuando lo ves todo negro, cuando crees que no tienes futuro, cuando no tienes nada que perder, por qué ya lo has perdido, cuando... cada instante es un peso enorme, insostenible. Y estás de mal humor todo el tiempo. Y querrías liberarte como sea. De cualquier forma. De la más simple, de la más cobarde, sin dejar de nuevo para mañana este pensamiento: Sin demasiados problemas, sin molestar. Sin que nadie tenga que decir lo que tienes qué hacer.

Candy estaba desesperada y frustrada.

«¿Qué te ha pasado, Candy? ¿Cuándo te has vuelto tan débil?»

No lo sé. No sé adónde se fue la fortaleza, ni siquiera recuerdo haberla perdido. Creo que, con el tiempo, la vida fue haciéndole mella poco a poco.


Los párpados vuelven a abrirse y su mirada inocente se enfrenta a la realidad. Cada día, sé dice a sí misma que no debe mirar al pasado y cada día lo hace. Neil ya no era él joven del que Candy podía defenderse con facilidad. A hora era un hombre grande con mucha más fuerza que ella, que la había atacado y secuestrado para lastimarla.

«Tranquila, Todo acabará pronto...»

Candy había perdido el conocimiento. Pero cuando despertó se enfrentó a la persona que le robo su inocencia. Neil le dijo que había sido su mujer, Candy no recordaba nada. Algo dentro de ella nació con furia, con fuerza y había podido escapar después de varias horas, Sucia y rota. Pero no regreso a la mansión Andley. Semanas después vio a Anthony, y sé hizo su novia, fueron diez meses hermosos. Junto a Anthony, Candy se sentía Segura, protegida. Anthony había intentado tener relaciones sexuales con ella, Pero Candy se negaba, en el fondo a Candy le daba miedo decirle a Anthony lo qué Neil le había hecho. Pero entonces Anthony y Candy viajaron juntos a Nueva York. Cuándo Anthony se vio obligado a tomar el control de las empresas Andley, Candy había estudiado finanzas, así que estaba bien qué los dos fueran juntos. Cinco semanas después, Candy tubo que regresar a Chicago para evitar los cuchicheos mal intencionados. Apesar de que apenas le importaba nada lo que hablarán de ella, lo hizo por Anthony, solo para descubrir nueve meses después que Anthony y Elisa tenían una relación a escondidas.

Todos sus sueños y sus vagas esperanzas se han hecho trizas. Y en un momento de autocompasión poco habitual, se balancea adelante y atrás, en un intento por encontrar algo de consuelo y mitigar el miedo.

Tengo que hacerlo. Es la única salida. Tranquila. Calma. Respira despacio. Poco a poco. Como dijo él. Todo acabará pronto. Todo acabará y entonces...

Candy intenta controlar las lágrimas en vano. Está aturdida, ahogándose en sus emociones. En sus miedos. En sus esperanzas. En su desesperación. Sé aferra a ese granito de fe que aún le queda..


Media hora después Terry abre la puerta de su pequeño apartamento en Nueva York.

—¡No me jodas, GrandChester! Ahora entiendo por qué no sales de está ciudad.

—No es para tanto, por cierto el cuarto de arriba es mío, te quedas en el que está en el pasillo al fondo, es el cuarto de visitas.

—Vale, gracias. Olvidé decirte que hoy fue mi abogado a la empresa Andley, para ir adelantando.

— Bien, ahora voy a darme un baño —dice Terry mientras Jefferson esta admirando una pared extraña. Terry prefiere no explicarle que significa.

— Este es el contrato. Revísalo. Jefferson está tomando un poco de sol junto a la piscina.

—Préstale especial atención al pacto de no tolerancia. Terry fue meticuloso en el contrato, no le importaba la empresa Andley, aunque era una mina de oro. Él quería otro tipo de ganancias, Una con melena rubia.

—Yo estoy aquí para estrujar, no para ayudarte en tu cruzada para dominar el mundo.

—Se lo estoy dando a mi hombre de confianza. Tú. ¿Acaso esperabas que ibas a poder hacer el vago? ¿Que ibas a escribir unos cuantos documentos mientras te relajabas en la piscina? ¿A quinientos dólares la hora?

—Tú lo has dicho —repuso Jefferson—. ¿Para qué me vas a contratar a tiempo completo y pagar esa fortuna cuando puedo redactar la demanda y el resto de los documentos en un par de horas? Yo los firmaré, tendrán mi nombre, así que seguirás disponiendo de mi… sello de aprobación. Y te ahorrarás una fortuna, y yo podría estar en mi casita. Terry sonrió ligeramente. —¿Sabes? Ahora que tienes el título de tu padre, tendrás que proveer a la familia con un heredero, el segundo en la línea de sucesión —dice Jefferson para fastidiarlo.

—Sí, sí. Quizás...

Y más pronto de lo que te imaginas. ¡Pero que mierda! Familia, hijos. No. Sólo quiero tenerla conmigo. Intenta creerlo.

—Desde luego. Tú no estás listo ni mucho menos para sentar cabeza. Dice Jefferson con una amplía sonrisa de oreja a oreja.—Vamos, GrandChester, Eres un mujeriego igual o peor que yo. Te has tirado a casi todo Londres —se mofa Jefferson, y Terry no sabe si lo dice con asco o con admiración.

—Vete a la mierda, Jefferson —digo, y nos reímos.

—Por si te interesa, ya pareces cangrejo.

—¡Eh, oye, de que estás hablando, se llama bronceado! Y esto último me hace mucha gracia, de manera que estallo en una estruendosa carcajada y, por un instante, logra hacerme olvidar hasta la historia.

Es un día fresco y despejado, con mucho sol, perfecto para lo que tengo planeado. Después de nuestra vigorosa actividad de ayer, necesitamos empezar con un poco de aire fresco.

—Necesito que leas esto. —Jefferson toma otro papel que le da Terry. Lo empieza a leer y cómo va leyendo sus ojos se abren cada vez más hasta quedar tan grandes como platos.

—Bonito chiste, GrandChester. Terry está con una expresión seria, pero diciéndole con la mirada qué no es una broma. —¡No me jodas! Es en serio, ¿te vas a casar?

— Sí.

—¿Qué mierda te has metido en el cerebro? Jefferson está asustado. Terry sonríe de lado.

—Es tiempo de que sea un hombre hecho y derecho.

—No. Espera. En verdad, Terry. ¿Qué polvo te metiste? Acaso estás desesperado. Mirá que ese no es el camino. Hay muchas maneras de llevar la pérdida de tu padre, y un matrimonio no es ni por asomo la salida.

—Mejor sigue leyendo.

Jefferson examina el documento y luego examina a su amigo, su mirada va de ito a ito.

—¿Estás enamorado? Ahora entiendo tú comportamiento.

—No, esto no es lo que piensas

—¿Entonces qué mierda es?

Ni siquiera lo sé, no puedo explicar que es lo que me pasa, por qué jodidamente no me entiendo a mí mismo. Pero no puedo dejar de pensar en ella ni en mis sueños.

Jefferson vuelve a observar a Terry. No estaba confundido, su amigo, su mejor amigo estaba enamorado. ¿Cuando? ¿Con quién? ¿Y que pasaría con...? ¡Oh, no! Esto podría salir mal, muy mal. Nada podía hacer cambiar de opinión a Terry, cuando se le metía algo en la cabeza, no existía nadie que lo detuviera. Lo único que Jefferson puede hacer; es estar con Terry, siempre, y cuando lo necesitara.

Jefferson siguió leyendo el documento, Y si el matrimonio le impresionó lo que leyó después lo dejo en un estado de pánico. Miró a Terry como si estuviera loco.

— ¿Qué?

—¿Estas completamente seguro de esto?

"No".

"Sí".

"No lo sé..."

— Completamente. —Dice sin creerlo.

— Quiero ir contigo, ésto no me lo pierdo.

—No, tu tienes una empresa que te está esperando.

— Pues, ya qué.

En apariencia, fueron corteses. Se dieron la mano e hicieron las presentaciones. Sin embargo, el desagrado que sentían el uno por el otro se notaba en el ambiente. Jefferson había llevado a su abogado, Jason Brandt, un tipo de hombros anchos que, sin duda, había estudiado en una elitista universidad de la Ivy League, con una sonrisa afable y ojos de velociráptor. Él le estrechó la mano a Anthony con cordialidad, como si tuviera miedo de rompérsela. Después, lo ignoró como si no estuviera a su nivel.

Expuso los términos y condiciones del contrato y las obligaciones, e hizo referencia al pleito que iba a tener lugar si se negaban a pagar. Después, siguió con la repercusión del caso en los medios de comunicación.

Entonces, Anthony describió el perjuicio que todo eso podría ocasionarle a la compañía: bajada de las acciones, deserción de asegurados, disminución de los beneficios y, finalmente, la absorción por parte de Jefferson hacia la empresa.

Cuando Anthony hubo terminado, Jefferson anunció sus condiciones: o pagaban en un plazo de treinta días, u ocurriría todo lo anterior. Solo duró diez minutos, tras los cuales, Jefferson y su abogado salieron de la habitación.

—Les hemos tomado por sorpresa. —Dijo Jefferson en cuanto entró. —Ahora que Anthony sabe que no tienes nada que ver en su pérdida, se dejará de jueguecitos. Cambiará al niñato guapo por alguien que sepa lo que hace, y tendrá dos opciones: o aceptar la realidad, y pagar, o dejar la situación y que todos terminemos en el juzgado.

—Bien. ¿Conseguiste la información de Neil Legan?

—Si. Aquí la tengo. Al parecer el tipo pesa bastante. Terry alzó una ceja. —El tipo mantiene una de las empresas más productivas de transportación. Sus productos son importados sin ningún problema y la calidad es excelente. En el mercado cada vez son más las empresas que quieren sus productos.

Así que el pelele es un hueso duro de roer, pero no es de piedra, y mis dientes son de pedigrí.

Cuatro horas más tarde Terry estaba de pie frente al portal de Las Rosas. Era bueno tener un Jet privado, así se movía de ciudad a ciudad sin tener que esperar largas horas. Llamo al timbre de pantalla táctil con bastante insistencia. No iba a enseñar su buena crianza. Todo lo contrario, Él. Terrence GrandChester iba tal cuál era, arrogante. Todo lo que Terry quería lo conseguía y Candy no iba a ser la excepción.

—Familia Andley.

— Busco hablar con la señora Elroy Ándley.

—La señorita— enfatizó—, no atiende a personas sin una cita. Qué tenga buen día.

Terry detuvo la llamada. ¿Qué demonios…? Nunca, desde su niñez, le habían excluido tan groseramente, y cuando era pequeño lo había odiado tanto que se había pasado los veinte años siguientes asegurándose de que siempre era la persona más importante.

—No me está entendiendo, Quiero hablar con Elroy Andley, dígale qué si no me atiende, tendrá que pagar con consecuencias.

— Espere, pues.

Un par de minutos después el portal se abría con bastante parsimonia.

—Por aquí.

Terry tenía que admitir qué la mansión Andley era bastante grande, pero no tanto como lo era GrandChester House. Siguió al mayordomo hasta una sala toda de blanco. Allí estaba la maldita bruja que le había declinado su propuesta, sin ni siquiera tomarse la molestia de darle una explicación. Bien, pues él tampoco estaba con muchas ganas de improvisar hipócritamente.

— Espero que lo que tenga que decir sea muy importante, joven, como para insistir tan groseramente.

—Pues... Eso lo puede decidir usted.

— ¿Qué dice?

—Como es una persona muy importante, y no tiene unos minutos para recibir amablemente a un visitante, pues voy directo al grano, Señora. Estoy aquí porque quiero a una esposa, en pocas palabras a la señorita Candy. Así es, no ponga esa cara, le hace arrugas. Señora Elroy, Quiero casarme con la hija adoptiva del señor William.

— ¿Perdón?

— Estoy aquí por qué...

—Ya lo escuché, no lo vuelva a repetir, acaso pretende matarme. Está usted loco, acaso ha perdido la cabeza, no hay más que mirarlo para saber la respuesta. Terry se había presentado con un traje oscuro, limpió, pulcro, pero sencillo, sin demostrar ni un poco del dinero que tenía.

—No me ha entendido. Señora. Permítame explicarle mejor como están las cosas. Luego ya me dirá su respuesta.

Continuará...