La razón de todo
Sumario: A veces, Albus siente que sólo ha estado cometiendo errores desde el verano de 1899. Pero todos estos "errores" tienen una razón.
Género: Romance. Hurt/confort.
Claves: Grindeldore (Gellert Grindelwald x Albus Dumbledore). Algo de angst, pero más de fluff.
Disclaimer: Si HP o AFYDE fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
1899
Llovía el día en que enterraron a Kendra Dumbledore. Como nuevo cabecilla de la familia y el único mayor de edad de sus tres hijos, Albus permanecía de pie junto a la tumba que era rellenada deprisa. El ataúd yacía ahí abajo, perdiéndose a metros del suelo, y sin paraguas ni otro tipo de protección frente al agua, el cabello que le caía por el rostro apenas le permitía verlo.
Si uno de los arranques de Ariana mató a su propia madre, nadie podía saber el destino que les esperaba a Aberforth o a él en esa casa maldita.
Cuando la tumba estuvo rellenada por completo, una mano intentó ponerse en su hombro. Albus se sacudió para sacárselo de encima.
—Albus, por favor…
Elphias sólo adoptó una expresión triste cuando intentó cubrirlo con su paraguas y Albus se apartó más. La siguiente vez, le dio un manotazo y el artículo salió disparado hacia el suelo. Entonces él también se mojó.
—Siento mucho lo de tu madre, Albus —Elphias procuró ser el razonable entre los dos. Se agachó, recogió el paraguas, y se lo ofreció de nuevo. Al notar que Albus no tenía la más mínima intención de tomarlo, se cubrió a sí mismo para no quedar más empapado—. Ahora no se ve bien, pero- pero te prometo que…
Albus deslizó la varita fuera de su manga con un movimiento sutil que no habría atraído ni siquiera los ojos de un mago observador. Gesticuló con los labios y el barro a los pies de Elphias se solidificó.
Lo dejó allí, en medio de la lluvia, en el cementerio y frente a la tumba de su madre, para que soltase esas estúpidas promesas vacías a la lápida. A él no le servían de nada.
Caminó hasta su casa, varita en mano, con la sangre hirviéndole. Estaba silenciosa, sin una sola luz. Cualquier otro pensaría que incluso se encontraba vacía.
Albus cerró la puerta sin cuidado y subió a su habitación. No buscó a sus hermanos. No les avisó que su madre ya había sido enterrada. No se aplicó un tonto hechizo de secado.
Sólo cuando estuvo dentro de su cuarto, arrojó un hechizo de barrera al lugar, y respiró profundo.
Al exhalar, lanzó la varita contra el suelo con fuerza suficiente para astillar una madera común.
Fue sólo el comienzo.
Recogió las preciosas figuras de cristal de Hogwarts que su madre le regaló de niño y las tiró hacia la pared, una a una. El sonido del vidrio rompiéndose casi opacaba del todo su respiración errática, los fragmentos llenaron el suelo. Cuando se acabaron, gritó y fue hacia el mapa encima de su escritorio, en la pared. Lo rasgó al intentar arrancarlo, rompió en tiras los pedazos que ya tenía entre las manos, y los dispersó por el cuarto.
No era suficiente.
Nada sería suficiente nunca.
Separó la cortina de su dosel de las bases de la cama, la dividió en trozos, la pisoteó. Tiró abajo los libros que con tanto esmero solía organizar por temáticas en su estante. Las escasas fotografías familiares fueron a parar al suelo, junto con la lámpara mágica del cielo nocturno, sus esquemas de los planes de viaje, sus boletos de barco, más mapas.
Se metió a su vestidor y arrastró el baúl preparado que tenía desde que regresó a casa de Hogwarts. No, desde antes. La mayor parte de la ropa allí fue adquirida y acomodada en las vacaciones de diciembre, cuando comenzaron sus planes con Elphias.
Planes arruinados porque alguien había asesinado a su madre en su casa, y ahora tenía a dos menores de edad que se supone que iba a cuidar.
¿Quién decidió eso?
¿Quién pensó que Albus podría cuidarlos?
Abrió el baúl y empezó a sacar la ropa. Rompía costuras, lanzaba lejos, arrugaba, destrozaba. Su habitación quedó convertida en un caos de vidrio roto, trozos de papel y tela.
Halló la varita casi por casualidad mientras se arrastraba sobre manos y rodillas por el piso. Se había cortado con uno de los fragmentos de cristal, pero no podía sentir el dolor. Tenía la vista tan nublada que no reconoció la pieza, hasta tenerla en la palma.
El grito que soltó provenía desde lo más profundo y ascendió todo el camino desde su pecho a la garganta. Arrojó un hechizo de fuego a su alrededor.
Por suerte, la distracción, la falta de coordinación, y el hecho de que no fuese uno de los encantamientos más fuertes que conocía, causaron que el fuego consumiese algunos papeles y se apagase sin provocar ningún daño. O lo habría lamentado en serio, incluso más que cuando quemó las cortinas de su habitación en Hogwarts.
Cuando se percató de que tampoco funcionaba, sólo dejó que la varita se deslizase fuera de su mano. Sentado, flexionó las rodillas hacia el pecho, y al doblar los brazos también, notó al fin la sangre en su otra palma.
Por un rato, no hizo más que observar ese manchón rojo a través de las lágrimas.
Apretó los labios, en vano. Tras un momento, terminó elevando la voz de nuevo, quejándose consigo mismo, maldiciendo a cualquiera, incluyéndose.
Su madre podría haberse quedado afuera del cuarto de Ariana. ¿Cuántos ataques había tenido ya en esos años? No debió ser nada. No debió acabar así.
Podría haber esperado.
Podría haberlo intentado después.
Si su padre no hubiese perseguido a unos estúpidos niños muggles en busca de venganza, él podría haber estado ahí para frenarla. Él podría haber estado ahí en el entierro. Él podría haber estado ahí para cuidarlos después.
O habría muerto él y se habría quedado ella.
¿Cuál era la diferencia?
¿Y si hubiese sido en otro momento?
¿Y si ya hubiese estado dando la vuelta al mundo con Dogy?
¿Habría regresado?
Intentó imaginar un escenario en que recibía una carta de Aberforth, a mitad de su verano en Italia, en Francia, en España, donde fuese, dándole las malas noticias. Y sólo deseó tener una carta real para quemarla.
Se mantuvo de esa manera durante largas horas. Gritaba, se sacudía, se tiraba del cabello. Se ponía de pie, rompía otra de sus pertenencias, veía el desastre que era su cuarto. Andaba en círculos, se peinaba, se limpiaba el rostro con su ropa, y se decía que estaba bien; ahí, poco después, volvía a empezar.
Todo para terminar hecho un ovillo en el frío suelo, en medio de cristales rotos y tela inútil. En cierto punto, ni siquiera estuvo seguro de si lo que sentía era rabia, frustración, dolor, o una curiosa mezcla de esos tres.
Las lágrimas pararon y ya no hubo más. Estaba drenado, agotado. Incluso moverse representaba un horrible esfuerzo.
¿Y para qué?
Esa era la pregunta que se repetía en su mente, de mil formas.
¿Para qué?
¿Qué vas a hacer, Albus?
¿Cómo iba a saberlo?
Seguía tendido en medio de su desastre cuando tocaron a su puerta. Dos toques suaves. No podía ser Aberforth; a él le gustaba dar a entender que pensaba tirar abajo la puerta si no abría.
Cuando los toques se repitieron, Albus se dio cuenta de que Ariana no se marcharía. Era una niña, había visto morir a su madre, y fue su magia la que la asesinó. Todavía gritaba de horror cuando sus hermanos llegaron. Debería apiadarse de ella.
Consiguió energía para levantarse. Empujó artículos rotos con un pie y trastabilló hacia la puerta. Puede que también se hubiese clavado algo de vidrio en un talón.
La barrera reconoció su tacto y se desvaneció. Él abrió la puerta lo justo para poder ver a medias a Ariana.
Ella temblaba, con ambas manos frente a sí.
—Aberforth intentó hacer la cena —musitó, sin verlo a los ojos—, casi lo quemó todo…
Se calló al fijarse en la sangre seca en la mano de Albus. Hizo ademán de sostenerle la muñeca, pero la imagen de su madre inerte en el suelo regresó a sus cabezas a tiempo; Albus se apartó y la misma Ariana retrocedió un paso, con los brazos cerca de sí.
Volvió a agachar la cabeza.
—Yo sólo…
—Dile que ya voy a bajar para prepararles algo —indicó él. No le sorprendió lo ronca que tenía la voz, ni lo mucho que le dolía la garganta—. Mañana le enseñaré unos hechizos de cocina que usaba nuestra madre, él puede hacer magia libremente dentro de la casa.
Ariana asintió, despacio. Albus cerró la puerta antes de que pudiese decir cualquier otra cosa.
Observó su habitación con ojos más claros e indiferentes. Necesitaría su varita para reordenar todo eso.
La pregunta seguía repitiéndose en su cabeza.
¿Qué vas a hacer, Albus?
—0—
Bathilda Bagshot era el equivalente a su Merlín salvador. En su primer día "solos", la bruja apareció frente a su puerta con una buena cantidad de comida que no necesitaba más que ser guardada bajo encantamientos de conservación y devorada después. Albus podría haber pasado una semana sin cocinar para los tres y no les faltaría nada.
Le ofreció té sin pensar y se dio cuenta de que ya no tenían cuando quiso prepararle un poco. Realmente le hubiese gustado sólo golpear su cabeza con una pared y quedarse ahí.
Las compras, Albus, pensó. Ahora tienes que hacer las malditas compras. No hay comida si nadie la compra. Lo mismo aplica al té.
¿Eso no quería decir que tendría que ir al banco?
Le dolía la cabeza sólo de pensar en todas las explicaciones que tendría que dar a los duendes.
Bathilda encontró su comportamiento más enternecedor que extraño. Lo hizo sentarse frente a ella y mantuvo las manos de Albus entre las dos suyas. Ariana estaba en su cuarto y Aberforth seguramente estaría gruñéndole a los recetarios mágicos de su madre.
—Sé que es difícil adaptarse a las nuevas circunstancias, mi niño —Ella le daba palmaditas al dorso de su mano al hablar—, pero también sé que tú podrás hacerlo.
Sí. Qué alentador.
Sólo que Albus no quería adaptarse.
No quería vivir así. Había visto a su madre vivir así. Había visto lo que era cuidar de alguien como Ariana.
—Puedes ir a casa o enviarme una lechuza siempre que necesites ayuda —aclaró la bruja, con dulzura—, mi red flu estará abierta y conectada a esta para cualquier emergencia. Mi sobrino llegó justo hoy y puede que sea un poco- ah —De pronto, sonrió—. ¡Eso es!
Albus sospechaba que esa mujer se llevaba tan bien con su madre, porque eran igual de distraídas. De cierto modo, al verla, no tenía la impresión de que Kendra Dumbledore estuviese enterrada cerca de ahí.
—Tu madre me hablaba de la vuelta al mundo que ibas a dar y de los programas a los que ibas a entrar después- esto te parecerá de mala suerte ahora, mi niño. Pero la mala suerte no existe para los magos —puntualizó, más entusiasmada por algo que sólo ella era capaz de entender—. Deberías venir a visitarme más tarde, ¿a la hora del té te parece bien? Aberforth y Ariana la pasan de maravilla en el jardín, pero tú…tú tienes que conocerlo.
—¿Disculpe? —Albus se sentía un poco desorientado con respecto al rumbo de esa conversación—. ¿A quién tengo que conocer, señora Bagshot?
Bathilda resopló.
—¡A mi sobrino, por supuesto! Es un muchacho encantador, Albus, para de mirarme así- es justo lo que necesitas ahora, alguien de tu edad para hablar de…de lo que sea que se hable a tu edad —Agitó una mano en el aire y arrugó el entrecejo—. Oh, qué vieja me siento.
Luego meneó la cabeza repetidas veces.
—Gellert es excepcional, Albus, te prometo que no lamentarás retrasar un poco tus planes cuando estés charlando con él. ¡Incluso a mí me ha hecho olvidar que tengo que transcribir unos datos sobre la liberación de los goblins, con su plática! La mala suerte no existe para los magos —repitió, con aires de conocedora.
Así, a la hora del té, se aseguró de que Ariana estaba tranquila en el patio, hablando con Aberforth, y lo más peligroso a su disposición eran un par de semillas. Y se dirigió hacia la casa de Bathilda Bagshot.
Si su sobrino se parecía en algo a ella, Albus podía esperar lo que fuese.
La bruja ya tenía una mesa preparada cuando llegó. Un mantel con tréboles bordados, bocadillos de pan y galletas, una tetera cubierta por un hechizo de calor, todo en medio de un jardín rodeado por arbustos más altos que ellos, para mantener una disimulada distancia de los habitantes no mágicos de Godric's Hollow. Después de lo de Ariana, cualquier precaución debía ser poco.
—Oh, Albus, Gelly Belly está por...por…—Echó varios vistazos alrededor, frunciendo el ceño.
—¿Gelly Belly? —La voz de Albus era apenas un murmullo. Bathilda se rio.
—¡Sí! Es que la última vez que estuve cerca de Gelly, él era un pequeñito de siete años, y estábamos a mitad del Yule, ¡comió tanto que…!
—Estoy seguro de que hay mejores anécdotas para contarle a alguien que todavía no me conoce, tía.
La respuesta provenía de la puerta a sus espaldas, lo que significaba que el dueño acababa de salir de la casa, o de llegar desde afuera. Su tía titubeó un instante, pero luego sonrió, y colocó una mano en el hombro de Albus, instándolo a girarse.
—Albus, Gelly- Gellert —Bathilda soltó otra risita y se cubrió la boca a medias con una mano—. Cariño, este es Albus. ¿Recuerdas lo que hablamos sobre él…?
El chico que se aproximaba llevaba dos libros en una mano y caminaba como si el jardín fuese suyo. Albus se fijó en sus ojos y no pudo apartar la mirada. El derecho era de un claro azul, y el izquierdo de un negro abismal, creando un contraste llamativo. Mágico.
Gellert se detuvo justo frente a él y lo vio de pies a cabeza. Su sonrisa se torcía hacia la derecha.
—Por la manera en que mi tía habla de ti, podría haber pensado que tenías unos sesenta años —confesó, tapándose a medias el rostro con los libros en su mano.
La bruja empezó a refunfuñar enseguida.
—¡Te dije que Albus era un muchacho, Gelly, un jovencito!
—Tía —La risa de Gellert era clara—, llamas "muchacho" a cualquiera menor de ochenta años. Hace unos días, dijiste que el "jovencito" de los Gideon te envió una carta, ¡el sujeto tiene cuarenta!
—Los cuarenta son el comienzo de la vida adulta de cualquier mago, Gelly…
Gellert rodó los ojos, de un modo que daba a entender que no era la primera vez que hablaban del tema. Bathilda agitó las manos en el aire y prácticamente los empujó hacia la mesa que había preparado. Mientras servía el té para los tres, Albus notó que el chico le acercaba uno de los libros que tenía consigo.
Lo reconoció por los colores de la portada, incluso antes de leer el título.
—Estoy un poco mayor para cuentos infantiles —murmuró, no queriendo sonar descortés. La última vez que había abierto una copia de Los cuentos de Beedle El Bardo era menor que Ariana.
Gellert lo ignoró con maestría, bebió del té, y recibió un pellizco en la mejilla de parte de su tía.
—Díselo bien o no te va a entender, Gelly —advirtió Bathilda, sentándose en medio de ambos. Juntó varios bocadillos en un platito de porcelana para sí misma y se distrajo comiéndolos.
—Es un regalo —explicó Gellert, con cierto fastidio en el tono, por tener que ponerlo en palabras en lugar de divertirse viendo su desconcierto—, se lo traje a cierto chico con quien me iba a encontrar aquí.
—Entonces deberías dárselo a él.
Sólo después de decirlo, se percató de lo que en verdad sucedía. Gellert tenía los ojos de diferente color puestos en él, y Bathilda lucía más que satisfecha, a pesar de que su té siempre tenía un sabor más amargo de lo que correspondía.
Albus arrugó el entrecejo.
—Ese chico…
Gellert apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la palma de su mano, ignorando por completo cualquier norma de etiqueta.
—No sabía que te llamabas "Albus" —aclaró, más bajo. Lo observaba distinto ahora, como si buscase algo en él, una señal, un tipo de confirmación que nadie más podría entender—, nunca me lo dijiste.
Albus decidió ver a la bruja, expectante. Al notar que aguardaba una explicación, ella saltó en su asiento y soltó un "¡ah!".
—Sí, cierto, cierto- Albus, querido, Gellert tiene un...don —Meneó la cabeza—. A veces dice cosas extrañas sobre el futuro, y cree que siempre tiene la razón.
—¿Cuándo me he equivocado? —Gellert arqueó las cejas. Su tía volvió a negar.
—No te equivocas, cariño, pero tampoco puedes decir que estuvieses seguro de que aparecería el chico con que estabas soñando.
Albus decidió parar esa plática ahí. Le quedaba claro que continuarían y resultaría en un enredo.
—¿Así que piensas que ves el futuro? —indagó, luego de un sorbo a su té demasiado amargo. Ni el azúcar lo mejoraba—. ¿Como un vidente?
—No lo pienso —Gellert le respondió con calma—, sé que lo hago. Y no me equivoco.
El débil resoplido de Albus lo hizo fruncir el ceño.
—¿Qué, Albus?
Qué maleducado, llamándolo por su nombre apenas se conocían.(1)
—No creo en los videntes —alegó él, sin alterarse.
—Oh, Gelly tomará eso como un desafío —Bathilda observó su platito de porcelana y luego a la mesa. Se había comido todo mientras los oía—. Debí traer más bocadillos. Esperen aquí.
Se marchó enseguida, abriendo la marcha de un par de platos flotantes que iban por los bocadillos.
Gellert flexionó ambos brazos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
—¿Sabes que no creer que un piano podría matarte si cae sobre tu cabeza, no quiere decir que sobrevivirás si lo hace?
Albus entendía el punto, así que bebió otro poco de té, y aprovechó que la señora Bagshot tarareaba en la cocina. Así solía usar magia; melodías en lugar de hechizos. También se inclinó hacia adelante.
—Si viniese hacia mí, bastaría con utilizar un encantamiento de levitación, o sólo Aparecerme en otra parte, a unos metros tal vez.
Gellert parecía encantado con la respuesta, por alguna razón que él no podía comprender.
Cuando Bathilda regresó, estaban a mitad de una ardua discusión sobre situaciones hipotéticas.
—Por supuesto que si dices que a "alguien" le caerá —insistía Albus—, y dos personas estamos paradas una junto a la otra, eso no quiere decir que nos va a caer a ambos.
—Pero le caerá a uno de los dos.
—No si me Aparezco con la otra persona también.
—Si lograras intervenir en la forma de ser de las cosas, salvando a la otra persona al mismo tiempo que a ti, el resultado no cambiaría, sólo lo retrasarías. Entonces, en lugar de morir por el golpe, sufrirías una despartición, o te Aparecerías en el punto incorrecto, o podría alguno tener un-
—Pero entonces eso invalidaría tu predicción sobre el piano, ya que no fue lo que le cayó a alguien.
—La predicción no es sólo el piano, Albus, también es su esencia, es el hecho de que, entre estas dos personas, una va a…
Bathilda colocó los bocadillos sobre la mesa y se sentó. Sus ojos pasaban de un asiento al otro, como si se encontrase entre el público de un partido de tenis. En cierto punto, incluso comenzó a dejar escapar leves "oh", "tiene razón", y dar una palmadita a manera de aplauso discreto.
—Si el destino es algo tan preciso —replicó Albus—, ¿para qué tomamos decisiones? ¿O puedes prever las decisiones que alguien tomará?
—La adivinación no afecta la voluntad de una persona, sólo acarrea una secuencia de eventos que lleva a dicha persona a la posición en que sucede esto. No es una cuestión de querer o no, o de…
La discusión no terminaría pronto.
—0—
Bathilda lo despidió con una sonrisa y colocando una caja con pastelillos en sus brazos, para Ariana y Aberforth. Dio un pequeño salto y se giró, atendiendo al lenguaje inaudible de una de sus escobas encantadas, que estaba al revés y agitaba las cerdas de la parte inferior hacia ella, en un claro gesto para pedirle que se acercase.
Acudió al llamado, dejando a Albus frente a su puerta, y a Gellert bajo el marco. Este último puso el libro de cuentos sobre la caja que Albus cargaba.
—Quédatelo, lo traje para ti de todos modos, y es una edición exclusiva —Se encogió de hombros. Luego recargó un lado de la cabeza en el marco de la puerta—. Ha sido un verdadero placer conocerte, Albus.
Albus estaba agradecido de que la luz de la casa fuese bloqueada por el cuerpo de Gellert y la de la calle por el suyo, o podría haber notado que se sonrojó. Normalmente, nadie se oía en serio encantado después de un debate de más de una hora. Incluso Elphias terminaba cediendo ante sus argumentos, con una risa y un "eres imposible de persuadir".
Carraspeó para que no le fallase la voz.
—Sí, uhm, fue…—bufó. Se maldecía por dentro—. Gracias por el regalo.
—Piensa en mí cuando lo estés leyendo —Gellert se despidió con un gesto, riéndose, y entró a la casa. Lo último que escuchó de ese chico descarado, antes de que cerrase la puerta, fue un "¿estás regañando a esa escoba otra vez, tía? ¿Ahora qué hizo?".
Sí, no podría haber resultado más "normal" alguien con un parentesco con esa bruja.
Albus regresó a su casa, le entregó los pastelillos a un gruñón Aberforth que exigía saber dónde estuvo (y que fue ignorado), seleccionó uno de la caja, y lo dejó frente a la puerta de Ariana. Tocó dos veces y caminó a su propio cuarto, sin esperar respuesta.
Oyó que la puerta se abría y cerraba a sus espaldas.
Esa misma noche, Albus se dio cuenta de que no tenía ganas de seguir leyendo su guía de transformaciones avanzadas, obsequio de uno de sus profesores cuando se graduó. El contenido era fascinante, pero el léxico lo agotaba y las explicaciones eran tediosas, demasiado largas.
Tiró la guía a un lado y se fijó en el libro de cuentos en su mesa de noche.
Como si temiese que alguien fuese a entrar a su cuarto a decirle que estaba muy mayor para unos cuentos infantiles, Albus se deslizó bajo su manta, utilizó un lumos, y puso el libro abierto frente a él.
En verdad había pasado tiempo sin tener uno de esos. No sabía cuál leer, ya que siempre fue su madre la que los seleccionaba cuando se los contaba, así que pasó el índice sobre la tabla de contenido, y eligió al azar, ojos cerrados, deteniéndose de pronto y sin motivo alguno.
Parpadeó y leyó el título del cuento.
Los Tres Hermanos.
Albus comenzó a leer.
—0—
El siguiente encuentro no tardó en suceder. Albus había tenido una discusión con su hermano al día siguiente; Aberforth estalló cuando le contó su idea de hablar acerca de Ariana en el Ministerio. Sí, claro que sabía que su madre lo mantuvo en secreto para protegerla, su padre ni siquiera dio excusas en su juicio, ¡pero eran sólo dos chicos! ¿Qué iban a saber ellos de cuidar a alguien como Ariana? En cambio, los magos ancianos seguro conocerían a un buen medimago. O psicomago. O lo que fuese que ella necesitaba.
Una vocecita en su cabeza no paraba de repetirle que sólo quería deshacerse de esa carga. Aberforth insinuó que estaba loco, que sería irresponsable, que iría contra los deseos de sus padres, pero Albus lo detectó en su tono. Esa acusación silenciosa de "tú nunca has querido cuidarla, nunca has querido quedarte aquí".
Sin Ariana de por medio, podría irse al acabar el verano, cuando Aberforth estuviese en Hogwarts.
Albus oía los propios razonamientos en su cabeza, sobre que era lo mejor para ella estar entre magos capacitados, y luego escuchaba a ese lado más irracional, terrible, con su tono sardónico y sus "admite que simplemente quieres quitarte la responsabilidad de encima". Y enloquecía. Por eso salió de la casa deprisa, desesperado por encontrar cualquier cosa que pudiese apartar ambos pensamientos de su cabeza.
A las afueras de Godric's Hollow había una colina. Debía poseer algún tipo de magia antigua, que vibraba en el aire y él no comprendía; ningún muggle se atrevía a levantar una casa allí. Lo único que existía en la cima de la pendiente era un árbol nudoso y algunas flores blancas desparramadas por el césped.
Desde ahí, no sólo se divisaba su casa, al igual que el resto del vecindario, sino también el cementerio al fondo. Albus experimentó un repentino acceso de rabia al recordar que, si su madre no estuviese ahí enterrada, él no habría tenido esa discusión. ¡Ni siquiera estaría en el país!
Se dio la vuelta y pateó el tronco del árbol.
—Bueno, eso me dolió.
Se quedó quieto al escucharlo, conteniendo el aliento. En general, cuando uno patea un árbol, no espera una respuesta de ningún tipo.
¡Aquello sólo le había sucedido una vez, en Herbología, y no terminó nada bien para él!
Albus se alejó de un salto y llevó la mano a su cinturón. Solía esconder la varita en su ropa, incluso desde antes de ser mayor de edad, por temor a que Ariana la tomase un día. O que fuese necesario hacer magia en una emergencia.
Sin embargo, pronto lo escuchó riéndose. El sonido era demasiado humano para provenir de una planta encantada.
Alzó la vista para encontrarlo cómodamente tendido sobre una de las ramas más gruesas del árbol. Una de sus piernas se balanceaba en el aire, a unos tres metros por encima del suelo, mientras la otra permanecía extendida en su totalidad. Tenía un libro en una mano, pero este brazo caía lánguido por un costado, desde que se estaba burlando de él.
Albus sintió que el rostro le ardía y se esforzó por mantener la compostura, enderezándose y fingiendo que limpiaba su ropa. Gellert continuaba riéndose.
—¿Cuántas veces has sido atacado por una planta mágica para reaccionar así? —inquirió, con obvia diversión.
A pesar de que no era lo mejor que podía decir en esa circunstancia, sólo se le ocurrió responder con la verdad.
—Fue una sola vez, pero-
Gellert se rio aún más fuerte, y él sabía que ya debía estar cubierto de un fuerte rubor.
Volvió a patear el árbol, sin pensar. Gellert agitó un dedo en el aire y las líneas de la corteza fueron manipuladas con magia para dibujar un rostro.
Albus se apartó, despacio, aunque sospechaba que sólo era un engaño.
—¿Acabas de hacer magia sin varita? —indagó, más bajo.
Gellert respondió con un vago sonido afirmativo y tomó asiento en la rama. Ahora sus dos piernas se balanceaban.
—¿Qué? ¿Tú todavía no sabes hacerlo?
—La magia sin varita es algo excepcional —contestó Albus, justo como le dijo uno de sus profesores cuando le preguntó al respecto, durante su tercer año en Hogwarts—, y muy peligrosa. Y si es no verbal, el riesgo sólo se ve aumentado por-
Calló. Gellert había saltado. De algún modo, lanzó un hechizo que ralentizó su caída para llegar al suelo sin un rasguño, y acabó de pie frente a Albus. Azul y negro fijos en él con atención.
—Es peligroso —Logró articular, tras un instante, cuando las ideas volvieron a tomar forma dentro de su cabeza—, porque la magia no recibe un comando propiamente dicho, así que es fácil perder el control.
—¿Perder el control? ¿Peligroso? —A medida que Gellert arqueaba las cejas, su expresión se tornaba extraña, incrédula, como si Albus no dijese más que locuras—. ¿Quién te dijo eso?
Albus boqueó por un segundo.
—Mis profesores en Hogwarts-
—¡Profesores! —Gellert abrió los brazos a sus costados, agitó el libro que sostenía, y caminó alrededor de Albus, lentamente—. ¿Y tú les creíste, Albus? Me pareció que eras más listo cuando discutimos en casa de mi tía. Muchas de las veces que te vi, ya podías hacer magia sin varita y no verbal…
Él jamás había pensado en utilizar la magia de ese modo. No conocía a nadie que lo hiciese; cuando cumplió once, se le dio su varita y se le dijo cómo debía usarse, punto. Al ver por primera vez a la señora Bagshot tarareando en lugar de utilizar hechizos, asumió que era algo de ella. Una cualidad única, un rasgo excepcional que le pertenecía. No era una habilidad que él fuese a imitar.
Observó a Gellert con más interés. Él continuaba moviéndose a ritmo lento, el libro en su mano tenía una portada oscura y líneas doradas, pero carecía de título.
—Todavía no creo en la adivinación —indicó Albus, muy serio. Gellert se detuvo justo frente a él y disimuló su sonrisa divertida detrás del libro—, pero…
—¿Quieres que te hable sobre eso? Los sueños, quiero decir.
Albus imaginó que sería una buena distracción. Echó un vistazo de reojo a Godric's Hollow, su casa, el cementerio, y se percató de que no tenía ganas de regresar pronto.
Terminó sentado a los pies del árbol, sin preocuparse por si su pantalón se ensuciaba. Gellert andaba de un lado al otro y de vuelta frente a él.
—Bien, escucha, y escucha en serio, señor Escéptico —Le dedicó una mirada de leve reprimenda y Albus se abstuvo de rodar los ojos—. Cuando te vi…cuando te vi la primera vez, tenía unos seis o siete años. Había pasado algo…desagradable —Le restó importancia con un gesto—, no viene al caso; recuerdo que estaba hecho un ovillo en mi cama, y soñé con un niño. Fue una tontería, lo único que hicimos fue jugar en una colina. Unos años más tarde, debía tener diez, tal vez once, tuve un sueño con un niño de mi edad, de nuevo. Me tardé en darme cuenta de que era el mismo…
—Puede ser cualquiera —mencionó Albus, que se recargaba en el tronco del árbol.
Gellert chasqueó la lengua y lo desestimó, sacudiendo la mano que sostenía el libro, como si él no entendiese el punto.
—En el primer sueño, este niño se quejaba de una bebé que lo perseguía por toda la casa. Y en el segundo, estaba contento por una carta con un sello rojo —puntualizó. Aguardó un instante y Albus sí que rodó los ojos esa vez.
—Puede ser cualquiera —masculló, no tan seguro.
—¿Qué hay del Premio Anual?
Eso hizo saltar a Albus, quien arrugó el entrecejo de inmediato.
—¿Qué pasa con el Premio Anual?
Gellert pareció sopesarlo un segundo.
—Bueno, hace como…año y medio, dos años, este chico se apareció en mis sueños, ya era más grande, y no paraba de hablar de eso, de que esperaba que se la diesen. Sonaba codicioso —Se encogió de hombros—, pero no sé qué será. Alguna medallita, supongo.
Albus fue Premio Anual. La "medallita" estaba en su habitación, en un compartimiento oculto en su baúl.
—Bien, bien —Albus cedió, moviendo las manos—, no puede ser cualquiera. Aún abarca una gran cantidad de personas, y si ya hacía magia sin varita entonces-
—Oh, no, no —Gellert negó y paró de caminar al fin—, la magia sin varita vino con los últimos sueños, los recientes, los que he tenido a lo largo de este año.
Gellert se acuclilló frente a él, dejando al libro sobre el césped. Albus estaba sorprendido por la manera en que lo observaba.
Era como si tuviese cada gramo de atención puesto en él, en ese instante y en sus palabras.
—Son varios, y no todos se repiten —Gellert bajó la voz, la emoción se contenía apenas en su tono—. A veces, sólo…te veo sentado junto a una ventana, una ventana no muy alta, y estás haciendo levitar libros y papeles; siempre te estás riendo en ese momento y hablas, y hablas, y hablas, y sé que es algo importante, porque te estoy escuchando muy serio. Otras veces, estamos caminando por un pasaje muy oscuro, solos, hace frío y es- es como si hubiese Dementores cerca, pero no los hay en realidad, sólo es la forma en que percibimos el lugar.
Cuando Albus decía que no creía en la adivinación, lo decía en serio. Pero, a pesar de esto, no podía evitar inclinarse más hacia adelante y escuchar las escenas que Gellert detallaba. Había algo en su voz que provocaba que fuesen interesantes, igual que las historias de un libro.
—Algunas noches, tenemos esta cosa- —Gellert gesticuló y frunció un poco el ceño—. Es un pequeño frasco, una pieza preciosa, tallada, es…es fascinante. Pero —Pausó un momento— las primeras veces que lo vi, lo estabas usando tú, y por alguna razón, después soy yo quien lo tiene.
—¿Y qué contiene? —inquirió Albus, antes de poder controlar su lengua—. Si es un frasco, contiene algo, ¿no?
Gellert estuvo feliz de explicarle. No conocía todos los detalles, pero podía inventarse respuestas para lo que no sabía, algunas muy locas.
En poco tiempo, Albus se estuvo riendo por primera vez desde que comenzó el verano.
—¡Quizás teníamos una criatura capturada! —insistía Gellert, alzando la cabeza para soltar lo que, según él, era un rugido feroz—. Y si el frasco se rompía, se liberaría e intentaría destruir todo a su paso. Así que nosotros…
Se rio tan fuerte de sus gestos exagerados que Gellert presionó un pie en su abdomen y lo empujó contra el árbol.
—A ver, piensa en una explicación tú si te crees tan listo —retó.
—No tengo que hacerlo —Albus resopló—, no soy yo el que tiene sueños extraños.
—¿Eso te parece extraño? Una vez…
Regresó a casa tarde. Aberforth se perdió dentro de su cuarto de inmediato, el portazo que dio le hizo saber que todavía no estaba de humor para una conversación razonable.
Ariana estaba en su habitación. Y frente a la puerta de la de Albus, un pastelillo.
—0—
Gellert Grindelwald no era una persona normal. Ni siquiera un mago normal.
Era algo mucho mejor que eso.
El cómo empezaron a pasar tiempo juntos era casi un misterio para ambos. Una tarde, Albus le repetía que la adivinación era una farsa, y un momento después, ambos estaban sentados en el césped, Gellert sostenía una de sus manos entre las suyas, y le hacía una lectura de las líneas de la palma que sería bastante acertada. Otro día, Albus iba a buscar más porciones de comida que la señora Bagshot le ofreció, y se lo encontraba a él en la puerta, batiéndose a duelo con una escoba encantada. Como la escoba iba ganando, Albus se apiadó de Gellert, buscó una escoba no hechizada, y se le unió.
(Perdieron esa batalla, por cierto. Bathilda tuvo que ir a su rescate)
El árbol en la colina alejada era su punto favorito de reunión, mas no el único. Plantaban en el jardín de la señora Bagshot, sin magia, hasta que Gellert humedeció la tierra a propósito y dejó una palma de barro en la mejilla de Albus, provocando una pelea. Tomaron té al terminar. Pasearon por Londres dos veces, recorrieron Godric's Hollow, e incluso se internaron en la zona silvestre más allá de los límites de la comunidad, con sus bosques y riachuelos.
Sentados en la misma piedra, en la orilla del río, con la ropa húmeda porque Gellert se metió al río y prácticamente lo empujó en la baja corriente de agua, empezaron a hablar. Ninguno sabría qué los llevó a mencionarlo, o por dónde comenzaron, sólo que lo estaban haciendo. Era una conversación diferente a las que tuvieron hasta ese momento, por un simple detalle:
Ninguno había conversado sobre esos temas con otra persona antes.
—¿Tus padres?
Gellert flexionaba las piernas contra el pecho, sin importarle que la tela seguía húmeda, y apoyaba la cabeza a medias en su brazo, encima de las rodillas.
—Muertos —susurró—. Unas…unas cosas horribles, unas criaturas que estaban investigando. Un día, llegó una carta a Durmstrang y ahí lo supe, pero no fue una gran diferencia; casi nunca los veía de todos modos cuando estaba en casa.
—Ariana es un lindo nombre —Le decía Gellert después, cuando el tema era otro.
—Sí, es…—Albus suspiró—. Ella es muy dulce, le encanta leer, y es tranquila. Pero desde que esos niños la vieron hacer magia y se asustaron, no hay forma de que…
—Fue una tontería —No paraba de repetir Gellert, frunciéndole el ceño al río, mientras le explicaba por qué lo echaron de Durmstrang—, un simple juego. Lo único que hice fue probar algunos hechizos sobre un par de cadáveres, y ellos se asustaron por lo bien que reaccionaron. Yo les advertí que no podían dejar que oliesen sangre humana. Mi tía dice que sólo se sintieron intimidados.
—¿De dónde sacaste unos cadáveres para hacer eso?
—A unos kilómetros de Durmstrang, hay un pequeño pueblo que entierra a sus muertos en un…
Podían hablar durante horas de cualquier tema. Incluso lo que Albus no habría esperado escuchar, o confesar alguna vez.
Como el asunto de Ariana.
—¡Sólo digo que es una cuestión de lógica! —insistía, cerrando las manos en puños a sus costados—. ¿Qué le pueden hacer? Es ella la que pone en peligro a otros y a sí misma, no sé si existe algo que la ayude, pero si mis padres hubiesen decidido reportarlo, tal vez…tal vez estaría mejor, y ellos estarían aquí. Pero Aberforth piensa que soy un cretino egoísta que quiere deshacerse de ella.
—¿No es verdad?
Albus giró el rostro de golpe y le dirigió una mirada de advertencia. Gellert no se inmutó.
—¿No es verdad que preferirías no tener que cuidarla? —alegó Gellert, despacio, con suavidad—. Cuidar de una persona con esa condición es una gran responsabilidad, Albus, nadie puede culparte por querer ceder y dejarla con alguien más, sobre todo, no si ese alguien sí sabría cuidarla.
—Pero no es como si estuviese intentando deshacerme de ella-
—Sí lo es y está bien —Gellert se limitó a encogerse de hombros—. ¿Quién quiere, en el fondo, abandonar sus planes para dedicar su vida a cuidar de una persona que no se puede valer por sí misma, sin que te hayan consultado antes? Yo la habría dejado con alguien más, alguien de confianza, de inmediato.
O los destellos del desagradable carácter de Gellert bajo la encantadora superficie.
—No fue algo indiscriminado —explicaba, con una calma que le hacía pensar en el delgado hielo sobre un lago congelado sólo a medias—, le dije que no lo hiciera, y lo hizo. Pudo haberme puesto en peligro. Si una persona no entiende cuando recibe una maldición, seguramente entiende cuando es alguien que le importa el que la recibe en su lugar. Al menos, eso lo dejó callado.
A Albus no le asustaba, como debería ser cuando se oía a un mago hablar de maldiciones. En cambio, lo encontraba increíble. Algo que estaba fuera de esos conocimientos ganados en Hogwarts, que ya le resultaban tan básicos y banales.
—¿No es difícil hacerlo?
—Para nada —La expresión de Gellert estaba cubierta con una diversión sombría, que sólo atraía más atención sobre su rostro perfilado—. El crucio funciona con esa llama de rabia que tienes en el pecho, Albus, tú nada más tienes que…
No era bueno, Albus lo tenía claro. Pero tampoco era malo.
No podía ser "malo" un chico que preparaba limonada para su tía y peleaba con las manos desnudas con unas malcriadas raíces mágicas. No podía ser "malo" ese chico que se agachaba en la orilla del río, recogía las piedras más claras, y se ponía a gritar y saltar, llamando a Albus y jurando que había encontrado oro, sólo para llenarle los bolsillos de piedras y huir después entre risas.
¿Cómo tachar de "malo" a alguien que le dejaba dormir con la cabeza en su hombro cuando la tarde refrescaba, y pasaba todo ese tiempo en la misma posición, aunque su brazo le molestase, para no despertarlo?
¿Cómo pensar que era cruel esa persona que se ponía a caminar de un lado a otro frente a Albus, recitando poesía y fingiendo que le disgustaba lo cursi, mientras trataba a sus libros como viejos y preciados amigos?
Gellert hacía que cada palabra salida de su boca fuese algo que merecía ser escuchado. Y Albus podía pasarse un día entero oyéndolo, sin cansarse.
—…te odié de a ratos, te amé toda una vida. A ti te grité, y a ti te culpé. Te alabé, te pisoteé, te puse en un altar que yo mismo quemé…
—No conozco al autor —confesó Albus, con la cabeza apoyada sobre sus brazos y las rodillas contra el pecho. Seguía cada uno de sus pasos con la mirada.
Gellert apenas le dedicó un vistazo y continuó recitando, paseándose frente a él y ese árbol nudoso que se convertía lentamente en su lugar preferido.
—Sí, muerte. La muerte debe ser tan hermosa. Tumbarse en la tierra marrón suave, con la hierba ondeando sobre la cabeza, y escuchar el silencio. No tener ayer ni mañana. Olvidar el tiempo, olvidar la vida, estar en paz. Puedes ayudarme. Puedes abrirme los portales de la casa de la muerte, porque el amor está siempre contigo, y el amor es más fuerte que la muerte.(2)
Al detenerse, volvía a fijarse en él. Albus no se daba cuenta de que tenía los labios entreabiertos y una expresión de absoluta concentración al oírlo, como si no hubiese nada más en el mundo que ellos dos, la voz de Gellert, sus palabras.
—Ah, en serio te gustan estas cursilerías —Se quejaba, en voz baja. Pero él era quien podía recitarlas de memoria, no Albus.
Entonces Albus le sonreía y le pedía otro poema. Cuando Gellert encontraba uno en su mente que le pareciese "decente", empezaba a moverse de nuevo y recitaba. Albus cerraba los ojos, recargaba su cabeza en el tronco detrás de él, y se dedicaba a escuchar.
Y en esos momentos, estaba bien incluso si esa persona de voz suave era "mala" o "cruel" para otros, porque no se comportaba así con Albus. Ellos simplemente no entendían lo que él.
—0—
—…hay padres que marcan a sus hijos de por vida con esos nombres que les ponen —decía Gellert, caminando un paso por delante de él. El lumos de su varita les abría camino en las penumbras—. Por ejemplo, mírame a mi, Gellert, "fuerte como una lanza". ¿En serio? ¿Por qué no me pusieron un nombre cuyo significado fuese "espléndido", "maravillosa creación", o algo como…?
—Narciso —Albus le contestó en voz baja, cuidando no pisar las ramas secas dispersas por el suelo. Su varita apuntó el piso, luego de nuevo hacia adelante, y continuaron—. Debiste llamarte Narciso.
—Pues gracias, Albus —Gellert se dio la vuelta y caminó de reversa, perfectamente consciente de que sería atrapado por él si tropezaba con los tallos que brotaban del suelo—, "joven de gran belleza" va conmigo.
Albus agradeció que la oscuridad no le permitiese notar su sonrojo. Bufó.
—Sí, claro.
—¿Y qué hay del tuyo? —continuó Gellert, poniéndose a su lado.
—¿Qué tiene mi nombre?
—No sé, tú dime, Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore.
—¡Mi padre se llamaba Percival! Y Wulfric fue un importante…
Gellert lo silenció, colocando una mano en su boca, cuando alcanzaron la cripta que buscaban. Una majestuosa construcción de piedra que podía pasar por una capilla desde la distancia. Sólo una reja oxidada los separaba de su interior.
Eran dos chicos colándose a un cementerio en la madrugada. Gellert porque era imprudente. Albus por ser un Gryffindor, que venía siendo lo mismo.
Gellert empujó la puerta, que cedió con un rechinido, y ambos ingresaron. Un encantamiento susurrado limpió el polvo para que no comenzaran a estornudar de inmediato.
Por un instante, ambos permanecieron quietos en la cripta, con las varitas en alto y el lumos contra el rostro. Gellert avanzó primero.
—Me hablabas de los inferí, antes de distraernos —recordó Albus, viéndolo revisar las placas en los ataúdes contra la pared. Lucía pensativo.
—Ah, sí —Gellert agitó una mano en el aire—, ya los conoces. Criaturas no vivas de alta categoría de riesgo, bla, bla, bla…siempre pensé que eran sólo una historia para asustar a los jóvenes magos.
Gellert levitó un ataúd fuera de su refugio en la pared y lo colocó en el suelo a sus pies. Albus se acercó para ayudarlo a abrirlo y tuvo que contener la respiración al percibir el fuerte olor de un cuerpo carcomido del que apenas quedaban huesos y restos de cabello.
—Esto es lo que quería que vieses —Gellert se mordió un lado de la palma, hasta sangrar, y sacudió la muñeca sobre el cadáver. Dos gotas cayeron sobre los huesos, en medio del polvo y telarañas.
Luego el cadáver tomó asiento en su ataúd.
Gellert observaba su obra con una sonrisa y ojos brillantes. Albus se mantuvo boquiabierto por un segundo.
—¿Está…?
—Sí- no- no —repitió Gellert, más firme—. Es un inferí en toda regla.
Albus se fijó en la herida de dientes en su mano y luego de nuevo en el cadáver. Estaba fascinado.
—Sigue muerto.
—Sí.
—Pero se puede mover.
—Sí —respondió Gellert, de nuevo.
—¿Qué hay de su alma?
—El alma no vuelve al cuerpo, Albus, lo he intentado, sólo es…un títere inmortal y horrendo.
Albus se aproximó y se agachó junto al ataúd también. El cadáver giró el cuello en un ángulo poco natural para verlo con sus cuencas vacías. Debió ser una mujer.
—Es poco práctico que tengas que verter sangre encima, ¿no?
—¿Qué sugieres? —indagó Gellert, mirándolo de reojo.
—Bueno, quizás una runa en el ataúd- no, espera, ¡en toda la cripta! Si formas la runa alrededor del edificio, bastaría con las mismas gotas de sangre para que…
Gellert estaba interesado por cualquier diferencia entre los magos y muggles, incluso después de la muerte. Que pudiese lograr algo como aquello sólo era una muestra de su habilidad, y para Albus, ese interés resultaba contagioso y sus dudas eran fáciles de compartir para resolverlas juntos.
—0—
Dedicaron parte de su verano a eso. Buscaban en libros de anatomía y biología, magizoología, medimagia. La señora Bagshot les dejó entrar a su despacho para revisar algunos borradores de eventos históricos importantes que pudiesen darles pistas.
Un día, Gellert soltó aquellas palabras que marcarían un antes y después para ambos.
—La muerte no debería ser para los magos.
Y Albus estuvo de acuerdo. No había nada después de la muerte, sólo problemas para los que permanecían con vida. ¿Qué caso tenía poseer magia, sino se podía evitar?
Una de las noches que estuvo leyendo el libro de cuentos de que le regaló, volvió a echar un vistazo a la historias de los tres hermanos. Y entendió.
No creía poder esperar hasta la mañana, así que se cambió deprisa, se calzó, y salió de la casa. Para no molestar a la señora Bagshot, dio vueltas en su patio hasta localizar la luz en el cuarto de Gellert. Levitó hasta allá y se sostuvo del marco.
Gellert se apresuró a soltar el libro que revisaba y abrirle la ventana.
—Creo que no habrá más excursiones en el cementerio para ti si te causó tantas pesadillas como para venir aquí…
Albus lo silenció con un gesto, abrió el libro de cuentos, y le enseñó la página en que comenzaba la historia. Apuntó al título.
—¿Qué sabes sobre ellos?
Resultó que Gellert sí sabía un par de cosas. Trasladó la vela que usaba para leer un poco más lejos de su cama, lo invitó a sentarse, y se puso a trastear dentro de su baúl. Albus notó que el libro sobre el colchón, el que leía cuando llegó, era el mismo sin cubierta que solía verle llevando.
—Conseguí algunos árboles genealógicos de familias de magos extintas y apellidos desaparecidos, y conecté a Antioch Peverell con un mago del que se habla mucho en Bulgaria por la capacidad de su varita con las maldiciones. Me expulsaron de Durmstrang antes de que pudiese hablar con él, pero no antes de que encontrase las conexiones de Antioch con sus dos hermanos. Sólo necesito saber qué apellidos llevan ahora sus descendientes para…
Gellert extendió sobre la cama, frente a Albus, un bosquejo repleto de espacios en blancos y huecos de décadas, siglos completos en algunos casos. Se sentó a su lado y comenzó a explicarle las piezas de información que tenía y cómo las obtuvo, sin parar de mover las manos de un punto al otro.
—Entonces este es el supuesto dueño de la varita —Albus apuntó al nombre de Gregorovitch, al final de la compleja línea de maestros de la varita, desde Antioch. El bosquejo carecía de los nombres de los asesinos y ladrones que llegaron a tomarla alguna vez, pero sí daba una idea vaga de su posición, en base a historias en las que alguien sobresalía por su varita—, ¿y realmente crees que puede ser tan…?
—Me han asegurado que puede volver fuerte al más débil y realizar cualquier tipo de hechizo —confirmó Gellert, asintiendo—, y fue una fuente de confianza, alguien que la vio de cerca. Dijo que incluso se sentía diferente, que era como- como si la varita tuviese una voluntad increíblemente fuerte.
Albus repasó las líneas del cuento en su libro y regresó al bosquejo. La piedra se perdía en otra línea de sangrepuras extinta, y la capa iba a parar a las manos de una bruja. El problema estaba en saber con qué apellido encontrar a su familia.
—Sospecho que la capa está en alguna parte de Gran Bretaña —Le contaba Gellert, en voz baja. Estaban tan cerca, inclinados hacia el otro, que su respiración le golpeaba un lado del rostro al hablar—, he buscado historias de esto en el despacho de mi tía, sin resultados. Pero sé que había una pista que señalaba a…
Una varita de enorme poder. Una piedra que traía a los muertos a la vida. Una capa de invisibilidad que ninguna magia podía detectar.
Mientras más lo oía, más emocionado se sentía, y más sentido tenía. Después de todo, ¿no eran magos ambos? ¿No crecieron viendo cosas sorprendentes? ¿Quién decía que no sería real?
Gellert tenía razón.
La muerte no debería ser para los magos.
—0—
Conforme pasaban tiempo juntos, su búsqueda se ampliaba, sus objetivos se hacían más claros, y ellos se volvían más unidos. Más cercanos que hermanos.
Bathilda estaba encantada de permitirles entrar a su despacho cuando no estaba usándolo. Oía pisadas desde afuera, una carcajada, un grito ahogado de Albus, y pensaba que eran un par de chicos divirtiéndose. Dentro de la habitación, Gellert tenía a Albus rodeado con los dos brazos y batallaba por arrastrarlo lejos de la ventana, sosteniéndolo unos centímetros por encima del suelo. Albus se retorcía y mantenía en alto el manuscrito que sostenía para leerlo a contraluz.
—¡Te digo que hay que ponerlo bajo el sol, Gellert!
—¡Ese papel se quema bajo el sol como si fuese fuego, Albus!
—¡Gellert! —protestó, sacudiéndose más fuerte.
Cuando se soltó de su agarre, Albus rodeó una mesa para poner distancia entre ambos. Si se movía a la derecha, Gellert lo hacía a la izquierda para atraparlo, y viceversa. Esperó que bajase un poco la guardia para echar a correr y ambos dieron vueltas en torno a la mesa, Albus gritando con el manuscrito en mano, Gellert diciéndole que se lo regresase.
Se detuvieron de nuevo, con el escritorio entre ambos. Albus jadeaba y tenía un leve rubor en el rostro a causa del esfuerzo. El cabello rubio de Gellert estaba ligeramente despeinado, y él adoptaba su expresión más feroz, presionando ambas manos en su lado de la mesa, y retándolo en silencio a huir.
Albus se lanzó hacia un lado en una finta digna de un jugador de Quidditch, afincó bien el talón en el suelo, giró a tiempo, y corrió hacia el otro lado. Gellert se dio cuenta de su error con un segundo de demora y lo persiguió.
Tenían las varitas sobre la mesa, así que técnicamente fue trampa ese pequeño disparo de cosquillas que Gellert le lanzó agitando una mano. Albus se distrajo por la risa y fue capturado.
Gellert le arrebató el manuscrito y lo cargó sobre su hombro, de manera que Albus colgaba lánguido de él, todavía sin aliento.
—Bájame, Gellert.
—Uhm, no, me parece que no lo haré —respondió este, divertido.
—No puedes cargarme toda la tarde.
Él presionó sus piernas y Albus se percató de que aligeraba su peso con un encantamiento. Maldijo por lo bajo. Necesitaba aprender a manejar su magia sin varita también.
—Wulfric.
—¿Hm? —contestó Albus, resignado a que lo llamase como le diese la gana en el momento. No podía devolvérselo si Gellert sólo tenía un nombre, así que lo hacía de otro modo—. ¿Qué pasa? ¿Te acabas de ver en un espejo, Narciso?
—Sí, sólo para hacer el descubrimiento de que soy increíblemente atractivo —Gellert le palmeó la parte posterior del muslo, aprovechándose de que lo tenía cargado—. Pero también lo encontré.
Albus se puso en estado de alerta e intentó enderezarse, en vano. Incluso si ponía las manos en la espalda de Gellert, sólo quedaba alzado a medias sobre su hombro y era incómodo, así que se dejó caer de nuevo.
—¿Qué encontraste?
Gellert apartó algunos libros para despejar una orilla de la mesa y lo sentó allí. Por el repentino cambio y el leve mareo de Albus mientras el exceso de sangre abandonaba su cabeza, no pudo evitar que él se acercase y se metiese en el espacio entre sus piernas. Gellert apoyó el codo en uno de sus muslos y le enseñó unas páginas del manuscrito, totalmente tranquilo en la extraña posición.
—Estos son los canales mágicos de los que hablamos —Le señaló un dibujo del cuerpo de un mago, cubierto de líneas similares a las venas, pero en dorado. Bocetos similares levitaron alrededor de ellos, con las muestras que hallaron antes y teorías al respecto—, ¿lo ves? La magia va de este modo…es un flujo constante que se hace fácil de manejar en las manos, por eso nos recomiendan el uso de varitas. También significa que sí podemos hacerlo.
—¿Podemos…?
Gellert asintió, serio.
—Sí, claro, sería una varita- no, unos brazaletes —Pasó el índice sobre las muñecas del dibujo—. Para el caso de Ariana, unos brazaletes deberían controlar toda esa energía salvaje que está de más. Podría abrir el canal poco a poco y dejar que fluya naturalmente, hasta acostumbrarse a usarla sin incidentes…
Albus sentía que podría llorar, aunque ninguna lágrima brotó. En su lugar, rodeó los hombros de Gellert con los brazos, y lo arrastró más cerca.
Él se congeló ante el contacto. Parecía que estaba bien cuando lo empujaba, lo capturaba, cargaba, o zarandeaba, pero los abrazos le eran extraños.
Se preguntó si alguien habría abrazado alguna vez a ese chico cuyos padres jamás estaban en casa y que no tuvo amigos en la escuela. Y lo estrechó un poco más.
—Albus.
—¿Quieres que te suelte? —musitó con un hilo de voz. Comenzaba a caer en cuenta de que Gellert continuaba en el espacio entre sus piernas, su pecho estaba pegado al de él, y casi podía sentir los latidos de su corazón.
No digas que sí, rogó. No digas que quieres que te suelte. Albus no quería dejarlo ir tan pronto.
—No —Gellert ya parecía más relajado—, buscaré el resto del manuscrito entre las cosas de mi tía cuando me hayas soltado.
Sin embargo, Albus tardó en hacerlo. Evitó mirarlo al liberarlo, y Gellert retrocedió despacio, antes de ponerse a buscar entre pergaminos viejos y libros.
—Los canales de magia sólo nos dicen que, de hecho, sí hay una diferencia importante, física y tangible entre magos y muggles —La voz de Gellert era clara. Albus no se atrevió a hablar tan pronto, consciente de que la suya vacilaría—. Una vez que consigamos que tu hermana se controle, llevaremos una gran ventaja, Albus.
—¿Ventaja? —repitió, distraído. Todavía podía sentir la calidez de Gellert entre sus brazos. No quería deshacerse de la sensación tan rápido.
Por voluntad propia, Gellert regresó al espacio entre sus piernas, con el manuscrito en una mano y ambas palmas sobre la mesa. Albus no podría haber bajado del escritorio con él ahí parado.
Azul y negro lo observaban con interés.
—Por supuesto, darle control la libera a ella y a ti. Además, puedes llevarla al Ministerio sin temor de que la aparten de ti, porque ya no supondría un peligro para nadie —Gellert le hablaba con suavidad, y él no era capaz de despegar los ojos de los suyos. Ni quería intentarlo—. Cuando lo hagas, les hablarás de los muggles que la aterraron hasta dejarla en ese estado. Tienen que oírlo, Albus, no es justo que tu padre muriera en Azkaban por defenderla. ¿Acaso crees que no es algo que todos harían? ¿Imaginas la sarta de crucios que le lanzaría a un muggle que le haga algo a mi tía? ¿Tienes idea de qué tan imposible volvería la vida de un muggle que te lastime a ti? ¿Acaso ellos nos dañan y no nos podemos defender?
Albus sólo podía pensar que tenía sentido.
Cada palabra que decía al respecto lo tenía. Excepto por cierto detalle.
—No creo que Ariana se hubiese sentido bien de ver que unos niños recibían maldiciones de tortura por ella, Gellert.
Gellert rodó los ojos y bufó, aunque volvió a verlo con algo cercano a la exasperación cariñosa.
—Por supuesto —cedió, más bajo—, la idea es no llegar a eso, Albus. Los muggles…ellos son como niños. Niños que no saben qué hacer, ni a dónde ir. Y nosotros somos los que tenemos magia, una habilidad que sólo florece en seres extraordinarios. No puedes dejar que un niño haga siempre lo que quiere en casa, mucho menos con un adulto cerca, ¿no es cierto? ¿Y qué pasa cada vez que los dejamos hacer lo que quieren? La cacería de brujas, que nos llevó casi a la extinción y sacrificó montones de vidas muggles por sus errores de identificación, la Santa Inquisición…¿no son todas esas cosas horribles que ellos hicieron, mientras nosotros huíamos para salvarnos?
Lo eran. Albus no encontró una sola palabra en defensa de los muggles en ese ámbito. Crueles, sanguinarios. Así era cómo se comportaban con quienes acusaban de poseer magia.
—Son más en número, pero nosotros somos más fuertes —siguió Gellert, despacio—. Como Ariana, hay muchas personas que temen su propia magia, la esconden, ¿pero por qué escondernos, Albus? ¿Por qué no puedes hacer magia en la calle? ¿Por qué no puedo probar un hechizo sin pensar en si un muggle me ve o no? ¿Crees que es sano para ellos vivir en la ignorancia? Incluso a los niños hay que educarlos. El caso de Ariana, presentado con propiedad, atraerá la atención sobre este problema que hay que resolver pronto. He visto cosas peores hechas por muggles en mis sueños; guerras, matanzas, bombas…
—¿Bombas? —Albus se tensó. Lo único que conocía similar a eso era un hechizo. Y no era agradable.
Gellert asintió, lento. Lucía serio.
—Bombas, sí, como las que usaban en China para defenderse, pero más grandes, más potentes, capaces de acabar con toda vida en un radio de miles de kilómetros y no permitir que nada crezca allí de nuevo. Eso lo harán ellos, Albus. Acabarán con todo, ¿lo ves? Pero no es tarde todavía.
A Albus se le olvidó su negativa a creer en la adivinación. Gellert sonaba tan confiado, tan convencido, que su mente imaginaba esa terrible explosión y sus resultados, y temblaba.
Ninguna magia conocida podría contener ese daño.
Gellert extendió un brazo y le rozó la mejilla con los dedos. El contacto lo distrajo de las escenas que se creaban en su cabeza.
—Es por esto —susurró—. Por esto soñaba contigo, por esto te buscaba, y por esto te traje ese libro. Tienes que ser tú. Estoy seguro de que no puede ser nadie más que tú.
Albus escuchaba el latir enloquecido de su propio corazón. Temía que si Gellert se acercaba sólo un centímetro más, también lo notaría.
—Lo haremos juntos, ¿entiendes? —Gellert estaba tan sumido en su plan, que se veía igual que un vidente real cuando anunciaba una profecía. Nada lo frenaba. Nada lo hacía titubear—. Sólo tú y yo podríamos conseguir ese control, ese regalo mágico, para Ariana. Es obvio que todos los magos ancianos te querrán y escucharán, hay que convencerlos de que los muggles necesitan saber, no podemos seguir ocultándonos. No podemos permitir que lo tomen todo y luego lo destruyan. Tú y yo podemos hacerlo. Buscaremos las reliquias de los Perevell, reuniremos más magos, ellos entenderán- Albus, si hacemos esto, si lo hacemos bien, jamás habrá otra Ariana. Ningún niño aterrado de su magia, ningún mago escondido, no habrá otro Percival Dumbledore encarcelado injustamente por seguir a unos chicos que traumaron a su pequeña. Ninguna Kendra Dumbledore herida por una magia fuera de control, porque la magia será libre, y será de cada uno de nosotros, como debe ser, como debió ser siempre. Haríamos esto-
—Por el bien común.
La voz de Albus, débil a comparación de la suya fuerte y decidida, bastó para interrumpirlo. Los ojos de Gellert brillaban, la sonrisa en su rostro estaba encantada al ver que lo comprendía.
—Sí —aceptó, asintiendo—. Sería por el bien común, Albus. Magos libres, muggles a salvo de sí mismos. ¿No te agrada esa idea? ¿No te gusta el mundo que te ofrezco, en que nadie más va a estar en tu situación, ni la de tu familia?
Sí, le gustaba.
Le gustaba mucho.
Sólo podía imaginar la expresión feliz de su hermana al no tener que sentir más miedo de sí misma, de su magia. Cómo se libraría de su carga, sin culpa, sabiendo que ella estaba bien, que era fuerte.
Igual que debió ser siempre, sino hubiese sido por esos muggles que la atacaron.
—Tendremos que enseñarle a Ariana muy bien antes de presentarla con los magos ancianos —mencionó, en voz baja.
—¿Quién mejor para enseñar magia que tú y yo? —alegó Gellert, poniendo una mano en su pecho, y luego en el de Albus. Este intentó contener la respiración para que no notase que su corazón seguía latiendo fuera de control.
—Y si conseguimos más señales de las Reliquias de la Muerte, mejor. Cuando los magos ancianos sepan de ellas, no querrá que nosotros las tengamos-
—Pero ellos son los que han permitido que estemos en esta situación —Gellert asintió, deprisa—, sí, tienes razón. Primero, Ariana. Luego, las reliquias. Cuando regresemos aquí, no podrán decirnos que no. Estaremos haciendo esto por todos, las futuras generaciones nos recordarán y nos lo agradecerán.
—Por el bien común —repitió Albus, más convencido que la primera vez.
Gellert sonreía.
—Por el bien común, sí. Ese será nuestro lema.
—0—
Jamás dos chicos trabajaron tan arduamente en vacaciones, ni se divirtieron tanto mientras lo hacían. Se arrojaban bolitas hechas con trozos de pergamino para llamar la atención del otro cuando llevaban largo rato leyendo en silencio, se apropiaban de uno de los escritorios en el despacho de la señora Bagshot, y corrían hacia la colina a las afueras de Godric's Hollow, en una carrera estúpida, que finalizaba cuando uno tocaba el árbol nudoso. Pasaban tardes tendidos en el césped de la colina, o con la espalda apoyada en el tronco del árbol, y muchas veces, Albus permanecía recostado, con los ojos cerrados, sólo escuchando a Gellert hablar y recitar, relajado sobre una de las ramas, con sus piernas balanceándose.
Tomaban té, dibujaban bocetos para el "regalo" que le harían a Ariana, recolectaban piezas que pudiesen convertirse en brazaletes en la casa de la señora Bagshot. Visitaron un mercado mágico dos veces para hacerse una idea de cómo hacerlo. Otros días, discutiendo sobre sus planes a orillas del río, uno simplemente hundía los dedos en el agua y le salpicaba al otro en la cara, riéndose y arruinando el ambiente serio del momento. Luego comenzaban a usar hechizos en el agua y perseguirse.
Discutieron en un par de ocasiones por diferencias en sus puntos de vista. Como aquella en que Albus le dijo que no podían aterrar muggles con inferís si se negaban a obedecer a los magos, porque eso los convertiría en tiranos. Y esa otra en que Gellert insinuó que era un hipócrita.
Sin embargo, nunca duraban demasiado enojados. Si Albus se sentaba a los pies del árbol en la colina, a leer e ignorarlo, Gellert sacudía las ramas y convertía las hojas que empujaba hacia abajo en flores blancas que no deberían salir más que en primavera, mientras lo llamaba "Brian, Brian" con tono divertido. Y si era al revés, Albus siempre podía elegir trepar el árbol sin magia, acercarse tambaleándose y poniéndose en riesgo, lo que suavizaba la expresión de Gellert, quien sabía que él no tenía una gran habilidad para escalar. O darle dulces de limón.
—Es una teoría sin bases —repetía Albus cada vez que Gellert le explicaba el por qué de su costumbre de comer tantos dulces. Solía llevar al menos un paquete de caramelos en el bolsillo, los de limón eran sus favoritos.
—¡No lo es! —replicaba Gellert, olvidándose del motivo de su enojo, para volver a decirle, en tono de un maestro frente a su discípulo:—. La magia requiere energía; si el movimiento del cuerpo funciona con la energía obtenida de la comida, está claro que la magia también obtiene la suya de alguna parte. Para un muggle sería demasiado, pero mientras más azúcar tenga en el cuerpo, más magia podré utilizar sin cansarme…
Albus rodaba los ojos y fingía que no le creía nada, aunque no paraba de sacar dulces de limón de su bolsa. Gellert no se quejaba al respecto.
—¿Entonces comer dulces te hará un mago muy poderoso? —se burló Albus.
—Ya verás que sí, Wulfric el Incrédulo.
Eran, al fin y al cabo, un par de chicos. Jóvenes, locos, inmaduros. Gellert se arrojaba sobre él cuando lo encontraba dormitando en el césped, para exigirle atención, lo cargaba sobre su hombro si Albus se negaba a acompañarlo a cualquier parte, y arruinaba sus libros con notas en los bordes de una pluma especial, que revelaba su contenido sólo a ojos de Albus y cuando este quisiera verlo.
Por las noches, cuando regresaba a casa, su ropa era un desastre y su cabello no estaba en mejores condiciones. Ya fuese porque forcejearon un rato sobre el césped, porque cayeron por la colina, se empujaron en el río, o Gellert formó un montículo de hojas otoñales fuera de estación, Albus sólo se daba cuenta de su estado al entrar a su habitación y pararse frente al espejo.
Y eso nunca le molestaba, porque había sido pasando el tiempo con Gellert que quedó de esa manera.
—0—
Una noche que no tenía nada diferente a las de las primeras semanas de ese verano de ensueño, Albus se despertó agitado. En su cabeza todavía estaban grabadas las imágenes del cadáver de su madre y el llanto sin control de Ariana.
Incapaz de volver a dormir, cubierto de sudor y temblando, abandonó su cama. Deambuló por la habitación un rato, llegó a la cocina, preparó las comidas de sus hermanos con antelación, y regresó al cuarto sólo para descubrir que aún no pasaba de la una de la madrugada.
Lo único que se le ocurría, lo que realmente quería hacer, era escapar a un pequeño refugio, igual que un niño asustado, para borrar esas escenas de su mente. Y como sabía que se avergonzaría si lo pensaba demasiado, se calzó y prácticamente huyó en medio de la madrugada.
Ya sabía dónde dormía Gellert, sin necesidad de buscar la solitaria luz que permanecía encendida de su vela inacabable. Sólo él se desvelaría de esa manera y se mantendría en perfecto estado a la mañana siguiente.
Albus levitó hacia la ventana, tocó con los nudillos, y aguardó. Gellert abrió y le ofreció una mano para ayudarlo a entrar.
—Si estabas tan desesperado por ver…—Su voz bajó de volumen a medida que la luz de la vela mágica alcanzaba el rostro de Albus.
Él no se había percatado de que estuvo llorando durante su pesadilla, así que los rastros de lágrimas continuaban ahí, secas sólo a medias, y transformando su rostro en un desastre de rubor y humedad. Sólo escapó. Corrió para cruzar la distancia entre ambas casas y llegar allí, y ni siquiera habría sabido explicar por qué a alguien si se lo preguntaban.
Ir hacia donde estaba Gellert se sintió tan natural, tan normal. Tan simple. Como si no hubiese otro modo de hacer las cosas.
Cuando Gellert le sujetó las mejillas para alzarle la cabeza, mantuvo la mirada un poco baja y relajó los músculos ante el contacto. Su piel siempre estaba cálida. En su pesadilla hacía frío, así que esto le recordaba que ya había pasado, que no era real y él estaba allí.
—¿Me puedo quedar? —musitó, casi sin voz.
—Sí —Gellert no vaciló. Más bien, la firmeza en su tono parecía advertirle que no se le hubiese ocurrido dejar que fuese a ningún otro sitio sin recuperarse primero.
Pero ya que Albus no se movió, él le limpió el rostro lo mejor que pudo con sus mangas, y atrapó sus muñecas. Lo guio hacia la cama, gentilmente, un paso detrás del otro, de la manera en que se decía que había que tratar a un sonámbulo.
Gellert empujó sus cosas hacia un lado con un barrido de magia sin varita y se sentó, con la espalda en la cabecera de la cama y las piernas extendidas. Albus no estaba pensando con claridad cuando se tendió junto a él, y tras un instante, se acercó más.
Aléjame, decía una vocecilla dentro de su cabeza. Ahora es cuando me alejas. Tienes que alejarme ahora.
Gellert sólo colocó una mano en su cabeza, dedos enredados en el cabello de Albus, un suave masaje, una leve corriente de magia que entibiaba y relajaba, disminuyendo el ritmo de sus latidos. Albus terminó pegado a él, una mano aferrada a su ropa, el rostro hundido a medias en uno de sus costados. Olía a cera de velas, pergaminos, tinta, con un toque dulzón. Y él se dio cuenta de que no podía recordar por qué se puso así en primer lugar.
Con Gellert, lo que daba miedo se empequeñecía. Aquello que en serio importaba era la luz tenue de su vela inacabable, la mano de Gellert en su cabeza, mientras atraía hacia sí los pergaminos que revisaba antes de su interrupción, y Albus se aferraba a él, como si le estuviese salvando la vida.
Se durmió sin saberlo.
Al cerrar los ojos y al abrirlos, Gellert seguía ahí, tranquilo, sentado, con su mirada puesta en un pergamino, el ceño fruncido, y una mano sobre la cabeza de Albus. La diferencia era que la segunda vez que lo observó, ya no necesitaba una vela. La luz del día se colaba por su ventana, y por el ángulo, debía ser más tarde de su hora de levantarse usual.
Ahí, de pronto, reparó en lo sucedido. En lo que había hecho. Sí, fue un momento de debilidad, y Gellert no se aprovecharía de eso, pero continuaba sosteniéndolo y pegado a él, a pesar de haber despertado.
Albus tuvo la repentina impresión de que él era el desvergonzado entre los dos, completamente despierto, en sus facultades, quedándose otro rato con la cabeza recargada en uno de sus costados y los dedos cerrados en la tela de su ropa. No sólo era otro hombre, sino que además era Gellert. ¡Lo había dejado quedarse sin siquiera hacerle una pregunta y sin dudar!
A medida que pasaban los minutos, que él sentía como horas, su rostro se ponía más rojo, más idiota se consideraba, y menos quería apartarse. A esas alturas, no sólo tendría que enfrentarlo. También tendría que lidiar con el hecho de haber estado demasiado cómodo pegado a él, y la vergüenza por aprovecharse de lo considerado que fue al verlo en mal estado.
Finge estar dormido, se decía. Finge estar dormido. Su corazón latía fuera de control, el rostro le ardía. ¿Acaso no notaría el rubor? ¿Sus palpitaciones las oiría, o sólo sonaban tan fuertes para el mismo Albus?
De pronto, interrumpiendo su dilema, Gellert habló con voz clara.
—¿Quieres comer omelette? Es lo único que sé hacer, así que no es como si pudiese darte más opciones. Quizás mi tía dejó algo preparado antes de meterse al despacho, entonces bajaré a la cocina y te lo daré a ti…
Él sabía que estaba despierto.
Gellert era consciente de que continuaba pegado a su costado por decisión propia.
Por dentro, Albus comenzó a gritar, disculparse con desesperación, y llenarse de frases que incluían "no es lo que parece" y "yo no…". Por fuera, incluso contuvo el aliento, tan rígido que resultaría obvio de todas formas que sí lo escuchó.
Los dedos de Gellert retomaron el cuidadoso masaje en su cabeza, después de un momento sin respuesta.
—¿Qué pasa? ¿Sigues cansado? Cierra los ojos entonces.
Albus apretó los párpados con fuerza y se obligó a respirar de forma más o menos normal. Por un largo rato, él siguió abrazándolo, completamente avergonzado, mientras Gellert jugaba con su cabello y escribía en un pergamino apoyado sobre una de sus rodillas.
El "Albus" interior ya había pasado por la etapa de lloriqueos, a hiperventilar, y de nuevo a gritar. Su corazón no estaba dispuesto a andar a un ritmo más tranquilo, su garganta estaba seca, y Gellert era una presencia cálida, segura, que no quería soltar.
Estaba en problemas.
Graves problemas.
Reuniendo cada gramo de valor en su cuerpo, y tras varias dudas sobre por qué quedó en Gryffindor si no podía hacer esto, se animó a hablar en un susurro, con los ojos todavía cerrados para ahorrarse al menos un poco de vergüenza. Simulando que estaba somnoliento, quizás saldría de ahí con el resto de su dignidad.
—Lo siento.
Le pareció escuchar algo como un "¿hm?" de Gellert. Las caricias en su cabeza no se detenían, y Albus se sentía tentado a moverse, acurrucarse mejor contra él, levantar apenas el rostro para que sus dedos le rozasen la cara.
—Cuando dejes de fingir que estás dormido —Gellert sonaba entretenido—, avísame. Tengo algo para ti.
Sabiendo que ya no había dignidad que salvar, Albus ahogó un lloriqueo, y permaneció ahí por otro par de minutos. Apenas se atrevía a respirar.
—0—
El omelette era delicioso. Lástima que Albus masticase como si se le estuviese aplicando alguna tortura medieval.
No se sentaba de forma tan correcta en un taburete desde que realizó sus últimos exámenes en Hogwarts. La ropa en su sitio, ni una arruga, el cabello recogido. Albus sabía que estaba rojo hasta las orejas, pero mientras pudiese mantener cierta compostura, iba a luchar por hacerlo.
Gellert, en cambio, disfrutaba de la situación igual que cuando molestaba a los pececillos al final del cauce del río. Sentado en la orilla de la cama, con una pierna flexionada contra el pecho, y la otra balanceándose sobre el suelo. Ya había terminado de comer, pero no parecía tener intenciones de vestirse, y Albus prefería poner los ojos en sus pies que hacer el ridículo viéndolo en ropa interior.(3)
Cuando él también acabó, Gellert colocó un cachivache sobre su plato vacío. Era una pieza de plata sin ningún adorno; más gruesa en la base de la parte inferior, se curvaba y estrechaba al ascender, recordándole a una pica en el mazo de cartas. Su centro era hueco y un círculo de metal se balanceaba en el interior, colgando de un hilo casi invisible.
—Está conectado a este —A pesar de sus negativas a levantar la mirada, no le quedó más opción que fijarse en la pieza que Gellert sostenía, idéntica a la que le pasó. Al soltarlo, el de Albus paró de balancearse como un péndulo.
Lo sostuvo y fingió examinarlo con atención, cuando en realidad sólo intentaba buscar su voz y concentrarse en no sonar demasiado tímido.
—¿Para qué son?
—Para que me llames, por supuesto —Gellert le contestó como si fuese una obviedad—, ¿o es que piensas venir aquí levitando cada vez que quieras entrar? Eres fuerte, Albus, pero levitar nuestro propio cuerpo es muy difícil y agotador, no es un truco que se pueda sostener durante largo tiempo.
Cada vez que quieras entrar, repitió Albus dentro de su cabeza. Estaba seguro de que observaba a Gellert sin más reparos, boquiabierto, porque este resopló.
—Si quieres llamarme, basta con tocarlo —Volvió a sujetar el suyo y el movimiento del péndulo se reanudó en el de Albus—; yo estaré pendiente. Y si por alguna razón no puedes tocarlo, pero piensas fuertemente en llamarme, comenzará a moverse solo y más rápido.
Hablaba con calma, pero Albus reconoció varias piezas de las que consiguieron juntos para los prototipos de brazaletes mágicos, así que sólo podía haberlos creado recientemente. Por lo tibios que aún estaban, debió ser esa misma noche. La magia que los hizo funcionar todavía los rodeaba.
Mientras él dormía, Gellert buscó una forma de que no tuviese que huir de nuevo. De que pudiese llamarlo.
Albus volvió a colocar el suyo en el plato vacío y se cubrió el rostro con ambas manos.
Eres patético, se reprendió. ¿Qué va a pensar de ti? ¿Cómo te va a ver? ¿Como un niñito indefenso que hay que cuidar?
¿Qué diferencia tenía esa pieza de las que usaba su madre junto a la cuna de Ariana para oírla llorar desde el otro cuarto?
—Gracias —Se animó a decir, con un hilo de voz—. Y…y siento las molestias.
Bien, Albus podía desaparecer en ese instante. En serio quería desaparecer.
Gellert lo observó un momento, con esa expresión que adoptaba cuando sopesaba un hecho importante.
—Si fuese una molestia —contestó, desdeñoso—, ¿para qué lo habría hecho en primer lugar?
El "Albus" interior no hacía más que hiperventilar para ese momento.
(1) Cosas de abuelitos: taaaaan atrás no se le llamaba a cualquiera por su nombre de pila. Entre hombres y mujeres siempre andaban de "señor, señora, señorita", pero también era aplicable entre personas del mismo género. Cortesía era igual a trazar límites claros, sobre todo en público.
(2) El poema de la muerte es de Oscar Wilde. El extracto previo sólo lo escribí sobre la marcha y ahí quedó ¿?
(3) Que la ropa interior en esa época tampoco es que fuese muy…reveladora. Pero el gay panic de Albus seguía ahí.
Cuando escribía esto, sólo podía pensar en una conversación de:
Gellert: Soy el Señor de la Muerte, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiem-
Albus: Eres Gelly Belly para tu tía y para mí.
Gellert: ¡No frente a mis seguidores, Albus!
Ya no me podía aguantar, he querido subir esta historia desde que la escribí. Son tres capítulos bastante largos y un epílogo, que abarcan desde que se conocen, pasando por el "canon" (completamente ignorado por mí) de la saga de HP hasta…bueno, hasta el epílogo sorpresa. Juro solemnemente que hay final feliz.
