CAPÍTULO 6
Terry entrelazó sus dedos con los de Candy, mientras avanzaban. Había una aglomeración de famosos, políticos, y personajes relevantes de la sociedad. Todos ellos con sus mejores galas y joyas. Candy intentó aparentar indiferencia pero sólo lo consiguió hasta que llegó al salón. El lugar estaba engalanado al máximo. Unas columnas altísimas con tapices brillantes y plumas enormes en grandes jarrones. ¡Y, había árboles de verdad! Envueltos en guirnaldas luminosas. Todas las luces eran blancas. Un cuento de hadas hecho realidad. Al entrar Candy y Terry atrajeron todas las miradas. Y, aunque Candy ya se lo esperaba, aún así se encogió sin poder evitarlo. Siempre intentaba no ser el centro de atención, incluso en las mejores circunstancias y aquellas no lo eran. Definitivamente no lo eran.
Sin embargo las personas que se quedaban mirando no eran tan molestas como las que hacían que ella no estaba allí. Por ejemplo;
—¡Oh...Terry! —dijo una mujer con ronroneo. De deleite provenía de una gran belleza —piensa Candy —con una melena castaña, Sin mirar a Candy tomó del brazo a Terry, y lo miró fijamente con unos ojos de color violeta tan intensos que deberían de habérselo realizados de algún modo, como se había realizado también el pecho, pensó maliciosamente Candy.
—Tanto tiempo que no te veía —dijo la mujer y acarició el cuello de la camisa de Terry con una uña de color rojo. Candy ya empezaba a hechar chispas. —No llamas y no escribes —Terry sonrío.
—Karen, estás muy guapa —dijo y tiro de Candy que ya estaba alejándose.
—Candy, querida. Te presento Karen Klase. Los ojos violetas se abrieron mucho mirando a Terry, pero cuando miro a Candy, los abrió aún más y sonrío como si apenas había notado su presencia.
—Karen —dijo Terry tomando a Candy por la cintura y pegandola a su cuerpo. Madre mía, hasta podía sentir..., seguramente era el cinturón y Candy estába imaginando, Candy quiso moverse pero el cavernícola la ensanchó más.
— Karen. Te presento a mi esposa, Candy GrandChester. —Aquella mujer abrió los ojos como platos gigantes. Luego se enfureció, obviamente le había caído mal la noticia, tanto se quedó sin habla. Candy se sintió una mezquina satisfacción, sin embargo, karen tenía talento aparte de belleza y pasó de quejarse con un mohin a convertirse en una mujer fatal que lanzó a Terry una mirada seductora.
—Voy a estar en la ciudad este fin de semana —le dijo en voz baja —por sí te aburres—, después desapareció entre la gente. Candy se sintió de pronto muy pequeña. Terry fingió inocencia. Nuevamente la mangoneo a su antojo, Candy pensó furiosamente que era una muñeca.
—Ven vamos por una copa —dijo, Terry sin soltarla, y atravesaron el salón, deteniendose cada poco a recibir el saludo de antiguas amantes de Terry, de políticos que daban palmadas en la espalda, de millonarios que se acercaban a socializar con él y a coquetear con Candy, de actores famosos que eran amigos de Terry. Todos querían una parte de Terry Grandchester, y todos quedaron muy sorprendidos al comprobar que Terry reservaba la mayor parte de su atención para Candy. Además no había dejado de msngonearla
—Creía que el plan era que todo el mundo pensará que yo me había vuelto loca por ti --le dijo cuando llegaron a la barra y estuvieron a solas. —Entonces a qué viene esa actuación de cavernícola... —Terry enarco las cejas y puso el brazo alrededor de la cintura de Candy, y ella y le clavó dedo en el miembro ofensor. Terry la estrecho todavía más contra su cuerpo y pego su cadera a la de Candy.
—Quién ha dicho que es una actuación —Candy se humedeció los labios que de repente se le habían quedado secos.
—Sí, claro... bueno de todos modos ya has convencido a todo el mundo que te volviste loco por mí. En un momento estará por Twitter.
—Eso no me preocupa en lo más mínimo.
—Pues la preocupación está en todas las mujeres del salón.
—Incluso a ti.
—No porque yo sé que tienes un as en la manga. Él Barman apareció y Terry pidió dos martinis con extra aceitunas. Candy lo fulminó con la mirada.
-—Es que tú detective privado también me ha seguido en el. night club --él se encogió de hombros
-—Puede que sea una casualidad, mi bebida favorita es el Martini.
—-No es posible.
-—Si lo es --respondió él con una sonrisa. Candy tuvo qué contenerse para no sonreír también.
--Eres un tonto.
-—Vaya ya no soy idiota.
-—Una cosa no quita la otra --aparecieron dos copas heladas en la barra y Terry le pasó una de ellas sin soltar la cintura de Candy, después tomó la otra y le ofreció un brindis.
-—Por los coches rápidos y las esposas que les gustan.
-—Por los maridos cavernícolas.
Se echaron a reír y dieron un sorbito a la copa mirándose por encima del borde, el apasionado abrazo que se habían dado en la acera había dejado su marca en el ambiente.
—Debo ir al privado.
—Te llevo.
—Ni hablar.
—Terry volvió a reír, Candy se alejó con una sonrisa, Candy estaba achispada, Demonios debería de controlarse. No quería hacer algo que mañana se iba a arrepentir, pero demonios, estaba pasándoselo muy bien con su esposo. Su esposo, aquel hombre que había llamado de su interés desde la noche del club, ahora era su esposo. Iba contenta hasta que alguien la tomó por un brazo con bastante fuerza ocultándose con Candy. La arrinconó. Candy abrió la boca para gritar pero Neil puso su mano asquerosa en sus labios.
—No he olvidado nada de ti, Candy. No he podido, y creo que no lo haré nunca. Eres mía.
—No soy tuya, tú maldito —Dijo Candy con dificultad.
—¿Sabe ese imbécil de quién eres? Tú qué crees que quiere de ti. Pero lo que no sabe es que vas a pisotear su corazón. — Candy lo miró confundida. Neil parecía hablar solo de si mismo. —Lo vas aplastar como una uva, y nunca podrá olvidarte. No estoy celoso de eso. Él imbécil se lo merece por llevarte de mi lado
— Estás..
—¿Qué. No te das cuenta que solo quiere acostarse con Tigo? Lo lleva escrito en la cara.
Entonces Terry miró a lo lejos y su buen humor disminuyó.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? Antes de que Neil pudiera responder, Terry se acercó a él y le dio un puñetazo en la nariz —No sabes que estás acosando a mi esposa. !¡Imbécil!
Varias personas ya se habían dado cuenta, y Candy se Acercó a Terry. Terry captó el mensaje, y posó la mano en su cintura nuevamente y ella se sintió reconfortada, como Si estuvieran Unidos en algo más que en aquella batalla.
Con mucha discreción y sin que nadie se diera cuenta, incluyendo a Candy. Terry hizo una señal con la cabeza, y uno de sus hombres tomó a Neil y se lo llevó. Terry ya se encargaría más tarde de él.
—Nos vamos ahora mismo dijo y se dirigieron hacia la puerta. Candy esperó hasta que llegaron a la cera para darle un codazo;
-—¿Y eso por qué?
-—Por mangonearme, por eso y ponerte hecho un basilisco allí dentro. Suelta mi hembra. ¿De que va? --le preguntó Candy señalando con el dedo índice --él se quedó asombrado-- Deja esa actitud ridícula de caballero andante, porque sé que también eres un sinvergüenza dijo Candy, y asintió una vez —eres un sinvergüenza, no un héroe. —Aquel comentario hizo sonreír de verdad a Terry.
-—Una cosa no quita la otra.
--Entonces lo admites. Terry la miro con la mandíbula apretada. No quería decirle que su carácter era contradictorio. Terry era muy inteligente para decirlo, él actuaba con la cabeza, sus años de peleas quedaron en el colegio San Pablo. Ahora tenía todos los recursos, sin tener que ensuciar sus manos.
—- Era una simple observación.
--Candy se quedó enfurruñada, y más achispada, tanto que no se dio cuenta que Neil no la afectaba mentalmente, toda su furia era para Terry, mientras el chico del valet parking les llevaba el automóvil hasta la cera. A Terry no pareció molestarle mucho que hicieran un derrape al frenar. Terry sacó unos cuantos billetes de la cartera y se los dio al chico. Pero Candy le lanzó una mirada fulminante al muchacho, después se acercó al coche y abrió la puerta antes de que Terry pudiera hacerlo en su lugar, No, independencia, pensó ni por asomo. Sin embargo, Terry consiguió tomarla del codo antes de que su trasero tocará el cuero del asiento y agitó el brazo.
—Es un codo o un timón. Deja de dirigirme de un sitio a otro. Terry alzó las manos con las palmas extendidas.
-—Pensaba que te gustaría conducir.
-—Aaah... bueno eso sería todo un detalle, es una lástima que no pueda aceptar tu oferta, gracias pero prefiero ir de copiloto.
-—¿Os marchais ya? --preguntó alguien detrás de ellos, acercándose al coche con una mirada astuta. --Justo cuando estabas fraguando la pelea.
-- Candy me a obligado a guardarme eso en el pantalón. Candy debería haber respondido con un gran sarcasmo. Pero se había quedado embobada mirando al artista. Terry se puso entre ellos y le dijo a su interlocutor.
-—¿Que ocurre vuelves a casa con las manos vacías? El artista se encogió de hombros
--Me he desecho de mis admiradoras cuando—e mirado que tal vez te hiciera falta ayuda con él tipo, y por eso ahora tengo que empezar de nuevo --dijo y asomo la cabeza por detrás de Terry para mirar a Candy...
-—Tienes alguna hermana, porque si se parece a ti. Tal vez siente la cabeza. Terry soltó un resoplido y empujó al artista medio en serio, después rodeo el coche y se sentó al volante y dijo por la ventanilla.
-—Considera revocada tu invitación. Después arrancó y aceleró para moverse entre el tráfico. Aquellas horas de la noche la mayoría de los vehículos eran taxis.
—-No se por que te dejas que te afecte, una broma. Terry freno en un semáforo y la miró.
-—Ese tipo es un amigo mío. No sé lo habría pensado dos veces, y hubiera tenido que darle un puñetazo, Tiene la mala costumbre de querer lo que no puede tener.
-—Qué puede querer y no tener, en eso si te equivocas.
-—No me equivoco, Candy. Te desea.
-—Quiero decir que te equivocas al decir que no puede tener. Date la vuelta y te lo demostraré. Terry le dio una mirada peligrosa cuando el semáforo se puso en verde paso de 0 a 102 con cinco segundos y a Candy se le quedó el estómago en el semáforo.
—Eh tú cavernícola, a hora Tigo me da vueltas
Terry tomó en brazos a Candy y la llevó al dormitorio donde ella se había instalado.
—Eh —dijo Candy. Incluso aquella protesta estaba borracha.
—No te preocupes, no voy a aprovecharme de ti en tu estado —le dijo él, y le besó la mejilla desvaída—. Necesitas darte una ducha fría, beber un buen vaso de agua y dormir toda la noche. Abrió la puerta del dormitorio con el pie, la dejó en el baño y abrió el grifo de la ducha.
—Tú date esa ducha, yo voy a buscar el agua y, entre los dos, te acostamos. Él se marchó rápidamente a la cocina, con miedo de dejarla sola demasiado tiempo, sirvió un vaso de agua con hielo y puso algunas pastillas en un tazón. Después, volvió a la habitación antes de que ella saliera de la ducha. Él asomó la cabeza por la puerta del baño.
—¿Necesitas algo? No estaba de más preguntar. Tal vez el agua fría la hubiera revivido y necesitara ayuda para enjabonarse.
—No, gracias —dijo ella. Su voz todavía sonaba débil. El grifo se cerró y, un minuto más tarde, ella salió al dormitorio con un camisón de algodón que le llegaba por la mitad del muslo. A él se le disparó la adrenalina, pero disimuló su lujuria. Ella debía de encontrarse realmente mal para salir así delante de él sin preocuparse. Se fue directamente a la cama. Él apartó la sábana de algodón y vio cómo se le subía el camisón al deslizarse bajo ella. Entonces, se sentó al borde del colchón.
—Bébete el agua —le dijo. Ella se la bebió y se desplomó sobre la almohada. Estaba tan blanca como la sábana.
—¿Tienes hambre? Ella negó con la cabeza, mirando fijamente el ventilador del techo. Él le acarició la frente con una mano y, con la otra, le agarró la muñeca. A ella se le aceleró el pulso bajo su pulgar. Si antes ya le había parecido bella, en aquel momento le parecía impresionante. Sus ojos eran como como el bosque oscuro y llenos de misterio. Sintió una abrumadora necesidad de cuidarla. —Puedo quedarme contigo, preciosa. Esta cama es tan grande que ni siquiera te vas a enterar de que estoy aquí. Eso debería haber provocado una contestación maliciosa, aunque él lo había dicho con sinceridad. Sin embargo, ella se limitó a responder:
—No, gracias, estoy bien. Así que él le dio un beso en la mejilla y le acarició la mandíbula con los nudillos. Y, de mala gana, la dejó a solas.
—Buenas tardes —Terry saludo—. Una mesa para dos.
Terry había llevado a Candy a conocer el pueblo, sus tierras y lo que era de ella ahora. Candy estaba nerviosa. Después de lo qué había pasado el día anterior empezó a ver a Terry de otra manera, y se dio cuenta de que le gustaban los besos que le dió. Talvez era el destino o casualidad pero Candy empezaba a gustarle su vida, y ahora empezó a imaginar su futuro.
¿Pero que pasaría si Terry quería tener intimidad? Decidió no pensar en eso, Quizás no habría por qué llegar a ese punto.
Serás tonta, que no te has dado cuenta, si ya te besó el primer día, ¿que crees que hará el Segundo?
No.
—Sol les preparará algo enseguida —Candy se sintió contraída. Las palabras del dueño, la despertaron de sus pensamientos
—¿Sol?
Mierda. Terry no parecía seguro de quedarse y Candy lo miró.
—Sí, ahora trabaja aquí. — Volvió a decir el dueño
Mierda. Terry mirá a Candy de reojo y la ve ligeramente desconcertada.
—¿Estás segura de que tienes hambre?
—Sí —contesta Candy más curioso que Segura. El dueño del restaurante, mira a Candy con evidente deleite.
—¿Y para la dama? Dice él hombre, sin apartar los ojos de Candy.
—¿Qué quieres de beber? —
Le pregunto, y la colocó apartada del viejo... Candy lleva la melena suelta. Tiene las mejillas sonrosadas por el frío. Está hermosa. Y es mía.
—Una Coca-Cola —contesta Candy.
Sol aparece con su cara demacrada de pocos amigos y el pelo bien peinado hacia atrás y mí humor desaparece de golpe.
Vaya, sí que está resentida.
—¿Ya saben qué van a pedir? —pregunta, lanzándome una mirada asesina—. El pescado es el plato del día. Hace que suene como un insulto. Candy frunce el ceño, pero ya entendió que pasaba allí, más claro, imposible, para disimular sus celos le echa un vistazo al menú.
— Pescado, gracias —digo e, irritado, ladeo la cabeza, desafiando a Sol a que haga algún comentario.
—Para mí también —indica Candy.
—Dos pasteles de pescado. ¿Vino?
—Yo ya tengo suficiente con la cerveza.
—¿Candy? Sol se vuelve hacia mí adorable esposa .
—¿Y tú? —le espeta.
—Con la Coca-Cola estoy bien. Gracias
—Gracias, Sol —le gruño a modo de aviso y me lanza una mirada poco amable.
—Mierda —mascullo entre dientes mientras la veo alejarse en dirección a la cocina. Candy observa mi reacción con interés.
—La cosa viene de hace años —me explico, tirando del cuello del saco, azorado.
—¿El qué? Candy pregunta inocentemente.
—Lo de Sol y yo.
—Ah —musita Candy con tono indiferente, pero más enojada.
—Sol, es historia pasada.
Tú eres mi presente.
-—Háblame de tu infancia. —pido, tratando de cambiar de tema por todos los medios.
A Candy le brillaban las Esmeraldas cuando le contó de su infancia, pero no quiso hablar de su adolescencia, y Terry Pensó que era por Anthony. No quería que nada arruinara lo que tenía planeado, así que cambio toda la conversación.
— ¿Nerviosa?
—¿Es que parece que estoy nerviosa? —preguntó Candy, y se echó la melena rubia hacia atrás fingiendo que sentía indiferencia.
—Más bien, me parece que te has sobresaltado con facilidad.
Terry se propuso llevar a Candy a su isla, y Candy no supo si eso era bueno o malo. Aquel avión era el purgatorio, pero el lugar iba a ser el infierno.
Terry señaló un archipiélago en forma de coma que había al este. Candy Miro que la mayoría de las islas estaban cubiertas de una vegetación muy densa en toda su extensión. La más grande de todas tenía una casa en un extremo, una pista de aterrizaje en el otro, y una extensa pradera salpicada de…
—¿Son ovejas?
—Um… sí. Y caballos —dijo Terry, señalándole un pequeño rebaño—. Y cabras. Gallinas. Un Rancho en una isla, Que emocionante Pensó Candy. —Lo que quieras allí hay. La ventanilla era pequeña, y ambos tenían juntas las cabezas. Terry le estaba rozando la oreja con la barba incipiente de su mejilla.
—Me encanta tu olor, Candy. Candy giro, y ¡Plaf! quedaron sus labios encima de la boca de Terry. Y obviamente él no desaprovechó.
El sol estaba en el punto más intenso bajo un cielo despejado y azul, cuando llegaron a la pradera. Terry dejó a Candy esperando a la sombra de los árboles mientras salía al claro iluminado, moviéndose lentamente, tocando la hierba alta con los dedos. Los caballos sintieron inmediatamente su presencia. Teodora alzó la cabeza y abrió las ventanas de la nariz. Echó a andar hacia él, pero se detuvo al percibir el olor de otro ser humano. Había aprendido de la peor manera posible a ser cautelosa. Pero la atracción de Terry era muy fuerte. Él chasqueó la lengua y ella le respondió con un relincho, y se acercó.
Candy los vio acercarse con el corazón en la garganta. Era impresionante, como la escena de una película. El guerrero que volvía de la batalla con el pecho descubierto, a lomos de su orgulloso corcel, ambos bañados por la luz dorada del sol.
Su cuerpo se movía en sincronía con el del caballo, como si compartieran la mente. Recorrieron la pradera al galope. Alzó los brazos Candy sentía como si estuviera montada en la montaña rusa, completamente confiada en que Terry iba a mantenerla a salvo. Sabía que él la cuidaría siempre. Era extraño como cambian las primeras impresiones.
Candy sintió un calor nuevo, brillante y no era por el sol, Se atrevió y soltó las manos de las crines del caballo y se dejó llevar. Intentó alcanzar el cielo mientras el viento chocaba contra su pecho. En su interior, empezó a formarse una risa temeraria que se le salió por la boca, más feliz que una canción, más salvaje. Era una alegría pura. Era increíble.
Y lo cambió todo.
—Oh, Dios mío, oh, Dios mío —decía Candy, que no podía parar de hablar de ello—. Ha sido increíble. Agarró a Terry con una mano.
—¿Cómo lo hacéis? ¿Cómo habéis conseguido que me acepten así, que me adoren?Estaba verdaderamente maravillada, casi atemorizada.
. Terry Tiene mano con los animales. Siempre ha sido así. Para Candy, aquello era algo más que «tener mano». Era místico. Después de galopar durante varios kilómetros, habían vuelto a la pradera caminando, con los caballos a su alrededor, como si ellos también formaran parte de la manada. El negro, llamado Royal King, no dejaba de darle golpecitos a Terry como si fueran amigos del colegio. La yegua blanca, llamada Teodora, le metía la nariz en el bolsillo. Y los demás, muchos caballos, todos ellos, se empujaban los unos a los otros intentando llegar a él.
—Debes de estar muy orgulloso —le dijo Candy a Terry, con una sonrisa resplandeciente—. Cambiaste su vida. Les diste una vida nueva y completa.
La mayoría de los animales habían sido rescatados de un maltrato inhumano.
En aquel momento, él se había echado a reír con incredulidad. Sin embargo, después de años comenzó trabajando en la industria, tenía millones en el banco, Era dueño de una cadena de cine e iba a rodar tres películas pronto y llevar todo lo que implicaba ser Duque y un ducado.. No iba a quejarse, porque otras muchas personas no tenían nada. Además, no cambiaría lo que había hecho.
Continuará...
