La razón de todo
Sumario: A veces, Albus siente que sólo ha estado cometiendo errores desde el verano de 1899. Pero todos estos "errores" tienen una razón.
Género: Romance. Hurt/confort.
Claves: Grindeldore (Gellert Grindelwald x Albus Dumbledore). Algo de angst, pero más de fluff.
Disclaimer: Si HP o AFYDE fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Yo no diría que seguí al 100% el canon. Pero tampoco diría que no lo hice ¿?
Sueño de verano
—…es la mejor forma que se me ocurre, y la más segura —Gellert se detuvo en uno de los claros del bosquecillo, miró alrededor, y exhaló. Que no hubiese seguido caminando hablaba de su aprobación hacia el lugar remoto—. Imagina que es como si tuvieses una puerta bloqueada, Albus. Naturalmente, la llave sólo la puedes tener tú, pero al no abrirla de la forma correcta, puede ser un poco…duro. Ya que mi experiencia no fue muy agradable, espero que la tuya lo sea.
Gellert iba a enseñarle a utilizar la magia sin varita. Después de un par de días de timidez de Albus y algunas bromas de su parte, siguieron con su rutina usual, y Albus pasaba largos ratos en las noches observando la pieza de plata que le regaló para llamarlo. No la tocaba por miedo a que se conectase con la otra, y con su suerte, Gellert apareciese en su casa. No sabría qué hacer entonces.
"Enseñarle" quizás no fuese la palabra adecuada. Gellert tomó su bolsa de caramelos del día, recogió un puñado, se la ofreció, y la guardó después de que Albus hubiese cogido algunos. Él insistía en que Albus tenía el potencial, sólo que su magia había sido reprimida por ineptos profesores, así que no, no le iba a "enseñar".
Gellert iba a explotar eso que estaba dentro de él, y que ni Albus reconocía.
—Muy bien, comenzamos —Gellert se colocó a su lado, mirando hacia el otro sentido, y extendió un brazo hacia él, con la palma en posición vertical. Al ver que vacilaba, resopló—. No te voy a morder, Wulfric.
Albus inhaló profundo, calló al "Albus" interior que entraba en pánico con cada mínimo toque desde esa mañana en que despertó pegado a él, y puso su palma contra la de Gellert.
—Relájate, estás muy tenso —Por un segundo, Gellert entrelazó sus dedos y apretó. Luego regresó a la posición original, en que sus palmas sólo estaban una contra la otra, y avanzó un paso. Albus lo imitó—. Aleja las cosas innecesarias de tu cabeza. Mírame, escúchame, y suéltate. Sólo suéltate. No existen las reglas en la magia, Albus, la magia es algo que está más allá de nosotros, algo que es tan fuerte, tan increíble, que sólo selecciona a unos pocos. Suéltate. Olvídate de las cosas que te han dicho que están bien o mal en la magia. Es magia. Jamás será buena o mala, querido Albus; esos términos vacíos sólo aplican en las vidas de los muggles…
A medida que hablaba, se desplazaban en círculos, los pasos al mismo tiempo, las palmas todavía una junto a la otra. Gellert se detuvo, giró, y cuando Albus hizo lo mismo, volvieron a unir las manos en el espacio entre ambos. Le traía el vago recuerdo de los bailes de Yule en Hogwarts.
—Aunque los canales llevan una gran cantidad de magia a las manos, recuerda que está por todo tu cuerpo. Siéntela. Nunca la has sentido, porque se te dio una varita y se te dijo que la magia fluía a través de ella, pero no es así, Albus; la magia fluye a través de ti, por ti, para ti. La magia eres tú.
Se movían lentamente, cambiando de dirección cada cierto tiempo, gracias a un conteo que sólo Gellert debía llevar. Esos ojos azul y negro permanecían fijos en él, y al regresarle la mirada, Albus tenía la impresión de que absorbían el resto del mundo, lo desvanecían, lo alejaban.
Sólo estaban ellos dos, en medio de la nada. Sólo estaba la mano cálida de Gellert contra la suya. No había más. No necesitaba que hubiese más. Los pensamientos eran borrones indiferentes, su cuerpo se sentía más liviano.
La voz de Gellert se convirtió en el tarareo de una vieja canción alemana. Albus captaba palabras aquí y allá, sobre dos amantes y una bruja quemada en la hoguera. Era el único sonido que escuchaba; ni el batir de las ramas, ni el susurro del viento. Su atención tenía un solo objetivo.
Recordó las palabras de uno de los muchos poemas que le había recitado ese verano.
El amor es más fuerte que la muerte.
Y no supo por qué, tuvo la sensación de que contenía un mensaje. De que era importante. De que, de repente, veía a Gellert bajo otro enfoque, y aunque esto hiciese gritar al "Albus" interior, el exterior no era capaz de apartar la mirada, ni de soltarlo.
La magia fluía entre los dos como una descarga agradable. Se disipaba de forma momentánea al cambiar de curso, retornaba cuando sus palmas volvían a presionarse contra la otra, y se mantenía, yendo y viniendo, pasando entre ambos, uniéndolos.
Aquel era, en realidad, el acto más íntimo que pudo tener con cualquier persona. Si la magia era él, ¿entonces qué otra cosa le estaba entregando a Gellert? ¿Qué compartían, sino era a sí mismos?
En algún punto del tarareo, Gellert sonrió. El destello en sus ojos era de orgullo, de satisfacción, de maravilla, de todo aquello que Albus quería que sintiese al verlo.
Gesticuló con los labios, sin hacer ruido.
"Mira abajo"
Cambiaron de posiciones, la magia fluyó de nuevo entre ambos. Albus mantuvo su palma contra la de él y se obligó a desviar la mirada, saliendo del trance de su voz, sus ojos, su contacto y su magia.
No existía una superficie sólida bajo sus pies. Se desplazaban por el aire sin problema alguno, sus pies encontrando un soporte real, tangible, y completamente mágico. Sin un solo hechizo, sin un movimiento de varita. Esa era la verdadera magia.
Regresó su vista a Gellert, sintiendo que su corazón estaba a punto de escapar de su pecho. La leve impresión de alarma lo abandonó tan pronto como se formó.
Gellert se detuvo y ambos se mantuvieron suspendidos en el aire. Movió su mano, de manera que quedaba en posición horizontal y sostenía la de Albus encima de su palma. Luego, con cuidado, sujetó sus dedos, y lo dirigió hacia su hombro.
—No pierdas el control —susurró. Atrapó la otra mano de Albus y entrelazó sus dedos en alto—, no te vayas a detener ahora. No te bloquees. Deja que fluya, deja que enloquezca, déjala agrietar el suelo para hacer crecer nuevas plantas y condensar el aire para volvernos livianos. Es esa parte de ti que al fin ha sido liberada, y se merece explorar el mundo por primera vez, ¿no es cierto?
Albus asintió, sin notarlo. Continuaron moviéndose en círculos. No era un baile complejo, no requería más pasos. La otra mano de Gellert descansaba en su espalda y le brindaba tal sensación de seguridad que sabía que, incluso si se tropezaba, si se distraía, no iba a recibir el golpe de la caída. Él no lo permitiría.
Jamás se había sentido tan bien. Así de contento, así de libre. De pronto, Albus se estaba riendo, Gellert lo hacía girar y lo atraía de nuevo a sus brazos, no pisaba el suelo, pero eso estaba bien. Si tenían magia, ¿por qué habrían de limitarse a caminar por el suelo desde un principio?
Construiría otro suelo. Abriría caminos. Flotaría, volaría. Esa energía corría por sus venas, era soltada en cada exhalación, le llenaba los pulmones.
Era invencible. Podría haber hecho lo que fuese.
Y lo hizo.
Perdían altura sin darse cuenta, de regreso a salvo por su propia magia. Gellert lo jalaba de nuevo hacia su pecho, después de girarlo otra vez. Se reían, extasiados.
—¿Te gusta? —Gellert sonreía al verlo en ese estado. Él se apresuró a asentir.
—Sí.
Dicho esto, soltó su mano y le rodeó el cuello con los dos brazos. Cuando los pies de ambos tocaron el suelo, Albus lo estaba besando.
Fue como si hubiese abierto un nuevo canal. Albus se apartó tras un simple roce con sus labios, pero Gellert llevó una mano a la parte de atrás de su cabeza y lo atrajo de regreso. Labios suaves, boca cálida, las descargas de su magia compartida continuaban fluyendo en el espacio entre ambos y se unieron en ese momento. El cuerpo entero le cosquilleaba, su estómago sufrió de una sacudida, y Albus se sujetó de él del mismo modo en que lo hizo la noche que tuvo pesadillas.
Besarlo también era libertad.
Besarlo también era magia.
—0—
Albus se reía tontamente, bastaba con una leve inclinación para rozar sus labios. Gellert sacaba la punta de la lengua y jugaba con su cordura, manteniéndolo entre sus brazos. Sabía que no debía hacer ruido, porque unos matorrales no eran el mejor escondite, ¿pero quién podía preocuparse por lanzar un hechizo desilusionador, si Gellert lo arrastraba cerca de nuevo y su boca susurraba un "dame otro"? Él sólo podía cumplir y buscar un beso más.
Se separaron sólo porque estaba a punto de anochecer y ese era su límite autoimpuesto, pero aun así, Albus caminó vacilante, viendo hacia atrás cada pocos pasos en el trayecto hacia la puerta de su casa. Gellert se recargaba en las rejas del jardín y lo observaba con clara diversión, esa sonrisa torcida, esos ojos brillantes. Tenía el cabello despeinado sobre los hombros, y Albus moría un poco al saber que era por su culpa.
Todavía tenía una sonrisa estúpida cuando cerró la puerta y apoyó su espalda en ella. Quería cubrirse el rostro, quería gritar, quería saltar. Estaba sonrojado y no paraba de tocarse los labios húmedos e hinchados, suspirando al recordar la magnífica tarde que había tenido. Su magia nunca lo había hecho tan feliz, besar a alguien nunca fue tan bueno.
—¿Albus?
Se encontró con Ariana a los pies de la escalera, titubeando. Iba en pijama, tenía algunas semillas en una mano, y se le notaba preocupada, ya fuese porque su hermano estaba rojo, o porque soltaba risitas bobas junto a la puerta, sin motivo aparente.
De repente, Albus se dio cuenta de que su hermanita sería una mujer preciosa un día. Y una bruja extraordinaria, cuando ellos hubiesen terminado su regalo y le hubiesen enseñado.
Todavía riéndose, saltó hacia ella y atrapó sus manos. La arrastró consigo a bailar dando vueltas, las semillas que se le resbalaron levitaron por la magia suelta de Albus. Ariana quedó boquiabierta, dejándose sostener y viendo tal despliegue de magia.
—Albus…
—¡Mañana te prepararé ese pastel que tanto te gusta! —prometió. Ariana parpadeó y lo observó, anonadada—. Te haré una corona de flores como las que hacía nuestra madre, vi unas hermosas flores del color de tus ojos en el bosque. Te traeré semillas la próxima vez que vaya al mercado, ¿de qué las quieres? ¿Has leído sobre esos jardines ampliados con magia? ¿Quieres uno? ¿Lo hago para ti?
Deteniéndose, elevó las manos de Ariana y le besó los nudillos. Era la primera vez que tenía cualquier tipo de contacto físico con ella, desde el incidente que mató a su madre, pero Albus no pensaba en eso en aquel momento, y supuso que sus ojos se llenaban de lágrimas porque en serio quería ese jardín.
—¿Qué te pasa hoy, Albus? —Ariana sorbió por la nariz y le enseñó una sonrisa que hacía que tuviese ganas de abrazarla.
—¿Por qué tiene que pasarme algo para que quiera darle un regalo a mi hermana?
Ariana se mordió el labio para no empezar a llorar y se abalanzó sobre él. Albus se rio, la estrechó, y la alzó para girarla en el aire. El sonido de sus risas ahogadas y los chillidos atrajo la atención de Aberforth, quien se paró en las escaleras.
—¿Ya te volviste loco? —Le frunció el ceño a Albus, que acababa de depositar a Ariana en el suelo y todavía no la soltaba—. Si ese amigo tuyo te lanzó una maldición, no vengas a pegarle nada raro a A-
Ariana se zafó de su agarre y corrió hacia Aberforth, para contarle emocionada sobre el pastel, las semillas y el jardín que podía tener. El hermano menor de Albus no paró de verlo ceñudo, pero él sólo sonrió.
—Deja de ser tan gruñón —se burló, pinchándole la mejilla con el índice al pasarle por un lado. Aberforth le dio un manotazo para que se apartase y Ariana le agarró la muñeca, pidiéndole que no lo fuese a golpear.
—¿Crees que un jardín arreglará algo, Albus?
—¿Qué hay que arreglar? —replicó Albus, sin entender su punto. Todo iba mejor que nunca para él.
Prácticamente jaló a Ariana consigo, hablándole del jardín y las flores que iría a buscar con Gellert al día siguiente. Cuando ella le preguntó por Gellert, Albus estuvo más que encantado de contarle de él. Aberforth se quedó solo en las escaleras, refunfuñando.
—0—
Esa noche, Albus se animó a sostener la pieza de plata que descansaba en su mesita. La mantuvo entre sus dos manos y vio el péndulo oscilar lentamente por un rato.
Cuando se detuvo, alguien tocó a su ventana.
Albus sonrió, depositó la pieza en la mesa, y fue a abrirle a Gellert.
Por la mañana, Gellert caminaba detrás de él hacía la cocina. Charlaban sobre hechizos de cocina y las semillas que comprarían en el mercado, y ninguno se esperaba encontrarse a los dos hermanos de Albus ya levantados. Aberforth cocinaba para Ariana, quien mostró sorpresa sólo por un instante, para después reconocer al chico rubio del que Albus le contó.
—¿Es él, Albus?
Gellert le echó un vistazo a Albus y regresó a Ariana de inmediato. Asintió, se le acercó, y bajó la mirada de advertencia de Aberforth, le sujetó una mano para besarle el dorso. Adoptó aquella sonrisa encantadora que reservaba para su tía Bathilda.
—Un placer conocerla, señorita. Con el inmenso cariño que Albus le tiene, casi puedo decir que yo también la aprecio.
El rostro de Ariana se cubrió de un intenso rojo, pero ella sólo sonrió. Albus le atinó un débil golpe en la espalda a Gellert, que se enderezó riéndose.
—No-
Estaba demasiado distraído para notarlo. Gellert conjuró una ilusión rápida en torno a ellos con un movimiento del índice, le sujetó la barbilla, y se inclinó para besarlo. Albus olvidó lo que iba a decir como reclamo.
Luego Gellert sonrió.
—Lo ideal sería llevarme bien con ambos, ¿no es cierto? Aunque a este no le agrado —Giró el índice de nuevo y la ilusión desapareció. Aberforth refunfuñaba como si nada hubiese pasado, y Ariana le preguntaba a Gellert si en serio iría con Albus a comprar semillas.
Albus sintió que él también se sonrojaba un poco. Siguió su plática con atención e ignoró las preguntas de Aberforth sobre qué hacía Gellert ahí.
Esa misma tarde, no sólo buscaron las semillas, sino que también las plantaron y utilizaron hechizos para convertir el patio de los Dumbledore en un paisaje laberíntico de arbustos y flores. Ariana irradiaba felicidad y se colgó de Albus, mientras lo examinaban.
Sólo cuando Gellert volvió a casa de su tía, bajo la promesa de que se encontrarían más tarde en la colina, Ariana soltó una risita y le hizo una curiosa pregunta.
—¿Tengo que tratar al señor Grindelwald como a otro hermano, Albus?
Él lo sopesó un segundo.
—Sí.
—Siempre pensé que el primero sería Dogy —mencionó, uniendo las manos tras su espalda al adentrarse primero a la casa. Le echó un vistazo al aturdido Albus que dejaba atrás, se rio de nuevo, y se perdió dentro de la propiedad.
—0—
Durante semanas, fue como vivir en un sueño. Despertar con el calor de otra persona al lado, poder rodearlo con un brazo, permanecer sólo un rato más ahí. Le mostraba hechizos de cocina, que Gellert llevaba a cabo mal a propósito, alegando que él no era el cocinero entre ambos, y tenían duelos dentro de barreras de seguridad, que terminaban en dos adolescentes cubiertos de tierra, sudados, agotados, y riéndose.
Buscaban pistas de las Reliquias de la Muerte, planeaban cómo plantearle al Wizengamot su idea de exponer el mundo mágico a los muggles, trabajaban en los brazaletes para Ariana y provocaban algunas explosiones de magia al probarlos en sí mismos. Un nuevo mapa adornaba la pared del cuarto de Albus, dos caligrafías hacían notas al pie y en los bordes, la tinta formaba rutas; primero, irían a este sitio, luego a aquel, después a ese otro…todo parecía tener un orden y sentido en sus cabezas.
Jugaban con hojas, en el río, con los libros, y en especial, con su magia. A veces, Albus levitaba a dos metros del suelo, atrapado por un hechizo sin varita, y se retorcía entre quejidos, y en otras ocasiones, Gellert huía de unos soldados con forma de grullas de origami que querían cobrar venganza por la última vez que avergonzó a Albus. Se reían con fuerza de los desastres que armaban, y generalmente, acababan en el suelo con dolor de estómago, antes de atraer al otro más cerca y comenzar a besarlo.
Leían en voz alta para su compañero, daban largos paseos por el bosque y los límites de Godric's Hollow. Albus adoptó la costumbre de cargar una bolsa de caramelos de algún tipo, sólo porque descubrió que Gellert parecía encantado cuando se los tendía; así, se enganchaba a su brazo, y continuaban caminando, mientras los dos se los comían.
Muchas veces sólo se comportaban como los niños revoltosos que nadie les dio la oportunidad de ser. Con Gellert persiguiéndolo a través del bosque, con Albus vertiendo agua fría sobre Aberforth y huyendo mientras lo oía gritar.
Y cuando se quedaban por completo a solas, eran sus momentos favoritos. Dedos entrelazados en el espacio entre ambos, tendidos sobre la cama, cara a cara, hablando. Los besos robados detrás de los matorrales y en las esquinas en que nadie los veía. Podía decir lo que fuese, hacer lo que fuese. No hacía falta ser un modelo a seguir; allí era seguro. Allí era él.
Una noche en que se besaron por largo rato, Albus se dio cuenta de que estaba sentado en su regazo, y la sensación de su cabeza embotada no era muy distinta a la de estar embriagado. Solían detenerse ahí, con la respiración pesada y el cuerpo ardiendo. Pero no ese día.
Albus enredó los dedos en su cabello, atrajo a Gellert de regreso, y susurró contra su boca, pidiéndole que siguiese, sabiendo exactamente lo que pasaría y cómo sería. Y estaba bien con eso.
Lento, cuidadoso, con el calor del verano todavía en el ambiente, manos que sacaban la ropa pieza a pieza y se volvían más inquietas con cada centímetro de piel revelado. Albus no se despegaba de sus labios sino era necesario y emitía débiles ruiditos cuando él lo acariciaba.
Marcas, algunos temblores, atisbos de inseguridad borrados en base a más besos y murmullos. El calor casi era sofocante, casi era demasiado para soportarlo. Casi lo enloquecía.
Pero con Gellert resultaba agradable. En un enredo de extremidades, en un caos que hacía difícil reconocer dónde terminaba uno y empezaba el otro, se besaron, se entregaron, y la magia fluyó entre los dos del modo en que lo había hecho antes. Objetos sin relevancia eran levitados, las paredes sufrieron daños menores, las ventanas se sacudieron, el dosel de su cama se astilló un poco. Cada roce, cada cambio en su vaivén de caderas, producía descargas de placer y ráfagas de energía libre, inofensiva tanto como caprichosa.
Desde entonces, sucedió cada vez que lo hacían. Albus sonreía al notarlo, inundado con la idea de que era maravilloso, de que era mejor de lo que podría haber esperado. ¿A cuántos magos les ocurriría? ¿Cuántas veces otras personas habrían visto un despliegue semejante? La magia era electricidad en sus pieles; habría sido un crimen contenerla mientras estuviesen con el otro.
Albus estuvo perdido durante este tiempo. Atrapado en una burbuja de grandes planes, sueños volátiles, magia ilimitada, caricias, encuentros que hacían crecer el cúmulo de sentimientos en su interior. La risa de Gellert era la suya, tenían todo el tiempo del mundo, y cuando lo oía hablar de lo que harían juntos, de cómo lo incluía en sus ideas, el corazón de Albus saltaba y él se sentía la persona más afortunada.
Era una hermosa fantasía de la que no quería despertar.
Pero el verano estaba por llegar a su fin.
—0—
Gellert bajó de un salto desde la rama del árbol nudoso, en que estuvo recostado momentos atrás, y pasó varias páginas del libro que sostenía. Cuando se irritó, lo arrojó hacia un lado.
Albus, sentado a los pies del árbol, lo atrapó y se burló.
—¿Ya no te quedan poemas que recitar?
—Siempre queda alguno, Wulfric —Gellert agitó una mano en el aire y continuó caminando de un lado a otro—, sólo que no son lo bastante buenos.
—¿No son suficientes para mi querido Narciso?
—No son suficientes para recitártelos a ti —corrigió él, con aire distraído. Por supuesto que estaba más concentrado en revisar sus memorias que en lo que le decía. Aun así, Albus sonrió tontamente. Los momentos más sinceros de Gellert eran esos en los que estaba "ocupado" dentro de su propia cabeza.
—A Byron, a Blake, a Wilde —Albus se encogió de hombros y recuperó el libro arrojado al césped—, lo que me gusta es oírte, Gellert.
—Lo que te gusta es mi increíble inteligencia y carisma, que morirían si supiese sólo poemas aburridos y absurdos…
Albus no le replicó esa vez, sólo siguió sonriendo al echar un vistazo al libro. Semanas atrás había realizado este descubrimiento; el curioso libro sin portada que Gellert llevaba consigo a todas partes no era de magia, ni de poesía, ni un diario. Era una extraña mezcla de los tres. Las páginas claramente pertenecían a un libro de poesía, pero se alternaban con temarios de pociones y hechizos, algunos dibujos de los canales de la magia en el cuerpo humano, historias de terror, mapas del mundo.
Sospechaba que podría encontrar lo que fuese en ese libro. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de Albus eran las notas de caligrafía cursiva de Gellert en los bordes y al final. Correcciones de recetas de pociones, observaciones de maldiciones para los duelos, flechas en los mapas, tachones.
La primera vez que Albus sujetó el libro, esperaba que se lo arrancase de las manos, mas Gellert sólo lo vio mientras lo ojeaba y lo recibió de vuelta sin decir una palabra. Era tan cercano al libro, incluso llegando al punto de anotar allí visiones y sueños que tenía, que Albus sentía que ni aunque pusiera sus recuerdos en un Pensadero, le estaría dando tal acceso a lo que había dentro de su cabeza.
Y con buenos motivos no permitía que alguien más que Albus lo leyese. Si años más tarde, lo escuchasen hablar del pergamino suelto que encontró ese día, nadie le creería que fue Gellert Grindelwald el que lo escribió.
Carraspeó, alzó el pergamino, y comenzó a leer. Gellert se congeló de inmediato en la primera línea.
"No puedes poseerme,
ya que sólo me pertenezco a mí,
pero mientras ambos así lo deseemos,
te daré todo aquello que sea mío para dar.
No puedes ordenarme,
ya que soy una persona libre,
pero te serviré en todas las formas en que tú lo necesites,
y los sabores serán más dulces si provienen de mi mano.
Pero más que eso.
Prometo que será tu nombre al que llame por las noches,
y tus ojos a los que sonría por la mañana.
Prometo que tendrás la primera mordida de mi carne,
y el primer trago de mi vino.
Prometo vivir y morir,
bajo tu cuidado,
y resguardar nuestros secretos.
Estas son mis promesas.
Esto es lo que te ofrezco.
Ahora somos iguales."
Aunque un leve rubor le teñía los pómulos cuando se besaban durante largo rato, al pasar mucho tiempo bajo el sol, o al alcanzar el orgasmo, no había visto a Gellert con el rostro en verdad enrojecido.
Estaba de pie frente a él, y Albus todavía sostenía su preciado libro, pero era consciente de que lo observaba y no lo hacía al mismo tiempo. Los ojos de Gellert estaban desenfocados, el iris azul oscurecido al punto de ser casi igual al negro.
Cuando extendió un brazo hacia él, Albus lo sostuvo sin pensar, temiendo que le ocurriese algo, y fue lanzado hacia otro escenario, con la fuerza de una Aparición.
Veía a través de ojos que no eran los suyos, a unas manos que tampoco le pertenecían. La imagen se difuminaba en los bordes, los colores dentro eran claros y los detalles nítidos.
El pergamino que sujetaba allí estaba más desgastado, pero no olvidaría esa caligrafía.
—"Vivir y morir, bajo tu cuidado" —Al alzar la cabeza, se encontró con un mago adulto detrás de un escritorio. Resopló—. Vaya mentira. Sigue así y te aseguro que no será por mi varita que vas a morir, Gellert.
Esa forma de pronunciar su nombre. Esos ojos azules. Esa expresión enojada que era idéntica a la de Percival Dumbledore.
Cuando fue arrastrado de regreso a su presente, sentado bajo el árbol, se dio cuenta de que aún sujetaba una mano de Gellert, había dejado caer su libro, y el mago de la visión sólo podía ser él mismo.
Gellert intentó sonreír al recuperarse, pero lucía como un muggle que vio un fantasma por primera vez. Albus no lo pudo soportar.
Buscó en el libro la pluma que no necesitaba tinta, siempre apostada en alguna página, y volvió al pergamino suelto. Añadió una línea y se lo tendió.
La mano de Gellert temblaba al recibirlo.
"…prometo vivir y morir,
bajo tu cuidado,
resguardar nuestros secretos,
y no dejar que seas dañado.
Estas son mis promesas…"
Gellert dobló el papel con cuidado y lo hizo levitar hacia uno de los bolsillos de Albus. Luego se puso de rodillas frente a él y lo rodeó con los brazos.
Normalmente, era Albus quien lo abrazaba primero. Gellert podía atraparlo, cargarlo, arrastrarlo, pero era él quien terminaba hundiendo el rostro en su hombro, acurrucándose contra su pecho. El que fuese Gellert quien se pegaba a él, y que además lo estrechase fuerte, envió un leve pinchazo a su pecho.
Gellert murmuraba, con la cabeza en su hombro. Sólo tras un instante, Albus se percató de que repetía las promesas para él, y sólo pudo abrazarlo aún más fuerte.
—Gellert —habló contra su oído, presionando un beso justo detrás—, quiero hacer un pacto.
—0—
—…necesitaré hacerte un corte.
—Adelante.
Por una vez, era la voz de Gellert la que vacilaba y la de Albus la que se encontraba en completa calma. Su iris azul ya había regresado a la normalidad, pero aún tenía cierta imagen de temor, de haber visto algo que no debía.
Albus sujetó su muñeca y la dirigió hacia la palma que le ofrecía. Una barrera los envolvía en el interior de su habitación, poniendo distancia entre el resto del mundo y ellos. Gellert sostenía su varita.
Lo observó de nuevo, titubeando.
—Esto no es algo que se pueda deshacer fácilmente, Albus. Incluso rompiendo el recipiente del pacto, los restos en tu cuerpo y tu magia-
Albus fue Prefecto y Premio Anual, pero antes de eso, fue un Gryffindor. Ya que él no lo hacía, sujetó su varita, la muñeca de Gellert, y le hizo un corte que atravesaba la palma. Le acarició la muñeca, a manera de disculpa, enviando una ola de magia que pudiese evitarle el dolor.
Después de murmurar el hechizo, lo miró.
—Tendré la Varita de Saúco —recordó, en voz baja. Ese era el plan—, tú tendrás la capa y la piedra, y me cuidarás si algún idiota ávido de poder se me acerca, o si cometo una imprudencia. Todas las visiones pueden cambiar, Gellert.
Esa frase devolvió algo de luz a sus ojos. Gellert tragó en seco, sujetó bien la mano de Albus, y abrió una línea en la palma. Después de susurrar el hechizo, las pusieron una contra la otra.
Gellert entrelazó sus dedos de inmediato y apretó, sosteniéndolo fuerte, aferrándose a él del modo en que Albus sólo lo había hecho al tener pesadillas. Si aquella visión fue una pesadilla para él, de la manera que fuese, entonces Albus sintió que debía cubrir su lugar en esa ocasión.
Le devolvió el apretón y mantuvo los ojos en los suyos, mientras los dos murmuraban el hechizo una y otra vez.
El Pacto de Sangre no era una magia simple, ni que debiese ser tomada a la ligera. Sus manos quedaron unidas por una fuerza superior a ellos, de forma que sólo podían ser gravemente heridos si se arrepentían y separaban en ese instante, o continuar. Ninguno vaciló ahí.
El cuerpo de Albus se fue haciendo cada vez más débil. El piso bajo sus pies perdía consistencia, no sentía las piernas. Sólo importaban los ojos de Gellert frente a él, sus manos unidas, a medida que el hechizo salía de su boca y la sangre se derramaba fuera de sus manos. Las dos hileras rojas tomaron diferentes direcciones en el aire, envolviéndolos, intercambiándose entre sí, uniéndose.
La principal diferencia entre un Juramento Inquebrantable y un Pacto de Sangre es que el primero causaba la muerte si era incumplido. El Pacto ni siquiera daba esa opción. Parte de la sangre regresaba a ellos, trayendo de vuelta la vida y la fuerza, mientras que un poco de esta permanecía levitando sobre ambos, rodeándose de un recipiente plateado, que podía ser llevado como un colgante.
Cuando se recobraron lo suficiente y la sangre ya no fluía lejos de ellos, Gellert levantó el otro brazo, sujetó su mejilla, y lo jaló. Lo besó tan dulcemente como si fuese la primera vez y tuviese miedo de que Albus fuese a reaccionar mal. Sus manos unidas cayeron y el recipiente del Pacto fue atrapado por Gellert, quien se lo ofreció al retroceder.
—¿Lo llevaré yo? —Albus se sorprendió—. ¿Por qué no tú?
—¿Cuál es la diferencia? —Gellert le ofreció su varita también.
Tras un instante, intercambiaron varitas. Albus la probó quitando la barrera que los rodeaba, sólo para descubrir que la pieza le obedecía igual que si fuese su dueño original. Nada más el Pacto, o una compatibilidad inmensa, podían crear ese efecto.
Gellert también debió notarlo. Observaba la varita en su mano con una expresión bastante cercana al enternecimiento.
—Creo que tu varita me quiere, Wulfric.
Albus dio un paso más cerca.
—No es la única —Rozó sus labios al hablar y se detuvo. Recordó el pergamino guardado en su bolsillo—. Prometo vivir y morir bajo tu cuidado…
Gellert meneó la cabeza, sentía su sonrisa en la boca.
—El amor está siempre contigo —musitó—, y el amor es más fuerte que la muerte. Eso es lo que tienes que decir.
Albus se aseguró de besarlo hasta que hubiese olvidado lo que le preocupó antes del Pacto.
—0—
Después del Pacto, su verano comenzó un conteo regresivo, hasta ese fatídico día.
Albus se despertó envuelto por un brazo en su cadera, el calor de Gellert en su espalda, las sábanas pateadas lejos a mitad de la noche. No había ido a su casa el día anterior, pero estaba casi seguro de haberles dejado suficiente comida preparada. De no ser el caso, Aberforth ya manejaba los hechizos de cocina, y bien podría pedirle algo a la señora Bagshot.
Se retorció en su abrazo, feliz de ese modo en que sólo podía estarlo cuando él era lo primero que veía. Se giró, empezó a rozarle la mandíbula con la punta de la nariz, y Gellert emitió un vago "hm" como protesta.
—Me voy a quedar en la cama todo el día —gruñó, atrayéndolo de nuevo cerca. Albus quedó atrapado contra su pecho y se rio.
—No se puede.
—¿Quién dice que no?
—Yo.
Gellert frunció el ceño, pero se negó a abrir los ojos.
—Entonces sólo voy a desobedecer —resolvió, adormilado—; nos quedamos en la cama hoy, y se acabó. Estás secuestrado, Brian.
A pesar de que lo decía a manera de broma, sí que demoraron en salir de la cama, y Albus tuvo que batallar con él para que lo dejase pararse. Lo rodeaba de nuevo, lo jalaba, lo abrazaba más fuerte.
Desayunaron a escondidas de la tía de Gellert, salieron por la ventana, y corrieron hacia la casa de los Dumbledore. Como predijo, Ariana estaba en su cuarto y ya había comido. Aberforth lo esperaba en la cocina, con una expresión que le hacía preguntarse si sería capaz de apuntarlo con la varita.
—No estuviste aquí anoche —Apenas le dedicó un vistazo a Gellert, parado detrás de él, como si fuese claro a quién culpaba.
Albus miró alrededor con falsa solemnidad.
—No sabía que mis padres hubiesen regresado de la muerte.
Su hermano apretó tanto la mandíbula que se le marcaron las venas del cuello.
—¡No puedes ser tan irresponsable y hacer sólo lo que te plazca, Albus!
—Debiste comer algo en mal estado, compraré más en la tarde —Le hizo un gesto a Gellert para que fuese hacia su cuarto primero. Allí tenían los últimos modelos fallidos del "regalo" de Ariana y los mapas de pistas de las Reliquias—. Estamos ocupados, no molestes, Aberforth.
Aberforth lo siguió hasta el pie de las escaleras, rojo de ira, y estalló.
—¡Ariana tuvo una crisis hoy, y tú no estabas, Albus! Se supone que eres el adulto en esta casa. ¡Ella necesita de ti!
Albus se quedó quieto un instante, sintiendo un peso frío en su estómago al recordar el resultado de la última crisis.
—¿Está lastimada? —indagó, en voz baja.
—No, pero-
—¿Tú estás lastimado?
Su hermano sabía hacia dónde se dirigía y masculló otro "no", entre dientes.
—Ni están lastimados, ni se ha caído la casa. Controla tu mal carácter, Aberforth, tenemos visita.
Aberforth continuaba al borde de un ataque cuando Albus entró a su cuarto y puso una barrera en la puerta. Suspiró.
Gellert ya estaba sentado sobre su cama, separando dos piezas de un brazalete, mientras releía con el ceño fruncido su diagrama de los canales mágicos en el cuerpo humano.
—Me odia —dijo con simpleza, desinteresado.
Albus se aproximó y le besó la mejilla, para después mirar con atención lo que intentaba conseguir con el brazalete. Parecía necesitar que una de las piedras sensitivas quedase justo donde tendría que ir una de las venas de la muñeca de Ariana.
—Aberforth odia al mundo, no tuviste nada que ver con eso.
Gellert se limitó a encogerse de hombros y le tendió el brazalete unido de nuevo.
Otro intento fallido.
Media hora más tarde, los resultados de la explosión de magia fueron borrados, y ambos se encontraban en la cama, cada uno con su propio pergamino en mano. Había un mapa desplegado frente a los dos y Gellert trazaba algunas líneas cada cierto tiempo.
No duraron mucho de ese modo. Albus sintió que un brazo era deslizado en torno a su cadera, y él jalado más cerca. Giró el rostro para recordarle que tenía que averiguar cómo mantener bajo control los canales de magia de su hermana, y fue callado con un beso.
Bien. Podía hacer una pausa. Las pausas ayudaban a pensar con claridad, ¿no?
—Albus.
Gellert sonaba serio, con el rostro enterrado en su hombro. Albus le hizo saber que lo oía con una respuesta vaga.
—Respóndeme algo, Albus.
—¿Qué?
—Si tuvieses que elegir, ¿le lanzarías una maldición a Aberforth o a mí?
Albus decidió ser honesto.
—Supongo que…no sé.
Gellert asintió, despacio.
—Préstame tu varita más tarde, ¿de acuerdo?
No sabía qué le pasaba. No era algo que necesitase ese tono tan grave.
Albus tenía una pregunta atorada en la garganta, pero no pudo hacerla. En su lugar, se quedó ahí, viendo a Gellert, hasta que este regresó al mapa y le contó que tenía una pista del paradero de la piedra de la resurrección.
Por largas horas, un mal presagio pesaba en el centro de su pecho.
Ni siquiera estuvo sorprendido cuando ocurrió. La barrera en la puerta no era compleja y Aberforth no era un inepto. La puerta cedió y ambos giraron la cabeza.
Aberforth lucía como si fuese a tener otra rabieta. Albus inhaló profundo, se levantó, y se dirigió hacia él, haciendo acopio de paciencia.
—Estamos ocupados, Aber-
El empujón que le dio hizo que Albus retrocediese dos pasos, trastabillando.
—Haz que se vaya —Aberforth apuntó a Gellert con su varita, y Albus se metió en su camino de inmediato, extendiendo los brazos.
—¡¿Qué es lo que te pasa?!
La punta de la varita tenía un destello rojo.
—¡Haz que se vaya, Albus!
—¡No! ¿Qué anda mal contigo? No te está haciendo nada, no sé qué te hace creer que puedes mandarme-
Aberforth apretaba la varita tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Habló entre dientes.
—Ariana lleva toda la mañana en cama, ¿fuiste a verla?
—Necesita descansar después de una crisis —replicó Albus—, ¿qué haces molestándola?
—¡Estoy haciendo lo que tú no haces, idiota! ¡La estoy cuidando!
—¿Crees que yo no la estoy cuidando?
—¿Tú? —La mano de Aberforth temblaba. El resplandor del hechizo parpadeaba, creciendo y encogiéndose a un ritmo alarmante—. ¿Sabes cuidar de alguien, además de ti mismo, Albus?
A Albus no le gustó ese tono, ni lo que ocultaba.
—Cuando salía de su cuarto, Ariana me pidió que no te dijese que estaba mal por la crisis de hoy —Aberforth seguía mascullando—, porque teme que si piensas que se enfermó, no te la lleves cuando acabe el verano.
Ahí, se dio cuenta de lo que pasaba. El brazalete para controlar su magia era una sorpresa, pero en uno de esos momentos de júbilo y victoria, Albus le había prometido llevarla con ellos.
Ariana, que jamás había salido de Godric's Hollow, pareció encantada con la idea.
—Si estás preocupado por ella, realmente pienso ayudarla-
—¿Cuándo te ha importado ayudarla, Albus? ¡¿Cuándo te ha importado otra cosa que no sean tus estúpidos premios y reconocimientos, y la forma en que te ven las otras personas?! ¡Ni siquiera a nuestra madre la ayudabas cuando estaba viva!
—¡Eso no es verdad! —Albus se restregó el rostro con una mano y negó—. Aberforth, no estás siendo razonable, tienes que calmar-
—¡Me calmaré cuando él —Agitó la varita hacia Gellert de nuevo, quien se había acercado a Albus, y retrocedió un paso cuando se dio cuenta de que volvía a ser su objetivo— se haya ido!
—¿Pero qué es lo que tienes contra Gellert? —estalló Albus.
Sintió una mano en su hombro y se sacudió sin pensar, pero Gellert lo sujetó más fuerte.
—Albus, dame tu varita —Se oía alterado, y Albus se congeló al escucharlo—. Dámela rápido, no puedes tenerla justo a-
Se distrajo. Sólo giró el rostro para verlo, con el entrecejo arrugado, confundido.
El límite de Aberforth fue ese.
La maldición le dio en el rostro. En la mejilla, en realidad. Era de corte y Albus se tocó la cara, sintiendo el rastro de sangre, y sin poder entender lo que sucedió.
Le tomó un momento asimilar que su hermano acababa de hacerle un corte.
Aberforth.
Corte.
Aberforth.
Corte.
Dolía.
Gellert sacó su varita, hubo gritos, dos destellos, y no escucharon a Albus cuando les dijo que se detuviesen. Escuchó el grito del crucio.
¿Quién fue? ¿Quién fue? ¿Quién lo lanzó? Ninguno fue golpeado y él no sabía a quién culpar.
Una maldición fallida golpeó el suelo y Albus sujetó el brazo de Gellert, impidiéndole que pudiese lanzar cualquier hechizo.
En su cabeza, esa escena siempre sucedía muy, muy lentamente. El latido que su corazón se saltaba, ese rugido que llenaba el cuarto. La trayectoria del rayo de la maldición.
No fue dirigida a él. Le dio a Gellert en el pecho y este se liberó de Albus enseguida.
Él estaba ahí, de pie, inmóvil, observando su rostro deformarse por el dolor. Gellert quedó de rodillas y sus manos intentaron arañar el suelo para apartarse del efecto de la maldición.
Aberforth lucía furioso y aturdido a partes iguales. Y él sufría.
Maldición de tortura.
Gellert.
Gellert.
Maldición de tortura.
Aberforth.
Maldición de tortura.
Gellert.
Gellert.
Gellert.
Albus sacó su varita y lanzó el primer hechizo que pasó por su cabeza. El crucio cesó, pero a cambio, un hilo de sangre se deslizó por la muñeca de su hermano.
Sólo entonces se percató de lo que había dicho, y de que si hubiese apuntado un poco más a la izquierda, o aplicado algo más de fuerza, podría haberle cortado la mano.
Gellert se equilibró y escupió sangre que cayó en su palma.
Y de repente, Albus pensó que el pequeño corte de Aberforth en realidad no era tan malo.
—Incluso ahora, estás más preocupado por él- ¡tú, maldito egoísta! —Aberforth sacudía su brazo ileso, la varita cambiada de mano. La palma herida estaba cerca de su pecho—. ¡Vete también! ¡Vete, vete con él! ¡¿Cuál sería la diferencia entre cómo estamos ahora y estar sin ti?!
Albus lo ignoró para sujetar la varita entre sus labios y utilizó ambas manos para ayudar a Gellert a ponerse de pie. Su ropa estaba manchada con unas gotas de sangre y tenía un rastro en la comisura de la boca, pero no parecía ser más que consecuencias de la maldición.
El dolor fue una ráfaga ascendiendo deprisa por su brazo. Lo alzó para descubrir el corte en su antebrazo.
—¡¿Qué es lo que está mal contigo, Aberforth?! —gritó, ya agotada su escasa paciencia.
Le disparó otro hechizo de corte. Aberforth alcanzó a poner su brazo herido frente a él de nuevo y la herida apareció por encima del codo, arrancándole un quejido.
—¡Estoy harto de ti, Albus, eso me pasa! Siempre fingiendo ser bueno, pero ni siquiera recuerdas quiénes son tu familia- no me importa lo que hagas o si terminas en Azkaban también, ¡pero no te atrevas a meter a Ariana en tus problemas!
La situación se salió de control antes de lo previsto. Era claro que Aberforth no dejaría que saliesen sin una maldición arrojada a sus espaldas. Gellert mascullaba algo.
Albus apuntó a su hermano.
—Muévete, Aberforth.
Él negó, despacio.
—Has hecho lo que quisiste toda tu vida, Albus, ya es suficiente. Si no te importamos vete, ¡vete ahora! ¡No te quiero cerca de Ariana! ¡Ella no podrá aguantar tus tonterías!
—¡Aguantará!
—¡Sólo estás pensando en ti mismo! ¡Siempre estás sólo pensando en ti mismo!
Aberforth temblaba, pero con su otra mano, todavía fue capaz de maldecirlo. Un corte se abrió en el hombro de Albus, el impulso del hechizo lo hizo trastabillar. Su contraataque falló; fuese cuál fuese la maldición que escapó de sus labios, transformó el rostro de Aberforth en una máscara sombría.
El siguiente crucio sí fue hacia él.
Albus hubiese caído, de no ser por el agarre de Gellert. Gritar no era suficiente. Retorcerse no era suficiente. Millones de agujas lo perforaban por todo el cuerpo y su visión pronto se nubló.
Gellert perdió la cabeza cuando lo vio de ese modo. Al gritar Aberforth por el crucio que recibió de él en respuesta, la maldición en Albus paraba.
Débil, se aferró a Gellert sin pensar.
Ahí, entendió lo que Gellert debió haber visto sobre ese día para pedirle su varita antes. No había alternativa.
Tiró de la ropa manchada de Gellert, pidiéndole que se fuesen; la ventana era la mejor opción. Por haberse girado, la maldición de Aberforth alcanzó su espalda.
Prácticamente se derrumbó contra Gellert. Luego ya no hubo forma de detenerlos.
Maldiciones iban y venían, Aberforth estaba fuera de sí, los dos ojos de Gellert eran negros. La sangre goteaba hacia el suelo.
Cuando atacaba a Albus, Gellert enloquecía de rabia. Si lo hacía al revés, Albus le arrojaba otro corte que amenazaba con volverse más y más severo, hasta romper más allá de la carne.
Era un caos. Objetos se rompían, pergaminos se rasgaban. Ninguno escuchó la puerta siendo empujada.
Había destellos verdes en el aire.
La maldición rebotó en el escudo del Pacto de Sangre y se desvió. Lo único que escucharon de Ariana fue un chillido agudo. Su último estallido de magia convirtió la habitación en ruinas y a los tres los empujó hacia el suelo y las paredes.
En medio del desastre, Ariana se desplomaba, como si su cuerpo jamás hubiese tenido peso propio o capacidad alguna para sostenerse.
Sus memorias se volvían borrosas a partir de ese momento. Por más que lo considerara, por más que lo revisara en un Pensadero, nunca lo entendería del todo. Sus manos y rodillas arrastrándose por el suelo, la figura inerte de su hermanita, el grito de Aberforth.
La expresión de Gellert.
En lugar de ver el cuerpo de Ariana, observaba a Albus.
Aberforth intentó atacarlo y Albus intervino. Gellert huyó. Ariana permanecía tendida en el suelo.
Por única vez en su vida, Albus Dumbledore deseó no tener magia.
—0—
La casa estaba silenciosa, su cuarto seguía hecho un desastre. La pieza de plata en su mesa de noche se balanceaba sin pausa.
Albus estaba de frente a la ventana destruida cuando él entró. Llevaba el baúl encogido en una mano y jadeaba por aliento. Su ojo azul había regresado al tono claro que era usual.
Gellert lo miró y pareció que no conocía las palabras para ese caso, así que Albus habló por él.
—¿Cuándo lo viste? —musitó. Su tono era plano—. ¿Hace cuánto sabías que…que…?
—Esta mañana —Gellert se apresuró a acercarse y él retrocedió la misma cantidad de pasos—, lo supe sólo esta mañana, Albus- debí quitarte tu varita, no se me ocurrió otra cosa que-
Un sonido estrangulado de Albus lo silenció. Las lágrimas se deslizaron por su cara y él se encogió en sí mismo.
Su padre.
Su madre.
Ariana.
—¡Debiste decirme que parara directamente! —Le gritó—. ¡Debiste frenarme! ¡Debiste…debiste…!
Gellert ya lo había alcanzado, por lo que forcejeaban, Albus dando manotazos al aire, él sosteniéndole las muñecas.
—¡Lo intenté! —Gellert lo sacudió para que dejase de pelear contra él—. ¡Te atacó, Albus! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que lo dejase así?
—¡Fue sólo un corte!
—¡Al comienzo! ¡Sólo al comienzo! Pero lo viste, ¡no iba a dejar que…!
—¡Incluso si me maldecía más, un crucio es mejor que un Avada!
—¡Yo no lancé el Avada, Albus! —Gellert le apretaba las muñecas con tanta fuerza que empezaba a lastimarlo, pero era lo único que mantenía a Albus centrado, atento, escuchando la desesperación en su voz—. Sabes perfectamente que podría haberlo hecho, ¡pero era tu hermano! ¿Y si le daba? ¡Ibas a odiarme! ¡No te lo dije en la mañana para evitar que me odiaras, no hubiese hecho algo así para que me odiases entonces!
A medida que lo oía, Albus paraba de pelear y comenzaba a lloriquear casi en silencio.
—Lo sé —Su voz perdió fuerza y se rompió—, lo sé- fui yo- fui- fui yo…
Quería asustarlo. Sólo asustarlo. Apuntó mal a propósito, el rayo verde golpeó la pared detrás de Aberforth.
Ya lo recordaba.
Su hermano enfureció tanto que le regresó un Avada. Ningún escudo frenaba esa maldición, y si se movía, temía que alcanzase a Gellert por error.
Así que lanzó un Avada de nuevo. Las maldiciones colisionaron en el aire y se desviaron. Una iba hacia Gellert y rebotó.
Tendría que haber sido de Albus. La suya era la que rebotaría en el campo del Pacto de Gellert, la de Aberforth no. Mientras la maldición de su hermano golpeaba una pared, la suya le dio a Ariana en el pecho.
La mató.
Fue él quien la mató.
No podía culpar a nadie más que a sí mismo.
Su llanto ya no se escuchaba, aunque las lágrimas fluían sin cesar. Gellert lo tenía atrapado entre los brazos. Lo estrechaba como si creyese que Albus podía desmoronarse en pedazos al ser liberado.
—Vámonos —Gellert suavizó su voz—, fue un accidente, Albus. Tú nunca le habrías hecho daño…
No, pensó. No era verdad.
No la fue a ver después de la crisis. ¿Alguna vez lo había hecho?
No estuvo pendiente de ella.
No la cuidó.
No supo hacerlo.
Y estaba muerta.
—Vámonos —Gellert insistía, en un susurro—, si no nos vamos ahora…
De algún modo, había conseguido llevarlo hasta la ventana rota. Gellert se apartó y se sujetó del marco, después de apartar los cristales con un barrido de magia. Sostenía una de las manos de Albus.
Irse.
Escapar.
¿No había pensado, al comienzo el verano, que se habría ido, de no ser por Aberforth y Ariana?
Sólo allí, parado frente a su ventana y Gellert, se percató de lo egoísta que era. Aberforth tenía razón.
Gellert tiró de su mano, pero él no se movió.
—Tenemos que irnos, Albus…
Albus negó y apretó los labios para contener un sollozo.
—La maté —repitió, con un hilo de voz.
—Fue un accidente —espetó Gellert—, y ahora van a venir por ti. ¿No eres tú el que decía que no se puede confiar en el Wizengamot? ¿No eres tú el que decía que sus veredictos no son fiables, y que siempre le hacen a los magos lo que le hicieron a tu padre? ¡Eso es exactamente lo que harán contigo, y cuando Aberforth hable en tu contra, serás considerado un criminal!
—¡Porque eso es lo que soy!
—¡Fue un accidente, Albus!
—¡La maté! ¡No matas a alguien por accidente!
—¡Por supuesto que sí! Sucedió hoy, y ahora tenemos que irnos-
Volvió a jalarlo y él mantuvo sus pies clavados en el suelo. La exasperación de Gellert iba en aumento y la fuerza con que agarraba su mano lo demostraba. Sin embargo, su voz fue fría.
—Vámonos, Albus.
—Todavía está Aberforth-
—¡Aberforth te cortaría la cabeza si supiese cuál maldición es la que lo hace! —estalló Gellert—. ¿Qué vas a hacer? ¿Sentarte a esperar que te acuse con el tribunal de magos y te encierren?
La idea le produjo un escalofrío, y por un instante, estuvo a punto de marcharse con él para evitar ese destino.
Luego recordó la expresión sin vida de Ariana.
Si alguien más hubiese hecho eso, no podría haberse quedado tranquilo hasta que estuviese preso. O muerto.
Ante su falta de respuesta, de pronto, Gellert lo soltó.
—¿Así que prefieres Azkaban que venir conmigo?
Albus se talló el rostro, intentando borrar los rastros de lágrimas.
—Cuando sepan que fui yo-
—No lo sabrán —Gellert parecía determinado—, nadie lo sabrá. Jamás hablaremos de esto, y si alguien sospecha, será mi culpa. Ya me han acusado de varios cargos en Bulgaria, el asesinato sólo sería el siguiente paso, bastará con que no lo niegue-
—¡No fuiste tú!
—¡Diré que lo fui, si es lo que hace falta para que vengas conmigo, Albus!
Por un instante, se quedaron de ese modo, mirándose, con la respiración agitada. Ojos desesperados y enloquecidos contra unos todavía llorosos y heridos.
—Pero no fuiste tú —insistió Albus, más bajo.
Una emoción oscura y desagradable cruzó el rostro de Gellert.
—Si no quieres venir conmigo, sólo dilo claramente y para de buscar excusas, Dumbledore.
—No son excusas, ¡Ariana está muerta y es mi culpa!
—¡Quizás eso era lo que tenía que pasar!
Albus levantó el brazo sin pensar. Y se detuvo. Su mano a punto de estamparse contra la mejilla de Gellert, este viéndolo con un claro reto a que lo lastimase grabado en los ojos.
—Está muerta —murmuró—. No puede ser bueno que esté muerta, Gellert. No puede ser bueno que haya matado a mi hermana.
Dejó caer su mano, sin tocarlo. Palpó su ropa todavía cubierta de suciedad y sangre, extrajo el recipiente del Pacto, y se lo arrojó. Gellert lo atrapó en el aire, lo examinó con una expresión en blanco, y lo guardó.
—¿Quieres tu varita de vuelta?
Gellert negó.
—Me la puedes regresar cuando nos volvamos a ver —Subió una pierna al marco de la ventana rota y se detuvo. Lo miró por encima del hombro, e intentó una última vez—. Quiero que vengas conmigo, Albus. Nuestros planes siguen en pie.
Albus mantuvo la boca cerrada y las manos en puños. Si hablaba, diría una tontería. Si lo hacía, le daría una oportunidad. Se iría con él, y eso sería como traicionar a Ariana y lo único que ella hubiese querido: que no los dejase. Ahora sólo podía quedarse con Aberforth.
Gellert parecía listo para lanzar una maldición a cualquier otra persona que se encontrase en su camino. La magia sin varita en su mano astilló más el marco de la ventana de la que se sostenía.
—Un día —La sonrisa que le enseñó fue fría, vacía—, te vas a arrepentir de esto, Albus. Lo sabes en el fondo; te gusta incluso más que a mí lanzarte al abismo. No resistirás esto.
Pasó la otra pierna por encima del marco de la ventana. Sus últimas palabras fueron dándole la espalda.
—Cuando eso suceda, vuelve a mí y te recibiré como mi compañero.
Gellert desapareció en medio de la noche.
Y el corazón de Albus terminó de romperse.
—0—
También llovía cuando enterraron a Ariana Dumbledore. Aberforth lo derribó de un golpe y lo dejó allí, en el barro, junto a la tumba, limpiándose la sangre de la nariz con las manos.
De repente, una sombrilla se extendió sobre su cabeza. Albus contuvo la sangre de su nariz con un murmullo y levantó la mirada.
Elphias lucía serio y su cuerpo se mojaba con la lluvia al sostener el paraguas para cubrir a Albus.
Esa escena le resultó inmensamente familiar.
Albus apenas tenía voz, le dolía la cabeza, ahora había sido herido y su nariz estaba rota. Sólo necesitaba contra quién desquitarse, y de repente, en su mente se formó el pensamiento de que si Elphias no se hubiese ido sin él, aquello habría sido diferente.
Podría haberlo esperado. Estarían partiendo la próxima semana y Ariana estaría viva.
Era una idea irracional, pero no tenía nada más a lo que aferrarse. Sin un solo movimiento, quemó el paraguas de Elphias en su mano. Se levantó mientras él todavía preguntaba sobre su magia sin varita, y lo dejó allí.
Bathilda Bagshot lo esperaba afuera del cementerio. Albus abrió la boca, preparado para mandarla bien lejos en medio de su torbellino de furia y arrepentimiento, y no pudo hacerlo.
Por un segundo, de pie bajo la lluvia, por encima de su hombro y al otro lado de la calle, le pareció ver a Gellert. Cuando parpadeó, ya no estaba, pero Albus sabía lo que creía haber encontrado, y el dolor superó al resto de sus emociones.
Bathilda lo cubrió con su paraguas y lo rodeó con un brazo, pensando que estaba abatido por la muerte de su hermana. Y lo estaba, pero también, por un segundo, se había preguntado sino hubiese sido mejor aceptar irse con él.
El sueño del verano de 1899, al fin, había acabado.
