Hola. Había varios horrores en mi ortografía por eso quité el CAP. Espero no haber dejado muchos. Saludos. JillValentine.x.

CAPÍTULO 8.

Terry estaba un poco preocupado, Candy se estába tardando más tiempo del necesario en el baño. Terry decide que tiene que asegurarse que todo esté bien con su esposa. No tenía más que andar unos cuantos pasos para llegar a su baño privado.

Terry se sorprende mucho al ver que la puerta estaba un poco entreabierta, con mucha delicadeza y tacto abrió despacio la puerta y asomó un poco la cabeza— para darse con la imagen de Candy en el suelo oliendo una de sus camisas.

Huele tan bien...

—Candy, ¿por qué estás en el suelo? —dice Terry frunciendo el ceño. Terry se dio cuenta de que Candy estaba ruborizada. El calor emanaba de su piel en ondas, y le removía la sangre como una llamada de apareamiento. A Terry se le oscurecieron los ojos zafiros, tanto, que casi se le volvieron negros, y hizo al animal que llevaba dentro rugiera con furia.

Candy se sobresalta, y abre los ojos como platos, Candy se da cuenta que aún sostiene la camisa de Terry entre sus manos.

¿Acaso me he quedado dormida?

Candy se enderezó sobre sus rodillas. Un poco espantada. Había tenido un sueño.

¿Qué le pasaba a su cuerpo. Candy estaba desconcertada.

«Mucha imaginación, Candy»,

Candy se reprendió a sí misma. Empezaba a ponerse paranoica con su florida imaginación. Preocupada por haber metido la pata, otra vez en tan corto tiempo, Candy sintió un frío gélido recorriéndole la nuca. Resultaba fácil olvidarse de que estaba en un matrimonio negociado, un contrato, y un modo de supervivencia. Todo eso desaparecía cada que Terry se encontraba cerca.

¿Qué te sucede, Candy?

No lo sé, mí mente está imaginando cosas extrañas, tampoco sé por que mi cuerpo está tan inquieto. Lo que sí sé es que mi atracción por Terry está pasando a convertirse en algo más intenso.

¿Amor?

Oh no...

Terry sigue con los ojos puestos sobre su edposa, Está esperando una explicación, entre divertido y excitado.

Verla así es muy tentador.

Candy no sabe que decirle a Terry.

Soy una Cabeza dura.

Candy siente que las mejillas le arden. Terry está apunto de decir algo, pero. Mira de reojo a Candy— que está haciendo gestos y muecas extrañas.

Está nerviosa. Esto último podría traducirse en un principio de verborrea. Tenía ganas de escuchar todos sus comentarios dichos como si estuviese dictando una carta de urgencia. Empezaba a gustarle el humor irónico de su esposa.

Voy a fingir que no la encontré oliendo mi ropa. Me siento eufórico, si estaba con mi camisa eso significa algo bueno. ¿Verdad?

Pero lo qué si hizo Terry— fue ofrecerle su mano con galantería. De algo tenía que servir los años en los mejores colegios.

Las pestañas largas y oscuras de Candy se —sacuden un par de veces, mientras Terry le extiende su mano con mucha seguridad. Candy dio un respingo cuando sus dedos tocaron los dedos de Terry.

Si hubo entre ambos el reconocimiento de una sensación parecida a una descarga eléctrica, en el instante en que sus dedos se tocaron, no lo dieron a notar.

—Gracias. Terry le da una de sus sonrisas bonitas. Candy siente a su corazón bailando dentro de su pecho.

Candy no había esperado que la súbita atracción qué sintió la primera vez que vio a Terry en el Metal 5th, Fuera a ir aumentando. Era cierto que sí le gustaba el modo de molestarlo a propósito —tan solo para observar la reacción que él podría tener— la hacía sentirse un poco más reconfortada y a la vez cercana.

Candy empiezas a perder la cabeza.

Solo a pasado poco más de una semana, Demonios.

Candy —se enfada con ella misma. Más vale que no. Por el bien de ambos. Además, Candy —ha experimentado en carne propia la horrible sensación de ser traicionada.

El recuerdo de aquella etapa tan triste de su vida la hizo reaccionar y quitarse toda la bobería que llevaba en la cabeza en lo referente a su esposo.

Sí. Era cierto que es un hombre por el que cualquier mujer daría todo para tenerlo a su lado. Inspiraba respeto, causaba suspiros con su sonrisa, y tenía una vena viril que lograba desconcentrar a Candy con facilidad, aunque nada se comparaba con su inteligencia, así como su historia de éxito que sin duda lo envuelve siendo tan joven. Además estaba el aroma masculino mezclado con la colonia personal, y sumada a la apariencia despreocupada, empezaba a causarle nervios a Candy.

-—Deberíamos dormir -—dice Terry para tranquilizar el nerviosismo de su bonita esposa—Son las tres de la mañana

-- Si. Es muy tarde. Buenas noches —Candy se mete debajo de las sábanas y cierra los ojos.

Intenta Dormir.

Cuando Candy se despertó, unas horas después, él le estaba sujetando la mano. O, más bien, había conseguido deslizar la palma debajo de su mano, que estaba apoyada en el colchón. Ella no podía denominarlo «una molestia», pero era un tipo de tortura, porque Terry estaba resultando ser muy dulce. Guapísimo y dulce era una combinación letal. Sin embargo, en aquel momento era completamente inofensivo, porque estaba dormido. Por primera vez, Candy— podía observarlo tranquilamente.

Candy —ya estaba angustiada. ¿Cómo iba a soportar el resto de días? Se iba a convertir en una eternidad.

—Hola, preciosa. ¿Te gusta lo que ves? Por supuesto, Terry la había sorprendido devorándolo con la mirada. Candy disimuló estirándose y pestañeando como si acabara de abrir los ojos, como si se hubiera despertado mirando su rostro por casualidad y no se hubiera dado cuenta de nada. Terry— sonrió burlonamente. No se lo creía. Demonios— ¿cómo era posible que se sintiera tan atraída? Terry era un un hombre provocador. Entonces, Terry la atrapó con su mirada azul. Al ver su rostro y su pelo revuelto de la siesta, Candy tuvo que dejar de engañarse. La verdad era que los dioses, en su inmensa sabiduría, habían elegido a uno de entre ellos y lo habían enviado a este mundo. Y Candy estaba tan subyugada como el resto de las mujeres del mundo mortal. Aquiles, o Zeus, o fuera quien fuera, para disimular, Candy —se enroscó uno de sus mechones de pelo rubio en el dedo meñique y sé lo apartó con delicadeza de la mejilla. Candy no era consiente de todo lo que ese simple gesto despertaba en Terry.

Aquella era una escena doméstica única, y Terry sintió una calidez inesperada en el pecho. Un deseo abrumador de proteger y defender. Una avalancha de afecto, no solo por él mismo, sino también por Candy. ¿Qué demonios pasaba? Él entendía la lujuria. Era algo cotidiano que le provocaban diferentes mujeres con diferente intensidad. Cierto era que Candy había llegado a otro nivel, pero, al final, era una mujer con la que quería acostarse. Eso lo convertía todo en algo familiar. Por otra parte, aquella sensación confusa que le envolvía el corazón estaba exiliada.

Mierda. Otra vez.

—¿Qué ocurre? —preguntó Candy, mirándolo con extrañeza.

«Todo. Eso es lo que ocurre».

—Nada, nada. Vamos preciosa que hoy tenemos un día increíble —dijo Terry.

—No debería. Acabo de recuperarme de mi noche de sueños..

—Entonces, es el momento perfecto.

Parecía que no era consciente de su propio atractivo, pero, para Candy, fue como si le prendieran fuego con una antorcha. ¡Seis días! Se cernían ante ella como el fuego del infierno.

Después del desayuno y vestirse adecuada. Candy y Terry salieron a pasear a la isla. Candy se preguntó que podrían hacer en una isla.

El agua brillaba como un diamante. Las olas rompían en la arena blanca de una playa en forma de media luna. En la curva de la cala había una casa con un jardín lleno de flores, con varios porches y una piscina tan grande que pareciera olímpica. Toda la parcela estaba rodeada de palmeras por tres costados y por el mar en el cuarto. Candy se quita los zapatos y corre como niña.

—Es un paraíso —dijo con un gritó, Candy.

—Exacto.

Sin recordar que no llevaba zapatos, los pies de Candy se hundieron en la tierra y ella cayó de espaldas; se golpeó el codo, y la corriente de dolor ascendió por su brazo.

—¡Ay!

Terry rápidamente se acercó corriendo. Terry inspeccionó con la mirada los tobillos de Candy primero uno consuma concentración. Cuando se a seguro de que el tobillo derecho estuviera sano y salvo, Fue al otro. Candy enrojeció de vergüenza.

—Estoy bien —dijo, de malos modos. Zafó su pie de la mirada de Terry.

—¿Te has torcido algo? —preguntó Terry. Se puso de rodillas y le rodeó los tobillos con las manos.

—¡No! —exclamó Candy, y tiró de uno de los pies para zafarse, tan rápido que termino golpeando el tobillo contra una palmera—. ¡Ay!

Terry miró hacia arriba como si quisiera asegurarse de que ella no había perdido la cabeza, y el hecho de que tuviera los ojos entrecerrados hacía que parecieran aún más bellos. El sol hacía brillar sus mechones más castaños e intensificaba el de su barba incipiente. Y su ceño fruncido era tan increíblemente atractivo como su sonrisa de lado. No era raro que Candy estuviera a punto de perder la cabeza. Estaba empezando a ver con claridad la magnitud de su error. Entonces, él se incorporó y, de repente, ella tenía la cabeza inclinada hacia atrás para poder mirarlo. Él le tomó el codo dolorido en la palma de la mano.

—No tienes por qué estar nerviosa.

—No estoy nerviosa —respondió ella.

Terry dejó de obsesionarse con sentimientos desconocidos de felicidad doméstica y volvió a lo básico: darse un buen revolcón con Candy. Pero era su esposa. Cierto era que no era por voluntad propia. Candy era su esposa por qué la había acorralado. La miró a los ojos decidido a no flakear.

—Bueno, pues no sé cómo estarás, pero será mejor que te calmes. Tengo botiquín en casa,

No había tiempo que perder. Candy tenía que ir a su habitación, encerrarse y permanecer allí, alimentándose de las tres barritas energéticas que llevaba en el bolso, hasta que volvieran en el avión y la alejara de la tentación.

¿Y dónde sería ese lugar, Candy? Claro lo había olvidado, Candy no podía alejarse del pecado.

Terry sacó un vino de la nevera, lo descorchó y lo sirvió. Ella se rindió sin oponer resistencia. Dio un sorbito y arrugó la nariz al sentir las burbujas.

—Me avergüenza admitirlo, pero me resultaría fácil beber alcohol con todas las comidas. Entonces, su mirada se deslizó por el rostro de Terry. Candy se ruborizó como si se sintiera culpable.

—Son tus vacaciones, cariño, puedes permitirte todo tipo de disipación. Yo estoy encantado de poder ayudarte.

—Yo no diría así.

—¿Tú humor es por tú Anthony? Es verdad. No olvidas que te ha roto el corazón?

Se le escapan esas palabras a Terry en un momento de debilidad.

La historia no debía de ser así porque. En aquel momento, Candy se preguntó qué habría sucedido si ella no hubiera ido a buscar a Anthony. ¿Estarían casados? ¿Serían felices? Nunca lo sabría, porque a la hora de la verdad, Anthony se casó con Elisa.

En vez de responder, ella dejó su copa en la encimera y empezó a dibujar círculos en la condensación del cristal.

—Yo no diría que me rompieron el corazón. Más bien, fue una decepción. Terry echó la cabeza hacia atrás y esperó las palabras que terminarían con su hogar doméstico. Pero gira la Cabeza y se topa con las pupilas de los ojos Verde intenso que se dilatan y lo cautivan. —No voy a negar qué Anthony es una persona muy especial para mí —Terry aprieta los puños.

Lo que tengo que oír. Mierda.

—Pero, No por lo que crees Terry mira a los ojos de Candy y alza una ceja—.Cómo imaginó, ya sabes qué soy adoptada. Terry sonrió, Candy sacudió la cabeza. —El punto es que Gracias a Anthony, Stear, y Archie. Deje de ser la acompañante de Elisa. Terry ya conocía la historia, toda la historia. Eso fue uno de los motivos que lo empujaron a tomar a Candy como su esposa. Candy es distinta de cualquier otra que hubiera tenido a su lado, pero conquistarla estaba tardando mucho más tiempo de lo que había creído. Terry quería resolver el misterio de Candy.

Se quedaron en silencio cada uno con sus pensamientos, después y al mismo tiempo sus mirada se encontraron y atraídos por la fuerza del universo sus labios se iban acercando.

Entonces y sin darse cuenta, estaban besándose como si la vida se fuera en ese gesto, Candy comprendió que le era imposible resistirse, los labios de Terry eran adictos, y su lengua. Dios mío, era la gloria.

El tiempo parecía no existir. Hasta que la respiración comenzaba a faltar y poco a poco fueron regresando de la luna. Pero Candy y Terry siguieron con las miradas sin alejarse

Mierda. Las curvas de su cuerpo me volvieron loco el primer día que la Vi, pero verla así ahora.

Terry lamió su labio inferior mientras observa el cuerpo de Candy, Con Tal fuerza que casi podía saborear el dulzor de su piel con solo mirarla.

Ella dio un paso atrás, guiada por la última neurona funcional que había en su cerebro.

—No… no puedo.

—Sí puedes —dijo él, y acortó la distancia.

—No puedo —replicó ella, con más firmeza—. Acabo de conocerte, y yo...

—Nena, esto no tiene nada de malo. No tengas miedo, iré con cuidado.

—Es qué... yo... no... —Terry silencia sus palabras con sus labios. —Te voy a cuidar, siempre voy a ver por tu bien—dijo Terry, con convicción.

Candy sintió dolor, porque ella se estaba enamorando de Terry. Cerró los ojos por temor a que él percibiera su consternación y malinterpretara el motivo. ¿Por qué no podía ser fácil todo aquello? ¿Por qué tenía que haber aquel feo secreto entre ellos? No podía contarle la verdad.

Pero, eso no es todo, ¿verdad, Candy?

No. Terry solo me desea, me quiere tener en su cama, él me quiere cuidar, pero no hay amor

—¿Candy me deseas, ¿no? Ella se quedó callada. Aquello aplacó a Terry ligeramente, aunque su mirada seguía siendo penetrante.

—No sé si te deseo. Nunca había sentido tantas cosas en mi cuerpo. Pero yo no...

—Entonces, ¿qué ocurre? En vez de responder, escondió la nariz en el cuello de Terry Y a él se le encogió el corazón como si fuera una pasa.

—Yo… — titubeó—. Yo estoy sucia.

Sucia.

Terry no entiende.

Candy se queda inmóvil.

Lo había dicho.

—¿Quieres bañarte?

Candy Está furiosa, y al mismo tiempo sintió alivio. No está preparada para abrir la caja de Pandora y dejar salir todo lo que guarda. Cubrió sus sentimientos y saco la fuerza para enfrentar a Terry.

—Lo digo en serio, . Puede que con seis días ya seamos viejos amigos. Yo me hago amiga de los demás fácilmente y, por muy tentada que esté, no me siento cómoda para tener relaciones con un hombre que acabó de conocer. Aquello detuvo en seco a Terry. Frunció el ceño con desconcierto.

—¿No te sientes cómoda conmigo?

—Pese a lo que pueda parecer, no lo se. Pero, por si te sirve de consuelo, nunca me he besado después de las primeras cuarenta y ocho horas, tampoco había besado a un hombre, No he llegado hasta este punto, no conscientemente. Así pues, eres único. Además somos muy diferentes.

—¿En qué sentido? ¿Qué es lo que encuentras diferente?

De qué mierda está hablando.

—A ti. A mí. Todo —dijo Candy, pero no parecía segura de sus palabras al respecto.

—¿Y en qué sentido somos diferentes? No te entiendo. Sé que me deseas, Es por que eres muy tradicional. Nena, no tienes que sentirte culpable, Eres mí esposa.

Aquello no le sirvió de ayuda. De hecho, Candy se zafó de él y se sentó en la orilla de la cama. Él no la entendía. En su opinión, estaba siendo una noche mágica. Había empezado a pensar que todo era perfecto. Estaba verdaderamente embobado con ella. Intentó mantener un tono ligero.

—Estás enfadada conmigo. Candy lo mira desconcertada.

Es tu aportunidad Candy. Dilo.

Bajo aquella presión, Terry se había dado cuenta de algo que, seguramente, ya estaba claro para la mayoría de la gente: que el sentimiento de responsabilidad por la situación de la familia Andley, la había llevado a elegir un matrimonio que no quería y, más aún, la había obligado a aceptarlo como un trabajo que iba contra todas sus convicciones.

Mierda.

Mierda.

Te rindes así tan fácil. ¿Acaso no fue ella el motivo por el que tiraste al garete todos tus planes? Por una esposa comprada.

Demonios, tengo derecho, había querido llegar al corazón de Candy. Y olvidé la razón por la qué ella está conmigo.

Para ella, era una revelación que tenía el poder de cambiar. Sin embargo, para Terry no iba a significar nada. No solo eso, sino que había un lado oscuro, un recuerdo y estaba en el centro de la más profunda de sus heridas. ¿Cómo iba Terry a amarla, si su propio sentimiento lo tenía agarrado por la garganta? Si intentaba decírselo en aquel momento, su mundo caería en un saco roto. Él solo era capaz de ver el deseo, que era real e innegable. Vería a una mujer como cualquier otra. Vería al enemigo. Vería a una mujer fácil que se había vendido a cambio de dinero. Candy Sabía que lo ocurrido con Neil, no era su culpa. Pero nunca iba a poder convencerlo de todo eso. Lo más duro de todo era que no se podía convencer a nadie. Ni las explicaciones lógicas, ni la comprensión, ni el sentido común, podían debilitar a la realidad cuando ya Neil había clavado sus colmillos y sus garras. Solo una crisis podía conseguir eso; algo como un tsunami emocional que lo arrastrara todo a su paso, que abriera el paisaje y aclarara los límites de las vistas. Neil había dejado daños irreparables, la seguridad en sí misma.

Candy no tengas miedo. Dilo

Terry no quería que se perdiera el momento que tanto deseaba, por qué Terry la deseaba, ya no podía esperar, al fin y acabó, esa otra razón por la que se casó con ella, tal vez una de muchas, bueno eso. También por qué ya era un hombre hecho y derecho. Así pues mientras Candy lo miraba asustada. Una mirada que Terry ignoró por qué no quería que Candy se saliera con la suya. Terry se acercó y mientras depositaba un reguero de besos por su hombro, después, al accidentado camino Terry sigue bajando. Candy había permanecido en silencio, y él trataba de que Candy no se enfriará, la quería caliente y húmeda.

—No, no esto —dijo Candy, Jadeando, y lo dejó asombrado al acariciarle la mejilla, tiernamente, con los nudillos. Terry le tomó la mano y se la besó y, después, la apretó contra su corazón.

Una caricia de Candy, y te olvidaste de todo.

—¿Qué te ha pasado, nena? ¿He dicho algo que te haya molestado?

Acabo de mandar todo a la mierda.

Candy empezó a llorar como una niña. Y, una vez más, se lo recriminó todo a sí misma. ¿Por qué había aceptado? ¿Por qué había ido a la isla? ¿Y por qué seguía postergado su confesión a Terry? La respuesta estaba clara: porque, a cada disyuntiva, había elegido el camino más fácil. Tal vez fuera el sentimiento de sentirse responsable lo que la había empujado a tomar aquel camino al principio, pero, una vez en él, en vez de enfrentarse a sus miedos y a los actos, había tomado el camino más fácil. Era la historia de su vida: Durante años, había hecho lo que otros querían porque era más fácil que elegir su propio camino y hacer las cosas por sí misma. Sin embargo, ¿cómo iban a respetarla, y cómo iba a respetarse ella a sí misma? Sí no enfrentaba y aceptaba que no había sido su culpa. Lo más triste era que Candy no dedicaba trabajo a conseguirlo. Por eso no podía entregarse a Terry. Después de darse cuenta de que lo deseaba, después de haber conseguido abrir sus sentimientos, no estaba haciendo el trabajo necesario para conservarlo. En vez de echarle arrestos y decirle la verdad, lo había pospuesto una y otra vez, con la esperanza de encontrar una salida fácil. Y en aquel momento, seguía haciendo lo mismo: esconderse en si misna. Acobardarse como una niña que se escondía en un armario durante una tormenta, en vez de enfrentarse al desastre en que Neil había convertido su vida. Había tocado fondo. Nadie podía ayudarla. No había una solución fácil. Tenía dos opciones: o quedarse parada lamentándose durante los siguientes cincuenta años, o hablar y pensar qué iba a hacer durante el resto de su vida. Por qué de algo estaba segura , Cuando Terry lo supiera dejaría de importarle.

Candy apretó sus labios. Su dolor era profundo y, sin duda, la culpabilidad y la vergüenza alimentaban su mutismo. Porque, por mucho que ella no tuviera la culpa, era obvio que Candy se culpaba mucho más a sí misma...

Era hora de parar aquella locura. Y lo haría. Sin embargo, antes se concedió un momento para empaparse del hombre más sexy del universo. Su pecho, su barba incipiente, sus manos todopoderosas. La felicidad cálida que se estaba extendiendo por todo su cuerpo.

La situacion era tan frustrante para Candy como para Terry. Tal vez, cuando hubiera salido a la luz toda la verdad, pudieran empezar de nuevo.

—Nena. Estoy aquí. Te lo digo en serio. .

Oh, cuánto deseaba Candy poder creerlo. Lo deseaba con toda el alma. Su corazón, el mismo corazón que había dejado de latir, latía en aquel momento como un émbolo. Cada fibra de su cuerpo se volvia loca y deseosa para llegar a Terry, para abrazarlo contra su pecho, para absorberlo a través de la piel y meterlo por sus venas. Candy tenía que marcharse de allí antes de cometer más tonterías; como tener relaciones sexuales con un hombre que solo deseaba su cuerpo.

—No me conoces de verdad, Terry.

—Te conozco lo suficiente. Sé que estabas enfadada con el matrimonio, pero cambiaste de actitud. Terry pensaba que la entendía.

Y, sin embargo, por muy horrible y vergonzoso que hubiera sido todo, tenía que concederle un mérito a Terry: lo que había hecho había servido para sacar a la luz los verdaderos sentimientos de él para con Candy.

Solo me quiere en su cama.

Entonces, se entrometió un mosquito que empezó a zumbar alrededor de su oreja, molesto e insistente, Terry miró a su alrededor, pero el mosquito no estaba en la habitación. Era un avión que estaba sobrevolando su isla. Terry apartó de golpe a Candy que se tambalea y cae sobre la cama pero se levanta de un salto al ver el gesto de Terry.

—¿Qué ocurre? —preguntó Candy, desde el otro lado de la cama.

—Alguien está sobrevolando mi isla —contesto Terry.

No se había comprado una isla para que cualquier imbécil pudiera entretenerse viendo sexo en Vivo. Bueno no había tanto así, pero para allá iban. Salió por la puerta. Candy lo siguió, completamente alerta, por el pasillo. el perro los alcanzó.

—Vuelve dentro —le gruñó Terry. Si era un paparazzi, no iban a poner fotos de su mujer en Internet. Aquel día, no. Abrió mucho los ojos y buscó el avión. Cuando lo vio, se quedó perplejo.

—Es mi avión. A Candy se le calmo el corazón. Él se fue corriendo hacia la pista, y ella lo siguió, junto al perro, incluso los patos y unas gallinas. Todos fueron juntos hacia la pista de aterrizaje.

—Vaya —dijo Candy, agarrándose al salpicadero.

—Lo siento, pero esto no puede ser nada bueno. Pocas personas saben de éste sitio. No hay ningún motivo para que nadie venga aquí al menos que haya ocurrido algo grave.

—Oh, Dios… El avión ya había tomado tierra cuando llegaron a la pista. Jefferson estaba esperando por las escalerillas.

—Jefferson, ¿qué ocurre? —preguntó Terry, acercándose antes de que su amigo tocara la pista. Entonces, Candy Vio a Jefferson en la portezuela del avión vestido con un traje negro. Tenía una expresión adusta.

—Todo con las tierras y negocios está bien —dijo Jefferson que le había leído el pensamiento. A Terry le temblaron las piernas de alivio. No era un hombre que sé fijará en el dinero, ni mucho menos era un alzado, pero Miles de familias dependían de él. Se agarró a la barandilla con una mano y, con la otra, a Candy. Cualquier excusa era buena para tocarla. Candy se colocó bajo su brazo para darle su apoyo.

—Pensé que…

—Lo sé, y lo siento mucho. Ojalá pudiera haberte llamado, pero es mejor así. Terry se rehízo y respiró profundamente.

—Está bien, ¿cuál es el problema? ¿Qué haces aquí?

—Hay una cosa que tienes que saber —dijo Jefferson, y miró a Candy—. Es personal. Terry soltó un resoplido.

—Es mi esposa.

—Lo sé, pero esto es muy importante... Me disculpo, Candy.

Candy se giro y se fue desconcertada. Terry miró mal a Jefferson.

—Terry. Ella regresó.

—¿Qué? Terry no entendía. ¿De que estaba hablando su amigo? Apenas hubo pensado esto. Terry abrió los ojos como platos. Terry empezó a sentir dudas. Negó con la cabeza, lentamente. —No.

—Terry —le dijo Jefferson, tomándolo del hombro—Sabes que no habría venido si no estuviera completamente seguro. Ya lo ha comprobado todo.

Le habría permitido que se explicara. Pero no la quería, o no la habría dejado tirada como un trapo. Tal vez hubiera empezado con mal pie su relación con Terry, pero, Candy había actuado correctamente. Terry no podía decir lo mismo. Candy se seco las lágrimas con el dorso de la mano, alzó la barbilla y los hombros y avivó la ira que había quedado bajo la tristeza. Aquellas eran las primeras y serían las últimas lágrimas que derramaba por su esposo. Estaba mejor sin él.

Continuará...