CAPÍTULO 5.

Es tremendamente guapo...

Cuando se reía, no parecía peligroso en absoluto, sino perfectamente normal y… bueno… incluso agradable. Aunque Candy no creía que fuera ninguna de las dos cosas. Sin embargo, no podía negar que era muy atractivo. Pero la estaba obligando a un matrimonio a cambio de ayudar a la empresa Andley. Candy tenía que odiarlo sólo por eso. Además también pensaba separarla de sus amigos, de Chicago, y de Anthony.

—Te pensabas ir sin despedirte—dice Terry dolido.

Incapaz de contenerse, los ojos de Candy se llenan de lágrimas que le resbalan por las mejillas.

Terry no lo soporta.

—Oh, nena — susurra y Terry abre los brazos. Candy se lleva las manos a la cara y rompe a llorar. Sin saber por qué llora, últimamente es lo único que sabe hacer, Terry la ha envuelto entre sus brazos y la estrecha contra él.

—Estoy aquí. Puedes contarme lo que sea—Terry murmura. Candy gimotea y Terry le levanta la barbilla para besarla en la frente—. Lo digo en serio. Estoy aquí. Candy abre mucho los ojos y se aparta. Un silencio incómodo se instala entre ambos.

—¿Quién te hizo ésto? Candy Cierra los ojos. Terry está conteniéndose.

—Vale. Vamos a jugar a adivinas. — Candy lo mira, desconcertada—. Tú solo tienes que responder sí o no. Candy vuelve a negar con la cabeza y cierra las manos sobre el crucifijo de oro que lleva colgado al cuello.

—¿Por qué te preocupa? Preguntaba Candy con los ojos cerrados.

—Eres mi chica, está claro que tengo que protegerte. —Terry dijo afirmativamente. Candy abrió los ojos y lo mira incrédula alzando la cabeza. Terry está abrazándola con más fuerza. No sabía decir las palabras amorosas pero Candy había ocupado un lugar en su corazón. Candy no dijo nada, solo sentía calor en su corazón. La emocionó mucho ya que llevaba mucho tiempo sin tener tal sentimiento, casi se olvidó de lo que era felicidad. La última vez que se sintió feliz fue cuando estaban Anthony, Archie y Stear quienes también la trataban muy bien, pero no estaban a su lado. Por ahora, Terry era el único hombre que al mismo tiempo le daba cariño y estaba a su lado.

Terry la abrazó queriendo tenerla así para siempre, Terry tenía un objetivo, que era hacerla olvidar todos los momentos malos del pasado.

—Tenemos una reunión con el juez a las diez. Ella se apartó y sé sentó tres metros más allá.

—¿No te estás precipitando un poco?

—Lo estoy —dijo él— Lo que más deseo es presentar a mí esposa. Que el mundo entero te conozca.

Bien, ya era suficiente. Se borró cualquier expresión del rostro, sacó el teléfono móvil y comenzó a consultar el correo electrónico de un modo deliberadamente grosero. Si lo ignoraba, él dejaría de minar su resistencia. Más o menos, funcionó.

—Candy —dijo Terry, mientras se sentaba junto a ella—, no tienes que estar dándome coba todo el rato. Nos verán juntos, es importante.

—¿Y tú qué ganas con eso?

—Que todos piensen que tienes interés en mi. Candy se recordó por que se había metido en aquello.

—Si, lo hago —dijo—, quiero algo a cambio.

—Ya hemos dejado claro que vas a conseguir algo. Vas a parecer una mujer enamorada, y no una mercenaria. Terry lo dijo con dureza. Candy siente como el corazón se va desmoronando. «Mercenaria»

Eso es lo que soy para ti.

Tonta, eso es lo que eres.

—Eso no..., no me refiero a eso. Necesito quedarme en Nueva York. —Dice Candy tragándose la Bilis.

—¿Para qué? O, ¿por quién?

—No tengo por qué darte explicaciones.

Una sucesión de sentimientos encontrados cruza su semblante mientras el silencio se expande y asfixia la habitación. Me contengo, para mis adentros.

—¿Es por Anthony?

Terry ya ha tenido demasiado,

La estaba observando, suponía que le estaba doliendo. "No quiere alejarse de Anthony" Ese pensamiento todavía lo ha enfurecido al punto de querer agarrarla, besarla y soltarla cuándo olvide a ese idiota. Terry se puso furioso consigo mismo y, para conservar el poco orgullo que le quedaba, se dirigió a la puerta, y a Candy sin mirarla.

—Dentro de cuarenta minutos. Quedamos en el recibidor de la casa. Tienes todo lo qué necesitas en el armario. Ella se puso muy rígida.

—No soy una niña. No puedes vestirme.

—Creo que vas a dar tu aprobación a mi gusto —replicó él, con una media sonrisa—. De todos modos, o vas con eso o vas desnuda. Tú eliges.

«Pero ya puedes imaginarte lo que elegiría yo».

—No te habrás librado de mí ropa —dijo ella con los ojos rojos de la ira.

—De todo.

—Devuélvemela.

—Demasiado tarde. Vas a ir vestida con lo que hay en el armario —dijo, por encima de su hombro—. O cooperas, o te visto yo mismo.

Después de haber rechazado la ayuda de Dorothy, Candy terminó de vestirse sola, y a pesar que lo hizo sin ninguna emoción, Candy estaba bellísima. La vida la había puesto en este camino, con este hombre. Estar o no estar enamorada uniría su vida a Terrence GrandChester. Y, Ella tenía que seguir. «Estoy triste. No era la boda que había soñado, junto a mis dos madres, amigos y personas queridas».

Terrence estaba impaciente. ¿Acaso no le había dicho cuarenta minutos? Candy llevaba cuarenta minutos y veintisiete segundos. Terry ya estaba considerando a ir por ella traerla él mismo así estuviera hecha un desastre. Pero se detuvo cuándo escuchó los pasos suaves. Terry levantó la cabeza, y su mirada azul brilló. El corazón bailó frenético dentro de su pecho. Los zafiros brillantes llenos de orgullo, felicidad, y deseo. Era una mujer hermosa y era suya. Entonces Terry vió en su rostro una lágrima brillante como el oro. Sé recordó que había comprado a una esposa, y sus lágrimas también tenían un precio.

No lo quería. Él no quería una esposa comprada. Pero su orgullo era tan inmenso como su fortuna. La quería, la deseaba, pero más quería que ella lo deseará también. No podía dejarla ser libre. Era un egoísta. Había estado apunto de casarse enamorado. Sacudió la cabeza. No iba a Cambiar de opinión. Candy White sería su esposa.

Terry espero a Candy Al final de la escalera, le ofreció su mano y Candy le dió la suya temblorosa.

—Estás bellísima, Candy —dijo Terry limpiando la odiosa lágrima de su hermoso rostro. —No llores, tus lágrimas son de oro.

—Ella dejó de temblar, inesperadamente se tranquilizó. La voz de Terry era como un hechizo. Involuntariamente sonrió.

—Así está mejor, Candy.


Un momento más tarde...

«Terrence GrandChester. Yo, Candy White Andley, Hoy prometo que aunque no pueda cambiar el pasado, si puedo prometer que estaré en tu futuro para celebrar tus triunfos como si fuesen los míos propios y sujetarte fuerte si en algún momento llegas a tropezar».

.

«Candy White Andley. Yo Terrence GrandChester Duque de GrandChester. Me comprometo a estar a tu lado disfrutando de tus alegrías y apoyándote en los momentos de tristeza, protegiendo tu día y velando tu sueño, siempre creciendo juntos como pareja ».

Candy lo mira, embelesada, y embebiéndose de él. Tiene el rostro perfecto, pero un poco ceñudo, la barbilla áspera con una barba incipiente, y los labios delgados y definidos. Así parece más joven, no tan controlador. Si se atreviese, podría alargar la mano y acariciarle la barba de dos días de la mejilla. ¿Sería suave al tacto? A lo mejor la pincharía. Candy se molesta ante aquella ridiculez. No es tan atrevida, y aunque la idea es muy tentadora. Solo quiere quedarse ahí donde está, para disfrutar de esa nueva y emocionante experiencia. Pero no puede. Sabe que está mal. Sabe que está soñando como cuando era jovencita, ilusionada, que ya no es, involuntariamente. Cierra los ojos y la oscuridad se extiende. Candy se niega a ese recuerdo, y milagrosamente desaparece. Ahora el sol brilla. Se regala solo un minuto más y se regodea al percibirlo, a él, a Terry cerca de ella, Se muere de ganas de envolverlo con sus brazos y acurrucarse en su pecho.

—Firmen aquí, señor y señora GrandChester. Ambos firmaron. Testigo. Firmo Jefferson.

Por el poder que me da la ley. Los de claro marido y mujer

Candy Despierta cuando recuerda Algo.

"Duque"

había casado con un Duque. Dios, pareciera que caminaba derechito a la orca...

—Enhorabuena —dijo Jefferson, obligándose a sí mismo. No se trataba de que no se sintiera feliz por ellos. Sí lo estaba. Era de sí mismo de quien se compadecía.

Desde el momento que Terry había tenido a Candy en la oficina del metal 5th, no le había importado otra cosa que acercarse a ella y dejar claro, que era suya.

Así qué se acercó a Candy todo lo que pudo. Había percibido su olor al sujetarla y, en aquel momento, volvió a olisquearla. Olía a rosas.

Candy está nerviosamente mirándolo. Todo en él, su ropa, su comportamiento, su descarada arrogancia, hablaba de riqueza y seguridad en sí mismo.

—Por favor, Candy —susurra Terry. Entonces. Candy lo mira y sus pestañas oscuras aletean sobre sus ojos verdes silvestre ahora profundos, y extiende la mano hechizada por el timbre músical de su voz. —Dime lo que quieres —murmuró—. Y te lo daré. Por su media sonrisa, él supo que ella había captado el doble sentido de sus palabras. Pero Candy se aparto. —No te alejes de mí —murmura Terry, e impulsa a Candy a moverse.

Tocaron suavemente en la puerta. Terry suspiró.

—Entre. Su voz era ronca.

Dorothy llegó con una botella de champagne y un platillo de fresas.

—Gracias.

— Necesitaba algo más, Señor.

—Es todo Dorothy. No quiero ser molestado.

Dorothy asintió con una sonrisa en los labios, pero Candy estaba con los ojos como Plato, y horrorisada. Terry le ofreció una copa con una fresa. Candy no estaba acostumbrada a beber, pero ya antes se había puesto un poco hebria, una fue el día que conoció a Terry. Pero ahora tenía miedo de perder la cordura.

Sin embargo Terry no le dió opción. Volvió a tomar la fresa que se había quedado congelada en los dedos de Candy y la llevó el mismo a los labios de Candy.

—No quisiera beber.

—Pero lo harás, querida —dijo Terry. Se llevó su mano a los labios y le besó los nudillos. —No tienes por qué estar nerviosa.

—No estoy nerviosa —respondió ella, y tiró del codo. Sin embargo, él no la soltó.

—Tu olor me vuelve loco —dijo él, y aquel susurro sexy y ronco le hizo la boca agua.

La miró y le lanzó una sonrisa, y ella se dio cuenta de que estaba más relajada que antes. Terry también. Aunque, en realidad, nunca le había parecido que estuviera estresado; más bien, todo lo contrario. Parecía un hombre muy seguro. Sin embargo, ahora que lo conocía un poco más, el contraste era más evidente para ella. Parecía más ligero, más feliz. Su acento era más marcado. Y sus ojos no podían ser más azules. Pero ella estaba nerviosamente observando cada movimiento.

Entonces, Terry le tomó la barbilla con los dedos y le dio un beso suave delicado, que no tenía nada que ver con el deseo y todo con la necesidad de controlar.

Candy se quedó Petrificada, él la había besado, su primer beso. Tuvo ganas de pegarle, de llorar, y de más...

Candy pensó distraídamente que debería empujarlo, de hecho, puso las palmas de las manos en su pecho para hacerlo. Sin embargo él aprovechó el momento para ladear la cabeza y pasó la punta de la lengua húmeda por la unión de sus labios. Ella como Eva, abrió la boca para saborearlo. Terry era algo prohibido y delicioso y...

El sonido del timbre se escuchó.

Un momento después, tocaron en la puerta.

Terry casi gruñe. Había dado una orden de no ser molestado.

—Entre.

— Disculpe, señor, ha surgido algo.

Terry tenía bien entrenada a su gente, y entendiendo que era un asunto muy importante, quiso decir dile a Jefferson, pero su amigo había salido. Así que, maldición salió.

— ¿Quién?

—Anthony Broawer Andley. Señor.

Cuando Terry supo de quién se trataba el rostro le cambió de por completo. Dió órdenes para que Candy no saliera de ese lugar. Entonces Terry se dirigió dispuesto a despedir a Anthony

—¿Qué haces aquí? Terry preguntó sin preámbulo.

—No es obvio, vengo a ver a Candy.

—Anthony te advierto, no me hagas enfadar. —La mirada de Terry casi podía matar.

—Ella era mi chica.

Anthony no estaba nada asustado. Él podía hacer cualquier cosa por Candy.

—Era, pero tú no la supiste cuidar.

— Deja que ella decida con quién quiere estar.

—Maldito seas, Terry le lanzó un puñetazo. Anthony al recibir un puñetazo se cabreó también, ambos comenzaron a pelearse. Candy estaba en la habitación. Al escuchar ruidos de muebles. ¿Que estaba pasando?, entonces salió de la habitación. Pero Dorothy la detuvo fuera.

Cuando Candy se libro de Dorothy. Corrió, al ver a Terry peleándose con Anthony, se asustó por completo. Al ver la cara sangrienta de Anthony grito;

—Ya basta.. Pero Anthony y Terry apenas le habían hecho caso, siguieron peleándose. Candy se adelantó, cogió a Anthony y lo puso detrás de ella. Justo cuando Terry iba a lanzar otro puñetazo se paró justo en frente de la cara de Candy. La batalla por fin se terminó, Anthony, detrás de Candy no dijo nada. Terry se quedaba mirándola sin creer lo que veía

¿Estaba protegiendo a Anthony? En su corazón, todavía está Anthony.

Desde el momento en que la había conocido, ella había pasado como una apisonadora por encima de todos sus planes. Él había hecho todo lo que se le había ocurrido por meterla en vereda, pero ella era impredecible. En un momento dado, era apasionada y receptiva y, al momento siguiente, lo paraba en seco. Todavía no estaba seguro de dónde estaba con ella. De hecho, lo único seguro que sabía sobre Candy era que no podía estar seguro de nada. Reflexionó sobre la boda, con una sensación de satisfacción petulante. Había sido perfecto. No habían tenido ni un solo problema hasta ahorita con un tipo demasiado demente, que prefirió a otra, y ahora venía por Candy a quién no supo cuidar, pero Candy lo estaba prefiriendo a pesar de que Anthony la había engañado. Terry cerro sus ojos. Sintiéndose desdichado. Sin embargo. Candy al ver que ambos se tranquilizaron se alejó de Anthony y se acercó a Terry, lo abrazó, miró a Anthony.

—Anthony. necesitabas algo

—Estoy preocupado, Quería verte. Habíamos quedado para desayunar. Anthony explicó de prisa.

Candy recordó la discusión con Terry, y cómo se había sentido.

—Lamento no haberte llamado. Y sintiéndose desdichada. — Me acabo de casar con Terry.

—¿Qué? Él te obligó, no se cómo pero te voy a demostrar que esté tipo no es inocente. Planeó todo, Candy.

—Gracias por tu preocupación, Anthony. Pero por favor, sigue tú camino con Elisa. Ahora tienes la empresa del tío abuelo William. —La voz de Candy era muy fría, no tenía ninguna expresión en su rostro. Pero por dentro el corazón le estaba doliendo. Candy Sabía que entre ellos nunca podría haber nada. Candy jamás rompería un matrimonio. Anthony había hecho su elección, Y, Ella también.

Anthony se sintió triste e impotente. Ahora no podía hacer nada ante esta situación ya que fue él quien rompió en primer lugar su amor. Esta boda le dio tanta pena que a lo mejor no iba a olvidarla durante toda su vida.

Terry entendiendo las palabras de Candy, supo que la verdadera razón por la que ella aceptó ser su esposa había sido por agradecimiento al señor William y no por despecho por Anthony cómo había pensado, y eso le gustó.

La vida tenía que seguir. Después de la boda civil, Candy, Terry, y Jefferson salieron de Nueva York en un avión privado..

Ya en el aeropuerto. Jefferson se despide de Terry.

Candy está dormida. Espero un momento para ver si se despierta ella sola, ahora que el avión se ha detenido. Bajo el resplandor de las luces halógenas del parqueadero, su expresión es serena, etérea: la curva de la mejilla traslúcida, las pestañas largas y oscuras, y ese mechón de pelo ondulado que ha escapado del peinado y se riza bajo la barbilla. No sé si despertarla, pero al final me digo que no puedo dejarla.

—Candy —susurro; su nombre es una oración en mis labios. Siento la tentación de acariciarle la cara, pero me contengo y murmuro su nombre una vez más. Se despierta sobresaltada, con un grito ahogado y los ojos abiertos como platos, mirando con frenesí a su alrededor. Hasta que finalmente se detienen en los míos.

—Eh. Soy yo. Estabas dormida. Ya llegamos Parpadea varias veces y agita las largas pestañas sobre unos ojos verdes expresivos aunque desorientados. Es preciosa. Se frota la cara y echa un vistazo al estacionamiento...

Candy se pone tensa al instante, todo su cuerpo transpira desasosiego.

—Candy, estás a salvo. Me mira como si no acabase de creerlo. Así no vamos a ninguna parte. Le suelto la mano y la agarro por los hombros.

—Candy, ¿qué ocurre? Dímelo, por favor. —Le cambia la expresión y me mira con sus grandes ojos llenos de angustia y desolación—. Por favor —le suplico, viendo cómo el vaho que producimos se entrelaza en medio del aire helado.

—Neil me pegó —susurra.

¡Mierda! La historia voy a oírla aquí, en el estacionamiento aéreo.

Me mira y es como si me viese por primera vez. Clava en mí sus ojos verdes ahora oscuros, llenos de preguntas. Llenos de promesa. Me quedo sin respiración.

¿Qué está pensando?

Baja los ojos hasta mis labios y levanta la cabeza con una clara intención.

—¿Quieres que te bese? —pregunto. Asiente.

Mierda.

Vacilo. Cierra los ojos, ofreciéndose a mí. Y no puedo resistirme. La beso suave y castamente en los labios y ella se deshace contra mí con un gemido. Que despierta mi libido. Yo también gimo, sin apartar la mirada de sus labios separados. No.

Ahora no.

Aquí no.

No después de todo lo que ha atravesado. No en un área de servicio aéreo. La beso en la frente.

—Vamos, vamos a casa. Sorprendido del dominio de mí mismo, la tomo de la mano y la conduzco al interior del Jaguar.

—¿Adónde vamos? —pregunta Candy con la vista al frente.

—A Cornualles.

Aún quedan unas tres horas para llegar.

—Está bastante lejos.

—¿De Londres? Sí.

Siento que quieras descansar, pero te importa acompañarme esta noche.

La primera cena públicamente sería ese día, Por desgracia Terry no podía faltar ya que se trataba de una de las cenas más importantes que los GrandChester patrocinaban.

Terry mirá a Candy.

En mis fantasías, había imaginado que cuando por fin estuviésemos a solas, ella reiría, despreocupada, y me miraría con ojos colmados de adoración. La realidad es muy distinta.

Muy, muy distinta.

Y aun así…

No importa. Quiero estar con ella. Deseo que esté segura. Deseo…

La deseo a ella.

Esa es la verdad.

Tranquilo. Inspiro hondo, tratando de relajarme. Cálmate.

Deseo que me cuente todo por lo que ha pasado. Lo que ha visto. Pero ahora no es el momento de preguntarle.

En el exterior hace frío. Candy se cierra bien el abrigo y el viento helado le zumba en los oídos. Un murmullo lejano se oye con fuerza. Se pregunta qué será. Terry la rodea con un brazo y ella lo interpreta como un gesto para protegerla del frío. Caminan juntos hacia la puerta. Una empleada abre, Y Terry invita a Candy a entrar primero. Unas lucecitas instaladas en el lateral de los escalones de piedra alumbran el camino de descenso a pesar que todavía es de día, hasta un patio pavimentado con el mismo material.

—Por aquí —le indica él, y ella lo sigue por la empinada escalera. Una imponente casa de estilo contemporáneo, iluminada desde abajo por focos en el suelo, se alza ante ellos. Candy queda maravillada por su modernidad: toda de cristal, ascensores y paredes blancas, bañada por la luz. Terry abre la puerta de entrada y la invita a pasar. Los sutiles focos de techo iluminan el espacio de alabastro con su tenue fulgor.

—Esta casa es tuya, Candy

Candy no sabe qué decir ante ese comentario. Esa casa es suya.

—Terry le ofrece una copa y se acerca un poco más a Candy.

—Salud —dicen ambos.

—Mmm... Candy cierra los ojos para degustarlo y da otro sorbo más largo.

—¿Tienes hambre? —pregunta Terry con voz ronca.

—No.

—Debes de estar cansada. Pero Candy no se ha movido del sitio y sigue en el recibidor.

—Recuerda que tienes que estar lista para las 7:30pm. Te llevaré a tu habitación —murmura él, pero ninguno de los dos se mueve. Se quedan mirándose y Candy no logra decidir si se siente aliviada o decepcionada. Quizá está más decepcionada que aliviada, aunque no lo sabe.

—Estás frunciendo el ceño —susurra él—. ¿Por qué? Ella permanece callada, incapaz de hablar, o quizá no quiere decir lo que piensa o siente. Tiene curiosidad. Terry le gusta. Pero no sabe que ella está sucia. No puede tener sexo.

—No te preocupes. Aquí estás a salvo. No voy a tocarte. Bueno, a menos que tú lo desees. —Candy percibe levemente su perfume. Cierra los ojos en un intento de mantener a raya sus emociones.

A Candy se le hace un nudo en la garganta y se muerde el labio superior.

No llores. No llores.

—Te deseo, Candy. Y mucho. Pero deseo que tú también me desees. Creo que tenemos que conocernos mejor antes de llevar esto más allá. Soy consciente de que todo esto es muy repentino —dice Terry. —Y apenas nos conocemos. Pero no voy a presionarte, necesitas un espacio para pensar, reflexionar, conocernos y distanciarnos un poco de todos los horribles acontecimientos que se han producido últimamente en tu vida.

Pero que mierda me pasa.

Terry necesita salirse.

—Descansa un rato. Tengo que ocuparme de algo importante.

Terry sale de la habitación de Candy.

En la confinada habitación gloriosa, Candy Pasea la mirada desde el cuadro hasta la puerta del baño y la magnífica cama. Se deja caer, poco a poco, sobre el suelo. Se rodea el cuerpo con los brazos y rompe a llorar.

Mierda, vaya situación. Y ahora están viviendo juntos.

La deseo. Mucho. Me tiene totalmente cautivado.

Pero en todas mis fantasías, ella comparte ese deseo. Quiero poseerla, sí. Pero la quiero húmeda y entregada, quiero que ella me desee también. Sé que podría seducirla, aunque ahora mismo, si ella dijera que sí, lo haría forzada por las circunstancias.

Terry decide que tiene cosas que hacer. Reúne a los empleados, y da instrucciones.

También tiene que encargarse de Neil Legan. Informaré a Jefferson su paradero. Dudo que haya nada urgente que resolver y estoy seguro de que él se pondrá en contacto conmigo si surge algo.

Después de un par de horas, más animada Candy está en la ducha recordando que tiene una cena con Terry.

—Acompáñeme, señora —Dice Henry el mayordomo—. El señor se reunirá con usted en el piso de abajo. Vaya, se había estropeado su gran entrada. Terry ni siquiera se había dignado a esperarla. Se quedó desilusionada. Bueno, él se lo perdía. Alzó la barbilla, esbozó una sonrisa de falsa seguridad y entró al ascensor. Henry la siguió y apretó el botón para bajar.

—Si me lo permite, señora GrandChester, está usted maravillosa.

—Sí, te lo permito —dijo ella y, en aquella ocasión, sonrió de verdad—. Pero solo si me llamas Candy. Él le devolvió la sonrisa.

—Va a brillar tanto o más que cualquiera de las estrellas de cine de la gala. A ella se le borró la sonrisa de los labios.

—¿Va a haber estrellas de cine?

—Sí, muchas. Todos se han unido por esta causa. Magnífico.

—Eh… ¿Y cuál es esa causa?

—Reunir fondos para niños discapacitados. Eso atrae a todos los grandes nombres del cine. Ella agarró su bolso de fiesta con los diez dedos e intentó concentrarse en que aquello era una buena causa: gastar millones de dólares en una fiesta para sacarles dinero a los artistas para todos esos angelitos. Bien pues ella pensaba hacer gastar a Terry. El ascensor se detuvo y la puerta se abrió.

—Señora —dijo Henry, y salió, ofreciéndole el brazo. Candy no se movió. Miró hacia fuera y vio el vestíbulo, tan grande, tan elegante y tan lejos de casa, y sintió que está no era su vida.

Entonces vió a Terry.

La sonrisa espontánea que esbozó al verla la dejó anonadada y, antes de darse cuenta, estaba frente a él, en el ascensor, mientras las puertas se cerraban a su espalda. Él le tomó ambas manos e hizo que las separara. La miró de pies a cabeza.

—Estás deslumbrante —le dijo. A ella se le aceleró el corazón, pero se encogió de hombros para disimular.

—Tú tampoco estás mal. —Terry se echó a reír con ganas. Sin soltarle la mano, la llevó por el enorme portal hasta la salida y salió a la acera.

Candy esperaba ver la limusina junto al bordillo, pero Terry siguió avanzando hacia un coche distinto. Un coche azul metálico…

—¡Oh, Dios mío! ¡Un Bugatti Veyron!

Candy Conocía de autos gracias a su querido Stear.

—Lo es, sí —respondió él, sonriendo. Candy se acerca lentamente al coche de dos millones de dólares. Él se acercó y le tocó la espalda.

—Creí que iba a gustarte.

Terry no pudo resistirse, y le tomó la barbilla en la palma de la mano. Era tan apasionada, y tan deseable... Y tan preciosa como la porcelana. Le acarició la mejilla con el dedo pulgar.

Después, Terry deslizó la otra mano hacia arriba, tocó la suavidad de la piel de su garganta.

La sujeto así...

Y, entonces, la besó.

Era el beso más suave y tierno. Tan solo cerrando sus labios cálidos sobre los de ella. Le tomó la cara con sus manos fuertes, pero con delicadeza.

Continuará...

Saludos mis queridos lectores. Jillvalentine.x.