CAPÍTULO 14.
Le interesaba mucho Andley Inc. Terrence GrandChester —se estaba pensando seriamente quedarse con la empresa. No venderla como muchos de los socios habían temido al principio, sino apoderarse al completo de ella, y todos sabían que ellos ya no tenían la solvencia económica para enfrentarse a esa lucha, así tuviera que intervenir la justicia para ayudarlos. Lo perturbador era pensar que alguien pudiese comprar al completo una empresa como la Andley Inc, que estaba avaluada en varios cientos de millones de dólares.
Anthony Brower Andley, se pasaba las noches buscando una salida.
Al menos que el desgraciado lo estuviera haciendo por venganza. Candy era la heredera del abuelo William, si yo tomé el control de la empresa, fue por decisión de la tía Abuela Elroy, ella no acepta qué Candy es una Andley.
Por supuesto el sol no se tapa con un dedo. La familia Andley ya estaba enterada de lo que había hecho Candy. Al verse la empresa envuelta en una situación difícil, los rumores llegan a las familias como el correo postal. Obviamente la tía Abuela, Elroy estaba Bastante molesta, e incluso había puesto a un detective privado para encontrar a Candy, y cuando la tuviera. La insensata, iba a lamentar el haber puesto a la familia en una situación tan vergonzosa.
—Pero Terrence GrandChester. ¿Puede hacer eso? –preguntó Elisa a Anthony, Elisa estaba blanca como el papel —. ¿Es legal?
—Sí, puede. Hay un contrato donde la tía Elroy le dio absoluto poder a GrandChester. Nosotros tratamos de liberarnos en unos pocos meses. Pero no tenemos el dinero para pagarle el monto, por qué todo el dinero está invertido en accionistas menores, y sus ganacias no darán resultados antes de que Andley Inc se pierda, como para podernos desligar de la corporación GrandChester, y Terrence GrandChester lo sabe.
—¡Se está vengando! –Exclamó Elisa dando vueltas por la sala de su bonita mansión—. Y todos aquí sabemos por qué.
—Por favor Elisa, puedes dejar a Candy fuera de todo esto.
—¿Porqué? Grito Elisa -- Candy es la culpable y, ¿porqué sigues defendiéndola?. Yo soy tu esposa. Te casaste conmigo y a quién tienes que dar razón. Anthony no contesto, estaba cansado de lo mismo.
¿Qué vi en ti, Elisa?
A la mañana siguiente cuando Anthony se presentó en la empresa Andley Inc, Antony se entero que había una junta de emergencia, lo cual era extraño, porque él no había citado a nadie. Los socios estaban esperando. Así que se dirigió a la sala de juntas, para ver quién y que era lo que estaba pasando. Solo esperaba que fuera GrandChester, porque Anthony tenía ganas de partirle la cara.
Cuándo Anthony entro y vio a Candy, sentada en la silla presidencial, Anthony casi se cae de la emoción. Candy estaba tan bonita. No, Candy era bonita, pero ahora le parecía ver a un Ángel, Estaba más cambiada, más mujer, más deseable. Más diferente, Pero cuando vio su rostro, hermoso. Anthony sintió un dolor en el pecho. Qué estupidez haberla perdido. Pero Anthony se sorprendió mucho al ver algo diferente en la mirada de Candy. Una determinación, Candy transmitía seguridad en si misma, era más dura, ya no tenía nada de inocencia, ni de sumisa. Ahora esa mirada decía mucho y parecía no tener piedad.
Candy no le dio tiempo de hablar a Anthony y tomó el sartén por el mango.
Candy Presentó su plan. Anthony estaba impresionado.
¿Quién es esta mujer?
Candy daba órdenes, sugería estrategias, sacaba de debajo de la manga ideas que a los más conservadores les ponía los pelos de punta, pero que a la larga, empezarian a proyectar ganancias. Al fin.
William se sintió orgulloso por su hija. Nunca imaginó que Candy tomara la ofensiva frente a la mesa directiva; casi había esperado verla usar sus encantos y sutilmente rogarles. No, ella había sido una aplanadora pasando por encima de cada uno de los hombres que seguramente se encontraron allí sentados, y que ahora se cuestionaban lo sensato de su decisión.
Terry estaba enloqueciendo. A su alrededor no hacía sino escuchar los cuchicheos de quienes habían sabido de su relación con la heredera de los Andley, y no se preocupaban por ocultar sus conjeturas. Todos intuían, en voz alta, claro, que el extraño comportamiento de la heredera de William, de desaparecer poco después de que se había casado con Terry GrandChester, había sido por qué este estaba manteniendo una relación con Savanna Stale; una mujer de quién no se sabía nada.
Savanna se aprovechó de esa situación, haciéndose la inofensiva y desamparada, consiguiendo que Terry le pusiera protección y una casa privada de los GrandChester, en América. Dónde Terry se había instalado recientemente.
Terry atravesó la puerta de su oficina como un tornado que destruía todo a su paso. Hablaba por su teléfono móvil y estudiaba documentos al tiempo. Jefferson no había mentido. Anthony se había ido con toda a los juzgados. Aunque sabía que tenía el caso perdido, él estaba apostando más por el lado del escándalo. Si lo conseguía, y todo el mundo empezaba a pensar que Terry era desleal en sus negocios y cambiaba las reglas de juego a su beneficio en cuanto quería, su imagen se vería seriamente afectada. Terry había conseguido con tanto esfuerzo en esos años una reputación y un prestigio.
—¡No me importan las excusas! Quiero que demuestres que en todo momento ellos estaban sobre aviso, y que su empresa no se iba a poder sostener en pie si los dejaba solos. ¡Técnicamente la Andley Inc me pertenece desde el momento en que ellos me firmaron ese papel, usen ese maldito recurso! –gritó a alguno de sus abogados. No vio a Jefferson que se colaba en la oficina y lo escuchaba vociferar hasta que casi lo tuvo enfrente.
—Maldita sea, Jefferson.
—Problemas, —contestó Jefferson, esforzándose por no decir te lo dije.
—No dejaré que gane, Anthony tiene la ayuda de alguien. Y, ¿ Quiero saber quién es?
—Que harás cuando lo sepas.
—Lo compraré, lo pondré de mi lado... Le diré qué... —Terry se detuvo. —¿Tú sabes quién está ayudando a Anthony Andley?
—Si.
—¿Quién es? Quiero su nombre, su dirección, el número de su móvil.
—No creo que te guste mucho saberlo
—Me importa una mierda si es un enemigo mío, siempre puedo convencerlos para que me apoyen aunque me odien.
—Pero no creo que esta vez puedas.
—¿Por que? Es uno de mis peores enemigos.
—No.
—Entonces.
—Pues...
—¡Joder! Jefferson déjate de tonterías y dime de una maldita ves ¿quién es?
—Bueno... Es una mujer que tiene mucho poder.
—Más que yo.
—Creo que ella tiene más apoyo, incluyendo el apoyo de tus enemigos. Eso la convierte en alguien más poderosa que tú.
—¡Ya déjate de andar con guarrerías y dime de una maldita ves quién es! Terry estaba a punto de soltar un puñetazo
—Candice Andley.
— ¿ Candice? --Terry, frunció el ceño--. No he oído hablar de... Terry no terminó, negó con la cabeza.
—Es Ella...
— Ahora se llama Candice Andley con todos los papeles oficiales y legales.
—¿De que mierda hablas? —Terry no entiende nada,
— Candy
Candy, Candy su esposa, llamándose Candice.
—Candy no tiene el poder, ni el dinero para hacer eso.
Ni siquiera con dinero podría.
—Su tutor le está dando ese privilegio.
—¿William Andley?
—Si, Terry. Él es quién a protegido a Candy Todo Esté tiempo. Por eso no era fácil dar con ella.
Habian pasado dos días desde que Candy visito Nueva York. Candy no habia podido regresar el mismo dia con William, por que la situación con la Andley Inc, era complicada, pero Candy pudo lograr que el juez le extendiera un mes, ya no se trataba de dinero, por que Candy habia saldado la deuda, todo quedaba en manos de Terry. Qué aceptara el dinero y se retirara para siempre de la Andley Inc, Que ya tenía nueva dueña. Candy sabía que Terry iría a buscarla seguramente hecho un demonio, por eso Candy salió de Nueva York después de conseguir la orden del juez. Tal vez Terry la odiaría más, pero a Candy no le importaba, Para Candy su prioridad era estar junto a su padre. Y allí estaba. Nada mas entrar, Candy se sorprendió, La casa parecía un mercado, cuando su padre era el hombre más ordenado del mundo. A pesar de tener el dinero, Candy y William solo tenían una empleada. Pero ahora la casa tenía todo desordenado. Sin duda su padre no estaba bien, e intentando quitarle protagonismo a la situación dentro del miedo que sentía, bromeó:
—Una de dos, o llevas de fiesta loca tres días, o por aquí ha pasado un tornado.
William miró a su alrededor. Su casa era un desastre.
—Anna, la chica de la limpieza no ha venido estos días por que tiene un poco de gripe y... William guardo silencio, Candy vio que no estaba bien y empezó a preocuparse.
--Papá ¿Te sientes mal?
--Pasé muy mala noche y no me apetecía recoger nada —se disculpó.
—¿Qué ocurre, Papá? —preguntó Candy preocupada. Mentirle a su hija era una tontería, por lo que respondió con sinceridad.
—No me encuentro bien, los análisis no son nada buenos. De nuevo, el corazón de Candy se encogió. Era inevitable, al oír aquello, Candy hizo una llamada para que tuvieran el automóvil listo, y llamo al doctor para decirle que iban a su consultorio. La enfermedad de William le impedía ser atendido en su propia casa.
Horas después, mientras Candy esperaba en la área de espera del doctor Stuart, coincidio allí con un niño. El niño jugaba con un cochecito, cogió confianza, por encima de las zapatillas de Candy.
—No molestes, Jimi —dijo una mujer cariñosamente al niño. La abuela pensó Candy, y observó al niño. Tenía unos preciosos ojos cafe, con unas pestañas increíblemente tupidas.
—Descuide —indicó Candy con una sonrisa—. No molesta. Este angelito sólo juega. En ese momento se abrió la puerta de la consulta, salieron unas emfermeras y la enfermera llamó;
—Campeón, ¿vienes tú solo o quieres que venga abuelita también? El modo en que le hablaba le dio entender a Candy que ya lo conocían. El niño no se movió, y la abuela se puso en pie y preguntó:
—¿Quieres que vaya contigo, mi amor?
El niño miro a Candy, y decidido se levantó del suelo. Se guardó el cochecito en el bolsillo del pantalón vaquero que llevaba y, dándole la mano a la joven enfermera, que sonreía, respondió mirando a Candy:
—No, abuela. Ya soy mayor y no voy a llorar. Espérame aquí.
—Así me gusta —exclamó la enfermera—. ¡Todo un campeón! Dentro de unos minutos lo tendrá aquí de vuelta para que lo vea el doctor. La mirada de la anciana era triste cuando asintió. Cuando el niño desapareció por el pasillo de mano de la enfermera, la mujer se sacó un pañuelo del bolso y se secó varias lágrimas que habían comenzado a correrle por las mejillas. Candy se preguntaba si acaso ¿El niño esta enfermo? Y, sin poder remediarlo, Candy preguntó:
—¿Está usted bien, señora? La mujer asintió y, tragándose el nudo de emociones, murmuró:
—Sí, sí. Es sólo que, cada vez que vengo aquí a hacerle pruebas y veo lo mayor que se está haciendo mi niño, me emociono al sentir la valentía con que se agarra a la vida. Candy cogió las manos de la mujer para infundirle valor, mientras añadía con cariño:
—Sin duda es muy valiente.
—No le queda otra —afirmó la anciana—. Mi pequeño lleva la mitad de su vida sometiéndose quimioterapia.
—¿El pequeño tiene cancer? —preguntó Candy horrorizada. La mujer volvió a secarse los ojos con su pañuelo.
—Le comenzó cuando tenia cuatro años. Su revelación la dejó sin habla a Candy. Pobre niño. Pobre abuela. Pobre familia. Candy se levantó y la abrazó con cariño. La mujer se lo permitió.
Conmovida por la problemática de la familia y del niño, Candy sacó una tarjeta personalizada y se la tendió a la mujer.
—Tome mi tarjeta. Para cualquier cosa que necesiten, por favor, por favor, le ruego que me llamen. La mujer la cogió justo cuando el doctor salio y llamo a Candy.
Dentro del consultorio William sentado en una silla le sonrió a su hija al verla entrar. A Candy no le dio buen presentimiento.
En silencio, el médico examinó los papeles. Los comparó con los últimos que tenía y, mirando a Candy, dijo:
—William, se tiene que quedar ingresado.
—¡¿Qué?! —preguntó Candy exaltada.
—Su carga viral es alta y sus células están débiless. Además, la pérdida de peso es preocupante
William asintió y, cabizbajo, entrelazó las manos con Candy y murmuró:
—Siempre he sabido que, tarde o temprano, el cancer destrozaría mi cuerpo, y por desgracia el momento ha llegado.
No, no podía estar ocurriendo lo que Candy llevaba esperando en silencio. William estaba bien; ¿por qué había tenido que cambiar?
Cuatro horas mas tarde, cuando se llevaron a William para hacerle unas pruebas, Candy se dirige a la cafetería. Desde que apareció William, Candy no se habia sentido sola, pero ahora mismo deseaba tener los brazos de Terry.
Lágrimas bajaron inevitablemente por las mejillas de Candy.
Cuando regresó al cuarto donde ahora estaba William Candy trataba de no llorar y para concegirlo se puso a Contarle a William las aventuras que hizo en su niñez.
Sin embargo William no se la estaba poniendo fácil.
Durante un par de minutos, ninguno de los dos dijo nada. La realidad era la que era, y no podían luchar por cambiarla. Pero Candy, incapaz de seguir viendo el gesto derrotado de su padre, cogió fuerzas
—Nada ni nadie te va a privar de hacer todo lo que quieras.
—¡¿Qué?! Candy asintió. Seguramente era una locura lo que le iba a proponer, pero dijo:
—Vamos a hacer una lista de deseos. ¿Qué te parece? William la miró. La positividad de su hija lo llenó de energía.
—¿Quieres que hagamos una lista?
—Sí. Una lista de deseos. William sonrió.
—Esta bien, ya me entraron ganas.
Lista de mi papá;
• Hacer una fiesta.
• Cambiar de estilo el pelo.
• Hacer algo extremo.
• Salvar una vida.
• Asistir a un concierto de Rock en español.
• Gritar en una montaña.
• Ver a Candy sonreír todo el tiempo.
Conociendo a Candy, William vería cumplidos todos sus deseos.
Después de diez días de estar ingresado en el hospital, el estado de William mejoró. La medicación, aunque dura e invasiva, lo estaba ayudando, y el médico decidió darle el alta.
—Debéis regresar a la consulta en dos dias —indicó mientras caminaban hacia el ascensor.
—Allí estaremos, doctor —afirmó Candy.
Las siguientes semanas estuvieron llenas de mucha actividad. Candy se quedó con su padre para estar pendiente de cada cosa que sucediera. Evitar los recuerdos del pasado que el estar allí le producía era ya una tontería, Candy se las había arreglado para hacer unos nuevos recuerdos con su padre, en el sitio del que estaba segura. jamás en la vida volverían a vivir. Entretanto el tiempo de conciliación dado por la juez se había vencido, era hora de actuar, y la mera expectativa la llenaba de desasosiego. Los abogados contratados por Candy para defender Andley Inc, no eran cualquier cosa, y estaban escarbando en el pasado de Terry cualquier prueba que lo hiciera quedar como un bárbaro desleal y aprovechado, pero no encontraron nada que lo hicieran quedar como un traidor.
El ataque de ira que Terry tuvo espantó hasta al mundo entero , Su secretaria que creía haberlo visto en su peor estado desde que trabajaba con él, se puso a Temblar. Terry vociferaba y maldecía a Candy, y los únicos que tuvieron la presencia de ánimo para aguantar su histeria fueron los abogados, y Jefferson.
Ah... lo olvidaba, y su secretaria. Terry les pagaba demasiado bien como para irse sin llevarse algún bonus extra. Terry estaba al borde de hacer temblar la tierra. Candy no había intentado contactarlo, tal como se lo había dicho Jefferson, En ese momento lo que Terry quería era tener a Candy y gritarle.
¿Es eso lo que quieres hacer Terry?
Si
¿Estas completamente seguro, Terry?
No.
Lo que mas deseo es verla.
Olvidar los malos momentos seria bueno, ¿No crees Terry?
Nunca.
Terry no iba a perder, y no sólo porque era su esposa, y lo que le daba para no destruirla, aun asi, Terry no iba a perder simplemente porque se trataba de Candy.
Sí Terrence GrandChester supiera lo que enfrentaba Candy en ese momento. No le alcanzaría la historia para pedirle perdón.
Continuara...
