CAPÍTULO 4.

«Me ha humillado delante de Candy»

La sangre hierbe de ira. Después de haber escuchado a la tía abuela, estaba claro que Candy no sería suya.

Aquel último pensamiento le hizo pensar de nuevo en Candy. Ella era la única persona, de su pasado y de su presente, que se enfrentaba a él cara a cara. No se acercaba a hurtadillas en un callejón oscuro, ni se andaba con jueguecitos. Para él, Candy pertenecía a una categoría única. También habría podido decirse a sí mismo que Candy estaba en deuda con él, por haberlo tenido en vela durante muchos años. Deseando que ella lo viera como miraba a Anthony. Quizás Candy que le debía, el haberse comportado como un caballero cuando la tuvo a su merced. Candy se había expuesto desmayandose debajo de su cuerpo, y él estupido, no pudo tomar su inocencia. Cuándo Candy despertó, Neil la tenía en la cama con las sábanas manchadas de gotas de sangre. Entonces Candy creyó que él la había violado. Neil prefirió confirmarlo.

«No le dije que era mí sangre» Consecuencia de los arañazos que Candy le había hecho al resistirse.

Así por lo menos la tendré por las malas.

Pero la muy maldita hechicera sé habia hecho novia de Anthony, amenazándolo con ir a la policía sí volvía acercarme a ella

Si alguna vez Candy descubría alguna prueba concluyente de lo que había sucedido, mejor dicho de lo que no sucedió, conseguiría que lo metieran preso costara lo que costara. Sin embargo, en aquel momento no sabía lo que sentía, salvo que tenía ganas de vengarse. Neil odió haber conducido hasta Chicago. Había perdido la oportunidad de quedarse con Candy en el hotel.

« Perdimos una noche juntos, Candy»

Neil apretó los dientes. Candy había ido demasiado lejos. Sin siquiera pensarlo, Candy había aceptado a otro. ¿A olvidado que es mía? Tal vez fuera cierto que él no le gustaba. Incluso que ella lo despreciaba.

«No importa, sólo hay que tener paciencia, Candy me será fiel toda la vida. Por qué cuando intente revolcarse con otro, será mí rostro quién sé lo impida».


Estaba claro que debería haberle dicho que no a Terry desde un primer momento. ¿Pero qué le habría dicho Terry a la tía abuela, para dejarla así tan rápido en sus manos?

En aquel momento, sin embargo, ya era demasiado tarde para sacar conclusiones o retractarse. Candy cierra los ojos con fuerza y reprime sus sollozos. Todo el mundo iba a pensar que se había casado con un millonario por conveniencia. Y lo peor de todo, lo más amargo, era que se había vendido. Tal vez el dinero de Terry no fuera a parar directamente a su bolsillo, pero era ese dinero el que había motivado sus decisiones.

Tampoco había nada que ella pudiera hacer. Candy White no incumpliría su palabra. De hacerlo, sería una deshonra para si misma.

Cuál fuera el siguiente comentario entre ambos fue interrumpido por Jefferson.

—Vamos a estar dos días en Nueva York —le dijo a Terry. Jefferson miró a Candy. — Él juez que tenía que presentarse para casarlos, a hora mismo tuvo una emergencia familiar.

Maldita sea —murmuró Terry. Él había preferido salir cuanto antes de Nueva York. Llevándose a Candy con él, por supuesto.

Pero Candy no pensaba lo mismo.

Eso es perfecto, podre decirle a Anthony, qué ya no tiene porqué preocuparse más por la demanda y sobre todo que no va a perder la empresa. Y, decirle adiós aunque me duela otra vez el corazón.

-- Trata de conseguir a otro juez, y que en lugar de dos días que solo sea uno. —mencionó Terry a Jefferson --Encárgate de todo. Porfavor, y dile a Steven que cancele el plan de vuelo con la torre de control, y que espere nuevas órdenes.

—Tú puedes irte —dijo Candy para sorpresa de Terry y de Jefferson. —Yo te alcanzó luego. Tengo que hacer algunas cosas que dejé pendientes.

—No, de eso nada — responde Terry, secamente.

—Bueno. Merecía la pena intentarlo --contesta Candy molesta.

"Candy me fascina, tene una manera muy peculiar de llevarme la contraría. Hace que de repente me sienta superado, la miró pero no consigo entenderla, me desorienta. Aún así sus ojos me vuelven loco. Notó algo que no había sentido en toda mí vida. Había mirado a otra mujer antes, pero nunca me había hecho sentir lo que Candy en este momento"

Llevado por este pensamiento a Terry le fue inevitable estirar el brazo por encima del respaldo de la silla de Candy. Para su sorpresa, Candy se inclinó hacia delante, lanzándole una mirada asesina. Jefferson sale en ese momento de la habitación para encargarse de todo. También prefirió darles privacidad.

Para este momento, la irritación se apoderó de la mente de Candy.

—Es cierto que estés pagando por una esposa, cual sea el motivo, pero ni se te ocurra pensar que entre nosotros habrá este tipo de confianza, ni mucho menos sexo, eso no es parte de este trato. A Terry se le borró la sonrisa de los labios.

¿Qué mierda?

"Me he quedado paralizado durante lo que parece una eternidad. Jamás había experimentado una rabia como la que en esos momentos se forma en mí interior. Aprieto los puños tratando de controlar mí ira. No lo consigo"

Si había algo que Terry odiaba en la vida, y que no olvidaba fácilmente, quizás nunca. Era el rechazo. El recuerdo de su infancia reventó el filtro de su garganta.

—Yo no hago tratos con respecto al sexo, me creo capaz de conquistar a una mujer, Candy. El sexo pagado nunca se me ha pasado por la cabeza. Pero, como parece que a ti sí, deja que te lo aclare: Yo no he comprado las relaciones sexuales, No he obligado a una mujer de ningún modo. No utilizo el sexo como herramienta, ni como medio para obtener un fin. Para mí, el sexo es una cuestión de deseo. De deseo mutuo. Los dos tendríamos que desearlo. Y, francamente, querida —Hago una sonrisa de disculpa—, tú no me interesas para tener sexo.

Por supuesto aquello era mentirá.

Entonces, Terry se quedo asombrado de sus ojos; El verde oscuro deja ver uno claro y luminoso. Terru Parpadea. Lo que ha sacado aquel color era su camiseta de color verde salvia. Sin embargo, aquel matiz estaba oculto, lo cual explicaba por qué siempre me habían parecido tan maravillosos sus ojos.

Los ojos verdes son mí debilidad.

Terry se recupera rápidamente, y entonces ve como esos ojos verdes y hechiceros se llenan de lágrimas. En ese momento Terry se arrepintió de haber hecho aquel comentario. Era un maldito jiripollas. Quiso culparla a ella por su transgresión. Aquella mujer le sacaba de quicio, Sin embargo, no tenía excusa para su comportamiento. Ya no podía arreglarlo, así que lo mejor sería ignorarlo todo. Esperaba que ella lo olvidara pronto.

Candy necesita salir de allí. Contiene la emoción que impide continuar hablando. Sé levanta tratando de contener el llanto, pero lo que consigue es secarse las mejillas con la palma de su mano.

A pesar de que no quiero que sé alejé. No la sigo.

Jefferson encontró a Terry maldiciendo entre dientes.

—¿Todo bien, Terry?

—No, y no preguntes. Encárgate de Candy, o me volveré loco.

—Vaya. Quizás deberías pensarte muy bien lo del matrimonio.

—No. El matrimonio se lleva a cabo así tengamos que viajar hoy mismo a las Vegas.

—No entiendo por qué quieres casarte, Está claro que no pueden compartir cinco minutos juntos.

—No quiero que entiendas. Solo que cumplas. Lleva a Candy a su habitación y dile que la espero dentro de media hora en el comedor.

—Ya. Hay una explicación pendiente sobre todo esto —Comentó Jefferson antes de cerrar la puerta.

Candy terminó enojada por qué no supo a donde dirijirse, pero aquello sirvió para detener el llanto.

—El dormitorio está por aquí —dijo Jefferson, y señaló unas puertas dobles con una mano—. Dorothy está deshaciendo tu equipaje. Ella te atenderá mientras nos alojemos aquí, y te ayudará con el baño, si lo deseas. Para cualquier cosa, puedes llamarla a ella, o a cualquier miembro del servicio, descolgando cualquier teléfono.

—Estupendo —dijo Candy, amablemente, y con la esperanza de que no pareciera que estaba desorientada. Jefferson la correspondió con una ligerísima curvatura de los labios.

—La cena se servirá dentro de treinta minutos.Ni por todo el dinero. No iba a volver a acercarse a Terry. No aquella noche, No después de todo lo que se habían dicho.

—Gracias, pero prefiero cenar aquí. Jefferson abrió mucho los ojos.

—Pero… Terry te estará esperando.

— Estoy completamente segura que lo superará —dijo ella, y puso una mano sobre el pomo de la puerta para hacerle una clara señal de que se marchara—, muchísimas gracias por todo, Jefferson.

Él salió al pasillo con una expresión de sorpresa. Ella le dijo adiós moviendo los dedos y cerró la puerta.

Candy se dejó caer sobre la cama y el pelo qué cubría la mejilla amoratada se hizo hacia atrás, la mejilla inchada levemente con partes rojas quedó descubierta, ya estaba un poco incómoda de llevar el pelo suelto, Candy estaba pensando en todo lo que se habían dicho Terry y ella, cuando la mucama entró sin que ella se diera cuenta, La chica estaba del otro lado de la habitación guardando su ropa en el armario.

--Buenas noches, señorita, soy Dorothy.

Candy se levantó de un brinco, olvidándose del golpe en la mejilla abrió los ojos como plato. La chica se quedó atónita, mirándosela, Candy recordó el bofetón y trató de disimular cubriéndose nuevamente. Dorothy disimuló también su imprudencia con una rápida reverencia.

—Señorita, ¿le preparo su baño,? —preguntó sin querer ver el golpe. Aquello era mucho hecho realidad. Doncellas que hacían reverencias.

—Gracias, pero ya me ocupo yo —dijo Candy, y llevó a la muchacha hacia el pasillo amablemente y sin dejar de sonreír. Entonces Candy abrió la puerta, miró a ambos lados y con un tono que casi fue como un susurro le dijo;

—Eres muy afortunada, Dorothy, ¿por qué no te tomas la noche libre? Ve con tu novio al cine, o a cenar. Te prometo que no se lo voy a decir a nadie. Y, con una sonrisa y un guiño para la chica, que se había quedado boquiabierta cuando Candy cerró la puerta.

—¿Qué ha dicho qué? —preguntó Terry, mirando a Jefferson. Jefferson se cruzó de brazos. Se estaba divirtiendo. El amigo correcto y formal había desaparecido. Su actitud era menos de colaborador y más de un resistente, y su acento era menos parecido al de la reina Isabel y más parecido al de los barrios populares de Londres. —Te ha mandado a freír espárragos, amigo. Terry se pasó los dedos por el pelo.

¿Por qué es tan difícil?

¿Por qué ella?

Tenía que haber sabido que ella iba a resistirse. Cualquier mujer se habría lanzado a sus brazos, pero Candy no se había lanzado sobre él. Y no solo eso, Quería que ella reconociera el lugar que ahora compartirían juntos. Pero lo que más quería era que cenara con él. Empujó hacia atrás la silla.

—Bueno, está bien. Ya me encargo yo de hacer que entre en razón.

Terry se detuvo en seco frente a la puerta del dormitorio de Candy. Ella estaba hablando por teléfono.

¿Qué demonios?

—¿Te está obligando?

—No. —Dijo Candy rápidamente y se sorprendió de su respuesta.

—¿Qué haces con él? Candy, Hablaré con la tía Elroy. No tenía porque pedirte...

—No. Anthony. De verdad, no te preocupes, por favor no compliques más las cosas.

—Ah... Candy, no estoy de acuerdo. Te parece bien sí hablamos mañana, quizás podríamos desayunar juntos.

—Me parece bien —dijo ella. Entonces mañana nos vemos. Buenas noches, Anthony.

Candy terminó la llamada con Anthony y al girarse encontró a Terry de pie, recargado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos, mirándola como un lobo nocturno. Había desaparecido cualquier rastro de arrepentimiento, y de amabilidad.

—Anthony está levantando la empresa. Pronunció Candy casi con desesperación, y no supo por qué estaba dando una explicación como si tuviera ese derecho. Hasta se sintió desleal.

—Ya veo —dijo Terry, en un tono de ironía. Caminó hacía la ventana para contemplar nada más que la oscuridad—. Entonces, tu Anthony si te resulta impresionante. Ella se puso rígida.

—Anthony es increíble. Es un empresario magnífico, y es muy generoso. Seguro que tú no valoras esa cualidad, pero yo, sí. Él se giró hacia ella y la atravesó con la mirada.

—Entonces, ¿por qué no te casaste con Anthony?

—¿Qué? A Candy le empezaban a brillar las pupilas por las Lágrimas.

—Anthony sigue enamorado de ti, y tú también lo amas mucho.

—Anthony no está enamorado de mí.

—Anthony, está incuestionablemente enamorado de ti. Algo qué es repulsivo teniendo encuenta qué se acaba de casar.

—Estás diciendo tonterías. Y, de todos modos, —replicó Candy. Entonces, antes de decir algo demasiado personal, se volvió de espaldas a Terry —Además, ¿qué sabes tú del amor? Cuando compras a una esposa. Ni siquiera has tenidi una relación duradera. Obviamente había hecho la tarea en google. Terry enarcó las cejas, y su gesto se endureció.

—¿Y cómo sabes tú todo eso? ¿Internet? ¿Revista sensacionalista? Candy se sintió avergonzada, pero no guardó silencio.

—¿Acaso tienes un amor? ¿O hijos, tal vez? —preguntó. No quería que le importara la respuesta, pero le importaba. Él sonrió con frialdad.

—¿Para qué iba a necesitar un amor un idiota que no tiene la capacidad de sentir afecto, y mucho menos por una esposa comprada? Las últimas endorfinas que le quedaban se desvanecieron. ¿Qué podía decir? Él acababa de citar sus propias palabras, y ella las había dicho en serio. ¿O, tal vez, por la ira? De cualquier forma, aquellas palabras no daban una buena imagen de ella. Sin embargo, Candy respondió a la defensiva, con resentimiento.

—¿Acaso tienes el hábito de escuchar las conversaciones ajenas? Él bajó la vista, y la habitación se quedó sin luz. En voz baja, preguntó:

—¿Quién se está comportando de mala manera ahora, Candy? Terry se dio la vuelta y salió de la habitación, Candy se quedó mirándolo mientras Terry se alejaba.

Arrepentimiento. Eso fue lo que sintió Candy. Jefferson no se atrevió a interrumpir. Obviamente había escuchado todo. Al igual que todo el personal. Dorothy hasta pensó que Terry le había hecho el golpe en la mejilla a Candy. La muchacha no quería estar allí. Pero su jefe no era un hombre malo. ¿Sería ella la mala?

Terry necesitaba desahogar su mal genio antes de cometer una estupidez. De cometer otra estupidez como, por ejemplo, volver por más. Más insultos, más frustración. Más Candy. Entró en su dormitorio dando grandes y fuertes zancadas, Terry caminó hacia el vestidor y se quitó la ropa que echaba humo por las hirientes palabras que Candy le había dedicado. Pero más que nada, Terry había odiado encontrar a Candy hablándole cariñosamente a Anthony. Especialmente cuando escucho también el tono hiriente que ella tenía en la voz.

Terry temía que las palabras pensadas fueran ciertas, pero más temía en las palabras dichas por ella.

«Tienes razón Candy, ya no soy capaz de sentir afecto. Otra mujer ha atrofiado también aquella emocion»

¿Entonces porque sigues tragando piedras y llenando la vesícula?

Candy lo estaba volviendo loco. Quería zarandearla. Quería reprocharle lo de Anthony. Y, que Dios le ayudara.

«Por qué lo que ahora mismo quiero es tener a Candy en mi cama».

Pero no pensaba obligarla. Aaunque al convertirse en su esposa, él tuviera derecho sobre su cuerpo.

¡Demonios!

Iba hacer muy difícil controlarse.

Lo que Terry no quería admitir, era qué Candy era… importante para él.

Sin embargo, anhelaba algo más. Quería atravesar sus barreras, desentrañar su enrevesada mente. Candy era un acertijo que quería resolver. Aquella misteriosa aversión… debía de tener origen en su juventud

Candy había tenido toda la noche para arrepentirse, y supo que se merecía lo que Terry le había dicho. Tenía la oportunidad perfecta de ser mejor persona y disculparse.

—¿Dónde está Candy?

—En su habitación.

—Gracias. Me dirijo a toda prisa hacia la puerta. —Ah, señor…—me llama Dorothy, su tono es titubeante, y freno en seco.

—¿Qué pasa? ¿Cómo está?

—Alterada, señor, pero.

—¿Segura que está bien?

—Se ha dado un baño. Y está poniéndose ropa limpia. Y…—Dorothy mira con inseguridad a Jefferson, quien vuelve a concentrarse en leer la página de Finanzas.

—¿Qué pasa? —exijo saber. Dorothy se pone blanca.

—No le he mencionado que la señorita trae un golpe en la mejilla.

¿Cómo?

Un golpe.

—¡Mierda!

Terry sale disparado de la cocina, y cruza corriendo el pasillo del ala sur y sube de dos en dos los peldaños de la escalera hasta la habitación de Candy. Jefferson le sigue los talones.

Tengo el corazón desbocado.

Mierda. Mierda. Mierda. ¿Quién le hizo daño? ¿Querría contármelo? ¿Qué estará pensando? ¿ Porque diablos no me lo dijo?

Ya en la puerta de la habitación, me detengo para tomar aire, e ignoro a Jefferson que me ha seguido, me mirá preocupado.

Candy ha pasado por un trauma terrible. Ahora está en un lugar que no conoce, con personas que no conoce.

Seguramente se siente abrumadísima. Y seguro que está enojadísima por todo lo que Terry le había dicho…

Terry llama a la puerta, aporreándola.

Odió la espera..

—¡Candy...! —Terry Grita.

Candy está absorta en sus pensamientos. De pronto oye los golpes insistentes en la puerta, y al mismo tiempo escucha a Terry llamándola por su nombre. Candy se sobresalta.

No.

Casi está segura que Dorothy le ha dicho del golpe. Él vuelve a gritar su nombre. Parece aterrorizado. Desesperado. Candy se queda de piedra mirando la puerta,

—¿Qué quieres? — Grita Candy. No entiende por qué Terry está tan alterado. No es su problema, y escucharlo así, le da miedo. ¿Y, si Terry es peor que Neil? ¿ Y, si él también la obliga, o le pega?

—Terry, con esos gritos solo vas a conseguir espantarla más. — Jefferson intenta qué Terry reaccione. Nunca lo había visto tan alterado, ni siquiera por...

Candy está desorientada. Intenta encontrar una salida. Va de puntillas descalza dejando atrás la puerta.

Dorothy llega y le da las llaves a Terry.

—Abren todas las puertas del ático.

—Casi lo he olvidado. Gracias, Dorothy.

La muchacha asiente.

—Por fin —Dice Terry, aliviado de haber podido abrir la puerta en tres intentos. Terry se detiene al ver a Candy. La mira primero a los ojos y luego a los pies, y frunce el ceño.

—¿Adónde ibas? —le pregunto. Pero en cuanto veo su rostro. Tiene un lado de la cara rojo, donde el hijo de puta debe de haberle pegado. Reprimo las ganas de salir y arrancarle la cabeza.

«Cómo si supieras quién fue». Dice la vocecita en mi cabeza.

—Es difícil impresionarte. —Se oye decir Candy sorprendida.

Él enarcó las cejas con escepticismo, Pero sé relaja cuando la escucha decir aquello. Jefferson y Dorothy salen de la habitación.

—Admito —continuó Terry— que me esperaba un intento de huída, con poco entusiasmo. Pero me has convencido incluso a mí de que estás dispuesta a salir por la ventana. Y aquella seguridad en sí mismo es seductora… piensa Candy.

Continuará

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