CAPÍTULO 3.

—Terry mirá a la señora Elroy de reojo. La mujer tiene la cara blanca como el papel.

«Solo espero que la noticia no le provoque un infarto, eso sería terrible»

—¿Se han presentado cargos contra Neil?

—Aún no, señora.

— Manténgalo así por favor. Le doy mi palabra qué no diré absolutamente nada.

— Muy bien. No se preocupe por la empresa, mañana mismo tendrá el documento que ambos firmaremos. Acerca de la señorita Candy, viajará conmigo después de firmar el acta en el registro civil, Tengo que volver a Inglaterra.

—Está bien, hablaré yo misma con Candy.


—Pasaremos la noche aquí —anuncia Neil. Candy pestañea. Tiene la cabeza embotada de tanto llorar y los ojos hinchados. Neil decidió viajar en el automóvil hasta Chicago, No le pregunto si le parecía bien. La situación fue más incómoda, cuando Neil mando al chófer por otro camino Según que tenía que supervisar un camión de mercancía. Pero ella no sé lo creyó.

—Fuera —le espeta Neil. A su alrededor sopla un viento frío que hace que los rizos le azoten en la cara. Con el cuerpo agarrotado, hace un esfuerzo para salir del carro. No muy lejos, Candy ve un edificio blanco y anodino.

Es un hotel.

—Sígueme. Neil se dirige con paso firme hacía la entrada. Candy se detiene y sin hacer ruido, da media vuelta y echa a correr.

Candy sé obliga a correr más rápido con la esperanza de que sus pies logren alejarla de Neil, pero él la alcanza y ella se cae. Neil la sujeta con tal fuerza que le hace dañó, está acostado sobre ella, que yace boca abajo, sin resuello.

— Estúpida. ¿Dónde creías que ibas a ir? —le escupe al oído. Se arrodilla y la arrastra para colocarla boca arriba, y entonces se le sienta encima a horcajadas y le da un bofetón en la mejilla.


—Siéntate y tómate algo —me propone Jefferson. Lo miro de reojo. Son este tipo de momentos los que hacen que me arrepienta de no fumar. Los nervios y la tensión son casi insoportables. Bebo un trago de whisky y me convenzo de que ya no aguanto más.

—Nos vamos.

—¡Aún es pronto!

—Me da igual. No puedo continuar encerrado aquí ni un minuto más. Si tengo que esperar, prefiero hacerlo con su familia. Son las 5:40pm cuando volvemos a encontrarnos en el portal de las rosas.

—Creo que hemos ido a parar al lugar adecuado —dice Jefferson mientras toma otro sorbo de su copa que les habían ofrecido —. No sé lo que esperaba encontrar,

—Sí. Yo me había hecho la misma idea. Este sitio ha superado todas mis expectativas. Me mira con aire interrogador.

—Perdóname, GrandChester, pero tengo que saberlo: ¿Por qué haces esto?

—¿Qué?

—Perseguir a esa chica. ¿Por qué?

—Por qué quiero hacerlo por ella —afirmo, rotundo, como si fuera la razón más comprensible del mundo. Pero ¿por qué no lo entiende? Miró al techo con gesto de exasperación. —Tienes que aceptarlo y ya está, Jefferson. Voy a casarme con ella. Empiezo a dudar que haya sido una buena idea traérmelo a este viaje.

—Un momento, Terry. Quizás la chica es muy guapa, pero ¿es eso sensato? Me encojo de hombros.

Niega con la cabeza, desconcertado.

—Recuerda, yo no he estado aquí antes. No quiero poner en un aprieto a la señora Elroy —le advierto a Jefferson—. Espérame dónde acordamos.


Candy mira por el parabrisas, con la mirada vacía y las manos alrededor del cuerpo. Le duele la cabeza. Intenta respirar de forma relajada. Ese día sé siente más desanimada si cabe. ¿Qué esperaba? En cuanto descubrió la traición de Anthony, su destino quedó sellado. Pero no tenía alternativa se iba casar con un hombre irascible y violento, que hacía que el estómago le diera vueltas con sólo mirarlo. El portal de las rosas aparece frente a ella y una sonrisa triste se forma en sus labios. Le parece extraño que esté el personal en la entrada. Nunca la habían recibido con tanta formalidad. Intenta en vano esbozar una sonrisa y baja del carro. Todavía se siente tambaleante al caminar .

Neil intenta atrapar su mano pero Candy las esconde dentro de las bolsas de su abrigo. Camina en silencio y pestañea para evitar que le broten las lágrimas. Ya no había nada que ella pueda hacer.

Se queda en la puerta. Petrificada

—Neil, Candy. Al despacho.— Dice la tía Abuela, con insistencia.

—Estoy convencida de que puedes entenderlo Neil,

Neil Inspira con fuerza.

—No, no lo entiendo, Candy ya es mi prometida.

—Ya lo he decidido, mejor guarda silencio. Tú y yo tenemos otra conversación más seria, lo hablamos más tarde.

—¿Cómo ha podido?— Dice Candy, incrédula.

—Si fueses un poco más obediente y agradecida, te habría dejado a tu elección —dice La tía Abuela—. Ese hombre ha hecho un largo camino por ti. Candy le dirige una mirada cargada de odio y luego baja los ojos. No desea darle una actitud desafiante.

Candy se ciñe el abrigo al cuerpo para soportar el frío gélido y la desconcertante noticia. ¿Es que acaso ella no es humana? Primero con Neil, y ahora la tiran como si fuera mercancía a un desconocido.

Candy tenía conocimientos sobre el mundo de los negocios, sabía que los problemas financieros siempre dejaban ver su sombra antes de acaecer en una empresa. Tenía que haber signos de que la compañía se vendría abajo, pero hasta entonces no había tenido noticia de que eso hubiera pasado. Anthony tampoco sabía que era lo que había pasado. Todos los productos se elaboraban con la más alta calidad, además siempre eran revisados cuidadosamente, por personal selecto antes de ser empaquetados para su distribución. Por desgracia no podían usarlos por qué el valor se vería afectado, aún así nunca se había presentado una situación como la de ahora. Él tío abuelo la había tratado muy bien, y le había dado estudio universitario, a pesar de no conocerlo personalmente, ella le tenía mucho cariño, ahora él pobre estaba en problemas y ni siquiera lo sabía. ¿Cómo podía quedarse tranquila cuando todo eso estaba pasando? Iba hacer lo que la tía Elroy quería, no porque ella se lo había pedido, o mejor dicho exigido. Sino por qué así les agradecería todo lo que habían hecho por ella. Después de todo era su familia. No importaba que la tía Elroy no la consideraba su nieta.

Tomo aire y entró en el salón de visitas.

Candy observó su apariencia, él estaba dándole la espalda. Ella estaba decidida a no mostrar ni la más mínima debilidad, así que disimuló su rabia con una expresión de indiferencia.

Cualquier otro observador lo habría descrito como un tipo seguro, sin ninguna preocupación, como si le diera igual ganar o perder.

Para ella, sería como venderse a un precio muy alto, Era este hombre, o Neil Legan. Sin embargo, lo que le estaba sucediendo en aquel momento era… una pesadilla. Estaba a merced de la billetera más gorda... Contuvo un escalofrío. No se había sentido tan vulnerable desde que había escapado de Neil. Entonces había jurado que no volvería a permitir que un hombre tuviera el control sobre ella. Pero no parecía tener el control sobre su vida. ¿Acaso era muy tonta? Lo que ella no pensaría es que era una mujer de grandes espectativas.

Él giró la cabeza hacia ella. ¿Acaso le había leído la mente?

Él sonrió con un encanto engañoso. Seguramente, la curva de sus labios quería distraer a los incautos de unos ojos azules tan intensos, penetrantes y agudos que podrían delatar lo diabólico que era.

—¿No hay una sonrisa para el hombre con el que te vas a casar?

No. No. No. Es...

Candy recordó en ese momento de quién se trataba.

El mundo de Candy se detiene, igual que ella, tratando de procesar lo que ve ante sí. Parpadea un par de veces sintiendo cómo su corazón vacío y apesadumbrado vuelve a la vida con una sacudida. Solo tiene ojos para un hombre. Él está aquí.

Terry fue incapaz de contener la sonrisa. Siempre le había encantado hacer saltar las cosas por los aires. Pero ella se detuvo ante él y formuló una pregunta:

—¿Tú? Él enarcó las cejas.

—Vaya, creí que no recordabas

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué tú, y por qué yo?

Terry hizo girar el whiskey en el vaso que le habían ofrecido en cuanto llego a la mansión Andley. Cuando se había imaginado aquel momento, había imaginado que respondería con una implacable y rápida mención a su situación económica, para meterla en vereda. Sin embargo, ahora que había llegado el momento, no quería hacer nada de eso. Ella le gustaba así, con fuego en los ojos. La verdad era que, y eso le resultaba cautivador, incluso sensual, además no se encontraba cómodo utilizando la situación de la empresa para ponerla de rodillas. Tal vez tuviera un punto débil con respecto al cariño que tenía por William Andley, cosa inesperada, teniendo en cuenta que nunca lo había conocido. Sin embargo, probablemente se trataba de un sexto sentido, o su bondad. Después de todo, su beligerancia sería un activo en su vida contra cualquiera que no la quisiera. Para él no sería beneficioso desmoralizarla.

No obstante, sí tenía que dejarle bien claro que esperaba de ella.

—Siéntate, por favor —dijo, en un tono que no desafiaba, pero que tampoco cedía terreno. Señaló una de la sillas con la mirada. Después de cinco segundos, que ella esperó para demostrar que se sentaba porque quería, y no porque él se lo hubiera ordenado. Candy de sentó y cruzo una pierna, se dió cuenta que había olvidado la chaqueta , y el top sin mangas que llevaba se ceñía a sus proporciones con exactitud. No se trataba de que él le estuviera mirando el pecho; estaba mirándole la cara, pero su visión periférica captó cómo la tela se estiraba y se relajaba con la respiración.

—Escuche, Señor… —dijo Candy cubriéndose el lado donde tenía la marca del bofetón que la había hecho Neil.

—Terry —la interrumpió él—. Es mejor si nos llamamos por el nombre de pila. Así podemos hablar más libremente. Aunque no parece que tú tengas ningún problema para decirle a tu prometido lo que piensas.

—Usted no es mi prometido por elección. Usted es como mi gefe. Yo soy… su empleada. Usted me paga. Yo respondo ante usted. Lo entiende. Eso es todo.

Él ladeó la cabeza con una sonrisa comprensiva. —Tal vez la señora Elroy no haya hablado con claridad. Es cierto que yo voy a pagar la deuda de setenta y cuatro millones de dólares , pero no te confundas: No trabajas para mí. Ni Responderás ante mí. Yo no soy tu gefe, aunque sí mis deseos son tus órdenes.

Candy casi salió disparada, y él estuvo a punto de echarse a reír. Se había pasado un poco con aquella última parte, pero ella se lo había buscado.

—Puede tomar sus deseos y… — soltó ella, pero él volvió a interrumpirla.

—Seguro que tienes muchas ideas originales y fascinantes sobre lo que puedo hacer con mis deseos —le dijo—, pero no es solo eso lo que estoy pagando. Pago tu tiempo, tus esfuerzos y tu dedicación exclusiva. Y, en exclusiva, me refiero a las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. A ella se le pusieron las mejillas muy rojas, como si le ardieran.

—Puedo mantenerme sola, ¿sabe?

—¿De veras?

Él podría haberle dicho que no solo la familia Andley tenía una situación económica delicada, sino que su vida amorosa iba a la par que su economía. Sin embargo, ¿para qué iba a hacerle saber que sus detectives privados habían investigado su vida de principio a fin? Se guardaría aquel bombazo para otro día. De todos modos, su falta de relaciones sentimentales le sorprendía. Sus detectives no habían encontrado ninguna otra relación más que la de Anthony, pero, de todos modos, no había habido falta de interés por parte de los hombres en todos aquellos años. Era Candy la que siempre se había negado, lo que le demostraba que era una mujer leal, un joya que él idiota de Anthony no supo cuidar. Por su cara sonrojada, Terry supo que allí había una historia. Ya averiguaría qué era. Por el momento, tenía todo lo que necesitaba para presionarla.

—Puedes ir por tus documentos, tus cosas no son tan importantes—dijo—. Después de firmar el acta de matrimonio nos vamos a nuestra casa.

—Puede irse usted al infierno... Candy salió furiosa, y a pesar de estar enojada, no pudo evitar que le brotarán las lágrima. Corrió a su habitación, respiró hondo. Pensó en todas las opciones, pero no tenía otra salida, Candy apretó los dientes y rebuscó por los cajones. Sacó la ropa interior, y la puso sobre la cama. Después abrió el armario y sacó dos trajes, uno de color azul lavanda y otro gris verdoso oscuro, y las blusas y accesorios a juego. Lo metió todo en su pequeña maleta y añadió el neceser. Cuando terminó el equipaje en cuatro minutos. Se colgó la bolsa del hombro, miró melancólicamente su cama y se acordó de pasar por el baño para recoger los somníferos. Hasta aquel momento había conseguido pasar sin tomarlos, pero las cosas iban de mal en peor.

Terry miró el reloj. Seis minutos. Para entonces, Candy habría capitulado y estaría asimilando su derrota. Reuniendo valor para recorrer el corto camino que separaba y disculparse, tal y como le habría exigido aquella bruja de Elroy. Terry sonrió. Eso no lo verían sus ojos. Tal vez tuviera acorralada a Candy, pero sabía que no iba a conseguir ninguna disculpa de ella. Y no la quería.

Apenas acabó de pensar eso, cuando la vió entrar.

—Veo que recapacitaste. Pues entonces, date prisa —dijo él, mirando el reloj—. Esta noche nos quedamos en mi ático para salir mañana a primera hora. Ella permaneció calmada, fría.

—De acuerdo. Nos vemos allí más tarde. Puedes dejarme tú dirección.

Ah. Así que se había recuperado. Estaba fingiendo que cooperaba con la esperanza de que, si aparentaba docilidad, él le daría cierta libertad. Ni hablar. Sacó su teléfono y llamó a Jefferson. —Estamos listos —dijo.

—Acaso todos los que te rodean están contigo porque les pagas. No tienes amigos, solo empleados.

—Mientras que tú —replicó él, con ligereza, sujetando la puerta del portal para que ella saliera— siempre estás rodeada de amigos y amantes.

—Yo tengo amigos —respondió ella, y consiguió pisarle un pie al salir.

—Mucho gustó, Candy. Dijo Jefferson y abrió la puerta de la limusina.

—Hola —dijo y ocupó el asiento que estaba orientado a favor de la marcha. Terry la miró a través de la puerta.

—Me mareo si voy de espaldas a la marcha —dijo ella—. ¿Es que quieres que vomite?

—Claro que no. Hazme sitio. Podemos compartir el asiento. Ella no tenía intención de sentarse tan cerca de él. Sus rodillas podían rozarse. Se cruzó de brazos como si tuviera dos años.

—Candy, muévete, o te moveré yo. Ella siguió mirando hacia delante. Que lo intentara.

Entonces, ¡oh.. !

El muy desgraciado la tomó en brazos como si fuera una bola de pelos rubios, la depositó al otro extremo del asiento y se sentó a su lado. El otro hombre cerró la puerta conteniendo la mofa y las ganas de reír. Cinco segundos después, estaban en camino.

—Supongo que haces ejercicio —dijo Candy, para disimular su orgullo herido—. Él sonrió de nuevo, con cara de diversión, y ella sintió un cosquilleo. Una parte perversa de sí misma disfrutaba del hecho de ser el centro de su atención.

Ella muy digna olvidó el mareo y se sentó frente a él y observó el interior de la limusina. Por supuesto, era muy lujoso. Asientos de cuero de color crema, una iluminación suave y un bar con nevera, aunque sorprendentemente moderado. Candy tardó un momento en acomodarse . Mientras seguían en marcha, él dijo:

—Si es lo mejor que tienes, no voy a necesitar tus servicios, después de todo. Ella se quedó estupefacta y miró su traje y su maleta. Parecía exactamente lo que dirían; como toda abogada, una muy cara. Lo miró con una expresión de ofensa. Sin embargo, él estaba mirando por la ventanilla.

—No, no voy a cambiar de opinión —dijo, y dio un golpecito en el Bluetooth que llevaba en el oído. Candy notó un intenso calor en las mejillas. Él no estaba hablando con ella. Ella no era lo suficientemente importante ni siquiera para eso. Y, como si estuviera subrayándolo, él tecleó un poco en su ordenador, y siguió ninguneándola mientras ella echaba humo. Candy se preguntó cómo sería la casa de Terry. Ella, aunque seguía viviendo en la mansión Andley, se había mudado a un minúsculo apartamento que estaba en un barrio de dudoso ambiente que ni siquiera tenía nombre, y cuyo único atractivo era su cercanía a la tienda de la esquina y al metro,

—Mira —dijo ella, intentando disimular su ansiedad—, necesito comprar unas cuantas cosas. Dile a tu conductor, o lo que sea que es , qué me deje en Sears. Terry ni siquiera alzó la vista.

—No tenemos tiempo. Despegamos a primera hora.

—¿Qué despegamos?

—¿En un avión?

—¿Cómo qué en un avión?

—Todavía no tengo cohete, aunque estoy considerándolo —respondió él, y la miró—. ¿Es que te da miedo volar? Pero, por sí lo dices por la espera en la línea de abordar, no te preocupes es mi avión privado.

Seguramente era uno de los hombres más ricos del mundo. El muy imbécil.

La explosión de feromonas había dejado alterada a Candy, y su resistencia tuvo que soportar otro golpe más cuando las puertas del ascensor privado se abrieron a un vestíbulo que era cuatro veces más grandesu apartamento. Ella estaba decidida a no mostrar ni la más mínima debilidad, así que disimuló su asombro con una expresión de indiferencia. Apenas miró la lámpara de araña, que era tan grande como una torre. Ni la alfombra persa, del tamaño de una pista de baile. Y se negó a observar las obras de arte que había colgadas en las paredes, ni el desnudo de bronce de tamaño natural, aunque no sabía perfectamente que era.

Candy escuchó cuando Terry despidió a Jefferson.

—Me vas a llamar Terry, y vas a hacerlo con afecto. Nadie que nos vea puede dudar de que tienes total confianza en mi inocencia.

—No voy a hacer eso. —dijo ella, con una convicción férrea.

Terry apretó la mandíbula. Se alejó, se sirvió un vaso de agua con gas, y dio un largo trago para recuperar la compostura. Después, se giró de nuevo hacia ella.

—Se te olvida, que tú prestigio está en mis manos, puedo acabar con tu integridad

—¿Y cómo va a hacerlo?

—Dirán que te he comprado, por supuesto. Que te has vendido por dinero. Te retratarán como una mercenaria avariciosa sin principios ni integridad. En aquel instante, Candy vio la verdad nítidamente. ¿Cómo era posible que hubiera pasado aquello por alto? Porque estaba demasiado ocupada compadeciéndose. Demasiado preocupada por Anthony. Demasiado distraída por el acoso sexual de Neil. Por todo eso, no había visto que la impecable reputación que se había ganado, y que no se esperaba de alguien que se había independizado, estaba manchada para siempre. Se tambaleó, y tuvo que agarrarse al respaldo del sofá.

—Lo sabías. Lo has planeado todo. Él se alejó hacia la ventana y miró el panorama. Las cortinas estaban corridas a medias, pero el sol entraba por la abertura y hacía brillar la estancia

—Claro que lo sabía. No tenía intención de hacerte daño así que no lo he planeado para perjudicarte, si es lo que piensas. Pero es un daño colateral, eso sí… —dijo él, y se encogió de hombros. Ella se quedó muda, y comenzó a pensar en todas las humillaciones sociales y profesionales que podía sufrir. Él miró su vaso de agua con algo que podría haber sido consternación, si fuera una persona con conciencia. Sin embargo, al volverse hacia ella, su expresión era insulsa.

—Por muy raro que parezca, el hecho de estar junto a mí puede reparar algo el daño hecho. A ella se le escapó una media carcajada, todo el aliento que pudo tomar.

—Sí, claro. Vamos a fingir que estamos enamorados. Eso será de gran ayuda.

—Las cosas del corazón se perdonan mucho más fácilmente. Es mejor que la gente crea que te he conquistado, y no que te he llenado los bolsillos. Aquello tenía algo de sentido, y le dio a Candy otra perspectiva de todo aquel desastre.

—Necesito pensar. Se dejó caer en el sofá y apoyó la cabeza en ambas manos para evitar desmayarse a sus pies. La tensión baja era un inconveniente en su vida, porque tendía a sufrir desmayos, y eso era muy mortificante.

Su inesperada aparición en la vida de Candy, por no mencionar el hecho de que tenía la sartén por el mango, la había dejado sin capacidad de reacción. Sin embargo, se recuperaría muy pronto y, por mucho que a él le gustara pensar que la tenía en sus manos, ella era lo suficientemente lista como para escapársele en cuanto estuviera frente a la salida. Por supuesto, era su inteligencia lo que más le atraía. Era una mujer de gran temperamento y, en su batalla con todo en la vida, tanto aquella inteligencia como su genio y su terquedad podían ser muy útiles. Sin embargo, en aquel momento, aquellas características estaban dirigidas a él.

Continuará...

Vale. M apuré con este capítulo en toda la noche, espero no tardar mucho. Saludos.

JillValentine.x.